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Vivir en la higuera

Los parsis en la India

Entre los grandes tesoros de la India –Los parsis–

Los parsis en la India
Archivo LHM

Aquella mañana, la primera de nuestra estancia en Bombay, habíamos hecho un recorrido por el antiguo barrio de Cobala y terminamos en el hotel Taj Mahal, frente a la emblemática Puerta de la India, en busca de un lugar donde comer. Casi todos los componentes del grupo de amigos que habíamos decidido visitar la India se habían repartido en los distintos restaurantes; solo algunos de nosotros preferimos tomar un simple bocadillo, sentados en una de las mesas frente a la agradable piscina que, como un oasis, está situada en el centro de un patio que se encuentra en medio del establecimiento hotelero de más tradición en la ciudad.
A pesar de que la gente entraba y salía, el sitio resultaba muy tranquilo. Varias personas tomaban el sol sobre las tumbonas alrededor de la piscina y solo la mesa contigua a la nuestra estaba ocupada por tres hombres: dos de ellos, tocados con sus característicos turbantes, denotaban su procedencia; el tercero, un occidental entrado en años y vestido de manera informal pero sin el descuido de los turistas, tenía un cierto aire de intelectual.
Al poco rato de nuestra llegada, los dos hindúes se despidieron, abandonaron la mesa y el occidental permaneció solo tomando un té y haciendo anotaciones en su agenda.
Habíamos terminado nuestra frugal comida y nos disponíamos a tomar café cuando el hombre se dirigió a nosotros en español para preguntar por nuestra procedencia. Con esa curiosa camaradería que se crea al encontrarte con personas que hablan tu idioma en países extraños, le invitamos a sentarse a nuestra mesa y así lo hizo. Se trataba de un norteamericano de madre chilena, razón por la cual dominaba nuestra lengua, a pesar de su fuerte acento y esa ligera cadencia con la que los sudamericanos suavizan la fonética del castellano.
Tenía una conversación muy fácil y, con bastante desparpajo por nuestra parte y mucho desenfado por la suya, tuvo que soportar que entre todos le sometiéramos a un completo interrogatorio. Se trataba de un catedrático de antropología ya jubilado que, hasta hacía poco tiempo, había impartido clases en una Universidad de San Francisco y continuaba desarrollando su interesante trabajo al pertenecer a varias agrupaciones de intelectuales dentro y fuera de su país, a la vez que colaboraba en revistas especializadas en las antiguas religiones del mundo.
Al parecer, viajaba con frecuencia a la India en donde tenía grandes amistades y para él constituía una fuente inagotable de conocimiento. En esta ocasión se encontraba en la ciudad de Bombay debido a que, como estudioso del tema, había sido solicitada su aportación en el examen de un documento hallado recientemente. Se trataba de una tablilla cuneiforme en la que se hablaba de Ecbatana: una de las ciudades más antiguas de la humanidad que por un tiempo fuera capital del imperio Medo y que después pertenecería al mundo de los persas.
La valiosa tablilla había aparecido en manos de un comerciante que desconocía su enorme valor histórico y, dado que formaba parte de su herencia familiar, conservada a través de las generaciones que le habían precedido, se pensó que debió llegar hasta la India con la venida de los antiguos parsis a cuya comunidad pertenecía el propietario.
Los comentarios que surgieron en torno a esas gentes dieron pie a una auténtica lección de historia que acabó, debido a la versatilidad del personaje, en una interesante conversación que nos situó ante la riqueza y la complejidad del mundo al que acabábamos de llegar, pues algunos de nosotros quisimos saber con más de detalle quiénes eran los parsis y el americano, con la claridad propia de quien está acostumbrado a enseñar, nos explicó que se trata de una comunidad muy arraigada en el país al que llegaron hace siglos procedentes de Persia, lugar de donde proviene su nombre.
A medida que la conversación iba avanzando, se fue convirtiendo en un monólogo que, después de contrastar datos y acontecimientos históricos, por temor a las traiciones de mi memoria, trataré de reproducir, debido a lo interesante de la información que nos aportó aquel curioso personaje…
—Los parsis son muy respetados y conocidos en esta ciudad. En cierto modo, forman parte de su acervo cultural del que todo visitante se queda con una pequeña referencia. La causa es la curiosidad que despierta la práctica de cierta ceremonia religiosa que se lleva a cabo entre los árboles de un parque situado sobre las colinas Malabar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los barrios más elitistas de Bombay.

»Se trata de un primitivo rito que ha pervivido a lo largo de los siglos en torno a las míticas Torres del Silencio. Sobre ellas y a quince metros de altura, pervive una antigua manera de hacer desaparecer a los muertos: los cadáveres de hombres, mujeres y niños, tras ser envueltos en blancas telas de lino, son depositados sobre losas de piedra para ser expuestos a la voracidad de las aves de rapiña que sobrevuelan la frondosidad del parque. Los gigantescos buitres arrancan la carne dejándola en los huesos del esqueleto para que el sol los calcine y, tras ser pulverizados, son arrojados a los pozos habilitados en el fondo de las torres. Desde allí son impulsados por el agua corriente y arrastrados hasta el mar. La finalidad de esta extraña costumbre es hacer desaparecer los cuerpos que han acogido las almas en su tránsito por la vida sin manchar, con la impura materia en descomposición: el aire, el agua, la tierra o el fuego por su condición de sagrados para los fieles de una religión cuya deidad es Ahura Mazda: una antigua divinidad a quien ellos, a través de las enseñanzas de Zaratustra, le han dedicado una fidelidad asombrosa, pues sus ritos se han mantenido vivos a través de los siglos y especialmente en la India se ha hecho con gran pureza.
»Pero no es solo esta ceremonia y su fidelidad al pasado lo que despierta la curiosidad en torno a su Dios y en torno al personaje de Zaratustra, ya que, si quisieran ahondar un poco más allá en el conocimiento de su cultura y de su religión, se encontrarían con que es necesario descender muchos escalones en la historia del hombre para adentrarse en el extraño y desconocido mundo de la mano de los magos.

Torres del silencio -Irán-
Torres del silencio -Irán-

»Estas gentes eran los habitantes de la antigua región de Media, en el actual noroeste de Irán, que en el siglo V a. de C. y arrastrando consigo una enorme herencia cultural, que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, quedaron integrados en el imperio Aqueménida —conocido como Priemer Imperio Persa—, en donde llegaron a constituirse en su clase sacerdotal: fueron astrólogos, sanadores, conocedores del mundo de lo invisible y los poseedores de una gran sabiduría.
Fue en ese marco de antiguas y misteriosas tradiciones donde se ha encuadrado a Zaratustra, puesto que su religión ya era practicada en los tiempos de este Imperio.
—Pero… Zaratustra es más una leyenda que otra cosa, ¿no?
—Sí, tiene razón, pero solo en cuanto a su persona. Según dicen sus actuales seguidores, él nunca deseó ser objeto de culto y en torno a su identidad solo hay misterio y leyenda. Todo cuanto se ha podido decir o escribir son meras elucubraciones: pudo haber sido un persa que vivió en el siglo VII antes de nuestra era, otros sitúan su nacimiento en las actuales tierras de Azerbaiyán en fecha desconocida, pero también hay quienes afirman que llegó procedente del mítico país de los arios 1.500 o 2.000 años antes de Cristo, cuando, tras un drástico cambio climático en Aryanam Vaeja —así se llama en los antiguos escritos a ese enigmático país—, se sucedieron las grandes emigraciones de sus habitantes por las diversas regiones del mundo.
»Pero hay otras versiones que han intentado ser más precisas sobre quién pudo ser Zaratustra dándole un significado a su nombre. Quienes lo traducen como propietario de los camellos dorados han sugerido que debió tratarse de un mercader de ganado que, en sus largos viajes a través de las zonas desérticas, tuvo la oportunidad de propagar su doctrina; para otros, la traducción literal de su nombre es la de hombres de luz y consideran que se trataba de un título dado a una serie de maestros filósofos.
»Fuera cual fuera el origen remoto e incierto de este magnífico personaje, no hay nada más lejos de esa afirmación que lo considera una leyenda. Su huella es muy profunda y, de su paso por la tierra, ha quedado una obra escrita de una extensión considerable y una asombrosa profundidad espiritual: el Avesta. Este fue el primer libro que, desde la Antigüedad, ha llegado hasta nosotros y que contiene todas las fórmulas de una religión. Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del hombre, empeñado siempre en la violencia, gran parte del contenido del Avesta se perdió o se destruyó cuando Alejandro Magno conquistó las tierras del Imperio persa arrebatándoselo al rey Darío II, tras vencerle en la mítica batalla de Gaugamela. A pesar de todo, en los tiempos en que Alejandro dominó aquellas tierras y, posteriormente, en el de sus sucesores, quienes continuarían establecidos allí durante siglos, la práctica religiosa que representaba el zoroastrismo se mantuvo viva entre los persas a través de las tradiciones orales trasmitidas por su clase sacerdotal y que nos lleva a encontrarnos de nuevo con los magos. Ellos fueron quienes mantuvieron vivo el fuego de sus creencias a través del tiempo.
»Y se sabe que, en aquella época, que supuso el albor de nuestra cultura, la sabiduría que encerraba el mundo de los persas fue una obsesión para los griegos y después lo sería para los romanos. La inquietud por su conocimiento está presente entre los grandes sabios que debieron, sin duda, verse influenciados por ellos. Sus sacerdotes fueron ensalzados abiertamente, entre otros muchos, por Aristóteles, que habla de los magos en su primer libro de la filosofía y los situaba por encima de los Siete Sabios de la Antigüedad de los que, dice, les separan cinco mil años, por considerarlos la primera secta de la sabiduría. Otras veces fueron denostados: hubo autores romanos como Plinio o Plutarco que los describieron como los miembros de la casta religiosa de entre los persas y los llamaron «maldito»; tal vez por ser enemigos de Roma o por ser capaces de realizar actos en contra de las leyes de la naturaleza, por medio de ciertas prácticas o con la intervención de los espíritus.
»Y es por estas influencias y otras de índole más oscura y siniestra, que guardan estrecha relación con las antiguas maneras de concebir la religión, por las que la asimilación de Oriente por Occidente los convierte en hacedores de prodigios que escapan a la comprensión del hombre corriente y transforma sus actos en la «magia» o el «arte de lo imposible».
»Pero también, el misterio indescifrable de su naturaleza ha permanecido en la cultura occidental por otros muy distintos caminos que los sitúan en el mundo de lo mítico y sobrenatural: como hombres sabios, conocedores de los secretos de la astronomía e investidos del arte de la premonición, el Evangelio de San Mateo atrae hasta Belén a los magos de oriente para adorar a Jesús y entregarle sus ofrendas, acogiendo entre los seres extraordinarios llegados a la tierra al nuevo rey de Judea. Mientras tanto, fueron transcurriendo los siglos, el Imperio romano comenzó a tambalearse y en las tierras de Persia se sucedió una nueva era de renacimiento cultural con el advenimiento del Imperio sasánida situándonos ya en el siglo III de nuestra era. En tiempos de este —conocido como Segundo Imperio persa—, se intentó la recuperación de la identidad perdida y se ordenó la recopilación del antiguo Avesta, cuyos versos se mantuvieron vivos a través de la tradición oral practicada por los magos, que quedaron recogidos en los cánticos llamados Gathas. De nuevo, y tras un paréntesis de 600 años, la religión de Zaratustra fue instituida como la religión oficial del imperio. Mientras esto ocurría en aquellas latitudes, Europa se encerraba en sí misma, dando paso a los siglos más oscuros de su historia.
»Los sasánidas gobernaron Irán hasta la invasión musulmana que tuvo lugar entre los años 637 y 651 de la era cristiana. Nuevamente, la vieja cultura era arrollada por la fuerza. Consuela saber que los nuevos conquistadores fueron capaces de asimilar, en una sabia mezcla, la riqueza que subyacía en aquellas tierras y que contenía los vestigios de la simbiosis entre las antiguas culturas persa y helénica, dando paso a la prodigiosa cultura islámica.
»Y fue esta invasión musulmana de Persia la que provocó la huida de algunos seguidores de Zaratustra a través del océano Índico hacia el subcontinente indio.
»Todo lo que conocemos de ellos a partir de ahí es lo que nos cuentan los propios parsis en su historia de Sanjan escrita para explicar sus orígenes en la India, según la cual, en el siglo VII después de Cristo, una pequeña comunidad de seguidores de Zaratustra embarcó en el golfo Pérsico, probablemente, en busca de la libertad de conciencia, llegando a la isla de Diu en la región india de Gujarat.
»Las vicisitudes de la vida de estas gentes en ese país fueron muchas: atravesaron etapas oscuras y de pobreza, etapas de una cierta integración y otras de rechazo. Fieles a sus creencias y a sus tradiciones, sus gentes acabaron envueltas en un halo de misterio: eran conocidos como los adoradores del fuego.
»El trascurso del tiempo trajo a la India a las misiones cristianas europeas, que llegaban como consecuencia de la búsqueda de nuevas rutas marítimas y fueron adquiriendo fuerza en estas tierras, hasta el punto de intentar la conversión de los parsis, quienes tuvieron que hacer pública su doctrina para ser respetados. Con ello se desvanecieron las enigmáticas sombras sobre su culto al fuego: ellos siempre tuvieron en ese elemento el símbolo que representa las cualidades de su único Dios que para ellos es la luz y la verdad. Es en el fuego donde encuentran las virtudes que más se aproximan a su idea de la divinidad: es poderoso, brillante e inmaterial.
»Fue con la llegada de los británicos a las costas del mar de Arabia, cuando los parsis empezaron a prosperar. Se ofrecieron para ocupar los puestos de trabajo que se creaban en los asentamientos de los nuevos comerciantes y a través de su influencia se fueron situando socialmente. Hoy en día forman una de las comunidades más influyentes dentro de la India.
»Y esto es, a grandes rasgos, lo que puedo contarles sobre la procedencia de los parsis y la razón por la que arribaron a este país, a quien se le debe todo nuestro agradecimiento por haber permitido que este pequeño vestigio de una ancestral religiosidad, que en cualquier otro lugar hubiese desaparecido por la voracidad de culturas más depredadoras, haya pervivido como una valiosa joya del pasado y sea una realidad viva en el mapa de las religiones, permitiéndonos encontrar el rastro de nuestros propios pasos.
—La verdad, es sorprendente encontrarse a Zaratustra entre las gentes de hoy día como algo que está vivo. Muchos de nosotros lo creíamos un resto fosilizado en la historia del hombre. Parece que habrá que interesarse un poco más por el viejo Zaratustra.
El hombre sonrió.
—Sí, tal vez se abrirían nuevos e interesantes debates pues, están ustedes ante la persona a quien muchos consideran el primer revolucionario de la historia: el gran reformador.
—El gran reformador, ¿por qué?
—Bueno, lo cierto es que, en torno a estas cuestiones, no se pueden hacer afirmaciones tajantes, pero Zaratustra podría haber representado el paso del politeísmo al monoteísmo para un gran sector de la humanidad. Si eso fuera cierto, fue él quien marcó para siempre la cultura de Occidente, aunque la vieja Europa, durante muchos siglos, haya estado ajena a ello pues, y hemos de volver de nuevo a los parsis y a la suerte de su discreta pervivencia en la India, fueron ellos quienes hicieron posible que en el siglo XVIII un explorador francés, Anquetil Duperron, un hombre que, sin duda, debió estar impregnado de la curiosidad de las gentes de su época, en la ciudad de Surat, tuvo conocimiento de este clan religioso y consiguió hacerse con un manuscrito del Avesta para sacarlo de la India.
»El hecho tuvo lugar en el año 1762, en pleno Siglo de las Luces, que representó una época caracterizada por la inquietud en el conocimiento basado en la razón y que en tantas cosas cambiaría nuestra cultura. El hallazgo de este vestigio del pasado supuso un hito muy relevante. Fue a partir de ese momento, cuando ha sido posible el descubrimiento de todo un mundo en la esfera del pensamiento y de las antiguas filosofías con raíces tan profundas y tan desconocidas.
» Los estudios posteriores han permitido concluir que la evolución espiritual en los últimos milenios se puede seguir buscando en las huellas del dios del bien, que, con algunas variantes y dependiendo de las distintas latitudes, tienen un nombre en común: Mazda. Y es que, en sentido inverso al tiempo transcurrido, las religiones monoteístas, judía, cristiana, y musulmana obtuvieron el germen de gran parte de su filosofía en el zoroastrismo, este en el mazdeísmo, que apoyaba sus creencias en la lucha permanente entre el bien y el mal gobernando el universo y que entronca, a su vez, con la tradición hindú védica: la más antigua que se conoce en torno al conocimiento del mundo, que tiene entre sus divinidades a Asura Mazda presidiendo la pléyade de sus dioses del bien. Y fíjense en la liguera variación del nombre.
»Las ideas de Zaratustra cambiaron el concepto sobre la divinidad. Su reforma consistía en confirmar a Ahura Mazda como el único Dios. Él era el principio y el fin, el gran hacedor de la ley eterna que todo lo gobierna. Y en la relación del hombre con la divinidad, el elemento central del zoroastrismo es el énfasis en la elección moral del ser humano, a quien considera libre para elegir su propio destino y que, según su comportamiento, será premiado o castigado al morir y atravesar el puente que habrá de conducirle a la otra vida en donde será juzgado por sus actos.
»A través de los cantos litúrgicos del Avesta, se insinuaban los conceptos abstractos de cielo, infierno, juicio personal y juicio final que son el eje de las grandes religiones monoteístas. Los judíos, los cristianos y los musulmanes extrajeron de la doctrina de Zaratustra su dual concepción del bien y del mal y se formularon en torno a la existencia de un solo Dios, que pospone a un momento futuro y perdido en la magnitud del tiempo infinito, el triunfo definitivo del bien.
—Dios mío, con todo esto, ¿está usted diciendo que podría haber habido un único germen para todas las grandes religiones?
—Tal vez sí, pero esa idea es considerada por muchos como fantástica, pues llevaría a hacer pensar en la existencia de un pequeño grupo de seres humanos, en torno a un conocimiento muy elevado y una propagación posterior de ese conocimiento, que tendría una sola fuente y que nos lleva, inexorablemente, al tan traído y llevado mundo de los arios.
»Por fortuna, en el estudio de estas gentes, que nunca ha dejado de ser un reto para el hombre moderno, el tiempo va transcurriendo a nuestro favor. El desarrollo de los estudios antropológicos y arqueológicos han sacado a la luz las evidencias históricas sobre su existencia, que son muchas. Hoy se sabe que su mundo se desenvolvió en la franja geográfica de los países que se encuadran en las regiones del sur del Cáucaso y en Irán, Afganistán, Irak, Pakistán y norte de la India, lugares a los que podrían haber llegado desde un punto concreto y común, que nos es completamente desconocido, pero también su cultura podría haber surgido allí, en las tierras de cualquiera de esos actuales países, a partir de las que se extendieron hacia otros lugares en donde estuvieron sometidos a un profundo mestizaje y la supuesta raza privilegiada acabó por diluirse.
—Pero todo esto, ¿está probado?
—Sí, hay pruebas suficientes para afirmar su existencia. En los vestigios hallados en las antiguas culturas de esta amplia zona geográfica que les he mencionado, la palabr «arya», con las distintas formas lingüísticas usadas en cada región, aparece en numerosas inscripciones haciendo alusión al carácter de reyes y príncipes y con el significado de «noble» o «espiritual», de pero que no evidencian la existencia de un grupo social concreto, a quienes se les pueda atribuir su venida de otros lugares. Algo que, paradójicamente, sí ocurre aquí en la India. Pues, según se deduce de sus antiguos escritos, son los arios, llegados de tierras desconocidas, quienes están situados en la cúspide de su pirámide de las castas. Es esto lo que ha llevado a afirmar que estas gentes, en su emigración a las regiones al norte del subcontinente indio, fueron quienes trajeron consigo los Vedas.
—Me temo que seamos algo profanos en estas materias, ¿qué son los Vedas?
—Son la fuente de las religiones en la India. Y en el mundo constituyen la más antigua tradición sobre el conocimiento, ya que incluye información sobre las materias más diversas: astronomía, música, arquitectura, matemáticas o una compleja cultura sobre la salud. Todos esos conocimientos, que se encierran en ese enorme y valioso legado, fueron trasmitidos oralmente durante milenios, hasta que se recopilaron en varios tratados que, además de tantas y tantas cuestiones prácticas, contienen una sorprendente sabiduría enfocada especialmente en el dominio profundo de la conciencia y la evolución hacia la iluminación como el estado más elevado del ser humano.
»Hay quienes dicen, para justificar tan exquisito y completo desarrollo del pensamiento, que en ciertas zonas aisladas geográficamente de las regiones del norte de la India, a donde estas gentes debieron llegar, pudo encontrarse el lugar ideal para mantener ese legado de sabiduría con el que habían llegado e incluso conseguir su desarrollo y perfeccionamiento.
Tal vez el tiempo vaya aportando nuevas pruebas. Lo cierto es que con ellos, con los arios, acabó una época que pudo ser de luz, tan luminosa que sería capaz de deslumbrar si no estamos preparados para asimilarlo.
—¿Puede llegar a ser tan grave descubrir quienes eran los arios y cómo era su mundo?
—Sólo tienen que pensar que la idea de la raza superior, en pleno siglo XX, fue capaz de desencadenar la maquinaria de guerra más potente y mortífera que la humanidad ha sufrido hasta el momento presente. Todo fue la triste consecuencia de un simple error: los investigadores lingüistas europeos del siglo XIX, inspirados por el descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas, llegaron a sacar deducciones equivocadas en torno a que los pueblos que poblaban Europa eran los descendientes de ese supuesto pueblo ario. La idea de la existencia de tal raza provenía de la identificación de las lenguas avéstica y sanscrita como las parientes antiguas de las lenguas habladas en Europa. Eso les llevó a interpretar que los hablantes de esas lenguas se originaron en un determinado lugar en donde radicaba el antiguo pueblo europeo y que tenía una procedencia concreta: Escandinavia y el norte de Alemania. Y al considerar que el hombre blanco, rubio y de ojos azules era descendiente directo de aquella primitiva y privilegiada raza, superior al resto de los mortales, provocaron una locura sin precedentes de la que sabemos sus consecuencias.
—Pero, ¿cuál fue exactamente la idea que provocó esa locura que condujo a intentar exterminar una raza?
—Todo se basó en la absurda creencia de que las civilizaciones arias decaían por haberse mezclado con otras razas y por ello había que destruir lo que no fuera ario y crear una civilización nueva y pura que, en su correcto desarrollo intelectual, sería capaz de llegar a las auténticas fuentes del conocimiento.
—¿Y usted cree que llegaremos a estar preparados para no deslumbrarnos de nuevo si se avanza en los descubrimientos?
—El hombre sigue su evolución. Se trata de un lento movimiento hacia delante, lleno de errores, de traspiés que nos obliga, como dice un viejo compañero de profesión, a estar siempre danzando el patético baile de los principiantes. Seguiremos cometiendo graves y grandes errores. Pero, sin duda, vamos llegando a estadios del conocimiento más elevados. Nuestras capacidades son infinitas en muchos sentidos y en facetas que ni siquiera sospechamos. Lo que hoy es progreso y conocimiento, en solo unas décadas, puede parecer primario y esto ha de contemplarse a todos los niveles de nuestro desarrollo.
—Es esperanzador oírle hablar así.
—¿Por qué no? Para mantener la esperanza, solo hay que interpretar las señales. Sin ir más lejos, piensen un momento en la estructura social del mundo en la actualidad, algo que, debido al empuje de la tecnología y la ciencia, está cambiando a marchas forzadas: estamos inmersos, nos guste o no, en la globalización. Para nosotros, actualmente, es impensable prescindir de un determinado orden en el mundo y en el que siempre será el más poderoso quien prevalezca sobre los demás. Para esa prevalencia en la cúspide de la jerarquía, el arma utilizada es la violencia ejercida de una u otra manera. Pero, cuanto más civilizada es una sociedad, amparada o no en la existencia de un ser superior que vigila y conduce, más tiene conciencia de que la violencia engendra violencia y nos lleva a la destrucción. Egoístamente, desterrarla es un objetivo que nos fuerza en la búsqueda de nuevas fórmulas de convivencia para llegar, incluso, a prescindir de ese orden que hoy es lógico pero que puede convertirse, con el paso de los siglos, en un reparto de funciones, a tenor de los condicionamientos de cada país o de cada zona geográfica. Puede parecer una utopía, pero…, si lo piensan, no es una locura y no estamos tan lejos de ello. Es solo cuestión de tiempo.
—Para eso que usted dice, se requeriría un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Habría que romper muchas barreras de desigualdad, buscar equilibrios que parecen imposibles.
—Sin duda, pero ¿no creen que realmente haya una búsqueda de cómo hacer ese cambio? Si hoy observan a su alrededor sobre cuál es la aspiración del hombre civilizado, encontraran que, a pesar de las guerras, a pesar de las diferencias entre culturas, de esos grandes desequilibrios, las sociedades más evolucionadas van paulatinamente institucionalizando la aspiración a la paz y a la igualdad de los seres humanos, creando una conciencia común. Puede que estemos asistiendo al nacimiento de una patria que ha de ser la patria de todos: la Tierra. Con las mismas aspiraciones, forzados, si quieren verlo así, por nuestra propia pervivencia física en un universo inmenso que puede, ¿por qué no?, estar lleno de muchas otras vidas.
—Y… ¿cómo y dónde buscar ese cambio de conciencia tan radical? ¿En esos supuestos planetas de vida más avanzada que la nuestra?
—¿Por qué no? Pero no hace falta irse tan lejos y hacer viajes interplanetarios, dejemos eso para el cine. Nuestras respuestas solo se pueden encontrar en nuestro propio mundo. Aún quedan muchos caminos por explorar aquí, entre nosotros, simples habitantes de la Tierra. De estos nuevos tiempos ha de surgir una nueva filosofía, consecuencia del choque entre las corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en las distintas partes del mundo, hasta hace muy poco, sin contacto u obstinadamente enrocadas en sus ideologías y que ahora están obligados a buscar puntos de encuentro.
—Eso será una complicada tarea. Pues, ¡no ha dicho usted nada: encontrar puntos de encuentro! Más bien parece que lo que acabará triunfando es la versión pesimista de todo esto.
—No se debe mirar así el futuro. Desde que el hombre es hombre, llevado por el miedo, se ha hablado de cataclismos, de apocalipsis, de masivos exterminios, pero seguimos estando aquí y, paradójicamente, cada vez somos más y también sabemos más. Hay que seguir ahondando en lo que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar en las diversas facetas del complejo ser humano para encontrar nuevos caminos. El hombre tiene que ser algo más que un mero comerciante que navegue por los mares a la búsqueda de su máximo beneficio y del más egoísta bienestar.
»Por fortuna, todavía existen países como este que ustedes visitan ahora, tolerantes y respetuosos con todo lo desconocido, que permiten indagar en el tiempo inmemorial y en un mundo de ideas que, a los ojos de los que nos llamamos más civilizados, pueden parecer absurdas. No se dejen engañar, acaban de llegar a un país hacia donde, en la actualidad, son muchos los que vuelven la mirada para encontrar respuestas que solo el misticismo y la espiritualidad que el alma humana es capaz de desarrollar puede ayudar a encontrar. En su mundo y a su manera, en la India llevan miles de años buscando en el misterio inagotable que está implícito en la vid y a través de sus religiones predican métodos que, para nuestra cultura y hasta hace muy poco tiempo, estaban cerca del ridículo: la no violencia, la tolerancia y la auto disciplina; valores que se han convertido en la piedra angular de la ética india, de la que muchos de nosotros deberíamos aprender. Ellos conservan la ingenuidad y la capacidad de sorpresa que los occidentales hemos perdido y que, tal vez, desearíamos recuperar para abandonar la sensación de permanente insatisfacción en la que vive occidente. El hombre consultó su reloj y miró a través de los cristales que separaban el patio de los salones del hotel.
—Y ahora, siento dejarles. Tendrán que perdonarme, pero allí llega mi colega. Han cometido ustedes el error de dejarme hablar y ya ven….
Se levantó con parsimonia, sonrió y nos deseó una feliz estancia.
Lo vimos abandonar el patio y unirse a otro hombre que lo esperaba tras los cristales con los brazos extendidos. Durante unos momentos, seguimos absortos observando a aquel curioso personaje tan vivo y permanecimos en silencio como si, con su ausencia, se hubiera terminado toda posibilidad de conversar, hasta que alguien, con un comentario jocoso, nos sacó del recogimiento:
—¡Dios mío!, ¿a alguno de ustedes se le ocurrió pensar en algún momento que el viaje a la India sería un viaje a la frivolidad?
La carcajada general nos despejó definitivamente y nos levantamos para unirnos a nuestro grupo y sumergirnos en las calles de aquella sorprendente ciudad que, sobre los frágiles pilares de arena que la sostienen, representa el camino hacia la prosperidad de un país que se abre al mundo ofreciendo nuevas esperanzas, pues conserva muchos de los grandes secretos que aún nos quedan por descubrir.

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Viaje por Asia

Aterrizo en el aeropuerto Katunayake, en Sri Lanka. Son las seis de la mañana. A pesar de tan temprana hora, el movimiento es intenso y se incrementa fuera del edificio. Cuando salgo a la calle hay grupos de niños, y menos niños, que me avasallan pretendiendo llevarme la maleta…, en un primer momento me asusto, desconozco su pretensión, aunque con cierta desconfianza, accedo y un pequeño esrilanqués, de unos 12 años, se hace cargo de mi maleta. Subo a un taxi que ha de llevarme a Colombo, 35 kilómetros de recorrido.
La carretera que nos dirige a la capital es un auténtico hervidero. Con asombro veo un gentío caminando a ambos lados, algunos transeúntes van descalzos. El colorido es llamativo. Los edificios están destartalados, en uno de ellos, de paredes blancas desconchadas, de forma cuadrada, de dos plantas de altura, con los cristales de las ventanas rotos, reza: «MATERNIDAD». Me sobrecoge la idea de que las mujeres puedan estar pariendo en tales condiciones, pero todo es llamativo, hay hombres ancianos en cuclillas sobre un mojón en el que permanecerán todo el día. El trasiego de seres humanos y animales es incesante.
Llego al hotel de cinco estrellas; reverencias, sonrisas, agasajos, pero no hay tiempo que perder, he de visitar la ciudad de Colombo para, seguidamente, salir de excursión hacia uno de los múltiples jardines de Sri Lanka. Subo al autobús que desde el hotel nos desplazará a los diferentes atractivos lugares de la trepidante isla, situada en el Golfo de Bengala.
El chófer, un cingalés de apariencia tosca, conduce hábilmente por carreteras tortuosas. A mitad del camino hacemos una parada, me ofrecen subir en una cesta a lomos de un elefante. Se abren las puertas del autobús y, de repente, un aluvión de niños aparecen pidiendo bolígrafos y otros chismes de los que carecen. Intentan subir, pero el chófer acciona el cierre de las puertas, atrapando brazos, piernas y cabezas. Atónita, grito: «Please!» El cingalés abre las puertas y todos esos niños, sin rechistar, se liberan y abandonan con total sumisión. ¿Es posible? El hábil conductor tampoco se inmuta. Los mendigos siguen pidiendo a través de los cristales de las ventanas del vehículo mientras les contemplo con angustia y desolación. Así que me olvido de la experiencia de montar en elefante y reanudamos la marcha.
Los contrastes de esta isla son enormes y paso de la aflicción a la admiración ante la exuberancia del paisaje, pero se hace difícil olvidar algunas dramáticas escenas.
Sin embargo, de regreso en el hotel, consigo borrar esas imágenes tan representativas de pobreza, suciedad, sumisión y tristeza, al percibir otro impacto, en este caso placentero, al contemplar las apetitosas viandas, tan artísticamente presentadas, que en un gran comedor son servidas por numerosos y atractivos morenos camareros, con uniformes limpios y bien planchados.
Así que me voy a la cama con la virulenta impresión de vivir un mundo diferente, impactante, multicolor y sensitivo. ¡Una jornada auténticamente inolvidable!

No menos impactante se presenta Katmandú, espectaculares edificios, templos de madera decorados con toda clase de figuras y pinturas. Con diferentes alturas en retranqueo, los katmanduanos reposan en sus aleros, sentados, tumbados, fumando o simplemente contemplando a paseantes, trabajadores, turistas, madres con sus hijos a la espalda. Mujeres de grandes ojos negros, con una fuerza especial. Sus coloridos saris dan alegría al ambiente sórdido de vacas esqueléticas, alrededor del mercado de frutas y verduras desplegado en el suelo. Al mismo tiempo hombres desnutridos cargan con sacos enormes transportando mercancías de todo tipo. Los niños semidesnudos y descalzos juegan a la pelota y acosan a los turistas al pedir unas monedas, caramelos o cualquier otro elemento; lo mismo da, ya que ellos carecen de todo. Sus ojos pintados te penetran tratando de mover tus sentimientos y conseguir tu concesión al mover tu conciencia.
La sensación de desconcierto, de incomprensión; cómo pueden vivir en semejante caos, animales, alimentos, tanto infantes como adultos. Unos en movimiento otros en pausa, contemplando el devenir de todo aqu
el murmullo de color, tanta variedad acumulada.
Se percibe la inmundicia por doquier, incluso sientes que te atrapa, se te adhiere a tus ropas
y a tu piel, deseas purificarte, desprenderte de toda esa suciedad, al tiempo que admiras las imágenes que llegan a tu retina tan poco habituales en tu cultura, esa mezcla de personajes, de colores vivos, brillantes, ojos profundos, hipnóticos. Tu cerebro se deja llevar de un lado al otro, sin poder asimilar tanto contraste.
S
í, un contraste descomunal cuando llegas a un hotel de lujo y esos hombres y mujeres que tienen unas vidas en condiciones tan precarias, con salarios irrisorios, sirven a esos turistas deseosos de descansar en esas camas confortables, disfrutar de una ducha caliente, usando esas toallas, albornoces, zapatillas, tan limpios, oliendo a suavizante, cuando ellos en sus casas o chozas no tienen ni agua corriente. Sin embargo, su dignidad es tal que con sus uniformes y turbantes parecen príncipes, sirviendo el apetitoso aperitivo, con tanta elegancia, en la relajante y depurada piscina, al turista complacido, a quien tan arduo le resultará volver a la realidad de ahí afuera, con toda su dureza, a pesar de lo bello que es todo.

Continuamos  admirando la belleza de la India, nos trasladamos a Jaipur, con su Palacio de los Vientos, edificio espectacular de ladrillo rosa, característico de la arquitectura de la ciudad.

Viaje por Asia
Archivo de CAA

No pueden faltar las compras de tejidos y de joyería de plata en las numerosas tiendas que se encuentran justo enfrente de tan emblemático edificio, con sus dependientes a la puerta buscando clientes y abordando a los turistas que pasan por delante.
Es difícil evadir a estos profesionales de la venta que chapurrean cualquier idioma, incluso conocen la idiosincrasia de los visitantes acoplando sus artes y estrategias a la cultura del país de donde proceden, así que allí estaba Panda, un guapo y simpático indio tirando la caña, intentando venderte sus bonitas joyas y, yendo más allá, coqueteando con la incauta clienta a la que no le disgusta, por lo que entablan conversación acordando verse a la caída del sol, cuando Panda cierra la tienda y queda libre para verse en el hotel con la extranjera.
La turista espera a Panda en el
recibidor del Gran Hotel pero a Panda no le permiten el acceso, a los parias les está prohibido entrar en los hoteles y lugares elegantes donde se encuentran los visitantes de la India. Sin embargo, autorizan sin dificultad su entrada atendiendo la solicitud de la turista y así acceden al bar a tomar una copa, entablando una amistad que duraría unos años a través de correspondencia en lengua inglesa, hasta que Panda le cuenta que piensa visitar Madrid, y es cuando la turista decide no contestar a la misiva con la noticia de la visita. Y aquí acaba este exótico romance asiático europeo. Sin olvidar que la imagen grabada en su mente sobre la visita a la exótica India quedará para siempre como la experiencia más exclusiva de toda su larga historia de viajera. Extraordinarios e inolvidables recuerdos.
CAA XII 2020

 

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La telaraña

Es la telaraña una obra de arte, aparentemente tan delicada y ligera, sin embargo, vuela y se desplaza atrapando y apresando todo lo que encuentra a su paso, persistiendo en su enredo.

Es la araña la artista que pacientemente va entrelazando sus hilos, con gran meticulosidad y paciencia, sin inmutarse, esperando a esa presa que se posará en su obra, tan atractiva y relajante, no necesita viajar buscando las habichuelas.

Ella solo tiene que esperar tejiendo, como Penélope, hora tras hora y aunque mañana le destruyeran su artístico trabajo, empezaría de nuevo y así una detrás de otra, día tras día, incansable y tozuda.

Así es como el ser humano se enreda en las telarañas de los conflictos personales.

Son Pancho y Rufo dos hermanos siempre juntos, pendiente uno del otro, incansables y persistentes, tejen su telaraña para atrapar al otro. De modo que tienen que estar alerta, no pueden descuidarse, siempre tramando alguna treta.

A Pancho le gusta la Naturaleza, corre junto al río visionando todo tipo de animales.

Rufo sueña, sueña con el colorido del bosque, recoge las florecillas salvajes y hace ramos, centros y decoraciones que regala a las vecinas y es recibido con toda alegría y le compensan con manjares apetitosos que luego comparte con su hermano Pancho, quien no tiene tiempo para otra cosa que escuchar los trinos de los pajarillos y contemplar los pececillos saltando en el río, donde espera que Rufo le lleve el maná que las vecinas han cocinado con todo el cariño en respuesta a los floridos ramos que Rufo colecciona y les ofrece.

Pero hubo un día en que Rufo no apareció en el río y Pancho se quedó dormido escuchando el sonido del agua circulando entre las piedras y los cantos lanzados al aire por las aves.

Llegó la noche, Pancho se despertó en medio de la oscuridad y corrió hasta su casa, esperando reunirse con Rufo, pero Rufo no estaba en casa.

Un temblor incontrolado batía su cuerpo, en cierta medida por el frío que le había penetrado hasta los huesos y la preocupación por no saber qué le podía haber ocurrido a su hermano Rufo.

Pancho empezó a dar vueltas, de un lado para otro, con los nervios a flor de piel. Bajó al río, subió a la cima y no había ni rastro de Rufo.

Desolado volvía a su casa para al día siguiente comenzar nuevamente la búsqueda, a la que se había unido todo el pueblo.

Tras tres días de su desaparición, encontraron a Rufo junto al árbol más viejo de la Comarca, atrapado en la telaraña de la araña blanca.

Archivo particular CAA

Todos participaron en el rescate de Rufo que se encontraba atolondrado y muy débil, tras tres días inmóvil y sin alimento que llevarse a la boca más que las gotas de agua de la lluvia que hizo su aparición esa misma mañana.

Hubo una explosión de alegría y todas las mujeres comenzaron a bailar una danza especial de recibimiento por haber encontrado a su florista sano y salvo.

Sin embargo Pacho se sintió triste ya que él pasó totalmente desapercibido y todos los elogios y afectos se centraban en Rufo.

– Qué te pasa hermano. ¿No te alegras de haberme encontrado?

– Por supuesto, estoy muy contento pero he estado muy triste sin saber dónde te encontrabas.

Toda la comitiva inició el camino de regreso a casa para celebrar la buena nueva de la aparición del hermano ausente.

Rufo les contó cómo había caído en la trampa de la araña blanca. Y es que le atrajo una preciosa mariquita que se posaba en la artística tela, sin percatarse de que la araña blanca se encontraba extendiendo su trampa, alargando su hilo hasta enredarse en la manga del jersey de Rufo, mientras que éste distraído con la mariquita que agitaba sus alas, sin poder desprenderse de la telaraña, hasta que se encontró enredado y atado al grueso tronco, sin poderse desprender.

Paciente esperaba que alguien pasara y pudiera rescatarle, pero no hubo suerte, así que trató de relajarse y aguantar, observando todo el paisaje maravilloso que tenía a su alrededor, olvidándose de su precaria situación.

Su mente trabajaba recordando todos aquellos momentos tan felices cuando sus padres vivían y ordeñaban las vacas y las cabras, para luego llevar la leche en las lecheras metálicas a repartir en la ciudad, mientras Pancho y Rufo iban montados a lomos de Platero, el burro tuerto.

Estaba en estos recuerdos cuando a su lado pasó un ratoncito que husmeó a su alrededor pero rápido salió corriendo cuando una liebre intentó cazarlo.

Durante las noches que pasó atrapado en la telaraña le visitaban un búho y una lechuza quienes conversaban incansablemente

con sus sonidos estridentes, así que le costaba dormirse y no lo hacía hasta la madrugada cuando amanecía y dejaban su rama nocturna y volaban a su hábitat diurno.

Las fantasías que evocaba Rufo le permitieron evadirse de su penosa situación y aguantar, hasta que de repente aquel día escuchó las voces de sus vecinas gritando:

Rufo, Rufo,

Nunca perdió la esperanza y se llenó de alegría al escuchar voces amigas y poder salir de aquella trampa.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

CAAXI2020

 

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Viento en popa

 

Viento en Popa
Tripulación del «Green Dragon»

Era doce de octubre del veinte veinte,
Día de la Hispanidad.
Cinco muchachas valientes
Una aventura pretenden a cabo llevar.
Ellas son supervivientes,
Supervivientes del gran mal
Que el cáncer puede ocasionar.
El «Green Dragon» las espera
Nada menos que en la ría,
En la ría de Bilbao
Allá van ellas bien equipadas
Para el «Reto Pelayo Vida» surcar
La primada covid-vasca
Bajo el Puente Colgante espera
La llegada del velero que con ellas
Al bravo mar Cantábrico va.
Agitando sus brazos
Con voces de tenor y de tiples
El nombre de Nuria se oye entonar,
¡Qué emoción!
Banderas y toallas a color
De los balcones de Satistegui se ven izar
Para también saludar a esa vela negra
Que zarpa para su aventura iniciar.
Ese bravío mar, los dientes les hará rechinar.
Frío, lluvia, marejada sin par,
Olas de ocho metros, la proa les hace elevar,
Quién dijo miedo, aquí habrá que bregar.
Todo el equipo a una logra al Atlántico llegar.
Baiona les espera para una avería reparar.
Después de la tempestad viene la calma,
Eso no puede fallar,
Pero las orcas hacen su aparición
Y el peligro de cerca vuelven a percibir.
De pronto un maravilloso arco iris
La naturaleza les hace admirar
¡Adelante chicas! Que esto lo vamos a lograr.
La primera escala a los cinco días,
En Cádiz consiguen atracar.
Un cielo azul les recibe
Con el color y la alegría
Que Andalucía sabe brindar.
¡Oh, Cielos!
Mitad del sueño hecho realidad
Optimists, Grumetes, Snaips, Vorians
En regata con ellos el «Dragón» a concursar va
Allí también el buque insignia
Juan Sebastián Elcano les recibirá.
De nuevo la proa enfila a la mar y
El estrecho de Gibraltar debe atravesar
No sin dificultad para el Mediterráneo penetrar.
En el puerto de Cartagena
A la expedición reciben las sirenas
Las sirenas que los barcos de la Armada hacen sonar
Haciendo los honores que la hazaña merece
Con la consiguiente emoción de la Cartaginense
Que en el Volvo 70 entre la tripulación se encuentra.
Es Valencia el próximo puerto donde atracar
Así que no podía faltar
El suegro de Nuria, en la bahía esperando está
Orgulloso de la aventura que la nuera valiente
A término llevará en su próxima y última etapa
Que en el puerto de Barcelona concluirá.
Allí la familia catalana sus vítores y aplausos les regalarán,
Y aquí señores acaba la historia tras la que están nuestras protagonistas
Pletóricas y agradecidas de vivir esta oportunidad.
CAA. IX 2020

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Los años de las perlas

 

los años de las perlas
LHM

Después de unos años y hace muy pocos días, he vuelto a recuperar mis antiguos pendientes de oro con dos pequeños brillantes. No me atrevía, no sé por qué, pero descansaban olvidados en el fondo de la cestita que contiene los cuatro adornos que salpico sobre mis prendas de vestir a diario y, la verdad, aquella mañana, al verlos abandonados, pensé que se acabarían perdiendo por mi descuido al no protegerlos y guardarlos en algún lugar seguro. Al fin, sin darle muchas vueltas, me los puse.

En los últimos años, los había sustituido por unas llamativas perlitas redondas y blancas que parecían enmarcar mejor mi cara, hacerme más visible. Tonterías, ¿verdad? Pero las mujeres somos así. Lo cierto es que había noches que las dichosas perlitas me molestaban; daba vueltas sobre el almohadón y tenía que quitármelas para dormir a mis anchas. Con los brillantintos, eso nunca me pasaba, y en esos momentos me acordaba de ellos y los echaba de menos.

Hoy, que tengo que escribir sobre algo cotidiano que me acompaña, algo sin importancia y sin embargo esencial, he pensado en ellos. Y es que he tenido pendientes de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños y de todos los precios, pero cuando aquellos brillantitos llegaron a mi vida, los coloqué y me olvidé de cualquier otro adorno. Eran lo mío, eran mi pareja de compañeros, firmes, discretos pero valiosos, identificándome como mujer, algo que me gusta mucho a pesar de mi pelo corto y mis eternos pantalones.

Vinieron de la mano de mi hijo, era muy pequeño todavía, y su sonrisa y mi sonrisa todavía las recuerdo. Eran años felices, tranquilos. La música, el sonido del viento y del mar, las voces amigas, las voces que entretienen, los buenos saludos, el ruido de las tormentas, los gritos de júbilo, las palabras cálidas y hasta el ruido del silencio se difuminaban en la calma de mi vida de aquellos tiempos y yo, sin saberlo, compartía con los pendientes pegados al oído cada uno de mis días.

Ha llovido mucho desde entonces y en los años de las perlas me he sentido muy sola, distante de todo cuanto ha sido mi vida, esa clase de vida a la que le entregas todo, sin vuelta atrás, porque la verdad nunca tiene retorno.

Por arte de magia, al recuperar los pendientes, parece que ha vuelto mi aplomo y hasta mi fe, y he vuelto a descolgar el teléfono cada día y vuelvo a oír la voz de mi hijo, ese que era tan pequeño cuando de sus manos salió la cajita de los pendientes, una voz que durante un tiempo me resultaba extraña, por esas cosas que pasan en la vida y que no entiendes. Algo ha cambiado, pero os aseguro que no hay mejor sonido que la voz de tu hijo diciéndote que te quiere.

Me pregunto si han sido esas pequeñas figuras redondas, arrancadas del interior de la tierra con el fulgor de una luz inagotable y pura, las que han hecho que todo cambie, porque no aceptan que nadie las suplante. Pertenecen a mi vida, porque lo saben todo a fuerza de acompañarme con su eterna discreción recordándome quién soy. Ellos saben el porqué y el dónde, con quién, para qué, y cómo lograr mezclarlo todo en un cóctel de serenidad y calma para afrontar a diario el misterio inagotable de la vida. No lo sé, puede que esté equivocada, pero sí sé que ellos reconocen cuál es el gesto de mi mejor sonrisa porque hace que se estremezcan en los laterales de mi cara o… ¿será tal vez que solo están hechos para cuando te ronda lo bueno y lo valioso?

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Una noche de teatro

La obra de teatro había sido muy divertida. En el ascensor Alfredo y yo  seguíamos riéndonos de las ocurrencias de aquel calvo protagonista que había conseguido que el público se desternillara de risa en sus asientos.

una noche de teatro
 Freepik

Durante un instante, nos miramos delante del espejo y, como si acabáramos de reconocer quienes éramos, nos abrazamos. Desde que nos habíamos cambiado a aquel piso, que tan caro nos estaba costando, nuestras muchas  obligaciones nos habían hecho sentirnos alejados. Cada mañana, siempre con prisas, cuando él o yo salíamos de casa nos mirábamos de reojo como queriendo evitar la pregunta: ¿Qué nos está pasando?

Al volver por la noche, ambos estábamos demasiado cansados incluso para hacernos la mínima pregunta que nos impidiera cenar sin pensar en nada e irnos a la cama sencillamente a descansar.

En aquel momento la risa nos unió como en nuestros mejores tiempos y las nubes se disiparon, no hicieron falta palabras. Salimos del ascensor cogidos de la mano y caminamos por el pasillo que conducía hasta nuestro piso. El sacó la llave y abrió. Caballerosamente, dejó que yo pasara primero. Al entrar, algo raro me hizo pararme en seco y volver la cabeza para interrogarle con la mirada: la luz de la cocina estaba encendida, el brillo y el sonido del televisor salían desde el salón.

—¿Te lo has dejado todo encendido? —Me encontré con su pregunta.

Me encogí de hombros. Durante un segundo recordé que, en los últimos momentos antes de marchar, los retoques de mi pintura, el pañuelo del cuello, el reloj dorado a juego con los pendientes y el bolso de terciopelo de las mejores fiestas me habían hecho ir corriendo de un lado a otro, mientras él esperaba impaciente en la puerta del ascensor, pidiéndome que me diese prisa porque el taxi esperaba desde hacía rato. Pero recordaba perfectamente haber vuelto la cabeza en el último instante y todo estaba a oscuras. La noche ya era cerrada y ningún claroscuro me hubiese podido equivocar y, por supuesto, no hubiese pasado por alto la televisión encendida. Le miré segura de lo que decía:

—No puede ser, se quedó todo apagado. Estoy segura.

Hubo unos segundos de perplejidad y volvimos a mirarnos. Enseguida, ambos, sin ponernos de acuerdo, levantamos los talones y caminamos sigilosamente. Primero, con mucha cautela, asomamos la cabeza a través de la puerta de la cocina, estaba visiblemente desordenada pero vacía. 

Alfredo me dijo al oído:

—¿Dónde hay un palo, una barra…, algo?

Mi mirada se deslizó inquieta por las paredes. Lo único que se me ocurrió fueron las  barras de las cortinas pero, evidentemente, no nos iban a sacar del apuro en esos momentos.

—Lo siento, pero tú me regalaste el robot… —contesté con desolación.

—¿Es que en esta casa no hay ni una escoba para poder defendernos? ¡Por Dios!

Continuamos juntos hacia la sala. Sobre el mueble de la entrada, una figura de porcelana china descansaba invitando a dejar las llaves. Alfredo la atrapó como si hubiera cogido el revólver de Humphrey Bogart. Mientras, el sonido del televisor, lanzando mensajes publicitarios, parecía una cruel advertencia  del drama que se avecinaba.

Nos plantamos en la puerta del salón. De espaldas a nuestras miradas, sentados en el sofá, dos cabezas canosas, fijas en la pantalla frente a ellos, permanecían inmóviles asomando sobre la raya horizontal marcada por el sobrio armazón tapizado con tela de color beis. 

La voz de Alfredo, irreconocible, me sobresaltó.

—Pero ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? 

Sentí cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo.

El silencio fue absoluto. 

Me miró y blandiendo la figurita de porcelana china, me ordenó:

–¡Llama a la policía!

Con ganas de gritar, de salir corriendo, de llorar… dirigí la vista hacia el minúsculo bolso de terciopelo que aún sostenía en mi mano. Deliberadamente, había dejado el móvil antes de marchar. ¡No cabía en mi bolso de fiesta! 

Me sentía ridícula, inútil. En ese momento, al otro lado del salón, vi el teléfono fijo. En un alarde de audacia, di grandes zancadas y me abalancé sobre el aparato, en el que vi un arma defensiva que arrojar si me atacaban.

En ese momento, los dos hombres canosos, con aspecto desaliñado, después de dirigirnos una mirada displicente, se levantaron con desgana como si los hubiésemos interrumpido en una tarea ineludible. Arrastrando los pies y empujándose el uno al otro abandonaron el sofá y caminaron hacia la puerta.

—Ya te decía que a mí esto no me sonaba —dijo el más viejo—. El sofá del otro día tenía flores…. ahora nos tenemos que ir sin acabar de verlo y el tío iba ganando.

—¡Calla y tira palante! —le increpó su acompañante.

Con el auricular en las manos, yo miraba la cuadrícula de los números, mientras mi dedo correteaba sobre ellos sin conseguir recordar el maldito número de la policía.

—Dios mío, ¿a qué número tengo que llamar? —casi grité.

—¡Al 091! ¡Vamos, llama de una vez!

Alfredo, con su arma en la mano, se había dirigido a la puerta que comunicaba el salón con el recibidor dispuesto a interrumpir la marcha de los intrusos.

—¡Vamos, vamos, muchacho, déjanos pasar que todavía tenemos tiempo de llegar al bar de Felipe para ver el final del partido!

Alfredo se interpuso con un gesto enérgico, cuadrándose en el umbral de la puerta.

—¡Ustedes no salen de aquí hasta que llegue la policía!

Los viejos habían llegado frente a él. El más joven se estiró sacando pecho, era alto, corpulento. Sonrió con un gesto de ferocidad y, levantando el dedo índice sobre la nariz de Alfredo, le increpó:

—Mira muchacho, si no me dejas salir, te pego una hostia que te rompo los dientes y luego sigo por las partes de abajo, o es que te crees que me vas a asustar con ese angelito de color violeta que te regaló tu tía el día de la comunión. Te aseguro que nos hemos equivocado de piso, pero no pasa nada, hombre. Nos vamos y listo, mañana será otro día.

Alfredo se recogió sobre sí mismo con cara de imbécil y los dos viejos salieron cerrando la puerta con cuidado.

En ese momento, al otro lado del teléfono una voz de hielo me preguntaba la razón de mi llamada. Casi balbuceando, le expliqué la perplejidad de nuestra situación y la voz siguió interpelando.

—Dígame su dirección, por favor.

Lo hice.

—Ah, ¡vaya por Dios! ¿Son ustedes nuevos en el barrio? Bueno, pues pónganse una alarma, porque son Anselmo y Rufino, dos vagabundos espabilados. Son inofensivos pero insistentes, los llamamos «los del cuarto de estar». Cada vez que hay un evento deportivo al otro lado del mundo se cuelan en la primera casa que encuentran vacía y desprotegida. ¿Ya se han ido? Bien, pues esperen tranquilos que vamos para allá. Haremos el atestado y la denuncia.

Colgué el teléfono. Estaba tiesa, helada, me sentía… no sé como me sentía, la mujer más tonta del mundo. Busque a Alfredo, estaba en el suelo, se había desplomado sobre el parqué y se apretaba contra la puerta de salida. 

Me pareció que estaba ridículo, era como un

una noche de teatro
Archivo de LHM

autómata sin pilas. Me acerqué despacio hasta donde estaba, algo había que hacer, sin duda. Nos miramos con cara de imbéciles, la figurita china cayó de las manos de Alberto rompiéndose a mis pies y ya no pudimos parar de reír.

Una noche de teatro

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Ser madre -relato poético-

Cómo me duele el alma.

Cómo pierdo la vida
Sintiendo tú pena, tu desolación.

Fuiste todo para mí.

Cómo sentía tu incipiente corazón en mi vientre.
Cómo mi vagina se abría y tanto dolor me complacía
Porque sabía que tú venías a mi mundo incierto.
Con mis brazos te cubrí

Ser madre
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Y ya nada más que tu cuerpo vi
Tú amoroso y blando cuerpo
Todo completo lo recorrí.

Hasta comprobar cada palmo
Mientras rompías a llorar.
No lo podía creer.
Luego empezaste a crecer
Y noche y día no vivía queriendo ocupar tu vida
Y tu vida complacía con aquello que debía
Aunque tú no lo querías
Por la mañana despertaba y tu imagen aparecía
Mi único deseo consistía en ofrecerte todo aquello que te convenía.
Tu tristeza me entristecía
Tus anhelos y alegrías compartía
Y siempre atenta, expectante cómo amanecerías.
Cómo regresarías de tus pasos inciertos aunque siempre decididos
La vida me dolía si un solo día de ti no sabía.
Creciste, creciste sano y sabio.
Tu vida ibas perfilando y yo participando
Y llegó el día, el día de tu boda en mí no cabía
Porque no sabía que ese día tu sentencia se escribía.
Un hijo sí, tenías
Y el día fatídico llegó cuando tu cuerpo abandonabas
Y contigo yo moría
Pero un descendiente con tanta fuerza me reclama
Que la vida vuelve a darme sangre de tu sangre
Y vuelvo a empezar noche y día
Percibiendo tanto lamento como alegría
Del nuevo ser que engendraste
Mi adorable nieto Matías.

Aspasia de Mileto

El oscuro café

Con un leve chasquido el café quedó completamente a oscuras y me sobresalté. Abrí y cerré los ojos

Oscuro Café
Archivo de LHM

instintivamente, solo pude distinguir, como en un relampagueo, el blanco de la camisa de un camarero que, erguido, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo, esperaba entre las mesas. Yo era la última cliente.

Seguí sentada unos segundos más. Hacía rato que la esperanza de que apareciera se había desvanecido. Absorta en mi desilusión, quise consolarme con buenos recuerdos y me había perdido en los acogedores brazos de mi madre a la que vi plantada una vez más en la puerta del colegio de mi infancia o esperando detrás de la ventana mi vuelta en las primeras salidas de mi adolescencia, recordé sus visitas al hospital cuando me operaron de una pierna rota, siempre sola, siempre a mi lado. No recordaba echar de menos  tener un padre porque lo tuvimos todo. La vida junto a la familia de mi madre fue una vida fácil, sí, pero nunca había sentido como en aquellos momentos el frío de su soledad y se me hizo insoportable.

Cuando fui creciendo las preguntas sobre mi padre se hicieron inevitables y ella solía contestar, sin darle demasiada importancia, que se había marchado a otro país y nunca supo más de él, pero estaba segura de que volvería a buscarme, repetía que era un buen hombre. Ahora, mi madre había muerto hacía solo unas semanas y, como una profecía cumplida, una tarde recibí la llamada de alguien que dijo ser mi padre. Balbuceó cuánto lamentaba su ausencia, cómo sentía haber olvidado sus obligaciones como padre y me pidió que nos encontrásemos, necesitaba conocerme, saber de mí. Me citó en aquel café.

A lo largo de la tarde, al ver que no venía, intranquila, había llamado varias veces al número desde el que recibiera su llamada, nadie contestaba pero yo me resistí a marcharme. Tal vez una accidente, un imprevisto de última hora. Él era mi padre, sabía que tenía que venir.

Oí como el camarero golpeaba los vasos contra el mármol de la barra con la imperiosa necesidad de ser oído y miré a mi alrededor. Fuera, la noche entraba a través de los cristales profunda y enigmática. Me incorporé despacio. Sentía la fragilidad de mi cuerpo sobre aquellos altísimos tacones. Confieso que me había vestido, como si se tratara de ir a la boda de una amiga para atrapar el ramo de flores y encontrar al hombre de mi vida. Si, su voz me había resultado cautivadora y mientras elegía mi atuendo, había un extraño deseo de seducción, una necesidad de conquistarle que más tarde, sola, frente a la taza del eterno café, me hizo reír amargamente. 

Colgué el bolso sobre mi hombro y empecé a caminar, me sentía vigilada por la mirada de aquel hombre de blanco que parecía esperar a que yo atravesara la sala de extremo a extremo cerrando la puerta detrás de mí. 

Al pasar cerca de él, sin mirarle siquiera, levanté dignamente el mentón.

—¡Gracias por venir, hija mía!— . Murmuró entre dientes. 

—¡Perdón!—. Le miré. Me pareció la sombra de un hombre viejo. Era el mismo que se había acercado para servirme, para preguntarme en dos o tres ocasiones si quería algo más, para cobrar mi café. Me pareció demasiado obsequioso y apenas le había mirado.

—Estábamos citados aquí. Yo…—. Se le quebró la voz.

No hay palabras para describir lo que sentí: era él, mi padre era él. Me paré en seco, una oleada de calor me inundó y volví sobre mis pasos. Vi la silla vacía que seguía inmóvil frente a la que yo había ocupado durante horas y no me supe contener. Con la mano abierta empuje la taza de café con toda la rabia de que fui capaz. Calló sobre la moqueta casi silenciosamente, pero lo imaginé agachado recogiendo humildemente los aburridos restos de mi tarde de espera y sonreí con malicia.

Horas más tarde lloré por ese gesto cruel y días después volví a sentarme en la mesa del café. A partir de aquel encuentro, supe de mis padres lo que nunca había sabido de boca de mi madre. Supe que se amaron profundamente y que fue él quien, sintiéndose indigno, se marchó para encontrar qué poder ofrecerle a su familia. Sabía como era nuestra vida y nunca tuvo fuerzas para volver.

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El gorro blanco -En el Taj Mahal


Detalle de la fachada del Taj Mahal Mi nombre es Arun. Soy uno más entre los millones de hindúes que han nacido fuera de la India. Mis padres salieron de allí cuando se produjo la división del país con la independencia, y mi familia, como tantas y tantas personas a lo largo y ancho de todo el subcontinente, tuvo que abandonar su tierra por motivos religiosos. En nuestro caso fue la ciudad de Lahore. El nuevo país que surgió a ambos lados del subcontinente: Pakistán, «el país de los puros», no aceptaba otra religión que la musulmana y se inició el mayor y más sangriento éxodo que ha conocido la historia de la humanidad. Aquel verano y aquel otoño de 1947 cientos de miles de indios murieron o fueron despojados de todas sus pertenencias y hubieron de abandonar sus vidas para empezar con las manos vacías al otro lado de la frontera de la sinrazón.

Dentro de la terrible tragedia, fuimos muy afortunados: nuestra extensa familia con redes comerciales en muchos rincones del mundo, les facilitaron el que se instalaran en España, en las Islas Canarias que, en aquella época, eran un puerto franco y propiciaba nuestro tipo de comercio de importación y venta de productos procedentes de los países orientales.

Siempre he vivido en las islas, he crecido, me he casado, he formado mi propia familia y hoy día tengo una vida plena. Creo que nunca he deseado algo diferente de lo que tengo. Pero los que procedemos de otras latitudes, los que somos descendientes de emigrantes de tierras tan distintas a aquellas que nos han acogido, no podemos dejar de sentir una extraña añoranza que va aflorando con los años desde el interior de nuestros corazones. Ser hindú es una fuerte identidad que nos acompaña en todo momento: en la calle lo llevamos escrito en la cara, en el color de nuestra piel, y dentro de nuestras casas estamos atados a esas tradiciones milenarias que siguen marcando el ritmo de nuestra existencia con el eco de nuestras propias oraciones y a la luz de nuestras propias velas.

El viaje del que ha surgido el que yo cuente esta pequeña historia, no era, ni mucho menos, mi primer viaje a la India. Había estado en decenas de ocasiones, pero otras veces me limitaba a asistir a alguna de las bodas a las que éramos invitados en el seno de nuestra familia o a visitar las ciudades comerciales, sobre todo, Bombay, Delhi o Calcuta, siempre en viaje de negocios: se trataba de ir a comprar y después volver. Solía visitar algún socio o alguno de los parientes con los que aún continuamos estando en contacto y poco más. Esta vez, sin embargo, decidí tomarme un tiempo para visitar el país de mis padres de otro modo, como un simple turista más, y me sumé a un grupo de amigos españoles que habían decidido visitar la India.

El viaje estaba resultando muy placentero para todos, habíamos viajado a través de la región de Rajastán y continuábamos descubriendo las cientos de sorpresas que nos deparaba el camino hacia nuestra última etapa: Delhi, la capital federal de la Unión India.

Detalle de la fachada de Taj- Mahal

Ahora estábamos en Agra: esta ciudad es el destino turístico más importante del país, pues contiene un patrimonio histórico de incalculable valor para toda la humanidad. Lo visitan millones de extranjeros y sobre todo millones de gentes de la propia India. Sean cuales sean sus creencias, no hay nadie que no se sienta atraído por la belleza y la leyenda de ser el más hermoso monumento al amor que se haya edificado nunca. Realmente, en muy poco tiempo, tuve la ocasión de descubrir el porqué de ese magnetismo que tiene el Taj Mahal.

Nuestra llegada a Agra se produjo al atardecer. Hicimos un pequeño recorrido por algunos barrios de la ciudad para hacernos una idea de dónde estábamos y después nos dirigimos al hotel. Allí cenamos y permanecimos disfrutando de las comodidades y los lujos que ofrecen algunos de estos establecimientos que han sido pensados para trasladar a los turistas a las épocas de esplendor de una civilización tan fabulosa y tan versátil como fuera la nuestra.

A la mañana siguiente estaba prevista la visita al Taj Mahal. Se nos propuso realizarla al amanecer, tal como las guías turísticas aconsejan, por ser el momento más hermoso para contemplar el monumento; pero nuestro grupo no era, precisamente, un grupo de madrugadores: las amenas veladas nocturnas solían prolongarse y aquella noche no fue distinta a las demás, con lo cual, la cita para realizar la esperada visita se pospuso para después de que todo el mundo hubiera desayunado tranquilamente, sin imponer una hora concreta.

Yo no me resigné a renunciar a la emoción de visitarlo iluminado por las luces del alba, había oído muchos elogios y creí que merecería la pena hacer el pequeño esfuerzo que me podría suponer levantarme a horas tempranas. No hablé con nadie acerca de mis intenciones, puesto que no quería que se vieran obligados a cambiar los planes de todos por lo que podría resultar solo un capricho mío. Dejé una nota en la recepción del hotel advirtiendo de mi marcha y de que me avisaran por el móvil en el momento de su llegada al mausoleo y así fue como, antes de las seis de la mañana, yo estaba en la puerta principal para acceder al complejo.

La experiencia es digna de ser contada, aunque no creo que con mis palabras alcance siquiera a hacer un pequeño esbozo del espectáculo del que fui testigo aquel amanecer. Hay cosas que no pueden describirse, es necesario estar frente a ellas para darse cuenta de la belleza que el ser humano es capaz de crear cuando está movido por los más profundos y hermosos sentimientos. Solo puedo decir que durante unos momentos se me nubló la visión y tuve que hacer un esfuerzo para controlar las lágrimas, mientras iba apareciendo aquella preciosa joya de la arquitectura, que cobra todo su significado estético y espiritual al verla surgir entre la niebla que se va esfumando, como si un mago, con un ligero soplo, hiciera el milagro de ir levantando el velo que cubre los ojos de un ciego.

Pintura del Tal Mahal
Pixabay

La verdad es que me emocioné y pasé un largo rato contemplando extasiado cómo iban apareciendo ante mí las formas armónicas de líneas y curvas. Todo se fue conformando lentamente hasta crear una perfecta perspectiva, que confluía en aquel magnifico monumento que tiene la magia de parecer un sueño irreal y etéreo. Ante mí, los colores fueron transformando el escenario a capricho del sol que lo acariciaba con los reflejos de los tonos rosados del amanecer, vistiéndolo después de suaves capas doradas para, por fin, ofrecerse en un blanco esplendoroso y deslumbrante.Detalle de la fachada del Taj Mahal

Había leído algunas particularidades sobre la construcción del edificio. Todas las guías destacaban que era una obra realizada en veinte años o que en ella habían intervenido más de veinte mil artesanos, a muchos de los cuales, los más cualificados y según se cuenta, les fueron cortadas las manos a su término para que no pudieran reproducir en ningún otro lugar lo realizado en el Taj Mahal.

Sorprende que todo esté documentado de manera exhaustiva, el nombre de los intervinientes, y hasta el salario de los peones, evidenciando el exquisito cuidado con que fue ejecutada la construcción y lo costosa que resultó.

Después, a mi regreso, comprobé algunos datos y seguí curioseando en todo lo relativo al monumento. Me llamó la atención la coincidencia de los historiadores en que, a pesar de ser nombrados muchos arquitectos como autores, quien realmente la ideó y la supervisó fue el propio Sha Jahan, quien se dedicó, en cuerpo y alma, a la realización de tan magnífica obra en recuerdo de su amada esposa, conocida por su gran belleza y por su alma caritativa.

Realmente, el proyecto, que nunca llegó a materializarse en su totalidad, se completaba con la construcción de un segundo mausoleo en la otra orilla del río, en donde se situaría el cenotafio del propio Sha Jahan, construido en mármol negro, y ambos monumentos estarían unidos a través de un puente de plata sobre el río Yamuna, como símbolo de la unión por el amor eterno de aquellas dos almas que, sin duda, y a pesar de la obra no concluida, ha pervivido con su hermoso mensaje a través del tiempo.

El mausoleo se concibió, con algunas variantes, basándose en la tradición persa del jardín cuatripartito. Según dicha tradición, los jardines se dividían mediante cuatro canales que simbolizan los cuatro ríos del paraíso; la parte central era ocupada por un pabellón simétrico, generalmente de forma octogonal, que pretendía, en su conjunto, emular el paraíso islámico descrito en el Corán y que representa el lugar en que se encuentra materializada la suprema e infinita promesa de felicidad para los que hacen el bien y vedan el mal.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que me senté frente al mausoleo, al intentar moverme, noté mis músculos entumecidos debido a la humedad y a la falta de movimiento, pero al fin me levanté de mi asiento. No sentía deseos de entrar en el interior de los edificios que componen el enorme complejo, pues preferí sumarme más tarde a la visita guiada que, sin duda, tendría la oportunidad de hacer con mis compañeros de viaje, y me limité a recrear mi imaginación paseando en torno al espacio despejado que dibujaba las siluetas de las hermosas figuras arquitectónicas que conforman la totalidad del complejo.

Deambulé por la parte exterior del recinto escuchando el leve rumor de las aguas que discurren por los canales; subí las escalinatas que dan acceso a la base sobre la que se edificó el mausoleo, para situarme debajo de los altos muros y medir mi pequeñez junto a los alminares que configuran, como silenciosos vigilantes, la magnífica estampa. Contemplé las inscripciones con los versículos del Corán, los encajes delicados de mármol que tamizan y trasladan la luz al interior del recinto y las preciosas incrustaciones de piedras semipreciosas que adornan el edificio. Di la vuelta en torno a su perímetro y, al fin, me asomé al Yamuna.

El curso del río, que en su día debió tener un gran caudal, parecía pequeño y desigual en comparación con el enorme lecho. Había leído que las presas, que con el tiempo se han ido construyendo para utilizar el agua con fines diversos, han disminuido el cauce considerablemente, en particular desde la ciudad de Delhi que, al convertirse en una gigantesca urbe, necesita el agua que le aporta el río.

Apoyado sobre la balaustrada que delimita el monumento por la parte posterior, vi que, a la derecha, junto al enorme complejo de mármol, aparecía un sencillo embarcadero que quedaba retraído y tenía un extraño aire de melancolía y de olvido. Desde la posición en la que me encontraba, podían verse varias barcas viejas y enmohecidas. Daba la impresión de que nadie las usaba desde hacía tiempo y yacían abandonadas junto a los grupos de peldaños que descendían hasta las tierras arenosas que conforman el lecho del Yamuna. La sencillez de la instalación junto a aquel grandioso edificio me llamó la atención y, no sé porqué, algo me impulsó a bajar.

Volví sobre mis pasos recorriendo de nuevo la plataforma blanca del enorme mausoleo, descendí hasta los jardines y abandoné el recinto amurallado. A aquellas horas la gente empezaba a venir en numerosos grupos. Los vendedores ambulantes, casi todos chiquillos, cargados con libros y postales se arremolinaban en la puerta esperando el mejor momento para abordar a las riadas de turistas. Al verme salir, y durante un rato, algunos de ellos me siguieron, pero, enseguida, dando la vuelta a la esquina, me encontré solo caminando por una estrecha vereda que discurría al pie de las murallas en dirección a la orilla del río y anduve por el camino polvoriento.

A lo largo del trayecto todo estaba silencioso y tranquilo. Al llegar al río, sin haber visto a nadie en los alrededores, me situé sobre los peldaños de las escaleras que descienden hasta el agua y me senté para disfrutar de la brisa que me envolvió con una agradable sensación de humedad y frescura.

Detalle de la fachada del Taj MahalEn la orilla, observé como sobresalían las hierbas acuáticas que se doblegaban al paso de la corriente opaca de un río casi gris. El sonido del agua adormecía los sentidos y entre las hierbas se adivinaban los diminutos animales que se movían creando ondas concéntricas, capaces de hipnotizar con la magia de los incontables círculos.

Estuve durante un rato observando en silencio el curso sagrado del río y, sin darme cuenta, los años de mi infancia vinieron a mí con los recuerdos frescos de la voz de mi madre recitando unos versos que hablaba del dolor de Yamuna por la muerte de su hermano Yama. Según nuestra religión, Yama fue el primer hombre que pobló la tierra y el primero que murió. Decía el poema que Yamuna amaba tan profundamente a su hermano y tanta fue su tristeza, que los devas crearon la noche para hacerle olvidar su desconsuelo. Me sorprendió descubrir que las palabras habían permanecido frescas en mi memoria y sentí una extraña punzada de tristeza.

Mi madre nunca volvió a la India, cuando ella murió, uno de mis hermanos mayores se encargó de traer las cenizas desde España para verterlas en el Ganges. De eso hacía ya mucho tiempo, yo entonces tenía apenas doce años. No sé si lloré por su muerte, pero sí sé que, poco a poco, su imagen se fue perdiendo entre mis recuerdos y solo quedó un suave aroma a frutas silvestres que ella usaba como perfume y que, a veces, sin saber por qué, parecía impregnar los rincones de mi casa. Un día, mucho tiempo después, descubrí sus ojos en los ojos de mi hija Deepa —ese era también el nombre de mi madre—, y me conmovió pensar que ella volvía a estar de nuevo acariciando las sombras de mi vida.

Aquellos pensamientos me habían devuelto al presente, a mi realidad cotidiana y a esa lucha que desde hacía meses mantenía con Deepa: mi hija se había equivocado al elegir el hombre de su vida y no estaba dispuesto a ceder. Mi deber es mantener vivas nuestras raíces y yo…

En aquel momento, alguien me tocó en la espalda, sobresaltándome por lo inesperado que me resultó.

—Perdone, señor. ¿Habla usted mi lengua?

Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años vestido al estilo occidental y abrigándose el cuello con una bufanda de color rojo, me miraba sonriendo mientras se dirigía a mí hablándome en hindi, un idioma que conozco muy bien, puesto que se sigue utilizando entre los componentes de nuestra comunidad, sobre todo los mayores. Los jóvenes que vivimos lejos de la India, lamentablemente, hemos ido descuidando su uso y aunque no lo hemos abandonado nos resulta cada vez menos cómodo desenvolvernos es ese idioma.

Me sobrepuse al sobresalto que me había producido la aparición de aquel chico y le contesté orgulloso de conocer su lengua.

—No tan bien como tú, pero sí puedo entenderlo todo ¿Por qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Mire, señor. Mire usted allí.

Con el brazo extendido me señalaba algo o alguien a mi espalda, volví la cabeza para ver de qué se trataba y el chico me explicó:

—El viejo que vive ahí es un pariente mío, es el hermano de mi bisabuelo. Yo vengo a ayudarlo y a hacerle compañía.

Un hombre muy anciano estaba incorporándose con aparente dificultad en el lugar donde acababan los escalones y empezaba una pequeña arboleda. Allí otras dos barcas, aún más viejas que aquellas que habían llamado mi atención, formaban un pequeño recinto.

—¡Ah!, lo siento. No sabía que no podía sentarme en estos escalones, pensé que aquí no molestaba a nadie.

—No, no, señor. No quiero decir eso. Usted puede sentarse aquí si quiere, no molesta. Es solo que él es un hombre muy viejo, tiene más de cien años.

Lo miré con más detenimiento. Sí, parecía muy viejo. Tenía la cabeza cubierta con un turbante de una tela basta de lana con dibujos de cuadros y otra tela oscura le cubría todo el cuerpo a modo de capa.

El chico me golpeó ligeramente en el brazo para llamar de nuevo mi atención.

—Él era barquero del Yamuna.

—¡Qué hermosa vida! —contesté.

—Sí, es un hombre muy sabio y tiene un don.

—¿Tiene un don? ¿Qué quieres decir?

—Que cuenta historias como nadie. La gente dice que sus palabras tienen magia y vive de eso ¿Quiere usted escuchar una de esas historias?

Miré al anciano que aparecía acurrucado bajo la tela que le cubría y estaba ajeno a nuestra conversación.

—Me gustaría, la verdad, pero no tengo mucho tiempo. Estoy de visita turística con un grupo de amigos y he de subir de nuevo al mausoleo. Ellos llegarán de un momento a otro y no debo hacerles esperar. Les he dicho que me localicen por el teléfono móvil y…

—Hágame caso, señor, no se arrepentirá. Escúchelo, solo le va a costar unas cuantas rupias y si usted deja que empiece ya no podrá dejar de oírlo.

Volví a negar con un gesto de la cabeza pero el chico insistió con mirada de súplica. Al verlo, pensé, que no hay como un hijo de la India para saber insistir hasta conseguir su propósito.

—Por favor, señor. Últimamente no hay mucha gente que baje hasta aquí, todo el mundo viene muy deprisa: contemplan durante un rato el Taj y después se marchan. Cada vez nos cuesta más trabajo sacar dinero para que el abuelo coma, y yo no puedo dejarlo aquí solo, se moriría.

—¿Por qué no se lo llevan?, este sitio no parece el más adecuado para que viva un hombre de edad tan avanzada.

El chico sonrió.

—Usted no sabe lo que dice. Eso es imposible, no se marcharía nunca. Desde este embarcadero ha visto pasar la vida. Él lleva aquí muchos años y quiere morir aquí. No hay forma de sacarlo.

Detenidamente miré al anciano que en aquel momento levantaba la cabeza. Estaba muy delgado, con la piel curtida y arrugada. Observé sus manos resecas como el pergamino y sus dedos largos que trajinaban con cuidado un objeto metálico. Había un cierto misterio en aquella silueta tan vieja y encorvada y de su figura emanaba una rara energía que me hizo seguir sus movimientos durante un largo momento.

—¡Vamos, hombre!, ¡decídase!

El chico había vuelto a dirigirse a mí, instándome a que me acercara más al lugar donde se encontraba el viejo barquero.

No sé qué fue lo que me indujo a aceptar, supongo que, conmovido todavía por las imágenes que acababa de contemplar con el despertar del Taj Mahal, me encontraba especialmente sensible y accedí a su petición. Me levanté, miré mi reloj y lo seguí. Aún dudaba de estar haciendo lo más adecuado, pues eran cerca de las nueve y mi gente ya no podría tardar mucho.

—Puede que tenga que marcharme a medias, si me llaman.

—Hágame caso, señor. No se arrepentirá. La gente dice que él siempre encuentra la respuesta que uno está buscando sin saberlo.

Nos acercamos al sitio donde estaban las barcas varadas que servían de hogar a aquel anciano y el muchacho me indicó con un gesto que lo imitara sentándome junto a él. Así lo hice, me senté al lado del chico que sonreía satisfecho dentro de una de las barcas con la espalda contra las viejas maderas, que crujieron al añadirse mi peso a la fragilidad de aquella estructura.

El hombre estaba incorporado sobre su manta. En torno a él, yacían esparcidos algunos recipientes que, sin duda, había utilizado para su desayuno, pues había restos de una sencilla comida a base de arroz. Volvió la cabeza hacia mí, me pareció que tenía la mirada vacía y por un momento pensé que era ciego. Enseguida me di cuenta de que no era así.

El chico tocó su hombro ligeramente y pareció percatarse de que había alguien extraño junto a ellos. Me miró como si le costara identificar mi silueta sentada al lado del muchacho que, levantando mucho la voz, le dijo entusiasmado:

—Tienes que esmerarte, abuelo, este hombre es muy rico y habla hindi.

Me miró con picardía y volvió a dirigirse al anciano:

—Hoy hemos tenido suerte, quiere oír una de tus historias. ¡Vamos, abuelo! Tenemos que hacer que se lleve un buen recuerdo y que se alegre de haber bajado a la ladera del Yamuna.

El anciano permaneció en silencio y trajinó durante un momento más con los pequeños recipientes, los apiló en una de las esquinas de la manta sobre la que se sentaba y después cerró los ojos, agachó la cabeza y juntó las manos sobre su regazo.

Creo que sentí vergüenza. Pensé que lo único que deseaba aquel pobre viejo era que lo dejaran tranquilo. Pero, para mi sorpresa, sin levantar la cabeza y con una voz ligeramente ronca se dirigió a mí para preguntarme mi nombre. Tragué saliva y escuetamente contesté: Arun.

Él estaba frente a mí con las piernas cruzadas, que se adivinaban bajo su manta como delgados y estrechos huesos formando ángulos precisos. El sonido de su voz era envolvente y un extraño magnetismo me hizo detenerme en aquel rostro que me atraía. Recorrí con la mirada los profundos surcos que atravesaban su frente, los semicírculos y los extraños signos que el tiempo le había marcado en torno a los ojos. Desde su frente, unas líneas transversales descendían hacia la barbilla, rodeando la boca de labios muy finos y ocultos bajo una barba que le salpicaba la piel oscura con hilos hirsutos de un blanco inmaculado. Volvió a preguntarme:

—¿Cómo podría empezar esa historia? 

Aquella pregunta me desconcertó y balbuceé: 

—Yo no sé… —De nuevo se dirigió a mí: 

—Cierra los ojos y deja que hable tu corazón para que las palabras den sentido a las inquietudes de tu alma.

—No lo comprendo —repliqué.

No sé si me oyó, él mantenía la cabeza baja, mirando a un punto perdido sobre su manta. Empezó a hablar y fue dejando que la entonación de su voz diera vida a las frases que iba pronunciando como un experto y consumado narrador:

—El Yamuna es el más sagrado de todos los ríos que Detalles de la fachada del Taj Mahalnace en las altas cumbres de los Himalayas. Su misión es recoger el amor y la belleza que encuentra en su camino y verterlas a la madre Ganga, para enriquecer su caudal y embellecer sus aguas llenándolas aún más de sentimiento.

»En su largo camino, desciende desde las regiones montañosas, en las que son muy pocos los seres capaces de vivir, y atraviesa las extensas llanuras, donde el espíritu inquieto de los hombres forjó, día a día, el legado de una cultura y una religión con el nombre de un dios para cada brizna de existencia.

»Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

Me dejé llevar por la emoción de las palabras y por estar en aquel sorprendente lugar, frente a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India. Sin darme cuenta mis ojos se cerraron y las imágenes dieron paso a los sonidos leves a mi alrededor. Oí el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de vida en torno a aquel pequeño círculo, en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Aquella rara sensación de pertenecer a aquel lugar me hizo estremecer, abrí los ojos y vi como el anciano levantaba la cabeza. Por primera vez desde que me sentara junto al muchacho, fui consciente de que me veía. No era necesario que yo dijera nada, leía dentro de mi corazón como si fuera un libro abierto entre sus manos.

Creo que, al darme cuenta, me sonrojé y tuve que apartar, como un muchacho tímido, mi mirada de aquellos ojos que brillaban como dos minúsculas chispas llenas de vida. En su interior estaban escondidos todos los secretos que impregnaban el aire que nos acariciaba, allí estaban escondidos mis más íntimos desvelos.

Y oí su voz como un eco lejano al comenzar su historia:

—Lo que voy a contar sucedió hace muchos años. Sin embargo, bastaría con atravesar el río para poner los pies sobre las mismas tierras que fueron testigo del aquel suceso.

»En aquel entonces, el río Yamuna discurría con gran fuerza y durante la época de las lluvias, su caudal se multiplicaba lamiendo con sus aguas las piedras rojas sobre las que se yergue el monumento. Pero, años atrás y lejos de aquí…

Con la magia de sus palabras fue transformando el universo abstracto de sensaciones y seres invisibles en el que yo flotaba, haciéndolo más pequeño. Se fue cubriendo de matices para dar vida a la casa de un rico e influyente hombre de Mathura: una vieja ciudad en la ladera del Yamuna, que en su día fue una importante capital, el escenario de cientos de guerras y de míticas batallas. Allí y a lo largo del tiempo, se entremezclaron las culturas llegadas en pos de las caravanas portadoras de sedas, de especias, de curtidos. En aquella ciudad nació y vivió sus primeros años la octava reencarnación de Vihsnu: Khrisna, el dios del amor de los hindúes, cuya presencia sembró de templos las laderas del río y donde, más tarde, los emperadores mogoles fueron trayendo los ecos de su Dios omnipotente y solitario, salpicándolo todo con los vestigios de su propia cultura.

En aquel escenario de arraigados y encontrados sentimientos nació Madhu. Fue una hermosa noche de luna llena con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su llegada, marcándole los pasos de un camino brillante. El astrólogo predijo para ella que sería una mujer muy bien amada y, desde su nacimiento, el padre prometió encontrarle el más hermoso de los destinos.

El anciano fue dando vida a la hija más pequeña de una familia en la que le habían precedido cinco hermanos varones. La hizo crecer para mí, risueña y atrevida, con los ojos chispeantes y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. Cautivando a un padre capaz de conmoverse al escucharla improvisar las ragas de la mano de su maestro, o mientras la observaba, sumida en un místico silencio, recitar los versos escritos en el Gita: ese libro sagrado que esconde entre sus palabras los secretos de la vida y de la muerte, de lo efímero y de lo eterno y haciéndole sentir un hombre afortunado por poseer tan hermosa joya que solo fue capaz de comprometer, en aras de la tradición, para convertirla en la esposa de un importante y rico hombre de la próspera ciudad de Delhi.

Pero el destino, que juega con los hombres mostrándoles cuán frágiles son sus propósitos y qué nimias las armas que utiliza la mano misteriosa que mueve los hilos de la existencia, se reveló muy pronto dispuesto a trazar el que habría de ser el camino de Madhu. Pues, desde su casa, y cuando aún era una niña, las ramas de una vieja higuera de agua se descolgaron, generosas y cuajadas de flores, sobre el patio de Karim: un muchacho musulmán, de tez oscura y mirada inquieta, que siempre cubría su cabeza con un gorrito blanco, hecho para enredar entre sus hilos todas sus oraciones en busca del soñado paraíso.

Fue así cómo la ingenuidad de sus pocos años hizo que los niños se ocultaran jugando entre las frondosas hojas, que se perfumaban de flores cada verano y que Karim fue entremezclando, año tras año, con los mechones de pelo sedoso y negro de Madhu quien, al hacerse mujer, fue convirtiendo su mirada en los rayos de un amor que el tiempo transformó en un sentimiento mutuo, profundo y generoso.

Y una noche de luna llena, con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su camino, convencidos de su amor, los secretos amantes emprendieron la huida hacia la lejana y prometedora Calcuta.

En su camino, cabalgaron junto al río, oyendo el rumor del agua, que acompañó sus pasos hasta llegar a la ciudad de Agra. Allí, conmovidos por la hermosa estampa que durante siglos ha hecho verter palabras de amor a los poetas, prometieron no separarse nunca. Y ocultos tras las altas hierbas de un pequeño bosque de cañas, esperaron el amanecer para continuar.

De nuevo a mis pies, como un milagro, volví a oír el suave rumor del discurrir de las aguas que me devolvió a aquel sorprendente lugar, junto a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India…

—Aquella mañana, aún era muy temprano. El sol no había asomado su esfera deslumbrante y solo la claridad de su preludio iluminaba el paisaje levemente.

Era ese extraño y mágico momento de cada amanecer, cuando parece que el sol no se atreve a irrumpir de repente en la vida de la India y se va anunciando, con sigilo, por miedo a deshacer el hechizo que encierran las tinieblas de la noche.

Poco a poco, ayudado por sus palabras, percibí cómo la luz se hacía más intensa y los pájaros comenzaban a desperezarse, produciendo en el aire una cascada de sonidos y de músicas lejanas. Y el viejo me contó que, al despuntar el alba, los jóvenes advirtieron que la tierra se estremecía a su espalda. En solo unos instantes, tras el silencio húmedo y gris de la espesa niebla, vieron surgir de entre las cañas a seis jinetes rodeando el pequeño bosque en donde se ocultaban: los hermanos de Madhu y el propio padre, detenidos frente ellos, les mostraron amenazantes la frialdad de sus armas y, entre los pies de los nerviosos caballos, atraparon a Karim alejándolo de Madhu con ásperas promesas de muerte y de venganza.

Pero antes de marchar, el muchacho se despidió de su amada extendiendo la mano para entregarle el gorro blanco que cubría su cabeza. Los dos sabían que, entre los finos estambres y enlazadas, noche tras noche, de sueños y de esperanzas, estaban las miles de plegarias que habrían de alumbrar sus pasos hacia las puertas de su propio paraíso.

Al fin, Madhu, sola, de rodillas sobre la tierra húmeda, con los ojos anegados por las lágrimas, comenzó a rezar, oyéndose en el aire el eco de sus palabras.

El padre, conmovido, descendió del caballo y se aproximó hasta donde estaba su hija dispuesto a consolarla, a hablarle del tiempo que todo lo cura y todo lo enseña, de los sueños que tuvo para ella: el amor y la riqueza, la protección y la calma bajo la mano de sus dioses y la benevolencia de su raza. Suavemente acarició su vestido y cerró los ojos: detrás de sus párpados volvieron los ecos de la infancia y volvió aquella niña, risueña y atrevida, con la mirada chispeante y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. La música regresó a sus oídos y las lágrimas se asomaron envolviéndole las pestañas.

Madhu, conmovida al ver a su padre llorando junto a ella, se incorporó sumida en una extraña paz. Cogió entre las suyas las manos de aquel hombre a quien tanto amaba y, con la voz pausada, se dirigió a él para agradecerle aquel tiempo en que, sentada sobre sus rodillas, bebió en la dulzura de sus palabras. Fue de él, de quien aprendió a sembrar y a buscar la pureza de los sentimientos solo en el alma, el lugar en donde mora la única riqueza capaz de arraigar y perdurar, más allá de lo efímero de la vida, que ahora se le mostraba.

Y todo ocurrió en un momento. El anciano, con un gesto de sus manos, me hizo volver la cabeza: la silueta del Taj Mahal se recortaba a mi espalda vertiéndose sobre el agua.

No recuerdo haber oído sus palabras, pero detrás de mí, surgiendo de entre las cañas y al otro lado del río, vi llegar cabalgando a una mujer sobre un caballo blanco con las crines doradas. Descendió de su cabalgadura para meterse en el agua, empujando a su paso el suave oleaje que rompía la alfombra de cristal en donde se dibujaba el hermoso monumento. Ante mis ojos, la frágil silueta se fue fundiendo con las cúpulas blancas como las mismas perlas que, a su paso, se abrieron en pedazos y ella desapareció… Tras un instante de silencio, la imagen de mármol volvió a quedar intacta y reflejada sobre el agua. Y en la orilla, vi llegar al padre de Madhu, buscar con la mirada el rastro de su hija. En mi propio corazón, sentí un inmenso vacío al ver los alminares que aún temblaban a sus pies conformando enormes precipicios de huecos profundos y oscuras oquedades, envueltos por las curvas del imponente mausoleo.

El aire empujó hasta mis oídos el ruido de sus sollozos y lo vi caer de rodillas junto al agua, inclinarse como un junco roto ante el suave oleaje que trajo hasta sus manos el gorro blanco de Karim.

Parpadeé un momento y todo desapareció de mi vista tras la magia de unas palabras que nunca escuché.

Aún, al recordarlo, me pregunto cómo pudo suceder aquello. Sólo puedo decir que, en aquel instante, oí de nuevo el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de emociones vivas en aquel pequeño círculo en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Volví la cabeza con las imágenes todavía en mi retina, el viejo volvió a inclinar la suya como si todo hubiera concluido y oí el leve murmullo de su voz que se apagaba:

Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

 

Tardé un largo momento, pero, al fin, me incorporé muy despacio y me despedí del muchacho con un gesto generoso. Agradecí al anciano aquella historia que me había conmovido, abandoné el lugar y regresé de nuevo a recorrer en silencio las paredes blancas del Taj Mahal junto a mis compañeros de viaje.

Creo que la extraña magia que poseía la mirada de aquel viejo centenario inundaba todavía mi corazón y, en un segundo de locura, los ojos tristes de Deepa en nuestra despedida me miraron lejanos y llorosos. Instintivamente, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón buscando como una maldición aquel gorro blanco.

Aliviado, contemplé el pañuelo apretándolo entre mis dedos y, pálido, tuve que apoyarme contra una pared. Un amigo me preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

Me repuse y limpié las gotas de sudor que sentía mojándome la frente.

—Sí. No te preocupes, estoy bien —respondí después de un momento—. Es que… no podría soportar perderla.

Me miró perplejo y sonrió con malicia.

—¡Ah!…, ¡hombre, por Dios!

Me puso la mano sobre el hombro, me dejé llevar y ambos nos incorporamos de nuevo al grupo para volver a escuchar las palabras del guía:

«El nombre de la princesa era Arjumand Banu Begam pero siempre fue conocida como la Joya del Palacio…».

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

Tierra húmeda

—¡No fumes!

 El joven Arriaga oyó que alguien le daba aquella orden saliendo de la negrura del escaso bosque a su espalda. Desconcertado, apagó con un gesto rápido el cigarrillo con el talón de su bota. Creía estar a salvo entremetido entre las piedras húmedas que en las horas de marea alta soportaban estoicamente las envestidas del Cantábrico. 

Fantasma
Archivo de LHM

Vio como un hombre se le acercaba. Su silueta se dibujaba en la noche balanceándose como un junco acariciado por el viento. Una gorra vasca le cubría la cabeza. La inquietud que le había provocado aquella orden enseguida se desvaneció, su mente ágil sabía que los guardias no abordaban a sus presas de esa manera.

Trabajosamente, como si no tuviera control sobre sus extremidades largas y huesudas, el hombre se sentó a su lado, contra la roca.

—Hay brisa, muchacho, el olor del tabaco puede alertar a los guardias. Les funciona el olfato mejor que a los sabuesos. ¡Vamos!, ¡ven conmigo! Esperaremos juntos entre los árboles. 

Los dos se levantaron. Arriaga, sumiso, le siguió ascendiendo un intrincado desnivel hasta que la espesura hizo desaparecer las sombras que la escasa luz había dibujado sobre el terreno pedregoso.

Se apostaron contra dos árboles esbeltos, limpios de las ramas que parecían haber escapado a las alturas, para alejarse del acecho de aquel mar capaz de lamerlo todo sobre la hondonada que aprisionaba sus raíces. Apenas unos instantes después, el hombre se dirigió otra vez a él.

–Soy Roberto, pero me llaman el Largo, ya habrás visto por qué. 

Se quitó la gorra. Arriaga extendió su mano y la estrechó sin despegar los labios. No se atrevió a decir su nombre. Se sentía un estúpido novato. Los dos de nuevo en silencio fijaron la mirada en la negrura del mar.

–Aún queda tiempo hasta el amanecer. Con el alba se acaba el plazo. –Su voz, casi un murmullo, era ronca y cansina.

–Ayer no te vi por aquí.

–Fui más listo –dijo Arriaga secamente.

El Largo se dio cuenta de la causa de su enfado.

—Ya veo que eres hombre orgulloso, pero tranquilízate, muchacho, que los años te irán enseñando. Eso… si es que antes no se te llevan por delante, como a otros tantos.

Arriaga escudriñó de manera fugaz el perfil anguloso de aquel desconocido. Seguramente sería un compañero de viaje, sabía que no embarcaría solo. Le pareció un hombre gastado, profundamente sereno.

–¿Crees que vendrán hoy?

–Sí, mañana no habrá luna y la oscuridad pone muy nerviosos a los guardias: sacan los perros en manadas y nadie se arriesga.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos. El rumor incesante y monótono de las olas, calmando su vigor en la suavidad de la playa pedregosa, acallaba los leves sonidos del bosque dormido.

El tiempo transcurría lento y espeso. Los veinte años de Arriaga hacían difícil aquella inmovilidad en alerta  que le quemaba el estómago excitando sus sentidos. Deseaba saltar por fin sobre la barca y adentrarse en el mar para surcarlo hacia un mundo que soñaba lleno de promesas. Como si adivinara sus pensamientos el Largo le preguntó:

–¿Tú por qué te has metido en esto? –Arriaga agachó la cabeza.

–Tengo ideales –contestó mordiéndose los labios.

–Eso es bueno, consérvalos mucho tiempo. Pero detrás de los ideales siempre hay algo más y tú eres el hijo del Poeta. La cosa no necesita de muchas explicaciones.

–¿Me conoces?

–Sabía que andabas por ahí con las narices metidas hasta el fondo de la olla y alguien me ha dicho que has estado buscando la manera de irte a Rusia. ¿Qué es lo que esperas encontrar allí?

–Quiero aprender.

–¿Aprender a ser comunista? —Arriaga notó que sonreía con una sonrisa irónica.

–Sí.

–¿Te gusta obedecer sin hacer preguntas?

–Sí, si creo en lo que me mandan.

Ambos permanecieron callados, mirando al frente. El mar reflejaba los escasos fulgores de una delgada luna que colgaba inerte y solitaria, marcando el lugar en donde se encontraba la línea invisible del horizonte.

–A tu padre le llamábamos el Poeta, nunca había escrito dos frases seguidas y mucho menos un par de versos, pero era un soñador, ¿lo sabías?

—No le he conocido, su madre fue quien me crió.

Arriaga  se rascó el cuello bajo la bufanda que le aprisionaba. Le picaba aquella lana áspera que la abuela había tejido para él. Era incansable en su labor de hacer de madre. Cuando tenía seis o siete años, ella le había contado cómo fue su venida al mundo. Nunca más quiso oírlo. Su madre y ella habían ido al monte a ver el sitio en el que habían matado a su padre. No encontraron nada, solo sangre seca y amoratada entre hojas muertas, tierra y guijarros. Al bajar tuvieron que cobijarse bajo los arbustos, a su madre le vinieron los dolores de parto y entre gritos contenidos y sollozos nació él. La abuela  lo envolvió  en su falda y caminó monte abajo junto a su madre que se desangraba.

Ella no sobrevivió. A Arriaga le dolía recordar aquellas imágenes formadas en su cabecita infantil como si hubiera sido testigo consciente del suceso y después, cientos de veces,  la abuela repetía una y otra vez: “Prométeme que no malgastarás tu vida en guerras que no sean las tuyas”, “en guerras que no sean las tuyas”, repitió en su mente Arriaga percibiendo el olor húmedo y espeso de aquel bosque. ¿Cómo se hacía eso si él era un hijo de la guerra? Todo lo que había detrás de sí estaba marcado a sangre y fuego.

Entre los árboles se estremeció, sentía que aquella noche volvería a nacer de la misma manera que hacía casi veinte años; el olor a vegetación salvaje, agreste y húmeda era parte de su propia vida.

–Falta muy poco para el amanecer. Prepárate, ya no pueden tardar. 

–¿Tú ya estás preparado?

–No, muchacho, yo me quedo. Soy como tú, de esos que obedecen solo si creen en las órdenes recibidas. Debe ser que lo da la tierra.

Arriaga tosió incómodo y escudriño en la oscuridad la cara de aquel hombre que veía por primera vez, le pareció muy viejo. 

Sin saber porqué, sus palabras le hicieron desconfiar y pensó que de aquella época sólo habían sobrevivido los soplones… No se contuvo y preguntó:

–¿Cómo has podido sobrevivir todos estos años?

–En los peores momentos yo no estaba aquí. Luego, todo se ha ido calmando.

–¿Dónde estabas? 

–En Rusia. En Rusia, sí. Ese país al que te llevan a ti.

–Estoy impaciente por llegar.

–Será una gran sorpresa, pero eso tendrás que descubrirlo tú mismo.

La bruma del amanecer disipó la tenue línea del horizonte oscuro y en ese momento una barca empezó a dibujarse sobre el agua como una mancha informe y misteriosa.

Los dos hombres se levantaron. Arriaga, antes de salir de entre los árboles se agachó y hundió las manos en la tierra húmeda. Durante un instante cerró los ojos, el corazón le latía fuertemente. Contra su piel sintió el latido de millones de gusanos. 

–¿Qué haces? –dijo el Largo volviendo la cabeza.

–Necesito saber que voy a regresar.

–Eso nunca se sabe, has emprendido un viaje peligroso, pero estoy seguro de que encontrarás tu propia guerra, las demás son inútiles.

–Ya he oído eso antes —dijo Arriaga mientras se alejaba adentrándose en las frías aguas del océano.

Ya en la barca, Arriaga volvió la vista hacia la playa, quería dedicar al Largo un gesto de despedida. Pero no vio a nadie, la playa estaba oscura y solitaria.

—Conmigo había alguien de quien quisiera despedirme —dijo a uno de los hombres que lo habían ayudado a subir.

—¿Quién? ¿Era tu madre?
—No, era un tipo raro. Me dijo que se llamaba Roberto, el Largo.

—¿Sí? ¿Estás de guasa? Roberto el Largo murió hace unos cuantos años, lo mataron en esta playa el mismo día que volvía de Rusia.

Arriaga se miró las manos impregnadas de tierra todavía y la barca se perdió adentrándose lentamente en la neblina del amanecer.

 

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