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Sabios cuentistas

Don Juan Manuel

Un hombre de vida inagotable

“Cuanto más alto suba aquel a quien ayudéis, menos apoyo os dará cuando lo necesitéis”.

A Don Juan Manuel le cabe el honor de ser

el primer escritor español en lengua castellana.
Nació en un mundo que explotaba a la cultura humanista como forma de vida. Nieto de Fernando III el Santo —creador de la Escuela de Traductores de Toledo—,  y sobrino de Alfonso X el Sabio, quien la impulsó de manera extraordinaria, estuvo imbuido de esa inquietud cultural que  tan profundos y buenos frutos dio para la aguerrida España de la Reconquista en todos los órdenes de la vida social.

Cargado de títulos y nobles obligaciones, en su juventud y madurez fue un incansable guerrero. A los doce años ya luchaba contra los

Don Juan Manuel
León heráldico del señorío de Villena

moros, pero más tarde tendría otras muchas ocasiones de enfrentarse a ellos y también de contender y disputar sus derechos y pretensiones con sus congéneres cristianos por cuestiones  dinásticas  o políticas.

Siempre estuvo interesado en la literatura, a pesar de que en aquella época se consideraba una labor impropia de un noble caballero, y fue en los últimos años de su vida cuando se dedicó por entero a su vocación literaria.
Su obra más afamada fue El Conde Lucanor. En los  51 cuentos que la componen, Patronio, amparándose en moralejas y fábulas, incluidas en cuentos de otras culturas, va aleccionando sobre la  manera de vivir a  toda una  pléyade de personajes que componen el orden social de la época.

En este corto relato, uno de los entonces llamados exemplos, por su afán de ejemplarizar y enseñar, muestra, además del ingenio y la frescura con la que entró en nuestra  cultura escrita el cuento universal de la lechera, los balbuceos del que es, hoy en día, el intenso y extenso idioma castellano.

Archivo de la LHM

 

 

Exemplo VII –

De lo que contesçió a una muger quel’ dizién doña Truhana

 

Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio en esta guisa:

-Patronio, un omne me dixo una razón et amostróme la manera cómo podría seer. Et bien vos digo que tantas maneras de aprovechamiento ha en ella que, si Dios quiere que se faga assí como me él dixo, que sería mucho mi pro; ca tantas cosas son que nasçen las unas de las otras, que al cabo es muy grant fecho además.

Et contó a Patronio la manera cómo podría seer. Desque Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera:

-Señor conde Lucanor, siempre oí dezir que era buen seso atenerse omne a las cosas çiertas et non a las vanas fuzas, ca muchas vezes a los que se atienen a las fuzas, contésçeles lo que contesçió a doña Truana. Et el conde preguntó cómo fuera aquello.

-Señor conde -dixo Patronio-, una muger fue que avié nombre doña Truana et era asaz más pobre que rica, et un día iva al mercado et levava una olla de miel en la Cabeça.

Don Juan Manuel
Archivo LHM

Et yendo por el camino, començó a cuidar que vendría aquella olla de miel et que compraría una partida de huevos, et de aquellos huevos nazçirían gallinas et depués, de aquellos dineros que valdrían, conpraría ovejas, et assí fue comprando de las ganancias que faría, fasta que fallóse por más rica que ninguna de sus vezinas.

Et con aquella riqueza que ella cuidava que avía, asmó cómo casaría sus fijos et sus fijas, et cómo iría aguardada por la calle con yernos et con nueras, et cómo dizían por ella cómo fuera de buena ventura en llegar a tan grant riqueza, seyendo tan pobre como solía seer.

Et pensando en esto començó a reír con grand plazer que avía de la su buena andança, et, en riendo, dio con la mano en su fruente, et entonçes cayól’ la olla de la miel en tierra, et quebróse. Cuando vio la olla quebrada, començó a fazer muy grant duelo, toviendo que avía perdido todo lo que cuidava que avría si la olla non le quebrara. Et porque puso todo su pensamiento por fuza vana, non se fizo al cabo nada de lo que ella cuidava. Et vós, señor conde, si queredes que lo que vos dixieren et lo que vós cuidardes sea todo cosa çierta, cred et cuidat sienpre todas cosas tales que sean aguisadas et non fuzas dubdosas et vanas. Et si las quisierdes provar, guardatvos que non aventuredes nin pongades de lo vuestro cosa de que vos sintades por fiuza de la pro de lo que non sodes çierto.

Al conde plogo de lo que Patronio le dixo, et fízolo assí et fallóse ende bien.

Et porque don Johan se pagó deste exienplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

A las cosas çiertas vos comendat
et las fuizas vanas dexat.
 

Fuente: Wikisource

 

Si te interesa la historia del cuento visita en esta pagina Sabios Cuentistas

 

Agatha Christie

De Agatha Christie podemos aprender lo que significa realmente vivir y disfrutar de la vida, es decir, vivir con mayúsculas.

Agatha Christie
Autora Agatha Christie

Esta gran autora, que a veces es más conocida por los propios títulos de algunas de sus obras como Asesinato en el Orient Express o Muerte en el Nilo, y que creó a uno de los detectives más famosos de todos los tiempos, también fue autora de numerosos relatos, aparte de las múltiples novelas y otras tantas obras de teatro, por no hablar de las obras que escribió bajo el pseudónimo de Mary Westmacott con el cual podía aventurarse en otros argumentos y personajes fuera de lo que todo el mundo conocía de ella y esperaba impacientemente.

No solo en sus novelas repletas de intriga encontramos aventuras y personajes peculiares, sino que su propia vida es más que interesante. Ya desde pequeña era la curiosidad y el deseo de saber más cada día lo que la caracterizaba, ya que aprendió a leer sola relacionando los símbolos (letras) que ella veía en las páginas de los cuentos y relatos que le leían en voz alta.

Esta gran curiosidad por todo lo que le rodeaba le acompañó toda su vida y gracias a ella llegó a saber en cierta profundidad tanto de enfermería como de arqueología entre otras muchas cosas.

Su madre la envió a París a educarse de la mejor manera posible entonces, trabajó como enfermera durante la Gran Guerra, estudió para ser auxiliar de farmacia, pudo asistir a importantes descubrimientos arqueológicos en Irak, etc., y todo esto entre las dificultades que le fue poniendo la vida por delante, como la dolorosa muerte de su padre o un angustioso divorcio.

En definitiva, recomiendo personalmente leer sobre esta gran mujer de la que se puede aprender mucho más allá de sus novelas de Hércules Poirot. 

El enigmático señor Quin

Es una colección de relatos cuyos personajes principales son siempre los mismos (el señor Satterthwaite y Harley Quin), pero cada historia narra de manera independiente crímenes y misterios que deben resolver ambos personajes. Casi Arlequín y Colombina

El propio Harley Quin forma parte de ese halo de misterio, ya que siempre aparece en el momento oportuno cuando lo necesita el señor Satterthwaite, y que también desaparece mágicamente cuando el caso se resuelve. Este personaje tan característico está basado en la figura del Arlequín (Harley Quin), quien solo aparece y desaparece ante los enamorados ojos de Colombina

 

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Perrault

Higuera Mágica

Los cuentos que han salido de la pluma de este escritor los conoce todo el mundo, hay incluso numerosas adaptaciones cinematográficas de varios de ellos; muchos hemos crecido con las películas de Walt Disney. Yo diría que eso sería lo primero que nos vendrían a la cabeza leyendo los títulos de sus cuentos:

Piel de asno, Pulgarcito, Barba Azul, La Cenicienta, La bella durmiente, Caperucita Roja y El Gato con Botas.

Pero estas historias ya existían, Charles Perrault las trasladó al papel y las modificó para que encajasen con el gusto de la época. Sería romántico pensar que lo hizo para preservar los relatos que iban viajando de boca en boca, pero estudios realizados más tarde demostraron que lo hizo más bien porque era lo que gustaba entonces entre la aristocracia.

Lo más llamativo es que al final también caló entre las clases más bajas; se imprimieron multitudes de copias y ediciones, sus adaptaciones de los cuentos populares llegaron a todas partes, incluso modificaciones de sus cuentos. Quizá llegó a triunfar entre tan amplio público porque supo variar los cuentos en su justa medida para que fuesen del gusto de los intelectuales y la aristocracia, pero al mismo tiempo sin transformar demasiado la estructura de los cuentos, siendo así más reconocibles para el resto de lectores, que pudieron encontrar en ellos todos los elementos y personajes que ya conocían.

 

Piel de asno

Érase un rey, el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temían y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era tan cariñosa y encantadora y tantos atractivos tenía su ingenio, que si el rey era dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenían una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

La piel de Asno
Helena B.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecía la referencia, pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al desertar el asno.

Turbó la felicidad de los regios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fue agravando a pesar de haberse acudido a todos los auxilios de la ciencia y de haber llamado a todos a los médicos. Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:

—Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver a casarte…

—¡Jamás! ¡Jamás! —exclamó el rey sollozando.

—Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver a casarte a menos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única a quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco después la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperación de su esposo. El dolor trastornó algo su razón, y a los pocos meses dio en mandar comparecer a su presencia a todas las jóvenes de la corte, después a las de la ciudad y luego a las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podía compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto día declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, sería su esposa. Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que querían engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita, al saber lo que ocurría, fuese llorosa a encontrar a su madrina, que era la más poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

—Sé lo que te trae a mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razón, no conviene que le contraríes abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo de la Hada, y el rey llamó a todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos a la obra, a los dos días tenía el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

—Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa, el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de palacio y le dijo:

—Quiero dentro de cuatro días un vestido más brillante que la luna.

En el plazo señalado la infanta tuvo el vestido que eclipsaba el brillo de la luna. Al verlo la madrina murmuró al oído de su ahijada:

—Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.

El rey mandó llamar a un rico diamantista y le dio la orden de hacer un vestido de brocado y piedras preciosas, amenazándole con mandarle cortar la cabeza si no lograba satisfacer sus deseos. Antes de terminar la semana la infanta tuvo el vestido, y al verlo fue grande su desesperación porque era más brillante que el astro del día. Entonces le dijo su madrina:

—Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo el asno, como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que la Hada le aconsejaba y el rey mando sin vacilar matar el asno, despellejarlo y llevar la piel a la joven, que se quedó abatida pues ya no sabía qué pedir. La animó su madrina recordándole que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego le dijo que sola y disfrazada huyese a algún lejano reino.

—Aquí tienes, —añadió—, una caja donde pondremos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubíes. Te doy mi varita, y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita e inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar qué había sido de ella. La infanta, mientras tanto, continuaba su camino, pidiendo limosna a cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla a su servicio. Y siguió andando, andando, y fue lejos, muy lejos; y por último llegó a una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar, barrer y limpiar la gamella de los cerdos. Relegada a un rincón de la cocina, se burlaban de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus quehaceres más indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas, se ponía unas veces el vestido de luna, otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse joven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros días y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde había hallado colocación la infanta, tenía su corral un rey muy poderoso, y que allí se criaban las aves más raras y los animales más preciosos, que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algún refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Pellejo de Asno desde lejos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latía el corazón de una princesa. Sin poder evitarlo se decía:

—Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un día se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Pellejo de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vio a la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe la contempló deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazón, y por más que le admirara el vestido, más le admiró su belleza. El blanco y sonrosado color de su tez, los arrogantes perfiles de su cara y su espléndida juventud, unido todo a cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazón la imagen de la infanta. La reina, que no tenía otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistía su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que pudo lograr fue que le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Pellejo de Asno. No supo la reina a quien se refería su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

—¡Cielo santo! Pellejo de Asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.

—No importa, —exclamó la reina—; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente a su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Pellejo de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitación. Se limpió el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dio comienzo a su tarea. Se cuenta que, mientras trabajaba, se le cayó del dedo, fuese casualidad o no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabía que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió con mucho apetito la empanada, que halló exquisita, y por poco se traga el anillo. Afortunadamente se fijó en él, admiró la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.

Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió a separarse. Pero su mal fue en aumento, y consultados los médicos dijeron que estaba enfermo de amor. Resolvieron sus padres casarle, y el príncipe les contestó:

—Solo me casaré con la joven a cuyo dedo se ajuste este anillo.

Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron a contrariarle e inmediatamente anunciaron que se casaría con el príncipe la joven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron a hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningún oficio ni sabiendo cómo vivir de su trabajo, se meten a curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; joven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Se dio principio a la prueba, comenzando por las princesas, a las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, siendo el anillo demasiado estrecho para cuantos dedos se presentaron. Comparecieron las demás jóvenes, más todos los ensayos resultaron inútiles. Les llegó el turno a las criadas y fregonas, pero el anillo se quedó sin colocación, y se creyó que el príncipe moriría de pena, pues solo faltaba Pellejo de Asno y a ninguna persona sensata podía ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada a ser reina.

—¿Por qué no? —exclamó el príncipe.

Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:

—Entra, Pellejo de Asno, hágase la prueba.

Introducida la fregona a presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó a su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban a volver de su asombro. Le dijeron que debía presentarse ante el rey y le aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido menos sucio. Pellejo de Asno fue a cambiarse de vestido, y cuando volvió a comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiración, porque nadie recordaba haber visto belleza semejante, realzada por unos ojos azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle la esbeltez de la palmera; sus diamantes deslumbraban y su traje era tan rico que no admitía comparación. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver a la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos qué decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó a todos los monarcas vecinos, quienes abandonaron sus Estados, montados unos en grandes elefantes, otros caballeros en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenían velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la joven desposada, que ya había recobrado la razón. Grande fue su sorpresa y mayor su alegría al encontrar a su hija, a quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fue el contento del príncipe al saber quién era su novia. En aquel instante apareció la madrina, que contó todo lo ocurrido, y luego se celebraron las bodas y todos fueron dichosos.

Moraleja

A veces a rudas penas
el hombre se halla sujeto,
mas todas puede vencerlas
si de ello hay firme deseo.
Los sufrimientos abaten,
mas con voluntad de hierro
también logran dominarse
los más crueles sufrimientos;
y si acaso en este mundo
no encontramos el consuelo,
seamos firmes en la lucha,
nunca jamás desmayemos,
que lo que niegue la tierra
lo hallaremos en el cielo.

 

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Fuente:
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Emilia Pardo Bazán

Hoja de HigueraAmar es un acto, no te fatigues en pensar, ama.

Firma de Emilia Pardo Bazán

 

A esta célebre gallega se le anteponen todos los apelativos posibles que la convierten en una pétrea  figura de la historia del siglo XIX. Fue esposa, madre, amante, culta; fue condesa, cosmopolita, incansable polemista, feminista comprometida. En política militó  en las filas del carlismo y en literatura cultivó el naturalismo, fue introductora de la literatura rusa en nuestro país que asimiló con su especial inteligencia.
Para darle mayor relevancia a su condición de mujer, con todo lo que eso conlleva, se cuenta que pudo ser coautora de algunos de los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós, o que los argumentos esgrimidos, en contra de sus pretensiones para ser aceptada como académica de la lengua, habían sido tales como que su trasero no cabía en los sillones de la Real Academia.
Seguramente fue ella misma, en su afán de ganarse la vida como profesional de la escritura, para lo que tuvo que recurrir a la notoriedad a cualquier precio y a un permanente “aquí estoy yo” de niña mimada, se buscó este olvido de lo fundamental que fue el ser una grandísima escritora.
Pero el tiempo siempre desempolva la verdad, y la verdad más sencilla, al margen de todo el argumentario en su favor, es que doña Emilia fue una excelente y prolífica escritora de cuentos en los que, como pequeños retazos de sentimientos que desbordaban los cánones en los que se desenvolvían su vida y su quehacer literario, destacan su perspicacia, su imaginación, su sensibilidad  y por supuesto un poquito de la magia de esas meigas de su tierra natal en donde, al parecer, siempre han abundado.
Esquelética mano sobre flor rosada
En los Cuentos Góticos publicados por Uve Books en 2018  
se hace una recopilación de algunos de sus relatos de misterio. Pero hubo muchos, muchos más…


El alma de sirena

Ya los cipreses del campo santo no resaltaban sobre fondo de púrpura, sino sobre el lánguido matiz de agua marina que precede a la obscuridad. Leonelo, llevando en un cestillo su cosecha de flores de muerte, salió del recinto, y por el sendero, apenas abierto entre la hierba húmeda, se dirigió a la quinta, en cuyas vidrieras aún espejeaba el último rayo del sol poniente.

Llenaban y acentuaban la soledad ruidos extraños, cadencias amortiguadas, suaves, que sugerían algo no perceptible para los sentidos. Eran quizás susurros de follaje estremecido por los dedos de sombra de la noche; revueltos de aves acomodándose en el nidal, para dormir erizando sus plumas; quejas flébiles del agua, que en las horas nocturnas solloza libremente, sin tener que reprimirse ante la alegre y burlona mirada del sol; resonancias del mar en la no lejana playa, propagadas en el aire tranquilo, con fúnebre solemnidad de hondo canto gregoriano, y, transmitidas de eco en eco, estrofas de cantares pastoriles, allá en el monte, donde se recogían al establo los lentos bueyes y las vacas de temblantes ubres. Leonelo se detuvo un instante, acortado de aliento, y se sentó en una piedra vieja, toda mullida de musgo, a escuchar aquel concierto vagamente difundido por los ámbitos del aire sosegado ya. De la cestilla ascendía aroma: Leonelo, al aspirarlo, sintió una embriaguez de recuerdos. Se levantó y continuó su camino.

Pasó la verja de la quinta. Moro, el perro de guarda, le recibió con la alegre y humilde efusión de costumbre. Todas las puertas estaban abiertas; en la salita, sobre la gran mesa de rudo castaño, el criado había puesto la encendida lámpara, y contra su tubo de cristal, las falenas, idealistas empedernidas, soñadoras de la luz, se destrozaban las alas de polvillo de plata y los coseletes de felpa, cayendo abrasadas en un éxtasis de martirio. Leonelo se encajó en el sillón de cuero lustrado por el uso, y colocó ante sí el ligero cesto de mimbres: las flores cortadas lo colmaban en gracioso y artístico desorden.

—¡Las mismas flores, las mismas que crecen a la orilla de la presa del molino, en el sendero, en los matorrales de la linde, en cada rincón! —murmuró alto, con asombro inmenso.

Hasta aquel instante no se había dado cuenta del hecho sencillo y maravilloso: las flores del campo santo eran exactamente idénticas a las otras, a cualesquiera. Las manzanillas tenían el propio olor amargo, igual blancura abrasada en el centro por toque súbito de rubor; las trigueñas madreselvas, igual penetrante aroma; las cicutas, el eterno oro vivaz de sus pétalos; las digitales, la habitual primorosa elegancia de sus campanas atigradas y velludas. ¿Era posible que no se diferenciasen de las que sólo absorbían jugos de terruño, aquellas flores nutridas con la sustancia de alguien que le había amado a él, que le había amado tanto, hasta la última hora del vivir?

Sobre la fosa de Sirena —fue depuesta en tierra, hasta sin ataúd, por su expresa voluntad— brotaban aquellas flores que Leonelo contemplaba fascinado, a las cuales preguntaba secretos de la región desconocida. Si el mundo fuese algo más que incoherente sueño; si bajo las apariencias estuviese oculta la raíz sagrada de la verdad, las flores que Leonelo revolvía con diestra febril debían manar sangre y gotear llanto. No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.

Por la ventana, abierta sobre el cortinaje movible y frondoso del jardín, entró con ímpetu algo negro, que vino a batir contra la lámpara y mató la luz, arrancándola un estertoroso gemido. La sala quedó a obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos para siempre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía.

Cuando recobró el conocimiento, el criado estaba allí; había vuelto a encender la lámpara, cerrado la ventana, y a toallazos aturdido el murciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca.

«¡Un avechucho horrible! —pensó dolorosamente Leonelo—. ¡No fue tampoco el alma de Sirena la que me acarició la cara!»

Se levantó vacilando; se dirigió a su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cama una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó a la lámpara y surgió una figurita con traje blanco, encuadrada en una orla de castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatura, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas sienes deprimidas, aquellos ojos? ¡No; los ojos de Sirena no podían retratarse! ¡Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que terminaban en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado a copiar un fugaz momento de expresión del mirar de Sirena; tal vez aquel en que, pudorosa o fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicamente en las anchas pupilas el agua muerta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoyó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su corazón.

Lo sintió desigual, ora precipitado y violento, ora desmayado, torpe, confuso. Ya se activase, ya se adurmiese, causaba a Leonelo un dolor sordo, fijo, cual si una mano estuviese comprimiendo la víscera, sin estrujarla, gozándose en percibir y prolongar el sufrimiento. Dominando la sensación flotaba en el cerebro la idea triste: «No la encuentro, no la encontraré en ninguna parte, nunca. Es inútil que llame a su alma; no está ni en las flores, ni en el aire, ni en la placa de marfil de una miniatura…» Como si desde lejos le respondiesen, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: «Aquí.»

—¡Aquí! —repitió con alocada vehemencia Leonelo.

No podía dudarlo; el alma de Sirena, ¿Dónde había de estar? Libre ya de su cuerpo, libre de toda traba, libre en absoluto, se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco a poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le obligaba al recuerdo. Quedamente, quedamente, zumbando de un modo sordo y fatídico, repetía:

—¡Aquí! ¿Por qué me buscabas fuera?

Fuente: wikisourse https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/e

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Los hermanos Grimm 

 

 Es war einmal...

Érase una vez…dos curiosos y eruditos hermanos que, en los tiempos en que Napoleón se paseaba triunfalmente con sus ejércitos por toda Europa, dando rienda suelta a sus afanes de emperador, decidieron recorrer los pueblos y las pequeñas aldeas de su país recogiendo las historias más auténticamente alemanas de boca de las mujeres que, al calor del fuego o al abrigo de la oscuridad en las largas noches teutonas, habían mantenido vivas desde tiempo inmemorial una riquísima tradición oral.


Mucho se ha estudiado sobre el significado y la trascendencia de sus cuentos y relatos que perviven y pervivirán; hay quienes afirman que en ellos, como fantasmas dentro de un pozo, se esconden las  raíces más profundas de todos los miedos que conforman la esencia de la naturaleza del ser humano: la violencia, la crueldad, la mentira, la avaricia… Pero también, y en contraposición a todo lo abominable, surgen de esas historias fantásticas la bondad, la audacia, la inteligencia, el agradecimiento…

El tiempo ha ido suavizando los relatos llenándolos de romanticismo y de poesía, hasta convertirlos  en paradigmas con los que hacer comprender a los niños la drástica diferencia que separa el bien del mal.

 

 

 

Las tres hilanderas

Tres flores
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Allá en aquellos tiempos había una joven muy perezosa que no quería hilar. Su madre se incomodaba mucho; pero no podía hacerle trabajar. Un día perdió la paciencia de manera que llegó a pegarle, y su hija se puso a llorar a gritos. En aquel momento pasaba por allí la reina, y oyendo los sollozos, mandó detener su coche y entró en la casa preguntando a la madre por qué pegaba a su hija con tanta crueldad que se oían en la calle los lamentos de la niña. La mujer, avergonzada, no quiso contarle la pereza de su hija, y le dijo:

—No puedo hacerle que suelte el huso ni un solo instante, quiere estar hilando siempre, y yo soy tan pobre que no puedo darle el lino que necesita.

—Nada me gusta tanto como la rueca —le respondió la reina—; el ruido del huso me encanta, dejadme llevar a vuestra hija a mi palacio, yo tengo lino suficiente e hilará todo lo que quiera. La madre consintió en ello con el mayor placer, y la Reina se llevó a la joven.

En cuanto llegaron a palacio la condujo a tres cuartos que estaban llenos de arriba abajo de un lino muy hermoso.

—Hílame todo ese lino —le dijo—, y cuando esté concluido, te casaré con mi hijo mayor. No te dé cuidado de que seas pobre; tu amor al trabajo es un dote suficiente.

La joven no contestó, pero se hallaba en su interior consternada, pues aunque hubiera trabajado trescientos años, sin dejarlo desde por la mañana hasta por la noche, no hubiera podido hilar aquellos enormes montones de estopa. Así que se quedó sola, se echó a llorar, permaneció así tres días sin trabajar nada. Al tercero, vino a visitarle la reina y se admiró de ver que no había hecho nada; pero la joven se excusó, alegando su disgusto por verse separada de su madre. La reina aparentó quedar satisfecha con esta excusa, pero le dijo al marcharse:

—Bien, pero mañana es necesario empezar a trabajar.

Cuando se quedó sola la joven, no sabiendo qué hacer, se puso en la ventana. Estando allí vio venir tres mujeres, la primera de las cuales tenía un pie muy ancho y muy largo, la segunda un labio inferior tan grande y caído que la pasaba y cubría por debajo de la barba, y la tercera el dedo pulgar muy largo y aplastado. Se colocaron delante de la ventana, dirigiendo sus miradas al interior del cuarto, y preguntaron a la joven qué quería. Les refirió su disgusto y se ofrecieron a ayudarla.

—Si nos prometes —le dijeron— convidarnos a tu boda, llamarnos primas tuyas, sin avergonzarte de nosotras, y sentarnos a tu mesa, hilaremos tu lino y concluiremos muy pronto.

—Con mucho gusto —les contestó—; entrad y comenzaréis en seguida.

Introdujo a estas tres extrañas mujeres e hizo un sitio en el primer cuarto para colocarlas, poniéndose en seguida a trabajar. La primera hilaba la estopa y hacía dar vueltas a la rueda; la segunda mojaba el hilo; la tercera lo torcía y lo apoyaba en la mesa con su pulgar y cada vez que pasaba el dedo echaba una madeja del hilo más fino. Siempre que entraba la reina escondía la joven a sus hilanderas y le enseñaba lo que había hecho, llenándose la Reina de admiración. En cuanto estuvo vacío el primer cuarto, pasaron al segundo y después al tercero, concluyendo en muy poco tiempo. Entonces se marcharon las tres jóvenes, diciendo:

—No olvides tu promesa, que no tendrás de qué arrepentirte.

Cuando la joven enseñó a la reina las piezas vacías y el hilo hilado, se fijó el día de la boda. El príncipe estaba admirado de tener una mujer tan hábil y trabajadora, y la amaba con ardor.

—Tengo tres primas —le dijo—, que me han hecho mucho bien, y a las que no quiero olvidar en mi felicidad; permitidme convidarlas a mi boda y sentarlas a nuestra mesa.

El príncipe y la reina no le pusieron ningún obstáculo. El día de la boda llegaron tres mujeres magníficamente ataviadas, y la novia les dijo:

—Bienvenidas seáis, queridas primas.

—¡Oh! —exclamó el príncipe—, tienes unas parientas bien feas.

Dirigiéndose después a la que tenía el pie ancho:

—¿De qué tienes ese pie tan grande? —le preguntó.

—De hacer dar vueltas a la rueda —le contestó—, de hacer dar vueltas a la rueda.

A la segunda:

—¿De qué tienes ese labio tan caído?

—De haber mojado el hilo, de haber mojado el hilo.

Y a la tercera:

—¿De qué tienes ese dedo tan largo?

—De haber torcido el hilo, de haber torcido el hilo.

El príncipe, asustado al ver aquello, juró que desde allí en adelante no volvería su esposa a tocar la rueca, librándole así de esta odiosa ocupación.

 

Traducido por José Sánchez Biedma (1879).

Fuente: Wikisource –

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El tiempo de los judíos -La sabiduría-

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Salomón es un gigante de la historia, fue el segundo hijo que el rey David tuvo con su esposa Betsabé. Fue ungido como rey siendo muy joven y, en vida de su padre, para saber reinar le pidió a Dios sabiduría.

 

 

Y ‘Elohim le dijo: Porque has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni has pedido para ti riquezas, ni has pedido la vida de tus enemigos, sino que has pedido para ti inteligencia para discernir justicia; he aquí cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio y entendido, tal que no ha habido otro antes de ti, ni lo habrá después de ti.
(Reyes 3-11,12)

 

Se le atribuyen bellísimas páginas de la Biblia, el lirismo sin igual del Cantar de los Cantares o la profunda sabiduría sobre la vida que encierra el libro del Eclesiastés, pero sobre él circula por siempre su sabia decisión del perfecto equilibrio, paradigma de lo que ha de ser y representar la justicia:

 

El juicio del rey Salomón

 

I Reyes 3     16-28

16 Dos mujeres prostitutas vinieron al rey y se pusieron de pie delante de él. 

17 Y dijo una de las mujeres: ¡Ay, señor mío! Esta mujer y yo habitamos en la misma casa; y di a luz mientras estaba con ella en la casa.

18 Y sucedió que tres días después de mi parto, esta mujer también dio a luz. Nosotras estábamos juntas y ningún extraño estaba con nosotras en la casa; sólo nosotras dos estábamos en la casa.

19 Y el hijo de esta mujer murió durante la noche, porque ella se durmió sobre él

20 Y levantándose a medianoche, tomó a mi hijo de junto a mí, pues tu servidora estaba dormida, y lo hizo recostar en su regazo, en tanto que a su hijo muerto lo recostó en mi seno.

21 Cuando me levanté por la mañana para amamantar a mi hijo, ¡he aquí estaba muerto! Pero por la mañana lo observé bien, ¡y he aquí no era mi hijo, el que yo había parido!

22 Pero la otra mujer replicó: ¡No! Sino que mi hijo es el vivo y tu hijo el muerto. Y la otra volvió a decir: ¡No! ¡Tu hijo es el muerto y mi hijo el vivo! Y disputaban muchísimo delante del rey.

23 Entonces dijo el rey: Esta dice: Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra dice: ¡No! Sino que tu hijo es el muerto, y mi hijo el vivo.

24 Y el rey dijo: ¡Traedme una espada! Cuando trajeron la espada ante el rey,

25 dispuso el rey: ¡Partid al niño vivo en dos,y dad la mitad a la una y la otra mitad a la otra!
26 Pero entonces, la mujer de quien era el hijo vivo habló al rey (porque sus entrañas se conmovieron por su hijo), y exclamó: ¡Ay, señor mío! Dad a ésta el niño vivo; pero no lo hagas morir. Pero la otra dijo: No sea ni para mí ni para ti. ¡Partidlo!
27 Entonces el rey, tomando la palabra, dijo: ¡Dadle a aquélla el niño vivo y no lo matéis! Ella es su madre.
28 Y todo Israel se enteró de la sentencia que había dado el rey, y tuvieron temor al rey, porque vieron que la sabiduría de Dios estaba en su corazón para hacer justicia.

Fuente: Biblia Hebraica Stuttgartensia

Bocaccio y la nueva era del cuento

La historia del Decamerón se enmarca en una época especialmente difícil y oscura para Florencia, y para Europa, ya que por aquel entonces, en el año 1348, la peste causaba estragos. Pero en contraste con esta situación, la obra nos ofrece la narración de cien cuentos en boca de diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres, durante diez días (deca, «diez», hemera, «días») con el objetivo de crear una atmósfera muy lejana de la que se está viviendo fuera y, en resumen, entretenerse y aliviarse entre ellos con sus historias.

Como el propio autor dice en el prólogo, está dedicado especialmente a las mujeres enamoradas. Y hablando de amor, recordemos a la mujer que inspiró en gran manera el trabajo de Boccaccio, pero cuya historia amorosa no fue la más afortunada, Fiammetta.

No solo fue una obra que revolucionó la prosa en aquel momento, sino que lo hizo siglo tras siglo, siendo así una de las grandes obras de referencia de todos los tiempos. Por ello, quizá este cuento y muchos otros de esta obra ya lo conozcamos sin haberlos leído, más allá de estar escrito con el máximo primor y cuidado, sus temas siguen formando parte de nuestro bagaje cultural.

Pd: También en pleno siglo XXI tenemos pandemias como el archiconocido COVID-19, y por lo tanto esta es una buena obra para sentarse y leerla, disfrutarla y reflexionar.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Waterhouse_decameron.jpg

El Decamerón

Jornada 4:    NOVELA SÉPTIMA

Simona ama a Pasquino; están juntos en un huerto; Pasquino se frota los dientes con una hoja de salvia y se muere; Simona es apresada, la cual, queriendo mostrar al juez cómo murió Pasquino, frotándose con una de aquellas hojas los dientes, muere del mismo modo.

Pánfilo se había desembarazado de su historia cuando el rey, no mostrando ninguna compasión por Andreuola, mirando a Emilia, le hizo un gesto significándole que le agradaría que siguiese con la narración a quienes ya habían hablado; la cual, sin ninguna demora, comenzó: Caras compañeras, la historia contada por Pánfilo me induce a contar una en ninguna otra cosa semejante a la suya sino en que, así como Andreuola perdió el amante en el jardín, igual sucedió a aquella de quien debo hablar; y del mismo modo presa, como lo fue Andreuola, no por fuerza ni por virtud sino por inesperada muerte se libró de la justicia. Y como ya se ha dicho más veces entre nosotras, aunque Amor de buen grado habite en las casas de los nobles, no por ello rehúsa el señorío sobre las de los pobres y también en ellas muestra alguna vez sus fuerzas de tal manera que como poderosísimo señor se hace temer de los más ricos. Lo que aunque no en todo, en gran parte aparecerá en mi historia, con la que me place volver a nuestra ciudad, de la que hoy, contando diversas cosas diversamente, vagando por diversas partes del mundo, tanto nos hemos alejado.

Hubo, pues, no hace todavía mucho tiempo, en Florencia, una joven muy hermosa y gallarda para su condición, e hija de padre pobre, que se llamaba Simona; y aunque tuviera que ganarse con sus manos el pan que quería comer, y para subsistir hilase lana, no fue ello de tan pobre ánimo que no osase recibir a Amor en su mente, el cual con los actos y las palabras amables de un mozo de no más fuste que ella, que andaba dando lana a hilar para su maestro lanero, hacía tiempo que había mostrado querer entrar. Acogiéndolo, pues, en ella bajo el placentero aspecto del joven que la amaba, cuyo nombre era Pasquino, deseándolo mucho y no atreviéndose a nada más, hilando, a cada vuelta de lana hilada que enroscaba al huso arrojaba mil suspiros más calientes que el fuego al acordarse de aquel que para hilarla se la había dado.

Él, por otra parte, muy solícito habiéndose vuelto de que se hilase bien la lana de su maestro, como si sólo la que Simona hilaba, y no ninguna otra, debiese bastar a toda la tela, más frecuentemente que la otras las solicitaba. Por lo que, solicitando uno y la otra gozando al ser solicitada, sucedió que, cobrando el uno más osadía de la que solía tener y desechando la otra mucho del miedo y de la vergüenza que acostumbraba a tener, juntos se unieron en mutuos placeres, los cuales a una parte y a la otra agradaron tanto que no esperaba el uno a ser solicitado por el otro para ello, sino que uno invitaba al otro para disfrutarlos. Y continuando así su placer de un día en otro, y siempre, al continuar, más inflamándose, sucedió que Pasquino dijo a Simona que firmemente quería que encontrase el modo de poder venir a un jardín adonde él quería llevarla, para que allí más a sus anchas y con menos temor pudiesen estar juntos. Simona dijo que le placía, y dando a entender a su padre, un domingo después de comer, que quería ir a la bendición de San Galo , con una compañera suya llamada Lagina, al jardín que le había mostrado Pasquino se fue, donde, junto con un compañero suyo que Puccino tenía por nombre, pero que era llamado el Tuerto, lo encontró, y allí, iniciándose un amorío entre el Tuerto y Lagina, ellos se retiraron a una parte del jardín a gustar de sus placeres y al Tuerto y a Lagina dejaron en otra. Había en aquella parte del jardín donde Pasquino y Simona habían ido, una grandísima y hermosa mata de salvia; a cuyo pie se sentaron y un buen rato se solazaron juntos, y habiendo hablado mucho de una merienda que en aquel huerto, con ánimo reposado, querían hacer, Pasquino, volviéndose a la gran mata de salvia, cogió algunas hojas de ella y empezó a frotarse con ellas los dientes y las encías, diciendo que la salvia los limpiaba muy bien de cualquier cosa que hubiera quedado en ellos después de haber comido. Y luego de que, así, un poco los hubo frotado volvió a la conversación de la merienda de la que estaba hablando primero; y no había proseguido hablando casi nada cuando empezó a demudársele todo el rostro y luego de demudársele no pasó sin que perdiese la vista y la palabra y en breve se murió. Las cuales cosas viendo Simona empezó a llorar y a gritar y a llamar al Tuerto y a Lagina, los cuales prestamente corriendo allí y viendo a Pasquino no solamente muerto, sino ya todo hinchado y lleno de manchas oscuras por el rostro y por el cuerpo, súbitamente gritó el Tuerto:

Ay, mujer malvada, lo has envenenado tú!

Y habiendo hecho un gran alboroto, fue oído por muchos que vivían cerca del jardín; los cuales, corrido el rumor y encontrándole muerto e hinchado, y oyendo dolerse al Tuerto y acusar a Simona de haberlo envenenado con engaños, y a ella, por el dolor del súbito accidente que le había arrebatado a su amante, casi fuera de sí, no sabiendo excusarse, fue reputado por todos que había sido como el Tuerto decía; por la cual cosa, apresándola, llorando siempre ella mucho, fue llevada al palacio del podestá. E insistiendo allí el Tuerto, y el Rechoncho y el Desmañado, compañeros de Pasquino que habían llegado, un juez sin dilatar el asunto se puso a interrogarla sobre el hecho y, no pudiendo comprender ella en qué podía haber obrado maliciosamente o ser culpable, quiso, estando él presente, ver el cuerpo muerto y decirle el lugar y el modo porque por las palabras suyas no lo comprendía bastante bien. Haciéndola, pues, sin ningún tumulto, llevar allí donde todavía yacía el cuerpo de Pasquino, le preguntó que cómo había sido. Ella, acercándose a la mata de salvia y habiendo contado toda la historia precedente para darle completamente a entender lo sucedido, hizo lo que Pasquino había hecho, frotándose contra los dientes una de aquellas hojas de salvia. Las cuales cosas, mientras que por el Tuerto y por el Rechoncho y por los otros amigos y compañeros de Pasquino, como frívolas y vanas en la presencia del juez eran rechazadas, y con más insistencia acusada su maldad, no pidiendo sino que el fuego fuese de semejante maldad castigo, la pobrecilla, que por el dolor del perdido amante y por el miedo de la pena pedida por el Tuerto estaba encogida, por haberse frotado la salvia en los dientes, sufrió aquel mismo accidente que antes había sufrido Pasquino, no sin gran maravilla de cuantos estaban presentes. ¡Oh, almas felices, a quienes un mismo día sucedió el ardiente amor y la mortal vida acabar; y más felices si juntas a un mismo lugar os fuisteis; y felicísimas si en la otra vida se ama, y os amáis como lo hicisteis en ésta! Pero mucho más feliz el alma de Simona en gran medida, por lo que respecta al juicio de quienes, vivos, tras de ella hemos quedado, cuya inocencia la fortuna no sufrió que cayese bajo los testimonios del Tuerto y del Rechoncho y del Desmañado (tal vez cardadores u hombres más villanos) abriéndole más honesto camino con la misma clase de muerte de su amante, para deshacerse de su calumnia y seguir al alma de su Pasquino, tan amada por ella. El juez, todo estupefacto por el accidente junto con cuantos allí estaban, no sabiendo qué decirse, largamente calló; luego, con mejor juicio, dijo:

-Parece que esta salvia es venenosa, lo que no suele suceder con la salvia. Pero para que a alguien más no pueda ofender de modo semejante, córtese hasta las raíces y arrójese al fuego. La cual cosa, el que era guardián del jardín haciéndola en presencia del juez, no acababa de abatir la gran mata cuando apareció la razón de la muerte de los dos míseros amantes. Había bajo la mata de aquella salvia un sapo de maravilloso tamaño, de cuyo venenoso aliento pensaron que la salvia se había envenenado. Al cual sapo, no atreviéndose nadie a acercarse, poniéndole alrededor una pila grandísima de leña, allí junto con la salvia lo quemaron, y se terminó el proceso del señor juez por la muerte del pobrecillo Pasquino. El cual, junto con su Simona, tan hinchados como estaban, por el Tuerto y el Rechoncho y el Hocico Puerco y el Desmañado fueron sepultados en la iglesia de San Paolo, de donde probablemente eran feligreses.

https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/

Hermann Hesse

Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.
Lobo estepario 
                                   Herman Hesse
Los revolucionarios siempre son los poetas, ellos plantan la semilla en el corazón de los hombres

H.H. En Calw, su pueblo natal.

para que dé su fruto cuando el tiempo llegue. 

En los años 60 del siglo XX, la juventud descubrió los libros de Herman Hesse y esa mezcla de la desaforada búsqueda de la propia verdad de la mano del psicoanálisis, las drogas, el Oriente místico y lejano enfrentado a la cultura occidental, crearon el mito de este escritor que fue un buscador de lo auténtico de la naturaleza humana en una permanente búsqueda de la identidad personal, con la ruptura de los cánones sociales y un encuentro con el animal que vive en el interior del hombre.
Tal vez buscaba por propia necesidad existencial  la mística profundidad de la no religión.

Fue un escritor incansable con una copiosa obra puesta de manifiesto en sus afamadas novelas, en sus poemas, cuentos y relatos o cartas.
No en vano creía en la palabra escrita, sin ella es imposible la historia y sin ella no hay concepto de humanidad, pero él creía realmente que  donde hay que buscar para resolver los misterios de la vida es en el ensuciarse cada día entre el ruido y la confusión de lo humano.

 

 

Ampliamente traducido, editado y reeditado a lo largo de los últimos años, sus relatos cortos son muy apreciados y conocidos por los amantes de la literatura. Una buena selección de los fundamentales la  presenta la Editorial Alianza: 

https://www.todostuslibros.com/libros/cuentos_978-84-9181-543-3

 

 

 

 

 

José Martí

 

«Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo».

José Martí

 

Insigne cubano, José Martí fue un humanista amante de su querida América, la cual soñaba unida. Murió con un arma en las manos para conquistar la esquiva libertad que está en el corazón de todos los hombres y que nunca, nunca llega.

Su vida fue convertir su palabra en hechos,  y con su ejemplo trasladar su mejor inspiración al alma de los niños, para quienes escribía en su revista La edad de oro, queriendo trasmitirles, a través de sus cuentos y sus poemas, valores universales como el amor al conocimiento y a la verdad, la justicia y la igualdad de todos los seres humanos. 

 

 

Bebé y el señor don Pomposo

Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los Hijos del Rey Eduardo, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres, para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y
medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una vez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos se está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de cuando ellos eran príncipes y reyes y tenían muchas vacas y muchos elefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí, que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos mariposas.

Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada en el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del gran comilón, que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los ojos; pero no está dormido, Bebé está pensando.

La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla. Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo, como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre. Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé, el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, ni lleva medías de seda colorada.

Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después, y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor Don Pomposo. Bebé está pensando.

Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una banqueta en los pies y le hablaba como dicen que les hablan a las reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta eso, porque mamá es buena.

Y Bebé vuelve a pensar en lo que sucedió en la visita. En cuanto entró en el cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado —¡oh, que sable! ¡oh, qué gran sable!— y le abrochó por la cintura el cinturón de charol —¡oh, qué cinturón tan lujoso!— y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé, muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste, como si se fuera a morir: «¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío tan malo!» En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.

El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. El también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha visto nunca caballos morados, pero se lo mandarán hacer. Y a Raúl ¿quién le manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables. Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga ruido… y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose el pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado en la almohada.

Fuente: https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

 

El tiempo de los judíos -El legislador-

 

Moisés, el hombre que hablaba  con Dios 

Para científicos y arqueólogos, uno de los mayores enigmas que contiene la Biblia es el paradero del Arca de la Alianza, el lugar en donde fueron depositadas las tablas que Moisés  bajó del monte Sinaí con las preceptos más completos y únicos que jamás se hubieran escrito y con las exactas instrucciones para construir el lugar donde dichas leyes debían ser guardadas.

Ese Arca, de impresionantes poderes, combatió en primera fila en las batallas de los judíos hasta que fue guardada en el Santa Santorum, el lugar central y más sagrado del primer templo de Jerusalem, construido por Salomón en el año 955 a. C. y destruido por los ejércitos de Nabucodonosor en el año 587 a.d.C.

Sin embargo, nada se sabe del Arca. Desde el año 620 a. C. en la Biblia no se la vuelve a mencionar, y su paradero, buscado hasta la obsesión, resulta desconocido a pesar de que han pasado milenios.

Pero las leyes divinas están escritas en los cinco libros de la Biblia, dictadas por Moisés e inspiradas por Dios, donde han prevalecido contra viento y marea, conservando la pureza de las intenciones por encima de las incontables traducciones, de los múltiples idiomas utilizados, de indagaciones, interpretaciones o disquisiciones.

Lo esencial de su contenido, el espíritu inspirador, yace dentro del Arca de la Alianza en algún lugar inaccesible, representando la fuerza suprema sobre la que se sustenta la sabiduría que entraña la Biblia.

 

Llamamiento y misión de Moisés

3 Apacentaba Moisés el rebaño de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, y condujo el rebaño al extremo del desierto y llegó a Horeb,° monte de ’Elohim.
2 Entonces el ángel de YHVH se le apareció en una llama de fuego en medio de la zarza.° Y él miró, y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía.
3 Y dijo Moisés: Me desviaré para observar esta gran aparición de por qué no se consume la zarza.
4 Vio YHVH que se desviaba para observar, y ’Elohim lo llamó de en medio de la zarza, y le dijo: ¡Moisés! ¡Moisés! Y él respondió: ¡Heme aquí!
5 Entonces dijo: No te acerques aquí, quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás es suelo santo.°
6 Y añadió: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Entonces Moisés ocultó su rostro, porque tuvo temor de contemplar a ’Elohim.
7 Luego dijo YHVH: Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor por causa de sus opresores, porque conozco sus padecimientos.
8 Descenderé, pues, para librarlo de mano de los egipcios y para hacerlo subir de ese país a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel,° al lugar del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.
9 Y ahora, he aquí el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen.
10 Ahora, pues, ¡anda! Te envío a Faraón: ¡saca de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel!
11 Respondió Moisés a ’Elohim: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?
12 Él dijo: Porque Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a ’Elohim sobre este monte.
13 Dijo Moisés a ’Elohim: Cuando vaya a los hijos de Israel, y les diga: El Dios de vuestros padres° me ha enviado a vosotros, y me digan: ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les diré?
14 Respondió ’Elohim a Moisés: YO SOY EL QUE SOY.° Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY° me ha enviado a vosotros.
15 Dijo además ’Elohim a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: YHVH, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi Nombre para siempre jamás, y éste es mi memorial de generación en generación.
16 Ve, reúne a los ancianos de Israel, y diles: YHVH, Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob, se me apareció, diciendo: En verdad os he visitado y he visto lo que se os hace en Egipto.
17 Y he dicho: Os haré subir de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel.

18 Y ellos atenderán a tu voz. Luego entrarás tú, y los ancianos de Israel ante el rey de Egipto, y le diréis: YHVH, Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Ahora pues, permite que hagamos camino de tres jornadas por el desierto, y ofrezcamos sacrificios para YHVH nuestro Dios.

19 Sin embargo, Yo sé que el rey de Egipto no os dejará partir, sino forzado° por mano poderosa.
20 Extenderé entonces mi mano, y haré que Egipto sea golpeado con todos mis prodigios que haré en medio de él, y después de esto, os dejará ir.
21 Además haré que este pueblo halle gracia ante los ojos de los egipcios, y sucederá que cuando partiereis, no os iréis vacíos,
22 sino que cada mujer pedirá a su vecina y al huésped de su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, y los pondréis sobre vuestros hijos e hijas, y así despojaréis a los egipcios.°

3.1 También llamado Sinay, lugar de revelación de Dios. 3.2-10 →Hch.7.30-34. 3.5 Es decir, lugar donde está la presencia de Dios. 3.8 Tierra que fluye leche y miel. Nombre simbólico de la tierra prometida a los hijos de Israel. 3.13 →Ex.6.2-3. 3.14 Heb. ehyeh asher ehyeh = Seré el que Seré. →Ap.1.4,8. 3.14 Heb. ehyeh. Mismo caso, ver nota anterior →Jn.18.5-6.

 

Fuente: Biblia Hebraica Stuttgartensia