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Cuentistas del XIX

Nunca fui más amable con el anciano que durante toda la semana antes de matarlo. 

                                                                                       Edgar Allan Poe

Leopoldo Alas “Clarín” y las mujeres

 La mujer no es menos que el hombre, es otra cosa.

                        “Leopoldo Alas “Clarín”

Se trata de una ambigua indefinición en torno a la esencia de la mujer a la que nuestro autor ayudó a configurar con sus novelas y sus cuentos, dejando retratos  inolvidables en la literatura.

Dicen los estudiosos que el cuento español se consagra en los últimos años del siglo XIX, cuando el naturalismo despoja al relato breve de su carácter de ficción y lo hacen apto para reflejar los dramáticos sucesos de la vida cotidiana.

Leopoldo Alas Clarín, murió en el primer año del siglo XX, es por lo tanto un cuentista del XIX con todas sus esencias, que se ajusta a la perfección a este criterio pues, en sus cuentos y novelas, recrea agudos y a veces descarnados pequeños acontecimientos de una sociedad burguesa en los que predominan los retratos de mujeres atrapadas en una asfixiante condición femenina.

Parece haber intuido que, el siglo que empezaba cuando él nos dejó, sería el del encuentro con una mujer que se encara con el horizonte de su propia revolución y empieza a enfrentarse a una condición masculina, socialmente poderosa y firme hasta ser capaz de encontrar su propio y auténtico lugar en el mundo.

 

Margarita Socias en  «Otras» heroínas de la narrativa del XIX. La mujer en los cuentos de Clarín, desgrana magnifícamete una tipología de la cuentística de Leopoldo Alas Clarín  y su trato con las mujeres literarias.

 

Leopoldo Alias Clarín

 

 

El dúo de la tos 

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del

silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»

Leopoldo Alias Clarín
Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía… compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público.

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos… Un eco… en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era… ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen… ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy… si me deja la tos… ¡esta tos!… ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos…»

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle… ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto… como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

Este cuento forma parte del libro Cuentos morales

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Marcel Schwob, Vidas imaginarias

Marcel Schwob nació en el año 1867, en Chaville, pocos años antes de que comenzara la Belle Époque, unos años repletos de novedades, progresos y nuevas corrientes que se dispersaban y avanzaban a su paso por toda Europa. En su familia estaba rodeado de personas inmersas en la literatura y en la cultura en general, por lo que no es de extrañar que, pese a la temprana edad de su muerte (1905), fuese una persona de lo más erudita, un espíritu siempre curioso, en definitiva, una biblioteca andante. Tenía gran interés por la literatura inglesa; era un gran admirador de Robert Louis Stevenson y su trabajo, y por las lenguas clásicas, y todo esto se ve perfectamente reflejado en sus obras, cúmulo de imaginación, fantasía y erudición. En 1900 se casó con la actriz de teatro Marguerite Moreno, y pocos años más tarde, ya contaba con una salud delicada, conoció la muerte a causa de una fiebre.

Ilustración de Helena Braojos

Pese a ser una autor cuya huella literaria la podemos encontrar en obras de grandes autores como Faulkner, Bolaño o Borges (es necesario mencionar Historia Universal de la infamia y su similitud con Vidas imaginarias), su obra y su persona no son tan conocidas como cabría esperar. Se trata de un autor que ha depositado con maestría todo su bagaje cultural en su obra y ha conseguido que no parezca precisamente un amalgama de datos o historias ya contadas, sino la creación de una obra totalmente única, un choque, una novedad tanto en su época como en la nuestra, por eso quizás queda permanentemente un poco escondida.

En su obra Vidas imaginarias, Schwob nos va presentando capítulo a capítulo la vida de personajes históricos, personas reales, pero cuyos relatos de vida provienen de la imaginación del autor, nunca mejor dicho. Y así, la biografía tradicional se mezcla con la fantasía y sitúa al lector en un vaivén entre ambos mundos, la realidad y la ficción. Para Marcel Schwob el individuo era algo imprescindible, el individuo y sus excentricidades, aquello que hace que nos diferenciemos, ya que: «Las ideas de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus extravagancias» (Schwob, 1896). Frente al naturalismo que imperaba en aquella época y mediante el cual toda persona era resultado de sus circunstancias económicas e históricas y objeto de análisis, Schwob decidió lo contrario:

«El arte es contrario a las ideas generales; describe lo individual, persigue lo único, lo singular. No clasifica, desclasifica» (Schwob, 1896).

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Herman Melville

Sus inicios como maestro rural debieron parecerle a Herman Melville una enorme contradicción con su propia naturaleza, ya que muy pronto lo cambiaría por la navegación en los mares del sur para unirse a los marineros, a los pescadores; mezclarse con caníbales, amotinarse codo a codo entre los balleneros, atrapado en definitiva por la aventura de una vida salvaje de la que seguramente nunca más podría prescindir ni mucho menos encerrado en el despacho de burócrata en donde transcurrieron sus últimos años.
Herman Melville

Existen algunos momentos y ocasiones extrañas en este complejo y difícil asunto que llamamos vida, en que el hombre toma el universo entero por una broma pesada, aunque no pueda ver en ella gracia alguna y esté totalmente persuadido de que la broma corre a expensas suyas.
Herman Melville

Bartleby, el escribiente

En este relato, publicado en el año1853, se nos presenta como narrador un abogado que trabaja en su oficina de Wall Street, en Nueva York, con tres característicos empleados. Estos son Turkey; buen trabajador pero que, por las tardes, entre copiosas comidas y manchones de tinta no está de muy buen humor; Nippers, al contrario que su compañero, siempre de buen humor y educado por la tarde, pero irritado y enfadado por la mañana y Ginger Nut; un niño de doce años que se ocupa de los recados y de traer bizcochos y manzanas. Por si la particularidad de sus empleados no bastase para completar el equipo del abogado, quien empezaba a tener tanto trabajo que necesitaba manos nuevas, que de pronto aparece Bartleby, y al ver a este muchacho tan tranquilo y educado, no dudó en contratarlo de inmediato.

Todavía puedo ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada! Era Bartleby. (Melville, 1853).

Bartleby el escribiente
Ilustración de Helena Braojos

Cuando el abogado nos empieza a hablar sobre Bartleby, no sospechamos nada más allá de que es un trabajador eficiente aunque distante y ensimismado. Todo empieza cuando, letra tras letra, leemos: «preferiría no hacerlo». En un ambiente laboral tan exigente y con un ritmo tan continuo como el de Wall Street, aunque fuese a mediados del siglo XIX, no nos puede dejar de sorprender esta respuesta tan audaz a una petición tan sencilla, aunque también tediosa, como que les ayude a comprobar que los textos copiados están correctos. A partir de ese momento, yo, por lo menos, no podía dejar de preguntarme por qué, ¿por qué este tal Bartleby, aparentemente tan diligente, de repente «prefiere» no hacer esa tarea? ¿Por qué se niega? ¿Por qué desafía a su autoridad más inmediata? Creo que a mí misma me dejó tan sorprendida como al propio abogado, pero, al mismo tiempo, sentí admiración. La cadena de la eficacia y la producción se rompe. Lo hace de una manera tan educada, tan sencilla, tan sincera y honesta que, aunque el abogado se lo tenga que preguntar varias veces porque ni se cree lo que acaba de escuchar, esa impertinente frase se convertirá a partir de entonces en un mantra que el mismo abogado acabará por aceptar.

El mundo fuera de Bartleby se presenta como el mundo razonable, el único que tiene sentido, ese al que estamos acostumbrados, pero a él ni si quiera le apetece ser razonable, pero al mismo tiempo, parece una persona que hace las cosas de una manera tan consciente, tan serena, tan clara, que también debe tener razón en algo, o en todo. Pero aun en sus últimos momentos (no voy a decir cuáles son esas circunstancias), él sabe en qué lugar del mundo se encuentra, es él el que no duda, el que conoce su razón y nos deja a los demás a la deriva.

No fui yo quien lo traje aquí, Bartleby le dije profundamente dolido por la sospecha que estaba implícita en sus palabras. Para usted este debe ser un lugar vil. No ha cometido nada reprochable para estar aquí. Y vea, no es un lugar tan triste como uno podría pensar. Observe, allá está el cielo y aquí están los pastos.

Sé dónde estoy contestó, pero no hubiera dicho nada más y así lo dejé. (Melville, 1853).

Aquí encontrarás una clásica edición del cuento de Bartleby de la Editorial Austral

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Hans Christian Andersen -El abeto-

El abeto cuento de navidad
Autorretrato de Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen es el danés más universal. Nació a principios del siglo XIX en Odense y seguramente muy pocos saben que era de ese tranquilo país que hoy es Dinamarca. Tal vez se deba a que no tiene demasiada importancia cuál sea su origen o su nacionalidad, sencillamente es alguien con quien crecimos, lloramos, reímos, suspiramos o soñamos cuando éramos niños, pero también mucho tiempo después nos hemos visto reflejados en cada uno de los personajes que mágicamente surgieron de sus cuentos.
Para él la vida misma era un cuento de hadas maravilloso que no quería dejar de vivir, tal vez por eso cada noche dejaba junto a su cama un cartel en el que escribía: «no estoy muerto» y veía el día de su entierro como un alegre paseo para lo que dejó instrucciones precisas con respecto a la música que debía acompañarle:

La mayoría de las personas que caminarán detrás de mí serán niños, así que haga el ritmo con pasos pequeños.

El abeto cuento de navidadEl abeto

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto solo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.

Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.

«¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? ‒suspiraba el arbolillo‒. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros».

El abeto cuento de navidad
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Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo. Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.

En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.

¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?

En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:

‒¿No saben adónde los llevaron? ¿No los han visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

‒Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

‒¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?

‒¡Sería muy largo de contar! ‒exclamó la cigüeña, y se alejó.

‒Alégrate de ser joven ‒decían los rayos del sol‒; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.

Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos ‒y eran siempre los más hermosos‒ conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.

«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto‒. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».

‒¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! ‒piaron los gorriones‒. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas moradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.

‒¿Y después? ‒preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas‒. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?

‒Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.

‒¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? ‒exclamó gozoso el abeto‒. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.

‒¡Gózate con nosotros! ‒le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.

Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: ‒¡Hermoso árbol!‒. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:

‒¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.

Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?

Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes ‒nunca había visto el árbol cosa semejante‒ flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.

‒Esta noche ‒decían todos‒, esta noche sí que brillará.

«¡Oh! ‒pensaba el árbol‒, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».

Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!

‒¡Dios nos ampare! ‒exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.

«¿Qué hacen? ‒pensaba el abeto‒. ¿Qué ocurrirá ahora?».

Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.

Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.

‒¡Un cuento, un cuento! ‒ gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.

El hombre se sentó debajo de la copa.

‒Pues así estamos en el bosque ‒dijo‒, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.

‒¡Ivede-Avede! ‒pidieron unos, mientras los otros gritaban‒: ¡Klumpe-Dumpe!

¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.

El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando:

‒¡Otro, otro!

Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual.

«Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» ‒pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable‒. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.

«Mañana no voy a temblar ‒pensó‒. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de Klumpe-Dumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.

Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.

«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.

«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol‒. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?

«Ahora es invierno allá fuera ‒pensó‒. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».

«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.

‒¡Hace un frío de espanto! ‒dijeron‒. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

‒¡Yo no soy viejo! ‒protestó el árbol‒. Hay otros que son mucho más viejos que yo.

‒¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? ‒preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos‒. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?

‒No lo conozco ‒respondió el árbol‒; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros ‒. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: ‒ ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

‒¿Yo? ‒replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles‒. Sí; en el fondo, aquellos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.

‒¡Oh! ‒repitieron los ratones‒, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!

‒¡Digo que no soy viejo! ‒repitió el árbol‒. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, solo que he dado un gran estirón.

‒¡Y qué bien sabes contar! ‒prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquellos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.

‒¿Quién es Klumpe-Dumpe? ‒preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a estas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.

‒¿Y no sabe usted más que un cuento? ‒inquirieron las ratas.

‒Sólo sé este ‒respondió el árbol‒. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.

‒Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?

‒No ‒confesó el árbol.

‒Entonces, muchas gracias ‒replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.

Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».

Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.

«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.

«¡Ahora a vivir!», pensó este alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.

‒¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! ‒exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas. El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.

«¡Todo pasó, todo pasó! ‒dijo el pobre abeto‒. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol en pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

Fuente: Wikisource 
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Oscar Wilde

Tal vez, Oscar Wilde hubiese sido, de no nacer tan pronto, el prototipo perfecto del hombre del siglo XXI: ambiguo, bisexual, provocador, creativo, arrogante y amante de la estética. En todo caso y, a su manera, fue un buscador de la perfección que encierra la belleza más clásica y él lo sabía. Desencantado del mundo que, por entero le volvió la espalda, en sus últimos momentos aún tuvo el valor de brindar con el mejor champán porque, sin duda, él lo había conseguido.

Oscar wildeUn fracaso en amor es, para el hombre, como una misión cumplida. Los corazones están hechos para ser rotos.

 

El príncipe feliz

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Oscar Wilde
Archivo LHM

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio… ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita se sintió llena de piedad.

-¿Quién sois? -dijo.

-Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí, y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras, las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y, además, yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

-¡Qué hermosas son las estrellas -le dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre se había quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente.

¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!…

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia. Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto le llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

-He venido para deciros adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña. Y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que había visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerles felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata, por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando este no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde-. En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales. Y acabaron disputando.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

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Fuente Wikisource
Aprovecha tu tiempo libre  leyendo la historia del cuento en Cuentistas del XIX

El Miserere de Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. (Gustavo Adolfo Bécquer).

 

No debe quedar ninguna editorial sin publicar las obras de Bécquer que siguen estando tan vivas como el primer día. Esta portada de la editorial Bruño, mostrando el caminante sobre el mar del pintor alemán Caspar David Fiedrich, contiene todas las esencias del romanticismo.
Tal vez, si ese hombre solitario que contempla el pavor del mundo volviera la cabeza, su rostro fuera el mismo de Gustavo Adolfo Bécquer.
¿Fue el último romántico? Tal vez, pero leyéndolo hoy, en pleno siglo XXI, más bien podría parecer un adelantado a su tiempo.


El MISERERE

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fué que aunque en la última página había esta palabra latina tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fué sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todos, como maestoso, allegro, ritardando, piu vivo, á piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen… crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aulla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime; ó la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía… ¡fuerza!… fuerza y dulzura.

— ¿Sabéis qué es esto? pregunté á un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy á referiros.
I

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó á la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

— Yo soy músico; respondió el interpelado; he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse e, instigado por ésta, continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

— Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle á Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Domine! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fué hallar una forma musical, tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía, y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

— Después, continuó, de recorrer toda Alemania, toda Italia, y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno,  y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.

— ¿Todos? dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes: ¿a qué no habéis oído aún el Miserere de la montaña?

— ¡El Miserere de la montaña! exclamó el músico con aire de extrañeza: ¿qué Miserere es ese?

— ¿No dije? murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa: ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia, una historia muy antigua; pero tan verdadera como al parecer increíble.

Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡qué digo muchos años! muchos siglos, un monasterio famoso, cuyo monasterio, á lo que parece; edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.

Hasta aquí todo fué bueno; pero es el caso que este hijo, que por lo que se verá más adelante, debió ser la piel del diablo, sino era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había trasformado en iglesia, reunió unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a este quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.

Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adónde no se sabe, a los profundos tal vez.

Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

— Pero, interrumpió impaciente el músico, ¿y el Miserere?

— Aguardaos, continuó con gran sorna el rabadán , que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:

Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria, es que todos los años, tal noche como en la que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oyen como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el Tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

— ¿Y decís que ese portento se repite aún?

— Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

— ¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

— A una legua y media escasa… pero, ¿qué hacéis ? ¿Adonde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! exclamaron todos al ver que el romero levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse á la puerta.

— ¿Adonde voy? A oir esa maravillosa música, a oir el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:

— ¡Está loco!

— ¡Está loco! repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre, y se agruparon alrededor del hogar.

II

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos girones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero, que sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Trascurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

— ¡Si me habrá engañado! pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora, ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada… dos… tres… hasta once.

En el derruido templo no había campana ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había espirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó á iluminarse espontáneamente sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos chapiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Una vez reedificado el templo, comenzó a oirse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor el primer versículo del salmo de David:

¡Miserere mei, Domine, secundum niagnaní misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y

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solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de sus huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere.

In iniquitatihis conceptus sum; et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced á una trasformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monges se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y á través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto á la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al Trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Anditu meo dabis gaudium et lístitiam, et texultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

— ¿Oísteis al cabo el Miserere? le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

— Sí, respondió el músico.

— ¿Y qué tal os ha parecido?

— Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra casa, prosiguió dirigiéndose al abad; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese á su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba: ¡Eso es; así, así, no hay duda… así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos, y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fué imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte, y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

 Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me matev mea.

Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecían mofarse de mí con sus notas; sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no serán una locura?

Fuente:wikisource 

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Washington Irving

Un nómada americano

Un nómada americano
Archivo de LHM

Washington Irving fue un romántico, un viajero incansable, lector de piedras y paisajes que sugieren mundos para quien sabe mirarlos. Piedras y paisajes que entrañan pasados no resueltos, ensoñaciones, analogías y metáforas sobre quienes  los caminaron, dejando sus huellas dibujadas en el aire cuajado de mensajes. Porque hay un secreto oculto, aún en el más oscuro anonimato, nadie se va de dónde ha sido sin dejar caer una suave pluma que todo lo cambia.

Pero este autor no solo imaginó o escribió sobre Andalucía, Granada y su Alhambra, de hecho, es uno de los padres de la literatura norteamericana, construida sobre las tradiciones europeas, que llegaron por mar a la búsqueda de los nuevos mundos llenos de promesas pero también llenos de fantasmas.

 

 

Las puertas del infierno

A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa, ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, ¡ay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!

Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.

Este pequeño estrecho, tan poderoso, tan gritón, tan bebedor, capaz de sacar a uno de sus casillas, era un lugar de gran peligro para los antiguos navegantes holandeses, puesto que sacudía sus barcas en forma de bañera, deteniéndolas en remolinos capaces de marear a cualquiera que no fuera un holandés, o, lo que ocurría con frecuencia, colocándolas sobre rocas y restingas. Es lo que hizo con la célebre escuadra de Oloffre «El Soñador», cuando buscaba un lugar para fundar la ciudad de Manhattoes, con lo que, de puro avergonzados, decidieron llamar al lugar Helle-Gat (Puerta del Infierno), encomendándolo solemnemente al diablo. Desde entonces esa denominación ha pasado al inglés con el nombre correcto de Hell-Gate, que significa lo mismo, aunque algunos, que no saben inglés ni holandés, lo traducen por Hurl-Gate (Puerta o estrecho de los rizos). ¡Que San Nicolás los confunda!

En mi niñez el estrecho de Hell-Gate era un lugar que nos infundía mucho miedo, y en el cual emprendíamos peligrosas aventuras, pues tengo algo de marinero. En esos pequeños mares corrí más de una vez el riesgo de naufragar y ahogarme, en el curso de ciertos viajes a los cuales era muy aficionado, junto con otros chiquillos holandeses.

En parte por el nombre y en parte por diferentes circunstancias que se relacionaban con el lugar, éste tenía para los ojos de mis compañeros y los míos, quizá porque íbamos por allí cuando faltábamos a la escuela, un aspecto más terrorífico que el que presentaba Escila y Caribdis de los tiempos de Maricastaña.

En medio del estrecho, cerca de un grupo de rocas llamadas Las Gallinas y Los Pollos, se encontraba el casco de una embarcación que, atrapada por los remolinos, había encallado allí. Se contaba una terrible historia, según la cual era el resto de una embarcación pirata que se había dedicado a sangrientas empresas. No puedo recordar ahora en sus detalles ese relato que nos inducía a considerarla con gran terror, y mantenernos alejados de ella durante nuestras excursiones.

* * * * *

El desolado aspecto del casco abandonado y el terrible lugar donde acababa de pudrirse, eran suficientes para provocar las más extrañas ideas. Una parte del maderamen ennegrecido por el tiempo destacábase por encima de la superficie del agua en la alta marea; en la baja, quedaba al aire libre una parte considerable del casco mostrando el maderamen que carecía de las planchas de unión, pero que estaba cubierto de algas, por lo que parecía el esqueleto de algún monstruo marino. Todavía se mantenía erguido un pedazo de alguno de los mástiles, del cual colgaban algunas vergas y motones, que bailaban zamarreados por el viento, haciendo un ruido al que acompañaban los albatros, que giraban y gritaban alrededor del melancólico esqueleto. Tengo un vago recuerdo de un cuento, relatado por marineros, acerca de fantasmas que aparecían de noche en el casco, con el cráneo desnudo y fosforescencias azules en sus órbitas, pero he olvidado todos los detalles.

De hecho, toda esta región, como el estrecho ya citado de los tiempos de Maricastaña, era un lugar de fábula y encantamiento para mí. Desde el Estrecho hasta Manhattoes, las costas de aquel brazo de mar eran sumamente irregulares, llenas de rocas, entre las cuales crecían los árboles, que le daban un aspecto desolado y romántico. Durante mi niñez se relataban numerosas tradiciones acerca de piratas, fantasmas, contrabandistas y dinero enterrado, todo lo cual tenía un efecto maravilloso sobre las jóvenes mentes de mis compañeros y la mía propia.

Cuando llegué a la edad madura, efectué diligentes investigaciones acerca de la veracidad de estos extraños relatos, pues siempre he tenido mucha curiosidad por averiguar el fundamento de las valiosas aunque obscuras tradiciones de la provincia donde nací. Encontré infinitas dificultades para llegar a cualquier dato preciso. Es increíble el número de fábulas que hallé al tratar de establecer la verdad de un solo hecho. Nada diré de las Piedras del Diablo -sobre las cuales el archienemigo del género humano se retiró desde Connecticut hasta Long Island, a través del estrecho- en vista de que esta materia será tratada como merece por un contemporáneo con cuya amistad me honro, historiador al cual he suministrado todos los detalles. Tampoco diré nada del hombre negro con el sombrero de tres picos, sentado al timón de un bote y que aparecía en Hell-Gate durante el tiempo tormentoso; se llamaba el spooke; se dice que el gobernador Stuyvesaent disparó una vez con una bala de plata. Nada puedo opinar sobre esto por no haber encontrado ninguna persona de confianza que afirmase haberlo visto, a no ser la viuda de Manus Conklen, el herrero de Frogasnesk, pero la pobre mujer era un poco cegatona, por lo que es probable que se equivocara, aunque decían que en la obscuridad veía más lejos que la mayoría de la gente.

Sin embargo, todo esto era muy poco satisfactorio en lo que respecta a la leyenda de piratas y sus tesoros enterrados, acerca de lo cual yo tenía la mayor curiosidad. Lo que sigue, es lo único que he podido oír y que tiene ciertos visos de autenticidad.

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fuente: wikisource

Charles Dickens

Una luz que no se extingue

Charles Dickens
Archivo LHM

Gran parte de la obra de Charles Dickens fue el reflejo de su propia vida y especialmente de su infancia, áspera y difícil, que transcurrió en una Inglaterra inmersa en la revolución industrial del siglo XIX. 
Él encendió una luz en ese mundo oscuro y sórdido, reflejando el heroísmo y la generosidad que latía en el corazón de los más desfavorecidos, en medio de la hipocresía de una sociedad, que escondía bajo la alfombra la basura sobre la que se sostenían sus ambiciones. Con la literatura su vida dio un giro de 180 grados, adquirió fama y fortuna, pero no por ello dejo de ser un crítico mordaz sobre cuestiones vitales como la esclavitud o la pena de muerte. 

Dickens fue la semilla de un cambio que sigue siendo tan necesario ahora como lo era entonces, tal vez por eso  su obra es un inacabable bestseller.

 

EL MANUSCRITO DE UN LOCO.

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(TRADUCCION DE DICKENS.)

Sí…¡de un loco!

¡Cómo  hubiera herido mi corazón esta palabra hace algunos años!

¡Cómo hubiera despertado el terror, que de vez en cuando me acometía, haciendo que la sangre como el fuego corriera por mis venas, hasta que el frío hielo del temor en gruesas gotas cubría mi piel, y mis rodillas temblaban de miedo!

Ahora me agrada. Es un bello nombre. Mostradme al monarca cuyo iracundo entrecejo tanto intimide como el brillo de los ojos de un loco, y cuyo cordel y hacha sean jamás tan eficaces como las garras de un loco.

Sí, sí, es una gran cosa estar loco. Ser mirado como un feroz león entre las barras de hierro, y rechinar los dientes y ahullar las largas y silenciosas noches, a la alegre música de una pesada cadena, y rodar y bramar entre la paja, arrebatado con tan deliciosa armonía.

¡Hurra por la casa de los locos!

Me acuerdo de un tiem­po cuando temía estar loco; cuando me despertaba sobresaltado de mi sueño, y cayendo de rodillas rogaba a Dios que me liberara de la maldición de mi raza: cuando huía de la alegria y de la felicidad y me ocultaba en algún lugar solitario, y pasaba las pesadas horas observando el progreso de la calentura que debía consumir mi cerebro. Sabía que la locura estaba en mi misma sangre, hasta en el tuétano de mis huesos; que una generación había pasado sin que la pestilencia apareciese entre ellos, y que yo era el primero en quien debia revivir. Sabía que así debía ser, que así siempre había sido, y que así siempre sería; y cuando huía del contacto de mis semejantes a algún oscuro rincón; veía desde allí a los hombres hablar en voz baja y señalar y volver los ojos hacia mí, y sabía que se estaban refiriendo unos a otros la prescrita locura y, conociéndolo, en silencio gemía. Esto hice por años, largos, largos años fueron aquellos.

Las noches aquí son largas algunas veces, muy largas; pero nada son en comparación con las inquietas noches y terribles ensueños de aquel tiempo. Su recuerdo me estremece. Grandes, sombríos fantasmas con maliciosos rostros se sentaban en los rincones de mi cuarto y, de noche, se inclinaban sobre mí incitándome a la locura. Me decían en voces atronadoras que el suelo de la antigua casa en que murió el padre de mi padre, estaba aún manchado de su sangre, derramada por su propia mano en el furor de su locura. Me cubría los oidos con las manos, pero me gritaban y me gritaban hasta que el cuarto se estremecía con sus acentos, y por todas partes oía que, en la generación anterior a la suya, la locura durmió, pero que su abuelo habia vivido por años con sus manos entre grillos, para evitar que se hiciesen pedazos. Sabía que decían la verdad, lo sabía bien. Lo había descubierto hacia años, aunque me lo quisieron ocultar. Era demasiado astuto para ellos, loco tal como me creían. Al fin me atacó; y estraño como pude nunca haberla temido; ahora podía entrar en el mundo, y reír y gritar como el que más entre ellos. Sa­bía que estaba loco, pero nadie lo sospechaba. Como me regocijaba pensando en la partida que les estaba jugando a los mismos que me señalaban, y me miraban, cuando yo no estaba loco, cuando solamente temía que lo llegaría a estar.

Y me reía de gozo cuando estaba solo, y pensaba cuan bien ocultaba mi secreto, y cuan prontamente mis cariñosos amigos me hubieran abandonado si hubiesen descubierto la verdad.

Charles Dickens
Archivo de LHM

Gozaba más que en ningún otro goce cuando comía solo con algún alegre y bullicioso jóven en pensar de cuan pálido se hubiera vuelto, y cuan presurosamente hubiese corrido si hubiera averiguado que el querido amigo que estaba junto a él afilando su reluciente cuchillo, era un loco, con todo el poder y casi toda la voluntad de clavárselo en el corazón. ¡Era aquella una vida deliciosa! Tuve riquezas, nadaba en la opulencia, y me regocijaba en los placeres aumentados mil veces por el conocimiento de mi bien guardando secreto. Heredé un estado: la ley, la perspicaz ley habia sido engañada, y había entregado disputados millones en las manos de un loco.

¿Dónde estaba el entendimiento de los hombres sagaces que cuando estaba sano llegué á temer? ¿Dónde la destreza de abogados siempre ansiosos por descubrir una tacha? La astucia del loco los había vencido a todos. Tenía dinero: ¡Cómo me obsequiaban! Lo gastaba profusamente, ¡cómo me alababan!, ¡cómo aquellos tres orgullosos hermanos se humillaban ante mí! El anciano padre también. Tanta deferencia, tanto respeto, tanta amistad. ¡Ah!, así me adoraban.

El viejo tenía una hija y los jóvenes una hermana, y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la muchacha, vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes al pensar en su bien ideado proyecto y en su rica presa… a mí si que me correspondía sonreírme. ¡Sonreírme! Reírme a carcajadas, y arrancarme el cabello y rodar sobre el suelo con gritos de alegría. Lejos estaban de pensar que la habían casado con un loco. ¿Pero si lo hubiesen sabido la hubieran liberado?

¿La felicidad de una hermana contra el oro de un marido? La pluma más  ligera que sopla al aire, contra la luciente cadena que adorna mi cuerpo. En una cosa fui engañado a pesar de toda mi astucia. Si no hubiera estado loco (porque aunque nosotros los locos somos muy sagaces, solemos a veces descarriarnos), hubiera sabido que la muchacha prefería la oscuridad y la frialdad de la sepultura al lujo y esplendor de mi mansión. Hubiera conocido que su corazón latía por el bello jóven cuyo nombre le oí una vez articular en su inquieto sueño; y que ella me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del anciano y de los orgullosos hermanos. No recuerdo ahora las formas ni los rostros; pero sé que la muchacha era hermosa. Sé que lo era, porque en las claras noches de luna, cuando despierto de mi sueño y reina un pavoroso silencio alredor mío, veo allí, inmóvil, en aquel rincón de mi celda, una pequeña y gastada figura con largo cabello negro, que, lacio sobre sus espaldas, ningún viento terrestre hace ondear ni por un momento y ojos que, fijos en sus órbitas, jamás dejan de mirarme. Ah! la sangre se hiela en mi corazón al escribir esto: aquella forma es la suya; las mejillas están muy pálidas, y los ojos cristalizados; pero los reconozco bien.

Jamás esa criatura se mueve; jamás frunce las cejas ni mueve los labios ni hace gestos como los demás que se hallan aquí: pero es mucho más terrible para mí, más terrible aún  que los espíritus que me incitaron muchos años ha, porque viene fresca de la tumba. Hace cerca de un año vi ese rostro más y más pálido; durante cerca de un año vi las lágrimas correr por las lívidas mejillas, e ignoré la causa.

Al fin la descubrí. No pudieron ocultarmelo: nunca me había amado: de eso bien persuadido estaba: despreciaba mis riquezas; y odiaba el esplendor con que vivía; esto no lo esperaba: amaba a otro.

Jamás este pensamiento cruzó por mi mente. Sentimientos extraños se apoderaron de mí, y pavorosos y horribles pensamientos incitados por algún espíritu maligno giraron alredor y alrededor de mi cerebro: a ella no la odiaba, pero aborrecía a aquel por quien lloraba. Compade­cía, sí, compadecía la miserable vida a que el egoísmo y la insensibilidad de su familia la habían condenado.

Sabía que no podía vivir largo tiempo; pero el pensamiento de que antes de su muerte diese nacimiento a algún ser, destinado a legarle la locura a sus propios hijos, me decidió.

Resolví matarla. Por muchas semanas pensé envenenarla; después en ahogarla, y luego en quemarla.

Una hermosa vista sería la gran casa y la mujer del loco reduciéndose a cenizas. Y qué broma también ofrecer a la justicia un gran premio y ahorcar a un hombre en sana razón por un hecho que jamás cometió, y todo por efecto de la astucia de un loco. Pensé mucho en esto, pero al fin me aburrí de esta idea. ¡Oh! ¡qué placer afilar la navaja día tras día, palpar su punta y pensar en la herida que un solo golpe de este acero seria capaz de hacer! Al fin los espíritus que habían estado conmigo tantas veces antes, me dijeron al oído que el tiempo había llegado, y pusieron la navaja abierta en mi mano.

Asiéndola fuertemente me levanté con sigilo de la cama, y me incliné hacia mi dormida mujer. Su rostro estaba ocultado con sus manos; las desvié suavemente, y cayeron sobre su seno; había estado llorando, porque el curso de sus lágrimas aún estaba húmedo sobre sus mejillas.

Sereno estaba su rostro y al fijar mis ojos en él, una tranquila sonrisa separó sus labios. Con suavidad puse una mano sobre su hombro; se sobrecogió. Era efecto de un sueño pasajero. Volví á inclinarme hacia ella, gritó y se despertó. Un solo movimiento de mi mano , y jamás gesto o sonido hubieran vuelto a articular sus labios. Pero me sobrecogí y me retiré algunos pasos: sus ojos se fijaron en los míos, no sé en qué consistió; pero me acobardaron, me aterrorizaron.

Se levantó de la cama mirándome fijamente y con la mismn severidad, temblé: la navaja estaba en mi mano, pero no podía moverla; se dirigió a la puerta: al llegar a ella se volvió y apartó los ojos de mí. El hechizo, el magnético influjo de su mirada dejó de existir: me arrojé sobre ella, y la cogí por el brazo. Exalando grito tras grito cayó al suelo sin sentido. Entonces pude haberla matado, sin una lucha, sin un esfuerzo; pero la casa estaba alarmada. Oi pasos en los escaleras, coloqué la navaja en su sitio, y abriendo la puerta pedí socorro a grandes voces, Vinieron, la levantaron, y la colocaron en la cama: allí estuvo privada de animación por horas, y cuando la vida, la mirada y el habla la fueron devueltas, la razón la había abandonado y una espantosa y frenética locura la habia acometido.

Médicos acudieron, hombres grandes que llegaron a mi puerta en lujosos carruajes con hermosos caballos, y criados con librea. Semanas enteras pasaron a su cabecera: tuvieron una gran junta, y en bajas y solemnes voces consultaron en un cuarto lejos del dormitorio. Uno, el más hábil y más célebre entre ellos, me llevó a un lado, y disponiéndome para oír lo peor me dijo a mí—el loco­—que mi mujer estaba loca. Estaba junto a mí en una abierta ventana, sus ojos fijos en mi rostro y sus manos sobre mi hombro.

Con un solo esfuerzo podía haberlo arrojado a la calle: me hubiera divertido extraordinariamente haciéndolo; pero hubiera descubierto mi secreto, y este temor me hizo renunciar a mi deseo. Unos cuantos días después me dijeron que debia ponerla bajo restricción: yo fui al campo donde nadie podía oírme, y allí estuve hasta que el aire resonó con mis carcajadas.

Murió al dia siguiente: el anciano la siguió a la tumba, y los orgullosos hermanos derramaron una lágrima sobre el insensible cadáver de aquella cuyos sufrimientos habían mirado durante su vida con músculos de hierro. Todo esto era alimento para mi alegría secreta, y me reía ocultando el rostro con el pañuelo blanco cuando volvíamos del entierro, hasta que las lágrimas me vinieron a los ojos; pero aunque yo había conseguido mi objeto , y la había matado, estaba inquieto y conocía que antes de mucho tiempo mí secreto seria descubierto No podía ocultar por más tiempo el salvaje gozo que sentía cuando estaba solo en casa, saltaba, golpeaba las manos y bramaba con ruidosos acentos. Cuando salía, y veía las calles llenas de transeúntes, o iba al teatro, y oía música o veía las bailarinas, sentía tanto júbilo que me hubiera arrojado entre ellos, y los hubiera destrozado, aullando con mi arrebato.

Pero rechinaba los dientes, pateaba, y dando las uñas en mis manos, sofocaba mi furia, y nadie sabía que estaba loco.

Había salido. Era entrada la noche cuando llegué a casa, y encontré al más  altivo de los tres altivos hermanos que dijo me estaba esperando para hablarme sobre asuntos urgentes. Aborrecía a aquel hombre con todo el aborrecimiento de un loco. Muchas y muchas veces habían deseado mis manos desgarrarlo: me dijeron que me esperaba, voté en su presencia. Tenía que hablarme, despedí a los criados; era tarde y nos quedamos solos por la primera vez en nuestra vida.

Evité mirarlo al principio, pero conocía lo que él estaba lejos de imaginar, y me regocijaba en ello; que la locura brillaba como ascuas en mis ojos. Permanecimos callados por algunos momentos: él fue el primero en romper el silencio; mi reciente disipación y extraños discursos después del fallecimiento de su hermana, eran un insulto a su memoria: y recopilando varias circunstancias que al principio no había observado, creyó que la había maltratado. Exigió saber si tenía razon en inferir que yo trataba de insultar su memoria, y manifestar desprecio hacia su familia. Era debido al uniforme que usaba el exigir esta esplicacion. Este hombre tenía una capitanía en el ejército, una capitanía com­prada con mi dinero y la miseria de su hermana. Este era el hombre que había sido el primero en el complot para engañarme y arrebatarme mis riquezas. Este era el hombre que había sido el principal instrumento para forzar a  su hermana a casarse conmigo, sabiendo que su corazón era de otro. ¡Debía su uniforme a la librea de su degradacion! Dirigí mis ojos hacia él, no lo pude remediar ; pero no proferí una palabra: observé el repentino cambio que se apoderó de él con el influjo de mi mirada. Era un hombre arrojado y valiente, pero le abandonó el valor, y desvió su silla; acerqué la mia: y riéndome porque rebosaba de alegría, entonces lo vi estremecerse.

Senti la locura despertarse en mí, y conocí que el altivo hermano me temía.

—¿Amabas mucho a tu hermana cuando vivía? le dije.

—Mucho, mucho.

Miró inquietamente alrededor, y vi su mano asir el espaldar de la silla, pero permaneció callado.

—Villano, le dije, te descubrí, he descubierto tu infernal complot contra mí; sé que su corazón estaba dado a otro antes de que la obligaran a casarse conmigo.

―Lo sé, lo sé.

Se levantó precipitadamente, y blandiendo la silla en el aire, me mandó retirarme; pero me cuidé de apresurarme cada vez más.

Gritando más bien que hablando, porque sentía en mi pecho el remolino de mil tumultuosas pasiones, oía la voz de·los antiguos espíritus incitándome a despedazarle el corazón.

Maldito seas, exclamé arrojándome sobre él; yo la maté, yo soy un loco: !muere! ¡Sangre, sangre, sangre! ¡tengo sed de ella!

Con un ruido espantoso rodamos en el suelo juntos. Fue una lucha horrorosa, porque él era un hombre robusto y fuerte, luchando por su vida, y yo un poderoso loco, sediento de destruírsela.

Sabía que ninguna fuerza se podía igualar a la mía, y tenía razon aunque loco. Su lucha cesó: me arrodillé sobre su pecho y lo así fuertemente por el nervudo cuello. Su rostro se amorató, sus ojos parecían querer saltar, y su saliente lengua parecía mofarse de mí: entonces apreté con mas fuerzas.

La puerta fué repentinamente abierta, y un tropel inmenso se introdujo en mi cuarto exclamando: —¡asegurad al loco!

Mi secreto estaba descubierto, por lo único que luchaba ahora era por la libertad. Recobré fuerzas antes de que una mano se pusiera sobre mi, y arrojándome sobre los que me acometían, y aclarando el paso con mi fuerte brazo, como sí llevara un hacha en mi mano me abrí camino entre ellos. Llegué a la puerta y en un instante estuve en la calle. Corría con tal velocidad, que ninguno se atrevió a pararme; oía el ruido de sus pasos detrás, y corría con más rapidez.

Cada vez se fueron alejando más y más, hasta que al fin los dejé de oír. Adelante seguía, atravesando pantanos y riachuelos, sobre collados y paredes, exhalando feroces aullidos. Iba conducido en brazos de demonios que se resbalaban sobre el viento, y atravesaba llanos y montes mientras me mareaban con las vueltas que me hacían dar en su delirante e incansable afán, hasta que turbaron mis sentidos , y al fin me arrojaron lejos de sí con una violenta sacudida y caí pesadamente sobre la tierra. Cuando desperté, me encontré aquí, en este alegre calabozo, donde los rayos del sol raramente penetran y la luna se introduce en rayos tan débiles, que solamente sirven para demostrarme las oscuras sombras a mi alrededor y esa silenciosa figura en su eterno rincón. Cuando me hallo desvelado oigo con frecuencia extraños aullidos y gritos de diferentes sitios lejanos de ese lugar. De dónde proceden, lo ignoro; pero no los exhala aquella pálida figura, ni tienen ninguna conexión con ella. Porque desde las primeras sombras de la tarde hasta las más temprana luz de la mañana, permanece sin movimiento en el mismo sitio, escuchando la música de mi cadena de hierro, y observando mis movimientos de júbilo en mi lecho de paja.

Al fin de este manuscrito, se leía en otra letra esta nota:

La historia del desgraciado cuyos delirios han sido trazados aquí por su propia mano, es un melancólico ejemplo de los perniciosos resultados de pasiones mal dirigidas en la primera edad, y excesos prolongados hasta que sus consecuencias jamás encontraron reparación. El excesivo desenfreno, disipacion y vida degradada de su juventud produjeron fiebre y delirio. Los primeros efectos del delirio, fueron la creencia fundada sobre la bien sabida teoría médica, tan fuertemente disputada tanto por unos como por otros, que una locura hereditaria existía en la familia. Esto produjo una continua melancolía, que con el tiempo llegó a degenerar en una mórbida demencia, y finalmente terminó en una espantosa locura.―Hay muchos motivos para creer que los acontecimientos referidos, aunque desfigurados por su extraviada imaginación, realmente acontecieron. Lo único que extraña a los que atestiguaron los vicios de su temprana carrera, es que sus pasiones ya no contenidas por la razon, no lo condujeran a cometer aún más espantosos crímenes.

El texto ha sido obtenido de wikisource.
Las modificaciones se reducen a algunos giros lingüísticos y a la acentuación de acuerdo con la gramática española.

 

 

“La muerta” Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

Fue un personaje caótico, misántropo, deportista incansable, abusó de todos los placeres y vicios mundanos y murió joven aquejado de la locura que le produjo la sífilis. En definitiva, fue un vividor de corta vida, con el mérito de haber dejado una extensa colección de cuentos de géneros muy diversos, escritos con una técnica narrativa impecable.

Como la  generación de escritores con quien comparte glorias está encuadrado en el realismo literario, ese intento de reflejar en sus escritos la realidad que vivieron, por más desgarradora que esta pudiera ser y, en “La muerta”,  Maupassant deja bien claro como sintió esa sociedad decepcionante e hipócrita  hasta con los más sagrados sentimientos…

 

los 301 cuentos y algunos textos no clasificados están recogidos por la editorial Páginas de Espuma en unos volúmenes imprescindibles en tu biblioteca de escritor.

Fuente:  Pagina de Espuma 

 

La muerta

La había amado desesperadamente 

¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua en un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor solo tiene una que siempre es la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía y tosió durante una semana y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba. Pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: «¡Ah!» ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque si recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a Paris y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que quedaba de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su pie, y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de salir a la puerta pase junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal –en aquel liso, enorme, vacío cristal– que la había contenido por entero y la había poseido tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esa breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Que pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la cuidad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son más numerosos los vivos que los muertos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides y comer lana de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterraran a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado por carne humana.

Yo estaba solo,  completamente solo. De modo que me acurruque debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel espacio de muertos. Camine de un lado para otro, pero no logré encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi lecho, incluso con mi cabeza sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Solo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! y todavía oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadaveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuanto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

“La muerta” Guy de Maupassant

 

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol, sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Lugo apareció el muerto, un esqueleto desnudó, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a los cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borro lentamente y con las cuencas de sus ojos contemplo el lugar donde habían estado gravadas, a continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, con las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo.:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.

 Cuando terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamaos irreprochables. Todos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba o fingía ignorar mientras estaban vivos.

Pensé que ella también había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadaveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermo de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

 

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Edgar Allan Poe

El niño que contemplaba las estrellas…

 

Y esa  fue su afición desde la infancia. Pero lo que ha trascendido de Edgar Allan Poe, además de su innegable genio literario, ha sido su locura, sus adicciones, su visión distorsionada de la realidad. Después de su desaparición, y aún hoy en día, corren versiones disparatadas sobre su extraña muerte. 

¿Quién sabe? Posiblemente, según sus propias palabras:

Una mentira viaja alrededor del Edgar Allan Poe

mundo mientras la verdad se pone las botas.

 

Porque hay algo que sí es verdad y es que, con su última obra, “Eureka”, dejó bien claro en qué ocupaba su tiempo: sus dotes de observación y su capacidad de análisis, le permitieron sacar  conclusiones  sobre los secretos que se esconden en la  inmensidad del universo, evidenciados muchos años después de su muerte. El tiempo ha demostrado que no eran las alucinaciones de un loco, sino las certeras visiones de alguien con una  prodigiosa intuición.

Tal vez era en la oscuridad y en el silencio de los espacios siderales, a los que accedía con su portentosa imaginación, en donde Edgar Allan Poe se encontraba con los personajes que dieron vida a sus extraordinarios cuentos.

 

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LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA

La “Muerte Roja” había devastado largo tiempo la comarca. Jamás epidemia alguna habíase mostrado tan horrenda ni fatal. La sangre era su distintivo y su Avatar el horror bermejo de la sangre. Producía agudos dolores, vértigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de los poros, y la descomposición final. Las manchas escarlatas en el cuerpo,  y especialmente en el rostro de las víctimas, eran el entredicho fatal que las arrojaba lejos de la asistencia y simpatía de sus semejantes. Y el ataque de la peste—su proceso y su terminación—era solo cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era afortunado, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios se encontraron despoblados por mitad, convocó a su presencia a un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y damas de su corte, y retiróse con ellos a la reclusión más completa en una de sus almenadas abadías. Era ésta de amplia y magnífica estructura, creación de la propia augusta y excéntrica fantasía del monarca. Circundábanla fuertes y elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que entraron los cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y quedaron soldados los cerrojos. Habíase resuelto no dejar medio de ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenesí o desesperación de los que se hallaban dentro. La abadía estaba ampliamente aprovisionada; y con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el temor al contagio. El mundo exterior podía cuidar de sí mismo. Al mismo tiempo era locura apesadumbrarse o pensar en ello. El príncipe había previsto todas las formas de placer. Había bufones, trovadores, bailarines de ballet, músicos, vino y belleza. Todo esto y la salvación se hallaban dentro. Fuera quedaba la “Muerte Roja.”

Hacia la terminación del quinto o sexto mes de aislamiento, y mientras la peste arrasaba furiosamente afuera, el príncipe Próspero entretenía a sus amigos con un baile de máscaras de inusitada magnificencia.

La máscara de la muerte roja
Natalia Montalat para LHM

 

Era una escena voluptuosa, en verdad, esta mascarada. Pero, ante todo, dejadme describir los salones en que se realizaba. Eran siete cámaras, todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de dobleces se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda abarcarlas en toda su extensión. Pero aquí todo era muy distinto, como podía esperarse de la afición del duque por lo bizarro. Las habitaciones estaban tan irregularmente dispuestas que la visual podía abrazar muy poco más de una al mismo tiempo. Presentábase una curva aguda cada veinte o treinta yardas, y a cada curva, el aspecto era completamente diferente. A la derecha y a la izquierda, en el centro de los muros, una estrecha y elevada ventana gótica, daba a un pasillo cerrado que seguía las revueltas del departamento. Estas ventanas eran de vidrios de colores en combinación con el tono dominante de la decoración de la cámara sobre la cual se abrían. La del extremo oeste, por ejemplo, estaba entapizada de azul; y de azul vívido eran los cristales de las ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de púrpura, y aquí los cristales eran color de púrpura. La tercera cámara era verde, e igual color ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y alumbrada en tono anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado. La séptima habitación estaba severamente revestida de tapicerías de terciopelo negro que cubrían el techo y caían a lo largo dé los muros en pesados pliegues sobre una alfombra de igual color e idéntico tejido. Pero, en esta cámara solamente, el color de las ventanas no correspondía al matiz de la decoración. Los cristales eran allí escarlata, de un tono vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete habitaciones había lámpara o candelabro alguno entre la profusión de adornos de oro esparcidos acá y allá o pendientes del techo. No se veía luz de ninguna clase que emanara de arañas o bujías dentro de las cámaras. Pero en los corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un pesado trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantásticas apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cámara negra, el efecto del fuego que corría sobre las negras colgaduras, penetrando a través de los cristales teñidos de color de sangre, era extraordinariamente lúgubre, y daba tan sombrío aspecto a la figura de los que entraban, que muy pocos de la compañía eran suficientemente intrépidos para traspasar sus umbrales. En esta pieza había también un gigantesco reloj de ébano que se erguía apoyado contra el muro occidental. Su péndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y cuando las manecillas habían recorrido todo el circuito de la esfera y la hora iba a sonar, venía desde las profundidades bronceadas del reloj un sonido alto y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de entonación y énfasis tan peculiares que, a cada lapso de una hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a detenerse instantáneamente en su ejecución para escuchar el sonido; y los bailarines cesaban en sus evoluciones; todo lo cual provocaba un breve desconcierto en la alegre compañía; pudiendo observarse que mientras los ecos del reloj vibraban todavía, los más jóvenes palidecían, y los de mayor edad y más serenos pasaban su mano por la frente como en medio de algún confuso ensueño o meditación. Mas apenas cesaba la vibración, ligeras carcajadas brotaban por todas partes en la asamblea; los músicos mirábanse unos a otros y sonreían de su propia nerviosidad y locura, comprometiéndose mutuamente en voz queda a que la próxima campanada del reloj no les produciría emoción semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos (que representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela), repetíase el sonido del reloj, y repetíase igual desconcierto, el mismo temblor y meditación de una hora antes.

Pero, a pesar de todo, era aquélla una brillante y magnífica fiesta. La estética del duque era original. Tenía un gusto refinado para la combinación de efectos y colores. Desdeñaba la decoración que sólo se gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus concepciones ostentaban bárbaro esplendor. Algunos le habrían calificado de loco. Sus admiradores, sin embargo, sabían que no era así; pero se hacía necesario oírle, verle, y palparle para estar seguros de que se encontraba en su juicio.

El príncipe había dirigido personalmente, en su mayor parte, la decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su gran festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho brillo y relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que de entonces acá se ha observado después en Ernani. Encontrábanse figuras arabescas con miembros y accesorios extraños. Había fantasías delirantes como las creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho de ingenio, mucho de bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que podía inspirar aversión. Acá y allá en las siete cámaras discurrían muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que la música descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco, dio la hora el reloj de ébano colocado en el salón de terciopelo. Y entonces todo quedó silencioso y en suspenso, dejándose oír únicamente la voz del reloj. Los desvaríos quedaron rígidos y helados en su inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas, cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa ligera, velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se deslizan por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas por los rayos que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se aventura hasta el séptimo salón hacia el occidente; porque la noche avanza; y una luz más bermeja penetra a través de los rojos cristales; y la negrura de la tétrica drapería causa pavor; y todo aquel que huella la negra alfombra de la cámara escucha resonar las campanadas del reloj de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que el que perciben los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones más lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar, hasta que al cabo brotó del reloj el son de medianoche. Y entonces se suspendió la música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los bailarínes y reinó como antes una medrosa paralización de la alegría. Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto aconteció quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la imaginación de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por esto aconteció también que, antes de que el eco de la duodécima campanada hubiérase hundido en el silencio, muchas personas advirtieran la presencia de un enmascarado que no había llamado hasta aquel momento la atención de los circunstantes. Y habiéndose extendido en un cuchicheo el rumor de su aparición, levantóse en toda la sociedad un expresivo zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobación, primero, de terror; de horror, y de repulsión finalmente.

Podría suponerse que en una reunión de fantasmas como la que he descrito, ninguna aparición ordinaria tendría el poder de excitar tal sensación. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna parecía extraordinaria; pero el personaje en cuestión mostrábase más herodiano que el propio Herodes; y había traspasado los límites, casi indefinidos, del decoro del príncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse sin emoción siquiera sea en el corazón de los más empedernidos. Aun respecto de aquellos completamente abandonados, para quienes la vida y la muerte son igualmente burlescas, hay ciertos temas en los cuales no es permitido bromear. Toda la compañía parecía profundamente convencida de que en el porte y disfraz del extranjero no existía ingenio ni oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta de arriba abajo en atavíos funerarios. La máscara que ocultaba su semblante tenía tal semejanza con el aspecto de un cadáver, que el más minucioso escrutinio habría tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo esto podía haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados al sarao; pero el enmascarado había ido hasta asumir el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre; y el ancho rostro ostentaba en todas sus facciones las señales del horrible escarlata.

Cuando las miradas del principe Próspero cayeron sobre este atroz fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para caracterizar mejor su papel, discurría acá y allá entre los concurrentes, viósele convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o de repulsión; pero inmediatamente su faz enrojeció a impulsos de la rabia.

—¿Quién se atreve?—preguntó con voz enronquecida a los cortesanos que le rodeaban;—¿quién se atreve a insultarmos con esta grotesca blasfemia? ¡Cogedle y desenmascaradle! ¡Veamos a quién hemos de colgar mañana desde las almenas al levantarse el sol!—

Encontrábase el principe Próspero en la cámara azul, hacia el este, cuando profería estas palabras. Su voz repercutió sonora y distintamente en las siete salas, pues el príncipe era hombre osado y vigoroso, y la música había callado a un movimiento de su mano.

Encontrábase en el salón azul con un grupo de pálidos cortesanos a su alrededor. Mientras pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un ligero movimiento del grupo hacia el intruso que se encontraba al alcance en aquel momento; y quien entonces, con firme y deliberado paso, se aproximó al que hablaba. Pero, debido al desconocido pavor que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, ninguno se atrevió a poner la mano sobre él; de modo que pudo acercarse sin obstáculos hasta una yarda de distancia de la persona del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo impulso, se recogía desde el centro hasta los muros de la habitación, dirigióse el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y mesurada que le distinguió desde el primer momento, del salón azul al púrpura; del púrpura al verde; del verde al anaranjado; de aquí al blanco; y siguió todavía al violado, sin que se hubiera hecho movimiento alguno para detenerle. Entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, atravesó precipitadamente las seis cámaras sin que nadie le siguiera, a consecuencia del terror mortal que les había sobrecogido. Llevaba en alto una daga desenvainada, y habíase acercado impetuosamente hasta tres o cuatro pies de la figura que huía, cuando al llegar ésta al extremo de la cámara de terciopelo, volvióse repentinamente e hizo frente a su perseguidor. Oyóse un agudo grito; el puñal resbaló centelleando sobre la negra alfombra en la cual, un instante después, caía postrado de muerte el príncipe Próspero. Entonces algunos de los asistentes a la fiesta, reuniendo el salvaje valor de la desesperación, precipitáronse a la cámara negra, y cogiendo al enmascarado, cuya alta figura continuaba erguida e inmóvil en la sombra del reloj de ébano, sintiéronse poseídos de indecible horror al encontrar que los ornamentos de la tumba y la máscara de cadáver que sacudían con violenta rudeza, no estaban sostenidos por forma tangible alguna.

Y entonces se reconoció la presencia de la Muerte Roja. Había entrado de noche como un ladrón. Y uno a uno se desplomaron en los salones regados de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano terminó con la del último de la alegre partida. Y el fuego de los trípodes se extinguió. Y la Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado sobre todo el reino.

Traducción de Carmen Torres Calderón Pinillos (1919)

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