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DE UN TIEMPO A ESTA PARTE

 Fábula del castaño y la higuera

Un hombre agarraba las ramas de una higuera, mientras cogía los frutos maduros para comérselos. Un castaño que lo vio, sacudió sus largas ramas y exclamó con impetuoso crujido: “Higuera, tú estás mucho menos protegida por la naturaleza que yo. Mira cómo mis frutos siguen un riguroso orden: primero aparecen revestidos de una envoltura suave, sobre la que está la cáscara dura, y no contenta la naturaleza con estos cuidados que me proporcionan un cobijo tan resistente, me ha rodeado de espinas para que la mano del hombre no me haga daño.”

 A continuación, la higuera y sus retoños comenzaron a reírse diciendo: “Tú sabes que el hombre te privará de tus frutos por medio de varas, piedras y estacas, y cuando los frutos caigan, los pisará y golpeará con piedras, quedándose tus frutos machacados y mermados, mientras que a mi me toca con sumo cuidado y no como a ti, con varas y piedras… “

Leonardo da Vinci

 

y la historia continúa…

El Miserere de Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. (Gustavo Adolfo Bécquer).

 

No debe quedar ninguna editorial sin publicar las obras de Bécquer que siguen estando tan vivas como el primer día. Esta portada de la editorial Bruño, mostrando el caminante sobre el mar del pintor alemán Caspar David Fiedrich, contiene todas las esencias del romanticismo.
Tal vez, si ese hombre solitario que contempla el pavor del mundo volviera la cabeza, su rostro fuera el mismo de Gustavo Adolfo Bécquer.
¿Fue el último romántico? Tal vez, pero leyéndolo hoy, en pleno siglo XXI, más bien podría parecer un adelantado a su tiempo.

El MISERERE

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fué que aunque en la última página había esta palabra latina tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fué sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todos, como maestoso, allegro, ritardando, piu vivo, á piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen… crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aulla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime; ó la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía… ¡fuerza!… fuerza y dulzura.

— ¿Sabéis qué es esto? pregunté á un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy á referiros.
I

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó á la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

— Yo soy músico; respondió el interpelado; he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse e, instigado por ésta, continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

— Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle á Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Domine! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fué hallar una forma musical, tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía, y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

— Después, continuó, de recorrer toda Alemania, toda Italia, y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno,  y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.

— ¿Todos? dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes: ¿a qué no habéis oído aún el Miserere de la montaña?

— ¡El Miserere de la montaña! exclamó el músico con aire de extrañeza: ¿qué Miserere es ese?

— ¿No dije? murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa: ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia, una historia muy antigua; pero tan verdadera como al parecer increíble.

Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡qué digo muchos años! muchos siglos, un monasterio famoso, cuyo monasterio, á lo que parece; edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.

Hasta aquí todo fué bueno; pero es el caso que este hijo, que por lo que se verá más adelante, debió ser la piel del diablo, sino era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había trasformado en iglesia, reunió unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a este quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.

Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adónde no se sabe, a los profundos tal vez.

Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

— Pero, interrumpió impaciente el músico, ¿y el Miserere?

— Aguardaos, continuó con gran sorna el rabadán , que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:

Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria, es que todos los años, tal noche como en la que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oyen como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el Tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

— ¿Y decís que ese portento se repite aún?

— Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

— ¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

— A una legua y media escasa… pero, ¿qué hacéis ? ¿Adonde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! exclamaron todos al ver que el romero levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse á la puerta.

— ¿Adonde voy? A oir esa maravillosa música, a oir el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:

— ¡Está loco!

— ¡Está loco! repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre, y se agruparon alrededor del hogar.

II

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos girones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero, que sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Trascurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

— ¡Si me habrá engañado! pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora, ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada… dos… tres… hasta once.

En el derruido templo no había campana ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había espirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó á iluminarse espontáneamente sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos chapiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Una vez reedificado el templo, comenzó a oirse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor el primer versículo del salmo de David:

¡Miserere mei, Domine, secundum niagnaní misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y

Archivo LHM

solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de sus huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere.

In iniquitatihis conceptus sum; et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced á una trasformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monges se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y á través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto á la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al Trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Anditu meo dabis gaudium et lístitiam, et texultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

— ¿Oísteis al cabo el Miserere? le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

— Sí, respondió el músico.

— ¿Y qué tal os ha parecido?

— Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra casa, prosiguió dirigiéndose al abad; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese á su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba: ¡Eso es; así, así, no hay duda… así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos, y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fué imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte, y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

 Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me matev mea.

Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecían mofarse de mí con sus notas; sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no serán una locura?

Fuente: https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Washington Irving

Un nómada americano

Archivo de LHM

Washington Irving fue un romántico, un viajero incansable, lector de piedras y paisajes que sugieren mundos para quien sabe mirarlos. Piedras y paisajes que entrañan pasados no resueltos, ensoñaciones, analogías y metáforas sobre quienes  los caminaron, dejando sus huellas dibujadas en el aire cuajado de mensajes. Porque hay un secreto oculto, aún en el más oscuro anonimato, nadie se va de dónde ha sido sin dejar caer una suave pluma que todo lo cambia.

Pero este autor no solo imaginó o escribió sobre Andalucía, Granada y su Alhambra, de hecho, es uno de los padres de la literatura norteamericana, construida sobre las tradiciones europeas, que llegaron por mar a la búsqueda de los nuevos mundos llenos de promesas pero también llenos de fantasmas.

 

 

Las puertas del infierno

A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa, ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, ¡ay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!

Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.

Este pequeño estrecho, tan poderoso, tan gritón, tan bebedor, capaz de sacar a uno de sus casillas, era un lugar de gran peligro para los antiguos navegantes holandeses, puesto que sacudía sus barcas en forma de bañera, deteniéndolas en remolinos capaces de marear a cualquiera que no fuera un holandés, o, lo que ocurría con frecuencia, colocándolas sobre rocas y restingas. Es lo que hizo con la célebre escuadra de Oloffre «El Soñador», cuando buscaba un lugar para fundar la ciudad de Manhattoes, con lo que, de puro avergonzados, decidieron llamar al lugar Helle-Gat (Puerta del Infierno), encomendándolo solemnemente al diablo. Desde entonces esa denominación ha pasado al inglés con el nombre correcto de Hell-Gate, que significa lo mismo, aunque algunos, que no saben inglés ni holandés, lo traducen por Hurl-Gate (Puerta o estrecho de los rizos). ¡Que San Nicolás los confunda!

En mi niñez el estrecho de Hell-Gate era un lugar que nos infundía mucho miedo, y en el cual emprendíamos peligrosas aventuras, pues tengo algo de marinero. En esos pequeños mares corrí más de una vez el riesgo de naufragar y ahogarme, en el curso de ciertos viajes a los cuales era muy aficionado, junto con otros chiquillos holandeses.

En parte por el nombre y en parte por diferentes circunstancias que se relacionaban con el lugar, éste tenía para los ojos de mis compañeros y los míos, quizá porque íbamos por allí cuando faltábamos a la escuela, un aspecto más terrorífico que el que presentaba Escila y Caribdis de los tiempos de Maricastaña.

En medio del estrecho, cerca de un grupo de rocas llamadas Las Gallinas y Los Pollos, se encontraba el casco de una embarcación que, atrapada por los remolinos, había encallado allí. Se contaba una terrible historia, según la cual era el resto de una embarcación pirata que se había dedicado a sangrientas empresas. No puedo recordar ahora en sus detalles ese relato que nos inducía a considerarla con gran terror, y mantenernos alejados de ella durante nuestras excursiones.

* * * * *

El desolado aspecto del casco abandonado y el terrible lugar donde acababa de pudrirse, eran suficientes para provocar las más extrañas ideas. Una parte del maderamen ennegrecido por el tiempo destacábase por encima de la superficie del agua en la alta marea; en la baja, quedaba al aire libre una parte considerable del casco mostrando el maderamen que carecía de las planchas de unión, pero que estaba cubierto de algas, por lo que parecía el esqueleto de algún monstruo marino. Todavía se mantenía erguido un pedazo de alguno de los mástiles, del cual colgaban algunas vergas y motones, que bailaban zamarreados por el viento, haciendo un ruido al que acompañaban los albatros, que giraban y gritaban alrededor del melancólico esqueleto. Tengo un vago recuerdo de un cuento, relatado por marineros, acerca de fantasmas que aparecían de noche en el casco, con el cráneo desnudo y fosforescencias azules en sus órbitas, pero he olvidado todos los detalles.

De hecho, toda esta región, como el estrecho ya citado de los tiempos de Maricastaña, era un lugar de fábula y encantamiento para mí. Desde el Estrecho hasta Manhattoes, las costas de aquel brazo de mar eran sumamente irregulares, llenas de rocas, entre las cuales crecían los árboles, que le daban un aspecto desolado y romántico. Durante mi niñez se relataban numerosas tradiciones acerca de piratas, fantasmas, contrabandistas y dinero enterrado, todo lo cual tenía un efecto maravilloso sobre las jóvenes mentes de mis compañeros y la mía propia.

Cuando llegué a la edad madura, efectué diligentes investigaciones acerca de la veracidad de estos extraños relatos, pues siempre he tenido mucha curiosidad por averiguar el fundamento de las valiosas aunque obscuras tradiciones de la provincia donde nací. Encontré infinitas dificultades para llegar a cualquier dato preciso. Es increíble el número de fábulas que hallé al tratar de establecer la verdad de un solo hecho. Nada diré de las Piedras del Diablo -sobre las cuales el archienemigo del género humano se retiró desde Connecticut hasta Long Island, a través del estrecho- en vista de que esta materia será tratada como merece por un contemporáneo con cuya amistad me honro, historiador al cual he suministrado todos los detalles. Tampoco diré nada del hombre negro con el sombrero de tres picos, sentado al timón de un bote y que aparecía en Hell-Gate durante el tiempo tormentoso; se llamaba el spooke; se dice que el gobernador Stuyvesaent disparó una vez con una bala de plata. Nada puedo opinar sobre esto por no haber encontrado ninguna persona de confianza que afirmase haberlo visto, a no ser la viuda de Manus Conklen, el herrero de Frogasnesk, pero la pobre mujer era un poco cegatona, por lo que es probable que se equivocara, aunque decían que en la obscuridad veía más lejos que la mayoría de la gente.

Sin embargo, todo esto era muy poco satisfactorio en lo que respecta a la leyenda de piratas y sus tesoros enterrados, acerca de lo cual yo tenía la mayor curiosidad. Lo que sigue, es lo único que he podido oír y que tiene ciertos visos de autenticidad.

 

fuente:  https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Charles Dickens

Una luz que no se extingue

Gran parte de la obra de Charles Dickens fue el reflejo de su propia vida y especialmente de su infancia, áspera y difícil, que transcurrió en una Inglaterra inmersa en la revolución industrial del siglo XIX. 
Él encendió una luz en ese mundo oscuro y sórdido, reflejando el heroísmo y la generosidad que latía en el corazón de los más desfavorecidos, en medio de la hipocresía de una sociedad, que escondía bajo la alfombra la basura sobre la que se sostenían sus ambiciones. Con la literatura su vida dio un giro de 180 grados, adquirió fama y fortuna, pero no por ello dejo de ser un crítico mordaz sobre cuestiones vitales como la esclavitud o la pena de muerte. 

Dickens fue la semilla de un cambio que sigue siendo tan necesario ahora como lo era entonces, tal vez por eso  su obra es un inacabable bestseller.

 

EL MANUSCRITO DE UN LOCO.

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(TRADUCCION DE DICKENS.)

Sí…¡de un loco!

¡Cómo  hubiera herido mi corazón esta palabra hace algunos años!

¡Cómo hubiera despertado el terror, que de vez en cuando me acometía, haciendo que la sangre como el fuego corriera por mis venas, hasta que el frío hielo del temor en gruesas gotas cubría mi piel, y mis rodillas temblaban de miedo!

Ahora me agrada. Es un bello nombre. Mostradme al monarca cuyo iracundo entrecejo tanto intimide como el brillo de los ojos de un loco, y cuyo cordel y hacha sean jamás tan eficaces como las garras de un loco.

Sí, sí, es una gran cosa estar loco. Ser mirado como un feroz león entre las barras de hierro, y rechinar los dientes y ahullar las largas y silenciosas noches, a la alegre música de una pesada cadena, y rodar y bramar entre la paja, arrebatado con tan deliciosa armonía.

¡Hurra por la casa de los locos!

Me acuerdo de un tiem­po cuando temía estar loco; cuando me despertaba sobresaltado de mi sueño, y cayendo de rodillas rogaba a Dios que me liberara de la maldición de mi raza: cuando huía de la alegria y de la felicidad y me ocultaba en algún lugar solitario, y pasaba las pesadas horas observando el progreso de la calentura que debía consumir mi cerebro. Sabía que la locura estaba en mi misma sangre, hasta en el tuétano de mis huesos; que una generación había pasado sin que la pestilencia apareciese entre ellos, y que yo era el primero en quien debia revivir. Sabía que así debía ser, que así siempre había sido, y que así siempre sería; y cuando huía del contacto de mis semejantes a algún oscuro rincón; veía desde allí a los hombres hablar en voz baja y señalar y volver los ojos hacia mí, y sabía que se estaban refiriendo unos a otros la prescrita locura y, conociéndolo, en silencio gemía. Esto hice por años, largos, largos años fueron aquellos.

Las noches aquí son largas algunas veces, muy largas; pero nada son en comparación con las inquietas noches y terribles ensueños de aquel tiempo. Su recuerdo me estremece. Grandes, sombríos fantasmas con maliciosos rostros se sentaban en los rincones de mi cuarto y, de noche, se inclinaban sobre mí incitándome a la locura. Me decían en voces atronadoras que el suelo de la antigua casa en que murió el padre de mi padre, estaba aún manchado de su sangre, derramada por su propia mano en el furor de su locura. Me cubría los oidos con las manos, pero me gritaban y me gritaban hasta que el cuarto se estremecía con sus acentos, y por todas partes oía que, en la generación anterior a la suya, la locura durmió, pero que su abuelo habia vivido por años con sus manos entre grillos, para evitar que se hiciesen pedazos. Sabía que decían la verdad, lo sabía bien. Lo había descubierto hacia años, aunque me lo quisieron ocultar. Era demasiado astuto para ellos, loco tal como me creían. Al fin me atacó; y estraño como pude nunca haberla temido; ahora podía entrar en el mundo, y reír y gritar como el que más entre ellos. Sa­bía que estaba loco, pero nadie lo sospechaba. Como me regocijaba pensando en la partida que les estaba jugando a los mismos que me señalaban, y me miraban, cuando yo no estaba loco, cuando solamente temía que lo llegaría a estar.

Y me reía de gozo cuando estaba solo, y pensaba cuan bien ocultaba mi secreto, y cuan prontamente mis cariñosos amigos me hubieran abandonado si hubiesen descubierto la verdad.

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Gozaba más que en ningún otro goce cuando comía solo con algún alegre y bullicioso jóven en pensar de cuan pálido se hubiera vuelto, y cuan presurosamente hubiese corrido si hubiera averiguado que el querido amigo que estaba junto a él afilando su reluciente cuchillo, era un loco, con todo el poder y casi toda la voluntad de clavárselo en el corazón. ¡Era aquella una vida deliciosa! Tuve riquezas, nadaba en la opulencia, y me regocijaba en los placeres aumentados mil veces por el conocimiento de mi bien guardando secreto. Heredé un estado: la ley, la perspicaz ley habia sido engañada, y había entregado disputados millones en las manos de un loco.

¿Dónde estaba el entendimiento de los hombres sagaces que cuando estaba sano llegué á temer? ¿Dónde la destreza de abogados siempre ansiosos por descubrir una tacha? La astucia del loco los había vencido a todos. Tenía dinero: ¡Cómo me obsequiaban! Lo gastaba profusamente, ¡cómo me alababan!, ¡cómo aquellos tres orgullosos hermanos se humillaban ante mí! El anciano padre también. Tanta deferencia, tanto respeto, tanta amistad. ¡Ah!, así me adoraban.

El viejo tenía una hija y los jóvenes una hermana, y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la muchacha, vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes al pensar en su bien ideado proyecto y en su rica presa… a mí si que me correspondía sonreírme. ¡Sonreírme! Reírme a carcajadas, y arrancarme el cabello y rodar sobre el suelo con gritos de alegría. Lejos estaban de pensar que la habían casado con un loco. ¿Pero si lo hubiesen sabido la hubieran liberado?

¿La felicidad de una hermana contra el oro de un marido? La pluma más  ligera que sopla al aire, contra la luciente cadena que adorna mi cuerpo. En una cosa fui engañado a pesar de toda mi astucia. Si no hubiera estado loco (porque aunque nosotros los locos somos muy sagaces, solemos a veces descarriarnos), hubiera sabido que la muchacha prefería la oscuridad y la frialdad de la sepultura al lujo y esplendor de mi mansión. Hubiera conocido que su corazón latía por el bello jóven cuyo nombre le oí una vez articular en su inquieto sueño; y que ella me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del anciano y de los orgullosos hermanos. No recuerdo ahora las formas ni los rostros; pero sé que la muchacha era hermosa. Sé que lo era, porque en las claras noches de luna, cuando despierto de mi sueño y reina un pavoroso silencio alredor mío, veo allí, inmóvil, en aquel rincón de mi celda, una pequeña y gastada figura con largo cabello negro, que, lacio sobre sus espaldas, ningún viento terrestre hace ondear ni por un momento y ojos que, fijos en sus órbitas, jamás dejan de mirarme. Ah! la sangre se hiela en mi corazón al escribir esto: aquella forma es la suya; las mejillas están muy pálidas, y los ojos cristalizados; pero los reconozco bien.

Jamás esa criatura se mueve; jamás frunce las cejas ni mueve los labios ni hace gestos como los demás que se hallan aquí: pero es mucho más terrible para mí, más terrible aún  que los espíritus que me incitaron muchos años ha, porque viene fresca de la tumba. Hace cerca de un año vi ese rostro más y más pálido; durante cerca de un año vi las lágrimas correr por las lívidas mejillas, e ignoré la causa.

Al fin la descubrí. No pudieron ocultarmelo: nunca me había amado: de eso bien persuadido estaba: despreciaba mis riquezas; y odiaba el esplendor con que vivía; esto no lo esperaba: amaba a otro.

Jamás este pensamiento cruzó por mi mente. Sentimientos extraños se apoderaron de mí, y pavorosos y horribles pensamientos incitados por algún espíritu maligno giraron alredor y alrededor de mi cerebro: a ella no la odiaba, pero aborrecía a aquel por quien lloraba. Compade­cía, sí, compadecía la miserable vida a que el egoísmo y la insensibilidad de su familia la habían condenado.

Sabía que no podía vivir largo tiempo; pero el pensamiento de que antes de su muerte diese nacimiento a algún ser, destinado a legarle la locura a sus propios hijos, me decidió.

Resolví matarla. Por muchas semanas pensé envenenarla; después en ahogarla, y luego en quemarla.

Una hermosa vista sería la gran casa y la mujer del loco reduciéndose a cenizas. Y qué broma también ofrecer a la justicia un gran premio y ahorcar a un hombre en sana razón por un hecho que jamás cometió, y todo por efecto de la astucia de un loco. Pensé mucho en esto, pero al fin me aburrí de esta idea. ¡Oh! ¡qué placer afilar la navaja día tras día, palpar su punta y pensar en la herida que un solo golpe de este acero seria capaz de hacer! Al fin los espíritus que habían estado conmigo tantas veces antes, me dijeron al oído que el tiempo había llegado, y pusieron la navaja abierta en mi mano.

Asiéndola fuertemente me levanté con sigilo de la cama, y me incliné hacia mi dormida mujer. Su rostro estaba ocultado con sus manos; las desvié suavemente, y cayeron sobre su seno; había estado llorando, porque el curso de sus lágrimas aún estaba húmedo sobre sus mejillas.

Sereno estaba su rostro y al fijar mis ojos en él, una tranquila sonrisa separó sus labios. Con suavidad puse una mano sobre su hombro; se sobrecogió. Era efecto de un sueño pasajero. Volví á inclinarme hacia ella, gritó y se despertó. Un solo movimiento de mi mano , y jamás gesto o sonido hubieran vuelto a articular sus labios. Pero me sobrecogí y me retiré algunos pasos: sus ojos se fijaron en los míos, no sé en qué consistió; pero me acobardaron, me aterrorizaron.

Se levantó de la cama mirándome fijamente y con la mismn severidad, temblé: la navaja estaba en mi mano, pero no podía moverla; se dirigió a la puerta: al llegar a ella se volvió y apartó los ojos de mí. El hechizo, el magnético influjo de su mirada dejó de existir: me arrojé sobre ella, y la cogí por el brazo. Exalando grito tras grito cayó al suelo sin sentido. Entonces pude haberla matado, sin una lucha, sin un esfuerzo; pero la casa estaba alarmada. Oi pasos en los escaleras, coloqué la navaja en su sitio, y abriendo la puerta pedí socorro a grandes voces, Vinieron, la levantaron, y la colocaron en la cama: allí estuvo privada de animación por horas, y cuando la vida, la mirada y el habla la fueron devueltas, la razón la había abandonado y una espantosa y frenética locura la habia acometido.

Médicos acudieron, hombres grandes que llegaron a mi puerta en lujosos carruajes con hermosos caballos, y criados con librea. Semanas enteras pasaron a su cabecera: tuvieron una gran junta, y en bajas y solemnes voces consultaron en un cuarto lejos del dormitorio. Uno, el más hábil y más célebre entre ellos, me llevó a un lado, y disponiéndome para oír lo peor me dijo a mí—el loco­—que mi mujer estaba loca. Estaba junto a mí en una abierta ventana, sus ojos fijos en mi rostro y sus manos sobre mi hombro.

Con un solo esfuerzo podía haberlo arrojado a la calle: me hubiera divertido extraordinariamente haciéndolo; pero hubiera descubierto mi secreto, y este temor me hizo renunciar a mi deseo. Unos cuantos días después me dijeron que debia ponerla bajo restricción: yo fui al campo donde nadie podía oírme, y allí estuve hasta que el aire resonó con mis carcajadas.

Murió al dia siguiente: el anciano la siguió a la tumba, y los orgullosos hermanos derramaron una lágrima sobre el insensible cadáver de aquella cuyos sufrimientos habían mirado durante su vida con músculos de hierro. Todo esto era alimento para mi alegría secreta, y me reía ocultando el rostro con el pañuelo blanco cuando volvíamos del entierro, hasta que las lágrimas me vinieron a los ojos; pero aunque yo había conseguido mi objeto , y la había matado, estaba inquieto y conocía que antes de mucho tiempo mí secreto seria descubierto No podía ocultar por más tiempo el salvaje gozo que sentía cuando estaba solo en casa, saltaba, golpeaba las manos y bramaba con ruidosos acentos. Cuando salía, y veía las calles llenas de transeúntes, o iba al teatro, y oía música o veía las bailarinas, sentía tanto júbilo que me hubiera arrojado entre ellos, y los hubiera destrozado, aullando con mi arrebato.

Pero rechinaba los dientes, pateaba, y dando las uñas en mis manos, sofocaba mi furia, y nadie sabía que estaba loco.

Había salido. Era entrada la noche cuando llegué a casa, y encontré al más  altivo de los tres altivos hermanos que dijo me estaba esperando para hablarme sobre asuntos urgentes. Aborrecía a aquel hombre con todo el aborrecimiento de un loco. Muchas y muchas veces habían deseado mis manos desgarrarlo: me dijeron que me esperaba, voté en su presencia. Tenía que hablarme, despedí a los criados; era tarde y nos quedamos solos por la primera vez en nuestra vida.

Evité mirarlo al principio, pero conocía lo que él estaba lejos de imaginar, y me regocijaba en ello; que la locura brillaba como ascuas en mis ojos. Permanecimos callados por algunos momentos: él fue el primero en romper el silencio; mi reciente disipación y extraños discursos después del fallecimiento de su hermana, eran un insulto a su memoria: y recopilando varias circunstancias que al principio no había observado, creyó que la había maltratado. Exigió saber si tenía razon en inferir que yo trataba de insultar su memoria, y manifestar desprecio hacia su familia. Era debido al uniforme que usaba el exigir esta esplicacion. Este hombre tenía una capitanía en el ejército, una capitanía com­prada con mi dinero y la miseria de su hermana. Este era el hombre que había sido el primero en el complot para engañarme y arrebatarme mis riquezas. Este era el hombre que había sido el principal instrumento para forzar a  su hermana a casarse conmigo, sabiendo que su corazón era de otro. ¡Debía su uniforme a la librea de su degradacion! Dirigí mis ojos hacia él, no lo pude remediar ; pero no proferí una palabra: observé el repentino cambio que se apoderó de él con el influjo de mi mirada. Era un hombre arrojado y valiente, pero le abandonó el valor, y desvió su silla; acerqué la mia: y riéndome porque rebosaba de alegría, entonces lo vi estremecerse.

Senti la locura despertarse en mí, y conocí que el altivo hermano me temía.

—¿Amabas mucho a tu hermana cuando vivía? le dije.

—Mucho, mucho.

Miró inquietamente alrededor, y vi su mano asir el espaldar de la silla, pero permaneció callado.

—Villano, le dije, te descubrí, he descubierto tu infernal complot contra mí; sé que su corazón estaba dado a otro antes de que la obligaran a casarse conmigo.

―Lo sé, lo sé.

Se levantó precipitadamente, y blandiendo la silla en el aire, me mandó retirarme; pero me cuidé de apresurarme cada vez más.

Gritando más bien que hablando, porque sentía en mi pecho el remolino de mil tumultuosas pasiones, oía la voz de·los antiguos espíritus incitándome a despedazarle el corazón.

Maldito seas, exclamé arrojándome sobre él; yo la maté, yo soy un loco: !muere! ¡Sangre, sangre, sangre! ¡tengo sed de ella!

Con un ruido espantoso rodamos en el suelo juntos. Fue una lucha horrorosa, porque él era un hombre robusto y fuerte, luchando por su vida, y yo un poderoso loco, sediento de destruírsela.

Sabía que ninguna fuerza se podía igualar a la mía, y tenía razon aunque loco. Su lucha cesó: me arrodillé sobre su pecho y lo así fuertemente por el nervudo cuello. Su rostro se amorató, sus ojos parecían querer saltar, y su saliente lengua parecía mofarse de mí: entonces apreté con mas fuerzas.

La puerta fué repentinamente abierta, y un tropel inmenso se introdujo en mi cuarto exclamando: —¡asegurad al loco!

Mi secreto estaba descubierto, por lo único que luchaba ahora era por la libertad. Recobré fuerzas antes de que una mano se pusiera sobre mi, y arrojándome sobre los que me acometían, y aclarando el paso con mi fuerte brazo, como sí llevara un hacha en mi mano me abrí camino entre ellos. Llegué a la puerta y en un instante estuve en la calle. Corría con tal velocidad, que ninguno se atrevió a pararme; oía el ruido de sus pasos detrás, y corría con más rapidez.

Cada vez se fueron alejando más y más, hasta que al fin los dejé de oír. Adelante seguía, atravesando pantanos y riachuelos, sobre collados y paredes, exhalando feroces aullidos. Iba conducido en brazos de demonios que se resbalaban sobre el viento, y atravesaba llanos y montes mientras me mareaban con las vueltas que me hacían dar en su delirante e incansable afán, hasta que turbaron mis sentidos , y al fin me arrojaron lejos de sí con una violenta sacudida y caí pesadamente sobre la tierra. Cuando desperté, me encontré aquí, en este alegre calabozo, donde los rayos del sol raramente penetran y la luna se introduce en rayos tan débiles, que solamente sirven para demostrarme las oscuras sombras a mi alrededor y esa silenciosa figura en su eterno rincón. Cuando me hallo desvelado oigo con frecuencia extraños aullidos y gritos de diferentes sitios lejanos de ese lugar. De dónde proceden, lo ignoro; pero no los exhala aquella pálida figura, ni tienen ninguna conexión con ella. Porque desde las primeras sombras de la tarde hasta las más temprana luz de la mañana, permanece sin movimiento en el mismo sitio, escuchando la música de mi cadena de hierro, y observando mis movimientos de júbilo en mi lecho de paja.

Al fin de este manuscrito, se leía en otra letra esta nota:

La historia del desgraciado cuyos delirios han sido trazados aquí por su propia mano, es un melancólico ejemplo de los perniciosos resultados de pasiones mal dirigidas en la primera edad, y excesos prolongados hasta que sus consecuencias jamás encontraron reparación. El excesivo desenfreno, disipacion y vida degradada de su juventud produjeron fiebre y delirio. Los primeros efectos del delirio, fueron la creencia fundada sobre la bien sabida teoría médica, tan fuertemente disputada tanto por unos como por otros, que una locura hereditaria existía en la familia. Esto produjo una continua melancolía, que con el tiempo llegó a degenerar en una mórbida demencia, y finalmente terminó en una espantosa locura.―Hay muchos motivos para creer que los acontecimientos referidos, aunque desfigurados por su extraviada imaginación, realmente acontecieron. Lo único que extraña a los que atestiguaron los vicios de su temprana carrera, es que sus pasiones ya no contenidas por la razon, no lo condujeran a cometer aún más espantosos crimenes.

FIN.
El texto ha sido obtenido de wikisource.
Las modificaciones se reducen a algunos giros lingüísticos y a la acentuación de acuerdo con la gramática española.

 

Katherine Mansfield

      “El estado de indiferencia es realmente ajeno a mi naturaleza”

Katherine Mansfield

Fue deudora de Antón Chekhov e inspiradora de Virginia Wolf.

Dicen que hay escritores que representan un punto de inflexión, un cambio de “era” y que esta autora lo representa. En sus relatos capta lo trascendente que puede llegar a ser lo cotidiano. Con ella se entra en los más recónditos rincones del alma mientras las manos, sencillamente, friegan los platos o arreglan las flores.

Katherine Mansfield nació en una pequeña ciudad de Nueva Zelanda y desde muy joven escribió relatos que publicaba en revistas colegiales, en su país y más tarde en Londres, dónde lo compaginaba con sus estudios de violonchelo. Su padre no le permitió dedicarse a la música de manera profesional que era lo que deseaba y rápidamente conectó con la vida bohemia, tan en boga en su época entre los artistas.

Tuvo una vida sentimental bastante azarosa, pero Ida Baker, escritora como ella, y a quien conoció a su llegada a Londres, la acompañaría hasta la prematura muerte de Katherine a los 34 años. Ida y John Middelton Murry, editor y su último marido, influirían mucho en su carrera como escritora; Murry fue el encargado de recopilar y publicar los relatos y otros escritos que habían quedado inéditos tras su muerte.

Alba editorial en su colección  Alba clásica– tiene publicada una interesante recopilación de los cuentos de esta autora de ineludible lectura.

 

 

 

LA MOSCA

—Aquí se está bien —dijo el viejo señor Woodifield y miró, como asomándose a la gran butaca de cuero verde, hacia el escritorio de su amigo el jefe; parecía un niño parado al borde de su cuna. La conversación había terminado. Era hora de irse. Pero él no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… huelga, la mujer y las hijas lo guardaban en casa, como embalsamado, todos los días de la semana, menos el martes. El martes lo vestían, lo cepillaban y le permitían pasar el día en la City. Qué hacía allí, era cosa que su mujer y sus hijas ni siquiera imaginaban. Dar lata a sus amigos, probablemente… Sea como fuere nos agarramos a nuestros últimos placeres como los árboles retienen sus últimas hojas. En ese momento el viejo Woodifield estaba sentado fumándose un cigarro y observando de vez en cuando al jefe que giraba en su sillón oficinesco, rollizo, rosado, cinco años más viejo que Woodifield, pero aún tan campante, todavía en la brecha. Resultaba un placer verlo.
Con alguna ansiedad y admiración, dijo la vieja voz:
—Palabra de honor que aquí se lo pasa uno muy bien.
—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe abriendo el Financial Times con un cortapapeles. Realmente le gustaba su despacho; le encantaba que lo admiraran, sobre todo que lo admirara el viejo Woodifield. Le causaba una profunda, firme satisfacción sentirse en el centro, a la vista de aquel rostro anciano y frágil que asomaba encima de la bufanda.
—Lo he remozado todo hace poco tiempo —explicó, de la misma manera que lo había explicado antes ¿cuántas veces? cada semana—. Alfombra nueva —y señaló la brillante alfombra roja con gruesos círculos blancos—. Muebles nuevos —e hizo con la barba un gesto hacia la maciza biblioteca y la mesa con patas que simulaban una melcocha retorcida—. ¡Calefacción eléctrica! —y casi se inclinó en un maravillado saludo a las cinco transparentes y perlinas salchichas que brillaban dulcemente en el braserillo de cobre.
Sin embargo no llevó la atención del viejo Woodifield a la fotografía que estaba en la mesa: un muchacho uniformado de aspecto formal posando ante uno de esos espectrales parques que ponen de fondo los fotógrafos, con tempestuosas nubes pintadas. No se trataba de algo nuevo en el cuarto. Llevaba seis años en el mismo lugar.
—Iba a comentarle una cosa —dijo el viejo Woodifield, y sus ojos se ensombrecieron recordando—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí esta mañana.
Sus manos empezaron a temblar y unas manchas rojas aparecieron entre sus barbas.
“Pobre hombre —pensó el jefe—, ya le queda poca vida.” Y, sintiéndose compasivo, le hizo un guiño y le dijo sonriente:
—Te confesaré que guardo aquí unas gotas de cierto licor que te sentará bien antes de salir al frío. Buenísimo. No dañaría ni a un niño.
Tomó una llave de su leontina, abrió una gaveta junto a su escritorio y sacó una obscura, panzona botella.
—Es medicina —dijo—. Y quien me la consiguió asegura, en estricto secreto, que procede de las bodegas del castillo de Windsor.
La boca del viejo Woodifield se abrió asombrada. No se hubiera sorprendido más si el jefe sacara un conejo.
—¿Es Whisky, verdad? —musitó con timbre aflautado.
El jefe dio vuelta a la botella y le mostró la etiqueta. Era Whisky.
—¿Sabes? En casa no me dejan ni olerlo —comentó el viejo mirando fijamente al jefe. Y cualquiera hubiera creído que se pondría a llorar.
—Bah, de esto entendemos nosotros más que las señoras —dijo el jefe, cogió dos vasos que estaban cerca, junto a una jarra de agua, y sirvió el licor gene- rosamente—. Bebe. Y no le añadas agua. Es un sacrificio aguar esta delicia. ¡Ah!
Se bebió su Whisky, sacó un pañuelo para limpiarse los bigotes rápidamente y miró de reojo al viejo Woodifield  que se deleitaba al tomarse el suyo manteniéndolo en la boca. Pasó el trago, estuvo silencioso un instante, y declaró fascinado:
—¡Esto es una gloria!
La gloria le dio calor a su helado cerebro de viejo y le hizo recordar.
—Ya sé lo que era —dijo levantándose—. Creí que te gustaría saberlo. Las niñas viajaron a Bélgica la semana pasada, fueron a visitar la tumba del pobre Reggie, y pasaron por la de tu hijo. Al parecer, sus tumbas están bastante cerca.
El viejo Woodifield se calló un momento, pero el jefe no repuso nada. Sólo un temblor en sus párpados insinuó que había oído.
—Las chicas quedaron encantadas de ver cómo cuidan ese lugar —silbó la voz del viejo—. Muy bien cuidado. No estaría mejor en nuestro país. ¿Tú no has ido nunca, verdad?
—No, no.
Por varias razones el jefe jamás había ido a Bélgica. —Hay leguas de campo podadas como un jardín.
Las flores crecen en todas las tumbas. Y unos senderillos preciosos.
Y se notaba en la voz cuánto le agradaban a Woodifield los senderos tan cuidados. Una nueva pausa. Entonces el viejo dijo vivaz:
—¿Sabes lo que pagaron las niñas en el hotel por un tarrito de mermelada? ¡Diez francos! A eso lo llamo un robo. Era un tarro chiquito, dice Gertrudis, de no más que media corona. Y sólo habían tomado una cucharada cuando cargaron diez francos a la cuenta. Gertrudis se llevó el tarro, para darles una lección. Me parece muy bien hecho. Comercian con nuestros sentimientos; piensan que si nos encontramos en otra parte, echando un vistazo, podemos pagar cualquier cosa. Así es.
Y se dirigió hacia la puerta.
—Muy bien, muy bien —exclamó el jefe, aunque no tenía idea de qué era lo que estaba muy bien. Se retiró de su asiento, siguió los vacilantes pasos hasta la puerta y se despidió del viejo. Woodifield había partido.
Por un largo rato el jefe permaneció sin mirar nada, quieto, de pie, mientras el recadero de la oficina, un hombre de pelo gris, lo miraba y se movía de un lado a otro como un perro que esperara un paseo. Por fin el jefe dijo:
—Durante media hora no veré a nadie, Macey. ¿Entendido? A nadie.
—Sí, señor.
Se cerró la puerta, los pasos seguros recorrieron otra vez la alfombra reluciente, el grueso cuerpazo se dejó caer en la silla, e inclinándose hacia delante, el jefe se tapó la cara con las manos. Quiso, decidió, intentó llorar…
Para él fue un golpe terrible que el viejo Woodifield hablara de la tumba del muchacho. Exactamente como si la tierra se abriera y hubiera visto a su hijo que yacía en ella, y las hijas de Woodifield mirándolo. Era extraño. Habían pasado más de seis años y el jefe nunca pensó en su hijo sino como si permaneciera inmutable, sin cambio, intacto en su uniforme, dormido para siempre. “¡Hijo mío!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas no llegaban. Antes, durante los primero meses y todavía años después de la muerte del muchacho, 1e bastaba pronunciar esas palabras para sentir una pesarosa angustia que sólo se aliviaba con un estallido de sollozos violentos. El tiempo, había dicho entonces a quien quisiera oírlo, no lo ayudaría. Tal vez otros hombres se consolarían, olvidarían, pero no él. No imaginaba un porvenir sin el chico La vida entera había llegado a no tener más sentido. De otra forma ¿cómo se hubiera negado a sí mismo esclavizándose, y soportar todos aquellos años sin la promesa de un hijo que siguiera sus huellas y continuara adelante cuando él se fuera?
Y esa promesa había estado cerca de realizarse. Antes de la guerra el muchacho había asistido un año completo a la oficina para aprender. Por las mañanas salían juntos; volvían en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones recibía como padre de aquel hijo! Nada raro. Se comportaba estupendamente. Y en cuanto a popularidad, desde los más importantes, hasta el viejo Macey, todos alababan al muchacho. Y el chico no era engreído, al contrario. Mantenía su personalidad viva, original, con la palabra adecuada para cada quien, con aquellos ojos infantiles y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”.
Pero esto se había esfumado como si jamás hubiera ocurrido. Llegó el día en que Macey le entregó el telegrama que le hizo sentir que se derrumbaba estrepitosamente el mundo a su derredor. Sentimos mucho comunicarle… Y salió de la oficina un hombre destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años… ¡Qué de prisa transcurría el tiempo! Se diría que había sido ayer. El jefe se quitó las manos de la cara: estaba turbado. Algo andaba mal. No sentía como hubiera querido sentir. Decidió levantarse y mirar la fotografía del muchacho. Pero no era una fotografía que le gustara; la expresión resultaba poco natural. Se veía frío, casi presuntuoso. El muchacho nunca había sido así.

En ese momento el jefe notó que una mosca había caído en el tintero y que trataba desesperadamente de salir. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, decían las patas que luchaban. Sin embargo el reborde del tintero estaba húmedo y resbaladizo; cayó de nuevo y empezó a nadar otra vez. El jefe tomo una pluma, sacó a la mosca del tintero y la puso sobre un pedazo de papel secante. Por una fracción de segundo, permaneció en la oscura mancha que la cercaba. Luego se movieron las patitas delanteras, y, levantando ligeramente el cuerpecillo, recomenzó la inmensa labor de limpiar de tinta sus alas. Una y otra vez, arriba y abajo, una pata pasaba por cada ala como la piedra encima y debajo del escita. Entonces sobrevino una pausa, mientras la mosca, que parecía sostenida sobre las puntas de sus pies, trató de extender primero un ala y después la otra. Lo consiguió por fin y, sentándose, se empeñó como un gatito en limpiarse la cara. Ahora se podía advertir que las patitas delanteras se restregaban una con otra, hábilmente, alegremente. El terrible peligro había pasado; la mosca había escapado de él; estaba lista para vivir.
Pero justamente entonces el jefe tuvo una idea. Hundió el mango de su pluma en el tintero, lo colocó sobre el papel secante, y cuando la mosca bajaba sus alas contra su cuerpecillo, cayó sobre ella una pesada gota de tinta. ¿Qué pasaría ahora? El animalillo simuló estar absolutamente acobardado, atolondrado, atemorizado por lo que pudiera suceder en seguida. Dolorido, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se movieron y, más lentamente, la tarea volvió a comenzar desde el principio.
“Valiente diablillo”, pensó el jefe, sintiendo verdadera admiración por la entereza de la mosca. Ésta era la manera de tomar las cosas; éste era el verdadero carácter. Nada de morir; era cuestión de… Sin embargo la mosca había terminado ya su laborioso menester, y el jefe había tenido el tiempo necesario para remojar su pluma, sacudirla y dejar sobre el recién limpio cuerpo, una nueva gota negra. ¿Y ahora, qué sucedería? Un doloroso momento de incertidumbre. Las patas delanteras se movían otra vez. El jefe sintió una ráfaga de alivio. Se inclinó sobre la mosca y dijo tiernamente: “Grandísima p…” Y se le ocurrió la brillante idea de respirar encima de ella para que fuera más rápido el proceso de secado. Empero, algo tímido y débil había en los movimientos de la mosca, y el jefe decidió que esta vez sería la última, y mojó la pluma en el tintero.
Fue la última. La última gota sobre el papel secante y la mosca se quedó allí, sin moverse. Las patas traseras se pegaron al cuerpo; las delanteras no se veían.
—¡Vamos! —dijo el jefe—. ¡Ten ánimo! y la movió con la pluma… en vano. No ocurrió nada ni podía ocurrir. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del cortapapel y lo echó al cesto. Pero se apoderó de él una sensación tan grande de miseria, que se sintió decididamente asustado. Se inclinó y tocó el timbre para que viniera Macey.
—Tráigame papel secante nuevo —dijo, autoritario—, y pronto.
Y mientras el viejo criado se alejaba, el jefe quiso recordar lo que antes había estado pensando. ¿Qué era?… Sacó su pañuelo y se limpió el filo del cuello. De ningún modo pudo recordarlo.

 

 

 

“La muerta” Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

Fue un personaje caótico, misántropo, deportista incansable, abusó de todos los placeres y vicios mundanos y murió joven aquejado de la locura que le produjo la sífilis. En definitiva, fue un vividor de corta vida, con el mérito de haber dejado una extensa colección de cuentos de géneros muy diversos, escritos con una técnica narrativa impecable.

Como la  generación de escritores con quien comparte glorias está encuadrado en el realismo literario, ese intento de reflejar en sus escritos la realidad que vivieron, por más desgarradora que esta pudiera ser y, en “La muerta”,  Maupassant deja bien claro como sintió esa sociedad decepcionante e hipócrita  hasta con los más sagrados sentimientos…

 

los 301 cuentos y algunos textos no clasificados están recogidos por la editorial Páginas de Espuma en unos volúmenes imprescindibles en tu biblioteca de escritor.

Cuentos completos, de Maupassant

 

La muerta

La había amado desesperadamente 

¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua en un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor solo tiene una que siempre es la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía y tosió durante una semana y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba. Pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: «¡Ah!» ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque si recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a Paris y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que quedaba de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su pie, y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de salir a la puerta pase junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal –en aquel liso, enorme, vacío cristal– que la había contenido por entero y la había poseido tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esa breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Que pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la cuidad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son más numerosos los vivos que los muertos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides y comer lana de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterraran a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado por carne humana.

Yo estaba solo,  completamente solo. De modo que me acurruque debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel espacio de muertos. Camine de un lado para otro, pero no logré encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi lecho, incluso con mi cabeza sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Solo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! y todavía oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadaveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuanto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

 

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol, sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Lugo apareció el muerto, un esqueleto desnudó, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a los cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borro lentamente y con las cuencas de sus ojos contemplo el lugar donde habían estado gravadas, a continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, con las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo.:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.

 Cuando terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamaos irreprochables. Todos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba o fingía ignorar mientras estaban vivos.

Pensé que ella también había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadaveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermo de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

Edgar Allan Poe

El niño que contemplaba las estrellas…

Y esa  fue su afición desde la infancia. Pero lo que ha trascendido de Edgar Allan Poe, además de su innegable genio literario, ha sido su locura, sus adicciones, su visión distorsionada de la realidad. Después de su desaparición, y aún hoy en día, corren versiones disparatadas sobre su extraña muerte. 

¿Quién sabe? Posiblemente, según sus propias palabras:

Una mentira viaja alrededor del

mundo mientras la verdad se pone las botas.

 

Porque hay algo que sí es verdad y es que, con su última obra, “Eureka”, dejó bien claro en qué ocupaba su tiempo: sus dotes de observación y su capacidad de análisis, le permitieron sacar  conclusiones  sobre los secretos que se esconden en la  inmensidad del universo, evidenciados muchos años después de su muerte. El tiempo ha demostrado que no eran las alucinaciones de un loco, sino las certeras visiones de alguien con una  prodigiosa intuición.

Tal vez era en la oscuridad y en el silencio de los espacios siderales, a los que accedía con su portentosa imaginación, en donde Edgar Allan Poe se encontraba con los personajes que dieron vida a sus extraordinarios cuentos.

 

 

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA

La “Muerte Roja” había devastado largo tiempo la comarca. Jamás epidemia alguna habíase mostrado tan horrenda ni fatal. La sangre era su distintivo y su Avatar el horror bermejo de la sangre. Producía agudos dolores, vértigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de los poros, y la descomposición final. Las manchas escarlatas en el cuerpo,  y especialmente en el rostro de las víctimas, eran el entredicho fatal que las arrojaba lejos de la asistencia y simpatía de sus semejantes. Y el ataque de la peste—su proceso y su terminación—era solo cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era afortunado, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios se encontraron despoblados por mitad, convocó a su presencia a un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y damas de su corte, y retiróse con ellos a la reclusión más completa en una de sus almenadas abadías. Era ésta de amplia y magnífica estructura, creación de la propia augusta y excéntrica fantasía del monarca. Circundábanla fuertes y elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que entraron los cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y quedaron soldados los cerrojos. Habíase resuelto no dejar medio de ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenesí o desesperación de los que se hallaban dentro. La abadía estaba ampliamente aprovisionada; y con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el temor al contagio. El mundo exterior podía cuidar de sí mismo. Al mismo tiempo era locura apesadumbrarse o pensar en ello. El príncipe había previsto todas las formas de placer. Había bufones, trovadores, bailarines de ballet, músicos, vino y belleza. Todo esto y la salvación se hallaban dentro. Fuera quedaba la “Muerte Roja.”

Hacia la terminación del quinto o sexto mes de aislamiento, y mientras la peste arrasaba furiosamente afuera, el príncipe Próspero entretenía a sus amigos con un baile de máscaras de inusitada magnificencia.

Natalia Montalat para LHM

Era una escena voluptuosa, en verdad, esta mascarada. Pero, ante todo, dejadme describir los salones en que se realizaba. Eran siete cámaras, todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de dobleces se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda abarcarlas en toda su extensión. Pero aquí todo era muy distinto, como podía esperarse de la afición del duque por lo bizarro. Las habitaciones estaban tan irregularmente dispuestas que la visual podía abrazar muy poco más de una al mismo tiempo. Presentábase una curva aguda cada veinte o treinta yardas, y a cada curva, el aspecto era completamente diferente. A la derecha y a la izquierda, en el centro de los muros, una estrecha y elevada ventana gótica, daba a un pasillo cerrado que seguía las revueltas del departamento. Estas ventanas eran de vidrios de colores en combinación con el tono dominante de la decoración de la cámara sobre la cual se abrían. La del extremo oeste, por ejemplo, estaba entapizada de azul; y de azul vívido eran los cristales de las ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de púrpura, y aquí los cristales eran color de púrpura. La tercera cámara era verde, e igual color ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y alumbrada en tono anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado. La séptima habitación estaba severamente revestida de tapicerías de terciopelo negro que cubrían el techo y caían a lo largo dé los muros en pesados pliegues sobre una alfombra de igual color e idéntico tejido. Pero, en esta cámara solamente, el color de las ventanas no correspondía al matiz de la decoración. Los cristales eran allí escarlata, de un tono vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete habitaciones había lámpara o candelabro alguno entre la profusión de adornos de oro esparcidos acá y allá o pendientes del techo. No se veía luz de ninguna clase que emanara de arañas o bujías dentro de las cámaras. Pero en los corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un pesado trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantásticas apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cámara negra, el efecto del fuego que corría sobre las negras colgaduras, penetrando a través de los cristales teñidos de color de sangre, era extraordinariamente lúgubre, y daba tan sombrío aspecto a la figura de los que entraban, que muy pocos de la compañía eran suficientemente intrépidos para traspasar sus umbrales. En esta pieza había también un gigantesco reloj de ébano que se erguía apoyado contra el muro occidental. Su péndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y cuando las manecillas habían recorrido todo el circuito de la esfera y la hora iba a sonar, venía desde las profundidades bronceadas del reloj un sonido alto y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de entonación y énfasis tan peculiares que, a cada lapso de una hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a detenerse instantáneamente en su ejecución para escuchar el sonido; y los bailarines cesaban en sus evoluciones; todo lo cual provocaba un breve desconcierto en la alegre compañía; pudiendo observarse que mientras los ecos del reloj vibraban todavía, los más jóvenes palidecían, y los de mayor edad y más serenos pasaban su mano por la frente como en medio de algún confuso ensueño o meditación. Mas apenas cesaba la vibración, ligeras carcajadas brotaban por todas partes en la asamblea; los músicos mirábanse unos a otros y sonreían de su propia nerviosidad y locura, comprometiéndose mutuamente en voz queda a que la próxima campanada del reloj no les produciría emoción semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos (que representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela), repetíase el sonido del reloj, y repetíase igual desconcierto, el mismo temblor y meditación de una hora antes.

Pero, a pesar de todo, era aquélla una brillante y magnífica fiesta. La estética del duque era original. Tenía un gusto refinado para la combinación de efectos y colores. Desdeñaba la decoración que sólo se gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus concepciones ostentaban bárbaro esplendor. Algunos le habrían calificado de loco. Sus admiradores, sin embargo, sabían que no era así; pero se hacía necesario oírle, verle, y palparle para estar seguros de que se encontraba en su juicio.

El príncipe había dirigido personalmente, en su mayor parte, la decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su gran festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho brillo y relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que de entonces acá se ha observado después en Ernani. Encontrábanse figuras arabescas con miembros y accesorios extraños. Había fantasías delirantes como las creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho de ingenio, mucho de bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que podía inspirar aversión. Acá y allá en las siete cámaras discurrían muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que la música descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco, dio la hora el reloj de ébano colocado en el salón de terciopelo. Y entonces todo quedó silencioso y en suspenso, dejándose oír únicamente la voz del reloj. Los desvaríos quedaron rígidos y helados en su inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas, cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa ligera, velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se deslizan por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas por los rayos que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se aventura hasta el séptimo salón hacia el occidente; porque la noche avanza; y una luz más bermeja penetra a través de los rojos cristales; y la negrura de la tétrica drapería causa pavor; y todo aquel que huella la negra alfombra de la cámara escucha resonar las campanadas del reloj de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que el que perciben los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones más lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar, hasta que al cabo brotó del reloj el son de medianoche. Y entonces se suspendió la música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los bailarínes y reinó como antes una medrosa paralización de la alegría. Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto aconteció quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la imaginación de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por esto aconteció también que, antes de que el eco de la duodécima campanada hubiérase hundido en el silencio, muchas personas advirtieran la presencia de un enmascarado que no había llamado hasta aquel momento la atención de los circunstantes. Y habiéndose extendido en un cuchicheo el rumor de su aparición, levantóse en toda la sociedad un expresivo zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobación, primero, de terror; de horror, y de repulsión finalmente.

Podría suponerse que en una reunión de fantasmas como la que he descrito, ninguna aparición ordinaria tendría el poder de excitar tal sensación. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna parecía extraordinaria; pero el personaje en cuestión mostrábase más herodiano que el propio Herodes; y había traspasado los límites, casi indefinidos, del decoro del príncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse sin emoción siquiera sea en el corazón de los más empedernidos. Aun respecto de aquellos completamente abandonados, para quienes la vida y la muerte son igualmente burlescas, hay ciertos temas en los cuales no es permitido bromear. Toda la compañía parecía profundamente convencida de que en el porte y disfraz del extranjero no existía ingenio ni oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta de arriba abajo en atavíos funerarios. La máscara que ocultaba su semblante tenía tal semejanza con el aspecto de un cadáver, que el más minucioso escrutinio habría tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo esto podía haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados al sarao; pero el enmascarado había ido hasta asumir el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre; y el ancho rostro ostentaba en todas sus facciones las señales del horrible escarlata.

Cuando las miradas del principe Próspero cayeron sobre este atroz fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para caracterizar mejor su papel, discurría acá y allá entre los concurrentes, viósele convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o de repulsión; pero inmediatamente su faz enrojeció a impulsos de la rabia.

—¿Quién se atreve?—preguntó con voz enronquecida a los cortesanos que le rodeaban;—¿quién se atreve a insultarmos con esta grotesca blasfemia? ¡Cogedle y desenmascaradle! ¡Veamos a quién hemos de colgar mañana desde las almenas al levantarse el sol!—

Encontrábase el principe Próspero en la cámara azul, hacia el este, cuando profería estas palabras. Su voz repercutió sonora y distintamente en las siete salas, pues el príncipe era hombre osado y vigoroso, y la música había callado a un movimiento de su mano.

Encontrábase en el salón azul con un grupo de pálidos cortesanos a su alrededor. Mientras pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un ligero movimiento del grupo hacia el intruso que se encontraba al alcance en aquel momento; y quien entonces, con firme y deliberado paso, se aproximó al que hablaba. Pero, debido al desconocido pavor que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, ninguno se atrevió a poner la mano sobre él; de modo que pudo acercarse sin obstáculos hasta una yarda de distancia de la persona del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo impulso, se recogía desde el centro hasta los muros de la habitación, dirigióse el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y mesurada que le distinguió desde el primer momento, del salón azul al púrpura; del púrpura al verde; del verde al anaranjado; de aquí al blanco; y siguió todavía al violado, sin que se hubiera hecho movimiento alguno para detenerle. Entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, atravesó precipitadamente las seis cámaras sin que nadie le siguiera, a consecuencia del terror mortal que les había sobrecogido. Llevaba en alto una daga desenvainada, y habíase acercado impetuosamente hasta tres o cuatro pies de la figura que huía, cuando al llegar ésta al extremo de la cámara de terciopelo, volvióse repentinamente e hizo frente a su perseguidor. Oyóse un agudo grito; el puñal resbaló centelleando sobre la negra alfombra en la cual, un instante después, caía postrado de muerte el príncipe Próspero. Entonces algunos de los asistentes a la fiesta, reuniendo el salvaje valor de la desesperación, precipitáronse a la cámara negra, y cogiendo al enmascarado, cuya alta figura continuaba erguida e inmóvil en la sombra del reloj de ébano, sintiéronse poseídos de indecible horror al encontrar que los ornamentos de la tumba y la máscara de cadáver que sacudían con violenta rudeza, no estaban sostenidos por forma tangible alguna.

Y entonces se reconoció la presencia de la Muerte Roja. Había entrado de noche como un ladrón. Y uno a uno se desplomaron en los salones regados de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano terminó con la del último de la alegre partida. Y el fuego de los trípodes se extinguió. Y la Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado sobre todo el reino.

Traducción de Carmen Torres Calderón Pinillos (1919)

Isak Dinesen

Maestra en el arte de contar cuentos y para siempre unida al continente africano,

 a

 Isak Dinesen, 

con la profunda intuición y la sabiduría de los habitantes de esas tierras, los Kikuyus la llamaron “la leona”. Ellos, como nadie, percibieron su auténtica naturaleza.

Fotografía de Beatriz Pérez Hamilton para LHM

Por su biografía parece una mujer a la que todo le fue arrebatado: pronto dejó de ser hija, esposa, amante, no pudo ser madre, fracasó en sus negocios, fue desposeída muy joven de la buena salud… y el tiempo, para dar la razón a los Kikuyus, la desposeyó también de su melena. A pesar de todo, a Karen Christentze Dinesen –su auténtico nombre– la vida difícil la fue haciendo más y más brillante.

En los últimos años, tuvo un compañero, un poeta danés, con quien compartía el tiempo para crear y cuenta el poeta que nuestra autora hizo un pacto con el diablo: todo lo que sintiera lo convertiría en una historia. El diablo le permitió hacerse dueña de un gran privilegio: ser discípula del “ser”, no del “tener”.

 

Para los que admiramos y aprendemos de los grandes cuentistas, su prosa es generosa y refinada, fresca; parece que escribe al dictado, que sobrevuela sobre los escenarios de sus cuentos y observa desde lo alto a esos personajes que viven y las sombras que proyectan.

 

Nunca sabremos si, allá en su querida Africa, vibrará el aire en la llanura con un color que ella haya llevado o si la buscarán las águilas de Ngong, pero sí sabemos que es ella, la misma Karen, quien se prodiga en las historias que nos cuenta.

 

«El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa sujeción.

–¿Por que me has ayudado? – le preguntó.

–¿No lo sabes? –contestó ella–. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el Charlotte, cuando navegaba por el  Mediterráneo. Aquel día trepaste por las jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos así a veces para ver mundo… »

Fragmento: Cuento del joven marinero –Cuentos de invierno–

La editorial Alfaguara publicó hace unos años una recopilación de todos sus relatos en “Cuentos reunidos”. Los tienes en cualquier librería que se precie y son imprescindibles.

https://www.casadellibro.com/libro-cuentos-reunidos/9788420406176/1824544

Marguerite Yourcenar

Una de las mujeres más interesantes en el mundo literario de los último siglos, también escribió cuentos. 

Dibujo de Merche B. para LHM

Inmersa en el mundo clásico, con una profunda formación, ya en los inicios de su carrera literaria surgió en ella la inquietud por el fascinante y desconocido Oriente. Los CUENTOS ORIENTALES representan su primer intento de acercarse a esa dimensión no explorada por la cultura a la que pertenece: la dimensión intangible del ser humano. A partir de entonces nunca abandonaría esa inquietud.

 A pesar de que, sus dos grandes obras y mejor  consideradas, son novelas, no pueden dejarse de lado sus diversas muestras en la narrativa corta:  Los ya mencionados Cuentos orientales se publicaron en 1938. Tras su muerte había quedado un cuento inédito –Cuento azul– que vio la luz en 1993. No son menos destacables sus relatos contenidos en –Como agua que fluye– y –Fuegos– una mezcla entre la mitología y la realidad sobre el amor. Ambos son de carácter bibliográfico….. 

https://www.iberlibro.com/CÓMO-SALVÓ-WANG-FÔ-Marguerite-Yourcenar-Autor/16198536320/bd

Cómo se salvó Wang-Fô

Incluida en “Cuentos orientales”, “Cómo se salvó Wang-Fô” es una exquisita narración acerca  de un anciano artista y su discípulo. Ambos, vagabundos en busca del arte, se encontraran atravesando los enormes salones del palacio imperial para enfrentarse a inesperados e insólitos sentimientos que les harán perderse en un cuadro inacabado, capaz de devolver la vida con la punta de los pinceles.

La entrevista a Marguerite Yourcenar gravada en 1983 es una joya para todo aquel que siente la necesidad de escribir:  

https://www.youtube.com/watch?v=M-FCiwuVndk&feature=share

 

 

 

 

Antón Chéjov

De un hombre que escribió más de 600 cuentos no hace falta decir mucho. Seguramente todo quedó oculto entre las líneas de sus relatos porque, al margen de lo que sepamos de él,  ya lo advierte Dmitri Dmitrich Gurov en “La Dama del Perrito”: Cada hombre vive su verdadera vida en secreto.

De sus relatos, sin embargo, se ha dicho todo. Sus discípulos son multitud. Alguno de ellos los ha definido como instantes perdidos en el tiempo que él atrapa con la pericia de un fotógrafo, extasiado por la idoneidad del lugar,  el momento y la luz; más tarde los revelará en su cámara oscura dejando las imágenes ahí, colgadas con pinzas del alambre, para que suceda lo que tenga que suceder.

Hoy esos más de 600 cuentos están recogidos en varios volúmenes por la editorial Páginas de Espuma, a los que sería bueno prestarle la atención que se merecen.

http://paginasdeespuma.com/especial/cuentos-completos-de-anton-p-chejov/

Representan  varias etapas de su vida en las que unos aprecian la madurez de los últimos relatos, otros el humor de los primeros. Es algo personal, pero nada como perderse en el universo de Chéjov para descubrir un mapa completo de la condición humana con el ojo puesto en el pequeño agujero de un caleidoscopio.

Pixabay

 

 

 

La muerte de un funcionario público

El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz…, cuando, de repente… -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de improvisos-, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo…, apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.

Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan…, a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.

-Le he salpicado probablemente -pensó Tcherviakof-; no es mi jefe; pero de todos modos resulta un fastidio…; hay que excusarse.

Tcherviakof tosió, se echó hacia delante y cuchicheó en la oreja del consejero:

-Dispénseme, excelencia, le he salpicado…; fue involuntariamente…

–No es nada…, no es nada…

-¡Por amor de Dios! Dispénseme. Es que yo…; yo no me lo esperaba…

-Esté usted quieto. ¡Déjeme escuchar!

Tcherviakof, avergonzado, sonrió ingenuamente y fijó sus miradas en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: estaba molesto e intranquilo. En el entreacto se acercó a Brischalof, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, murmuró:

-Excelencia, le he salpicado… Hágame el favor de perdonarme… Fue involuntariamente.

-¡No siga usted! Lo he olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo -contestó su excelencia moviendo con impaciencia los hombros.

“Lo ha olvidado; mas en sus ojos se lee la molestia -pensó Tcherviakof mirando al general con desconfianza-; no quiere ni hablarme… Hay que explicarle que fue involuntariamente…, que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que escupí. ¡Si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!…”

Al volver a casa, Tcherviakof refirió a su mujer su descortesía. Mas le pareció que su esposa tomó el acontecimiento con demasiada ligereza; desde luego, ella se asustó; pero cuando supo que Brischalof no era su «jefe», se calmó y dijo:

-Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no conoces el trato social.

-¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo acogió de un modo tan extraño…; no dijo ni una palabra razonable…; es que, en realidad, no había ni tiempo para ello.

Al día siguiente, Tcherviakof vistió su nuevo uniforme, se cortó el pelo y se fue a casa de Brischalof a disculparse de lo ocurrido. Entrando en la sala de espera, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente recibía las peticiones. Después de haber interrogado a varios de los visitantes, se acercó a Tcherviakof.

-Usted recordará, excelencia, que ayer en el teatro de la Arcadia… -así empezó su relación el alguacil -yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen…

-¡Qué sandez!… ¡Esto es increíble!… ¿Qué desea usted?

Y dicho esto, el consejero se volvió hacia la persona siguiente.

“¡No quiere hablarme! -pensó Tcherviakof palideciendo-. Es señal de que está enfadado… Esto no puede quedar así…; tengo que explicarle…”

Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Tcherviakof se adelantó otra vez y balbuceó:

-¡Excelencia! Me atrevo a molestarle otra vez; crea usted que me arrepiento infinito… No lo hice adrede; usted mismo lo comprenderá…

El consejero torció el gesto y con impaciencia añadió:

-¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!

Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.

“Burlarme yo? -pensó Tcherviakof, completamente aturdido-. ¿Dónde está la burla? ¡Con su consejero del Estado; no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! Le escribiré una carta, pero yo mismo no iré más! ¡Le juro que no iré a su casa!”

A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al consejero. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al otro día juzgó que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.

-Ayer vine a molestarle a vuecencia -balbuceó mientras el consejero dirigía hacia él una mirada interrogativa-; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso vuecencia suponer. Me excusé porque estornudando hube de salpicarle… No fue por burla, créame… Y, además, ¿qué derecho tengo yo a burlarme de vuecencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración… No habrá…

-¡Fuera! ¡Vete ya! -gritó el consejero temblando de ira.

-¿Qué significa eso? -murmuró Tcherviakof inmóvil de terror.

-¡Fuera! ¡Te digo que te vayas! -repitió el consejero, pataleando de ira.

Tcherviakof sintió como si en el vientre algo se le estremeciera. Sin ver ni entender, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y volvió lentamente a su casa… Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, se acostó en el sofá, sin quitarse el uniforme, y… murió. 

El Aleph de Borges

 

https://www.todostuslibros.com/libros/aleph-el_978-607-31-0491-3

Y con El Aleph llegó Borges para anunciar su buena nueva: 
«Que el universo entero está contenido en una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor».
Que, al parecer, nada ni nadie muere o vive, es viejo o joven, nada existe ni está pero no por ello deja de existir porque todo, absolutamente todo, sencillamente, ES.
 Gracias a Borges sabemos que miles y miles de pequeñas visiones del mundo componen la sublime visión de todo el universo. El conocía el secreto: TODO ESTÁ EN LOS LIBROS.

 

A cerca de este relato ineludible en la cuentistica actual, es interesante la lectura del artículo crítico realizada por Cándido Pérez Gállego en el año 1967 en: Cuadernos Hispanoamericanos.

Descubrimiento de la realidad en “El Aleph” de Jorge Luis Borges.

http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcd79x1?_ga=2.25484408.459308563.1530351768-1808007701.1530351768