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HISTORIA DEL CUENTO

El cuento es el género errante y cosmopolita por excelencia y sin duda el precursor del arte literario.

En esta sección de “Sabios cuentistas” trataremos de hacer un pequeño homenaje al cuento tradicional, trasmitido de boca en boca desde el amanecer de los tiempos, ellos son el discreto respaldo y reposo de todas las grandes culturas. 

«No es que hoy en día el cuento tradicional quede relegado completamente; sigue cultivándose en la edad moderna, pero muy rara vez. El cuento moderno es de arte absolutamente personal. Es un género literario lo mismo que otro cualquiera. Cada cuento pertenece exclusivamente a su autor, como le pertenece la novela, el drama o el soneto que haya escrito. Estas producciones individuales reniegan del pasado, no quieren tener más antecedentes que su único inventor, quieren que en él comience su historia y en él acabe: “mi ingenio las engendró y las parió mi pluma”.

Pero hagamos la necesaria salvedad: todo engendro, todo parto supone detrás de sí un interminable abolengo, y el autor más original tiene enorme deuda con el pasado de la colectividad en que vive. Y no es raro que los mayores éxitos, en el loable afán de crear ficciones nuevas, dependa de no olvidar demasiado el modelo de los viejos relatos, dotados por esfuerzo colectivo de una sólida y armónica articulación, y depende también a veces de recordar que la originalidad de un Shakespeare no se amengua en un ápice, porque todos y cada uno de los episodios de Hamlet provengan de una vieja narración».

Ramón Menéndez Pidal

Antología de cuentos de la literatura universal.

 

 

Arabia -Las mil y una noches-traducciones al español III – Arabistas de la Universidad de Barcelona

La edición y traducción de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya y Leonor Martínez fue realizada a partir del original egipcio de Bulaq de 1835. Dice Alvaro de Larica en el magnífico artículo de su bloc http://www.alvarodelarica.com/2015/01/las-mil-y-una-noches-atalanta.html, que es rigurosa, directa, completa y suficientemente adornada. Fue publicada a principio de la década de los sesenta por la desaparecida editorial Vergara, e injustamente olvidada,  posteriormente sería recuperada por Atalanta -antigua editorial Siruela-. 

 

1ª de las tres portadas de la edición// Editorial Atalanta

 

Muy poco tiempo después se publicaria la traducción y compilación de Juan Vernet, catedrático  y reputado arabista -quien conocía y había prologado la realizada por sus compañeros-. Su versión está considerada por los filólogos como una de las más fiables.

La traducción del autor tiene como base la quinta edición en cuatro volúmenes de la imprenta Sarafiyya del Cairo 1323-1906 y la de la Dar al Kutuf al-arabiyya al-kubrá, que coinciden con los textos de ZER (Zotenberg’s Egyptiann Recension), se han introducido algunas variantes de la edición de Calcuta 1832-1842 y algunos que no figurando en el ZER que se han traducidos en otras ediciones -en su libro quedan  perfectamente identificadas estas novedades-.

Al margen de la traducción de los relatos, en sus numerosos escritos sobre este libro, el autor, con su ineludible erudición y conocimiento del tema, fue encadenando la espesa red de conexiones e influencias de este libro en la literatura occidental, desde la Odisea, el mito de Alejandro Magno, la influencia en la picaresca hispana o en autores de todas las latitudes como en Lope de Vega, Don Juan Manuel, Cervantes, Boccaccio, La Fontaine, los hermanos Grimm, Shakespeare…, lo que demuestra que, en aquellos tiempos, la dimensión del mundo nunca fue tan grande como nos creímos y hace bueno el dicho de que “el mundo es un pañuelo”.       

 

Dicen las más antiguas supersticiones y leyendas que Las mil y una noches es un libro de lectura lenta. Hay que hacerlo poco a poco para saborear todas sus dimensiones que son muchas, la consecuencia de no hacerlo así, podría ser la locura…

 

Archivo de LHM

Con su inagotable versatilidad, Sherezade relató historias sobre cualquier temática. Joan Vernet, siguiendo la clasificación hecha por el traductor del libro al alemán, el orientalista Enno Littmann, divide su contenido en ocho temáticas diferentes: 

 

1.- Cuentos maravillosos.-

 Entre ellos están alguno de los más célebres:

*Aladino y la lámpara maravillosa, *Ali Baba y los cuarenta ladrones. Ambos conservados en manuscritos egipcios descubiertos tardíamente. 

Con más valor literario los viajes submarinos, cuyo origen se considera persa, se desarrollan en la *Historia del matrimonio del rey Badr Basim. En ellas se muestran cómo la literatura arabe conocía la literatura grieta y se hace evidente en *Chawhara y la reina Lab, quien transforman a las personas en animales como Circe, la hechicera mitológica que vivió en la isla mediterranea de Eea.

Interesante pero con menor valor literario *Abd Allah de la Tierra y Add Allah Del Mar, describen una vida submarina de la humanidad. 

*Simdbad el marino, que en un principio fue un libro independiente,  esta basado en los textos escritos sobre -Las maravillas de la India, las maravillas de China y la india y las maravillas Del Mar- que se encontraba en las bibliotecas de Bagdad en el siglo X y XI. El autor introduce leyendas procedentes de la Odisea y de la versión árabe de la leyenda de Alejandro.

En alguna de las aventuras se ha tratado de encontrar un origen prefaraónico o de las ceremonias de incubación onírica helenicas o talmúdicas. Sin duda todos los relatos contienen una gran unidad estilística.

*Historia de Abu Muhammad el perezoso y de Harún al-Rashid, perteneciente al periodo bagdadí y probablemente también lo sea. 

*Jalifa el pescador con las monas.

*Historia del caballo de ébano que sirvió de inspiración a Cervantes, pues su última carrera está en el Clavileño del Quijote cuyo tema es de origen indio y fue extendido por persia y el mundo arabe.

*Add Allah b. Fadil, gobernador de Basora, escrito en época tardía.

 

2.- Novelas de caballería 

Los árabes clásicos no conocieron la poesía épica, seguramente debido al encorsetamiento de la estrofa que utilizaban, la casida, sometida a una jerarquizacion temática muy estricta. Sin embargo, sí novelaron las hazañas de sus héroes y en las mil y una noches se encierran dos grandes novelas de caballería: 

*La historia de Achib, Garibaldi y Salim al-Layl que constituye un cántico a la conquista del Próximo Oriente por la nueva religión.

*Historia del rey Umar al-Numán y sus dos hijos Sarkan y Daw al-Makan, proceden de dos estratos iniciales: las luchas contra lo bizantinos y contra los cruzados siglos más tarde. Representa la octava parte de la obra, y es un auténtico mosaico de guerras, relaciones pecaminosas y anécdotas que abarcan toda suerte de episodios, que muestran lo heterogéneo de los materiales unificados por los egipcios. Narrativamente destacan dentro de la historia las dos protagonistas femeninas: la alcahueta y entrometida Dat al-Dawahi e Ibriza, hija del emperador bizantino, destacando, ambas mujeres, por su papel activo en contraste con el escaso valor que se las concede en las epopeyas europeas no españolas.

Otras obras de carácter novelesco de origen histórico, reales o legendarios, son:

*Historia de una ciudad de Al-Andalus,  conquistada por Tariq b. Ziyad, que describe el botín abundante conseguido por los vencedores en la ciudad de Toledo, entre el cual figuraba la mesa de Salomón.

*Historia de la ciudad de Bronce.

*Historia de la Nur-al Dil y Maryam la cinturonera, que con cierto carácter moralízate, parece guardar cierta relación con el Decameron de Boccaccio.

 

3.- Novelas didácticas

De gran interés para la historia de la literatura española, ya que conocieron traducciones muy tempranas con influencias notorias, están:

*La historia de la esclava Tawaddud -Teodor, en la narrativa hispana-. Recoge gran número de datos científicos y justifica un determinado tipo de estética femenina. En esta historia se explica que una mujer hermosa debe tener dieciocho cualidades que más tarde recogería Lope de Vega en su comedia La doncella Teodor.

*Historia que trata de la astucia de las mujeres -traducida al castellano como Sendebar-. Dicha traducción se debe al hermano de Alfonso X, el infante don Fadrique y contiene, debido a su temática, una serie de narraciones entre ellas *La huella del león, probablemente de origen bíblico. Varios elementos de esta narración pasarán a la cuentistica occidental a través de Don Juan Manuel en El conde de Lucano y en los  cuentos de La Fontaine.

Pero la  influencia del Sendebar se deja sentir en todo el ámbito europeo sirviendo de inspiración a los hermanos Grimm en ejemplos como Bruner Lustig o el relato de Los seis cisnes; el orlando enamorado de Boyardo, Shakespeare se inspiró en Sendebar para su episodio de la libra de carne como pago en El mercader de Venecia.

*Los cuarenta visires con la que se introduce la leyenda del monje Ambrosio, versificada por Cristóbal de Virués, autor del Monserratte.

 

4.- Novelas esotéricas 

La *Historia de Hasán Karin al-Din y la *Historia de Chawdar, hijo del mercader Umar y de sus hermanos, representan en conjunto un relato de viajes al mundo de la ultratumba, que hizo pensar a Harovitz que podía ser –no lo es, según demostró Asín– un precedente de la Divina Comedia.

Las fuentes de estos relatos son hebreas, indopersas y egipcias pero también se recogen mitos sumerios o el mito de Alejandro que han pasado a ser patrimonio de todas las literaturas.

En la *Historia de Hasán de Basora, el orfebre, el motivo principal es el de las muchachas pájaro de origen indio que ha sido aprovechado por todas las literaturas islámicas. 

 

5.- Relatos edificantes, anécdotas y fábulas

De formas muy breves y agrupados, se presenta entremezcladas entre dos historias o grupos de historias,  parecen ser cuñas para servir de separación y descanso. Junto a escenas históricas, piadosas o jurídicas, aparecen otras que cuentan todo tipo de perversiones explicadas de acuerdo con el folklore de la época, como las que se encuentran el la *Historia de Wird Jan hijo del rey Chilad… aún cuando todas ellas, así como las fábulas son difíciles de filiar.

 

6.- Novelas amorosas

A pesar de la crudeza con la que se exponen, son los relatos de mayor valor estético y literario. Hay relatos de todo tipo, contemplados con una moral muy distinta a la cristiana, desde las relaciones heterosexuales al bestialismo pasando por la homosexualidad y, en fuerte contraste, con este tipo de narraciones se comprenden una serie de breves narraciones en las que se elogia el amor platónico que, según se asegura, fue practicado por la tribu de “los hijos de la virginidad”

*En Aziz y Aziza, una historia de amor desinteresado, podemos leer, como curiosidad, cómo se trabajaba en las fábricas de eunucos de Almería desde donde, en el siglo X, se surtía de ellos a todo el mercado de Oriente Próximo.

*Historia de Harúm al-Rashid y el joven Omán, 

*Historia de Qatar al-Zaman, reelaborada en la época persa, bagdadí y egipcia que, sin embargo, presenta intercalada la historia de *Nima y Num que se remonta al Extremo Oriente.

De este mismo período parece ser la *Historia del comerciante Mansur y de su amada Zayn al-Mawasif, que termina con la conversión de los dos protagonistas al islam.

Además se han intercalado leyendas preislamicas, como la creencia de que los genios surgen de los pozos.

En el cuento de *Ali Sar y la esclava Zumurrud, de origen persa,  en donde la esclava amada, separada de su dueño, se disfraza de hombre hasta que vuelve a los brazos de su amado.

De origen egipcio, la *Historia de Qatar-al Zaman y su amada, de tema netamente inmoral, sirve para contraponer el carácter lascivo de las mujeres del Iraq con el casto de las egipcias. Este último origen tiene también la historia de *Uns al-Uchud y de su amada Ward Fi-l-Akmam.

 

7.- Novela picaresca

Littemann  consideraba que la picaresca en Las mil y una noches es de origen egipcio. Dos narraciones corroboran esta idea: * Alí al-Zaybaq al-Misrí y la de Baybars y los dieciséis policías -esta última no figura en el ZER-. Pero hay otros autores que consideran que el origen es árabe -para Gonzalez Palencia la picaresca deriva del género que se conoce con el nombre de maqamas-. Estas consisten en una serie de historias cortas, independientes unas de otras, que tienen en común la existencia de una figura central, un pícaro con todas las de la ley, que se convierte en un gorrón y va subsistiendo gracias al empleo de sus buenas artes. El ciclo de las *Historias del barbero integradas en *El jorobado, el judío, el superviviente y el cristiano,  con sus curiosidades costumbristas como la agrupación de los pícaros y ladrones en  cofradías, que sin duda han trascendido en otras literaturas…

También pueden enmarcarse en este estilo la *Historia de Ahmad al-Danif y de Hasán Sumán con Dalila la Tailada y su hija Zaynab la Astuta que engloba la *Historia de Alí al-Zaybaq al-Misrí, la narración es viva y con gracia, contrapone las argucias de las mujeres y los hombres.

Mucho más tardía es la *Historia de Abu Qui y Abu Sir.

 

Y… la poesía 

Intercalados en muchos cuentos se encuentran una serie de versos que, según cuenta el estudioso Horowitz, fueron realizados por 42 poetas entre los que destacan los arábigos-españoles, por la influencia que tuvieron en el próximo oriente en el momento de la compilación, prácticamente definitiva, de las mil y una noches. 

 

Arabia -Las mil y una noches- traducciones al español II- Cansinos Assens

Rafael Cansinos Assens, un escritor maldito que merece ser descubierto .

 

Fue el autor de la primera traducción íntegra de Las mil y una noches, vertida directamente del árabe al español y editada en Mexico por la editorial Aguilar en el año 1954.

 

La fundación que lleva su nombre se encarga de recuperar y difundir su obra:

 

“En un estudio crítico sobre las 1001 noches, nuestro autor, que fue mucho más allá que realizar una mera traducción, afirmaba:

Son Las mil y una noches comparables a un gran río, que se hace caudaloso al acercarse al mar, o a una gran ciudad cuyo origen se ignora. Se han descubierto las fuentes del Nilo, tanto tiempo ignoradas; pero aún están por descubrir las fuentes de Las mil y una noches”.

Y, a modo de cuento, expone la curiosa visión de un intelectual holandés sobre el origen del gran y universal libro:

 

 

LA TESIS PERSA CON RÚBRICA JUDÍA

Pero la tesis persa reaparece con rúbrica judía, sustentada por el orientalista holandés Gaeje, que de un golpe, con solo abrir la Biblia por el Libro de Esther, muestra a los eruditos rebuscadores de libros lo que no habían visto en ese Libro de Libros, que tenían a la mano, quizá sobre su misma mesa, y demuestra, por modo concluyente, que la motivación y sugestión primera de Las mil y una noches no se derivan del Calila y Dimna ni de ningún libro sánscrito ni persa, sino del gran libro judío, la Biblia.

Pues en el Libro de Esther se encuentra ya condensado todo el argumento de la obra y las prefiguras de sus protagonistas—el rey (Asuero), Schahrasad (Esther), su padre adoptivo el visir (Mardojai), más un personaje que en Las mil y una noches no sale y que es Amán, el visir antisemita del rey Asuero.

El monarca persa Ahasveros reinaba «desde la India hasta la Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias. El rey Ahasveros estaba casado con la reina Vasti, mujer hermosa y soberbia. Y sucedió que el rey, una vez, “hizo banquete”». Y… pero transcribamos mejor los propios versículos del Libro bíblico, que el drama nos cuenta…

El día séptimo, alegre por el vino el corazón del rey, mandó este a Mahuman, Bizta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Carcas, los siete eunucos que servían ante el rey Asuero, que trajeran a su presencia a la reina Vasti, con su real corona, para mostrar a los pueblos y a los grandes su belleza, pues era de hermosa figura;  pero la reina se negó a venir con los eunucos, y el rey se irritó mucho y se encendió en cólera. Preguntó entonces el rey a los sabios conocedores del derecho, pues era este el modo de tratar los negocios ante los conocedores de las leyes y del derecho, de los cuales tenía junto a sí a los que ocupaban el primer rango en su reino, qué ley habría de aplicarse a la reina Vasti por no haber hecho lo que el rey le había mandado por medio de los eunucos.

Memucan respondió ante el rey y los príncipes: «No es solo al rey a quien ha ofendido la reina Vasti; es también a todos los príncipes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero, porque lo hecho por la reina llegará a conocimiento de todas las mujeres y será causa de que menosprecien a sus maridos, pues dirán: El rey Asuero mandó que llevasen a su presencia a la reina Vasti y ella no fue; y desde hoy las princesas de Persia y de Media que sepan lo que ha hecho la reina se lo dirán a todos los príncipes del rey, y de aquí vendrán muchos desprecios y mucha cólera.  Si al rey le parece bien, haga publicar e inscribir entre las leyes de los persas y de los medos, con prohibición de traspasarlo, un real decreto mandando que la reina Vasti no parezca más delante del rey Asuero, y dé el rey dignidad de reina a otra que sea mejor que ella

Foto cedida por Pixabay

Y en el capítulo II prosigue la historia en estos términos:

Después de esto, cuando ya se calmó la cólera del rey, pensó en Vasti y en lo que ésta había hecho y en la decisión que respecto de ella se había tomado. Los servidores del rey le dijeron: «Búsquense para el rey jóvenes vírgenes y bellas, poniendo el rey en todas provincias de su reino comisarios que hagan reunir todas las jóvenes vírgenes y de bella presencia en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la vigilancia de Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres, que les dará lo necesario para ataviarse, y que la joven que más agrade al rey sea la reina en lugar de Vasti.» Aprobó el rey este parecer y se hizo así.

He ahí narrado en el mismo estilo de Las mil y una noches el drama conyugal del rey Asuero, origen del encumbramiento de Esther la judía, que, con su belleza y atractivos, hizo que aquel se olvidara por completo de la reina Vasti y de todas las mozas vírgenes de su reino, poniendo fin a ese ominoso tributo de las mil doncellas y salvando, de paso, a su pueblo judío de los manejos de Amán, el antisemita.

Ahí tenemos ya el argumento y las dramatis personae del libro árabe. Basta con exagerar un poco las cosas y los caracteres. Que el rey Asuero, en vez de repudiar a la reina Vasti, mande matarla y esas vírgenes reunidas en su serrallo desfilen ante él, no para que elija de entre ellas nueva esposa, sino para que las goce y las sacrifique por turno, y tendremos ya el caso del misógino, agresivo rey Schahriar.

La semejanza resalta todavía en el modo como el rey se entera del servició que Mardojai le había prestado en tiempos, salvándole la vida, y de los manejos antisemitas del ambicioso Amán, pues también ahí interviene una historia, aunque no sea Esther quien se la cuente:

«Cap. IV. Aquella noche se le fue el sueño al rey y dijo que le trajesen el libro de las memorias de las cosas de los tiempos, y leyéronlas delante del rey…»

Por esa lectura sabe el rey Asuero que el padre adoptivo de su esposa salvárale antaño la vida, sin que por ello obtuviese recompensa, y decide llamarlo y honrarlo como se merece, subsanando aquel injusto olvido.

Y comparece ante el rey Mardojai y el rey lo nombra su gran visir en lugar de Amán, que muere en la horca que para el hebreo había, con demasiada prisa, mandado levantar.

Esta historia, que pudiera inscribirse en el ya citado libro de At-Tenuji Al Farchu-di-sch-Schiddet (El gozo tras la aflicción), historia que empieza mal y acaba bien y que los judíos leen todos los años, para su edificación y consuelo, haciéndola seguir de una alegre carnavalada, en que se truecan los papeles, como se trocaron entonces los de Mardojai y Amán, es, en resumen, la misma historia del rey Schahriar y su esposa Schahrasad, que también empieza mal y acaba bien para las mujeres y para todo el reino de Persia.

Cierto que Asuero es un carácter menos violento que Schahriar y que, en cambio, Schahrasad es más enérgica y brava que Esther, y se da un aire en lo heroico a Judith, pues obra por propia iniciativa y no por sugestión de su padre adoptivo, Mardojai, que es allí toda el alma del enredo. Esther solo triunfa ante el rey por su hermosura, y por lo demás es una pavisosa, que no sabe historias ni cuentos entretenidos ni tiene malicia femenil, siendo simplemente una linda muñeca en manos de Mardojai.

Pero salvo esas diferencias, todo lo demás es idéntico, y esas diferencias tenía que introducirlas el retocador del asunto, pues si no habríase encontrado con el mismo Libro de Esther.

Confesamos que, de todas las hipótesis, esta de Gaeje nos parece la más admisible y podría servir de base para atribuirle la paternidad de las Noches a un escritor judío, arabizado, de los muchos que pululaban en esas cortes orientales.

Si bien se mira, todo el libro miliunanochesco está salpicado de constelaciones hebraicas; todo lo que en él se dice de Salomón y su poder sobre hombres y genios es de procedencia talmúdica, así como muchas de las anécdotas edificantes que en él se intercalan.

Schahrasad, como vemos, está hecha con retazos de Esther y Judith, pues en su decisión de ofrecerse al rey Schahriar hay algo que recuerda el gesto de la heroína hebrea que, ataviada con todas sus galas, adornada y ungida como para una noche nupcial, se dirige a la tienda de campaña de Holofernes, con el puñal escondido bajo sus ropas, como si dijéramos «con la navaja en la liga». Burton ha insinuado que acaso Schahrasad llevase también su navaja en la liga, por si le fallaban los cuentos. Y hasta esa hermanita Dunyasad, que la acompaña, recuerda a esa otra hermana menor que la Sulamita lleva consigo al palacio de Salomón: «Tenemos una hermana que aún no tiene pechos…»

Hay, pues, sobrados motivos para aceptar la hipótesis del orientalista holandés. El judío está en todas partes, en todo se tropieza con él y, como autor del libro más antiguo, tiene los precedentes de todo.

Saludemos a esa noble sombra.

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Arabia- “Las mil y una noches” -Traducciones al español I- Blasco Ibañez

Dice el reputado arabista, Juan Vernet, en sus escritos sobre Las mil y una noches que, de modo incompleto, sus cuentos ya eran conocidos mucho antes de que la primera recopilación traducida en lengua occidental,  realizada en Francia por Galland, viera la luz. En rigor desde el siglo XII se hallaban infiltradas en varias literaturas, románicas primero, germánicas después, a través de traducciones realizadas en España en latín o en castellano. En algunos casos esta transmisión está documentada como en el cuento de «La doncella Teodor» o el ciclo de los «Siete visires». En otros casos es más difícil de probar la dependencia de ciertas narraciones occidentales, pero puede conseguirse mediante un análisis temático ambiental: esto ocurre en determinadas
anécdotas de la picaresca española o algunos pasajes del Decameron.

 

En todo caso, tal como ahora se concibe la obra, Las mil y una noches en castellano nos llegaron, por el lado europeo, siglos después; primero volcadas de la traducción alemana de Gustav Weil y editadas por Montaner y Simón en Barcelona y más tarde, de la mano de Vicente Blasco Ibáñez, quien traduciría la  polémica versión de Mardrus -árabe de nacimiento, afincado en Paris-, médico, poeta y traductor, transgresor e inconformista quien quiso romper con la moralidad llena de prejuicios puritanos propios de la época en que Galland publicara su versión.

Este autor hizo hincapié en destacar el lado erótico de los relatos, basándose en una autenticidad que ha sido puesta más tarde en entredicho por los estudiosos del tema y, de la mano de Vicente  Blasco Ibáñez, ha circulado durante décadas por las bibliotecas españolas como digna representante de la literatura oriental más genuina.

Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia
Biblioteca valenciana -Generalitat de Valencia-

 

Prólogo de J.C. Mardrus traducido por Vicente Blasco Ibáñez

Una palabra del traductor a su amigos

 

YO OFREZCO DESNUDAS, VÍRGENES, 

INTACTAS Y SENCILLAS, PARA MIS DELICIAS Y 

EL PLACER DE MIS AMIGOS, ESTAS NOCHES

ÁRABES VIVIDAS, SOÑADAS Y TRADUCIDAS 

SOBRE SU TIERRA NATAL Y SOBRE EL AGUA.

Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.

Por eso las doy.

Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schehrazada, su madre suculenta que las dió a luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime -lúbrico y feroz-, bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso. Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa.

Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de rosa. Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la LITERALIDAD, una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata… Ella fija.

La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque ¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre…?

Las dificultades del idioma original, tan duras para el traductor académico, que ve en las obras la letra antes que el espíritu, se convierten entre los dedos del amoroso balbuceo oriental en espirales tan bellas, que muchas veces no se atreve a desenlazarlas por miedo a que pierdan su originalidad.

¡En cuanto a la acogida que tendrán estas joyas orientales… ! El Occidente, amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje -gorjeo simple, sonoro y juvenil -de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen.

Entienden poco de malicia las huríes.

Y los pueblos primitivos, dice el Sabio, llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne o en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza).

Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce a la alegría. Y ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.

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Todo artista que ha vagabundeado por Oriente y cultivado con amor los bancos calados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes; el viejo Cairo con sus calles llenas de sombra, siempre frescas; los zocos de Damasco, Sana del Yemen, Mascata o Bagdad; todo aquel que ha dormido en la estera inmaculada del beduino de Palmira, que ha partido el pan y saboreado la sal fraternalmente en la soledad gloriosa del desierto, con Ibn Rachid, el suntuoso, tipo neto del árabe auténtico, o que ha gustado la exquisitez de una charla de simplicidad antigua con el puro descendiente del Profeta, el cherif Hussein ben Ali ben Aoun, emir de la Meca santa, ha podido notar la expresión de las pintorescas fisonomías reunidas. Un sentimiento único domina a toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea con vitales estallidos ante las palabras gruesas y libres del heroico cuentista público que en el centro del café o de la plaza gesticula, mima, se pasea o brinca para dar mayor expresión a su relato en medio de los espectadores risueños… Y se apodera de vosotros la general embriaguez suscitada por las palabras y los sonidos imitativos, el humo del tabaco que hace soñar, la esencia afrodisíaca que parece flotante en el espacio, el sub-olor discreto del haschich, último regalo de Alah a los hombres… Y os sentís navegantes aéreos en la frescura de la noche.

Allí nadie aplaude. Ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, vestigio indiscutible de razas ancestrales y antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la víctima y del cual ha hecho Europa un signo de la horrible alegría burguesa amontonada bajo el gas o la electricidad de las salas públicas, es completamente desconocido.

El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoun, un canto de muezzin o de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un -vuelo de pájaro o la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina o a toda voz con un ¡ah! ¡ah!… largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico.

Y esto se debe a que el árabe no es más que un instintivo; pero afinado, exquisito. Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal.

Pero es parco en palabras y sueña… sueña. Y ahora, amigos míos…

Yo os prometo, sin miedo de mentir, que el telón va a levantarse sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya alumbrado jamás sobre la nieve del papel el frágil útil del cuentista.

Doctor J. C. MARDRUS

Fuente: Biblioteca Valenciana, Generalitat de Valencia

 

Arabia -Las Mil y una noches- Historia del tercer hermano del barbero

Puede que merezca la pena, antes de empezar con la pequeña exposición de los cuentos de Las Mil y una noches, hacer una breve semblanza de la historia de este libro universal y mágico, que abrió las ventanas del mundo occidental para dejar entrar la fascinación ante ese oriente de sultanes y mendigos, de genios, de tullidos pedigüeños, de ladrones y tesoros escondidos, de alfombras voladoras, de bellísimas mujeres de haren o de cautivos irredentos.

Desde sus origenes indios, son muchas las vicisitudes de este hermoso libro: su paso por el imperio persa y por el antiguo Egipto, que supuso la traducción al árabe, y su lenta expansión en boca de las alcahuetas de los mercados de Bagdad o de Beirut o en la de los contadores de cuentos en los cafés del Cairo, hasta llegar a las páginas de nuestros libros en el amanecer del romanticismo europeo. Lo cierto es que en pleno siglo XXI, todavía, los niños siguen durmiendo al arrullo de Simbad y Sherezade o Aladino siguen atrayendo a las poderosas compañías cinematográficas que vuelven, una y otra vez, a ellos para dejarnos asombrados con el poder de una fantasía y una ensoñación que no se agotan nunca.  

Y es que, cuentan los eruditos, que lo que hoy conocemos como “Las mil y una noches”,  se recogieron primero bajo el nombre de “Mil noches”, más tarde, “Mil noches y una noche” y que esa prolongación numérica de su nombre se debe a la supersticiosa creencia musulmana del mal agüero de los números pares. En todo caso, si esa fue la razón, tuvieron la fortuna de convertir sus narraciones en un libro con sabores a infinito.

Y cuentan también que Alejandro Magno se enamoró de oriente y que, cada noche, reunía a su alrededor a “los oscuros hombres de la noche” para que le contaran cuentos antes de dormir. 

Que Serenade, quien preside y reina como una gran señora en cada historia, se incorporó al libro allá por el siglo XV, fruto de viejas tradiciones en el arte de contar cuentos de la India o de la China que enlazaban relatos como en el juego de las muñecas rusas.

Que Aladino no se encuentra entre los cuentos originales, pues, al parecer, fue introducido por el francés Galland -autor de la primera traducción en Europa allá por el año 1704- y que tal vez fuera el mismo traductor quien se inventó ese cuento.

 

¿Dónde está la razón de su persistente éxito? Puede que se deba a ese formato mágico que, como la propia vida, es una cascada de pequeños acontecimientos que van acaeciendo sorprendentemente entre la vida y la muerte.

 

 

Historia del tercer hermano del barbero

Mi tercer hermano Bakbak, el ciego, conocido por el apodo de Calabaza Huera, llegó un día, conducido por la predestinación y el destino, a una gran casa y llamó a la puerta esperando que el dueño contestaría y podría pedirle alguna cosilla. Preguntaron desde dentro:

–¿Quién llama?

Pero mi hermano no contestó. Y aunque oyó al dueño que volvía a decir, alzando la voz –¿Quién es?, siguió sin pronunciar palabra. Luego pudo distinguir ruido de pasos que se acercaban hasta llegar a la puerta y sintió que la abrían. Y entonces el hombre dijo:

–¿Qué es lo que deseas?

Mi hermano contestó.

–¿Qué me des una limosna por amor de Alah (alabado sea su nombre)

–¿Eres ciego?– preguntó el otro.

Y mi hermano contestó: 

–Sí.

–Entonces dame la mano– añadió el dueño de la casa.

Y mi hermano le tendió la mano y el hombre le metió dentro y le hizo subir escalones y más escalones hasta que llegaron hasta la más alta azotea. Y mi hermano iba pensando que le daría comida o dinero. Y cuando llegaron a la azotea preguntó el dueño:

–¿Qué quieres, ciego?

–Una limosna por amor de Alah (exaltado sea su nombre)

–¡Qué Alah te abra otro camino!– contestó el otro.

–¿Cómo? – exclamó mi hermano–. ¿No pudiste decirme eso cuando estábamos abajo?

–¡Y tú, !despreciable mamarracho!– contestó el hombre–, ¿no pudiste pedirme la limosna por amor a Alah cuando te lo pregunté por primera vez al oírte llamar a la puerta?

Entonces mi hermano preguntó:

–¿Qué piensas hacer conmigo?

Y dijo el dueño de la casa:

–Ante ti tienes abierto el camino.

De modo que mi hermano se puso a bajar las escaleras y siguió bajando hasta que solo le faltaban veinte escalones para llegar a la puerta y entonces dio un mal paso y cayó rodando y se rompió la cabeza.

Iba andando sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando dos ciegos compañeros suyos le encontraron y le dijeron:

–¿Qué te ha pasado?

Mi hermano les contó la desgracia que acababa de caer sobre él, añadiendo:

–!Oh hermanos míos! Quisiera acudir ahora a nuestros ahorros y cogiendo algo de ellos, gastármelo.

Ahora bien, el dueño de la casa en que mi hermano había entrado antes, le había seguido para espiarle, y sin que se diera cuenta había llegado tras él hasta su casa, y una vez allí, se escurrió dentro sin ser notado. Mi hermano se sentó a esperar a sus compañeros, y cuando llegaron les dijo:

–Cerrad la puerta y registrad la habitación, no sea que nos haya seguido algún extraño.

Cuando el intruso oyó lo que había dicho, se levantó y se colgó de una cuerda que pendía del techo, y los ciegos buscaron por todas partes y, no encontrando a nadie, volvieron a sentarse junto a mi hermano, y sacaron su dinero  porque lo contaron, y tenían más de diez mil monedas de plata. Luego pusieron sus ahorros en un rincón y tomando cada cual lo que quiso del sobrante de dicha cantidad, enterraron las diez mil monedas de plata. Hecho esto, colocaron sus provisiones ante ellos y se pusieron a comer.

Pero mi hermano oyó mascar a su lado a un extraño y dijo a sus amigos:

–¿Hay algún extraño entre nosotros?

Y al extender la mano fue a coger la del desconocido y empezó a chillar:

–¡Aquí está el intruso!

Y cayeron todos sobre él y le apalearon hasta cansarse mientras vociferaban:

–¡Oh musulmanes! ¡Pido protección a Alah y al sultán! ¡Pido protección a Alah y al walí! ¡Pido protección a Alah y al emir! ¡Tengo que comunicar al emir una cosa importantísima!

Y antes de que nadie pudiera darse cuenta, los guardias del walí los rodearon y los apresaron, incluyendo a mi hermano, y los condujeron a todos ante el superior.

El walí preguntó:

–¿Cuál es nuestra historia?

Y contestó el extraño:

–¡Fíjate bien en lo que te digo, oh walí! ¡No podrás enterarte de la verdad más que a fuerza de palos y, si quieres, puedes empezar por pegarme a mí el primero!

Entonces el walí dijo:

–¡Echad este hombre al suelo y pegarle de latigazos!

Y cuando los latigazos empezaron a dolerle, el pícaro abrió un ojo, cuando le dieron unos pocos más, abrió el otro. Ante lo cual exclamó el walí:

–¿Qué significa esa conducta, miserable?

–Prométeme la seguridad y te lo contaré todo– contestó el hombre.

Y habiéndole concedido el walí lo que solicitaba, agregó:

–Nosotros  cuatro nos fingimos ciegos y, de este modo, deslizándonos entre las gentes, entramos en sus casas y vemos a las mujeres y nos las arreglamos para pervertirlas y sacarles el dinero. Y valiéndonos de estos medios hemos conseguido acumular una riqueza considerable que se eleva a diez mil monedas de plata. Y yo he dicho a mis compañeros: «dadme mi parte, es decir, dos mil quinientas monedas» y ellos se han vuelto contra mí y han empezado a pegarme y se han quedado con lo que me pertenece. Por lo tanto, Pido protección a Alah y a ti, y más mereces guardarte tú mi parte que no ellos. Si deseas asegurarte de la verdad de lo que te he dicho, haz que les den de latigazos más de firme que a mí, y ya verás cómo abren los ojos.

Inmediatamente el walí ordenó que azotarán a los ciegos y a mi hermano le tocó ser el primero. Y le pegaron hasta casi acabar con él y entonces el walí les dijo:

–¡Ah hipócritas! ¿Os atrevéis a negar el don con que os ha favorecido Alah, fingiéndose ciegos?

Mi hermano exclamó:

–!Alah, Alah! Ninguno de nosotros tiene vista.

Y volvieron a echarle al suelo y no dejaron de pegarle hasta que perdió el sentido y entonces ordenó el walí:

–Llevaoslo hasta que vuelva en sí, y cuando vuelva en sí, azotadle de nuevo.

Y mientras tanto mandó que castigaran a sus compañeros, propinando a cada uno más de trescientos latigazos, mientras el que no era ciego exclamaba dirigiéndose a ellos:

–Abrid los ojos o volverán a azotaros otra vez– luego, volviéndose al walí, le dijo: –manda a alguien conmigo para que traigamos dinero, pues estos hombres no abrirán los ojos por temor a quedar mal ante los espectadores.

Y el walí ordenó a un hombre que le acompañaran, y volvieron ambos con el dinero. Y el walí lo cogió y apartó para el denunciante las dos mil quinientas monedas que reclamaba, en contra de los ciegos, y el se quedó con los demás. Y a mi hermano y a los,otros dos los expulsó de la ciudad.

El cuento ha sido extraído de la Antología de Cuentos de la Literatura Universal de D. Ramón Menéndez Pidal, traducidos directamente del francés por Elisa Bernis

India -Somadeva- Un océano de cuentos

 El Kathasaritsaga -océano de cuentos- es posterior al Pantchatantra, pero es, como este, una recopilación de cuentos escritos por Somadeva -poeta de la corte del rey Ananta de Kashmir- a quien se considera un conservador del antiguo folclore de la India, por su enorme recopilación de cuentos escritos en verso para la princesa Surymati.

 

 

No era Gunadhya un mortal cualquiera, sino un Dios que la brillante pléyade del gran Shiva gozó en un tiempo de la celeste beatitud, hasta que, por un pecado de soberbia, hubo de ser desterrado del mundo de los inmortales y condenado a expiar su culpa peregrinando por la tierra durante todo el tiempo que tardase en aprender la gran aventura que, un día lejano, le había contado Maheschvara a su esposa Parvati para curarla de su melancolía; y aún después de haberla aprendido, su castigo debía prolongarse hasta que la hubiese difundido por todo el mundo.

Tras una larga y penosa permanencia entre nosotros, en pos de las huellas de aquella maravillosa historia, pudo ver al fin el anhelado fin de sus fatigas, al encontrar un silfo que le narró todos los admirables episodios con que Shiva había regalado el oido de su favorito.

Toda aquella historia la recogió Gunadhya, el gran poeta, en el término de siete años, reduciéndola a setecientas mil estrofas y, receloso de que los silfos fuesen a robarle su obra, buscó el amparo del genio del bosque y con su sangre la escribió. Entonces acudieron a escucharle legiones de hadas y duendes, de suerte que parecía el pabellón del cielo, por así decirlo, un baldaquino. Después que Gunadhya hubo terminado su obra, pensó para sí: «la empresa que debe señalar el término de mi confinamiento en este mundo, es la de difundir en él la gran narración, sin dejar lugar en donde no sea conocida. El caso es que, ¿cómo voy a lograrlo? ¿A quién habré de entregársela?» Perplejo estaba cuando, los dos discípulos que, como a maestro de poetas, le habían seguido, conocido el motivo de su embarazo, le dijeron:

–No hay más que un hombre a quién puedas entregar la obra de tu ingenio sin par y ese hombre es el poderoso rey de Sata, príncipe que sabe como nadie apreciar la belleza y que puede llevar tan lejos la gracia de tu trabajo como el céfiro lleva el aroma de las flores.

Conforme el sabio Gunadhya con el parecer de sus virtuosos discípulos, entrególes el libro y los mando con él a presencia del príncipe, acompañándoles el mismo hasta las afueras de la ciudad de Patrischtthana, en donde convino con ellos que esperaría su regreso, en un pabellón que había mandado edificar la diosa Parvati. Los jóvenes llegaron a presencia del soberano Sata, le mostraron el libro y le dijeron:

–Aquí tiene la obra poética de Gunadhya.

Más él, como oyó a los jóvenes hablando la lengua del pueblo y vio que la historia estaba redactada también en el mismo lenguaje, ofuscado por un altanero desdén de letrado repuso:

–Magna es la labor de quien ha compuesto setecientas mil estrofas, pero el léxico es horrendo. Además, vienen escritas con sangre… No, decididamente no me interesa este libro.

Los discípulos recogieron entonces la obra y volvieron con ella a su maestro, a quien dieron cuenta de cuanto había sucedido. Gunadhya quedó muy abatido con la noticia y no sin razón, porque ¿quién es el que no se aflige al verse desdeñado por los doctos?

De allí tomo con sus discípulos el camino de una no muy lejana montaña, y elegido que hubo un solitario y encantador paraje, dispuso en él una pira, encendió la llama sagrada y, hoja por hoja, fue leyendo sus poesías a las fieras y animales del bosque y a los alados habitantes del espacio; y luego las arrojaba al fuego en presencia de sus acongojados discípulos. Solo a fuerza de súplicas consiguieron estos que indultase de las llamas una de las poesías que contenía el relato de los avatares de Naravahana, cantados en cien mil estrofas.

Sucedió que mientras Gunadhya iba leyendo y echando al fuego aquellas historias que Shiva había narrado, todas las gacelas, jabalíes, búfalo a y demás animales abandonaron sus pastos y sus lugares predilectos de caza, rodearon al poeta, formando un amplio círculo en torno a él, y con ojos llorosos, seguían su lectura, incapaces de apartarse de allí.

En esto el rey Sata empezó a sentirse enfermo. Llamados los médicos a su cabecera, opinaron que el origen del mal estaba en que los manjares que se le servían a la mesa eran carnes desprovistas de virtud nutritiva; y como recriminasen por ello a los cocineros, estos se exculparon diciendo: 

–Hace tiempo que nuestros cazadores no saben traer otra cosa que carnes flojas y sin jugo.

Los monteros, a su vez, explicaron para justificarse cuando vieron que les pedían cuentas:

–No lejos de aquí hay un monte en el cual un brahmán se pasa los días leyendo poesías y arrojando, luego que los ha leído, sus escritos hoja tras hoja al fuego de una higuera que tiene a su lado. Este brahmán es el causante de la desgracia de nuestro príncipe, porque todos los animales han abandonado las praderas, se han congregado en torno a él y le escuchan sin moverse del sitio como encantados; por eso es su carne tan insustancial, porque estan hambrientos.

En cuanto el rey se enteró de los que los cazadores habían contado, hizo que le mostrasen el camino para llegar a la montaña, y allá se fue, lleno de curiosidad por conocer a Gunadhya.

En el sitio que le habían indicado, halló el rey al poeta, desbordada sobre los hombros, como correspondía a su vida selvática, una enmarañada cabellera semejante a la humareda que de la hoguera de su casi extinta pena se alzaba y rodeado de una extraña corte de animales. Después de saludarle con una profunda inclinación, pregúntole el soberano el significado de aquella desusada asamblea y el brahmán le refirió la historia de su advenimiento a la tierra, la de cómo habían llegado hasta los mortales las divinas fábulas y cuál era la pena que pesaba sobre sus hombros de proscrito. Entonces, el rey se postró reverente a sus pies, pues conoció que Gunadhya era un Dios, y le suplicó que se dignase confiarle las celestes narraciones que habían manado de los armoniosos labios de Shiva.

Y el poeta dijo a Sata:

–Seis historias en seiscientas mil estrofas he entregado ya a las llamas, ¡oh príncipe!, y solo una me queda y puedo darte. Mis dos discípulos se quedarán también contigo, si así  lo deseas, y ellos podrán interpretarlas.

Dicho esto se despidió del rey, abandonó la carnal envoltura de un impulso de su superior espíritu y, purgado de su culpa, de nuevo se remontó a los espacios hasta el lugar en donde moran los dioses.

El soberano recogió el libro que Gunadhya le había dejado, llamado La Gran Historia, en el cual están relatados los avatares de Naravahana, y con el regresó a su palacio, en donde lo leyó recurriendo a la interpretación de los discípulos del poeta. Por último regaló a estos pueblos incontables, oro, vestiduras, acémilas, rebaños de terneros y palacios; y él mismo compuso un libro con las más bellas poesías de la obra, y por las noches se lo leía a su esposa favorita.

India –Los Jatakas y Buda– La sombra de la liebre en la luna

La colección de relatos pertenecientes a la época de nacimiento del budismo incluye una serie de relatos conocidos como Jatakas.

Entre ellos tradicionalmente se distinguen entre los jakatas canónicos y los no canónicos. Los primeros se encuentran incluidos en el Tripitika o Canon pali. Es este una recopilación de antiguos textos budistas en donde se recogen las muy diversas  enseñanzas trasmitidas por el mismo Buda o alguno de sus discípulos–.  Fueron escritos sobre hojas de palmera secas y se guardaban, dependiendo de su contenido, en distintos cestos, de ahí el nombre de Tripitika cuyo significado es “tres cestos”.  En el segundo de esos cestos   están incluidos los Jatakas, relatos moralistas relacionados con las vidas anteriores de Buda. Por su parte, los jakatas no canónicos  son cuentos pertenecientes al folclore popular y anteriores al nacimiento de Buda. En ellos sus protagonistas han sido identificados como Buda en sus distintas anteriores vidas.

A través de las moralejas que se pueden extraer de las situaciones vividas, generalmente por animales o seres mágicos, se facilitaba el contacto con los niños.

Un ejemplo de estos relatos no canónicos es…

 

La sombra de la liebre en la luna 

Lo que voy a contar sucedió hace muchos miles de años, cuando nuestro señor Gautama pertenecía todavía al reino animal. Ya en aquel tiempo, a pesar de no haber sido designado aún como Budisatva, el Maestro, encarnado en forma de liebre, seguía escrupulosamente los preceptos de la Ley Mor, esa ley que todos los seres realmente buenos conocen sin haberla aprendido nunca. Vivía aquella liebre, cuyo destino llegaría a ser tan brillante, en las márgenes del río Ganges y en compañía de otros anímales virtuosos como ella, aunque en menor grado, con los cuales se entendía muy bien. Eran estos un mono, una nutria y un chacal. A pesar de la diferencia de razas y costumbres, el deseo de vivir según principios superiores a los que animan vulgarmente a sus congéneres, había reunido a estos cuatro animales.

Hacia muchos años que vivían de este modo y se ayudaban entre sí como mejor podían. 

Un día, la víspera de la luna llena, la liebre reunió a sus compañeros  y les dijo:

–Mañana la gran luz que brilla en el cielo será completamente redonda; os recuerdo, amigos míos, que tenemos establecido dedicar el día de la luna llena a la meditación y el ayuno, a fin de purificar al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, mi consejo es que mañana por la mañana, al romper el día, salgamos como de costumbre a buscar el alimento necesario, para poder darlo de limosna si algún mendigo nos pide ayuda.

Todos los animales aprobaron estas palabras. Luego, como el sol desapareciera en el horizonte, se metió cada uno en su guarida para pasar la noche; en cuanto al mono, se subió a un árbol próximo y allí se colgó por la cola en una rama alta.

Al otro día, siguiendo los consejos de la liebre, cada cual se dedicó a la tarea de procurarse comida para darla de limosna en caso necesario.

La nutria regresó con cinco pececillos que un pescador distraído había dejado a la orilla del río. El chacal se apoderó del almuerzo de un pastor que tocaba la flauta no muy lejos de allí y volvió a su agujero con una escudilla de leche cuajada, un tarro de manteca derretida y una ración de arroz. En cuanto al mono, se contentó con coger, de un mango silvestre, unos cuantos frutos maduros y jugosos y después, volviendo a mecerse en su rama, se enfrascó en la meditación.

Merche B. para LHM

La liebre no salió desde la aurora del agujero que le servía de madriguera, en las raíces del árbol. Apenas despertó, se instaló en medio de su alojamiento y desde allí, mirando atentamente la floresta inundada de rayos de sol vivificador y las aguas tranquilas, profundas y lentas del Ganges, cristalino y azul, procuro meditar, como debemos hacer todos, elevando su alma hasta el espíritu supremo de la naturaleza, confundiendo su voluntad y su inteligencia con la voluntad y la inteligencia divina adquiriendo la conciencia de ser una parte activa del Gran Todo.

En vez de perder el tiempo buscando comida para hacer limosna, había pensado simplemente: «Si algún pobre me pide de comer, le diré que encienda una buena lumbre y le daré mi cuerpo como alimento para que se reconforte».

Tan bella idea de sacrificio no podía pasar inadvertida en los mundos superiores, Sekra, Dios de los Dewas, conmovido ante tal grandeza de alma, resolvió ir a probar por sí mismo la grandeza y las virtudes de los cuatro animales. Tomando forma corpórea se presentó ante la casa de la nutria que, a su llamada, salió de la piadosa meditación en que se encontraba. 

–Nutria, hija mía– dijo el brahmán –, yo te saludo; desde ayer por la mañana estoy sin comer y tengo hambre ¿No podrías darme algo? Te bendeciré a cambio y la felicidad no se alejará nunca de tu morada.

–Noble brahmán – respondió la nutría– esta mañana reuní cinco pececillos que había abandonado un pescador a la orilla del río. Tuyos son, cómelos y reconfortante. En cuanto a mí, ayuno en este día de luna llena para purificar mi cuerpo, y medito para elevar mi espíritu.

–Gracias– contestó Sekra–. Haz el favor de guardar esos alimentos que me ofreces. Voy al Ganges a purificarme del polvo del camino y volveré después a comer aquí.

El brahmán se apartó, pero en vez de dirigirse a la orilla, marchó al cubil en que estaba echado el pequeño chacal. Este, siguiendo los consejos de su amiga, meditaba lo mejor que podía.

–Amigo mío– dijo el brahmán–. ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Bien sabes qué los dioses dan el ciento por uno de la limosna hecha a un brahmán.

–Señor– respondió el chacal–, hoy es para mí día de ayuno; pero al romper el alba fui a buscar alimentos con la intención de poderlos ofrecer a algún santo como tú, que anduviese por la floresta mendigando el pan. Toma pues, esta leche cuajada tan blanca, esta manteca derretida y este arroz. Siéntate a la sombra de un árbol, come y reconfórtate.

–Te lo agradezco– contestó el brahmán– pero te ruego que guardes un instante esos alimentos mientras voy a dar una vuelta y a meditar. Volveré enseguida y comeré junto a ti.

El brahmán fue después a reunirse con el mono que le ofreció también sus frutos maduros. Por fin se presentó ante la casa de la liebre, que embebida en la contemplación de la naturaleza, continuaba meditando junto a su madriguera.

–Hija mía– dijo el Dios disfrazado–, ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Hace más de un día que no como.

–Con mucho gusto, santo hombre– contestó la liebre–; te daré un buen pedazo de carne fresca para que comas. Haz el favor de encender una hoguera y cuando la lumbre esté bien encendida, te daré con que saciar el hambre.

El brahmán, sin insistir, reunió ramas y las prendió fuego, frotando uno contra otro, dos pedazos de madera seca. Cuando las llamas subían alegremente, quiso saber cuál sería su comida.

–Es mi propio cuerpo lo que te doy– respondió la liebre que antes de que el brahmán pudiera impedirlo había saltado a las brasas.

Pero, ¡oh milagro! Parecía no sentir nada y pasados unos instantes exclamó: 

–Añade ramas y sopla la llama, porque la verdad es que tengo frío.

Pero el brahmán desapareció y en su lugar quedó un joven de belleza radiante, cuyo cuerpo parecía emitir una claridad dulce y pura. El Dios Sekra se dio entonces a conocer. Dijo a la liebre que los dioses se habían conmovido ante su generosidad y su valor.

–Un acto así–continuó– no debe borrarse jamás de la memoria de los hombres.

Y al decirlo, el Dios creció desmesuradamente, deshizo con el dorso de la mano la cumbre de una montaña próxima y con la masa arrancada manchó la pálida faz de la luna que, en aquel instante, aparecía en el horizonte.

–Deseo– dijo Sekra– que los pueblos de hoy y los que han de venir, reconozcan la forma de una liebre en esta señal y que, recordando su historia, se acuerden también de esto: «que el que quiere dar limosna, debe darlo todo sin restricción, ofreciéndose también a sí mismo para bien del prójimo».

India –en el Pantchatandra– Los hacedores de leones

 

CUANTO MÁS SABIO MÁS IMPRUDENTE

LOS HACEDORES DE LEONES

En cierto lugar vivían cuatro hermanos brahamanes que se tenían el mayor afecto. Tres de ellos se habían instruido en todas las ciencias, pero carecían de discreción; el cuarto no había estudiado, más era muy discreto. Una vez se pusieron a deliberar: «¿Qué vale el saber si no sirve para adquirir fortuna visitando países extranjeros y ganando el favor de los príncipes? ¡Vámonos, pues, todos a otro país!»

Así lo hicieron y cuando habían recorrido parte del camino dijo el mayor:

–Hay uno entre nosotros, el cuarto, que no posee estudios, sino solamente discreción. Pero los reyes no hacen regalos a la discreción sin ciencia, así que no le đaremos parte de lo que ganemos. Que desande, pues, el camino y que vuelva a casa.

Entonces añadió el Segundo:

–Tú que no has estudiado y eres tan discreto, vete pues a casa.

Y el tercero dijo:

–No es lícito obrar así. Juntos hemos jugado desde la infancia, que venga con nosotros, pues lo merece, y que participe en la riqueza que adquiramos.

Acordado así, continuaron su camino y vieron en un bosque la osamenta de un león. Dijo uno:

–Vamos a probar nuestra ciencia: aquí yace un animal muerto, vamos a devolverle la vida con nuestro saber. Yo se ordenar y juntar los huesos.

Dijo el Segundo:

–Yo sé poner la piel, la carne y la sangre.

Dijo el tercero–Yo se infundirle vida.

Y al hablar así, el primero juntó los huesos, el Segundo le puso la piel, la carne y la sangre y cuando el tercero estaba a punto de infundirle la vida se lo impidió el discreto diciendo: 

–Es un león. Si le das la vida nos matará a todos:

Pero el otro contestó:

–¡Necio! No permitiré que la ciencia quede estéril en mi mano.

Repuso aquel:

–Pues espera un momento hasta que yo haya subido a ese árbol

Así se hizo; el león recobró la vida, dio un salto y mató a los tres. Pero el discreto bajó del árbol cuando el león ya se había alejado y volvió a su casa. Por eso digo yo:

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Más vale discreción que tal ciencia, la discreción es superior a la ciencia. El que carece de discreción perece como los hacedores de leones.

India –en el Pantchatandra– La olla rota

El pantchatandra – «reloj de príncipes»

Bajo la forma literaria de fábulas, cuentos y cuentos maravillosos, los cinco libros de esta obra inigualable trataban de educar a príncipes y a reyes en la moral y la sabiduría de la vida. 

Seguramente, el Pantchatandra procede del tiempo transcurrido entre el siglo II a.C. y siglo VI d.C.  La obra contiene notables influencias del fabulista griego Esopo y del budismo, pero fue a partir del siglo X cuando comienza a difundirse por occidente. En esta época la tradición literaria empieza a imponerse  sobre la tradición oral con las numerosas traducciones de textos al persa y al árabe y con ello, las narraciones indias van llegando a Asia, África y Europa. 

 

La olla rota 

En cierto lugar vivía un brahmán llamado Svabhakripana, que tenía una olla llena de arroz que le habían dado de limosna y que le había sobrado de la comida. Colgó esta olla de un clavo de la pared, puso su cama debajo y pasó la noche mirándola sin quitarle la vista de encima, pensando así: 

–Esa olla está completamente llena de harina de arroz. Si

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sobreviene ahora una época de hambre podré sacarle cien monedas de plata. Con las monedas compraré un par de cabras. Como estas crían cada seis meses, reuniré todo un rebaño. Después con las cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido venderé las terneras. Con las vacas compraré búfalas. Con las búfalas, yeguas. Cuando las yeguas hayan parido tendré muchos caballos. Con la venta de estos reuniré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa con cuatro salas. Entonces vendrá a mi casa un brahmán y me dará en matrimonio  a su hija hermosa y bien dorada. Ella dará a luz un hijo y le llamaré Somasarmán. Cuando tenga edad para saltar sobre mis rodillas cogeré un libro, me iré a la caballeriza y me pondré a estudiar. Entonces me verá Somasarmàn y deseoso de mecerse sobre mis rodillas, dejará el regazo de su madre y vendrá hacia mí, acercándose a los caballos. Yo, enfadado, gritaré a la brahmana: “¡Coge al niño!” Pero ella, ocupada en las faenas, no oirá mis palabras. Yo me levantaré entonces y le daré un puntapié. 

Tan embargado estaba en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla y el quedó todo blanco con la harina de arroz que había dentro y que le cayó encima.

Por eso digo yo: el que hace sobre el porvenir proyectos irrealizables se queda blanco como el padre de Somasarman.

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India -en los Puranas- Ganesha

El señor del éxito

Para empezar a hablar de la India no existe mejor embajador que Ganesha, él es el portador del éxito y la fortuna, el destructor de todos los males y todos los obstáculos.

Si quieres empezar algo bien, ponte en sus manos. 

El tiempo ha demostrado que Ganesha es inmortal; y lo es por la bondad y la sabiduría que encierra. Desde hace miles de años, con su candor,  es un símbolo mágico para todos los hindúes, sea cual sea su creencia. 

Sobre su nacimiento han circulado varías versiones. Para no dejar nada fuera y con ello un gramo de la buena suerte que promete Ganesha, relato las dos más conocidas leyendas. No son exactamente cuentos, pero la pureza del símbolo que representa Ganesha merece la pena que se hable de él…

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En el Shiva Purana

Un día, Parvati, la esposa del dios Shiva, tomó un poco de ceniza del pecho de su marido -costumbre que adoptan los hombres que se dedican en la India a una vida de ascetismo- y la mezcló  poniéndola sobre su cuerpo que aún estaba mojado después del baño. Amasó la mezcla y la convirtió en un niño, que fue creciendo hermoso y fuerte, a quien llamó Ganesha.

El niño demostraba un profundo amor filial, obediente y respetuoso. A Parvati le gustaba quedarse sola en palacio y, para no ser molestada, solía colocar a Ganesha en la puerta diciéndole que no dejara entrar a nadie sin su autorización.

Pero un buen día, Shiva quiso entrar al palacio de la diosa para ver sin tardanza a su esposa. Ganesha le pidió la consigna que su madre le había dado para permitir la entrada  y, al ver que no la tenía, le cerró el paso. Shiva, furioso, saco su espada y, con un golpe certero, cortó la cabeza del muchacho que rodó pendiente abajo, desapareciendo de su vista y quedando a sus pies el cuerpo decapitado de su hijo.

Parvati, alertada por lo ocurrido, salió a la puerta y vio con horror a su querido hijo tendido a los pies de Shiva y muerto por obedecer sus órdenes. Desesperada lloró e imploró ante Shiva suplicando que le devolviera a su hijo a la vida. Shiva se compadeció de  ella y llamando a sus soldados les ordenó que trajeran ante él  la primera cabeza que les saliera al paso. Sus soldados encontraron un elefante y le cortaron la cabeza, que llevaron ante Shiva, quien la colocó sobre los hombros de Ganesha para devolverle a la vida.

Desde entonces el precioso hijo de Parvati creció con todos lo honores de un príncipe y Shiva lo convirtió en líder de los ejércitos  del dios, siendo conocido también como Ganapati -conductor de ejércitos-.  

 

En el Brahma Vaivarta Purana:

Se dice que cuando los dioses vinieron a honrar a Parvati y admirar a su hijo, uno de ellos se negaba a    mirarlo. Los demás dioses lo regañaban por ello, pero aquel dios sabía que una sola mirada de sus potentes ojos podría quemar la cabeza del niño reduciéndola a  cenizas. Parvati, molesta por la actitud de aquel dios, insistió una y otra vez para que mirase a su hijo y disfrutara con la visión de su belleza y su perfección. Por fin, cediendo, el dios echó la mirada sobre el niño y, tal como él sabía, su cabeza fue reducida a cenizas.

Parvati, su madre, comenzó a llorar y llorar, hasta que el Dios Visnú, que es el conservador del universo, acudió en su ayuda con una cría de elefante recién muerta y colocó la cabeza en el cuello de Ganesha que enseguida volvió a la vida.

Un drama griego

Nunca dejarán de oírse los ecos de la antigua Grecia en nuestra cultura y por tanto en la cultura del mundo. Sea cual sea la disciplina que estudiemos, siempre hay que pasar por el tamiz de ese pequeño universo de genios, pensadores magníficos, que sentados al borde del Mediterráneo debieron derramar sus sueños y sus quejas sobre el brillante azul de sus aguas, para trascender en el tiempo y en el espacio hacia la eternidad.

Sabemos que ya en aquellos tiempos los cuentos se escuchaban en los banquetes. Teopompo, autor de las filípicas, decía del padre de Alejandro Magno, que le gustaba oír a los narradores en los banquetes y Aristófanes nombraba a un tal Filepsio quien narraba a cambio de dinero.

Heródoto de Halicarnaso -Padre de la historia de occidente y gran viajero-, incluyó entre su extensa obra algunas narraciones como esta:

 

Creso y Adrasto o la muerte de Atis 

Creso expulsó a Solón porque a Creso le parecía la mayor insensatez que este pensase que debían pasarse por alto los bienes presentes y atender únicamente al fin de toda cosa.

Después de la marcha de Solón, Creso sufrió un gran castigo del cielo, según parece porque se consideraba el más feliz de los mortales. En cierta ocasión, mientras dormía, tuvo un sueño que le hizo ver la verdad de los males que habrían de ocurrirle a su propio hijo. Creso tenía dos hijos, uno de los cuales era defectuoso y sordo y el otro aventajaba en todo a los jóvenes de su edad. Este se llamaba Atis y el sueño le mostraba a Creso que perecería herido de muerte por un hierro. Cuando se despertó, se puso a hacer consideraciones sobre aquello y, con la angustia terrible que le causaba aquel sueño, hizo casar a su hijo y como tenia por costumbre encargarse de conducir a los lidios al combate, en lo sucesivo nunca más le confió ese cometido. Mando retirar de las habitaciones de los hombres los dardos, las lanzas y todas cuantas armas como estas suelen emplearse en las batallas, e hizo que las llevaran a los departamentos de las mujeres, no fuese a ocurrir que, estando colgadas, cayera alguna sobre su hijo.

Mientras estaba preparando Creso la boda de su hijo, llegó a Sardes un hombre de nacionalidad frigia y de sangre real, a quien había ocurrido una desgracia y tenía las manos manchadas de sangre. Este se presentó en el palacio de Creso solicitando de él que lo purificase según la costumbre del país, y Creso mandó hacer la purificación que los lidios hacen de manera parecida a los griegos. Después que Creso había hecho las ceremonias referentes al caso quiso informarse  de dónde venía y quien era aquel hombre y le preguntó:

–¿Quién eres y de que lugar de Frigia te presentas ante mí, invocando a Zeus el protector doméstico? ¿A qué hombre o mujer has dado muerte?

Y aquel contestó:

–Oh rey, me llamo Adrasto y soy hijo de Midas y nieto de Gordio. Por haber dado muerte involuntariamente a mi propio hermano he sido expulsado por mi padre y rechazado por todos.

Creso entonces le habló así:

–Eres descendiente de gentes amigas y has venido a parar entre amigos, donde nada te faltará mientras estés con nosotros; soporta tu desgracia lo más pacientemente que puedas y saldrás ganando más con ello.– Adrasto recibió alojamiento en el palacio de Creso.

Por este mismo tiempo apareció en la Misia, por el monte Olimpo, un gran jabalí que bajaba del citado monte y destruía las posesiones de los misios. Estos salieron muchas veces contra ėl sin conseguir hacerle ningún daño, pero siempre, sin embargo, lo recibían del jabalí. Por último, enviaron unos mensajeros a Creso para decirle:

–Oh rey, un tremendo jabalí ha hecho su aparición en nuestro país y destroza nuestras cosechas. Por más que nos esforzamos en cogerlo, no podemos conseguirlo y venimos ahora ante ti para suplicarte que permitas venir a tu hijo y con él a otros jóvenes escogidos y perros de caza para que podamos arrojarlo de nuestro país.

Esta petición hicieron a Creso los misios, pero él se acordó del sueño y les contestó con estas palabras:

–En cuanto a mi hijo, haceos las mismas cuentas que si no existiera, ya que no podría dejarle que os acompañara. Es recién casado y le ocupan los cuidados del matrimonio. Sin embargo, enviaré con vosotros a jóvenes escogidos entre los lidios y cuantas jaurías de perros hay en mi palacio y les ordenaré que al ir en vuestra ayuda pongan todo su esfuerzo para echar del país esta alimaña.

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Así hablo el rey como respuesta; y los misios trataban de conformarse con aquellas promesas, cuando se presentó el hijo de Creso, que se había enterado de lo que le pedían y, antes de que le comunicara su padre que ya se había puesto de acuerdo con ellos, le habló en los siguientes términos:

–Padre mío, en otro tiempo me hice estimar en cuantas acciones brillantes y nobles en la guerra y en la caza se me presentaron, pero ahora me tienes apartado de unas y de otras, aunque yo no haya mostrado cobardía ni desatino. ¿Con que ojos podré presentarme al entrar y salir en la plaza pública? ¿Cuál será la opinión que tendrán de mí mis conciudadanos o qué pensará mi propia esposa? ¿Con que clase de hombre pensará que acaba de casarse? Siendo esto así, padre mío, autorízame para que vaya a la cacería o trata de convencerme con razones para que sepa qué motivo hay para que consideres mejor obrar de otro modo.

Entonces Creso le contestó con estas palabras:

–Hijo mío, la conducta que llevo contigo no se debe a que haya observado en ti cobardía ni cualquier otra cosa desagradable. Fue un sueño que tuve y me hizo ver que tu vida duraría poco y que la causa de tu muerte sería una punta de hierro. A causa de este sueño apresuré tu casamiento y no te he permitido ponerte al frente de las empresas últimamente organizadas, como medida para tratar de tenerte fuera de peligro mientras yo viva. Eres en realidad mi único hijo, pues al otro, sordo y lisiado, lo considero como si no lo tuviera.

Entonces el joven replicó con las siguientes palabras:

–Es disculpable la prevención que tienes conmigo, padre mío, después del sueño que tuviste, pero no has acabado de entenderlo o lo has echado en el olvido y es conveniente que yo te lo aclare. En efecto, tu mismo dices que el sueño te dio a entender que yo perecería víctima de una punta de hierro; ¿que relación hay entre las garras del jabalí y la punta de hierro que tú temes? Porque si el sueño hubiera mostrado que yo moriría víctima de dientes o de algo que se le pareciera, convendría que obraras como obras ahora, pero si dijo punta de hierro y siendo así y teniendo en cuenta que no se trata ahora de la lucha con hombres, te ruego que me permitas ir.

Creso contestó:

–Hijo mío, me has vencido al mostrarme tu interpretación del sueño y, al ser derrotado por ti, cambio de opinión y te permito que vayas a la cacería– y diciendo esto, mando llamar al frigio Adrasto y cuando hubo comparecido le dijo–: Adrasto, no te reprocho por la desgracia lamentable que te aflige; te purifiqué de ella y te recibí y te mantengo en mi casa pagándote todos los gastos; siendo así, y puesto que estás obligado conmigo, que te presté el primero para que tú me correspondieras también con favores, hoy necesito que seas guardián de mi hijo que marcha a la cacería, no sea que en el camino os salgan al encuentro perversos ladrones dispuestos a haceros daño; además de esto, a ti te conviene ir adonde puedas hacerte famoso con tus hazañas, en las que muestres la fuerza heredada de tus antepasados.

Adrasto respondió a Creso:

–Oh rey, por ningún otro motivo iría a esa competición, ya que por la desgracia que me afecta ni es natural que yo alterne con los jóvenes de mi edad que se sienten siempre alegres, ni debo desearlo, y me hubiera negado con mil pretextos. Ahora bien, puesto que tú me apremias y tengo motivos para estarte agradecido (ya que debo corresponder a tus beneficios), estoy dispuesto a hacer lo que me ordenas, vigilar a tu hijo, y en lo que dependa de mi custodia, espera que te lo devuelva indemne.

Después que Adrasto hubiese respondido a Creso con tales palabras, se pusieron en marcha convenientemente acompañados de jóvenes seleccionados y perros de caza. Cuando llegaron al monte Olimpo, comenzaron a buscar la fiera y, al encontrarla, la rodearon y le lanzaron dardos por todas partes a su alrededor. Entonces, el extranjero, el que había sido purificado de su crimen y se llamaba Adrasto, al lanzar su dardo contra la fiera erró el golpe y fue a herir al hijo de Creso, que así, alcanzado por una punta de hierro, demostró la verdad del sueño. Un mensajero fue enviado velozmente a Creso con la noticia de lo ocurrido y al llegar refirió a Creso la lucha y el triste sino de su hijo.

Creso quedó consternado por esta muerte, y aún le afectó más el dolor porque le había matado el mismo a quien él había purificado de la muerte, y lamentándose de su terrible desgracia, invocaba a Zeus, protector doméstico, poniéndole como testigo del daño que le había hecho su propio huésped. Llamaba al Dios hospitalario, que protege la amistad, invocando así por sus nombres al mismo dios, al de la hospitalidad, porque al recibir en su casa a un huésped, había alimentado sin saberlo al asesino de su hijo; al dios protector de la amistad, porque aquel a quien

había confiado su hijo para que lo custodiase, se había  convertido ahora en su mayor enemigo.

Después de esto, se presentaron los lidios trayendo el cadáver; les seguía el matador, que, poniéndose delante del muerto con las manos extendidas, se ofreció a Creso, suplicándole que le inmolase sobre su hijo y diciendo que sobre su anterior desgracia no podría vivir tras haber dado muerte a su propio expiador. Al oírle, Creso, a pesar de encontrarse afligido con tan terrible calamidad familiar, se compadeció de Adrasto y le dijo:

–Doy por cumplido mi castigo contra ti, extranjero, puesto que tú mismo te condenas a muerte. Sin embargo, para mí no eres tú el culpable de lo ocurrido, puesto que cuanto acaeció tú lo hiciste involuntariamente, sino alguno de los dioses, que ya me previno hace tiempo lo que había de ocurrir.

Creso mando hacer los funerales de su hijo como correspondía. Pero Adrasto, el hijo de Gordio y nieto de Midas, asesino de su propio hermano y matador también involuntario del que le había purificado de su crimen, cuando quedó en tranquilidad el sepulcro del hijo de Creso, en la conciencia de que era el más infortunado de cuántos hombres él mismo había conocido, se degolló sobre la sepultura.