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Arabia – Divina Sherezade

 

Sherezade
Archivo de LHM

Sherezade representa el perfecto compendio de lo que necesita una mujer para sobrevivir: astucia, valor, belleza, bondad, imaginación, sabiduría… y la capacidad de multiplicarse. ¿Hay quién de más?

Persia la bautizó como “la más hermosa hija de la ciudad”, pero realmente no importa cuál fuera su procedencia, Sherezade es una creación del mundo porque ella es Eva. Y Eva, comiéndose la manzana, acabó con el aburrimiento del paraíso perfecto creado para el hombre. Con ella empezó la vida…

 


PERO CUANDO LLEGÓ LA 1001ª NOCHE

Y cuando el rey Schahriar acabó su cosa acostumbrada con Schehrazada, la joven Doniazada dijo a su hermana: “Por Alah sobre ti, ¡oh hermana mía! si no tienes sueño, apresúrate a contarnos la continuación de la tierna historia del príncipe Jazmín y de la princesa Almendra”. Y Schehrazada acarició los cabellos de su hermana, y dijo: “¡De todo corazón amistoso, y como homenaje debió a este rey magnánimo, señor nuestro!”.

Y prosiguió la historia en estos términos:

… y a media noche nombró al príncipe Jazmín pastor de sus rebaños.

Y, desde entonces, el príncipe Jazmín ejerció exteriormente el oficio de pastor e interiormente se ocupaba de amor. Y por el día llevaba a pastar a los bueyes y a las ovejas hasta una distancia de tres o cuatro parasangas; y al oscurecer los llamaba con los sones de su flauta y los volvía a los establos del rey. Y por la noche habitaba el jardín en compañía de su bienamada Almendra, rosa de la excelencia. Y esta era su ocupación constante.

Pero ¿quién puede afirmar que la dicha más oculta permanecerá siempre al abrigo de las miradas envidiosas de los censores?

En efecto, la atenta Almendra tenía costumbre de hacer llegar a manos de su amigo, en el bosque, la bebida y la comida necesarias. Y un día, aquella imprudente del amor fue, a escondidas, a llevarle por sí misma una bandeja de golosinas tan deliciosas como sus labios de azúcar, frutas, nueces y alfónsigos, todo cuidadosamente colocado en hojas de plata. Y le dijo, ofreciéndole aquellas cosas: “¡Que sea para ti dulce y de fácil digestión este alimento que conviene a tu boca delicada! ¡Oh papagayo de lenguaje dulce y que no debiera comer más que azúcar!”. Dijo, y desapareció como el alcanfor.

Y cuando aquella almendra sin corteza desapareció como el alcanfor, el pastor Jazmín se dispuso a probar aquellas golosinas preparadas por los dedos de la hija del rey. Entonces vio acercarse a él al propio tío de su bienamada, un anciano hostil y malintencionado, que se pasaba los días abominando de todo el mundo e impidiendo a los músicos tocar y a los cantores cantar. Y cuando llegó junto al joven, le miró con los ojos torvos de la desconfianza, y le preguntó qué tenía allí, delante de sí, en la bandeja del rey. Y Jazmín, que no era desconfiado, creyó que el anciano tenía gana de comer. Y abrió su corazón, generoso como la rosa de otoño, y le regaló toda la bandeja de golosinas.

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Y el calamitoso anciano se retiró al punto para ir a enseñar aquellas golosinas y aquella bandeja al padre de Almendra, el rey Akbar, que era su propio hermano. Y de tal suerte le dio la prueba de las relaciones entre Almendra y Jazmín.

Y el rey Akbar, al enterarse de aquello, llegó al límite de la cólera, y llamando a su hija, le dijo: “¡Oh vergüenza de tus padres! ¡has arrojado el oprobio sobre nuestra raza! Hasta este día nuestra morada estuvo libre de malas hierbas y de las espinas de la vergüenza. Pero tú me has lanzado el nudo corredizo de la trapisonda y me has cogido en él. Y con los modales mimosos que para mí tenías, has velado la lámpara de mi inteligencia. ¡Ah! ¿qué hombre podrá decir que está a salvo de las estratagemas de las mujeres? Y el Profeta bendito (con Él la plegaria y la paz) ha dicho, hablando de ellas: “¡Oh creyentes! ¡tenéis enemigos en vuestras esposas y en vuestras hijas! Son defectuosas en cuanto afecta a la razón y a la religión. Han nacido torcidas. Las reprenderéis, y a las que os desobedezcan las pegaréis”. ¿Cómo voy a tratarte, pues, ahora que tan inconvenientemente has obrado con un extranjero, guardián de rebaños, cuya unión no conviene a hijas de reyes? Dime si debo hacer volar de un tajo de mi espada tu cabeza y la suya y abrasar vuestra noble existencia en el fuego de la muerte”. Y como ella llorase, añadió él: “Retírate en seguida de mi presencia, y ve a enterrarte detrás de la cortina del harén. Y no vuelvas a salir de allí sin mi permiso”.

Y tras de castigar de tal suerte a su hija Almendra, el rey Akbar dio orden de hacer desaparecer al guardián de los rebaños. Y he aquí que en las cercanías de la ciudad había un bosque, terrible refugio de animales espantosos. Y los hombres más bravos se sentían poseídos de temor al oír pronunciar el nombre de aquella selva, y se quedaban paralizados y con los pelos de punta. Y allá, la mañana parecía noche, y la noche era semejante a la llegada siniestra de la Resurrección. Y entre otros animales espantosos, había allí dos cerdos-gamos que eran el horror de los cuadrúpedos y de las aves, y que a veces hasta llegaban a sembrar la devastación en la ciudad.

Y los hermanos de la princesa Almendra, por orden del rey, enviaron al infortunado Jazmín a aquel lugar de desgracia, con la intención de hacerle perecer. Y el joven, sin sospechar lo que le esperaba, condujo allá sus bueyes y sus ovejas. Y entró en aquella selva a la hora en que aparecía en el horizonte el astro de dos cuernos y cuando el etíope de la noche volvía el rostro para ponerse en fuga. Y dejando pacer a los animales a su antojo, se sentó en una piedra blanca que había tirado en tierra, y cogió su flauta, manantial de embriaguez.

LHMY he aquí que, guiados por el olfato, los dos terribles cerdos-gamos llegaron de repente al claro donde estaba Jazmín, rugiendo a imitación de la nube cargada de truenos. Y el príncipe de mirada dulce los acogió con los sones de su flauta, y los inmovilizó con el encanto de su ejecución. Luego, lentamente, se levantó y salió de la selva, acompañado por los dos espantosos animales, uno a su derecha y otro a su izquierda, y seguido por todo el rebaño. Y de tal suerte llegó bajo las ventanas del rey Akbar. Y todo el mundo le vio y quedó sumido en el asombro.

Y el príncipe Jazmín hizo entrar en una jaula de hierro a los dos cerdos-gamos y se los ofreció al padre de Almendra en calidad de homenaje. Y ante aquella hazaña, el rey llegó al límite de la perplejidad, y retiró su mano de la condenación de aquel león de héroes.

Pero los hermanos de la enamorada Almendra no quisieron deponer su rencor, y para impedir que su hermana se uniera con el joven, idearon casarla a disgusto con su primo, el hijo del tío calamitoso. Porque decían: “Hay que atar el pie a esa loca con la cuerda resistente del matrimonio. Y entonces se olvidará de su insensato amor”. Y sin más ni más, organizaron la procesión nupcial, y contrataron a músicos y cantarinas, a clarinetes y tamborileros.

Y mientras aquellos tiranos vigilaban así las ceremonias de aquel matrimonio opresor, la desolada Almendra, vestida, mal de su grado, con ropas espléndidas y atavíos de oro y perlas, que pregonaban en ella una recién casada, estaba sentada en un elegante lecho de gala, recubierto de paños brocados de oro, semejante a la flor en el arbusto, pero con la tristeza y el abatimiento a su lado, con el sello del mutismo en los labios, silenciosa como el lirio, inmóvil como el ídolo. Y con la apariencia de una joven muerta a manos de vivos, su corazón palpitaba como el gallo a quien degüellan, su alma estaba vestida con un vestido de crepúsculo, su seno estaba desgarrado por la uña del dolor, y su espíritu efervescente pensaba en los ojos negros del cuervo de arcilla que iba a ser su compañero de lecho. Y se hallaba en la cúspide del Cáucaso de las penas.

Pero he aquí que el príncipe Jazmín, invitado con los demás servidores a las bodas de su señora, le dio, con un simple cruce de ojos, una esperanza libertadora de las ataduras del dolor. Porque ¿Quién no sabe que con simples miradas los amantes pueden decirse veinte cosas de las que nadie tiene la menor idea?

Así es que, cuando llegó la noche y se introdujo a la princesa Almendra, como recién casada, en la cámara nupcial, solamente entonces el Destino mostró su faz dichosa a los amantes y vivificó su corazón con los ocho olores. Y la bella Almendra, aprovechándose al instante de la soledad en que la habían dejado en aquella habitación donde iba a penetrar su primo, salió sin ruido con sus vestiduras de oro, y emprendió el vuelo hacia Jazmín el bienaventurado. Y aquellos dos amantes benditos se cogieron de la mano, y más ligeros que el céfiro rosado, desaparecieron y se desvanecieron como el alcanfor.

Y desde entonces nadie pudo encontrar sus huellas, y nadie oyó hablar de ellos ni del lugar de su retiro. Porque, en la tierra, solamente algunos entre los hijos de los hombres son dignos de dicha, de seguir el camino que lleva a la dicha y de acercarse a la casa en que se esconde la dicha.

Gloria por siempre y loores múltiples al Retribuidor, Dueño de la alegría, de la inteligencia y de la dicha. ¡Amín!

 

 

Fuente: Wikisource 

 

Puedes encontrar mas en Antiguamente  mas cuentos tradicionales del Medio Oriente.

 

Arabia –Mil y una noches– Traducciones al español IV Salvador Peña Martin

Dice el autor de la nueva obra en idioma castellano, que cada traducción es válida por unos cuarenta años. Hagámosle los honores a esta renovada cascada de frescura y fantasía, realismo y gracia que, sin duda, representa la perpetuamente reencontrada y original obra literaria.
 


Por una mayor fidelidad al idioma original

La pequeña variación en el título puede pasar desapercibida, debido al automatismo con el que, a veces, trabajan nuestras mentes en algo profundamente arraigado, pero lo cierto es que el autor prescinde del artículo con el que hasta ahora hemos nombrado este libro milenario, pero… ¿a qué se debe este cambio?
Es el propio autor en el estudio previo de su obra que titula Lo múltiple y lo uno, 
quien expone, entre las  últimas consideraciones de su extenso y brillante trabajo, los argumentos por los cuales se ha decidido a titularla sin el perenne y mayúsculo artículo “Las”. Es difícil su posible implantación, aun cuando están muy bien justificadas sus razones, que me permito transcribir textualmente, y es que, en un trabajo así, nada debe quedar dicho a medias.
«El título original de la obra, Alf layla wa-layla, indica, con toda sencillez un número preciso de noches, en un sintagma indeterminado. Esto, en castellano actual, se expresa «mil una noches», sin artículo previo, «las», dado que en árabe no se ha expresado la determinación. Pero, así mismo, sin la conjunción copulativa «y», ya que, aunque sí está presente en el árabe (wa-), ello se debe a que, en dicha lengua sí es necesaria la conjunción después de los millares, del mismo modo que lo es en otras lenguas como el portugués, pero no en castellano contemporáneo (decimos «dos mil dieciséis», y no «*dos mil y dieciséis»). En el título de la obra la persistencia de «las» e «y» solo se explica por influencia del francés a través de la traducción de A. Galland: Les mille et une nuits
Considero, pues, que Las mil y una noches, es un calco del francés que habría convenido esquivar, si la versión se adaptase a los usos actuales de la lengua, ya que la secuencia «mil y una» o «una y mil», que podemos emplear en expresiones como «mil y un viajes» o «una y mil veces», perfectamente válidas por supuesto, no significan un número preciso, sino, más bien, una cantidad subjetivamente elevada. Así, «mil y una noches» no significan exactamente 1001 noches, sino muchísimas noches. Y es el caso que el número de noches en que se desarrolla la acción de la obra sí es, con precisión, de 1001.
Un primer argumento en contra de una versión «mil una noches» sería que el
título Las mil y una noches está asentado en castellano. Eso es solo en parte cierto, ya que, junto a esa alternativa, la tradición nos ofrece otra: la seguida tanto V. Blasco Ibáñez en sutraducción, como M. Vargas Llosa en su reescritura de la obra para el teatro: Las mil noches y una noches. Creo, pues, que sería lícito y hasta adecuado llamarla, en consonancia con el original, y sin más, «Mil una noches». Pero estos asuntos no son nunca sencillos. Si bien parece indiscutible que el artículo «las» no responde a ningún motivo, y no tiene sustento en el original, lo cierto es que a favor del mantenimiento de la conjunción «y» hay dos buenos argumentos. Por un lado, tenemos el adjetivo, bastante extendido en castellano a ambos lados del Atlántico, «miliunanochesco». Y por otro, el hecho de que la secuencia «mil y» se ha empleado en estadios anteriores de esta lengua para numerales precisos, por ejemplo en «año de mil y setecientos», como puede leerse en documentos de la época; el sabor arcaizante de la expresión está en consonancia con la obra original y con la versión por la que aquí se ha optado. Traduzco, en consecuencia, Mil y una noches».
Lo múltiple y lo uno en ‘Mil y una noches’
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Arabia -Las mil y una noches-traducciones al español III – Arabistas de la Universidad de Barcelona

La edición y traducción de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya y Leonor Martínez fue realizada a partir del original egipcio de Bulaq de 1835. Dice Alvaro de Larica en el magnífico artículo de su blog, que es rigurosa, directa, completa y suficientemente adornada. Fue publicada a principio de la década de los sesenta por la desaparecida editorial Vergara, e injustamente olvidada,  posteriormente sería recuperada por Atalanta -antigua editorial Siruela-. 

 

Universidad de Barcelona
1ª de las tres portadas de la edición// Editorial Atalanta

 

Muy poco tiempo después se publicaria la traducción y compilación de Juan Vernet, catedrático  y reputado arabista -quien conocía y había prologado la realizada por sus compañeros-. Su versión está considerada por los filólogos como una de las más fiables.

La traducción del autor tiene como base la quinta edición en cuatro volúmenes de la imprenta Sarafiyya del Cairo 1323-1906 y la de la Dar al Kutuf al-arabiyya al-kubrá, que coinciden con los textos de ZER (Zotenberg’s Egyptiann Recension), se han introducido algunas variantes de la edición de Calcuta 1832-1842 y algunos que no figurando en el ZER que se han traducidos en otras ediciones -en su libro quedan  perfectamente identificadas estas novedades-.

Al margen de la traducción de los relatos, en sus numerosos escritos sobre este libro, el autor, con su ineludible erudición y conocimiento del tema, fue encadenando la espesa red de conexiones e influencias de este libro en la literatura occidental, desde la Odisea, el mito de Alejandro Magno, la influencia en la picaresca hispana o en autores de todas las latitudes como en Lope de Vega, Don Juan Manuel, Cervantes, Boccaccio, La Fontaine, los hermanos Grimm, Shakespeare…, lo que demuestra que, en aquellos tiempos, la dimensión del mundo nunca fue tan grande como nos creímos y hace bueno el dicho de que “el mundo es un pañuelo”.       

 

Dicen las más antiguas supersticiones y leyendas que Las mil y una noches es un libro de lectura lenta. Hay que hacerlo poco a poco para saborear todas sus dimensiones que son muchas, la consecuencia de no hacerlo así, podría ser la locura…

 

Archivo de LHM

Con su inagotable versatilidad, Sherezade relató historias sobre cualquier temática. Joan Vernet, siguiendo la clasificación hecha por el traductor del libro al alemán, el orientalista Enno Littmann, divide su contenido en ocho temáticas diferentes: 

 

1.- Cuentos maravillosos.-

 Entre ellos están alguno de los más célebres:

*Aladino y la lámpara maravillosa, *Ali Baba y los cuarenta ladrones. Ambos conservados en manuscritos egipcios descubiertos tardíamente. 

Con más valor literario los viajes submarinos, cuyo origen se considera persa, se desarrollan en la *Historia del matrimonio del rey Badr Basim. En ellas se muestran cómo la literatura arabe conocía la literatura grieta y se hace evidente en *Chawhara y la reina Lab, quien transforman a las personas en animales como Circe, la hechicera mitológica que vivió en la isla mediterranea de Eea.

Interesante pero con menor valor literario *Abd Allah de la Tierra y Add Allah Del Mar, describen una vida submarina de la humanidad. 

*Simdbad el marino, que en un principio fue un libro independiente,  esta basado en los textos escritos sobre -Las maravillas de la India, las maravillas de China y la india y las maravillas Del Mar- que se encontraba en las bibliotecas de Bagdad en el siglo X y XI. El autor introduce leyendas procedentes de la Odisea y de la versión árabe de la leyenda de Alejandro.

En alguna de las aventuras se ha tratado de encontrar un origen prefaraónico o de las ceremonias de incubación onírica helenicas o talmúdicas. Sin duda todos los relatos contienen una gran unidad estilística.

*Historia de Abu Muhammad el perezoso y de Harún al-Rashid, perteneciente al periodo bagdadí y probablemente también lo sea. 

*Jalifa el pescador con las monas.

*Historia del caballo de ébano que sirvió de inspiración a Cervantes, pues su última carrera está en el Clavileño del Quijote cuyo tema es de origen indio y fue extendido por persia y el mundo arabe.

*Add Allah b. Fadil, gobernador de Basora, escrito en época tardía.

 

2.- Novelas de caballería 

Los árabes clásicos no conocieron la poesía épica, seguramente debido al encorsetamiento de la estrofa que utilizaban, la casida, sometida a una jerarquizacion temática muy estricta. Sin embargo, sí novelaron las hazañas de sus héroes y en las mil y una noches se encierran dos grandes novelas de caballería: 

*La historia de Achib, Garibaldi y Salim al-Layl que constituye un cántico a la conquista del Próximo Oriente por la nueva religión.

*Historia del rey Umar al-Numán y sus dos hijos Sarkan y Daw al-Makan, proceden de dos estratos iniciales: las luchas contra lo bizantinos y contra los cruzados siglos más tarde. Representa la octava parte de la obra, y es un auténtico mosaico de guerras, relaciones pecaminosas y anécdotas que abarcan toda suerte de episodios, que muestran lo heterogéneo de los materiales unificados por los egipcios. Narrativamente destacan dentro de la historia las dos protagonistas femeninas: la alcahueta y entrometida Dat al-Dawahi e Ibriza, hija del emperador bizantino, destacando, ambas mujeres, por su papel activo en contraste con el escaso valor que se las concede en las epopeyas europeas no españolas.

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Otras obras de carácter novelesco de origen histórico, reales o legendarios, son:

*Historia de una ciudad de Al-Andalus,  conquistada por Tariq b. Ziyad, que describe el botín abundante conseguido por los vencedores en la ciudad de Toledo, entre el cual figuraba la mesa de Salomón.

*Historia de la ciudad de Bronce.

*Historia de la Nur-al Dil y Maryam la cinturonera, que con cierto carácter moralízate, parece guardar cierta relación con el Decameron de Boccaccio.

 

3.- Novelas didácticas

De gran interés para la historia de la literatura española, ya que conocieron traducciones muy tempranas con influencias notorias, están:

*La historia de la esclava Tawaddud -Teodor, en la narrativa hispana-. Recoge gran número de datos científicos y justifica un determinado tipo de estética femenina. En esta historia se explica que una mujer hermosa debe tener dieciocho cualidades que más tarde recogería Lope de Vega en su comedia La doncella Teodor.

*Historia que trata de la astucia de las mujeres -traducida al castellano como Sendebar-. Dicha traducción se debe al hermano de Alfonso X, el infante don Fadrique y contiene, debido a su temática, una serie de narraciones entre ellas *La huella del león, probablemente de origen bíblico. Varios elementos de esta narración pasarán a la cuentistica occidental a través de Don Juan Manuel en El conde de Lucano y en los  cuentos de La Fontaine.

Pero la  influencia del Sendebar se deja sentir en todo el ámbito europeo sirviendo de inspiración a los hermanos Grimm en ejemplos como Bruner Lustig o el relato de Los seis cisnes; el orlando enamorado de Boyardo, Shakespeare se inspiró en Sendebar para su episodio de la libra de carne como pago en El mercader de Venecia.

*Los cuarenta visires con la que se introduce la leyenda del monje Ambrosio, versificada por Cristóbal de Virués, autor del Monserratte.

 

4.- Novelas esotéricas 

La *Historia de Hasán Karin al-Din y la *Historia de Chawdar, hijo del mercader Umar y de sus hermanos, representan en conjunto un relato de viajes al mundo de la ultratumba, que hizo pensar a Harovitz que podía ser –no lo es, según demostró Asín– un precedente de la Divina Comedia.

Las fuentes de estos relatos son hebreas, indopersas y egipcias pero también se recogen mitos sumerios o el mito de Alejandro que han pasado a ser patrimonio de todas las literaturas.

En la *Historia de Hasán de Basora, el orfebre, el motivo principal es el de las muchachas pájaro de origen indio que ha sido aprovechado por todas las literaturas islámicas. 

 

5.- Relatos edificantes, anécdotas y fábulas

De formas muy breves y agrupados, se presenta entremezcladas entre dos historias o grupos de historias,  parecen ser cuñas para servir de separación y descanso. Junto a escenas históricas, piadosas o jurídicas, aparecen otras que cuentan todo tipo de perversiones explicadas de acuerdo con el folklore de la época, como las que se encuentran el la *Historia de Wird Jan hijo del rey Chilad… aún cuando todas ellas, así como las fábulas son difíciles de filiar.

 

6.- Novelas amorosas

A pesar de la crudeza con la que se exponen, son los relatos de mayor valor estético y literario. Hay relatos de todo tipo, contemplados con una moral muy distinta a la cristiana, desde las relaciones heterosexuales al bestialismo pasando por la homosexualidad y, en fuerte contraste, con este tipo de narraciones se comprenden una serie de breves narraciones en las que se elogia el amor platónico que, según se asegura, fue practicado por la tribu de “los hijos de la virginidad”

*En Aziz y Aziza, una historia de amor desinteresado, podemos leer, como curiosidad, cómo se trabajaba en las fábricas de eunucos de Almería desde donde, en el siglo X, se surtía de ellos a todo el mercado de Oriente Próximo.

*Historia de Harúm al-Rashid y el joven Omán, 

*Historia de Qatar al-Zaman, reelaborada en la época persa, bagdadí y egipcia que, sin embargo, presenta intercalada la historia de *Nima y Num que se remonta al Extremo Oriente.

De este mismo período parece ser la *Historia del comerciante Mansur y de su amada Zayn al-Mawasif, que termina con la conversión de los dos protagonistas al islam.

Además se han intercalado leyendas preislamicas, como la creencia de que los genios surgen de los pozos.

En el cuento de *Ali Sar y la esclava Zumurrud, de origen persa,  en donde la esclava amada, separada de su dueño, se disfraza de hombre hasta que vuelve a los brazos de su amado.

De origen egipcio, la *Historia de Qatar-al Zaman y su amada, de tema netamente inmoral, sirve para contraponer el carácter lascivo de las mujeres del Iraq con el casto de las egipcias. Este último origen tiene también la historia de *Uns al-Uchud y de su amada Ward Fi-l-Akmam.

 

7.- Novela picaresca

Littemann  consideraba que la picaresca en Las mil y una noches es de origen egipcio. Dos narraciones corroboran esta idea: * Alí al-Zaybaq al-Misrí y la de Baybars y los dieciséis policías -esta última no figura en el ZER-. Pero hay otros autores que consideran que el origen es árabe -para Gonzalez Palencia la picaresca deriva del género que se conoce con el nombre de maqamas-. Estas consisten en una serie de historias cortas, independientes unas de otras, que tienen en común la existencia de una figura central, un pícaro con todas las de la ley, que se convierte en un gorrón y va subsistiendo gracias al empleo de sus buenas artes. El ciclo de las *Historias del barbero integradas en *El jorobado, el judío, el superviviente y el cristiano,  con sus curiosidades costumbristas como la agrupación de los pícaros y ladrones en  cofradías, que sin duda han trascendido en otras literaturas…

También pueden enmarcarse en este estilo la *Historia de Ahmad al-Danif y de Hasán Sumán con Dalila la Tailada y su hija Zaynab la Astuta que engloba la *Historia de Alí al-Zaybaq al-Misrí, la narración es viva y con gracia, contrapone las argucias de las mujeres y los hombres.

Mucho más tardía es la *Historia de Abu Qui y Abu Sir.

 

Y… la poesía 

Intercalados en muchos cuentos se encuentran una serie de versos que, según cuenta el estudioso Horowitz, fueron realizados por 42 poetas entre los que destacan los arábigos-españoles, por la influencia que tuvieron en el próximo oriente en el momento de la compilación, prácticamente definitiva, de las mil y una noches. 

Déjate llevar por la magia de las mil y una noche aquí.

 

Arabia -Las mil y una noches- traducciones al español II- Cansinos Assens

Rafael Cansinos Assens, un escritor maldito que merece ser descubierto .

 

Fue el autor de la primera traducción íntegra de Las mil y una noches, vertida directamente del árabe al español y editada en Mexico por la editorial Aguilar en el año 1954.

 

La fundación que lleva su nombre se encarga de recuperar y difundir su obra:

 

“En un estudio crítico sobre las 1001 noches, nuestro autor, que fue mucho más allá que realizar una mera traducción, afirmaba:

Son Las mil y una noches comparables a un gran río, que se hace caudaloso al acercarse al mar, o a una gran ciudad cuyo origen se ignora. Se han descubierto las fuentes del Nilo, tanto tiempo ignoradas; pero aún están por descubrir las fuentes de Las mil y una noches”.

Y, a modo de cuento, expone la curiosa visión de un intelectual holandés sobre el origen del gran y universal libro:

 

 

LA TESIS PERSA CON RÚBRICA JUDÍA

Pero la tesis persa reaparece con rúbrica judía, sustentada por el orientalista holandés Gaeje, que de un golpe, con solo abrir la Biblia por el Libro de Esther, muestra a los eruditos rebuscadores de libros lo que no habían visto en ese Libro de Libros, que tenían a la mano, quizá sobre su misma mesa, y demuestra, por modo concluyente, que la motivación y sugestión primera de Las mil y una noches no se derivan del Calila y Dimna ni de ningún libro sánscrito ni persa, sino del gran libro judío, la Biblia.

Pues en el Libro de Esther se encuentra ya condensado todo el argumento de la obra y las prefiguras de sus protagonistas—el rey (Asuero), Schahrasad (Esther), su padre adoptivo el visir (Mardojai), más un personaje que en Las mil y una noches no sale y que es Amán, el visir antisemita del rey Asuero.

El monarca persa Ahasveros reinaba «desde la India hasta la Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias. El rey Ahasveros estaba casado con la reina Vasti, mujer hermosa y soberbia. Y sucedió que el rey, una vez, “hizo banquete”». Y… pero transcribamos mejor los propios versículos del Libro bíblico, que el drama nos cuenta…

El día séptimo, alegre por el vino el corazón del rey, mandó este a Mahuman, Bizta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Carcas, los siete eunucos que servían ante el rey Asuero, que trajeran a su presencia a la reina Vasti, con su real corona, para mostrar a los pueblos y a los grandes su belleza, pues era de hermosa figura;  pero la reina se negó a venir con los eunucos, y el rey se irritó mucho y se encendió en cólera. Preguntó entonces el rey a los sabios conocedores del derecho, pues era este el modo de tratar los negocios ante los conocedores de las leyes y del derecho, de los cuales tenía junto a sí a los que ocupaban el primer rango en su reino, qué ley habría de aplicarse a la reina Vasti por no haber hecho lo que el rey le había mandado por medio de los eunucos.

Memucan respondió ante el rey y los príncipes: «No es solo al rey a quien ha ofendido la reina Vasti; es también a todos los príncipes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero, porque lo hecho por la reina llegará a conocimiento de todas las mujeres y será causa de que menosprecien a sus maridos, pues dirán: El rey Asuero mandó que llevasen a su presencia a la reina Vasti y ella no fue; y desde hoy las princesas de Persia y de Media que sepan lo que ha hecho la reina se lo dirán a todos los príncipes del rey, y de aquí vendrán muchos desprecios y mucha cólera.  Si al rey le parece bien, haga publicar e inscribir entre las leyes de los persas y de los medos, con prohibición de traspasarlo, un real decreto mandando que la reina Vasti no parezca más delante del rey Asuero, y dé el rey dignidad de reina a otra que sea mejor que ella

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Y en el capítulo II prosigue la historia en estos términos:

Después de esto, cuando ya se calmó la cólera del rey, pensó en Vasti y en lo que ésta había hecho y en la decisión que respecto de ella se había tomado. Los servidores del rey le dijeron: «Búsquense para el rey jóvenes vírgenes y bellas, poniendo el rey en todas provincias de su reino comisarios que hagan reunir todas las jóvenes vírgenes y de bella presencia en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la vigilancia de Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres, que les dará lo necesario para ataviarse, y que la joven que más agrade al rey sea la reina en lugar de Vasti.» Aprobó el rey este parecer y se hizo así.

He ahí narrado en el mismo estilo de Las mil y una noches el drama conyugal del rey Asuero, origen del encumbramiento de Esther la judía, que, con su belleza y atractivos, hizo que aquel se olvidara por completo de la reina Vasti y de todas las mozas vírgenes de su reino, poniendo fin a ese ominoso tributo de las mil doncellas y salvando, de paso, a su pueblo judío de los manejos de Amán, el antisemita.

Ahí tenemos ya el argumento y las dramatis personae del libro árabe. Basta con exagerar un poco las cosas y los caracteres. Que el rey Asuero, en vez de repudiar a la reina Vasti, mande matarla y esas vírgenes reunidas en su serrallo desfilen ante él, no para que elija de entre ellas nueva esposa, sino para que las goce y las sacrifique por turno, y tendremos ya el caso del misógino, agresivo rey Schahriar.

La semejanza resalta todavía en el modo como el rey se entera del servició que Mardojai le había prestado en tiempos, salvándole la vida, y de los manejos antisemitas del ambicioso Amán, pues también ahí interviene una historia, aunque no sea Esther quien se la cuente:

«Cap. IV. Aquella noche se le fue el sueño al rey y dijo que le trajesen el libro de las memorias de las cosas de los tiempos, y leyéronlas delante del rey…»

Por esa lectura sabe el rey Asuero que el padre adoptivo de su esposa salvárale antaño la vida, sin que por ello obtuviese recompensa, y decide llamarlo y honrarlo como se merece, subsanando aquel injusto olvido.

Y comparece ante el rey Mardojai y el rey lo nombra su gran visir en lugar de Amán, que muere en la horca que para el hebreo había, con demasiada prisa, mandado levantar.

Esta historia, que pudiera inscribirse en el ya citado libro de At-Tenuji Al Farchu-di-sch-Schiddet (El gozo tras la aflicción), historia que empieza mal y acaba bien y que los judíos leen todos los años, para su edificación y consuelo, haciéndola seguir de una alegre carnavalada, en que se truecan los papeles, como se trocaron entonces los de Mardojai y Amán, es, en resumen, la misma historia del rey Schahriar y su esposa Schahrasad, que también empieza mal y acaba bien para las mujeres y para todo el reino de Persia.

Cierto que Asuero es un carácter menos violento que Schahriar y que, en cambio, Schahrasad es más enérgica y brava que Esther, y se da un aire en lo heroico a Judith, pues obra por propia iniciativa y no por sugestión de su padre adoptivo, Mardojai, que es allí toda el alma del enredo. Esther solo triunfa ante el rey por su hermosura, y por lo demás es una pavisosa, que no sabe historias ni cuentos entretenidos ni tiene malicia femenil, siendo simplemente una linda muñeca en manos de Mardojai.

Pero salvo esas diferencias, todo lo demás es idéntico, y esas diferencias tenía que introducirlas el retocador del asunto, pues si no habríase encontrado con el mismo Libro de Esther.

Confesamos que, de todas las hipótesis, esta de Gaeje nos parece la más admisible y podría servir de base para atribuirle la paternidad de las Noches a un escritor judío, arabizado, de los muchos que pululaban en esas cortes orientales.

Si bien se mira, todo el libro miliunanochesco está salpicado de constelaciones hebraicas; todo lo que en él se dice de Salomón y su poder sobre hombres y genios es de procedencia talmúdica, así como muchas de las anécdotas edificantes que en él se intercalan.

Schahrasad, como vemos, está hecha con retazos de Esther y Judith, pues en su decisión de ofrecerse al rey Schahriar hay algo que recuerda el gesto de la heroína hebrea que, ataviada con todas sus galas, adornada y ungida como para una noche nupcial, se dirige a la tienda de campaña de Holofernes, con el puñal escondido bajo sus ropas, como si dijéramos «con la navaja en la liga». Burton ha insinuado que acaso Schahrasad llevase también su navaja en la liga, por si le fallaban los cuentos. Y hasta esa hermanita Dunyasad, que la acompaña, recuerda a esa otra hermana menor que la Sulamita lleva consigo al palacio de Salomón: «Tenemos una hermana que aún no tiene pechos…»

Hay, pues, sobrados motivos para aceptar la hipótesis del orientalista holandés. El judío está en todas partes, en todo se tropieza con él y, como autor del libro más antiguo, tiene los precedentes de todo.

Saludemos a esa noble sombra.

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Arabia- “Las mil y una noches” -Traducciones al español I- Blasco Ibañez

Dice el reputado arabista, Juan Vernet, en sus escritos sobre Las mil y una noches que, de modo incompleto, sus cuentos ya eran conocidos mucho antes de que la primera recopilación traducida en lengua occidental,  realizada en Francia por Galland, viera la luz. En rigor desde el siglo XII se hallaban infiltradas en varias literaturas, románicas primero, germánicas después, a través de traducciones realizadas en España en latín o en castellano. En algunos casos esta transmisión está documentada como en el cuento de «La doncella Teodor» o el ciclo de los «Siete visires». En otros casos es más difícil de probar la dependencia de ciertas narraciones occidentales, pero puede conseguirse mediante un análisis temático ambiental: esto ocurre en determinadas
anécdotas de la picaresca española o algunos pasajes del Decameron.

 

En todo caso, tal como ahora se concibe la obra, Las mil y una noches en castellano nos llegaron, por el lado europeo, siglos después; primero volcadas de la traducción alemana de Gustav Weil y editadas por Montaner y Simón en Barcelona y más tarde, de la mano de Vicente Blasco Ibáñez, quien traduciría la  polémica versión de Mardrus -árabe de nacimiento, afincado en Paris-, médico, poeta y traductor, transgresor e inconformista quien quiso romper con la moralidad llena de prejuicios puritanos propios de la época en que Galland publicara su versión.

Este autor hizo hincapié en destacar el lado erótico de los relatos, basándose en una autenticidad que ha sido puesta más tarde en entredicho por los estudiosos del tema y, de la mano de Vicente  Blasco Ibáñez, ha circulado durante décadas por las bibliotecas españolas como digna representante de la literatura oriental más genuina.

Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia
Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia-

 

Prólogo de J.C. Mardrus traducido por Vicente Blasco Ibáñez

Una palabra del traductor a su amigos

 

YO OFREZCO DESNUDAS, VÍRGENES, 

INTACTAS Y SENCILLAS, PARA MIS DELICIAS Y 

EL PLACER DE MIS AMIGOS, ESTAS NOCHES

ÁRABES VIVIDAS, SOÑADAS Y TRADUCIDAS 

SOBRE SU TIERRA NATAL Y SOBRE EL AGUA.

Pixabay

Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.

Por eso las doy.

Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schehrazada, su madre suculenta que las dió a luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime -lúbrico y feroz-, bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso. Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa.

Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de rosa. Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la LITERALIDAD, una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata… Ella fija.

La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque ¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre…?

Las dificultades del idioma original, tan duras para el traductor académico, que ve en las obras la letra antes que el espíritu, se convierten entre los dedos del amoroso balbuceo oriental en espirales tan bellas, que muchas veces no se atreve a desenlazarlas por miedo a que pierdan su originalidad.

¡En cuanto a la acogida que tendrán estas joyas orientales… ! El Occidente, amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje -gorjeo simple, sonoro y juvenil -de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen.

Entienden poco de malicia las huríes.

Y los pueblos primitivos, dice el Sabio, llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne o en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza).

Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce a la alegría. Y ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.

Pixabay

Todo artista que ha vagabundeado por Oriente y cultivado con amor los bancos calados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes; el viejo Cairo con sus calles llenas de sombra, siempre frescas; los zocos de Damasco, Sana del Yemen, Mascata o Bagdad; todo aquel que ha dormido en la estera inmaculada del beduino de Palmira, que ha partido el pan y saboreado la sal fraternalmente en la soledad gloriosa del desierto, con Ibn Rachid, el suntuoso, tipo neto del árabe auténtico, o que ha gustado la exquisitez de una charla de simplicidad antigua con el puro descendiente del Profeta, el cherif Hussein ben Ali ben Aoun, emir de la Meca santa, ha podido notar la expresión de las pintorescas fisonomías reunidas. Un sentimiento único domina a toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea con vitales estallidos ante las palabras gruesas y libres del heroico cuentista público que en el centro del café o de la plaza gesticula, mima, se pasea o brinca para dar mayor expresión a su relato en medio de los espectadores risueños… Y se apodera de vosotros la general embriaguez suscitada por las palabras y los sonidos imitativos, el humo del tabaco que hace soñar, la esencia afrodisíaca que parece flotante en el espacio, el sub-olor discreto del haschich, último regalo de Alah a los hombres… Y os sentís navegantes aéreos en la frescura de la noche.

Allí nadie aplaude. Ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, vestigio indiscutible de razas ancestrales y antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la víctima y del cual ha hecho Europa un signo de la horrible alegría burguesa amontonada bajo el gas o la electricidad de las salas públicas, es completamente desconocido.

El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoun, un canto de muezzin o de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un -vuelo de pájaro o la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina o a toda voz con un ¡ah! ¡ah!… largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico.

Y esto se debe a que el árabe no es más que un instintivo; pero afinado, exquisito. Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal.

Pero es parco en palabras y sueña… sueña. Y ahora, amigos míos…

Yo os prometo, sin miedo de mentir, que el telón va a levantarse sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya alumbrado jamás sobre la nieve del papel el frágil útil del cuentista.

Doctor J. C. MARDRUS

Fuente: Biblioteca Valenciana, Generalitat de Valencia

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Arabia -Las Mil y una noches- Historia del tercer hermano del barbero

Puede que merezca la pena, antes de empezar con la pequeña exposición de los cuentos de Las Mil y una noches, hacer una breve semblanza de la historia de este libro universal y mágico, que abrió las ventanas del mundo occidental para dejar entrar la fascinación ante ese oriente de sultanes y mendigos, de genios, de tullidos pedigüeños, de ladrones y tesoros escondidos, de alfombras voladoras, de bellísimas mujeres de haren o de cautivos irredentos.

Desde sus origenes indios, son muchas las vicisitudes de este hermoso libro: su paso por el imperio persa y por el antiguo Egipto, que supuso la traducción al árabe, y su lenta expansión en boca de las alcahuetas de los mercados de Bagdad o de Beirut o en la de los contadores de cuentos en los cafés del Cairo, hasta llegar a las páginas de nuestros libros en el amanecer del romanticismo europeo. Lo cierto es que en pleno siglo XXI, todavía, los niños siguen durmiendo al arrullo de Simbad y Sherezade o que es el siempre joven y simpático Aladino quien sigue atrayendo a las poderosas compañías cinematográficas que vuelven, una y otra vez, a esas antiguas historias para dejarnos asombrados con el poder de una fantasía y una ensoñación que no se agotan nunca.  

Y es que, cuentan los eruditos, que lo que hoy conocemos como “Las mil y una noches”,  se recogieron primero bajo el nombre de “Mil noches”, más tarde, “Mil noches y una noche” y que esa prolongación numérica de su nombre se debe a la supersticiosa creencia musulmana del mal agüero de los números pares. En todo caso, si esa fue la razón, tuvieron la fortuna de convertir sus narraciones en un libro con sabores a infinito.

Y cuentan también que Alejandro Magno se enamoró de oriente y que, cada noche, reunía a su alrededor a “los oscuros hombres de la noche” para que le contaran cuentos antes de dormir. 

Que Sherezade, quien preside y reina como una gran señora en cada historia, se incorporó al libro allá por el siglo XV, fruto de viejas tradiciones en el arte de contar cuentos de la India o de la China que enlazaban relatos como en el juego de las muñecas rusas.

Que Aladino no se encuentra entre los cuentos originales, pues, al parecer, fue introducido por el francés Galland -autor de la primera traducción en Europa allá por el año 1704- y que tal vez fuera el mismo traductor quien se inventó ese cuento.

 

¿Dónde está la razón de su persistente éxito? Puede que se deba a ese formato mágico que, como la propia vida, es una cascada de pequeños acontecimientos que van acaeciendo sorprendentemente entre la vida y la muerte.

Historia del tercer hermano del Barbero
LHM

 

 

Historia del tercer hermano del barbero

Mi tercer hermano Bakbak, el ciego, conocido por el apodo de Calabaza Huera, llegó un día, conducido por la predestinación y el destino, a una gran casa y llamó a la puerta esperando que el dueño contestaría y podría pedirle alguna cosilla. Preguntaron desde dentro:

–¿Quién llama?

Pero mi hermano no contestó. Y aunque oyó al dueño que volvía a decir, alzando la voz –¿Quién es?, siguió sin pronunciar palabra. Luego pudo distinguir ruido de pasos que se acercaban hasta llegar a la puerta y sintió que la abrían. Y entonces el hombre dijo:

–¿Qué es lo que deseas?

Mi hermano contestó.

–¿Qué me des una limosna por amor de Alah (alabado sea su nombre)

–¿Eres ciego?– preguntó el otro.

Y mi hermano contestó: 

–Sí.

–Entonces dame la mano– añadió el dueño de la casa.

Y mi hermano le tendió la mano y el hombre le metió dentro y le hizo subir escalones y más escalones hasta que llegaron hasta la más alta azotea. Y mi hermano iba pensando que le daría comida o dinero. Y cuando llegaron a la azotea preguntó el dueño:

–¿Qué quieres, ciego?

–Una limosna por amor de Alah (exaltado sea su nombre)

–¡Qué Alah te abra otro camino!– contestó el otro.

–¿Cómo? – exclamó mi hermano–. ¿No pudiste decirme eso cuando estábamos abajo?

–¡Y tú, !despreciable mamarracho!– contestó el hombre–, ¿no pudiste pedirme la limosna por amor a Alah cuando te lo pregunté por primera vez al oírte llamar a la puerta?

Entonces mi hermano preguntó:

–¿Qué piensas hacer conmigo?

Y dijo el dueño de la casa:

–Ante ti tienes abierto el camino.

De modo que mi hermano se puso a bajar las escaleras y siguió bajando hasta que solo le faltaban veinte escalones para llegar a la puerta y entonces dio un mal paso y cayó rodando y se rompió la cabeza.

Iba andando sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando dos ciegos compañeros suyos le encontraron y le dijeron:

–¿Qué te ha pasado?

Mi hermano les contó la desgracia que acababa de caer sobre él, añadiendo:

–!Oh hermanos míos! Quisiera acudir ahora a nuestros ahorros y cogiendo algo de ellos, gastármelo.

Ahora bien, el dueño de la casa en que mi hermano había entrado antes, le había seguido para espiarle, y sin que se diera cuenta había llegado tras él hasta su casa, y una vez allí, se escurrió dentro sin ser notado. Mi hermano se sentó a esperar a sus compañeros, y cuando llegaron les dijo:

–Cerrad la puerta y registrad la habitación, no sea que nos haya seguido algún extraño.

Cuando el intruso oyó lo que había dicho, se levantó y se colgó de una cuerda que pendía del techo, y los ciegos buscaron por todas partes y, no encontrando a nadie, volvieron a sentarse junto a mi hermano, y sacaron su dinero  porque lo contaron, y tenían más de diez mil monedas de plata. Luego pusieron sus ahorros en un rincón y tomando cada cual lo que quiso del sobrante de dicha cantidad, enterraron las diez mil monedas de plata. Hecho esto, colocaron sus provisiones ante ellos y se pusieron a comer.

Pero mi hermano oyó mascar a su lado a un extraño y dijo a sus amigos:

–¿Hay algún extraño entre nosotros?

Y al extender la mano fue a coger la del desconocido y empezó a chillar:

–¡Aquí está el intruso!

Y cayeron todos sobre él y le apalearon hasta cansarse mientras vociferaban:

–¡Oh musulmanes! ¡Pido protección a Alah y al sultán! ¡Pido protección a Alah y al walí! ¡Pido protección a Alah y al emir! ¡Tengo que comunicar al emir una cosa importantísima!

Y antes de que nadie pudiera darse cuenta, los guardias del walí los rodearon y los apresaron, incluyendo a mi hermano, y los condujeron a todos ante el superior.

El walí preguntó:

–¿Cuál es nuestra historia?

Y contestó el extraño:

–¡Fíjate bien en lo que te digo, oh walí! ¡No podrás enterarte de la verdad más que a fuerza de palos y, si quieres, puedes empezar por pegarme a mí el primero!

Entonces el walí dijo:

–¡Echad este hombre al suelo y pegarle de latigazos!

Y cuando los latigazos empezaron a dolerle, el pícaro abrió un ojo, cuando le dieron unos pocos más, abrió el otro. Ante lo cual exclamó el walí:

–¿Qué significa esa conducta, miserable?

–Prométeme la seguridad y te lo contaré todo– contestó el hombre.

Y habiéndole concedido el walí lo que solicitaba, agregó:

–Nosotros  cuatro nos fingimos ciegos y, de este modo, deslizándonos entre las gentes, entramos en sus casas y vemos a las mujeres y nos las arreglamos para pervertirlas y sacarles el dinero. Y valiéndonos de estos medios hemos conseguido acumular una riqueza considerable que se eleva a diez mil monedas de plata. Y yo he dicho a mis compañeros: «dadme mi parte, es decir, dos mil quinientas monedas» y ellos se han vuelto contra mí y han empezado a pegarme y se han quedado con lo que me pertenece. Por lo tanto, Pido protección a Alah y a ti, y más mereces guardarte tú mi parte que no ellos. Si deseas asegurarte de la verdad de lo que te he dicho, haz que les den de latigazos más de firme que a mí, y ya verás cómo abren los ojos.

Inmediatamente el walí ordenó que azotarán a los ciegos y a mi hermano le tocó ser el primero. Y le pegaron hasta casi acabar con él y entonces el walí les dijo:

–¡Ah hipócritas! ¿Os atrevéis a negar el don con que os ha favorecido Alah, fingiéndose ciegos?

Mi hermano exclamó:

–!Alah, Alah! Ninguno de nosotros tiene vista.

Y volvieron a echarle al suelo y no dejaron de pegarle hasta que perdió el sentido y entonces ordenó el walí:

–Llevaoslo hasta que vuelva en sí, y cuando vuelva en sí, azotadle de nuevo.

Y mientras tanto mandó que castigaran a sus compañeros, propinando a cada uno más de trescientos latigazos, mientras el que no era ciego exclamaba dirigiéndose a ellos:

–Abrid los ojos o volverán a azotaros otra vez– luego, volviéndose al walí, le dijo: –manda a alguien conmigo para que traigamos dinero, pues estos hombres no abrirán los ojos por temor a quedar mal ante los espectadores.

Y el walí ordenó a un hombre que le acompañaran, y volvieron ambos con el dinero. Y el walí lo cogió y apartó para el denunciante las dos mil quinientas monedas que reclamaba, en contra de los ciegos, y el se quedó con los demás. Y a mi hermano y a los, otros dos los expulsó de la ciudad.

El cuento ha sido extraído de la Antología de Cuentos de la Literatura Universal de D. Ramón Menéndez Pidal, traducidos directamente del francés por Elisa Bernis

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Los parsis en la India

Entre los grandes tesoros de la India –Los parsis–

Los parsis en la India
Archivo LHM

Aquella mañana, la primera de nuestra estancia en Bombay, habíamos hecho un recorrido por el antiguo barrio de Cobala y terminamos en el hotel Taj Mahal, frente a la emblemática Puerta de la India, en busca de un lugar donde comer. Casi todos los componentes del grupo de amigos que habíamos decidido visitar la India se habían repartido en los distintos restaurantes; solo algunos de nosotros preferimos tomar un simple bocadillo, sentados en una de las mesas frente a la agradable piscina que, como un oasis, está situada en el centro de un patio que se encuentra en medio del establecimiento hotelero de más tradición en la ciudad.
A pesar de que la gente entraba y salía, el sitio resultaba muy tranquilo. Varias personas tomaban el sol sobre las tumbonas alrededor de la piscina y solo la mesa contigua a la nuestra estaba ocupada por tres hombres: dos de ellos, tocados con sus característicos turbantes, denotaban su procedencia; el tercero, un occidental entrado en años y vestido de manera informal pero sin el descuido de los turistas, tenía un cierto aire de intelectual.
Al poco rato de nuestra llegada, los dos hindúes se despidieron, abandonaron la mesa y el occidental permaneció solo tomando un té y haciendo anotaciones en su agenda.
Habíamos terminado nuestra frugal comida y nos disponíamos a tomar café cuando el hombre se dirigió a nosotros en español para preguntar por nuestra procedencia. Con esa curiosa camaradería que se crea al encontrarte con personas que hablan tu idioma en países extraños, le invitamos a sentarse a nuestra mesa y así lo hizo. Se trataba de un norteamericano de madre chilena, razón por la cual dominaba nuestra lengua, a pesar de su fuerte acento y esa ligera cadencia con la que los sudamericanos suavizan la fonética del castellano.
Tenía una conversación muy fácil y, con bastante desparpajo por nuestra parte y mucho desenfado por la suya, tuvo que soportar que entre todos le sometiéramos a un completo interrogatorio. Se trataba de un catedrático de antropología ya jubilado que, hasta hacía poco tiempo, había impartido clases en una Universidad de San Francisco y continuaba desarrollando su interesante trabajo al pertenecer a varias agrupaciones de intelectuales dentro y fuera de su país, a la vez que colaboraba en revistas especializadas en las antiguas religiones del mundo.
Al parecer, viajaba con frecuencia a la India en donde tenía grandes amistades y para él constituía una fuente inagotable de conocimiento. En esta ocasión se encontraba en la ciudad de Bombay debido a que, como estudioso del tema, había sido solicitada su aportación en el examen de un documento hallado recientemente. Se trataba de una tablilla cuneiforme en la que se hablaba de Ecbatana: una de las ciudades más antiguas de la humanidad que por un tiempo fuera capital del imperio Medo y que después pertenecería al mundo de los persas.
La valiosa tablilla había aparecido en manos de un comerciante que desconocía su enorme valor histórico y, dado que formaba parte de su herencia familiar, conservada a través de las generaciones que le habían precedido, se pensó que debió llegar hasta la India con la venida de los antiguos parsis a cuya comunidad pertenecía el propietario.
Los comentarios que surgieron en torno a esas gentes dieron pie a una auténtica lección de historia que acabó, debido a la versatilidad del personaje, en una interesante conversación que nos situó ante la riqueza y la complejidad del mundo al que acabábamos de llegar, pues algunos de nosotros quisimos saber con más de detalle quiénes eran los parsis y el americano, con la claridad propia de quien está acostumbrado a enseñar, nos explicó que se trata de una comunidad muy arraigada en el país al que llegaron hace siglos procedentes de Persia, lugar de donde proviene su nombre.
A medida que la conversación iba avanzando, se fue convirtiendo en un monólogo que, después de contrastar datos y acontecimientos históricos, por temor a las traiciones de mi memoria, trataré de reproducir, debido a lo interesante de la información que nos aportó aquel curioso personaje…
—Los parsis son muy respetados y conocidos en esta ciudad. En cierto modo, forman parte de su acervo cultural del que todo visitante se queda con una pequeña referencia. La causa es la curiosidad que despierta la práctica de cierta ceremonia religiosa que se lleva a cabo entre los árboles de un parque situado sobre las colinas Malabar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los barrios más elitistas de Bombay.

»Se trata de un primitivo rito que ha pervivido a lo largo de los siglos en torno a las míticas Torres del Silencio. Sobre ellas y a quince metros de altura, pervive una antigua manera de hacer desaparecer a los muertos: los cadáveres de hombres, mujeres y niños, tras ser envueltos en blancas telas de lino, son depositados sobre losas de piedra para ser expuestos a la voracidad de las aves de rapiña que sobrevuelan la frondosidad del parque. Los gigantescos buitres arrancan la carne dejándola en los huesos del esqueleto para que el sol los calcine y, tras ser pulverizados, son arrojados a los pozos habilitados en el fondo de las torres. Desde allí son impulsados por el agua corriente y arrastrados hasta el mar. La finalidad de esta extraña costumbre es hacer desaparecer los cuerpos que han acogido las almas en su tránsito por la vida sin manchar, con la impura materia en descomposición: el aire, el agua, la tierra o el fuego por su condición de sagrados para los fieles de una religión cuya deidad es Ahura Mazda: una antigua divinidad a quien ellos, a través de las enseñanzas de Zaratustra, le han dedicado una fidelidad asombrosa, pues sus ritos se han mantenido vivos a través de los siglos y especialmente en la India se ha hecho con gran pureza.
»Pero no es solo esta ceremonia y su fidelidad al pasado lo que despierta la curiosidad en torno a su Dios y en torno al personaje de Zaratustra, ya que, si quisieran ahondar un poco más allá en el conocimiento de su cultura y de su religión, se encontrarían con que es necesario descender muchos escalones en la historia del hombre para adentrarse en el extraño y desconocido mundo de la mano de los magos.

Torres del silencio -Irán-
Torres del silencio -Irán-

»Estas gentes eran los habitantes de la antigua región de Media, en el actual noroeste de Irán, que en el siglo V a. de C. y arrastrando consigo una enorme herencia cultural, que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, quedaron integrados en el imperio Aqueménida —conocido como Priemer Imperio Persa—, en donde llegaron a constituirse en su clase sacerdotal: fueron astrólogos, sanadores, conocedores del mundo de lo invisible y los poseedores de una gran sabiduría.
Fue en ese marco de antiguas y misteriosas tradiciones donde se ha encuadrado a Zaratustra, puesto que su religión ya era practicada en los tiempos de este Imperio.
—Pero… Zaratustra es más una leyenda que otra cosa, ¿no?
—Sí, tiene razón, pero solo en cuanto a su persona. Según dicen sus actuales seguidores, él nunca deseó ser objeto de culto y en torno a su identidad solo hay misterio y leyenda. Todo cuanto se ha podido decir o escribir son meras elucubraciones: pudo haber sido un persa que vivió en el siglo VII antes de nuestra era, otros sitúan su nacimiento en las actuales tierras de Azerbaiyán en fecha desconocida, pero también hay quienes afirman que llegó procedente del mítico país de los arios 1.500 o 2.000 años antes de Cristo, cuando, tras un drástico cambio climático en Aryanam Vaeja —así se llama en los antiguos escritos a ese enigmático país—, se sucedieron las grandes emigraciones de sus habitantes por las diversas regiones del mundo.
»Pero hay otras versiones que han intentado ser más precisas sobre quién pudo ser Zaratustra dándole un significado a su nombre. Quienes lo traducen como propietario de los camellos dorados han sugerido que debió tratarse de un mercader de ganado que, en sus largos viajes a través de las zonas desérticas, tuvo la oportunidad de propagar su doctrina; para otros, la traducción literal de su nombre es la de hombres de luz y consideran que se trataba de un título dado a una serie de maestros filósofos.
»Fuera cual fuera el origen remoto e incierto de este magnífico personaje, no hay nada más lejos de esa afirmación que lo considera una leyenda. Su huella es muy profunda y, de su paso por la tierra, ha quedado una obra escrita de una extensión considerable y una asombrosa profundidad espiritual: el Avesta. Este fue el primer libro que, desde la Antigüedad, ha llegado hasta nosotros y que contiene todas las fórmulas de una religión. Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del hombre, empeñado siempre en la violencia, gran parte del contenido del Avesta se perdió o se destruyó cuando Alejandro Magno conquistó las tierras del Imperio persa arrebatándoselo al rey Darío II, tras vencerle en la mítica batalla de Gaugamela. A pesar de todo, en los tiempos en que Alejandro dominó aquellas tierras y, posteriormente, en el de sus sucesores, quienes continuarían establecidos allí durante siglos, la práctica religiosa que representaba el zoroastrismo se mantuvo viva entre los persas a través de las tradiciones orales trasmitidas por su clase sacerdotal y que nos lleva a encontrarnos de nuevo con los magos. Ellos fueron quienes mantuvieron vivo el fuego de sus creencias a través del tiempo.
»Y se sabe que, en aquella época, que supuso el albor de nuestra cultura, la sabiduría que encerraba el mundo de los persas fue una obsesión para los griegos y después lo sería para los romanos. La inquietud por su conocimiento está presente entre los grandes sabios que debieron, sin duda, verse influenciados por ellos. Sus sacerdotes fueron ensalzados abiertamente, entre otros muchos, por Aristóteles, que habla de los magos en su primer libro de la filosofía y los situaba por encima de los Siete Sabios de la Antigüedad de los que, dice, les separan cinco mil años, por considerarlos la primera secta de la sabiduría. Otras veces fueron denostados: hubo autores romanos como Plinio o Plutarco que los describieron como los miembros de la casta religiosa de entre los persas y los llamaron «maldito»; tal vez por ser enemigos de Roma o por ser capaces de realizar actos en contra de las leyes de la naturaleza, por medio de ciertas prácticas o con la intervención de los espíritus.
»Y es por estas influencias y otras de índole más oscura y siniestra, que guardan estrecha relación con las antiguas maneras de concebir la religión, por las que la asimilación de Oriente por Occidente los convierte en hacedores de prodigios que escapan a la comprensión del hombre corriente y transforma sus actos en la «magia» o el «arte de lo imposible».
»Pero también, el misterio indescifrable de su naturaleza ha permanecido en la cultura occidental por otros muy distintos caminos que los sitúan en el mundo de lo mítico y sobrenatural: como hombres sabios, conocedores de los secretos de la astronomía e investidos del arte de la premonición, el Evangelio de San Mateo atrae hasta Belén a los magos de oriente para adorar a Jesús y entregarle sus ofrendas, acogiendo entre los seres extraordinarios llegados a la tierra al nuevo rey de Judea. Mientras tanto, fueron transcurriendo los siglos, el Imperio romano comenzó a tambalearse y en las tierras de Persia se sucedió una nueva era de renacimiento cultural con el advenimiento del Imperio sasánida situándonos ya en el siglo III de nuestra era. En tiempos de este —conocido como Segundo Imperio persa—, se intentó la recuperación de la identidad perdida y se ordenó la recopilación del antiguo Avesta, cuyos versos se mantuvieron vivos a través de la tradición oral practicada por los magos, que quedaron recogidos en los cánticos llamados Gathas. De nuevo, y tras un paréntesis de 600 años, la religión de Zaratustra fue instituida como la religión oficial del imperio. Mientras esto ocurría en aquellas latitudes, Europa se encerraba en sí misma, dando paso a los siglos más oscuros de su historia.
»Los sasánidas gobernaron Irán hasta la invasión musulmana que tuvo lugar entre los años 637 y 651 de la era cristiana. Nuevamente, la vieja cultura era arrollada por la fuerza. Consuela saber que los nuevos conquistadores fueron capaces de asimilar, en una sabia mezcla, la riqueza que subyacía en aquellas tierras y que contenía los vestigios de la simbiosis entre las antiguas culturas persa y helénica, dando paso a la prodigiosa cultura islámica.
»Y fue esta invasión musulmana de Persia la que provocó la huida de algunos seguidores de Zaratustra a través del océano Índico hacia el subcontinente indio.
»Todo lo que conocemos de ellos a partir de ahí es lo que nos cuentan los propios parsis en su historia de Sanjan escrita para explicar sus orígenes en la India, según la cual, en el siglo VII después de Cristo, una pequeña comunidad de seguidores de Zaratustra embarcó en el golfo Pérsico, probablemente, en busca de la libertad de conciencia, llegando a la isla de Diu en la región india de Gujarat.
»Las vicisitudes de la vida de estas gentes en ese país fueron muchas: atravesaron etapas oscuras y de pobreza, etapas de una cierta integración y otras de rechazo. Fieles a sus creencias y a sus tradiciones, sus gentes acabaron envueltas en un halo de misterio: eran conocidos como los adoradores del fuego.
»El trascurso del tiempo trajo a la India a las misiones cristianas europeas, que llegaban como consecuencia de la búsqueda de nuevas rutas marítimas y fueron adquiriendo fuerza en estas tierras, hasta el punto de intentar la conversión de los parsis, quienes tuvieron que hacer pública su doctrina para ser respetados. Con ello se desvanecieron las enigmáticas sombras sobre su culto al fuego: ellos siempre tuvieron en ese elemento el símbolo que representa las cualidades de su único Dios que para ellos es la luz y la verdad. Es en el fuego donde encuentran las virtudes que más se aproximan a su idea de la divinidad: es poderoso, brillante e inmaterial.
»Fue con la llegada de los británicos a las costas del mar de Arabia, cuando los parsis empezaron a prosperar. Se ofrecieron para ocupar los puestos de trabajo que se creaban en los asentamientos de los nuevos comerciantes y a través de su influencia se fueron situando socialmente. Hoy en día forman una de las comunidades más influyentes dentro de la India.
»Y esto es, a grandes rasgos, lo que puedo contarles sobre la procedencia de los parsis y la razón por la que arribaron a este país, a quien se le debe todo nuestro agradecimiento por haber permitido que este pequeño vestigio de una ancestral religiosidad, que en cualquier otro lugar hubiese desaparecido por la voracidad de culturas más depredadoras, haya pervivido como una valiosa joya del pasado y sea una realidad viva en el mapa de las religiones, permitiéndonos encontrar el rastro de nuestros propios pasos.
—La verdad, es sorprendente encontrarse a Zaratustra entre las gentes de hoy día como algo que está vivo. Muchos de nosotros lo creíamos un resto fosilizado en la historia del hombre. Parece que habrá que interesarse un poco más por el viejo Zaratustra.
El hombre sonrió.
—Sí, tal vez se abrirían nuevos e interesantes debates pues, están ustedes ante la persona a quien muchos consideran el primer revolucionario de la historia: el gran reformador.
—El gran reformador, ¿por qué?
—Bueno, lo cierto es que, en torno a estas cuestiones, no se pueden hacer afirmaciones tajantes, pero Zaratustra podría haber representado el paso del politeísmo al monoteísmo para un gran sector de la humanidad. Si eso fuera cierto, fue él quien marcó para siempre la cultura de Occidente, aunque la vieja Europa, durante muchos siglos, haya estado ajena a ello pues, y hemos de volver de nuevo a los parsis y a la suerte de su discreta pervivencia en la India, fueron ellos quienes hicieron posible que en el siglo XVIII un explorador francés, Anquetil Duperron, un hombre que, sin duda, debió estar impregnado de la curiosidad de las gentes de su época, en la ciudad de Surat, tuvo conocimiento de este clan religioso y consiguió hacerse con un manuscrito del Avesta para sacarlo de la India.
»El hecho tuvo lugar en el año 1762, en pleno Siglo de las Luces, que representó una época caracterizada por la inquietud en el conocimiento basado en la razón y que en tantas cosas cambiaría nuestra cultura. El hallazgo de este vestigio del pasado supuso un hito muy relevante. Fue a partir de ese momento, cuando ha sido posible el descubrimiento de todo un mundo en la esfera del pensamiento y de las antiguas filosofías con raíces tan profundas y tan desconocidas.
» Los estudios posteriores han permitido concluir que la evolución espiritual en los últimos milenios se puede seguir buscando en las huellas del dios del bien, que, con algunas variantes y dependiendo de las distintas latitudes, tienen un nombre en común: Mazda. Y es que, en sentido inverso al tiempo transcurrido, las religiones monoteístas, judía, cristiana, y musulmana obtuvieron el germen de gran parte de su filosofía en el zoroastrismo, este en el mazdeísmo, que apoyaba sus creencias en la lucha permanente entre el bien y el mal gobernando el universo y que entronca, a su vez, con la tradición hindú védica: la más antigua que se conoce en torno al conocimiento del mundo, que tiene entre sus divinidades a Asura Mazda presidiendo la pléyade de sus dioses del bien. Y fíjense en la liguera variación del nombre.
»Las ideas de Zaratustra cambiaron el concepto sobre la divinidad. Su reforma consistía en confirmar a Ahura Mazda como el único Dios. Él era el principio y el fin, el gran hacedor de la ley eterna que todo lo gobierna. Y en la relación del hombre con la divinidad, el elemento central del zoroastrismo es el énfasis en la elección moral del ser humano, a quien considera libre para elegir su propio destino y que, según su comportamiento, será premiado o castigado al morir y atravesar el puente que habrá de conducirle a la otra vida en donde será juzgado por sus actos.
»A través de los cantos litúrgicos del Avesta, se insinuaban los conceptos abstractos de cielo, infierno, juicio personal y juicio final que son el eje de las grandes religiones monoteístas. Los judíos, los cristianos y los musulmanes extrajeron de la doctrina de Zaratustra su dual concepción del bien y del mal y se formularon en torno a la existencia de un solo Dios, que pospone a un momento futuro y perdido en la magnitud del tiempo infinito, el triunfo definitivo del bien.
—Dios mío, con todo esto, ¿está usted diciendo que podría haber habido un único germen para todas las grandes religiones?
—Tal vez sí, pero esa idea es considerada por muchos como fantástica, pues llevaría a hacer pensar en la existencia de un pequeño grupo de seres humanos, en torno a un conocimiento muy elevado y una propagación posterior de ese conocimiento, que tendría una sola fuente y que nos lleva, inexorablemente, al tan traído y llevado mundo de los arios.
»Por fortuna, en el estudio de estas gentes, que nunca ha dejado de ser un reto para el hombre moderno, el tiempo va transcurriendo a nuestro favor. El desarrollo de los estudios antropológicos y arqueológicos han sacado a la luz las evidencias históricas sobre su existencia, que son muchas. Hoy se sabe que su mundo se desenvolvió en la franja geográfica de los países que se encuadran en las regiones del sur del Cáucaso y en Irán, Afganistán, Irak, Pakistán y norte de la India, lugares a los que podrían haber llegado desde un punto concreto y común, que nos es completamente desconocido, pero también su cultura podría haber surgido allí, en las tierras de cualquiera de esos actuales países, a partir de las que se extendieron hacia otros lugares en donde estuvieron sometidos a un profundo mestizaje y la supuesta raza privilegiada acabó por diluirse.
—Pero todo esto, ¿está probado?
—Sí, hay pruebas suficientes para afirmar su existencia. En los vestigios hallados en las antiguas culturas de esta amplia zona geográfica que les he mencionado, la palabr «arya», con las distintas formas lingüísticas usadas en cada región, aparece en numerosas inscripciones haciendo alusión al carácter de reyes y príncipes y con el significado de «noble» o «espiritual», de pero que no evidencian la existencia de un grupo social concreto, a quienes se les pueda atribuir su venida de otros lugares. Algo que, paradójicamente, sí ocurre aquí en la India. Pues, según se deduce de sus antiguos escritos, son los arios, llegados de tierras desconocidas, quienes están situados en la cúspide de su pirámide de las castas. Es esto lo que ha llevado a afirmar que estas gentes, en su emigración a las regiones al norte del subcontinente indio, fueron quienes trajeron consigo los Vedas.
—Me temo que seamos algo profanos en estas materias, ¿qué son los Vedas?
—Son la fuente de las religiones en la India. Y en el mundo constituyen la más antigua tradición sobre el conocimiento, ya que incluye información sobre las materias más diversas: astronomía, música, arquitectura, matemáticas o una compleja cultura sobre la salud. Todos esos conocimientos, que se encierran en ese enorme y valioso legado, fueron trasmitidos oralmente durante milenios, hasta que se recopilaron en varios tratados que, además de tantas y tantas cuestiones prácticas, contienen una sorprendente sabiduría enfocada especialmente en el dominio profundo de la conciencia y la evolución hacia la iluminación como el estado más elevado del ser humano.
»Hay quienes dicen, para justificar tan exquisito y completo desarrollo del pensamiento, que en ciertas zonas aisladas geográficamente de las regiones del norte de la India, a donde estas gentes debieron llegar, pudo encontrarse el lugar ideal para mantener ese legado de sabiduría con el que habían llegado e incluso conseguir su desarrollo y perfeccionamiento.
Tal vez el tiempo vaya aportando nuevas pruebas. Lo cierto es que con ellos, con los arios, acabó una época que pudo ser de luz, tan luminosa que sería capaz de deslumbrar si no estamos preparados para asimilarlo.
—¿Puede llegar a ser tan grave descubrir quienes eran los arios y cómo era su mundo?
—Sólo tienen que pensar que la idea de la raza superior, en pleno siglo XX, fue capaz de desencadenar la maquinaria de guerra más potente y mortífera que la humanidad ha sufrido hasta el momento presente. Todo fue la triste consecuencia de un simple error: los investigadores lingüistas europeos del siglo XIX, inspirados por el descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas, llegaron a sacar deducciones equivocadas en torno a que los pueblos que poblaban Europa eran los descendientes de ese supuesto pueblo ario. La idea de la existencia de tal raza provenía de la identificación de las lenguas avéstica y sanscrita como las parientes antiguas de las lenguas habladas en Europa. Eso les llevó a interpretar que los hablantes de esas lenguas se originaron en un determinado lugar en donde radicaba el antiguo pueblo europeo y que tenía una procedencia concreta: Escandinavia y el norte de Alemania. Y al considerar que el hombre blanco, rubio y de ojos azules era descendiente directo de aquella primitiva y privilegiada raza, superior al resto de los mortales, provocaron una locura sin precedentes de la que sabemos sus consecuencias.
—Pero, ¿cuál fue exactamente la idea que provocó esa locura que condujo a intentar exterminar una raza?
—Todo se basó en la absurda creencia de que las civilizaciones arias decaían por haberse mezclado con otras razas y por ello había que destruir lo que no fuera ario y crear una civilización nueva y pura que, en su correcto desarrollo intelectual, sería capaz de llegar a las auténticas fuentes del conocimiento.
—¿Y usted cree que llegaremos a estar preparados para no deslumbrarnos de nuevo si se avanza en los descubrimientos?
—El hombre sigue su evolución. Se trata de un lento movimiento hacia delante, lleno de errores, de traspiés que nos obliga, como dice un viejo compañero de profesión, a estar siempre danzando el patético baile de los principiantes. Seguiremos cometiendo graves y grandes errores. Pero, sin duda, vamos llegando a estadios del conocimiento más elevados. Nuestras capacidades son infinitas en muchos sentidos y en facetas que ni siquiera sospechamos. Lo que hoy es progreso y conocimiento, en solo unas décadas, puede parecer primario y esto ha de contemplarse a todos los niveles de nuestro desarrollo.
—Es esperanzador oírle hablar así.
—¿Por qué no? Para mantener la esperanza, solo hay que interpretar las señales. Sin ir más lejos, piensen un momento en la estructura social del mundo en la actualidad, algo que, debido al empuje de la tecnología y la ciencia, está cambiando a marchas forzadas: estamos inmersos, nos guste o no, en la globalización. Para nosotros, actualmente, es impensable prescindir de un determinado orden en el mundo y en el que siempre será el más poderoso quien prevalezca sobre los demás. Para esa prevalencia en la cúspide de la jerarquía, el arma utilizada es la violencia ejercida de una u otra manera. Pero, cuanto más civilizada es una sociedad, amparada o no en la existencia de un ser superior que vigila y conduce, más tiene conciencia de que la violencia engendra violencia y nos lleva a la destrucción. Egoístamente, desterrarla es un objetivo que nos fuerza en la búsqueda de nuevas fórmulas de convivencia para llegar, incluso, a prescindir de ese orden que hoy es lógico pero que puede convertirse, con el paso de los siglos, en un reparto de funciones, a tenor de los condicionamientos de cada país o de cada zona geográfica. Puede parecer una utopía, pero…, si lo piensan, no es una locura y no estamos tan lejos de ello. Es solo cuestión de tiempo.
—Para eso que usted dice, se requeriría un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Habría que romper muchas barreras de desigualdad, buscar equilibrios que parecen imposibles.
—Sin duda, pero ¿no creen que realmente haya una búsqueda de cómo hacer ese cambio? Si hoy observan a su alrededor sobre cuál es la aspiración del hombre civilizado, encontraran que, a pesar de las guerras, a pesar de las diferencias entre culturas, de esos grandes desequilibrios, las sociedades más evolucionadas van paulatinamente institucionalizando la aspiración a la paz y a la igualdad de los seres humanos, creando una conciencia común. Puede que estemos asistiendo al nacimiento de una patria que ha de ser la patria de todos: la Tierra. Con las mismas aspiraciones, forzados, si quieren verlo así, por nuestra propia pervivencia física en un universo inmenso que puede, ¿por qué no?, estar lleno de muchas otras vidas.
—Y… ¿cómo y dónde buscar ese cambio de conciencia tan radical? ¿En esos supuestos planetas de vida más avanzada que la nuestra?
—¿Por qué no? Pero no hace falta irse tan lejos y hacer viajes interplanetarios, dejemos eso para el cine. Nuestras respuestas solo se pueden encontrar en nuestro propio mundo. Aún quedan muchos caminos por explorar aquí, entre nosotros, simples habitantes de la Tierra. De estos nuevos tiempos ha de surgir una nueva filosofía, consecuencia del choque entre las corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en las distintas partes del mundo, hasta hace muy poco, sin contacto u obstinadamente enrocadas en sus ideologías y que ahora están obligados a buscar puntos de encuentro.
—Eso será una complicada tarea. Pues, ¡no ha dicho usted nada: encontrar puntos de encuentro! Más bien parece que lo que acabará triunfando es la versión pesimista de todo esto.
—No se debe mirar así el futuro. Desde que el hombre es hombre, llevado por el miedo, se ha hablado de cataclismos, de apocalipsis, de masivos exterminios, pero seguimos estando aquí y, paradójicamente, cada vez somos más y también sabemos más. Hay que seguir ahondando en lo que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar en las diversas facetas del complejo ser humano para encontrar nuevos caminos. El hombre tiene que ser algo más que un mero comerciante que navegue por los mares a la búsqueda de su máximo beneficio y del más egoísta bienestar.
»Por fortuna, todavía existen países como este que ustedes visitan ahora, tolerantes y respetuosos con todo lo desconocido, que permiten indagar en el tiempo inmemorial y en un mundo de ideas que, a los ojos de los que nos llamamos más civilizados, pueden parecer absurdas. No se dejen engañar, acaban de llegar a un país hacia donde, en la actualidad, son muchos los que vuelven la mirada para encontrar respuestas que solo el misticismo y la espiritualidad que el alma humana es capaz de desarrollar puede ayudar a encontrar. En su mundo y a su manera, en la India llevan miles de años buscando en el misterio inagotable que está implícito en la vid y a través de sus religiones predican métodos que, para nuestra cultura y hasta hace muy poco tiempo, estaban cerca del ridículo: la no violencia, la tolerancia y la auto disciplina; valores que se han convertido en la piedra angular de la ética india, de la que muchos de nosotros deberíamos aprender. Ellos conservan la ingenuidad y la capacidad de sorpresa que los occidentales hemos perdido y que, tal vez, desearíamos recuperar para abandonar la sensación de permanente insatisfacción en la que vive occidente. El hombre consultó su reloj y miró a través de los cristales que separaban el patio de los salones del hotel.
—Y ahora, siento dejarles. Tendrán que perdonarme, pero allí llega mi colega. Han cometido ustedes el error de dejarme hablar y ya ven….
Se levantó con parsimonia, sonrió y nos deseó una feliz estancia.
Lo vimos abandonar el patio y unirse a otro hombre que lo esperaba tras los cristales con los brazos extendidos. Durante unos momentos, seguimos absortos observando a aquel curioso personaje tan vivo y permanecimos en silencio como si, con su ausencia, se hubiera terminado toda posibilidad de conversar, hasta que alguien, con un comentario jocoso, nos sacó del recogimiento:
—¡Dios mío!, ¿a alguno de ustedes se le ocurrió pensar en algún momento que el viaje a la India sería un viaje a la frivolidad?
La carcajada general nos despejó definitivamente y nos levantamos para unirnos a nuestro grupo y sumergirnos en las calles de aquella sorprendente ciudad que, sobre los frágiles pilares de arena que la sostienen, representa el camino hacia la prosperidad de un país que se abre al mundo ofreciendo nuevas esperanzas, pues conserva muchos de los grandes secretos que aún nos quedan por descubrir.

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El abuelo

El abuelo
Georges M. Colección particular

Mentira parece y es cierto,
navegando sin descanso,
cruzas tierras, pasas mares,
climas duros, tiempo manso,
miras atrás y te asustas
la estela que vas dejando.

Cuántas vicisitudes
y avatares alternando
días de luz y de sol,
días fríos y nublados.
La vida es alternativa
de alegrías y trabajos.

En familia numerosa
junto a hermanos diligentes
unos feos y otros guapos
con unos padres abuelos
que dirigen como santos.
El ruido, la algarabía
de tan atrevidos pájaros.

Los estudios, el fútbol,
ilusiones, el amor,

una ondarresa, el flechazo
y entre bromas y alegrías,
miren que le sale al paso.

En plenitud de belleza
con estilo soberano
y conquista decidida,
llena de gracia y de garbo
al jugador del Arenas
futbolista y abogado.

Vaya Señora, señores,
ríanse de las de ahora
y los peces de colores.

Y entre bromas y alegrías.
días felices de antaño,
Dios bendice nuestro hogar
con hijos y nietos majos
todos bastante chuletas
algunos de campeonato.

Arquitectura abundante, computadoras, marketing, ordenadores, secretarias, medicina, ingeniería, economía, Derecho, decoración.
Cuánta ciencia y arte acumulados.
Con nave tan recia y fuerte no te asusta ni la muerte.

La adversidad es pasajera como también la bonanza,
estás temiendo lo peor y luego no pasa nada.
Bien unidos como siempre.
Cuántas pruebas bien expresivas de los altos valores humanos que todos poseéis en abundancia.

La ayuda en momentos difíciles de toda índole,
materiales y espirituales
con alto nivel de solidaridad
llena de valor y eficacia nunca regateada.

Os hemos visto con mano abierta y generosa hasta el sacrificio.
Gestos y vivencias que nunca se olvidan.

Qué hermosa Autonomía integrada por las de León, Asturias, Canarias, Vizcaya, Salamanca.

Feliz el que domina el egoísmo.

Qué hermoso crucero de ochenta años y qué hermosa estela en la que vemos brillar pequeños pececillos que nadan hoy en las aguas tibias de Torrevieja, con buenos tragos de agua salada a ratos y otros peces más grandes, delfines brillantes que saltan poderosos sobre las olas, algunos casi tiburones, sobre todo, cuando arrollan con el windsurf, tragándose las orillas y la arena de la playa para caer extenuados el resto de la tarde.
Y aún quedan otros todavía en los mares más alborotados del Cantábrico o de excursión por Europa o por tierras de Aravaca.

Y no puede faltar el recuerdo del golf en el que todos se creen el primero y ni Jacobo ni Ballesteros.

Porque si aprieto
con mi nave viento en popa
tengo una copa por nieto
y un nieto por cada copa.

¡Que Dios bendiga a todos en esta nueva andadura!

 

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El limpiabotas de Bombay

El limpiabotas de Bombay
Dibujo de Merche B. para LHM

Bansi podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas, diseminadas sobre la enorme y populosa ciudad de Bombay. Tiene la piel muy oscura, el pelo brillante y los ojos chispeantes y negros. Vive mendigando en las calles y en los mercados, durmiendo amontonado entre un racimo de chiquillos, peleándose a diario por una ración más grande de la que le corresponde a la hora del reparto o recogiendo entre las basuras los papeles que envuelven los helados, para chuparlos y sentir la húmeda frescura mojándole los labios.

El muchacho ronda los diez años y, a pesar de su corta edad, ya tiene algunas costumbres que lo caracterizan como, por ejemplo, una curiosa manía de llevar siempre unos raquíticos y raídos pantalones que tienen muchos bolsillos. Él no se lo ha contado a nadie pero, la verdad, es que lo hace para poder dormir con todos los tesoros que ha ido encontrándose por ahí: una caracola con pinchos, un pequeño colgante de Jade con la figura de Ghanesa –ese simpático dios de los hindúes que tiene la cabeza de elefante y que es un espléndido talismán para atraer a la buena fortuna–, una moneda con un agujero en medio y, entre otras cuantas cosas más, una libreta que tiene las tapas de color rojo, con la que se tropezó en la entrada de un templo y que acaricia, una y otra vez, fascinado por las hojas blancas sobre las que le gustaría poder anotar sus pensamientos, pero todavía no ha tenido la buena fortuna de conocer a alguien que pueda enseñarle a escribir.

Es un niño silencioso que pasa desapercibido, sin embargo, es un gran observador. Hay muy pocos detalles que se le escapan de las personas a las que quiere y de otras con las que convive, del lugar en que transcurren sus días y hasta es posible que, si se lo preguntasen, sabría cómo explicar alguno de los fenómenos que ocurren en el cielo, ya que tiene la costumbre de sentarse en un rincón tranquilo para poder contemplarlo a sus anchas. La razón de que pueda hacerlo, casi a diario, es porque su chabola está situada en el corazón de la larga y preciosa playa de Juhu, frente al mar de Arabia y al norte de la ciudad de Bombay.

Ese poblado al que Bansi pertenece está enclavado en un tramo de terreno que, entre altos y caros edificios, permanece sin construir debido a la proximidad del aeródromo que queda a escasos metros y al otro lado de la carretera. 

Es en ese lugar donde él conoce a cuantos le rodean con sus pequeños y grandes secretos. Sabe leer en sus gestos, en sus miradas; adivina sus intenciones y aprende de todos. Cree firmemente que cada acto trae una consecuencia y, por eso, actúa siempre con la cautela propia de una persona adulta, aunque por el momento, son muy pocos los que se han dado cuenta de que posee esa valiosa virtud.

El nombre de Bansi significa «flauta» y la razón de que él se llame así es porque Jaya, la mujer que lo encontró, se dirigió al sitio en donde el niño había sido abandonado, atraída por el sonido de una flauta que resultó ser el llanto de un bebé que, arropado con una pobre y sucia tela de algodón barato, gemía hambriento y aterido de frío, entre las pilas de ladrillos de la obra de un nuevo hotel que empezaba a construirse frente a la playa.

Jaya es también una persona muy especial. Forma parte de una comunidad  de mujeres que viven en alguna de esas chabolas, agrupadas bajo un mismo techo y en
una de las esquinas de la barriada. Ella junto a Deepa, Smita y Rani han sido capaces de consolidar un curioso sistema de vida formando una especie de familia. Desde hace ya algunos años, son conocidas entre las gentes del barrio como «las mujeres violetas», debido al color de los saris con los que siempre van ataviadas. A ellas les enorgullece ser reconocidas y queridas por la labor que hacen: se ayudan unas a otras, conviven y enseñan a unos cuantos niños abandonados y que han ido recogiendo por ahí, a ganarse el sustento, a pesar de las precarias condiciones de sus vidas y sin más recursos que su buena voluntad, la sabiduría de haber vivido en la calle y sus inagotables energías.

Las mujeres se valen de los niños para pedir limosna. Cuando son pequeños los llevan en brazos. Al ir creciendo, son ellos mismos quienes se dedican a la tarea de mendigar por su propia cuenta, a vender en la playa artículos de artesanía o fruslerías que compran baratas en los mercados cercanos. Los mayores ayudan en las heladerías o en los bares instalados sobre la arena de Juhu que, en los últimos años, se ha ido transformando en un lugar muy concurrido. Todos los chicos entregan el dinero que obtienen a cambio de ropa, comida y un lugar donde cobijarse. Después, cuando se hacen mayores, se buscan su propia manera de vivir en otro barrio o instalando su chabola en las cercanías, pues a casi todos les gusta quedarse cerca de las mujeres violetas.

Jaya es muy joven todavía, debe rondar los treinta años. Es limpia, tranquila y tiene la risa fácil de una persona que acepta su vida tal como es, sin queja y sin otra aspiración que esperar que las cosas no cambien, porque resultaría muy raro que los cambios pudieran traerle algo mejor de lo que ahora posee.

Realmente, desde el día que dio con sus huesos en ese hermoso lugar del norte de la ciudad, se había sentido agradecida y feliz con la vida de libertad que disfrutaba con sus compañeras, rodeada siempre de la alegría y la vitalidad de tantos chiquillos de ojos inmensos, llenos de nuevas promesas, que las quieren y a quienes, a su manera, intentan inculcar unos principios mínimos de honestidad y honradez. Ella supo, desde el momento en que llegó a aquel lugar, que nunca dejaría por su propia voluntad esa oportunidad a la que el destino le había conducido de la forma más insospechada.

Porque lo que podríamos contar de Jaya es una historia más sobre las mujeres de la India que nacen en la pobreza y rodeadas de miseria. Cuando era niña había ejercido la prostitución en las calles de Delhi para poder sobrevivir. A pesar del tiempo transcurrido, aún hay noches que recuerda, sumida en la tristeza, al individuo a quien llamaba padre acompañándola de la mano para sentarla en una esquina donde esperaba hasta que algún hombre la requería, se la llevaba a su propia casa, a algún sucio tugurio o, simplemente, la arrinconaba en un oscuro zaguán para manosearla a cambio de unas rupias.

El padre murió pronto consumido por la tuberculosis y ella continuó acudiendo al mismo lugar hasta que, a los quince o dieciséis años, cuando acababa su trabajo y empezaba el amanecer, se acostumbró a frecuentar la entrada de un templo en la que se situaba un santón errante. Alrededor de él se formaban cada día corros de gente escuchando sus palabras. Jaya, a menudo, no podía entender lo que aquel hombre quería decir. Hablaba de cosas que le parecían extrañas: de la perfección del alma a través del abandono de todo aquello que pudiera ser una atadura en la tierra, de la necesidad de buscar la pureza del espíritu a través de la renuncia  a cualquier entrega o a cualquier deseo carnal. Pero, a pesar de las raras palabras que le oía pronunciar, fue aproximándose a él porque, a su lado, experimentaba una sensación de paz que nunca había sentido y cada día, esperaba con impaciencia que llegara el momento de volver de nuevo a la esquina donde se situaba para poder escucharlo.

El limpiabotas de Bombay
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Al fin, cuando el santón dijo que no volvería a visitar ese templo, que había tenido un sueño y debía viajar a Bombay, le pidió que aceptara su compañía. Tuvo que rogarle hasta que el hombre accedió, pero le impuso la condición de que se mantuviera a una distancia suficiente como para no ser un obstáculo en su propia existencia de errante y solitario.

Cuando llegó el día de marchar se fue tras él siguiendo sus pasos como si fuera un perro. Durante meses anduvieron de pueblo en pueblo viviendo de la caridad. Se sentaban en la entrada de los templos o en la ladera de los ríos. La gente les llevaba comida y se reunían a su alrededor para escuchar los consejos del hombre errante. Meses después, desde Vadobara cogieron un tren hasta Bombay. Una vez allí se instalaron en las inmediaciones de la misma estación a la que habían llegado, en una calle estrecha y poco concurrida. Él dormía sobre uno de los peldaños que daban entrada a un viejo edificio y ella se situó bajo las mismas escaleras, en donde se formaba un pequeño zaguán que tuvo que vaciar de basuras y trastos viejos antes de poder ocuparlo.

Pasaban los días, la gente de Bombay no era como la de los pueblos o ciudades que había atravesado, parecían indiferentes a todo. Nadie se interesaba por escuchar las palabras del santón que, a pesar de todo, se sentaba en una esquina en actitud de meditación y, de vez en cuando, extendía sus manos reclamando la atención de quienes pasaba a su lado sin que nadie pareciera reparar en él. 

Malvivían en unas condiciones precarias entre la miseria, los perros callejeros y las ratas que por la noche deambulaban a sus anchas por aquella especie de cuartucho, rodeados de basuras; con el olor de los orines, los excrementos de los animales y de las propias personas, que buscaban rincones y recovecos para hacer sus necesidades. Jaya se veía obligada a pedir limosna o a rebuscar entre los cubos y los desperdicios de los hoteles y edificios cercanos para poder alimentarse.

Llevaban viviendo en aquel lugar apenas unas semanas cuando, una de las noches, mientras la muchacha daba vueltas sobre la esterilla que le servía de colchón, vio, gracias al resplandor que producían los faros de los coches que pasaban por la calle más próxima, como el santón se introducía en el zaguán, se despojaba de sus ropas y se aproximaba a ella desnudo. Al darse cuenta de lo que pretendía, no tuvo tiempo de reaccionar y solo pudo volverse de espaldas y encogerse apretando las rodillas contra su pecho. Se arrebujó entre sus ropas agarrando fuertemente su sari para que no pudiera desnudarla y sintió que se acostaba a su lado mientras se apretaba con fuerza contra su espalda.

Al momento, el hombre empezó a moverse de manera convulsiva y obscena, palpándole con las manos el vientre y los pechos. Ella permaneció tensa y encogida sobre sí misma. Oía su respiración entrecortada y sentía náuseas por el mal olor que desprendía aquel cuerpo escuálido, consumido por la debilidad provocada por aquella vida austera y miserable. Jaya sollozaba sin poder contenerse y él le cerraba la boca apretando su mano contra los dientes, mientras le susurraba al oído que él era la reencarnación del dios Krishna.

Sin saber qué hacer, con todos los sentidos en alerta, percibía a través de la tela el cuerpo del santón empapado en sudor y notaba su saliva mojándole el cuello. Se sintió invadida por un asco profundo que salía de dentro de su estómago y las arcadas le hicieron vomitar al mismo tiempo que aumentaban las convulsiones del hombre, denotando que estaba en el punto de inconsciencia que auguraba el final de aquel primitivo éxtasis, tan contrario a lo que él predicaba.

Al fin, después de unos minutos que le parecieron horas, se separó de ella y oyó como prorrumpía en sollozos postrado en uno de los rincones del cuartucho, arrancándose los cabellos de la cabeza y golpeándose el pecho violentamente.

Jaya se arrastró bajo los escalones del zaguán y salió a la calle; se sacudió las ropas y escupió con asco hasta sentir la boca áspera y reseca. En medio de la oscuridad, se sentó sobre la acera escondida tras una pila de latas amontonadas y cuando el día empezó a clarear vigiló hasta que el santón se hubo marchado. Lo vio alejarse con su andar de siempre, acompasado y lento, como si nada hubiera pasado. Cuando consideró que estaba a la distancia suficiente para no sorprenderla, entró en el improvisado refugio, recogió sus escasas pertenencias: la esterilla sobre la que dormía, unas sandalias, un viejo chal, un peine desdentado y se alejó para siempre de aquel lugar sin volver la mirada atrás.

Estuvo andando sin rumbo durante horas. La ciudad parecía una tela de araña en la que estaba atrapada sin remedio. Las calles se multiplicaban y los edificios a veces eran altísimas torres que se elevaban soberbias hacia el cielo y otras eran casas rodeadas de jardines, viejos palacetes o puertas y más puertas de almacenes y tiendas. Sin saber cómo, se encontró sumergida dentro de  barrios enormes de chabolas, llenas de mujeres con los vestidos sucios, de viejos que holgazaneaban sentados en el suelo, rodeados de perros famélicos, de niños desgreñados y mal vestidos que correteaban o se revolcaban en el suelo junto a las propias chabolas. Cruzó puentes y parques, siguió durante horas caminando por enormes  avenidas atestadas de tráfico y bordeadas de árboles que formaban ante su vista una línea infinita que se perdía en el horizonte. Atravesó vías de trenes, canales de agua, mercados llenos de gentes que se multiplicaban sobre las aceras repletas de vendedores, con sus productos sobre cestas o sobre mantas de colores y en donde los fuertes olores de las especias se entremezclaban, produciendo intensas sensaciones  en el estómago vacío pero inapetente de Jaya y que le hacían cerrar los ojos para no marearse y caer desfallecida. 

Sin saber hacia dónde dirigir sus pasos, a lo largo de todo el día, continuó sin rumbo con la necesidad de huir y con la sensación de repugnancia que sintiera desde la noche anterior adherida a su piel y a sus ropas, y al llegar la hora del atardecer, se sintió perdida en un barrio que parecía tranquilo; en torno a ella había altos muros que rodeaban las casas, entremetidas entre cientos de árboles y palmeras. 

Se paró apoyándose contra uno de los muros, sentía los pies hinchados y doloridos de caminar sin descanso. En aquel momento, una brisa fresca trajo hasta ella un olor salino y húmedo que su piel agradeció como una caricia tras un día de intenso y sofocante calor. Continuó despacio a lo largo de la calle, dio la vuelta a la esquina, estaba dispuesta a buscar un refugio en el que descansar y pasar la noche cuando, entre las dos filas de muros que rodeaban las casas, vio un espacio abierto y lleno de una fuerte luz dorada que la deslumbró y la atrajo como si se tratara de una hermosa visión. Al principio creyó que lo que estaba viendo era la consecuencia del agotamiento y el hambre, pero entrecerró los ojos e identificó la silueta del sol, que se difuminaba  suavemente entre las nubes, mostrando la enorme esfera luminosa que desprendía reflejos dorados e intensos y se prolongaba hacia delante formando un ancho camino sobre una superficie azul oscura, que multiplicaba la intensidad de la luz con miles de espejos esparcidos sobre el agua.

Jaya apretó los ojos aturdida y caminó en aquella dirección atraída por los fuertes contrastes y el rumor, profundo e inquietante, de un movimiento extraño y poderoso que presentía y la desconcertaba. Al dejar atrás los muros, la estampa se amplió ante su vista y una larga playa apareció dibujando su suave silueta.

Miró a ambos lados; la línea amarilla de la arena que separaba el mar de la tierra parecía perderse sin tener fin. Sintió la brisa fresca acariciándole la cara y caminó hacia delante sin poder apartar la  mirada de aquel camino dorado, que se perdía en el horizonte luminoso, creando un espectáculo de intensa belleza tan sorprendente y nuevo para ella. 

Las lágrimas se le escaparon a borbotones, resbalando sobre sus mejillas y liberándola de la angustia contenida durante tantas horas de deambular sin rumbo.

Absorta en la contemplación de aquel hermoso atardecer, habían pasado los minutos, sus oídos, que habían permanecido cerrados a todo lo que no fuera el rumor incesante y acompasado del agua, empezaron a percibir los sonidos de gritos y risas. Ávidamente, Jaya lo observó todo: vio niños jugando, gentes que paseaban despreocupadamente, vendedores con carros llenos de botellas de colores o de comida, siluetas de caballos que se dibujaban al contraluz, galopando sobre el borde del agua. Se sentó frente al mar y dejó que, en su ir y venir, el agua la mojara haciéndole sentir un frescor que subía a través de su espalda trasmitiéndole una sensación de bienestar que desconocía.

Al fin el sol se había ocultado dejando un rastro de luz sobre las nubes oscuras que fueron perdiendo el tinte rojo de los últimos rayos y la oscuridad fue cayendo como un velo sobre todo a su alrededor. Volvió la vista, la gente se iba marchando y el lugar empezaba a estar solitario. A su espalda las construcciones formaban una ancha muralla y en primera fila se extendían casas y edificios protegidos por altos muros que encerraban exuberantes jardines. Siguió con la mirada la línea que formaba la infranqueable barrera y que se interrumpía en una hondonada del terreno. Allí una serie de chabolas se apiñaban formando un pequeño poblado. En su interior, detrás de las telas, las maderas y los cartones, empezaban a verse las tenues luces de velas y linternas. Un aroma a comida despertó su estómago dormido durante su deambular de aquel largo día. Exhausta y soñolienta, se tumbó sobre la arena y se dejó invadir por una extraña sensación de libertad.

Tardó muy pocas semanas en integrarse y formar parte de aquel entorno. Durante ese tiempo vivía en los alrededores de la playa, en las horas del día se dedicaba a pedir limosna en las calles cercanas, entre las gentes que venían a pasear, y al llegar la noche, buscaba refugio recostándose contra el muro de uno de los edificios muy cerca del poblado de chabolas. En aquel lugar se sentía segura, siempre había niños que correteaban, entraban y salían de detrás de las maderas y las cortinas hasta bien entrada la noche y ella disfrutaba de sus risas y sus juegos sintiéndose acompañada.

Entre aquellos niños había un muchacho con el cuerpo espigado y la mirada decidida. Desde que la descubrió, y cada atardecer, se aproximaba hasta donde estaba. No decía nada, se sentaba a unos pasos y la observaba hasta que la veía arrebujarse entre sus ropas y recostarse para dormir. Uno de aquellos días, sobre el mar, las nubes espesas y oscuras amenazaban lluvia y el muchacho se le acercó, la cogió de la mano y la introdujo bajo un techo de latas y maderas entre un ramillete de chiquillos que rieron al verla entrar. En el camino Jaya le preguntó su nombre, se llamaba Shalin.

Desde aquel día todo fue fácil para ella. Poco a poco, se fue familiarizando con aquel entorno y los pequeños acontecimientos se sucedieron, como si se tratase de algo natural que el destino hubiera reservado para ella. A las pocas semanas, encontró a Bansi entre las pilas de ladrillos amontonados para una nueva edificación proyectada frente a la playa. Fue como un inesperado milagro que reafirmó su decisión de no abandonar nunca aquel lugar, en donde había encontrado la familia que nunca tuvo y que, cada atardecer, le regalaba el espectáculo de la despedida del sol haciéndola sentir una mujer afortunada.

Desde que esto sucediera, Shalin ha ido creciendo, ahora debe tener unos quince o dieciséis años pues, como ocurre con frecuencia, la edad de la gente que habita en las calles de Bombay no siempre se puede precisar y, en este caso, tampoco se sabe cuándo y dónde nació Shalin. Pero al contrario que Bansi, que es pequeño y raquítico, se trata de un chico alto, bien constituido, muy ágil y acostumbrado a imponer su criterio; más que por su poder de convicción, por su actitud segura e incluso, rayana en la arrogancia. Tiene recursos para resolver todas las situaciones en las que pudiera encontrarse: primero usa la palabra, su punto débil, si no consigue su propósito, utiliza sabiamente los gestos teatrales y, si aun así, no ha obtenido el resultado esperado, la fuerza de sus puños y su arte en la pelea cuerpo a cuerpo acaban convenciendo a cualquiera de quién es el que manda. Esas cualidades le han convertido en un líder entre los chicos de la playa de Juhu y nadie se atreve a discutir su autoridad.

El muchacho, que conoce muy bien sus virtudes, es ambicioso y, al crecer, ha ido urdiendo sus propios planes. Se sabe mayor y está buscando la manera de obtener dinero para sentirse el amo de su vida. Después de darle muchas vueltas, de observar y de pensar, sin hacer partícipe a nadie de sus planes, ha llegado a la conclusión de que, lo mejor para él, sería hacerse con uno de esos taxis de color amarillo y negro que recogen a los ricos turistas en la puerta de los hoteles caros y que han empezado a proliferar por la zona. Ya hace meses que, haciendo alguna que otra trampa, va guardando parte del dinero que llega a sus manos. Sin embargo, sabe que así necesitará que pasen los años y la impaciencia, en los últimos tiempos, ha conseguido transformar su manera de ver las cosas. Ahora está intentando otros caminos para llevar a cabo sus planes con más premura.

Pero ya que conocemos algo sobre estos personajes, deberíamos saber cómo transcurre la vida en ese entorno y entre estas curiosas gentes pues, en los últimos días, han ocurrido algunas cosas que podrían hacer cambiar para siempre las vidas de algunos de sus habitantes.

Aquella tarde era sábado y Bansi se sentía el chico más afortunado de la tierra. Caminaba absorto en sus pensamientos saboreando la sensación de ser el dueño de una gran fortuna. Sus labios dibujaban una sonrisa de satisfacción y su mano había quedado atrapada dentro de uno de los bolsillos de su pantalón, acariciando entre sus dedos los dos flamantes y estirados billetes que, su arte como consumado pedigüeño, había colocado en sus manos gracias a la generosidad de un turista bien intencionado, quien se dejó convencer de que él solo necesitaba una caja de limpiabotas para convertirse en una persona útil, bien alimentada y completamente feliz.

En aquel momento, desde el otro lado de la calle, alguien lo llamó a su espalda. Bansi volvió la cabeza y vio a Shalin acercándose. El chico, en un instante y con sus pasos rápidos, se plantó frente a Bansi y su voz, al dirigirse a él, sonó autoritaria.

–¿Qué escondes en ese bolsillo?

–Nada, solo un poco de arena de la playa– Bansi contestó poniendo cara de circunstancias.

–¡Enséñamelo!

–¡No!

El muchacho se sorprendió a sí mismo al dar a su amigo aquella tajante respuesta, pero Shalin no se dio por vencido.

–Es dinero. Sé que son dos billetes amarillos.

–¿Tú qué sabes?

–Te he visto cuando te los guardabas. Has estado mirándolos escondido en el rincón del cojo, como si se tratara de fotos de mujeres en pelotas.

Bansi metió la mano en el bolsillo y apretó fuertemente los billetes aplastándolos contra su pierna.

–¿Y qué?

–¿De dónde los has sacado?

Bansi dirigió la mirada hacia la ruidosa calle atestada de tráfico y no contestó. Shalin se acercó aún más a él.

–Dímelo o te retuerzo el brazo hasta que hables.

–Está bien, hombre, no te enfades. Me los ha dado un extranjero.

–¿Dónde?

–En la puerta del hotel caro. Le he limpiado los zapatos con esta balleta, ¡mira!

Se sacó un trapo viejo manchado de betún del bolsillo trasero de su pantalón y lo extendió a la vista de Shalin.

–¿Por qué me mientes? Tú los has robado.

–¡No los he robado! –Bansi se mostró ofendido–. Se los pedí al extranjero y me los dio. Es tan sencillo como eso.

–¿Crees que me lo voy a creer? ¿Crees que voy a creerme que a un hombre de esos con la cara desteñida, le pides billetes amarillos y te los da? Eso son mil rupias ¿Tengo yo cara de idiota o qué?

–Te estoy diciendo la verdad. Tú sabes que no he robado nunca en mi vida, ni pienso hacerlo. Yo no soy como tú. Jaya dice…

Shalin lo miró de arriba abajo con cara de desprecio y con un gesto de su dedo índice lo mandó callar.

–Tú no puedes tener eso. Eres medio tonto y te lo robarían enseguida. Yo soy el mayor de la casa, ¡dámelo! Sabré lo que hay que hacer con el dinero.

Bansi miró al chico frente a él y por un momento, dudó de su respuesta. Shalin durante años había sido el objeto de su admiración. Siempre había deseado ser como él: con la piel muy clara, tan seguro de sí mismo, valiente y decidido como si hubiera nacido para mandar y el resto del mundo para obedecerle a él. Pero ahora le inspiraba miedo y sentía tristeza al ver cómo estaba cambiando. 

En los últimos tiempos, Bansi continuaba obedeciéndole, como siempre, pero solo por costumbre. Ya no era como antes, cuando se sentía orgulloso de compartir el mismo techo y, en su fuero interno, le gustaba considerarlo su hermano mayor.

Durante aquellos años, había sido distinto, Shalin le protegía cuando se metían con su piel tan oscura y su cuerpo escúalido o lo ayudaba, cogiéndolo de la mano, cuando se quedaba rezagado del grupo en sus correrías por el barrio de los pescadores. Él le había enseñado a tirar piedras planas sobre la superficie del agua, haciéndolas saltar para crear puentes imaginarios con gotas de agua, o era el elegido por Shalin para encaramarse juntos sobre los muros que cercaban el aeródromo y, una vez allí, apretar sus cuerpos, uno contra otro, para sentir con más intensidad las vibraciones que producían el paso de aquellos pájaros voladores que izaban el vuelo con un ruido ensordecedor sobre sus cabezas. 

Ahora, sin embargo, Shalin siempre estaba enfadado. Parecía que las cosas en los últimos tiempos le estaban saliendo muy mal.

Bansi creía saber cuál era la causa de los disgustos de su amigo, ya que Shalin había empezado a frecuentar a un grupo de muchachos que se dedicaban a robar en el interior de los coches, en las cercanías del mercado de Santa Cruz, a las órdenes y bajo la protección de un hombre a quien llamaban «el Narices». 

Todos sabían que «el Narices» era un extraño elemento a quien le rompieron la nariz en un interrogatorio de la policía y su cara, desde aquel incidente, había quedado marcada para siempre, afeándolo y resaltando en su expresión un permanente gesto de cinismo. Pero no se trataba solo de su nariz rota, siempre iba vestido con caros trajes occidentales y con zapatos de charol brillantes como piedras pulidas de azabache. Se le podía ver en los bares, paseando por la playa, gastando dinero a manos llenas en los puestos de venta ambulante o recorriendo el barrio en coches de colores metalizados y brillantes para hacerse notar. 

Se sabía que era un hombre vengativo y la gente se aparta a su paso para no molestarlo ni siquiera con el roce de su cuerpo. Los chicos que trabajaban para él, un auténtico ejército, le temían. Todos tienen la certeza de que les cortarían las orejas a la menor sospecha de engaño.

Pero hay otras cosas que también se saben de él pues, en aquel barrio de chabolas, todo acaba corriendo de boca en boca: le gustan las mujeres maduras y su juego preferido es maltratrarlas. Dicen que le gusta practicar con ellas un juego extraño: dibujar mapas sobre su cuerpo con una navaja de afeitar.

Mirando a Shalin, a Bansi le pasaron muchas cosas desagradables por la cabeza. Detestaba lo que estaba ocurriendo y no deseaba que su amigo pudiera algún día parecerse a ese hombre. Tenía muchas razones para sentir repugnancia cuando sabía que se encontraba cerca y ahora, al mirar a Shalin plantado frente a él, no pudo evitar apretar los dientes con un gesto de obstinación, y con una voz que incluso a él le resultó extraña, contestó arrojándole la respuesta a la cara:

–Te repito que no. No voy a dártelo. El dinero es mío.

–Pero, ¿qué dices?

–Sí. Aunque no me creas, el hombre me lo ha dado para que me compre una caja de limpiabotas y pienso guardarlo hasta que me la pueda comprar.

Shalin lo miró sorprendido de aquel desparpajo que era nuevo en el muchacho y con voz de sorna le dijo:

–¡Una caja de limpiabotas! Pero, ¡qué estupido eres! ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Comértela?

–¡No! Limpiar los zapatos de la gente con dinero y ganarme la vida sin tener que pedir limosna.

–¡Idiota! Nadie querrá que le toques con esas manos negras llenas de la mierda de tu culo ¿No sabes todavía que hasta tu sombra da mala suerte!

A Bansi se le agolparon las lágrimas detrás de las pupilas, pero se contuvo. Se encogió de hombros, metió las manos en los bolsillos y, con un gesto valiente, dio la espalda a Shalin. El miedo le encogía el estómago, pero la sorpresa por las palabras mal intencionadas de aquel chico a quien quería sinceramente, despertaron en él una fuerza que nunca había sentido. No estaba dispuesto a dejarse avasallar, ni a pelearse tampoco. Sabía que con los puños tenía la batalla perdida y no quería correr el riesgo de que le arrebataran su dinero.

Lentamente, como si entre ellos no hubiera más que hablar, fue alejándose sin perder de vista la esquina dispuesto a correr en cuanto fuera necesario. Shalin siguió insultándolo apoyado contra la pared, pero sin moverse de su sitio. Vio cómo Bansi se alejaba y esperó a que doblara la esquina para seguirlo. Él sabía que su amigo era un buen corredor, iba a costarle un gran esfuerzo alcanzarlo y aquella tarde no tenía ganas de perder su tiempo con aquel tonto. Era un ingenuo, le bastaría con ir tras él para ver a dónde iba a esconder el dinero y después quitárselo.

Bansi apresuró sus pasos y se encaminó hacia la playa dando un gran rodeo entre las casas que formaban la manzana. Estaba seguro de que Shalin no iba a darse por vencido e intentó despistarlo para buscar un escondite seguro donde poner a salvo su tesoro.

Mientras caminaba el corazón le latía fuertemente, y en su cabeza bullían las ideas envalentonado por la intrepidez de su propio comportamiento en el encuentro con Shalin. Tal vez era el momento  que había estado esperando para que muchas cosas empezaran a cambiar en su vida. Sentía como le subía a oleadas un rubor caliente que le invadía la cara por la excitación de los últimos momentos y le ardían las orejas picándole como si se las recorrieran un ejército de hormigas.

Bansi siempre se había considerado a sí mismo insignificante y el solo hecho de pensar en enfrentarse de alguna manera a Shalin lo hacía sentirse inquieto y mareado. Pero esta vez, una rara sensación de orgullo que nunca había experimentado, iba ganando terreno en su ánimo. Instintivamente, volvió a meter la mano en su bolsillo, sintió los billetes entre sus dedos y, en aquel momento, la cara de Jaya con su amplia sonrisa le vino a la mente: «Tú eres un chico con mucho talento, no lo olvides». Sonrió nervioso y continuó su camino.

Se perdió entre la gente caminando a lo largo de la playa. Había urdido un plan y, para ponerlo en práctica, fue recogiendo del suelo algunas latas. Al fin, después de un rato, regresó hacia las chabolas. En una zona cercana había bares y heladerías y tras los establecimientos, las palmeras se agrupaban formando un pequeño bosquecillo junto a una pronunciada curva  de la carretera que daba la vuelta en torno al aeródromo. Buscó un sitio escondido en el centro del pequeño bosque que, entre troncos, formaban casi un recinto cerrado. Se sentó y aplastó con una piedra una de las latas por la parte superior formando una caja, la envolvió con un plástico y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo estaba viendo. Rápidamente se agachó y cavó un agujero en la arena junto al tronco de la palmera más delgada. Enterró el pequeño paquete y lo tapó con cuidado, esparciendo la arena de tal manera que no pudiera notarse que había sido removido recientemente. Con su navaja señaló el tronco con una muesca profunda, se ocultó entre las basuras apiladas detrás de uno de los establecimientos y esperó que Shalin apareciera: estaba seguro de que vendría.

No se había equivocado, apenas habían pasado unos minutos cuando Shalin, mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía, apareció entre los árboles y se dirigió al lugar exacto en donde Bansi había escondido su lata. Excavó hasta que encontró lo que buscaba, lo cogió y se sentó en el suelo mirando a su alrededor con una sonrisa de triunfo dibujada en los labios.

Abrió el plástico y del pequeño orificio salió un escarabajo que le subió por la mano. Lo apartó con un gesto de asco y ayudándose con sus ágiles y delgados dedos, abrió la lata forzando el metal hasta que cedió y su interior quedó enteramente a la vista. Otros dos escarabajos le corrieron por la mano y el muchacho, visiblemente nervioso, se sacudió impaciente y malhumorado. Para su sorpresa, el interior de la lata estaba vacío. Shalin al darse cuenta lanzó una exclamación de rabia y se levantó tirando la lata violentamente contra el suelo.

A su espalda oyó a Bansi.

–¿Lo que estás buscando es mi dinero, Shalin?

El chico volvió la cabeza. Sorprendido, se incorporó rápidamente y emprendió una carrera desesperada para atrapar al niño que, preparado para esa reacción, ya había empezado a correr.

Al fin, frente a las chabolas de la playa, Shalin atrapó a Bansi y ambos se enfrascaron en una pelea. El pequeño Bansi recibía golpes por doquier y apenas podía defenderse de los rápidos y rabiosos puñetazos que le propinaba Shalin.

En torno a ellos se había formado un corro de chiquillos que observaban cómo Shalin pegaba a Bansi con una rabia desacostumbrada. Cuando por fin Shalin vio al pequeño atrapado entre las piernas y exhausto, se incorporó y, delante de todos, le escupió en la cara.

–Si dices algo de esto a alguien, ¡te mato!

Los muchachos que los habían rodeado se fueron retirando en silencio. Bansi permaneció durante un rato tumbado en la arena. Estaba dolorido y cansado pero había conseguido su auténtico propósito: sabía que había herido el orgullo de Shalin, lo había humillado. Ahora tendría que respetarlo porque era capaz de engañarlo y por lo tanto lo tenía en sus manos.

Aquella noche, Jaya, enfadada y entristecida al enterarse de lo que había ocurrido, curaba las heridas de Bansi. El niño la miraba aguantando el dolor que le producía la mandíbula hinchada y herida que aún, de vez en cuando, volvía a sangrar. Él adoraba a aquella mujer tranquila que siempre olía a sal y arroz caliente y no pudo evitar volver a pedir que le contara algo que siempre le había fascinado:

–Jaya, cuéntame cómo me encontraste.

–Pero, Bansi, ya sabes cómo pasó, te lo he contado muchas veces.

–Sí, pero, hoy quiero que me lo vuelvas a contar. Así me olvidaré de lo que me duelen los golpes de Shalin.

La mujer miró al niño magullado con el gesto contraído por el dolor.

–Está bien, pero prométeme que no habrá más peleas entre Shalin y tú. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿No sabes lo fuerte que es?

–Claro que lo sé. Pero ha sido inevitable. Entre nosotros un día u otro tenía que ocurrir.

Jaya contuvo la risa al ver el gesto de estudiada seriedad dibujado en el rostro de Bansi y movió la cabeza para recriminarle.

–Bueno. Déjame ver, no sé si todavía me acuerdo, ¡hace ya tanto tiempo!

–¡Jaya!

La mujer puso su mano sobre la boca de Bansi que la miraba con una mueca de súplica y comenzó a hablar.

El limpiabotas de Bombay
Dibujo de Merche B para LHM

–Bueno, Bansi… pues ya sabes que yo llevaba muy pocos meses viviendo aquí y necesitaba encontrar plásticos grandes y fuertes para el techo de la chabola. Se acercaba el monzón y todavía dormía bajo los agujeros de las viejas telas que había colocado sobre unas puertas rotas que encontré detrás de los bares de la playa.

Aquella tarde estaba empezando a oscurecer. Me dirigí a un terreno cercano lleno de materiales para la construcción de un nuevo edificio que habían estado descargando en los últimos días. Al otro lado de la verja que rodeaba el solar, se formaban pequeñas montañas de ladrillos, maderas y hierros. Desde lejos, me dediqué a observar durante un rato. Enseguida, vi unos plásticos que aparecían amontonados a un lado de las pilas de ladrillos. Pensé que eso era lo que necesitaba y con mucho cuidado me fui acercando. No se veía a nadie, pero cuando iba a traspasar la valla, una extraña música me sobresaltó. Parecía el sonido de una flauta. Me cubrí la cara con el Sari y continué andando dejando atrás el solar. Pasados unos momentos, volví sobre mis pasos, me agazapé detrás de la valla e intenté ver quién era el que tocaba la flauta. Estaba dispuesta a pedirle los plásticos pues, si me iba con las manos vacías, al volver, seguramente ya no estarían allí. Pero no se veía a nadie, todo estaba quieto y en silencio.

Dudaba, no sabía si correr el riesgo o abandonar, cuando, de nuevo, volví a oír el sonido de aquella música. Esta vez me acerqué más al sitio y busqué con la mirada. El sonido persistía, parecía salir de entre los montones de ladrillos, era tenue y sonaba extraño y lastimero. Llamé y saludé por si hubiese alguien al acecho fuera de mi vista, pero nadie me contestó. No me pude resistir y entré haciendo un pequeño agujero en los alambres de la verja.

Todo estaba muy oscuro. Abrí bien los ojos: a escasos metros, un pequeño bulto blanco parecía resplandecer en la oscuridad. En aquel momento, volví a oír la flauta. Me di cuenta de que el sonido salía de allí y rápidamente, para que no me delatara, metí la mano entre los ladrillos y los aparte con la intención de hacerlo callar. Lo que encontré delante de mí me hizo llevarme las manos a la boca: las manitas de niño se movían golpeando el aire y exhalando sonidos angustiosos. ¡Dios mío!, no podía creer lo que estaba viendo. Volví a colocar todo tal como lo había encontrado y me marché tan deprisa como pude por el mismo agujero por el que había entrado.

Solo había caminado unos pasos cuando tuve que volver. Pensé que aquella criatura acabaría comida por las ratas en cuanto entrara la noche y todo lo deprisa que pude, volví al mismo lugar. Te saqué de allí escondido entre la tela de mi Sari y…, bueno, Bansi, pues aquí estás tú, después de todos estos años, maltrecho y hecho un guiñapo, pero valiente y listo como no hay otro.

Jaya había terminado su relato y miró a Bansi guiñándole el ojo. El niño, una vez más, había escuchado sin pestañear.

–Entonces, Jaya, ¿me recogiste porque te di lástima?

–Al principio sí, fue lo que sentí: lástima y miedo por ti. Pero después… la verdad es que encontrar esta playa y encontrarte a ti fueron las mejores cosas que me han pasado en la vida. En aquella época, seguro que las lágrimas que había vertido durante tantos años, ya debían haber formado un caminito para que entrara la buena suerte.

El gesto pensativo de Bansi dibujó una mueca de obstinación. 

–Si yo tuviera un hijo nunca le abandonaría aunque fuera como yo, raquítico y negro.

–No digas eso, Bansi. Para una madre el color de la piel de su hijo no tiene ninguna importancia. Seguramente, la que fuera tu madre era una mujer desgraciada que no podía alimentarte y te dejó allí para que alguien más afortunado te recogiera y te ayudara a seguir viviendo. Ella no te dejó en cualquier sitio. A esa obra va gente que trabaja, que podrían cuidar de ti y sacarte adelante.

Bansi se quedó pensativo, se rascó la cabeza y preguntó de nuevo:

–¿Cómo sabes tú lo que siente una madre? ¿Cómo lo sabes, eh?

–Porque si yo fuera tu madre, estoy segura de que no me importaría nada tu aspecto o el color de tu piel.

Bansi se arrebujó entre la manta con el gesto pensativo mientras Jaya frotaba una de sus manos con un ungüento verdoso y líquido y al momento volvió a preguntar:

–¿Tú nunca has tenido un hijo?

–No, Bansi.

–¿Por qué?

–No lo sé, Bansi, tal vez porque yo nunca he podido adorar a una cobra sagrada.

–¡Ah!

El Niño cerró los ojos apretándolos fuertemente y, después de unos segundos, dijo, sin atreverse a mirar a Jaya:

–A mí me gustaría que tú fueras mi madre. Yo… ¿podría ser tu hijo?

La mujer le miró con ternura y le acarició la frente.

–No, Bansi, las personas que vivimos en las calles somos como el viento y tú tienes que poder ir a donde quieras y cuando quieras, tal como hace el viento. Tarde o temprano tendrás que buscar tu propia vida y tendrás que olvidarte de mí.

–No me digas eso, Jaya, yo no soy así, como ese viento que dices. Cuando hago las cosas, necesito pensar en ti. Siempre trabajaré para ti como ahora hago y más lo haré cuando seas vieja. Eso me moverá a hacerlo todo mucho mejor. Yo sé que nunca querré marcharme de aquí ni marcharme de tu lado. Además, no se lo he dicho a nadie todavía, pero ya he encontrado una manera de ganarme la vida sin irme de esta playa y sé que a ti eso te gustará.

Jaya dio una suave palmada sobre las rodillas de Bansi.

–¡Ay, Bansi! Cuando hablas así, pareces un hombre de esos que saben lo que quieren.

–Sí. Yo sé lo que quiero: quiero quedarme aquí contigo y… quiero algo más.

Jaya había terminado sus curas y acarició despacio la frente del niño sin apartar la mirada de sus ojos.

–¿Qué es ese algo más?

—Que…, bueno, que me avergüenza pedir limosna porque, aunque soy muy pequeño, sé que puedo ser muy fuerte y a mí se me ocurren cosas que hacer. Hay otras maneras de ganarse la vida y creo que estoy a punto de conseguirlo.

–¿De verdad?

–Sí. Y… no me mires así,  como si no me creyeras. Verás que dentro de muy poco tiempo voy a tener mucho dinero. Podré hacer muchas cosas y te voy a comprar un sari bueno, de seda, pero de seda de la de verdad y pulseras de oro como las que llevan las mujeres ricas que pasean por las playas. Serán tantas, Jaya, que podrás ponértelas en los brazos y en los pies y cuando te muevas y camines, tintinearán haciendo mucho ruido y todo el mundo dirá: «¡ahí va Jaya!»

La mujer  tragó saliva emocionada y sonrió.

–¿Te duelen las heridas?

–Ya se me había olvidado. Pero dime una cosa, ¿a ti te gusta tu vida aquí?, ¿te quedarías para siempre?

–Bansi, ¡qué pregunta!, claro que sí.

Jaya se quedó pensativa un momento, después, levantó la cabeza y pareció hablar para sí misma.

–Bueno, siempre hay cosas buenas para compensar las malas. Pero eso es el precio que tenemos que pagar.

–¿Qué precio pagas tú?

La mujer se incorporó para marcharse mientras contestaba a la pregunta de Bansi apretando los puños y dando por terminada la conversación.

–Eso es asunto mío. Pero te aseguro que no desearía que nada cambiara. Ni tampoco me marcharía a ningún otro sitio.

Aquella noche antes de acostarte, Jaya buscó en una caja bajo la esterilla un viejo espejo con el marco de madera de sándalo y se miró la cara durante un rato. Sus rasgos aún eran los de una mujer joven, su rostro no tenía arrugas y solo los párpados caían ligeramente entristeciendo su mirada de ojos castaños.

Buscó con los dedos una fina cicatriz que corría por detrás de sus orejas y bajaba a lo largo del cuello metiéndose por el escote de la blusa: la señal era casi imperceptible. Deslizó sus dedos lentamente sobre la cicatriz con el rostro serio, al fin, apretó los labios obstinadamente. La cara de Bansi volvió a su mente, levantó ligeramente la cortina detrás de la que dormía y lo miró: el niño estaba acurrucado en su manta y parecía dormir. Jaya sonrió y dejó caer la cortina.

Pasaron los días, Bansi sabía que Shalin evitaba encontrarse con él. Al fin, una mañana lo vio solo junto a la puerta de la chabola y se acercó a él.

–Shalin, tengo el dinero todavía.

–No sé de qué me hablas, ¡lárgate! No quiero ni que me mires. Eres un cerdo.

El muchacho se apartó de Bansi, pero este lo siguió.

–¿Es que no me has oído? ¡Lárgate de aquí!

–No voy a hacerlo. Con lo que hice el otro día solo quería demostrarte que no soy tonto, que soy capaz de tener ideas y llevarlas a cabo. Jaya dice que tengo talento.

Shalin se paró y miró a Bansi con cara de desprecio.

–¿Talento?, pero ¿eso qué es, piojoso?

–Pues es que tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos.

–Yo no quiero saber nada con alguien como tú.

Bansi se paró y cuando Shalin se alejaba le gritó:

–Y, ¿sí que quieres saber algo con “el Narices”?

Shalin se volvió para mirar a Bansi.

–Pero, ¿tú qué sabes del Narices?

–Sé muchas cosas.

–¿Muchas cosas?, pero, ¿de qué hablas?

–De que él no te quiere en su grupo y yo sé por qué.

Shalin retrocedió acercándose a Bansi y cuando estuvo junto a él, extendió sus manos crispadas hacia el chico, que se apartó de él dando un salto hacia atrás e intentando calmarle le dijo:

–No es culpa tuya. Es porque Jaya y Deepa van todas las semanas a su casa y se acuestan con él y dejan que les pegue y las maltrate  a cambio de que los niños de las mujeres violetas no pertenezcamos a su grupo de ladrones. Ellas no quieren que acabemos con nuestros huesos en la cárcel o muertos en alguna calle solitaria. Pagan lo que les exige ese hombre asqueroso para que nos dejen en paz.

–¡Tú estás loco!

–No, no estoy loco. Lo sé, las he seguido y las he escuchado hablar. También sé que las dos tienen miedo porque se están haciendo viejas y «el Narices» dejará pronto de interesarse por ellas. A Deepa ya casi nunca viene a buscarla. Ya solo se interesa por Jaya y eso es porque es muy lista y ha conseguido hacerle creer que la necesita. «El Narices» es muy supersticioso y Jaya ha seguido inventándose algo para que no la deje todavía, pero eso no va a durar. Cuando él se dé cuenta del engaño o se canse para siempre, no podremos seguir haciendo la vida que hacemos. Tenemos que prepararnos antes de que cambie y ese hombre caiga con sus garras sobre nosotros. Él quisiera que fuéramos sus esclavos como lo son esos amigos tuyos que ahora intentas frecuentar, sin darte cuenta de que una vez que empieces ya no podrás escaparte nunca.  ¡Es una trampa, Shalin!, ¡de verdad!

Bansi trataba de encontrar las palabras para  convencer a su amigo.

–Parece mentira que no te hayas dado cuenta de cómo funcionan los negocios de ese hombre.

Shalin miró incrédulo a Bansi que, a su vez, le sostenía la mirada para demostrarle lo seguro que se sentía hablando así.

–Sé que tú quieres tener tu propia vida. Ya te has hecho grande  y quieres marcharte de aquí pero necesitas dinero.

Shalin se metió las manos en los bolsillos con resignación, agachó la cabeza y preguntó:

–Y ¿cuáles son esos planes tuyos?

–Conseguir que «el Narices» nos deje en paz para siempre.

–Qué fácil parece cuando lo dices. A su manera, ese tío es el rey del barrio y cuando se haga viejo alguien tiene que ocupar su sitio. Entonces habrá llegado mi momento. Sé cómo manejar a la gente, yo seré quien le sustituya. Pero lo haré a mi manera.

–¡Olvídalo! Antes de que llegue ese día pueden pasar cosas muy malas. Pero yo sé cómo quitarnos de en medio a ese tipo despreciable y rastrero.

–¿Tú?, pero ¿qué estás diciendo? O…  ¿es que tendré que hacerte una reverencia por tu listeza?

–De verdad, no te burles. Sé cómo hacerlo. Llevo días yendo al pueblo de los pescadores. A ese bar, ya sabes y ahí va gente que sabe mucho. Me he enterado de algunas cosas y sé lo que hace ese tipo para ganar tanto dinero. Lo de los chicos que roban para él es solo una tapadera. Con lo que le entregan no tendría ni para comprarse esos zapatos brillantes que lleva siempre. Su negocio es otro muy distinto.

–¿Su negoció?, pero ¿cuál es su negocio?

Bansi se aproximó a su amigo para hablarle al oído.

–Es la heroína

–¿Heroína? Pero… ¿de qué hablas, si no tienes ni idea? ¿Qué es la heroína, a ver? 

–Es la droga que se saca de la planta del opio. Hay un país montañoso que no tiene mar en donde la fabrican en grandes cantidades y la extienden por todo el mundo a través de los puertos de Pakistán.

–¿Quién te ha contado a ti eso?

–He oído cosas. Sé que se vende a precio de oro y hay mucha gente que se está haciendo rica con ese negocio.

–Y, ¿«el Narices» la vende? No digas estupideces. Si así fuera yo me habría enterado antes que tú.

–No Shalin, ya te he dicho que ese tipo es muy listo. Él no la vende, solo se encarga de entrarla en la playa. Tiene un socio y los días de luna llena llega un barco que trae la mercancía. Desde la lejanía, ese barco hace señales mucho antes del amanecer y ellos solo tiene que acercarse con una balandra antes de que el barco llegue al puerto. Alguien desde dentro la tira y ellos solo tienen que recogerla. Después se acercan a la playa, la descargan y la llevan a otros hombres que se encargan de repartirla para venderla  por todo Bombay. Están muy bien organizados. Eso se llama tener “una red”.

Shalin tenía la boca abierta, admirado de lo que estaba escuchando.

–¿Eso ocurre en esta playa?, ¿con «el Narices»?

–Sí, con «el Narices».

Shalin se rascó la cabeza, su expresión había cambiado de burla a incredulidad.

–Y… a nosotros, ¿qué nos va con todo eso?, ¿qué podemos hacer?

–Conozco la señal del barco. Ya la había visto antes muchas veces, pero no sabía de qué se trataba. Me preguntaba qué sería el pequeño resplandor que aparecía en el horizonte en los días más oscuros. Y ayer esperé en la playa. Lo vi todo, los seguí sin que me vieran. Sé quiénes son, cómo lo hacen y dónde lo llevan. He ido atando cabos con todo lo que he visto y oído en el puerto. La policía hace tiempo que está  esperando pillarlos, pero aunque hay gente que sabe lo que pasa, incluso de la propia policía, nadie se atreve a decir nada por miedo a lo que pudiera pasarles.

–…¿Y?

–¿No lo entiendes? Nadie sospechará de nosotros si lo hacemos bien. Solo tenemos que poner sobre aviso a las personas adecuadas.

–Pero… ¿quiénes son las personas adecuadas? ¿O es que vas a decirme que también los conoces?

–Sí, sé quiénes son–. Shalin se rascó la cabeza.

–Y, ¿para qué me necesitas a mí? Tú puedes hacerlo solo.

–Sabes muy bien que a mí no me creerían, pero a ti sí. Todo el mundo sabe que tú eres muy listo. Shalin miró a Bansi en silencio, después de un momento, caminó delante de él con gesto pensativo.

–¿Se llevarían «al Narices» para siempre de aquí?

–Claro. Si sabemos hacerlo lo meterían en la cárcel durante muchos años. Cuando vuelva, si es que vuelve, las cosas habrán cambiado. Antes de que la red se reorganice nosotros ya tendremos nuestra propia manera de salir adelante.

–No sé, Bansi, déjame pensar. No puede ser tan fácil como tú lo pintas.

–Hay otra cosa, Shalin. La policía nos dará una recompensa y tú podrás comprarte ese taxi que quieres para tener tu propia vida.

Shalin se paró frente a Bansi y le agarró de la camisa con las dos manos.

–¿Cómo sabes tú lo del taxi? 

–¿Eso qué importa? Lo sé y ya está.

–Pero, y tú, ¿qué sacas de todo esto?

–Todavía guardo el dinero para comprarme la caja de limpiabotas.

Bansi se metió las manos en los bolsillos: los dos flamantes billetes aún estaban en su bolsillo derecho, enrollados cuidadosamente dentro de la caracola de pinchos. Los sintió bajo la punta de sus dedos que se habían introducido por el pequeño orificio nacarado y suave. Miró a Shalin. El muchacho agachó la cabeza con un gesto pensativo. Segundos más tarde, se irguió mirando al frente con decisión y puso su brazo sobre los hombros de Bansi que no pudo reprimir una sonrisa de triunfo.

El limpiabotas de Bombay
Photo by Javardh on Unsplash

Es la hora en que se inicia el atardecer, el rumor del agua es muy tenue y la espuma blanca que acaricia la arena con los últimos rayos de sol, parece que deposita partículas de oro sobre la tierra. Los dos chicos han desaparecido perdiéndose en la playa bulliciosa entre la gente que pasea, los vendedores ambulantes, los perros callejeros, los niños que corretean salpicándose de agua y arena. Al contraluz, sus oscuras siluetas se han desvanecido como sombras oscuras entre los fuertes colores de los saris de las mujeres hindúes que caminan haciendo tintinear sus pulseras y lanzando destellos dorados al aire salino y denso del mar de Arabia. Hay un olor dulzón a arroz cocido y la vida sigue transcurriendo en torno a Bansi que… podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas de la enorme y populosa ciudad de Bombay.

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