Alonso de Ojeda -El Cibao-

publicado en: Conquistadores, El Encuentro, La nueva higuera | 0
El cronista, Bartolomé de Las Casas, le recuerda en su «Historia de las Indias»: 
«era pequeño de estatura y bien 
proporcionado, de espíritu inquieto y de carácter altivo y enérgico». 
Alonso de Ojeda -El Cibao-
Alonso de Ojeda —Ferrer Dalmau—

 

Alonso de Ojeda nació en Torrejoncillo del Rey, en la provincia de Cuenca, entre 1466 y 1470. Era primo carnal del inquisidor Alonso de Ojeda, fraile dominico, quien se convirtió en su protector. Gracias a él, entró al servicio del Duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda, nieto de Alfonso X, con el que tomó parte en las guerras de Málaga y Granada, donde se convirtió en una figura señera.

Se le recuerda como un hombre de baja estatura, buen espadachín y de sorprendente agilidad que siempre conseguía hacerse notar; al parecer hizo temblar a la misma reina Isabel haciendo equilibrios sobre la torre de la giralda de Sevilla.

Su valor le llevaba a ocupar los puestos de mayor peligro en las batallas y a saberse defender solo, incluso escapándose el último con gran ligereza; de esa manera varias veces en su vida conseguiría salvarse de la muerte. 

Gracias a su amistad con Juan Rodríguez de Fonseca, Ojeda consiguió 
embarcarse en el segundo viaje de Colón en 1493. En ese viaje, iba como
hombre de confianza de su protector, para quien debería 
informar de forma confidencial sobre el curso de la expedición. 
Al parecer, el obispo le regaló una imagen de la Virgen María 
para que le protegiera y de la que nunca se separaba.  

 

Una vez que la enorme armada de 17 barcos que componían el segundo viaje colombino llegó a la isla de La Española, Colón le puso al frente de un grupo de hombres encargados de buscar a unos expedicionarios desaparecidos en el interior de la isla. Así supieron que existía una región de belleza incomparable, que guardaba en su interior minas de oro, pues encontraron pequeñas partículas en el fondo de los ríos y torrentes, así como en las arenas de la montaña. Todo hacía suponer que, enterrado bajo la tierra, debía haber grandes vetas del precioso mineral, pero no pudieron comprobarlo.

La naciente ciudad de la Isabela empezaba a parecer una realidad cuando 12 de las naves que habían arribado a La Española volvieron a la península con Antonio de Torres a la cabeza. Colón, con las noticias recibidas de Ojeda y sus hombres, envió un largo memorial a los reyes católicos; estaba lleno de promesas sobre los grandes tesoros que se escondían en la isla que se proponía poner a disposición de los monarcas. Para empezar a recibir los beneficios esperados, Colón dispuso un pequeño ejército de españoles y de indios que, a mediados de marzo, partía desde la recién creada ciudad de la Isabela, a la búsqueda de esa fantástica región montañosa, conocida como el Cibao. Su objetivo era construir una fortaleza en las montañas y un emplazamiento que permitiera la explotación de las minas.

Para transitar por los angostos caminos tuvieron que ensanchar la estrecha vereda que ascendía por la montaña, construyendo el primer camino del Nuevo Mundo, al que llamarían Puerto de los Hidalgos, puesto que fueron los hidalgos quienes allanaron y fijaron la ruta. Una vez ganado el puerto, frente a ellos apareció una inmensa llanura de la que ya le hablara Alonso de Ojeda y que Colón llamó la Vega Real

 

Al fin, habían llegado a las montañas del Cibao. Estaban a dieciocho leguas de la Isabela. En este punto, el almirante ordenó construir un fuerte, al que llamó Fuerte de Santo Tomás, como apoyo para la explotación de las minas y punto de partida de las nuevas expediciones hacia el interior de la isla. 

Pronto los indios, que deseaban conservar su independencia y sus posesiones, se sublevaron contra 
los invasores. Al frente de la sublevación estaba el gran cacique Caonabo, hombre fiero y peligroso, 
al que tuvo que enfrentarse Ojeda y al que consiguió doblegar colocándole unos grilletes mediante 
una imaginativa estratagema: se los presentó como un regalo de los reyes castellanos, haciéndole creer 
que se trataba de símbolos de grandeza y poder; de esta manera, consiguió que él mismo se los pusiera, 
apresándole de este modo. Así, sobre un caballo, lo llevó a la Isabela, donde fue retenido en la prisión 
hasta que se le pudo enviar a la península para que fuera juzgado según su alto rango. 
Pero el cacique nunca pudo llegar a su destino porque la nave en que viajaba naufragó en el océano.
Alonso de Ojeda -El Cibao-
Portada de la Década Primera de la Historia general de las Indias Occidentales de Antonio de Herrera —Biblioteca de la Universidad de Sevilla—

 

Una vez vencido Caonabo, sus aliados continuaron la lucha formando una coalición que se rebelaría contra los nuevos habitantes. Alonso de Ojeda tuvo que combatir de nuevo contra ellos al lado de Colón y de su aliado y fiel cacique, Guacanagarix. Con una última batalla en la Vega Real, los rebeldes fueron reducidos.

Una vez la isla estuvo pacificada, Alonso de Ojeda regresó a la Península para informar a su benefactor, Juan Rodríguez de Fonseca.

 

Pocos años después, Alonso de Ojeda se embarcó, junto a Juan de la Cosa y Américo Vespucio, en el 
primero de los que serían llamados «los Viajes Menores» o «Viajes andaluces».

Otras entradas de Alonso de Ojeda:

2.- Alonso de Ojeda -Empiezan los Viajes Menores-

3.- Alonso de Ojeda -Primeros asentamientos en Tierra Firme-

4.- Alonso de Ojeda -Capturado por los Piratas-

5.- La India Guaricha de Coquivacoa


Fuentes: Alonso de Ojeda y su esposa Isabel. Algunos datos biográficos -Fernando Campo Del Pozo (agustino)

RAH: Alonso de Ojeda

 

 

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