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De un tiempo a esta parte

Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

                                               Ana María Matute

 

 

Los mundos de Ursula K. Le Guin

 

Inventar un nuevo universo es un trabajo duro. Jehová se tomó un día sabático. Vishnú duerme siestas. Los universos de ciencia ficción son solo diminutos fragmentos de mundos hechos de palabras, pero aun así requieren mucha reflexión; y en vez de imaginar un universo nuevo para cada historia, el escritor puede usar el mismo universo una y otra vez, en ocasiones hasta que las costuras se le gasten un poco, se ablanda, queda natural, como una camisa vieja.

K. Le Guin, Ursula, El cumpleaños del mundo y otros relatos.

Ursula K. Le Guin nació en Berkely, California, el 21 de octubre de 1929 y falleció el 22 de mayo de 2018 en Portland, Oregón. Es conocida por crear unos mundos que orbitan entre la ciencia ficción, la fantasía y la especulación. Su padre, Alfred Kroeber, era antropólogo y eso se ve entre cada una de las líneas de sus libros; no solo es escritora, sino también exploradora, tiene esa chispa de curiosidad, esos ojos abiertos de par en par en busca de la verdad genuina. En un país y en un momento en el que los hombres dominaban las publicaciones de ciencia ficción, y además en un género por el cual todavía existía desconfianza, ella siguió adelante. La fantasía y la ciencia ficción no son una vía de escape, son un mecanismo de reflexión, son un campo abierto a la exploración y a la retrospección. Son las herramientas que usa la autora para discurrir sobre el tiempo, las relaciones sexuales, el feminismo, etc.

No solo escribió novelas, sino también ensayos, crítica literaria, libros para niños y, por supuesto, cuentos. En El cumpleaños del mundo y otros relatos, publicado en el año 2002, explora las relaciones entre los sexos y sus múltiples posibilidades. Nos presenta tanto sociedades nuevas, como si nosotros estuviésemos explorando una nueva región, o un nuevo planeta, como perspectivas propias de los integrantes de esas sociedades. Son ellos los personajes que nos transmiten sus inseguridades, sus preocupaciones, su incomprensión ante situaciones nuevas. Y nosotros, los lectores, observando esas circunstancias tan aparentemente ajenas acabamos por empatizar, por comprender y por reflexionar. Por ejemplo, en el primer relato, titulado «Mayoría de edad de Karhide», se nos presenta una raza en la cual los individuos no están definidos por su sexo, es decir, solo durante algunos periodos de su vida adoptan las características sexuales de un hombre o de una mujer, y lo hacen solo con el fin de copular. El/la protagonista nos va contando cómo fue la primera vez que entró en ese estado, como si un adolescente nos contara cómo se siente al entrar en esos incomodos años de la pubertad. No solo diluye la concepción de las distinciones por género mediante las experiencias de los personajes, sino que también lo hace a través de la lengua, ya que los pronombres personales y el género gramatical no tienen el mismo valor que para nosotros (por ejemplo: «¡Oh, tu abuela está tan orgulloso de ti!»). Es una forma más de investigación y de reflexión sobre las costumbres, formas de relacionarse y concepciones culturales.

Ilustración de Helena Braojos

En definitiva, es una autora que defiende y promueve ante todo el uso de la imaginación como mecanismo para buscar la verdad. No es algo infantil, ni una pérdida de tiempo, como a veces se piensa. En palabras de Ursula K. Le Guin:

Porque la fantasía es verdadera, por supuesto. Los niños lo saben. Los adultos también, y por eso tantos la temen y con razón. Saben que esa verdad desafía, amenaza incluso, todo lo que de falso, todo lo que de postizo, innecesario y trivial hay en la vida que se han dejado empujar a vivir. Temen a los dragones porque temen la libertad.

       K. Le Guin, Ursula, El idioma de la noche. Ensayos sobre fantasía y ciencia ficción.

Los mundos de Ursula  K. Le Guin

Si te interesan algunos de los libros citados puedes conseguirlos aquí o aquí.

Puedes seguir leyendo sobre otros autores aquí.

 

Antonio Machado -El único cuento-

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

 Antonio Machado 

 

De Antonio Machado no hay mucho más que se pueda añadir a todo lo que ya han dicho los eruditos, los estudiosos y los amantes de su obra poética, universalmente conocida y apreciada. Pero cuentan en una de sus muchas biografías, que aprendió a leer con el Romancero General, que había sido recopilado y publicado por su pariente Agustín Durán, quien fuera un importante hombre de letras en la época del Romanticismo en España.

Si fue así y las primeras palabras que él lograra pronunciar, extrayéndolas de un texto,  fueran los pensamientos de arraigos ancestrales, recogidos gota a gota en aquellos antiguos romances, es fácil suponer que el alma de Castilla debió correr por sus venas de niño, con la misma naturalidad que corría el aroma del limonero en ese huerto claro del recuerdo infantil de su Sevilla natal. El milagro del poeta es que supo trasmitir ese alma castellana con la finura y la intensa sobriedad con la que escribió cada uno de sus versos.

 

La tierra de alvargonzalez


La tierra de Alvargonzález
  es la única obra que Antonio Machado nos dejó en forma de cuento. En él, con todos los elementos de la narrativa, nos cuenta una dramática leyenda que tuvo lugar en tierras de Soria. Fue publicado en El Mundial Magazine
revista editada en Francia y escrita en castellano—, en enero 1912.
En el verano de ese  mismo año, convertido en un extenso poema, regresaría a la imprenta formando parte de uno de sus libros de poemas más representativos y queridos: Campos de Castilla.

 


Cinco años después el propio poeta explicó sus razones para recuperar el espíritu y la forma del Romancero para sus obras: «
Mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis».

 

 

La tierra de Alvargonzález

Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar. Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía —ocios de mercaderes—, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

—¿Va usted muy lejos? —pregunté al campesino.

—A Covaleda, señor —me respondió—. ¿Y usted?

—El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.

—Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra.

Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

—Por aquel sendero —me dijo el campesino, señalando a su diestra— se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca. —¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? —le pregunté.

—Alvargonzález —me respondió— fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato: Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Archivo LHM

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuego al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor a estudiar en Osma, porque lo destinaba a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban no gozaban lo que tenían.

El menor, a quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba dispuesto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar.

—Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y techo tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.

Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo de la cara azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida la cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió solo de su casa; no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y a solas hablaba con Dios Alvargonzález diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, a quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.»

Se fue quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: «Duerme y descansa. Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.»

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja del sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la hierba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la hierba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar oscuro aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente. . El sueño abrióse al claro día. Tres niños juegan a la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y a ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado. —Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.

Los niños se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado de leña.

Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar, cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

—Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada. Acude el segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar. El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.

—Aunque último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos, pálidos como la muerte, se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto a la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba de la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían a matarle, y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvagonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía a los suyos en torno a la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron a su puerta, o alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.

Archivo LHM

Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.

Y lo llevan a la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse a la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como usted, visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda como si huyeran de los asesinos. Pasaron otra vez junto a la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó a que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar del crimen a los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió a los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotada.

El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález a sus nuevos amos, y prometían cuanto habían rendido al viejo labrador.

Fue un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados muerde la culpa cuando temen el castigo de Dios o de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra, empobrecida, parecía fruncir el ceño a sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, a quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan a menos, como iban a más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —dijo el mayor—. Abre tú. Todos permanecieron inmóviles sin atreverse a abrir. Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía: —Abrid, hermanos.

—¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote, entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente a frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las tierras de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo: —¿Vivirás con nosotros?

—Si queréis —contestó Miguel—. Mi equipaje llegará mañana.

—Unos suben y otros bajan —añadió el segundo—. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba a hablar cuando llamaron otra vez a la puerta. Miró a sus hermanos como preguntándoles quién podría ser a aquellas horas. Sus hermanos temblaron de espanto. Llamaron otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio a nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó a labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron a cultivar la tierra abandonada. Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba a cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina. Una noche volvían borrachos a su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

—¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? —dijo a su hermano.

«La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.» —Brujería y artes de Satanás—contestó el segundo.

Pasaba cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse a la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

—Mírale —dijo el mayor—. Hasta de noche trabaja.

—¡Eh!, Miguel —le gritaron.

Pero el hombre aquel no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar a su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció flotando sobre el agua. Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a la justicia.

Y otra vez volvió a los malvados la tierra de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia, porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.

¡Padre!, gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!, ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.

 

Fue publicado en la revista Mundial, de París, número 9, enero de 1912

Fuente: Wikisource
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E. M. Forster, La vida futura

Una habitación con vistas es una película que he visto muchas veces, son de esas películas en las que me gusta introducirme a fondo, pasearme entre sus diálogos y quedarme absorta entre sus escenas. Por ese motivo, no hace mucho que decidí ver otra película «del estilo», y vi Regreso a Howards End. Pese a ciertos momentos de la película que no mencionaré, me pareció igual de encantadora. No hizo falta investigar mucho para saber que detrás de esas historias estaba el escritor inglés Edward Morgan Forster, más conocido como E. M. Forster, simplemente. Y así fue como llegué a saber de la existencia de La vida futura, el primer libro que me leo de este autor, y puedo asegurar que no será el último.

E.M. Foster. La vida futura
Ilustración de Helena Braojos

La vida futura es un compendio de relatos que fue publicado en 1972 de manera póstuma, hecho así a petición del propio autor debido a la temática de los cuentos. Fueron escritos en épocas diferentes; algunos son de principios de siglo y otros fueron escritos años más adelante. Todas las historias giran en torno al tema de la homosexualidad. Mirados de manera superficial nos podríamos quedar solo con que son historias de hombres que satisfacen sus deseos, y pensar que son solo fantasías homoeróticas que escribió para desahogarse, pero si nos deslizamos un poco más entre sus personajes y sus exquisitas descripciones vemos que también salen a la luz otras de sus grandes preocupaciones como el contacto con la naturaleza, la hipocresía, le religión y sus interpretaciones, etc.

Sí es verdad que no todos los relatos tienen un argumento con un fondo tan profundo, algunos son historias más amenas o simplemente divertidas como «El obelisco» o «El pabellón clásico». Pero sí en todas podemos ver que la historia de amor o deseo tiene lugar entre dos hombres de diferente clase social o de diferente raza, lo cual hace que esos encuentros prohibidos los sean aún más dentro de esa fantasía erótica, y al mismo tiempo hace evidente que el amor y el deseo no saben diferenciar entre clases o colores de piel.

Ya con la primera historia me cautivó con la descripción que hace cuando caen sin remedio los libros del protagonista, los cuales van hacia una muerte segura en el río que hay bajo del precipicio.

A mitad de camino, la caja chocó con una roca, se abrió como un nenúfar y derramó su fragancia sobre el fondo. (…) Uno o dos de los más pequeños se mantuvieron tímidamente unos instantes sobre las ramas, hasta que también ellos se deslizaron y desaparecieron… (E. M. Forster, 2009, p. 40).

Pero creo que uno de mis favoritos definitivamente es el que se titula «¿Qué más da? Un cuento moral». Al principio parecía una historia sin más sobre los deslices amorosos del presidente de un país ficticio, pero el desenlace de esta historia me dejó de muy buen humor. Los personajes no solo disfrutan de su aventura sino que también saben salir airosos y despreocupados de lo que iba a ser una trampa para acabar con la carrera del presidente. Cuando todo parecía ir en su contra (gracias al uso de los nuevos avances tecnológicos, otro de los temas que le preocupaban a Forster) contraatacan con el arma más eficaz: la indiferencia. Porque al fin y al cabo, ¿qué más da?

¿Qué más da? Es una manera de ver las cosas, claro dijo madame Rodoconuco, contemplándose las uñas.

Es la única manera decidió el presidente. La única forma de tener una sociedad estable. Pero no se le ha ocurrido a ningún gobierno, y nosotros lo hemos aprendido demasiado tarde. (Forster, 2009, p. 228).

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Ray Bradbury

Palabras brillantes que nos hablan de futuros oscuros

Si no recuerdo mal, Ray Bradbury fue el primer autor que hizo que me interesase por la ciencia ficción. De manera inesperada llegó a mis manos Crónicas marcianas hace unos cuantos años, me lo regalaron y, desde entonces, esta colección de relatos tan bien hilvanada está situada entre las historias que más me impresionaron, entre los libros que siempre recomiendo, entre los relatos que da gusto leerlos solo por lo agradable que es navegar entre sus palabras perfectamente estructuradas.

Ray Bradbury
Pixabay

Cuando nos adentramos en las historias y personajes de Ray Bradbury, no estamos solo metiendo el pie en narraciones de naves espaciales y alienígenas, sino que estamos observándonos a nosotros mismos en un espejo, un espejo que bien puede estar en Marte, o dentro de un cohete, o formando parte de algún artefacto tan típico del futuro. Sus historias nos muestran mundos íntimos, nos muestran los sentimientos, las emociones, los pensamientos que se suceden dentro de la cabeza de los personajes. Porque los viajes al espacio o las invasiones a Marte no son nada, lo importante no sucede en el exterior, sino en el interior, ¿qué es lo que mueve a los humanos a escapar de la Tierra? ¿Qué consecuencias puede tener una casa que te lo hace todo? ¿Qué es lo que se te pasa por la cabeza cuando vagas por el espacio sabiendo que la muerte es lo próximo?

Lo último que he leído de este autor ha sido El hombre ilustrado, otra colección de cuentos no tan famosa como la anterior, pero en la que Bradbury está presente en cada espacio y en cada palabra. Es una colección de relatos que, al contrario que Crónicas marcianas, no sigue un hilo argumentativo y temporal, sino que son relatos independientes. Hay historias que nos sitúan en la misma Tierra, donde también hay máquinas y robots que nos superan, y nos sustituyen; en el espacio, donde no solo nuestro cuerpo, sino también nuestra mente es capaz de viajar allá donde nadie ha estado; en Marte, escenario de cualquier historia de ciencia ficción que se precie, pero siempre desde la perspectiva tan particular de Ray Bradbury; e incluso en algún que otro planeta lejano.

Dejo aquí un pequeño fragmento que corresponde al cuento «Una noche o una mañana cualquiera» perteneciente a El hombre ilustrado. Aquí la protagonista es la locura, la desesperación, lo pesado que puede ser la aparente infinitud eterna del espacio exterior, o por lo menos así lo veo yo. A Hitchcock, el personaje a quien ha impregnado la locura, deja de creer que lo que ha estado delante de sus ojos, pero ya no lo está, no puede ser real, le embarga continuamente una incertidumbre sobre todo lo que le rodea, ya que tiene miedo de que cuando se dé la vuelta ya no exista. Solo es capaz de confiar en aquello que está físicamente ante él, pero llegará un momento en que que ya ni siquiera eso será suficiente. 

Ray Bradbury
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—Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos.

—Estas son las reglas del juego.

Bradbury, Ray (2010), El hombre ilustrado. Minotauro. (Página 153)

Si quieres leer algo de Ray Bradbury puedes encontrar El hombre ilustrado aquí. Por otra parte, si ya conoces al autor y has leído alguna obra suya te recomiendo este otro libro: Ray Bradbury, humanista del futuro de José Luis Garci.

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Agatha Christie

De Agatha Christie podemos aprender lo que significa realmente vivir y disfrutar de la vida, es decir, vivir con mayúsculas.

Agatha Christie
Autora Agatha Christie

Esta gran autora, que a veces es más conocida por los propios títulos de algunas de sus obras como Asesinato en el Orient Express o Muerte en el Nilo, y que creó a uno de los detectives más famosos de todos los tiempos, también fue autora de numerosos relatos, aparte de las múltiples novelas y otras tantas obras de teatro, por no hablar de las obras que escribió bajo el pseudónimo de Mary Westmacott con el cual podía aventurarse en otros argumentos y personajes fuera de lo que todo el mundo conocía de ella y esperaba impacientemente.

No solo en sus novelas repletas de intriga encontramos aventuras y personajes peculiares, sino que su propia vida es más que interesante. Ya desde pequeña era la curiosidad y el deseo de saber más cada día lo que la caracterizaba, ya que aprendió a leer sola relacionando los símbolos (letras) que ella veía en las páginas de los cuentos y relatos que le leían en voz alta.

Esta gran curiosidad por todo lo que le rodeaba le acompañó toda su vida y gracias a ella llegó a saber en cierta profundidad tanto de enfermería como de arqueología entre otras muchas cosas.

Su madre la envió a París a educarse de la mejor manera posible entonces, trabajó como enfermera durante la Gran Guerra, estudió para ser auxiliar de farmacia, pudo asistir a importantes descubrimientos arqueológicos en Irak, etc., y todo esto entre las dificultades que le fue poniendo la vida por delante, como la dolorosa muerte de su padre o un angustioso divorcio.

En definitiva, recomiendo personalmente leer sobre esta gran mujer de la que se puede aprender mucho más allá de sus novelas de Hércules Poirot. 

El enigmático señor Quin

Es una colección de relatos cuyos personajes principales son siempre los mismos (el señor Satterthwaite y Harley Quin), pero cada historia narra de manera independiente crímenes y misterios que deben resolver ambos personajes. Casi Arlequín y Colombina

El propio Harley Quin forma parte de ese halo de misterio, ya que siempre aparece en el momento oportuno cuando lo necesita el señor Satterthwaite, y que también desaparece mágicamente cuando el caso se resuelve. Este personaje tan característico está basado en la figura del Arlequín (Harley Quin), quien solo aparece y desaparece ante los enamorados ojos de Colombina

 

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Emilia Pardo Bazán

Hoja de HigueraAmar es un acto, no te fatigues en pensar, ama.

Firma de Emilia Pardo Bazán

 

A esta célebre gallega se le anteponen todos los apelativos posibles que la convierten en una pétrea  figura de la historia del siglo XIX. Fue esposa, madre, amante, culta; fue condesa, cosmopolita, incansable polemista, feminista comprometida. En política militó  en las filas del carlismo y en literatura cultivó el naturalismo, fue introductora de la literatura rusa en nuestro país que asimiló con su especial inteligencia.
Para darle mayor relevancia a su condición de mujer, con todo lo que eso conlleva, se cuenta que pudo ser coautora de algunos de los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós, o que los argumentos esgrimidos, en contra de sus pretensiones para ser aceptada como académica de la lengua, habían sido tales como que su trasero no cabía en los sillones de la Real Academia.
Seguramente fue ella misma, en su afán de ganarse la vida como profesional de la escritura, para lo que tuvo que recurrir a la notoriedad a cualquier precio y a un permanente “aquí estoy yo” de niña mimada, se buscó este olvido de lo fundamental que fue el ser una grandísima escritora.
Pero el tiempo siempre desempolva la verdad, y la verdad más sencilla, al margen de todo el argumentario en su favor, es que doña Emilia fue una excelente y prolífica escritora de cuentos en los que, como pequeños retazos de sentimientos que desbordaban los cánones en los que se desenvolvían su vida y su quehacer literario, destacan su perspicacia, su imaginación, su sensibilidad  y por supuesto un poquito de la magia de esas meigas de su tierra natal en donde, al parecer, siempre han abundado.
Esquelética mano sobre flor rosada
En los Cuentos Góticos publicados por Uve Books en 2018  
se hace una recopilación de algunos de sus relatos de misterio. Pero hubo muchos, muchos más…


El alma de sirena

Ya los cipreses del campo santo no resaltaban sobre fondo de púrpura, sino sobre el lánguido matiz de agua marina que precede a la obscuridad. Leonelo, llevando en un cestillo su cosecha de flores de muerte, salió del recinto, y por el sendero, apenas abierto entre la hierba húmeda, se dirigió a la quinta, en cuyas vidrieras aún espejeaba el último rayo del sol poniente.

Llenaban y acentuaban la soledad ruidos extraños, cadencias amortiguadas, suaves, que sugerían algo no perceptible para los sentidos. Eran quizás susurros de follaje estremecido por los dedos de sombra de la noche; revueltos de aves acomodándose en el nidal, para dormir erizando sus plumas; quejas flébiles del agua, que en las horas nocturnas solloza libremente, sin tener que reprimirse ante la alegre y burlona mirada del sol; resonancias del mar en la no lejana playa, propagadas en el aire tranquilo, con fúnebre solemnidad de hondo canto gregoriano, y, transmitidas de eco en eco, estrofas de cantares pastoriles, allá en el monte, donde se recogían al establo los lentos bueyes y las vacas de temblantes ubres. Leonelo se detuvo un instante, acortado de aliento, y se sentó en una piedra vieja, toda mullida de musgo, a escuchar aquel concierto vagamente difundido por los ámbitos del aire sosegado ya. De la cestilla ascendía aroma: Leonelo, al aspirarlo, sintió una embriaguez de recuerdos. Se levantó y continuó su camino.

Pasó la verja de la quinta. Moro, el perro de guarda, le recibió con la alegre y humilde efusión de costumbre. Todas las puertas estaban abiertas; en la salita, sobre la gran mesa de rudo castaño, el criado había puesto la encendida lámpara, y contra su tubo de cristal, las falenas, idealistas empedernidas, soñadoras de la luz, se destrozaban las alas de polvillo de plata y los coseletes de felpa, cayendo abrasadas en un éxtasis de martirio. Leonelo se encajó en el sillón de cuero lustrado por el uso, y colocó ante sí el ligero cesto de mimbres: las flores cortadas lo colmaban en gracioso y artístico desorden.

—¡Las mismas flores, las mismas que crecen a la orilla de la presa del molino, en el sendero, en los matorrales de la linde, en cada rincón! —murmuró alto, con asombro inmenso.

Hasta aquel instante no se había dado cuenta del hecho sencillo y maravilloso: las flores del campo santo eran exactamente idénticas a las otras, a cualesquiera. Las manzanillas tenían el propio olor amargo, igual blancura abrasada en el centro por toque súbito de rubor; las trigueñas madreselvas, igual penetrante aroma; las cicutas, el eterno oro vivaz de sus pétalos; las digitales, la habitual primorosa elegancia de sus campanas atigradas y velludas. ¿Era posible que no se diferenciasen de las que sólo absorbían jugos de terruño, aquellas flores nutridas con la sustancia de alguien que le había amado a él, que le había amado tanto, hasta la última hora del vivir?

Sobre la fosa de Sirena —fue depuesta en tierra, hasta sin ataúd, por su expresa voluntad— brotaban aquellas flores que Leonelo contemplaba fascinado, a las cuales preguntaba secretos de la región desconocida. Si el mundo fuese algo más que incoherente sueño; si bajo las apariencias estuviese oculta la raíz sagrada de la verdad, las flores que Leonelo revolvía con diestra febril debían manar sangre y gotear llanto. No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.

Por la ventana, abierta sobre el cortinaje movible y frondoso del jardín, entró con ímpetu algo negro, que vino a batir contra la lámpara y mató la luz, arrancándola un estertoroso gemido. La sala quedó a obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos para siempre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía.

Cuando recobró el conocimiento, el criado estaba allí; había vuelto a encender la lámpara, cerrado la ventana, y a toallazos aturdido el murciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca.

«¡Un avechucho horrible! —pensó dolorosamente Leonelo—. ¡No fue tampoco el alma de Sirena la que me acarició la cara!»

Se levantó vacilando; se dirigió a su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cama una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó a la lámpara y surgió una figurita con traje blanco, encuadrada en una orla de castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatura, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas sienes deprimidas, aquellos ojos? ¡No; los ojos de Sirena no podían retratarse! ¡Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que terminaban en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado a copiar un fugaz momento de expresión del mirar de Sirena; tal vez aquel en que, pudorosa o fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicamente en las anchas pupilas el agua muerta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoyó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su corazón.

Lo sintió desigual, ora precipitado y violento, ora desmayado, torpe, confuso. Ya se activase, ya se adurmiese, causaba a Leonelo un dolor sordo, fijo, cual si una mano estuviese comprimiendo la víscera, sin estrujarla, gozándose en percibir y prolongar el sufrimiento. Dominando la sensación flotaba en el cerebro la idea triste: «No la encuentro, no la encontraré en ninguna parte, nunca. Es inútil que llame a su alma; no está ni en las flores, ni en el aire, ni en la placa de marfil de una miniatura…» Como si desde lejos le respondiesen, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: «Aquí.»

—¡Aquí! —repitió con alocada vehemencia Leonelo.

No podía dudarlo; el alma de Sirena, ¿Dónde había de estar? Libre ya de su cuerpo, libre de toda traba, libre en absoluto, se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco a poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le obligaba al recuerdo. Quedamente, quedamente, zumbando de un modo sordo y fatídico, repetía:

—¡Aquí! ¿Por qué me buscabas fuera?

Fuente: wikisourse https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/e

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Hermann Hesse

Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.
Lobo estepario 

                                   Herman Hesse

Los revolucionarios siempre son los poetas, ellos plantan la semilla en el corazón de los hombres

Herman Hesse
H.H. En Calw, su pueblo natal.

para que dé su fruto cuando el tiempo llegue. 

En los años 60 del siglo XX, la juventud descubrió los libros de Herman Hesse y esa mezcla de la desaforada búsqueda de la propia verdad de la mano del psicoanálisis, las drogas, el Oriente místico y lejano enfrentado a la cultura occidental, crearon el mito de este escritor que fue un buscador de lo auténtico de la naturaleza humana en una permanente búsqueda de la identidad personal, con la ruptura de los cánones sociales y un encuentro con el animal que vive en el interior del hombre.
Tal vez buscaba por propia necesidad existencial  la mística profundidad de la no religión.

Fue un escritor incansable con una copiosa obra puesta de manifiesto en sus afamadas novelas, en sus poemas, cuentos y relatos o cartas.
No en vano creía en la palabra escrita, sin ella es imposible la historia y sin ella no hay concepto de humanidad, pero él creía realmente que  donde hay que buscar para resolver los misterios de la vida es en el ensuciarse cada día entre el ruido y la confusión de lo humano.

 

 

Ampliamente traducido, editado y reeditado a lo largo de los últimos años, sus relatos cortos son muy apreciados y conocidos por los amantes de la literatura. Una buena selección de los fundamentales la  presenta la Editorial Alianza: Encuentra aquí los libros de Herman Hesse 

 

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F. Scott Fitzgerald -La era del jazz-

Cuenta Hemingway en París era una fiesta, que para sostener el estilo de vida al que Fitzgerald se veía obligado por su matrimonio con Zelda, tenía que escribir historias cortas para venderlas en revistas. Tal vez en aquella época de grandes guerras y grandes batallas solo podía concebirse la gran novela. Pero con esos cuentos, alguien como nuestro autor dejó un exquisito álbum fotográfico en blanco y negro de una sociedad americana que se despertaba, asombrada de sí misma, por todo lo que era capaz de lograr. Solo artistas como él pueden presentir lo efímero de todo logro.

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Y fueron cientos sus relatos, en algunos ensayaba posibles novelas. El propio autor dijo de uno de ellos, Absolución, que en él estaba el prólogo de El Gran Gatsby. Es evidente que el final de la novela ya había sido sentido de antemano.

El gran Gatsby
Style Lovely

El padre Schwartz frunció el ceño cuando de repente se le ocurrió algo.

—Pero no te acerques —le advirtió—, pues si lo haces solo sentirás el calor y el sudor de la vida.

Toda esa charla le parecía a Rudolph peculiarmente extraña y terrible, porque el hombre era un sacerdote. Permanecía sentado, semiaterrorizado, con los hermosos ojos muy abiertos clavados en el padre Schwartz. Pero, por debajo de su terror, sentía que sus propias convicciones íntimas se confirmaban. En algún lugar había algo inefablemente magnífico que no tenía nada que ver con Dios. Ya no creía que Dios estuviera enojado con él por su primera mentira, pues Él sin duda había comprendido que Rudolph la dijo para conseguir que la confesión fuera más incitante al realzar el carácter opaco de las faltas admitidas con algo radiante y lleno de orgullo. En el momento en el que había afirmado lo inmaculado de su honor un estandarte de plata había sido desplegado al viento en algún lugar, se habían escuchado crujidos de cuero, brillaron en el sol espuelas plateadas y se reunió una tropa de hombres a caballo que aguardaban la aurora en una pequeña colina verde. El sol había hecho florecer estrellas de luz sobre sus pechos como en ese cuadro que había en su casa de los coraceros alemanes en Sedan.

Pero ahora el sacerdote estaba murmurando palabras desarticuladas y plenas de congoja, y el muchacho se sintió embargado de pánico. De improviso el horror se coló por la ventana abierta y la atmósfera de la habitación ya no fue la misma. El padre Schwartz se desplomó de repente sobre las rodillas y su cuerpo se echó hacia atrás contra una silla.

—Dios mío— exclamó con voz extraña, y cayó flácido sobre el piso.

Fragmento de “Absolution” Published in: The American Mercury Collected in All the Sad Young Men  en 1926

 

Pero hubo muchos más… el Hollywood que le acogiera le ha convertido en un escritor mítico, en Cuentos de la Era del jazz, publicado por la editorial Montesinos se guardan algunas joyas que conviene leer.

 

Quieres conocer mas sobre los escritores del último siglo:  De un tiempo a esta parte.

 

 

Katherine Mansfield

      “El estado de indiferencia es realmente ajeno a mi naturaleza”

Katherine Mansfield
Anne Estelle Rice

Fue deudora de Antón Chéjov e inspiradora de Virginia Wolf.

Dicen que hay escritores que representan un punto de inflexión, un cambio de “era” y que esta autora lo representa. En sus relatos capta lo trascendente que puede llegar a ser lo cotidiano. Con ella se entra en los más recónditos rincones del alma mientras las manos, sencillamente, friegan los platos o arreglan las flores.

Katherine Mansfield nació en una pequeña ciudad de Nueva Zelanda y desde muy joven escribió relatos que publicaba en revistas colegiales, en su país y más tarde en Londres, dónde lo compaginaba con sus estudios de violonchelo. Su padre no le permitió dedicarse a la música de manera profesional que era lo que deseaba y rápidamente conectó con la vida bohemia, tan en boga en su época entre los artistas.

Tuvo una vida sentimental bastante azarosa, pero Ida Baker, escritora como ella, y a quien conoció a su llegada a Londres, la acompañaría hasta la prematura muerte de Katherine a los 34 años. Ida y John Middelton Murry, editor y su último marido, influirían mucho en su carrera como escritora; Murry fue el encargado de recopilar y publicar los relatos y otros escritos que habían quedado inéditos tras su muerte.

Alba editorial en su colección  Alba clásica– tiene publicada una interesante recopilación de los cuentos de esta autora de ineludible lectura.

 

 

 

LA MOSCA

—Aquí se está bien —dijo el viejo señor Woodifield y miró, como asomándose a la gran butaca de cuero verde, hacia el escritorio de su amigo el jefe; parecía un niño parado al borde de su cuna. La conversación había terminado. Era hora de irse. Pero él no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… huelga, la mujer y las hijas lo guardaban en casa, como embalsamado, todos los días de la semana, menos el martes. El martes lo vestían, lo cepillaban y le permitían pasar el día en la City. Qué hacía allí, era cosa que su mujer y sus hijas ni siquiera imaginaban. Dar lata a sus amigos, probablemente… Sea como fuere nos agarramos a nuestros últimos placeres como los árboles retienen sus últimas hojas. En ese momento el viejo Woodifield estaba sentado fumándose un cigarro y observando de vez en cuando al jefe que giraba en su sillón oficinesco, rollizo, rosado, cinco años más viejo que Woodifield, pero aún tan campante, todavía en la brecha. Resultaba un placer verlo.
Con alguna ansiedad y admiración, dijo la vieja voz:
—Palabra de honor que aquí se lo pasa uno muy bien.
—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe abriendo el Financial Times con un cortapapeles. Realmente le gustaba su despacho; le encantaba que lo admiraran, sobre todo que lo admirara el viejo Woodifield. Le causaba una profunda, firme satisfacción sentirse en el centro, a la vista de aquel rostro anciano y frágil que asomaba encima de la bufanda.
—Lo he remozado todo hace poco tiempo —explicó, de la misma manera que lo había explicado antes ¿cuántas veces? cada semana—. Alfombra nueva —y señaló la brillante alfombra roja con gruesos círculos blancos—. Muebles nuevos —e hizo con la barba un gesto hacia la maciza biblioteca y la mesa con patas que simulaban una melcocha retorcida—. ¡Calefacción eléctrica! —y casi se inclinó en un maravillado saludo a las cinco transparentes y perlinas salchichas que brillaban dulcemente en el braserillo de cobre.
Sin embargo no llevó la atención del viejo Woodifield a la fotografía que estaba en la mesa: un muchacho uniformado de aspecto formal posando ante uno de esos espectrales parques que ponen de fondo los fotógrafos, con tempestuosas nubes pintadas. No se trataba de algo nuevo en el cuarto. Llevaba seis años en el mismo lugar.
—Iba a comentarle una cosa —dijo el viejo Woodifield, y sus ojos se ensombrecieron recordando—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí esta mañana.
Sus manos empezaron a temblar y unas manchas rojas aparecieron entre sus barbas.
“Pobre hombre —pensó el jefe—, ya le queda poca vida.” Y, sintiéndose compasivo, le hizo un guiño y le dijo sonriente:
—Te confesaré que guardo aquí unas gotas de cierto licor que te sentará bien antes de salir al frío. Buenísimo. No dañaría ni a un niño.
Tomó una llave de su leontina, abrió una gaveta junto a su escritorio y sacó una obscura, panzona botella.
—Es medicina —dijo—. Y quien me la consiguió asegura, en estricto secreto, que procede de las bodegas del castillo de Windsor.
La boca del viejo Woodifield se abrió asombrada. No se hubiera sorprendido más si el jefe sacara un conejo.
—¿Es Whisky, verdad? —musitó con timbre aflautado.
El jefe dio vuelta a la botella y le mostró la etiqueta. Era Whisky.
—¿Sabes? En casa no me dejan ni olerlo —comentó el viejo mirando fijamente al jefe. Y cualquiera hubiera creído que se pondría a llorar.
—Bah, de esto entendemos nosotros más que las señoras —dijo el jefe, cogió dos vasos que estaban cerca, junto a una jarra de agua, y sirvió el licor gene- rosamente—. Bebe. Y no le añadas agua. Es un sacrificio aguar esta delicia. ¡Ah!
Se bebió su Whisky, sacó un pañuelo para limpiarse los bigotes rápidamente y miró de reojo al viejo Woodifield  que se deleitaba al tomarse el suyo manteniéndolo en la boca. Pasó el trago, estuvo silencioso un instante, y declaró fascinado:
—¡Esto es una gloria!
La gloria le dio calor a su helado cerebro de viejo y le hizo recordar.
—Ya sé lo que era —dijo levantándose—. Creí que te gustaría saberlo. Las niñas viajaron a Bélgica la semana pasada, fueron a visitar la tumba del pobre Reggie, y pasaron por la de tu hijo. Al parecer, sus tumbas están bastante cerca.
El viejo Woodifield se calló un momento, pero el jefe no repuso nada. Sólo un temblor en sus párpados insinuó que había oído.
—Las chicas quedaron encantadas de ver cómo cuidan ese lugar —silbó la voz del viejo—. Muy bien cuidado. No estaría mejor en nuestro país. ¿Tú no has ido nunca, verdad?
—No, no.
Por varias razones el jefe jamás había ido a Bélgica. —Hay leguas de campo podadas como un jardín.
Las flores crecen en todas las tumbas. Y unos senderillos preciosos.
Y se notaba en la voz cuánto le agradaban a Woodifield los senderos tan cuidados. Una nueva pausa. Entonces el viejo dijo vivaz:
—¿Sabes lo que pagaron las niñas en el hotel por un tarrito de mermelada? ¡Diez francos! A eso lo llamo un robo. Era un tarro chiquito, dice Gertrudis, de no más que media corona. Y sólo habían tomado una cucharada cuando cargaron diez francos a la cuenta. Gertrudis se llevó el tarro, para darles una lección. Me parece muy bien hecho. Comercian con nuestros sentimientos; piensan que si nos encontramos en otra parte, echando un vistazo, podemos pagar cualquier cosa. Así es.
Y se dirigió hacia la puerta.
—Muy bien, muy bien —exclamó el jefe, aunque no tenía idea de qué era lo que estaba muy bien. Se retiró de su asiento, siguió los vacilantes pasos hasta la puerta y se despidió del viejo. Woodifield había partido.
Por un largo rato el jefe permaneció sin mirar nada, quieto, de pie, mientras el recadero de la oficina, un hombre de pelo gris, lo miraba y se movía de un lado a otro como un perro que esperara un paseo. Por fin el jefe dijo:
—Durante media hora no veré a nadie, Macey. ¿Entendido? A nadie.
—Sí, señor.
Se cerró la puerta, los pasos seguros recorrieron otra vez la alfombra reluciente, el grueso cuerpazo se dejó caer en la silla, e inclinándose hacia delante, el jefe se tapó la cara con las manos. Quiso, decidió, intentó llorar…
Para él fue un golpe terrible que el viejo Woodifield hablara de la tumba del muchacho. Exactamente como si la tierra se abriera y hubiera visto a su hijo que yacía en ella, y las hijas de Woodifield mirándolo. Era extraño. Habían pasado más de seis años y el jefe nunca pensó en su hijo sino como si permaneciera inmutable, sin cambio, intacto en su uniforme, dormido para siempre. “¡Hijo mío!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas no llegaban. Antes, durante los primero meses y todavía años después de la muerte del muchacho, 1e bastaba pronunciar esas palabras para sentir una pesarosa angustia que sólo se aliviaba con un estallido de sollozos violentos. El tiempo, había dicho entonces a quien quisiera oírlo, no lo ayudaría. Tal vez otros hombres se consolarían, olvidarían, pero no él. No imaginaba un porvenir sin el chico La vida entera había llegado a no tener más sentido. De otra forma ¿cómo se hubiera negado a sí mismo esclavizándose, y soportar todos aquellos años sin la promesa de un hijo que siguiera sus huellas y continuara adelante cuando él se fuera?
Y esa promesa había estado cerca de realizarse. Antes de la guerra el muchacho había asistido un año completo a la oficina para aprender. Por las mañanas salían juntos; volvían en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones recibía como padre de aquel hijo! Nada raro. Se comportaba estupendamente. Y en cuanto a popularidad, desde los más importantes, hasta el viejo Macey, todos alababan al muchacho. Y el chico no era engreído, al contrario. Mantenía su personalidad viva, original, con la palabra adecuada para cada quien, con aquellos ojos infantiles y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”.
Pero esto se había esfumado como si jamás hubiera ocurrido. Llegó el día en que Macey le entregó el telegrama que le hizo sentir que se derrumbaba estrepitosamente el mundo a su derredor. Sentimos mucho comunicarle… Y salió de la oficina un hombre destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años… ¡Qué de prisa transcurría el tiempo! Se diría que había sido ayer. El jefe se quitó las manos de la cara: estaba turbado. Algo andaba mal. No sentía como hubiera querido sentir. Decidió levantarse y mirar la fotografía del muchacho. Pero no era una fotografía que le gustara; la expresión resultaba poco natural. Se veía frío, casi presuntuoso. El muchacho nunca había sido así.

En ese momento el jefe notó que una mosca había caído en el tintero y que trataba desesperadamente de salir. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, decían las patas que luchaban. Sin embargo el reborde del tintero estaba húmedo y resbaladizo; cayó de nuevo y empezó a nadar otra vez. El jefe tomo una pluma, sacó a la mosca del tintero y la puso sobre un pedazo de papel secante. Por una fracción de segundo, permaneció en la oscura mancha que la cercaba. Luego se movieron las patitas delanteras, y, levantando ligeramente el cuerpecillo, recomenzó la inmensa labor de limpiar de tinta sus alas. Una y otra vez, arriba y abajo, una pata pasaba por cada ala como la piedra encima y debajo del escita. Entonces sobrevino una pausa, mientras la mosca, que parecía sostenida sobre las puntas de sus pies, trató de extender primero un ala y después la otra. Lo consiguió por fin y, sentándose, se empeñó como un gatito en limpiarse la cara. Ahora se podía advertir que las patitas delanteras se restregaban una con otra, hábilmente, alegremente. El terrible peligro había pasado; la mosca había escapado de él; estaba lista para vivir.
Pero justamente entonces el jefe tuvo una idea. Hundió el mango de su pluma en el tintero, lo colocó sobre el papel secante, y cuando la mosca bajaba sus alas contra su cuerpecillo, cayó sobre ella una pesada gota de tinta. ¿Qué pasaría ahora? El animalillo simuló estar absolutamente acobardado, atolondrado, atemorizado por lo que pudiera suceder en seguida. Dolorido, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se movieron y, más lentamente, la tarea volvió a comenzar desde el principio.
“Valiente diablillo”, pensó el jefe, sintiendo verdadera admiración por la entereza de la mosca. Ésta era la manera de tomar las cosas; éste era el verdadero carácter. Nada de morir; era cuestión de… Sin embargo la mosca había terminado ya su laborioso menester, y el jefe había tenido el tiempo necesario para remojar su pluma, sacudirla y dejar sobre el recién limpio cuerpo, una nueva gota negra. ¿Y ahora, qué sucedería? Un doloroso momento de incertidumbre. Las patas delanteras se movían otra vez. El jefe sintió una ráfaga de alivio. Se inclinó sobre la mosca y dijo tiernamente: “Grandísima p…” Y se le ocurrió la brillante idea de respirar encima de ella para que fuera más rápido el proceso de secado. Empero, algo tímido y débil había en los movimientos de la mosca, y el jefe decidió que esta vez sería la última, y mojó la pluma en el tintero.
Fue la última. La última gota sobre el papel secante y la mosca se quedó allí, sin moverse. Las patas traseras se pegaron al cuerpo; las delanteras no se veían.
—¡Vamos! —dijo el jefe—. ¡Ten ánimo! y la movió con la pluma… en vano. No ocurrió nada ni podía ocurrir. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del cortapapel y lo echó al cesto. Pero se apoderó de él una sensación tan grande de miseria, que se sintió decididamente asustado. Se inclinó y tocó el timbre para que viniera Macey.
—Tráigame papel secante nuevo —dijo, autoritario—, y pronto.
Y mientras el viejo criado se alejaba, el jefe quiso recordar lo que antes había estado pensando. ¿Qué era?… Sacó su pañuelo y se limpió el filo del cuello. De ningún modo pudo recordarlo.

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Isak Dinesen

Maestra en el arte de contar cuentos y para siempre unida al continente africano,

 a

 Isak Dinesen, 

con la profunda intuición y la sabiduría de los habitantes de esas tierras, los Kikuyus la llamaron “la leona”. Ellos, como nadie, percibieron su auténtica naturaleza. Isak Dinesen

Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Por su biografía parece una mujer a la que todo le fue arrebatado: pronto dejó de ser hija, esposa, amante, no pudo ser madre, fracasó en sus negocios, fue desposeída muy joven de la buena salud… y el tiempo, para dar la razón a los Kikuyus, la desposeyó también de su melena. A pesar de todo, a Karen Christentze Dinesen –su auténtico nombre– la vida difícil la fue haciendo más y más brillante.

En los últimos años, tuvo un compañero, un poeta danés, con quien compartía el tiempo para crear y cuenta el poeta que nuestra autora hizo un pacto con el diablo: todo lo que sintiera lo convertiría en una historia. El diablo le permitió hacerse dueña de un gran privilegio: ser discípula del “ser”, no del “tener”.

 

Para los que admiramos y aprendemos de los grandes cuentistas, su prosa es generosa y refinada, fresca; parece que escribe al dictado, que sobrevuela sobre los escenarios de sus cuentos y observa desde lo alto a esos personajes que viven y las sombras que proyectan.

 

Nunca sabremos si, allá en su querida Africa, vibrará el aire en la llanura con un color que ella haya llevado o si la buscarán las águilas de Ngong, pero sí sabemos que es ella, la misma Karen, quien se prodiga en las historias que nos cuenta.

 

«El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa sujeción.

–¿Por que me has ayudado? – le preguntó.

–¿No lo sabes? –contestó ella–. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el Charlotte, cuando navegaba por el  Mediterráneo. Aquel día trepaste por las jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos así a veces para ver mundo… »

Fragmento: Cuento del joven marinero –Cuentos de invierno–

La editorial Alfaguara publicó hace unos años una recopilación de todos sus relatos en “Cuentos reunidos”. Los tienes en cualquier librería que se precie y son imprescindibles.
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