fbpx

Sabios cuentistas

Arabia -Las mil y una noches-traducciones al español III – Arabistas de la Universidad de Barcelona

La edición y traducción de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya y Leonor Martínez fue realizada a partir del original egipcio de Bulaq de 1835. Dice Alvaro de Larica en el magnífico artículo de su bloc http://www.alvarodelarica.com/2015/01/las-mil-y-una-noches-atalanta.html, que es rigurosa, directa, completa y suficientemente adornada. Fue publicada a principio de la década de los sesenta por la desaparecida editorial Vergara, e injustamente olvidada,  posteriormente sería recuperada por Atalanta -antigua editorial Siruela-. 

 

1ª de las tres portadas de la edición// Editorial Atalanta

 

Muy poco tiempo después se publicaria la traducción y compilación de Juan Vernet, catedrático  y reputado arabista -quien conocía y había prologado la realizada por sus compañeros-. Su versión está considerada por los filólogos como una de las más fiables.

La traducción del autor tiene como base la quinta edición en cuatro volúmenes de la imprenta Sarafiyya del Cairo 1323-1906 y la de la Dar al Kutuf al-arabiyya al-kubrá, que coinciden con los textos de ZER (Zotenberg’s Egyptiann Recension), se han introducido algunas variantes de la edición de Calcuta 1832-1842 y algunos que no figurando en el ZER que se han traducidos en otras ediciones -en su libro quedan  perfectamente identificadas estas novedades-.

Al margen de la traducción de los relatos, en sus numerosos escritos sobre este libro, el autor, con su ineludible erudición y conocimiento del tema, fue encadenando la espesa red de conexiones e influencias de este libro en la literatura occidental, desde la Odisea, el mito de Alejandro Magno, la influencia en la picaresca hispana o en autores de todas las latitudes como en Lope de Vega, Don Juan Manuel, Cervantes, Boccaccio, La Fontaine, los hermanos Grimm, Shakespeare…, lo que demuestra que, en aquellos tiempos, la dimensión del mundo nunca fue tan grande como nos creímos y hace bueno el dicho de que “el mundo es un pañuelo”.       

 

Dicen las más antiguas supersticiones y leyendas que Las mil y una noches es un libro de lectura lenta. Hay que hacerlo poco a poco para saborear todas sus dimensiones que son muchas, la consecuencia de no hacerlo así, podría ser la locura…

 

Archivo de LHM

Con su inagotable versatilidad, Sherezade relató historias sobre cualquier temática. Joan Vernet, siguiendo la clasificación hecha por el traductor del libro al alemán, el orientalista Enno Littmann, divide su contenido en ocho temáticas diferentes: 

 

1.- Cuentos maravillosos.-

 Entre ellos están alguno de los más célebres:

*Aladino y la lámpara maravillosa, *Ali Baba y los cuarenta ladrones. Ambos conservados en manuscritos egipcios descubiertos tardíamente. 

Con más valor literario los viajes submarinos, cuyo origen se considera persa, se desarrollan en la *Historia del matrimonio del rey Badr Basim. En ellas se muestran cómo la literatura arabe conocía la literatura grieta y se hace evidente en *Chawhara y la reina Lab, quien transforman a las personas en animales como Circe, la hechicera mitológica que vivió en la isla mediterranea de Eea.

Interesante pero con menor valor literario *Abd Allah de la Tierra y Add Allah Del Mar, describen una vida submarina de la humanidad. 

*Simdbad el marino, que en un principio fue un libro independiente,  esta basado en los textos escritos sobre -Las maravillas de la India, las maravillas de China y la india y las maravillas Del Mar- que se encontraba en las bibliotecas de Bagdad en el siglo X y XI. El autor introduce leyendas procedentes de la Odisea y de la versión árabe de la leyenda de Alejandro.

En alguna de las aventuras se ha tratado de encontrar un origen prefaraónico o de las ceremonias de incubación onírica helenicas o talmúdicas. Sin duda todos los relatos contienen una gran unidad estilística.

*Historia de Abu Muhammad el perezoso y de Harún al-Rashid, perteneciente al periodo bagdadí y probablemente también lo sea. 

*Jalifa el pescador con las monas.

*Historia del caballo de ébano que sirvió de inspiración a Cervantes, pues su última carrera está en el Clavileño del Quijote cuyo tema es de origen indio y fue extendido por persia y el mundo arabe.

*Add Allah b. Fadil, gobernador de Basora, escrito en época tardía.

 

2.- Novelas de caballería 

Los árabes clásicos no conocieron la poesía épica, seguramente debido al encorsetamiento de la estrofa que utilizaban, la casida, sometida a una jerarquizacion temática muy estricta. Sin embargo, sí novelaron las hazañas de sus héroes y en las mil y una noches se encierran dos grandes novelas de caballería: 

*La historia de Achib, Garibaldi y Salim al-Layl que constituye un cántico a la conquista del Próximo Oriente por la nueva religión.

*Historia del rey Umar al-Numán y sus dos hijos Sarkan y Daw al-Makan, proceden de dos estratos iniciales: las luchas contra lo bizantinos y contra los cruzados siglos más tarde. Representa la octava parte de la obra, y es un auténtico mosaico de guerras, relaciones pecaminosas y anécdotas que abarcan toda suerte de episodios, que muestran lo heterogéneo de los materiales unificados por los egipcios. Narrativamente destacan dentro de la historia las dos protagonistas femeninas: la alcahueta y entrometida Dat al-Dawahi e Ibriza, hija del emperador bizantino, destacando, ambas mujeres, por su papel activo en contraste con el escaso valor que se las concede en las epopeyas europeas no españolas.

Otras obras de carácter novelesco de origen histórico, reales o legendarios, son:

*Historia de una ciudad de Al-Andalus,  conquistada por Tariq b. Ziyad, que describe el botín abundante conseguido por los vencedores en la ciudad de Toledo, entre el cual figuraba la mesa de Salomón.

*Historia de la ciudad de Bronce.

*Historia de la Nur-al Dil y Maryam la cinturonera, que con cierto carácter moralízate, parece guardar cierta relación con el Decameron de Boccaccio.

 

3.- Novelas didácticas

De gran interés para la historia de la literatura española, ya que conocieron traducciones muy tempranas con influencias notorias, están:

*La historia de la esclava Tawaddud -Teodor, en la narrativa hispana-. Recoge gran número de datos científicos y justifica un determinado tipo de estética femenina. En esta historia se explica que una mujer hermosa debe tener dieciocho cualidades que más tarde recogería Lope de Vega en su comedia La doncella Teodor.

*Historia que trata de la astucia de las mujeres -traducida al castellano como Sendebar-. Dicha traducción se debe al hermano de Alfonso X, el infante don Fadrique y contiene, debido a su temática, una serie de narraciones entre ellas *La huella del león, probablemente de origen bíblico. Varios elementos de esta narración pasarán a la cuentistica occidental a través de Don Juan Manuel en El conde de Lucano y en los  cuentos de La Fontaine.

Pero la  influencia del Sendebar se deja sentir en todo el ámbito europeo sirviendo de inspiración a los hermanos Grimm en ejemplos como Bruner Lustig o el relato de Los seis cisnes; el orlando enamorado de Boyardo, Shakespeare se inspiró en Sendebar para su episodio de la libra de carne como pago en El mercader de Venecia.

*Los cuarenta visires con la que se introduce la leyenda del monje Ambrosio, versificada por Cristóbal de Virués, autor del Monserratte.

 

4.- Novelas esotéricas 

La *Historia de Hasán Karin al-Din y la *Historia de Chawdar, hijo del mercader Umar y de sus hermanos, representan en conjunto un relato de viajes al mundo de la ultratumba, que hizo pensar a Harovitz que podía ser –no lo es, según demostró Asín– un precedente de la Divina Comedia.

Las fuentes de estos relatos son hebreas, indopersas y egipcias pero también se recogen mitos sumerios o el mito de Alejandro que han pasado a ser patrimonio de todas las literaturas.

En la *Historia de Hasán de Basora, el orfebre, el motivo principal es el de las muchachas pájaro de origen indio que ha sido aprovechado por todas las literaturas islámicas. 

 

5.- Relatos edificantes, anécdotas y fábulas

De formas muy breves y agrupados, se presenta entremezcladas entre dos historias o grupos de historias,  parecen ser cuñas para servir de separación y descanso. Junto a escenas históricas, piadosas o jurídicas, aparecen otras que cuentan todo tipo de perversiones explicadas de acuerdo con el folklore de la época, como las que se encuentran el la *Historia de Wird Jan hijo del rey Chilad… aún cuando todas ellas, así como las fábulas son difíciles de filiar.

 

6.- Novelas amorosas

A pesar de la crudeza con la que se exponen, son los relatos de mayor valor estético y literario. Hay relatos de todo tipo, contemplados con una moral muy distinta a la cristiana, desde las relaciones heterosexuales al bestialismo pasando por la homosexualidad y, en fuerte contraste, con este tipo de narraciones se comprenden una serie de breves narraciones en las que se elogia el amor platónico que, según se asegura, fue practicado por la tribu de “los hijos de la virginidad”

*En Aziz y Aziza, una historia de amor desinteresado, podemos leer, como curiosidad, cómo se trabajaba en las fábricas de eunucos de Almería desde donde, en el siglo X, se surtía de ellos a todo el mercado de Oriente Próximo.

*Historia de Harúm al-Rashid y el joven Omán, 

*Historia de Qatar al-Zaman, reelaborada en la época persa, bagdadí y egipcia que, sin embargo, presenta intercalada la historia de *Nima y Num que se remonta al Extremo Oriente.

De este mismo período parece ser la *Historia del comerciante Mansur y de su amada Zayn al-Mawasif, que termina con la conversión de los dos protagonistas al islam.

Además se han intercalado leyendas preislamicas, como la creencia de que los genios surgen de los pozos.

En el cuento de *Ali Sar y la esclava Zumurrud, de origen persa,  en donde la esclava amada, separada de su dueño, se disfraza de hombre hasta que vuelve a los brazos de su amado.

De origen egipcio, la *Historia de Qatar-al Zaman y su amada, de tema netamente inmoral, sirve para contraponer el carácter lascivo de las mujeres del Iraq con el casto de las egipcias. Este último origen tiene también la historia de *Uns al-Uchud y de su amada Ward Fi-l-Akmam.

 

7.- Novela picaresca

Littemann  consideraba que la picaresca en Las mil y una noches es de origen egipcio. Dos narraciones corroboran esta idea: * Alí al-Zaybaq al-Misrí y la de Baybars y los dieciséis policías -esta última no figura en el ZER-. Pero hay otros autores que consideran que el origen es árabe -para Gonzalez Palencia la picaresca deriva del género que se conoce con el nombre de maqamas-. Estas consisten en una serie de historias cortas, independientes unas de otras, que tienen en común la existencia de una figura central, un pícaro con todas las de la ley, que se convierte en un gorrón y va subsistiendo gracias al empleo de sus buenas artes. El ciclo de las *Historias del barbero integradas en *El jorobado, el judío, el superviviente y el cristiano,  con sus curiosidades costumbristas como la agrupación de los pícaros y ladrones en  cofradías, que sin duda han trascendido en otras literaturas…

También pueden enmarcarse en este estilo la *Historia de Ahmad al-Danif y de Hasán Sumán con Dalila la Tailada y su hija Zaynab la Astuta que engloba la *Historia de Alí al-Zaybaq al-Misrí, la narración es viva y con gracia, contrapone las argucias de las mujeres y los hombres.

Mucho más tardía es la *Historia de Abu Qui y Abu Sir.

 

Y… la poesía 

Intercalados en muchos cuentos se encuentran una serie de versos que, según cuenta el estudioso Horowitz, fueron realizados por 42 poetas entre los que destacan los arábigos-españoles, por la influencia que tuvieron en el próximo oriente en el momento de la compilación, prácticamente definitiva, de las mil y una noches. 

 

Katherine Mansfield

      “El estado de indiferencia es realmente ajeno a mi naturaleza”

Katherine Mansfield

Fue deudora de Antón Chekhov e inspiradora de Virginia Wolf.

Dicen que hay escritores que representan un punto de inflexión, un cambio de “era” y que esta autora lo representa. En sus relatos capta lo trascendente que puede llegar a ser lo cotidiano. Con ella se entra en los más recónditos rincones del alma mientras las manos, sencillamente, friegan los platos o arreglan las flores.

Katherine Mansfield nació en una pequeña ciudad de Nueva Zelanda y desde muy joven escribió relatos que publicaba en revistas colegiales, en su país y más tarde en Londres, dónde lo compaginaba con sus estudios de violonchelo. Su padre no le permitió dedicarse a la música de manera profesional que era lo que deseaba y rápidamente conectó con la vida bohemia, tan en boga en su época entre los artistas.

Tuvo una vida sentimental bastante azarosa, pero Ida Baker, escritora como ella, y a quien conoció a su llegada a Londres, la acompañaría hasta la prematura muerte de Katherine a los 34 años. Ida y John Middelton Murry, editor y su último marido, influirían mucho en su carrera como escritora; Murry fue el encargado de recopilar y publicar los relatos y otros escritos que habían quedado inéditos tras su muerte.

Alba editorial en su colección  Alba clásica– tiene publicada una interesante recopilación de los cuentos de esta autora de ineludible lectura.

 

 

 

LA MOSCA

—Aquí se está bien —dijo el viejo señor Woodifield y miró, como asomándose a la gran butaca de cuero verde, hacia el escritorio de su amigo el jefe; parecía un niño parado al borde de su cuna. La conversación había terminado. Era hora de irse. Pero él no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… huelga, la mujer y las hijas lo guardaban en casa, como embalsamado, todos los días de la semana, menos el martes. El martes lo vestían, lo cepillaban y le permitían pasar el día en la City. Qué hacía allí, era cosa que su mujer y sus hijas ni siquiera imaginaban. Dar lata a sus amigos, probablemente… Sea como fuere nos agarramos a nuestros últimos placeres como los árboles retienen sus últimas hojas. En ese momento el viejo Woodifield estaba sentado fumándose un cigarro y observando de vez en cuando al jefe que giraba en su sillón oficinesco, rollizo, rosado, cinco años más viejo que Woodifield, pero aún tan campante, todavía en la brecha. Resultaba un placer verlo.
Con alguna ansiedad y admiración, dijo la vieja voz:
—Palabra de honor que aquí se la pasa uno muy bien.
—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe abriendo el Financial Times con un cortapapeles. Realmente le gustaba su despacho; le encantaba que lo admiraran, sobre todo que lo admirara el viejo Woodifield. Le causaba una profunda, firme satisfacción sentirse en el centro, a la vista de aquel rostro anciano y frágil que asomaba encima de la bufanda.
—Lo he remozado todo hace poco tiempo —explicó, de la misma manera que lo había explicado antes ¿cuántas veces? cada semana—. Alfombra nueva —y señaló la brillante alfombra roja con gruesos círculos blancos—. Muebles nuevos —e hizo con la barba un gesto hacia la maciza biblioteca y la mesa con patas que simulaban una melcocha retorcida—. ¡Calefacción eléctrica! —y casi se inclinó en un maravillado saludo a las cinco transparentes y perlinas salchichas que brillaban dulcemente en el braserillo de cobre.
Sin embargo no llevó la atención del viejo Woodifield a la fotografía que estaba en la mesa: un muchacho uniformado de aspecto formal posando ante uno de esos espectrales parques que ponen de fondo los fotógrafos, con tempestuosas nubes pintadas. No se trataba de algo nuevo en el cuarto. Llevaba seis años en el mismo lugar.
—Iba a comentarle una cosa —dijo el viejo Woodifield, y sus ojos se ensombrecieron recordando—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí esta mañana.
Sus manos empezaron a temblar y unas manchas rojas aparecieron entre sus barbas.
“Pobre hombre —pensó el jefe—, ya le queda poca vida.” Y, sintiéndose compasivo, le hizo un guiño y le dijo sonriente:
—Te confesaré que guardo aquí unas gotas de cierto licor que te sentará bien antes de salir al frío. Buenísimo. No dañaría ni a un niño.
Tomó una llave de su leontina, abrió una gaveta junto a su escritorio y sacó una obscura, panzona botella.
—Es medicina —dijo—. Y quien me la consiguió asegura, en estricto secreto, que procede de las bodegas del castillo de Windsor.
La boca del viejo Woodifield se abrió asombrada. No se hubiera sorprendido más si el jefe sacara un conejo.
—¿Es Whisky, verdad? —musitó con timbre aflautado.
El jefe dio vuelta a la botella y le mostró la etiqueta. Era Whisky.
—¿Sabes? En casa no me dejan ni olerlo —comentó el viejo mirando fijamente al jefe. Y cualquiera hubiera creído que se pondría a llorar.
—Bah, de esto entendemos nosotros más que las señoras —dijo el jefe, cogió dos vasos que estaban cerca, junto a una jarra de agua, y sirvió el licor gene- rosamente—. Bebe. Y no le añadas agua. Es un sacrificio aguar esta delicia. ¡Ah!
Se bebió su Whisky, sacó un pañuelo para limpiarse los bigotes rápidamente y miró de reojo al viejo Woodi- field que se deleitaba al tomarse el suyo manteniéndolo en la boca. Pasó el trago, estuvo silencioso un instante, y declaró fascinado:
—¡Esto es una gloria!
La gloria le dio calor a su helado cerebro de viejo y le hizo recordar.
—Ya sé lo que era —dijo levantándose—. Creí que te gustaría saberlo. Las niñas viajaron a Bélgica la semana pasada, fueron a visitar la tumba del pobre Reggie, y pasaron por la de tu hijo. Al parecer, sus tumbas están bastante cerca.
El viejo Woodifield se calló un momento, pero el jefe no repuso nada. Sólo un temblor en sus párpados insinuó que había oído.
—Las chicas quedaron encantadas de ver cómo cuidan ese lugar —silbó la voz del viejo—. Muy bien cuidado. No estaría mejor en nuestro país. ¿Tú no has ido nunca, verdad?
—No, no.
Por varias razones el jefe jamás había ido a Bélgica. —Hay leguas de campo podadas como un jardín.
Las flores crecen en todas las tumbas. Y unos senderillos preciosos.
Y se notaba en la voz cuánto le agradaban a Woodifield los senderos tan cuidados. Una nueva pausa. Entonces el viejo dijo vivaz:
—¿Sabes lo que pagaron las niñas en el hotel por un tarrito de mermelada? ¡Diez francos! A eso lo llamo un robo. Era un tarro chiquito, dice Gertrudis, de no más que media corona. Y sólo habían tomado una cucharada cuando cargaron diez francos a la cuenta. Gertrudis se llevó el tarro, para darles una lección. Me parece muy bien hecho. Comercian con nuestros sentimientos; piensan que si nos encontramos en otra parte, echando un vistazo, podemos pagar cualquier cosa. Así es.
Y se dirigió hacia la puerta.
—Muy bien, muy bien —exclamó el jefe, aunque no tenía idea de qué era lo que estaba muy bien. Se retiró de su asiento, siguió los vacilantes pasos hasta la puerta y se despidió del viejo. Woodifield había partido.
Por un largo rato el jefe permaneció sin mirar nada, quieto, de pie, mientras el recadero de la oficina, un hombre de pelo gris, lo miraba y se movía de un lado a otro como un perro que esperara un paseo. Por fin el jefe dijo:
—Durante media hora no veré a nadie, Macey. ¿Entendido? A nadie.
—Sí, señor.
Se cerró la puerta, los pasos seguros recorrieron otra vez la alfombra reluciente, el grueso cuerpazo se dejó caer en la silla, e inclinándose hacia delante, el jefe se tapó la cara con las manos. Quiso, decidió, intentó llorar…
Para él fue un golpe terrible que el viejo Woodifield hablara de la tumba del muchacho. Exactamente como si la tierra se abriera y hubiera visto a su hijo que yacía en ella, y las hijas de Woodifield mirándolo. Era extraño. Habían pasado más de seis años y el jefe nunca pensó en su hijo sino como si permaneciera inmutable, sin cambio, intacto en su uniforme, dormido para siem- pre. “¡Hijo mío!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas no llegaban. Antes, durante los primero meses y todavía años después de la muerte del muchacho, 1e bastaba pronunciar esas palabras para sentir una pesarosa angustia que sólo se aliviaba con un estallido de sollozos violentos. El tiempo, había dicho entonces a quien quisiera oír lo, no lo ayudaría. Tal vez otros hombres se consolarían, olvidarían, pero no él. No imaginaba un porvenir sin el chico La vida entera había llegado a no tener más sentido. De otra forma ¿cómo se hubiera negado a sí mismo esclavizándose, y soportar todos aquellos años sin la promesa de un hijo que siguiera sus huellas y continuara adelante cuando él se fuera?
Y esa promesa había estado cerca de realizarse. Antes de la guerra el muchacho había asistido un año completo a la oficina para aprender. Por las mañanas salían juntos; volvían en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones recibía como padre de aquel hijo! Nada raro. Se comportaba estupendamente. Y en cuanto a popularidad, desde los más importantes, hasta el viejo Macey, todos alababan al muchacho. Y el chico no era engreído, al contrario. Mantenía su personalidad viva, original, con la palabra adecuada para cada quien, con aquellos ojos infantiles y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”.
Pero esto se había esfumado como si jamás hubiera ocurrido. Llegó el día en que Macey le entregó el telegrama que le hizo sentir que se derrumbaba estrepitosamente el mundo a su derredor. Sentimos mucho comunicarle… Y salió de la oficina un hombre destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años… ¡Qué de prisa transcurría el tiempo! Se diría que había sido ayer. El jefe se quitó las manos de la cara: estaba turbado. Algo andaba mal. No sentía como hubiera querido sentir. Decidió levantarse y mirar la fotografía del muchacho. Pero no era una fotografía que le gustara; la expresión resultaba poco natural. Se veía frío, casi presuntuoso. El muchacho nunca había sido así.

En ese momento el jefe notó que una mosca había caído en el tintero y que trataba desesperadamente de salir. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, decían las patas que luchaban. Sin embargo el reborde del tintero estaba húmedo y resbaladizo; cayó de nuevo y empezó a nadar otra vez. El jefe tomo una pluma, sacó a la mosca del tintero y la puso sobre un pedazo de papel secante. Por una fracción de segundo, permaneció en la oscura mancha que la cercaba. Luego se movieron las patitas delanteras, y, levantando ligeramente el cuerpecillo, recomenzó la inmensa labor de limpiar de tinta sus alas. Una y otra vez, arriba y abajo, una pata pasaba por cada ala como la piedra encima y debajo del escita. Entonces sobrevino una pausa, mientras la mosca, que parecía sostenida sobre las puntas de sus pies, trató de extender primero un ala y después la otra. Lo consiguió por fin y, sentándose, se empeñó como un gatito en limpiarse la cara. Ahora se podía advertir que las patitas delanteras se restregaban una con otra, hábilmente, alegremente. El terrible peligro había pasado; la mosca había escapado de él; estaba lista para vivir.
Pero justamente entonces el jefe tuvo una idea. Hundió el mango de su pluma en el tintero, lo colocó sobre el papel secante, y cuando la mosca bajaba sus alas contra su cuerpecillo, cayó sobre ella una pesada gota de tinta. ¿Qué pasaría ahora? El animalillo simuló estar absolutamente acobardado, atolondrado, atemorizado por lo que pudiera suceder en seguida. Dolorido, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se movie- ron y, más lentamente, la tarea volvió a comenzar desde el principio.
“Valiente diablillo”, pensó el jefe, sintiendo verdadera admiración por la entereza de la mosca. Ésta era la manera de tomar las cosas; éste era el verdadero carácter. Nada de morir; era cuestión de… Sin embargo la mosca había terminado ya su laborioso menester, y el jefe había tenido el tiempo necesario para remojar su pluma, sacudirla y dejar sobre el recién limpio cuerpo, una nueva gota negra. ¿Y ahora, qué sucedería? Un doloroso momento de incertidumbre. Las patas delanteras se movían otra vez. El jefe sintió una ráfaga de alivio. Se inclinó sobre la mosca y dijo tiernamente: “Grandísima p…” Y se le ocurrió la brillante idea de respirar encima de ella para que fuera más rápido el proceso de secado. Empero, algo tímido y débil había en los movimientos de la mosca, y el jefe decidió que esta vez sería la última, y mojó la pluma en el tintero.
Fue la última. La última gota sobre el papel secante y la mosca se quedó allí, sin moverse. Las patas traseras se pegaron al cuerpo; las delanteras no se veían.
—¡Vamos! —dijo el jefe—. ¡Ten ánimo! y la movió con la pluma… en vano. No ocurrió nada ni podía ocurrir. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del cortapapel y lo echó al cesto. Pero se apoderó de él una sensación tan grande de miseria, que se sintió decididamente asustado. Se inclinó y tocó el timbre para que viniera Macey.
—Tráigame papel secante nuevo —dijo, autoritario—, y pronto.
Y mientras el viejo criado se alejaba, el jefe quiso recordar lo que antes había estado pensando. ¿Qué era?… Sacó su pañuelo y se limpió el filo del cuello. De ningún modo pudo recordarlo.

 

 

 

Arabia -Las mil y una noches- traducciones al español II- Cansinos Assens

Rafael Cansinos Assens, un escritor maldito que merece ser descubierto .

 

Fue el autor de la primera traducción íntegra de Las mil y una noches, vertida directamente del árabe al español y editada en Mexico por la editorial Aguilar en el año 1954.

 

La fundación que lleva su nombre se encarga de recuperar y difundir su obra:

 

“En un estudio crítico sobre las 1001 noches, nuestro autor, que fue mucho más allá que realizar una mera traducción, afirmaba:

Son Las mil y una noches comparables a un gran río, que se hace caudaloso al acercarse al mar, o a una gran ciudad cuyo origen se ignora. Se han descubierto las fuentes del Nilo, tanto tiempo ignoradas; pero aún están por descubrir las fuentes de Las mil y una noches”.

Y, a modo de cuento, expone la curiosa visión de un intelectual holandés sobre el origen del gran y universal libro:

 

 

LA TESIS PERSA CON RÚBRICA JUDÍA

Pero la tesis persa reaparece con rúbrica judía, sustentada por el orientalista holandés Gaeje, que de un golpe, con solo abrir la Biblia por el Libro de Esther, muestra a los eruditos rebuscadores de libros lo que no habían visto en ese Libro de Libros, que tenían a la mano, quizá sobre su misma mesa, y demuestra, por modo concluyente, que la motivación y sugestión primera de Las mil y una noches no se derivan del Calila y Dimna ni de ningún libro sánscrito ni persa, sino del gran libro judío, la Biblia.

Pues en el Libro de Esther se encuentra ya condensado todo el argumento de la obra y las prefiguras de sus protagonistas—el rey (Asuero), Schahrasad (Esther), su padre adoptivo el visir (Mardojai), más un personaje que en Las mil y una noches no sale y que es Amán, el visir antisemita del rey Asuero.

El monarca persa Ahasveros reinaba «desde la India hasta la Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias. El rey Ahasveros estaba casado con la reina Vasti, mujer hermosa y soberbia. Y sucedió que el rey, una vez, “hizo banquete”». Y… pero transcribamos mejor los propios versículos del Libro bíblico, que el drama nos cuenta…

El día séptimo, alegre por el vino el corazón del rey, mandó este a Mahuman, Bizta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Carcas, los siete eunucos que servían ante el rey Asuero, que trajeran a su presencia a la reina Vasti, con su real corona, para mostrar a los pueblos y a los grandes su belleza, pues era de hermosa figura;  pero la reina se negó a venir con los eunucos, y el rey se irritó mucho y se encendió en cólera. Preguntó entonces el rey a los sabios conocedores del derecho, pues era este el modo de tratar los negocios ante los conocedores de las leyes y del derecho, de los cuales tenía junto a sí a los que ocupaban el primer rango en su reino, qué ley habría de aplicarse a la reina Vasti por no haber hecho lo que el rey le había mandado por medio de los eunucos.

Memucan respondió ante el rey y los príncipes: «No es solo al rey a quien ha ofendido la reina Vasti; es también a todos los príncipes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero, porque lo hecho por la reina llegará a conocimiento de todas las mujeres y será causa de que menosprecien a sus maridos, pues dirán: El rey Asuero mandó que llevasen a su presencia a la reina Vasti y ella no fue; y desde hoy las princesas de Persia y de Media que sepan lo que ha hecho la reina se lo dirán a todos los príncipes del rey, y de aquí vendrán muchos desprecios y mucha cólera.  Si al rey le parece bien, haga publicar e inscribir entre las leyes de los persas y de los medos, con prohibición de traspasarlo, un real decreto mandando que la reina Vasti no parezca más delante del rey Asuero, y dé el rey dignidad de reina a otra que sea mejor que ella

Foto cedida por Pixabay

Y en el capítulo II prosigue la historia en estos términos:

Después de esto, cuando ya se calmó la cólera del rey, pensó en Vasti y en lo que ésta había hecho y en la decisión que respecto de ella se había tomado. Los servidores del rey le dijeron: «Búsquense para el rey jóvenes vírgenes y bellas, poniendo el rey en todas provincias de su reino comisarios que hagan reunir todas las jóvenes vírgenes y de bella presencia en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la vigilancia de Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres, que les dará lo necesario para ataviarse, y que la joven que más agrade al rey sea la reina en lugar de Vasti.» Aprobó el rey este parecer y se hizo así.

He ahí narrado en el mismo estilo de Las mil y una noches el drama conyugal del rey Asuero, origen del encumbramiento de Esther la judía, que, con su belleza y atractivos, hizo que aquel se olvidara por completo de la reina Vasti y de todas las mozas vírgenes de su reino, poniendo fin a ese ominoso tributo de las mil doncellas y salvando, de paso, a su pueblo judío de los manejos de Amán, el antisemita.

Ahí tenemos ya el argumento y las dramatis personae del libro árabe. Basta con exagerar un poco las cosas y los caracteres. Que el rey Asuero, en vez de repudiar a la reina Vasti, mande matarla y esas vírgenes reunidas en su serrallo desfilen ante él, no para que elija de entre ellas nueva esposa, sino para que las goce y las sacrifique por turno, y tendremos ya el caso del misógino, agresivo rey Schahriar.

La semejanza resalta todavía en el modo como el rey se entera del servició que Mardojai le había prestado en tiempos, salvándole la vida, y de los manejos antisemitas del ambicioso Amán, pues también ahí interviene una historia, aunque no sea Esther quien se la cuente:

«Cap. IV. Aquella noche se le fue el sueño al rey y dijo que le trajesen el libro de las memorias de las cosas de los tiempos, y leyéronlas delante del rey…»

Por esa lectura sabe el rey Asuero que el padre adoptivo de su esposa salvárale antaño la vida, sin que por ello obtuviese recompensa, y decide llamarlo y honrarlo como se merece, subsanando aquel injusto olvido.

Y comparece ante el rey Mardojai y el rey lo nombra su gran visir en lugar de Amán, que muere en la horca que para el hebreo había, con demasiada prisa, mandado levantar.

Esta historia, que pudiera inscribirse en el ya citado libro de At-Tenuji Al Farchu-di-sch-Schiddet (El gozo tras la aflicción), historia que empieza mal y acaba bien y que los judíos leen todos los años, para su edificación y consuelo, haciéndola seguir de una alegre carnavalada, en que se truecan los papeles, como se trocaron entonces los de Mardojai y Amán, es, en resumen, la misma historia del rey Schahriar y su esposa Schahrasad, que también empieza mal y acaba bien para las mujeres y para todo el reino de Persia.

Cierto que Asuero es un carácter menos violento que Schahriar y que, en cambio, Schahrasad es más enérgica y brava que Esther, y se da un aire en lo heroico a Judith, pues obra por propia iniciativa y no por sugestión de su padre adoptivo, Mardojai, que es allí toda el alma del enredo. Esther solo triunfa ante el rey por su hermosura, y por lo demás es una pavisosa, que no sabe historias ni cuentos entretenidos ni tiene malicia femenil, siendo simplemente una linda muñeca en manos de Mardojai.

Pero salvo esas diferencias, todo lo demás es idéntico, y esas diferencias tenía que introducirlas el retocador del asunto, pues si no habríase encontrado con el mismo Libro de Esther.

Confesamos que, de todas las hipótesis, esta de Gaeje nos parece la más admisible y podría servir de base para atribuirle la paternidad de las Noches a un escritor judío, arabizado, de los muchos que pululaban en esas cortes orientales.

Si bien se mira, todo el libro miliunanochesco está salpicado de constelaciones hebraicas; todo lo que en él se dice de Salomón y su poder sobre hombres y genios es de procedencia talmúdica, así como muchas de las anécdotas edificantes que en él se intercalan.

Schahrasad, como vemos, está hecha con retazos de Esther y Judith, pues en su decisión de ofrecerse al rey Schahriar hay algo que recuerda el gesto de la heroína hebrea que, ataviada con todas sus galas, adornada y ungida como para una noche nupcial, se dirige a la tienda de campaña de Holofernes, con el puñal escondido bajo sus ropas, como si dijéramos «con la navaja en la liga». Burton ha insinuado que acaso Schahrasad llevase también su navaja en la liga, por si le fallaban los cuentos. Y hasta esa hermanita Dunyasad, que la acompaña, recuerda a esa otra hermana menor que la Sulamita lleva consigo al palacio de Salomón: «Tenemos una hermana que aún no tiene pechos…»

Hay, pues, sobrados motivos para aceptar la hipótesis del orientalista holandés. El judío está en todas partes, en todo se tropieza con él y, como autor del libro más antiguo, tiene los precedentes de todo.

Saludemos a esa noble sombra.

https://ellaberintodelverdugo.blogspot.com/2014/07/normal-0-21-false-false-false-es-trad-x.html

 

 

“La muerta” Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

Fue un personaje caótico, misántropo, deportista incansable, abusó de todos los placeres y vicios mundanos y murió joven aquejado de la locura que le produjo la sífilis. En definitiva, fue un vividor de corta vida, con el mérito de haber dejado una extensa colección de cuentos de géneros muy diversos, escritos con una técnica narrativa impecable.

Como la  generación de escritores con quien comparte glorias está encuadrado en el realismo literario, ese intento de reflejar en sus escritos la realidad que vivieron, por más desgarradora que esta pudiera ser y, en “La muerta”,  Maupassant deja bien claro como sintió esa sociedad decepcionante e hipócrita  hasta con los más sagrados sentimientos…

 

los 301 cuentos y algunos textos no clasificados están recogidos por la editorial Páginas de Espuma en unos volúmenes imprescindibles en tu biblioteca de escritor.

Cuentos completos, de Maupassant

 

La muerta

La había amado desesperadamente 

¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua en un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor solo tiene una que siempre es la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía y tosió durante una semana y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba. Pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: «¡Ah!» ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque si recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a Paris y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que quedaba de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su pie, y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de salir a la puerta pase junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal –en aquel liso, enorme, vacío cristal– que la había contenido por entero y la había poseido tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esa breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Que pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la cuidad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son más numerosos los vivos que los muertos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides y comer lana de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterraran a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado por carne humana.

Yo estaba solo,  completamente solo. De modo que me acurruque debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel espacio de muertos. Camine de un lado para otro, pero no logré encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi lecho, incluso con mi cabeza sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Solo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! y todavía oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadaveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuanto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

 

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol, sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Lugo apareció el muerto, un esqueleto desnudó, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a los cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borro lentamente y con las cuencas de sus ojos contemplo el lugar donde habían estado gravadas, a continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, con las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo.:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.

 Cuando terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos homrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamaos irreprochables. Todos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba o fingía ignorar mientras estaban vivos.

Pensé que ella también había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadaveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermo de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

Edgar Allan Poe

El niño que contemplaba las estrellas…

Y esa  fue su afición desde la infancia. Pero lo que ha trascendido de Edgar Allan Poe, además de su innegable genio literario, ha sido su locura, sus adicciones, su visión distorsionada de la realidad. Después de su desaparición, y aún hoy en día, corren versiones disparatadas sobre su extraña muerte. 

¿Quién sabe? Posiblemente, según sus propias palabras:

Una mentira viaja alrededor del

mundo mientras la verdad se pone las botas.

 

Porque hay algo que sí es verdad y es que, con su última obra, “Eureka”, dejó bien claro en qué ocupaba su tiempo: sus dotes de observación y su capacidad de análisis, le permitieron sacar  conclusiones  sobre los secretos que se esconden en la  inmensidad del universo, evidenciados muchos años después de su muerte. El tiempo ha demostrado que no eran las alucinaciones de un loco, sino las certeras visiones de alguien con una  prodigiosa intuición.

Tal vez era en la oscuridad y en el silencio de los espacios siderales, a los que accedía con su portentosa imaginación, en donde Edgar Allan Poe se encontraba con los personajes que dieron vida a sus extraordinarios cuentos.

 

 

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA

La “Muerte Roja” había devastado largo tiempo la comarca. Jamás epidemia alguna habíase mostrado tan horrenda ni fatal. La sangre era su distintivo y su Avatar el horror bermejo de la sangre. Producía agudos dolores, vértigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de los poros, y la descomposición final. Las manchas escarlatas en el cuerpo,  y especialmente en el rostro de las víctimas, eran el entredicho fatal que las arrojaba lejos de la asistencia y simpatía de sus semejantes. Y el ataque de la peste—su proceso y su terminación—era solo cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era afortunado, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios se encontraron despoblados por mitad, convocó a su presencia a un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y damas de su corte, y retiróse con ellos a la reclusión más completa en una de sus almenadas abadías. Era ésta de amplia y magnífica estructura, creación de la propia augusta y excéntrica fantasía del monarca. Circundábanla fuertes y elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que entraron los cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y quedaron soldados los cerrojos. Habíase resuelto no dejar medio de ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenesí o desesperación de los que se hallaban dentro. La abadía estaba ampliamente aprovisionada; y con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el temor al contagio. El mundo exterior podía cuidar de sí mismo. Al mismo tiempo era locura apesadumbrarse o pensar en ello. El príncipe había previsto todas las formas de placer. Había bufones, trovadores, bailarines de ballet, músicos, vino y belleza. Todo esto y la salvación se hallaban dentro. Fuera quedaba la “Muerte Roja.”

Hacia la terminación del quinto o sexto mes de aislamiento, y mientras la peste arrasaba furiosamente afuera, el príncipe Próspero entretenía a sus amigos con un baile de máscaras de inusitada magnificencia.

Natalia Montalat para LHM

Era una escena voluptuosa, en verdad, esta mascarada. Pero, ante todo, dejadme describir los salones en que se realizaba. Eran siete cámaras, todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de dobleces se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda abarcarlas en toda su extensión. Pero aquí todo era muy distinto, como podía esperarse de la afición del duque por lo bizarro. Las habitaciones estaban tan irregularmente dispuestas que la visual podía abrazar muy poco más de una al mismo tiempo. Presentábase una curva aguda cada veinte o treinta yardas, y a cada curva, el aspecto era completamente diferente. A la derecha y a la izquierda, en el centro de los muros, una estrecha y elevada ventana gótica, daba a un pasillo cerrado que seguía las revueltas del departamento. Estas ventanas eran de vidrios de colores en combinación con el tono dominante de la decoración de la cámara sobre la cual se abrían. La del extremo oeste, por ejemplo, estaba entapizada de azul; y de azul vívido eran los cristales de las ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de púrpura, y aquí los cristales eran color de púrpura. La tercera cámara era verde, e igual color ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y alumbrada en tono anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado. La séptima habitación estaba severamente revestida de tapicerías de terciopelo negro que cubrían el techo y caían a lo largo dé los muros en pesados pliegues sobre una alfombra de igual color e idéntico tejido. Pero, en esta cámara solamente, el color de las ventanas no correspondía al matiz de la decoración. Los cristales eran allí escarlata, de un tono vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete habitaciones había lámpara o candelabro alguno entre la profusión de adornos de oro esparcidos acá y allá o pendientes del techo. No se veía luz de ninguna clase que emanara de arañas o bujías dentro de las cámaras. Pero en los corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un pesado trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantásticas apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cámara negra, el efecto del fuego que corría sobre las negras colgaduras, penetrando a través de los cristales teñidos de color de sangre, era extraordinariamente lúgubre, y daba tan sombrío aspecto a la figura de los que entraban, que muy pocos de la compañía eran suficientemente intrépidos para traspasar sus umbrales. En esta pieza había también un gigantesco reloj de ébano que se erguía apoyado contra el muro occidental. Su péndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y cuando las manecillas habían recorrido todo el circuito de la esfera y la hora iba a sonar, venía desde las profundidades bronceadas del reloj un sonido alto y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de entonación y énfasis tan peculiares que, a cada lapso de una hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a detenerse instantáneamente en su ejecución para escuchar el sonido; y los bailarines cesaban en sus evoluciones; todo lo cual provocaba un breve desconcierto en la alegre compañía; pudiendo observarse que mientras los ecos del reloj vibraban todavía, los más jóvenes palidecían, y los de mayor edad y más serenos pasaban su mano por la frente como en medio de algún confuso ensueño o meditación. Mas apenas cesaba la vibración, ligeras carcajadas brotaban por todas partes en la asamblea; los músicos mirábanse unos a otros y sonreían de su propia nerviosidad y locura, comprometiéndose mutuamente en voz queda a que la próxima campanada del reloj no les produciría emoción semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos (que representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela), repetíase el sonido del reloj, y repetíase igual desconcierto, el mismo temblor y meditación de una hora antes.

Pero, a pesar de todo, era aquélla una brillante y magnífica fiesta. La estética del duque era original. Tenía un gusto refinado para la combinación de efectos y colores. Desdeñaba la decoración que sólo se gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus concepciones ostentaban bárbaro esplendor. Algunos le habrían calificado de loco. Sus admiradores, sin embargo, sabían que no era así; pero se hacía necesario oírle, verle, y palparle para estar seguros de que se encontraba en su juicio.

El príncipe había dirigido personalmente, en su mayor parte, la decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su gran festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho brillo y relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que de entonces acá se ha observado después en Ernani. Encontrábanse figuras arabescas con miembros y accesorios extraños. Había fantasías delirantes como las creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho de ingenio, mucho de bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que podía inspirar aversión. Acá y allá en las siete cámaras discurrían muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que la música descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco, dio la hora el reloj de ébano colocado en el salón de terciopelo. Y entonces todo quedó silencioso y en suspenso, dejándose oír únicamente la voz del reloj. Los desvaríos quedaron rígidos y helados en su inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas, cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa ligera, velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se deslizan por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas por los rayos que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se aventura hasta el séptimo salón hacia el occidente; porque la noche avanza; y una luz más bermeja penetra a través de los rojos cristales; y la negrura de la tétrica drapería causa pavor; y todo aquel que huella la negra alfombra de la cámara escucha resonar las campanadas del reloj de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que el que perciben los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones más lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar, hasta que al cabo brotó del reloj el son de medianoche. Y entonces se suspendió la música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los bailarínes y reinó como antes una medrosa paralización de la alegría. Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto aconteció quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la imaginación de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por esto aconteció también que, antes de que el eco de la duodécima campanada hubiérase hundido en el silencio, muchas personas advirtieran la presencia de un enmascarado que no había llamado hasta aquel momento la atención de los circunstantes. Y habiéndose extendido en un cuchicheo el rumor de su aparición, levantóse en toda la sociedad un expresivo zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobación, primero, de terror; de horror, y de repulsión finalmente.

Podría suponerse que en una reunión de fantasmas como la que he descrito, ninguna aparición ordinaria tendría el poder de excitar tal sensación. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna parecía extraordinaria; pero el personaje en cuestión mostrábase más herodiano que el propio Herodes; y había traspasado los límites, casi indefinidos, del decoro del príncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse sin emoción siquiera sea en el corazón de los más empedernidos. Aun respecto de aquellos completamente abandonados, para quienes la vida y la muerte son igualmente burlescas, hay ciertos temas en los cuales no es permitido bromear. Toda la compañía parecía profundamente convencida de que en el porte y disfraz del extranjero no existía ingenio ni oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta de arriba abajo en atavíos funerarios. La máscara que ocultaba su semblante tenía tal semejanza con el aspecto de un cadáver, que el más minucioso escrutinio habría tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo esto podía haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados al sarao; pero el enmascarado había ido hasta asumir el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre; y el ancho rostro ostentaba en todas sus facciones las señales del horrible escarlata.

Cuando las miradas del principe Próspero cayeron sobre este atroz fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para caracterizar mejor su papel, discurría acá y allá entre los concurrentes, viósele convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o de repulsión; pero inmediatamente su faz enrojeció a impulsos de la rabia.

—¿Quién se atreve?—preguntó con voz enronquecida a los cortesanos que le rodeaban;—¿quién se atreve a insultarmos con esta grotesca blasfemia? ¡Cogedle y desenmascaradle! ¡Veamos a quién hemos de colgar mañana desde las almenas al levantarse el sol!—

Encontrábase el principe Próspero en la cámara azul, hacia el este, cuando profería estas palabras. Su voz repercutió sonora y distintamente en las siete salas, pues el príncipe era hombre osado y vigoroso, y la música había callado a un movimiento de su mano.

Encontrábase en el salón azul con un grupo de pálidos cortesanos a su alrededor. Mientras pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un ligero movimiento del grupo hacia el intruso que se encontraba al alcance en aquel momento; y quien entonces, con firme y deliberado paso, se aproximó al que hablaba. Pero, debido al desconocido pavor que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, ninguno se atrevió a poner la mano sobre él; de modo que pudo acercarse sin obstáculos hasta una yarda de distancia de la persona del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo impulso, se recogía desde el centro hasta los muros de la habitación, dirigióse el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y mesurada que le distinguió desde el primer momento, del salón azul al púrpura; del púrpura al verde; del verde al anaranjado; de aquí al blanco; y siguió todavía al violado, sin que se hubiera hecho movimiento alguno para detenerle. Entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, atravesó precipitadamente las seis cámaras sin que nadie le siguiera, a consecuencia del terror mortal que les había sobrecogido. Llevaba en alto una daga desenvainada, y habíase acercado impetuosamente hasta tres o cuatro pies de la figura que huía, cuando al llegar ésta al extremo de la cámara de terciopelo, volvióse repentinamente e hizo frente a su perseguidor. Oyóse un agudo grito; el puñal resbaló centelleando sobre la negra alfombra en la cual, un instante después, caía postrado de muerte el príncipe Próspero. Entonces algunos de los asistentes a la fiesta, reuniendo el salvaje valor de la desesperación, precipitáronse a la cámara negra, y cogiendo al enmascarado, cuya alta figura continuaba erguida e inmóvil en la sombra del reloj de ébano, sintiéronse poseídos de indecible horror al encontrar que los ornamentos de la tumba y la máscara de cadáver que sacudían con violenta rudeza, no estaban sostenidos por forma tangible alguna.

Y entonces se reconoció la presencia de la Muerte Roja. Había entrado de noche como un ladrón. Y uno a uno se desplomaron en los salones regados de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano terminó con la del último de la alegre partida. Y el fuego de los trípodes se extinguió. Y la Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado sobre todo el reino.

Traducción de Carmen Torres Calderón Pinillos (1919)

Arabia- “Las mil y una noches” -Traducciones al español I- Blasco Ibañez

Dice el reputado arabista, Juan Vernet, en sus escritos sobre Las mil y una noches que, de modo incompleto, sus cuentos ya eran conocidos mucho antes de que la primera recopilación traducida en lengua occidental,  realizada en Francia por Galland, viera la luz. En rigor desde el siglo XII se hallaban infiltradas en varias literaturas, románicas primero, germánicas después, a través de traducciones realizadas en España en latín o en castellano. En algunos casos esta transmisión está documentada como en el cuento de «La doncella Teodor» o el ciclo de los «Siete visires». En otros casos es más difícil de probar la dependencia de ciertas narraciones occidentales, pero puede conseguirse mediante un análisis temático ambiental: esto ocurre en determinadas
anécdotas de la picaresca española o algunos pasajes del Decameron.

 

En todo caso, tal como ahora se concibe la obra, Las mil y una noches en castellano nos llegaron, por el lado europeo, siglos después; primero volcadas de la traducción alemana de Gustav Weil y editadas por Montaner y Simón en Barcelona y más tarde, de la mano de Vicente Blasco Ibáñez, quien traduciría la  polémica versión de Mardrus -árabe de nacimiento, afincado en Paris-, médico, poeta y traductor, transgresor e inconformista quien quiso romper con la moralidad llena de prejuicios puritanos propios de la época en que Galland publicara su versión.

Este autor hizo hincapié en destacar el lado erótico de los relatos, basándose en una autenticidad que ha sido puesta más tarde en entredicho por los estudiosos del tema y, de la mano de Vicente  Blasco Ibáñez, ha circulado durante décadas por las bibliotecas españolas como digna representante de la literatura oriental más genuina.

Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia
Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia-

 

Prólogo de J.C. Mardrus traducido por Vicente Blasco Ibáñez

Una palabra del traductor a su amigos

 

YO OFREZCO DESNUDAS, VÍRGENES, 

INTACTAS Y SENCILLAS, PARA MIS DELICIAS Y 

EL PLACER DE MIS AMIGOS, ESTAS NOCHES

ÁRABES VIVIDAS, SOÑADAS Y TRADUCIDAS 

SOBRE SU TIERRA NATAL Y SOBRE EL AGUA.

Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.

Por eso las doy.

Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schehrazada, su madre suculenta que las dió a luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime -lúbrico y feroz-, bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso. Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa.

Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de rosa. Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la LITERALIDAD, una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata… Ella fija.

La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque ¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre…?

Las dificultades del idioma original, tan duras para el traductor académico, que ve en las obras la letra antes que el espíritu, se convierten entre los dedos del amoroso balbuceo oriental en espirales tan bellas, que muchas veces no se atreve a desenlazarlas por miedo a que pierdan su originalidad.

¡En cuanto a la acogida que tendrán estas joyas orientales… ! El Occidente, amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje -gorjeo simple, sonoro y juvenil -de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen.

Entienden poco de malicia las huríes.

Y los pueblos primitivos, dice el Sabio, llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne o en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza).

Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce a la alegría. Y ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.

Pixabay

Todo artista que ha vagabundeado por Oriente y cultivado con amor los bancos calados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes; el viejo Cairo con sus calles llenas de sombra, siempre frescas; los zocos de Damasco, Sana del Yemen, Mascata o Bagdad; todo aquel que ha dormido en la estera inmaculada del beduino de Palmira, que ha partido el pan y saboreado la sal fraternalmente en la soledad gloriosa del desierto, con Ibn Rachid, el suntuoso, tipo neto del árabe auténtico, o que ha gustado la exquisitez de una charla de simplicidad antigua con el puro descendiente del Profeta, el cherif Hussein ben Ali ben Aoun, emir de la Meca santa, ha podido notar la expresión de las pintorescas fisonomías reunidas. Un sentimiento único domina a toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea con vitales estallidos ante las palabras gruesas y libres del heroico cuentista público que en el centro del café o de la plaza gesticula, mima, se pasea o brinca para dar mayor expresión a su relato en medio de los espectadores risueños… Y se apodera de vosotros la general embriaguez suscitada por las palabras y los sonidos imitativos, el humo del tabaco que hace soñar, la esencia afrodisíaca que parece flotante en el espacio, el sub-olor discreto del haschich, último regalo de Alah a los hombres… Y os sentís navegantes aéreos en la frescura de la noche.

Allí nadie aplaude. Ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, vestigio indiscutible de razas ancestrales y antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la víctima y del cual ha hecho Europa un signo de la horrible alegría burguesa amontonada bajo el gas o la electricidad de las salas públicas, es completamente desconocido.

El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoun, un canto de muezzin o de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un -vuelo de pájaro o la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina o a toda voz con un ¡ah! ¡ah!… largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico.

Y esto se debe a que el árabe no es más que un instintivo; pero afinado, exquisito. Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal.

Pero es parco en palabras y sueña… sueña. Y ahora, amigos míos…

Yo os prometo, sin miedo de mentir, que el telón va a levantarse sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya alumbrado jamás sobre la nieve del papel el frágil útil del cuentista.

Doctor J. C. MARDRUS

Fuente: Biblioteca Valenciana, Generalitat de Valencia

 

Isak Dinesen

Maestra en el arte de contar cuentos y para siempre unida al continente africano,

 a

 Isak Dinesen, 

con la profunda intuición y la sabiduría de los habitantes de esas tierras, los Kikuyus la llamaron “la leona”. Ellos, como nadie, percibieron su auténtica naturaleza.

Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Por su biografía parece una mujer a la que todo le fue arrebatado: pronto dejó de ser hija, esposa, amante, no pudo ser madre, fracasó en sus negocios, fue desposeída muy joven de la buena salud… y el tiempo, para dar la razón a los Kikuyus, la desposeyó también de su melena. A pesar de todo, a Karen Christentze Dinesen –su auténtico nombre– la vida difícil la fue haciendo más y más brillante.

En los últimos años, tuvo un compañero, un poeta danés, con quien compartía el tiempo para crear y cuenta el poeta que nuestra autora hizo un pacto con el diablo: todo lo que sintiera lo convertiría en una historia. El diablo le permitió hacerse dueña de un gran privilegio: ser discípula del “ser”, no del “tener”.

 

Para los que admiramos y aprendemos de los grandes cuentistas, su prosa es generosa y refinada, fresca; parece que escribe al dictado, que sobrevuela sobre los escenarios de sus cuentos y observa desde lo alto a esos personajes que viven y las sombras que proyectan.

 

Nunca sabremos si, allá en su querida Africa, vibrará el aire en la llanura con un color que ella haya llevado o si la buscarán las águilas de Ngong, pero sí sabemos que es ella, la misma Karen, quien se prodiga en las historias que nos cuenta.

 

«El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa sujeción.

–¿Por que me has ayudado? – le preguntó.

–¿No lo sabes? –contestó ella–. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el Charlotte, cuando navegaba por el  Mediterráneo. Aquel día trepaste por las jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos así a veces para ver mundo… »

Fragmento: Cuento del joven marinero –Cuentos de invierno–

La editorial Alfaguara publicó hace unos años una recopilación de todos sus relatos en “Cuentos reunidos”. Los tienes en cualquier librería que se precie y son imprescindibles.

https://www.casadellibro.com/libro-cuentos-reunidos/9788420406176/1824544

Arabia -Las Mil y una noches- Historia del tercer hermano del barbero

Puede que merezca la pena, antes de empezar con la pequeña exposición de los cuentos de Las Mil y una noches, hacer una breve semblanza de la historia de este libro universal y mágico, que abrió las ventanas del mundo occidental para dejar entrar la fascinación ante ese oriente de sultanes y mendigos, de genios, de tullidos pedigüeños, de ladrones y tesoros escondidos, de alfombras voladoras, de bellísimas mujeres de haren o de cautivos irredentos.

Desde sus origenes indios, son muchas las vicisitudes de este hermoso libro: su paso por el imperio persa y por el antiguo Egipto, que supuso la traducción al árabe, y su lenta expansión en boca de las alcahuetas de los mercados de Bagdad o de Beirut o en la de los contadores de cuentos en los cafés del Cairo, hasta llegar a las páginas de nuestros libros en el amanecer del romanticismo europeo. Lo cierto es que en pleno siglo XXI, todavía, los niños siguen durmiendo al arrullo de Simbad y Sherezade o Aladino siguen atrayendo a las poderosas compañías cinematográficas que vuelven, una y otra vez, a ellos para dejarnos asombrados con el poder de una fantasía y una ensoñación que no se agotan nunca.  

Y es que, cuentan los eruditos, que lo que hoy conocemos como “Las mil y una noches”,  se recogieron primero bajo el nombre de “Mil noches”, más tarde, “Mil noches y una noche” y que esa prolongación numérica de su nombre se debe a la supersticiosa creencia musulmana del mal agüero de los números pares. En todo caso, si esa fue la razón, tuvieron la fortuna de convertir sus narraciones en un libro con sabores a infinito.

Y cuentan también que Alejandro Magno se enamoró de oriente y que, cada noche, reunía a su alrededor a “los oscuros hombres de la noche” para que le contaran cuentos antes de dormir. 

Que Serenade, quien preside y reina como una gran señora en cada historia, se incorporó al libro allá por el siglo XV, fruto de viejas tradiciones en el arte de contar cuentos de la India o de la China que enlazaban relatos como en el juego de las muñecas rusas.

Que Aladino no se encuentra entre los cuentos originales, pues, al parecer, fue introducido por el francés Galland -autor de la primera traducción en Europa allá por el año 1704- y que tal vez fuera el mismo traductor quien se inventó ese cuento.

 

¿Dónde está la razón de su persistente éxito? Puede que se deba a ese formato mágico que, como la propia vida, es una cascada de pequeños acontecimientos que van acaeciendo sorprendentemente entre la vida y la muerte.

 

 

Historia del tercer hermano del barbero

Mi tercer hermano Bakbak, el ciego, conocido por el apodo de Calabaza Huera, llegó un día, conducido por la predestinación y el destino, a una gran casa y llamó a la puerta esperando que el dueño contestaría y podría pedirle alguna cosilla. Preguntaron desde dentro:

–¿Quién llama?

Pero mi hermano no contestó. Y aunque oyó al dueño que volvía a decir, alzando la voz –¿Quién es?, siguió sin pronunciar palabra. Luego pudo distinguir ruido de pasos que se acercaban hasta llegar a la puerta y sintió que la abrían. Y entonces el hombre dijo:

–¿Qué es lo que deseas?

Mi hermano contestó.

–¿Qué me des una limosna por amor de Alah (alabado sea su nombre)

–¿Eres ciego?– preguntó el otro.

Y mi hermano contestó: 

–Sí.

–Entonces dame la mano– añadió el dueño de la casa.

Y mi hermano le tendió la mano y el hombre le metió dentro y le hizo subir escalones y más escalones hasta que llegaron hasta la más alta azotea. Y mi hermano iba pensando que le daría comida o dinero. Y cuando llegaron a la azotea preguntó el dueño:

–¿Qué quieres, ciego?

–Una limosna por amor de Alah (exaltado sea su nombre)

–¡Qué Alah te abra otro camino!– contestó el otro.

–¿Cómo? – exclamó mi hermano–. ¿No pudiste decirme eso cuando estábamos abajo?

–¡Y tú, !despreciable mamarracho!– contestó el hombre–, ¿no pudiste pedirme la limosna por amor a Alah cuando te lo pregunté por primera vez al oírte llamar a la puerta?

Entonces mi hermano preguntó:

–¿Qué piensas hacer conmigo?

Y dijo el dueño de la casa:

–Ante ti tienes abierto el camino.

De modo que mi hermano se puso a bajar las escaleras y siguió bajando hasta que solo le faltaban veinte escalones para llegar a la puerta y entonces dio un mal paso y cayó rodando y se rompió la cabeza.

Iba andando sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando dos ciegos compañeros suyos le encontraron y le dijeron:

–¿Qué te ha pasado?

Mi hermano les contó la desgracia que acababa de caer sobre él, añadiendo:

–!Oh hermanos míos! Quisiera acudir ahora a nuestros ahorros y cogiendo algo de ellos, gastármelo.

Ahora bien, el dueño de la casa en que mi hermano había entrado antes, le había seguido para espiarle, y sin que se diera cuenta había llegado tras él hasta su casa, y una vez allí, se escurrió dentro sin ser notado. Mi hermano se sentó a esperar a sus compañeros, y cuando llegaron les dijo:

–Cerrad la puerta y registrad la habitación, no sea que nos haya seguido algún extraño.

Cuando el intruso oyó lo que había dicho, se levantó y se colgó de una cuerda que pendía del techo, y los ciegos buscaron por todas partes y, no encontrando a nadie, volvieron a sentarse junto a mi hermano, y sacaron su dinero  porque lo contaron, y tenían más de diez mil monedas de plata. Luego pusieron sus ahorros en un rincón y tomando cada cual lo que quiso del sobrante de dicha cantidad, enterraron las diez mil monedas de plata. Hecho esto, colocaron sus provisiones ante ellos y se pusieron a comer.

Pero mi hermano oyó mascar a su lado a un extraño y dijo a sus amigos:

–¿Hay algún extraño entre nosotros?

Y al extender la mano fue a coger la del desconocido y empezó a chillar:

–¡Aquí está el intruso!

Y cayeron todos sobre él y le apalearon hasta cansarse mientras vociferaban:

–¡Oh musulmanes! ¡Pido protección a Alah y al sultán! ¡Pido protección a Alah y al walí! ¡Pido protección a Alah y al emir! ¡Tengo que comunicar al emir una cosa importantísima!

Y antes de que nadie pudiera darse cuenta, los guardias del walí los rodearon y los apresaron, incluyendo a mi hermano, y los condujeron a todos ante el superior.

El walí preguntó:

–¿Cuál es nuestra historia?

Y contestó el extraño:

–¡Fíjate bien en lo que te digo, oh walí! ¡No podrás enterarte de la verdad más que a fuerza de palos y, si quieres, puedes empezar por pegarme a mí el primero!

Entonces el walí dijo:

–¡Echad este hombre al suelo y pegarle de latigazos!

Y cuando los latigazos empezaron a dolerle, el pícaro abrió un ojo, cuando le dieron unos pocos más, abrió el otro. Ante lo cual exclamó el walí:

–¿Qué significa esa conducta, miserable?

–Prométeme la seguridad y te lo contaré todo– contestó el hombre.

Y habiéndole concedido el walí lo que solicitaba, agregó:

–Nosotros  cuatro nos fingimos ciegos y, de este modo, deslizándonos entre las gentes, entramos en sus casas y vemos a las mujeres y nos las arreglamos para pervertirlas y sacarles el dinero. Y valiéndonos de estos medios hemos conseguido acumular una riqueza considerable que se eleva a diez mil monedas de plata. Y yo he dicho a mis compañeros: «dadme mi parte, es decir, dos mil quinientas monedas» y ellos se han vuelto contra mí y han empezado a pegarme y se han quedado con lo que me pertenece. Por lo tanto, Pido protección a Alah y a ti, y más mereces guardarte tú mi parte que no ellos. Si deseas asegurarte de la verdad de lo que te he dicho, haz que les den de latigazos más de firme que a mí, y ya verás cómo abren los ojos.

Inmediatamente el walí ordenó que azotarán a los ciegos y a mi hermano le tocó ser el primero. Y le pegaron hasta casi acabar con él y entonces el walí les dijo:

–¡Ah hipócritas! ¿Os atrevéis a negar el don con que os ha favorecido Alah, fingiéndose ciegos?

Mi hermano exclamó:

–!Alah, Alah! Ninguno de nosotros tiene vista.

Y volvieron a echarle al suelo y no dejaron de pegarle hasta que perdió el sentido y entonces ordenó el walí:

–Llevaoslo hasta que vuelva en sí, y cuando vuelva en sí, azotadle de nuevo.

Y mientras tanto mandó que castigaran a sus compañeros, propinando a cada uno más de trescientos latigazos, mientras el que no era ciego exclamaba dirigiéndose a ellos:

–Abrid los ojos o volverán a azotaros otra vez– luego, volviéndose al walí, le dijo: –manda a alguien conmigo para que traigamos dinero, pues estos hombres no abrirán los ojos por temor a quedar mal ante los espectadores.

Y el walí ordenó a un hombre que le acompañaran, y volvieron ambos con el dinero. Y el walí lo cogió y apartó para el denunciante las dos mil quinientas monedas que reclamaba, en contra de los ciegos, y el se quedó con los demás. Y a mi hermano y a los,otros dos los expulsó de la ciudad.

El cuento ha sido extraído de la Antología de Cuentos de la Literatura Universal de D. Ramón Menéndez Pidal, traducidos directamente del francés por Elisa Bernis

India -Somadeva- Un océano de cuentos

 El Kathasaritsaga -océano de cuentos- es posterior al Pantchatantra, pero es, como este, una recopilación de cuentos escritos por Somadeva -poeta de la corte del rey Ananta de Kashmir- a quien se considera un conservador del antiguo folclore de la India, por su enorme recopilación de cuentos escritos en verso para la princesa Surymati.

 

 

No era Gunadhya un mortal cualquiera, sino un Dios que la brillante pléyade del gran Shiva gozó en un tiempo de la celeste beatitud, hasta que, por un pecado de soberbia, hubo de ser desterrado del mundo de los inmortales y condenado a expiar su culpa peregrinando por la tierra durante todo el tiempo que tardase en aprender la gran aventura que, un día lejano, le había contado Maheschvara a su esposa Parvati para curarla de su melancolía; y aún después de haberla aprendido, su castigo debía prolongarse hasta que la hubiese difundido por todo el mundo.

Tras una larga y penosa permanencia entre nosotros, en pos de las huellas de aquella maravillosa historia, pudo ver al fin el anhelado fin de sus fatigas, al encontrar un silfo que le narró todos los admirables episodios con que Shiva había regalado el oido de su favorito.

Toda aquella historia la recogió Gunadhya, el gran poeta, en el término de siete años, reduciéndola a setecientas mil estrofas y, receloso de que los silfos fuesen a robarle su obra, buscó el amparo del genio del bosque y con su sangre la escribió. Entonces acudieron a escucharle legiones de hadas y duendes, de suerte que parecía el pabellón del cielo, por así decirlo, un baldaquino. Después que Gunadhya hubo terminado su obra, pensó para sí: «la empresa que debe señalar el término de mi confinamiento en este mundo, es la de difundir en él la gran narración, sin dejar lugar en donde no sea conocida. El caso es que, ¿cómo voy a lograrlo? ¿A quién habré de entregársela?» Perplejo estaba cuando, los dos discípulos que, como a maestro de poetas, le habían seguido, conocido el motivo de su embarazo, le dijeron:

–No hay más que un hombre a quién puedas entregar la obra de tu ingenio sin par y ese hombre es el poderoso rey de Sata, príncipe que sabe como nadie apreciar la belleza y que puede llevar tan lejos la gracia de tu trabajo como el céfiro lleva el aroma de las flores.

Conforme el sabio Gunadhya con el parecer de sus virtuosos discípulos, entrególes el libro y los mando con él a presencia del príncipe, acompañándoles el mismo hasta las afueras de la ciudad de Patrischtthana, en donde convino con ellos que esperaría su regreso, en un pabellón que había mandado edificar la diosa Parvati. Los jóvenes llegaron a presencia del soberano Sata, le mostraron el libro y le dijeron:

–Aquí tiene la obra poética de Gunadhya.

Más él, como oyó a los jóvenes hablando la lengua del pueblo y vio que la historia estaba redactada también en el mismo lenguaje, ofuscado por un altanero desdén de letrado repuso:

–Magna es la labor de quien ha compuesto setecientas mil estrofas, pero el léxico es horrendo. Además, vienen escritas con sangre… No, decididamente no me interesa este libro.

Los discípulos recogieron entonces la obra y volvieron con ella a su maestro, a quien dieron cuenta de cuanto había sucedido. Gunadhya quedó muy abatido con la noticia y no sin razón, porque ¿quién es el que no se aflige al verse desdeñado por los doctos?

De allí tomo con sus discípulos el camino de una no muy lejana montaña, y elegido que hubo un solitario y encantador paraje, dispuso en él una pira, encendió la llama sagrada y, hoja por hoja, fue leyendo sus poesías a las fieras y animales del bosque y a los alados habitantes del espacio; y luego las arrojaba al fuego en presencia de sus acongojados discípulos. Solo a fuerza de súplicas consiguieron estos que indultase de las llamas una de las poesías que contenía el relato de los avatares de Naravahana, cantados en cien mil estrofas.

Sucedió que mientras Gunadhya iba leyendo y echando al fuego aquellas historias que Shiva había narrado, todas las gacelas, jabalíes, búfalo a y demás animales abandonaron sus pastos y sus lugares predilectos de caza, rodearon al poeta, formando un amplio círculo en torno a él, y con ojos llorosos, seguían su lectura, incapaces de apartarse de allí.

En esto el rey Sata empezó a sentirse enfermo. Llamados los médicos a su cabecera, opinaron que el origen del mal estaba en que los manjares que se le servían a la mesa eran carnes desprovistas de virtud nutritiva; y como recriminasen por ello a los cocineros, estos se exculparon diciendo: 

–Hace tiempo que nuestros cazadores no saben traer otra cosa que carnes flojas y sin jugo.

Los monteros, a su vez, explicaron para justificarse cuando vieron que les pedían cuentas:

–No lejos de aquí hay un monte en el cual un brahmán se pasa los días leyendo poesías y arrojando, luego que los ha leído, sus escritos hoja tras hoja al fuego de una higuera que tiene a su lado. Este brahmán es el causante de la desgracia de nuestro príncipe, porque todos los animales han abandonado las praderas, se han congregado en torno a él y le escuchan sin moverse del sitio como encantados; por eso es su carne tan insustancial, porque estan hambrientos.

En cuanto el rey se enteró de los que los cazadores habían contado, hizo que le mostrasen el camino para llegar a la montaña, y allá se fue, lleno de curiosidad por conocer a Gunadhya.

En el sitio que le habían indicado, halló el rey al poeta, desbordada sobre los hombros, como correspondía a su vida selvática, una enmarañada cabellera semejante a la humareda que de la hoguera de su casi extinta pena se alzaba y rodeado de una extraña corte de animales. Después de saludarle con una profunda inclinación, pregúntole el soberano el significado de aquella desusada asamblea y el brahmán le refirió la historia de su advenimiento a la tierra, la de cómo habían llegado hasta los mortales las divinas fábulas y cuál era la pena que pesaba sobre sus hombros de proscrito. Entonces, el rey se postró reverente a sus pies, pues conoció que Gunadhya era un Dios, y le suplicó que se dignase confiarle las celestes narraciones que habían manado de los armoniosos labios de Shiva.

Y el poeta dijo a Sata:

–Seis historias en seiscientas mil estrofas he entregado ya a las llamas, ¡oh príncipe!, y solo una me queda y puedo darte. Mis dos discípulos se quedarán también contigo, si así  lo deseas, y ellos podrán interpretarlas.

Dicho esto se despidió del rey, abandonó la carnal envoltura de un impulso de su superior espíritu y, purgado de su culpa, de nuevo se remontó a los espacios hasta el lugar en donde moran los dioses.

El soberano recogió el libro que Gunadhya le había dejado, llamado La Gran Historia, en el cual están relatados los avatares de Naravahana, y con el regresó a su palacio, en donde lo leyó recurriendo a la interpretación de los discípulos del poeta. Por último regaló a estos pueblos incontables, oro, vestiduras, acémilas, rebaños de terneros y palacios; y él mismo compuso un libro con las más bellas poesías de la obra, y por las noches se lo leía a su esposa favorita.

India –Los Jatakas y Buda– La sombra de la liebre en la luna

La colección de relatos pertenecientes a la época de nacimiento del budismo incluye una serie de relatos conocidos como Jatakas.

Entre ellos tradicionalmente se distinguen entre los jakatas canónicos y los no canónicos. Los primeros se encuentran incluidos en el Tripitika o Canon pali. Es este una recopilación de antiguos textos budistas en donde se recogen las muy diversas  enseñanzas trasmitidas por el mismo Buda o alguno de sus discípulos–.  Fueron escritos sobre hojas de palmera secas y se guardaban, dependiendo de su contenido, en distintos cestos, de ahí el nombre de Tripitika cuyo significado es “tres cestos”.  En el segundo de esos cestos   están incluidos los Jatakas, relatos moralistas relacionados con las vidas anteriores de Buda. Por su parte, los jakatas no canónicos  son cuentos pertenecientes al folclore popular y anteriores al nacimiento de Buda. En ellos sus protagonistas han sido identificados como Buda en sus distintas anteriores vidas.

A través de las moralejas que se pueden extraer de las situaciones vividas, generalmente por animales o seres mágicos, se facilitaba el contacto con los niños.

Un ejemplo de estos relatos no canónicos es…

 

La sombra de la liebre en la luna 

Lo que voy a contar sucedió hace muchos miles de años, cuando nuestro señor Gautama pertenecía todavía al reino animal. Ya en aquel tiempo, a pesar de no haber sido designado aún como Budisatva, el Maestro, encarnado en forma de liebre, seguía escrupulosamente los preceptos de la Ley Mor, esa ley que todos los seres realmente buenos conocen sin haberla aprendido nunca. Vivía aquella liebre, cuyo destino llegaría a ser tan brillante, en las márgenes del río Ganges y en compañía de otros anímales virtuosos como ella, aunque en menor grado, con los cuales se entendía muy bien. Eran estos un mono, una nutria y un chacal. A pesar de la diferencia de razas y costumbres, el deseo de vivir según principios superiores a los que animan vulgarmente a sus congéneres, había reunido a estos cuatro animales.

Hacia muchos años que vivían de este modo y se ayudaban entre sí como mejor podían. 

Un día, la víspera de la luna llena, la liebre reunió a sus compañeros  y les dijo:

–Mañana la gran luz que brilla en el cielo será completamente redonda; os recuerdo, amigos míos, que tenemos establecido dedicar el día de la luna llena a la meditación y el ayuno, a fin de purificar al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, mi consejo es que mañana por la mañana, al romper el día, salgamos como de costumbre a buscar el alimento necesario, para poder darlo de limosna si algún mendigo nos pide ayuda.

Todos los animales aprobaron estas palabras. Luego, como el sol desapareciera en el horizonte, se metió cada uno en su guarida para pasar la noche; en cuanto al mono, se subió a un árbol próximo y allí se colgó por la cola en una rama alta.

Al otro día, siguiendo los consejos de la liebre, cada cual se dedicó a la tarea de procurarse comida para darla de limosna en caso necesario.

La nutria regresó con cinco pececillos que un pescador distraído había dejado a la orilla del río. El chacal se apoderó del almuerzo de un pastor que tocaba la flauta no muy lejos de allí y volvió a su agujero con una escudilla de leche cuajada, un tarro de manteca derretida y una ración de arroz. En cuanto al mono, se contentó con coger, de un mango silvestre, unos cuantos frutos maduros y jugosos y después, volviendo a mecerse en su rama, se enfrascó en la meditación.

Merche B. para LHM

La liebre no salió desde la aurora del agujero que le servía de madriguera, en las raíces del árbol. Apenas despertó, se instaló en medio de su alojamiento y desde allí, mirando atentamente la floresta inundada de rayos de sol vivificador y las aguas tranquilas, profundas y lentas del Ganges, cristalino y azul, procuro meditar, como debemos hacer todos, elevando su alma hasta el espíritu supremo de la naturaleza, confundiendo su voluntad y su inteligencia con la voluntad y la inteligencia divina adquiriendo la conciencia de ser una parte activa del Gran Todo.

En vez de perder el tiempo buscando comida para hacer limosna, había pensado simplemente: «Si algún pobre me pide de comer, le diré que encienda una buena lumbre y le daré mi cuerpo como alimento para que se reconforte».

Tan bella idea de sacrificio no podía pasar inadvertida en los mundos superiores, Sekra, Dios de los Dewas, conmovido ante tal grandeza de alma, resolvió ir a probar por sí mismo la grandeza y las virtudes de los cuatro animales. Tomando forma corpórea se presentó ante la casa de la nutria que, a su llamada, salió de la piadosa meditación en que se encontraba. 

–Nutria, hija mía– dijo el brahmán –, yo te saludo; desde ayer por la mañana estoy sin comer y tengo hambre ¿No podrías darme algo? Te bendeciré a cambio y la felicidad no se alejará nunca de tu morada.

–Noble brahmán – respondió la nutría– esta mañana reuní cinco pececillos que había abandonado un pescador a la orilla del río. Tuyos son, cómelos y reconfortante. En cuanto a mí, ayuno en este día de luna llena para purificar mi cuerpo, y medito para elevar mi espíritu.

–Gracias– contestó Sekra–. Haz el favor de guardar esos alimentos que me ofreces. Voy al Ganges a purificarme del polvo del camino y volveré después a comer aquí.

El brahmán se apartó, pero en vez de dirigirse a la orilla, marchó al cubil en que estaba echado el pequeño chacal. Este, siguiendo los consejos de su amiga, meditaba lo mejor que podía.

–Amigo mío– dijo el brahmán–. ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Bien sabes qué los dioses dan el ciento por uno de la limosna hecha a un brahmán.

–Señor– respondió el chacal–, hoy es para mí día de ayuno; pero al romper el alba fui a buscar alimentos con la intención de poderlos ofrecer a algún santo como tú, que anduviese por la floresta mendigando el pan. Toma pues, esta leche cuajada tan blanca, esta manteca derretida y este arroz. Siéntate a la sombra de un árbol, come y reconfórtate.

–Te lo agradezco– contestó el brahmán– pero te ruego que guardes un instante esos alimentos mientras voy a dar una vuelta y a meditar. Volveré enseguida y comeré junto a ti.

El brahmán fue después a reunirse con el mono que le ofreció también sus frutos maduros. Por fin se presentó ante la casa de la liebre, que embebida en la contemplación de la naturaleza, continuaba meditando junto a su madriguera.

–Hija mía– dijo el Dios disfrazado–, ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Hace más de un día que no como.

–Con mucho gusto, santo hombre– contestó la liebre–; te daré un buen pedazo de carne fresca para que comas. Haz el favor de encender una hoguera y cuando la lumbre esté bien encendida, te daré con que saciar el hambre.

El brahmán, sin insistir, reunió ramas y las prendió fuego, frotando uno contra otro, dos pedazos de madera seca. Cuando las llamas subían alegremente, quiso saber cuál sería su comida.

–Es mi propio cuerpo lo que te doy– respondió la liebre que antes de que el brahmán pudiera impedirlo había saltado a las brasas.

Pero, ¡oh milagro! Parecía no sentir nada y pasados unos instantes exclamó: 

–Añade ramas y sopla la llama, porque la verdad es que tengo frío.

Pero el brahmán desapareció y en su lugar quedó un joven de belleza radiante, cuyo cuerpo parecía emitir una claridad dulce y pura. El Dios Sekra se dio entonces a conocer. Dijo a la liebre que los dioses se habían conmovido ante su generosidad y su valor.

–Un acto así–continuó– no debe borrarse jamás de la memoria de los hombres.

Y al decirlo, el Dios creció desmesuradamente, deshizo con el dorso de la mano la cumbre de una montaña próxima y con la masa arrancada manchó la pálida faz de la luna que, en aquel instante, aparecía en el horizonte.

–Deseo– dijo Sekra– que los pueblos de hoy y los que han de venir, reconozcan la forma de una liebre en esta señal y que, recordando su historia, se acuerden también de esto: «que el que quiere dar limosna, debe darlo todo sin restricción, ofreciéndose también a sí mismo para bien del prójimo».