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Sabios cuentistas

El tiempo de los judíos -El legislador-

 

Moisés, el hombre que hablaba  con Dios 

Para científicos y arqueólogos, uno de los mayores enigmas que contiene la Biblia es el paradero del Arca de la Alianza, el lugar en donde fueron depositadas las tablas que Moisés  bajó del monte Sinaí con las preceptos más completos y únicos que jamás se hubieran escrito y con las exactas instrucciones para construir el lugar donde dichas leyes debían ser guardadas.

Ese Arca, de impresionantes poderes, combatió en primera fila en las batallas de los judíos hasta que fue guardada en el Santa Santorum, el lugar central y más sagrado del primer templo de Jerusalem, construido por Salomón en el año 955 a. C. y destruido por los ejércitos de Nabucodonosor en el año 587 a.d.C.

Sin embargo, nada se sabe del Arca. Desde el año 620 a. C. en la Biblia no se la vuelve a mencionar, y su paradero, buscado hasta la obsesión, resulta desconocido a pesar de que han pasado milenios.

Pero las leyes divinas están escritas en los cinco libros de la Biblia, dictadas por Moisés e inspiradas por Dios, donde han prevalecido contra viento y marea, conservando la pureza de las intenciones por encima de las incontables traducciones, de los múltiples idiomas utilizados, de indagaciones, interpretaciones o disquisiciones.

Lo esencial de su contenido, el espíritu inspirador, yace dentro del Arca de la Alianza en algún lugar inaccesible, representando la fuerza suprema sobre la que se sustenta la sabiduría que entraña la Biblia.

 

Llamamiento y misión de Moisés

3 Apacentaba Moisés el rebaño de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, y condujo el rebaño al extremo del desierto y llegó a Horeb,° monte de ’Elohim.
2 Entonces el ángel de YHVH se le apareció en una llama de fuego en medio de la zarza.° Y él miró, y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía.
3 Y dijo Moisés: Me desviaré para observar esta gran aparición de por qué no se consume la zarza.
4 Vio YHVH que se desviaba para observar, y ’Elohim lo llamó de en medio de la zarza, y le dijo: ¡Moisés! ¡Moisés! Y él respondió: ¡Heme aquí!
5 Entonces dijo: No te acerques aquí, quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás es suelo santo.°
6 Y añadió: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Entonces Moisés ocultó su rostro, porque tuvo temor de contemplar a ’Elohim.
7 Luego dijo YHVH: Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor por causa de sus opresores, porque conozco sus padecimientos.
8 Descenderé, pues, para librarlo de mano de los egipcios y para hacerlo subir de ese país a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel,° al lugar del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.
9 Y ahora, he aquí el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen.
10 Ahora, pues, ¡anda! Te envío a Faraón: ¡saca de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel!
11 Respondió Moisés a ’Elohim: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?
12 Él dijo: Porque Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a ’Elohim sobre este monte.
13 Dijo Moisés a ’Elohim: Cuando vaya a los hijos de Israel, y les diga: El Dios de vuestros padres° me ha enviado a vosotros, y me digan: ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les diré?
14 Respondió ’Elohim a Moisés: YO SOY EL QUE SOY.° Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY° me ha enviado a vosotros.
15 Dijo además ’Elohim a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: YHVH, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi Nombre para siempre jamás, y éste es mi memorial de generación en generación.
16 Ve, reúne a los ancianos de Israel, y diles: YHVH, Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob, se me apareció, diciendo: En verdad os he visitado y he visto lo que se os hace en Egipto.
17 Y he dicho: Os haré subir de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel.

18 Y ellos atenderán a tu voz. Luego entrarás tú, y los ancianos de Israel ante el rey de Egipto, y le diréis: YHVH, Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Ahora pues, permite que hagamos camino de tres jornadas por el desierto, y ofrezcamos sacrificios para YHVH nuestro Dios.

19 Sin embargo, Yo sé que el rey de Egipto no os dejará partir, sino forzado° por mano poderosa.
20 Extenderé entonces mi mano, y haré que Egipto sea golpeado con todos mis prodigios que haré en medio de él, y después de esto, os dejará ir.
21 Además haré que este pueblo halle gracia ante los ojos de los egipcios, y sucederá que cuando partiereis, no os iréis vacíos,
22 sino que cada mujer pedirá a su vecina y al huésped de su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, y los pondréis sobre vuestros hijos e hijas, y así despojaréis a los egipcios.°

3.1 También llamado Sinay, lugar de revelación de Dios. 3.2-10 →Hch.7.30-34. 3.5 Es decir, lugar donde está la presencia de Dios. 3.8 Tierra que fluye leche y miel. Nombre simbólico de la tierra prometida a los hijos de Israel. 3.13 →Ex.6.2-3. 3.14 Heb. ehyeh asher ehyeh = Seré el que Seré. →Ap.1.4,8. 3.14 Heb. ehyeh. Mismo caso, ver nota anterior →Jn.18.5-6.

 

Fuente: Biblia Hebraica Stuttgartensia

 

Oscar Wilde

Tal vez, Oscar Wilde hubiese sido, de no nacer tan pronto, el prototipo perfecto del hombre del siglo XXI: ambiguo, bisexual, provocador, creativo, arrogante y amante de la estética. En todo caso y, a su manera, fue un buscador de la perfección que encierra la belleza más clásica y él lo sabía. Desencantado del mundo que, por entero le volvió la espalda, en sus últimos momentos aún tuvo el valor de brindar con el mejor champán porque, sin duda, él lo había conseguido.

Un fracaso en amor es, para el hombre, como una misión cumplida. Los corazones están hechos para ser rotos.

 

 

 


El príncipe feliz

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Archivo LHM

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio… ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita se sintió llena de piedad.

-¿Quién sois? -dijo.

-Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí, y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras, las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y, además, yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

-¡Qué hermosas son las estrellas -le dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre se había quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente.

¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!…

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia. Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto le llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

-He venido para deciros adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña. Y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que había visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerles felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata, por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando este no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde-. En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales. Y acabaron disputando.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

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Fuente Wikisource: https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/

El tiempo de los judíos

Estrella de David
Archivo LHM

¿Serán acaso los judíos los hombres sabios que caminan sobre la tierra?

Sea o no cierto, ellos han estado dispersos desde el principio de los tiempos como la sal por los cinco océanos, al albur de todas las tormentas, acicateados por todos los males, para extraer de sus propias entrañas la inmensa fuerza de que es capaz el ser humano y hacer con ello más grande la obra de su único y eterno Dios.

Y es que ante la mirada de los judíos  han pasado todas las culturas y todas naciones: babilonios, egipcios, persas, griegos, romanos, españoles, rusos, ingleses, alemanes y ahora americanos. Han sido testigos y los han visto crecer, brillar, decaer; con ellos, siempre presentes, entremetidos entre los poderosos con su libro de relatos bajo el brazo. Un libro que contiene oculto entre sus letras toda la sabiduría del mundo y, según cuentan,  habla de lo que sucedió, de lo que sucede y de lo que sucederá.

Y en el sexto día de la creación 

El hombre

26 Entonces dijo ’Elohim: Hagamos al hombre° a nuestra imagen,° conforme a nuestra semejanza, y ejerzan° dominio sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos, sobre el ganado, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que repta sobre la tierra.

27 Y creó ’Elohim al hombre a su imagen, a imagen de ’Elohim lo creó, macho y hembra los creó.°

28 Luego ’Elohim los bendijo;° y les dijo° ’Elohim: Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, dominad sobre los peces del mar y las aves de los cielos y sobre todo ser vivo que se mueve sobre la tierra.

29 Y dijo ’Elohim: He aquí os he dado toda hierba que produce semilla que está sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol en el que hay fruto y que produce semilla, os será de alimento.

30 Y a toda bestia de la tierra, y a toda ave de los cielos, y a todo lo que repta sobre la tierra, en los cuales hay vida, toda hierba verde les será por alimento. Y fue así.

31 Y vio ’Elohim todo lo que había hecho, y he aquí estaba muy bien. Y fue la tarde y fue la mañana: El° día sexto.

 

1.26 hombre (heb. adam). Aquí no es nombre propio sino sustantivo. Por tratarse del primer ser humano, la palabra adam también se puede aplicar en el sentido de humanidad. 1.26 →1 Co.11.7. 1.26 hombre… ejerzan. Nótese el singular y el plural. 1.27 →Mt.19.4; Mr.10.6. 1.27-28 →Gn.5.1-2. 1.28 dijo. Dios bendice y le dice al hombre, en contraste con los animales →v. 22 que los bendice diciendo. A diferencia de éstos, Dios establece una relación personal con el hombre, conversa con él →3.9, 35.9-10 y lo conoce por nombre →Mt.16.18. 1.31 Nótese el artículo. 

 

Génesis 1  26-31

El hombre en Edén

La Varona

El día en que YHVH° ’Elohim hizo tierra y cielos°

5 no había aún ninguna planta del campo, ni había brotado aún en la tierra ninguna hierba del campo, porque YHVH ’Elohim no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrara el suelo,

6 sino que subía de la tierra un vapor que regaba la superficie del suelo.°

7 Entonces YHVH ’Elohim modeló al hombre de la tierra roja, e insufló en sus narices aliento de vida. Y el hombre llegó a ser alma viviente.°

8 Y plantó YHVH ’Elohim un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado.

9 YHVH ’Elohim hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comida. Y en medio del huerto estaba el árbol de la vida,° y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

10 Y del Edén salía un río que regaba el huerto y desde allí se dividía en cuatro cauces.

11 El nombre del primero era Pisón. Éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde se halla el oro.

12 Y el oro de aquella tierra es bueno. Allí hay bedelio y piedra ónice.

13 El nombre del segundo río era Guijón. Éste es el que rodea toda la tierra de Cus.

14 El nombre del tercer río era Jidequel,° que fluye al oriente de Asiria. Y el cuarto río era el Éufrates.°

15 Tomó, pues, YHVH ’Elohim al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara.

16 Y ordenó YHVH ’Elohim al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto come libremente,°

17 pero del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás de él, porque el día que comas de él, ciertamente° morirás.

18 Dijo YHVH ’Elohim: No es bueno que el hombre esté solo. Le haré ayuda semejante a él.

19 Porque YHVH ’Elohim había formado de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos, y los había llevado al hombre para que viera cómo los habría de llamar, y así como el hombre llamó a cada ser viviente, ése es su nombre;

20 y el hombre puso nombres a todos los animales, a las aves de los cielos y a toda bestia del campo, mas para el hombre no se halló una ayuda semejante a él.

21 Entonces YHVH ’Elohim hizo caer al hombre en un profundo adormecimiento, y se durmió. Luego tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar.

22 Y de la costilla que YHVH ’Elohim había tomado del hombre hizo° una mujer, y la llevó al hombre.

23 Y el hombre exclamó: ¡En verdad ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Por esto será llamada Varona,° porque del varón fue tomada.

24 Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán una sola carne.°

25 Y el hombre y su mujer estaban ambos desnudos, y no se avergonzaban.

Génesis 2  5-25

2.6 Es decir, aún no se había iniciado el ciclo de condensación y precipitación. 2.7 →1 Co.15.45. 2.9 →Ap.2.7;22.2,14.2.14 Jidequel. Esto es, el río Tigris. 2.14 Éufrates. Heb. Perat. 2.16 libremente. Lit. comiendo comerás. Está indicando énfasis. 2.17 ciertamente. Lit. muriendo morirás. Indica énfasis. 2.22 hizo. Heb. banah = edificó, construyó. 2.23 Varona. Heb. ‘ish- shah, femenino de ‘ish = varón. 2.24 →Mt.19.5; Mr.10.7-8; 1 Co.6.16; Ef.5.31

 

Fuente: Biblia hebraica Stuttgartensia 

 

 

F. Scott Fitzgerald -La era del jazz-

Cuenta Hemingway en París era una fiesta, que para sostener el estilo de vida al que Fitzgerald se veía obligado por su matrimonio con Zelda, tenía que escribir historias cortas para venderlas en revistas. Tal vez en aquella época de grandes guerras y grandes batallas solo podía concebirse la gran novela. Pero con esos cuentos, alguien como nuestro autor dejó un exquisito álbum fotográfico en blanco y negro de una sociedad americana que se despertaba, asombrada de sí misma, por todo lo que era capaz de lograr. Solo artistas como él pueden presentir lo efímero de todo logro.

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Y fueron cientos sus relatos, en algunos ensayaba posibles novelas. El propio autor dijo de uno de ellos, Absolución, que en él estaba el prólogo de El Gran Gatsby. Es evidente que el final de la novela ya había sido sentido de antemano.

El padre Schwartz frunció el ceño cuando de repente se le ocurrió algo.

—Pero no te acerques —le advirtió—, pues si lo haces solo sentirás el calor y el sudor de la vida.

Toda esa charla le parecía a Rudolph peculiarmente extraña y terrible, porque el hombre era un sacerdote. Permanecía sentado, semiaterrorizado, con los hermosos ojos muy abiertos clavados en el padre Schwartz. Pero, por debajo de su terror, sentía que sus propias convicciones íntimas se confirmaban. En algún lugar había algo inefablemente magnífico que no tenía nada que ver con Dios. Ya no creía que Dios estuviera enojado con él por su primera mentira, pues Él sin duda había comprendido que Rudolph la dijo para conseguir que la confesión fuera más incitante al realzar el carácter opaco de las faltas admitidas con algo radiante y lleno de orgullo. En el momento en el que había afirmado lo inmaculado de su honor un estandarte de plata había sido desplegado al viento en algún lugar, se habían escuchado crujidos de cuero, brillaron en el sol espuelas plateadas y se reunió una tropa de hombres a caballo que aguardaban la aurora en una pequeña colina verde. El sol había hecho florecer estrellas de luz sobre sus pechos como en ese cuadro que había en su casa de los coraceros alemanes en Sedan.

Pero ahora el sacerdote estaba murmurando palabras desarticuladas y plenas de congoja, y el muchacho se sintió embargado de pánico. De improviso el horror se coló por la ventana abierta y la atmósfera de la habitación ya no fue la misma. El padre Schwartz se desplomó de repente sobre las rodillas y su cuerpo se echó hacia atrás contra una silla.

—Dios mío— exclamó con voz extraña, y cayó flácido sobre el piso.

Fragmento de “Absolution” Published in: The American Mercury Collected in All the Sad Young Men  en 1926

 

Pero hubo muchos más… el Hollywood que le acogiera le ha convertido en un escritor mítico, en Cuentos de la Era del jazz, publicado por la editorial Montesinos se guardan algunas joyas que conviene leer.

https://www.editorial-montesinos.com/clasica/2950-cuentos-de-la-era-del-jazz-9788496831957.html

 

 

 

Roma -La Matrona de Efeso-

Y es que la combativa Roma también supo de cuentos; ella fue la heredera del mundo helénico y, por tanto, estuvo impregnada del aporte que en esta materia fue ejercido por su culta antecesora.
Cuentan los historiadores que, entre batalla y batalla, los soldados recuperaban ánimo y energías escuchando cuentos sibaritas –historias cortas y entretenidas que debieron surgir en su día en la refinada ciudad de Sibaris— y fábulas milesias, que según el buen entender  del canónigo del Quijote, eran cuentos disparatados.
Pero el Imperio Romano fue largo en el tiempo y dio para mucho. El autor de este relato, incluido en la novela El Satiricón, fue escrito por Petronio, hombre ilustre del reinado de Nerón a quien el historiador Tácito denominaba el árbitro de la elegancia.

La matrona de Éfeso

tunaolger en Pixabay

En Éfeso había una matrona con tal fama de honesta que hasta venían las mujeres a conocerla desde países vecinos. Esta matrona perdió a su esposo y no se contentó entonces con ir detrás del cuerpo con los cabellos en desorden, como es costumbre entre el vulgo, ni con golpearse el pecho desnudo ante los ojos de todos, sino que fue detrás de su finado marido hasta su tumba y luego de depositarlo, según la usanza de los griegos, en el hipogeo, se consagró a velar el cuerpo y a llorarlo día y noche. Sus padres y familiares no pudieron hacerla cejar en esa actitud que, llevada a la desesperación, la haría morir de hambre. Hasta los magistrados desistieron del intento al verse rechazados por ella. Todos lloraban casi como muerta a esa mujer que daba ejemplo sin igual consumiéndose desde hacía ya cinco días sin probar bocado. La acompañaba una sirvienta muy fiel que compartía su llanto y renovaba la llama de la lamparilla que alumbraba el sepulcro cuando comenzaba a apagarse. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que no fuera de esta abnegación, y hombres de toda condición social la daban como ejemplo único de castidad y amor conyugal.

En ese tiempo el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de la cripta donde la matrona lloraba sin interrupción la reciente muerte de su marido. Durante la noche siguiente a la crucifixión, un soldado que vigilaba las cruces para impedir que alguno desclavase los cuerpos de los ladrones para sepultarlos, notó una lucecita que titilaba entre las tumbas y oyó los lamentos de alguien que lloraba. Llevado por la natural curiosidad humana, quiso saber quién estaba allí y qué hacía. Bajó a la cripta y, descubriendo a una mujer de extraordinaria belleza, quedó paralizado de miedo, creyendo hallarse frente a un fantasma o una aparición. Pero cuando vio el cadáver tendido y las lágrimas de la mujer, su rostro rasguñado, se fue desvaneciendo su propia impresión, dándose cuenta de que estaba ante una viuda que no hallaba consuelo. Llevó a la cripta, su magra cena de soldado y comenzó a exhortar a la afligida mujer para que no se dejase dominar por aquel dolor inútil ni llenase su pecho con lamentos sin sentido.

-La muerte -dijo- es el fin de todo lo que vive: el sepulcro es la íntima morada de todos.

Acudió a todo lo que suele decirse para consolar las almas transitadas de dolor. Pero esos consejos de un desconocido la exacerbaban en su padecer y se golpeaba más duramente el pecho, se arrancaba mechones de cabellos y los arrojaba sobre el cadáver. El soldado, sin desanimarse, insistió, tratando de hacerle probar su cena. Al fin la sirvienta, tentada por el olorcito del vino, no pudo resistir la invitación y alargó la mano a lo que les ofrecía, y cuando recobró las fuerzas con el alimento y la bebida, comenzó á atacar la terquedad de su ama:

-¿De qué te servirá todo esto? -le decía-. ¿Qué ganas con dejarte morir de hambre o enterrada, entregando tu alma antes que el destino la pida? Los despojos de los muertos no piden locuras semejantes. Vuelve a la vida. Deja de lado tu error de mujer y goza, mientras sea posible, de la luz del cielo. El mismo cadáver que está allí tiene que bastarte para que veas lo bella que es la vida. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir? .

Al fin la viuda, agotada por los días de ayuno, depuso su obstinación y comió y bebió con la misma ansiedad con que lo había hecho antes la sirvienta.

Se sabe que un apetito satisfecho produce otros. El soldado, entusiasmado con su primer éxito, cargó contra su virtud con argumentos semejantes.

-No es mal parecido ni odioso este joven- se decía la matrona, que además era acuciada por la sirvienta que le repetía:

-¿Te resistirás a un amor tan dulce? ¿Perderás los años de juventud? ¿A qué esperar más tiempo?

La mujer, después de haber satisfecho las necesidades de su estómago, no dejó de satisfacer este apetito… y el soldado tuvo dos triunfos. Se acostaron juntos no sólo esa noche sino también el día siguiente y el otro, cerrando bien las puertas de la cripta de modo que si pasase por allí tanto un familiar como un desconocido, creyeran que la fiel mujer había muerto sobre el cadáver de su esposo. El soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por lo misterioso de estos amores, compraba de todo lo mejor que su bolsa le permitía y al caer la noche lo llevaba al sepulcro.

Pero he aquí que los parientes de uno de los ladrones, notando la falta de vigilancia nocturna, descolgaron su cadáver y lo sepultaron. El soldado, al hallar al otro día una de las cruces sin muerto, temeroso del suplicio que le aguardaría, contó lo ocurrido a la viuda:

-No, no -le dijo- no esperaré la condena. Mi propia espada, adelantándose á la sentencia del juez, castigará mi descuido. Te pido, mi amada, que una vez muerto me dejes en esta tumba. Pon a tu amante junto a tu marido.

Pero la mujer, tan compasiva como virtuosa, le respondió:

-¡Que los dioses me libren de llorar la muerte de los dos hombres que más he amado! ¡Antes crucificar al muerto que dejar morir al vivo!

Una vez dichas estas palabras, le hizo sacar el cuerpo de su esposo del sepulcro y colgarlo en la cruz vacía. El soldado usó el ingenioso recurso y al día siguiente el pueblo admirado se preguntaba cómo un muerto había podido subir hasta la cruz.

Confía tu barco a los vientos
pero jamás tu corazón a una mujer
porque las olas son más firmes
que la fidelidad de la mujer.

No hay ninguna mujer buena
o si alguna vez lo ha sido
No comprendo cómo algo malo
pudo ser bueno alguna vez.

Fuente: Wikisource

https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Arabia -Divina Sherezade-

 

Archivo de LHM

Sherezade representa el perfecto compendio de lo que necesita una mujer para sobrevivir: astucia, valor, belleza, bondad, imaginación, sabiduría… y la capacidad de multiplicarse. ¿Hay quién de más?

Persia la bautizó como “la más hermosa hija de la ciudad”, pero realmente no importa cuál fuera su procedencia, Sherezade es una creación del mundo porque ella es Eva. Y Eva, comiéndose la manzana, acabó con el aburrimiento del paraíso perfecto creado para el hombre. Con ella empezó la vida…

 


PERO CUANDO LLEGÓ LA 1001ª NOCHE

Y cuando el rey Schahriar acabó su cosa acostumbrada con Schehrazada, la joven Doniazada dijo a su hermana: “Por Alah sobre ti, ¡oh hermana mía! si no tienes sueño, apresúrate a contarnos la continuación de la tierna historia del príncipe Jazmín y de la princesa Almendra”. Y Schehrazada acarició los cabellos de su hermana, y dijo: “¡De todo corazón amistoso, y como homenaje debió a este rey magnánimo, señor nuestro!”.

Y prosiguió la historia en estos términos:

… y a media noche nombró al príncipe Jazmín pastor de sus rebaños.

Y, desde entonces, el príncipe Jazmín ejerció exteriormente el oficio de pastor e interiormente se ocupaba de amor. Y por el día llevaba a pastar a los bueyes y a las ovejas hasta una distancia de tres o cuatro parasangas; y al oscurecer los llamaba con los sones de su flauta y los volvía a los establos del rey. Y por la noche habitaba el jardín en compañía de su bienamada Almendra, rosa de la excelencia. Y esta era su ocupación constante.

Pero ¿quién puede afirmar que la dicha más oculta permanecerá siempre al abrigo de las miradas envidiosas de los censores?

En efecto, la atenta Almendra tenía costumbre de hacer llegar a manos de su amigo, en el bosque, la bebida y la comida necesarias. Y un día, aquella imprudente del amor fue, a escondidas, a llevarle por sí misma una bandeja de golosinas tan deliciosas como sus labios de azúcar, frutas, nueces y alfónsigos, todo cuidadosamente colocado en hojas de plata. Y le dijo, ofreciéndole aquellas cosas: “¡Que sea para ti dulce y de fácil digestión este alimento que conviene a tu boca delicada! ¡Oh papagayo de lenguaje dulce y que no debiera comer más que azúcar!”. Dijo, y desapareció como el alcanfor.

Y cuando aquella almendra sin corteza desapareció como el alcanfor, el pastor Jazmín se dispuso a probar aquellas golosinas preparadas por los dedos de la hija del rey. Entonces vio acercarse a él al propio tío de su bienamada, un anciano hostil y malintencionado, que se pasaba los días abominando de todo el mundo e impidiendo a los músicos tocar y a los cantores cantar. Y cuando llegó junto al joven, le miró con los ojos torvos de la desconfianza, y le preguntó qué tenía allí, delante de sí, en la bandeja del rey. Y Jazmín, que no era desconfiado, creyó que el anciano tenía gana de comer. Y abrió su corazón, generoso como la rosa de otoño, y le regaló toda la bandeja de golosinas.

Y el calamitoso anciano se retiró al punto para ir a enseñar aquellas golosinas y aquella bandeja al padre de Almendra, el rey Akbar, que era su propio hermano. Y de tal suerte le dio la prueba de las relaciones entre Almendra y Jazmín.

Y el rey Akbar, al enterarse de aquello, llegó al límite de la cólera, y llamando a su hija, le dijo: “¡Oh vergüenza de tus padres! ¡has arrojado el oprobio sobre nuestra raza! Hasta este día nuestra morada estuvo libre de malas hierbas y de las espinas de la vergüenza. Pero tú me has lanzado el nudo corredizo de la trapisonda y me has cogido en él. Y con los modales mimosos que para mí tenías, has velado la lámpara de mi inteligencia. ¡Ah! ¿qué hombre podrá decir que está a salvo de las estratagemas de las mujeres? Y el Profeta bendito (con Él la plegaria y la paz) ha dicho, hablando de ellas: “¡Oh creyentes! ¡tenéis enemigos en vuestras esposas y en vuestras hijas! Son defectuosas en cuanto afecta a la razón y a la religión. Han nacido torcidas. Las reprenderéis, y a las que os desobedezcan las pegaréis”. ¿Cómo voy a tratarte, pues, ahora que tan inconvenientemente has obrado con un extranjero, guardián de rebaños, cuya unión no conviene a hijas de reyes? Dime si debo hacer volar de un tajo de mi espada tu cabeza y la suya y abrasar vuestra noble existencia en el fuego de la muerte”. Y como ella llorase, añadió él: “Retírate en seguida de mi presencia, y ve a enterrarte detrás de la cortina del harén. Y no vuelvas a salir de allí sin mi permiso”.

Y tras de castigar de tal suerte a su hija Almendra, el rey Akbar dio orden de hacer desaparecer al guardián de los rebaños. Y he aquí que en las cercanías de la ciudad había un bosque, terrible refugio de animales espantosos. Y los hombres más bravos se sentían poseídos de temor al oír pronunciar el nombre de aquella selva, y se quedaban paralizados y con los pelos de punta. Y allá, la mañana parecía noche, y la noche era semejante a la llegada siniestra de la Resurrección. Y entre otros animales espantosos, había allí dos cerdos-gamos que eran el horror de los cuadrúpedos y de las aves, y que a veces hasta llegaban a sembrar la devastación en la ciudad.

Y los hermanos de la princesa Almendra, por orden del rey, enviaron al infortunado Jazmín a aquel lugar de desgracia, con la intención de hacerle perecer. Y el joven, sin sospechar lo que le esperaba, condujo allá sus bueyes y sus ovejas. Y entró en aquella selva a la hora en que aparecía en el horizonte el astro de dos cuernos y cuando el etíope de la noche volvía el rostro para ponerse en fuga. Y dejando pacer a los animales a su antojo, se sentó en una piedra blanca que había tirado en tierra, y cogió su flauta, manantial de embriaguez.

Y he aquí que, guiados por el olfato, los dos terribles cerdos-gamos llegaron de repente al claro donde estaba Jazmín, rugiendo a imitación de la nube cargada de truenos. Y el príncipe de mirada dulce los acogió con los sones de su flauta, y los inmovilizó con el encanto de su ejecución. Luego, lentamente, se levantó y salió de la selva, acompañado por los dos espantosos animales, uno a su derecha y otro a su izquierda, y seguido por todo el rebaño. Y de tal suerte llegó bajo las ventanas del rey Akbar. Y todo el mundo le vió y quedó sumido en el asombro.

Y el príncipe Jazmín hizo entrar en una jaula de hierro a los dos cerdos-gamos y se los ofreció al padre de Almendra en calidad de homenaje. Y ante aquella hazaña, el rey llegó al límite de la perplejidad, y retiró su mano de la condenación de aquel león de héroes.

Pero los hermanos de la enamorada Almendra no quisieron deponer su rencor, y para impedir que su hermana se uniera con el joven, idearon casarla a disgusto con su primo, el hijo del tío calamitoso. Porque decían: “Hay que atar el pie a esa loca con la cuerda resistente del matrimonio. Y entonces se olvidará de su insensato amor”. Y sin más ni más, organizaron la procesión nupcial, y contrataron a músicos y cantarinas, a clarinetes y tamborileros.

Y mientras aquellos tiranos vigilaban así las ceremonias de aquel matrimonio opresor, la desolada Almendra, vestida, mal de su grado, con ropas espléndidas y atavíos de oro y perlas, que pregonaban en ella una recién casada, estaba sentada en un elegante lecho de gala, recubierto de paños brocados de oro, semejante a la flor en el arbusto, pero con la tristeza y el abatimiento a su lado, con el sello del mutismo en los labios, silenciosa como el lirio, inmóvil como el ídolo. Y con la apariencia de una joven muerta a manos de vivos, su corazón palpitaba como el gallo a quien degüellan, su alma estaba vestida con un vestido de crepúsculo, su seno estaba desgarrado por la uña del dolor, y su espíritu efervescente pensaba en los ojos negros del cuervo de arcilla que iba a ser su compañero de lecho. Y se hallaba en la cúspide del Cáucaso de las penas.

Pero he aquí que el príncipe Jazmín, invitado con los demás servidores a las bodas de su señora, le dio, con un simple cruce de ojos, una esperanza libertadora de las ataduras del dolor. Porque ¿quién no sabe que con simples miradas los amantes pueden decirse veinte cosas de las que nadie tiene la menor idea?

Así es que, cuando llegó la noche y se introdujo a la princesa Almendra, como recién casada, en la cámara nupcial, solamente entonces el Destino mostró su faz dichosa a los amantes y vivificó su corazón con los ocho olores. Y la bella Almendra, aprovechándose al instante de la soledad en que la habían dejado en aquella habitación donde iba a penetrar su primo, salió sin ruido con sus vestiduras de oro, y emprendió el vuelo hacia Jazmín el bienaventurado. Y aquellos dos amantes benditos se cogieron de la mano, y más ligeros que el céfiro rosado, desaparecieron y se desvanecieron como el alcanfor.

Y desde entonces nadie pudo encontrar sus huellas, y nadie oyó hablar de ellos ni del lugar de su retiro. Porque, en la tierra, solamente algunos entre los hijos de los hombres son dignos de dicha, de seguir el camino que lleva a la dicha y de acercarse a la casa en que se esconde la dicha.

Gloria por siempre y loores múltiples al Retribuidor, Dueño de la alegría, de la inteligencia y de la dicha. ¡Amín!

 

 

Fuente: Wikisource con Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0

El Miserere de Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. (Gustavo Adolfo Bécquer).

 

No debe quedar ninguna editorial sin publicar las obras de Bécquer que siguen estando tan vivas como el primer día. Esta portada de la editorial Bruño, mostrando el caminante sobre el mar del pintor alemán Caspar David Fiedrich, contiene todas las esencias del romanticismo.
Tal vez, si ese hombre solitario que contempla el pavor del mundo volviera la cabeza, su rostro fuera el mismo de Gustavo Adolfo Bécquer.
¿Fue el último romántico? Tal vez, pero leyéndolo hoy, en pleno siglo XXI, más bien podría parecer un adelantado a su tiempo.

El MISERERE

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fué que aunque en la última página había esta palabra latina tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fué sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todos, como maestoso, allegro, ritardando, piu vivo, á piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen… crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aulla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime; ó la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía… ¡fuerza!… fuerza y dulzura.

— ¿Sabéis qué es esto? pregunté á un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy á referiros.
I

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó á la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

— Yo soy músico; respondió el interpelado; he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse e, instigado por ésta, continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

— Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle á Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Domine! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fué hallar una forma musical, tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía, y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

— Después, continuó, de recorrer toda Alemania, toda Italia, y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno,  y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.

— ¿Todos? dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes: ¿a qué no habéis oído aún el Miserere de la montaña?

— ¡El Miserere de la montaña! exclamó el músico con aire de extrañeza: ¿qué Miserere es ese?

— ¿No dije? murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa: ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia, una historia muy antigua; pero tan verdadera como al parecer increíble.

Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡qué digo muchos años! muchos siglos, un monasterio famoso, cuyo monasterio, á lo que parece; edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.

Hasta aquí todo fué bueno; pero es el caso que este hijo, que por lo que se verá más adelante, debió ser la piel del diablo, sino era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había trasformado en iglesia, reunió unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a este quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.

Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adónde no se sabe, a los profundos tal vez.

Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

— Pero, interrumpió impaciente el músico, ¿y el Miserere?

— Aguardaos, continuó con gran sorna el rabadán , que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:

Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria, es que todos los años, tal noche como en la que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oyen como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el Tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

— ¿Y decís que ese portento se repite aún?

— Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

— ¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

— A una legua y media escasa… pero, ¿qué hacéis ? ¿Adonde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! exclamaron todos al ver que el romero levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse á la puerta.

— ¿Adonde voy? A oir esa maravillosa música, a oir el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:

— ¡Está loco!

— ¡Está loco! repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre, y se agruparon alrededor del hogar.

II

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos girones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero, que sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Trascurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

— ¡Si me habrá engañado! pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora, ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada… dos… tres… hasta once.

En el derruido templo no había campana ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había espirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó á iluminarse espontáneamente sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos chapiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Una vez reedificado el templo, comenzó a oirse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor el primer versículo del salmo de David:

¡Miserere mei, Domine, secundum niagnaní misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y

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solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de sus huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere.

In iniquitatihis conceptus sum; et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced á una trasformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monges se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y á través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto á la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al Trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Anditu meo dabis gaudium et lístitiam, et texultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

— ¿Oísteis al cabo el Miserere? le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

— Sí, respondió el músico.

— ¿Y qué tal os ha parecido?

— Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra casa, prosiguió dirigiéndose al abad; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese á su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba: ¡Eso es; así, así, no hay duda… así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos, y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fué imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte, y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

 Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me matev mea.

Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecían mofarse de mí con sus notas; sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no serán una locura?

Fuente: https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Washington Irving

Un nómada americano

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Washington Irving fue un romántico, un viajero incansable, lector de piedras y paisajes que sugieren mundos para quien sabe mirarlos. Piedras y paisajes que entrañan pasados no resueltos, ensoñaciones, analogías y metáforas sobre quienes  los caminaron, dejando sus huellas dibujadas en el aire cuajado de mensajes. Porque hay un secreto oculto, aún en el más oscuro anonimato, nadie se va de dónde ha sido sin dejar caer una suave pluma que todo lo cambia.

Pero este autor no solo imaginó o escribió sobre Andalucía, Granada y su Alhambra, de hecho, es uno de los padres de la literatura norteamericana, construida sobre las tradiciones europeas, que llegaron por mar a la búsqueda de los nuevos mundos llenos de promesas pero también llenos de fantasmas.

 

 

Las puertas del infierno

A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa, ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, ¡ay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!

Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.

Este pequeño estrecho, tan poderoso, tan gritón, tan bebedor, capaz de sacar a uno de sus casillas, era un lugar de gran peligro para los antiguos navegantes holandeses, puesto que sacudía sus barcas en forma de bañera, deteniéndolas en remolinos capaces de marear a cualquiera que no fuera un holandés, o, lo que ocurría con frecuencia, colocándolas sobre rocas y restingas. Es lo que hizo con la célebre escuadra de Oloffre «El Soñador», cuando buscaba un lugar para fundar la ciudad de Manhattoes, con lo que, de puro avergonzados, decidieron llamar al lugar Helle-Gat (Puerta del Infierno), encomendándolo solemnemente al diablo. Desde entonces esa denominación ha pasado al inglés con el nombre correcto de Hell-Gate, que significa lo mismo, aunque algunos, que no saben inglés ni holandés, lo traducen por Hurl-Gate (Puerta o estrecho de los rizos). ¡Que San Nicolás los confunda!

En mi niñez el estrecho de Hell-Gate era un lugar que nos infundía mucho miedo, y en el cual emprendíamos peligrosas aventuras, pues tengo algo de marinero. En esos pequeños mares corrí más de una vez el riesgo de naufragar y ahogarme, en el curso de ciertos viajes a los cuales era muy aficionado, junto con otros chiquillos holandeses.

En parte por el nombre y en parte por diferentes circunstancias que se relacionaban con el lugar, éste tenía para los ojos de mis compañeros y los míos, quizá porque íbamos por allí cuando faltábamos a la escuela, un aspecto más terrorífico que el que presentaba Escila y Caribdis de los tiempos de Maricastaña.

En medio del estrecho, cerca de un grupo de rocas llamadas Las Gallinas y Los Pollos, se encontraba el casco de una embarcación que, atrapada por los remolinos, había encallado allí. Se contaba una terrible historia, según la cual era el resto de una embarcación pirata que se había dedicado a sangrientas empresas. No puedo recordar ahora en sus detalles ese relato que nos inducía a considerarla con gran terror, y mantenernos alejados de ella durante nuestras excursiones.

* * * * *

El desolado aspecto del casco abandonado y el terrible lugar donde acababa de pudrirse, eran suficientes para provocar las más extrañas ideas. Una parte del maderamen ennegrecido por el tiempo destacábase por encima de la superficie del agua en la alta marea; en la baja, quedaba al aire libre una parte considerable del casco mostrando el maderamen que carecía de las planchas de unión, pero que estaba cubierto de algas, por lo que parecía el esqueleto de algún monstruo marino. Todavía se mantenía erguido un pedazo de alguno de los mástiles, del cual colgaban algunas vergas y motones, que bailaban zamarreados por el viento, haciendo un ruido al que acompañaban los albatros, que giraban y gritaban alrededor del melancólico esqueleto. Tengo un vago recuerdo de un cuento, relatado por marineros, acerca de fantasmas que aparecían de noche en el casco, con el cráneo desnudo y fosforescencias azules en sus órbitas, pero he olvidado todos los detalles.

De hecho, toda esta región, como el estrecho ya citado de los tiempos de Maricastaña, era un lugar de fábula y encantamiento para mí. Desde el Estrecho hasta Manhattoes, las costas de aquel brazo de mar eran sumamente irregulares, llenas de rocas, entre las cuales crecían los árboles, que le daban un aspecto desolado y romántico. Durante mi niñez se relataban numerosas tradiciones acerca de piratas, fantasmas, contrabandistas y dinero enterrado, todo lo cual tenía un efecto maravilloso sobre las jóvenes mentes de mis compañeros y la mía propia.

Cuando llegué a la edad madura, efectué diligentes investigaciones acerca de la veracidad de estos extraños relatos, pues siempre he tenido mucha curiosidad por averiguar el fundamento de las valiosas aunque obscuras tradiciones de la provincia donde nací. Encontré infinitas dificultades para llegar a cualquier dato preciso. Es increíble el número de fábulas que hallé al tratar de establecer la verdad de un solo hecho. Nada diré de las Piedras del Diablo -sobre las cuales el archienemigo del género humano se retiró desde Connecticut hasta Long Island, a través del estrecho- en vista de que esta materia será tratada como merece por un contemporáneo con cuya amistad me honro, historiador al cual he suministrado todos los detalles. Tampoco diré nada del hombre negro con el sombrero de tres picos, sentado al timón de un bote y que aparecía en Hell-Gate durante el tiempo tormentoso; se llamaba el spooke; se dice que el gobernador Stuyvesaent disparó una vez con una bala de plata. Nada puedo opinar sobre esto por no haber encontrado ninguna persona de confianza que afirmase haberlo visto, a no ser la viuda de Manus Conklen, el herrero de Frogasnesk, pero la pobre mujer era un poco cegatona, por lo que es probable que se equivocara, aunque decían que en la obscuridad veía más lejos que la mayoría de la gente.

Sin embargo, todo esto era muy poco satisfactorio en lo que respecta a la leyenda de piratas y sus tesoros enterrados, acerca de lo cual yo tenía la mayor curiosidad. Lo que sigue, es lo único que he podido oír y que tiene ciertos visos de autenticidad.

 

fuente:  https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Arabia –Mil y una noches– Traducciones al español IV Salvador Peña Martin

Dice el autor de la nueva obra en idioma castellano, que cada traducción es válida por unos cuarenta años. Hagámosle los honores a esta renovada cascada de frescura y fantasía, realismo y gracia que, sin duda, representa la perpetuamente reencontrada y original obra literaria.
https://editorialverbum.es/producto/mil-una-noches-4-volumenes-premio-nacional-la-mejor-traduccion

Por una mayor fidelidad al idioma original
La pequeña variación en el título puede pasar desapercibida, debido al automatismo con el que, a veces, trabajan nuestras mentes en algo profundamente arraigado, pero lo cierto es que el autor prescinde del artículo con el que hasta ahora hemos nombrado este libro milenario, pero… ¿a qué se debe este cambio?
Es el propio autor en el estudio previo de su obra que titula Lo múltiple y lo uno, 
quien expone, entre las  últimas consideraciones de su extenso y brillante trabajo, los argumentos por los cuales se ha decidido a titularla sin el perenne y mayúsculo artículo “Las”. Es difícil su posible implantación, aun cuando están muy bien justificadas sus razones, que me permito transcribir textualmente, y es que, en un trabajo así, nada debe quedar dicho a medias.
«El título original de la obra, Alf layla wa-layla, indica, con toda sencillez un número preciso de noches, en un sintagma indeterminado. Esto, en castellano actual, se expresa «mil una noches», sin artículo previo, «las», dado que en árabe no se ha expresado la determinación. Pero, así mismo, sin la conjunción copulativa «y», ya que, aunque sí está presente en el árabe (wa-), ello se debe a que, en dicha lengua sí es necesaria la conjunción después de los millares, del mismo modo que lo es en otras lenguas como el portugués, pero no en castellano contemporáneo (decimos «dos mil dieciséis», y no «*dos mil y dieciséis»). En el título de la obra la persistencia de «las» e «y» solo se explica por influencia del francés a través de la traducción de A. Galland: Les mille et une nuits
Considero, pues, que Las mil y una noches, es un calco del francés que habría convenido esquivar, si la versión se adaptase a los usos actuales de la lengua, ya que la secuencia «mil y una» o «una y mil», que podemos emplear en expresiones como «mil y un viajes» o «una y mil veces», perfectamente válidas por supuesto, no significan un número preciso, sino, más bien, una cantidad subjetivamente elevada. Así, «mil y una noches» no significan exactamente 1001 noches, sino muchísimas noches. Y es el caso que el número de noches en que se desarrolla la acción de la obra sí es, con precisión, de 1001.
Un primer argumento en contra de una versión «mil una noches» sería que el
título Las mil y una noches está asentado en castellano. Eso es solo en parte cierto, ya que, junto a esa alternativa, la tradición nos ofrece otra: la seguida tanto V. Blasco Ibáñez en su traducción, como M. Vargas Llosa en su reescritura de la obra para el teatro: Las mil noches y una noches. Creo, pues, que sería lícito y hasta adecuado llamarla, en consonancia con el original, y sin más, «Mil una noches». Pero estos asuntos no son nunca sencillos. Si bien parece indiscutible que el artículo «las» no responde a ningún motivo, y no tiene sustento en el original, lo cierto es que a favor del mantenimiento de la conjunción «y» hay dos buenos argumentos. Por un lado, tenemos el adjetivo, bastante extendido en castellano a ambos lados del Atlántico, «miliunanochesco». Y por otro, el hecho de que la secuencia «mil y» se ha empleado en estadios anteriores de esta lengua para numerales precisos, por ejemplo en «año de mil y setecientos», como puede leerse en documentos de la época; el sabor arcaizante de la expresión está en consonancia con la obra original y con la versión por la que aquí se ha optado. Traduzco, en consecuencia, Mil y una noches».
Lo múltiple y lo uno en ‘Mil y una noches’
Salvador Peña Martín

Charles Dickens

Una luz que no se extingue

Gran parte de la obra de Charles Dickens fue el reflejo de su propia vida y especialmente de su infancia, áspera y difícil, que transcurrió en una Inglaterra inmersa en la revolución industrial del siglo XIX. 
Él encendió una luz en ese mundo oscuro y sórdido, reflejando el heroísmo y la generosidad que latía en el corazón de los más desfavorecidos, en medio de la hipocresía de una sociedad, que escondía bajo la alfombra la basura sobre la que se sostenían sus ambiciones. Con la literatura su vida dio un giro de 180 grados, adquirió fama y fortuna, pero no por ello dejo de ser un crítico mordaz sobre cuestiones vitales como la esclavitud o la pena de muerte. 

Dickens fue la semilla de un cambio que sigue siendo tan necesario ahora como lo era entonces, tal vez por eso  su obra es un inacabable bestseller.

 

EL MANUSCRITO DE UN LOCO.

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(TRADUCCION DE DICKENS.)

Sí…¡de un loco!

¡Cómo  hubiera herido mi corazón esta palabra hace algunos años!

¡Cómo hubiera despertado el terror, que de vez en cuando me acometía, haciendo que la sangre como el fuego corriera por mis venas, hasta que el frío hielo del temor en gruesas gotas cubría mi piel, y mis rodillas temblaban de miedo!

Ahora me agrada. Es un bello nombre. Mostradme al monarca cuyo iracundo entrecejo tanto intimide como el brillo de los ojos de un loco, y cuyo cordel y hacha sean jamás tan eficaces como las garras de un loco.

Sí, sí, es una gran cosa estar loco. Ser mirado como un feroz león entre las barras de hierro, y rechinar los dientes y ahullar las largas y silenciosas noches, a la alegre música de una pesada cadena, y rodar y bramar entre la paja, arrebatado con tan deliciosa armonía.

¡Hurra por la casa de los locos!

Me acuerdo de un tiem­po cuando temía estar loco; cuando me despertaba sobresaltado de mi sueño, y cayendo de rodillas rogaba a Dios que me liberara de la maldición de mi raza: cuando huía de la alegria y de la felicidad y me ocultaba en algún lugar solitario, y pasaba las pesadas horas observando el progreso de la calentura que debía consumir mi cerebro. Sabía que la locura estaba en mi misma sangre, hasta en el tuétano de mis huesos; que una generación había pasado sin que la pestilencia apareciese entre ellos, y que yo era el primero en quien debia revivir. Sabía que así debía ser, que así siempre había sido, y que así siempre sería; y cuando huía del contacto de mis semejantes a algún oscuro rincón; veía desde allí a los hombres hablar en voz baja y señalar y volver los ojos hacia mí, y sabía que se estaban refiriendo unos a otros la prescrita locura y, conociéndolo, en silencio gemía. Esto hice por años, largos, largos años fueron aquellos.

Las noches aquí son largas algunas veces, muy largas; pero nada son en comparación con las inquietas noches y terribles ensueños de aquel tiempo. Su recuerdo me estremece. Grandes, sombríos fantasmas con maliciosos rostros se sentaban en los rincones de mi cuarto y, de noche, se inclinaban sobre mí incitándome a la locura. Me decían en voces atronadoras que el suelo de la antigua casa en que murió el padre de mi padre, estaba aún manchado de su sangre, derramada por su propia mano en el furor de su locura. Me cubría los oidos con las manos, pero me gritaban y me gritaban hasta que el cuarto se estremecía con sus acentos, y por todas partes oía que, en la generación anterior a la suya, la locura durmió, pero que su abuelo habia vivido por años con sus manos entre grillos, para evitar que se hiciesen pedazos. Sabía que decían la verdad, lo sabía bien. Lo había descubierto hacia años, aunque me lo quisieron ocultar. Era demasiado astuto para ellos, loco tal como me creían. Al fin me atacó; y estraño como pude nunca haberla temido; ahora podía entrar en el mundo, y reír y gritar como el que más entre ellos. Sa­bía que estaba loco, pero nadie lo sospechaba. Como me regocijaba pensando en la partida que les estaba jugando a los mismos que me señalaban, y me miraban, cuando yo no estaba loco, cuando solamente temía que lo llegaría a estar.

Y me reía de gozo cuando estaba solo, y pensaba cuan bien ocultaba mi secreto, y cuan prontamente mis cariñosos amigos me hubieran abandonado si hubiesen descubierto la verdad.

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Gozaba más que en ningún otro goce cuando comía solo con algún alegre y bullicioso jóven en pensar de cuan pálido se hubiera vuelto, y cuan presurosamente hubiese corrido si hubiera averiguado que el querido amigo que estaba junto a él afilando su reluciente cuchillo, era un loco, con todo el poder y casi toda la voluntad de clavárselo en el corazón. ¡Era aquella una vida deliciosa! Tuve riquezas, nadaba en la opulencia, y me regocijaba en los placeres aumentados mil veces por el conocimiento de mi bien guardando secreto. Heredé un estado: la ley, la perspicaz ley habia sido engañada, y había entregado disputados millones en las manos de un loco.

¿Dónde estaba el entendimiento de los hombres sagaces que cuando estaba sano llegué á temer? ¿Dónde la destreza de abogados siempre ansiosos por descubrir una tacha? La astucia del loco los había vencido a todos. Tenía dinero: ¡Cómo me obsequiaban! Lo gastaba profusamente, ¡cómo me alababan!, ¡cómo aquellos tres orgullosos hermanos se humillaban ante mí! El anciano padre también. Tanta deferencia, tanto respeto, tanta amistad. ¡Ah!, así me adoraban.

El viejo tenía una hija y los jóvenes una hermana, y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la muchacha, vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes al pensar en su bien ideado proyecto y en su rica presa… a mí si que me correspondía sonreírme. ¡Sonreírme! Reírme a carcajadas, y arrancarme el cabello y rodar sobre el suelo con gritos de alegría. Lejos estaban de pensar que la habían casado con un loco. ¿Pero si lo hubiesen sabido la hubieran liberado?

¿La felicidad de una hermana contra el oro de un marido? La pluma más  ligera que sopla al aire, contra la luciente cadena que adorna mi cuerpo. En una cosa fui engañado a pesar de toda mi astucia. Si no hubiera estado loco (porque aunque nosotros los locos somos muy sagaces, solemos a veces descarriarnos), hubiera sabido que la muchacha prefería la oscuridad y la frialdad de la sepultura al lujo y esplendor de mi mansión. Hubiera conocido que su corazón latía por el bello jóven cuyo nombre le oí una vez articular en su inquieto sueño; y que ella me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del anciano y de los orgullosos hermanos. No recuerdo ahora las formas ni los rostros; pero sé que la muchacha era hermosa. Sé que lo era, porque en las claras noches de luna, cuando despierto de mi sueño y reina un pavoroso silencio alredor mío, veo allí, inmóvil, en aquel rincón de mi celda, una pequeña y gastada figura con largo cabello negro, que, lacio sobre sus espaldas, ningún viento terrestre hace ondear ni por un momento y ojos que, fijos en sus órbitas, jamás dejan de mirarme. Ah! la sangre se hiela en mi corazón al escribir esto: aquella forma es la suya; las mejillas están muy pálidas, y los ojos cristalizados; pero los reconozco bien.

Jamás esa criatura se mueve; jamás frunce las cejas ni mueve los labios ni hace gestos como los demás que se hallan aquí: pero es mucho más terrible para mí, más terrible aún  que los espíritus que me incitaron muchos años ha, porque viene fresca de la tumba. Hace cerca de un año vi ese rostro más y más pálido; durante cerca de un año vi las lágrimas correr por las lívidas mejillas, e ignoré la causa.

Al fin la descubrí. No pudieron ocultarmelo: nunca me había amado: de eso bien persuadido estaba: despreciaba mis riquezas; y odiaba el esplendor con que vivía; esto no lo esperaba: amaba a otro.

Jamás este pensamiento cruzó por mi mente. Sentimientos extraños se apoderaron de mí, y pavorosos y horribles pensamientos incitados por algún espíritu maligno giraron alredor y alrededor de mi cerebro: a ella no la odiaba, pero aborrecía a aquel por quien lloraba. Compade­cía, sí, compadecía la miserable vida a que el egoísmo y la insensibilidad de su familia la habían condenado.

Sabía que no podía vivir largo tiempo; pero el pensamiento de que antes de su muerte diese nacimiento a algún ser, destinado a legarle la locura a sus propios hijos, me decidió.

Resolví matarla. Por muchas semanas pensé envenenarla; después en ahogarla, y luego en quemarla.

Una hermosa vista sería la gran casa y la mujer del loco reduciéndose a cenizas. Y qué broma también ofrecer a la justicia un gran premio y ahorcar a un hombre en sana razón por un hecho que jamás cometió, y todo por efecto de la astucia de un loco. Pensé mucho en esto, pero al fin me aburrí de esta idea. ¡Oh! ¡qué placer afilar la navaja día tras día, palpar su punta y pensar en la herida que un solo golpe de este acero seria capaz de hacer! Al fin los espíritus que habían estado conmigo tantas veces antes, me dijeron al oído que el tiempo había llegado, y pusieron la navaja abierta en mi mano.

Asiéndola fuertemente me levanté con sigilo de la cama, y me incliné hacia mi dormida mujer. Su rostro estaba ocultado con sus manos; las desvié suavemente, y cayeron sobre su seno; había estado llorando, porque el curso de sus lágrimas aún estaba húmedo sobre sus mejillas.

Sereno estaba su rostro y al fijar mis ojos en él, una tranquila sonrisa separó sus labios. Con suavidad puse una mano sobre su hombro; se sobrecogió. Era efecto de un sueño pasajero. Volví á inclinarme hacia ella, gritó y se despertó. Un solo movimiento de mi mano , y jamás gesto o sonido hubieran vuelto a articular sus labios. Pero me sobrecogí y me retiré algunos pasos: sus ojos se fijaron en los míos, no sé en qué consistió; pero me acobardaron, me aterrorizaron.

Se levantó de la cama mirándome fijamente y con la mismn severidad, temblé: la navaja estaba en mi mano, pero no podía moverla; se dirigió a la puerta: al llegar a ella se volvió y apartó los ojos de mí. El hechizo, el magnético influjo de su mirada dejó de existir: me arrojé sobre ella, y la cogí por el brazo. Exalando grito tras grito cayó al suelo sin sentido. Entonces pude haberla matado, sin una lucha, sin un esfuerzo; pero la casa estaba alarmada. Oi pasos en los escaleras, coloqué la navaja en su sitio, y abriendo la puerta pedí socorro a grandes voces, Vinieron, la levantaron, y la colocaron en la cama: allí estuvo privada de animación por horas, y cuando la vida, la mirada y el habla la fueron devueltas, la razón la había abandonado y una espantosa y frenética locura la habia acometido.

Médicos acudieron, hombres grandes que llegaron a mi puerta en lujosos carruajes con hermosos caballos, y criados con librea. Semanas enteras pasaron a su cabecera: tuvieron una gran junta, y en bajas y solemnes voces consultaron en un cuarto lejos del dormitorio. Uno, el más hábil y más célebre entre ellos, me llevó a un lado, y disponiéndome para oír lo peor me dijo a mí—el loco­—que mi mujer estaba loca. Estaba junto a mí en una abierta ventana, sus ojos fijos en mi rostro y sus manos sobre mi hombro.

Con un solo esfuerzo podía haberlo arrojado a la calle: me hubiera divertido extraordinariamente haciéndolo; pero hubiera descubierto mi secreto, y este temor me hizo renunciar a mi deseo. Unos cuantos días después me dijeron que debia ponerla bajo restricción: yo fui al campo donde nadie podía oírme, y allí estuve hasta que el aire resonó con mis carcajadas.

Murió al dia siguiente: el anciano la siguió a la tumba, y los orgullosos hermanos derramaron una lágrima sobre el insensible cadáver de aquella cuyos sufrimientos habían mirado durante su vida con músculos de hierro. Todo esto era alimento para mi alegría secreta, y me reía ocultando el rostro con el pañuelo blanco cuando volvíamos del entierro, hasta que las lágrimas me vinieron a los ojos; pero aunque yo había conseguido mi objeto , y la había matado, estaba inquieto y conocía que antes de mucho tiempo mí secreto seria descubierto No podía ocultar por más tiempo el salvaje gozo que sentía cuando estaba solo en casa, saltaba, golpeaba las manos y bramaba con ruidosos acentos. Cuando salía, y veía las calles llenas de transeúntes, o iba al teatro, y oía música o veía las bailarinas, sentía tanto júbilo que me hubiera arrojado entre ellos, y los hubiera destrozado, aullando con mi arrebato.

Pero rechinaba los dientes, pateaba, y dando las uñas en mis manos, sofocaba mi furia, y nadie sabía que estaba loco.

Había salido. Era entrada la noche cuando llegué a casa, y encontré al más  altivo de los tres altivos hermanos que dijo me estaba esperando para hablarme sobre asuntos urgentes. Aborrecía a aquel hombre con todo el aborrecimiento de un loco. Muchas y muchas veces habían deseado mis manos desgarrarlo: me dijeron que me esperaba, voté en su presencia. Tenía que hablarme, despedí a los criados; era tarde y nos quedamos solos por la primera vez en nuestra vida.

Evité mirarlo al principio, pero conocía lo que él estaba lejos de imaginar, y me regocijaba en ello; que la locura brillaba como ascuas en mis ojos. Permanecimos callados por algunos momentos: él fue el primero en romper el silencio; mi reciente disipación y extraños discursos después del fallecimiento de su hermana, eran un insulto a su memoria: y recopilando varias circunstancias que al principio no había observado, creyó que la había maltratado. Exigió saber si tenía razon en inferir que yo trataba de insultar su memoria, y manifestar desprecio hacia su familia. Era debido al uniforme que usaba el exigir esta esplicacion. Este hombre tenía una capitanía en el ejército, una capitanía com­prada con mi dinero y la miseria de su hermana. Este era el hombre que había sido el primero en el complot para engañarme y arrebatarme mis riquezas. Este era el hombre que había sido el principal instrumento para forzar a  su hermana a casarse conmigo, sabiendo que su corazón era de otro. ¡Debía su uniforme a la librea de su degradacion! Dirigí mis ojos hacia él, no lo pude remediar ; pero no proferí una palabra: observé el repentino cambio que se apoderó de él con el influjo de mi mirada. Era un hombre arrojado y valiente, pero le abandonó el valor, y desvió su silla; acerqué la mia: y riéndome porque rebosaba de alegría, entonces lo vi estremecerse.

Senti la locura despertarse en mí, y conocí que el altivo hermano me temía.

—¿Amabas mucho a tu hermana cuando vivía? le dije.

—Mucho, mucho.

Miró inquietamente alrededor, y vi su mano asir el espaldar de la silla, pero permaneció callado.

—Villano, le dije, te descubrí, he descubierto tu infernal complot contra mí; sé que su corazón estaba dado a otro antes de que la obligaran a casarse conmigo.

―Lo sé, lo sé.

Se levantó precipitadamente, y blandiendo la silla en el aire, me mandó retirarme; pero me cuidé de apresurarme cada vez más.

Gritando más bien que hablando, porque sentía en mi pecho el remolino de mil tumultuosas pasiones, oía la voz de·los antiguos espíritus incitándome a despedazarle el corazón.

Maldito seas, exclamé arrojándome sobre él; yo la maté, yo soy un loco: !muere! ¡Sangre, sangre, sangre! ¡tengo sed de ella!

Con un ruido espantoso rodamos en el suelo juntos. Fue una lucha horrorosa, porque él era un hombre robusto y fuerte, luchando por su vida, y yo un poderoso loco, sediento de destruírsela.

Sabía que ninguna fuerza se podía igualar a la mía, y tenía razon aunque loco. Su lucha cesó: me arrodillé sobre su pecho y lo así fuertemente por el nervudo cuello. Su rostro se amorató, sus ojos parecían querer saltar, y su saliente lengua parecía mofarse de mí: entonces apreté con mas fuerzas.

La puerta fué repentinamente abierta, y un tropel inmenso se introdujo en mi cuarto exclamando: —¡asegurad al loco!

Mi secreto estaba descubierto, por lo único que luchaba ahora era por la libertad. Recobré fuerzas antes de que una mano se pusiera sobre mi, y arrojándome sobre los que me acometían, y aclarando el paso con mi fuerte brazo, como sí llevara un hacha en mi mano me abrí camino entre ellos. Llegué a la puerta y en un instante estuve en la calle. Corría con tal velocidad, que ninguno se atrevió a pararme; oía el ruido de sus pasos detrás, y corría con más rapidez.

Cada vez se fueron alejando más y más, hasta que al fin los dejé de oír. Adelante seguía, atravesando pantanos y riachuelos, sobre collados y paredes, exhalando feroces aullidos. Iba conducido en brazos de demonios que se resbalaban sobre el viento, y atravesaba llanos y montes mientras me mareaban con las vueltas que me hacían dar en su delirante e incansable afán, hasta que turbaron mis sentidos , y al fin me arrojaron lejos de sí con una violenta sacudida y caí pesadamente sobre la tierra. Cuando desperté, me encontré aquí, en este alegre calabozo, donde los rayos del sol raramente penetran y la luna se introduce en rayos tan débiles, que solamente sirven para demostrarme las oscuras sombras a mi alrededor y esa silenciosa figura en su eterno rincón. Cuando me hallo desvelado oigo con frecuencia extraños aullidos y gritos de diferentes sitios lejanos de ese lugar. De dónde proceden, lo ignoro; pero no los exhala aquella pálida figura, ni tienen ninguna conexión con ella. Porque desde las primeras sombras de la tarde hasta las más temprana luz de la mañana, permanece sin movimiento en el mismo sitio, escuchando la música de mi cadena de hierro, y observando mis movimientos de júbilo en mi lecho de paja.

Al fin de este manuscrito, se leía en otra letra esta nota:

La historia del desgraciado cuyos delirios han sido trazados aquí por su propia mano, es un melancólico ejemplo de los perniciosos resultados de pasiones mal dirigidas en la primera edad, y excesos prolongados hasta que sus consecuencias jamás encontraron reparación. El excesivo desenfreno, disipacion y vida degradada de su juventud produjeron fiebre y delirio. Los primeros efectos del delirio, fueron la creencia fundada sobre la bien sabida teoría médica, tan fuertemente disputada tanto por unos como por otros, que una locura hereditaria existía en la familia. Esto produjo una continua melancolía, que con el tiempo llegó a degenerar en una mórbida demencia, y finalmente terminó en una espantosa locura.―Hay muchos motivos para creer que los acontecimientos referidos, aunque desfigurados por su extraviada imaginación, realmente acontecieron. Lo único que extraña a los que atestiguaron los vicios de su temprana carrera, es que sus pasiones ya no contenidas por la razon, no lo condujeran a cometer aún más espantosos crimenes.

FIN.
El texto ha sido obtenido de wikisource.
Las modificaciones se reducen a algunos giros lingüísticos y a la acentuación de acuerdo con la gramática española.