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En la mezquita más grande de la India

 

En la mezquita más grande de la India
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Salimos del Fuerte Rojo. El lugar había resultado ser una hermosa muestra de la belleza arquitectónica de la época Mogol en Delhi. Nuestra próxima visita era Jami Masjid: la mezquita más grande de la India. El guía nos advirtió que para llegar hasta ella debíamos atravesar un bullicioso y pintoresco barrio conocido por el nombre de la calle principal que lo atraviesa: Chandni Chowk. Y así fue: cruzamos una amplia avenida dejando a nuestra espalda las rojas murallas del fuerte y, enseguida, estuvimos inmersos en un laberinto de callejuelas con aceras intransitables, en donde nos veíamos obligados a caminar por el centro de las calles, formando una fila india y sorteando todo tipo de obstáculos que se interponían en nuestro camino.

Desconozco lo que pasaba por la cabeza de mis compañeros de viaje, pero para mí era necesario concentrarme en el hecho de caminar para poder seguir el ritmo del grupo sin tropezar permanentemente. Por eso, la percepción de todo lo que nos rodeaba se reducía a pequeños instantes, que encerraban imágenes llenas de sensaciones, en las que los cientos de olores y colores se entremezclaban creando la idea de que todo era estrambótico, destartalado y, sin embargo, excitante y de un fuerte atractivo.

Nada más entrar en el barrio, noté con curiosidad que una mujer vestida de negro y con un pañuelo amarillo anudado a la cabeza, al estilo musulmán, caminaba por delante y muy próxima a nosotros. A veces desaparecía entre el gentío para volver a aparecer de nuevo. Su oscura indumentaria contrastaba con el colorido del entorno e, inconscientemente, relacioné su imagen con la religión. Hubo un momento en que su figura, más que cualquier otra cosa, me sirvió de referencia para saber hacia dónde tenía que dirigir mis pasos. Al fin, llegamos a los aledaños de la mezquita, subimos las escalinatas y nos descalzamos para poder entrar al recinto. Aún pude ver cómo la mujer vestida de negro se perdía bajo los arcos que formaban la puerta de acceso.

Al entrar, la sensación me resultó muy placentera: el enorme espacio que formaba un gran patio se abrió ante nosotros como un oasis de calma tras el bullicio y el ajetreo callejero que había quedado al pie de los escalones. Enseguida, todos los componentes del grupo nos dispersamos y en unos instantes me encontré sola, respirando aliviada de poder disfrutar del pequeño placer de unos momentos de sosiego tras el agobiante paseo. Me senté un momento bajo los soportales. Los muros en torno al recinto eran lo suficientemente bajos y la situación de la mezquita, construida sobre una elevación del terreno, la convertían en un observatorio privilegiado. Desde allí, y a escasos metros, se podía observar el caótico ajetreo de aquel barrio que parecía un hervidero de gente afanada en sus tareas y en continuo movimiento.

Permanecí absorta durante un rato, resultaba un auténtico espectáculo ver cómo se desarrollaba la vida en aquel escenario de viejas casas ennegrecidas, plagadas de puertas abiertas de par en par que daban paso a oscuros locales situados debajo de barrocas balaustradas o de sencillas y estrechas terrazas. Los edificios parecían permanecer en pie gracias a la maraña de cables eléctricos que sobrevolaban las calles, de lado a lado, formando una redecilla de indescifrables códigos, capaces de dar sombra como si se tratase de un entoldado festivo y que desaparecían entre las callejuelas estrechas del sinuoso barrio. Entre las casas, los almacenes y los puestos de frutas, en un bullicioso ir y venir, lo primero que atraía la mirada, eran los cientos de coloridos rickshaws a pedales —esos curiosos vehículos que usan en las ciudades indias para el transporte público y que son como destartalados triciclos con un cubículo en la parte posterior en el que pueden ir dos, tres o cuatro personas, en caso de apuro, siete u ocho y si se trata de niños, entonces, la capacidad se multiplica y resultar útil, para unos diez o doce—. Más que en cualquier otra parte, allí parecían ser los protagonistas: aparcaban en las aceras y se codeaban con las bicicletas, las motos, las carretillas, los carromatos. Detrás de todos aquellos ingenios, se arrastraban las cargas más insólitas y, sin ningún complejo se entremezclaban con los transeúntes y los curiosos, los vendedores ambulantes, los pedigüeños, los artesanos apostados en la puerta de sus almacenes y los haraganes.

Al fin, saciada mi curiosidad, volví la cabeza hacia el interior del recinto. La mezquita del viernes, la llamada Jami Masjid, estaba compuesta de un enorme espacio cuadrado y amurallado a distintas alturas. En frente de mí, situada hacia lo que supuse sería la dirección de la Meca, se destacaba la sala de oración. Conté once puertas repartidas por su parte frontal, tres enormes cúpulas blancas, algunas torres más discretas y dos esbeltos minaretes. La arenisca roja y el mármol blanco, lleno de claroscuros, estaban mezclados formando una hermosa armonía de líneas y curvas sobre las que, en aquellos momentos, revoloteaban cientos de palomas.

Apenas habían pasado unos minutos cuando vi, desde la posición en que estaba, como mis compañeros se aglutinaban de nuevo en torno al guía y me dirigí hacia ellos para atender a las explicaciones:

—Este es el corazón del barrio musulmán de Delhi, y este su lugar de oración. Durante la semana, como ven, está abierta al público sin distinción de religiones y cada viernes se cierra para las visitas: miles de personas se reúnen aquí para rezar. Este patio tiene capacidad para acoger a 25.000 almas.

»Los musulmanes en la India representan, aproximadamente, un veinte por ciento de la población y conviven con el resto de las religiones y de las culturas. Están integrados en el país y son, en cierto modo, privilegiados porque estos musulmanes de hoy día son aquellos o los descendientes de aquellos que no tuvieron que abandonar la India cuando se produjo la división del país con la independencia. Ellos pudieron quedarse gracias a que Ghandi permitió que así lo hicieran… —el guía continuaba con sus explicaciones.

Una vez que nos habíamos hecho una idea del lugar en que nos encontrábamos, nos dirigimos a curiosear por nuestra cuenta. Yo me detuve un rato en torno al gran estanque de las abluciones situado en el centro del gran patio y después me encaminé hacia la sala de oración. Bajo los once arcos de entrada, se formaba un largo pasillo flanqueado por las columnas que sustentaban los arcos, llenos de arabescos, y que se extendía cubierto por tres filas enormes de alfombras de color rojo. A pesar de resultar un recinto muy abierto, el lugar quedaba en la penumbra y se respiraba un cierto aire de recogimiento y religiosidad. Los espacios interiores que se correspondían con las cúpulas del edifico hacían las veces de pequeñas capillas abiertas completamente y frente a ellas, algunos fieles, hombres y mujeres, rezaban postrados en la dirección de la Meca.

Situada en el interior, me apoyé contra una columna y permanecí un rato en silencio observando todo cuanto me rodeaba. Enseguida me llamaron la atención las vestimentas negras de las mujeres y no pude evitar admirarme de cómo eran capaces de vivir vestidas con aquellas oscuras telas que, sin duda, tenían que resultar agobiantes con el clima y las condiciones de vida de aquel país. Dos de aquellas mujeres, las que estaban más próximas a mí, arrodilladas, subían y bajaban las manos y las cabezas quedándose por momentos postradas en el suelo.

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A pocos metros, metida en una de las capillas, vi de nuevo a la mujer del pañuelo amarillo que nos precediera durante nuestra incursión en el barrio. Rezaba sola junto a la esquina de una de las capillas. Al reconocerla, instintivamente, me oculté tras una columna para poder observarla a mis anchas. Tuve la sensación de encontrarme con una vieja conocida a la que acababa de sorprender haciendo algo que no me esperaba.

A los pocos minutos, debió acabar sus rezos, se levantó y miró a su alrededor como si buscara algo. Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Yo desvié la vista, pero unos segundos más tarde, sin poder evitarlo, volví de nuevo a buscarla. Estaba parada y, en ese momento, era ella la que me miraba a mí de manera persistente. Sin duda, estaba intentando atraer mi atención. El corazón me dio un vuelco y me sentí incómoda e inquieta. Rápidamente, volví la cara buscando a mi gente que, en pequeños grupos, continuaban deambulando y haciendo fotos dentro y fuera del recinto de oración. Me dirigí hacia una de mis compañeras y nos entretuvimos fotografiando el atractivo claroscuro que, con el contraste de luces, se creaba a lo largo de la enorme sala. Mientras, no sé por qué, procuré no perder de vista a la mujer que había cruzado el espacio debajo de las columnas y salía al patio exterior. Seguí mirándola con recelo y aliviada de verla marchar. Como si ella se hubiera percatado de que la observaba, con un movimiento rápido, giró sobre sí misma y se paró nuevamente con la mirada fija en la mía que ahora, sorprendida por lo inesperado de su actitud, no conseguía apartar los ojos de aquella figura negra y redonda.

En aquel momento, vi que, de dentro de algún pliegue de su vestido, sacaba un objeto metálico. Con la vista y con la mano vacía, me indicaba que mirase y yo, que había permanecido quieta y con la boca abierta, me sobresalté e internamente me negué a seguir sus instrucciones. El gesto de disgusto que hice no debió pasarle desapercibido, sin embargo, con sus movimientos, insistía una y otra vez en reclamar mi atención, a lo que yo, aparentando indiferencia, seguía negándome.

Tuve la sensación de estar sola de nuevo y, para sobreponerme, me adelanté hacia las verjas que cierran el recinto por su lado sur en busca de personas conocidas entre las que refugiarme. No vi a nadie a mi alrededor y durante unos minutos permanecí, de espaldas al patio, observando el mundo que quedaba fuera. Al fin, para mi tranquilidad, oí que alguien me llamaba. Todos estaban reuniéndose junto a la puerta por la que habíamos entrado y dispuestos ya para abandonar el lugar. Con la mirada fija en aquel punto, anduve deprisa sin poder controlar el desasosiego que me embargaba.

Salimos. Bajamos las escaleras después de ponernos de nuevo los zapatos y emprendimos el regreso hacia el autobús.

Parecía que por fin había pasado mi susto. Pero no, estaba equivocada, en la esquina y al otro lado de la calle, quieta y en actitud de espera, aquella mujer seguía todos mis movimientos. Oí de nuevo los latidos del corazón resonando en mi interior. Apresuré mis pasos y me situé junto al guía que caminaba con tranquilidad precediendo al grupo y, nuevamente, sorteando los obstáculos y la gente que se cruzaba en nuestro camino.

—¿Está muy lejos el autobús?

—No, solo lo suficiente como para que disfruten un poco del ambiente del viejo Delhi, a ustedes les gusta. Siempre les oigo comentar que todo esto resulta pintoresco y chocante. Mire los kioscos, ahora estamos pasando por el mercado del bronce, aquí…

—Sí, sí, claro.

Aunque lo intenté, no me sentía capaz de mantener la atención a las explicaciones y volví la mirada: la mujer caminaba detrás de mí, me pareció que solo necesitaba extender sus brazos para tocarme. Sentía deseos de agarrarme al guía, pero no me atreví a hacerlo. Algo en mi interior me hizo estirarme y respiré varias veces profunda y lentamente. Más tranquila, vi las cosas de otra manera: me pareció ridículo lo que me estaba sucediendo. No podía pasar nada entre aquel bullicio y rodeada de mis compañeros de viaje. Sin pensarlo y de un salto me paré en seco ante la mujer que casi me rozaba y me encaré con ella:

—Pero, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?

No se inmutó, se paró y volvió a sacar algo de entre los pliegues de su vestido. Cerré los ojos y haciendo gestos ostensibles con las manos para que pudiera entenderme le grité:

—¡No! ¡Vete! ¡Márchate de aquí!

El guía se había detenido al oír mi voz alterada, miró hacia atrás y se colocó a mi lado.

—¿Le ocurre algo?

—Esta mujer me está siguiendo desde que entramos en la mezquita. No sé qué puede querer.

—No tiene que hacerle caso, solo le está enseñando una escudilla vacía para que vea que no tiene nada para comer. Siga usted su camino, es mejor que no la mire.

—¿Cómo quiere que no la mire si cada vez está más cerca de mí? Es imposible quitármela de encima.

Le oí decir algunas frases en un idioma para mí ininteligible dirigiéndose a la mujer de negro, después me indicó con la mirada que lo siguiera y volvió a caminar delante del grupo como si nada ocurriera. Ella agachó la cabeza y, con pasos rápidos, nos adelantó. Un momento después, la vi meterse por una callejuela estrecha a escasos metros del lugar por el que nosotros teníamos que pasar. Creí que, por fin, todo había terminado pero, para mi desesperación, aquello continuaba. Al volver la esquina, dio la vuelta y agitando la escudilla entre las manos, se apoyó contra la pared para poder observarme a sus anchas. Para no verla, levanté la cabeza mirando al frente tal como el guía me había dicho. En aquellos momentos, un remordimiento me azotaba la conciencia y me sentía mezquina. Al fin, lo único que quería aquella mujer era decirme que tenía hambre, que necesitaba comer.

Volví la cabeza para mirarla, ella seguía allí, parada con gesto de súplica. Debió notar mi cambio de actitud y sacó la otra mano indicándome que fuera con ella.

El guía que, sin duda había observado toda la escena, se volvió y me tiró del brazo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, hemos de continuar.

—No. Esto no puede acabar así. Si ahora me voy de esta manera, no podré dormir en varios días. Lo siento, quiero saber qué es lo que me dice y qué le pasa a esta mujer.

—Hágame caso y continúe, por favor.

—De verdad, no puedo.

—Está bien, ella le pide que la siga. Debe querer enseñarle algo, nada más. No tiene por qué alarmarse: es inofensiva. Esta gente vive de la limosna y lo único que intenta es sacarle un poco de dinero.

—¿Qué puede pasar si entro?

—¿Quiere entrar?

—Sí, quiero entrar.

—No se lo aconsejo, puede encontrarse cosas poco agradables.

Yo insistí.

—No importa, quiero ir.

—Está bien, pero tengo que acompañarla. Serán unos momentos, el tiempo que esa mujer necesite para que usted le dé lo que ella busca.

Seguí a la mujer que, enseguida, se introdujo a través de una puerta estrecha que conducía a un pasillo al que apenas llegaba la luz y con las paredes negras de hollín. Al fondo, otra puerta tapada con una cortina de harapos parecía conducir a algún cuartucho siniestro.

Empezaba a arrepentirme de la decisión que acababa de tomar y me volví para mirar al guía esperando su mirada de desaprobación. Él nos seguía con un gesto imperturbable caminando detrás de mí.

Nos acercamos hasta la puerta, la mujer entró y sostuvo la cortina para que la siguiéramos. Metí la cabeza, el mal olor me hizo retroceder. Tragué saliva y entré a pesar de todo.

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En un rincón de la habitación, escasamente iluminada por un ventanuco en la parte superior, un hombre, aparentemente muy viejo, delgado y vestido con ropas muy ajadas, estaba sentado con una extraña postura sobre un somier desnudo. Su bastón descansaba apoyado sobre una de sus piernas, largas y flacas, tenía la cabeza baja y parecía dormir o meditar. Al oírnos, el hombre levantó la cabeza, agarró fuertemente el bastón con ambas manos y preguntó algo en su idioma. Entonces pude ver su mirada turbia y vacía: era ciego. Aquella escena en la semios- curidad de la habitación, la delgadez de aquel desgraciado y el gesto que enmarcaba la sensación de un terrible desamparo, me hicieron llevarme instintivamente la mano a la garganta para no gritar por la sorpresa. Pensé que no había visto una imagen tan triste en toda mi vida.

La mujer musulmana, casi rozándome y con la voz plañidera, me señalaba al ciego y hablaba dirigiéndose a mí, sin que pudiera entender una sola palabra de lo que me decía. Yo la miraba a ella de manera persistente, intentaba leer en sus labios, en su mirada, en sus gestos, por no enfrentarme al lamentable espectáculo de aquel pobre hombre aferrado a su bastón en actitud defensiva, como si de él dependiera su propia vida.

El guía escuchaba pacientemente a mi lado y al fin, cuando ella dejó de hablar, me tradujo lo que intentaba decirme.

—Quiere que usted sepa que este hombre es una víctima del accidente ocurrido en la ciudad de Bhopal. Le dice que es un pariente lejano suyo, que fue abandonado por todos, porque es un ser completamente inútil y necesita continuos cuidados ya que no puede valerse por sí mismo. Tiene treinta y dos años aunque por su aspecto pueda parecer un viejo. Dice que cuando todo ocurrió era un niño de apenas diez años. Casi toda su familia murió como consecuencia de la catástrofe y no ha tenido corazón para abandonarlo a su suerte a pesar de que le supone una carga muy pesada, pues ella tiene su propia familia de quien ocuparse. No recibe ayuda de nadie y necesita el dinero de las limosnas para sobrevivir. Como usted puede ver, está ciego y tullido, apenas puede moverse porque cualquier movimiento le cansa mucho, su capacidad pulmonar es muy pequeña y… ella espera que usted los pueda ayudar comprándoles un poco de comida.
Miré al guía, me sentía desconcertada, pero en su mirada no había respuesta. Naturalmente, no estábamos en condiciones de salir a la calle para comprar nada, nuestro viaje debía continuar. Nerviosa, metí la mano en mi bolso y con los ojos nublados por las lágrimas saqué del monedero algunos billetes y se los di, sin saber siquiera cuánto dinero le estaba dando. Después retrocedí hacia la puerta sin poder dejar de mirar aquella mujer, que en aquel momento y, por la escasa luz, era una mancha negra sin contornos precisos que sonreía agradecida con las manos apretadas contra su pecho.

Al salir de nuevo a la calle principal donde esperaban mis compañeros aún tenía el aliento contenido. El regreso al hotel lo hice en silencio, llena de sentimientos contradictorios: por un lado, en mi mente seguía, como una imagen fija, la silueta de aquel hombre triste, con la mirada vacía y el eco de la voz llena de pena de aquella mujer resonaba todavía en mis oídos. Por otro, estaba deseando llegar a mi habitación para meterme bajo la ducha y desprenderme de aquel olor a miseria que parecía haberse pegado a mi ropa y que me repugnaba. Apreté los ojos, intentando olvidar cuanto antes aquel desagradable encuentro.

Al fin, entramos en el precioso edificio colonial que era nuestro hotel. Una fila de viejas y altísimas palmeras flanqueaban la entrada y, entre ellas, los porteros y los ayudantes de los porteros con sus llamativos trajes y sus amables sonrisas nos recibieron facilitándonos, como siempre, cualquier movimiento. Antes de subir a nuestras habitaciones, el guía, que debió observar mi turbación, se acercó a mí para despedirse.

—Siento que esto la haya impresionado de manera tan honda. Entienda por qué me vi en la necesidad de advertirle que no debía acompañar a aquella mujer, ustedes no están acostumbrados a situaciones como esta, la visión de tanta crudeza les resulta muy desagradable.

—Sí, la verdad es que me ha impresionado mucho.

Se marchaba, pero lo retuve con la mirada durante un momento más.

—Perdóneme, pero… ¿cómo pueden ocurrir cosas como esa?, ¿cómo pueden permitir que la gente viva de esa manera?

—No piense más en ello, olvídelo. Lo que esta mujer le ha contado puede que ni siquiera sea cierto y ese hombre no tenga que ver nada con la catástrofe de Bhopal. Existe mucha picaresca entre los pobres. La gente ha de sobrevivir y a veces recurren al teatro y la simulación y es muy probable que ella, sabiendo que usted es extranjera, ha situado la causa de su desgracia en un escenario que a usted pudiera resultarle conocido por su dramatismo.

—No intente taparme los ojos, yo le agradezco su amabilidad, pero ese hombre que he visto no era un actor. Sí ella lo usa como reclamo es porque podría ser cierto. Y sea o no una víctima de lo que ocurriera en esa ciudad, me ha parecido digno de lástima.

—Mírelo de otra manera. Si lo que hemos visto es cierto y ese pobre desgraciado es realmente un superviviente de Bhopal tiene suerte, porque sus familiares se han ocupado de él. Aunque lo usen de reclamo para obtener limosna, resulta beneficiado. Si su familia tiene para comer, él tiene para comer, y esa mujer parece una buena persona.

—Pero, ¿cómo pueden vivir en esas condiciones tan precarias?

—Por favor, hágame caso, debe dejar de pensar en ello.

—Al contrario, quiero saber qué pasó en esa ciudad, aunque solo sea para saciar mi curiosidad.

—Bien, pero… realmente, ¿no ha oído hablar nunca de la catástrofe de Bhopal?

—No. La verdad es que no, o tal vez sí, pero ocurren tantas catástrofes por todas partes y resultan tan lejanas, que se olvidan pronto.

—Durante un tiempo se habló mucho de ello en todo el mundo. Fue una historia lamentable y muy dura para mi país. En diciembre de 1984 se produjo en esa ciudad una gran desgracia: un escape de gases letales en la fábrica de pesticidas que produjo en las tres primeras noches más de 8.000 muertos y otros tantos miles de damnificados. Los gases producidos por el escape quemaron los ojos y las vías respiratorias de la gente que, al introducirse en la sangre a través de los pulmones, dañaron prácticamente todos los sistemas orgánicos. Eso no fue más que el comienzo de una tragedia que aún no ha acabado. Hoy todavía los habitantes de aquella ciudad sufren las consecuencias y las secuelas de este desastre que nadie es capaz de calcular, ya que esas sustancias que se filtraron a través de las aguas en el terreno afecta a todos los órdenes de la vida, y a ellas están expuestas, a pesar del tiempo transcurrido, todas las personas que viven en el entorno. Se ha convertido en un legado tóxico que únicamente el tiempo puede llegar a solucionar.

—¿No ha podido hacerse nada?

—La compañía propietaria de la fábrica nunca ha indemnizado de la manera conveniente. El gobierno indio ha luchado por obtener recursos de la empresa responsable para compensar a los miles de damnificados, pero nunca ha sido suficiente. El mundo del dinero no sabe de seres humanos, de miserias. No tiene corazón, eso lo sabemos desgraciadamente y la empresa debió emplear todos los subterfugios posibles para minimizar o para eludir sus responsabilidades.

Lamento este encuentro que usted ha tenido con nuestra cruda realidad, pero… aquí las cosas son así. Podría relatarle cientos de desgracias parecidas que ocurren cada día, tal vez porque asimilamos mal el progreso tal y como ustedes lo entienden y que, sin embargo, parece ser el camino inevitable. Este es un país de fuertes y profundos contrastes que esconde la agonía de una civilización que se muere para siempre ante nuestros propios ojos, sin que podamos hacer nada para salvarla.

—Lo sé, creo que lo estoy viendo a cada momento y sé que puede parecerle estúpido, pero siento la necesidad de hacer algo.

Me miró como si estuviera acostumbrado a oír ese ofrecimiento cada día, se encogió de hombros y concluyó:

—Recibimos ayuda de muchas organizaciones y personas desinteresadas, hay mucha gente que intenta ayudarnos. Si usted quiere hacer algo puede dirigirse a alguna de estas organizaciones. Las instituciones creadas por la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, funcionan muy bien, pero también hay otras muchas instituciones con buenas gentes que hacen una labor inestimable entre los más desgraciados, las personas sin hogar o los abandonados.

—Gracias. Me acordaré de lo que me ha dicho.

El guía se marchó con su paso lento y yo me retiré a mi habitación envuelta en un mar de contradicciones acerca de lo que para mí sería, sin duda, un viaje inolvidable, pero aquella mañana, en el aquel cuartucho inmundo, tuve la triste sensación de haber encontrado la auténtica y amarga realidad de la India.

Mientras caminaba por los pasillos del hotel, intenté hacer recuento: habíamos llegado hacía apenas unos días. Lo hicimos llenos de prevenciones. Atravesamos regiones, ciudades y pueblos en un autobús absolutamente blanco por dentro y por fuera, con un rótulo que rezaba «Tourist» hecho para inmunizarnos de cualquier contagio y que como un imán atraía la mirada de todos: niños y mujeres, santones, vendedores ambulantes, contorsionistas, encantadores de serpientes, bailarines callejeros, barberos, colegiales, ancianos o haraganes. Aquellas gentes sonreían y extendían las manos a nuestro paso como si, al hacerlo, pudiéramos depositar en ellas un trozo del paraíso en el que ellos creen que nosotros vivimos. Protegidos tras los cristales pudimos mirar, lamentar, burlarnos o asombrarnos de cuanto veíamos, esbozando una sonrisa fría a través de los cristales. La India, para nosotros, los curiosos turistas, representa un espectáculo de seres humanos que parecen vivir en la cuerda floja, en una dualidad permanente entre la inercia arrolladora de Occidente y el lastre de una antiquísima historia y una milenaria cultura que permanecen vivas y gravadas a fuego en millones de almas a través de un universo que se adivina inconmensurable y lleno de profundas contradicciones muy difícil de asimilar.

Al día siguiente, el viaje acababa definitivamente y volvíamos a casa. Tuve la sensación de que solo podía encogerme de hombros ante la perplejidad que me produjo tanto contraste, pero debía tratar de encontrar, entre aquel maremágnum de imágenes, colores y sensaciones que volvían a mi cabeza, un punto de referencia para establecer el equilibrio en mi interior, sin olvidar lo que había visto: un sorprendente país en donde parecen estar presentes todas las dimensiones de la vida y todas las dimensiones del tiempo y del mundo, que allí discurren sobre la vertiente sagrada del hombre a la que ellos se aferran y que nosotros estamos abandonando.

No hay duda de que aquel país tiene que cambiar, sacar a sus gentes de tanta miseria y, sin embargo, hay algo que te hace temer que cambie siguiendo un ejemplo tan equivocado como puede ser el nuestro y desechando la belleza de lo que ellos poseen y que solo ellos conocen.

Tuve la suerte de recordar las miradas brillantes y alegres de los cientos de niños que te abordan por las calles para vaciarte los bolsillos. Parece que guarden en su interior bellísimos secretos: algo indescifrable que intenta indicar los miles de sencillos caminos, a través de los cuales se puede llegar a la felicidad y que, si alguna vez has tenido la suerte de poder percibir, recubrirá tu corazón de una fina película que te hará, si no te permites olvidar, contemplar la vida desde un punto de vista diferente.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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Los parsis en la India

Entre los grandes tesoros de la India –Los parsis–

Los parsis en la India
Archivo LHM

Aquella mañana, la primera de nuestra estancia en Bombay, habíamos hecho un recorrido por el antiguo barrio de Cobala y terminamos en el hotel Taj Mahal, frente a la emblemática Puerta de la India, en busca de un lugar donde comer. Casi todos los componentes del grupo de amigos que habíamos decidido visitar la India se habían repartido en los distintos restaurantes; solo algunos de nosotros preferimos tomar un simple bocadillo, sentados en una de las mesas frente a la agradable piscina que, como un oasis, está situada en el centro de un patio que se encuentra en medio del establecimiento hotelero de más tradición en la ciudad.
A pesar de que la gente entraba y salía, el sitio resultaba muy tranquilo. Varias personas tomaban el sol sobre las tumbonas alrededor de la piscina y solo la mesa contigua a la nuestra estaba ocupada por tres hombres: dos de ellos, tocados con sus característicos turbantes, denotaban su procedencia; el tercero, un occidental entrado en años y vestido de manera informal pero sin el descuido de los turistas, tenía un cierto aire de intelectual.
Al poco rato de nuestra llegada, los dos hindúes se despidieron, abandonaron la mesa y el occidental permaneció solo tomando un té y haciendo anotaciones en su agenda.
Habíamos terminado nuestra frugal comida y nos disponíamos a tomar café cuando el hombre se dirigió a nosotros en español para preguntar por nuestra procedencia. Con esa curiosa camaradería que se crea al encontrarte con personas que hablan tu idioma en países extraños, le invitamos a sentarse a nuestra mesa y así lo hizo. Se trataba de un norteamericano de madre chilena, razón por la cual dominaba nuestra lengua, a pesar de su fuerte acento y esa ligera cadencia con la que los sudamericanos suavizan la fonética del castellano.
Tenía una conversación muy fácil y, con bastante desparpajo por nuestra parte y mucho desenfado por la suya, tuvo que soportar que entre todos le sometiéramos a un completo interrogatorio. Se trataba de un catedrático de antropología ya jubilado que, hasta hacía poco tiempo, había impartido clases en una Universidad de San Francisco y continuaba desarrollando su interesante trabajo al pertenecer a varias agrupaciones de intelectuales dentro y fuera de su país, a la vez que colaboraba en revistas especializadas en las antiguas religiones del mundo.
Al parecer, viajaba con frecuencia a la India en donde tenía grandes amistades y para él constituía una fuente inagotable de conocimiento. En esta ocasión se encontraba en la ciudad de Bombay debido a que, como estudioso del tema, había sido solicitada su aportación en el examen de un documento hallado recientemente. Se trataba de una tablilla cuneiforme en la que se hablaba de Ecbatana: una de las ciudades más antiguas de la humanidad que por un tiempo fuera capital del imperio Medo y que después pertenecería al mundo de los persas.
La valiosa tablilla había aparecido en manos de un comerciante que desconocía su enorme valor histórico y, dado que formaba parte de su herencia familiar, conservada a través de las generaciones que le habían precedido, se pensó que debió llegar hasta la India con la venida de los antiguos parsis a cuya comunidad pertenecía el propietario.
Los comentarios que surgieron en torno a esas gentes dieron pie a una auténtica lección de historia que acabó, debido a la versatilidad del personaje, en una interesante conversación que nos situó ante la riqueza y la complejidad del mundo al que acabábamos de llegar, pues algunos de nosotros quisimos saber con más de detalle quiénes eran los parsis y el americano, con la claridad propia de quien está acostumbrado a enseñar, nos explicó que se trata de una comunidad muy arraigada en el país al que llegaron hace siglos procedentes de Persia, lugar de donde proviene su nombre.
A medida que la conversación iba avanzando, se fue convirtiendo en un monólogo que, después de contrastar datos y acontecimientos históricos, por temor a las traiciones de mi memoria, trataré de reproducir, debido a lo interesante de la información que nos aportó aquel curioso personaje…
—Los parsis son muy respetados y conocidos en esta ciudad. En cierto modo, forman parte de su acervo cultural del que todo visitante se queda con una pequeña referencia. La causa es la curiosidad que despierta la práctica de cierta ceremonia religiosa que se lleva a cabo entre los árboles de un parque situado sobre las colinas Malabar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los barrios más elitistas de Bombay.

»Se trata de un primitivo rito que ha pervivido a lo largo de los siglos en torno a las míticas Torres del Silencio. Sobre ellas y a quince metros de altura, pervive una antigua manera de hacer desaparecer a los muertos: los cadáveres de hombres, mujeres y niños, tras ser envueltos en blancas telas de lino, son depositados sobre losas de piedra para ser expuestos a la voracidad de las aves de rapiña que sobrevuelan la frondosidad del parque. Los gigantescos buitres arrancan la carne dejándola en los huesos del esqueleto para que el sol los calcine y, tras ser pulverizados, son arrojados a los pozos habilitados en el fondo de las torres. Desde allí son impulsados por el agua corriente y arrastrados hasta el mar. La finalidad de esta extraña costumbre es hacer desaparecer los cuerpos que han acogido las almas en su tránsito por la vida sin manchar, con la impura materia en descomposición: el aire, el agua, la tierra o el fuego por su condición de sagrados para los fieles de una religión cuya deidad es Ahura Mazda: una antigua divinidad a quien ellos, a través de las enseñanzas de Zaratustra, le han dedicado una fidelidad asombrosa, pues sus ritos se han mantenido vivos a través de los siglos y especialmente en la India se ha hecho con gran pureza.
»Pero no es solo esta ceremonia y su fidelidad al pasado lo que despierta la curiosidad en torno a su Dios y en torno al personaje de Zaratustra, ya que, si quisieran ahondar un poco más allá en el conocimiento de su cultura y de su religión, se encontrarían con que es necesario descender muchos escalones en la historia del hombre para adentrarse en el extraño y desconocido mundo de la mano de los magos.

Torres del silencio -Irán-
Torres del silencio -Irán-

»Estas gentes eran los habitantes de la antigua región de Media, en el actual noroeste de Irán, que en el siglo V a. de C. y arrastrando consigo una enorme herencia cultural, que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, quedaron integrados en el imperio Aqueménida —conocido como Priemer Imperio Persa—, en donde llegaron a constituirse en su clase sacerdotal: fueron astrólogos, sanadores, conocedores del mundo de lo invisible y los poseedores de una gran sabiduría.
Fue en ese marco de antiguas y misteriosas tradiciones donde se ha encuadrado a Zaratustra, puesto que su religión ya era practicada en los tiempos de este Imperio.
—Pero… Zaratustra es más una leyenda que otra cosa, ¿no?
—Sí, tiene razón, pero solo en cuanto a su persona. Según dicen sus actuales seguidores, él nunca deseó ser objeto de culto y en torno a su identidad solo hay misterio y leyenda. Todo cuanto se ha podido decir o escribir son meras elucubraciones: pudo haber sido un persa que vivió en el siglo VII antes de nuestra era, otros sitúan su nacimiento en las actuales tierras de Azerbaiyán en fecha desconocida, pero también hay quienes afirman que llegó procedente del mítico país de los arios 1.500 o 2.000 años antes de Cristo, cuando, tras un drástico cambio climático en Aryanam Vaeja —así se llama en los antiguos escritos a ese enigmático país—, se sucedieron las grandes emigraciones de sus habitantes por las diversas regiones del mundo.
»Pero hay otras versiones que han intentado ser más precisas sobre quién pudo ser Zaratustra dándole un significado a su nombre. Quienes lo traducen como propietario de los camellos dorados han sugerido que debió tratarse de un mercader de ganado que, en sus largos viajes a través de las zonas desérticas, tuvo la oportunidad de propagar su doctrina; para otros, la traducción literal de su nombre es la de hombres de luz y consideran que se trataba de un título dado a una serie de maestros filósofos.
»Fuera cual fuera el origen remoto e incierto de este magnífico personaje, no hay nada más lejos de esa afirmación que lo considera una leyenda. Su huella es muy profunda y, de su paso por la tierra, ha quedado una obra escrita de una extensión considerable y una asombrosa profundidad espiritual: el Avesta. Este fue el primer libro que, desde la Antigüedad, ha llegado hasta nosotros y que contiene todas las fórmulas de una religión. Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del hombre, empeñado siempre en la violencia, gran parte del contenido del Avesta se perdió o se destruyó cuando Alejandro Magno conquistó las tierras del Imperio persa arrebatándoselo al rey Darío II, tras vencerle en la mítica batalla de Gaugamela. A pesar de todo, en los tiempos en que Alejandro dominó aquellas tierras y, posteriormente, en el de sus sucesores, quienes continuarían establecidos allí durante siglos, la práctica religiosa que representaba el zoroastrismo se mantuvo viva entre los persas a través de las tradiciones orales trasmitidas por su clase sacerdotal y que nos lleva a encontrarnos de nuevo con los magos. Ellos fueron quienes mantuvieron vivo el fuego de sus creencias a través del tiempo.
»Y se sabe que, en aquella época, que supuso el albor de nuestra cultura, la sabiduría que encerraba el mundo de los persas fue una obsesión para los griegos y después lo sería para los romanos. La inquietud por su conocimiento está presente entre los grandes sabios que debieron, sin duda, verse influenciados por ellos. Sus sacerdotes fueron ensalzados abiertamente, entre otros muchos, por Aristóteles, que habla de los magos en su primer libro de la filosofía y los situaba por encima de los Siete Sabios de la Antigüedad de los que, dice, les separan cinco mil años, por considerarlos la primera secta de la sabiduría. Otras veces fueron denostados: hubo autores romanos como Plinio o Plutarco que los describieron como los miembros de la casta religiosa de entre los persas y los llamaron «maldito»; tal vez por ser enemigos de Roma o por ser capaces de realizar actos en contra de las leyes de la naturaleza, por medio de ciertas prácticas o con la intervención de los espíritus.
»Y es por estas influencias y otras de índole más oscura y siniestra, que guardan estrecha relación con las antiguas maneras de concebir la religión, por las que la asimilación de Oriente por Occidente los convierte en hacedores de prodigios que escapan a la comprensión del hombre corriente y transforma sus actos en la «magia» o el «arte de lo imposible».
»Pero también, el misterio indescifrable de su naturaleza ha permanecido en la cultura occidental por otros muy distintos caminos que los sitúan en el mundo de lo mítico y sobrenatural: como hombres sabios, conocedores de los secretos de la astronomía e investidos del arte de la premonición, el Evangelio de San Mateo atrae hasta Belén a los magos de oriente para adorar a Jesús y entregarle sus ofrendas, acogiendo entre los seres extraordinarios llegados a la tierra al nuevo rey de Judea. Mientras tanto, fueron transcurriendo los siglos, el Imperio romano comenzó a tambalearse y en las tierras de Persia se sucedió una nueva era de renacimiento cultural con el advenimiento del Imperio sasánida situándonos ya en el siglo III de nuestra era. En tiempos de este —conocido como Segundo Imperio persa—, se intentó la recuperación de la identidad perdida y se ordenó la recopilación del antiguo Avesta, cuyos versos se mantuvieron vivos a través de la tradición oral practicada por los magos, que quedaron recogidos en los cánticos llamados Gathas. De nuevo, y tras un paréntesis de 600 años, la religión de Zaratustra fue instituida como la religión oficial del imperio. Mientras esto ocurría en aquellas latitudes, Europa se encerraba en sí misma, dando paso a los siglos más oscuros de su historia.
»Los sasánidas gobernaron Irán hasta la invasión musulmana que tuvo lugar entre los años 637 y 651 de la era cristiana. Nuevamente, la vieja cultura era arrollada por la fuerza. Consuela saber que los nuevos conquistadores fueron capaces de asimilar, en una sabia mezcla, la riqueza que subyacía en aquellas tierras y que contenía los vestigios de la simbiosis entre las antiguas culturas persa y helénica, dando paso a la prodigiosa cultura islámica.
»Y fue esta invasión musulmana de Persia la que provocó la huida de algunos seguidores de Zaratustra a través del océano Índico hacia el subcontinente indio.
»Todo lo que conocemos de ellos a partir de ahí es lo que nos cuentan los propios parsis en su historia de Sanjan escrita para explicar sus orígenes en la India, según la cual, en el siglo VII después de Cristo, una pequeña comunidad de seguidores de Zaratustra embarcó en el golfo Pérsico, probablemente, en busca de la libertad de conciencia, llegando a la isla de Diu en la región india de Gujarat.
»Las vicisitudes de la vida de estas gentes en ese país fueron muchas: atravesaron etapas oscuras y de pobreza, etapas de una cierta integración y otras de rechazo. Fieles a sus creencias y a sus tradiciones, sus gentes acabaron envueltas en un halo de misterio: eran conocidos como los adoradores del fuego.
»El trascurso del tiempo trajo a la India a las misiones cristianas europeas, que llegaban como consecuencia de la búsqueda de nuevas rutas marítimas y fueron adquiriendo fuerza en estas tierras, hasta el punto de intentar la conversión de los parsis, quienes tuvieron que hacer pública su doctrina para ser respetados. Con ello se desvanecieron las enigmáticas sombras sobre su culto al fuego: ellos siempre tuvieron en ese elemento el símbolo que representa las cualidades de su único Dios que para ellos es la luz y la verdad. Es en el fuego donde encuentran las virtudes que más se aproximan a su idea de la divinidad: es poderoso, brillante e inmaterial.
»Fue con la llegada de los británicos a las costas del mar de Arabia, cuando los parsis empezaron a prosperar. Se ofrecieron para ocupar los puestos de trabajo que se creaban en los asentamientos de los nuevos comerciantes y a través de su influencia se fueron situando socialmente. Hoy en día forman una de las comunidades más influyentes dentro de la India.
»Y esto es, a grandes rasgos, lo que puedo contarles sobre la procedencia de los parsis y la razón por la que arribaron a este país, a quien se le debe todo nuestro agradecimiento por haber permitido que este pequeño vestigio de una ancestral religiosidad, que en cualquier otro lugar hubiese desaparecido por la voracidad de culturas más depredadoras, haya pervivido como una valiosa joya del pasado y sea una realidad viva en el mapa de las religiones, permitiéndonos encontrar el rastro de nuestros propios pasos.
—La verdad, es sorprendente encontrarse a Zaratustra entre las gentes de hoy día como algo que está vivo. Muchos de nosotros lo creíamos un resto fosilizado en la historia del hombre. Parece que habrá que interesarse un poco más por el viejo Zaratustra.
El hombre sonrió.
—Sí, tal vez se abrirían nuevos e interesantes debates pues, están ustedes ante la persona a quien muchos consideran el primer revolucionario de la historia: el gran reformador.
—El gran reformador, ¿por qué?
—Bueno, lo cierto es que, en torno a estas cuestiones, no se pueden hacer afirmaciones tajantes, pero Zaratustra podría haber representado el paso del politeísmo al monoteísmo para un gran sector de la humanidad. Si eso fuera cierto, fue él quien marcó para siempre la cultura de Occidente, aunque la vieja Europa, durante muchos siglos, haya estado ajena a ello pues, y hemos de volver de nuevo a los parsis y a la suerte de su discreta pervivencia en la India, fueron ellos quienes hicieron posible que en el siglo XVIII un explorador francés, Anquetil Duperron, un hombre que, sin duda, debió estar impregnado de la curiosidad de las gentes de su época, en la ciudad de Surat, tuvo conocimiento de este clan religioso y consiguió hacerse con un manuscrito del Avesta para sacarlo de la India.
»El hecho tuvo lugar en el año 1762, en pleno Siglo de las Luces, que representó una época caracterizada por la inquietud en el conocimiento basado en la razón y que en tantas cosas cambiaría nuestra cultura. El hallazgo de este vestigio del pasado supuso un hito muy relevante. Fue a partir de ese momento, cuando ha sido posible el descubrimiento de todo un mundo en la esfera del pensamiento y de las antiguas filosofías con raíces tan profundas y tan desconocidas.
» Los estudios posteriores han permitido concluir que la evolución espiritual en los últimos milenios se puede seguir buscando en las huellas del dios del bien, que, con algunas variantes y dependiendo de las distintas latitudes, tienen un nombre en común: Mazda. Y es que, en sentido inverso al tiempo transcurrido, las religiones monoteístas, judía, cristiana, y musulmana obtuvieron el germen de gran parte de su filosofía en el zoroastrismo, este en el mazdeísmo, que apoyaba sus creencias en la lucha permanente entre el bien y el mal gobernando el universo y que entronca, a su vez, con la tradición hindú védica: la más antigua que se conoce en torno al conocimiento del mundo, que tiene entre sus divinidades a Asura Mazda presidiendo la pléyade de sus dioses del bien. Y fíjense en la liguera variación del nombre.
»Las ideas de Zaratustra cambiaron el concepto sobre la divinidad. Su reforma consistía en confirmar a Ahura Mazda como el único Dios. Él era el principio y el fin, el gran hacedor de la ley eterna que todo lo gobierna. Y en la relación del hombre con la divinidad, el elemento central del zoroastrismo es el énfasis en la elección moral del ser humano, a quien considera libre para elegir su propio destino y que, según su comportamiento, será premiado o castigado al morir y atravesar el puente que habrá de conducirle a la otra vida en donde será juzgado por sus actos.
»A través de los cantos litúrgicos del Avesta, se insinuaban los conceptos abstractos de cielo, infierno, juicio personal y juicio final que son el eje de las grandes religiones monoteístas. Los judíos, los cristianos y los musulmanes extrajeron de la doctrina de Zaratustra su dual concepción del bien y del mal y se formularon en torno a la existencia de un solo Dios, que pospone a un momento futuro y perdido en la magnitud del tiempo infinito, el triunfo definitivo del bien.
—Dios mío, con todo esto, ¿está usted diciendo que podría haber habido un único germen para todas las grandes religiones?
—Tal vez sí, pero esa idea es considerada por muchos como fantástica, pues llevaría a hacer pensar en la existencia de un pequeño grupo de seres humanos, en torno a un conocimiento muy elevado y una propagación posterior de ese conocimiento, que tendría una sola fuente y que nos lleva, inexorablemente, al tan traído y llevado mundo de los arios.
»Por fortuna, en el estudio de estas gentes, que nunca ha dejado de ser un reto para el hombre moderno, el tiempo va transcurriendo a nuestro favor. El desarrollo de los estudios antropológicos y arqueológicos han sacado a la luz las evidencias históricas sobre su existencia, que son muchas. Hoy se sabe que su mundo se desenvolvió en la franja geográfica de los países que se encuadran en las regiones del sur del Cáucaso y en Irán, Afganistán, Irak, Pakistán y norte de la India, lugares a los que podrían haber llegado desde un punto concreto y común, que nos es completamente desconocido, pero también su cultura podría haber surgido allí, en las tierras de cualquiera de esos actuales países, a partir de las que se extendieron hacia otros lugares en donde estuvieron sometidos a un profundo mestizaje y la supuesta raza privilegiada acabó por diluirse.
—Pero todo esto, ¿está probado?
—Sí, hay pruebas suficientes para afirmar su existencia. En los vestigios hallados en las antiguas culturas de esta amplia zona geográfica que les he mencionado, la palabr «arya», con las distintas formas lingüísticas usadas en cada región, aparece en numerosas inscripciones haciendo alusión al carácter de reyes y príncipes y con el significado de «noble» o «espiritual», de pero que no evidencian la existencia de un grupo social concreto, a quienes se les pueda atribuir su venida de otros lugares. Algo que, paradójicamente, sí ocurre aquí en la India. Pues, según se deduce de sus antiguos escritos, son los arios, llegados de tierras desconocidas, quienes están situados en la cúspide de su pirámide de las castas. Es esto lo que ha llevado a afirmar que estas gentes, en su emigración a las regiones al norte del subcontinente indio, fueron quienes trajeron consigo los Vedas.
—Me temo que seamos algo profanos en estas materias, ¿qué son los Vedas?
—Son la fuente de las religiones en la India. Y en el mundo constituyen la más antigua tradición sobre el conocimiento, ya que incluye información sobre las materias más diversas: astronomía, música, arquitectura, matemáticas o una compleja cultura sobre la salud. Todos esos conocimientos, que se encierran en ese enorme y valioso legado, fueron trasmitidos oralmente durante milenios, hasta que se recopilaron en varios tratados que, además de tantas y tantas cuestiones prácticas, contienen una sorprendente sabiduría enfocada especialmente en el dominio profundo de la conciencia y la evolución hacia la iluminación como el estado más elevado del ser humano.
»Hay quienes dicen, para justificar tan exquisito y completo desarrollo del pensamiento, que en ciertas zonas aisladas geográficamente de las regiones del norte de la India, a donde estas gentes debieron llegar, pudo encontrarse el lugar ideal para mantener ese legado de sabiduría con el que habían llegado e incluso conseguir su desarrollo y perfeccionamiento.
Tal vez el tiempo vaya aportando nuevas pruebas. Lo cierto es que con ellos, con los arios, acabó una época que pudo ser de luz, tan luminosa que sería capaz de deslumbrar si no estamos preparados para asimilarlo.
—¿Puede llegar a ser tan grave descubrir quienes eran los arios y cómo era su mundo?
—Sólo tienen que pensar que la idea de la raza superior, en pleno siglo XX, fue capaz de desencadenar la maquinaria de guerra más potente y mortífera que la humanidad ha sufrido hasta el momento presente. Todo fue la triste consecuencia de un simple error: los investigadores lingüistas europeos del siglo XIX, inspirados por el descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas, llegaron a sacar deducciones equivocadas en torno a que los pueblos que poblaban Europa eran los descendientes de ese supuesto pueblo ario. La idea de la existencia de tal raza provenía de la identificación de las lenguas avéstica y sanscrita como las parientes antiguas de las lenguas habladas en Europa. Eso les llevó a interpretar que los hablantes de esas lenguas se originaron en un determinado lugar en donde radicaba el antiguo pueblo europeo y que tenía una procedencia concreta: Escandinavia y el norte de Alemania. Y al considerar que el hombre blanco, rubio y de ojos azules era descendiente directo de aquella primitiva y privilegiada raza, superior al resto de los mortales, provocaron una locura sin precedentes de la que sabemos sus consecuencias.
—Pero, ¿cuál fue exactamente la idea que provocó esa locura que condujo a intentar exterminar una raza?
—Todo se basó en la absurda creencia de que las civilizaciones arias decaían por haberse mezclado con otras razas y por ello había que destruir lo que no fuera ario y crear una civilización nueva y pura que, en su correcto desarrollo intelectual, sería capaz de llegar a las auténticas fuentes del conocimiento.
—¿Y usted cree que llegaremos a estar preparados para no deslumbrarnos de nuevo si se avanza en los descubrimientos?
—El hombre sigue su evolución. Se trata de un lento movimiento hacia delante, lleno de errores, de traspiés que nos obliga, como dice un viejo compañero de profesión, a estar siempre danzando el patético baile de los principiantes. Seguiremos cometiendo graves y grandes errores. Pero, sin duda, vamos llegando a estadios del conocimiento más elevados. Nuestras capacidades son infinitas en muchos sentidos y en facetas que ni siquiera sospechamos. Lo que hoy es progreso y conocimiento, en solo unas décadas, puede parecer primario y esto ha de contemplarse a todos los niveles de nuestro desarrollo.
—Es esperanzador oírle hablar así.
—¿Por qué no? Para mantener la esperanza, solo hay que interpretar las señales. Sin ir más lejos, piensen un momento en la estructura social del mundo en la actualidad, algo que, debido al empuje de la tecnología y la ciencia, está cambiando a marchas forzadas: estamos inmersos, nos guste o no, en la globalización. Para nosotros, actualmente, es impensable prescindir de un determinado orden en el mundo y en el que siempre será el más poderoso quien prevalezca sobre los demás. Para esa prevalencia en la cúspide de la jerarquía, el arma utilizada es la violencia ejercida de una u otra manera. Pero, cuanto más civilizada es una sociedad, amparada o no en la existencia de un ser superior que vigila y conduce, más tiene conciencia de que la violencia engendra violencia y nos lleva a la destrucción. Egoístamente, desterrarla es un objetivo que nos fuerza en la búsqueda de nuevas fórmulas de convivencia para llegar, incluso, a prescindir de ese orden que hoy es lógico pero que puede convertirse, con el paso de los siglos, en un reparto de funciones, a tenor de los condicionamientos de cada país o de cada zona geográfica. Puede parecer una utopía, pero…, si lo piensan, no es una locura y no estamos tan lejos de ello. Es solo cuestión de tiempo.
—Para eso que usted dice, se requeriría un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Habría que romper muchas barreras de desigualdad, buscar equilibrios que parecen imposibles.
—Sin duda, pero ¿no creen que realmente haya una búsqueda de cómo hacer ese cambio? Si hoy observan a su alrededor sobre cuál es la aspiración del hombre civilizado, encontraran que, a pesar de las guerras, a pesar de las diferencias entre culturas, de esos grandes desequilibrios, las sociedades más evolucionadas van paulatinamente institucionalizando la aspiración a la paz y a la igualdad de los seres humanos, creando una conciencia común. Puede que estemos asistiendo al nacimiento de una patria que ha de ser la patria de todos: la Tierra. Con las mismas aspiraciones, forzados, si quieren verlo así, por nuestra propia pervivencia física en un universo inmenso que puede, ¿por qué no?, estar lleno de muchas otras vidas.
—Y… ¿cómo y dónde buscar ese cambio de conciencia tan radical? ¿En esos supuestos planetas de vida más avanzada que la nuestra?
—¿Por qué no? Pero no hace falta irse tan lejos y hacer viajes interplanetarios, dejemos eso para el cine. Nuestras respuestas solo se pueden encontrar en nuestro propio mundo. Aún quedan muchos caminos por explorar aquí, entre nosotros, simples habitantes de la Tierra. De estos nuevos tiempos ha de surgir una nueva filosofía, consecuencia del choque entre las corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en las distintas partes del mundo, hasta hace muy poco, sin contacto u obstinadamente enrocadas en sus ideologías y que ahora están obligados a buscar puntos de encuentro.
—Eso será una complicada tarea. Pues, ¡no ha dicho usted nada: encontrar puntos de encuentro! Más bien parece que lo que acabará triunfando es la versión pesimista de todo esto.
—No se debe mirar así el futuro. Desde que el hombre es hombre, llevado por el miedo, se ha hablado de cataclismos, de apocalipsis, de masivos exterminios, pero seguimos estando aquí y, paradójicamente, cada vez somos más y también sabemos más. Hay que seguir ahondando en lo que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar en las diversas facetas del complejo ser humano para encontrar nuevos caminos. El hombre tiene que ser algo más que un mero comerciante que navegue por los mares a la búsqueda de su máximo beneficio y del más egoísta bienestar.
»Por fortuna, todavía existen países como este que ustedes visitan ahora, tolerantes y respetuosos con todo lo desconocido, que permiten indagar en el tiempo inmemorial y en un mundo de ideas que, a los ojos de los que nos llamamos más civilizados, pueden parecer absurdas. No se dejen engañar, acaban de llegar a un país hacia donde, en la actualidad, son muchos los que vuelven la mirada para encontrar respuestas que solo el misticismo y la espiritualidad que el alma humana es capaz de desarrollar puede ayudar a encontrar. En su mundo y a su manera, en la India llevan miles de años buscando en el misterio inagotable que está implícito en la vid y a través de sus religiones predican métodos que, para nuestra cultura y hasta hace muy poco tiempo, estaban cerca del ridículo: la no violencia, la tolerancia y la auto disciplina; valores que se han convertido en la piedra angular de la ética india, de la que muchos de nosotros deberíamos aprender. Ellos conservan la ingenuidad y la capacidad de sorpresa que los occidentales hemos perdido y que, tal vez, desearíamos recuperar para abandonar la sensación de permanente insatisfacción en la que vive occidente. El hombre consultó su reloj y miró a través de los cristales que separaban el patio de los salones del hotel.
—Y ahora, siento dejarles. Tendrán que perdonarme, pero allí llega mi colega. Han cometido ustedes el error de dejarme hablar y ya ven….
Se levantó con parsimonia, sonrió y nos deseó una feliz estancia.
Lo vimos abandonar el patio y unirse a otro hombre que lo esperaba tras los cristales con los brazos extendidos. Durante unos momentos, seguimos absortos observando a aquel curioso personaje tan vivo y permanecimos en silencio como si, con su ausencia, se hubiera terminado toda posibilidad de conversar, hasta que alguien, con un comentario jocoso, nos sacó del recogimiento:
—¡Dios mío!, ¿a alguno de ustedes se le ocurrió pensar en algún momento que el viaje a la India sería un viaje a la frivolidad?
La carcajada general nos despejó definitivamente y nos levantamos para unirnos a nuestro grupo y sumergirnos en las calles de aquella sorprendente ciudad que, sobre los frágiles pilares de arena que la sostienen, representa el camino hacia la prosperidad de un país que se abre al mundo ofreciendo nuevas esperanzas, pues conserva muchos de los grandes secretos que aún nos quedan por descubrir.

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India -Somadeva- Un océano de cuentos

 El Kathasaritsaga -océano de cuentos- es posterior al Pantchatantra, pero es, como este, una recopilación de cuentos escritos por Somadeva -poeta de la corte del rey Ananta de Kashmir- a quien se considera un conservador del antiguo folclore de la India, por su enorme recopilación de cuentos escritos en verso para la princesa Surymati.

 

 

No era Gunadhya un mortal cualquiera, sino un Dios que la brillante pléyade del gran Shiva gozó en un tiempo de la celeste beatitud, hasta que, por un pecado de soberbia, hubo de ser desterrado del mundo de los inmortales y condenado a expiar su culpa peregrinando por la tierra durante todo el tiempo que tardase en aprender la gran aventura que, un día lejano, le había contado Maheschvara a su esposa Parvati para curarla de su melancolía; y aún después de haberla aprendido, su castigo debía prolongarse hasta que la hubiese difundido por todo el mundo.

Tras una larga y penosa permanencia entre nosotros, en pos de las huellas de aquella maravillosa historia, pudo ver al fin el anhelado fin de sus fatigas, al encontrar un silfo que le narró todos los admirables episodios con que Shiva había regalado el oido de su favorito.

Toda aquella historia la recogió Gunadhya, el gran poeta, en el término de siete años, reduciéndola a setecientas mil estrofas y, receloso de que los silfos fuesen a robarle su obra, buscó el amparo del genio del bosque y con su sangre la escribió. Entonces acudieron a escucharle legiones de hadas y duendes, de suerte que parecía el pabellón del cielo, por así decirlo, un baldaquino. Después que Gunadhya hubo terminado su obra, pensó para sí: «la empresa que debe señalar el término de mi confinamiento en este mundo, es la de difundir en él la gran narración, sin dejar lugar en donde no sea conocida. El caso es que, ¿cómo voy a lograrlo? ¿A quién habré de entregársela?» Perplejo estaba cuando, los dos discípulos que, como a maestro de poetas, le habían seguido, conocido el motivo de su embarazo, le dijeron:

–No hay más que un hombre a quién puedas entregar la obra de tu ingenio sin par y ese hombre es el poderoso rey de Sata, príncipe que sabe como nadie apreciar la belleza y que puede llevar tan lejos la gracia de tu trabajo como el céfiro lleva el aroma de las flores.

Conforme el sabio Gunadhya con el parecer de sus virtuosos discípulos, entrególes el libro y los mando con él a presencia del príncipe, acompañándoles el mismo hasta las afueras de la ciudad de Patrischtthana, en donde convino con ellos que esperaría su regreso, en un pabellón que había mandado edificar la diosa Parvati. Los jóvenes llegaron a presencia del soberano Sata, le mostraron el libro y le dijeron:

–Aquí tiene la obra poética de Gunadhya.

Más él, como oyó a los jóvenes hablando la lengua del pueblo y vio que la historia estaba redactada también en el mismo lenguaje, ofuscado por un altanero desdén de letrado repuso:

–Magna es la labor de quien ha compuesto setecientas mil estrofas, pero el léxico es horrendo. Además, vienen escritas con sangre… No, decididamente no me interesa este libro.

Los discípulos recogieron entonces la obra y volvieron con ella a su maestro, a quien dieron cuenta de cuanto había sucedido. Gunadhya quedó muy abatido con la noticia y no sin razón, porque ¿Quién es el que no se aflige al verse desdeñado por los doctos?

LHM

De allí tomo con sus discípulos el camino de una no muy lejana montaña, y elegido que hubo un solitario y encantador paraje, dispuso en él una pira, encendió la llama sagrada y, hoja por hoja, fue leyendo sus poesías a las fieras y animales del bosque y a los alados habitantes del espacio; y luego las arrojaba al fuego en presencia de sus acongojados discípulos. Solo a fuerza de súplicas consiguieron estos que indultase de las llamas una de las poesías que contenía el relato de los avatares de Naravahana, cantados en cien mil estrofas.

Sucedió que mientras Gunadhya iba leyendo y echando al fuego aquellas historias que Shiva había narrado, todas las gacelas, jabalíes, búfalo a y demás animales abandonaron sus pastos y sus lugares predilectos de caza, rodearon al poeta, formando un amplio círculo en torno a él, y con ojos llorosos, seguían su lectura, incapaces de apartarse de allí.

En esto el rey Sata empezó a sentirse enfermo. Llamados los médicos a su cabecera, opinaron que el origen del mal estaba en que los manjares que se le servían a la mesa eran carnes desprovistas de virtud nutritiva; y como recriminasen por ello a los cocineros, estos se exculparon diciendo: 

–Hace tiempo que nuestros cazadores no saben traer otra cosa que carnes flojas y sin jugo.

Los monteros, a su vez, explicaron para justificarse cuando vieron que les pedían cuentas:

–No lejos de aquí hay un monte en el cual un brahmán se pasa los días leyendo poesías y arrojando, luego que los ha leído, sus escritos hoja tras hoja al fuego de una higuera que tiene a su lado. Este brahmán es el causante de la desgracia de nuestro príncipe, porque todos los animales han abandonado las praderas, se han congregado en torno a él y le escuchan sin moverse del sitio como encantados; por eso es su carne tan insustancial, porque estan hambrientos.

En cuanto el rey se enteró de los que los cazadores habían contado, hizo que le mostrasen el camino para llegar a la montaña, y allá se fue, lleno de curiosidad por conocer a Gunadhya.

En el sitio que le habían indicado, halló el rey al poeta, desbordada sobre los hombros, como correspondía a su vida selvática, una enmarañada cabellera semejante a la humareda que de la hoguera de su casi extinta pena se alzaba y rodeado de una extraña corte de animales. Después de saludarle con una profunda inclinación, pregúntole el soberano el significado de aquella desusada asamblea y el brahmán le refirió la historia de su advenimiento a la tierra, la de cómo habían llegado hasta los mortales las divinas fábulas y cuál era la pena que pesaba sobre sus hombros de proscrito. Entonces, el rey se postró reverente a sus pies, pues conoció que Gunadhya era un Dios, y le suplicó que se dignase confiarle las celestes narraciones que habían manado de los armoniosos labios de Shiva.

Y el poeta dijo a Sata:

–Seis historias en seiscientas mil estrofas he entregado ya a las llamas, ¡oh príncipe!, y solo una me queda y puedo darte. Mis dos discípulos se quedarán también contigo, si así  lo deseas, y ellos podrán interpretarlas.

Dicho esto se despidió del rey, abandonó la carnal envoltura de un impulso de su superior espíritu y, purgado de su culpa, de nuevo se remontó a los espacios hasta el lugar en donde moran los dioses.

El soberano recogió el libro que Gunadhya le había dejado, llamado La Gran Historia, en el cual están relatados los avatares de Naravahana, y con el regresó a su palacio, en donde lo leyó recurriendo a la interpretación de los discípulos del poeta. Por último regaló a estos pueblos incontables, oro, vestiduras, acémilas, rebaños de terneros y palacios; y él mismo compuso un libro con las más bellas poesías de la obra, y por las noches se lo leía a su esposa favorita.

 

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India –Los Jatakas y Buda– La sombra de la liebre en la luna

La colección de relatos pertenecientes a la época de nacimiento del budismo incluye una serie de relatos conocidos como Jatakas.

Entre ellos tradicionalmente se distinguen entre los jakatas canónicos y los no canónicos. Los primeros se encuentran incluidos en el Tripitika o Canon pali. Es este una recopilación de antiguos textos budistas en donde se recogen las muy diversas  enseñanzas trasmitidas por el mismo Buda o alguno de sus discípulos–.  Fueron escritos sobre hojas de palmera secas y se guardaban, dependiendo de su contenido, en distintos cestos, de ahí el nombre de Tripitika cuyo significado es “tres cestos”.  En el segundo de esos cestos   están incluidos los Jatakas, relatos moralistas relacionados con las vidas anteriores de Buda. Por su parte, los jakatas no canónicos  son cuentos pertenecientes al folclore popular y anteriores al nacimiento de Buda. En ellos sus protagonistas han sido identificados como Buda en sus distintas anteriores vidas.

A través de las moralejas que se pueden extraer de las situaciones vividas, generalmente por animales o seres mágicos, se facilitaba el contacto con los niños.

Un ejemplo de estos relatos no canónicos es…

 

La sombra de la liebre en la luna 

 

Lo que voy a contar sucedió hace muchos miles de años, cuando nuestro señor Gautama pertenecía todavía al reino animal. Ya en aquel tiempo, a pesar de no haber sido designado aún como Budisatva, el Maestro, encarnado en forma de liebre, seguía escrupulosamente los preceptos de la Ley Mor, esa ley que todos los seres realmente buenos conocen sin haberla aprendido nunca. Vivía aquella liebre, cuyo destino llegaría a ser tan brillante, en las márgenes del río Ganges y en compañía de otros anímales virtuosos como ella, aunque en menor grado, con los cuales se entendía muy bien. Eran estos un mono, una nutria y un chacal. A pesar de la diferencia de razas y costumbres, el deseo de vivir según principios superiores a los que animan vulgarmente a sus congéneres, había reunido a estos cuatro animales.

Hacia muchos años que vivían de este modo y se ayudaban entre sí como mejor podían. 

Un día, la víspera de la luna llena, la liebre reunió a sus compañeros  y les dijo:

–Mañana la gran luz que brilla en el cielo será completamente redonda; os recuerdo, amigos míos, que tenemos establecido dedicar el día de la luna llena a la meditación y el ayuno, a fin de purificar al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, mi consejo es que mañana por la mañana, al romper el día, salgamos como de costumbre a buscar el alimento necesario, para poder darlo de limosna si algún mendigo nos pide ayuda.

Todos los animales aprobaron estas palabras. Luego, como el sol desapareciera en el horizonte, se metió cada uno en su guarida para pasar la noche; en cuanto al mono, se subió a un árbol próximo y allí se colgó por la cola en una rama alta.

Al otro día, siguiendo los consejos de la liebre, cada cual se dedicó a la tarea de procurarse comida para darla de limosna en caso necesario.

La nutria regresó con cinco pececillos que un pescador distraído había dejado a la orilla del río. El chacal se apoderó del almuerzo de un pastor que tocaba la flauta no muy lejos de allí y volvió a su agujero con una escudilla de leche cuajada, un tarro de manteca derretida y una ración de arroz. En cuanto al mono, se contentó con coger, de un mango silvestre, unos cuantos frutos maduros y jugosos y después, volviendo a mecerse en su rama, se enfrascó en la meditación.

Buda
Merche B. para LHM

La liebre no salió desde la aurora del agujero que le servía de madriguera, en las raíces del árbol. Apenas despertó, se instaló en medio de su alojamiento y desde allí, mirando atentamente la floresta inundada de rayos de sol vivificador y las aguas tranquilas, profundas y lentas del Ganges, cristalino y azul, procuro meditar, como debemos hacer todos, elevando su alma hasta el espíritu supremo de la naturaleza, confundiendo su voluntad y su inteligencia con la voluntad y la inteligencia divina adquiriendo la conciencia de ser una parte activa del Gran Todo.

En vez de perder el tiempo buscando comida para hacer limosna, había pensado simplemente: «Si algún pobre me pide de comer, le diré que encienda una buena lumbre y le daré mi cuerpo como alimento para que se reconforte».

Tan bella idea de sacrificio no podía pasar inadvertida en los mundos superiores, Sekra, Dios de los Dewas, conmovido ante tal grandeza de alma, resolvió ir a probar por sí mismo la grandeza y las virtudes de los cuatro animales. Tomando forma corpórea se presentó ante la casa de la nutria que, a su llamada, salió de la piadosa meditación en que se encontraba. 

–Nutria, hija mía– dijo el brahmán –, yo te saludo; desde ayer por la mañana estoy sin comer y tengo hambre ¿No podrías darme algo? Te bendeciré a cambio y la felicidad no se alejará nunca de tu morada.

–Noble brahmán – respondió la nutría– esta mañana reuní cinco pececillos que había abandonado un pescador a la orilla del río. Tuyos son, cómelos y reconfortante. En cuanto a mí, ayuno en este día de luna llena para purificar mi cuerpo, y medito para elevar mi espíritu.

–Gracias– contestó Sekra–. Haz el favor de guardar esos alimentos que me ofreces. Voy al Ganges a purificarme del polvo del camino y volveré después a comer aquí.

El brahmán se apartó, pero en vez de dirigirse a la orilla, marchó al cubil en que estaba echado el pequeño chacal. Este, siguiendo los consejos de su amiga, meditaba lo mejor que podía.

–Amigo mío– dijo el brahmán–. ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Bien sabes qué los dioses dan el ciento por uno de la limosna hecha a un brahmán.

–Señor– respondió el chacal–, hoy es para mí día de ayuno; pero al romper el alba fui a buscar alimentos con la intención de poderlos ofrecer a algún santo como tú, que anduviese por la floresta mendigando el pan. Toma pues, esta leche cuajada tan blanca, esta manteca derretida y este arroz. Siéntate a la sombra de un árbol, come y reconfórtate.

–Te lo agradezco– contestó el brahmán– pero te ruego que guardes un instante esos alimentos mientras voy a dar una vuelta y a meditar. Volveré enseguida y comeré junto a ti.

El brahmán fue después a reunirse con el mono que le ofreció también sus frutos maduros. Por fin se presentó ante la casa de la liebre, que embebida en la contemplación de la naturaleza, continuaba meditando junto a su madriguera.

–Hija mía– dijo el Dios disfrazado–, ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Hace más de un día que no como.

–Con mucho gusto, santo hombre– contestó la liebre–; te daré un buen pedazo de carne fresca para que comas. Haz el favor de encender una hoguera y cuando la lumbre esté bien encendida, te daré con que saciar el hambre.

El brahmán, sin insistir, reunió ramas y las prendió fuego, frotando uno contra otro, dos pedazos de madera seca. Cuando las llamas subían alegremente, quiso saber cuál sería su comida.

–Es mi propio cuerpo lo que te doy– respondió la liebre que antes de que el brahmán pudiera impedirlo había saltado a las brasas.

Pero, ¡oh milagro! Parecía no sentir nada y pasados unos instantes exclamó: 

–Añade ramas y sopla la llama, porque la verdad es que tengo frío.

Pero el brahmán desapareció y en su lugar quedó un joven de belleza radiante, cuyo cuerpo parecía emitir una claridad dulce y pura. El Dios Sekra se dio entonces a conocer. Dijo a la liebre que los dioses se habían conmovido ante su generosidad y su valor.

–Un acto así–continuó– no debe borrarse jamás de la memoria de los hombres.

Y al decirlo, el Dios creció desmesuradamente, deshizo con el dorso de la mano la cumbre de una montaña próxima y con la masa arrancada manchó la pálida faz de la luna que, en aquel instante, aparecía en el horizonte.

–Deseo– dijo Sekra– que los pueblos de hoy y los que han de venir, reconozcan la forma de una liebre en esta señal y que, recordando su historia, se acuerden también de esto: «que el que quiere dar limosna, debe darlo todo sin restricción, ofreciéndose también a sí mismo para bien del prójimo».

Mas cuentos y artículos de interés sobre la cultura de la India aquí.

India –en el Pantchatandra– Los hacedores de leones

 

CUANTO MÁS SABIO MÁS IMPRUDENTE

LOS HACEDORES DE LEONES

En cierto lugar vivían cuatro hermanos brahamanes que se tenían el mayor afecto. Tres de ellos se habían instruido en todas las ciencias, pero carecían de discreción; el cuarto no había estudiado, más era muy discreto. Una vez se pusieron a deliberar: «¿Qué vale el saber si no sirve para adquirir fortuna visitando países extranjeros y ganando el favor de los príncipes? ¡Vámonos, pues, todos a otro país!»

Así lo hicieron y cuando habían recorrido parte del camino dijo el mayor:

–Hay uno entre nosotros, el cuarto, que no posee estudios, sino solamente discreción. Pero los reyes no hacen regalos a la discreción sin ciencia, así que no le daremos parte de lo que ganemos. Que desande, pues, el camino y que vuelva a casa.

Entonces añadió el Segundo:

–Tú que no has estudiado y eres tan discreto, vete pues a casa.

Y el tercero dijo:

–No es lícito obrar así. Juntos hemos jugado desde la infancia, que venga con nosotros, pues lo merece, y que participe en la riqueza que adquiramos.

Acordado así, continuaron su camino y vieron en un bosque la osamenta de un león. Dijo uno:

–Vamos a probar nuestra ciencia: aquí yace un animal muerto, vamos a devolverle la vida con nuestro saber. Yo se ordenar y juntar los huesos.

Dijo el Segundo:

–Yo sé poner la piel, la carne y la sangre.

Dijo el tercero–Yo se infundirle vida.

Y al hablar así, el primero juntó los huesos, el Segundo le puso la piel, la carne y la sangre y cuando el tercero estaba a punto de infundirle la vida se lo impidió el discreto diciendo: 

–Es un león. Si le das la vida nos matará a todos:

Pero el otro contestó:

–¡Necio! No permitiré que la ciencia quede estéril en mi mano.

Repuso aquel:

–Pues espera un momento hasta que yo haya subido a ese árbol

Así se hizo; el león recobró la vida, dio un salto y mató a los tres. Pero el discreto bajó del árbol cuando el león ya se había alejado y volvió a su casa. Por eso digo yo:

Cedido por Pixabay

Más vale discreción que tal ciencia, la discreción es superior a la ciencia. El que carece de discreción perece como los hacedores de leones.

 

 

 

 

Mas cuentos sobre la india aquí

India –en el Pantchatandra– La olla rota

El pantchatandra – «reloj de príncipes»

Bajo la forma literaria de fábulas, cuentos y cuentos maravillosos, los cinco libros de esta obra inigualable trataban de educar a príncipes y a reyes en la moral y la sabiduría de la vida. 

Seguramente, el Pantchatandra procede del tiempo transcurrido entre el siglo II a.C. y siglo VI d.C.  La obra contiene notables influencias del fabulista griego Esopo y del budismo, pero fue a partir del siglo X cuando comienza a difundirse por occidente. En esta época la tradición literaria empieza a imponerse  sobre la tradición oral con las numerosas traducciones de textos al persa y al árabe y con ello, las narraciones indias van llegando a Asia, África y Europa. 

 

La olla rota 

En cierto lugar vivía un brahmán llamado Svabhakripana, que tenía una olla llena de arroz que le habían dado de limosna y que le había sobrado de la comida. Colgó esta olla de un clavo de la pared, puso su cama debajo y pasó la noche mirándola sin quitarle la vista de encima, pensando así: 

–Esa olla está completamente llena de harina de arroz. Si

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sobreviene ahora una época de hambre podré sacarle cien monedas de plata. Con las monedas compraré un par de cabras. Como estas crían cada seis meses, reuniré todo un rebaño. Después con las cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido venderé las terneras. Con las vacas compraré búfalas. Con las búfalas, yeguas. Cuando las yeguas hayan parido tendré muchos caballos. Con la venta de estos reuniré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa con cuatro salas. Entonces vendrá a mi casa un brahmán y me dará en matrimonio  a su hija hermosa y bien dorada. Ella dará a luz un hijo y le llamaré Somasarmán. Cuando tenga edad para saltar sobre mis rodillas cogeré un libro, me iré a la caballeriza y me pondré a estudiar. Entonces me verá Somasarmàn y deseoso de mecerse sobre mis rodillas, dejará el regazo de su madre y vendrá hacia mí, acercándose a los caballos. Yo, enfadado, gritaré a la brahmana: “¡Coge al niño!” Pero ella, ocupada en las faenas, no oirá mis palabras. Yo me levantaré entonces y le daré un puntapié. 

Tan embargado estaba en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla y el quedó todo blanco con la harina de arroz que había dentro y que le cayó encima.

Por eso digo yo: el que hace sobre el porvenir proyectos irrealizables se queda blanco como el padre de Somasarman.

 

Enamórate de la cultura de la India a través de nuestros cuentos inspirados en su cultura.

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India – en los Puranas- Ganesha

El señor del éxito

Para empezar a hablar de la India no existe mejor embajador que Ganesha, él es el portador del éxito y la fortuna, el destructor de todos los males y todos los obstáculos.

Si quieres empezar algo bien, ponte en sus manos. 

El tiempo ha demostrado que Ganesha es inmortal; y lo es por la bondad y la sabiduría que encierra. Desde hace miles de años, con su candor,  es un símbolo mágico para todos los hindúes, sea cual sea su creencia. 

Sobre su nacimiento han circulado varías versiones. Para no dejar nada fuera y con ello un gramo de la buena suerte que promete Ganesha, relato las dos más conocidas leyendas. No son exactamente cuentos, pero la pureza del símbolo que representa Ganesha merece la pena que se hable de él…

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En el Shiva Purana

Un día, Parvati, la esposa del dios Shiva, tomó un poco de ceniza del pecho de su marido -costumbre que adoptan los hombres que se dedican en la India a una vida de ascetismo- y la mezcló  poniéndola sobre su cuerpo que aún estaba mojado después del baño. Amasó la mezcla y la convirtió en un niño, que fue creciendo hermoso y fuerte, a quien llamó Ganesha.

El niño demostraba un profundo amor filial, obediente y respetuoso. A Parvati le gustaba quedarse sola en palacio y, para no ser molestada, solía colocar a Ganesha en la puerta diciéndole que no dejara entrar a nadie sin su autorización.

Pero un buen día, Shiva quiso entrar al palacio de la diosa para ver sin tardanza a su esposa. Ganesha le pidió la consigna que su madre le había dado para permitir la entrada  y, al ver que no la tenía, le cerró el paso. Shiva, furioso, saco su espada y, con un golpe certero, cortó la cabeza del muchacho que rodó pendiente abajo, desapareciendo de su vista y quedando a sus pies el cuerpo decapitado de su hijo.

Parvati, alertada por lo ocurrido, salió a la puerta y vio con horror a su querido hijo tendido a los pies de Shiva y muerto por obedecer sus órdenes. Desesperada lloró e imploró ante Shiva suplicando que le devolviera a su hijo a la vida. Shiva se compadeció de  ella y llamando a sus soldados les ordenó que trajeran ante él  la primera cabeza que les saliera al paso. Sus soldados encontraron un elefante y le cortaron la cabeza, que llevaron ante Shiva, quien la colocó sobre los hombros de Ganesha para devolverle a la vida.

Desde entonces el precioso hijo de Parvati creció con todos lo honores de un príncipe y Shiva lo convirtió en líder de los ejércitos  del dios, siendo conocido también como Ganapati -conductor de ejércitos-.  

 

En el Brahma Vaivarta Purana:

Se dice que cuando los dioses vinieron a honrar a Parvati y admirar a su hijo, uno de ellos se negaba a  mirarlo. Los demás dioses lo regañaban por ello, pero aquel dios sabía que una sola mirada de sus potentes ojos podría quemar la cabeza del niño reduciéndola a  cenizas. Parvati, molesta por la actitud de aquel dios, insistió una y otra vez para que mirase a su hijo y disfrutara con la visión de su belleza y su perfección. Por fin, cediendo, el dios echó la mirada sobre el niño y, tal como él sabía, su cabeza fue reducida a cenizas.

Parvati, su madre, comenzó a llorar y llorar, hasta que el Dios Visnú, que es el conservador del universo, acudió en su ayuda con una cría de elefante recién muerta y colocó la cabeza en el cuello de Ganesha que enseguida volvió a la vida.

 

Déjate llevar por la literatura de la India en nuestros sección de sabios cuentistas.

Antonio Machado -El único cuento-

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

 Antonio Machado 

 

De Antonio Machado no hay mucho más que se pueda añadir a todo lo que ya han dicho los eruditos, los estudiosos y los amantes de su obra poética, universalmente conocida y apreciada. Pero cuentan en una de sus muchas biografías, que aprendió a leer con el Romancero General, que había sido recopilado y publicado por su pariente Agustín Durán, quien fuera un importante hombre de letras en la época del Romanticismo en España.

Si fue así y las primeras palabras que él lograra pronunciar, extrayéndolas de un texto,  fueran los pensamientos de arraigos ancestrales, recogidos gota a gota en aquellos antiguos romances, es fácil suponer que el alma de Castilla debió correr por sus venas de niño, con la misma naturalidad que corría el aroma del limonero en ese huerto claro del recuerdo infantil de su Sevilla natal. El milagro del poeta es que supo trasmitir ese alma castellana con la finura y la intensa sobriedad con la que escribió cada uno de sus versos.

 

La tierra de alvargonzalez


La tierra de Alvargonzález
  es la única obra que Antonio Machado nos dejó en forma de cuento. En él, con todos los elementos de la narrativa, nos cuenta una dramática leyenda que tuvo lugar en tierras de Soria. Fue publicado en El Mundial Magazine
revista editada en Francia y escrita en castellano—, en enero 1912.
En el verano de ese  mismo año, convertido en un extenso poema, regresaría a la imprenta formando parte de uno de sus libros de poemas más representativos y queridos: Campos de Castilla.

 


Cinco años después el propio poeta explicó sus razones para recuperar el espíritu y la forma del Romancero para sus obras: «
Mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis».

 

 

La tierra de Alvargonzález

Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar. Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía —ocios de mercaderes—, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

—¿Va usted muy lejos? —pregunté al campesino.

—A Covaleda, señor —me respondió—. ¿Y usted?

—El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.

—Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra.

Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

—Por aquel sendero —me dijo el campesino, señalando a su diestra— se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca. —¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? —le pregunté.

—Alvargonzález —me respondió— fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato: Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Archivo LHM

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuego al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor a estudiar en Osma, porque lo destinaba a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban no gozaban lo que tenían.

El menor, a quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba dispuesto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar.

—Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y techo tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.

Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo de la cara azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida la cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió solo de su casa; no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y a solas hablaba con Dios Alvargonzález diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, a quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.»

Se fue quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: «Duerme y descansa. Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.»

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja del sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la hierba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la hierba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar oscuro aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente. . El sueño abrióse al claro día. Tres niños juegan a la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y a ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado. —Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.

Los niños se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado de leña.

Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar, cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

—Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada. Acude el segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar. El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.

—Aunque último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos, pálidos como la muerte, se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto a la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba de la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían a matarle, y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvagonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía a los suyos en torno a la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron a su puerta, o alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.

Archivo LHM

Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.

Y lo llevan a la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse a la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como usted, visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda como si huyeran de los asesinos. Pasaron otra vez junto a la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó a que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar del crimen a los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió a los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotada.

El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález a sus nuevos amos, y prometían cuanto habían rendido al viejo labrador.

Fue un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados muerde la culpa cuando temen el castigo de Dios o de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra, empobrecida, parecía fruncir el ceño a sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, a quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan a menos, como iban a más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —dijo el mayor—. Abre tú. Todos permanecieron inmóviles sin atreverse a abrir. Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía: —Abrid, hermanos.

—¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote, entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente a frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las tierras de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo: —¿Vivirás con nosotros?

—Si queréis —contestó Miguel—. Mi equipaje llegará mañana.

—Unos suben y otros bajan —añadió el segundo—. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba a hablar cuando llamaron otra vez a la puerta. Miró a sus hermanos como preguntándoles quién podría ser a aquellas horas. Sus hermanos temblaron de espanto. Llamaron otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio a nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó a labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron a cultivar la tierra abandonada. Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba a cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina. Una noche volvían borrachos a su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

—¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? —dijo a su hermano.

«La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.» —Brujería y artes de Satanás—contestó el segundo.

Pasaba cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse a la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

—Mírale —dijo el mayor—. Hasta de noche trabaja.

—¡Eh!, Miguel —le gritaron.

Pero el hombre aquel no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar a su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció flotando sobre el agua. Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a la justicia.

Y otra vez volvió a los malvados la tierra de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia, porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.

¡Padre!, gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!, ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.

 

Fue publicado en la revista Mundial, de París, número 9, enero de 1912

Fuente: Wikisource
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Las flores de Meera -Udaipur-

 

Archivo LHM

A la ciudad de Udaipur la llaman «la ciudad del amanecer». Dicen que, a esa hora, todos los palacios que la adornan se reflejan en el agua creando un inigualable mosaico sobre sus lagos de color esmeralda. Debe ser cierto, pero no creo que nosotros fuéramos menos afortunados, pues tuvimos ocasión de verla más tarde, cuando el sol la iluminaba en su plenitud y la ciudad era una exhibición del colorido más esplendoroso que es capaz de ofrecer la naturaleza, y del que los hindúes se apropian como si fueran los dueños del paraíso.  

A esas horas, junto a la belleza de las montañas que se elevan bordeando los lagos o los fascinantes palacios que la conforman; junto a la silueta de los templos o los ojos de los tigres, junto al olor penetrante del cardamomo y la vainilla o el rojo arrebatador del chillie que venden en los mercados, estaban las gentes del Rajastán. Solo ellos son capaces de salpicar aquellas calles, sinuosas y pintorescas, con una vida de tintes irrepetibles, mezclándose entre el bullicioso ajetreo con sus exóticos turbantes o con los saris envolventes de las mujeres que parecen derramar, con estudiada indiferencia, el abanico de fantasía a la que se prestan bajo la mirada de los desconocidos.

Aquella tarde de mediados del mes de febrero, el aire era cálido y la proximidad del lago aportaba una agradable sensación de húmeda frescura. Después de recorrer el enorme y suntuoso Palacio de la Ciudad, último reducto de la corte del reino de los Mewar, habíamos tomado un tentempié en un pequeño restaurante de comida hindú y eran alrededor de las cuatro cuando subimos a un barco de línea turística, en el que haríamos un corto crucero sobre el lago Pichola y una visita a uno de los palacios construidos sobre sus aguas: el Jag Mandir.  

Hacíamos la travesía solos, sin la compañía del guía, pues nos había pedido permiso a todos los demás para acompañar a uno de los componentes del grupo, empresario empedernido, que se había quedado entusiasmado con las enormes canteras de mármol que vimos a lo largo de la carretera entre Eklingji y Udaipur y quería información sobre los materiales que se extraen, sobre sus precios y cómo y dónde se exporta el preciado material. Por supuesto, todos accedimos. El guía nos dejó a los pies del embarcadero y su única recomendación fue que tuviéramos la precaución de no quedarnos hasta la hora en que saliera el último barco. Ninguno de nosotros le dio mayor importancia a aquella indicación y nos dispusimos a embarcar.

Cruzamos el lago dejando a nuestra derecha el Jag Nivas, otro de los palacios flotantes, también conocido como el Palacio del Lago. Se trata de un edificio de mármol, de un blanco inmaculado, que flota en medio de las aguas entre ventanales, cúpulas y templetes de una preciosista arquitectura.  

Hace años, este singular palacio fue convertido en el que es considerado como uno de los hoteles más lujosos del mundo. Dicen que en sus habitaciones han dormido celebridades de nuestra época: Isabel de Inglaterra o Jackie Kennedy entre otros. Nosotros debimos conformarnos con observar desde fuera su bonita silueta en nuestro camino hacia el Jag Mandir. Esta otra muestra de la riqueza arquitectónica de Udaipur fue construido en épocas anteriores, y también cuenta entre sus moradores con regios personajes como en su día lo fuera Sha Jahan, el inefable artífice del Taj Mahal, que al revelarse contra su padre, el emperador Jahangir, tuvo que huir viéndose obligado a pedir refugio y siendo acogido por el maharana reinante en aquella época, que lo alojó en las singulares estancias de aquel palacio de arenisca amarilla.  

Al desembarcar vimos que el lugar estaba muy concurrido y nos desperdigamos entre la gente. Recorrimos los jardines sombreados de palmeras, las distintas estancias y contemplamos, sentados bajo los arcos que rodean el complejo y entre las siluetas de los enormes elefantes esculpidos en piedra que lo circundan, la vista espectacular de toda la ciudad que se duplica, reflejándose en el agua al ritmo lento del movimiento del sol.  

Empezaba a caer la tarde cuando de nuevo todos nos reunimos para acercarnos juntos hasta al embarcadero y emprender el regreso cruzando de nuevo el lago.  

Una pequeña multitud de turistas se arremolinaba en el muelle y nos añadimos al desordenado gentío en espera de nuestro turno. Poco a poco, pues en los barcos no cabían más de veinte o treinta personas, los distintos grupos iban entrando precedidos de sus guías, que los llamaban e iban instalándose hasta completar el pasaje. A nosotros, que intentábamos embarcar, cada vez que se acercaba un nuevo barco, sin que pudiéramos entender el porqué, nos impedían la entrada apartándonos sin muchos miramientos.  

Resultó un episodio bastante fastidioso, pues no había manera de que alguien nos hiciera caso, a pesar de permanecer juntos para que fuera evidente que se trataba de un grupo de turistas y de blandir en nuestras manos las entradas que nos daban derecho a ocupar un sitio en alguno de los barcos que volvían a la ciudad. Parecía una tarea imposible de acometer. Al fin, tuvimos que resignarnos y esperar hasta que el muelle se fue quedando vacío. Ya solo estábamos nosotros, formando un pequeño grupo y seis o siete personas más, entre extranjeros y nativos. Con cierto alivio, nos metimos en el que debía ser el último barco de línea y emprendimos el regreso.  

A aquellas horas, el sol, en el comienzo del ocaso, empezaba a ocultarse tras las montañas y se reflejaba sobre las aguas del lago creando inigualables contrastes de luces y sombras a nuestro alrededor, lo que convertía la travesía en un bonito espectáculo que a la mayoría de nosotros nos hizo olvidar el absurdo contratiempo.  

Para mayor disfrute, el barco esta vez no pasó de largo, sino que se aproximó hasta el embarcadero del Palacio del Lago y tuvimos la oportunidad de ver de cerca aquella singular edificación y algo más de lo que debió ser la lujosa parafernalia de la corte de los maharanaes, pues un sirviente engalanado y vestido de blanco y oro se acercó hasta el pequeño muelle con una extravagante sombrilla de color rojo, dispuesto a recoger a los que fueran a desembarcar. Curiosamente, nadie lo hizo y el barco, después de realizar las maniobras al uso, continuó su navegación hasta los muelles de la ciudad en donde el guía, solícito, estaba esperándonos y nos recibió algo nervioso.

—Pero, ¿qué les ha pasado para que se hayan retrasado tanto? Les advertí que no debían quedarse los últimos.

Uno de los componentes del grupo a quien nuestra pequeña y particular odisea le había puesto de bastante mal humor; algo a lo que, según nos fuimos dando cuenta durante el viaje, era muy propenso, contestó:

—¿Qué pasa, se ponen ustedes de acuerdo para gastar una broma de mal gusto a los turistas o qué?

El guía se debió sorprender por aquella salida de tono, pero nada se pudo traslucir de su gesto que continuaba siendo amable.

—Por supuesto que no, señor.

El hombre insistió:  

—¿No me diga? Usted ya debía saber que para nosotros solos iba a ser una aventura embarcar. No debería haberse marchado tan a la ligera.

—¿Por qué dice eso?  

—Pues porque no nos ha quedado más remedio que esperar hasta que ya no quedaba nadie. Nos han ido dejando a un lado y de malas maneras, por cierto.

—Lo siento, de verdad, no pensé que pudiera llegar a ser un problema para ustedes, pues en esta época del año no hay mucha gente que visite los palacios.

—Esto no va a quedar así: en la agencia de viajes se van a enterar. Le aseguro que no hemos pagado para ser tratados como turistas corrientes. Yo personalmente he llegado a temer que nos dejaran en tierra.

—Señor, no tenga duda de que yo mismo hubiera ido a recogerlos. Pero, en todo caso, está en su derecho de presentar las quejas que considere oportuno.  

Alguien del grupo, incómodo por la tensa situación, que a todos los que escuchábamos el absurdo diálogo nos parecía desproporcionada, interrumpió la escena y el guía, aliviado, lamentó de nuevo lo ocurrido, dio por concluida la conversación y enseguida se adelantó al grupo para abrirnos paso hacia el autobús.  

Regresamos al hotel después de callejear durante un rato más y visitar una curiosa tienda en donde se exponían algunas muestras de un arte del que son especialistas en aquella ciudad: la miniatura. Había preciosas piezas con representaciones de escenas de época realizadas con un laborioso proceso que tuvimos ocasión de observar y al que los artesanos, entre los que había muchachos muy jóvenes, se dedicaban diligentemente y que nos mostraron con evidente orgullo.  

Enseguida reinó de nuevo el buen humor entre todos los componentes del grupo y el regreso a nuestro particular palacio se hizo entre jugosos comentarios sobre todo lo visto durante aquel largo día.

Ya era entrada la noche cuando bajamos a cenar al restaurante del hotel y tras una animada cena nos reunimos, como teníamos por costumbre, para tomar unas copas en el bar situado en una de las terrazas sobre la piscina.  

El escenario resultaba espectacular: la fortaleza del siglo XVIII  convertida en hotel y enclavada en uno de los pasos montañosos que se abren hacia Udaipur, cuya reciente restauración era evidente, estaba iluminada creando misteriosos claroscuros, capaces de transportarte a los tiempos en que aquellos lugares fueron el escenario de las épicas aventuras que, según se cuenta, tuvieron lugar en toda la región del Rajastán: no en vano, es conocida como la tierra de los hombres de la guerra.  

En el interior del bar y, bajo los porches, se enmarcaban agradables rincones para la tertulia. La decoración había sido realizada con mucho mimo y con criterios muy actuales: los distintos ambientes estaban salpicados de antiguas piezas de mobiliario que destacaban entre los sofás y los sillones, tapizados con telas de otomán en colores rosa fucsia, naranja y rojo, que daban un aire cálido y acogedor al ambiente, ya exótico de por sí. Para que no faltara ningún detalle, la semioscuridad creada por las antorchas colocadas entre las plantas de los jardines que rodeaban la piscina, recubierta de pizarra negra, y la música de algún instrumento de cuerda hindú creaban una curiosa atmósfera de magia y misterio, que nos facilitó a todos estar dispuestos a escuchar esa historia que parecía sacada de Las mil y una noche y en la que, según supimos más tarde, podríamos haber estado involucrados.  

Nuestro amigo, el del mal humor, a quien le debió costar su tiempo asimilar la experiencia del embarcadero, dijo que se encontraba algo indispuesto, pidió una infusión y se retiró muy pronto a descansar. Al verlo marchar, recordé las dificultades para nuestro regreso desde el Jag Mandir y la recomendación de nuestro guía para que no cogiéramos el último barco. Después de ver lo que nos había ocurrido, sus palabras habían despertado mi curiosidad y aproveché aquel momento, en que el hombre estaba sentado como uno más entre nosotros, sin posibilidades de eludir la respuesta, y le pregunté:

—¿Por qué esa recomendación de no quedarnos los últimos para coger el barco, que, curiosamente, no hemos podido evitar?

Mi voz se oyó por encima de las demás conversaciones y todos, al oír la pregunta, volvieron la cabeza hacia el guía, que interrumpió su animada charla y me miró con cierta sorpresa. Me pareció que dudaba y después de pensar durante un momento, algo azorado, tosió ligeramente y contestó:

—No tenía, en realidad, ninguna importancia, se trataba de una cuestión de horario.

No lo creí e insistí a riesgo de parecer pesada.

—No puedo creerlo, aquí hay algo que usted no nos cuenta.

Se había hecho el silencio, el hombre agachó la cabeza y, al ver que todos esperaban sus palabras, se decidió a hablar.

—Bueno, la verdad es que, precisamente en una época como esta en la que no hay muchos visitantes, ha sido innecesaria mi recomendación, pues ningún barco regresa después de la caída del sol. Pero ya que tienen curiosidad les diré que hoy estamos en noche de luna nueva y en torno a estas noches hay una vieja historia que siempre se ha oído contar por aquí.

 

Hotel Devigarh -India-

»Yo he de confesarles que, a pesar de las muchas veces que he recorrido los lagos de esta ciudad, nunca he sido testigo de ello, pero sí conozco a personas que dicen haber visto a una mujer muy hermosa que, al llegar la noche, embarca en el Jag Mandir y desciende en el Palacio del Lago. El hecho de no verla no significa que no esté. Y después, si les interesa que continúe con el relato, entenderán el porqué. En todo caso, esa misteriosa mujer es la razón por la que los barcos, a su regreso, desde que empieza el anochecer y en los días de luna nueva, están obligados a hacer la parada en el embarcadero de aquel palacio, aunque aparentemente nadie esté dispuesto a bajar.

Creo que a más de uno de nosotros se nos abrió la boca por la sorpresa al oír aquello, pues recordamos que el barco se había acercado y había hecho la maniobra completa de atraque, sin que nadie descendiera.  

—Nos tiene usted en vilo. —El guía sonrió y continuó hablando.

—Antes de seguir, y puesto que desconocen nuestra cultura, deberían saber que aquí en la India, y según la antigua mitología brahmánica, en la luna está el reino de los muertos, y en las noches oscuras de luna nueva las almas perdidas vagan por el universo en busca de su karma.

»Y dicen por aquí, en aras de una vieja tradición, que en esas noches misteriosas, si no se toman las necesarias precauciones, los pasajeros de alguno de los  barcos que vuelven desde el Jag Mandir pueden encontrarse con la sorpresa de que alguien ha dejado olvidado un ramo de flores de erukku sobre los asientos.  

»Recoger esas flores no es, precisamente, una señal de buen augurio. Y, la verdad, es que ustedes los occidentales tendrán que reconocer que, a pesar de que siempre dicen que han superado todo tipo de supersticiones, se ponen muy nerviosos cuando oyen hablar de la palabra «mal augurio». Es por eso que no se suele contar lo que yo ahora les estoy contando. Si se supiera, tal vez los barqueros y las personas que viven del turismo en esta ciudad se verían perjudicados en su negocio, y en torno a los hechos que voy a relatarles hay, entre las gentes de Udaipur y los que somos habituales visitantes, una aceptada discreción.  

El guía, que había perdido el ligero azoramiento que acompañó los primeros momentos de su charla, nos miró a todos y preguntó con cierto aire de misterio.  

—¿Quieren ustedes que continúe?

Todos asentimos con entusiasmo y durante unos momentos los comentarios más dispares nos hicieron reír a todos, pero enseguida nos arrebujamos en nuestros asientos dispuestos a escuchar. Se hizo el silencio y miramos al guía que, tras apurar su copa, parecía dispuesto a continuar.

—Ya deben ustedes saber que la zanana es el nombre que aquí recibe el harén o el gineceo. Dicha palabra, zanana o zenana, proviene del persa, que era el idioma utilizado en los tiempos de la corte mogol.  Se trata del lugar reservado a las mujeres dentro de los palacios de esta región que, durante siglos, sufrió las incursiones, las conquistas y las alianzas con esas gentes que practicaban la religión musulmana. Y puesto que esos contactos duraron mucho tiempo, los habitantes de estas tierras, a pesar de seguir siendo fieles a su propia fe, se vieron muy influenciados por la cultura mogol, hasta el punto de que determinadas costumbres quedaron para siempre en su forma de vivir.  

»Si dejáramos correr la imaginación, no sería difícil presumir que en esos recintos palaciegos, hechos solo para las mujeres, debieron ocurrir muchas historias dignas de ser narradas, pues ellas permanecían recluidas y salían de sus aposentos en muy contadas ocasiones. Su vida, y hay quien considera que debía ser idílica, se desarrollaba por entero dentro de aquellas paredes. Vivían ocultas en su mundo particular detrás de las tupidas celosías, entre los muros de los preciosos patios y jardines, adornados de fuentes de agua cristalina, en donde crecían las plantas y las flores perfumadas. Su única dedicación era el cuidado y el mimo de sus propios cuerpos. Cultivaban la música, la danza, el canto y todas aquellas cualidades que pudieran convertirlas en más hermosas aún y más dignas de ser queridas por los hombres a quienes pertenecían y eran ellos quienes establecían, en función de sus preferencias, una jerarquía sometida a las más estrictas y ancestrales costumbres

»En un escenario así es de suponer que las mujeres que lo habitaban debían competir entre ellas para ocupar un puesto privilegiado en esa jerarquía que se formaba en torno a los hombres, pues todas eran esposas, amantes o madres de los hijos de un mismo señor con más o menos derecho a preferencias, herencias y sucesiones, que debieron ser la causa de profundas enemistades y de grandes odios.  

»No hay duda de que detrás de sus paredes también debieron vivirse románticas historias de amor, pues para muchas de ellas era un privilegio ser las elegidas por los monarcas y los grandes hombres. Pero en otras ocasiones habían sido traídas a la fuerza, como motines de guerras o por mero capricho y su corazón no siempre era capaz de corresponder a los sentimientos para los que habían sido destinadas.

»En la época en que ocurrió lo que voy a relatarles, una de las damas de la corte, de nombre Meera, que durante un tiempo fue la favorita del maharana, era una mujer muy hermosa que, por extraños avatares, había sido traída del sur de la India y estaba muy apegada a ciertas costumbres y gustos de la tierra en la que había nacido. Una de esas costumbres era el cultivo de flores y plantas que había hecho traer desde su lugar de origen y de las cuales conocía, como una experta naturalista, las cualidades y las virtudes que cada una de ellas escondía en sus tallos o en sus pétalos.  

»Entre ellas, Meera tenía predilección por un arbusto llamado erukku que en las regiones del sur de la India se ha cultivado y se ha utilizado desde siempre. Se trata de una planta medicinal con hermosas flores, blancas o violetas, que se usa para curar la lepra y algunas enfermedades de los elefantes y que, utilizada para otros fines menos saludables, se convierte en un veneno mortal. Basta tomar directamente las gotas del líquido lechoso que caen al partirse su tallo para provocar una muerte que es rápida, pero puede resultar muy dolorosa, pues provoca vómitos y convulsiones hasta que falla el corazón, y la persona que lo ha ingerido muere.  

»Meera cultivaba el erukku en los rincones del jardín de la zanana. Se consolaba mirando sus preciosas flores de color violeta con forma de pequeña corona y con su visión calmaba su añoranza de otros paisajes y de otras gentes.

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»Aquella mujer, además de ser muy bella, era astuta y decidida y, una vez que fue desbancada del lugar más relevante que en su día ocupara en la corte del maharana, buscó una manera de saciar sus inagotables ansias de aventura. Puesto que se trataba de una persona inquieta y que había crecido en la libertad de la naturaleza, no soportaba aquella vida de encierro a la que estaba obligada por su condición de cortesana. Así, durante la época de verano, mientras la corte residía en el Palacio del Lago, por resultar más fácil el acceso al exterior, Meera aprovechaba las ausencias del monarca, escapándose de las estancias palaciegas disfrazada de esclava o de joven sirviente. Entraba y salía a su antojo, pues era muy hábil disfrazándose y una actriz consumada capaz de imitar el lenguaje y la forma de desenvolverse de mujeres de más baja condición o imitar a la perfección la voz de los muchachos al servicio de la corte, a cuyo disfraz recurría con frecuencia, pues había descubierto que le resultaba más fácil desenvolverse a sus anchas vestida de aquella manera.  

»En una de aquellas salidas, conoció y se enamoró locamente de un barquero que solía conducirla desde el palacio hasta la ciudad. Se trataba de un hombre joven y apuesto de nombre Jeevan que, a pesar de que ella se le ofrecía una y otra vez, siempre la desdeñaba. Meera nunca se daba por vencida y el barquero, de noble carácter y buenos sentimientos, acabó por confesarle que estaba enamorado de una de las más jóvenes damas de la corte. Sin desvelarle de quién se trataba, Jeevan le contó que su amada era la hija de un hombre importante de Udaipur, que en su juventud había sido compañero de armas y gran amigo de su padre. Esa había sido la razón por la cual, los hijos de ambos y desde la más tierna infancia, fueran comprometidos en matrimonio.  

»La muchacha y el propio Jeevan, que habían compartido juegos desde la niñez, siempre se habían querido y cuando la edad les fue mostrando los deleites del amor, se habían prometido mutuamente permanecer unidos y amarse mientras vivieran.  

»Pero ocurrió la desdicha de que el maharana visitara a aquel hombre en su propia casa, y al ver la belleza de su hija se enamorara de ella. El padre, rompiendo el compromiso, la entregó al monarca a cambio de obtener ciertas ventajas en la corte. Aquel inesperado desenlace había sumido a Jeevan en la mayor de las tristezas, agravándose por el hecho de que la muchacha desapareciera rápidamente de su propia casa, y los dos jóvenes no volvieron a tener la oportunidad de encontrarse nunca más. Desde entonces, su único deseo era abandonar aquellas tierras para siempre y buscar su destino lejos de Udaipur, en donde pudiera soportar mejor su desgracia. Era solo la esperanza de volver a ver a su amada por última vez, la razón que lo mantenía viviendo en la ciudad y por la cual él se había hecho barquero del lago.  

»Meera tardó días en averiguar de quién se trataba, pues en la zanana vivían más de cuarenta mujeres, pero al fin supo que el gran amor del barquero era Jhanavi que en aquellos momentos era la favorita del maharana. Y observó que, a pesar de su situación de privilegio, la joven vivía aislada y sumida en la tristeza sin tomar parte en la vida que se desarrollaba en el interior de los recintos donde vivían.  

»La astuta mujer, cautelosa, fue aproximándose a ella: intentó ganarse su confianza, y Jhanavi, que en un principio se había mostrado huidiza e inabordable, empezó, poco a poco, a confiar en Meera. La muchacha, agradecida por las muestras de afecto que la mujer le dedicaba, acabó abriéndole su corazón y confesándole su amor por Jeevan. Le habló de lo infeliz que se sentía en la prisión que le suponía aquel palacio, pues había sido conducida por el capricho del maharana y la ambición de su padre, que había roto su compromiso sin tener en cuenta sus sentimientos ni las desgracias que les acarrearía el incumplimiento del sagrado compromiso de su matrimonio.  

»Jhanavi le contó que, desde que llegara al palacio para formar parte de la corte y sabiendo cuál sería su ya inevitable destino, solo deseaba ver por última vez a Jeevan para liberarlo de las promesas que ambos se habían hecho y hacerle saber que habían sido rotas en contra de su voluntad, pues seguía amándole y le amaría siempre.  

»Meera alentaba a Jhanavi en sus confesiones y escuchaba las hermosas palabras con que describía sus sentimientos hacia el barquero. Envidiaba la pureza de su amor, a la vez que la odiaba, pues se interponía entre los dos hombres que, en aquellos momentos, significaban algo para ella. El rencor iba corroyéndola día a día, hasta llegar a pensar en desenmascararla ante el maharana. Sin embargo, debió recapacitar sobre su acción, que podría ser vista como un acto lleno de mezquindad y traerle como consecuencia que el monarca desconfiara de ella y la rechazara definitivamente, por lo que acabó abandonando aquella idea.  

»Pero Meera no desistió en su empeño. Esperó pacientemente hasta que, por fin, concibió un plan para deshacerse de la favorita, vengarse del desdeñoso barquero y recuperar su lugar de relevancia en la corte.  

»Una noche, en una íntima conversación, Meera prometió a Jhanavi que encontraría la manera de que pudiera ver de nuevo a su amado, pues sabía cómo buscarlo y la forma de salir del palacio sin ser descubierta. Esperó a que llegara el momento oportuno para llevar a cabo su plan, y poco tiempo después supo que en los próximos días y con motivo de una recepción a altos dignatarios de un lejano reino en el Jag Mandir, otro de los palacios de la suntuosa corte, las mujeres serían conducidas hasta allí para asistir a las ceremonias de recepción. Puesto que llevaba años viviendo bajo los auspicios del monarca, conocía a la perfección las costumbres y las normas de protocolo y tuvo la oportunidad de planearlo todo con cuidado y astucia.  

»Cuando la fecha señalada se fue aproximando, avisó al barquero de la hora y el sitio en que podría encontrarse con Jhanavi y momentos antes de que la joven saliera a escondidas para encontrarse con él, le ofreció un ramo de flores de las que, ante ella, cortó los tallos vertiendo el contenido del líquido que se derramaba en un vaso que le hizo beber. Jhanavi bebió confiada de lo que le ofreciera su amiga, que astutamente, y para que nadie pudiera sospechar cuál había sido la causa de la muerte, pidió a la muchacha que le devolviera las flores, pues, según le dijo, entre los tallos quedaba su corazón que debía recuperar a su regreso, libre ya de los amores del pasado y dispuesto a entregarse a su nueva vida.  

»La muchacha obedeció ciegamente. Llegado el momento, se encaminó al lugar donde la esperaba el barquero que había apostado su barca junto a uno de los rincones más oscuros del palacio. Ya estaban juntos los amantes cuando el veneno empezó a hacer su efecto. Jhanavi comenzó a sentirse enferma, y el barquero, asustado por los síntomas, y temiendo ser descubiertos por los ruidos que provocaban las náuseas, se alejó con la barca hacia el interior del lago. Allí, ella le habló de las flores de erukku: el extraño regalo que le hiciera Meera y del líquido que había bebido a instancias de su amiga. El joven, preocupado, y puesto que los extraños síntomas continuaban y daba la impresión de que se agravaban por momentos, intentó devolverla al palacio para que fuera atendida por los médicos de la corte.  

»Jeevan, que había desconfiado siempre de Meera, condujo la barca con gran cuidado sospechando que eran víctimas de una encerrona y enseguida se dio cuenta de que no estaba equivocado: los guardias del maharana esperaban apostados para atraparlos. A pesar de todo, intentó acercarse al palacio por otro lugar distinto al rincón escondido del que ambos habían salido, pero nuevamente fueron sorprendidos por los guardianes que dispararon sus flechas, y el joven resultó gravemente herido. Con gran esfuerzo, consiguió alejar la barca del Jag Mandir y ocultarse aprovechando las sombras y la oscuridad de la noche.  

»Sobre las aguas del lago, Jeevan se desangraba y Jhanavi parecía perder la consciencia tras momentos de fuertes convulsiones. Sin saber qué hacer, el barquero trató de llegar a la ciudad, pero fue inútil: a mitad de camino y en las inmediaciones del Palacio del Lago, Jhanavi agonizaba, y el joven no pudo hacer otra cosa que depositarla sobre el embarcadero del palacio, donde murió entre sus brazos. Jeevan se alejó, herido y sumido en la más profunda desolación.

»El maharana al enterarse de la extraña muerte de su favorita ordenó que se investigara lo sucedido. Descubrió los amores de Jhanavi y su encuentro con el barquero, de quien no se volvió a saber nada, a pesar de que fue buscado sin descanso por caminos y pueblos durante semanas. La barca fue hallada entre las cañas de un apartado rincón del lago: allí quedaban los restos de sangre de las heridas de Jeevan, pero su cuerpo no fue hallado y se le dio por muerto.  

»El maharana, profundamente dolido por la traición y decepcionado, se vengó cruelmente en las familias de los dos jóvenes, volviendo a los brazos de Meera que supo consolarlo y durante un tiempo ocupó de nuevo un lugar preeminente en la corte.  

»Fueron pasando los años, mucho tiempo después se supo que Jeevan había conseguido huir de aquellas tierras. El joven curó sus heridas escondido en una cueva de los montes Aravalli y, una vez recuperó las fuerzas, abandonó el lugar dirigiéndose a Bengala en donde se alistó en un ejército formado por nativos que, en aquellos tiempos, estaba bajo el control de unos comerciantes británicos.  

»Bajo el mando de los extranjeros, tuvo que luchar en numerosas guerras y revueltas para defender los intereses de aquellas gentes que los despreciaban y humillaban. Su orgullo le impedía aceptar el tratamiento de que eran objeto en las filas de aquel ejército, y en el interior de su corazón fue creciendo la rebeldía. Poco a poco, entre sus compañeros de armas, Jeevan adquirió prestigio por su nobleza y su inteligencia. Todos sabían que era un hombre apasionado, generoso en sus acciones y capaz de hacerles ver la ambición de aquellas gentes, que fomentaban entre ellos la división religiosa para mantenerlos desunidos y así, astutamente, ejercer y ampliar su dominio colonizador. Imbuido por estas ideas, tomó parte activa en la que fue llamada la primera guerra de independencia del pueblo indio: la guerra de los Cipayos. Él fue uno de los inspiradores de la rebelión que comenzó entre los componentes de los batallones del ejército a los que pertenecía. Con ellos combatió ferozmente dirigiéndose desde su guarnición hasta Delhi, en donde proclamaron como emperador de la India al depuesto Bahadur Shah Zafar y luchó durante el tiempo que duró la contienda defendiendo la ciudad de Delhi del acoso y del posterior saqueo de los británicos.  

»Cuando todo hubo acabado y los extranjeros obtuvieron su última victoria aplastando la rebelión, Jeevan consiguió sobrevivir a las terribles represalias que se tomaron contra los rebeldes y huyó ocultándose durante años en una región selvática del sur de la India, a la que nunca habían llegado los ecos de la guerra.  

»En aquellas lejanas y solitarias tierras, en donde los ritos religiosos discurren por extraños y misteriosos caminos, Jeevan, extenuado en cuerpo y alma por las experiencias vividas y por las guerras sangrientas en las que había combatido, dedicó sus días a buscar su propio sosiego. Encontró el consuelo que buscaba aprendiendo de la sabiduría de los viejos que habitaban en la selva. De la mano de brujos y hechiceros conoció los misterios que se encierran tras la muerte, aprendió sobre el lenguaje de los astros, sobre la adivinación y sobre el arte de la curación a través de las plantas. Allí, volvió a encontrarse con su pasado: llegaron a sus manos las flores violetas del erukku que habían matado a Jhanavi, cuyo recuerdo permanecía en su interior como la más hermosa vivencia de su juventud y supo, a través de la magia, que esa fatídica noche el corazón de su amada había quedado atrapado entre los tallos de aquellas flores que Meera retuvo con la promesa de entregárselas a su regreso, sin que nunca pudiera cumplir su palabra.  

»Pasó el tiempo y, al fin, con el pelo encanecido y la sabiduría de los años de dedicación al estudio y la meditación, Jeevan regresó a Udaipur para saldar las deudas contraídas con su pasado.  

»Al llegar a la ciudad, sin darse a conocer y como si se tratase de un forastero, puso su puesto de hierbas y especias frente al Palacio de la Ciudad. Vendía pócimas curativas y ofrecía consuelo y remedio a los enfermos y a los afligidos.  La gente empezó a conocerlo por sus mágicas curaciones y sus poderes adivinatorios que le permitían saber cuál era la causa de las enfermedades que, en muchas ocasiones, tienen su origen en los males del alma.  

»Su fama llegó a oídos del anciano maharana quien lo mandaba llamar con frecuencia para consultarle sus dolencias como si se tratara de un viejo médico, pues su intensa vida le daba un halo de hombre sabio y misterioso que fascinó al monarca desde la primera vez que lo vio, manifestándole siempre un profundo respeto.  

»Meera, convertida ya en una anciana mujer, aún vivía entre las paredes de la zanana. Tras la muerte de su rival, había ocupado el lugar de la favorita por un tiempo. Después fue relegada a una vida oscura que ella intentó llenar de luz nuevamente con sus correrías y escapadas, pero los remordimientos de sus actos nunca la abandonaron: pasaba las noches en vela y sin descanso, temiendo dormirse, debido a que el aroma de las flores de erukku inundaba su cuarto y ella creía enloquecer noche tras noche. Arrancó los arbustos que adornaban sus jardines; con sus propias manos destrozó los pétalos uno a uno, pero fue inútil, el aroma persistía llenando las estancias como una maldición y envolviéndola en la desesperación entre las sombras de la noche.

»Mientras, habían pasado los años, y en los palacios comenzó a hablarse del viejo sabio vendedor de pócimas y de su arte curando raras enfermedades. Enterada de ello, Meera quiso solicitar de aquel sabio el remedio para paliar el mal que desde hacía tanto tiempo le impedía dormir. Disfrazada de una sencilla mujer del campo, se presentó en el puesto de Jeevan, afligida y desconsolada por no encontrar la manera de curarse, y este, que la esperaba desde que llegó a la ciudad, pacientemente le escuchó contar cómo, en la época de su juventud, la envidia y los celos la hicieron deshacerse de una mujer envenenándola con unas flores de su propio jardín y arruinando así para siempre su existencia, pues, desde entonces, vivía atormentada por los remordimientos.

»Jeevan le hizo beber una pócima, y ella, sumida en un suave sopor, fue repitiendo,  palabra a palabra y momento a momento, cuanto ocurriera aquella noche entre las dos mujeres, hasta que la joven desapareció de la vista de Meera entre las sombras de los  jardines del palacio. Más tarde, una vez supo que su rival había muerto, satisfecha por haber logrado su propósito, conservó durante días las flores que contuvieron el veneno como si se tratara de un trofeo hasta que, al observar que no se marchitaban, horrorizada, las arrojó a las aguas del lago.

»Al día siguiente, Meera, siguiendo las instrucciones del viejo médico, hubo de regresar para encontrarse con él y recibir de sus manos el remedio para su dolencia: el hombre depositó en sus manos una caja de plata que solo podría abrir la primera noche en que el aroma de las flores comenzara de nuevo a robarle el sueño. Así lo hizo, Meera regresó al palacio esperanzada y colocó la caja junto a su cama.  

»Aquella misma noche, despertó envuelta en sudores y abrió la caja buscando el remedio. Dentro, cuidadosamente cincelado sobre el metal de la cubierta y escrito en idioma tamil, el idioma de su infancia, Meera encontró una extraña inscripción:  

 

Sólo tras la muerte,

 el amor volverá a florecer

en el corazón solitario

al entregar estas flores

al alma que aún espera su retorno.

 

En su interior y con los tallos rotos, había un ramo con las flores del erukku. La mujer, al verlo, perdió el conocimiento y cuentan que, a los pocos días, murió sumida en una extraña calma con las flores frescas entre las manos.

»Poco tiempo después de su  muerte, una sirvienta de la corte dijo haberla visto en el barco que la conducía a la ciudad. Al aproximarse al embarcadero, Meera lloraba sentada en un rincón. Cuando la mujer, que en un principio no la había reconocido, se acercó a ella para preguntar cuál era la causa de sus lágrimas, Meera desapareció entre la gente y en el asiento quedaron las flores abandonadas.  

»Cuentan que los hechos empezaron a ocurrir cada cierto tiempo. A veces era una hermosa mujer, a veces, una doncella o una anciana, incluso hablaban de un joven quien, al desaparecer, dejaba tras de sí las flores sobre los asientos del barco.  

»En una de aquellas ocasiones, ocurrió la terrible desgracia de que la persona que las encontró murió a las pocas horas de que hubiera contado aquel suceso y la imaginación y las supersticiones hicieron el resto: empezó a propagarse la historia de que algunos atardeceres, en los barcos que regresaban del Jag Mandir, alguien depositaba un ramo de color violeta y quien lo recogía moría sin remedio.  

»La gente se negaba a embarcar hacia los palacios flotantes del lago por miedo a ser víctima del extraño maleficio. Las aguas quedaron vacías y el maharana, temeroso de tener que abandonar aquellos hermosos lugares por las supersticiones de sus súbditos, mandó llamar al viejo sabio para encontrar la causa de aquellos hechos y ponerle remedio.  

»Jeevan, que no se mostró sorprendido por lo ocurrido, dijo al maharana que la respuesta debía encontrarla él mismo entre lo que había quedado de las pertenencias de una de sus mujeres, muerta hacía solo unos meses, pues ella se había llevado consigo un gran secreto que el monarca debía conocer.  

»Se buscó en la zanana y se encontró la extraña caja de plata con la inscripción en el idioma de la tierra de Meera que, por un inexplicable olvido, no había sido quemada con todas las pertenencias de la vieja cortesana, y el maharana mandó llamar a Jeevan quien, con la caja entre las manos, hizo recordar al monarca los hechos acaecidos en torno a la muerte de Jhanavi: su antigua favorita. El hombre hubo de reconocer que su rabia por la traición lo había cegado ante el hecho de que había sido Meera quien le habló de los amores escondidos de Jhanavi y que ella fue quien ocupó el lugar dejado por la joven que acababa de morir.  

»Jeevan le explicó que aquella mujer había llevado con engaños a la joven muchacha hasta los brazos del barquero para provocar su muerte, y el ingenuo corazón de Jhanavi había quedado atrapado entre las flores que Meera utilizó para envenenarla, haciéndole una promesa que nunca pudo cumplir.  

»Era aquella promesa no cumplida la razón por la que el espíritu de Meera, vagando en el mundo de los muertos que se esconde tras las sombras de luna, reaparecía en las noches oscuras de luna nueva y debía vagar convertido en un alma perdida, en los mismos lugares en que ocurrieron los hechos, sin poder reencarnarse en un nuevo cuerpo hasta entregar aquellas flores a quien poseyera el alma de Jhanavi.  

»El maharana, que nunca había sospechado que Meera fuera la causante de la muerte de su joven esposa, quedó profundamente impresionado por aquel relato y prometió al hombre sabio una gran recompensa si lograba romper el maleficio.

»Jeevan dijo al monarca que debía ordenar a todos los barcos que hacían la travesía desde el Jag Mandir hasta la ciudad, y desde el momento en que empezaban los anocheceres de la luna nueva, que se acercasen hasta el embarcadero del Palacio Blanco para que el alma de Meera pudiera descender y esperar allí la llegada de su destino. Se hizo así durante años y ninguna desgracia volvió a ocurrir.  

»Antes de morir, quiso el monarca cumplir su palabra de recompensar al hombre sabio que fue llamado a la corte y tuvo la oportunidad de pedir el perdón y el permiso para regresar a su tierra a aquel joven barquero, que debió huir de su hogar y vivir en la soledad del destierro por su amor a Jhanavi. Jeevan le habló entonces de los inocentes amores entre los jóvenes cuya razón para aquel último encuentro no había sido la traición, sino devolverse sus respectivas promesas para entregarse, libres sus corazones, a sus propios destinos.  

»El maharana le concedió el perdón, Jeevan se descubrió ante el sorprendido monarca y pudo reencontrarse con su familia y vivir una vejez tranquila entre los suyos.

Fue pasando el tiempo, poco a poco, todos los que cruzaban las aguas en la época en que ocurrieron los hechos fueron desapareciendo, pero la tradición de la parada en el Palacio del Lago sobrevivía como un rito del que nadie sabía la causa, pero que todos respetaban.  

»Y sobrevinieron los profundos cambios sociales que se produjeron en la India al obtenerse la independencia de Gran Bretaña. Con ellos, las que habían sido propiedades de uso exclusivo de los monarcas pasaron a ser utilizadas por otras gentes, que nada sabían en torno a las tradiciones del lago Pichola, y la parada de los barcos cayó en el olvido.  

»Algunas de las residencias que ocupaban los monarcas se convirtieron en hoteles. Gentes ajenas a todo se acercaban a la ciudad de Udaipur atraídos por la magia y la fama de sus lagos y sus palacios de ensueño.  

»Cuentan que una visitante occidental que hacía la travesía del lago, al volver en la última barca que regresaba desde el Jag Mandir, vio cómo embarcaba y desembarcaba una hermosa mujer. A su espalda había quedado olvidado un ramo de flores. Ella intentó avisarla, pero la mujer desapareció de su vista y la extranjera recogió y llevó consigo las flores. Al subir las escaleras del hotel en donde se hospedaba, algo cayó desde una ventana golpeándole la cabeza y la mujer murió con las flores entre sus manos.  

»El suceso corrió de boca en boca y la vieja leyenda dormida en torno a los viajes de los barcos del lago pareció recobrar vida. De nuevo las aguas quedaron vacías. Los trabajadores de los palacios, los guardianes, incluso los pescadores que vivían con el producto de sus aguas, se negaban a embarcar. Se preguntó a los más viejos del lugar, a personas que hubiesen estado relacionados con los lagos: los barqueros, antiguos sirvientes de las residencias flotantes, algunos de los que aún sobrevivían recordaban la parada misteriosa sin saber cuál era la causa ni cuándo o cómo se producía.  

»El nuevo maharana, preocupado, una vez más, como lo estuviera su antecesor, mandó investigar sobre la historia de la construcción de los edificios sobre los que allí habían vivido por si se encontrase alguna razón capaz de aclarar cuáles fueron los sucesos que provocaban aquel maleficio. Se pusieron edictos en las esquinas con el fin de que todo el mundo supiera cuán necesario era para todos averiguar el misterio y, al fin, un joven apareció ante el maharana y le entregó una historia escrita por un antepasado suyo, en donde estaban las claves de aquellos misteriosos sucesos, su título era: Las flores de Meera  y el autor era Jeevan.  

Archivo LHM

En el bar, la luz de las antorchas se había ido desvaneciendo lentamente a nuestro alrededor y la música había cesado. Apuramos las copas y nos dispusimos a subir a nuestras habitaciones.  No creo que a ninguno de nosotros se nos pasara por alto aquella noche desviar la vista hacia el cielo: estaba muy oscuro, solo algunas estrellas parpadeaban tímidamente en un firmamento inmenso que servía de techo al espectáculo magnífico de aquella fortaleza.  

Puede que fuera el aroma de las flores que inundaba los rincones, el agua que se deslizaba suavemente en las fuentes de formas exquisitas, o puede que fueran los  misteriosos recovecos de patios y jardines que cruzábamos bajo la tenue luz de las antorchas, en los que la realidad y la fantasía parecían poder caminar juntas con la seguridad de confundirse,  pero todos nos retiramos en silencio y con la certeza de que, en lugares como esos, las historias más irreales  podrían llegar a ser ciertas.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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“Se trabaja con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar”.

Juan Rulfo

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