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La India

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India -Somadeva- Un océano de cuentos

 El Kathasaritsaga -océano de cuentos- es posterior al Pantchatantra, pero es, como este, una recopilación de cuentos escritos por Somadeva -poeta de la corte del rey Ananta de Kashmir- a quien se considera un conservador del antiguo folclore de la India, por su enorme recopilación de cuentos escritos en verso para la princesa Surymati.

 

 

No era Gunadhya un mortal cualquiera, sino un Dios que la brillante pléyade del gran Shiva gozó en un tiempo de la celeste beatitud, hasta que, por un pecado de soberbia, hubo de ser desterrado del mundo de los inmortales y condenado a expiar su culpa peregrinando por la tierra durante todo el tiempo que tardase en aprender la gran aventura que, un día lejano, le había contado Maheschvara a su esposa Parvati para curarla de su melancolía; y aún después de haberla aprendido, su castigo debía prolongarse hasta que la hubiese difundido por todo el mundo.

Tras una larga y penosa permanencia entre nosotros, en pos de las huellas de aquella maravillosa historia, pudo ver al fin el anhelado fin de sus fatigas, al encontrar un silfo que le narró todos los admirables episodios con que Shiva había regalado el oido de su favorito.

Toda aquella historia la recogió Gunadhya, el gran poeta, en el término de siete años, reduciéndola a setecientas mil estrofas y, receloso de que los silfos fuesen a robarle su obra, buscó el amparo del genio del bosque y con su sangre la escribió. Entonces acudieron a escucharle legiones de hadas y duendes, de suerte que parecía el pabellón del cielo, por así decirlo, un baldaquino. Después que Gunadhya hubo terminado su obra, pensó para sí: «la empresa que debe señalar el término de mi confinamiento en este mundo, es la de difundir en él la gran narración, sin dejar lugar en donde no sea conocida. El caso es que, ¿cómo voy a lograrlo? ¿A quién habré de entregársela?» Perplejo estaba cuando, los dos discípulos que, como a maestro de poetas, le habían seguido, conocido el motivo de su embarazo, le dijeron:

–No hay más que un hombre a quién puedas entregar la obra de tu ingenio sin par y ese hombre es el poderoso rey de Sata, príncipe que sabe como nadie apreciar la belleza y que puede llevar tan lejos la gracia de tu trabajo como el céfiro lleva el aroma de las flores.

Conforme el sabio Gunadhya con el parecer de sus virtuosos discípulos, entrególes el libro y los mando con él a presencia del príncipe, acompañándoles el mismo hasta las afueras de la ciudad de Patrischtthana, en donde convino con ellos que esperaría su regreso, en un pabellón que había mandado edificar la diosa Parvati. Los jóvenes llegaron a presencia del soberano Sata, le mostraron el libro y le dijeron:

–Aquí tiene la obra poética de Gunadhya.

Más él, como oyó a los jóvenes hablando la lengua del pueblo y vio que la historia estaba redactada también en el mismo lenguaje, ofuscado por un altanero desdén de letrado repuso:

–Magna es la labor de quien ha compuesto setecientas mil estrofas, pero el léxico es horrendo. Además, vienen escritas con sangre… No, decididamente no me interesa este libro.

Los discípulos recogieron entonces la obra y volvieron con ella a su maestro, a quien dieron cuenta de cuanto había sucedido. Gunadhya quedó muy abatido con la noticia y no sin razón, porque ¿Quién es el que no se aflige al verse desdeñado por los doctos?

LHM

De allí tomo con sus discípulos el camino de una no muy lejana montaña, y elegido que hubo un solitario y encantador paraje, dispuso en él una pira, encendió la llama sagrada y, hoja por hoja, fue leyendo sus poesías a las fieras y animales del bosque y a los alados habitantes del espacio; y luego las arrojaba al fuego en presencia de sus acongojados discípulos. Solo a fuerza de súplicas consiguieron estos que indultase de las llamas una de las poesías que contenía el relato de los avatares de Naravahana, cantados en cien mil estrofas.

Sucedió que mientras Gunadhya iba leyendo y echando al fuego aquellas historias que Shiva había narrado, todas las gacelas, jabalíes, búfalo a y demás animales abandonaron sus pastos y sus lugares predilectos de caza, rodearon al poeta, formando un amplio círculo en torno a él, y con ojos llorosos, seguían su lectura, incapaces de apartarse de allí.

En esto el rey Sata empezó a sentirse enfermo. Llamados los médicos a su cabecera, opinaron que el origen del mal estaba en que los manjares que se le servían a la mesa eran carnes desprovistas de virtud nutritiva; y como recriminasen por ello a los cocineros, estos se exculparon diciendo: 

–Hace tiempo que nuestros cazadores no saben traer otra cosa que carnes flojas y sin jugo.

Los monteros, a su vez, explicaron para justificarse cuando vieron que les pedían cuentas:

–No lejos de aquí hay un monte en el cual un brahmán se pasa los días leyendo poesías y arrojando, luego que los ha leído, sus escritos hoja tras hoja al fuego de una higuera que tiene a su lado. Este brahmán es el causante de la desgracia de nuestro príncipe, porque todos los animales han abandonado las praderas, se han congregado en torno a él y le escuchan sin moverse del sitio como encantados; por eso es su carne tan insustancial, porque estan hambrientos.

En cuanto el rey se enteró de los que los cazadores habían contado, hizo que le mostrasen el camino para llegar a la montaña, y allá se fue, lleno de curiosidad por conocer a Gunadhya.

En el sitio que le habían indicado, halló el rey al poeta, desbordada sobre los hombros, como correspondía a su vida selvática, una enmarañada cabellera semejante a la humareda que de la hoguera de su casi extinta pena se alzaba y rodeado de una extraña corte de animales. Después de saludarle con una profunda inclinación, pregúntole el soberano el significado de aquella desusada asamblea y el brahmán le refirió la historia de su advenimiento a la tierra, la de cómo habían llegado hasta los mortales las divinas fábulas y cuál era la pena que pesaba sobre sus hombros de proscrito. Entonces, el rey se postró reverente a sus pies, pues conoció que Gunadhya era un Dios, y le suplicó que se dignase confiarle las celestes narraciones que habían manado de los armoniosos labios de Shiva.

Y el poeta dijo a Sata:

–Seis historias en seiscientas mil estrofas he entregado ya a las llamas, ¡oh príncipe!, y solo una me queda y puedo darte. Mis dos discípulos se quedarán también contigo, si así  lo deseas, y ellos podrán interpretarlas.

Dicho esto se despidió del rey, abandonó la carnal envoltura de un impulso de su superior espíritu y, purgado de su culpa, de nuevo se remontó a los espacios hasta el lugar en donde moran los dioses.

El soberano recogió el libro que Gunadhya le había dejado, llamado La Gran Historia, en el cual están relatados los avatares de Naravahana, y con el regresó a su palacio, en donde lo leyó recurriendo a la interpretación de los discípulos del poeta. Por último regaló a estos pueblos incontables, oro, vestiduras, acémilas, rebaños de terneros y palacios; y él mismo compuso un libro con las más bellas poesías de la obra, y por las noches se lo leía a su esposa favorita.

 

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India –Los Jatakas y Buda– La sombra de la liebre en la luna

La colección de relatos pertenecientes a la época de nacimiento del budismo incluye una serie de relatos conocidos como Jatakas.

Entre ellos tradicionalmente se distinguen entre los jakatas canónicos y los no canónicos. Los primeros se encuentran incluidos en el Tripitika o Canon pali. Es este una recopilación de antiguos textos budistas en donde se recogen las muy diversas  enseñanzas trasmitidas por el mismo Buda o alguno de sus discípulos–.  Fueron escritos sobre hojas de palmera secas y se guardaban, dependiendo de su contenido, en distintos cestos, de ahí el nombre de Tripitika cuyo significado es “tres cestos”.  En el segundo de esos cestos   están incluidos los Jatakas, relatos moralistas relacionados con las vidas anteriores de Buda. Por su parte, los jakatas no canónicos  son cuentos pertenecientes al folclore popular y anteriores al nacimiento de Buda. En ellos sus protagonistas han sido identificados como Buda en sus distintas anteriores vidas.

A través de las moralejas que se pueden extraer de las situaciones vividas, generalmente por animales o seres mágicos, se facilitaba el contacto con los niños.

Un ejemplo de estos relatos no canónicos es…

 

La sombra de la liebre en la luna 

 

Lo que voy a contar sucedió hace muchos miles de años, cuando nuestro señor Gautama pertenecía todavía al reino animal. Ya en aquel tiempo, a pesar de no haber sido designado aún como Budisatva, el Maestro, encarnado en forma de liebre, seguía escrupulosamente los preceptos de la Ley Mor, esa ley que todos los seres realmente buenos conocen sin haberla aprendido nunca. Vivía aquella liebre, cuyo destino llegaría a ser tan brillante, en las márgenes del río Ganges y en compañía de otros anímales virtuosos como ella, aunque en menor grado, con los cuales se entendía muy bien. Eran estos un mono, una nutria y un chacal. A pesar de la diferencia de razas y costumbres, el deseo de vivir según principios superiores a los que animan vulgarmente a sus congéneres, había reunido a estos cuatro animales.

Hacia muchos años que vivían de este modo y se ayudaban entre sí como mejor podían. 

Un día, la víspera de la luna llena, la liebre reunió a sus compañeros  y les dijo:

–Mañana la gran luz que brilla en el cielo será completamente redonda; os recuerdo, amigos míos, que tenemos establecido dedicar el día de la luna llena a la meditación y el ayuno, a fin de purificar al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, mi consejo es que mañana por la mañana, al romper el día, salgamos como de costumbre a buscar el alimento necesario, para poder darlo de limosna si algún mendigo nos pide ayuda.

Todos los animales aprobaron estas palabras. Luego, como el sol desapareciera en el horizonte, se metió cada uno en su guarida para pasar la noche; en cuanto al mono, se subió a un árbol próximo y allí se colgó por la cola en una rama alta.

Al otro día, siguiendo los consejos de la liebre, cada cual se dedicó a la tarea de procurarse comida para darla de limosna en caso necesario.

La nutria regresó con cinco pececillos que un pescador distraído había dejado a la orilla del río. El chacal se apoderó del almuerzo de un pastor que tocaba la flauta no muy lejos de allí y volvió a su agujero con una escudilla de leche cuajada, un tarro de manteca derretida y una ración de arroz. En cuanto al mono, se contentó con coger, de un mango silvestre, unos cuantos frutos maduros y jugosos y después, volviendo a mecerse en su rama, se enfrascó en la meditación.

Buda
Merche B. para LHM

La liebre no salió desde la aurora del agujero que le servía de madriguera, en las raíces del árbol. Apenas despertó, se instaló en medio de su alojamiento y desde allí, mirando atentamente la floresta inundada de rayos de sol vivificador y las aguas tranquilas, profundas y lentas del Ganges, cristalino y azul, procuro meditar, como debemos hacer todos, elevando su alma hasta el espíritu supremo de la naturaleza, confundiendo su voluntad y su inteligencia con la voluntad y la inteligencia divina adquiriendo la conciencia de ser una parte activa del Gran Todo.

En vez de perder el tiempo buscando comida para hacer limosna, había pensado simplemente: «Si algún pobre me pide de comer, le diré que encienda una buena lumbre y le daré mi cuerpo como alimento para que se reconforte».

Tan bella idea de sacrificio no podía pasar inadvertida en los mundos superiores, Sekra, Dios de los Dewas, conmovido ante tal grandeza de alma, resolvió ir a probar por sí mismo la grandeza y las virtudes de los cuatro animales. Tomando forma corpórea se presentó ante la casa de la nutria que, a su llamada, salió de la piadosa meditación en que se encontraba. 

–Nutria, hija mía– dijo el brahmán –, yo te saludo; desde ayer por la mañana estoy sin comer y tengo hambre ¿No podrías darme algo? Te bendeciré a cambio y la felicidad no se alejará nunca de tu morada.

–Noble brahmán – respondió la nutría– esta mañana reuní cinco pececillos que había abandonado un pescador a la orilla del río. Tuyos son, cómelos y reconfortante. En cuanto a mí, ayuno en este día de luna llena para purificar mi cuerpo, y medito para elevar mi espíritu.

–Gracias– contestó Sekra–. Haz el favor de guardar esos alimentos que me ofreces. Voy al Ganges a purificarme del polvo del camino y volveré después a comer aquí.

El brahmán se apartó, pero en vez de dirigirse a la orilla, marchó al cubil en que estaba echado el pequeño chacal. Este, siguiendo los consejos de su amiga, meditaba lo mejor que podía.

–Amigo mío– dijo el brahmán–. ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Bien sabes qué los dioses dan el ciento por uno de la limosna hecha a un brahmán.

–Señor– respondió el chacal–, hoy es para mí día de ayuno; pero al romper el alba fui a buscar alimentos con la intención de poderlos ofrecer a algún santo como tú, que anduviese por la floresta mendigando el pan. Toma pues, esta leche cuajada tan blanca, esta manteca derretida y este arroz. Siéntate a la sombra de un árbol, come y reconfórtate.

–Te lo agradezco– contestó el brahmán– pero te ruego que guardes un instante esos alimentos mientras voy a dar una vuelta y a meditar. Volveré enseguida y comeré junto a ti.

El brahmán fue después a reunirse con el mono que le ofreció también sus frutos maduros. Por fin se presentó ante la casa de la liebre, que embebida en la contemplación de la naturaleza, continuaba meditando junto a su madriguera.

–Hija mía– dijo el Dios disfrazado–, ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Hace más de un día que no como.

–Con mucho gusto, santo hombre– contestó la liebre–; te daré un buen pedazo de carne fresca para que comas. Haz el favor de encender una hoguera y cuando la lumbre esté bien encendida, te daré con que saciar el hambre.

El brahmán, sin insistir, reunió ramas y las prendió fuego, frotando uno contra otro, dos pedazos de madera seca. Cuando las llamas subían alegremente, quiso saber cuál sería su comida.

–Es mi propio cuerpo lo que te doy– respondió la liebre que antes de que el brahmán pudiera impedirlo había saltado a las brasas.

Pero, ¡oh milagro! Parecía no sentir nada y pasados unos instantes exclamó: 

–Añade ramas y sopla la llama, porque la verdad es que tengo frío.

Pero el brahmán desapareció y en su lugar quedó un joven de belleza radiante, cuyo cuerpo parecía emitir una claridad dulce y pura. El Dios Sekra se dio entonces a conocer. Dijo a la liebre que los dioses se habían conmovido ante su generosidad y su valor.

–Un acto así–continuó– no debe borrarse jamás de la memoria de los hombres.

Y al decirlo, el Dios creció desmesuradamente, deshizo con el dorso de la mano la cumbre de una montaña próxima y con la masa arrancada manchó la pálida faz de la luna que, en aquel instante, aparecía en el horizonte.

–Deseo– dijo Sekra– que los pueblos de hoy y los que han de venir, reconozcan la forma de una liebre en esta señal y que, recordando su historia, se acuerden también de esto: «que el que quiere dar limosna, debe darlo todo sin restricción, ofreciéndose también a sí mismo para bien del prójimo».

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India –en el Pantchatandra– Los hacedores de leones

 

CUANTO MÁS SABIO MÁS IMPRUDENTE

LOS HACEDORES DE LEONES

En cierto lugar vivían cuatro hermanos brahamanes que se tenían el mayor afecto. Tres de ellos se habían instruido en todas las ciencias, pero carecían de discreción; el cuarto no había estudiado, más era muy discreto. Una vez se pusieron a deliberar: «¿Qué vale el saber si no sirve para adquirir fortuna visitando países extranjeros y ganando el favor de los príncipes? ¡Vámonos, pues, todos a otro país!»

Así lo hicieron y cuando habían recorrido parte del camino dijo el mayor:

–Hay uno entre nosotros, el cuarto, que no posee estudios, sino solamente discreción. Pero los reyes no hacen regalos a la discreción sin ciencia, así que no le daremos parte de lo que ganemos. Que desande, pues, el camino y que vuelva a casa.

Entonces añadió el Segundo:

–Tú que no has estudiado y eres tan discreto, vete pues a casa.

Y el tercero dijo:

–No es lícito obrar así. Juntos hemos jugado desde la infancia, que venga con nosotros, pues lo merece, y que participe en la riqueza que adquiramos.

Acordado así, continuaron su camino y vieron en un bosque la osamenta de un león. Dijo uno:

–Vamos a probar nuestra ciencia: aquí yace un animal muerto, vamos a devolverle la vida con nuestro saber. Yo se ordenar y juntar los huesos.

Dijo el Segundo:

–Yo sé poner la piel, la carne y la sangre.

Dijo el tercero–Yo se infundirle vida.

Y al hablar así, el primero juntó los huesos, el Segundo le puso la piel, la carne y la sangre y cuando el tercero estaba a punto de infundirle la vida se lo impidió el discreto diciendo: 

–Es un león. Si le das la vida nos matará a todos:

Pero el otro contestó:

–¡Necio! No permitiré que la ciencia quede estéril en mi mano.

Repuso aquel:

–Pues espera un momento hasta que yo haya subido a ese árbol

Así se hizo; el león recobró la vida, dio un salto y mató a los tres. Pero el discreto bajó del árbol cuando el león ya se había alejado y volvió a su casa. Por eso digo yo:

Cedido por Pixabay

Más vale discreción que tal ciencia, la discreción es superior a la ciencia. El que carece de discreción perece como los hacedores de leones.

 

 

 

 

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India –en el Pantchatandra– La olla rota

El pantchatandra – «reloj de príncipes»

Bajo la forma literaria de fábulas, cuentos y cuentos maravillosos, los cinco libros de esta obra inigualable trataban de educar a príncipes y a reyes en la moral y la sabiduría de la vida. 

Seguramente, el Pantchatandra procede del tiempo transcurrido entre el siglo II a.C. y siglo VI d.C.  La obra contiene notables influencias del fabulista griego Esopo y del budismo, pero fue a partir del siglo X cuando comienza a difundirse por occidente. En esta época la tradición literaria empieza a imponerse  sobre la tradición oral con las numerosas traducciones de textos al persa y al árabe y con ello, las narraciones indias van llegando a Asia, África y Europa. 

 

La olla rota 

En cierto lugar vivía un brahmán llamado Svabhakripana, que tenía una olla llena de arroz que le habían dado de limosna y que le había sobrado de la comida. Colgó esta olla de un clavo de la pared, puso su cama debajo y pasó la noche mirándola sin quitarle la vista de encima, pensando así: 

–Esa olla está completamente llena de harina de arroz. Si

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sobreviene ahora una época de hambre podré sacarle cien monedas de plata. Con las monedas compraré un par de cabras. Como estas crían cada seis meses, reuniré todo un rebaño. Después con las cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido venderé las terneras. Con las vacas compraré búfalas. Con las búfalas, yeguas. Cuando las yeguas hayan parido tendré muchos caballos. Con la venta de estos reuniré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa con cuatro salas. Entonces vendrá a mi casa un brahmán y me dará en matrimonio  a su hija hermosa y bien dorada. Ella dará a luz un hijo y le llamaré Somasarmán. Cuando tenga edad para saltar sobre mis rodillas cogeré un libro, me iré a la caballeriza y me pondré a estudiar. Entonces me verá Somasarmàn y deseoso de mecerse sobre mis rodillas, dejará el regazo de su madre y vendrá hacia mí, acercándose a los caballos. Yo, enfadado, gritaré a la brahmana: “¡Coge al niño!” Pero ella, ocupada en las faenas, no oirá mis palabras. Yo me levantaré entonces y le daré un puntapié. 

Tan embargado estaba en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla y el quedó todo blanco con la harina de arroz que había dentro y que le cayó encima.

Por eso digo yo: el que hace sobre el porvenir proyectos irrealizables se queda blanco como el padre de Somasarman.

 

Enamórate de la cultura de la India a través de nuestros cuentos inspirados en su cultura.

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India – en los Puranas- Ganesha

El señor del éxito

Para empezar a hablar de la India no existe mejor embajador que Ganesha, él es el portador del éxito y la fortuna, el destructor de todos los males y todos los obstáculos.

Si quieres empezar algo bien, ponte en sus manos. 

El tiempo ha demostrado que Ganesha es inmortal; y lo es por la bondad y la sabiduría que encierra. Desde hace miles de años, con su candor,  es un símbolo mágico para todos los hindúes, sea cual sea su creencia. 

Sobre su nacimiento han circulado varías versiones. Para no dejar nada fuera y con ello un gramo de la buena suerte que promete Ganesha, relato las dos más conocidas leyendas. No son exactamente cuentos, pero la pureza del símbolo que representa Ganesha merece la pena que se hable de él…

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En el Shiva Purana

Un día, Parvati, la esposa del dios Shiva, tomó un poco de ceniza del pecho de su marido -costumbre que adoptan los hombres que se dedican en la India a una vida de ascetismo- y la mezcló  poniéndola sobre su cuerpo que aún estaba mojado después del baño. Amasó la mezcla y la convirtió en un niño, que fue creciendo hermoso y fuerte, a quien llamó Ganesha.

El niño demostraba un profundo amor filial, obediente y respetuoso. A Parvati le gustaba quedarse sola en palacio y, para no ser molestada, solía colocar a Ganesha en la puerta diciéndole que no dejara entrar a nadie sin su autorización.

Pero un buen día, Shiva quiso entrar al palacio de la diosa para ver sin tardanza a su esposa. Ganesha le pidió la consigna que su madre le había dado para permitir la entrada  y, al ver que no la tenía, le cerró el paso. Shiva, furioso, saco su espada y, con un golpe certero, cortó la cabeza del muchacho que rodó pendiente abajo, desapareciendo de su vista y quedando a sus pies el cuerpo decapitado de su hijo.

Parvati, alertada por lo ocurrido, salió a la puerta y vio con horror a su querido hijo tendido a los pies de Shiva y muerto por obedecer sus órdenes. Desesperada lloró e imploró ante Shiva suplicando que le devolviera a su hijo a la vida. Shiva se compadeció de  ella y llamando a sus soldados les ordenó que trajeran ante él  la primera cabeza que les saliera al paso. Sus soldados encontraron un elefante y le cortaron la cabeza, que llevaron ante Shiva, quien la colocó sobre los hombros de Ganesha para devolverle a la vida.

Desde entonces el precioso hijo de Parvati creció con todos lo honores de un príncipe y Shiva lo convirtió en líder de los ejércitos  del dios, siendo conocido también como Ganapati -conductor de ejércitos-.  

 

En el Brahma Vaivarta Purana:

Se dice que cuando los dioses vinieron a honrar a Parvati y admirar a su hijo, uno de ellos se negaba a  mirarlo. Los demás dioses lo regañaban por ello, pero aquel dios sabía que una sola mirada de sus potentes ojos podría quemar la cabeza del niño reduciéndola a  cenizas. Parvati, molesta por la actitud de aquel dios, insistió una y otra vez para que mirase a su hijo y disfrutara con la visión de su belleza y su perfección. Por fin, cediendo, el dios echó la mirada sobre el niño y, tal como él sabía, su cabeza fue reducida a cenizas.

Parvati, su madre, comenzó a llorar y llorar, hasta que el Dios Visnú, que es el conservador del universo, acudió en su ayuda con una cría de elefante recién muerta y colocó la cabeza en el cuello de Ganesha que enseguida volvió a la vida.

 

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