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Vivir en la higuera

Cachito a cachito

LHM para ”cachito a cachito”

 

 

Se puede escribir de la vida cachito a cachito, sin orden aparente, por que así el tiempo no hace tanto daño. Cada escena es un momento suspendido en el tiempo, cada instante tiene su sabor propio y se puede otear en el horizonte de cuanto te rodea y así poder… seguir.

 

La era divina –Fatehpur Sikri-

Archivo privado de LHM

Siempre me consideré a mí mismo como una persona realista pero, tal vez por la influencia de la religión en la que fui educado o por el discurrir de los acontecimientos en mi propia vida, he llegado a convencerme a mí mismo de que hay una mano invisible que nos mueve y nos lleva por un camino determinado, sin que alcancemos nunca a saber el porqué. 

Yo llegué hace ya muchos años al pueblo de Sikri. Acababa de terminar mis estudios de medicina y aunque mi intención había sido siempre dedicarme a la medicina hospitalaria en la propia ciudad de Delhi, en donde cursé mis estudios, una simple confusión de papeles hizo que llegara a mis manos la relación de los destinos que se ofrecían a los médicos rurales de mi misma promoción. Por una mera y pueril curiosidad, me entretuve jugueteando con los nombres de los pueblos y las pequeñas ciudades que se relacionaban: quería saber si era capaz de situarlos geográficamente, pues me conmovía pensar que mis grandes amigos quedarían repartidos por todo lo largo y ancho de la India y aquella etapa de mi vida concluiría para siempre, llevándose lo que habían sido hermosas y fecundas vivencias con gentes a las que no podría olvidar y a las que, tal vez, al iniciarse la diáspora que supondría la incorporación de cada uno de nosotros a nuestros respectivos destinos, no volvería a encontrar nunca más.

Mi sorpresa fue que al ver escrito el nombre de Sikri entre la lista de plazas vacantes, supe, por una extraña corazonada, que ese era el lugar hacia el que debía encaminar mis pasos y desde aquel momento, el curso de mi vida quedó fraguado para siempre.

Intenté hacer memoria para encontrar razones que justificaran mi decisión, y sí, recordaba vagamente haber vivido en aquella ciudad durante algún tiempo, cuando todavía era un niño, pero los recuerdos se confundían en el pasado con otros pueblos en los que también tuvimos nuestra casa. En apariencia, no había nada especial que me hiciera sentir unido a ella. Aún así, seguí la fuerza de aquel impulso y, a pesar de las lágrimas de mi madre que siempre quiso tenerme cerca, en cuanto estuve dispuesto para mi marcha me instalé en Sikri.

Al llegar, viví durante algunos años absorbido por el duro trabajo que me esperaba en aquel pueblo y que, en muchas ocasiones, sobrepasaba mis posibilidades, sin que nada atrajera mis recuerdos. Sin embargo, un encuentro inesperado me hizo comprender las razones que me ligaban a ese lugar para toda la vida.

Ocurrió en un día caluroso de finales del mes de junio. Recuerdo que, como cada año en aquellas fechas, todos esperábamos con impaciencia la venida del monzón que aplacara por fin el sofocante calor de los últimos meses. Me dirigía con paso lento a mi consulta. A pesar de que me había retrasado más de lo deseado, caminaba con cierta desgana pues volvía de asistir a un parto difícil en el otro extremo del pueblo, en donde, tristemente, después de hacer todo lo que estuvo en mi mano, el niño había nacido muerto y yo me sentía agotado y desanimado como nunca.

Al acercarme, vi que la gente hacía una larga cola ante mi puerta y, antes de enfrentarme a lo que me esperaba, me paré un momento para tomar aíre. Me flaquearon las piernas al pensar en las largas horas de trabajo que aún tenía por delante, pero había que continuar. Respiré despacio y me dispuse a subir las escaleras del porche cuando, al levantar la vista, la visión de un hombre muy viejo, con un pañuelo verde enrollado en la cabeza, llamó poderosamente mi atención e hizo que me detuviera para mirarlo. Estaba acurrucado y apoyaba la espalda contra la pared cerca de la entrada. La gente había dejado espacios vacíos en torno a él, como si no quisieran aproximársele por temor al contagio. Tenía la cabeza reclinada hacia un lado y parecía estar muy enfermo. Me conmovió verlo solo, en tan mal estado y me acerqué hasta donde estaba. Al ir a tocarlo tuve la sensación de que conocía a aquel hombre y mientras le ponía la mano en la frente le pregunté:

−¿Ha venido usted a verme otras veces?

El anciano levantó la cabeza pesadamente para mirarme con los ojos empequeñecidos y brillantes por la fiebre. Vi que intentaba decirme algo y me agaché para poder oírlo. Después de hacer un evidente esfuerzo, colocó su mano sobre mi brazo y, con un hilo de voz, él me preguntó a su vez:

−¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Al oírlo, el corazón me dio un vuelco y, por un breve instante, tuve la extraña sensación de sentirme niño de nuevo. Esto me desconcertó durante un momento pero, enseguida, apreté mi mano contra su frente: estaba ardiendo. Lo ayudé a levantarse. Tuve que sostenerlo por debajo de los brazos para que pudiera incorporarse debido a su debilidad y caminamos hasta la puerta. A nuestra espalda, se oían las veladas protestas de la gente que esperaba antes que él, pero no les presté atención e instalé al anciano sobre una cama, en la pequeña sala contigua a la consulta, que siempre tenía preparada por si algún enfermo tuviera que pasar la noche, bajo mi atención, antes de enviarlo al gran hospital de Agra o por si se trataba de algún pobre desagraciado que no tuviera donde recogerse.

Lo despojé de su turbante y aflojé sus ropas. En torno a la cintura llevaba fuertemente atada una curiosa bolsa de tela muy burda a la que se aferró, a pesar de su debilidad, en cuanto notó mis manos sobre ella. Forcejeamos un momento hasta que notó que yo colocaba de nuevo la bolsa bajo su mano. Pareció tranquilizarse y pude hacerle un rápido reconocimiento. No parecía tener ninguna enfermedad contagiosa, se trataba de una neumonía aguda agravada por su avanzada edad. Le administré un específico que le hiciera bajar la fiebre para que pudiera descansar y me dediqué a atender a los pacientes que esperaban, concentrándome en mi trabajo durante las horas siguientes.

Al terminar las consultas, volví a la sala donde había dejado al viejecito: estaba en un tranquilo duermevela. Esta vez lo ausculté detenidamente intentando que no se despejara de su somnolencia. La fiebre había bajado mucho y en su semblante una expresión de placidez me tranquilizó.

Al llegar la noche, yo permanecía todavía sobre mi mesa haciendo anotaciones sobre los pacientes que había atendido y oí como tosía angustiosamente. Acudí en su ayuda, le hice beber un poco de agua para aflojar las secreciones, se fue calmando y volví a dejarlo solo cuando ya empezaba a quedarse dormido de nuevo. No habíamos vuelto a cruzar una sola palabra.

A la mañana siguiente, aún no había amanecido cuanto me levanté y me dirigí al cuarto para ver al enfermo: el anciano ya no estaba. Supuse que, al encontrarse mejor por el efecto de las medicinas que le había administrado, se había marchado. No me sorprendió, a veces ocurría que algunos enfermos, al recuperar las fuerzas, se van por miedo a que les reclame el pago del tratamiento. No pude evitar sonreír con amargura. A pesar de saber que no hubiera podido hacer gran cosa por aquel hombre tan viejo, me hubiera gustado ayudarle y saber quién era. Impotente, me encogí de hombros y con cierta pena, recorrí con la mirada la cama vacía; me extrañó ver que, entre las sábanas blancas y arrugadas, había quedado el pañuelo verde que llevaba enrollado en la cabeza. Lo recogí y con él entre las manos me dirigí a la ventana con la esperanza de poder verlo todavía alejándose de mis casa. Observé la calle detenidamente a través de los cristales pero estaba desierta.

Permanecí un largo rato en aquella posición. En esos momentos el amanecer empezaba a iluminarlo todo y, entre los árboles, se adivinaban las pequeñas cúpulas que adornan una de las puertas de la mezquita. Me quedé ensimismado observando cómo la armonía de las formas redondeadas y suaves se iba conformando lentamente entre la niebla que empezaba a disiparse.

Sin saber porqué, al ver unos pájaros madrugadores que revoloteaban sobre las cúpulas, un escalofrío me recorrió la espalda. Tuve de nuevo la sensación de volver a ser un niño y mes estremecí. 

Las palabras de aquel viejo en la puerta de mi consulta regresaron a mi mente: ―¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Volví la cabeza para mirar la camilla intentando despertar los recuerdos dormidos. Fue entonces cuando las imágenes del pasado aparecieron con la nitidez de estar viviendo los años lejanos y olvidados y supe, por fin, quién era aquel viejo…

***

Mi padre era un comerciante de telas y antes de que nos instalásemos definitivamente en Delhi, y durante los años de mi infancia, vivíamos yendo de ciudad en ciudad. Permanecíamos en algunos sitios por largas temporadas e incluso en algunos nos quedamos durante años. Eso solía ocurrir en los lugares en los que a mis hermanos y mí nos era posible continuar con nuestros estudios, pues mi madre, hija de un maestro de escuela, deseaba más que ninguna otra cosa que recibiéramos una instrucción adecuada. Ella odiaba esa vida ambulante que nos obligaba a empezar, una y otra vez, desde cero y soñaba con encontrar por fin un lugar definitivo para establecernos.

Tal vez fuera la influencia de mi madre, a la que escuchaba quejarse día a tras día, lo que me había convertido en un niño retraído y silencioso y, a pesar de que mis dos hermanos nunca tuvieron problema alguno para adaptarse a los distintos pueblos en los que nos instalábamos, yo tenía mi propia manera de asumir aquella forma de vivir: mi imaginación y mi afición a la lectura, en la que me inicié desde muy pequeño, llenaban mi tiempo sin necesidad de mezclarme mucho con los demás. Solía vivir aislado en mi propio mundo que iba conmigo allá donde fuéramos.

En la época en que conocí a aquel hombre que ahora había reencontrado convertido en un viejo, hacía unos meses que estábamos instalados en la casa de un conocido de mi familia. Era muy sencilla pero los aposentos que nos habían cedido eran lo suficientemente amplios como para disponer de dos habitaciones propias y una amplia cocina en la que nos sentábamos cada noche, en torno a la cena, sintiéndonos personas importantes. 

La casa estaba muy cerca de la gran mezquita de Fatehpur en el pueblo de Sikri. En sus inmediaciones había una escuela con varios maestros para los distintos niveles de enseñanza, eso hacía que mi madre se sintiera una mujer muy feliz. Mi padre, por su parte, había alquilado un pequeño local en el mercado y disfrutaba de una racha de buenas ventas, por lo que todos estábamos a gusto viviendo allí y hasta se hablaba de quedarnos para siempre.

Nada más empezar a vivir en la nueva casa, yo había observado que desde la ventana de la habitación donde dormíamos se entreveían las paredes de la mezquita del viernes y, en segundo plano, se destacaban los restos de algunos de los muros, las cúpulas y los techos semiderruidos de lo que debió ser una importante y ahora vieja ciudad. Aquella vista era para mí una fuente de curiosidad. Solía preguntar sobre quiénes vivían en aquellos viejos edificios. Mis hermanos ni sabían ni tampoco me prestaron nunca mucha atención: no eran personas curiosas. Pero mi madre, a quien también acosaba con mis preguntas, solía responderme que debía permanecer alejado de allí, pues la gente de Sikri decía que aquellos muros pertenecían a una vieja ciudad abandonada y habitada por fantasmas.

Eso aún despertaba más mi curiosidad y, a las horas del atardecer, solía colocarme apoyado sobre el alfeizar de la ventana, para contemplar el sol que, al desaparecer detrás de las paredes, creaba extrañas sombras y dibujaba perfiles de tintes enigmáticos que se prestaban a dar rienda suelta a mi despierta imaginación.

Fue el maestro de la escuela a la que asistía quien se encargó de hablarme de la ciudad de Akbar, de los antiguos emperadores y del esplendor de aquellos tiempos, ya tan lejanos, que habían dejado su huella en aquel pueblo en donde ahora estaba nuestro hogar. 

Yo tenía entonces once o doce años y todos los viernes, después de rezar en la mezquita, mis hermanos y yo acompañábamos a los muchachos del pueblo que tenían por costumbre reunirse para jugar en el Caravanserai, un lugar que, en los tiempos antiguos de los largos viajes en caravanas de camellos, se destinaba a reunir y recoger a los viajeros, sus animales y sus mercancías. Se trataba de un recinto cerrado, fuera de los muros de la ciudad abandonada, pero que le pertenecía como un complejo adherido a ella. Probablemente, el hecho de que quedase fuera de las murallas, hacía que aquel lugar estuviera a salvo de las supersticiones y los chicos del pueblo solían acudir allí, pues era ideal para los juegos: estaba lleno de terrazas con arcadas en los laterales y el gran patio central, amplio y despejado, les permitía practicar juegos de pelota sin que nadie los molestara.

Mis hermanos me llevaban con ellos y yo, que me aturdía entre los gritos y las carreras, enseguida adquirí mi propia manera de pasar el tiempo en aquel lugar: había descubierto que, encaramándome sobre una de las paredes, se veía con toda claridad el camino que ascendía desde la antigua torre de la caza hacia una de las puertas de la ciudad abandonada que se conservaba casi intacta.

Así fue como una mañana, mientras los demás saltaban el muro para acceder a aquel improvisado patio de juegos, di la vuelta en torno a sus paredes y me dirigí hacia las inmediaciones de aquella, solitaria y semiderruida, torre de caza, que me había atraído desde que la contemplara en la lejanía. La rodeé acariciando las viejas piedras, y desde allí, enfilé el camino que ascendía en una suave pendiente hacia la que, después supe, era conocida como la Puerta de los Elefantes.

Recuerdo estar embargado de una profunda emoción, pero mi primera incursión fue decepcionante: en cuanto traspasé la puerta, una nube de pájaros negros levantó el vuelo desde una de las cúpulas de un edificio cercano y se aproximaron en bandada hacia donde yo me encontraba. Estaba tan excitado, que el sonido de los graznidos y los aleteos a mi alrededor, me sobrecogió y no puede seguir adelante. Me encogí asustado y corrí lo más rápido que pude saliendo del recinto amurallado.

Durante toda la semana siguiente, esperé con impaciencia la llegada del viernes reprochándome a mí mismo la huida y prometiéndome no volver a hacerlo. Así fue como, armado con un palo largo y delgado como si se tratara de una espada, aquel segundo día y durante las semanas siguientes exploré las zonas más cercanas a la puerta por la que había traspasado el recinto y, poco a poco, fui ganando terreno como si fuera un auténtico conquistador.

Los pájaros siempre estaban presentes. Los había a cientos, formaban bandadas de las más diversas especies: palomas, avutardas, cuervos, gorriones o pequeños papagayos de múltiples colores. Los oía moverse por los techos, los rincones de los porches y los pasadizos o salir volando de improviso desde los agujeros de las cúpulas rotas. Sus continuos aleteos y los sonidos que producían a mi alrededor era una música de fondo que me acompañaba permanentemente. En ocasiones, me asustaban sus gorgoteos o, por el contrario, de repente se hacía un silencio absoluto y el aire, al entrar y salir por los edificios vacíos, producía extraños sonidos que me mantenían en alerta y en un permanece estado de excitación. Sentía que me observaban pero, después de aquella primera vez, no volvieron a atacarme y acepté su presencia como algo más que formaba parte del misterio de la ciudad.

Todo lo que iba apareciendo ante mi vista me producían una rara mezcla de excitación y tristeza. En las calles, las piedras se amontonaban de manera desor- denada, algunos muros estaban caídos, derramándose y formando montañas de piedras sueltas, otros habían sido picados y las puertas y las ventanas arrancadas de cuajo. Sin embargo, muchas de las paredes de los edificios, aún permanecían en pie, enmarcaban balcones y ventanas cubiertas de celosías de formas exquisitas que, a veces, se sustentaban sobre ménsulas de profusa y abigarrada ornamentación, algunas de ellas estaban intactas. Los patios, rodeados de columnas, formaban enigmáticas líneas sombreadas que ocultaban formas insinuantes y misteriosas tras las que, yo imaginaba, podrían aparecer en cualquier momento aquellos fantasmas que eran los dueños de la ciudad y para sentirme seguro apretaba mi palo en la palma de la mano, dispuesto a esgrimirlo en defensa de mi integridad.

 

Archivo privado de LHM

En el interior de los pabellones y de los edificios el estado de todo era lamentable: los suelos estaban rotos y levantados, los techos que aún se sostenían sobre las vigas de piedra estaban cubiertos de una espesa capa de polvo, tierra y suciedad que ocultaba los relieves. En los rincones de las altas paredes, las telas de araña formaban espesas cortinas y allí, los pájaros habían encontrado un lugar ideal para anidar. Mi avidez por conocer todo lo referente a la ciudad abandonada me hizo pedirle a mi maestro algún libro en el que saciar mi curiosidad y él me proporcionó uno sobre el periodo de los emperadores mogoles en la India. En aquel libro estaba todo lo referente al reinado de Akbar: Ÿalaluddín Muhammad, ese era su auténtico nombre, era hijo de Humayun: el segundo emperador de la dinastía mogol, que fue expulsado de la India al ser derrotado por el caudillo afgano Sher Shah en dos cruentas batallas y hubo de huir abandonando su reino. Durante aquel triste viaje en busca de refugio nació el pequeño Akbar, su madre lo parió entre las hierbas y las piedras del camino. Después viviría su infancia en la floreciente y hermosa Persia en donde su Humayun encontró acogida.

Quiso el azar, que en mi casa y guardado como un tesoro, mi madre tuviera una recopilación bellamente ilustrada y editada por un librero de Bombay que reunía los viejos y auténticos cuentos de ―las mil noches y una noche‖5, que un autor de origen árabe había conseguido recopilar de la tradición oral y de los viejos manuscritos en países como Egipto y el Yemen o en las ciudades de Damasco, Bagdad o Beirut, en donde durante siglos las domesticas y los charlatanes de los cafés contaban los preciosos relatos de las cortes magnificas de los califatos. Ella, en ocasiones especiales, me dejaba el preciado libro para leerles a mis hermanos algunos de esos cuentos que despertaban mi imaginación y debido a las escasas ocasiones en que se me permitía el lujo de acariciar aquellas páginas, aumentaban más mis ansias de leer.

Tal vez por eso, el mundo de Akbar bullía en mi cabeza con el esplendor de los antiguos reinos musulmanes e imaginaba que, de niño y en aquel país, él debió jugar bajo la sombra de las altas torres de las mezquitas que se dibujaban en las páginas de aquel hermoso libro. Debió crecer con los ecos de la llamada a la oración de los muecines o escuchando el rumor del agua de las fuentes que recordaban a la lejana y llorada Granada. Lo imaginaba rodeado de hombres sabios que sabían cómo descifrar el misterioso lenguaje de las estrellas, buscando para él la estela que conduciría su destino hacia el Este del mundo o de hombres que escondían entre sus puños el secreto del vuelo de los pájaros, para enseñárselo al pequeño príncipe; y de otros hombres dedicados a la alquimia, mezcladores de perfumes, matemáticos, músicos y poetas. Pero también, al lado de aquellos que combatían ferozmente en épicas batallas y, con el dulce sabor de la victoria entre los labios, animaban a Humayun, a reconquistar su reino perdido.

En muy pocos años, el tiempo dio forma al destino de Akbar que, cuando apenas contaba trece años, vio morir a su padre tras haber recuperado el trono y él, como único heredero, fue nombrado emperador de la India.

Qué hermosa épica debió vivir aquel joven y nuevo soberano cuando, subido a lomos de los elefantes, mandaba a sus ejércitos para atravesar, victoriosos, desiertos y montañas, extensas llanuras y profundos valles. Palmo a palmo, se fueron agrandando los dominios de su imperio y, para la gloria de Alá, la voz de los almuecines comenzó a oírse desde las lejanas mezquitas de Kabul hasta las más altas cumbres de los Himalayas; se deslizaba sobre las aguas de los ríos sagrados o asomaba sus ecos a las suaves arenas del golfo de Bengala. Nunca hubo en aquellas tierras un imperio tan grande como el imperio de Akbar.

Mi imaginación me hacía ir de la fantasía a la realidad de lo que fue la India en aquellos tiempos y en mi necesidad de saber todo lo que aconteciera en aquel reinado, supe que, cuando el gran imperio ya empezaba a consolidarse, Akbar que, impotente, veía morir a sus hijos varones recién nacidos, peregrinó desde Agra a la aldea de Sikri atraído por el carisma de un santo sufí: Sheij Salim al-Chishtí. Fue este hombre, sencillo y hu- milde, quien predijo que en aquel pueblo, nacería su deseado primogénito que habría de fortalecer la estirpe de su larga descendencia. Y Akbar, hombre de corazón sensible, que compartía su tiempo con el sufí en espera el deseado acontecimiento, quedó cautivado por la simple y profunda filosofía del sabio a quien amó sinceramente y deseoso de instruirse en su sabiduría, ya no pudo abandonar aquel lugar a pesar de la temprana muerte del sufí.

Así se empezó la construcción de Fatehpur que fue concebida como la ciudad perfecta: hecha para la calma, la búsqueda de la paz, y de la sabiduría. Fue edificada sobre una elevación del terreno, junto a la mezquita que, en su día, fue la más grande de la India y donde aún yace el sufí.

Me sentía fascinado por todo cuanto leía y durante semanas deambulé de un sitio a otro hasta encontrar entre las ruinas y los escombros el que sería mi lugar favorito: se trataba de una torre que acababa en un gran chatri que se elevaba en el centro de la ciudad como un perfecto lugar de observación. Desde allí se divisaba un reino sin límites: si miraba a lo lejos, podía girar en redondo sobre mis pies y contemplar el mundo que se perdía en el horizonte difuminando el llano paisaje hasta convertirlo en una raya azulada e infinita. Bajo mi mirada, la mezquita del viernes dibujaba su perfecta armonía y la vieja ciudad, a mis pies, parecía cobrar vida salpicando, entre los jardines y los patios, la silueta de sus calles que dibujaban el enclave de los edificios: las zonas públicas hechas de sólidas construcciones, los aposentos reales en donde el agua debió fluir aportando al emperador la calma y la energía que derrochaba en su reino; la ciudad de las mujeres con las suaves transparencias para ocultar los ojos misteriosos y sabios de sus amantes esposas. Desde allí, todo parecía ser capaz de revivir el esplendor de otros tiempos.

Una tarde, sin poder esperar la llegada del viernes y obsesionado por acudir a aquel lugar en donde yo era el único testigo de un reino olvidado, salí de mi casa al oír la llamada del rezo y ascendí la cuesta hacia la mezquita. Sin entretenerme, busqué la puerta más próxima a la vieja ciudad y me dirigí hacia ella.

Me encaminaba hacia el mirador, con la seguridad que me daba el conocer todos los caminos, cuando creí ver a un hombre aparecer y desaparecer entre las columnas, bajo uno de los edificios. Me escondí tras unas piedras y esperé observando con detenimiento. Lentamente, le vi acercarse. Para mi decepción, su aspecto era el de un hombre corriente: iba vestido con ropas de un color muy claro, eran muy viejas y rotas por los codos y las rodillas, sus sandalias oscuras estaban cubiertas de una espesa capa de polvo y sobre su cabeza llevaba enrollado un pañuelo verde de un tono llamativo y brillante. No era un hombre fuerte pero sí estaba bien constituido y se movía caminando con pasos seguros. De su hombro colgaba una bolsa de tela y, atado con una cuerda, un envoltorio del tamaño de una mano y hecho con tela gruesa y basta se apretaba a su cintura. Acabó por desaparecer de mi vista dando la vuelta a una de las esquinas y yo, intranquilo por aquella presencia con la que no contaba, abandoné el lugar.

Estuve días sin atreverme a regresar a la ciudad pero no aguanté mucho tiempo, volví a la misma hora del primer encuentro y el hombre del pañuelo verde volvió a aparecer. Esta vez, me había situado para esperarlo en un rincón, tras las celosías de uno de los palacios, desde donde tenía una perfecta visión del camino por el que supuse llegaría de nuevo. No me había equivocado: lo vi llegar, los pájaros revoloteaban a su alrededor.

Mientras pasaba cerca de mí, contuve el aliento, después salí de mi escondite y lo seguí agazapándome para no ser visto. Él entraba y salía de los edificios. Después de penetrar en cada estancia, el revoloteo de los pájaros rompía el silencio dentro de los recintos. Permanecía unos minutos y regresaba al exterior para volver a meterse en la siguiente puerta. Al fin acabé perdiéndolo de vista tras un edificio cuadrado en medio de uno de los grandes patios, que se destacaba por los cuatro chatris situados en la parte superior. Yo mismo, en mis primeras incursiones, me había sentido atraído por la rara fisonomía de aquel edificio, que destacaba del conjunto, pero al asomarme, la profusión de esculturas, los altos techos y los rincones envueltos en penumbra, me habían atemorizado y no volví a aproximarme a aquel lugar.

Estuve regresando a la ciudad y haciendo lo mismo de manera incansable durante días. Aquel hombre, puntual a la cita, repetía siempre los mismos movimientos para acabar desapareciendo tras el raro edificio. Creo que mi auténtico deseo era verlo desvanecerse o atravesar las paredes. Pero, no sin cierta decepción, acabé convénciéndome de que era tan mortal como yo mismo pues, aunque oía cómo hablaba con los pájaros, que parecían escucharle, también renegaba, tosía o masticaba y escupía hojas de betel como lo haría mi propio padre.

Mientras, iba adentrándome en el conocimiento de lo que para mí eran los secretos que guardaba Fatehpur, pues el maestro, poco acostumbrado a tener alumnos interesados por la historia que se escondía entre los muros de la vieja ciudad, me buscaba al terminar las clases y con nostalgia y una gran dosis de orgullo me hablaba de los tiempos del esplendor de la India bajo el dominio de los emperadores de religión musulmana.

Supe que en Fatehpur vivieron los hombres más ilustres de la época: músicos, poetas, astrólogos, talladores de diamantes, calígrafos, médicos, grandes financieros, filósofos y hasta maestros en el arte de la guerra: era una corte de sabios en donde todas las voces eran escuchadas. Y para ello, en el interior de la ciudad el emperador hizo construir un edificio en el que se reunía con todos los sabios colocándose él en el centro de un gran círculo hambriento de saber. Abierto a todas las corrientes y de la mano de su consejero Abu Fazal, estudiaba a los filósofos de oriente y de occidente buscando entre sus palabras cómo llegar a convertirse en lo que deseaba ser: el rey perfecto.

Con ese fin y dispuesto a acabar con las rivalidades y las guerras intestinas que provocaban los distintos credos que se practicaban en sus tierras, pretendió extraer la verdad común a todas las religiones y encontrar un solo Dios para su pueblo. Durante un largo periodo de tiempo reunía cada semana a los representantes de todas las religiones conocidas en la India: jainistas, zoroástricos, judíos, hindúes y musulmanes de todas las tendencias y otras que con la fuerza de los conquistadores y venidas de Occidente trataban de adentrarse en el corazón de los nativos: eran los jesuitas, llegados desde el lejano reino de Portugal. Ellos también fueron llamados para hablar de su Dios. A todos escuchaba con respeto y de todos adoptaba las costumbres que consideraba justas.

Según me contara el maestro, entristecido, Akbar, imbuido de tantas extrañas ideas que eran ajenas a su propia religión, fue poseído por la locura y llegó a convencerse de que él era el mediador entre Dios y los hombres, formulando su propia y única religión. Decía que fue esa soberbia lo que convirtió su historia en la desgracia de aquella tierra: se secaron sus fuentes y el emperador se vio obligado a abandonar la ciudad que quedó maldita. Solo los locos y las bestias se atrevían a deambular por sus calles que, a veces, parecían revivir y traer del pasado el alma solitaria y atormentada del emperador y su corte de sabios, para despertar la vida entre las viejas paredes de la ciudad y recordar a quienes supieran leer en aquel mensaje, que la locura y la soledad son el precio que se paga por abandonar el camino de la humildad.

A pesar de cuanto oía, no había nada que fuera capaz de desanimarme y yo seguí con mis secretas escapadas a Fatehpur, pues me cuidaba de que nadie supiera de mi afición, por miedo a que me fuera prohibido.

Una tarde, esperé como siempre la llegada del hombre del pañuelo verde a quien yo había empezado a llamar: el pajarero. Después de verlo pasar ante la pared de celosías tras la que estaba oculto, me senté en el suelo para esperar a oír sus pasos alejándose. De repente, a mi espalda, oí su voz y noté como mis músculos se tensaron violentamente:

−¿Has visto hoy algún extraño por aquí, muchacho?

El corazón parecía querer escaparse de mi interior. De un salto, me levanté y me di la vuelta. El hombre estaba colocado frente a mí, a escasos metros. Enseguida me sobrepuse y me estiré para contestarle:

−No, no he visto a nadie, señor.

Avanzó un paso en dirección a donde yo estaba y volvió a hablarme:

−Siempre hay que estar vigilantes. La gente aprovecha el menor descuido para venir a robar ¿Es esa tu intención?, ¿vienes a eso cada tarde?

Negué con la cabeza, pero sentí como se me encogía el estómago al acordarme que, más de una vez, había metido en mis bolsillos algunos trozos de piedras talladas que me llevaba a casa y escondía entre mis ropas como si fueran tesoros. Aquella misma tarde, mientras esperaba, había recogido entre los escombros un trozo de madera con curiosas tallas y en ese momento lo sentía dentro de mi bolsillo, apretándome la pierna.

Tuve la sensación de que aquel hombre intentaba tranquilizarme para poder acercarse a mí y atraparme como a un vulgar ladronzuelo. Con un movimiento rápido, di media vuelta, empecé a correr hacia la salida y, antes de abandonar la ciudad, tiré el trozo de madera como si me quemara en el bolsillo.

Aquel encuentro tampoco me detuvo: mis idas y venidas continuaron. Empecé a esperar las llegadas del hombre abiertamente. Durante las primeras semanas no me atrevía a dirigirle la palabra y él parecía soportar mi presencia. Le observaba en silencio. Caminaba tras sus pasos como una sombra a través de las calles en aquella ronda imaginaria. El hombre entraba dentro de los edificios: se detenía en el centro de los recintos girando sobre sus pies para mirarlo todo, después metía la mano en su bolsa de tela y repartía el grano entre los cientos de pájaros. El revoloteo de las aves a su alrededor daban a la escena una vida insólita y mágica: lo rodeaban, subían sobre sus hombros o sobre su cabeza, picoteaban en su mano mientras él les hablaba y reía complacido. Minutos después, lanzaba al aire los granos que aún conservaba entre sus dedos que acababan esparcidos por el suelo u ocultándose entre las piedras, donde los pájaros menos sociables buscaban con avidez.

Llevaba días siguiéndolo cuando, sin esperarlo, se volvió hacia mí para decirme: −Si quieres seguir acompañándome, haz algo que sea útil: trae grano para los pájaros. Nunca hay suficiente para todos.

A partir de aquel día, salía de mi casa con los bolsillos llenos del arroz que cogía de la cocina en un descuido de mi madre y así comencé a caminar al lado del hombre. El miedo a entrar en las estancias parecía haber huido de mi ánimo. Lo acompañaba en su recorrido. Seguía cuidadosamente sus pasos, iba esparciendo mi grano y cuando el sol empezaba a caer sobre la línea del horizonte, él se dirigía hacia su rincón tras el palacio de los cuatro chatris y yo salía de la ciudad y regresaba a mi casa con la única idea de volver.

Durante aquellos recorridos, después de los primeros días de vacilaciones, mi lengua se fue desatando. Solía contarle todo cuanto iba aprendiendo sobre los años en que Fatehpur fue la capital del imperio: de las aficiones de Akbar, de su gusto por la doma de elefantes o su pasión por el deporte del polo, cuya afición le hizo fabricar una pelota luminosa para poder seguir jugando cuando llegaba la noche o la costumbre de disfrazarse de mendigo y recorrer los mercados acompañado de su visir Birbal, con el fin de saber lo que pensaba y lo que necesitaba su gente. Él asentía y sonreía mientras me observaba escenificar desfiles militares, haciendo sonar los tambores al paso de los hombres que componían sus ejércitos o disparaba mis imaginarias flechas hacia un horizonte lleno de feroces enemigos, mientras él me escuchaba sin despegar los labios.

Uno de aquellos días, caminaba como siempre siguiendo sus pasos. Atravesábamos el patio del pachisi en dirección al Divan-i-am, para llevar el grano a los papagayos que tenían sus nidos bajo las arcadas de aquel recinto. Hacía un calor sofocante y el cielo estaba cubierto de una espesa nube gris que oscurecía la tarde. De repente, el cielo pareció partirse en dos y el agua empezó a caer a torrentes sobre nuestras cabezas. Corrimos a refugiarnos en el lugar más cercano: era el palacio de los cuatro chatris.

Yo entraba en aquel lugar por primera vez. Me sacudí el agua entre exclamaciones de sorpresa por el fuerte aguacero y, al darme cuenta de donde estaba, contuve el aliento. Giré sobre mis pies dando la vuelta en un suelo de mármol blanco, limpio y dibujado de estrellas de arenisca roja, que rodeaban una enorme columna en el centro de la habitación y que sustentaba unos pasadizos que confluían sobre la columna central. Las formas de los enormes y brillantes pináculos que formaban racimos sobre las propias columnas me sobrecogieron. El agua martilleaba con fuerza en el techo que formaba una bóveda cuadrada sostenida por fuertes vigas y retumbaba produciendo sonidos que parecían golpear en el interior de mi cabeza.

Archivo privado de LHM

Después de unos momentos de sentirme aturdido, busqué con la mirada al pajarero. Él se había colocado en cuclillas en uno de los rincones y la escasa luz hacía que su figura quedara casi oculta entre las sombras. Me acerqué despacio y me invitó a ponerme a su lado. Me aproximé y me senté junto a él. Desde allí, sobrecogido todavía volví, a contemplarlo escudriñando entre las sombras que nos rodeaban.

La intensidad del agua que caía era tan fuerte que producía relampagueos de luz a nuestro alrededor y de nuevo, inquieto, busqué refugio acercándome más al pajarero que permanecía inmóvil. Repentinamente, la lluvia arreció en su caída y los ecos en el interior del recinto se hicieron aún más fuertes, parecía que el techo iba a derrumbarse sobre nuestras cabezas. Instintivamente, me cogí de su brazo. Sorprendido de mi atrevimiento, me volví para mirarlo esperando una reacción que me indicara su desaprobación. No parecía haberse dado cuenta: estaba abstraído, había colocado sobre su cabeza un pañuelo grande cayéndole sobre sus hombros y, a mis ojos, apareció como una persona distinta a la que yo conocía: tuve la sensación de que aquel hombre, silencioso y solitario, guardaba grandes secretos en su interior.

A los pocos minutos, volvió de su ensimismamiento. Yo seguía cogido de su brazo, debió notar mi turbación y me preguntó:

−¿Sientes miedo?

Me encogí de hombros sin atreverme a decir que sí.

Permaneció callado durante unos instantes más, después se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire: eran unos dedos delgados y ágiles como los de un artista. Yo lo miraba esperando sus palabras y sentí cómo tragaba saliva antes de empezar a hablar de nuevo:

−Tú me has contado muchas cosas que no sabía y yo he de contarte algo también, para que cuando descubras lo que ocurre aquí sepas reconocer lo que se esconde bajo las piedras de Fatehpur y hagas entonces lo que debas hacer, pues todo está escrito.

Le miré intentando entender qué quería decir con sus palabras, pero con su dedo índice sobre los labios me pidió silencio y siguió hablando.

−Muchas de las gentes que trabajaron en esta ciudad vinieron desde las canterías del Rajasthan. Ese era el lugar de donde procedían las piedras de arenisca roja con las que se levantaron estos muros. Esas gentes esculpían, tallaban y daban forma a cada uno de los relieves de estas paredes que, a pesar de los siglos, aún pueden ser acariciadas. Las manos de algunos de los artesanos que trabajaron aquí eran las manos de mis antepasados. Y ocurrió que uno de aquellos hombres estaba dotado de un especial ingenio y maestría en su trabajo. Akbar supo de él y le confió la construcción de un pequeño recinto secreto bajo su única supervisión.

El hombre tuvo que permanecer aislado y solo durante el tiempo que duraron sus trabajos. Sabía que, al terminar, su destino era la muerte pero, cuando llegó el momento, el humilde artesano rogó y suplicó al emperador que le perdonase la vida, pues no podía abandonar a su familia en los brazos de la soledad y de la miseria: él era su único sustento. Y Akbar, hombre de corazón generoso, habló con sus consejeros, consultó con los astrólogos y después de recapacitar durante días, lo dejó marchar. Debía guardar en secreto el lugar donde estaba y el modo de acceder al pequeño recinto hasta que el emperador volviera a requerir su presencia.

Pasaron los años, la ciudad y el imperio florecían. Fatehpur era una corte brillante a la que acudían los hombres más sabios de la tierra, traídos por Akbar, que vivía obsesionado por encontrar la manera de llegar al corazón de sus súbditos. Y él lo lograba, parecía poseer un don que le hacía ser amado por las gentes más sencillas, pues sabía guiar sus pasos en busca de la paz, a través de la justicia y de la tolerancia.

Pero los más eruditos y sabios del reino, versados en las artes y las ciencias, en la interpretación de las sagradas palabras, vertidas por el mismo Dios a través de su Profeta, no eran capaces de comprender la simplicidad y la pureza de las ideas del emperador, que guiaba sus pasos siguiendo los dictados de su propia conciencia. Y este, decepcionado por no ser oído por aquellas personas a quienes consideraba los faros de la sabiduría, abandonó Fatehpur, trasladó la corte a otros parajes y se rodeó de otras gentes.

Las puertas de la ciudad se cerraron. Aquellos que habían venido en pos de la prosperidad de la capital empezaron a marcharse; otros, que añoraban al emperador y rezaban por su vuelta se quedaron con la esperanza de un resurgimiento. Mientras la ciudad permanecía dormida, el humilde artesano pasaba los días merodeando en torno a sus muros sin saber qué debía hacer, pues nunca fue llamado de nuevo a la presencia del emperador y sentía su vida ligada a aquellas paredes para siempre.

Pasaron los años y Akbar, de regreso a sus palacios de Agra desde la ciudad de Kabul, se desvió del camino para visitar de nuevo Fatehpur. Entonces ya era un hombre viejo y agotado. Las permanentes guerras y las decepciones en su vida privada habían encanecido sus cabellos y avejentado su rostro. Durante días deambuló por la ciudad desierta y solitaria reviviendo lo que debió ser su pasado más hermoso.

El artesano hizo guardia frente a los muros de la ciudad hasta que, por fin, antes de marchar, Akbar le mandó llamar para preguntarle sobre el secreto escondite, que debía abrir de nuevo para él, pues no recordaba su ingenioso mecanismo. El hombre lo hizo: el interior del pequeño recinto estaba vacío. Akbar entonces sacó de su manga un objeto, lo guardó entre las estrechas paredes y le mandó cerrar el lugar nuevamente. Después le habló así: Si algún día ves que peligra este lugar, no te atormentes, recoge lo que hay en el interior de tu escondite y guárdalo contigo hasta tu muerte. Así habrán de hacer las generaciones que te sucedan hasta que se extinga tu estirpe. Es un sagrado deber que te impongo, pues aquí queda lo que ha de ser el legado de mi reino, la única razón que ha justificado mi vida: el secreto para encontrar la paz entre los hombres.

Mientras, deberás proteger esta ciudad y armar un ejército en el nombre de Akbar, para que los restos de Fatehpur, aun despojados de toda vanidad, nunca desaparezcan. Pues ha de llegar un tiempo en que el hombre, cansado de guerrear, agotará todas sus armas y habrá de ahondar en los auténticos caminos de la paz, hasta encontrar el lugar en donde se encuentra la verdad. Entonces será cuando estas piedras volverán lentamente a renacer. A través de los años, irán resurgiendo de los escombros para recuperar el mensaje que en ellas se encierra y se escucharán las voces de los hombres más sabios que habrán comprendido, por fin, cuán simple es la verdad que ha de conducirnos a vivir en armonía. Así ha de ser, pues así está escrito.

Había transcurrido muy poco tiempo desde aquella visita, cuando se propagó por toda la India la noticia de la muerte del emperador y con ella, llegaron los malos tiempos para las gentes que aún vivían en la llanura de Sikri. La lejanía de las rutas y el abandono hizo que quienes habían permanecido en la vieja ciudad imperial, sumidos en la miseria, se supiesen olvidados y se atrevieran a entrar violando sus muros. Fatehpur empezó a ser desvalijada: robaban los cortinajes, las alfombras y los muebles. De la ciudad partían carros llenos de ricas mercancías para ser vendidos en los mercados y en las plazas de otras ciudades más afortunadas. Las puertas y las ventanas, las pinturas de las paredes y las sedas que adornaban los aposentos reales eran arrancadas ante la vista del artesano que, acompañado de sus hijos, se sentaba en las puertas de Fatehpur intentando convencer a la gente para formar una partida de hombres, capaces de proteger aquellos muros contra la rapiña y la avaricia. En el nombre de Akbar, pedía que lucharan para preservar el esplendor del pasado de aquellos muros. Todo era inútil, se burlaban de él llamándole loco y la ciudad iba desapareciendo convertida en un esqueleto del pasado, ante la rabia y la impotencia del viejo que, temiendo que el secreto escondite fuera violado, entró en la ciudad como un ladrón más y, tal como le pidiera Akbar, lo abrió llevándose lo que estaba en su interior.

Mientras, vio como los pájaros iban anidando en los rincones de los palacios, bajo las cúpulas y bajo los pasadizos. Las gentes seguían arrancando las piedras de las preciosas murallas que eran usadas como canteras para extraer los vulgares ladrillos de almacenes y casas. El artesano, que recorría las calles desolado por su impotencia al no poder cumplir el mandato del emperador de formar un ejército, observó que los pájaros lo esperaban picoteando a su alrededor y comenzó a traer grano y a alimentar a los nuevos habitantes de Fatehpur que aumentaban de día en día.

Pasaron los meses y llegaron las lluvias que anegaron los campos, el ciclo de la vida continuaba y la tierra, enriquecida por el agua, derrochaba belleza. Fue entonces cuando hicieron su aparición las aves solitarias, de garras poderosas, que llegaban volando desde lejanos países a miles de kilómetros atraídas por una misteriosa llamada. Se hicieron las dueñas de torres y balcones y con ellas, llegaron los fantasmas que alejaron a las gentes de los muros de Fatehpur. Se oía contar en los mercados y en las plazas de Sikri que los sabios caminaban de nuevo por patios y jardines, que resonaba el agua de las fuentes en los palacios y los ojos de las mujeres misteriosas se asomaban detrás de las celosías, mientras se escuchaban de nuevo los delicados acordes de la música de Tansen Baradari…

El viejo artesano era ahora quien reía pues comprendió, al fin, cuál era el ejército de Akbar y dedicó su vida a alimentar a las humildes aves que preludiaban la venida de aquellas otras, enormes y solitarias, que aleteaban entre los muros dispuestas a mantener viva el alma de la ciudad.

El sonido de su voz se había ido haciendo suave a medida que se atenuaba el agua que golpeaba los techos del palacio. Solo levemente se oía el caer de las últimas gotas y los ecos de las palabras del pajarero adquirieron un extraño tono:

—Hay seres que vienen a este mundo mucho antes de su tiempo. Son almas delicadas y salvajes como lo es la propia naturaleza de la tierra y por eso, conocen como ahondar en los grandes secretos que mueven los destinos del mundo. Vienen para dejar con sus huellas marcado el camino que habrán de seguir otros hombres que llegarán tras ellos, para que todo se vaya conformando y, a su tiempo, ocurra lo que ha que ocurrir. El sonido pertinaz de la lluvia volvió a llenar los rincones. Me volví hacia él: detrás de aquel pañuelo que lo cubría apenas podía ver su rostro y no pude evitar preguntarle:

—¿Quién eres?

Despacio, volvió la cabeza y me miró. En sus ojos había una extraña lejanía y me estremecí al oírle.

—Soy el último de una estirpe de humildes y silenciosos guardianes, después de mí, se habrá de romper el silencio y las piedras de Fatehpur volverán a recuperar su antiguo esplendor, pues así está escrito.

Se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire; de nuevo, los vi moverse inquietos ante mí: eran delgados y ágiles como los dedos de un artista. Al momento, él volvió a esconder su cara detrás de los pliegues de su pañuelo y yo cerré los ojos. El silencio se fue haciendo denso a nuestro alrededor. Todo estaba sumido en una quietud llena de fuerza y extrañamente viva. Por un momento, me sentí cayendo en el vacío y tuve la sensación de que aquel hombre y yo éramos los únicos habitantes de la tierra.

Abrí los ojos estremecido todavía. La espesa nube que había cubierto el cielo aquella tarde se había disuelto y la luz brillaba de nuevo entrando a través de puertas y ventanas. Se desvanecieron las sombras oscuras entre las que nos habíamos refugiado y salimos. Él destapó su cabeza y, otra vez, caminamos juntos por las calles desiertas en busca de los pájaros hambrientos.

Pasaron los días, las lluvias de aquel año fueron muy intensas, la gente se lamentaba de los destrozos que había ocasionado en sus casas y campos de cultivo. Mi padre vio cómo su almacén se llenaba de agua y perdimos todo cuanto teníamos. Durante un tiempo no pude regresar a la vieja ciudad, pues la tristeza embargaba las paredes de mi casa y mi madre buscaba cada tarde mi compañía. Pero, al fin, todo fue recuperando la normalidad y volví a buscar a aquel hombre que continuaba, como siempre, con la humilde tarea de alimentar a las aves.

A veces lo miraba y me preguntaba si aquella tarde de lluvia que vivimos juntos fue una realidad, si aquel hombre, solitario y amable, a quien yo consideraba mi mejor amigo, estaba loco o era yo quien había soñado las extrañas palabras que escuché en la penumbra de aquel palacio abierto a todos los vientos que, a pesar del tiempo, permanecía limpio y nuevo como si los siglos no hubiera transcurrido. Nunca me atreví a preguntar nada, tal vez para no revivir la extraña sensación de lejanía y misterio en la que me sentí envuelto aquella tarde y todo continuó como siempre.

La época del monzón hacía tiempo que había pasado. Un día cualquiera y antes de marchar de regreso a mi casa después de nuestro diario recorrido, el pajarero me retuvo un instante para decirme:

−Mañana debes venir, muchacho. Hazlo antes de que empiece el atardecer.

Y regresé. Empezaba a caer la tarde, el cielo ofrecía un espectáculo de belleza que no recuerdo haber visto nunca. Yo caminaba dando la espalda al sol que se dibujaba, enorme y brillante, expandiendo los tonos anaranjados por el horizonte que se mezclaban con las nubes blancas como algodones y, en el suelo, sobre la alfombra verde de los campos, se salpicaban los sembrados amarillos con las flores de la mostaza. Llegué a la ciudad, el pajarero estaba esperándome en la puerta. Parecía excitado como nunca. Al verme, me hizo una señal para que me apresurase. Corrí hacia él. Antes de que yo llegara, me dio la espalda y empezó a caminar delante de mí. Lo seguí. Nos encaminamos hacia la Torre del Viento y ascendimos. Estuvimos en silencio contemplando cómo, lentamente, iba descendiendo el sol hasta que cayó como un milagro desapareciendo de nuestra vista tras la redondez de la tierra. En aquel momento el cielo se volvió rojo, de un rojo intenso oscureciendo las nubes. En la lejanía un minúsculo punto negro hizo su aparición. Poco a poco, aquella mancha fue cobrando forma y aparecieron las alas de un pájaro en vuelo majestuoso. Volaba en dirección a Fatehpur y se fue aproximando hacia donde estábamos.

El silencio se hizo sobrecogedor, el runruneo de las aves que habitaban la ciudad había desaparecido por completo. Aquella magnifica ave se aproximó y, durante un momento, permaneció parada sobre nuestras cabezas: tenía las alas desplegadas y un leve movimiento, sincrónico y perfecto, la mantenía en un mágico equilibrio dominando el aire. Su plumaje era blanco y una franja negra recorría los extremos de sus alas de punta a punta que se abrían ofreciendo un hermoso espectáculo.

En un segundo la vimos replegarse y descender en picado. El sonido que produjo la caída vertiginosa hizo que, instintivamente, cerrara los ojos y me resguardara la cabeza con las manos. Al abrirlos sentí la fuerza de sus garras aferrarse al techo que nos protegía y oí el potente aleteo. No pude contenerme, el corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera desbordarlo. Salí corriendo escaleras abajo. El pajarero reía a mi espalda mientras le oí que me gritaba:

−¡Vuelve, muchacho! ¡Ya están empezando a llegar!

Cerré mis oídos a sus palabras y corrí desesperadamente a través de las calles desiertas.

Nunca más volví a la ciudad abandonada, las risas del pajarero resonaron en mi mente mientras me debatía entre una extraña fiebre, que me hizo delirar durante días sin que se supiera cuál era la causa. Me recuperé y pocas semanas después, con mi familia, abandonamos Sikri en busca de un mejor destino. Nos instalamos definitivamente en Delhi y yo olvidé por completo todo lo ocurrido.

                                                      ***

La niebla detrás de los cristales se había disipado. Volví con el pañuelo entre las manos a acercarme a la camilla donde reposara el viejo y acaricié la sábana. Salí de mi consulta y me encaminé a través de las calles en dirección a la ciudad abandonada. Como si anduviera por mi propia casa, me dirigí al rincón donde el pajarero tenía su refugio. Sobre la esterilla, el viejecito estaba acurrucado y muerto. A su lado estaba la bolsa de tela que empleaba para llevar el grano y el cinturón se apretaba a sus ropas. Lo desaté y deslicé con suavidad el envoltorio de tela basta que parecía formar parte de su propio cuerpo. Lo abrí, una delicada tela contenía un objeto duro y rígido, lo palpé con los dedos y lo que había en su interior cayó en mi mano: era un simple espejo. En el dorso escrito en persa había una inscripción: 

Mírate en el espejo,

Cuando en él veas el rostro de tu enemigo,

Habrás encontrado la verdad.

Volví a colocarlo en su envoltorio. Recogí la bolsa y cubrí mi cabeza con la tela verde. Apreté el cinturón hasta sentir cómo se contraían mis músculos y salí al exterior. Los pájaros revoloteaban inquietos sobre los restos de la ciudad de Fatehpur.

De los cuentos: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

El pez dorado

Sara seguía pegada a la acera ancha y poco concurrida que desembocaba en la calle más comercial y cara de la ciudad. Estaba ensimismada frente al escaparte. Sin embargo, las maletas de aquella carísima tienda ya no le atraían como en otro tiempo; aquel atardecer nublado, en la imagen reflejada que le devolvía el cristal, vio a una mujer sumergida en un mundo ambiguo de certezas y de perplejidades. Como si fuera polvo, su pasado era solo ceniza y vacío y el futuro era un camino arduo que había que empezar a dibujar de nuevo partiendo de la nada. 

Se encogió de hombros para seguir deambulando calle arriba cuando, el guiño de una  nube hizo  una travesura con la imagen que se reflejaba en el cristal y, detrás de ella, creyó verse a sí misma convertida en la estudiante de otro tiempo. Fue solo un instante, pero la Sara que acababa de jugar con sus recuerdos había estado a su lado durante unos segundos enfundada en una gabardina de color beige que recordaba muy bien. 

Enseguida desapareció.

Miró a su alrededor…, por un instante hubiese deseado atrapar aquella muchacha para meterla en el bolsillo de su abrigo y protegerla de todos aquellos años pasados en los que había estado tan lejos de sí misma. Su deseo la hizo seguir con la mirada los escaparates que acababan en la esquina a más de diez o doce metros, con la esperanza de que el juego siguiera y pudiera ver hacia dónde se había marchado la dueña de la gabardina beige. 

Giró la cabeza para ampliar la visión: en el otro lado de la calle, la fachada servía de fondo a una decena de motos aparcadas en perfecta simetría. Tras ellas, los grandes escaparates de la tienda aparecían llenos de zapatos, que salpicaban sus colorines, tras el reflejo de la larga calle con las siluetas ondulantes de los transeúntes, que aparecían  irreales  y volátiles por efecto de los claroscuros de la luz grisácea. 

En ese momento, el corazón le dio un vuelco: sobre el cristal, esquiva y lejana, la imagen de la muchacha se deslizaba como una mancha clara por la calle principal. La vio fugazmente para desaparecer enseguida mezclada entre la gente. 

Sara reaccionó y caminó calle abajo, dobló la esquina y anduvo deprisa hasta acercarse a pocos metros de ella. 

La seguía a corta distancia. Se sentía metida en la estela  del aire roto que iba dejando a su paso. Serenó su manera de caminar y su silueta se fue alejando poco a poco hasta que dejó de sentir sus pasos golpeándole en el estómago. Respiró aliviada al poder observarla a sus anchas: caminaba  por el centro de la acera, segura de sí, sin distraerse con nada. La cabeza erguida sobre unos hombros no muy anchos, la hicieron bajar la mirada hacia la cintura que se movía rítmicamente con movimiento de atleta; las botas oscuras, casi planas, y un bolso marrón en bandolera, que se pegada a su frágil figura, componían la imagen de la jovencita a la que Sara perseguía. 

Era una chica corriente –pensó-, tal vez demasiado delgada. Podía pasar fácilmente desapercibida y realmente nadie parecía reparar en ella. 

La vió como cruzaba otra de las calles y corrió  tras ella, porque el semáforo parpadeaba e iba a cambiar de color de un momento a otro. Siguiéndola, bajó las escaleras del metro. La muchacha se había dirigido hacia la maquina automática que daba acceso al entramado de túneles con un billete en la mano. Impaciente para no perderla de vista pidió en la ventanilla el suyo, lo pagó y entró por el mismo pasillo por el que la había visto desaparecer. 

Recordaba muy bien esa estación: no era profunda pero, si no se apresuraba, podría perderla con la llegada de un tren que no tuviera tiempo de coger. Pero no, ella estaba allí, de pie, muy cerca de la raya amarilla que indica peligro. A sus pies, el hueco profundo que recorrían los oscuros raíles y al fondo, orlando su cabeza, la espesa negrura del túnel subterráneo. 

La muchacha esperaba tranquilamente apretando un libro que parecía querer escaparse por debajo de sus brazos: era tan parecida a ella misma que se estremeció. Si pudiera verle la cara –pensó–. Hizo un ademán para sacar del bolso sus gafas de miope pero, enseguida, se oyó el chirrido del  tren frenando hasta llegar lentamente ante la boca negra del próximo túnel. 

Pasaron varias estaciones. Al fin, justo en el momento en que el tren se paraba, vio como se acercaba a una de las puertas y se preparaba para salir pidiendo disculpas a otros pasajeros que se interponían en su camino. Ella imitó sus gestos y al abrirse las puertas salió al anden entre el gentío. Solo la miraba a ella, pero todo le resultaba familiar. Bien podría ser la estación que en otro tiempo le llevaba a su propia casa. Si era así: mejor –pensó–, más tarde sabría como regresar. 

Subió las escaleras  y mientras la seguía se preguntó qué habría en su cabeza. Cuando ella hacia ese trayecto –ahora empezaba a reconocerlo todo-, solía estar preocupada por la hora. En aquel momento la vio mirar el reloj y, al abandonar la escalera, sus pasos se hicieron mas rápidos, casi corría. Sin duda quería llegar pronto a casa y evitar que su madre preguntara la razón de su tardanza. Como ella misma, debía odiar tener que dar explicaciones. Después de todo su madre, en cuanto llegaba más allá de las nueve, siempre pensaba mal: algún chico que la acompañaba y, a saber quién era el chico o alguna amiga que pudiese ser una mala influencia: “la reputación es muy importante y hay que saber muy bien con quién  se mezcla uno…”   

Caminando  otra vez detrás de ella, recorrió el conocido pasadizo que conducía a la calle en donde un acordeonista, sentado en el suelo junto a un ajado sombrero, apoyaba la cabeza sobre el teclado mudo y amarillento, descansaba con los ojos cerrados. A Sara le vino a la cabeza la triste imagen de un autómata sin cuerda. 

Muy cerca la una de la otra, salieron a la calle. La vio encorvar la espalda levemente al sentir las gotas de una llovizna suave que empezaba a caer sobre el asfalto. Le pareció que se hacia más pequeña, más insegura. Debía llevar el libro apretado contra el pecho y, sin saber porqué, aquella fragilidad le recordó la larga y angustiosa enfermedad de su madre. Las idas y venidas al hospital, la piel delicada de su cara, las manos casi perfectas cuando murió. Con el tiempo esas manos que estuvieron tan ajadas, se habían ido suavizando a fuerza de no trabajar y a ella le gustaba acariciarlas: eran las manos de una princesa.

Ya en plena acera de la calle, muy ancha y casi solitaria, Sara se fijó un instante en sus propios zapatos sobre el asfalto oscuro, que repiqueteaban estúpidamente sobre el suelo mojado y le vino a la

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cabeza aquello de las flores: ” a mi hija le gustan mucho las flores” . 
Cuántas veces, agradecida, se habría repetido a si misma esta frase que le conmovió aquel día cuando, en vez de recriminarla por haber gastado el dinero inútilmente, le mostró al médico el sencillo ramo de claveles  que descansaban en un jarrón de cristal sobre su mesita de noche, mientras le decía aquella frase mágica que viviría como un eco después en su memoria. Se estremeció al recordar. Pocos días después, su madre moriría.

Sí, era su madre quien solía repetir que a los muertos los olvidas en seguida. “tal día hizo un año y ya está”, siempre lo decía. Pero se equivocaba, hay muertos a los que nunca olvidas. Parece que se van pero no es verdad, regresan, siempre regresan en ese movimiento permanente, circular y traicionero en el que vive la memoria y si en el pasado quedaron heridas sin curar, sangran una y otra vez. Con el tiempo, acabas por aceptar que esas heridas ya no tienen cura: forman parte de tu vida, son tu misma vida.

Una gruesa gota de agua de lluvia le devolvió a la realidad. Era tan absurdo estar persiguiendo a una desconocida. Y… ¿por qué no? –pensó–. Ahora,  ¿a quién le importaba? Por primera vez en mucho tiempo sabía muy bien en donde estaba. El azar le había devuelto a su antigua calle y a otros tiempos que había olvidado.

Contuvo una carcajada pensando que estaba volviéndose loca ¿Qué hacía ella allí? 

Iba a acelerar sus pasos para pasar de largo y dejar a un lado el que fuera su antiguo portal cuando, de un salto, la muchacha, a escasos metros de ella, se subió al pequeño escalón  frente a la verja blanca y ancha, adornada con macetas de piedra en donde estuvo su casa. 

Sara se quedó inmóvil bajo la lluvia que arreciaba. La vio como buscaba  en su bolso, como sacaba las llaves. Del escaso racimo colgaba un pez dorado. Sara se llevó la mano a la boca. Ese pez… ¡Dios mío! Era el regalo de aquel chico que nunca fue su novio y que tantas veces le dijo: “es que yo te quiero”. Siempre supo que la quería, y era verdad, la quería. Porque eso se sabe, se percibe en la mirada, en la palma de la mano cuando te roza, en como te mira el pelo, en como te pregunta: ¿dónde has estado? Si, ese  pez era el suyo. El muchacho se lo trajo de algún pueblo de la sierra en donde había ido con sus amigos una Semana Santa, mientras ella le contó una mentira sobre un viaje a un monasterio aragonés con su familia.

Sara golpeó la cabeza como si después de tantos años cayera en la cuenta de que  aquel regalo era absurdo. Si, era absurdo que de un lugar de montañas le hubiese traído un pez dorado. ¿Mentía él también? 

Plantada en la acera, mojándose con la lluvia fría del  otoño, con la mirada puesta en una desconocida, pensó que hasta ese momento nunca había reparado en ello. Sí, recordaba aquel pez, vino envuelto en papel de celofán rojo. Después y durante años siempre fue con ella, dentro de su bolso. ¿Dónde se perdió? ¿Dónde estaba ahora ese pez?

Por todo su cuerpo, como si una mano de terciopelo le acariciara de arriba abajo con el recuerdo, sintió el tacto suave y frío del metal y el alivio que le proporcionara tantas veces al encontrarlo entre las agendas y los monederos, los cigarrillos o los lápices de labios dentro de su bolso. 

Nunca entendió muy bien lo que había pasado entre ellos, tampoco lo pensó mucho. Después de todo, nada era difícil una vez decidido, porque de repente, empezó su ir y venir de un lugar a otro, de una provincia a otra y su vida por fin se llenó de maletas. En la última conversación telefónica que mantuvieron, en una de aquellas llamadas que, a pesar de no desear, ella siempre esperaba, Sara le pidió que no volviera a llamar.  “Salgo con un chico y nos vamos a casar”, le espetó. “¿Sí?”… Le oyó preguntar. Su voz pareció quebrarse levemente como si sintiera una profunda pena. Después de unos instantes de silencio tenso volvió a escuchar su voz: “Si haces algo, hazlo con el corazón, solo así funcionan las cosas”. 

Sara se estremeció de nuevo, los años, los largos años pasados en la más absoluta soledad del alma se le echaron encima y los ojos se le empaparon con la lluvia…, con las lagrimas ¿Era ese el secreto? ¿El corazón que le decía a gritos que no lo hiciera? Levantó la cabeza para sobreponerse y el pez tintineó entre el ruido callejero y las llaves plateadas. Sintió una rabia infinita contra esa muchacha que llevaba su gabardina beige, que vivía en su misma casa…

Se aproximó a la puerta dispuesta a arrebatarle el pez de entre las manos como si aquella desconocida se lo hubiera robado. Se puso a su lado. Estaban tan cerca que Sara rozaba la gabardina con su bolso. Iba a alargar el brazo para coger su mano delgada  y entonces, la muchacha apretó fuertemente entre sus dedos el pez dorado y volvió la cabeza sorprendida. La miró, sonrió forzadamente con un gesto de sorpresa interrogante  y la vio. Sí,  al fin veía su cara: la muchacha de la gabardina era ella… la muchacha de la gabardina era Sara.

Los misterios del museo

Puede ser un día interesante, por qué no. Hay muchas opciones, pero … considerando que el calor  es bastante intenso, qué mejor que disfrutar de un Museo. En Madrid existen varios en un radio de menos de un kilómetro. Hay que elegir. Podría ser el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Buena idea¡¡¡¡

Foto cedida por Aspasia de Mileto

Pues al Reina Sofía que nos vamos. Enorme edificio. Mejor dicho edificios: Edificio Nouvel y Edificio Sabatini, cuyo nombre proviene del Arquitecto Italiano, Francisco Sabatini, quien continuó con su construcción, tras el diseño realizado por José de Hermosilla,  uno de los arquitectos más importantes de siglo XVIII, junto a sus contemporáneos Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez y el propio Sabatini. Es un edificio de estilo Neoclásico que fue Hospital General de Madrid.

Consta de cuatro plantas y una terraza, desde donde puede verse la zona de Atocha, con los edificios de alrededor reflejados en el material superior que hace de cubierta de la terraza.

Un vistazo nos lleva a ver Dalíes, Picassos, Mirós, Julio Romero de Torres y sus espléndidas mujeres.

Mujer en Azul de Pablo Ruiz Picasso, Muchacha en la ventana de Salvador Dalí. Y, cómo no: El Guernica de Picasso, cuyo título, al parecer, alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, durante la guerra civil española.

Mucha gente alrededor de esta famosa obra entorpeciendo el paso a otras salas. Los rostros no expresan especialmente ninguna reacción en uno u otro sentido.

No es un cuadro fácil de percibir. El horror que  emana no permite precisamente disfrutar.  Así que no nos detenemos, seguimos viendo arte, seguimos cruzándonos con personas de todos los países, ávidos de arte.

Incluso los edificios con sus jardines son dignos de contemplar y admirar.

El personal del Museo ofrece con  amabilidad, información precisa.

Es importante perderse, obnubilarse y abstraerse, la mente nos lleva a recuerdos y pensamientos. No es difícil por ello, de repente, no saber dónde nos encontramos.

La mente trasciende y vuela detrás de una pareja de enamorados absortos en su idílico momento.

Dos niños juegan alrededor, ausentes de la realidad de su entorno, el juego es su único interés, pero también observan, comentan y señalan algunas de las obras de arte, puesto que algunas son llamativas,  otras extrañas, pero el arte lo admite todo.

La pareja de enamorados admira con entusiasmo tanta creatividad.

Observamos que la pareja de enamorados viste de los mismos colores y prendas que los dos niños que juegan, absolutamente ausentes del lugar en donde se hallan, sin embargo, sus mentes perciben lo que sus estancias irradian: arte y cultura.

Llama la atención la viveza del color de sus atuendos informales: playeras rojas, calcetines amarillos con pequeños dibujos de caballos, camisa blanca y pantalones rojos. Los cuatro iguales.

Sus figuras se reflejan en los cristales de las puertas ¿Es parte de la colección? ¿Pertenecen a una Exposición Temporal?   Desde luego, no pasan desapercibidos para nadie. Atraen, emanan sonrisas, alegran los rostros. Ellos, ausentes, viven su momento.Recorren las salas sin modificar su expresión facial. Los niños se mueven entre la piernas de los adultos que observan las obras sin saber muy bien cómo interpretar algunas de ellas. Por extrañas, por inexpresivas o por desconocidas, sin embargo, sí perciben un aire cálido, un aire festivo que les envuelve, lo que les hace sentirse bien, disfrutar del momento, sonreir, admirar cuadros y esculturas. Y es que esas cuatro figuras propalan tanta fuerza positiva que arrastra hacia el optimismo, hacia la concordia.

Así que vamos detrás del cuarteto que se  dirige hacia uno u otro lado del Museo, nos dejamos llevar y entramos en un pequeño cuartito con paredes cubiertas de papel pintado en tonos claritos, con dibujos pequeñitos y, de una de estas paredes, arranca una especie de cono negro que va alargándose y estrechándose, ocupando buena parte del espacio,  ¿qué puede ser?, todo lo que uno pudiera imaginar con semejante forma y color, un tanto tétrico, incluso escatológico.
Según la autora, “algo que asemeja cola-tentáculo-miembro”.

No sabemos cómo acabará la jornada la empleada vigilante, después de ocho horas encerrada en esa habitación sin ventilación. Es verdad que el color blanco, con miembros del cuerpo humano en miniatura que representa el papel de las paredes, es alegre, en contraste con la escultura negra.

Seguimos a estas cuatro figuras que desaparecen y  vuelven a aparecer por arte de magia.

Traspasan paredes, a veces se les escucha reir a carcajadas, lo que nos permite volver a encontrarlos y seguir su circuito dentro del museo.

De repente se escucha un estruendo y surge un resplandor en círculo, apareciendo una brillante nebulosa, convirtiendo las cuatro figuras en una maravillosa criatura mitológica,  un precioso caballo blanco alado,  agitando sus alas y moviendo su patas de tal manera que parece galopar en el aire.

A su alrededor surge una fuente con enormes chorros de leche proyectándose hacia el Olimpo y en medio se posa nada más y nada menos que Pegaso.

Todo queda a oscuras, relumbrando únicamente la blancura del  precioso corcel.

Empujada por no se sabe qué energía, me veo subida a su lomo y nadie más hay alrededor, se ha hecho la obscuridad, así que abre sus enormes alas y comienza un galope sobre los chorros de leche y somos empujados hacia el Edén.

Cabalgamos sin parar hasta la Vía Láctea que nos ofrece su brillante luminosidad.

Un nuevo mundo se abre ante mis ojos. Mi cuerpo se transforma en ninfa ante la presencia súbita de Apolo, Dios de la belleza, la perfección, la armonía y las artes, que amenaza o protege desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad.

Las ninfas del Olimpo me perciben como una amenaza, así que me siento cohibida por lo que intento pasar lo más desapercibida posible, sin embargo, mi fisonomía y mi indumentaria me delatan como alguien discordante, así que he de desprenderme de todos mis ropajes, exhibiendo mi dorado cuerpo, lo que llama la atención de Apolo, quien me ofrece su mano para llevarme a la presencia de Zeus, rey de los dioses. Afrodita, diosa de la belleza, la lujuria y la pasión, que cree  tener competencia, se revuelve y se interpone entre Apolo y mi presencia, Artemisa, hija de Zeus y hermana de Apolo, defensora de la virginidad me toma de la mano, apartándome del bello Apolo. Atenea, diosa de la sabiduría, sale en mi defensa, evitando una confrontación. Es Pegaso quien me atrapa y me lleva en volandas al lugar de donde me había recogido.

Foto cedida por Aspasia de Mileto

Una vez desaparecida la magia, la realidad se hace presente con la imagen del mítico Guernica y sus trágicas expresiones emulando los desastres, el infortunio y las desdichas de la propia vida, expuesto con todo el dramatismo de que es capaz de afrontar y experimentar el ser humano.

Devolvamos la calma a nuestra mente y visitemos las salas llenas de arte, imaginación y surrealismo.

Relajemos los sentidos para disfrutar.

La ciudad de lápiz

 

Cuando era niña, su madre, al verla pasar el tiempo con el lápiz en la mano, le decía: “por ese camino no llegarás a ningún sitio, ¡ponte a estudiar de una vez!” Y lo hacía: estudiaba… sí, ella estudiaba.

Con el tiempo, a pesar de que no se había dedicado al mundo del arte, ni siquiera pensó en ello nunca de manera seria, no había desistido de su costumbre de dibujar. Lo hacía sin darse cuenta, pintaba como una quimera infantil:  flores, macetas, casas o niños. En los últimos años, como un mantra, sobre cualquier cuartilla o sobre cualquier rincón del bloc de notas surgía de la punta de su lápiz  un centro urbano con una sola calle de ida y vuelta sobre la que transitaban coches y bicicletas. En el único lado de aquella calle los altos edificios mostraban sus ventanas de rayas; pintaba algún circulo que otro para romper la monotonía o, a veces, las dibujaba ovaladas. En la parte baja se veían con claridad las puertas de almacenes con grandes rótulos. En los tejados las antenas de televisión, se elevaban tímidamente hacia un cielo siempre vacío -las nubes estaban excluidas de esa rutina-. Si acaso, como si quisiera darle vida a ese espacio que, por ser cielo, era infinito, colocaba la silueta de alguna bandada de pájaros. Entre los últimos trazos que cerraban la escena siempre había varios árboles que sombreaban un banco. Bajo esos árboles dibujaba niños jugando a la pelota; lo dibujaba todo con la misma reiterada afición con la que pintaba un paso de cebra del que nunca se olvidaba. 

Al acabar, siempre se sentía decepcionada, solía pensar: tendría que esmerarme y pintar Nueva York. Era un propósito tardío,  cuando pensaba en los esbeltos rascacielos de estilo modernista que se destacan  y que hacen única a esa ciudad, ya era demasiado tarde su … ciudad ya estaba de nuevo ante sus ojos.

Y ocurrió un día que,  en la consulta  de un  psiquiatra, con quien intentaba salir de uno de esos colapsos en que te coloca la vida y  en donde se sometía a un curioso  método de auto hipnosis para, se suponía, sanar entrando en el inconsciente, se encontró en aquella ciudad de trazos rápidos y precisos, hecha sin pretensiones de artista ocupando uno de aquellos recovecos misteriosos de la mente que pugnaba por cobrar vida.

Al levantarse del diván, le divirtió haber visto su ciudad de lápiz y se sorprendió de que aquel dibujo hubiese  estado en su mente, vivo… tan vivo que había creído percibir el frescor de los árboles, la dureza del banco de madera trazado con rayas infantiles o el runrunear de los coches sobre el asfalto.

Pero fue más tarde mientras caminaba sin prisa  de vuelta a casa, recordando las sensaciones que le producía la terapia, cuando tuvo la oportunidad de ordenar lo que empezaba a parecerle una curiosa visión.

Tendida sobre el diván, oía de nuevo el impulso de la voz del psiquiatra preguntado: ¿Qué ves?, ¿qué ves?

Aquellas palabras solían ser mágicas y aquella vez también surtieron su efecto: entre  la nube púrpura cuajada de tintes amarillos, que solía marcar la entrada en el otro lado de la mente, se hizo la oscuridad de la que fue surgiendo  una nube de polvo brillante y vio una mujer sentada en la vera del camino. Como si hubiese esperado la señal, una luz se encendió iluminándola a ella y la mujer se incorporó   con elegante desenvoltura. La veía caminar de espaldas, empujaba levemente una brisa que acariciaba su vestido al ritmo de un balanceo cadencioso,  femenino. La vio ladear varias veces la cabeza tranquilamente, sin recelo, solo para asegurarse de que la luz de aquel foco la iluminaba y la seguía.

Nuevamente el impulso del psiquiatra:  “¿Qué ves?, ¿qué ves?” 

“Veo a una señora”, contestó. “Pero no, no es una señora”, recalcó enseguida con seguridad, “es una mujer”. 

“Descríbela, dime, cómo es…”

La premura del psiquiatra le resultaba excitante e intentaba aguzar la vista. 

“No sé… es como si fuera una mujer de Jericó”. Sí, sabía que tenía los ojos oscuros, la piel aceitunada de las gentes  del lado más oriental del Mediterráneo.  Vestía una túnica marrón como en los relatos bíblicos y a su alrededor no había paisaje, no había arboles, nada que describir en torno a ella, solo un camino de tierra bajo sus pies y el polvo brillante a su alrededor, que salpicada unas casi invisibles partículas que formaban parte del camino y brillaban como minúsculas estrellas. En un momento dado, se paró frente a un espejo o, no lo supo muy bien, tal vez era un cuadro con el marco de carey. 

La mujer caminante se reconoció: era su rostro, sus hombros…, la túnica sobre la cabeza estaba ribeteada de oro. Vio como descolgaba la imagen de sí misma, como la zarandeaba. Los ribetes de oro quedaron en el suelo y ella continuó su camino, ahora, torciendo a la derecha, marchó de nuevo; la ciudad, su ciudad, apareció frente a ella. Ya nada era de lápiz, era tan real como la propia vida.

El psiquiatra insistía: “no te pares, sigue describiendo lo que ves”. 

Ella se resistía y se removió sobre el diván, era incómodo. A pesar de todo, las ordenes del médico eran tajantes  e intentó seguir describiendo lo que veía: “La mujer se ha sentado en el banco  frente a la calle y ha empezado a languidecer. Está sola, siente tristeza y  abandono”.

Vio como alguien sobre una bicicleta se paraba frente a ella y la invitaba a subir. La mujer quería marcharse de allí aunque fuera sobre un vehículo tan frágil y se levantó para ir a sentarse en el sillín trasero. Pero no pudo, una mano saliendo de las tinieblas de la nada la atrapó al vuelo y la bajó de aquel frágil vehiculo. Un enorme coche la esperaba.

Se incorporó en el diván bruscamente. “No puedo seguir, quiero acabar”, le espetó al psiquiatra: “Oiga, pero… ¿qué significa todo esto?”

El psiquiatra la miró con cara circunspecta. “No lo sé, tal vez esa mujer… sea usted”.

 

El limpiabotas de Bombay

Dibujo de Merche B. para LHM

Bansi podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas, diseminadas sobre la enorme y populosa ciudad de Bombay. Tiene la piel muy oscura, el pelo brillante y los ojos chispeantes y negros. Vive mendigando en las calles y en los mercados, durmiendo amontonado entre un racimo de chiquillos, peleándose a diario por una ración más grande de la que le corresponde a la hora del reparto o recogiendo entre las basuras los papeles que envuelven los helados, para chuparlos y sentir la húmeda frescura mojándole los labios.

El muchacho ronda los diez años y, a pesar de su corta edad, ya tiene algunas costumbres que lo caracterizan como, por ejemplo, una curiosa manía de llevar siempre unos raquíticos y raídos pantalones que tienen muchos bolsillos. Él no se lo ha contado a nadie pero, la verdad, es que lo hace para poder dormir con todos los tesoros que ha ido encontrándose por ahí: una caracola con pinchos, un pequeño colgante de Jade con la figura de Ghanesa –ese simpático dios de los hindúes que tiene la cabeza de elefante y que es un espléndido talismán para atraer a la buena fortuna–, una moneda con un agujero en medio y, entre otras cuantas cosas más, una libreta que tiene las tapas de color rojo, con la que se tropezó en la entrada de un templo y que acaricia, una y otra vez, fascinado por las hojas blancas sobre las que le gustaría poder anotar sus pensamientos, pero todavía no ha tenido la buena fortuna de conocer a alguien que pueda enseñarle a escribir.

Es un niño silencioso que pasa desapercibido, sin embargo, es un gran observador. Hay muy pocos detalles que se le escapan de las personas a las que quiere y de otras con las que convive, del lugar en que transcurren sus días y hasta es posible que, si se lo preguntasen, sabría cómo explicar alguno de los fenómenos que ocurren en el cielo, ya que tiene la costumbre de sentarse en un rincón tranquilo para poder contemplarlo a sus anchas. La razón de que pueda hacerlo, casi a diario, es porque su chabola está situada en el corazón de la larga y preciosa playa de Juhu, frente al mar de Arabia y al norte de la ciudad de Bombay.

Ese poblado al que Bansi pertenece está enclavado en un tramo de terreno que, entre altos y caros edificios, permanece sin construir debido a la proximidad del aeródromo que queda a escasos metros y al otro lado de la carretera. 

Es en ese lugar donde él conoce a cuantos le rodean con sus pequeños y grandes secretos. Sabe leer en sus gestos, en sus miradas; adivina sus intenciones y aprende de todos. Cree firmemente que cada acto trae una consecuencia y, por eso, actúa siempre con la cautela propia de una persona adulta aunque, por el momento, son muy pocos los que se han dado cuenta de que posee esa valiosa virtud.

El nombre de Bansi significa “flauta” y la razón de que él se llame así es porque Jaya, la mujer que lo encontró, se dirigió al sitio en donde el niño había sido abandonado, atraída por el sonido de una flauta que resultó ser el llanto de un bebé que, arropado con una pobre y sucia tela de algodón barato, gemía hambriento y aterido de frío, entre las pilas de ladrillos de la obra de un nuevo hotel que empezaba a construirse frente a la playa.

Jaya es también una persona muy especial. Forma parte de una comunidad  de mujeres que viven en alguna de esas chabolas, agrupadas bajo un mismo techo y en
una de las esquinas de la barriada. Ella junto a Deepa, Smita y Rani han sido capaces de consolidar un curioso sistema de vida formando una especie de familia. Desde hace ya algunos años, son conocidas entre las gentes del barrio como “las mujeres violetas”, debido al color de los saris con los que siempre van ataviadas. A ellas les enorgullece ser reconocidas y queridas por la labor que hacen: se ayudan unas a otras, conviven y enseña a unos cuantos niños abandonados y que han ido recogiendo por ahí, a ganarse el sustento, a pesar de las precarias condiciones de su vidas y sin más recursos que su buena voluntad, la sabiduría de haber vivido en la calle y sus inagotables energías.

Las mujeres se valen de los niños para pedir limosna. Cuando son pequeños los llevan en brazos. Al ir creciendo, son ellos mismos quienes se dedican a la tarea de mendigar por su propia cuenta, a vender en la playa artículos de artesanía o fruslerías que compran baratas en los mercados cercanos. Los mayores ayudan en las heladerías o en los bares instalados sobre la arena de Juhu que, en los últimos años, se ha ido transformando en un lugar muy concurrido. Todos los chicos entregan el dinero que obtienen a cambio de ropa, comida y un lugar donde cobijarse. Después, cuando se hacen mayores, se buscan su propia manera de vivir en otro barrio o instalando su chabola en las cercanías, pues a casi todos les gusta quedarse cerca de las mujeres violetas.

Jaya es muy joven todavía, debe rondar los treinta años. Es limpia, tranquila y tiene la risa fácil de una persona que acepta su vida tal como es, sin queja y sin otra aspiración que esperar que las cosas no cambien, porque resultaría muy raro que los cambios pudieran traerle algo mejor de lo que ahora posee.

Realmente, desde el día que dio con sus huesos en ese hermoso lugar del norte de la ciudad, se había sentido agradecida y feliz con la vida de libertad que disfrutaba con sus compañeras, rodeada siempre de la alegría y la vitalidad de tantos chiquillos de ojos inmensos, llenos de nuevas promesas, que las quieren y a quienes, a su manera, intentan inculcar unos principios mínimos de honestidad y honradez. Ella supo, desde el momento en que llegó a aquel lugar, que nunca dejaría por su propia voluntad esa oportunidad a la que el destino le había conducido de la forma más insospechada.

Por que lo que podríamos contar de Jaya es una historia más sobre las mujeres de la India que nacen en la pobreza y rodeadas de miseria. Cuando era niña había ejercido la prostitución en las calles de Delhi para poder sobrevivir. A pesar del tiempo transcurrido, aún hay noches que recuerda, sumida en la tristeza, al individuo a quien llamaba padre acompañándola de la mano para sentarla en una esquina donde esperaba hasta que algún hombre la requería, se la llevaba a su propia casa, a algún sucio tugurio o, simplemente, la arrinconaba en un oscuro zaguán para manosearla a cambio de unas rupias.

El padre murió pronto consumido por la tuberculosis y ella continuó acudiendo al mismo lugar hasta que, a los quince o dieciseis años, cuando acababa su trabajo y empezaba el amanecer, se acostumbró a frecuentar la entrada de un templo en la que se situaba un santón errante. Alrededor de él se formaban cada día corros de gente escuchando sus palabras. Jaya, a menudo, no podía entender lo que aquel hombre quería decir. Hablaba de cosas que le parecían extrañas: de la perfección del alma a través del abandono de todo aquello que pudiera ser una atadura en la tierra, de la necesidad de buscar la pureza del espíritu a través de la renuncia  a cualquier entrega o a cualquier deseo carnal. Pero, a pesar de las raras palabras que le oía pronunciar, fue aproximándose a él porque, a su lado, experimentaba una sensación de paz que nunca había sentido y cada día, esperaba con impaciencia que llegara el momento de volver de nuevo a la esquina donde se situaba para poder escucharlo.

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Al fin, cuando el santón dijo que no volvería a visitar ese templo, que había tenido un sueño y debía viajar a Bombay, le pidió que aceptara su compañía. Tuvo que rogarle hasta que el hombre accedió pero le impuso la condición de que se mantuviera a una distancia suficiente como para no ser un obstáculo en su propia existencia de errante y solitario.

Cuando llegó el día de marchar se fue tras él siguiendo sus pasos como si fuera un perro. Durante meses anduvieron de pueblo en pueblo viviendo de la caridad. Se sentaban en la entrada de los templos o en la ladera de los ríos. La gente les llevaba comida y se reunían a su alrededor para escuchar los consejos del hombre errante. Meses después, desde Vadobara cogieron un tren hasta Bombay. Una vez allí se instalaron en las inmediaciones de la misma estación a la que habían llegado, en una calle estrecha y poco concurrida. Él dormía sobre uno de los peldaños que daban entrada a un viejo edificio y ella se situó bajo las mismas escaleras, en donde se formaba un pequeño zaguán que tuvo que vaciar de basuras y trastos viejos antes de poder ocuparlo.

Pasaban los días, la gente de Bombay no era como la de los pueblos o ciudades que había atravesado, parecían indiferentes a todo. Nadie se interesaba por escuchar las palabras del santón que, a pesar de todo, se sentaba en una esquina en actitud de meditación y, de vez en cuando, extendía sus manos reclamando la atención de quienes pasaba a su lado sin que nadie pareciera reparar en él. 

Malvivían en unas condiciones precarias entre la miseria, los perros callejeros y las ratas que por la noche deambulaban a sus anchas por aquella especie de cuartucho, rodeados de basuras; con el olor de los orines, los excrementos de los animales y de las propias personas, que buscaban rincones y recovecos para hacer sus necesidades. Jaya se veía obligada a pedir limosna o a rebuscar entre los cubos y los desperdicios de los hoteles y edificios cercanos para poder alimentarse.

Llevaban viviendo en aquel lugar apenas unas semanas cuando, una de las noches, mientras la muchacha daba vueltas sobre la esterilla que le servía de colchón, vio, gracias al resplandor que producían los faros de los coches que pasaban por la calle más próxima, como el santón se introducía en el zaguán, se despojaba de sus ropas y se aproximaba a ella desnudo. Al darse cuenta de lo que pretendía, no tuvo tiempo de reaccionar y solo pudo volverse de espaldas y encogerse apretando las rodillas contra su pecho. Se arrebujó entre sus ropas agarrando fuertemente su sari para que no pudiera desnudarla y sintió que se acostaba a su lado mientras se apretaba con fuerza contra su espalda.

Al momento, el hombre empezó a moverse de manera convulsiva y obscena, palpándole con las manos el vientre y los pechos. Ella permaneció tensa y encogida sobre sí misma. Oía su respiración entrecortada y sentía náuseas por el mal olor que desprendía aquel cuerpo escuálido, consumido por la debilidad provocada por aquella vida austera y miserable. Jaya sollozaba sin poder contenerse y él le cerraba la boca apretando su mano contra los dientes, mientras le susurraba al oído que él era la reencarnación del dios Krishna.

Sin saber qué hacer, con todos los sentidos en alerta, percibía a través de la tela el cuerpo del santón empapado en sudor y notaba su saliva mojándole el cuello. Se sintió invadida por un asco profundo que salía de dentro de su estómago y las arcadas le hicieron vomitar al mismo tiempo que aumentaban las convulsiones del hombre, denotando que estaba en el punto de inconsciencia que auguraba el final de aquel primitivo éxtasis, tan contrarío a lo que él predicaba.

Al fin, después de unos minutos que le parecieron horas, se separó de ella y oyó como prorrumpía en sollozos postrado en uno de los rincones del cuartucho, arrancándose los cabellos de la cabeza y golpeándose el pecho violentamente.

Jaya se arrastró bajo los escalones del zaguán y salió a la calle; se sacudió las ropas y escupió con asco hasta sentir la boca áspera y reseca. En medio de la oscuridad, se sentó sobre la acera escondida tras una pila de latas amontonadas y cuando el día empezó a clarear vigiló hasta que el santón se hubo marchado. Lo vio alejarse con su andar de siempre, acompasado y lento, como si nada hubiera pasado. Cuando consideró que estaba a la distancia suficiente para no sorprenderla, entró en el improvisado refugio, recogió sus escasas pertenencias: la esterilla sobre la que dormía, unas sandalias, un viejo chal, un peine desdentado y se alejó para siempre de aquel lugar sin volver la mirada atrás.

Estuvo andando sin rumbo durante horas. La ciudad parecía una tela de araña en la que estaba atrapada sin remedio. Las calles se multiplicaban y los edificios, a veces eran altísimas torres que se elevaban soberbias hacia el cielo y otras eran casas rodeadas de jardines, viejos palacetes o puertas y más puertas de almacenes y tiendas. Sin saber cómo, se encontró sumergida dentro de  barrios enormes de chabolas, llenas de mujeres con los vestidos sucios, de viejos que holgazaneaban sentados en el suelo, rodeados de perros famélicos, de niños desgreñados y mal vestidos que correteaban o se revolcaban en el suelo junto a las propias chabolas. Cruzó puentes y parques, siguió durante horas caminando por enormes  avenidas atestadas de tráfico y bordeadas de árboles que formaban ante su vista una línea infinita que se perdía en el horizonte. Atravesó vías de trenes, canales de agua, mercados llenos de gentes que se multiplicaban sobre las aceras repletas de vendedores, con sus productos sobre cestas o sobre mantas de colores y en donde los fuertes olores de las especias se entremezclaban, produciendo intensas sensaciones  en el estómago vacío pero inapetente de Jaya y que le hacían cerrar los ojos para no marearse y caer desfallecida. 

Sin saber hacia donde dirigir sus pasos, a lo largo de todo el día, continuó sin rumbo con la necesidad de huir y con la sensación de repugnancia que sintiera desde la noche anterior adherida a su piel y a sus ropas y al llegar la hora del atardecer, se sintió perdida en un barrio que parecía tranquilo; en torno a ella había altos muros que rodeaban las casas, entremetidas entre cientos de árboles y palmeras. 

Se paró apoyándose contra uno de los muros, sentía los pies hinchados y doloridos de caminar sin descanso. En aquel momento, una brisa fresca trajo hasta ella un olor salino y húmedo que su piel agradeció como una caricia tras un día de intenso y sofocante calor. Continuó despacio a lo largo de la calle, dio la vuelta a la esquina, estaba dispuesta a buscar un refugio en el que descansar y pasar la noche cuando, entre las dos filas de muros que rodeaban las casas, vio un espacio abierto y lleno de una fuerte luz dorada que la deslumbró y la atrajo como si se tratara de una hermosa visión. Al principio creyó que lo que estaba viendo era la consecuencia del agotamiento y el hambre pero, entrecerró los ojos e identificó la silueta del sol, que se difuminaba  suavemente entre las nubes, mostrando la enorme esfera luminosa que desprendía reflejos dorados e intensos y se prolongaba hacia delante formando un ancho camino sobre una superficie azul oscura, que multiplicaba la intensidad de la luz con miles de espejos esparcidos sobre el agua.

Jaya apretó los ojos aturdida y caminó en aquella dirección atraída por los fuertes contrastes y el rumor, profundo e inquietante, de un movimiento extraño y poderoso que presentía y la desconcertaba. Al dejar atrás los muros, la estampa se amplió ante su vista y una larga playa apareció dibujando su suave silueta.

Miró a ambos lados; la línea amarilla de la arena que separaba el mar de la tierra parecía perderse sin tener fin. Sintió la brisa fresca acariciandole la cara y caminó hacia delante sin poder apartar la  mirada de aquel camino dorado, que se perdía en el horizonte luminoso, creando un espectáculo de intensa belleza tan sorprendente y nuevo para ella. 

Las lágrimas se le escaparon a borbotones, resbalando sobre sus mejillas y liberándola de la angustia contenida durante tantas horas de deambular sin rumbo.

Absorta en la contemplación de aquel hermoso atardecer, habían pasado los minutos, sus oídos, que habían permanecido cerrados a todo lo que no fuera el rumor incesante y acompasado del agua, empezaron a percibir los sonidos de gritos y risas. Ávidamente, Jaya lo observó todo: vio niños jugando, gentes que paseaban despreocupadamente, vendedores con carros llenos de botellas de colores o de comida, siluetas de caballos que se dibujaban al contraluz, galopando sobre el borde del agua. Se sentó frente al mar y dejó que, en su ir y venir, el agua la mojara haciéndole sentir un frescor que subía a través de su espalda trasmitiéndole una sensación de bienestar que desconocía.

Al fin el sol se había ocultado dejando un rastro de luz sobre las nubes oscuras que fueron perdiendo el tinte rojo de los últimos rayos y la oscuridad fue cayendo como un velo sobre todo a su alrededor. Volvió la vista, la gente se iba marchando y el lugar empezaba a estar solitario. A su espalda las construcciones formaban una ancha muralla y en primera fila se extendían casas y edificios protegidos por altos muros que encerraban exuberantes jardines. Siguió con la mirada la línea que formaba la infranqueable barrera y que se interrumpía en una hondonada del terreno. Allí una serie de chabolas se apiñaban formando un pequeño poblado. En su interior, detrás de las telas, las maderas y los cartones, empezaban a verse las tenues luces de velas y linternas. Un aroma a comida despertó su estómago dormido durante su deambular de aquel largo día. Exhausta y soñolienta, se tumbó sobre la arena y se dejó invadir por una extraña sensación de libertad.

Tardó muy pocas semanas en integrarse y formar parte de aquel entorno. Durante ese tiempo vivía en los alrededores de la playa, en las horas del día se dedicaba a pedir limosna en las calles cercanas, entre las gentes que venían a pasear y al llegar la noche, buscaba refugio recostándose contra el muro de uno de los edificios muy cerca del poblado de chabolas. En aquel lugar se sentía segura, siempre había niños que correteaban, entraban y salían de detrás de las maderas y las cortinas hasta bien entrada la noche y ella disfrutaba de sus risas y sus juegos sintiéndose acompañada.

Entre aquellos niños había un muchacho con el cuerpo espigado y la mirada decidida. Desde que la descubrió, y cada atardecer, se aproximaba hasta donde estaba. No decía nada, se sentaba a unos pasos y la observaba hasta que la veía arrebujarse entre sus ropas y recostarse para dormir. Uno de aquellos días, sobre el mar, las nubes espesas y oscuras amenazaban lluvia y el muchacho se le acercó, la cogió de la mano y la introdujo bajo un techo de latas y maderas entre un ramillete de chiquillos que rieron al verla entrar. En el camino Jaya le preguntó su nombre, se llamaba Shalin.

Desde aquel día todo fue fácil para ella. Poco a poco, se fue familiarizando con aquel entorno y los pequeños acontecimientos se sucedieron, como si se tratase de algo natural que el destino hubiera reservado para ella. A las pocas semanas, encontró a Bansi entre las pilas de ladrillos amontonados para una nueva edificación proyectada frente a la playa. Fue como un inesperado milagro que reafirmó su decisión de no abandonar nunca aquel lugar, en donde había encontrado la familia que nunca tuvo y que, cada atardecer, le regalaba el espectáculo de la despedida del sol haciéndola sentir una mujer afortunada.

Desde que esto sucediera, Shalin ha ido creciendo, ahora debe tener unos quince o dieciséis años pues, como ocurre con frecuencia, la edad de la gente que habita en las calles de Bombay no siempre se puede precisar y, en este caso, tampoco se sabe cuándo y dónde nació Shalin. Pero al contrario que Bansi, que es pequeño y raquítico, se trata de un chico alto, bien constituido, muy ágil y acostumbrado a imponer su criterio; más que por su poder de convicción, por su actitud segura e incluso, rayana en la arrogancia. Tiene recursos para resolver todas las situaciones en las que pudiera encontrarse: primero usa la palabra, su punto débil, si no consigue su propósito, utiliza sabiamente los gestos teatrales y, si aún así, no ha obtenido el resultado esperado, la fuerza de sus puños y su arte en la pela cuerpo a cuerpo acaban convenciendo a cualquiera de quién es el que manda. Esas cualidades le han convertido en un líder entre los chicos de la playa de Juhu y nadie se atreve a discutir su autoridad.

El muchacho, que conoce muy bien sus virtudes, es ambicioso y, al crecer, ha ido urdiendo sus propios planes. Se sabe mayor y está buscando la manera de obtener dinero para sentirse el amo de su vida. Después de darle muchas vueltas, de observar y de pensar, sin hacer partícipe a nadie de su planes, ha llegado a la conclusión de que, lo mejor para él, sería hacerse con uno de esos taxis de color amarillo y negro que recogen a los ricos turistas en la puerta de lo hoteles caros y que han empezado a proliferar por la zona. Ya hace meses que, haciendo alguna que otra trampa, va guardando parte del dinero que llega a sus manos. Sin embargo, sabe que así necesitará que pasen los años y la impaciencia, en los últimos tiempos, ha conseguido transformar su manera de ver las cosas. Ahora está intentando otros caminos para llevar a cabo sus planes con más premura.

Pero ya que conocemos algo sobre estos personajes, deberíamos saber cómo transcurre la vida en ese entorno y entre estas curiosas gentes pues, en los últimos días, han ocurrido algunas cosas que podrían hacer cambiar para siempre las vidas de algunos de sus habitantes.

Aquella tarde era sábado y Bansi se sentía el chico más afortunado de la tierra. Caminaba absorto en sus pensamientos saboreando la sensación de ser el dueño de una gran fortuna. Sus labios dibujaban una sonrisa de satisfacción y su mano había quedado atrapada dentro de un de los bolsillos de su pantalón, acariciando entre sus dedos los dos flamantes y estirados billetes que, su arte como consumado pedigüeño, había colocado en sus manos gracias a la generosidad de un turista bien intencionado, quien se dejó convencer de que él solo necesitaba una caja de limpiabotas para convertirse en una persona útil, bien alimentada y completamente feliz.

En aquel momento, desde el otro lado de la calle, alguien lo llamó a su espalda. Bansi volvió la cabeza y vio a Shalin acercándose. El chico, en un instante y con sus pasos rápidos, se plantó frente a Bansi y su voz, al dirigirse a él, sonó autoritaria.

–¿Qué escondes en ese bolsillo?

–Nada, solo un poco de arena de la playa–. Bansi contestó poniendo cara de circunstancias.

–¡Enséñamelo!

–¡No!

El muchacho se sorprendió a sí mismo al dar a su amigo aquella tajante respuesta, pero Shalin no se dio por vencido.

–Es dinero. Sé que son dos billetes amarillos.

–¿Tú qué sabes?

–Te he visto cuando te los guardabas. Has estado mirándolos escondido en el rincón del cojo, como si se tratara de fotos de mujeres en pelotas.

Bansi metió la mano en el bolsillo y apretó fuertemente los billetes aplastándolos contra su pierna.

–¿Y qué?

–¿De dónde los has sacado?

Bansi dirigió la mirada hacia la ruidosa calle atestada de tráfico y no contestó. Shalin se acercó aún más a él.

–Dímelo o te retuerzo el brazo hasta que hables.

–Está bien, hombre, no te enfades. Me los ha dado un extranjero.

–¿Dónde?

–En la puerta del hotel caro. Le he limpiado los zapatos con esta balleta, ¡mira!

Se sacó un trapo viejo manchado de betún del bolsillo trasero de su pantalón y lo extendió a la vista de Shalin.

–¿Por qué me mientes? Tú los has robado.

–¡No los he robado! –Bansi se mostró ofendido–. Se los pedí al extranjero y me los dio. Es tan sencillo como eso.

–¿Crees que me lo voy a creer? ¿Crees que voy a creerme que a un hombre de esos con la cara desteñida, le pides billetes amarillos y te los da? Eso son mil rupias ¿Tengo yo cara de idiota o qué?

–Te estoy diciendo la verdad. Tú sabes que no he robado nunca en mi vida, ni pienso hacerlo. Yo no soy como tú. Jaya dice…

Shalin lo miró de arriba abajo con cara de desprecio y con un gesto de su dedo índice lo mandó callar.

–Tú no puedes tener eso. Eres medio tonto y te lo robarían enseguida. Yo soy el mayor de la casa, ¡dámelo! Sabré lo que hay que hacer con el dinero.

Bansi miró al chico frente a él y por un momento, dudó de su respuesta. Shalin durante años había sido el objeto de su admiración. Siempre había deseado ser como él: con la piel muy clara, tan seguro de sí mismo, valiente y decidido como si hubiera nacido para mandar y el resto del mundo para obedecerle a él. Pero ahora le inspiraba miedo y sentía tristeza al ver cómo estaba cambiando. 

En los últimos tiempos, Bansi continuaba obedeciéndole, como siempre, pero solo por costumbre. Ya no era como antes, cuando se sentía orgulloso de compartir el mismo techo y, en su fuero interno, le gustaba considerarlo su hermano mayor.

Durante aquellos años, había sido distinto, Shalin le protegía cuando se metían con su piel tan oscura y su cuerpo escúalido o lo ayudaba, cogiéndolo de la mano, cuando se quedaba rezagado del grupo en sus correrías por el barrio de los pescadores. Él le había enseñado a tirar priedras planas sobre la superficie del agua, haciéndolas saltar para crear puentes imaginarios con gotas de agua o era el elegido por Shalin para encaramarse juntos sobre los muros que cercaban el aeródromo y, una vez allí, apretar sus cuerpos, uno contra otro, para sentir con más intensidad las vibraciones que producían el paso de aquellos pájaros voladores que izaban el vuelo con un ruido ensordecedor sobre sus cabezas. 

Ahora, sin embargo, Shalin siempre estaba enfadado. Parecía que las cosas en los últimos tiempos le estaban saliendo muy mal.

Bansi creía saber cual era la causa de los disgustos de su amigo, ya que Shalin había empezado a frecuentar a un grupo de muchachos que se dedicaban a robar en el interior de los coches, en las cercanías del mercado de Santa Cruz, a las órdenes y bajo la protección de un hombre a quien llamaban “el Narices”. 

Todos sabían que “el Narices” era un extraño elemento a quien le rompieron la nariz en un interrogatorio de la policia y su cara, desde aquel incidente, había quedado marcada para siempre, afeándolo y resaltando en su expresión un permanente gesto de cinismo. Pero no se trataba solo de su nariz rota, siempre iba vestido con caros trajes occidentales y con zapatos de charol brillantes como piedras pulidas de azabache. Se le podía ver en los bares, paseando por la playa, gastando dinero a manos llenas en los puesto de venta ambulante o recorriendo el barrio en coches de colores metalizados y brillantes para hacerse notar. 

Se sabía que era un hombre vengativo y la gente se aparta a su paso para no molestarlo ni siquiera con el roce de su cuerpo. Los chicos que trabajaban para él, un auténtico ejército, le temían. Todos tienen la certeza de que les cortarían las orejas a la menor sospecha de engaño.

Pero hay otras cosas que también se saben de él pues, en aquel barrio de chabolas, todo acaba corriendo de boca en boca: le gustan las mujeres maduras y su juego preferido es maltatrarlas. Dicen que le gusta practicar con ellas un juego extraño: dibujar mapas sobre su cuerpo con una navaja de afeitar.

Mirando a Shalin, a Bansi le pasaron muchas cosas desagradables por la cabeza. Detestaba lo que estaba ocurriendo y no deseaba que su amigo pudiera algún día parecerse a ese hombre. Tenía muchas razones para sentir repugnancia cuando sabía que se encontraba cerca y ahora, al mirar a Shalin plantado frente a él, no pudo evitar apretar los dientes con un gesto de obstinación y con una voz que, incluso a él le resultó extraña, contestó arrojándole la respuesta a la cara:

–Te repito que no. No voy a dártelo. El dinero es mío.

–Pero, ¿qué dices?

–Sí. Aunque no me creas, el hombre me lo ha dado para que me compre una caja de limpiabotas y pienso guardarlo hasta que me la pueda comprar.

Shalin lo miró sorprendido de aquel desparpajo que era nuevo en el muchacho y con voz de sorna le dijo:

–¡Una caja de limpiabotas! Pero, ¡qué estupido eres! ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Comértela?

–¡No! Limpiar los zapatos de la gente con dinero y ganarme la vida sin tener que pedir limosna.

–¡Idiota! Nadie querrá que le toques con esas manos negras llenas de la mierda de tu culo ¿No sabes todavía que hasta tu sombra da mala suerte!

A Bansi se le agolparon las lágrimas detrás de las pupilas, pero se contuvo. Se encogió de hombros, metió las manos en los bolsillos y, con un gesto valiente, dio la espalda a Shalin. El miedo le encogía el estómago, pero la sorpresa por las palabras mal intencionadas de aquel chico a quien quería sinceramente, despertaron en él una fuerza que nunca había sentido. No estaba dispuesto a dejarse avasallar, ni a pelearse tampoco. Sabía que con los puños tenía la batalla perdida y no quería correr el riesgo de que le arrebataran su dinero.

Lentamente, como si entre ellos no hubiera más que hablar, fue alejándose sin perder de vista la esquina dispuesto a correr en cuanto fuera necesario. Shalin siguió insultándolo apoyado contra la pared pero sin moverse de su sitio. Vio cómo Bansi se alejaba y esperó a que doblara la esquina para seguirlo. El sabía que su amigo era un buen corredor, iba a costarle un gran esfuerzo alcanzarlo y aquella tarde no tenía ganas de perder su tiempo con aquel tonto. Era un ingenuo, le bastaría con ir tras él para ver a dónde iba a esconder el dinero y después quitárselo.

Bansi apresuró sus pasos y se encaminó hacia la playa dando un gran rodeo entre las casas que formaban la manzana. Estaba seguro de que Shalin no iba a darse por vencido e intentó despistarlo para buscar un escondite seguro donde poner a salvo su tesoro.

Mientras caminaba el corazón le latía fuertemente y en su cabeza bullían las ideas envalentonado por la intrepidez de su propio comportamiento en el encuentro con Shalin. Tal vez era el momento  que había estado esperando para que muchas cosas empezaran a cambiar en su vida. Sentía como le subía a oleadas un rubor caliente que le invadía la cara por la excitación de los últimos momentos y le ardían las orejas picándole como si se las recorrieran un ejército de hormigas.

Bansi siempre se había considerado a sí mismo insignificante y el solo hecho de pensar en enfrentarse de alguna manera a Shalin lo hacía sentirse inquieto y mareado. Pero esta vez, una rara sensación de orgullo que nunca había experimentado, iba ganando terreno en su ánimo. Instintivamente, volvió a meter la mano en su bolsillo, sintió los billetes entre sus dedos y, en aquel momento, la cara de Jaya con su amplia sonrisa le vino a la mente: “Tú eres un chico con mucho talento, no lo olvides”. Sonrió nervioso y continuó su camino.

Se perdió entre la gente caminando a lo largo de la playa. Había urdido un plan y, para ponerlo en práctica, fue recogiendo del suelo algunas latas. Al fin, después de un rato, regresó hacia las chabolas. En una zona cercana había bares y heladerías y tras los establecimientos, las palmeras se agrupaban formando un pequeño bosquecillo junto a una pronunciada curva  de la carretera que daba la vuelta en torno al aeródromo. Buscó un sitio escondido en el centro del pequeño bosque que, entre troncos, formaban casi un recinto cerrado. Se sentó y aplastó con una piedra una de las latas por la parte superior formando una caja, la envolvió con un plástico y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo estaba viendo. Rápidamente se agachó y cavó un agujero en la arena junto al tronco de la palmera más delgada. Enterró el pequeño paquete y lo tapó con cuidado, esparciendo la arena de tal manera que no pudiera notarse que había sido removido recientemente. Con su navaja señaló el tronco con una muesca profunda, se ocultó entre las basuras apiladas detrás de uno de los establecimientos y espero que Shalin apareciera: estaba seguro de que vendría.

No se había equivocado, apenas habían pasado unos minutos cuando Shalin, mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía, apareció entre los árboles y se dirigió al lugar exacto en donde Bansi había escondido su lata. Excavó hasta que encontró lo que buscaba, lo cogió y se sentó en el suelo mirando a su alrededor con una sonrisa de triunfo dibujada en los labios.

Abrió el plástico y del pequeño orificio salió un escarabajo que le subió por la mano. Lo apartó con un gesto de asco y ayudándose con sus ágiles y delgados dedos, abrió la lata forzando el metal hasta que cedió y su interior quedó enteramente a la vista. Otros dos escarabajos le corrieron por la mano y el muchacho, visiblemente nervioso, se sacudió impaciente y malhumorado. Para su sorpresa, el interior de la lata estaba vacío. Shalin al darse cuenta lanzó una exclamación de rabia y se levantó tirando la lata violentamente contra el suelo.

A su espalda oyó a Bansi.

–¿Lo que estás buscando es mi dinero, Shalin?

El chico volvió la cabeza. Sorprendido, se incorporó rápidamente y emprendió una carrera desesperada para atrapar al niño que, preparado para esa reacción, ya había empezado a correr.

Al fin, frente a las chabolas de la playa, Shalin atrapó a Bansi y ambos se enfrascaron en una pelea. El pequeño Bansi recibia golpes por doquier y apenas podía defenderse de los rápidos y rabiosos puñetazos que le propinaba Shalin.

En torno a ellos se había formado un corro de chiquillos que observaban como Shalin pegaba a Bansi con una rabia desacostumbrada. Cuando por fin Shalin vio al pequeño atrapado entre las piernas y exhausto se incorporó y, delante de todos, le escupió en la cara.

–Si dices algo de esto a alguien, ¡te mato!

Los muchachos que los habían rodeado se fueron retirando en silencio. Bansi permaneció durante un rato tumbado en la arena. Estaba dolorido y cansado pero había conseguido su auténtico propósito: sabía que había herido el orgullo de Shalin, lo había humillado. Ahora tendría que respetarlo porque era capaz de engañarlo y por lo tanto lo tenía en sus manos.

Aquella noche, Jaya, enfadada y entristecida al enterarse de lo que había ocurrido, curaba las heridas de Bansi. El niño la miraba aguantando el dolor que le producía la mandíbula hinchada y herida que aún, de vez en cuando, volvía a sangrar. El adoraba a aquella mujer tranquila que siempre olía a sal y arroz caliente y no pudo evitar volver a pedir que le contara algo que siempre le había fascinado:

–Jaya, cuéntame cómo me encontraste.

–Pero, Bansi, ya sabes cómo pasó, te lo he contado muchas veces.

–Sí, pero, hoy quiero que me lo vuelvas a contar. Así me olvidaré de lo que me duelen los golpes de Shalin.

La mujer miró al niño magullado con el gesto contraído por el dolor.

–Está bien, pero prométeme que no habrá más peleas entre Shalin y tú. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿No sabes lo fuerte que es?

–Claro que lo sé. Pero ha sido inevitable. Entre nosotros un día u otro tenía que ocurrir.

Jaya contuvo la risa al ver el gesto de estudiada seriedad dibujando en el rostro de Bansi y movió la cabeza para recriminarle.

–Bueno. Déjame ver, no sé si todavía me acuerdo, ¡hace ya tanto tiempo!

–¡Jaya!

La mujer puso su mano sobre la boca de Bansi que la miraba con una mueca de súplica y comenzó a hablar.

Dibujo de Merche B para LHM

–Bueno, Bansi… pues ya sabes que yo llevaba muy pocos meses viviendo aquí y necesitaba encontrar plásticos grandes y fuertes para el techo de la chabola. Se acercaba el monzón y todavía dormía bajo los agujeros de las viejas telas que había colocado sobre unas puertas rotas que encontré detrás de los bares de la playa.

Aquella tarde estaba empezando a oscurecer. Me dirigí a un terreno cercano lleno de materiales para la construcción de un nuevo edificio que habían estado descargando en los últimos días. Al otro lado de la verja que rodeaba el solar, se formaban pequeñas montañas de ladrillos, maderas y hierros. Desde lejos, me dediqué a observar durante un rato. Enseguida, vi unos plásticos que aparecían amontonados a un lado de las pilas de ladrillos. Pensé que eso era lo que necesitaba y con mucho cuidado me fui acercando. No se veía a nadie, pero cuando iba a traspasar la valla, una extraña música me sobresaltó. Parecía el sonido de una flauta. Me cubrí la cara con el Sari y continué andando dejando atrás el solar. Pasados unos momentos, volví sobre mis pasos, me agazapé detrás de la valla e intenté ver quién era el que tocaba la flauta. Estaba dispuesta a pedirle los plásticos pues, si me iba con las manos vacías, al volver, seguramente ya no estarían allí. Pero no se veía a nadie, todo estaba quieto y en silencio.

Dudaba, no sabía si correr el riesgo o abandonar, cuando, de nuevo, volví a oír el sonido de aquella música. Esta vez me acerqué más al sitio y busqué con la mirada. El sonido persistía, parecía salir de entre los montones de ladrillos, era tenue y sonaba extraño y lastimero. Llamé y saludé por si hubiese alguien al acecho fuera de mi vista, pero nadie me contestó. No me pude resistir y entré haciendo un pequeño agujero en los alambres de la verja.

Todo estaba muy oscuro. Abrí bien los ojos: a escasos metros, un pequeño bulto blanco parecía resplandecer en la oscuridad. En aquel momento, volví a oír la flauta. Me di cuenta de que el sonido salía de allí y rápidamente, para que no me delatara, metí la mano entre los ladrillos y los aparte con la intención de hacerlo callar. Lo que encontré delante de mí me hizo llevarme las manos a la boca: las manitas de niño se movían golpeando el aire y exhalando sonidos angustiosos. ¡Dios mío!, no podía creer lo que estaba viendo. Volví colocar todo tal como lo había encontrado y me marché tan deprisa como pude por el mismo agujero por el que había entrado.

Solo había caminado unos pasos cuando tuve que volver. Pensé que aquella criatura acabaría comida por las ratas en cuanto entrara la noche y todo lo deprisa que pude, volví al mismo lugar. Te saqué de allí escondido entre la tela de mi Sari y…, bueno, Bansi, pues aquí estás tú, después de todos estos años, maltrecho y hecho un guiñapo, pero valiente y listo como no hay otro.

Jaya había terminado su relato y miró a Bansi guiñándole el ojo. El niño, una vez más, había escuchado sin pestañear.

–Entonces, Jaya, ¿me recogiste porque te di lástima?

–Al principio sí, fue lo que sentí: lástima y miedo por ti. Pero después… la verdad es que encontrar esta playa y encontrarte a ti fueron las mejores cosas que me han pasado en la vida. En aquella época, seguro que las lágrimas que había vertido durante tantos años, ya debían haber formado un caminito para que entrara la buena suerte.

El gesto pensativo de Bansi dibujó una mueca de obstinación. 

–Si yo tuviera un hijo nunca le abandonaría aunque fuera como yo, raquítico y negro.

–No digas eso, Bansi. Para una madre el color de la piel de su hijo no tiene ninguna importancia. Seguramente, la que fuera tu madre era una mujer desgraciada que no podía alimentarte y te dejó allí para que alguien más afortunado te recogiera y te ayudara a seguir viviendo. Ella no te dejó en cualquier sitio. A esa obra va gente que trabaja, que podrían cuidar de ti y sacarte adelante.

Bansi se quedó pensativo, se rascó la cabeza y preguntó de nuevo:

–¿Cómo sabes tú lo que siente una madre? ¿Cómo lo sabes, eh?

–Porque si yo fuera tu madre, estoy segura de que no me importaría nada tu aspecto o el color de tu piel.

Bansi se arrebujó entre la manta con el gesto pensativo mientras Jaya frotaba una de sus manos con un ungüento verdoso y líquido y al momento volvió a preguntar:

–¿Tú nunca has tenido un hijo?

–No, Bansi.

–¿Por qué?

–No lo sé, Bansi, tal vez porque yo nunca he podido adorar a una cobra sagrada.

–¡Ah!

El Niño cerró los,ojos apretándolos fuertemente y, después de unos segundos, dijo, sin atreverse a mirar a Jaya:

–A mí me gustaría que tú fueras mi madre. Yo… ¿podría ser tu hijo?

La mujer le miró con ternura y le acarició la frente.

–No, Bansi, las personas que vivimos en las calles somos como el viento y tú tienes que poder ir a donde quieras y cuando quieras, tal como hace el viento. Tarde o temprano tendrás que buscar tu propia vida y tendrás que olvidarte de mí.

–No me digas eso, Jaya, yo no soy así, como ese viento que dices. Cuando hago las cosas, necesito pensar en ti. Siempre trabajaré para ti como ahora hago y más lo haré cuando seas vieja. Eso me moverá a hacerlo todo mucho mejor. Yo sé que nunca querré marcharme de aquí ni marcharme de tu lado. Además, no se lo he dicho a nadie todavía, pero ya he encontrado una manera de ganarme la vida sin irme de esta playa y sé que a ti eso te gustará.

Jaya dio una suave palmada sobre las rodillas de Bansi.

–¡Ay, Bansi! Cuando hablas así, pareces un hombre de esos que saben lo que quieren.

–Sí. Yo sé lo que quiero: quiero quedarme aquí contigo y… quiero algo más.

Jaya había terminado sus curas y acarició despacio la frente del niño sin apartar la mirada de sus ojos.

–¿Qué es ese algo más?

—Que…, bueno, que me avergüenza pedir limosna porque, aunque soy muy pequeño, sé que puedo ser muy fuerte y a mí se me ocurren cosas que hacer. Hay otras maneras de ganarse la vida y creo que estoy a punto de conseguirlo.

–¿De verdad?

–Sí. Y… no me mires así,  como si no me creyeras. Verás que dentro de muy poco tiempo voy a tener mucho dinero. Podré hacer muchas cosas y te voy a comprar un sari bueno, de seda, pero de seda de la de verdad y pulseras de oro como las que llevan las mujeres ricas que pasean por las playas. Serán tantas, Jaya, que podrás ponértelas en los brazos y en los pies y cuando te muevas y camines, tintinearán haciendo mucho ruido y todo el mundo dirá: ¡ahí va Jaya!

La mujer  tragó saliva emocionada y sonrió.

–¿Te duelen las heridas?

–Ya se me había olvidado. Pero dime una cosa, ¿A ti te gusta tu vida aquí?, ¿te quedarías para siempre?

–Bansi, ¡qué pregunta!, claro que sí.

Jaya se quedó pensativa un momento, después, levantó la cabeza y pareció hablar para sí misma.

–Bueno, siempre hay cosas buenas para compensar las malas. Pero eso es el precio que tenemos que pagar.

–¿Qué precio pagas tú?

La mujer se incorporó para marcharse mientras contestaba a la pregunta de Bansi apretando los puños y dando por terminada la conversación.

–Eso es asunto mío. Pero te aseguro que no desearía que nada cambiara. Ni tampoco me marcharía a ningún otro sitio.

Aquella noche antes de acostarte, Jaya buscó en una caja bajo la esterilla un viejo espejo con el marco de madera de sándalo y se miró la cara durante un rato. Sus rasgos aún eran los de una mujer joven, su rostro no tenía arrugas y solo los párpados caían ligeramente entristeciendo su mirada de ojos castaños.

Buscó con los dedos una fina cicatriz que corría por detrás de sus orejas y bajaba a lo largo del cuello metiendose por el escote de la blusa: la señal era casi imperceptible. Deslizó sus dedos lentamente sobre la cicatriz con el rostro serio, al fin, apretó los labios obstinadamente. La cara de Bansi volvió a su mente, levantó ligeramente la cortina detrás de la que dormía y lo miró: el niño estaba acurrucado en su manta y parecía dormir. Jaya sonrió y dejó caer la cortina.

Pasaron los días, Bansi sabía que Shalin evitaba encontrarse con él. Al fin, una mañana lo vio solo junto a la puerta de la chabola y se acercó a él.

–Shalin, tengo el dinero todavía.

–No sé de qué me hablas, ¡lárgate! No quiero ni que me mires. Eres un cerdo.

El muchacho se apartó de Bansi, pero este lo siguió.

–¿Es que no me has oído? ¡Lárgate de aquí!

–No voy a hacerlo. Con lo que hice el otro día solo quería demostrarte que no soy tonto, que soy capaz de tener ideas y llevarlas a cabo. Jaya dice que tengo talento.

Shalin se paró y miró a Bansi con cara de desprecio.

–¿Talento?, pero ¿eso qué es, piojoso?

–Pues es que tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos.

–Yo no quiero saber nada con alguien como tú.

Bansi se paró y cuando Shalin se alejaba le gritó:

–Y, ¿si que quieres saber algo con “el Narices”?

Shalin se volvió para mirar a Bansi.

–Pero, ¿tú que sabes del Narices?

–Sé muchas cosas.

–¿Muchas cosas?, pero, ¿de quė hablas?

–De que él no te quiere en su grupo y yo sé porqué.

Shalin retrocedió acercándose a Bansi y cuando estuvo junto a él, extendió sus manos crispadas hacia el chico, que se apartó de él dando un salto hacia atrás e intentando calmarle le dijo:

–No es culpa tuya. Es porque Jaya y Deepa van todas las semanas a su casa y se acuestan con él y dejan que les pegue y las maltrate  a cambio de que los niños de las mujeres violetas no pertenezcamos a su grupo de ladrones. Ellas no quieren que acabemos con nuestros huesos en la carcel o muertos en alguna calle solitaria. Pagan lo que les exige ese hombre asqueroso para que nos dejen en paz.

–¡Tú estas loco!

–No, no estoy loco. Lo sé, las he seguido y las he escuchado hablar. También sé que las dos tienen miedo porque se están haciendo viejas y “el Narices” dejará pronto de interesarse por ellas. A Deepa ya casi nunca viene a buscarla. Ya solo se interesa por Jaya y eso es porque es muy lista y ha conseguido hacerle creer que la necesita. “El Narices” es muy supersticioso y Jaya ha seguido se inventando algo para que no la deje todavía, pero eso no va a durar. Cuando él se dé cuenta del engaño o se canse para siempre, no podremos seguir haciendo la vida que hacemos. Tenemos que prepararnos antes de que cambie y ese hombre caiga con sus garras sobre nosotros. Él quisiera que fuéramos sus esclavos como lo son esos amigos tuyos que ahora intentas frecuentar, sin darte cuenta de que una vez que empieces ya no podrás escaparte nunca.  ¡Es una trampa, Shalin!, ¡de verdad!

Bansi trataba de encontrar las palabras para  convencer a su amigo.

–Parece mentira que no te hayas dado cuenta de cómo funcionan los negocios de ese hombre.

Shalin miró incrédulo a Bansi que, a su vez, le sostenía la mirada para demostrarle lo seguro que se sentía hablando así.

–Sé que tú quieres tener tu propia vida. Ya te has hecho grande  y quieres marcharte de aquí pero necesitas dinero.

Shalin se metió las manos en los bolsillos con resignación, agachó la cabeza y preguntó:

–Y ¿cuáles son esos planes tuyos?

–Conseguir que “el Narices” nos deje en paz para siempre.

–Qué fácil parece cuando lo dices. A su manera, ese tío es el rey del barrio y cuando se haga viejo alguien tiene que ocupar su sitio. Entonces habrá llegado mi momento. Sé cómo manejar a la gente, yo seré quien le sustituya. Pero lo haré a mi manera.

–¡Olvídalo! Antes de que llegue ese día pueden pasar cosas muy malas. Pero yo sé cómo quitarnos de en medio a ese tipo despreciable y rastrero.

–¿Tú?, ¿pero qué estás diciendo? O…  ¿es que tendré que hacerte una reverencia por tu listeza?

–De verdad, no te burles. Sé cómo hacerlo. Llevo días yendo al pueblo de los pescadores. A ese bar, ya sabes y ahí va gente que sabe mucho. Me he enterado de algunas cosas y sé lo que hace ese tipo para ganar tanto dinero. Lo de los chicos que roban para él es solo una tapadera. Con lo que le entregan no tendría ni para comprarse esos zapatos brillantes que lleva siempre. Su negocio es otro muy distinto.

–¿Su negoció?, pero ¿cuál es su negocio?

Bansi se aproximó a su amigo para hablarle al oído.

–Es la heroína

–¿Heroína? Pero… ¿de qué hablas, si no tienes ni idea? ¿Qué es la heroína, a ver? 

–Es la droga que se saca de la planta del opio. Hay un país montañoso que no tiene mar en donde la fabrican en grandes cantidades y la extienden por todo el mundo a través de los puertos de Pakistán.

–¿Quién te ha contado a ti eso?

–He oído cosas. Sé que se vende a precio de oro y hay mucha gente que se está haciendo rica con ese negocio.

–Y, ¿”el Narices” la vende? No digas estupideces. Si así fuera yo me habría enterado antes que tú.

–No Shalin, ya te he dicho que ese tipo es muy listo. Él no la vende, solo se encarga de entrarla en la playa. Tiene un socio y los días de luna llena llega un barco que trae la mercancía. Desde la lejanía, ese barco hace señales mucho antes del amanecer y ellos solo tiene que acercarse con una balandra antes de que el barco llegue al puerto. Alguien desde dentro la tira y ellos solo tienen que recogerla. Después se acercan a la playa, la descargan y la llevan a otros hombres que se encargan de repartirla para venderla  por todo Bombay. Están muy bien organizados. Eso se llama tener “una red”.

Shalin tenía la boca abierta, admirado de lo que estaba escuchando.

–¿Eso ocurre en esta playa?, ¿con “el Narices”?

–Sí, con “el Narices”.

Shalin se rascó la cabeza, su expresión había cambiado de burla a incredulidad.

–Y… a nosotros, ¿qué nos va con todo eso?, ¿qué podemos hacer?

–Conozco la señal del barco. Ya la había visto antes muchas veces, pero no sabía de qué se trataba. Me preguntaba qué sería el pequeño resplandor que aparecía en el horizonte en los días más oscuros. Y ayer esperé en la playa. Lo vi todo, los seguí sin que me vieran. Sé quienes son, como lo hacen y donde lo llevan. He ido atando cabos con todo lo que he visto y oído en el puerto. La policía hace tiempo que está  esperando pillarlos, pero aunque hay gente que sabe lo que pasa, incluso de la propia policía, nadie se atreve a decir nada por miedo a lo que pudiera pasarles.

–…¿Y?

–¿No lo entiendes? Nadie sospechará de nosotros si lo hacemos bien. Solo tenemos que poner sobre aviso a las personas adecuadas.

–Pero… ¿quiénes son las personas adecuadas? ¿O es que vas a decirme que también los conoces?

–Sí, sé quienes son–. Shalin se rascó la cabeza.

–Y, ¿para qué me necesitas a mi? Tú puedes hacerlo solo.

–Sabes muy bien que a mí no me creerían, pero a ti sí. Todo el mundo sabe que tú eres muy listo. Shalin miró a Bansi en silencio, después de un momento, caminó delante de él con gesto pensativo.

–¿Se llevarían “al Narices” para siempre de aquí?

–Claro. Si sabemos hacerlo lo meterían en la carcel durante muchos años. Cuando vuelva, si es que vuelve, las cosas habrán cambiado. Antes de que la red se reorganice nosotros ya tendremos nuestra propia manera de salir adelante.

–No sé, Bansi, déjame pensar. No puede ser tan fácil como tú lo pintas.

–Hay otra cosa, Shalin. La policia nos dará una recompensa y tú podrás comprarte ese taxi que quieres para tener tu propia vida.

Shalin se paró frente a Bansi y le agarró de la camisa con las dos manos.

–¿Cómo sabes tú lo del taxi? 

–¿Eso qué importa? Lo sé y ya está.

–Pero, y tú, ¿qué sacas de todo esto?

–Todavía guardo el dinero para comprarme la caja de limpiabotas.

Bansi se metió las manos en los bolsillos: los dos flamantes billetes aún estaban en su bolsillo derecho, enrollados cuidadosamente dentro de la caracola de pinchos. Los sintió bajo la punta de sus dedos que se habían introducido por el pequeño orificio nacarado y suave. Miró a Shalin. El muchacho agachó la cabeza con un gesto pensativo. Segundos más tarde, se irguió mirando al frente con decisión y puso su brazo sobre los hombros de Bansi que no pudo reprimir una sonrisa de triunfo.

Photo by Javardh on Unsplash

Es la hora en que se inicia el atardecer, el rumor del agua es muy tenue y la espuma blanca que acaricia la arena con los últimos rayos de sol, parece que deposita partículas de oro sobre la tierra. Los dos chicos han desaparecido perdiéndose en la playa bulliciosa entre la gente que pasea, los vendedores ambulantes, los perros callejeros, los niños que corretean salpicándose de agua y arena. Al contraluz, sus oscuras siluetas se han desvanecido como sombras oscuras entre los fuertes colores de los saris de las mujeres hindúes que caminan haciendo tintinear sus pulseras y lanzando destellos dorados al aire salino y denso del mar de Arabia. Hay un olor dulzón a arroz cocido y la vida sigue transcurriendo en torno a Bansi que… podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas de la enorme y populosa ciudad de Bombay.

De los cuentos de viaje: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

Un amigo con dos nombres

Aquella mañana el mercado estaba a rebosar, se formaban corrillos en los que se oían comentarios de todo tipo sobre el gran acontecimiento provinciano: a La Laguna le habían concedido ser la sede de la universidad y un inevitable envanecimiento hacía sonreír aquella mañana  a los laguneros que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca habían aceptado de buen grado perder la capitalidad de la isla.

Juana Anselmo miraba y escuchaba todo desde su pequeña atalaya situada detrás de las cajas  repletas de pescado que aún coleaba sobre el hielo. Era la quinta hija de una extensa familia de doce hermanos y, desde que tenía uso de razón, ayudaba en el negocio familiar: un puesto de venta de pescado en el mercado de la plaza del Adelantado.

Iba para diecinueve años y, a duras penas, había venido ocultando su embarazo que ahora, con casi ocho meses, descomponía su figura y empezaba a delatar de manera inequívoca su estado. A pesar de todo, y a fuerza de apretarse y apretarse, la única persona que sabía lo que le estaba ocurriendo era su hermana Amparo. Ella estaba casada y viviendo en una casa de la Mesa Mota, un suburbio en las laderas de un monte a un par de kilómetros de la ciudad. Cuando le confesó lo que le ocurría, tuvo que escuchar de su boca palabras muy duras, pero la mujer prometió ayudarla cuando llegara el momento y acogerla en su casa hasta que Juana recibiera el dinero prometido para embarcarse a America y reunirse con el padre del que iba a ser su hijo.

Por las noches los ojos de Juana, confiada y esperanzada, se iluminaban pensando en el firmamento lleno de estrellas en medio del océano con el niño en brazos y camino a

su nueva tierra.

Dibujo de Merche B para LHM

Había conocido al ruso precisamente desde su puesto de aquel mercado de La Laguna. Él era un simple trabajador en las oficinas del puerto de Santa Cruz y allí, a fuerza de escuchar conversaciones ajenas, oír hablar sobre las arbitrariedades de los militares y las quejas permanentes de los descargadores, que eran tratados como si fueran  bestias, se había forjado su propio criterio sobre la justicia social y desde que era muy joven, el anarquismo contó entre sus filas con aquel muchachote rubio de palabra fácil, con el aire de un estudiante huérfano, que ponía todo su entusiasmo y sus energías en propagar las virtudes de la nueva doctrina.

Durante meses, todos los sabados, a la hora en que el mercado estaba más concurrido, un pequeño grupo de jóvenes formaban un corro en torno al chico rubio, que se encaramaba en una banqueta y hablaba a todo el que quería escuchar sobre la libertad, la justicia y sobre el sueño de un mundo sin estados. Así fue como, a fuerza de insistir en sus improvisados mítines por toda la geografía isleña, se hizo conocido por todos con el sobrenombre de “el ruso”. 

Eran los años de la dictadura del general Primo de Rivera y lo que en las islas eran las incipientes corrientes renovadoras, se perseguían sin descanso para no alterar el sagrado orden público, el único pilar sólido sobre el que se sustentaba aquella extraña forma de gobierno.

De momento, el pequeño grupo de anarquistas había ido escapando, siempre había un alma caritativa que les avisaba cuando aparecían los guardias civiles. Pero una de aquellas mañanas de sábado, el aviso no llegó con el tiempo suficiente y el ruso pasó por delante de Juana esposado y escoltado por los guardias. Ella lo vio acercarse, estirado y seguro de sí y sintió una extraña devoción por aquellos ojos claros, profundos y llenos de orgullo que la miraron al pasar frente a su puesto como si acabara de ver a una sirena.

Ahora que él se había marchado lleno de promesas, era fácil que los pensamientos de Juana volvieran a ese dulce momento y en ello estaba esa mañana de vanidades ciudadanas, que poco le importaban, cuando noto una dolorosa sensación que se repetía de rato en rato e iba agudizándose en su interior una brusca tirantez que le desgarraba. Asustada, avisó a su hermano de que tenía que marcharse y a duras penas llegó caminando cuesta arriba a la casa de la Mesa Mota.

El parto no fue difícil, en un par de horas se encontró cansada y soñolienta con un pequeño bebe entre los brazos. “Es un machito, chico, chico, mi niña, pero rubio y espabiladito como el padre que ya ha abierto los ojos y lo mira todo como si fuera suyo”. “Calla, Amparo, calla y dime qué día es hoy, que no quiero que se me olvide”. “Y si se te olvida, me lo preguntas que yo sé muy bien que hoy es el 21 de septiembre de 1927. Por cierto, Juanita, ¿cómo se va a llamar el mozalbete?” “No lo sé. El ruso me dijo que si era un chico, tenía que llamarse Germinal. Pero a mí eso me suena que no es de curas. Debe ser algo de la revolución esa de la que siempre habla  y yo a mí niño lo quiero bautizadito, me entiendes, ¿verdad?”. “Claro, mujer, no iba yo a entenderte. Llámale Claudio, como nuestro padre. Así, si tienes que refugiarte en casa tendrá algo que darle al abuelo. Que yo lo que me creo es que tú has pecado de ingenua y a ese rubio, sea ruso o americano, no le vuelves tú a ver el pelo”. “No me digas eso, Amparo”. “Pues claro que no mujer. Venga, venga, seguro que yo me engaño, ya sabes lo desconfiada que soy. Pero de todas maneras y, de momento, el hijo es tuyo. Después, cuando te veas en Cuba y sea él quien le dé de comer, que le llame como quiera, Germinal o Lenin. Qué sí, hija, ya me encargo yo de que el cura le ponga Claudio y ahora descansa que menuda papeleta tenemos tú y yo para sacar a este adelante”.

Tiempo al tiempo

 

Lo que aquella mañana despertó  mis recuerdos fue una noticia leída con desgana en el periódico mientras desayunaba:

“Desentrañada una trama para estafar importantes cantidades a la Seguridad Social”.

No recuerdo más detalles de lo que allí se exponía ni tampoco me interesaron, lo que me atrajo fue el nombre escrito bajo la fotografía de una mujer. A pesar de los años transcurridos, enseguida la reconocí, se trataba de alguien con la que durante un tiempo mantuve una estrecha amistad. En unos instantes, los fantasmas del pasado fueron haciendo su aparición y  aquellos lejanos días olvidados ya y tan tristes de recordar fueron cobrando forma entre el aroma del café y los claroscuros de un incipiente amanecer. Después de lo que sucedió entre nosotras, y que ahora contaré, mi vida cambió bruscamente. Al levantarme de la mesa, con un sabor agridulce en la boca, me pregunté cuántas habrían sido sus víctimas en todos aquellos años. Solo pude encogerme de hombros y esbozar una amarga sonrisa.

–¿Qué te pasa? –Mi marido se incorporó detrás de mí– ¿A qué viene esa sonrisa maliciosa?

–Por nada. Ha sido una foto del periódico que me ha echo pensar en alguien, gracias a quien te encontré a ti. Pero no, no era ella, estaba equivocada.

–!Ah!

 

Photo by Denny Müller on Unsplash

Después de pasar la noche de bodas en un pequeño hotel de Ponferrada a donde nos habíamos trasladado a altas horas de la madrugada, el hombre que fue mi primer marido y yo salimos para Madrid. Allí teníamos pensado hacer los últimos preparativos para nuestro proyectado viaje a Roma.

Hacia el mediodía paramos a comer. Él había notado que estaba pensativa y yo, sin ánimo de enfrentarme a las desagradables y necesarias explicaciones, amparándome en el agotamiento del día anterior, callaba. Al fin, al volver a sentarnos en el coche para reemprender el viaje, me armé de valor y le confesé lo que había ocurrido. 

Me costaba encontrar las palabras para explicar de manera coherente que el día de nuestra boda, momentos antes de salir para la iglesia, había descubierto que el dinero que habíamos reunido de familiares y amigos destinado a pagar nuestra luna de miel,  había desaparecido de la caja en donde lo guardaba en el interior de mi armario. 

Me miró como si estuviera gastándole una broma y rio divertido. Insistí hasta que mi gesto de desesperación le convenció de que no mentía.

Pálido desvió el coche hacia la cuneta. Durante un momento se inclinó sobre el volante y permaneció en silencio. Yo le observaba ansiosa. Conteniendo las lágrimas intenté explicarle cómo lo había descubierto y lo mal que me sentí.

Sin pronunciar palabra, se dispuso a dar la vuelta para regresar al pueblo de piedra en donde nos habíamos casado. Escuetamente y entre dientes, expresó la necesidad de presentar la correspondiente denuncia del robo.

Durante unos minutos en los que le vi golpear una y otra vez el material duro y brillante del volante con la palma  de la mano abierta, fue preguntándome cómo  había ocurrido; cuándo me había dado cuenta de la falta del dinero, en qué momento había quedado vacía la habitación; cuándo había abierto la caja por última vez; quiénes habían entrado o salido de la casa. Contesté a sus preguntas como si tuviera estudiadas las respuestas, realmente ese recorrido ya lo había hecho yo misma cientos de veces en unas pocas horas. Enseguida,  sacó sus propias conclusiones: tenía que ser alguien allegado, alguien de nuestra familia o nuestros amigos que estuvieron por allí o tuvieran la posibilidad de entrar o salir de mi habitación sin que le extrañara a nadie.

Al fin, me preguntó si sabía quién había sido. Tal vez porque me negaba a colocarme sola delante de la verdad, le contesté que no. Airado se volvió hacia mí.

–Estas mintiendo–me dijo–. Ha sido María, ella ha dormido en tu cuarto, tenía libertad para entrar y salir de la habitación o es que eres tan estupida que no te quieres dar cuenta. Nunca me ha gustado esa tía.

Agaché la cabeza sin saber qué contestar. En su forma de mirarme había algo frío como el hielo y me estremecí.

–Ahora es tarde, puede que ni esté allí cuando lleguemos. Ha tenido todo el tiempo del mundo para arreglar las cosas a su conveniencia. Debiste hacer algo ayer, en cuanto notaste que el dinero no estaba en la caja.

Yo seguía en silencio mirándole, estaba ante un ser extraño aferrado al volante, mordiéndose los labios. Parecía estar calculando minuto a minuto los pasos necesarios que debíamos dar y al fin, paró el coche junto a un bar de carretera. Me miró recorriendo mi cara como si escrutara cada pequeño resquicio, haciéndome sentir incómoda y desvalida hasta el punto de que rompí a llorar. Sin pronunciar palabra, bajó del coche y entró en el establecimiento. Desde mi asiento le vi acercarse a la barra para cambiar monedas, después se dirigió al teléfono y habló acaloradamente. Colgó y regresó al coche. En silencio dio la vuelta y reemprendimos el viaje a Madrid.

Las lágrimas querían volver a escapárseme de nuevo pero me contuve y pregunté:

–¿Con quién has hablado?

–Con mi padre.

–¿Era necesario?

–Sí, lo era.

–Perdona pero yo siento una enorme vergüenza por lo que ha ocurrido, ella es mi amiga, y no me gusta que lo hayas hecho. ¡Precisamente tu padre!

Endureció el gesto y no contestó.

–¿Qué te ha dicho?

–Algo que es obvio. Que si la guardia civil tomara en consideración nuestra denuncia, dados los hechos y que se trata de dinero, haríamos pasar a todos nuestros familiares y amigos por la desagradable situación de someterse a un interrogatorio. Nuestra boda sin duda iba a quedar para el recuerdo, ¿no crees? Es mejor que inventemos una mentira  sobre nuestra frustrada “luna de miel” y nos olvidemos de lo que ha ocurrido lo antes posible. 

Se volvió hacia mí con gesto de reproche. Le debes a tu amiga una maravillosa manera de empezar tu nueva vida.

–¿Qué quieres decir?

–No creo que haya que dar muchas explicaciones, yo estoy tratando de tranquilizarme  todavía. Me pregunto qué harías tú si el ladrón hubiese sido un amigo mío.

–No lo sé, pero cómo enfrentarte a ello sería una decisión tuya y me sentaría a tu lado. No se trata solo de dinero, María significa mucho para mí.

–Pero, de qué hablas, ¿es que habría otras cosas a considerar con una tipa así?

–Para mí sí.

–No digas estupideces.

Tuve la sensación de hablar un idioma distinto del que hablaba ese hombre que entonces era mi marido y el viaje, con ratos de incómodos silencios, se hizo interminable.

Cuando llegamos a Madrid, todavía malhumorado, me dejó en la puerta de la que hasta entonces era su casa de soltero y se marchó. Confusa y humillada como nunca, había repasado una y otra vez lo sucedido intentado encontrar un resquicio para hallar otra respuesta. Pero la cara de María y su actitud retraída y seria durante la ceremonia y la fiesta que la siguió me hacía cada vez más evidente lo que había ocurrido: ella había urdido su plan. Debió abrir la caja y coger el dinero en el último momento, justo antes de salir, calculando que el descubrimiento del robo iba a producirse después de la boda. Era todo demasiado fácil, las suposiciones sobre lo ocurrido harían pensar que debido a la precipitación y los nervios de aquellos momentos, alguna puerta o alguna ventana de la casa quedarían abiertas facilitando la entrada de algún ladronzuelo que habría recorrido la casa sin ningún problema. Pero no contó con los extraños azares de la vida, y es que, una de mis abuelas, muy vieja ya para viajar, me hizo llegar un pequeño pañuelo bordado por ella con el encargo de que lo llevara conmigo el día de mi boda. Antes de salir, me di cuenta de que lo había olvidado y volví a la habitación. Estaba envuelto en un papel de seda debajo de la caja con el dinero. Al deslizar el pequeño envoltorio, la caja se abrió y su plan se desmoronó como una castillo de naipes.

Él volvió por la noche, había conseguido que le prestaran dinero. No quería renunciar al viaje a Roma y durante un tiempo, intentamos recuperar lo que había entre nosotros, pero ya no pudo ser, el frío y la distancia que sentimos aquel día nos habían separado para siempre.

Pero de todo eso… hace ya mucho tiempo.

La gitanilla búlgara del anfiteatro

Lucie solo tiene siete años, pero su desparpajo tiene a todos entusiasmados.

C.Anduiza para LHM

 

Vive con su madre, Dessislava, que es sastra y confecciona la ropa de la burguesía de Plovdiv.
Su padre es limpiabotas en los alrededores del Monasterio de Bachkovo.

Una familia respetada por todos, pero el intenso trabajo de sus progenitores, permite a Lucie gran libertad de movimiento, mientras reparte los trajes confeccionados por su abnegada madre.

A Lucie le gusta bailar y le hacen corro allá por donde va.

Su padre deambula buscando zapatos que limpiar, pero no es fácil, así que tiene que moverse de un lado a otro y acude a curiosear en el corro que se ha formado en el anfiteatro y no da crédito a lo que ve: allí está Lucie bailando, jaleada por todo un corrillo de turistas y de un grupo de niños de un colegio que han acudido a conocer el complejo arquitectónico del antiguo Plovdiv.

Su padre observa con asombro que Lucie tiene a sus pies una caja de cartón con su peluche preferido, junto a numerosos Levs, Stotinkis, Dólares, Euros, todo tipo de monedas.

Y los trajes para repartir entre la clientela de su madre, los sujeta una turista encandilada con la frescura de Lucie.

Los aplausos hacen acudir a más visitantes de una de la ciudades más antiguas de Europa.

Su padre no se atreve a intervenir, cuando alguien requiere de sus servicios como limpiabotas, así que se enfrasca en la tarea de sacar brillo a los zapatos del Alcalde de la Ciudad, sin él saberlo.

El Alcalde se distrae viendo también a la graciosa gitanilla, mientras su padre no se atreve a levantar la cabeza del calzado, completamente avergonzado.

El Alcalde hace alarde de la desenvoltura de la chiquilla y comenta; – Mira que tiene gracia la condenada, ¿dónde estarán sus padres que permiten que deambule por la ciudad?

El padre de Lucie pierde la compostura, se le cae el cepillo de las manos y mancha el calcetín del Alcalde que se pone furioso. Así que se va precipitadamente y llama al Ayuntamiento para que venga la autoridad a llevarse a la gitanilla.

– ¡¡¡Que fatalidad!!! piensa Ludvik, el padre de Lucie. Así que todo avergonzado baja corriendo a buscar a su desenvuelta hija y se la lleva, dejando la caja con el osito, las monedas y los trajes de la esposa del Alcalde y sus hijas.

Llegan a casa, el diminuto taller de costura de Dessislava, quien se afana en terminar un bonito vestido azul cielo, de gasa, para la esposa del propietario de la cadena de alimentación más grande del país, ella no levanta la cabeza de su trabajo, no tiene tiempo que perder.

Ludvik espera, sabe que Dessislava no puede distraerse de su tarea, así que no dice nada y manda a Lucie a su rincón, donde tiene una cama y una pequeña mesita con su silla. Lucie es muy fuerte muy valiente y no dice nada, ni siquiera hace pucheros ni llora.

Su padre vuelve a su oficio y deambula buscando clientes, a pesar de su bajo estado de ánimo, pero alguien lo busca y lo llama. Es la policía, quien le detiene y lo llevan al cuartelillo.
Y cual es su sorpresa, cuando allí ve a la maestra del grupo de niños que asistía a la representación de su fantasiosa hija, Lucie, en el anfiteatro. La maestra tiene en sus manos la caja con las monedas y el peluche y también se encuentran, en un perchero, los vestidos que tenía que entregar a la esposa del Alcalde y sus hijas.

Así que Ludvik, vuelve al taller y besa y abraza a su hija, con lágrimas en los ojos.

– ¡¡¡¡Hija, hija, muchas gracias, muchas gracias!!!! Tengo un regalo para ti. A partir de mañana acudirás a la escuela y allí aprenderás todo lo que yo no he podido aprender.

Lucie no es que se sintiera demasiado contenta porque a ella lo que le gusta es bailar y cantar, pero pronto se hizo con la escuela y disfrutó e hizo disfrutar con su gracejo, a todos a su alrededor.

Pero no solo ella obtuvo un gran beneficio, sino que su padre entró de bedel en el Ayuntamiento.

Lucie es hoy en día una gran bailarina del Ballet Búlgaro y va por todo el mundo derrochando alegría y entusiasmo, transmitiendo su cultura.

Ludvik abre la puerta al Alcalde, con una reverencia de gratitud, al verle llegar al Ayuntamiento cada mañana.

Y Dessislava ha ampliado su taller y confecciona los ropajes del vestuario del Ballet, donde actúa su valiosa hija Lucie.

La alegría, el entusiasmo y el esfuerzo dan grandes resultados.