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Sabios cuentistas

La China de Richard Wilhelm

 

La China de Richard Wilhem
Archivo LHM

China es la tierra del misterio. Ahondar en su cultura es un ejercicio que puede dar vértigo, pues toda su inmensa sabiduría se pierde en la noche de los tiempos y es inabarcable.

Enamorado de China, Richard Wilhem fue  un pastor protestante alemán que sin duda se dio cuenta de la profundidad de la civilización que tenía ante sí y quiso recogerla para que el mundo supiera…

A él le cabe el honor de ser el primer intérprete y traductor a una lengua europea del I Ching, El libro de las mutaciones, poniendo en nuestras manos a un hermano que todo lo sabe, que vive en cada uno de nosotros y que nadie debería dejar de conocer.


Solo entrar en contacto con lo que significa ese libro puede dar una idea de hasta donde ha podido llegar el pueblo chino en su búsqueda de la esencia del ser humano, mirando hacia dentro de sí mismo. Ese es el lugar en donde ellos han ido construyendo, siglo tras siglo, las enormes catedrales a la espiritualidad oriental.

 

Pero también tuvo el acierto de ocuparse de los cuentos más tradicionales, puso todo su interés en buscar en las auténticas raíces del pueblo chino y fue agrupando los cuentos en siete diferentes temas que abarcan cada uno de los matices de un imaginario colectivo lleno de magia y de fuerza: desde las leyendas de los dioses o los cuentos sobre la naturaleza y el espíritu de los animales,  hasta los más exquisitos relatos sobre hadas y fantasmas.

Esa colección de cuentos han sido recogidos en varios volúmenes por la editorial ELA

Cuentos mágicos chinos

Si quieres seguir leyendo sobre la historia del cuento pulsa Aquí.

E. M. Forster, La vida futura

Una habitación con vistas es una película que he visto muchas veces, son de esas películas en las que me gusta introducirme a fondo, pasearme entre sus diálogos y quedarme absorta entre sus escenas. Por ese motivo, no hace mucho que decidí ver otra película «del estilo», y vi Regreso a Howards End. Pese a ciertos momentos de la película que no mencionaré, me pareció igual de encantadora. No hizo falta investigar mucho para saber que detrás de esas historias estaba el escritor inglés Edward Morgan Forster, más conocido como E. M. Forster, simplemente. Y así fue como llegué a saber de la existencia de La vida futura, el primer libro que me leo de este autor, y puedo asegurar que no será el último

E.M. Foster. La vida futura
Ilustración de Helena Braojos

La vida futura es un compendio de relatos que fue publicado en 1972 de manera póstuma, hecho así a petición del propio autor debido a la temática de los cuentos. Fueron escritos en épocas diferentes; algunos son de principios de siglo y otros fueron escritos años más adelante. Todas las historias giran en torno al tema de la homosexualidad. Mirados de manera superficial nos podríamos quedar solo con que son historias de hombres que satisfacen sus deseos, y pensar que son solo fantasías homoeróticas que escribió para desahogarse, pero si nos deslizamos un poco más entre sus personajes y sus exquisitas descripciones vemos que también salen a la luz otras de sus grandes preocupaciones como el contacto con la naturaleza, la hipocresía, le religión y sus interpretaciones, etc.

Sí es verdad que no todos los relatos tienen un argumento con un fondo tan profundo, algunos son historias más amenas o simplemente divertidas como «El obelisco» o «El pabellón clásico». Pero sí en todas podemos ver que la historia de amor o deseo tiene lugar entre dos hombres de diferente clase social o de diferente raza, lo cual hace que esos encuentros prohibidos los sean aún más dentro de esa fantasía erótica, y al mismo tiempo hace evidente que el amor y el deseo no saben diferenciar entre clases o colores de piel.

Ya con la primera historia me cautivó con la descripción que hace cuando caen sin remedio los libros del protagonista, los cuales van hacia una muerte segura en el río que hay bajo del precipicio.

A mitad de camino, la caja chocó con una roca, se abrió como un nenúfar y derramó su fragancia sobre el fondo. (…) Uno o dos de los más pequeños se mantuvieron tímidamente unos instantes sobre las ramas, hasta que también ellos se deslizaron y desaparecieron…

              Forster, E. M. (2009) La vida futura. Madrid: Alianza Editorial (p.40)

Pero creo que uno de mis favoritos definitivamente es el que se titula «¿Qué más da? Un cuento moral». Al principio parecía una historia sin más sobre los deslices amorosos del presidente de un país ficticio, pero el desenlace de esta historia me dejó de muy buen humor. Los personajes no solo disfrutan de su aventura sino que también saben salir airosos y despreocupados de lo que iba a ser una trampa para acabar con la carrera del presidente. Cuando todo parecía ir en su contra (gracias al uso de los nuevos avances tecnológicos, otro de los temas que le preocupaban a Forster) contraatacan con el arma más eficaz: la indiferencia. Porque al fin y al cabo, ¿qué más da?

¿Qué más da? Es una manera de ver las cosas, claro dijo madame Rodoconuco, contemplándose las uñas.

Es la única manera decidió el presidente. La única forma de tener una sociedad estable. Pero no se le ha ocurrido a ningún gobierno, y nosotros lo hemos aprendido demasiado tarde. 

              (Forster, 2009, p. 228)

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Hans Christian Andersen -El abeto-

El abeto cuento de navidad
Autorretrato de Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen es el danés  más universal. Nació a principios del siglo XIX en Odense y seguramente muy pocos saben que era de ese tranquilo país que hoy es Dinamarca. Tal vez se deba a que no tiene demasiada importancia cuál sea su origen o su nacionalidad, sencillamente es alguien con quien crecimos, lloramos, reímos, suspiramos o soñamos cuando éramos niños, pero también mucho tiempo después nos hemos visto reflejados en cada uno de los personajes que mágicamente surgieron de sus cuentos.
Para él la vida misma era un cuento de hadas maravilloso que no quería dejar de vivir, tal vez por eso cada noche dejaba junto a su cama un cartel en el que escribía: «no estoy muerto» y veía el día de su entierro como un alegre paseo para lo que dejó instrucciones precisas con respecto a la música que debía acompañarle:

La mayoría de las personas que caminarán detrás de mí serán niños, así que haga el ritmo con pasos pequeños.

El abeto cuento de navidadEl abeto

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto solo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.

Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.

«¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? ‒suspiraba el arbolillo‒. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros».

El abeto cuento de navidad
 Freepik

Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo. Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.

En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.

¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?

En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:

‒¿No saben adónde los llevaron? ¿No los han visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

‒Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

‒¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?

‒¡Sería muy largo de contar! ‒exclamó la cigüeña, y se alejó.

‒Alégrate de ser joven ‒decían los rayos del sol‒; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.

Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos ‒y eran siempre los más hermosos‒ conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.

«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto‒. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».

‒¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! ‒piaron los gorriones‒. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas moradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.

‒¿Y después? ‒preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas‒. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?

‒Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.

‒¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? ‒exclamó gozoso el abeto‒. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.

‒¡Gózate con nosotros! ‒le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.

Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: ‒¡Hermoso árbol!‒. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:

‒¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.

Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?

Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes ‒nunca había visto el árbol cosa semejante‒ flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.

‒Esta noche ‒decían todos‒, esta noche sí que brillará.

«¡Oh! ‒pensaba el árbol‒, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».

Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!

‒¡Dios nos ampare! ‒exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.

«¿Qué hacen? ‒pensaba el abeto‒. ¿Qué ocurrirá ahora?».

Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.

Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.

‒¡Un cuento, un cuento! ‒ gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.

El hombre se sentó debajo de la copa.

‒Pues así estamos en el bosque ‒dijo‒, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.

‒¡Ivede-Avede! ‒pidieron unos, mientras los otros gritaban‒: ¡Klumpe-Dumpe!

¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.

El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando:

‒¡Otro, otro!

Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual.

«Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» ‒pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable‒. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.

«Mañana no voy a temblar ‒pensó‒. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de Klumpe-Dumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.

Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.

«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.

«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol‒. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?

«Ahora es invierno allá fuera ‒pensó‒. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».

«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.

‒¡Hace un frío de espanto! ‒dijeron‒. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

‒¡Yo no soy viejo! ‒protestó el árbol‒. Hay otros que son mucho más viejos que yo.

‒¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? ‒preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos‒. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?

‒No lo conozco ‒respondió el árbol‒; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros ‒. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: ‒ ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

‒¿Yo? ‒replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles‒. Sí; en el fondo, aquellos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.

‒¡Oh! ‒repitieron los ratones‒, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!

‒¡Digo que no soy viejo! ‒repitió el árbol‒. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, solo que he dado un gran estirón.

‒¡Y qué bien sabes contar! ‒prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquellos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.

‒¿Quién es Klumpe-Dumpe? ‒preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a estas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.

‒¿Y no sabe usted más que un cuento? ‒inquirieron las ratas.

‒Sólo sé este ‒respondió el árbol‒. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.

‒Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?

‒No ‒confesó el árbol.

‒Entonces, muchas gracias ‒replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.

Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».

Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.

«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.

«¡Ahora a vivir!», pensó este alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.

‒¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! ‒exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas. El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.

«¡Todo pasó, todo pasó! ‒dijo el pobre abeto‒. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol en pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

Fuente: Wikisource 
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Rafael Pombo

El inolvidable cuentista de los niños colombianos

Madre voy a seguirte… ve tú delante que dándome el ejemplo, lo haré al instante.

El escritor y poeta Rafael Pombo, más conocido como uno de los máximos representantes del romanticismo en Colombia, es el encargado de llevarnos a un mundo mágico con sus cuentos, fábulas y poemas llenos de humor y musicalidad.

El gran creador de la literatura infantil fue traductor y diplomático colombiano, fundador de uno o más periódicos en Colombia como El Centro y El Cartucho. También fue gran colaborador de La Siesta, El Día, La América, La Nueva Era y Las Crónicas, El Filotémico, El Heraldo, El Obrero y La Escuela Normal. Además fue nombrado como miembro de la Academia de la Lengua, miembro honorario de la Academia de Historia y fue promotor del instituto de Bellas Artes en Colombia.

Sus obras son tradicionales y se transmiten de generación en generación, en las que se destaca una pequeña enseñanza sobre la vida. Son historias que han quedado para siempre en la memoria de adultos y niños .

Cuando pienso en los cuentos de Rafael Pombo me transporto a un mundo mágico, me imagino un lugar tradicional, un bello pueblo de la sabana de Bogotá, lleno de árboles  y aves, un sendero de grandes riachuelos, un lugar de fiesta en el cual hay francachela y comilona. La verdad es que me imagino saltando como rin rin renacuajo, encontrándome con la pobre viejecita, Juan Matachín, Simón el bobito, el gato bandido y Mirringa Mirronga.

Aún hoy en día sus cuentos no pasan de moda, pero estos no se publicaron durante su vida debido a que el autor no deseaba hacerlos públicos, pero, finalmente, a petición de sus seguidores autorizaron la publicación de muchas de sus obras para que fueran conocidas. Para los colombianos es el «poeta de los niños», Pombo ha dejado un legado a los más pequeños, a través de sus rimas les enseña valores y formas de enfrentarse a la vida. 

En el 2019, uno de los más reconocidos cantantes colombianos, Carlos Vives, hizo una recopilación con otros artistas para interpretar y homenajear al autor y sus imperecederos cuentos, por  lo cual ganó el Grammy Latino por mejor álbum de música para niños.

Pombo
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Mirringa Mirronga 

Mirringa Mirronga, la gata candonga
va a dar un convite jugando escondite,
y quiere que todos los gatos y gatas
no almuercen ratones ni cenen con ratas.
«A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
y vamos poniendo las cartas primero.
Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
«Ahora veamos qué tal la alacena.
Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
¡Qué amable señora la dueña de casa!
«Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
Id volando al cuarto de mamá Fogón
por ocho escudillas y cuatro bandejas
que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
«Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
traed la canasta y el dindirindín,
¡y zape, al mercado! que faltan lechugas
y nabos y coles y arroz y tortuga.
«Decid a mi amita que tengo visita,
que no venga a verme, no sea que se enferme
que mañana mismo devuelvo sus platos,
que agradezco mucho y están muy baratos.
«¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!»:
Llegaron en coche ya entrada la noche
señores y damas, con muchas zalemas,
en grande uniforme, de cola y de guante,
con cuellos muy tiesos y frac elegante.
Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
en una cabriola se mordió la cola,
mas olió el tocino y dijo «¡Miaao!
¡Este es un banquete de pipiripao!»
Con muy buenos modos sentáronse todos,
tomaron la sopa y alzaron la copa;
el pescado frito estaba exquisito
y el pavo sin hueso era un embeleso.
De todo les brinda Mirringa Mirronga:
«¿Le sirvo pechuga?» «Como usted disponga,
y yo a usted pescado, que está delicado».
«Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
«Repita sin miedo». Y él dice: «Concedo».
Mas ¡ay! que una espina se le atasca indina,
y Ñoña la hermosa que es habilidosa
metiéndole el fuelle le dice: «¡Resuelle!»
Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
y pasó al instante la espina del diantre,
sirvieron los postres y luego el café,
y empezó la danza bailando un minué.
Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
y Tompo que estaba con máxima turca,
enreda en las uñas el traje de Ñoña
y ambos van al suelo y ella se desmoña.
Maullaron de risa todos los danzantes
y siguió el jaleo más alegre que antes,
y gritó Mirringa: «¡Ya cerré la puerta!
¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!»
Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia
y armó un gatuperio un poquito serio
dándoles chorizo de tío Pegadizo
para que hagan cenas con tortas ajenas.

Fuente: Wikisource

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Ray Bradbury

Palabras brillantes que nos hablan de futuros oscuros

Si no recuerdo mal, Ray Bradbury fue el primer autor que hizo que me interesase por la ciencia ficción. De manera inesperada llegó a mis manos Crónicas marcianas hace unos cuantos años, me lo regalaron y, desde entonces, esta colección de relatos tan bien hilvanada está situada entre las historias que más me impresionaron, entre los libros que siempre recomiendo, entre los relatos que da gusto leerlos solo por lo agradable que es navegar entre sus palabras perfectamente estructuradas.

Ray Bradbury
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Cuando nos adentramos en las historias y personajes de Ray Bradbury, no estamos solo metiendo el pie en narraciones de naves espaciales y alienígenas, sino que estamos observándonos a nosotros mismos en un espejo, un espejo que bien puede estar en Marte, o dentro de un cohete, o formando parte de algún artefacto tan típico del futuro. Sus historias nos muestran mundos íntimos, nos muestran los sentimientos, las emociones, los pensamientos que se suceden dentro de la cabeza de los personajes. Porque los viajes al espacio o las invasiones a Marte no son nada, lo importante no sucede en el exterior, sino en el interior, ¿qué es lo que mueve a los humanos a escapar de la Tierra? ¿Qué consecuencias puede tener una casa que te lo hace todo? ¿Qué es lo que se te pasa por la cabeza cuando vagas por el espacio sabiendo que la muerte es lo próximo?

Lo último que he leído de este autor ha sido El hombre ilustrado, otra colección de cuentos no tan famosa como la anterior, pero en la que Bradbury está presente en cada espacio y en cada palabra. Es una colección de relatos que, al contrario que Crónicas marcianas, no sigue un hilo argumentativo y temporal, sino que son relatos independientes. Hay historias que nos sitúan en la misma Tierra, donde también hay máquinas y robots que nos superan, y nos sustituyen; en el espacio, donde no solo nuestro cuerpo, sino también nuestra mente es capaz de viajar allá donde nadie ha estado; en Marte, escenario de cualquier historia de ciencia ficción que se precie, pero siempre desde la perspectiva tan particular de Ray Bradbury; e incluso en algún que otro planeta lejano.

Dejo aquí un pequeño fragmento que corresponde al cuento «Una noche o una mañana cualquiera» perteneciente a El hombre ilustrado. Aquí la protagonista es la locura, la desesperación, lo pesado que puede ser la aparente infinitud eterna del espacio exterior, o por lo menos así lo veo yo. A Hitchcock, el personaje a quien ha impregnado la locura, deja de creer que lo que ha estado delante de sus ojos, pero ya no lo está, no puede ser real, le embarga continuamente una incertidumbre sobre todo lo que le rodea, ya que tiene miedo de que cuando se dé la vuelta ya no exista. Solo es capaz de confiar en aquello que está físicamente ante él, pero llegará un momento en que que ya ni siquiera eso será suficiente. 

Ray Bradbury
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—Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos.

—Estas son las reglas del juego.

Bradbury, Ray (2010), El hombre ilustrado. Minotauro. (Página 153)

Si quieres leer algo de Ray Bradbury puedes encontrar El hombre ilustrado aquí. Por otra parte, si ya conoces al autor y has leído alguna obra suya te recomiendo este otro libro: Ray Bradbury, humanista del futuro de José Luis Garci.

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Los míticos celtas

los míticos celtaEl emperador romano, Julio César, escribía que, en las batallas, sentía más miedo por el poder de los druidas  que por los soldados celtas que combatían contra sus legiones.

Y es que los celtas sabían que todo cuanto habita la tierra está al servicio del ser más perfecto de la creación: el hombre. Ellos supieron conjurar como nadie a todos los seres y a todas  la fuerzas ocultas que viven en los bosques, bajo el agua o entre las piedras, a esas fuerzas que  se agitan con el viento o rugen con las  tormentas y concentrarlas en sí mismos, convirtiéndose en el elemento catalizador capaz de obrar milagros…

 

Ellos son  el pueblo de los espíritus.

 

Que el sendero te enseñe el mejor camino,

Que el viento sople siempre a tu espalda,

Que el sol siempre ilumine tu rostro,

Que la lluvia fertilice tu campo,

Y hasta que nos encontremos de nuevo,

Que la diosa  te guarde 

en la palma de su mano.

Bendición celta

Su mundo literario, a través de la transmisión oral, ha llegado hasta nosotros plagado de magos, duendes, gnomos, hadas y seres mágicos que conocemos gracias a que países como Irlanda o Escocia, al permanecer fuera del alcance del Imperio Romano, emboscados tras las murallas de piedra o en la espesura de sus bosques, pudieron conservarlo como propio, y así lo han mantenido.

 

Los Míticos Celta
LHM

 

 

El vuelo de los cisnes

Conhall era el rey de los fiana, una tribu de guerreros muy valientes que tenían que pasar unas duras pruebas para ser aceptados en esa tribu.

Conhall conoció a una bella mujer y se quedó locamente enamorado, hasta el punto de que se quería casar con ella, así que se vistió con sus mejores ropas para ir a pedir su mano. Cuando llegó a la casa del padre de la bella mujer, Tagd, el padre de Muirné, le dijo que no porque Conhall no tenía unos ancestros prestigiosos, así que decidió raptar a Muirné, ella no se opuso y los dos se fueron. Tagd se enojó mucho y le fue a avisar al alto-rey que se llamaba Conn, Conn envió a su mejor capitán que se llamaba Aed para que fuera a recuperar Muirné, como Conhll no le quiso entregar a Muirné, se desató una batalla terrible, en la que Aed perdió su ojo y Cohall murió.

Después de poco tiempo Muiré dio a luz un pequeño niño que le puso de nombre Denmé, pero Aed quería matarle para vengar la pérdida de su ojo, ella le envió donde su nodriza que se llamaba Bodhmal, que le cuidó hasta que Demné se hizo un joven y después le mandó donde el herrero Luachair para que él le enseñase a manejar las armas, y así lo hizo  Luachair quien le enseñó todo lo que sabía y le dijo que se fuera donde el druida Fingol porque él iba a hacer que perfeccionara lo que ya sabía.

Cuando Denmé iba a la casa de Fingol encontró a un anciano en un río, el anciano estaba pescando pero Demné le preguntó por Fingol y el anciano le dijo que callara, pero Denmé le preguntó por Fingol otra vez y el anciano dijo que casi había atrapado al pez Fintan que era el salmón del conocimiento. Después el anciano le preguntó porqué buscaba a Fingol y Demné le dijo que para que le instruyera en el arte de los druidas, el anciano le dijo que él era Fingol y que le iba a enseñar lo que sabía.

Un día Fingol llegó muy feliz porque había logrado capturar al salmón, y le pidió a Demné que lo cocinara mientras el se purificara, pero le dijo que no lo tocará, pero al salmón se le hizo una ampolla que se reventó y salió un aceite que quemó a Demné. Demné instintivamente se chupó el dedo, Fingol vio eso y le dijo que había sido elegido por el salmón y que había obtenido todos los conocimientos que el salmón tenía, así que ya no le podía enseñar más porque sabía más que él, pero tenía que cambiar su nombre y que a partir de entonces se llamaría Finn.

Finn fue donde los fiana, ahí se encontró con su tío que le dio una lanza, que estaba tapada en la punta y una piel y le acompañaron donde Conn.

Finn le pidió a Conn que le dejara hacer la guardia porque Aillen, como todos los años cuando se acerca el Semain, destruía todos los campos de la gente de Tara, porque le hacían dormir con la canción de la tierra, así que Conn le dejo ser el guardia.

Finn no se quedó dormido porque cuando destapó la punta de la lanza le dio un dolor de barriga y ya no pudo conciliar el sueño, así que Aillen al ver esto desapareció. Cuando la gente se despertó vió que nada se había destruido y Conn le dijo a Finn que le daría cualquier cosa que él le pidiera y Finn le pidió a Conn que le devolviera la fortaleza de Allen que estaba en posesión de Aed, y  Aed accedió a devolvérsela. Finn le pidió también perdón para los fiana  y la  corona del reino que también le fue devuelta y así los fiana recuperaron su fama.

Fuente: Monografias

 

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Geoffrey Chaucer y Los cuentos de Canterbury

Inglaterra es un país que tiene la sabia costumbre de admirar y rendir homenaje a sus insignes artistas.

El Rincón de los Poetas,

en la Abadía de Westminster,

se inauguró con Geoffrey Chaucer, autor de Los cuentos de Canterbury, en 1556.

Esta colección de cuentos fue lo último que escribió el autor y es, a su vez, una de las obras más aclamadas por la crítica, llegando a entrar en el canon de la literatura inglesa. 

Fue escrita a finales del siglo XIV y se trata de una colección de cuentos que usa como pretexto literario el peregrinaje que hacen los treinta y tres personajes hacia Canterbury, y el respectivo viaje de vuelta. Con este variopinto grupo de peregrinos, Chaucer nos presenta de una manera crítica y caricaturesca a la sociedad inglesa de la época. En el mismo «Prólogo general», el narrador, aparte de presentarnos a todos los peregrinos, nos dice que que debe disculparse de antemano si encontramos vulgar el lenguaje usado al relatar los cuentos, pero que es totalmente necesario si quiere ser fiel a lo que relatan los peregrinos.

Aunque nadie antes haya usado como marco un peregrinaje, sí estaba muy extendida en la época la tradición cuentística; recordemos El Conde Lucanor, El Libro del buen amor o El Decamerón, grandes obras que marcaron también la literatura de su tiempo.

Respecto al lenguaje utilizado en los cuentos, es importante señalar que está escrita en inglés medio en el original, lo cual es significativo ya que hasta entonces la mayoría de las obras estaban escritas en francés, en italiano o en latín. No era la primera obra de aquella época en ser escrita en inglés, pero debido a su repercusión contribuyó en gran manera a popularizar el inglés vernáculo en toda Inglaterra.

Geofry Chaucer
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Pues bien, imaginemos que queremos irnos de peregrinación; imaginemos que el lugar sagrado más cercano que tenemos es Santiago de Compostela y decidimos aventurarnos. Iniciado el peregrinaje, nos encontramos ya con varios personajes de variado origen y todos juntos nos ponemos en marcha hacia nuestro destino. Es una peregrinación, así que ya incluso antes de salir habíamos decidido hacer el menor uso posible de nuestros aparatos móviles en el siglo XIV, ni planteárnoslo‒ y así disfrutar más de la experiencia.

Esto mismo es lo que sucede en Los cuentos de Canterbury, nuestro variopinto grupo llega a una taberna en la que el anfitrión les propone como entretenimiento para el camino que cada uno cuente cuatro relatos, dos a la ida y dos a la vuelta, y el ganador podrá disfrutar de una gran comida a costa de los demás. Así que si a alguien le sucede que, efectivamente, va a peregrinar a Santiago de Compostela, o a Canterbury, puede ir creando un repertorio para no perder y tener que invitar a la cena.

Si quieres ir tomando ejemplo de estos peregrinos e ir creando tu propio repertorio,  ingresa aquí a la edición de Cátedra, ediciones siempre muy cuidadas y completas:

Geofrey Chaucer

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El conde Lucanor de Don Juan Manuel

Un hombre de vida inagotable

“Cuanto más alto suba aquel a quien ayudéis, menos apoyo os dará cuando lo necesitéis”.

A Don Juan Manuel le cabe el honor de ser

el primer escritor español en lengua castellana.
Nació en un mundo que explotaba a la cultura humanista como forma de vida. Nieto de Fernando III el Santo —creador de la Escuela de Traductores de Toledo—,  y sobrino de Alfonso X el Sabio, quien la impulsó de manera extraordinaria, estuvo imbuido de esa inquietud cultural que  tan profundos y buenos frutos dio para la aguerrida España de la Reconquista en todos los órdenes de la vida social.

Cargado de títulos y nobles obligaciones, en su juventud y madurez fue un incansable guerrero. A los doce años ya luchaba contra los

Don Juan Manuel
León heráldico del señorío de Villena

moros, pero más tarde tendría otras muchas ocasiones de enfrentarse a ellos y también de contender y disputar sus derechos y pretensiones con sus congéneres cristianos por cuestiones  dinásticas  o políticas.

Siempre estuvo interesado en la literatura, a pesar de que en aquella época se consideraba una labor impropia de un noble caballero, y fue en los últimos años de su vida cuando se dedicó por entero a su vocación literaria.
Su obra más afamada fue El Conde Lucanor. En los  51 cuentos que la componen, Patronio, amparándose en moralejas y fábulas, incluidas en cuentos de otras culturas, va aleccionando sobre la  manera de vivir a  toda una  pléyade de personajes que componen el orden social de la época.

En este corto relato, uno de los entonces llamados exemplos, por su afán de ejemplarizar y enseñar, muestra, además del ingenio y la frescura con la que entró en nuestra  cultura escrita el cuento universal de la lechera, los balbuceos del que es, hoy en día, el intenso y extenso idioma castellano.

Don Juan Manuel
Archivo de la LHM

 

 

Exemplo VII –

De lo que contesçió a una muger quel’ dizién doña Truhana

 

Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio en esta guisa:

-Patronio, un omne me dixo una razón et amostróme la manera cómo podría seer. Et bien vos digo que tantas maneras de aprovechamiento ha en ella que, si Dios quiere que se faga assí como me él dixo, que sería mucho mi pro; ca tantas cosas son que nasçen las unas de las otras, que al cabo es muy grant fecho además.

Et contó a Patronio la manera cómo podría seer. Desque Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera:

-Señor conde Lucanor, siempre oí dezir que era buen seso atenerse omne a las cosas çiertas et non a las vanas fuzas, ca muchas vezes a los que se atienen a las fuzas, contésçeles lo que contesçió a doña Truana. Et el conde preguntó cómo fuera aquello.

-Señor conde -dixo Patronio-, una muger fue que avié nombre doña Truana et era asaz más pobre que rica, et un día iva al mercado et levava una olla de miel en la Cabeça.

Don Juan Manuel
Archivo LHM

Et yendo por el camino, començó a cuidar que vendría aquella olla de miel et que compraría una partida de huevos, et de aquellos huevos nazçirían gallinas et depués, de aquellos dineros que valdrían, conpraría ovejas, et assí fue comprando de las ganancias que faría, fasta que fallóse por más rica que ninguna de sus vezinas.

Et con aquella riqueza que ella cuidava que avía, asmó cómo casaría sus fijos et sus fijas, et cómo iría aguardada por la calle con yernos et con nueras, et cómo dizían por ella cómo fuera de buena ventura en llegar a tan grant riqueza, seyendo tan pobre como solía seer.

Et pensando en esto començó a reír con grand plazer que avía de la su buena andança, et, en riendo, dio con la mano en su fruente, et entonçes cayól’ la olla de la miel en tierra, et quebróse. Cuando vio la olla quebrada, començó a fazer muy grant duelo, toviendo que avía perdido todo lo que cuidava que avría si la olla non le quebrara. Et porque puso todo su pensamiento por fuza vana, non se fizo al cabo nada de lo que ella cuidava. Et vós, señor conde, si queredes que lo que vos dixieren et lo que vós cuidardes sea todo cosa çierta, cred et cuidat sienpre todas cosas tales que sean aguisadas et non fuzas dubdosas et vanas. Et si las quisierdes provar, guardatvos que non aventuredes nin pongades de lo vuestro cosa de que vos sintades por fiuza de la pro de lo que non sodes çierto.

Al conde plogo de lo que Patronio le dixo, et fízolo assí et fallóse ende bien.

Et porque don Johan se pagó deste exienplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

A las cosas çiertas vos comendat
et las fuizas vanas dexat.
 

Fuente: Wikisource

 

Si te interesa la historia del cuento visita en esta pagina Sabios Cuentistas

 

Agatha Christie

De Agatha Christie podemos aprender lo que significa realmente vivir y disfrutar de la vida, es decir, vivir con mayúsculas.

Agatha Christie
Autora Agatha Christie

Esta gran autora, que a veces es más conocida por los propios títulos de algunas de sus obras como Asesinato en el Orient Express o Muerte en el Nilo, y que creó a uno de los detectives más famosos de todos los tiempos, también fue autora de numerosos relatos, aparte de las múltiples novelas y otras tantas obras de teatro, por no hablar de las obras que escribió bajo el pseudónimo de Mary Westmacott con el cual podía aventurarse en otros argumentos y personajes fuera de lo que todo el mundo conocía de ella y esperaba impacientemente.

No solo en sus novelas repletas de intriga encontramos aventuras y personajes peculiares, sino que su propia vida es más que interesante. Ya desde pequeña era la curiosidad y el deseo de saber más cada día lo que la caracterizaba, ya que aprendió a leer sola relacionando los símbolos (letras) que ella veía en las páginas de los cuentos y relatos que le leían en voz alta.

Esta gran curiosidad por todo lo que le rodeaba le acompañó toda su vida y gracias a ella llegó a saber en cierta profundidad tanto de enfermería como de arqueología entre otras muchas cosas.

Su madre la envió a París a educarse de la mejor manera posible entonces, trabajó como enfermera durante la Gran Guerra, estudió para ser auxiliar de farmacia, pudo asistir a importantes descubrimientos arqueológicos en Irak, etc., y todo esto entre las dificultades que le fue poniendo la vida por delante, como la dolorosa muerte de su padre o un angustioso divorcio.

En definitiva, recomiendo personalmente leer sobre esta gran mujer de la que se puede aprender mucho más allá de sus novelas de Hércules Poirot. 

El enigmático señor Quin

Es una colección de relatos cuyos personajes principales son siempre los mismos (el señor Satterthwaite y Harley Quin), pero cada historia narra de manera independiente crímenes y misterios que deben resolver ambos personajes. Casi Arlequín y Colombina

El propio Harley Quin forma parte de ese halo de misterio, ya que siempre aparece en el momento oportuno cuando lo necesita el señor Satterthwaite, y que también desaparece mágicamente cuando el caso se resuelve. Este personaje tan característico está basado en la figura del Arlequín (Harley Quin), quien solo aparece y desaparece ante los enamorados ojos de Colombina

 

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Perrault

Higuera Mágica

Los cuentos que han salido de la pluma de este escritor los conoce todo el mundo, hay incluso numerosas adaptaciones cinematográficas de varios de ellos; muchos hemos crecido con las películas de Walt Disney. Yo diría que eso sería lo primero que nos vendrían a la cabeza leyendo los títulos de sus cuentos:

Piel de asno, Pulgarcito, Barba Azul, La Cenicienta, La bella durmiente, Caperucita Roja y El Gato con Botas.

Pero estas historias ya existían, Charles Perrault las trasladó al papel y las modificó para que encajasen con el gusto de la época. Sería romántico pensar que lo hizo para preservar los relatos que iban viajando de boca en boca, pero estudios realizados más tarde demostraron que lo hizo más bien porque era lo que gustaba entonces entre la aristocracia.

Lo más llamativo es que al final también caló entre las clases más bajas; se imprimieron multitudes de copias y ediciones, sus adaptaciones de los cuentos populares llegaron a todas partes, incluso modificaciones de sus cuentos. Quizá llegó a triunfar entre tan amplio público porque supo variar los cuentos en su justa medida para que fuesen del gusto de los intelectuales y la aristocracia, pero al mismo tiempo sin transformar demasiado la estructura de los cuentos, siendo así más reconocibles para el resto de lectores, que pudieron encontrar en ellos todos los elementos y personajes que ya conocían.

 

Piel de asno

Érase un rey, el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temían y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era tan cariñosa y encantadora y tantos atractivos tenía su ingenio, que si el rey era dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenían una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

La piel de Asno
Helena B.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecía la referencia, pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al desertar el asno.

Turbó la felicidad de los regios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fue agravando a pesar de haberse acudido a todos los auxilios de la ciencia y de haber llamado a todos a los médicos. Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:

—Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver a casarte…

—¡Jamás! ¡Jamás! —exclamó el rey sollozando.

—Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver a casarte a menos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única a quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco después la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperación de su esposo. El dolor trastornó algo su razón, y a los pocos meses dio en mandar comparecer a su presencia a todas las jóvenes de la corte, después a las de la ciudad y luego a las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podía compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto día declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, sería su esposa. Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que querían engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita, al saber lo que ocurría, fuese llorosa a encontrar a su madrina, que era la más poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

—Sé lo que te trae a mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razón, no conviene que le contraríes abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo de la Hada, y el rey llamó a todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos a la obra, a los dos días tenía el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

—Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa, el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de palacio y le dijo:

—Quiero dentro de cuatro días un vestido más brillante que la luna.

En el plazo señalado la infanta tuvo el vestido que eclipsaba el brillo de la luna. Al verlo la madrina murmuró al oído de su ahijada:

—Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.

El rey mandó llamar a un rico diamantista y le dio la orden de hacer un vestido de brocado y piedras preciosas, amenazándole con mandarle cortar la cabeza si no lograba satisfacer sus deseos. Antes de terminar la semana la infanta tuvo el vestido, y al verlo fue grande su desesperación porque era más brillante que el astro del día. Entonces le dijo su madrina:

—Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo el asno, como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que la Hada le aconsejaba y el rey mando sin vacilar matar el asno, despellejarlo y llevar la piel a la joven, que se quedó abatida pues ya no sabía qué pedir. La animó su madrina recordándole que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego le dijo que sola y disfrazada huyese a algún lejano reino.

—Aquí tienes, —añadió—, una caja donde pondremos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubíes. Te doy mi varita, y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita e inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar qué había sido de ella. La infanta, mientras tanto, continuaba su camino, pidiendo limosna a cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla a su servicio. Y siguió andando, andando, y fue lejos, muy lejos; y por último llegó a una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar, barrer y limpiar la gamella de los cerdos. Relegada a un rincón de la cocina, se burlaban de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus quehaceres más indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas, se ponía unas veces el vestido de luna, otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse joven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros días y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde había hallado colocación la infanta, tenía su corral un rey muy poderoso, y que allí se criaban las aves más raras y los animales más preciosos, que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algún refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Pellejo de Asno desde lejos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latía el corazón de una princesa. Sin poder evitarlo se decía:

—Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un día se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Pellejo de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vio a la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe la contempló deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazón, y por más que le admirara el vestido, más le admiró su belleza. El blanco y sonrosado color de su tez, los arrogantes perfiles de su cara y su espléndida juventud, unido todo a cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazón la imagen de la infanta. La reina, que no tenía otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistía su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que pudo lograr fue que le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Pellejo de Asno. No supo la reina a quien se refería su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

—¡Cielo santo! Pellejo de Asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.

—No importa, —exclamó la reina—; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente a su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Pellejo de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitación. Se limpió el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dio comienzo a su tarea. Se cuenta que, mientras trabajaba, se le cayó del dedo, fuese casualidad o no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabía que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió con mucho apetito la empanada, que halló exquisita, y por poco se traga el anillo. Afortunadamente se fijó en él, admiró la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.

Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió a separarse. Pero su mal fue en aumento, y consultados los médicos dijeron que estaba enfermo de amor. Resolvieron sus padres casarle, y el príncipe les contestó:

—Solo me casaré con la joven a cuyo dedo se ajuste este anillo.

Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron a contrariarle e inmediatamente anunciaron que se casaría con el príncipe la joven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron a hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningún oficio ni sabiendo cómo vivir de su trabajo, se meten a curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; joven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Se dio principio a la prueba, comenzando por las princesas, a las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, siendo el anillo demasiado estrecho para cuantos dedos se presentaron. Comparecieron las demás jóvenes, más todos los ensayos resultaron inútiles. Les llegó el turno a las criadas y fregonas, pero el anillo se quedó sin colocación, y se creyó que el príncipe moriría de pena, pues solo faltaba Pellejo de Asno y a ninguna persona sensata podía ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada a ser reina.

—¿Por qué no? —exclamó el príncipe.

Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:

—Entra, Pellejo de Asno, hágase la prueba.

Introducida la fregona a presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó a su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban a volver de su asombro. Le dijeron que debía presentarse ante el rey y le aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido menos sucio. Pellejo de Asno fue a cambiarse de vestido, y cuando volvió a comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiración, porque nadie recordaba haber visto belleza semejante, realzada por unos ojos azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle la esbeltez de la palmera; sus diamantes deslumbraban y su traje era tan rico que no admitía comparación. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver a la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos qué decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó a todos los monarcas vecinos, quienes abandonaron sus Estados, montados unos en grandes elefantes, otros caballeros en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenían velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la joven desposada, que ya había recobrado la razón. Grande fue su sorpresa y mayor su alegría al encontrar a su hija, a quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fue el contento del príncipe al saber quién era su novia. En aquel instante apareció la madrina, que contó todo lo ocurrido, y luego se celebraron las bodas y todos fueron dichosos.

Moraleja

A veces a rudas penas
el hombre se halla sujeto,
mas todas puede vencerlas
si de ello hay firme deseo.
Los sufrimientos abaten,
mas con voluntad de hierro
también logran dominarse
los más crueles sufrimientos;
y si acaso en este mundo
no encontramos el consuelo,
seamos firmes en la lucha,
nunca jamás desmayemos,
que lo que niegue la tierra
lo hallaremos en el cielo.

 

Fuente: wikisource
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