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Mundo Clásico

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Roma -La Matrona de Éfeso

Y es que la combativa Roma también supo de cuentos; ella fue la heredera del mundo helénico y, por tanto, estuvo impregnada del aporte que en esta materia fue ejercido por su culta antecesora.
Cuentan los historiadores que, entre batalla y batalla, los soldados recuperaban ánimo y energías escuchando cuentos sibaritas –historias cortas y entretenidas que debieron surgir en su día en la refinada ciudad de Sibari— y fábulas milesias, que según el buen entender  del canónigo del Quijote, eran cuentos disparatados.
Pero el Imperio Romano fue largo en el tiempo y dio para mucho. El autor de este relato, incluido en la novela El Satiricón, fue escrito por Petronio, hombre ilustre del reinado de Nerón a quien el historiador Tácito denominaba el árbitro de la elegancia.

La matrona de Éfeso

La matrona de Efeso
tunaolger en Pixabay

En Éfeso había una matrona con tal fama de honesta que hasta venían las mujeres a conocerla desde países vecinos. Esta matrona perdió a su esposo y no se contentó entonces con ir detrás del cuerpo con los cabellos en desorden, como es costumbre entre el vulgo, ni con golpearse el pecho desnudo ante los ojos de todos, sino que fue detrás de su finado marido hasta su tumba y luego de depositarlo, según la usanza de los griegos, en el hipogeo, se consagró a velar el cuerpo y a llorarlo día y noche. Sus padres y familiares no pudieron hacerla cejar en esa actitud que, llevada a la desesperación, la haría morir de hambre. Hasta los magistrados desistieron del intento al verse rechazados por ella. Todos lloraban casi como muerta a esa mujer que daba ejemplo sin igual consumiéndose desde hacía ya cinco días sin probar bocado. La acompañaba una sirvienta muy fiel que compartía su llanto y renovaba la llama de la lamparilla que alumbraba el sepulcro cuando comenzaba a apagarse. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que no fuera de esta abnegación, y hombres de toda condición social la daban como ejemplo único de castidad y amor conyugal.

En ese tiempo el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de la cripta donde la matrona lloraba sin interrupción la reciente muerte de su marido. Durante la noche siguiente a la crucifixión, un soldado que vigilaba las cruces para impedir que alguno desclavase los cuerpos de los ladrones para sepultarlos, notó una lucecita que titilaba entre las tumbas y oyó los lamentos de alguien que lloraba. Llevado por la natural curiosidad humana, quiso saber quién estaba allí y qué hacía. Bajó a la cripta y, descubriendo a una mujer de extraordinaria belleza, quedó paralizado de miedo, creyendo hallarse frente a un fantasma o una aparición. Pero cuando vio el cadáver tendido y las lágrimas de la mujer, su rostro rasguñado, se fue desvaneciendo su propia impresión, dándose cuenta de que estaba ante una viuda que no hallaba consuelo. Llevó a la cripta, su magra cena de soldado y comenzó a exhortar a la afligida mujer para que no se dejase dominar por aquel dolor inútil ni llenase su pecho con lamentos sin sentido.

-La muerte -dijo- es el fin de todo lo que vive: el sepulcro es la íntima morada de todos.

Acudió a todo lo que suele decirse para consolar las almas transitadas de dolor. Pero esos consejos de un desconocido la exacerbaban en su padecer y se golpeaba más duramente el pecho, se arrancaba mechones de cabellos y los arrojaba sobre el cadáver. El soldado, sin desanimarse, insistió, tratando de hacerle probar su cena. Al fin la sirvienta, tentada por el olorcito del vino, no pudo resistir la invitación y alargó la mano a lo que les ofrecía, y cuando recobró las fuerzas con el alimento y la bebida, comenzó á atacar la terquedad de su ama:

-¿De qué te servirá todo esto? -le decía-. ¿Qué ganas con dejarte morir de hambre o enterrada, entregando tu alma antes que el destino la pida? Los despojos de los muertos no piden locuras semejantes. Vuelve a la vida. Deja de lado tu error de mujer y goza, mientras sea posible, de la luz del cielo. El mismo cadáver que está allí tiene que bastarte para que veas lo bella que es la vida. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir? .

Al fin la viuda, agotada por los días de ayuno, depuso su obstinación y comió y bebió con la misma ansiedad con que lo había hecho antes la sirvienta.

Se sabe que un apetito satisfecho produce otros. El soldado, entusiasmado con su primer éxito, cargó contra su virtud con argumentos semejantes.

-No es mal parecido ni odioso este joven- se decía la matrona, que además era acuciada por la sirvienta que le repetía:

-¿Te resistirás a un amor tan dulce? ¿Perderás los años de juventud? ¿A qué esperar más tiempo?

La mujer, después de haber satisfecho las necesidades de su estómago, no dejó de satisfacer este apetito… y el soldado tuvo dos triunfos. Se acostaron juntos no sólo esa noche sino también el día siguiente y el otro, cerrando bien las puertas de la cripta de modo que si pasase por allí tanto un familiar como un desconocido, creyeran que la fiel mujer había muerto sobre el cadáver de su esposo. El soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por lo misterioso de estos amores, compraba de todo lo mejor que su bolsa le permitía y al caer la noche lo llevaba al sepulcro.

Pero he aquí que los parientes de uno de los ladrones, notando la falta de vigilancia nocturna, descolgaron su cadáver y lo sepultaron. El soldado, al hallar al otro día una de las cruces sin muerto, temeroso del suplicio que le aguardaría, contó lo ocurrido a la viuda:

-No, no -le dijo- no esperaré la condena. Mi propia espada, adelantándose á la sentencia del juez, castigará mi descuido. Te pido, mi amada, que una vez muerto me dejes en esta tumba. Pon a tu amante junto a tu marido.

Pero la mujer, tan compasiva como virtuosa, le respondió:

-¡Que los dioses me libren de llorar la muerte de los dos hombres que más he amado! ¡Antes crucificar al muerto que dejar morir al vivo!

Una vez dichas estas palabras, le hizo sacar el cuerpo de su esposo del sepulcro y colgarlo en la cruz vacía. El soldado usó el ingenioso recurso y al día siguiente el pueblo admirado se preguntaba cómo un muerto había podido subir hasta la cruz.

Confía tu barco a los vientos
pero jamás tu corazón a una mujer
porque las olas son más firmes
que la fidelidad de la mujer.

No hay ninguna mujer buena
o si alguna vez lo ha sido
No comprendo cómo algo malo
pudo ser bueno alguna vez.

Fuente: Wikisource

Te invito a que conozcas mas cuentos en Antiguamente en La Higuera Mágica.

 

Un drama griego

Nunca dejarán de oírse los ecos de la antigua Grecia en nuestra cultura y por tanto en la cultura del mundo. Sea cual sea la disciplina que estudiemos, siempre hay que pasar por el tamiz de ese pequeño universo de genios, pensadores magníficos, que sentados al borde del Mediterráneo debieron derramar sus sueños y sus quejas sobre el brillante azul de sus aguas, para trascender en el tiempo y en el espacio hacia la eternidad.

Sabemos que ya en aquellos tiempos los cuentos se escuchaban en los banquetes. Teopompo, autor de las filípicas, decía del padre de Alejandro Magno, que le gustaba oír a los narradores en los banquetes y Aristófanes nombraba a un tal Filepsio quien narraba a cambio de dinero.

Heródoto de Halicarnaso, padre de la historia de Occidente y gran viajero, incluyó entre su extensa obra algunas narraciones como esta:

 

Creso y Adrasto o la muerte de Atis 

 

Creso expulsó a Solón porque le parecía la mayor insensatez que este pensase que debían pasarse por alto los bienes presentes y atender únicamente al fin de toda cosa.

Después de la marcha de Solón, Creso sufrió un gran castigo del cielo, según parece porque se consideraba el más feliz de los mortales. En cierta ocasión, mientras dormía, tuvo un sueño que le hizo ver la verdad de los males que habrían de ocurrirle a su propio hijo. Creso tenía dos hijos, uno de los cuales era defectuoso y sordo y el otro aventajaba en todo a los jóvenes de su edad. Este se llamaba Atis y el sueño le mostraba a Creso que perecería herido de muerte por un hierro. Cuando se despertó, se puso a hacer consideraciones sobre aquello y, con la angustia terrible que le causaba aquel sueño, hizo casar a su hijo y como tenía por costumbre encargarse de conducir a los lidios al combate, en lo sucesivo nunca más le confió ese cometido. Mandó retirar de las habitaciones de los hombres los dardos, las lanzas y todas cuantas armas como estas suelen emplearse en las batallas, e hizo que las llevaran a los departamentos de las mujeres, no fuese a ocurrir que, estando colgadas, cayera alguna sobre su hijo.

Mientras estaba preparando Creso la boda de su hijo, llegó a Sardes un hombre de nacionalidad frigia y de sangre real, a quien había ocurrido una desgracia y tenía las manos manchadas de sangre. Este se presentó en el palacio de Creso solicitando de él que lo purificase según la costumbre del país, y Creso mandó hacer la purificación que los lidios hacen de manera parecida a los griegos. Después de que Creso hiciese las ceremonias referentes al caso, quiso informarse de dónde venía y quien era aquel hombre y le preguntó:

—¿Quién eres y de que lugar de Frigia te presentas ante mí, invocando a Zeus el protector doméstico? ¿A qué hombre o mujer has dado muerte?

Y aquel contestó:

—Oh rey, me llamo Adrasto y soy hijo de Midas y nieto de Gordio. Por haber dado muerte involuntariamente a mi propio hermano he sido expulsado por mi padre y rechazado por todos.

Creso entonces le habló así:

—Eres descendiente de gentes amigas y has venido a parar entre amigos, donde nada te faltará mientras estés con nosotros; soporta tu desgracia lo más pacientemente que puedas y saldrás ganando más con ello.

Adrasto recibió alojamiento en el palacio de Creso.

Por este mismo tiempo apareció en la Misia, por el monte Olimpo, un gran jabalí que bajaba del citado monte y destruía las posesiones de los misios. Estos salieron muchas veces contra él sin conseguir hacerle ningún daño, pero siempre, sin embargo, lo recibían del jabalí. Por último, enviaron unos mensajeros a Creso para decirle:

—Oh rey, un tremendo jabalí ha hecho su aparición en nuestro país y destroza nuestras cosechas. Por más que nos esforzamos en cogerlo, no podemos conseguirlo y venimos ahora ante ti para suplicarte que permitas venir a tu hijo y con él a otros jóvenes escogidos y perros de caza para que podamos arrojarlo de nuestro país.

Esta petición hicieron a Creso los misios, pero él se acordó del sueño y les contestó con estas palabras:

—En cuanto a mi hijo, haceos las mismas cuentas que si no existiera, ya que no podría dejarle que os acompañara. Es recién casado y le ocupan los cuidados del matrimonio. Sin embargo, enviaré con vosotros a jóvenes escogidos entre los lidios y cuantas jaurías de perros hay en mi palacio y les ordenaré que al ir en vuestra ayuda pongan todo su esfuerzo para echar del país esta alimaña.

Un drama griego
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Así hablo el rey como respuesta, y los misios trataban de conformarse con aquellas promesas, cuando se presentó el hijo de Creso, que se había enterado de lo que le pedían y, antes de que le comunicara su padre que ya se había puesto de acuerdo con ellos, le habló en los siguientes términos:

—Padre mío, en otro tiempo me hice estimar en cuantas acciones brillantes y nobles en la guerra y en la caza se me presentaron, pero ahora me tienes apartado de unas y de otras, aunque yo no haya mostrado cobardía ni desatino. ¿Con que ojos podré presentarme al entrar y salir en la plaza pública? ¿Cuál será la opinión que tendrán de mí mis conciudadanos o qué pensará mi propia esposa? ¿Con qué clase de hombre pensará que acaba de casarse? Siendo esto así, padre mío, autorízame para que vaya a la cacería o trata de convencerme con razones para que sepa qué motivo hay para que consideres mejor obrar de otro modo.

Entonces Creso le contestó con estas palabras:

—Hijo mío, la conducta que llevo contigo no se debe a que haya observado en ti cobardía ni cualquier otra cosa desagradable. Fue un sueño que tuve y me hizo ver que tu vida duraría poco y que la causa de tu muerte sería una punta de hierro. A causa de este sueño apresuré tu casamiento y no te he permitido ponerte al frente de las empresas últimamente organizadas como medida para tratar de tenerte fuera de peligro mientras yo viva. Eres en realidad mi único hijo, pues al otro, sordo y lisiado, lo considero como si no lo tuviera.

Entonces el joven replicó con las siguientes palabras:

—Es disculpable la prevención que tienes conmigo, padre mío, después del sueño que tuviste, pero no has acabado de entenderlo o lo has echado en el olvido y es conveniente que yo te lo aclare. En efecto, tú mismo dices que el sueño te dio a entender que yo perecería víctima de una punta de hierro; ¿qué relación hay entre las garras del jabalí y la punta de hierro que tú temes? Porque si el sueño hubiera mostrado que yo moriría víctima de dientes o de algo que se le pareciera, convendría que obraras como obras ahora, pero si dijo punta de hierro y siendo así y teniendo en cuenta que no se trata ahora de la lucha con hombres, te ruego que me permitas ir.

Creso contestó:

—Hijo mío, me has vencido al mostrarme tu interpretación del sueño y, al ser derrotado por ti, cambio de opinión y te permito que vayas a la cacería. —y diciendo esto, mandó llamar al frigio Adrasto y cuando hubo comparecido le dijo:

—Adrasto, no te reprocho por la desgracia lamentable que te aflige; te purifiqué de ella y te recibí y te mantengo en mi casa pagándote todos los gastos; siendo así, y puesto que estás obligado conmigo, que te presté el primero para que tú me correspondieras también con favores, hoy necesito que seas guardián de mi hijo que marcha a la cacería, no sea que en el camino os salgan al encuentro perversos ladrones dispuestos a haceros daño; además de esto, a ti te conviene ir adonde puedas hacerte famoso con tus hazañas, en las que muestres la fuerza heredada de tus antepasados.

Adrasto respondió a Creso:

—Oh rey, por ningún otro motivo iría a esa competición, ya que por la desgracia que me afecta ni es natural que yo alterne con los jóvenes de mi edad que se sienten siempre alegres, ni debo desearlo, y me hubiera negado con mil pretextos. Ahora bien, puesto que tú me apremias y tengo motivos para estarte agradecido (ya que debo corresponder a tus beneficios), estoy dispuesto a hacer lo que me ordenas, vigilar a tu hijo, y en lo que dependa de mi custodia, espera que te lo devuelva indemne.

Después que Adrasto hubiese respondido a Creso con tales palabras, se pusieron en marcha convenientemente acompañados de jóvenes seleccionados y perros de caza. Cuando llegaron al monte Olimpo, comenzaron a buscar a la fiera y, al encontrarla, la rodearon y le lanzaron dardos por todas partes a su alrededor. Entonces, el extranjero, el que había sido purificado de su crimen y se llamaba Adrasto, al lanzar su dardo contra la fiera erró el golpe y fue a herir al hijo de Creso, que así, alcanzado por una punta de hierro, demostró la verdad del sueño. Un mensajero fue enviado velozmente a Creso con la noticia de lo ocurrido y al llegar refirió a Creso la lucha y el triste sino de su hijo.

Creso quedó consternado por esta muerte, y aún le afectó más el dolor porque le había matado el mismo a quien él había purificado de la muerte, y lamentándose de su terrible desgracia, invocaba a Zeus, protector doméstico, poniéndole como testigo del daño que le había hecho su propio huésped. Llamaba al dios hospitalario, que protege la amistad, invocando así por sus nombres al mismo dios, al de la hospitalidad, porque al recibir en su casa a un huésped, había alimentado sin saberlo al asesino de su hijo; al dios protector de la amistad, porque aquel a quien había confiado su hijo para que lo custodiase, se había  convertido ahora en su mayor enemigo.

Después de esto, se presentaron los lidios trayendo el cadáver; les seguía el matador, que, poniéndose delante del muerto con las manos extendidas, se ofreció a Creso, suplicándole que le inmolase sobre su hijo y diciendo que sobre su anterior desgracia no podría vivir tras haber dado muerte a quien le había expiado. Al oírle, Creso, a pesar de encontrarse afligido con tan terrible calamidad familiar, se compadeció de Adrasto y le dijo:

—Doy por cumplido mi castigo contra ti, extranjero, puesto que tú mismo te condenas a muerte. Sin embargo, para mí no eres tú el culpable de lo ocurrido, puesto que cuanto acaeció tú lo hiciste involuntariamente, sino alguno de los dioses, que ya me previno hace tiempo lo que había de ocurrir.

Creso mando hacer los funerales de su hijo como correspondía. Pero Adrasto, el hijo de Gordio y nieto de Midas, asesino de su propio hermano y matador también involuntario del que le había purificado de su crimen, cuando quedó en tranquilidad el sepulcro del hijo de Creso, en la conciencia de que era el más infortunado de cuantos hombres él mismo había conocido, se degolló sobre la sepultura.

 

 

 

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La Historia del náufrago  

Los primeros cuentos de los que se tiene conocimiento se remontan al misterioso y enigmático mundo egipcio. Las narraciones populares se conservan en dos clases de documentos: inscripciones pintadas o incisas en monumentos y escritos en rollos de papiro. Lo indeleble de ambos métodos ha permitido que no se hayan destruido aquellos relatos convertidos en mitos y que conformaron una cultura tan fértil como el río Nilo que, como una columna vertebral, la conformó.

La Historia del náufrago
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Imposible saber, dicen los estudiosos del tema, qué narraciones populares estaban ya en circulación antes de la aparición de los jeroglíficos, pero la persistencia de los temas en la historia de la humanidad da pie a suponer que la antiquísima cuentística egipcia que ha llegado a nosotros puede hundir sus raíces en los tiempos más remotos.

La historia del náufrago  

Perteneciente al Imperio Medio, se encuentra en un papiro descubierto por el egiptólogo ruso Golensnischef.

Un servidor experto dijo:

Regocíjate, príncipe; hemos llegado a la tierra de Egipto. Se ha cogido el machote, se ha clavado el poste y la amarra está en tierra. Se cantan las alabanzas de Dios y se le dan gracias y cada cual abraza a su camarada: nuestra marinería ha llegado sin daño alguno y nuestros soldados no han experimentado pérdidas. Hemos llegado hasta el fin del país del Wawa, pasando por delante de Senmet y henos aquí vueltos felizmente a nuestro país. Escúchame, príncipe, que no exagero. Lávate y vierte agua sobre tus dedos, y luego responde cuando te inviten a hablar. Háblale al rey según tu corazón y no vaciles al responder. La boca del hombre es la que le salva y su palabra la que hace que se sea condescendiente con él. Pero, de todos modos, harás lo que quieras. Se cansa uno de aconsejarte.

Quiero contarte ahora una aventura análoga que me ocurrió a mí cuando fui enviado a una mina del soberano y descendí al mar con un barco de ciento veinte varas de largo y cuarenta de ancho, en el que navegaban ciento veinte marineros, de los mejores de Egipto. Miraban al cielo y a la tierra, y los presagios llenaban de valor su corazón. Anunciaban una tormenta antes de que hubiera llegado; preveían una marejada antes de producirse.

Al sobrevenir la tormenta, nos hallábamos en el mar, sin que hubiéramos tomado aún tierra; sopló el viento y levantó una ola de más de ocho varas de alto. Yo pude asirme a una tabla. Se hundió el barco y no quedó con vida ninguno de los que lo tripulaban. Gracias a una ola de mar fui arrojado a una isla, donde pasé tres días solo, sin otro compañero que mi corazón. Me acostaba en el hueco de un árbol y abrazaba las sombras. Por el día estiraba mis piernas en busca de algo que pudiera meter en la boca. Hallé higos y uvas y todo tipo de frutas magníficas. Había también peces y pájaros; no hay nada que allí no se encontrase. Me sacié y dejé abandonado lo que mis manos no podían  transportar. Me fabriqué un encendedor, encendí fuego e hice una hoguera.

En esto, oí una voz tonante que creí fuese una ola del mar. Los árboles estallaron y tembló la tierra. Descubrí mi faz y vi que lo que se acercaba era una serpiente de treinta varas de largo, en una cola de más de dos. Su cuerpo tenía incrustaciones de oro y sus  cejas eran de lapislázuli y se adelantaba encorvada.

Abrió la boca hacia mí mientras yo yacía ante ella postrado sobre mi vientre, y ella me dijo: «¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído? Vasallo: si no me dices enseguida quién te ha traído a esta isla, te haré ver que eres ceniza y te reduciré a ser invisible». Yo respondí: «Me hablas, pero no te entiendo, estoy postrado ante ti sin conocimiento.»

Entonces me cogió en su boca, me llevó a su vivienda y me depositó sin tocarme; estaba sano y mis miembros no habían sufrido nada. Abrió la boca mientras yo yacía postrado. Me dijo: «¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído a esta isla del mar, cuyas dos riberas están rodeadas por el agua?» Le respondí con los brazos caídos en señal de reverencia: «Yo había descendido a una mina por encargo del rey, con un barco de ciento varas de largo y cuarenta de ancho, tripulado por ciento veinte marineros de los mejores de Egipto. Miraban al cielo y a la tierra y los presagios llenaban de valor su corazón. Anunciaban una tormenta antes de que hubiera llegado y preveían una marejada antes de producirse. Cada uno de ellos tenían el corazón y el brazo más templados que los de sus compañeros y no era lerdo ninguno de ellos. Al sobrevenir la tormenta nos hallábamos en el mar, sin que hubiéramos tomado aún tierra; sopló el viento y levantó una ola de más de ocho varas de alto. Gracias a una ola del mar fui arrojado a esta isla. Se hundió el barco y, salvo yo, no quedó con vida ninguno de los que lo tripulaban. Y ahora aquí me tienes. Una ola del mar es quien me ha traído a esta isla». Entonces ella me dijo: «No te asustes, no te asustes, vasallo; no se entristezca tu rostro por haber venido a mí. Dios te ha conservado la vida y te ha traído a esta isla del Ka, en la cual hay de todo y que está llena  de todo lo bueno. Pasarás mes tras mes en ella hasta que hayan transcurrido cuatro meses y después, vendrá de palacio un barco con marineros conocidos tuyos e irás con ellos al palacio y morirás en tu ciudad.

¡Cómo se alegra uno cuando pasado el peligro, puede contar lo que ha gustado! Así, yo te contaré lo que me ocurrió en esta isla. Estaba en ellas con mis hermanos e hijos y éramos en conjunto setenta y cinco serpientes, mis hijos y mis hermanos, y no menciono a una niña de clase vulgar que me fue traída. Cayó una estrella y salieron con el fuego los que en ella estaban. Esto aconteció no estando yo con los quemados: estuve a punto de morir a causa de ella cuando la encontré en un montón de cadáveres.

Si eres fuerte, dominarás tu corazón como yo lo hice entonces, y luego abrazarás a tus hijos, besarás a tu mujer y volverás a ver tu casa, las mejores cosas del mundo. Irás a palacio y vivirás allí en el círculo de tus hermanos.»

Entonces yo me tendí sobre mi vientre y toqué el suelo ante ella. Le dije: «Le contaré al rey quién eres y le haré saber cuál es tu grandeza. Haré que te traigan Ibi, Hekenu, Iudeneb y Chesait (diversos perfumes), así como el incienso del templo con el que se consigue el favor de todos los dioses. Yo contaré lo que me ha ocurrido y lo que he visto. Serás adorada en la ciudad ante los dignatarios de todo el país. Sacrificaré para ti toros y gansos. Te enviaré barcos cargados con todas las riquezas de Egipto, tal como se hace a un Dios amigo de los hombres que mora en un país lejano, desconocido para ellos.»

Se rio de mí y de lo que había dicho, por parecerle insensato y me dijo: «No tienes mucha mirra, solo posees incienso. Y yo soy el señor de Punt y me pertenecen las mirras y ese hekenu que dices es la producción principal de esta isla. Por lo demás sucederá que cuando abandones este lugar no volverás a ver la isla, que se transformará en agua.»

Luego vino aquel barco que me había anunciado. Trepé a un árbol muy alto y reconocí a los que lo tripulaban. Fui a anunciárselo a la serpiente, pero me hallé con que ya lo sabía. Me dijo: «Vuelve a casa con suerte, vasallo, y que vuelvas a ver a tus hijos, que adquieras un buen nombre en tu ciudad; eso es lo que te deseo.» Me tendí sobre el vientre con las manos extendidas hacia ella y ella me dio un cargamento de mirra, hekenu, iudeneb, chesait, tischepes, schaas, pintura para los ojos, colas de jirafa, una gran cantidad de incienso, colmillos de elefantes, galgos, monos y todo tipo de preciosidades. Lo cargué todo en el navío, me tendí sobre el vientre para darle la gracias. Ella me dijo: «Dentro de dos meses llegarás a tu país, abrazarás a tus hijos. Te verás rejuvenecido y enterrado en tu país.»

Bajé a la orilla donde estaba el barco. Llamé a los soldados que se encontraban en el navío y en la orilla, entoné una oración de gracias al señor de la isla, y los que en el barco estaban hicieron lo mismo.

Navegamos rumbo norte hacia el palacio del rey, adonde llegamos a los dos meses como había predicho la serpiente. Me presenté al soberano, le mostré los tesoros que había traído de la isla y él me dio las gracias en presencia de los dignatarios de todo el país. Me dio un cargo y algunos esclavos.

Mírame ahora, después de haber vuelto, tras lo que he visto y las pruebas por qué he pasado. Escúchame, porque a los hombres les hace bien escuchar.

El príncipe me dijo: «No presumas de listo, amigo ¿Quién le dará agua al pájaro que piensa matar aquella mañana misma?.»

Terminado, del principio hasta el fin, como fue escrito. Lo escribió el escriba de ágiles dedos Amuni-Amanu.

La Historia del náufrago
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Fuente: Antología de cuentos de la literatura universal. 

Ramón Menéndez Pidal

La historia del Náufrago, uno de los relatos cortos más recomendados de toda la historia. En La Higuera Mágica podrás adquirir otros cuentos importantes de la historia en la historia del cuento.

El cuento en Egypto

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