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Sabios cuentistas

Leopoldo Alas ”Clarín” y las mujeres

 La mujer no es menos que el hombre, es otra cosa.

                        Leopoldo Alas, Clarín

Se trata de una ambigua indefinición en torno a la esencia de la mujer a la que nuestro autor ayudó a configurar con sus novelas y sus cuentos, dejando retratos  inolvidables en la literatura.  

Dicen los estudiosos que el cuento español se consagra en los últimos años del siglo XIX, cuando el naturalismo despoja al relato breve de su carácter de ficción y lo hace apto para reflejar los dramáticos sucesos de la vida cotidiana.

Leopoldo Alas, Clarín, murió en el primer año del siglo XX, es por lo tanto un cuentista del XIX con todas sus esencias, que se ajusta a la perfección a este criterio pues, en sus cuentos y novelas, recrea agudos y a veces descarnados pequeños acontecimientos de una sociedad burguesa en los que predominan los retratos de mujeres atrapadas en una asfixiante condición femenina.

Parece haber intuido que el siglo que empezaba cuando él nos dejó sería el del encuentro con una mujer que se encara con el horizonte de su propia revolución y empieza a enfrentarse a una condición masculina, socialmente poderosa y firme, hasta ser capaz de ir encontrando su propio y auténtico lugar en el mundo.

 

Margalida Socias en  «”Otras” heroínas de la narrativa del XIX. La mujer en los cuentos de Clarín», desgrana magnifícamete una tipología de la cuentística de Leopoldo Alas Clarín  y su trato con las mujeres literarias.

 

Leopoldo Alias Clarín

 

 

El dúo de la tos 

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del

silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»

Leopoldo Alias Clarín
Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía… compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público.

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos… Un eco… en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era… ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen… ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy… si me deja la tos… ¡esta tos!… ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos…»

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle… ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto… como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

Este cuento forma parte del libro Cuentos morales

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Antonio Machado -El único cuento-

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

 Antonio Machado 

 

De Antonio Machado no hay mucho más que se pueda añadir a todo lo que ya han dicho los eruditos, los estudiosos y los amantes de su obra poética, universalmente conocida y apreciada. Pero cuentan en una de sus muchas biografías, que aprendió a leer con el Romancero General, que había sido recopilado y publicado por su pariente Agustín Durán, quien fuera un importante hombre de letras en la época del Romanticismo en España.

Si fue así y las primeras palabras que él lograra pronunciar, extrayéndolas de un texto,  fueran los pensamientos de arraigos ancestrales, recogidos gota a gota en aquellos antiguos romances, es fácil suponer que el alma de Castilla debió correr por sus venas de niño, con la misma naturalidad que corría el aroma del limonero en ese huerto claro del recuerdo infantil de su Sevilla natal. El milagro del poeta es que supo trasmitir ese alma castellana con la finura y la intensa sobriedad con la que escribió cada uno de sus versos.

 

La tierra de alvargonzalez


La tierra de Alvargonzález
  es la única obra que Antonio Machado nos dejó en forma de cuento. En él, con todos los elementos de la narrativa, nos cuenta una dramática leyenda que tuvo lugar en tierras de Soria. Fue publicado en El Mundial Magazine
revista editada en Francia y escrita en castellano—, en enero 1912.
En el verano de ese  mismo año, convertido en un extenso poema, regresaría a la imprenta formando parte de uno de sus libros de poemas más representativos y queridos: Campos de Castilla.

 


Cinco años después el propio poeta explicó sus razones para recuperar el espíritu y la forma del Romancero para sus obras: «
Mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis».

 

 

La tierra de Alvargonzález

Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar. Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía —ocios de mercaderes—, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

—¿Va usted muy lejos? —pregunté al campesino.

—A Covaleda, señor —me respondió—. ¿Y usted?

—El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.

—Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra.

Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

—Por aquel sendero —me dijo el campesino, señalando a su diestra— se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca. —¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? —le pregunté.

—Alvargonzález —me respondió— fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato: Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Archivo LHM

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuego al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor a estudiar en Osma, porque lo destinaba a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban no gozaban lo que tenían.

El menor, a quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba dispuesto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar.

—Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y techo tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.

Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo de la cara azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida la cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió solo de su casa; no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y a solas hablaba con Dios Alvargonzález diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, a quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.»

Se fue quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: «Duerme y descansa. Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.»

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja del sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la hierba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la hierba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar oscuro aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente. . El sueño abrióse al claro día. Tres niños juegan a la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y a ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado. —Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.

Los niños se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado de leña.

Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar, cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

—Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada. Acude el segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar. El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.

—Aunque último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos, pálidos como la muerte, se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto a la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba de la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían a matarle, y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvagonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía a los suyos en torno a la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron a su puerta, o alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.

Archivo LHM

Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.

Y lo llevan a la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse a la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como usted, visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda como si huyeran de los asesinos. Pasaron otra vez junto a la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó a que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar del crimen a los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió a los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotada.

El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález a sus nuevos amos, y prometían cuanto habían rendido al viejo labrador.

Fue un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados muerde la culpa cuando temen el castigo de Dios o de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra, empobrecida, parecía fruncir el ceño a sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, a quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan a menos, como iban a más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —dijo el mayor—. Abre tú. Todos permanecieron inmóviles sin atreverse a abrir. Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía: —Abrid, hermanos.

—¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote, entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente a frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las tierras de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo: —¿Vivirás con nosotros?

—Si queréis —contestó Miguel—. Mi equipaje llegará mañana.

—Unos suben y otros bajan —añadió el segundo—. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba a hablar cuando llamaron otra vez a la puerta. Miró a sus hermanos como preguntándoles quién podría ser a aquellas horas. Sus hermanos temblaron de espanto. Llamaron otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio a nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó a labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron a cultivar la tierra abandonada. Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba a cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina. Una noche volvían borrachos a su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

—¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? —dijo a su hermano.

«La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.» —Brujería y artes de Satanás—contestó el segundo.

Pasaba cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse a la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

—Mírale —dijo el mayor—. Hasta de noche trabaja.

—¡Eh!, Miguel —le gritaron.

Pero el hombre aquel no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar a su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció flotando sobre el agua. Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a la justicia.

Y otra vez volvió a los malvados la tierra de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia, porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.

¡Padre!, gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!, ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.

 

Fue publicado en la revista Mundial, de París, número 9, enero de 1912

Fuente: Wikisource
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Gabriel García Márquez

Imagen de Alejandra Orjuela


«No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
 

Gabriel García Márquez 

 

 

El escritor colombiano Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura el 11 de diciembre de 1982 por toda su obra, entre la que destaca su emblemática novela Cien años de soledad. Esta nos transporta al mundo del realismo mágico con sus cuentos llenos de elementos fantásticos en una narración realista.

A partir del fenómeno cultural y literario conocido como el boom latinoamericano, García Márquez, junto con otros autores como Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, llegó con una fuerza arrolladora a toda Europa.

El escritor colombiano fue, y sigue siendo, uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana y, a su vez, contribuyó de manera decisiva a la proyección de numerosos escritores de gran calidad, pero desconocidos hasta entonces en Hispanoamérica que siempre han reconocido sus méritos. 

El poeta Hugo Gutiérrez Vega destacó que «la novela emblemática de Gabriel García Márquez y su aportación fundamental a la literatura, no sólo latinoamericana sino universal, es Cien años de soledad  una novela que se puede colocar al lado de las grandes novelas escritas en la historia de la literatura».

El escritor chileno Pablo Neruda, mencionó que «es la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote».

Juan Esteban Constaín dijo sobre él: «El tipo vivió toda su vida del sudor de su pluma, no se hipotecó ni siquiera cuando se estaba muriendo de hambre, estaba convencido de que la literatura era su único destino».

La huella que nuestro autor ha dejado en el mundo de la literatura es la de ser uno de los autores más importantes del siglo XX. Su prosa tan llena de originalidad y de poesía se ha hecho imprescindible y como ser humano en sus entrevistas, películas, aficiones, relaciones o preocupaciones nos ha dejado el rastro de un hombre comprometido con su tiempo y con su querida Colombia. Muestras de ello las tenemos en numerosos ámbitos, como por ejemplo en su Manual para ser niño, donde dejó para los más pequeños una simple y maravillosa llave mágica para vivir: «Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y solo eso, es la fórmula magistral para una vida larga y feliz». 

En el mundo del cine, aparte de ser su gran afición y haber colaborado en todos los ámbitos de este género, ha quedado de manifiesto que el séptimo arte todavía necesita evolucionar para poder estar a la altura de la ambigüedad y la complejidad de los personajes del realismo mágico.

Y en política, donde siempre pareció estar muy presente, tal vez nos aclare mucho su relación con este ámbito de la vida social la entrevista que se le hizo a su biógrafo Gerald Martin en torno a la relación de García Márquez y Fidel Castro recogida en este artículo recientemente publicado en la Revista Credencial de Colombia. Porque, seguramente, al margen de mitologías e idealismos, lo que hubo entre ambos fue una larga y profunda amistad.

Los Doce cuentos peregrinos, son doce relatos escritos a lo largo de 18 años que narran historias de felicidad y tristeza envueltas en una magia sobrenatural. Cada uno de sus personajes está desarrollado durante una estancia extranjera en el continente europeo.

En el prólogo de este libro, el autor aporta con su experiencia su granito de arena  al secreto de escribir cuentos y dice:

 

El esfuerzo de escribir un cuento es tan intenso como empezar una novela . Pues, en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro el resto de su vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento en cambio no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. La experiencia propia y ajena  enseña a que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino o tirarlo a la basura.

 

 

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China y Wei Jinzhi

Dice Wei Jinzhi, en el prefacio de su libro Fábulas antiguas de China,  que hay dos períodos importantes en este tipo de literatura popular: la de los siglos III y IV antes de nuestra era y mucho más tarde, la de los siglos XVI y XVII. No porque considere que en estas etapas la creatividad popular fuese más rica, sino por el hecho de que la influencia del confucianismo, como base en las formas de gobierno y en la educación, les llevó a despreciar todo aquello que se saliera de la oficialidad establecida y tratara de romper lo que se consideró la moral reconocida exclusivamente como «la buena». 

Hubo autores en esa larguísima etapa intermedia que llevaron a los libros el conocimiento de un pueblo siempre tan sabio y tan fecundo, pero sufrieron por cuestiones políticas de incomprensión y del consabido silencio.

Esto pone de manifiesto cuán peligrosa se ha considerado siempre la fuerza del arte como liberadora y transmisora del pensamiento en cualquiera de sus manifestaciones, por más sencillas que estas sean.

Wei Jinzhi
Archivo LHM

 

 

 

 

 

Tirar de los brotes para ayudarlos a crecer  

A un hombre del reino de Song le pareció que los vástagos de sus campos no crecían bastante aprisa. En vista de ello, dio a todos y a cada uno un estirón y se fue a casa casi exhausto.

–Hoy estoy muy cansado –dijo a su familia–. He estado ayudando a los brotes a crecer.

Su hijo salió  corriendo al campo y encontró todas las plantas muertas.

Casi todos querían ayudar a los vástagos en su crecimiento; pero algunos consideran todo esfuerzo inútil y no lo intentan, ni siquiera destrozando el campo; otros tratan de ayudarles dándoles un estirón. Esto último por supuesto, es peor que inútil.

Mencio


La sospecha
                    

Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho, exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven, idéntica a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.

Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho le parecían muy diferentes de los de un ladrón.

Lie Zi

 

 

Fuente: Fabulas antiguas de China

 

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Marcel Schwob, Vidas imaginarias

Marcel Schwob nació en el año 1867, en Chaville, pocos años antes de que comenzara la Belle Époque, unos años repletos de novedades, progresos y nuevas corrientes que se dispersaban y avanzaban a su paso por toda Europa. En su familia estaba rodeado de personas inmersas en la literatura y en la cultura en general, por lo que no es de extrañar que, pese a la temprana edad de su muerte (1905), fuese una persona de lo más erudita, un espíritu siempre curioso, en definitiva, una biblioteca andante. Tenía gran interés por la literatura inglesa; era un gran admirador de Robert Louis Stevenson y su trabajo, y por las lenguas clásicas, y todo esto se ve perfectamente reflejado en sus obras, cúmulo de imaginación, fantasía y erudición. En 1900 se casó con la actriz de teatro Marguerite Moreno, y pocos años más tarde, ya contaba con una salud delicada, conoció la muerte a causa de una fiebre.

Ilustración de Helena Braojos

Pese a ser una autor cuya huella literaria la podemos encontrar en obras de grandes autores como Faulkner, Bolaño o Borges (es necesario mencionar Historia Universal de la infamia y su similitud con Vidas imaginarias), su obra y su persona no son tan conocidas como cabría esperar. Se trata de un autor que ha depositado con maestría todo su bagaje cultural en su obra y ha conseguido que no parezca precisamente un amalgama de datos o historias ya contadas, sino la creación de una obra totalmente única, un choque, una novedad tanto en su época como en la nuestra, por eso quizás queda permanentemente un poco escondida.

En su obra Vidas imaginarias, Schwob nos va presentando capítulo a capítulo la vida de personajes históricos, personas reales, pero cuyos relatos de vida provienen de la imaginación del autor, nunca mejor dicho. Y así, la biografía tradicional se mezcla con la fantasía y sitúa al lector en un vaivén entre ambos mundos, la realidad y la ficción. Para Marcel Schwob el individuo era algo imprescindible, el individuo y sus excentricidades, aquello que hace que nos diferenciemos, ya que: «Las ideas de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus extravagancias» (Schwob, 1896). Frente al naturalismo que imperaba en aquella época y mediante el cual toda persona era resultado de sus circunstancias económicas e históricas y objeto de análisis, Schwob decidió lo contrario:

«El arte es contrario a las ideas generales; describe lo individual, persigue lo único, lo singular. No clasifica, desclasifica» (Schwob, 1896).

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Herman Melville

Sus inicios como maestro rural debieron parecerle a Herman Melville una enorme contradicción con su propia naturaleza, ya que muy pronto lo cambiaría por la navegación en los mares del sur para unirse a los marineros, a los pescadores; mezclarse con caníbales, amotinarse codo a codo entre los balleneros, atrapado en definitiva por la aventura de una vida salvaje de la que seguramente nunca más podría prescindir ni mucho menos encerrado en el despacho de burócrata en donde transcurrieron sus últimos años.
Herman Melville

Existen algunos momentos y ocasiones extrañas en este complejo y difícil asunto que llamamos vida, en que el hombre toma el universo entero por una broma pesada, aunque no pueda ver en ella gracia alguna y esté totalmente persuadido de que la broma corre a expensas suyas.
Herman Melville

Bartleby, el escribiente

En este relato, publicado en el año1853, se nos presenta como narrador un abogado que trabaja en su oficina de Wall Street, en Nueva York, con tres característicos empleados. Estos son Turkey; buen trabajador pero que, por las tardes, entre copiosas comidas y manchones de tinta no está de muy buen humor; Nippers, al contrario que su compañero, siempre de buen humor y educado por la tarde, pero irritado y enfadado por la mañana y Ginger Nut; un niño de doce años que se ocupa de los recados y de traer bizcochos y manzanas. Por si la particularidad de sus empleados no bastase para completar el equipo del abogado, quien empezaba a tener tanto trabajo que necesitaba manos nuevas, que de pronto aparece Bartleby, y al ver a este muchacho tan tranquilo y educado, no dudó en contratarlo de inmediato.

Todavía puedo ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada! Era Bartleby. (Melville, 1853).

Bartleby el escribiente
Ilustración de Helena Braojos

Cuando el abogado nos empieza a hablar sobre Bartleby, no sospechamos nada más allá de que es un trabajador eficiente aunque distante y ensimismado. Todo empieza cuando, letra tras letra, leemos: «preferiría no hacerlo». En un ambiente laboral tan exigente y con un ritmo tan continuo como el de Wall Street, aunque fuese a mediados del siglo XIX, no nos puede dejar de sorprender esta respuesta tan audaz a una petición tan sencilla, aunque también tediosa, como que les ayude a comprobar que los textos copiados están correctos. A partir de ese momento, yo, por lo menos, no podía dejar de preguntarme por qué, ¿por qué este tal Bartleby, aparentemente tan diligente, de repente «prefiere» no hacer esa tarea? ¿Por qué se niega? ¿Por qué desafía a su autoridad más inmediata? Creo que a mí misma me dejó tan sorprendida como al propio abogado, pero, al mismo tiempo, sentí admiración. La cadena de la eficacia y la producción se rompe. Lo hace de una manera tan educada, tan sencilla, tan sincera y honesta que, aunque el abogado se lo tenga que preguntar varias veces porque ni se cree lo que acaba de escuchar, esa impertinente frase se convertirá a partir de entonces en un mantra que el mismo abogado acabará por aceptar.

El mundo fuera de Bartleby se presenta como el mundo razonable, el único que tiene sentido, ese al que estamos acostumbrados, pero a él ni si quiera le apetece ser razonable, pero al mismo tiempo, parece una persona que hace las cosas de una manera tan consciente, tan serena, tan clara, que también debe tener razón en algo, o en todo. Pero aun en sus últimos momentos (no voy a decir cuáles son esas circunstancias), él sabe en qué lugar del mundo se encuentra, es él el que no duda, el que conoce su razón y nos deja a los demás a la deriva.

No fui yo quien lo traje aquí, Bartleby le dije profundamente dolido por la sospecha que estaba implícita en sus palabras. Para usted este debe ser un lugar vil. No ha cometido nada reprochable para estar aquí. Y vea, no es un lugar tan triste como uno podría pensar. Observe, allá está el cielo y aquí están los pastos.

Sé dónde estoy contestó, pero no hubiera dicho nada más y así lo dejé. (Melville, 1853).

Aquí encontrarás una clásica edición del cuento de Bartleby de la Editorial Austral

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La China de Richard Wilhelm

 

La China de Richard Wilhem
Archivo LHM

China es la tierra del misterio. Ahondar en su cultura es un ejercicio que puede dar vértigo, pues toda su inmensa sabiduría se pierde en la noche de los tiempos y es inabarcable.

Enamorado de China, Richard Wilhem fue  un pastor protestante alemán que sin duda se dio cuenta de la profundidad de la civilización que tenía ante sí y quiso recogerla para que el mundo supiera…

A él le cabe el honor de ser el primer intérprete y traductor a una lengua europea del I Ching, El libro de las mutaciones, poniendo en nuestras manos a un hermano que todo lo sabe, que vive en cada uno de nosotros y que nadie debería dejar de conocer.


Solo entrar en contacto con lo que significa ese libro puede dar una idea de hasta donde ha podido llegar el pueblo chino en su búsqueda de la esencia del ser humano, mirando hacia dentro de sí mismo. Ese es el lugar en donde ellos han ido construyendo, siglo tras siglo, las enormes catedrales a la espiritualidad oriental.

 

Pero también tuvo el acierto de ocuparse de los cuentos más tradicionales, puso todo su interés en buscar en las auténticas raíces del pueblo chino y fue agrupando los cuentos en siete diferentes temas que abarcan cada uno de los matices de un imaginario colectivo lleno de magia y de fuerza: desde las leyendas de los dioses o los cuentos sobre la naturaleza y el espíritu de los animales,  hasta los más exquisitos relatos sobre hadas y fantasmas.

Esa colección de cuentos han sido recogidos en varios volúmenes por la editorial ELA

Cuentos mágicos chinos

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E. M. Forster, La vida futura

Una habitación con vistas es una película que he visto muchas veces, son de esas películas en las que me gusta introducirme a fondo, pasearme entre sus diálogos y quedarme absorta entre sus escenas. Por ese motivo, no hace mucho que decidí ver otra película «del estilo», y vi Regreso a Howards End. Pese a ciertos momentos de la película que no mencionaré, me pareció igual de encantadora. No hizo falta investigar mucho para saber que detrás de esas historias estaba el escritor inglés Edward Morgan Forster, más conocido como E. M. Forster, simplemente. Y así fue como llegué a saber de la existencia de La vida futura, el primer libro que me leo de este autor, y puedo asegurar que no será el último.

E.M. Foster. La vida futura
Ilustración de Helena Braojos

La vida futura es un compendio de relatos que fue publicado en 1972 de manera póstuma, hecho así a petición del propio autor debido a la temática de los cuentos. Fueron escritos en épocas diferentes; algunos son de principios de siglo y otros fueron escritos años más adelante. Todas las historias giran en torno al tema de la homosexualidad. Mirados de manera superficial nos podríamos quedar solo con que son historias de hombres que satisfacen sus deseos, y pensar que son solo fantasías homoeróticas que escribió para desahogarse, pero si nos deslizamos un poco más entre sus personajes y sus exquisitas descripciones vemos que también salen a la luz otras de sus grandes preocupaciones como el contacto con la naturaleza, la hipocresía, le religión y sus interpretaciones, etc.

Sí es verdad que no todos los relatos tienen un argumento con un fondo tan profundo, algunos son historias más amenas o simplemente divertidas como «El obelisco» o «El pabellón clásico». Pero sí en todas podemos ver que la historia de amor o deseo tiene lugar entre dos hombres de diferente clase social o de diferente raza, lo cual hace que esos encuentros prohibidos los sean aún más dentro de esa fantasía erótica, y al mismo tiempo hace evidente que el amor y el deseo no saben diferenciar entre clases o colores de piel.

Ya con la primera historia me cautivó con la descripción que hace cuando caen sin remedio los libros del protagonista, los cuales van hacia una muerte segura en el río que hay bajo del precipicio.

A mitad de camino, la caja chocó con una roca, se abrió como un nenúfar y derramó su fragancia sobre el fondo. (…) Uno o dos de los más pequeños se mantuvieron tímidamente unos instantes sobre las ramas, hasta que también ellos se deslizaron y desaparecieron… (E. M. Forster, 2009, p. 40).

Pero creo que uno de mis favoritos definitivamente es el que se titula «¿Qué más da? Un cuento moral». Al principio parecía una historia sin más sobre los deslices amorosos del presidente de un país ficticio, pero el desenlace de esta historia me dejó de muy buen humor. Los personajes no solo disfrutan de su aventura sino que también saben salir airosos y despreocupados de lo que iba a ser una trampa para acabar con la carrera del presidente. Cuando todo parecía ir en su contra (gracias al uso de los nuevos avances tecnológicos, otro de los temas que le preocupaban a Forster) contraatacan con el arma más eficaz: la indiferencia. Porque al fin y al cabo, ¿qué más da?

¿Qué más da? Es una manera de ver las cosas, claro dijo madame Rodoconuco, contemplándose las uñas.

Es la única manera decidió el presidente. La única forma de tener una sociedad estable. Pero no se le ha ocurrido a ningún gobierno, y nosotros lo hemos aprendido demasiado tarde. (Forster, 2009, p. 228).

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Hans Christian Andersen -El abeto-

El abeto cuento de navidad
Autorretrato de Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen es el danés más universal. Nació a principios del siglo XIX en Odense y seguramente muy pocos saben que era de ese tranquilo país que hoy es Dinamarca. Tal vez se deba a que no tiene demasiada importancia cuál sea su origen o su nacionalidad, sencillamente es alguien con quien crecimos, lloramos, reímos, suspiramos o soñamos cuando éramos niños, pero también mucho tiempo después nos hemos visto reflejados en cada uno de los personajes que mágicamente surgieron de sus cuentos.
Para él la vida misma era un cuento de hadas maravilloso que no quería dejar de vivir, tal vez por eso cada noche dejaba junto a su cama un cartel en el que escribía: «no estoy muerto» y veía el día de su entierro como un alegre paseo para lo que dejó instrucciones precisas con respecto a la música que debía acompañarle:

La mayoría de las personas que caminarán detrás de mí serán niños, así que haga el ritmo con pasos pequeños.

El abeto cuento de navidadEl abeto

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto solo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.

Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.

«¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? ‒suspiraba el arbolillo‒. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros».

El abeto cuento de navidad
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Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo. Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.

En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.

¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?

En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:

‒¿No saben adónde los llevaron? ¿No los han visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

‒Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

‒¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?

‒¡Sería muy largo de contar! ‒exclamó la cigüeña, y se alejó.

‒Alégrate de ser joven ‒decían los rayos del sol‒; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.

Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos ‒y eran siempre los más hermosos‒ conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.

«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto‒. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».

‒¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! ‒piaron los gorriones‒. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas moradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.

‒¿Y después? ‒preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas‒. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?

‒Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.

‒¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? ‒exclamó gozoso el abeto‒. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.

‒¡Gózate con nosotros! ‒le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.

Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: ‒¡Hermoso árbol!‒. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:

‒¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.

Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?

Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes ‒nunca había visto el árbol cosa semejante‒ flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.

‒Esta noche ‒decían todos‒, esta noche sí que brillará.

«¡Oh! ‒pensaba el árbol‒, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».

Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!

‒¡Dios nos ampare! ‒exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.

«¿Qué hacen? ‒pensaba el abeto‒. ¿Qué ocurrirá ahora?».

Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.

Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.

‒¡Un cuento, un cuento! ‒ gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.

El hombre se sentó debajo de la copa.

‒Pues así estamos en el bosque ‒dijo‒, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.

‒¡Ivede-Avede! ‒pidieron unos, mientras los otros gritaban‒: ¡Klumpe-Dumpe!

¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.

El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando:

‒¡Otro, otro!

Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual.

«Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» ‒pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable‒. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.

«Mañana no voy a temblar ‒pensó‒. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de Klumpe-Dumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.

Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.

«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.

«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol‒. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?

«Ahora es invierno allá fuera ‒pensó‒. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».

«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.

‒¡Hace un frío de espanto! ‒dijeron‒. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

‒¡Yo no soy viejo! ‒protestó el árbol‒. Hay otros que son mucho más viejos que yo.

‒¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? ‒preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos‒. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?

‒No lo conozco ‒respondió el árbol‒; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros ‒. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: ‒ ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

‒¿Yo? ‒replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles‒. Sí; en el fondo, aquellos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.

‒¡Oh! ‒repitieron los ratones‒, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!

‒¡Digo que no soy viejo! ‒repitió el árbol‒. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, solo que he dado un gran estirón.

‒¡Y qué bien sabes contar! ‒prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquellos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.

‒¿Quién es Klumpe-Dumpe? ‒preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a estas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.

‒¿Y no sabe usted más que un cuento? ‒inquirieron las ratas.

‒Sólo sé este ‒respondió el árbol‒. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.

‒Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?

‒No ‒confesó el árbol.

‒Entonces, muchas gracias ‒replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.

Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».

Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.

«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.

«¡Ahora a vivir!», pensó este alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.

‒¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! ‒exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas. El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.

«¡Todo pasó, todo pasó! ‒dijo el pobre abeto‒. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol en pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

Fuente: Wikisource 
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Rafael Pombo

El inolvidable cuentista de los niños colombianos

Madre voy a seguirte… ve tú delante que dándome el ejemplo, lo haré al instante.

El escritor y poeta Rafael Pombo, más conocido como uno de los máximos representantes del romanticismo en Colombia, es el encargado de llevarnos a un mundo mágico con sus cuentos, fábulas y poemas llenos de humor y musicalidad.

El gran creador de la literatura infantil fue traductor y diplomático colombiano, fundador de uno o más periódicos en Colombia como El Centro y El Cartucho. También fue gran colaborador de La Siesta, El Día, La América, La Nueva Era y Las Crónicas, El Filotémico, El Heraldo, El Obrero y La Escuela Normal. Además fue nombrado como miembro de la Academia de la Lengua, miembro honorario de la Academia de Historia y fue promotor del instituto de Bellas Artes en Colombia.

Sus obras son tradicionales y se transmiten de generación en generación, en las que se destaca una pequeña enseñanza sobre la vida. Son historias que han quedado para siempre en la memoria de adultos y niños .

Cuando pienso en los cuentos de Rafael Pombo me transporto a un mundo mágico, me imagino un lugar tradicional, un bello pueblo de la sabana de Bogotá, lleno de árboles  y aves, un sendero de grandes riachuelos, un lugar de fiesta en el cual hay francachela y comilona. La verdad es que me imagino saltando como rin rin renacuajo, encontrándome con la pobre viejecita, Juan Matachín, Simón el bobito, el gato bandido y Mirringa Mirronga.

Aún hoy en día sus cuentos no pasan de moda, pero estos no se publicaron durante su vida debido a que el autor no deseaba hacerlos públicos, pero, finalmente, a petición de sus seguidores autorizaron la publicación de muchas de sus obras para que fueran conocidas. Para los colombianos es el «poeta de los niños», Pombo ha dejado un legado a los más pequeños, a través de sus rimas les enseña valores y formas de enfrentarse a la vida. 

En el 2019, uno de los más reconocidos cantantes colombianos, Carlos Vives, hizo una recopilación con otros artistas para interpretar y homenajear al autor y sus imperecederos cuentos, por  lo cual ganó el Grammy Latino por mejor álbum de música para niños.

Pombo
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Mirringa Mirronga 

Mirringa Mirronga, la gata candonga
va a dar un convite jugando escondite,
y quiere que todos los gatos y gatas
no almuercen ratones ni cenen con ratas.
«A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
y vamos poniendo las cartas primero.
Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
«Ahora veamos qué tal la alacena.
Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
¡Qué amable señora la dueña de casa!
«Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
Id volando al cuarto de mamá Fogón
por ocho escudillas y cuatro bandejas
que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
«Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
traed la canasta y el dindirindín,
¡y zape, al mercado! que faltan lechugas
y nabos y coles y arroz y tortuga.
«Decid a mi amita que tengo visita,
que no venga a verme, no sea que se enferme
que mañana mismo devuelvo sus platos,
que agradezco mucho y están muy baratos.
«¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!»:
Llegaron en coche ya entrada la noche
señores y damas, con muchas zalemas,
en grande uniforme, de cola y de guante,
con cuellos muy tiesos y frac elegante.
Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
en una cabriola se mordió la cola,
mas olió el tocino y dijo «¡Miaao!
¡Este es un banquete de pipiripao!»
Con muy buenos modos sentáronse todos,
tomaron la sopa y alzaron la copa;
el pescado frito estaba exquisito
y el pavo sin hueso era un embeleso.
De todo les brinda Mirringa Mirronga:
«¿Le sirvo pechuga?» «Como usted disponga,
y yo a usted pescado, que está delicado».
«Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
«Repita sin miedo». Y él dice: «Concedo».
Mas ¡ay! que una espina se le atasca indina,
y Ñoña la hermosa que es habilidosa
metiéndole el fuelle le dice: «¡Resuelle!»
Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
y pasó al instante la espina del diantre,
sirvieron los postres y luego el café,
y empezó la danza bailando un minué.
Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
y Tompo que estaba con máxima turca,
enreda en las uñas el traje de Ñoña
y ambos van al suelo y ella se desmoña.
Maullaron de risa todos los danzantes
y siguió el jaleo más alegre que antes,
y gritó Mirringa: «¡Ya cerré la puerta!
¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!»
Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia
y armó un gatuperio un poquito serio
dándoles chorizo de tío Pegadizo
para que hagan cenas con tortas ajenas.

Fuente: Wikisource

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