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Sabios cuentistas

Maena García

Cualquier  cosa que puedas hacer o que sueñes que puedes hacer, hazla. El coraje tiene genio, poder y magia en sí mismo.

 

Goethe

 

Maena me ha contado que escribe desde que recuerda lo que era un lápiz. Enseguida descubrió que las palabras son las herramientas para trasmutar el tiempo en pura magia y ha vivido empeñada en ello: se convirtió en poeta.

Pero Maena es joven todavía y habrá que seguir de cerca lo que nos tenga que decir, porque cuando escribe sin contar las palabras para que formen versos, se trasparenta que sabe que vivimos en un tiempo de pequeñas píldoras capaces de producir grandes efectos.

En Emails a una joven poeta derrama la experiencia de alguien que ha bajado a las profundidades del alma para descubrir que allí está lo único que merece la pena: la esencia de nosotros mismos.

Se trata de aprender a buscarla, y en estos relatos hay pistas que conviene seguir.

 

Maena García

 

Emails a una joven poeta 

Email 2

De: yaug@yaug.com

Enviado: 06/05/2012

Para: joven-poeta@hotmail.com

Asunto: ¿Cuál es tu papel en esta función?

 

 

Mabiginion -Los celtas galeses-

Estimada mía:

Te agradezco la rapidez con la que respondiste a mi email porque me demuestra tu interés en que sigamos este contacto que la vida nos ofreció. Ahora solo depende de que nosotros queramos mantenerlo o no con nuestros actos, pues ninguna relación humana se sujeta bien sin un mínimo esfuerzo que la sostenga.

Disculpa, por favor, que diera por hecho que te sentías periodista sin haberte preguntado antes lo que tú pensabas. Te vi tan entregada para que todo saliera bien cuando me entrevistaste y percibí en tu email tanta satisfacción por el premio recibido que deduje, equivocadamente, claro, que ya habías encontrado tu camino. Qué verdad es que cada persona es un mundo diferente lleno de secretos insondables para los demás y que no se puede juzgar a a nadie sin haber caminado mil leguas con sus sandalias.

Quiero que sepas que me halaga la confianza que pones en mi criterio al enviarme tus versos para que valore si debes dedicarte a la poesía, pero yo no soy quien debe darte una respuesta ni decirte si es esa o no tu vocación. Aunque solo tú puedes hallar dentro de ti el sentido que tiene tu vida, con la intención de ayudarte, te daré algunas pautas que tal vez te sirvan para encontrarlo.

De entrada, piensa que todos estamos programados para aportar «algo» a los demás de manera que si cada uno fuera capaz de ofrecer lo que ha venido a dar, la suma de esos «algo» darían como resultado un «total perfecto».

Venimos con unas cualidades únicas e irrepetibles para cumplir una misión única e irrepetible. El papel que vas a interpretar en este mundo está pensado exclusivamente para ti, de modo que nadie más en toda la historia podrá desempeñarlo nunca como tú, pues a nadie más le ha sido dado lo necesario para lograr que tu personaje sea completo.

Y si el elenco entero actuara a la perfección, podríamos lograr hacer de la vida una obra maestra, aunque para ello es necesario algo más, ya que por muy bien que interpreten todos su papel, si cada uno sale al escenario a destiempo y habla cuando no le corresponde, sin duda resultará un desastre. De ahí que estemos obligados no solo a encontrar nuestra vocación y vivir conforme a ella, sino también  auxiliar a los demás para que persistan en la suya.

Maena García
Archivo de LHM

Pero supongo que te preguntarás cómo puedes tener la certeza de cuál es el personaje que te ha tocado en el reparto. Pues bien, ten en cuenta que la vocación es el apuntador que, escondido dentro de nosotros, nos va chivando a voces el texto de nuestro papel para que nunca nos quedemos en blanco. Y a todos, niña, a todos nos grita la nuestra desde que nacemos, solo que algunos no la oyen, simplemente porque no se escuchan.

Así que lo primero es que reconozcas la voz de tu apuntador, para lo que has de fijarte en aquello que te guste hacer, que a la vez se te dé bien y que al mismo tiempo aporte algo a los demás. Eso puede ayudarte a identificar tu vocación, pues son tres condiciones indispensables para que lo sea. En este sentido, es importante que no la confundas con la profesión a la que decidas dedicarte, aunque lo lógico sería hacer que coincidan y que tu vocación se convierta en tu forma de vida.

Y para encontrar qué es lo que en ti cumple tales requisitos, te recomiendo el silencio de la soledad absoluta, pues hace falta estar muy callados si queremos escucharnos. Busca tiempo para estar contigo misma, momentos en los que el ruido de lo ajeno no silencie tu propia voz, y cuando llegues a oírla, pregúntale de qué sustancias estás hecha.

Lleva tu mente a los recuerdos más lejanos que tengas y rebusca en tu infancia cualquier dato que te pueda revelar qué es lo que traías ya dentro de ti cuando llegaste a la vida. Ahí es donde encontrarás tu verdadera vocación, en lo que de muy niña realizabas sin esfuerzo alguno porque desde el principio estabas preparada para eso. Y plantéate cómo utilizar tus cualidades innatas de forma que con ellas puedas aportar algo a los demás, pues recuerda que todos estamos conectados porque necesitamos ayudarnos unos a otros para que entre todos mantengamos viva a la humanidad.

Respecto a la calidad de las poesías que me enviaste, aunque insisto en que no soy yo quién para juzgarlas, te recomiendo que te plantees cuál es el propósito que las sustenta. Debes buscarle a cada una un motivo para existir, porque todos,  incluso ellas, necesitamos una razón de ser, algo para lo que valemos.

Si el objetivo de uno de tus poemas es tocar el corazón, no lo fuerces intentando que suene bien ni pretendas que guste a todo el mundo. No escribas para que te digan: «qué bonito». Hazlo para los que lo lean lloren de emoción. Si consigues eso, ya puedes darte por satisfecha.

Por último, en cuanto a los consejos que me pides para mejorar como poeta, solo puedo decirte que la vida y la poesía son dos líneas juntas que avanzan paralelas, por lo que cualquier recomendación que te haga para una sirve también para la otra. Y la mejor que puedo darte para ambas, y tal vez la única, es que una vez sepas cuál es la finalidad de tu existencia, vivas y escribas solo para alcanzarla. Todo lo demás sobra. Con eso, habrás cumplido con creces.

Bueno, señorita, espero haberte ayudado al menos un poco a aclarar tus dudas y a tomar las decisiones más adecuadas para tu futuro y el de todos los demás.

Hoy adjunto a este email un puñado de fuerzas para que seas capaz de bordar ese papel que has venido a interpretar entre nosotros.

Hasta la próxima, niña estimada, joven poeta:

Yaug

 

 Maena García y su mundo literario

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La armonía con la naturaleza- Los celtas –

Vivir  libres e independientes como un árbol pero en fraternidad como en un bosque, eso es lo que ansiamos.

Nazin Hikmet Ran

 poeta turco

Cuentan que los celtas supieron cómo entrar en contacto con las leyes de la naturaleza, y aprendieron a captar el ritmo de las corrientes naturales participando de su armonía. El bosque representaba el paradigma de su paraíso.

Para ellos los picos de las altas montañas eran recintos sagrados, las aguas, con su poder catártico, purificaban las almas y los cuerpos y, bajo los árboles de los bosques,  se recogían para obtener la sabiduría de cada uno de los elementos que cuajaban una cultura en la que los mundos de lo real y lo irreal se unían en una simbiosis de perfección y completitud.

Aunque no hay nada entorno a los celtas que se pueda afirmar categóricamente, parece ser que consideraban al roble como el padre de los árboles mágicos. Tal vez, era su capacidad para absorber las corrientes eléctricas en las tormentas sin ser destruidos, lo que les llevara a pensar que dentro del roble moraba el hacedor del mundo, y era Él quien prodigaba su gracia a través del muérdago, la panacea milagrosa capaz de curar todos los males.
El intermediario de esa ceremonia entre el mundo terrenal y el mundo divino era el druida, el sumo sacerdote de su cultura que, tras veinte años de encierro, estudio y reflexión, estaba en posesión de  la suficiente sabiduría como para poder conjurar todas las fuerzas y ponerlas al servicio de su pueblo.

 

Los Celtas -Armonía con la naturaleza-
Ilustración de Helena Braojos

 

 

El príncipe del abismo

Un buen día los compañeros de Pwyll le dijeron que fuera a la colina de Aberth para que aumentara su fama, en esta colina habían oído que, si era digno, le ocurriría un suceso sobrenatural, pero si no lo era recibiría un golpe mortal.

Pwyll aceptó lo que le habían propuesto sus compañeros y al día siguiente fue a la colina, subió pero no le pasó nada. Sin embargo, mientras estaba sentado vio pasar a una joven que iba montada en una yegua, enseguida mandó a uno de sus siervos para que le hiciera parar, pero la joven no hizo caso al siervo y siguió su camino.

Al día siguiente Pwyll puso unos guardias en el camino, les dio la señal para que atraparan a la joven pero no pudieron hacerlo. Al tercer día, él mismo fue a ver si podía conseguir que la joven parase y le pidió que, por el hombre que más amara, se detuviera. La joven le dijo que el hombre que más amaba era él y por eso se había detenido.

El rey Pwyll y Rhiannon, que esa era el nombre de la joven, se enamoraron a primera vista, pero ella le dijo que tenía que ir a pedir la mano a su padre dentro de un año y el rey aceptó.

El padre de la novia se llamaba Heveidd y vivía cerca del país del abismo. Pwyll fue después de un año y cuando estaban en la mesa se acercó un extranjero y pidió un favor a Pwyll, él le dijo que le haría el favor, que podía hacer por él cualquier cosa menos darle su espada y su caballo, pero se olvidó decir que tampoco le podía dar a Rhiannon.

El extranjero le pidió a su esposa, puesto que Pwyll le había prometido que le iba a dar cualquier cosa, tuvo que darle a su esposa.

El extranjero era un demonio que quería casarse con Rhiannon y que se llamaba Gwalw, Rhiannon tuvo que aceptar pero le dijo a Gwalw que tenían que ser novios durante un año y, a su vez,  le dijo a Pwyll que el día de la boda con Gwalw tenía que ir verstido como un mendigo.

Después de un año Pwyll fue a la boda de Rhiannon y le pidió a Gwalw el favor de llenar una piel de cerdo con comida. Gwlaw accedió y comenzó a llenar la piel de cerdo pero, como la piel nunca se llenaba, le dijo a Pwill que era imposible y que se tenía que ir. Entonces Rhiannon le dijo a Gwalior que ella nunca se casaría con un hombre tacaño y también le dijo que en ese tipo de pieles el hombre de alto rango debía entrar dentro de la piel y decir que ya había puesto suficiente. En el momento en que Gwalw entró en la piel, Pwyll la cerró y llamó a los siervos diciendo que dentro de la piel había un tejón y que debían matarlo. Los siervos comenzaron a golpearlo, pero Gwalw ya no aguantaba más y le pidió a Pwyll que le dejara salir. Este aceptó dejarlo salir pero solo si renunciaba al amor de Rhiannon y Gwalw aceptó. En ese momento Pwyll y Rhiannon se casaron.

Fuente: Monografías.com Leyendas de la mitología celta.

Puedes seguir leyendo sobre el mundo celta en Sabios Cuentistas.

 

Álex Rovira y Francesc Miralles

Alex Rovira y Francesc Miralles

Dos grandes alas: amor y deseo.
Dos grandes vientos que las impulsan: sentido y utopía.

                                                                                                        Álex Rovira

Un cambio de paradigma para una nueva era

Puede que nuestra autonomía como seres humanos solo sea un mito y el que gobierna el mundo tenga sus propios planes. Si es así, solo puedo imaginarme que allá, en el fondo de su mirada, hay un punto luminoso al que nos dirige y ese punto solo puede ser el de la perfección. El camino es arduo, pero ya nos lo advierte desde hace mucho tiempo la sabiduría popular con eso de que «Dios escribe con renglones torcidos».

Los que conocen las estrellas dicen que son ellas las que marcan nuestro destino y nos someten a los vaivenes de inevitables ciclos. Hemos dejado atrás la era de Piscis y acabamos de inaugurar la era de Acuario. Al parecer, después de haber pasado por una larguísima época de enfrentamientos, inmersos en la creación de ídolos con los pies de barro, lo que corresponde es volver la mirada hacia el interior de nosotros mismos para buscar, precisamente allí, los valores y las capacidades que nos permitan ponernos al servicio de la cooperación, de la solidaridad y de la comunicación. 

Para ir encontrando la dirección que ahora marca la brújula, abundan las señales que están a nuestra disposición porque, en lo que a los cuentos se refiere,  hay veces que una pequeña historia puede cambiar toda una vida. Álex Rovira y Francesc Miralles podrían ser un par de ángeles buenos marcando el camino. Dejemos entonces que nos acaricien con sus alas, porque, siempre siempre, la más grande sabiduría está encerrada en la más pura sencillez.


EL ÁGUILA QUE NO QUERÍA VOLAR

Hace siglos que vivió un rey muy poderoso al que le gustaban mucho los pájaros. No solo le gustaban, ¡le fascinaban! En su palacio tenía un jardín enorme donde vivían miles de ellos, algunos en jaulas de oro y otros, los más domesticados, libres. Unos eran especiales por sus colores y otros por lo bien que cantaban; unos eran tan grandes como un hombre y otros tan diminutos que cabían en el bolsillo del primer ministro; unos tenían plumas suavísimas y otros hablaban como tú. Cuando el rey no estaba gobernando, se pasaba las horas en su pequeño paraíso alado. Todos aquellos pájaros le hacían muy feliz. ¿Todos? Casi todos… Había uno que no sabía cantar ni hablar. Sus plumas eran ásperas y de un sucio color parduzco. Se pasaba las horas quieto en una rama, sin hacer nada. Era un águila.

—Mi señor, ¿por qué la tenéis si no sirve para nada?—le preguntó una tarde su criado más joven.

—El sultán de Oriente me la regaló cuando era un polluelo… ¡Me aseguró que nunca vería un pájaro que volara tan alto! Pero ha pasado más de un año y nunca se ha movido de esa rama, ni de noche ni de día. ¡No lo comprendo!

Durante todo aquel tiempo, el servicio le había dado la mejor comida, protegían al águila de las tormentas en un cobertizo especial y también recibía los cuidados de un veterinario experto. Los criados le hablaban con cariño y los músicos de palacio tocaban solo para ella. Pero nada servía para que el ave regalada por el sultán levantara el vuelo, así que el rey hizo venir a entrenadores de todos los rincones del mundo. «El águila está feliz y sana. Pero le falta otra más veterana que la enseñe», le dijo el primero. El rey trajo a la más vieja de todo el reino. El joven aguilucho la miraba elevarse desde la rama, muy contento y quieto, hasta que la mayor se cansó de volar para él y desapareció. El segundo entrenador dijo: «Yo le enseñaré a volar». Para ello se subió al árbol y se lanzó atado a unas cuerdas. Una vez, dos y tres. Una mañana, las cuerdas fallaron y se estrelló contra el suelo, rompiéndose los dos brazos y una pierna. El águila ni se movió. Siguieron viniendo instructores de todos los rincones de la Tierra, porque el rey pagaba muy bien. Ninguno conseguía que el águila volara. El rey perdió sus esperanzas y mucho dinero.

—Tendré que matarla—le dijo una mañana a su joven criado—. ¡Es un mal ejemplo para todas mis aves!

El criado, que le había cogido cariño al pájaro, le pidió una última oportunidad. El rey se la dio, convencido de que no lo conseguiría. Como era un buen criado que trabajaba mucho, quería que estuviera contento. Al mediodía, el rey fue llamado al jardín. ¡Casi se le cayeron los ojos del asombro! No podía creer lo que veía… Su águila era ahora la reina del cielo. Volaba entre las nubes y sus alas casi tocaban el sol.

—¿Cómo lo has hecho? ¡Si todos los expertos fracasaron!

—Fue fácil, majestad… —contestó sonriendo—. Corté la rama.

Desde entonces, el águila vuela tan alto que, según cuenta los sabios, puede verse desde los reinos lejanos. 

https://amzn.to/3utjVK4Fragmento: Cuentos para quererte mejor  

Álex Rovira Celma, Francesc Miralles

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Mabinogion -los celtas galeses-

Lo que nos separa del conocimiento de nuestros orígenes como europeos es la ausencia de pruebas escritas. Los celtas consideraban que la escritura pervertía y solo nos dejaron sus sueños y sus piedras.
Tal vez creían que la palabra trasmitida oralmente es la única que contiene la flexibilidad suficiente para adaptarse en cada momento a la verdadera esencia del mensaje.

Mabiginion -Los celtas galeses-
Archivo LHM

 

Entre los buscadores de las más genuinas raíces de nuestro mundo europeo, Lady Charlotte Guest, fue una mujer del siglo XIX, traductora y empresaria británica que, además de otros idiomas clásicos, aprendió galés y tradujo al inglés varios poemas y cancioneros medievales, que fueron publicados de manera convencional en varios volúmenes entre los años  1838 y 1845.

Entre ellos estaba el Mabinogion, un conjunto de once relatos medievales galeses. Se corresponden con recopilaciones hechas primero en verso y más tarde en prosa, de antiguas mitologías y tradiciones celtas, trasmitidas oralmente durante generaciones, pero revividas durante el tiempo en que las cortes caballerescas de Francia se convirtieron en centros culturales en plena Edad Media. Estas historias, relatos y cuentos del Mabinogion, junto a otras colecciones y sagas, provenientes incluso de la Edad del Hierro, son considerados los orígenes de la novela europea moderna.

Vertidas desde el inglés o desde el francés, fueron traducidas al español por Victoria Cirlot y por Carlos Dubner, a ellos se debe el que hayan sido conocidas y hayan gozado de una cierta popularidad y reconocimiento como reliquias históricas.

En la actualidad gracias a Luciana Cordo Russo, se pueden disfrutar traducidas directamente del galés en:  

Mabinogion Relatos Galeses Medievales 

Mabinogion-celtas galeses-
Archivo de LHM


Estos cuentos nos ofrecen un panorama de las múltiples tradiciones literarias nativas, que comprenden temas y motivos relacionados con el legendario rey Arturo, la historia galesa, saberes mítico-mágicos, valores corteses y heroicos, metamorfosis y encantamientos, y que sorprenden tanto por sus diferencias como por sus semejanzas respecto del resto de las literaturas medievales. En ellos encontramos historias de amistad entre príncipes y seres del otro mundo; de lealtad y alianza; de venganzas, amor y honor; de transgresiones y traiciones; de calderos mágicos, gigantes, brujas, doncellas en apuros, hechizos, animales y objetos sobrenaturales; de aventuras maravillosas; de cortes esplendorosas y héroes afamados; de palacios encantados y caballeros errantes; de salmones sabios, dragones y reyes convertidos en jabalíes.
Mabinogion nos relata los orígenes míticos de Irlanda, de Bretaña y de la Isla de Britania, gobernada por poderosos reyes galeses. Junto a ellos vemos figuras femeninas con mayor o menor poder de acción, como Rhiannon, Gwenhwyfar, consorte de Arturo o la emperatriz de Constantinopla. Este libro es una ventana a un mundo cultural que nos invita a adentrarnos en un sinfín de dramas familiares, tragedias dinásticas y políticas, aventuras maravillosas y comedias (algunas simplemente hilarantes) que no solo estimulan nuestra imaginación, sino también nos deslumbran por sus múltiples reflexiones en torno a la amistad, el amor, la bondad, la reparación de errores y malas decisiones, y la familia.

Contraportada de Mabinogion, Relatos Galeses Medievales

 

Puedes seguir leyendo sobre la historia del cuento en Antiguamente.

Los mundos de Ursula K. Le Guin

 

Inventar un nuevo universo es un trabajo duro. Jehová se tomó un día sabático. Vishnú duerme siestas. Los universos de ciencia ficción son solo diminutos fragmentos de mundos hechos de palabras, pero aun así requieren mucha reflexión; y en vez de imaginar un universo nuevo para cada historia, el escritor puede usar el mismo universo una y otra vez, en ocasiones hasta que las costuras se le gasten un poco, se ablanda, queda natural, como una camisa vieja.

K. Le Guin, Ursula, El cumpleaños del mundo y otros relatos.

Ursula K. Le Guin nació en Berkely, California, el 21 de octubre de 1929 y falleció el 22 de mayo de 2018 en Portland, Oregón. Es conocida por crear unos mundos que orbitan entre la ciencia ficción, la fantasía y la especulación. Su padre, Alfred Kroeber, era antropólogo y eso se ve entre cada una de las líneas de sus libros; no solo es escritora, sino también exploradora, tiene esa chispa de curiosidad, esos ojos abiertos de par en par en busca de la verdad genuina. En un país y en un momento en el que los hombres dominaban las publicaciones de ciencia ficción, y además en un género por el cual todavía existía desconfianza, ella siguió adelante. La fantasía y la ciencia ficción no son una vía de escape, son un mecanismo de reflexión, son un campo abierto a la exploración y a la retrospección. Son las herramientas que usa la autora para discurrir sobre el tiempo, las relaciones sexuales, el feminismo, etc.

No solo escribió novelas, sino también ensayos, crítica literaria, libros para niños y, por supuesto, cuentos. En El cumpleaños del mundo y otros relatos, publicado en el año 2002, explora las relaciones entre los sexos y sus múltiples posibilidades. Nos presenta tanto sociedades nuevas, como si nosotros estuviésemos explorando una nueva región, o un nuevo planeta, como perspectivas propias de los integrantes de esas sociedades. Son ellos los personajes que nos transmiten sus inseguridades, sus preocupaciones, su incomprensión ante situaciones nuevas. Y nosotros, los lectores, observando esas circunstancias tan aparentemente ajenas acabamos por empatizar, por comprender y por reflexionar. Por ejemplo, en el primer relato, titulado «Mayoría de edad de Karhide», se nos presenta una raza en la cual los individuos no están definidos por su sexo, es decir, solo durante algunos periodos de su vida adoptan las características sexuales de un hombre o de una mujer, y lo hacen solo con el fin de copular. El/la protagonista nos va contando cómo fue la primera vez que entró en ese estado, como si un adolescente nos contara cómo se siente al entrar en esos incomodos años de la pubertad. No solo diluye la concepción de las distinciones por género mediante las experiencias de los personajes, sino que también lo hace a través de la lengua, ya que los pronombres personales y el género gramatical no tienen el mismo valor que para nosotros (por ejemplo: «¡Oh, tu abuela está tan orgulloso de ti!»). Es una forma más de investigación y de reflexión sobre las costumbres, formas de relacionarse y concepciones culturales.

Ilustración de Helena Braojos

En definitiva, es una autora que defiende y promueve ante todo el uso de la imaginación como mecanismo para buscar la verdad. No es algo infantil, ni una pérdida de tiempo, como a veces se piensa. En palabras de Ursula K. Le Guin:

Porque la fantasía es verdadera, por supuesto. Los niños lo saben. Los adultos también, y por eso tantos la temen y con razón. Saben que esa verdad desafía, amenaza incluso, todo lo que de falso, todo lo que de postizo, innecesario y trivial hay en la vida que se han dejado empujar a vivir. Temen a los dragones porque temen la libertad.

       K. Le Guin, Ursula, El idioma de la noche. Ensayos sobre fantasía y ciencia ficción.

Los mundos de Ursula  K. Le Guin

Si te interesan algunos de los libros citados puedes conseguirlos aquí o aquí.

Puedes seguir leyendo sobre otros autores aquí.

 

Leopoldo Alas, Clarín, y las mujeres

 La mujer no es menos que el hombre, es otra cosa.

                        Leopoldo Alas, Clarín

Se trata de una ambigua indefinición en torno a la esencia de la mujer a la que nuestro autor ayudó a configurar con sus novelas y sus cuentos, dejando retratos  inolvidables en la literatura.  

Dicen los estudiosos que el cuento español se consagra en los últimos años del siglo XIX, cuando el naturalismo despoja al relato breve de su carácter de ficción y lo hace apto para reflejar los dramáticos sucesos de la vida cotidiana.

Leopoldo Alas, Clarín, murió en el primer año del siglo XX, es por lo tanto un cuentista del XIX con todas sus esencias, que se ajusta a la perfección a este criterio pues, en sus cuentos y novelas, recrea agudos y a veces descarnados pequeños acontecimientos de una sociedad burguesa en los que predominan los retratos de mujeres atrapadas en una asfixiante condición femenina.

Parece haber intuido que el siglo que empezaba cuando él nos dejó sería el del encuentro con una mujer que se encara con el horizonte de su propia revolución y empieza a enfrentarse a una condición masculina, socialmente poderosa y firme, hasta ser capaz de ir encontrando su propio y auténtico lugar en el mundo.

 

Margalida Socias en  «”Otras” heroínas de la narrativa del XIX. La mujer en los cuentos de Clarín», desgrana magnifícamete una tipología de la cuentística de Leopoldo Alas Clarín  y su trato con las mujeres literarias.

 

Leopoldo Alias Clarín

 

 

El dúo de la tos 

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del

silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»

Leopoldo Alias Clarín
Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía… compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público.

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos… Un eco… en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era… ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen… ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy… si me deja la tos… ¡esta tos!… ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos…»

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle… ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto… como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

Este cuento forma parte del libro Cuentos morales

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Antonio Machado -El único cuento-

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

 Antonio Machado 

 

De Antonio Machado no hay mucho más que se pueda añadir a todo lo que ya han dicho los eruditos, los estudiosos y los amantes de su obra poética, universalmente conocida y apreciada. Pero cuentan en una de sus muchas biografías, que aprendió a leer con el Romancero General, que había sido recopilado y publicado por su pariente Agustín Durán, quien fuera un importante hombre de letras en la época del Romanticismo en España.

Si fue así y las primeras palabras que él lograra pronunciar, extrayéndolas de un texto,  fueran los pensamientos de arraigos ancestrales, recogidos gota a gota en aquellos antiguos romances, es fácil suponer que el alma de Castilla debió correr por sus venas de niño, con la misma naturalidad que corría el aroma del limonero en ese huerto claro del recuerdo infantil de su Sevilla natal. El milagro del poeta es que supo trasmitir ese alma castellana con la finura y la intensa sobriedad con la que escribió cada uno de sus versos.

 

La tierra de alvargonzalez


La tierra de Alvargonzález
  es la única obra que Antonio Machado nos dejó en forma de cuento. En él, con todos los elementos de la narrativa, nos cuenta una dramática leyenda que tuvo lugar en tierras de Soria. Fue publicado en El Mundial Magazine
revista editada en Francia y escrita en castellano—, en enero 1912.
En el verano de ese  mismo año, convertido en un extenso poema, regresaría a la imprenta formando parte de uno de sus libros de poemas más representativos y queridos: Campos de Castilla.

 


Cinco años después el propio poeta explicó sus razones para recuperar el espíritu y la forma del Romancero para sus obras: «
Mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis».

 

 

La tierra de Alvargonzález

Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar. Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía —ocios de mercaderes—, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

—¿Va usted muy lejos? —pregunté al campesino.

—A Covaleda, señor —me respondió—. ¿Y usted?

—El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.

—Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra.

Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

—Por aquel sendero —me dijo el campesino, señalando a su diestra— se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca. —¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? —le pregunté.

—Alvargonzález —me respondió— fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato: Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Archivo LHM

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuego al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor a estudiar en Osma, porque lo destinaba a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban no gozaban lo que tenían.

El menor, a quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba dispuesto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar.

—Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y techo tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.

Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo de la cara azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida la cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió solo de su casa; no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y a solas hablaba con Dios Alvargonzález diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, a quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.»

Se fue quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: «Duerme y descansa. Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.»

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja del sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la hierba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la hierba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar oscuro aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente. . El sueño abrióse al claro día. Tres niños juegan a la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y a ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado. —Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.

Los niños se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado de leña.

Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar, cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

—Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada. Acude el segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar. El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.

—Aunque último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos, pálidos como la muerte, se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto a la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba de la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían a matarle, y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvagonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía a los suyos en torno a la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron a su puerta, o alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.

Archivo LHM

Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.

Y lo llevan a la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse a la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como usted, visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda como si huyeran de los asesinos. Pasaron otra vez junto a la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó a que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar del crimen a los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió a los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotada.

El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález a sus nuevos amos, y prometían cuanto habían rendido al viejo labrador.

Fue un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados muerde la culpa cuando temen el castigo de Dios o de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra, empobrecida, parecía fruncir el ceño a sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, a quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan a menos, como iban a más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —dijo el mayor—. Abre tú. Todos permanecieron inmóviles sin atreverse a abrir. Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía: —Abrid, hermanos.

—¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote, entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente a frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las tierras de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo: —¿Vivirás con nosotros?

—Si queréis —contestó Miguel—. Mi equipaje llegará mañana.

—Unos suben y otros bajan —añadió el segundo—. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba a hablar cuando llamaron otra vez a la puerta. Miró a sus hermanos como preguntándoles quién podría ser a aquellas horas. Sus hermanos temblaron de espanto. Llamaron otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio a nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó a labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron a cultivar la tierra abandonada. Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba a cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina. Una noche volvían borrachos a su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

—¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? —dijo a su hermano.

«La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.» —Brujería y artes de Satanás—contestó el segundo.

Pasaba cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse a la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

—Mírale —dijo el mayor—. Hasta de noche trabaja.

—¡Eh!, Miguel —le gritaron.

Pero el hombre aquel no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar a su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció flotando sobre el agua. Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a la justicia.

Y otra vez volvió a los malvados la tierra de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia, porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.

¡Padre!, gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!, ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.

 

Fue publicado en la revista Mundial, de París, número 9, enero de 1912

Fuente: Wikisource
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Gabriel García Márquez

Imagen de Alejandra Orjuela


«No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
 

Gabriel García Márquez 

 

 

El escritor colombiano Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura el 11 de diciembre de 1982 por toda su obra, entre la que destaca su emblemática novela Cien años de soledad. Esta nos transporta al mundo del realismo mágico con sus cuentos llenos de elementos fantásticos en una narración realista.

A partir del fenómeno cultural y literario conocido como el boom latinoamericano, García Márquez, junto con otros autores como Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, llegó con una fuerza arrolladora a toda Europa.

El escritor colombiano fue, y sigue siendo, uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana y, a su vez, contribuyó de manera decisiva a la proyección de numerosos escritores de gran calidad, pero desconocidos hasta entonces en Hispanoamérica que siempre han reconocido sus méritos. 

El poeta Hugo Gutiérrez Vega destacó que «la novela emblemática de Gabriel García Márquez y su aportación fundamental a la literatura, no sólo latinoamericana sino universal, es Cien años de soledad  una novela que se puede colocar al lado de las grandes novelas escritas en la historia de la literatura».

El escritor chileno Pablo Neruda, mencionó que «es la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote».

Juan Esteban Constaín dijo sobre él: «El tipo vivió toda su vida del sudor de su pluma, no se hipotecó ni siquiera cuando se estaba muriendo de hambre, estaba convencido de que la literatura era su único destino».

La huella que nuestro autor ha dejado en el mundo de la literatura es la de ser uno de los autores más importantes del siglo XX. Su prosa tan llena de originalidad y de poesía se ha hecho imprescindible y como ser humano en sus entrevistas, películas, aficiones, relaciones o preocupaciones nos ha dejado el rastro de un hombre comprometido con su tiempo y con su querida Colombia. Muestras de ello las tenemos en numerosos ámbitos, como por ejemplo en su Manual para ser niño, donde dejó para los más pequeños una simple y maravillosa llave mágica para vivir: «Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y solo eso, es la fórmula magistral para una vida larga y feliz». 

En el mundo del cine, aparte de ser su gran afición y haber colaborado en todos los ámbitos de este género, ha quedado de manifiesto que el séptimo arte todavía necesita evolucionar para poder estar a la altura de la ambigüedad y la complejidad de los personajes del realismo mágico.

Y en política, donde siempre pareció estar muy presente, tal vez nos aclare mucho su relación con este ámbito de la vida social la entrevista que se le hizo a su biógrafo Gerald Martin en torno a la relación de García Márquez y Fidel Castro recogida en este artículo recientemente publicado en la Revista Credencial de Colombia. Porque, seguramente, al margen de mitologías e idealismos, lo que hubo entre ambos fue una larga y profunda amistad.

Los Doce cuentos peregrinos, son doce relatos escritos a lo largo de 18 años que narran historias de felicidad y tristeza envueltas en una magia sobrenatural. Cada uno de sus personajes está desarrollado durante una estancia extranjera en el continente europeo.

En el prólogo de este libro, el autor aporta con su experiencia su granito de arena  al secreto de escribir cuentos y dice:

 

El esfuerzo de escribir un cuento es tan intenso como empezar una novela . Pues, en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro el resto de su vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento en cambio no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. La experiencia propia y ajena  enseña a que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino o tirarlo a la basura.

 

 

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China y Wei Jinzhi

Dice Wei Jinzhi, en el prefacio de su libro Fábulas antiguas de China,  que hay dos períodos importantes en este tipo de literatura popular: la de los siglos III y IV antes de nuestra era y mucho más tarde, la de los siglos XVI y XVII. No porque considere que en estas etapas la creatividad popular fuese más rica, sino por el hecho de que la influencia del confucianismo, como base en las formas de gobierno y en la educación, les llevó a despreciar todo aquello que se saliera de la oficialidad establecida y tratara de romper lo que se consideró la moral reconocida exclusivamente como «la buena». 

Hubo autores en esa larguísima etapa intermedia que llevaron a los libros el conocimiento de un pueblo siempre tan sabio y tan fecundo, pero sufrieron por cuestiones políticas de incomprensión y del consabido silencio.

Esto pone de manifiesto cuán peligrosa se ha considerado siempre la fuerza del arte como liberadora y transmisora del pensamiento en cualquiera de sus manifestaciones, por más sencillas que estas sean.

Wei Jinzhi
Archivo LHM

 

 

 

 

 

Tirar de los brotes para ayudarlos a crecer  

A un hombre del reino de Song le pareció que los vástagos de sus campos no crecían bastante aprisa. En vista de ello, dio a todos y a cada uno un estirón y se fue a casa casi exhausto.

–Hoy estoy muy cansado –dijo a su familia–. He estado ayudando a los brotes a crecer.

Su hijo salió  corriendo al campo y encontró todas las plantas muertas.

Casi todos querían ayudar a los vástagos en su crecimiento; pero algunos consideran todo esfuerzo inútil y no lo intentan, ni siquiera destrozando el campo; otros tratan de ayudarles dándoles un estirón. Esto último por supuesto, es peor que inútil.

Mencio


La sospecha
                    

Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho, exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven, idéntica a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.

Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho le parecían muy diferentes de los de un ladrón.

Lie Zi

 

 

Fuente: Fabulas antiguas de China

 

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Marcel Schwob, Vidas imaginarias

Marcel Schwob nació en el año 1867, en Chaville, pocos años antes de que comenzara la Belle Époque, unos años repletos de novedades, progresos y nuevas corrientes que se dispersaban y avanzaban a su paso por toda Europa. En su familia estaba rodeado de personas inmersas en la literatura y en la cultura en general, por lo que no es de extrañar que, pese a la temprana edad de su muerte (1905), fuese una persona de lo más erudita, un espíritu siempre curioso, en definitiva, una biblioteca andante. Tenía gran interés por la literatura inglesa; era un gran admirador de Robert Louis Stevenson y su trabajo, y por las lenguas clásicas, y todo esto se ve perfectamente reflejado en sus obras, cúmulo de imaginación, fantasía y erudición. En 1900 se casó con la actriz de teatro Marguerite Moreno, y pocos años más tarde, ya contaba con una salud delicada, conoció la muerte a causa de una fiebre.

Ilustración de Helena Braojos

Pese a ser una autor cuya huella literaria la podemos encontrar en obras de grandes autores como Faulkner, Bolaño o Borges (es necesario mencionar Historia Universal de la infamia y su similitud con Vidas imaginarias), su obra y su persona no son tan conocidas como cabría esperar. Se trata de un autor que ha depositado con maestría todo su bagaje cultural en su obra y ha conseguido que no parezca precisamente un amalgama de datos o historias ya contadas, sino la creación de una obra totalmente única, un choque, una novedad tanto en su época como en la nuestra, por eso quizás queda permanentemente un poco escondida.

En su obra Vidas imaginarias, Schwob nos va presentando capítulo a capítulo la vida de personajes históricos, personas reales, pero cuyos relatos de vida provienen de la imaginación del autor, nunca mejor dicho. Y así, la biografía tradicional se mezcla con la fantasía y sitúa al lector en un vaivén entre ambos mundos, la realidad y la ficción. Para Marcel Schwob el individuo era algo imprescindible, el individuo y sus excentricidades, aquello que hace que nos diferenciemos, ya que: «Las ideas de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus extravagancias» (Schwob, 1896). Frente al naturalismo que imperaba en aquella época y mediante el cual toda persona era resultado de sus circunstancias económicas e históricas y objeto de análisis, Schwob decidió lo contrario:

«El arte es contrario a las ideas generales; describe lo individual, persigue lo único, lo singular. No clasifica, desclasifica» (Schwob, 1896).

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