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De un tiempo a esta parte

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

                                                      Jorge Luis Borges

                                                       Escritor argentino

 

Emília Pardo Bazán

Amar es un acto, no te fatigues en pensar, ama.

 

A esta célebre gallega se le anteponen todos los apelativos posibles que la convierten en una pétrea  figura de la historia del siglo XIX. Fue esposa, madre, amante, culta; fue condesa, cosmopolita, incansable polemista, feminista comprometida. En política militó  en las filas del carlismo y en literatura cultivó el naturalismo, fue introductora de la literatura rusa en nuestro país que asimiló con su especial inteligencia. Para darle mayor relevancia a su condición de mujer, con todo lo que eso conlleva, se cuenta que pudo ser coautora de algunos de los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós, o que los argumentos esgrimidos, en contra de sus pretensiones para ser aceptada como académica de la lengua, habían sido tales como que su trasero no cabía en los sillones de la Real Academia.
Seguramente fue ella misma, en su afán de ganarse la vida como profesional de la escritura, para lo que tuvo que recurrir a la notoriedad a cualquier precio y a un permanente “aquí estoy yo” de niña mimada, se buscó este olvido de lo fundamental que fue el ser una grandísima escritora.
Pero el tiempo siempre desempolva la verdad, y la verdad más sencilla, al margen de todo el argumentario en su favor, es que doña Emilia fue una excelente y prolífica escritora de cuentos en los que, como pequeños retazos de sentimientos que desbordaban los cánones en los que se desenvolvían su vida y su quehacer literario, destacan su perspicacia, su imaginación, su sensibilidad  y por supuesto un poquito de la magia de esas meigas de su tierra natal en donde, al parecer, siempre han abundado.
En los Cuentos Góticos publicados por Uve Books en 2018  
https://uvebooks.com/producto/cuentos-goticos/
se hace una recopilación de algunos de sus relatos de misterio. Pero hubo muchos, muchos más…


El alma de sirena

Ya los cipreses del campo santo no resaltaban sobre fondo de púrpura, sino sobre el lánguido matiz de agua marina que precede a la obscuridad. Leonelo, llevando en un cestillo su cosecha de flores de muerte, salió del recinto, y por el sendero, apenas abierto entre la hierba húmeda, se dirigió a la quinta, en cuyas vidrieras aún espejeaba el último rayo del sol poniente.

Llenaban y acentuaban la soledad ruidos extraños, cadencias amortiguadas, suaves, que sugerían algo no perceptible para los sentidos. Eran quizás susurros de follaje estremecido por los dedos de sombra de la noche; revueltos de aves acomodándose en el nidal, para dormir erizando sus plumas; quejas flébiles del agua, que en las horas nocturnas solloza libremente, sin tener que reprimirse ante la alegre y burlona mirada del sol; resonancias del mar en la no lejana playa, propagadas en el aire tranquilo, con fúnebre solemnidad de hondo canto gregoriano, y, transmitidas de eco en eco, estrofas de cantares pastoriles, allá en el monte, donde se recogían al establo los lentos bueyes y las vacas de temblantes ubres. Leonelo se detuvo un instante, acortado de aliento, y se sentó en una piedra vieja, toda mullida de musgo, a escuchar aquel concierto vagamente difundido por los ámbitos del aire sosegado ya. De la cestilla ascendía aroma: Leonelo, al aspirarlo, sintió una embriaguez de recuerdos. Se levantó y continuó su camino.

Pasó la verja de la quinta. Moro, el perro de guarda, le recibió con la alegre y humilde efusión de costumbre. Todas las puertas estaban abiertas; en la salita, sobre la gran mesa de rudo castaño, el criado había puesto la encendida lámpara, y contra su tubo de cristal, las falenas, idealistas empedernidas, soñadoras de la luz, se destrozaban las alas de polvillo de plata y los coseletes de felpa, cayendo abrasadas en un éxtasis de martirio. Leonelo se encajó en el sillón de cuero lustrado por el uso, y colocó ante sí el ligero cesto de mimbres: las flores cortadas lo colmaban en gracioso y artístico desorden.

—¡Las mismas flores, las mismas que crecen a la orilla de la presa del molino, en el sendero, en los matorrales de la linde, en cada rincón! —murmuró alto, con asombro inmenso.

Hasta aquel instante no se había dado cuenta del hecho sencillo y maravilloso: las flores del campo santo eran exactamente idénticas a las otras, a cualesquiera. Las manzanillas tenían el propio olor amargo, igual blancura abrasada en el centro por toque súbito de rubor; las trigueñas madreselvas, igual penetrante aroma; las cicutas, el eterno oro vivaz de sus pétalos; las digitales, la habitual primorosa elegancia de sus campanas atigradas y velludas. ¿Era posible que no se diferenciasen de las que sólo absorbían jugos de terruño, aquellas flores nutridas con la sustancia de alguien que le había amado a él, que le había amado tanto, hasta la última hora del vivir?

Sobre la fosa de Sirena —fue depuesta en tierra, hasta sin ataúd, por su expresa voluntad— brotaban aquellas flores que Leonelo contemplaba fascinado, a las cuales preguntaba secretos de la región desconocida. Si el mundo fuese algo más que incoherente sueño; si bajo las apariencias estuviese oculta la raíz sagrada de la verdad, las flores que Leonelo revolvía con diestra febril debían manar sangre y gotear llanto. No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.

Por la ventana, abierta sobre el cortinaje movible y frondoso del jardín, entró con ímpetu algo negro, que vino a batir contra la lámpara y mató la luz, arrancándola un estertoroso gemido. La sala quedó a obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos para siempre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía.

Cuando recobró el conocimiento, el criado estaba allí; había vuelto a encender la lámpara, cerrado la ventana, y a toallazos aturdido el murciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca.

«¡Un avechucho horrible! —pensó dolorosamente Leonelo—. ¡No fue tampoco el alma de Sirena la que me acarició la cara!»

Se levantó vacilando; se dirigió a su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cama una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó a la lámpara y surgió una figurita con traje blanco, encuadrada en una orla de castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatura, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas sienes deprimidas, aquellos ojos? ¡No; los ojos de Sirena no podían retratarse! ¡Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que terminaban en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado a copiar un fugaz momento de expresión del mirar de Sirena; tal vez aquel en que, pudorosa o fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicamente en las anchas pupilas el agua muerta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoyó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su corazón.

Lo sintió desigual, ora precipitado y violento, ora desmayado, torpe, confuso. Ya se activase, ya se adurmiese, causaba a Leonelo un dolor sordo, fijo, cual si una mano estuviese comprimiendo la víscera, sin estrujarla, gozándose en percibir y prolongar el sufrimiento. Dominando la sensación flotaba en el cerebro la idea triste: «No la encuentro, no la encontraré en ninguna parte, nunca. Es inútil que llame a su alma; no está ni en las flores, ni en el aire, ni en la placa de marfil de una miniatura…» Como si desde lejos le respondiesen, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: «Aquí.»

—¡Aquí! —repitió con alocada vehemencia Leonelo.

No podía dudarlo; el alma de Sirena, ¿dónde había de estar? Libre ya de su cuerpo, libre de toda traba, libre en absoluto, se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco a poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le obligaba al recuerdo. Quedamente, quedamente, zumbando de un modo sordo y fatídico, repetía:

—¡Aquí! ¿Por qué me buscabas fuera?

Fuente: wikisourse https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/e

 

 

Hermann Hesse

Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.
Lobo estepario 
                                   Herman Hesse
Los revolucionarios siempre son los poetas, ellos plantan la semilla en el corazón de los hombres

H.H. En Calw, su pueblo natal.

para que dé su fruto cuando el tiempo llegue. 

En los años 60 del siglo XX, la juventud descubrió los libros de Herman Hesse y esa mezcla de la desaforada búsqueda de la propia verdad de la mano del psicoanálisis, las drogas, el Oriente místico y lejano enfrentado a la cultura occidental, crearon el mito de este escritor que fue un buscador de lo auténtico de la naturaleza humana en una permanente búsqueda de la identidad personal, con la ruptura de los cánones sociales y un encuentro con el animal que vive en el interior del hombre.
Tal vez buscaba por propia necesidad existencial  la mística profundidad de la no religión.

Fue un escritor incansable con una copiosa obra puesta de manifiesto en sus afamadas novelas, en sus poemas, cuentos y relatos o cartas.
No en vano creía en la palabra escrita, sin ella es imposible la historia y sin ella no hay concepto de humanidad, pero él creía realmente que  donde hay que buscar para resolver los misterios de la vida es en el ensuciarse cada día entre el ruido y la confusión de lo humano.

 

 

Ampliamente traducido, editado y reeditado a lo largo de los últimos años, sus relatos cortos son muy apreciados y conocidos por los amantes de la literatura. Una buena selección de los fundamentales la  presenta la Editorial Alianza: 

https://www.todostuslibros.com/libros/cuentos_978-84-9181-543-3

 

 

 

 

 

F. Scott Fitzgerald -La era del jazz-

Cuenta Hemingway en París era una fiesta, que para sostener el estilo de vida al que Fitzgerald se veía obligado por su matrimonio con Zelda, tenía que escribir historias cortas para venderlas en revistas. Tal vez en aquella época de grandes guerras y grandes batallas solo podía concebirse la gran novela. Pero con esos cuentos, alguien como nuestro autor dejó un exquisito álbum fotográfico en blanco y negro de una sociedad americana que se despertaba, asombrada de sí misma, por todo lo que era capaz de lograr. Solo artistas como él pueden presentir lo efímero de todo logro.

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Y fueron cientos sus relatos, en algunos ensayaba posibles novelas. El propio autor dijo de uno de ellos, Absolución, que en él estaba el prólogo de El Gran Gatsby. Es evidente que el final de la novela ya había sido sentido de antemano.

El padre Schwartz frunció el ceño cuando de repente se le ocurrió algo.

—Pero no te acerques —le advirtió—, pues si lo haces solo sentirás el calor y el sudor de la vida.

Toda esa charla le parecía a Rudolph peculiarmente extraña y terrible, porque el hombre era un sacerdote. Permanecía sentado, semiaterrorizado, con los hermosos ojos muy abiertos clavados en el padre Schwartz. Pero, por debajo de su terror, sentía que sus propias convicciones íntimas se confirmaban. En algún lugar había algo inefablemente magnífico que no tenía nada que ver con Dios. Ya no creía que Dios estuviera enojado con él por su primera mentira, pues Él sin duda había comprendido que Rudolph la dijo para conseguir que la confesión fuera más incitante al realzar el carácter opaco de las faltas admitidas con algo radiante y lleno de orgullo. En el momento en el que había afirmado lo inmaculado de su honor un estandarte de plata había sido desplegado al viento en algún lugar, se habían escuchado crujidos de cuero, brillaron en el sol espuelas plateadas y se reunió una tropa de hombres a caballo que aguardaban la aurora en una pequeña colina verde. El sol había hecho florecer estrellas de luz sobre sus pechos como en ese cuadro que había en su casa de los coraceros alemanes en Sedan.

Pero ahora el sacerdote estaba murmurando palabras desarticuladas y plenas de congoja, y el muchacho se sintió embargado de pánico. De improviso el horror se coló por la ventana abierta y la atmósfera de la habitación ya no fue la misma. El padre Schwartz se desplomó de repente sobre las rodillas y su cuerpo se echó hacia atrás contra una silla.

—Dios mío— exclamó con voz extraña, y cayó flácido sobre el piso.

Fragmento de “Absolution” Published in: The American Mercury Collected in All the Sad Young Men  en 1926

 

Pero hubo muchos más… el Hollywood que le acogiera le ha convertido en un escritor mítico, en Cuentos de la Era del jazz, publicado por la editorial Montesinos se guardan algunas joyas que conviene leer.

https://www.editorial-montesinos.com/clasica/2950-cuentos-de-la-era-del-jazz-9788496831957.html

 

 

 

Katherine Mansfield

      “El estado de indiferencia es realmente ajeno a mi naturaleza”

Katherine Mansfield

Fue deudora de Antón Chekhov e inspiradora de Virginia Wolf.

Dicen que hay escritores que representan un punto de inflexión, un cambio de “era” y que esta autora lo representa. En sus relatos capta lo trascendente que puede llegar a ser lo cotidiano. Con ella se entra en los más recónditos rincones del alma mientras las manos, sencillamente, friegan los platos o arreglan las flores.

Katherine Mansfield nació en una pequeña ciudad de Nueva Zelanda y desde muy joven escribió relatos que publicaba en revistas colegiales, en su país y más tarde en Londres, dónde lo compaginaba con sus estudios de violonchelo. Su padre no le permitió dedicarse a la música de manera profesional que era lo que deseaba y rápidamente conectó con la vida bohemia, tan en boga en su época entre los artistas.

Tuvo una vida sentimental bastante azarosa, pero Ida Baker, escritora como ella, y a quien conoció a su llegada a Londres, la acompañaría hasta la prematura muerte de Katherine a los 34 años. Ida y John Middelton Murry, editor y su último marido, influirían mucho en su carrera como escritora; Murry fue el encargado de recopilar y publicar los relatos y otros escritos que habían quedado inéditos tras su muerte.

Alba editorial en su colección  Alba clásica– tiene publicada una interesante recopilación de los cuentos de esta autora de ineludible lectura.

 

 

 

LA MOSCA

—Aquí se está bien —dijo el viejo señor Woodifield y miró, como asomándose a la gran butaca de cuero verde, hacia el escritorio de su amigo el jefe; parecía un niño parado al borde de su cuna. La conversación había terminado. Era hora de irse. Pero él no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… huelga, la mujer y las hijas lo guardaban en casa, como embalsamado, todos los días de la semana, menos el martes. El martes lo vestían, lo cepillaban y le permitían pasar el día en la City. Qué hacía allí, era cosa que su mujer y sus hijas ni siquiera imaginaban. Dar lata a sus amigos, probablemente… Sea como fuere nos agarramos a nuestros últimos placeres como los árboles retienen sus últimas hojas. En ese momento el viejo Woodifield estaba sentado fumándose un cigarro y observando de vez en cuando al jefe que giraba en su sillón oficinesco, rollizo, rosado, cinco años más viejo que Woodifield, pero aún tan campante, todavía en la brecha. Resultaba un placer verlo.
Con alguna ansiedad y admiración, dijo la vieja voz:
—Palabra de honor que aquí se lo pasa uno muy bien.
—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe abriendo el Financial Times con un cortapapeles. Realmente le gustaba su despacho; le encantaba que lo admiraran, sobre todo que lo admirara el viejo Woodifield. Le causaba una profunda, firme satisfacción sentirse en el centro, a la vista de aquel rostro anciano y frágil que asomaba encima de la bufanda.
—Lo he remozado todo hace poco tiempo —explicó, de la misma manera que lo había explicado antes ¿cuántas veces? cada semana—. Alfombra nueva —y señaló la brillante alfombra roja con gruesos círculos blancos—. Muebles nuevos —e hizo con la barba un gesto hacia la maciza biblioteca y la mesa con patas que simulaban una melcocha retorcida—. ¡Calefacción eléctrica! —y casi se inclinó en un maravillado saludo a las cinco transparentes y perlinas salchichas que brillaban dulcemente en el braserillo de cobre.
Sin embargo no llevó la atención del viejo Woodifield a la fotografía que estaba en la mesa: un muchacho uniformado de aspecto formal posando ante uno de esos espectrales parques que ponen de fondo los fotógrafos, con tempestuosas nubes pintadas. No se trataba de algo nuevo en el cuarto. Llevaba seis años en el mismo lugar.
—Iba a comentarle una cosa —dijo el viejo Woodifield, y sus ojos se ensombrecieron recordando—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí esta mañana.
Sus manos empezaron a temblar y unas manchas rojas aparecieron entre sus barbas.
“Pobre hombre —pensó el jefe—, ya le queda poca vida.” Y, sintiéndose compasivo, le hizo un guiño y le dijo sonriente:
—Te confesaré que guardo aquí unas gotas de cierto licor que te sentará bien antes de salir al frío. Buenísimo. No dañaría ni a un niño.
Tomó una llave de su leontina, abrió una gaveta junto a su escritorio y sacó una obscura, panzona botella.
—Es medicina —dijo—. Y quien me la consiguió asegura, en estricto secreto, que procede de las bodegas del castillo de Windsor.
La boca del viejo Woodifield se abrió asombrada. No se hubiera sorprendido más si el jefe sacara un conejo.
—¿Es Whisky, verdad? —musitó con timbre aflautado.
El jefe dio vuelta a la botella y le mostró la etiqueta. Era Whisky.
—¿Sabes? En casa no me dejan ni olerlo —comentó el viejo mirando fijamente al jefe. Y cualquiera hubiera creído que se pondría a llorar.
—Bah, de esto entendemos nosotros más que las señoras —dijo el jefe, cogió dos vasos que estaban cerca, junto a una jarra de agua, y sirvió el licor gene- rosamente—. Bebe. Y no le añadas agua. Es un sacrificio aguar esta delicia. ¡Ah!
Se bebió su Whisky, sacó un pañuelo para limpiarse los bigotes rápidamente y miró de reojo al viejo Woodifield  que se deleitaba al tomarse el suyo manteniéndolo en la boca. Pasó el trago, estuvo silencioso un instante, y declaró fascinado:
—¡Esto es una gloria!
La gloria le dio calor a su helado cerebro de viejo y le hizo recordar.
—Ya sé lo que era —dijo levantándose—. Creí que te gustaría saberlo. Las niñas viajaron a Bélgica la semana pasada, fueron a visitar la tumba del pobre Reggie, y pasaron por la de tu hijo. Al parecer, sus tumbas están bastante cerca.
El viejo Woodifield se calló un momento, pero el jefe no repuso nada. Sólo un temblor en sus párpados insinuó que había oído.
—Las chicas quedaron encantadas de ver cómo cuidan ese lugar —silbó la voz del viejo—. Muy bien cuidado. No estaría mejor en nuestro país. ¿Tú no has ido nunca, verdad?
—No, no.
Por varias razones el jefe jamás había ido a Bélgica. —Hay leguas de campo podadas como un jardín.
Las flores crecen en todas las tumbas. Y unos senderillos preciosos.
Y se notaba en la voz cuánto le agradaban a Woodifield los senderos tan cuidados. Una nueva pausa. Entonces el viejo dijo vivaz:
—¿Sabes lo que pagaron las niñas en el hotel por un tarrito de mermelada? ¡Diez francos! A eso lo llamo un robo. Era un tarro chiquito, dice Gertrudis, de no más que media corona. Y sólo habían tomado una cucharada cuando cargaron diez francos a la cuenta. Gertrudis se llevó el tarro, para darles una lección. Me parece muy bien hecho. Comercian con nuestros sentimientos; piensan que si nos encontramos en otra parte, echando un vistazo, podemos pagar cualquier cosa. Así es.
Y se dirigió hacia la puerta.
—Muy bien, muy bien —exclamó el jefe, aunque no tenía idea de qué era lo que estaba muy bien. Se retiró de su asiento, siguió los vacilantes pasos hasta la puerta y se despidió del viejo. Woodifield había partido.
Por un largo rato el jefe permaneció sin mirar nada, quieto, de pie, mientras el recadero de la oficina, un hombre de pelo gris, lo miraba y se movía de un lado a otro como un perro que esperara un paseo. Por fin el jefe dijo:
—Durante media hora no veré a nadie, Macey. ¿Entendido? A nadie.
—Sí, señor.
Se cerró la puerta, los pasos seguros recorrieron otra vez la alfombra reluciente, el grueso cuerpazo se dejó caer en la silla, e inclinándose hacia delante, el jefe se tapó la cara con las manos. Quiso, decidió, intentó llorar…
Para él fue un golpe terrible que el viejo Woodifield hablara de la tumba del muchacho. Exactamente como si la tierra se abriera y hubiera visto a su hijo que yacía en ella, y las hijas de Woodifield mirándolo. Era extraño. Habían pasado más de seis años y el jefe nunca pensó en su hijo sino como si permaneciera inmutable, sin cambio, intacto en su uniforme, dormido para siempre. “¡Hijo mío!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas no llegaban. Antes, durante los primero meses y todavía años después de la muerte del muchacho, 1e bastaba pronunciar esas palabras para sentir una pesarosa angustia que sólo se aliviaba con un estallido de sollozos violentos. El tiempo, había dicho entonces a quien quisiera oírlo, no lo ayudaría. Tal vez otros hombres se consolarían, olvidarían, pero no él. No imaginaba un porvenir sin el chico La vida entera había llegado a no tener más sentido. De otra forma ¿cómo se hubiera negado a sí mismo esclavizándose, y soportar todos aquellos años sin la promesa de un hijo que siguiera sus huellas y continuara adelante cuando él se fuera?
Y esa promesa había estado cerca de realizarse. Antes de la guerra el muchacho había asistido un año completo a la oficina para aprender. Por las mañanas salían juntos; volvían en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones recibía como padre de aquel hijo! Nada raro. Se comportaba estupendamente. Y en cuanto a popularidad, desde los más importantes, hasta el viejo Macey, todos alababan al muchacho. Y el chico no era engreído, al contrario. Mantenía su personalidad viva, original, con la palabra adecuada para cada quien, con aquellos ojos infantiles y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”.
Pero esto se había esfumado como si jamás hubiera ocurrido. Llegó el día en que Macey le entregó el telegrama que le hizo sentir que se derrumbaba estrepitosamente el mundo a su derredor. Sentimos mucho comunicarle… Y salió de la oficina un hombre destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años… ¡Qué de prisa transcurría el tiempo! Se diría que había sido ayer. El jefe se quitó las manos de la cara: estaba turbado. Algo andaba mal. No sentía como hubiera querido sentir. Decidió levantarse y mirar la fotografía del muchacho. Pero no era una fotografía que le gustara; la expresión resultaba poco natural. Se veía frío, casi presuntuoso. El muchacho nunca había sido así.

En ese momento el jefe notó que una mosca había caído en el tintero y que trataba desesperadamente de salir. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, decían las patas que luchaban. Sin embargo el reborde del tintero estaba húmedo y resbaladizo; cayó de nuevo y empezó a nadar otra vez. El jefe tomo una pluma, sacó a la mosca del tintero y la puso sobre un pedazo de papel secante. Por una fracción de segundo, permaneció en la oscura mancha que la cercaba. Luego se movieron las patitas delanteras, y, levantando ligeramente el cuerpecillo, recomenzó la inmensa labor de limpiar de tinta sus alas. Una y otra vez, arriba y abajo, una pata pasaba por cada ala como la piedra encima y debajo del escita. Entonces sobrevino una pausa, mientras la mosca, que parecía sostenida sobre las puntas de sus pies, trató de extender primero un ala y después la otra. Lo consiguió por fin y, sentándose, se empeñó como un gatito en limpiarse la cara. Ahora se podía advertir que las patitas delanteras se restregaban una con otra, hábilmente, alegremente. El terrible peligro había pasado; la mosca había escapado de él; estaba lista para vivir.
Pero justamente entonces el jefe tuvo una idea. Hundió el mango de su pluma en el tintero, lo colocó sobre el papel secante, y cuando la mosca bajaba sus alas contra su cuerpecillo, cayó sobre ella una pesada gota de tinta. ¿Qué pasaría ahora? El animalillo simuló estar absolutamente acobardado, atolondrado, atemorizado por lo que pudiera suceder en seguida. Dolorido, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se movieron y, más lentamente, la tarea volvió a comenzar desde el principio.
“Valiente diablillo”, pensó el jefe, sintiendo verdadera admiración por la entereza de la mosca. Ésta era la manera de tomar las cosas; éste era el verdadero carácter. Nada de morir; era cuestión de… Sin embargo la mosca había terminado ya su laborioso menester, y el jefe había tenido el tiempo necesario para remojar su pluma, sacudirla y dejar sobre el recién limpio cuerpo, una nueva gota negra. ¿Y ahora, qué sucedería? Un doloroso momento de incertidumbre. Las patas delanteras se movían otra vez. El jefe sintió una ráfaga de alivio. Se inclinó sobre la mosca y dijo tiernamente: “Grandísima p…” Y se le ocurrió la brillante idea de respirar encima de ella para que fuera más rápido el proceso de secado. Empero, algo tímido y débil había en los movimientos de la mosca, y el jefe decidió que esta vez sería la última, y mojó la pluma en el tintero.
Fue la última. La última gota sobre el papel secante y la mosca se quedó allí, sin moverse. Las patas traseras se pegaron al cuerpo; las delanteras no se veían.
—¡Vamos! —dijo el jefe—. ¡Ten ánimo! y la movió con la pluma… en vano. No ocurrió nada ni podía ocurrir. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del cortapapel y lo echó al cesto. Pero se apoderó de él una sensación tan grande de miseria, que se sintió decididamente asustado. Se inclinó y tocó el timbre para que viniera Macey.
—Tráigame papel secante nuevo —dijo, autoritario—, y pronto.
Y mientras el viejo criado se alejaba, el jefe quiso recordar lo que antes había estado pensando. ¿Qué era?… Sacó su pañuelo y se limpió el filo del cuello. De ningún modo pudo recordarlo.

 

 

 

Isak Dinesen

Maestra en el arte de contar cuentos y para siempre unida al continente africano,

 a

 Isak Dinesen, 

con la profunda intuición y la sabiduría de los habitantes de esas tierras, los Kikuyus la llamaron “la leona”. Ellos, como nadie, percibieron su auténtica naturaleza.

Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Por su biografía parece una mujer a la que todo le fue arrebatado: pronto dejó de ser hija, esposa, amante, no pudo ser madre, fracasó en sus negocios, fue desposeída muy joven de la buena salud… y el tiempo, para dar la razón a los Kikuyus, la desposeyó también de su melena. A pesar de todo, a Karen Christentze Dinesen –su auténtico nombre– la vida difícil la fue haciendo más y más brillante.

En los últimos años, tuvo un compañero, un poeta danés, con quien compartía el tiempo para crear y cuenta el poeta que nuestra autora hizo un pacto con el diablo: todo lo que sintiera lo convertiría en una historia. El diablo le permitió hacerse dueña de un gran privilegio: ser discípula del “ser”, no del “tener”.

 

Para los que admiramos y aprendemos de los grandes cuentistas, su prosa es generosa y refinada, fresca; parece que escribe al dictado, que sobrevuela sobre los escenarios de sus cuentos y observa desde lo alto a esos personajes que viven y las sombras que proyectan.

 

Nunca sabremos si, allá en su querida Africa, vibrará el aire en la llanura con un color que ella haya llevado o si la buscarán las águilas de Ngong, pero sí sabemos que es ella, la misma Karen, quien se prodiga en las historias que nos cuenta.

 

«El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa sujeción.

–¿Por que me has ayudado? – le preguntó.

–¿No lo sabes? –contestó ella–. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el Charlotte, cuando navegaba por el  Mediterráneo. Aquel día trepaste por las jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos así a veces para ver mundo… »

Fragmento: Cuento del joven marinero –Cuentos de invierno–

La editorial Alfaguara publicó hace unos años una recopilación de todos sus relatos en “Cuentos reunidos”. Los tienes en cualquier librería que se precie y son imprescindibles.

https://www.casadellibro.com/libro-cuentos-reunidos/9788420406176/1824544

Marguerite Yourcenar

Una de las mujeres más interesantes en el mundo literario de los último siglos, también escribió cuentos. 

Dibujo de Merche B. para LHM

Inmersa en el mundo clásico, con una profunda formación, ya en los inicios de su carrera literaria surgió en ella la inquietud por el fascinante y desconocido Oriente. Los CUENTOS ORIENTALES representan su primer intento de acercarse a esa dimensión no explorada por la cultura a la que pertenece: la dimensión intangible del ser humano. A partir de entonces nunca abandonaría esa inquietud.

 A pesar de que, sus dos grandes obras y mejor  consideradas, son novelas, no pueden dejarse de lado sus diversas muestras en la narrativa corta:  Los ya mencionados Cuentos orientales se publicaron en 1938. Tras su muerte había quedado un cuento inédito –Cuento azul– que vio la luz en 1993. No son menos destacables sus relatos contenidos en –Como agua que fluye– y –Fuegos– una mezcla entre la mitología y la realidad sobre el amor. Ambos son de carácter bibliográfico….. 

https://www.iberlibro.com/CÓMO-SALVÓ-WANG-FÔ-Marguerite-Yourcenar-Autor/16198536320/bd

Cómo se salvó Wang-Fô

Incluida en “Cuentos orientales”, “Cómo se salvó Wang-Fô” es una exquisita narración acerca  de un anciano artista y su discípulo. Ambos, vagabundos en busca del arte, se encontraran atravesando los enormes salones del palacio imperial para enfrentarse a inesperados e insólitos sentimientos que les harán perderse en un cuadro inacabado, capaz de devolver la vida con la punta de los pinceles.

La entrevista a Marguerite Yourcenar gravada en 1983 es una joya para todo aquel que siente la necesidad de escribir:  

https://www.youtube.com/watch?v=M-FCiwuVndk&feature=share

 

 

 

 

El Aleph de Borges

 

https://www.todostuslibros.com/libros/aleph-el_978-607-31-0491-3

Y con El Aleph llegó Borges para anunciar su buena nueva: 
«Que el universo entero está contenido en una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor».
Que, al parecer, nada ni nadie muere o vive, es viejo o joven, nada existe ni está pero no por ello deja de existir porque todo, absolutamente todo, sencillamente, ES.
 Gracias a Borges sabemos que miles y miles de pequeñas visiones del mundo componen la sublime visión de todo el universo. El conocía el secreto: TODO ESTÁ EN LOS LIBROS.

 

A cerca de este relato ineludible en la cuentistica actual, es interesante la lectura del artículo crítico realizada por Cándido Pérez Gállego en el año 1967 en: Cuadernos Hispanoamericanos.

Descubrimiento de la realidad en “El Aleph” de Jorge Luis Borges.

http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcd79x1?_ga=2.25484408.459308563.1530351768-1808007701.1530351768

 

Roberto Bolaño

 

Chile es tierra de gigantes de la literatura: Neruda, Nicanor Parra, Gabriela Mistral,Vicente Huidrobo, José Donoso… y una larga lista a la que se ha unido Roberto Bolaño, uno de sus últimos genios. Sin  duda está destinado a ser otro gigante.

 

Las gigantes estatuas de la isla de pascua
Chile -Isla de Pascua-luis Valiente- Pixabay

Bolaño es un gran e incansable cuentista y en algún lugar -reproducido en cientos de artículos y blogs- dejó sus 12 consejos para escribir cuentos que, como las leyes de Moises, pueden resumirse en dos: atrévete con todo lo que se te ocurra pero, sobre todo, lee…

Su íntimo amigo Enrique Vila-Matas los relaciona en su blog:

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Y leyendo sus consejos, no es difícil imaginarse  a un tigre devorador de historias, leídas, contadas, no importa; escribir de cinco en cinco, de nueve en nueve… y leer a los mejores escritores de diez en diez, de veinte en veinte.

Alguien así no puede defraudar porque es un Borges, siempre joven, sin los formalismos del viejo y sabio erudito.

Su vida fue la literatura y aún no ha dejado de escalar la cumbre que sin duda tendrá que ser suya.

Recientemente se ha publicado una recopilación de todos sus cuentos, entre los que se incluye una serie de relatos póstumos, inacabados…

Sobre la larga extensión de cuentos de Bolaño y sus personajes  puedes orientarte en este estupendo artículo