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Vivir en la higuera

Una noche de teatro

Archivo de LHM

La obra de teatro había sido muy divertida. En el ascensor Alfredo y yo  seguíamos riéndonos de las ocurrencias de aquel calvo protagonista que había conseguido que el público se desternillara de risa en sus asientos.

Durante un instante, nos miramos delante del espejo y, como si acabáramos de reconocer quienes éramos, nos abrazamos. Desde que nos habíamos cambiado a aquel piso, que tan caro nos estaba costando, nuestras muchas  obligaciones nos habían hecho sentirnos alejados. Cada mañana, siempre con prisas, cuando él o yo salíamos de casa nos mirábamos de reojo como queriendo evitar la pregunta: ¿Qué nos está pasando?

Al volver por la noche, ambos estábamos demasiado cansados incluso para hacernos la mínima pregunta que nos impidiera cenar sin pensar en nada e irnos a la cama sencillamente a descansar.

En aquel momento la risa nos unió como en nuestros mejores tiempos y las nubes se disiparon, no hicieron falta palabras. Salimos del ascensor cogidos de la mano y caminamos por el pasillo que conducía hasta nuestro piso. El sacó la llave y abrió. Caballerosamente, dejó que yo pasara primero. Al entrar, algo raro me hizo pararme en seco y volver la cabeza para interrogarle con la mirada: la luz de la cocina estaba encendida, el brillo y el sonido del televisor salían desde el salón.

—¿Te lo has dejado todo encendido? —Me encontré con su pregunta.

Me encogí de hombros. Durante un segundo recordé que, en los últimos momentos antes de marchar, los retoques de mi pintura, el pañuelo del cuello, el reloj dorado a juego con los pendientes y el bolso de terciopelo de las mejores fiestas me habían hecho ir corriendo de un lado a otro, mientras él esperaba impaciente en la puerta del ascensor, pidiéndome que me diese prisa porque el taxi esperaba desde hacía rato. Pero recordaba perfectamente haber vuelto la cabeza en el último instante y todo estaba a oscuras. La noche ya era cerrada y ningún claroscuro me hubiese podido equivocar y, por supuesto, no hubiese pasado por alto la televisión encendida. Le miré segura de lo que decía:

—No puede ser, se quedó todo apagado. Estoy segura.

Hubo unos segundos de perplejidad y volvimos a mirarnos. Enseguida, ambos, sin ponernos de acuerdo, levantamos los talones y caminamos sigilosamente. Primero, con mucha cautela, asomamos la cabeza a través de la puerta de la cocina, estaba visiblemente desordenada pero vacía. 

Alfredo me dijo al oído:

—¿Dónde hay un palo, una barra…, algo?

Mi mirada se deslizó inquieta por las paredes. Lo único que se me ocurrió fueron las  barras de las cortinas pero, evidentemente, no nos iban a sacar del apuro en esos momentos.

—Lo siento, pero tú me regalaste el robot… —contesté con desolación.

—¿Es que en esta casa no hay ni una escoba para poder defendernos? ¡Por Dios!

Continuamos juntos hacia la sala. Sobre el mueble de la entrada, una figura de porcelana china descansaba invitando a dejar las llaves. Alfredo la atrapó como si hubiera cogido el revólver de Humphrey Bogart. Mientras, el sonido del televisor, lanzando mensajes publicitarios, parecía una cruel advertencia  del drama que se avecinaba.

Nos plantamos en la puerta del salón. De espaldas a nuestras miradas, sentados en el sofá, dos cabezas canosas, fijas en la pantalla frente a ellos, permanecían inmóviles asomando sobre la raya horizontal marcada por el sobrio armazón tapizado con tela de color beis. 

La voz de Alfredo, irreconocible, me sobresaltó.

—Pero ¿quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? 

Sentí cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo.

El silencio fue absoluto. 

Me miró y blandiendo la figurita de porcelana china, me ordenó:

–¡Llama a la policía!

Con ganas de gritar, de salir corriendo, de llorar… dirigí la vista hacia el minúsculo bolso de terciopelo que aún sostenía en mi mano. Deliberadamente, había dejado el móvil antes de marchar. ¡No cabía en mi bolso de fiesta! 

Me sentía ridícula, inútil. En ese momento, al otro lado del salón, vi el teléfono fijo. En un alarde de audacia, di grandes zancadas y me abalancé sobre el aparato, en el que vi un arma defensiva que arrojar si me atacaban.

En ese momento, los dos hombres canosos, con aspecto desaliñado, después de dirigirnos una mirada displicente, se levantaron con desgana como si los hubiésemos interrumpido en una tarea ineludible. Arrastrando los pies y empujándose el uno al otro abandonaron el sofá y caminaron hacia la puerta.

—Ya te decía que a mí esto no me sonaba —dijo el más viejo—. El sofá del otro día tenía flores…. ahora nos tenemos que ir sin acabar de verlo y el tío iba ganando.

—¡Calla y tira palante! —le increpó su acompañante.

Con el auricular en las manos, yo miraba la cuadrícula de los números, mientras mi dedo correteaba sobre ellos sin conseguir recordar el maldito número de la policía.

—Dios mío, ¿a qué número tengo que llamar? —casi grité.

—¡Al 091! ¡Vamos, llama de una vez!

Alfredo, con su arma en la mano, se había dirigido a la puerta que comunicaba el salón con el recibidor dispuesto a interrumpir la marcha de los intrusos.

—¡Vamos, vamos, muchacho, déjanos pasar que todavía tenemos tiempo de llegar al bar de Felipe para ver el final del partido!

Alfredo se interpuso con un gesto enérgico, cuadrándose en el umbral de la puerta.

—¡Ustedes no salen de aquí hasta que llegue la policía!

Los viejos habían llegado frente a él. El más joven se estiró sacando pecho, era alto, corpulento. Sonrió con un gesto de ferocidad y, levantando el dedo índice sobre la nariz de Alfredo, le increpó:

—Mira muchacho, si no me dejas salir, te pego una hostia que te rompo los dientes y luego sigo por las partes de abajo, o es que te crees que me vas a asustar con ese angelito de color violeta que te regaló tu tía el día de la comunión. Te aseguro que nos hemos equivocado de piso, pero no pasa nada, hombre. Nos vamos y listo, mañana será otro día.

Alfredo se recogió sobre sí mismo con cara de imbécil y los dos viejos salieron cerrando la puerta con cuidado.

En ese momento, al otro lado del teléfono una voz de hielo me preguntaba la razón de mi llamada. Casi balbuceando, le expliqué la perplejidad de nuestra situación y la voz siguió interpelando.

—Dígame su dirección, por favor.

Lo hice.

—Ah, ¡vaya por Dios! ¿Son ustedes nuevos en el barrio? Bueno, pues pónganse una alarma, porque son Anselmo y Rufino, dos vagabundos espabilados. Son inofensivos pero insistentes, los llamamos «los del cuarto de estar». Cada vez que hay un evento deportivo al otro lado del mundo se cuelan en la primera casa que encuentran vacía y desprotegida. ¿Ya se han ido? Bien, pues esperen tranquilos que vamos para allá. Haremos el atestado y la denuncia.

Colgué el teléfono. Estaba tiesa, helada, me sentía… no sé como me sentía, la mujer más tonta del mundo. Busque a Alfredo, estaba en el suelo, se había desplomado sobre el parqué y se apretaba contra la puerta de salida. 

Me pareció que estaba ridículo, era como un

Archivo de LHM

autómata sin pilas. Me acerqué despacio hasta donde estaba, algo había que hacer, sin duda. Nos miramos con cara de imbéciles, la figurita china cayó de las manos de Alberto rompiéndose a mis pies y ya no pudimos parar de reír.

 

Ser madre -relato poético-

Cómo me duele el alma.

Cómo pierdo la vida
Sintiendo tú pena, tu desolación.

Fuiste todo para mí.

Cómo sentía tu incipiente corazón en mi vientre.
Cómo mi vagina se abría y tanto dolor me complacía
Porque sabía que tú venías a mi mundo incierto.
Con mis brazos te cubrí

Ser madre
https://pixabay.com/es/users/shlomaster-2095460/?tab=ec

Y ya nada más que tu cuerpo vi
Tú amoroso y blando cuerpo
Todo completo lo recorrí.

Hasta comprobar cada palmo
Mientras rompías a llorar.
No lo podía creer.
Luego empezaste a crecer
Y noche y día no vivía queriendo ocupar tu vida
Y tu vida complacía con aquello que debía
Aunque tú no lo querías
Por la mañana despertaba y tu imagen aparecía
Mi único deseo consistía en ofrecerte todo aquello que te convenía.
Tu tristeza me entristecía
Tus anhelos y alegrías compartía
Y siempre atenta, expectante cómo amanecerías.
Cómo regresarías de tus pasos inciertos aunque siempre decididos
La vida me dolía si un solo día de ti no sabía.
Creciste, creciste sano y sabio.
Tu vida ibas perfilando y yo participando
Y llegó el día, el día de tu boda en mí no cabía
Porque no sabía que ese día tu sentencia se escribía.
Un hijo sí, tenías
Y el día fatídico llegó cuando tu cuerpo abandonabas
Y contigo yo moría
Pero un descendiente con tanta fuerza me reclama
Que la vida vuelve a darme sangre de tu sangre
Y vuelvo a empezar noche y día
Percibiendo tanto lamento como alegría
Del nuevo ser que engendraste
Mi adorable nieto Matías.

Aspasia de Mileto

El oscuro café

Con un leve chasquido el café quedó completamente a oscuras y me sobresalté. Abrí y cerré los ojos

Oscuro Café
Archivo de LHM

instintivamente, solo pude distinguir, como en un relampagueo, el blanco de la camisa de un camarero que, erguido, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo, esperaba entre las mesas. Yo era la última cliente.

Seguí sentada unos segundos más. Hacía rato que la esperanza de que apareciera se había desvanecido. Absorta en mi desilusión, quise consolarme con buenos recuerdos y me había perdido en los acogedores brazos de mi madre a la que vi plantada una vez más en la puerta del colegio de mi infancia o esperando detrás de la ventana mi vuelta en las primeras salidas de mi adolescencia, recordé sus visitas al hospital cuando me operaron de una pierna rota, siempre sola, siempre a mi lado. No recordaba echar de menos  tener un padre porque lo tuvimos todo. La vida junto a la familia de mi madre fue una vida fácil, sí, pero nunca había sentido como en aquellos momentos el frío de su soledad y se me hizo insoportable.

Cuando fui creciendo las preguntas sobre mi padre se hicieron inevitables y ella solía contestar, sin darle demasiada importancia, que se había marchado a otro país y nunca supo más de él, pero estaba segura de que volvería a buscarme, repetía que era un buen hombre. Ahora, mi madre había muerto hacía solo unas semanas y, como una profecía cumplida, una tarde recibí la llamada de alguien que dijo ser mi padre. Balbuceó cuánto lamentaba su ausencia, cómo sentía haber olvidado sus obligaciones como padre y me pidió que nos encontrásemos, necesitaba conocerme, saber de mí. Me citó en aquel café.

A lo largo de la tarde, al ver que no venía, intranquila, había llamado varias veces al número desde el que recibiera su llamada, nadie contestaba pero yo me resistí a marcharme. Tal vez una accidente, un imprevisto de última hora. Él era mi padre, sabía que tenía que venir.

Oí como el camarero golpeaba los vasos contra el mármol de la barra con la imperiosa necesidad de ser oído y miré a mi alrededor. Fuera, la noche entraba a través de los cristales profunda y enigmática. Me incorporé despacio. Sentía la fragilidad de mi cuerpo sobre aquellos altísimos tacones. Confieso que me había vestido, como si se tratara de ir a la boda de una amiga para atrapar el ramo de flores y encontrar al hombre de mi vida. Si, su voz me había resultado cautivadora y mientras elegía mi atuendo, había un extraño deseo de seducción, una necesidad de conquistarle que más tarde, sola, frente a la taza del eterno café, me hizo reír amargamente. 

Colgué el bolso sobre mi hombro y empecé a caminar, me sentía vigilada por la mirada de aquel hombre de blanco que parecía esperar a que yo atravesara la sala de extremo a extremo cerrando la puerta detrás de mí. 

Al pasar cerca de él, sin mirarle siquiera, levanté dignamente el mentón.

—¡Gracias por venir, hija mía!— . Murmuró entre dientes. 

—¡Perdón!—. Le miré. Me pareció la sombra de un hombre viejo. Era el mismo que se había acercado para servirme, para preguntarme en dos o tres ocasiones si quería algo más, para cobrar mi café. Me pareció demasiado obsequioso y apenas le había mirado.

—Estábamos citados aquí. Yo…—. Se le quebró la voz.

No hay palabras para describir lo que sentí: era él, mi padre era él. Me paré en seco, una oleada de calor me inundó y volví sobre mis pasos. Vi la silla vacía que seguía inmóvil frente a la que yo había ocupado durante horas y no me supe contener. Con la mano abierta empuje la taza de café con toda la rabia de que fui capaz. Calló sobre la moqueta casi silenciosamente, pero lo imaginé agachado recogiendo humildemente los aburridos restos de mi tarde de espera y sonreí con malicia.

Horas más tarde lloré por ese gesto cruel y días después volví a sentarme en la mesa del café. A partir de aquel encuentro, supe de mis padres lo que nunca había sabido de boca de mi madre. Supe que se amaron profundamente y que fue él quien, sintiéndose indigno, se marchó para encontrar qué poder ofrecerle a su familia. Sabía como era nuestra vida y nunca tuvo fuerzas para volver.

Enlazar con otros cuentos de Berta Brac  

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El gorro blanco -En el Taj Mahal


Detalle de la fachada del Taj Mahal Mi nombre es Arun. Soy uno más entre los millones de hindúes que han nacido fuera de la India. Mis padres salieron de allí cuando se produjo la división del país con la independencia, y mi familia, como tantas y tantas personas a lo largo y ancho de todo el subcontinente, tuvo que abandonar su tierra por motivos religiosos. En nuestro caso fue la ciudad de Lahore. El nuevo país que surgió a ambos lados del subcontinente: Pakistán, «el país de los puros», no aceptaba otra religión que la musulmana y se inició el mayor y más sangriento éxodo que ha conocido la historia de la humanidad. Aquel verano y aquel otoño de 1947 cientos de miles de indios murieron o fueron despojados de todas sus pertenencias y hubieron de abandonar sus vidas para empezar con las manos vacías al otro lado de la frontera de la sinrazón.

Dentro de la terrible tragedia, fuimos muy afortunados: nuestra extensa familia con redes comerciales en muchos rincones del mundo, les facilitaron el que se instalaran en España, en las Islas Canarias que, en aquella época, eran un puerto franco y propiciaba nuestro tipo de comercio de importación y venta de productos procedentes de los países orientales.

Siempre he vivido en las islas, he crecido, me he casado, he formado mi propia familia y hoy día tengo una vida plena. Creo que nunca he deseado algo diferente de lo que tengo. Pero los que procedemos de otras latitudes, los que somos descendientes de emigrantes de tierras tan distintas a aquellas que nos han acogido, no podemos dejar de sentir una extraña añoranza que va aflorando con los años desde el interior de nuestros corazones. Ser hindú es una fuerte identidad que nos acompaña en todo momento: en la calle lo llevamos escrito en la cara, en el color de nuestra piel, y dentro de nuestras casas estamos atados a esas tradiciones milenarias que siguen marcando el ritmo de nuestra existencia con el eco de nuestras propias oraciones y a la luz de nuestras propias velas.

El viaje del que ha surgido el que yo cuente esta pequeña historia, no era, ni mucho menos, mi primer viaje a la India. Había estado en decenas de ocasiones, pero otras veces me limitaba a asistir a alguna de las bodas a las que éramos invitados en el seno de nuestra familia o a visitar las ciudades comerciales, sobre todo, Bombay, Delhi o Calcuta, siempre en viaje de negocios: se trataba de ir a comprar y después volver. Solía visitar algún socio o alguno de los parientes con los que aún continuamos estando en contacto y poco más. Esta vez, sin embargo, decidí tomarme un tiempo para visitar el país de mis padres de otro modo, como un simple turista más, y me sumé a un grupo de amigos españoles que habían decidido visitar la India.

El viaje estaba resultando muy placentero para todos, habíamos viajado a través de la región de Rajastán y continuábamos descubriendo las cientos de sorpresas que nos deparaba el camino hacia nuestra última etapa: Delhi, la capital federal de la Unión India.

Detalle de la fachada de Taj- Mahal

Ahora estábamos en Agra: esta ciudad es el destino turístico más importante del país, pues contiene un patrimonio histórico de incalculable valor para toda la humanidad. Lo visitan millones de extranjeros y sobre todo millones de gentes de la propia India. Sean cuales sean sus creencias, no hay nadie que no se sienta atraído por la belleza y la leyenda de ser el más hermoso monumento al amor que se haya edificado nunca. Realmente, en muy poco tiempo, tuve la ocasión de descubrir el porqué de ese magnetismo que tiene el Taj Mahal.

Nuestra llegada a Agra se produjo al atardecer. Hicimos un pequeño recorrido por algunos barrios de la ciudad para hacernos una idea de dónde estábamos y después nos dirigimos al hotel. Allí cenamos y permanecimos disfrutando de las comodidades y los lujos que ofrecen algunos de estos establecimientos que han sido pensados para trasladar a los turistas a las épocas de esplendor de una civilización tan fabulosa y tan versátil como fuera la nuestra.

A la mañana siguiente estaba prevista la visita al Taj Mahal. Se nos propuso realizarla al amanecer, tal como las guías turísticas aconsejan, por ser el momento más hermoso para contemplar el monumento; pero nuestro grupo no era, precisamente, un grupo de madrugadores: las amenas veladas nocturnas solían prolongarse y aquella noche no fue distinta a las demás, con lo cual, la cita para realizar la esperada visita se pospuso para después de que todo el mundo hubiera desayunado tranquilamente, sin imponer una hora concreta.

Yo no me resigné a renunciar a la emoción de visitarlo iluminado por las luces del alba, había oído muchos elogios y creí que merecería la pena hacer el pequeño esfuerzo que me podría suponer levantarme a horas tempranas. No hablé con nadie acerca de mis intenciones, puesto que no quería que se vieran obligados a cambiar los planes de todos por lo que podría resultar solo un capricho mío. Dejé una nota en la recepción del hotel advirtiendo de mi marcha y de que me avisaran por el móvil en el momento de su llegada al mausoleo y así fue como, antes de las seis de la mañana, yo estaba en la puerta principal para acceder al complejo.

La experiencia es digna de ser contada, aunque no creo que con mis palabras alcance siquiera a hacer un pequeño esbozo del espectáculo del que fui testigo aquel amanecer. Hay cosas que no pueden describirse, es necesario estar frente a ellas para darse cuenta de la belleza que el ser humano es capaz de crear cuando está movido por los más profundos y hermosos sentimientos. Solo puedo decir que durante unos momentos se me nubló la visión y tuve que hacer un esfuerzo para controlar las lágrimas, mientras iba apareciendo aquella preciosa joya de la arquitectura, que cobra todo su significado estético y espiritual al verla surgir entre la niebla que se va esfumando, como si un mago, con un ligero soplo, hiciera el milagro de ir levantando el velo que cubre los ojos de un ciego.

Pintura del Tal Mahal
Pixabay

La verdad es que me emocioné y pasé un largo rato contemplando extasiado cómo iban apareciendo ante mí las formas armónicas de líneas y curvas. Todo se fue conformando lentamente hasta crear una perfecta perspectiva, que confluía en aquel magnifico monumento que tiene la magia de parecer un sueño irreal y etéreo. Ante mí, los colores fueron transformando el escenario a capricho del sol que lo acariciaba con los reflejos de los tonos rosados del amanecer, vistiéndolo después de suaves capas doradas para, por fin, ofrecerse en un blanco esplendoroso y deslumbrante.Detalle de la fachada del Taj Mahal

Había leído algunas particularidades sobre la construcción del edificio. Todas las guías destacaban que era una obra realizada en veinte años o que en ella habían intervenido más de veinte mil artesanos, a muchos de los cuales, los más cualificados y según se cuenta, les fueron cortadas las manos a su término para que no pudieran reproducir en ningún otro lugar lo realizado en el Taj Mahal.

Sorprende que todo esté documentado de manera exhaustiva, el nombre de los intervinientes, y hasta el salario de los peones, evidenciando el exquisito cuidado con que fue ejecutada la construcción y lo costosa que resultó.

Después, a mi regreso, comprobé algunos datos y seguí curioseando en todo lo relativo al monumento. Me llamó la atención la coincidencia de los historiadores en que, a pesar de ser nombrados muchos arquitectos como autores, quien realmente la ideó y la supervisó fue el propio Sha Jahan, quien se dedicó, en cuerpo y alma, a la realización de tan magnífica obra en recuerdo de su amada esposa, conocida por su gran belleza y por su alma caritativa.

Realmente, el proyecto, que nunca llegó a materializarse en su totalidad, se completaba con la construcción de un segundo mausoleo en la otra orilla del río, en donde se situaría el cenotafio del propio Sha Jahan, construido en mármol negro, y ambos monumentos estarían unidos a través de un puente de plata sobre el río Yamuna, como símbolo de la unión por el amor eterno de aquellas dos almas que, sin duda, y a pesar de la obra no concluida, ha pervivido con su hermoso mensaje a través del tiempo.

El mausoleo se concibió, con algunas variantes, basándose en la tradición persa del jardín cuatripartito. Según dicha tradición, los jardines se dividían mediante cuatro canales que simbolizan los cuatro ríos del paraíso; la parte central era ocupada por un pabellón simétrico, generalmente de forma octogonal, que pretendía, en su conjunto, emular el paraíso islámico descrito en el Corán y que representa el lugar en que se encuentra materializada la suprema e infinita promesa de felicidad para los que hacen el bien y vedan el mal.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que me senté frente al mausoleo, al intentar moverme, noté mis músculos entumecidos debido a la humedad y a la falta de movimiento, pero al fin me levanté de mi asiento. No sentía deseos de entrar en el interior de los edificios que componen el enorme complejo, pues preferí sumarme más tarde a la visita guiada que, sin duda, tendría la oportunidad de hacer con mis compañeros de viaje, y me limité a recrear mi imaginación paseando en torno al espacio despejado que dibujaba las siluetas de las hermosas figuras arquitectónicas que conforman la totalidad del complejo.

Deambulé por la parte exterior del recinto escuchando el leve rumor de las aguas que discurren por los canales; subí las escalinatas que dan acceso a la base sobre la que se edificó el mausoleo, para situarme debajo de los altos muros y medir mi pequeñez junto a los alminares que configuran, como silenciosos vigilantes, la magnífica estampa. Contemplé las inscripciones con los versículos del Corán, los encajes delicados de mármol que tamizan y trasladan la luz al interior del recinto y las preciosas incrustaciones de piedras semipreciosas que adornan el edificio. Di la vuelta en torno a su perímetro y, al fin, me asomé al Yamuna.

El curso del río, que en su día debió tener un gran caudal, parecía pequeño y desigual en comparación con el enorme lecho. Había leído que las presas, que con el tiempo se han ido construyendo para utilizar el agua con fines diversos, han disminuido el cauce considerablemente, en particular desde la ciudad de Delhi que, al convertirse en una gigantesca urbe, necesita el agua que le aporta el río.

Apoyado sobre la balaustrada que delimita el monumento por la parte posterior, vi que, a la derecha, junto al enorme complejo de mármol, aparecía un sencillo embarcadero que quedaba retraído y tenía un extraño aire de melancolía y de olvido. Desde la posición en la que me encontraba, podían verse varias barcas viejas y enmohecidas. Daba la impresión de que nadie las usaba desde hacía tiempo y yacían abandonadas junto a los grupos de peldaños que descendían hasta las tierras arenosas que conforman el lecho del Yamuna. La sencillez de la instalación junto a aquel grandioso edificio me llamó la atención y, no sé porqué, algo me impulsó a bajar.

Volví sobre mis pasos recorriendo de nuevo la plataforma blanca del enorme mausoleo, descendí hasta los jardines y abandoné el recinto amurallado. A aquellas horas la gente empezaba a venir en numerosos grupos. Los vendedores ambulantes, casi todos chiquillos, cargados con libros y postales se arremolinaban en la puerta esperando el mejor momento para abordar a las riadas de turistas. Al verme salir, y durante un rato, algunos de ellos me siguieron, pero, enseguida, dando la vuelta a la esquina, me encontré solo caminando por una estrecha vereda que discurría al pie de las murallas en dirección a la orilla del río y anduve por el camino polvoriento.

A lo largo del trayecto todo estaba silencioso y tranquilo. Al llegar al río, sin haber visto a nadie en los alrededores, me situé sobre los peldaños de las escaleras que descienden hasta el agua y me senté para disfrutar de la brisa que me envolvió con una agradable sensación de humedad y frescura.

Detalle de la fachada del Taj MahalEn la orilla, observé como sobresalían las hierbas acuáticas que se doblegaban al paso de la corriente opaca de un río casi gris. El sonido del agua adormecía los sentidos y entre las hierbas se adivinaban los diminutos animales que se movían creando ondas concéntricas, capaces de hipnotizar con la magia de los incontables círculos.

Estuve durante un rato observando en silencio el curso sagrado del río y, sin darme cuenta, los años de mi infancia vinieron a mí con los recuerdos frescos de la voz de mi madre recitando unos versos que hablaba del dolor de Yamuna por la muerte de su hermano Yama. Según nuestra religión, Yama fue el primer hombre que pobló la tierra y el primero que murió. Decía el poema que Yamuna amaba tan profundamente a su hermano y tanta fue su tristeza, que los devas crearon la noche para hacerle olvidar su desconsuelo. Me sorprendió descubrir que las palabras habían permanecido frescas en mi memoria y sentí una extraña punzada de tristeza.

Mi madre nunca volvió a la India, cuando ella murió, uno de mis hermanos mayores se encargó de traer las cenizas desde España para verterlas en el Ganges. De eso hacía ya mucho tiempo, yo entonces tenía apenas doce años. No sé si lloré por su muerte, pero sí sé que, poco a poco, su imagen se fue perdiendo entre mis recuerdos y solo quedó un suave aroma a frutas silvestres que ella usaba como perfume y que, a veces, sin saber por qué, parecía impregnar los rincones de mi casa. Un día, mucho tiempo después, descubrí sus ojos en los ojos de mi hija Deepa —ese era también el nombre de mi madre—, y me conmovió pensar que ella volvía a estar de nuevo acariciando las sombras de mi vida.

Aquellos pensamientos me habían devuelto al presente, a mi realidad cotidiana y a esa lucha que desde hacía meses mantenía con Deepa: mi hija se había equivocado al elegir el hombre de su vida y no estaba dispuesto a ceder. Mi deber es mantener vivas nuestras raíces y yo…

En aquel momento, alguien me tocó en la espalda, sobresaltándome por lo inesperado que me resultó.

—Perdone, señor. ¿Habla usted mi lengua?

Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años vestido al estilo occidental y abrigándose el cuello con una bufanda de color rojo, me miraba sonriendo mientras se dirigía a mí hablándome en hindi, un idioma que conozco muy bien, puesto que se sigue utilizando entre los componentes de nuestra comunidad, sobre todo los mayores. Los jóvenes que vivimos lejos de la India, lamentablemente, hemos ido descuidando su uso y aunque no lo hemos abandonado nos resulta cada vez menos cómodo desenvolvernos es ese idioma.

Me sobrepuse al sobresalto que me había producido la aparición de aquel chico y le contesté orgulloso de conocer su lengua.

—No tan bien como tú, pero sí puedo entenderlo todo ¿Por qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Mire, señor. Mire usted allí.

Con el brazo extendido me señalaba algo o alguien a mi espalda, volví la cabeza para ver de qué se trataba y el chico me explicó:

—El viejo que vive ahí es un pariente mío, es el hermano de mi bisabuelo. Yo vengo a ayudarlo y a hacerle compañía.

Un hombre muy anciano estaba incorporándose con aparente dificultad en el lugar donde acababan los escalones y empezaba una pequeña arboleda. Allí otras dos barcas, aún más viejas que aquellas que habían llamado mi atención, formaban un pequeño recinto.

—¡Ah!, lo siento. No sabía que no podía sentarme en estos escalones, pensé que aquí no molestaba a nadie.

—No, no, señor. No quiero decir eso. Usted puede sentarse aquí si quiere, no molesta. Es solo que él es un hombre muy viejo, tiene más de cien años.

Lo miré con más detenimiento. Sí, parecía muy viejo. Tenía la cabeza cubierta con un turbante de una tela basta de lana con dibujos de cuadros y otra tela oscura le cubría todo el cuerpo a modo de capa.

El chico me golpeó ligeramente en el brazo para llamar de nuevo mi atención.

—Él era barquero del Yamuna.

—¡Qué hermosa vida! —contesté.

—Sí, es un hombre muy sabio y tiene un don.

—¿Tiene un don? ¿Qué quieres decir?

—Que cuenta historias como nadie. La gente dice que sus palabras tienen magia y vive de eso ¿Quiere usted escuchar una de esas historias?

Miré al anciano que aparecía acurrucado bajo la tela que le cubría y estaba ajeno a nuestra conversación.

—Me gustaría, la verdad, pero no tengo mucho tiempo. Estoy de visita turística con un grupo de amigos y he de subir de nuevo al mausoleo. Ellos llegarán de un momento a otro y no debo hacerles esperar. Les he dicho que me localicen por el teléfono móvil y…

—Hágame caso, señor, no se arrepentirá. Escúchelo, solo le va a costar unas cuantas rupias y si usted deja que empiece ya no podrá dejar de oírlo.

Volví a negar con un gesto de la cabeza pero el chico insistió con mirada de súplica. Al verlo, pensé, que no hay como un hijo de la India para saber insistir hasta conseguir su propósito.

—Por favor, señor. Últimamente no hay mucha gente que baje hasta aquí, todo el mundo viene muy deprisa: contemplan durante un rato el Taj y después se marchan. Cada vez nos cuesta más trabajo sacar dinero para que el abuelo coma, y yo no puedo dejarlo aquí solo, se moriría.

—¿Por qué no se lo llevan?, este sitio no parece el más adecuado para que viva un hombre de edad tan avanzada.

El chico sonrió.

—Usted no sabe lo que dice. Eso es imposible, no se marcharía nunca. Desde este embarcadero ha visto pasar la vida. Él lleva aquí muchos años y quiere morir aquí. No hay forma de sacarlo.

Detenidamente miré al anciano que en aquel momento levantaba la cabeza. Estaba muy delgado, con la piel curtida y arrugada. Observé sus manos resecas como el pergamino y sus dedos largos que trajinaban con cuidado un objeto metálico. Había un cierto misterio en aquella silueta tan vieja y encorvada y de su figura emanaba una rara energía que me hizo seguir sus movimientos durante un largo momento.

—¡Vamos, hombre!, ¡decídase!

El chico había vuelto a dirigirse a mí, instándome a que me acercara más al lugar donde se encontraba el viejo barquero.

No sé qué fue lo que me indujo a aceptar, supongo que, conmovido todavía por las imágenes que acababa de contemplar con el despertar del Taj Mahal, me encontraba especialmente sensible y accedí a su petición. Me levanté, miré mi reloj y lo seguí. Aún dudaba de estar haciendo lo más adecuado, pues eran cerca de las nueve y mi gente ya no podría tardar mucho.

—Puede que tenga que marcharme a medias, si me llaman.

—Hágame caso, señor. No se arrepentirá. La gente dice que él siempre encuentra la respuesta que uno está buscando sin saberlo.

Nos acercamos al sitio donde estaban las barcas varadas que servían de hogar a aquel anciano y el muchacho me indicó con un gesto que lo imitara sentándome junto a él. Así lo hice, me senté al lado del chico que sonreía satisfecho dentro de una de las barcas con la espalda contra las viejas maderas, que crujieron al añadirse mi peso a la fragilidad de aquella estructura.

El hombre estaba incorporado sobre su manta. En torno a él, yacían esparcidos algunos recipientes que, sin duda, había utilizado para su desayuno, pues había restos de una sencilla comida a base de arroz. Volvió la cabeza hacia mí, me pareció que tenía la mirada vacía y por un momento pensé que era ciego. Enseguida me di cuenta de que no era así.

El chico tocó su hombro ligeramente y pareció percatarse de que había alguien extraño junto a ellos. Me miró como si le costara identificar mi silueta sentada al lado del muchacho que, levantando mucho la voz, le dijo entusiasmado:

—Tienes que esmerarte, abuelo, este hombre es muy rico y habla hindi.

Me miró con picardía y volvió a dirigirse al anciano:

—Hoy hemos tenido suerte, quiere oír una de tus historias. ¡Vamos, abuelo! Tenemos que hacer que se lleve un buen recuerdo y que se alegre de haber bajado a la ladera del Yamuna.

El anciano permaneció en silencio y trajinó durante un momento más con los pequeños recipientes, los apiló en una de las esquinas de la manta sobre la que se sentaba y después cerró los ojos, agachó la cabeza y juntó las manos sobre su regazo.

Creo que sentí vergüenza. Pensé que lo único que deseaba aquel pobre viejo era que lo dejaran tranquilo. Pero, para mi sorpresa, sin levantar la cabeza y con una voz ligeramente ronca se dirigió a mí para preguntarme mi nombre. Tragué saliva y escuetamente contesté: Arun.

Él estaba frente a mí con las piernas cruzadas, que se adivinaban bajo su manta como delgados y estrechos huesos formando ángulos precisos. El sonido de su voz era envolvente y un extraño magnetismo me hizo detenerme en aquel rostro que me atraía. Recorrí con la mirada los profundos surcos que atravesaban su frente, los semicírculos y los extraños signos que el tiempo le había marcado en torno a los ojos. Desde su frente, unas líneas transversales descendían hacia la barbilla, rodeando la boca de labios muy finos y ocultos bajo una barba que le salpicaba la piel oscura con hilos hirsutos de un blanco inmaculado. Volvió a preguntarme:

—¿Cómo podría empezar esa historia? 

Aquella pregunta me desconcertó y balbuceé: 

—Yo no sé… —De nuevo se dirigió a mí: 

—Cierra los ojos y deja que hable tu corazón para que las palabras den sentido a las inquietudes de tu alma.

—No lo comprendo —repliqué.

No sé si me oyó, él mantenía la cabeza baja, mirando a un punto perdido sobre su manta. Empezó a hablar y fue dejando que la entonación de su voz diera vida a las frases que iba pronunciando como un experto y consumado narrador:

—El Yamuna es el más sagrado de todos los ríos que Detalles de la fachada del Taj Mahalnace en las altas cumbres de los Himalayas. Su misión es recoger el amor y la belleza que encuentra en su camino y verterlas a la madre Ganga, para enriquecer su caudal y embellecer sus aguas llenándolas aún más de sentimiento.

»En su largo camino, desciende desde las regiones montañosas, en las que son muy pocos los seres capaces de vivir, y atraviesa las extensas llanuras, donde el espíritu inquieto de los hombres forjó, día a día, el legado de una cultura y una religión con el nombre de un dios para cada brizna de existencia.

»Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

Me dejé llevar por la emoción de las palabras y por estar en aquel sorprendente lugar, frente a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India. Sin darme cuenta mis ojos se cerraron y las imágenes dieron paso a los sonidos leves a mi alrededor. Oí el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de vida en torno a aquel pequeño círculo, en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Aquella rara sensación de pertenecer a aquel lugar me hizo estremecer, abrí los ojos y vi como el anciano levantaba la cabeza. Por primera vez desde que me sentara junto al muchacho, fui consciente de que me veía. No era necesario que yo dijera nada, leía dentro de mi corazón como si fuera un libro abierto entre sus manos.

Creo que, al darme cuenta, me sonrojé y tuve que apartar, como un muchacho tímido, mi mirada de aquellos ojos que brillaban como dos minúsculas chispas llenas de vida. En su interior estaban escondidos todos los secretos que impregnaban el aire que nos acariciaba, allí estaban escondidos mis más íntimos desvelos.

Y oí su voz como un eco lejano al comenzar su historia:

—Lo que voy a contar sucedió hace muchos años. Sin embargo, bastaría con atravesar el río para poner los pies sobre las mismas tierras que fueron testigo del aquel suceso.

»En aquel entonces, el río Yamuna discurría con gran fuerza y durante la época de las lluvias, su caudal se multiplicaba lamiendo con sus aguas las piedras rojas sobre las que se yergue el monumento. Pero, años atrás y lejos de aquí…

Con la magia de sus palabras fue transformando el universo abstracto de sensaciones y seres invisibles en el que yo flotaba, haciéndolo más pequeño. Se fue cubriendo de matices para dar vida a la casa de un rico e influyente hombre de Mathura: una vieja ciudad en la ladera del Yamuna, que en su día fue una importante capital, el escenario de cientos de guerras y de míticas batallas. Allí y a lo largo del tiempo, se entremezclaron las culturas llegadas en pos de las caravanas portadoras de sedas, de especias, de curtidos. En aquella ciudad nació y vivió sus primeros años la octava reencarnación de Vihsnu: Khrisna, el dios del amor de los hindúes, cuya presencia sembró de templos las laderas del río y donde, más tarde, los emperadores mogoles fueron trayendo los ecos de su Dios omnipotente y solitario, salpicándolo todo con los vestigios de su propia cultura.

En aquel escenario de arraigados y encontrados sentimientos nació Madhu. Fue una hermosa noche de luna llena con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su llegada, marcándole los pasos de un camino brillante. El astrólogo predijo para ella que sería una mujer muy bien amada y, desde su nacimiento, el padre prometió encontrarle el más hermoso de los destinos.

El anciano fue dando vida a la hija más pequeña de una familia en la que le habían precedido cinco hermanos varones. La hizo crecer para mí, risueña y atrevida, con los ojos chispeantes y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. Cautivando a un padre capaz de conmoverse al escucharla improvisar las ragas de la mano de su maestro, o mientras la observaba, sumida en un místico silencio, recitar los versos escritos en el Gita: ese libro sagrado que esconde entre sus palabras los secretos de la vida y de la muerte, de lo efímero y de lo eterno y haciéndole sentir un hombre afortunado por poseer tan hermosa joya que solo fue capaz de comprometer, en aras de la tradición, para convertirla en la esposa de un importante y rico hombre de la próspera ciudad de Delhi.

Pero el destino, que juega con los hombres mostrándoles cuán frágiles son sus propósitos y qué nimias las armas que utiliza la mano misteriosa que mueve los hilos de la existencia, se reveló muy pronto dispuesto a trazar el que habría de ser el camino de Madhu. Pues, desde su casa, y cuando aún era una niña, las ramas de una vieja higuera de agua se descolgaron, generosas y cuajadas de flores, sobre el patio de Karim: un muchacho musulmán, de tez oscura y mirada inquieta, que siempre cubría su cabeza con un gorrito blanco, hecho para enredar entre sus hilos todas sus oraciones en busca del soñado paraíso.

Fue así cómo la ingenuidad de sus pocos años hizo que los niños se ocultaran jugando entre las frondosas hojas, que se perfumaban de flores cada verano y que Karim fue entremezclando, año tras año, con los mechones de pelo sedoso y negro de Madhu quien, al hacerse mujer, fue convirtiendo su mirada en los rayos de un amor que el tiempo transformó en un sentimiento mutuo, profundo y generoso.

Y una noche de luna llena, con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su camino, convencidos de su amor, los secretos amantes emprendieron la huida hacia la lejana y prometedora Calcuta.

En su camino, cabalgaron junto al río, oyendo el rumor del agua, que acompañó sus pasos hasta llegar a la ciudad de Agra. Allí, conmovidos por la hermosa estampa que durante siglos ha hecho verter palabras de amor a los poetas, prometieron no separarse nunca. Y ocultos tras las altas hierbas de un pequeño bosque de cañas, esperaron el amanecer para continuar.

De nuevo a mis pies, como un milagro, volví a oír el suave rumor del discurrir de las aguas que me devolvió a aquel sorprendente lugar, junto a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India…

—Aquella mañana, aún era muy temprano. El sol no había asomado su esfera deslumbrante y solo la claridad de su preludio iluminaba el paisaje levemente.

Era ese extraño y mágico momento de cada amanecer, cuando parece que el sol no se atreve a irrumpir de repente en la vida de la India y se va anunciando, con sigilo, por miedo a deshacer el hechizo que encierran las tinieblas de la noche.

Poco a poco, ayudado por sus palabras, percibí cómo la luz se hacía más intensa y los pájaros comenzaban a desperezarse, produciendo en el aire una cascada de sonidos y de músicas lejanas. Y el viejo me contó que, al despuntar el alba, los jóvenes advirtieron que la tierra se estremecía a su espalda. En solo unos instantes, tras el silencio húmedo y gris de la espesa niebla, vieron surgir de entre las cañas a seis jinetes rodeando el pequeño bosque en donde se ocultaban: los hermanos de Madhu y el propio padre, detenidos frente ellos, les mostraron amenazantes la frialdad de sus armas y, entre los pies de los nerviosos caballos, atraparon a Karim alejándolo de Madhu con ásperas promesas de muerte y de venganza.

Pero antes de marchar, el muchacho se despidió de su amada extendiendo la mano para entregarle el gorro blanco que cubría su cabeza. Los dos sabían que, entre los finos estambres y enlazadas, noche tras noche, de sueños y de esperanzas, estaban las miles de plegarias que habrían de alumbrar sus pasos hacia las puertas de su propio paraíso.

Al fin, Madhu, sola, de rodillas sobre la tierra húmeda, con los ojos anegados por las lágrimas, comenzó a rezar, oyéndose en el aire el eco de sus palabras.

El padre, conmovido, descendió del caballo y se aproximó hasta donde estaba su hija dispuesto a consolarla, a hablarle del tiempo que todo lo cura y todo lo enseña, de los sueños que tuvo para ella: el amor y la riqueza, la protección y la calma bajo la mano de sus dioses y la benevolencia de su raza. Suavemente acarició su vestido y cerró los ojos: detrás de sus párpados volvieron los ecos de la infancia y volvió aquella niña, risueña y atrevida, con la mirada chispeante y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. La música regresó a sus oídos y las lágrimas se asomaron envolviéndole las pestañas.

Madhu, conmovida al ver a su padre llorando junto a ella, se incorporó sumida en una extraña paz. Cogió entre las suyas las manos de aquel hombre a quien tanto amaba y, con la voz pausada, se dirigió a él para agradecerle aquel tiempo en que, sentada sobre sus rodillas, bebió en la dulzura de sus palabras. Fue de él, de quien aprendió a sembrar y a buscar la pureza de los sentimientos solo en el alma, el lugar en donde mora la única riqueza capaz de arraigar y perdurar, más allá de lo efímero de la vida, que ahora se le mostraba.

Y todo ocurrió en un momento. El anciano, con un gesto de sus manos, me hizo volver la cabeza: la silueta del Taj Mahal se recortaba a mi espalda vertiéndose sobre el agua.

No recuerdo haber oído sus palabras, pero detrás de mí, surgiendo de entre las cañas y al otro lado del río, vi llegar cabalgando a una mujer sobre un caballo blanco con las crines doradas. Descendió de su cabalgadura para meterse en el agua, empujando a su paso el suave oleaje que rompía la alfombra de cristal en donde se dibujaba el hermoso monumento. Ante mis ojos, la frágil silueta se fue fundiendo con las cúpulas blancas como las mismas perlas que, a su paso, se abrieron en pedazos y ella desapareció… Tras un instante de silencio, la imagen de mármol volvió a quedar intacta y reflejada sobre el agua. Y en la orilla, vi llegar al padre de Madhu, buscar con la mirada el rastro de su hija. En mi propio corazón, sentí un inmenso vacío al ver los alminares que aún temblaban a sus pies conformando enormes precipicios de huecos profundos y oscuras oquedades, envueltos por las curvas del imponente mausoleo.

El aire empujó hasta mis oídos el ruido de sus sollozos y lo vi caer de rodillas junto al agua, inclinarse como un junco roto ante el suave oleaje que trajo hasta sus manos el gorro blanco de Karim.

Parpadeé un momento y todo desapareció de mi vista tras la magia de unas palabras que nunca escuché.

Aún, al recordarlo, me pregunto cómo pudo suceder aquello. Sólo puedo decir que, en aquel instante, oí de nuevo el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de emociones vivas en aquel pequeño círculo en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Volví la cabeza con las imágenes todavía en mi retina, el viejo volvió a inclinar la suya como si todo hubiera concluido y oí el leve murmullo de su voz que se apagaba:

Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

 

Tardé un largo momento, pero, al fin, me incorporé muy despacio y me despedí del muchacho con un gesto generoso. Agradecí al anciano aquella historia que me había conmovido, abandoné el lugar y regresé de nuevo a recorrer en silencio las paredes blancas del Taj Mahal junto a mis compañeros de viaje.

Creo que la extraña magia que poseía la mirada de aquel viejo centenario inundaba todavía mi corazón y, en un segundo de locura, los ojos tristes de Deepa en nuestra despedida me miraron lejanos y llorosos. Instintivamente, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón buscando como una maldición aquel gorro blanco.

Aliviado, contemplé el pañuelo apretándolo entre mis dedos y, pálido, tuve que apoyarme contra una pared. Un amigo me preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

Me repuse y limpié las gotas de sudor que sentía mojándome la frente.

—Sí. No te preocupes, estoy bien —respondí después de un momento—. Es que… no podría soportar perderla.

Me miró perplejo y sonrió con malicia.

—¡Ah!…, ¡hombre, por Dios!

Me puso la mano sobre el hombro, me dejé llevar y ambos nos incorporamos de nuevo al grupo para volver a escuchar las palabras del guía:

«El nombre de la princesa era Arjumand Banu Begam pero siempre fue conocida como la Joya del Palacio…».

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

Tierra húmeda

—¡No fumes!

 El joven Arriaga oyó que alguien le daba aquella orden saliendo de la negrura del escaso bosque a su espalda. Desconcertado, apagó con un gesto rápido el cigarrillo con el talón de su bota. Creía estar a salvo entremetido entre las piedras húmedas que en las horas de marea alta soportaban estoicamente las envestidas del Cantábrico. 

Fantasma
Archivo de LHM

Vio como un hombre se le acercaba. Su silueta se dibujaba en la noche balanceándose como un junco acariciado por el viento. Una gorra vasca le cubría la cabeza. La inquietud que le había provocado aquella orden enseguida se desvaneció, su mente ágil sabía que los guardias no abordaban a sus presas de esa manera.

Trabajosamente, como si no tuviera control sobre sus extremidades largas y huesudas, el hombre se sentó a su lado, contra la roca.

—Hay brisa, muchacho, el olor del tabaco puede alertar a los guardias. Les funciona el olfato mejor que a los sabuesos. ¡Vamos!, ¡ven conmigo! Esperaremos juntos entre los árboles. 

Los dos se levantaron. Arriaga, sumiso, le siguió ascendiendo un intrincado desnivel hasta que la espesura hizo desaparecer las sombras que la escasa luz había dibujado sobre el terreno pedregoso.

Se apostaron contra dos árboles esbeltos, limpios de las ramas que parecían haber escapado a las alturas, para alejarse del acecho de aquel mar capaz de lamerlo todo sobre la hondonada que aprisionaba sus raíces. Apenas unos instantes después, el hombre se dirigió otra vez a él.

–Soy Roberto, pero me llaman el Largo, ya habrás visto por qué. 

Se quitó la gorra. Arriaga extendió su mano y la estrechó sin despegar los labios. No se atrevió a decir su nombre. Se sentía un estúpido novato. Los dos de nuevo en silencio fijaron la mirada en la negrura del mar.

–Aún queda tiempo hasta el amanecer. Con el alba se acaba el plazo. –Su voz, casi un murmullo, era ronca y cansina.

–Ayer no te vi por aquí.

–Fui más listo –dijo Arriaga secamente.

El Largo se dio cuenta de la causa de su enfado.

—Ya veo que eres hombre orgulloso, pero tranquilízate, muchacho, que los años te irán enseñando. Eso… si es que antes no se te llevan por delante, como a otros tantos.

Arriaga escudriñó de manera fugaz el perfil anguloso de aquel desconocido. Seguramente sería un compañero de viaje, sabía que no embarcaría solo. Le pareció un hombre gastado, profundamente sereno.

–¿Crees que vendrán hoy?

–Sí, mañana no habrá luna y la oscuridad pone muy nerviosos a los guardias: sacan los perros en manadas y nadie se arriesga.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos. El rumor incesante y monótono de las olas, calmando su vigor en la suavidad de la playa pedregosa, acallaba los leves sonidos del bosque dormido.

El tiempo transcurría lento y espeso. Los veinte años de Arriaga hacían difícil aquella inmovilidad en alerta  que le quemaba el estómago excitando sus sentidos. Deseaba saltar por fin sobre la barca y adentrarse en el mar para surcarlo hacia un mundo que soñaba lleno de promesas. Como si adivinara sus pensamientos el Largo le preguntó:

–¿Tú por qué te has metido en esto? –Arriaga agachó la cabeza.

–Tengo ideales –contestó mordiéndose los labios.

–Eso es bueno, consérvalos mucho tiempo. Pero detrás de los ideales siempre hay algo más y tú eres el hijo del Poeta. La cosa no necesita de muchas explicaciones.

–¿Me conoces?

–Sabía que andabas por ahí con las narices metidas hasta el fondo de la olla y alguien me ha dicho que has estado buscando la manera de irte a Rusia. ¿Qué es lo que esperas encontrar allí?

–Quiero aprender.

–¿Aprender a ser comunista? —Arriaga notó que sonreía con una sonrisa irónica.

–Sí.

–¿Te gusta obedecer sin hacer preguntas?

–Sí, si creo en lo que me mandan.

Ambos permanecieron callados, mirando al frente. El mar reflejaba los escasos fulgores de una delgada luna que colgaba inerte y solitaria, marcando el lugar en donde se encontraba la línea invisible del horizonte.

–A tu padre le llamábamos el Poeta, nunca había escrito dos frases seguidas y mucho menos un par de versos, pero era un soñador, ¿lo sabías?

—No le he conocido, su madre fue quien me crió.

Arriaga  se rascó el cuello bajo la bufanda que le aprisionaba. Le picaba aquella lana áspera que la abuela había tejido para él. Era incansable en su labor de hacer de madre. Cuando tenía seis o siete años, ella le había contado cómo fue su venida al mundo. Nunca más quiso oírlo. Su madre y ella habían ido al monte a ver el sitio en el que habían matado a su padre. No encontraron nada, solo sangre seca y amoratada entre hojas muertas, tierra y guijarros. Al bajar tuvieron que cobijarse bajo los arbustos, a su madre le vinieron los dolores de parto y entre gritos contenidos y sollozos nació él. La abuela  lo envolvió  en su falda y caminó monte abajo junto a su madre que se desangraba.

Ella no sobrevivió. A Arriaga le dolía recordar aquellas imágenes formadas en su cabecita infantil como si hubiera sido testigo consciente del suceso y después, cientos de veces,  la abuela repetía una y otra vez: “Prométeme que no malgastarás tu vida en guerras que no sean las tuyas”, “en guerras que no sean las tuyas”, repitió en su mente Arriaga percibiendo el olor húmedo y espeso de aquel bosque. ¿Cómo se hacía eso si él era un hijo de la guerra? Todo lo que había detrás de sí estaba marcado a sangre y fuego.

Entre los árboles se estremeció, sentía que aquella noche volvería a nacer de la misma manera que hacía casi veinte años; el olor a vegetación salvaje, agreste y húmeda era parte de su propia vida.

–Falta muy poco para el amanecer. Prepárate, ya no pueden tardar. 

–¿Tú ya estás preparado?

–No, muchacho, yo me quedo. Soy como tú, de esos que obedecen solo si creen en las órdenes recibidas. Debe ser que lo da la tierra.

Arriaga tosió incómodo y escudriño en la oscuridad la cara de aquel hombre que veía por primera vez, le pareció muy viejo. 

Sin saber porqué, sus palabras le hicieron desconfiar y pensó que de aquella época sólo habían sobrevivido los soplones… No se contuvo y preguntó:

–¿Cómo has podido sobrevivir todos estos años?

–En los peores momentos yo no estaba aquí. Luego, todo se ha ido calmando.

–¿Dónde estabas? 

–En Rusia. En Rusia, sí. Ese país al que te llevan a ti.

–Estoy impaciente por llegar.

–Será una gran sorpresa, pero eso tendrás que descubrirlo tú mismo.

La bruma del amanecer disipó la tenue línea del horizonte oscuro y en ese momento una barca empezó a dibujarse sobre el agua como una mancha informe y misteriosa.

Los dos hombres se levantaron. Arriaga, antes de salir de entre los árboles se agachó y hundió las manos en la tierra húmeda. Durante un instante cerró los ojos, el corazón le latía fuertemente. Contra su piel sintió el latido de millones de gusanos. 

–¿Qué haces? –dijo el Largo volviendo la cabeza.

–Necesito saber que voy a regresar.

–Eso nunca se sabe, has emprendido un viaje peligroso, pero estoy seguro de que encontrarás tu propia guerra, las demás son inútiles.

–Ya he oído eso antes —dijo Arriaga mientras se alejaba adentrándose en las frías aguas del océano.

Ya en la barca, Arriaga volvió la vista hacia la playa, quería dedicar al Largo un gesto de despedida. Pero no vio a nadie, la playa estaba oscura y solitaria.

—Conmigo había alguien de quien quisiera despedirme —dijo a uno de los hombres que lo habían ayudado a subir.

—¿Quién? ¿Era tu madre?
—No, era un tipo raro. Me dijo que se llamaba Roberto, el Largo.

—¿Sí? ¿Estás de guasa? Roberto el Largo murió hace unos cuantos años, lo mataron en esta playa el mismo día que volvía de Rusia.

Arriaga se miró las manos impregnadas de tierra todavía y la barca se perdió adentrándose lentamente en la neblina del amanecer.

 

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En Palmira

De cómo una atrevida y osada turista occidental habría de ser rescatada por la policía secreta de Siria, a quien puso en jaque, cuando visitaba las ruinas de Palmira durante su viaje por ese país soberano del Medio Oriente, tristemente sumido en una terrible guerra civil hace ya nueve años.

Archivo personal C.A.

Los misterios de Agatha Christie eran sus lecturas preferidas, pero lo que le atraía era el Oriente con su exotismo. Conoció las historias de la condesa aventurera, Marga D´Andurain, quien se casó con un beduino e incluso se convirtió al islam. Soñaba con aventuras en el desierto, acampando en jaimas lujosas con sirvientes dispuestos a sus caprichos y demandas. Imaginaba un harén de hombres, beduinos jóvenes de ojos profundos y negros, única parte de la cara que dejan ver sus turbantes, cubierto el resto y ocultando igualmente sus robustos cuerpos bajo sus chilabas, largas y anchas túnicas. Hombres fuertes, de brazos cálidos, acogedores, reconfortantes. Dormir en la misma cama donde lo habría hecho la famosa escritora, quien pasaba temporadas trabajando en sus misterios, le excitaba de manera extraordinaria e imaginaba intrigas que ocurrirían en el hotel Zenobia de Palmira, a sabiendas de que, en sus tiempos, lo regentaba la condesa francesa con su esposo europeo.
Asimismo sabía que la famosa escritora de intrigas y asesinatos conoció en el desierto de la Ruta de la Seda a un famoso arqueólogo, con quien también contrajo matrimonio. Su mente recorría los viajes de Marco Polo trayendo y llevando todos esos maravillosos tejidos, brillantes y suaves que adornaban los sensuales cuerpos de las mujeres orientales más pudientes, atrayendo las miradas de esos ojos profundos, sensuales y libidinosos de los hombres del desierto.
Su visión recorría las dunas de arena de color dorado, cambiantes en sus formas, con un sol abrasador durante el día y de bajas y heladoras temperaturas durante la noche, percibiendo el calor de los brazos del fogoso y apasionado amante que la llevaría a vivir nuevas y mágicas culturas.
La imaginación se le desbordó cuando al pie de las ruinas del Templo Bel, un guapo y joven beduino le ofrecía un paseo en camello sobre el que el apuesto sirio descansaba a la espera de conseguir un turista que aceptara su oferta a cambio de algunas monedas.
La osada y fantasiosa turista sucumbió ante las maneras del camellero, soñando regresar a los tiempos lejanos del Imperio de Palmira y de la Reina Zenobia, a lomos de un camello gobernado por un fiel siervo, en busca quizá de un faquir o un sabio y portentoso jefe de los desiertos, emulando a sus aventureras heroínas.
Ante la expectación del resto, la osada turista alcanzó el lomo del camello, ayudada por el joven y guapo camellero e invitando a uno de los presentes a acompañarla en el paseo.

No duró su fantasía, rápidamente tuvo que descender a la realidad porque, ante su sorprendida vista y con movimientos apresurados, descendieron de un Land Rover cuatro hombres vestidos de paisano y con chaquetas marrones atrapando al joven por un brazo y bajándole los pantalones para evitar su huida, que no fue óbice porque el joven camellero, supuestamente experimentado en situaciones de desacato, salió corriendo colina arriba, dejando al camello y sus jinetes al albur de la reacción del pacífico animal. 

La escena que siguió al suceso era de lo más estrambótica, el dueño del camello gritaba en árabe, en  arameo o vaya usted a saber en qué idioma. Los hombres de las chaquetas marrones trataban de que el animal doblara las patas delanteras para poder liberar a los turistas y bajar de las alturas de la joroba; para lograrlo, con un palo, fustigaban al camello que, ignorante de toda la movida, con sus inquietos movimientos provocaba el terror de los que estaban encaramados que temían que el animal se encabritara y echara a correr sin control, obedeciendo a la supuesta llamada de su amo que no cesaba en sus gritos.
La expectación era tensa, el guía que acompañaba al grupo de turistas, al que pertenecía la aventurera, temeroso de que pudiera ocurrir un incidente, observaba atentamente, mientras se tomaban las mejores instantáneas desde las cámaras fotográficas de los allí presentes.
Finalmente, los de la secreta consiguieron acercar al camello hasta una de las monumentales y múltiples piedras de los restos de ruinas históricas. Esto permitió a los jinetes descender sobre la histórica ruina, ayudados por un musculoso policía en camiseta, evitando así un temido percance, como al parecer había ocurrido el día anterior en semejante situación. De ahí la preocupación del guía y, por supuesto, de la policía.
Tras la visita de las impactantes ruinas, Patrimonio de la Humanidad desde 1980 y, ya a pie, hizo aparición el joven del turbante, dueño del camello ignorante de su protagonismo, ofreciendo las explicaciones pertinentes para ganarse así una compensación económica a su ajetreado y corto servicio.
La turista le hizo entrega de una generosa cantidad, dejando muy satisfecho al desenfadado sirio y quedando así zanjado este curioso episodio, que dio lugar a toda clase de divertidos y jocosos comentarios, amenizando así el resto del viaje.
Sin embargo, no acabó ahí la presencia del camellero, quien volvió a hacer su aparición al día siguiente en el particular hotel Zenobia Cham Palace de la bella Palmira, ciudad clave en la Ruta de la Seda que en la Antigüedad unía Oriente y Occidente y que, al parecer, albergaba el único oasis natural del desierto sirio. Montado en su camello, con porte majestuoso, se dirigió hacia el Zenobia para despedirse de la turista que había dejado un especial impacto en su todavía escasa vida de comerciante avispado. Al encontrarse, en primer lugar, con el caballero que acompañó en la cabalgadura a la turista, le preguntó por «su señora», a lo que el acompañante, siguiendo la presunción del visitante, desconocedor de la relación, mejor dicho, de la no relación existente entre los jinetes, avisaba a la compañera de viaje, quien se vio gratamente sorprendida y halagada por la deferencia del comerciante sirio.
Así fue como la osada turista finalmente tuvo que asumir que fracasaba en sus sueños de reyes beduinos y harén masculino con siervos y esclavos asumiendo que el turista, compañero de viaje, en chándal por cierto, era, por el momento, su máxima posible aspiración.
A veces, los sueños no se convierten en realidad, pero soñar es imprescindible porque, en ocasiones, la realidad es muy dura y no hay duda, hay sueños realizables.

Era el amor

Irene colgó el teléfono y caminó pensativa hacia su cuarto. En otro tiempo aquella llamada la hubiese hecho saltar del sillón descorchando nuevamente la botella donde estaban contenidos todos sus sueños. Hoy se alejó del auricular con cierta amargura, Luis era la otra mitad de sí misma. Ella lo supo siempre, y lo supo con esa certeza que da la sensación de paz que llena tu corazón cuando estás con esa persona, pero después de más de tres años de conocerlo, de unos primeros encuentros apasionados y sinceros  surgieron los primeros atisbos de compromiso, y Luis retrocedió instintivamente hacia una postura inamovible con el deseo de no perder su libertad, en una modernidad inconformista que no le permitía encuadrarse en los cánones clásicos que la relación con Irene, sin ella pretenderlo, suponía para él.

Archivo LHM

Al día siguiente, era una tarde de finales de invierno, Irene, con la cara iluminada por el sol, esperaba en la puerta de su edificio la llegada de Luis. Vestía una falda gris con una chaqueta de pata de gallo haciendo juego, las botas altas y negras le daban un aspecto excesivamente formal para su gusto, que solía vestir  simples vaqueros y amplios y cómodos jerseys. La verdad es que había querido darle importancia a aquella tarde pero, una vez en la puerta de la casa, mientras esperaba la llegada de su amigo, se arrepintió de haberse preocupado demasiado de su atuendo, no dejaba de sentirse tiesa e incómoda.

–Caramba, nenita, pareces toda una mujer –le dijo divertido Luis mientras aproximaba su cara a la de Irene para besarla.

–Pero no me mires así, parece que te doy miedo. ¿Te apetece un paseo por el Retiro? Hace una tarde bonita.

–Sí, hoy no hace frío. Tal vez podamos sentarnos en alguna terraza al aire libre.

Luis se sorprendió, había en la actitud de Irene una casi imperceptible tirantez que no recordaba en ella. 

Él era un hombre atractivo, muy atractivo, con una  delicadeza en sus ademanes que cautivaba a las mujeres nada más conocerle y ello le permitía ser, a veces, excesivamente espontáneo sin miedo a herirlas con su forma de tratarlas. Por eso, a penas pudo soltar las manos del volante al parar frente a un semáforo en rojo, se permitió coger la barbilla de Irene y, obligándola a mirarle a los ojos, le preguntó:

–¿Realmente eres otra persona? ¿Tu amenaza de ayer era verdad? ¿Qué te ha pasado? No soportaría encontrar en ti una persona distinta a la que quiero encontrar. Tú eres un pequeño tesoro que guardo dentro de mi corazón y que a veces necesito buscar para contemplarlo y acariciarlo.

–Y dejarlo después en el fondo de tu corazón otra vez y olvidarte de ese pequeño tesoro. –Irene había continuado como si sus palabras fueran la continuación de las palabras de Luis–. Pero ese pequeño tesoro está hecho de fibra sensible, no de metal, y siente. ¿Habías pensado en ello?

–Dejemos esta conversación para después. 

Luis, sorprendido nuevamente, volvió a ocuparse del volante, el semáforo en verde les permitió continuar a través de las calles atestadas de tráfico a aquellas horas y en silencio se encaminaron hacia el Retiro. Luis aparcó su coche cerca de la entrada y salió rápidamente para abrir la puerta de Irene, que sin estar acostumbrada a esos detalles caballerescos, ya había descendido sin ayuda.

–Eres sorprendente –le dijo con cierta burla–. Avísame de que vas a hacer algo así, me encanta realmente sentirme alguna vez como una auténtica princesa.

–Eres una princesa. –Luis la miró, dando un repaso al atuendo que llevaba Irene aprobándolo con la mirada.

Ella no pudo contener la risa, toda la tirantez que le producían su falda y su chaqueta desapareció por encanto, y se sintió, como tantas otras veces que él repetía ese gesto, la mujer más guapa del mundo.

–Sabes realmente como hacerme reír –exclamó divertida.

Caminaron durante unos minutos por los solitarios paseos cerca del Palacio de Cristal, hablaron de cosas intrascendentes. Era evidente que Luis no estaba dispuesto a sentirse de nuevo caminando sobre arenas movedizas. Se dirigieron hacia un kiosko que extendía sus mesas en una pequeña explanada. Se sentaron uno frente a otro.

–¿Te apetece tomar café o…?

–Un café estará bien. Pero cuéntame, ¿dónde has estado últimamente? –le preguntó Irene mientras buscaba un sitio apropiado para colocar su bolso.

–Ayer volví del Pirineo. He estado esquiando unos días.

–Ya. Qué suerte, ¿con tu grupo de siempre?

–No, estuve solo. Me cogí unos días en la empresa y me marché. Allí conozco gente y a veces es bueno cambiar de ambiente. Sienta bien.

–Claro, cuando pienso en ti siempre te veo rodeado de gente. —Irene se interrumpió mirando con detenimiento la cara de Luis–. Tienes todavía restos de quemaduras en la cara, ¿son del sol?

–Sí, ha hecho un tiempo increíble y me quemé la piel de la cara y de las manos como un novato –Luis contestó indiferente haciendo un gesto con la mano indicando que no tenía importancia.

–¿Sabes una cosa, Irene? Me encantaría irme de Madrid definitivamente. Estoy cansado de esta ciudad llena de tráfico y prisas. Nunca hay tiempo para nada, es agobiante. La lástima es que mi trabajo está aquí…

–Sí, a mi también me cansa esta gran ciudad en la que nunca te encuentras con nadie. Aquí te puedes sentir intensamente sola y a nadie le importa.

–¿Te sientes sola?

–Sí, me siento muy sola y perdida en Madrid.

–¿Vendrías conmigo?

–¿A dónde, Luis?

–Conmigo, simplemente.

–No.

La respuesta de ella fue categórica. Se volvió hacia Luis esperando una pregunta que le permitiera continuar, deseaba responderle con valentía sobre las miles de razones por las cuales no se iría con él para que Luis la convenciera de lo contrario. Le hablaría del abandono que sentía, de su imperdonable olvido, de la necesidad de su cercanía para tener un hombro sobre el que apoyarse cuando sentía, y ahora más que nunca, ganas de llorar, de su soledad. Le había amado con locura, le amaba todavía  con locura. Con un solo gesto de él, ella podría dejar caer sus brazos sobre el terciopelo de su cuello y masticar el aroma tibio de su cuerpo bronceado y abandonarse en la calidez de sus brazos. Pero Luis no preguntó nada. Encajó la respuesta y por un momento permaneció callado.

–Te ha ocurrido algo serio últimamente —dijo Irene.

–Tal vez. No lo sé. Posiblemente estos días que he pasado solo he pensado en ti sin proponérmelo. Si hubieras estado conmigo… no sé. Pero hoy cuando te he visto me he dado cuenta de cuánto me estoy perdiendo sin ti.

El corazón de Irene latía fuertemente. Las palabras de Luis le indicaba un camino a seguir. La certeza de que él también la amaba se hizo más patente que nunca, pero no encontraba la manera de conectar. Él no entraba en su juego y ella no sabía conectar con el suyo. Intentó deslizarse por aquel camino que Luis parecía querer abrir y le preguntó tímidamente.

–¿Sin mí?

–Sí, Irene, sin ti. Ya te lo he dicho y tú lo sabes. Hace ya un tiempo que nos conocemos, eres mi pequeño tesoro. Aquello con lo que sueño cuando todo me ha defraudado, cuando estoy harto y cansado de todo. Entonces, allí, como una esperanza, estás tú, una luz al fondo del camino hacia la que me dirijo y que me sirve de guía.

–Y yo estoy allí, siempre he estado allí —contestó Irene con voz decepcionada.

–Siempre has estado allí, es cierto, pero inamovible, con un no por respuesta también siempre, como ahora. Eres demasiado rígida, demasiado segura de lo que quieres y a la vez demasiado inalcanzable y misteriosa para mí.

–Te equivocas, pero tú mismo lo has dicho, giras la cabeza hacia mí cuando estás harto de todo, cuando estás defraudado de todos, cuando todo pierde su sentido porque tienes tantas cosas en las que fijar tu atención, en las que deshacerte cada día. Buscas en demasiados sitios a la vez cuando en realidad no sabes lo que buscas, y yo soy más simple que todo eso: solo quiero compañía, seguridad, solo quiero ir de la mano cada tarde y compartir mi escaso mundo con alguien.

Irene calló por un instante. Sentía que ella misma marcaba la distancia entre los dos, una distancia insalvable. Pero no podía callar esta vez. Su corazón se desgarraba mientras iba expresando sus sentimientos. Sabía que estaba poniendo punto y final a una historia de la que nunca querría salir, pero continuó sin poder contenerse.

–Creo que tú y yo nunca podremos estar en el mismo camino. No te puedo seguir en tus viajes, tus salidas nocturnas, tus arriesgados deportes, tus ansias de aventura. Mi vida no va por esos derroteros y no puedo cambiarla, tampoco quiero sentarme  a esperar que te canses de todo. Hoy pareces no entender la vida sin mí, pero mañana recibirás cualquier llamada y habrás olvidado que tus palabras hacen crecer en mí unas esperanzas que nunca llegan a hacerse realidad. Yo me siento cada día llena de pequeñas sensaciones  que compartir y no puedo esperar más, el tiempo me apremia, ahora solo puedo dedicarme a algo: a olvidarme de ti, a encontrar un camino distinto del tuyo. No quiero volver a esperar tus llamadas, los caprichos de tu corazón. Quiero que aceptes un no para siempre y que me olvides. Estoy segura de que encontrarás otra luz al fondo del camino para poder seguirla, eres un hombre de recursos.

Luis escuchaba perplejo, sorprendido por la profundidad de sus sentimientos, sintió vergonzosamente su egoísmo como la causa de la  estupidez de dejar escapar a una mujer así a la que amaba como a nadie, con quien era capaz de sentirse, sencillamente, él mismo. Sabía que ese encuentro se produce solo una vez en la vida, pero no esperaba la decisión, el desgarro, la sincera seguridad con la que Irene hablaba, y sentado junto a ella, huyendo de su mirada la oía en el fondo de su mente martilleando en sus oídos las palabras de despedida que no quería oír, siempre entre ellos había intuido algo eterno y nunca pensó en perderla definitivamente. Contempló los árboles del parque frente a sí, que tímidamente empezaban a reverdecer, y una profunda tristeza se apoderó de él. Una ráfaga de viento fresco acarició su cara e instintivamente se volvió hacia Irene con el deseo de protegerla, pero la mirada decidida de ella le hizo entender que aquella muchachita que había conocido por casualidad, con una vida tan distinta a la suya, siempre enfrascada en sus libros y sus estudios, estaba muy lejos de necesitar aquella protección que él podría brindarle.

–Nenita –la interrumpió con un tono de voz que indicaba cansancio– no sigas hablando, me haces sentir viejo y triste.

Irene se interrumpió y le miró con pena, efectivamente le pareció triste, despertó su ternura y sin poder evitarlo cogió su cara entre las manos haciendo que le mirara a los ojos y le dijo con calma:

–Dios mío, no sé que hubiese dado por despertarte de este letargo. Te quiero tanto.

Los dos permanecieron en silencio durante unos minutos, contemplándose con la tristeza y la certeza de que el destino caprichoso se había empeñado en no querer dejar que se encontraran nunca.

–Llévame a casa, por favor, se me ha hecho tarde. 

Luis se levantó en silencio, pago la cuenta al camarero y ambos se dirigieron hacia el coche ensimismados cada uno en sus propios pensamientos. Los minutos que tardaron en llegar a la casa de Irene fueron muy cortos, ambos esperaban un instante mágico que lo transformara todo, pero llegaron al portal de Irene y esta, con un nudo en la garganta, susurró en el oído de Luis mientras se aproximaba para darle un beso de despedida:

–Adiós, Luis, te deseo lo mejor del mundo.

–Irene, siempre estaré cuando tú quieras que esté –le dijo mientras veía cómo ella buscaba la manecilla de la puerta para abrir y salir.

—No, Luis, no lo hagas. Voy a olvidarte.

 

El abuelo

Georges M. Colección particular

Mentira parece y es cierto,
navegando sin descanso,
cruzas tierras, pasas mares,
climas duros, tiempo manso,
miras atrás y te asustas
la estela que vas dejando.

Cuántas vicisitudes
y avatares alternando
días de luz y de sol,
días fríos y nublados.
La vida es alternativa
de alegrías y trabajos.

En familia numerosa
junto a hermanos diligentes
unos feos y otros guapos
con unos padres abuelos
que dirigen como santos.
El ruido, la algarabía
de tan atrevidos pájaros.

Los estudios, el fútbol,
ilusiones, el amor,

una ondarresa, el flechazo
y entre bromas y alegrías,
miren que le sale al paso.

En plenitud de belleza
con estilo soberano
y conquista decidida,
llena de gracia y de garbo
al jugador del Arenas
futbolista y abogado.

Vaya Señora, señores,
ríanse de las de ahora
y los peces de colores.

Y entre bromas y alegrías.
días felices de antaño,
Dios bendice nuestro hogar
con hijos y nietos majos
todos bastante chuletas
algunos de campeonato.

Arquitectura abundante, computadoras, marketing, ordenadores, secretarias, medicina, ingeniería, economía, Derecho, decoración.
Cuánta ciencia y arte acumulados.
Con nave tan recia y fuerte no te asusta ni la muerte.

La adversidad es pasajera como también la bonanza,
estás temiendo lo peor y luego no pasa nada.
Bien unidos como siempre.
Cuántas pruebas bien expresivas de los altos valores humanos que todos poseéis en abundancia.

La ayuda en momentos difíciles de toda índole,
materiales y espirituales
con alto nivel de solidaridad
llena de valor y eficacia nunca regateada.

Os hemos visto con mano abierta y generosa hasta el sacrificio.
Gestos y vivencias que nunca se olvidan.

Qué hermosa Autonomía integrada por las de León, Asturias, Canarias, Vizcaya, Salamanca.

Feliz el que domina el egoísmo.

Qué hermoso crucero de ochenta años y qué hermosa estela en la que vemos brillar pequeños pececillos que nadan hoy en las aguas tibias de Torrevieja, con buenos tragos de agua salada a ratos y otros peces más grandes, delfines brillantes que saltan poderosos sobre las olas, algunos casi tiburones, sobre todo, cuando arrollan con el windsurf, tragándose las orillas y la arena de la playa para caer extenuados el resto de la tarde.
Y aún quedan otros todavía en los mares más alborotados del Cantábrico o de excursión por Europa o por tierras de Aravaca.

Y no puede faltar el recuerdo del golf en el que todos se creen el primero y ni Jacobo ni Ballesteros.

Porque si aprieto
con mi nave viento en popa
tengo una copa por nieto
y un nieto por cada copa.

¡Que Dios bendiga a todos en esta nueva andadura!

El gato de doña Aurora

Nadie, nadie, recordaría ya la existencia de este gato si no fuera porque su dueña era la comadrona del pueblo en el que nací, y que a mí, con el tiempo, me ha dado por escribir.

Pero para saber todo lo que se refiere a esta historia habría que remontarse mucho tiempo atrás, cuando la dueña del gato llegó a mi pueblo.

En su juventud había sido una hija de buena familia, en un pueblo de mar por las tierras de Valencia. Allí debía vivir una vida acomodada pero tuvo la desdicha de quedarse embarazada.

Archivo de LHM

En la época de la que estoy hablando, aquello era un asunto muy grave; un asunto en el que estaba en juego la honra de la familia, y un suceso así era la causa de la expulsión de la casa en la que se había nacido, como en este caso sucedió. Porque, a la pobre muchacha, cuando le preguntaron el nombre del padre —para solucionarlo como se hacía antes: con la boda—, Aurora no tuvo respuesta. Y es que ella tampoco sabía el nombre. El padre de la criatura había sido un viajante de comercio que pasaba por el pueblo con el que se había encontrado en el atardecer de un lunes del mes septiembre, en el zaguán de una vieja casa abandonada en donde los dos, sin conocerse de nada, fueron a refugiarse del fragor de una ruidosa tormenta de verano. La tormenta pasó sobre ellos entre truenos y relámpagos que asustaron a Aurora hasta el punto de echarse en los brazos del joven desconocido. Las nubes se fueron alejando en el horizonte mientras el sol se escondía lentamente al otro lado del mar dejando rastros inverosímiles ante su mirada. Los dos eran jóvenes, sensibles a la belleza y ocurrió que ella se abandonó al sofocante calor entre los brazos de aquel hombre moreno y resuelto.

Y esa fue la causa por la que, de la noche a la mañana, Aurora, ante la indiferencia de una madrastra egoísta y mal encarada se encontrara en la calle.

Sin saber qué hacer, llamó a la puerta de su abuela que se apiadó de ella y la acogió en su casa hasta que nació la pequeña. La buena mujer había sido comadrona y en esos meses enseñó el oficio a su nieta para que pudiera ganarse la vida. Cuando llegó la hora del parto, Aurora ya sabía como era todo, tuvo a su pequeña a la que puso su mismo nombre —tal vez para darse a sí misma una nueva oportunidad— y con el dinero que pudo darle la abuela, y con la niña entre los brazos cogió un tren hacia el interior de España.

Pasó por Madrid pero, sin dinero y sin relaciones, le resultó una ciudad demasiado grande e inhóspita para abrirse camino ella sola; después de un par de años de penalidades y miserias, alguien le habló de un pueblo, no muy lejano, en donde había muerto la comadrona.

Así fue como Aurora llegó al pueblo en el que nací. Alquiló una casita en la calle del Agua y dejó correr la voz de que era comadrona. Para hacerse respetar se colocó el “doña” delante del nombre y a partir de ese momento ya fue siempre y para todo el mundo, doña Aurora.

El primer parto al que asistió fue el de una campesina de escasos recursos, cuando acabó de limpiar al recién nacido en una palangana desconchada, recogió su material con la intención de cobrar por sus servicios y marcharse, su sorpresa fue que el padre de la nueva criatura, con sonrisa de compromiso y en la misma puerta en la que ella esperaba que le pagaran sus dos pesetas, le puso en las manos una bolita de seda blanca que resultó ser un gatito recién nacido. Y ella, mujer levantina y, por lo tanto supersticiosa, pensó que no podía despreciar a un ser vivo como pago de su primer trabajo y que bien podría ser un buen augurio para su futuro, después de todo, su trabajo era traer seres al mundo. Y se quedó con el gato al que llamaron Bufón, quien se convirtió en el testigo de sus silencios más amargos y en el juguete de su hija Aurorina.

Años después, yo nací entre las manos de esa mujer.

Y nací en ese pueblo de tierras llanas y calles polvorientas. Mi Madre, mujer educada y de gustos refinados a quien le gustaba disfrutar de la compañía de la gente, después de su primer parto, había depositado en doña Aurora su confianza y la buena mujer encontró en mi casa conversación, buen trato y refugio para su Aurorina, que cuando su madre tenía que salir de improviso o a horas intempestivas para atender algún parto, la mandaba a mi casa a hacer compañía a la niñera, con la ilusión de que empezara a ganarse la vida y se convirtiera en mi niñera y así ocurrió. Era muy jovencita por aquel entonces, pero resultó ser responsable y cuidadosa conmigo. La recuerdo vagamente como una muchacha risueña y alegre, pero a quien sí recuerdo a pesar de mis pocos años es a su madre. Todas las mañanas se la veía atravesar la plaza en dirección a la carnicería para comprar las vísceras del cordero con las que alimentaba a su gato. Todavía puedo describirla: era bajita, con las caderas anchas y los tobillos estrechos, se peinaba con un moño italiano que doblegaba su melena rubia teñida de canas. Tenía la piel muy pálida, los ojos claros y las manos delicadas. Su mayor aliado en la vida debió ser su abanico, lo blandía a diario, moviéndolo de un lado a otro con energía. Daba igual que fuera invierno o verano, aquel abanico era una prolongación de su brazo que, como una espada, espantaba moscas o achicaba los olores malditos de un pueblo que, harto de confiar en la agricultura, había empezado a transformarse en un pueblo ganadero. En un lugar como aquel, tan austero, tan seco y amarillo, huérfano de mares, la silueta delicada de aquella mujer siempre fue una nota discordante.

Pero todos fuimos creciendo, incluso el gato con quien aprendimos a convivir, aunque hablar de él no es fácil y es que la vida de los gatos es una vida muy seria, son como vigilantes de todo, que en nada se involucran ni se mezclan con nadie. Sencillamente… pasan. Sí, porque los gatos siempre pasan y si eres tú quien les alimenta se te aproximan cuando más tranquilo estás y sin exigencias pero con persistencia se arriman a tu espalda o a tus piernas mientras te sientas y fingen dormir, como si nada les importara, solo sentir el calorcito de tu cuerpo para que les trasmitas vida y no te olvides de que ellos están ahí.

Durante bastantes años el trabajo de comadrona para doña Aurora fue muy agradecido, las mujeres podían dar a luz en las casas con la asistencia de aquella sabia mujer, avezada y diestra en las lides de atender a las sufridas campesinas, y así doña Aurora gozaba de una vida tranquila y acomodada. Pero los tiempos iban cambiando, los niños empezaron a nacer en los hospitales porque era más seguro y doña Aurora se fue quedando sin trabajo. Su hija encontró pronto un buen muchacho que se llamaba Valeriano y se casó con él. Pero el buen mozo encontró trabajo en un pueblo muy alejado por aquel entonces. Ella se iba haciendo mayor y tuvo que trazarse un camino diferente para sus años venideros. Decidió que había que marchar, y para empezar, iría a su lugar de origen para reconciliarse con su familia y para que, mientras tanto, el matrimonio de su hija se consolidara con una descendencia que hiciera lógica su presencia en el hogar de su querida Aurorina. Y el gato, que ya era viejo por aquel entonces no era compañía para el viaje. Los trenes no aceptaban gatos y su hija estaba lejos. Recuerdo el drama

Archivo de LHM

escrito en la cara de doña Aurora, ideó mil maneras de hacerle desaparecer, habló de envenenarle, de encerrarle en un saco para que se ahogara… se le partía el corazón y se deshacía en lágrimas delante de mi madre y, al fin, el gato, como una herencia blanca y peluda aún vivió por una corta temporada en nuestra casa. 

Carta a mi madre

Hola Mamá: Supongo que me recibiste con agrado y cuidaste de mí con esmero, seguramente, y que yo te he dado preocupaciones y desvelos. Como hija, esperaba de ti el máximo de amor, de comprensión y de aceptación y seguro que tú me lo has ofrecido a tu manera, creyendo que hacías lo que sabías y como sabías, según te habrían transmitido tus padres. Posiblemente te lo tomaste tan en serio que no me pasaste ni una. Tenía que ser la mejor, la mejor en los valores que a ti te parecían los únicos e ineludibles, ni te diste cuenta ni ensalzaste mis valores propios que son tan importantes como los que tu primabas. Era muy difícil satisfacerte, había que superarse más y más, posiblemente era muy recomendable pero, era costoso, duro y muy diferente a la realidad que existía fuera de las paredes de nuestro hogar familiar, porque había otras formas de vida, otras ideas, creencias, pensamientos diferentes, en algunos casos tan útiles y beneficiosos como los tuyos. Todas tus normas eran muy útiles, algunas menos, pero lo más inviable, seguramente, era el grado, el nivel tan elevado, no había  opción, sólo dar lo máximo y eso, quizá, ha sido nuestra gran diferencia, ya que

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suponía que sólo valía tu nivel de exigencia y, por tanto, puesto que yo no podía ni sentía, ni lo lograba, algo en mí no funcionaba y, por tanto, antes que pensar que podías estar equivocada, me sentía culpable de no conseguir tu aceptación y como consecuencia no llegaba a sentirme bien, ni valorarme, ni apreciarme. No éramos conscientes de que como seres humanos somos imperfectos. Tenía que haber sido consciente de que podía apartarme de tus exigencias y entender que las mías podían valer o sentirme capaz de reconocer lo que podía o no serme beneficioso y aceptar mis limitaciones y admirar mis talentos como persona. En fin, no se puede cambiar lo ocurrido hasta ahora, así que tengo que plantearme que tu hacías lo que creías debías hacer y yo lo que podía. Tú tratabas de alcanzar el cielo y yo, trataba de sobrevivir, haciendo frente como podía a la propia vida, a mi propio ser. Así que supongo que cada una estábamos en nuestro derecho y no será beneficioso pensar que podía haber sido de otra manera, aunque también podía haber sido mucho peor. Mejor será a partir de ahora.

08/07/2011