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Álex Rovira y Francesc Miralles

Alex Rovira y Francesc Miralles

Dos grandes alas: amor y deseo.
Dos grandes vientos que las impulsan: sentido y utopía.

                                                                                                        Álex Rovira

Un cambio de paradigma para una nueva era

Puede que nuestra autonomía como seres humanos solo sea un mito y el que gobierna el mundo tenga sus propios planes. Si es así, solo puedo imaginarme que allá, en el fondo de su mirada, hay un punto luminoso al que nos dirige y ese punto solo puede ser el de la perfección. El camino es arduo, pero ya nos lo advierte desde hace mucho tiempo la sabiduría popular con eso de que «Dios escribe con renglones torcidos».

Los que conocen las estrellas dicen que son ellas las que marcan nuestro destino y nos someten a los vaivenes de inevitables ciclos. Hemos dejado atrás la era de Piscis y acabamos de inaugurar la era de Acuario. Al parecer, después de haber pasado por una larguísima época de enfrentamientos, inmersos en la creación de ídolos con los pies de barro, lo que corresponde es volver la mirada hacia el interior de nosotros mismos para buscar, precisamente allí, los valores y las capacidades que nos permitan ponernos al servicio de la cooperación, de la solidaridad y de la comunicación. 

Para ir encontrando la dirección que ahora marca la brújula, abundan las señales que están a nuestra disposición porque, en lo que a los cuentos se refiere,  hay veces que una pequeña historia puede cambiar toda una vida. Álex Rovira y Francesc Miralles podrían ser un par de ángeles buenos marcando el camino. Dejemos entonces que nos acaricien con sus alas, porque, siempre siempre, la más grande sabiduría está encerrada en la más pura sencillez.


EL ÁGUILA QUE NO QUERÍA VOLAR

Hace siglos que vivió un rey muy poderoso al que le gustaban mucho los pájaros. No solo le gustaban, ¡le fascinaban! En su palacio tenía un jardín enorme donde vivían miles de ellos, algunos en jaulas de oro y otros, los más domesticados, libres. Unos eran especiales por sus colores y otros por lo bien que cantaban; unos eran tan grandes como un hombre y otros tan diminutos que cabían en el bolsillo del primer ministro; unos tenían plumas suavísimas y otros hablaban como tú. Cuando el rey no estaba gobernando, se pasaba las horas en su pequeño paraíso alado. Todos aquellos pájaros le hacían muy feliz. ¿Todos? Casi todos… Había uno que no sabía cantar ni hablar. Sus plumas eran ásperas y de un sucio color parduzco. Se pasaba las horas quieto en una rama, sin hacer nada. Era un águila.

—Mi señor, ¿por qué la tenéis si no sirve para nada?—le preguntó una tarde su criado más joven.

—El sultán de Oriente me la regaló cuando era un polluelo… ¡Me aseguró que nunca vería un pájaro que volara tan alto! Pero ha pasado más de un año y nunca se ha movido de esa rama, ni de noche ni de día. ¡No lo comprendo!

Durante todo aquel tiempo, el servicio le había dado la mejor comida, protegían al águila de las tormentas en un cobertizo especial y también recibía los cuidados de un veterinario experto. Los criados le hablaban con cariño y los músicos de palacio tocaban solo para ella. Pero nada servía para que el ave regalada por el sultán levantara el vuelo, así que el rey hizo venir a entrenadores de todos los rincones del mundo. «El águila está feliz y sana. Pero le falta otra más veterana que la enseñe», le dijo el primero. El rey trajo a la más vieja de todo el reino. El joven aguilucho la miraba elevarse desde la rama, muy contento y quieto, hasta que la mayor se cansó de volar para él y desapareció. El segundo entrenador dijo: «Yo le enseñaré a volar». Para ello se subió al árbol y se lanzó atado a unas cuerdas. Una vez, dos y tres. Una mañana, las cuerdas fallaron y se estrelló contra el suelo, rompiéndose los dos brazos y una pierna. El águila ni se movió. Siguieron viniendo instructores de todos los rincones de la Tierra, porque el rey pagaba muy bien. Ninguno conseguía que el águila volara. El rey perdió sus esperanzas y mucho dinero.

—Tendré que matarla—le dijo una mañana a su joven criado—. ¡Es un mal ejemplo para todas mis aves!

El criado, que le había cogido cariño al pájaro, le pidió una última oportunidad. El rey se la dio, convencido de que no lo conseguiría. Como era un buen criado que trabajaba mucho, quería que estuviera contento. Al mediodía, el rey fue llamado al jardín. ¡Casi se le cayeron los ojos del asombro! No podía creer lo que veía… Su águila era ahora la reina del cielo. Volaba entre las nubes y sus alas casi tocaban el sol.

—¿Cómo lo has hecho? ¡Si todos los expertos fracasaron!

—Fue fácil, majestad… —contestó sonriendo—. Corté la rama.

Desde entonces, el águila vuela tan alto que, según cuenta los sabios, puede verse desde los reinos lejanos. 

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Álex Rovira Celma, Francesc Miralles

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