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Herman Melville

Sus inicios como maestro rural debieron parecerle a Herman Melville una enorme contradicción con su propia naturaleza, ya que muy pronto lo cambiaría por la navegación en los mares del sur para unirse a los marineros, a los pescadores; mezclarse con caníbales, amotinarse codo a codo entre los balleneros, atrapado en definitiva por la aventura de una vida salvaje de la que seguramente nunca más podría prescindir ni mucho menos encerrado en el despacho de burócrata en donde transcurrieron sus últimos años.
Herman Melville

Existen algunos momentos y ocasiones extrañas en este complejo y difícil asunto que llamamos vida, en que el hombre toma el universo entero por una broma pesada, aunque no pueda ver en ella gracia alguna y esté totalmente persuadido de que la broma corre a expensas suyas.
Herman Melville

Bartleby, el escribiente

En este relato, publicado en el año1853, se nos presenta como narrador un abogado que trabaja en su oficina de Wall Street, en Nueva York, con tres característicos empleados. Estos son Turkey; buen trabajador pero que, por las tardes, entre copiosas comidas y manchones de tinta no está de muy buen humor; Nippers, al contrario que su compañero, siempre de buen humor y educado por la tarde, pero irritado y enfadado por la mañana y Ginger Nut; un niño de doce años que se ocupa de los recados y de traer bizcochos y manzanas. Por si la particularidad de sus empleados no bastase para completar el equipo del abogado, quien empezaba a tener tanto trabajo que necesitaba manos nuevas, que de pronto aparece Bartleby, y al ver a este muchacho tan tranquilo y educado, no dudó en contratarlo de inmediato.

Todavía puedo ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada! Era Bartleby. (Melville, 1853).

Bartleby el escribiente
Ilustración de Helena Braojos

Cuando el abogado nos empieza a hablar sobre Bartleby, no sospechamos nada más allá de que es un trabajador eficiente aunque distante y ensimismado. Todo empieza cuando, letra tras letra, leemos: «preferiría no hacerlo». En un ambiente laboral tan exigente y con un ritmo tan continuo como el de Wall Street, aunque fuese a mediados del siglo XIX, no nos puede dejar de sorprender esta respuesta tan audaz a una petición tan sencilla, aunque también tediosa, como que les ayude a comprobar que los textos copiados están correctos. A partir de ese momento, yo, por lo menos, no podía dejar de preguntarme por qué, ¿por qué este tal Bartleby, aparentemente tan diligente, de repente «prefiere» no hacer esa tarea? ¿Por qué se niega? ¿Por qué desafía a su autoridad más inmediata? Creo que a mí misma me dejó tan sorprendida como al propio abogado, pero, al mismo tiempo, sentí admiración. La cadena de la eficacia y la producción se rompe. Lo hace de una manera tan educada, tan sencilla, tan sincera y honesta que, aunque el abogado se lo tenga que preguntar varias veces porque ni se cree lo que acaba de escuchar, esa impertinente frase se convertirá a partir de entonces en un mantra que el mismo abogado acabará por aceptar.

El mundo fuera de Bartleby se presenta como el mundo razonable, el único que tiene sentido, ese al que estamos acostumbrados, pero a él ni si quiera le apetece ser razonable, pero al mismo tiempo, parece una persona que hace las cosas de una manera tan consciente, tan serena, tan clara, que también debe tener razón en algo, o en todo. Pero aun en sus últimos momentos (no voy a decir cuáles son esas circunstancias), él sabe en qué lugar del mundo se encuentra, es él el que no duda, el que conoce su razón y nos deja a los demás a la deriva.

No fui yo quien lo traje aquí, Bartleby le dije profundamente dolido por la sospecha que estaba implícita en sus palabras. Para usted este debe ser un lugar vil. No ha cometido nada reprochable para estar aquí. Y vea, no es un lugar tan triste como uno podría pensar. Observe, allá está el cielo y aquí están los pastos.

Sé dónde estoy contestó, pero no hubiera dicho nada más y así lo dejé. (Melville, 1853).

Aquí encontrarás una clásica edición del cuento de Bartleby de la Editorial Austral

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1 comentario en “Herman Melville”

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