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Vivir en la higuera

El gorro blanco -En el Taj Mahal-


 Mi nombre es Arun. Soy uno más entre los millones de hindúes que han nacido fuera de la India. Mis padres salieron de allí cuando se produjo la división del país con la independencia, y mi familia, como tantas y tantas personas a lo largo y ancho de todo el subcontinente, tuvo que abandonar su tierra por motivos religiosos. En nuestro caso fue la ciudad de Lahore. El nuevo país que surgió a ambos lados del subcontinente: Pakistán, «el país de los puros», no aceptaba otra religión que la musulmana y se inició el mayor y más sangriento éxodo que ha conocido la historia de la humanidad. Aquel verano y aquel otoño de 1947 cientos de miles de indios murieron o fueron despojados de todas sus pertenencias y hubieron de abandonar sus vidas para empezar con las manos vacías al otro lado de la frontera de la sinrazón.

Dentro de la terrible tragedia, fuimos muy afortunados: nuestra extensa familia con redes comerciales en muchos rincones del mundo, les facilitaron el que se instalaran en España, en las Islas Canarias que, en aquella época, eran un puerto franco y propiciaba nuestro tipo de comercio de importación y venta de productos procedentes de los países orientales.

Siempre he vivido en las islas, he crecido, me he casado, he formado mi propia familia y hoy día tengo una vida plena. Creo que nunca he deseado algo diferente de lo que tengo. Pero los que procedemos de otras latitudes, los que somos descendientes de emigrantes de tierras tan distintas a aquellas que nos han acogido, no podemos dejar de sentir una extraña añoranza que va aflorando con los años desde el interior de nuestros corazones. Ser hindú es una fuerte identidad que nos acompaña en todo momento: en la calle lo llevamos escrito en la cara, en el color de nuestra piel, y dentro de nuestras casas estamos atados a esas tradiciones milenarias que siguen marcando el ritmo de nuestra existencia con el eco de nuestras propias oraciones y a la luz de nuestras propias velas.

El viaje del que ha surgido el que yo cuente esta pequeña historia, no era, ni mucho menos, mi primer viaje a la India. Había estado en decenas de ocasiones, pero otras veces me limitaba a asistir a alguna de las bodas a las que éramos invitados en el seno de nuestra familia o a visitar las ciudades comerciales, sobre todo, Bombay, Delhi o Calcuta, siempre en viaje de negocios: se trataba de ir a comprar y después volver. Solía visitar algún socio o alguno de los parientes con los que aún continuamos estando en contacto y poco más. Esta vez, sin embargo, decidí tomarme un tiempo para visitar el país de mis padres de otro modo, como un simple turista más, y me sumé a un grupo de amigos españoles que habían decidido visitar la India.

El viaje estaba resultando muy placentero para todos, habíamos viajado a través de la región de Rajastán y continuábamos descubriendo las cientos de sorpresas que nos deparaba el camino hacia nuestra última etapa: Delhi, la capital federal de la Unión India.

Ahora estábamos en Agra: esta ciudad es el destino turístico más importante del país, pues contiene un patrimonio histórico de incalculable valor para toda la humanidad. Lo visitan millones de extranjeros y sobre todo millones de gentes de la propia India. Sean cuales sean sus creencias, no hay nadie que no se sienta atraído por la belleza y la leyenda de ser el más hermoso monumento al amor que se haya edificado nunca. Realmente, en muy poco tiempo, tuve la ocasión de descubrir el porqué de ese magnetismo que tiene el Taj Mahal.

Nuestra llegada a Agra se produjo al atardecer. Hicimos un pequeño recorrido por algunos barrios de la ciudad para hacernos una idea de dónde estábamos y después nos dirigimos al hotel. Allí cenamos y permanecimos disfrutando de las comodidades y los lujos que ofrecen algunos de estos establecimientos que han sido pensados para trasladar a los turistas a las épocas de esplendor de una civilización tan fabulosa y tan versátil como fuera la nuestra.

A la mañana siguiente estaba prevista la visita al Taj Mahal. Se nos propuso realizarla al amanecer, tal como las guías turísticas aconsejan, por ser el momento más hermoso para contemplar el monumento; pero nuestro grupo no era, precisamente, un grupo de madrugadores: las amenas veladas nocturnas solían prolongarse y aquella noche no fue distinta a las demás, con lo cual, la cita para realizar la esperada visita se pospuso para después de que todo el mundo hubiera desayunado tranquilamente, sin imponer una hora concreta.

Yo no me resigné a renunciar a la emoción de visitarlo iluminado por las luces del alba, había oído muchos elogios y creí que merecería la pena hacer el pequeño esfuerzo que me podría suponer levantarme a horas tempranas. No hablé con nadie acerca de mis intenciones, puesto que no quería que se vieran obligados a cambiar los planes de todos por lo que podría resultar solo un capricho mío. Dejé una nota en la recepción del hotel advirtiendo de mi marcha y de que me avisaran por el móvil en el momento de su llegada al mausoleo y así fue como, antes de las seis de la mañana, yo estaba en la puerta principal para acceder al complejo.

La experiencia es digna de ser contada, aunque no creo que con mis palabras alcance siquiera a hacer un pequeño esbozo del espectáculo del que fui testigo aquel amanecer. Hay cosas que no pueden describirse, es necesario estar frente a ellas para darse cuenta de la belleza que el ser humano es capaz de crear cuando está movido por los más profundos y hermosos sentimientos. Solo puedo decir que durante unos momentos se me nubló la visión y tuve que hacer un esfuerzo para controlar las lágrimas, mientras iba apareciendo aquella preciosa joya de la arquitectura, que cobra todo su significado estético y espiritual al verla surgir entre la niebla que se va esfumando, como si un mago, con un ligero soplo, hiciera el milagro de ir levantando el velo que cubre los ojos de un ciego.

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La verdad es que me emocioné y pasé un largo rato contemplando extasiado cómo iban apareciendo ante mí las formas armónicas de líneas y curvas. Todo se fue conformando lentamente hasta crear una perfecta perspectiva, que confluía en aquel magnifico monumento que tiene la magia de parecer un sueño irreal y etéreo. Ante mí, los colores fueron transformando el escenario a capricho del sol que lo acariciaba con los reflejos de los tonos rosados del amanecer, vistiéndolo después de suaves capas doradas para, por fin, ofrecerse en un blanco esplendoroso y deslumbrante.

Había leído algunas particularidades sobre la construcción del edificio. Todas las guías destacaban que era una obra realizada en veinte años o que en ella habían intervenido más de veinte mil artesanos, a muchos de los cuales, los más cualificados y según se cuenta, les fueron cortadas las manos a su término para que no pudieran reproducir en ningún otro lugar lo realizado en el Taj Mahal.

Sorprende que todo esté documentado de manera exhaustiva, el nombre de los intervinientes, y hasta el salario de los peones, evidenciando el exquisito cuidado con que fue ejecutada la construcción y lo costosa que resultó.

Después, a mi regreso, comprobé algunos datos y seguí curioseando en todo lo relativo al monumento. Me llamó la atención la coincidencia de los historiadores en que, a pesar de ser nombrados muchos arquitectos como autores, quien realmente la ideó y la supervisó fue el propio Sha Jahan, quien se dedicó, en cuerpo y alma, a la realización de tan magnífica obra en recuerdo de su amada esposa, conocida por su gran belleza y por su alma caritativa.

Realmente, el proyecto, que nunca llegó a materializarse en su totalidad, se completaba con la construcción de un segundo mausoleo en la otra orilla del río, en donde se situaría el cenotafio del propio Sha Jahan, construido en mármol negro, y ambos monumentos estarían unidos a través de un puente de plata sobre el río Yamuna, como símbolo de la unión por el amor eterno de aquellas dos almas que, sin duda, y a pesar de la obra no concluida, ha pervivido con su hermoso mensaje a través del tiempo.

El mausoleo se concibió, con algunas variantes, basándose en la tradición persa del jardín cuatripartito. Según dicha tradición, los jardines se dividían mediante cuatro canales que simbolizan los cuatro ríos del paraíso; la parte central era ocupada por un pabellón simétrico, generalmente de forma octogonal, que pretendía, en su conjunto, emular el paraíso islámico descrito en el Corán y que representa el lugar en que se encuentra materializada la suprema e infinita promesa de felicidad para los que hacen el bien y vedan el mal.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que me senté frente al mausoleo, al intentar moverme, noté mis músculos entumecidos debido a la humedad y a la falta de movimiento, pero al fin me levanté de mi asiento. No sentía deseos de entrar en el interior de los edificios que componen el enorme complejo, pues preferí sumarme más tarde a la visita guiada que, sin duda, tendría la oportunidad de hacer con mis compañeros de viaje, y me limité a recrear mi imaginación paseando en torno al espacio despejado que dibujaba las siluetas de las hermosas figuras arquitectónicas que conforman la totalidad del complejo.

Deambulé por la parte exterior del recinto escuchando el leve rumor de las aguas que discurren por los canales; subí las escalinatas que dan acceso a la base sobre la que se edificó el mausoleo, para situarme debajo de los altos muros y medir mi pequeñez junto a los alminares que configuran, como silenciosos vigilantes, la magnífica estampa. Contemplé las inscripciones con los versículos del Corán, los encajes delicados de mármol que tamizan y trasladan la luz al interior del recinto y las preciosas incrustaciones de piedras semipreciosas que adornan el edificio. Di la vuelta en torno a su perímetro y, al fin, me asomé al Yamuna.

El curso del río, que en su día debió tener un gran caudal, parecía pequeño y desigual en comparación con el enorme lecho. Había leído que las presas, que con el tiempo se han ido construyendo para utilizar el agua con fines diversos, han disminuido el cauce considerablemente, en particular desde la ciudad de Delhi que, al convertirse en una gigantesca urbe, necesita el agua que le aporta el río.

Apoyado sobre la balaustrada que delimita el monumento por la parte posterior, vi que, a la derecha, junto al enorme complejo de mármol, aparecía un sencillo embarcadero que quedaba retraído y tenía un extraño aire de melancolía y de olvido. Desde la posición en la que me encontraba, podían verse varias barcas viejas y enmohecidas. Daba la impresión de que nadie las usaba desde hacía tiempo y yacían abandonadas junto a los grupos de peldaños que descendían hasta las tierras arenosas que conforman el lecho del Yamuna. La sencillez de la instalación junto a aquel grandioso edificio me llamó la atención y, no sé porqué, algo me impulsó a bajar.

Volví sobre mis pasos recorriendo de nuevo la plataforma blanca del enorme mausoleo, descendí hasta los jardines y abandoné el recinto amurallado. A aquellas horas la gente empezaba a venir en numerosos grupos. Los vendedores ambulantes, casi todos chiquillos, cargados con libros y postales se arremolinaban en la puerta esperando el mejor momento para abordar a las riadas de turistas. Al verme salir, y durante un rato, algunos de ellos me siguieron, pero, enseguida, dando la vuelta a la esquina, me encontré solo caminando por una estrecha vereda que discurría al pie de las murallas en dirección a la orilla del río y anduve por el camino polvoriento.

A lo largo del trayecto todo estaba silencioso y tranquilo. Al llegar al río, sin haber visto a nadie en los alrededores, me situé sobre los peldaños de las escaleras que descienden hasta el agua y me senté para disfrutar de la brisa que me envolvió con una agradable sensación de humedad y frescura.

En la orilla, observé como sobresalían las hierbas acuáticas que se doblegaban al paso de la corriente opaca de un río casi gris. El sonido del agua adormecía los sentidos y entre las hierbas se adivinaban los diminutos animales que se movían creando ondas concéntricas, capaces de hipnotizar con la magia de los incontables círculos.

Estuve durante un rato observando en silencio el curso sagrado del río y, sin darme cuenta, los años de mi infancia vinieron a mí con los recuerdos frescos de la voz de mi madre recitando unos versos que hablaba del dolor de Yamuna por la muerte de su hermano Yama. Según nuestra religión, Yama fue el primer hombre que pobló la tierra y el primero que murió. Decía el poema que Yamuna amaba tan profundamente a su hermano y tanta fue su tristeza, que los devas crearon la noche para hacerle olvidar su desconsuelo. Me sorprendió descubrir que las palabras habían permanecido frescas en mi memoria y sentí una extraña punzada de tristeza.

Mi madre nunca volvió a la India, cuando ella murió, uno de mis hermanos mayores se encargó de traer las cenizas desde España para verterlas en el Ganges. De eso hacía ya mucho tiempo, yo entonces tenía apenas doce años. No sé si lloré por su muerte, pero sí sé que, poco a poco, su imagen se fue perdiendo entre mis recuerdos y solo quedó un suave aroma a frutas silvestres que ella usaba como perfume y que, a veces, sin saber por qué, parecía impregnar los rincones de mi casa. Un día, mucho tiempo después, descubrí sus ojos en los ojos de mi hija Deepa —ese era también el nombre de mi madre—, y me conmovió pensar que ella volvía a estar de nuevo acariciando las sombras de mi vida.

Aquellos pensamientos me habían devuelto al presente, a mi realidad cotidiana y a esa lucha que desde hacía meses mantenía con Deepa: mi hija se había equivocado al elegir el hombre de su vida y no estaba dispuesto a ceder. Mi deber es mantener vivas nuestras raíces y yo…

En aquel momento, alguien me tocó en la espalda, sobresaltándome por lo inesperado que me resultó.

—Perdone, señor. ¿Habla usted mi lengua?

Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años vestido al estilo occidental y abrigándose el cuello con una bufanda de color rojo, me miraba sonriendo mientras se dirigía a mí hablándome en hindi, un idioma que conozco muy bien, puesto que se sigue utilizando entre los componentes de nuestra comunidad, sobre todo los mayores. Los jóvenes que vivimos lejos de la India, lamentablemente, hemos ido descuidando su uso y aunque no lo hemos abandonado nos resulta cada vez menos cómodo desenvolvernos es ese idioma.

Me sobrepuse al sobresalto que me había producido la aparición de aquel chico y le contesté orgulloso de conocer su lengua.

—No tan bien como tú, pero sí puedo entenderlo todo ¿Por qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Mire, señor. Mire usted allí.

Con el brazo extendido me señalaba algo o alguien a mi espalda, volví la cabeza para ver de qué se trataba y el chico me explicó:

—El viejo que vive ahí es un pariente mío, es el hermano de mi bisabuelo. Yo vengo a ayudarlo y a hacerle compañía.

Un hombre muy anciano estaba incorporándose con aparente dificultad en el lugar donde acababan los escalones y empezaba una pequeña arboleda. Allí otras dos barcas, aún más viejas que aquellas que habían llamado mi atención, formaban un pequeño recinto.

—¡Ah!, lo siento. No sabía que no podía sentarme en estos escalones, pensé que aquí no molestaba a nadie.

—No, no, señor. No quiero decir eso. Usted puede sentarse aquí si quiere, no molesta. Es solo que él es un hombre muy viejo, tiene más de cien años.

Lo miré con más detenimiento. Sí, parecía muy viejo. Tenía la cabeza cubierta con un turbante de una tela basta de lana con dibujos de cuadros y otra tela oscura le cubría todo el cuerpo a modo de capa.

El chico me golpeó ligeramente en el brazo para llamar de nuevo mi atención.

—Él era barquero del Yamuna.

—¡Qué hermosa vida! —contesté.

—Sí, es un hombre muy sabio y tiene un don.

—¿Tiene un don? ¿Qué quieres decir?

—Que cuenta historias como nadie. La gente dice que sus palabras tienen magia y vive de eso ¿Quiere usted escuchar una de esas historias?

Miré al anciano que aparecía acurrucado bajo la tela que le cubría y estaba ajeno a nuestra conversación.

—Me gustaría, la verdad, pero no tengo mucho tiempo. Estoy de visita turística con un grupo de amigos y he de subir de nuevo al mausoleo. Ellos llegarán de un momento a otro y no debo hacerles esperar. Les he dicho que me localicen por el teléfono móvil y…

—Hágame caso, señor, no se arrepentirá. Escúchelo, solo le va a costar unas cuantas rupias y si usted deja que empiece ya no podrá dejar de oírlo.

Volví a negar con un gesto de la cabeza pero el chico insistió con mirada de súplica. Al verlo, pensé, que no hay como un hijo de la India para saber insistir hasta conseguir su propósito.

—Por favor, señor. Últimamente no hay mucha gente que baje hasta aquí, todo el mundo viene muy deprisa: contemplan durante un rato el Taj y después se marchan. Cada vez nos cuesta más trabajo sacar dinero para que el abuelo coma, y yo no puedo dejarlo aquí solo, se moriría.

—¿Por qué no se lo llevan?, este sitio no parece el más adecuado para que viva un hombre de edad tan avanzada.

El chico sonrió.

—Usted no sabe lo que dice. Eso es imposible, no se marcharía nunca. Desde este embarcadero ha visto pasar la vida. Él lleva aquí muchos años y quiere morir aquí. No hay forma de sacarlo.

Detenidamente miré al anciano que en aquel momento levantaba la cabeza. Estaba muy delgado, con la piel curtida y arrugada. Observé sus manos resecas como el pergamino y sus dedos largos que trajinaban con cuidado un objeto metálico. Había un cierto misterio en aquella silueta tan vieja y encorvada y de su figura emanaba una rara energía que me hizo seguir sus movimientos durante un largo momento.

—¡Vamos, hombre!, ¡decídase!

El chico había vuelto a dirigirse a mí, instándome a que me acercara más al lugar donde se encontraba el viejo barquero.

No sé qué fue lo que me indujo a aceptar, supongo que, conmovido todavía por las imágenes que acababa de contemplar con el despertar del Taj Mahal, me encontraba especialmente sensible y accedí a su petición. Me levanté, miré mi reloj y lo seguí. Aún dudaba de estar haciendo lo más adecuado, pues eran cerca de las nueve y mi gente ya no podría tardar mucho.

—Puede que tenga que marcharme a medias, si me llaman.

—Hágame caso, señor. No se arrepentirá. La gente dice que él siempre encuentra la respuesta que uno está buscando sin saberlo.

Nos acercamos al sitio donde estaban las barcas varadas que servían de hogar a aquel anciano y el muchacho me indicó con un gesto que lo imitara sentándome junto a él. Así lo hice, me senté al lado del chico que sonreía satisfecho dentro de una de las barcas con la espalda contra las viejas maderas, que crujieron al añadirse mi peso a la fragilidad de aquella estructura.

El hombre estaba incorporado sobre su manta. En torno a él, yacían esparcidos algunos recipientes que, sin duda, había utilizado para su desayuno, pues había restos de una sencilla comida a base de arroz. Volvió la cabeza hacia mí, me pareció que tenía la mirada vacía y por un momento pensé que era ciego. Enseguida me di cuenta de que no era así.

El chico tocó su hombro ligeramente y pareció percatarse de que había alguien extraño junto a ellos. Me miró como si le costara identificar mi silueta sentada al lado del muchacho que, levantando mucho la voz, le dijo entusiasmado:

—Tienes que esmerarte, abuelo, este hombre es muy rico y habla hindi.

Me miró con picardía y volvió a dirigirse al anciano:

—Hoy hemos tenido suerte, quiere oír una de tus historias. ¡Vamos, abuelo! Tenemos que hacer que se lleve un buen recuerdo y que se alegre de haber bajado a la ladera del Yamuna.

El anciano permaneció en silencio y trajinó durante un momento más con los pequeños recipientes, los apiló en una de las esquinas de la manta sobre la que se sentaba y después cerró los ojos, agachó la cabeza y juntó las manos sobre su regazo.

Creo que sentí vergüenza. Pensé que lo único que deseaba aquel pobre viejo era que lo dejaran tranquilo. Pero, para mi sorpresa, sin levantar la cabeza y con una voz ligeramente ronca se dirigió a mí para preguntarme mi nombre. Tragué saliva y escuetamente contesté: Arun.

Él estaba frente a mí con las piernas cruzadas, que se adivinaban bajo su manta como delgados y estrechos huesos formando ángulos precisos. El sonido de su voz era envolvente y un extraño magnetismo me hizo detenerme en aquel rostro que me atraía. Recorrí con la mirada los profundos surcos que atravesaban su frente, los semicírculos y los extraños signos que el tiempo le había marcado en torno a los ojos. Desde su frente, unas líneas transversales descendían hacia la barbilla, rodeando la boca de labios muy finos y ocultos bajo una barba que le salpicaba la piel oscura con hilos hirsutos de un blanco inmaculado. Volvió a preguntarme:

—¿Cómo podría empezar esa historia? 

Aquella pregunta me desconcertó y balbuceé: 

—Yo no sé… —De nuevo se dirigió a mí: 

—Cierra los ojos y deja que hable tu corazón para que las palabras den sentido a las inquietudes de tu alma.

—No lo comprendo —repliqué.

No sé si me oyó, él mantenía la cabeza baja, mirando a un punto perdido sobre su manta. Empezó a hablar y fue dejando que la entonación de su voz diera vida a las frases que iba pronunciando como un experto y consumado narrador:

—El Yamuna es el más sagrado de todos los ríos que nace en las altas cumbres de los Himalayas. Su misión es recoger el amor y la belleza que encuentra en su camino y verterlas a la madre Ganga, para enriquecer su caudal y embellecer sus aguas llenándolas aún más de sentimiento.

»En su largo camino, desciende desde las regiones montañosas, en las que son muy pocos los seres capaces de vivir, y atraviesa las extensas llanuras, donde el espíritu inquieto de los hombres forjó, día a día, el legado de una cultura y una religión con el nombre de un dios para cada brizna de existencia.

»Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

Me dejé llevar por la emoción de las palabras y por estar en aquel sorprendente lugar, frente a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India. Sin darme cuenta mis ojos se cerraron y las imágenes dieron paso a los sonidos leves a mi alrededor. Oí el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de vida en torno a aquel pequeño círculo, en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Aquella rara sensación de pertenecer a aquel lugar me hizo estremecer, abrí los ojos y vi como el anciano levantaba la cabeza. Por primera vez desde que me sentara junto al muchacho, fui consciente de que me veía. No era necesario que yo dijera nada, leía dentro de mi corazón como si fuera un libro abierto entre sus manos.

Creo que, al darme cuenta, me sonrojé y tuve que apartar, como un muchacho tímido, mi mirada de aquellos ojos que brillaban como dos minúsculas chispas llenas de vida. En su interior estaban escondidos todos los secretos que impregnaban el aire que nos acariciaba, allí estaban escondidos mis más íntimos desvelos.

Y oí su voz como un eco lejano al comenzar su historia:

—Lo que voy a contar sucedió hace muchos años. Sin embargo, bastaría con atravesar el río para poner los pies sobre las mismas tierras que fueron testigo del aquel suceso.

»En aquel entonces, el río Yamuna discurría con gran fuerza y durante la época de las lluvias, su caudal se multiplicaba lamiendo con sus aguas las piedras rojas sobre las que se yergue el monumento. Pero, años atrás y lejos de aquí…

Con la magia de sus palabras fue transformando el universo abstracto de sensaciones y seres invisibles en el que yo flotaba, haciéndolo más pequeño. Se fue cubriendo de matices para dar vida a la casa de un rico e influyente hombre de Mathura: una vieja ciudad en la ladera del Yamuna, que en su día fue una importante capital, el escenario de cientos de guerras y de míticas batallas. Allí y a lo largo del tiempo, se entremezclaron las culturas llegadas en pos de las caravanas portadoras de sedas, de especias, de curtidos. En aquella ciudad nació y vivió sus primeros años la octava reencarnación de Vihsnu: Khrisna, el dios del amor de los hindúes, cuya presencia sembró de templos las laderas del río y donde, más tarde, los emperadores mogoles fueron trayendo los ecos de su Dios omnipotente y solitario, salpicándolo todo con los vestigios de su propia cultura.

En aquel escenario de arraigados y encontrados sentimientos nació Madhu. Fue una hermosa noche de luna llena con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su llegada, marcándole los pasos de un camino brillante. El astrólogo predijo para ella que sería una mujer muy bien amada y, desde su nacimiento, el padre prometió encontrarle el más hermoso de los destinos.

El anciano fue dando vida a la hija más pequeña de una familia en la que le habían precedido cinco hermanos varones. La hizo crecer para mí, risueña y atrevida, con los ojos chispeantes y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. Cautivando a un padre capaz de conmoverse al escucharla improvisar las ragas de la mano de su maestro, o mientras la observaba, sumida en un místico silencio, recitar los versos escritos en el Gita: ese libro sagrado que esconde entre sus palabras los secretos de la vida y de la muerte, de lo efímero y de lo eterno y haciéndole sentir un hombre afortunado por poseer tan hermosa joya que solo fue capaz de comprometer, en aras de la tradición, para convertirla en la esposa de un importante y rico hombre de la próspera ciudad de Delhi.

Pero el destino, que juega con los hombres mostrándoles cuán frágiles son sus propósitos y qué nimias las armas que utiliza la mano misteriosa que mueve los hilos de la existencia, se reveló muy pronto dispuesto a trazar el que habría de ser el camino de Madhu. Pues, desde su casa, y cuando aún era una niña, las ramas de una vieja higuera de agua se descolgaron, generosas y cuajadas de flores, sobre el patio de Karim: un muchacho musulmán, de tez oscura y mirada inquieta, que siempre cubría su cabeza con un gorrito blanco, hecho para enredar entre sus hilos todas sus oraciones en busca del soñado paraíso.

Fue así cómo la ingenuidad de sus pocos años hizo que los niños se ocultaran jugando entre las frondosas hojas, que se perfumaban de flores cada verano y que Karim fue entremezclando, año tras año, con los mechones de pelo sedoso y negro de Madhu quien, al hacerse mujer, fue convirtiendo su mirada en los rayos de un amor que el tiempo transformó en un sentimiento mutuo, profundo y generoso.

Y una noche de luna llena, con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su camino, convencidos de su amor, los secretos amantes emprendieron la huida hacia la lejana y prometedora Calcuta.

En su camino, cabalgaron junto al río, oyendo el rumor del agua, que acompañó sus pasos hasta llegar a la ciudad de Agra. Allí, conmovidos por la hermosa estampa que durante siglos ha hecho verter palabras de amor a los poetas, prometieron no separarse nunca. Y ocultos tras las altas hierbas de un pequeño bosque de cañas, esperaron el amanecer para continuar.

De nuevo a mis pies, como un milagro, volví a oír el suave rumor del discurrir de las aguas que me devolvió a aquel sorprendente lugar, junto a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India…

—Aquella mañana, aún era muy temprano. El sol no había asomado su esfera deslumbrante y solo la claridad de su preludio iluminaba el paisaje levemente.

Era ese extraño y mágico momento de cada amanecer, cuando parece que el sol no se atreve a irrumpir de repente en la vida de la India y se va anunciando, con sigilo, por miedo a deshacer el hechizo que encierran las tinieblas de la noche.

Poco a poco, ayudado por sus palabras, percibí cómo la luz se hacía más intensa y los pájaros comenzaban a desperezarse, produciendo en el aire una cascada de sonidos y de músicas lejanas. Y el viejo me contó que, al despuntar el alba, los jóvenes advirtieron que la tierra se estremecía a su espalda. En solo unos instantes, tras el silencio húmedo y gris de la espesa niebla, vieron surgir de entre las cañas a seis jinetes rodeando el pequeño bosque en donde se ocultaban: los hermanos de Madhu y el propio padre, detenidos frente ellos, les mostraron amenazantes la frialdad de sus armas y, entre los pies de los nerviosos caballos, atraparon a Karim alejándolo de Madhu con ásperas promesas de muerte y de venganza.

Pero antes de marchar, el muchacho se despidió de su amada extendiendo la mano para entregarle el gorro blanco que cubría su cabeza. Los dos sabían que, entre los finos estambres y enlazadas, noche tras noche, de sueños y de esperanzas, estaban las miles de plegarias que habrían de alumbrar sus pasos hacia las puertas de su propio paraíso.

Al fin, Madhu, sola, de rodillas sobre la tierra húmeda, con los ojos anegados por las lágrimas, comenzó a rezar, oyéndose en el aire el eco de sus palabras.

El padre, conmovido, descendió del caballo y se aproximó hasta donde estaba su hija dispuesto a consolarla, a hablarle del tiempo que todo lo cura y todo lo enseña, de los sueños que tuvo para ella: el amor y la riqueza, la protección y la calma bajo la mano de sus dioses y la benevolencia de su raza. Suavemente acarició su vestido y cerró los ojos: detrás de sus párpados volvieron los ecos de la infancia y volvió aquella niña, risueña y atrevida, con la mirada chispeante y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. La música regresó a sus oídos y las lágrimas se asomaron envolviéndole las pestañas.

Madhu, conmovida al ver a su padre llorando junto a ella, se incorporó sumida en una extraña paz. Cogió entre las suyas las manos de aquel hombre a quien tanto amaba y, con la voz pausada, se dirigió a él para agradecerle aquel tiempo en que, sentada sobre sus rodillas, bebió en la dulzura de sus palabras. Fue de él, de quien aprendió a sembrar y a buscar la pureza de los sentimientos solo en el alma, el lugar en donde mora la única riqueza capaz de arraigar y perdurar, más allá de lo efímero de la vida, que ahora se le mostraba.

Y todo ocurrió en un momento. El anciano, con un gesto de sus manos, me hizo volver la cabeza: la silueta del Taj Mahal se recortaba a mi espalda vertiéndose sobre el agua.

No recuerdo haber oído sus palabras, pero detrás de mí, surgiendo de entre las cañas y al otro lado del río, vi llegar cabalgando a una mujer sobre un caballo blanco con las crines doradas. Descendió de su cabalgadura para meterse en el agua, empujando a su paso el suave oleaje que rompía la alfombra de cristal en donde se dibujaba el hermoso monumento. Ante mis ojos, la frágil silueta se fue fundiendo con las cúpulas blancas como las mismas perlas que, a su paso, se abrieron en pedazos y ella desapareció… Tras un instante de silencio, la imagen de mármol volvió a quedar intacta y reflejada sobre el agua. Y en la orilla, vi llegar al padre de Madhu, buscar con la mirada el rastro de su hija. En mi propio corazón, sentí un inmenso vacío al ver los alminares que aún temblaban a sus pies conformando enormes precipicios de huecos profundos y oscuras oquedades, envueltos por las curvas del imponente mausoleo.

El aire empujó hasta mis oídos el ruido de sus sollozos y lo vi caer de rodillas junto al agua, inclinarse como un junco roto ante el suave oleaje que trajo hasta sus manos el gorro blanco de Karim.

Parpadeé un momento y todo desapareció de mi vista tras la magia de unas palabras que nunca escuché.

Aún, al recordarlo, me pregunto cómo pudo suceder aquello. Sólo puedo decir que, en aquel instante, oí de nuevo el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de emociones vivas en aquel pequeño círculo en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Volví la cabeza con las imágenes todavía en mi retina, el viejo volvió a inclinar la suya como si todo hubiera concluido y oí el leve murmullo de su voz que se apagaba:

Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

 

Tardé un largo momento, pero, al fin, me incorporé muy despacio y me despedí del muchacho con un gesto generoso. Agradecí al anciano aquella historia que me había conmovido, abandoné el lugar y regresé de nuevo a recorrer en silencio las paredes blancas del Taj Mahal junto a mis compañeros de viaje.

Creo que la extraña magia que poseía la mirada de aquel viejo centenario inundaba todavía mi corazón y, en un segundo de locura, los ojos tristes de Deepa en nuestra despedida me miraron lejanos y llorosos. Instintivamente, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón buscando como una maldición aquel gorro blanco.

Aliviado, contemplé el pañuelo apretándolo entre mis dedos y, pálido, tuve que apoyarme contra una pared. Un amigo me preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

Me repuse y limpié las gotas de sudor que sentía mojándome la frente.

—Sí. No te preocupes, estoy bien —respondí después de un momento—. Es que… no podría soportar perderla.

Me miró perplejo y sonrió con malicia.

—¡Ah!…, ¡hombre, por Dios!

Me puso la mano sobre el hombro, me dejé llevar y ambos nos incorporamos de nuevo al grupo para volver a escuchar las palabras del guía:

«El nombre de la princesa era Arjumand Banu Begam pero siempre fue conocida como la Joya del Palacio…».

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

Tierra húmeda

—¡No fumes!

 El joven Arriaga oyó que alguien le daba aquella orden saliendo de la negrura del escaso bosque a su espalda. Desconcertado, apagó con un gesto rápido el cigarrillo con el talón de su bota. Creía estar a salvo entremetido entre las piedras húmedas que en las horas de marea alta soportaban estoicamente las envestidas del Cantábrico. 

Fantasma
Archivo de LHM

Vio como un hombre se le acercaba. Su silueta se dibujaba en la noche balanceándose como un junco acariciado por el viento. Una gorra vasca le cubría la cabeza. La inquietud que le había provocado aquella orden enseguida se desvaneció, su mente ágil sabía que los guardias no abordaban a sus presas de esa manera.

Trabajosamente, como si no tuviera control sobre sus extremidades largas y huesudas, el hombre se sentó a su lado, contra la roca.

—Hay brisa, muchacho, el olor del tabaco puede alertar a los guardias. Les funciona el olfato mejor que a los sabuesos. ¡Vamos!, ¡ven conmigo! Esperaremos juntos entre los árboles. 

Los dos se levantaron. Arriaga, sumiso, le siguió ascendiendo un intrincado desnivel hasta que la espesura hizo desaparecer las sombras que la escasa luz había dibujado sobre el terreno pedregoso.

Se apostaron contra dos árboles esbeltos, limpios de las ramas que parecían haber escapado a las alturas, para alejarse del acecho de aquel mar capaz de lamerlo todo sobre la hondonada que aprisionaba sus raíces. Apenas unos instantes después, el hombre se dirigió otra vez a él.

–Soy Roberto, pero me llaman el Largo, ya habrás visto por qué. 

Se quitó la gorra. Arriaga extendió su mano y la estrechó sin despegar los labios. No se atrevió a decir su nombre. Se sentía un estúpido novato. Los dos de nuevo en silencio fijaron la mirada en la negrura del mar.

–Aún queda tiempo hasta el amanecer. Con el alba se acaba el plazo. –Su voz, casi un murmullo, era ronca y cansina.

–Ayer no te vi por aquí.

–Fui más listo –dijo Arriaga secamente.

El Largo se dio cuenta de la causa de su enfado.

—Ya veo que eres hombre orgulloso, pero tranquilízate, muchacho, que los años te irán enseñando. Eso… si es que antes no se te llevan por delante, como a otros tantos.

Arriaga escudriñó de manera fugaz el perfil anguloso de aquel desconocido. Seguramente sería un compañero de viaje, sabía que no embarcaría solo. Le pareció un hombre gastado, profundamente sereno.

–¿Crees que vendrán hoy?

–Sí, mañana no habrá luna y la oscuridad pone muy nerviosos a los guardias: sacan los perros en manadas y nadie se arriesga.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos. El rumor incesante y monótono de las olas, calmando su vigor en la suavidad de la playa pedregosa, acallaba los leves sonidos del bosque dormido.

El tiempo transcurría lento y espeso. Los veinte años de Arriaga hacían difícil aquella inmovilidad en alerta  que le quemaba el estómago excitando sus sentidos. Deseaba saltar por fin sobre la barca y adentrarse en el mar para surcarlo hacia un mundo que soñaba lleno de promesas. Como si adivinara sus pensamientos el Largo le preguntó:

–¿Tú por qué te has metido en esto? –Arriaga agachó la cabeza.

–Tengo ideales –contestó mordiéndose los labios.

–Eso es bueno, consérvalos mucho tiempo. Pero detrás de los ideales siempre hay algo más y tú eres el hijo del Poeta. La cosa no necesita de muchas explicaciones.

–¿Me conoces?

–Sabía que andabas por ahí con las narices metidas hasta el fondo de la olla y alguien me ha dicho que has estado buscando la manera de irte a Rusia. ¿Qué es lo que esperas encontrar allí?

–Quiero aprender.

–¿Aprender a ser comunista? —Arriaga notó que sonreía con una sonrisa irónica.

–Sí.

–¿Te gusta obedecer sin hacer preguntas?

–Sí, si creo en lo que me mandan.

Ambos permanecieron callados, mirando al frente. El mar reflejaba los escasos fulgores de una delgada luna que colgaba inerte y solitaria, marcando el lugar en donde se encontraba la línea invisible del horizonte.

–A tu padre le llamábamos el Poeta, nunca había escrito dos frases seguidas y mucho menos un par de versos, pero era un soñador, ¿lo sabías?

—No le he conocido, su madre fue quien me crió.

Arriaga  se rascó el cuello bajo la bufanda que le aprisionaba. Le picaba aquella lana áspera que la abuela había tejido para él. Era incansable en su labor de hacer de madre. Cuando tenía seis o siete años, ella le había contado cómo fue su venida al mundo. Nunca más quiso oírlo. Su madre y ella habían ido al monte a ver el sitio en el que habían matado a su padre. No encontraron nada, solo sangre seca y amoratada entre hojas muertas, tierra y guijarros. Al bajar tuvieron que cobijarse bajo los arbustos, a su madre le vinieron los dolores de parto y entre gritos contenidos y sollozos nació él. La abuela  lo envolvió  en su falda y caminó monte abajo junto a su madre que se desangraba. Ella no sobrevivió. A Arriaga le dolía recordar aquellas imágenes formadas en su cabecita infantil como si hubiera sido testigo consciente del suceso y después, cientos de veces,  la abuela repetía una y otra vez: “Prométeme que no malgastarás tu vida en guerras que no sean las tuyas”, “en guerras que no sean las tuyas”, repitió en su mente Arriaga percibiendo el olor húmedo y espeso de aquel bosque. ¿Cómo se hacía eso si él era un hijo de la guerra? Todo lo que había detrás de sí estaba marcado a sangre y fuego.

Entre los árboles se estremeció, sentía que aquella noche volvería a nacer de la misma manera que hacía casi veinte años; el olor a vegetación salvaje, agreste y húmeda era parte de su propia vida.

–Falta muy poco para el amanecer. Prepárate, ya no pueden tardar. 

–¿Tú ya estás preparado?

–No, muchacho, yo me quedo. Soy como tú, de esos que obedecen solo si creen en las órdenes recibidas. Debe ser que lo da la tierra.

Arriaga tosió incómodo y escudriño en la oscuridad la cara de aquel hombre que veía por primera vez, le pareció muy viejo. 

Sin saber porqué, sus palabras le hicieron desconfiar y pensó que de aquella época sólo habían sobrevivido los soplones… No se contuvo y preguntó:

–¿Cómo has podido sobrevivir todos estos años?

–En los peores momentos yo no estaba aquí. Luego, todo se ha ido calmando.

–¿Dónde estabas? 

–En Rusia. En Rusia, sí. Ese país al que te llevan a ti.

–Estoy impaciente por llegar.

–Será una gran sorpresa, pero eso tendrás que descubrirlo tú mismo.

La bruma del amanecer disipó la tenue línea del horizonte oscuro y en ese momento una barca empezó a dibujarse sobre el agua como una mancha informe y misteriosa.

Los dos hombres se levantaron. Arriaga, antes de salir de entre los árboles se agachó y hundió las manos en la tierra húmeda. Durante un instante cerró los ojos, el corazón le latía fuertemente. Contra su piel sintió el latido de millones de gusanos. 

–¿Qué haces? –dijo el Largo volviendo la cabeza.

–Necesito saber que voy a regresar.

–Eso nunca se sabe, has emprendido un viaje peligroso, pero estoy seguro de que encontrarás tu propia guerra, las demás son inútiles.

–Ya he oído eso antes —dijo Arriaga mientras se alejaba adentrándose en las frías aguas del océano.

Ya en la barca, Arriaga volvió la vista hacia la playa, quería dedicar al Largo un gesto de despedida. Pero no vio a nadie, la playa estaba oscura y solitaria.

—Conmigo había alguien de quien quisiera despedirme —dijo a uno de los hombres que lo habían ayudado a subir.

—¿Quién? ¿Era tu madre?
—No, era un tipo raro. Me dijo que se llamaba Roberto, el Largo.

—¿Sí? ¿Estás de guasa? Roberto el Largo murió hace unos cuantos años, lo mataron en esta playa el mismo día que volvía de Rusia.

Arriaga se miró las manos impregnadas de tierra todavía y la barca se perdió adentrándose lentamente en la neblina del amanecer.

En Palmira

De cómo una atrevida y osada turista occidental habría de ser rescatada por la policía secreta de Siria, a quien puso en jaque, cuando visitaba las ruinas de Palmira durante su viaje por ese país soberano del Medio Oriente, tristemente sumido en una terrible guerra civil hace ya nueve años.

Archivo personal C.A.

Los misterios de Agatha Christie eran sus lecturas preferidas, pero lo que le atraía era el Oriente con su exotismo. Conoció las historias de la condesa aventurera, Marga D´Andurain, quien se casó con un beduino e incluso se convirtió al islam. Soñaba con aventuras en el desierto, acampando en jaimas lujosas con sirvientes dispuestos a sus caprichos y demandas. Imaginaba un harén de hombres, beduinos jóvenes de ojos profundos y negros, única parte de la cara que dejan ver sus turbantes, cubierto el resto y ocultando igualmente sus robustos cuerpos bajo sus chilabas, largas y anchas túnicas. Hombres fuertes, de brazos cálidos, acogedores, reconfortantes. Dormir en la misma cama donde lo habría hecho la famosa escritora, quien pasaba temporadas trabajando en sus misterios, le excitaba de manera extraordinaria e imaginaba intrigas que ocurrirían en el hotel Zenobia de Palmira, a sabiendas de que, en sus tiempos, lo regentaba la condesa francesa con su esposo europeo.
Asimismo sabía que la famosa escritora de intrigas y asesinatos conoció en el desierto de la Ruta de la Seda a un famoso arqueólogo, con quien también contrajo matrimonio. Su mente recorría los viajes de Marco Polo trayendo y llevando todos esos maravillosos tejidos, brillantes y suaves que adornaban los sensuales cuerpos de las mujeres orientales más pudientes, atrayendo las miradas de esos ojos profundos, sensuales y libidinosos de los hombres del desierto.
Su visión recorría las dunas de arena de color dorado, cambiantes en sus formas, con un sol abrasador durante el día y de bajas y heladoras temperaturas durante la noche, percibiendo el calor de los brazos del fogoso y apasionado amante que la llevaría a vivir nuevas y mágicas culturas.
La imaginación se le desbordó cuando al pie de las ruinas del Templo Bel, un guapo y joven beduino le ofrecía un paseo en camello sobre el que el apuesto sirio descansaba a la espera de conseguir un turista que aceptara su oferta a cambio de algunas monedas.
La osada y fantasiosa turista sucumbió ante las maneras del camellero, soñando regresar a los tiempos lejanos del Imperio de Palmira y de la Reina Zenobia, a lomos de un camello gobernado por un fiel siervo, en busca quizá de un faquir o un sabio y portentoso jefe de los desiertos, emulando a sus aventureras heroínas.
Ante la expectación del resto, la osada turista alcanzó el lomo del camello, ayudada por el joven y guapo camellero e invitando a uno de los presentes a acompañarla en el paseo.

No duró su fantasía, rápidamente tuvo que descender a la realidad porque, ante su sorprendida vista y con movimientos apresurados, descendieron de un Land Rover cuatro hombres vestidos de paisano y con chaquetas marrones atrapando al joven por un brazo y bajándole los pantalones para evitar su huida, que no fue óbice porque el joven camellero, supuestamente experimentado en situaciones de desacato, salió corriendo colina arriba, dejando al camello y sus jinetes al albur de la reacción del pacífico animal. 

La escena que siguió al suceso era de lo más estrambótica, el dueño del camello gritaba en árabe, en  arameo o vaya usted a saber en qué idioma. Los hombres de las chaquetas marrones trataban de que el animal doblara las patas delanteras para poder liberar a los turistas y bajar de las alturas de la joroba; para lograrlo, con un palo, fustigaban al camello que, ignorante de toda la movida, con sus inquietos movimientos provocaba el terror de los que estaban encaramados que temían que el animal se encabritara y echara a correr sin control, obedeciendo a la supuesta llamada de su amo que no cesaba en sus gritos.
La expectación era tensa, el guía que acompañaba al grupo de turistas, al que pertenecía la aventurera, temeroso de que pudiera ocurrir un incidente, observaba atentamente, mientras se tomaban las mejores instantáneas desde las cámaras fotográficas de los allí presentes.
Finalmente, los de la secreta consiguieron acercar al camello hasta una de las monumentales y múltiples piedras de los restos de ruinas históricas. Esto permitió a los jinetes descender sobre la histórica ruina, ayudados por un musculoso policía en camiseta, evitando así un temido percance, como al parecer había ocurrido el día anterior en semejante situación. De ahí la preocupación del guía y, por supuesto, de la policía.
Tras la visita de las impactantes ruinas, Patrimonio de la Humanidad desde 1980 y, ya a pie, hizo aparición el joven del turbante, dueño del camello ignorante de su protagonismo, ofreciendo las explicaciones pertinentes para ganarse así una compensación económica a su ajetreado y corto servicio.
La turista le hizo entrega de una generosa cantidad, dejando muy satisfecho al desenfadado sirio y quedando así zanjado este curioso episodio, que dio lugar a toda clase de divertidos y jocosos comentarios, amenizando así el resto del viaje.
Sin embargo, no acabó ahí la presencia del camellero, quien volvió a hacer su aparición al día siguiente en el particular hotel Zenobia Cham Palace de la bella Palmira, ciudad clave en la Ruta de la Seda que en la Antigüedad unía Oriente y Occidente y que, al parecer, albergaba el único oasis natural del desierto sirio. Montado en su camello, con porte majestuoso, se dirigió hacia el Zenobia para despedirse de la turista que había dejado un especial impacto en su todavía escasa vida de comerciante avispado. Al encontrarse, en primer lugar, con el caballero que acompañó en la cabalgadura a la turista, le preguntó por «su señora», a lo que el acompañante, siguiendo la presunción del visitante, desconocedor de la relación, mejor dicho, de la no relación existente entre los jinetes, avisaba a la compañera de viaje, quien se vio gratamente sorprendida y halagada por la deferencia del comerciante sirio.
Así fue como la osada turista finalmente tuvo que asumir que fracasaba en sus sueños de reyes beduinos y harén masculino con siervos y esclavos asumiendo que el turista, compañero de viaje, en chándal por cierto, era, por el momento, su máxima posible aspiración.
A veces, los sueños no se convierten en realidad, pero soñar es imprescindible porque, en ocasiones, la realidad es muy dura y no hay duda, hay sueños realizables.

Era el amor

Irene colgó el teléfono y caminó pensativa hacia su cuarto. En otro tiempo aquella llamada la hubiese hecho saltar del sillón descorchando nuevamente la botella donde estaban contenidos todos sus sueños. Hoy se alejó del auricular con cierta amargura, Luis era la otra mitad de sí misma. Ella lo supo siempre, y lo supo con esa certeza que da la sensación de paz que llena tu corazón cuando estás con esa persona, pero después de más de tres años de conocerlo, de unos primeros encuentros apasionados y sinceros  surgieron los primeros atisbos de compromiso, y Luis retrocedió instintivamente hacia una postura inamovible con el deseo de no perder su libertad, en una modernidad inconformista que no le permitía encuadrarse en los cánones clásicos que la relación con Irene, sin ella pretenderlo, suponía para él.

Archivo LHM

Al día siguiente, era una tarde de finales de invierno, Irene, con la cara iluminada por el sol, esperaba en la puerta de su edificio la llegada de Luis. Vestía una falda gris con una chaqueta de pata de gallo haciendo juego, las botas altas y negras le daban un aspecto excesivamente formal para su gusto, que solía vestir  simples vaqueros y amplios y cómodos jerseys. La verdad es que había querido darle importancia a aquella tarde pero, una vez en la puerta de la casa, mientras esperaba la llegada de su amigo, se arrepintió de haberse preocupado demasiado de su atuendo, no dejaba de sentirse tiesa e incómoda.

–Caramba, nenita, pareces toda una mujer –le dijo divertido Luis mientras aproximaba su cara a la de Irene para besarla.

–Pero no me mires así, parece que te doy miedo. ¿Te apetece un paseo por el Retiro? Hace una tarde bonita.

–Sí, hoy no hace frío. Tal vez podamos sentarnos en alguna terraza al aire libre.

Luis se sorprendió, había en la actitud de Irene una casi imperceptible tirantez que no recordaba en ella. 

Él era un hombre atractivo, muy atractivo, con una  delicadeza en sus ademanes que cautivaba a las mujeres nada más conocerle y ello le permitía ser, a veces, excesivamente espontáneo sin miedo a herirlas con su forma de tratarlas. Por eso, a penas pudo soltar las manos del volante al parar frente a un semáforo en rojo, se permitió coger la barbilla de Irene y, obligándola a mirarle a los ojos, le preguntó:

–¿Realmente eres otra persona? ¿Tu amenaza de ayer era verdad? ¿Qué te ha pasado? No soportaría encontrar en ti una persona distinta a la que quiero encontrar. Tú eres un pequeño tesoro que guardo dentro de mi corazón y que a veces necesito buscar para contemplarlo y acariciarlo.

–Y dejarlo después en el fondo de tu corazón otra vez y olvidarte de ese pequeño tesoro. –Irene había continuado como si sus palabras fueran la continuación de las palabras de Luis–. Pero ese pequeño tesoro está hecho de fibra sensible, no de metal, y siente. ¿Habías pensado en ello?

–Dejemos esta conversación para después. 

Luis, sorprendido nuevamente, volvió a ocuparse del volante, el semáforo en verde les permitió continuar a través de las calles atestadas de tráfico a aquellas horas y en silencio se encaminaron hacia el Retiro. Luis aparcó su coche cerca de la entrada y salió rápidamente para abrir la puerta de Irene, que sin estar acostumbrada a esos detalles caballerescos, ya había descendido sin ayuda.

–Eres sorprendente –le dijo con cierta burla–. Avísame de que vas a hacer algo así, me encanta realmente sentirme alguna vez como una auténtica princesa.

–Eres una princesa. –Luis la miró, dando un repaso al atuendo que llevaba Irene aprobándolo con la mirada.

Ella no pudo contener la risa, toda la tirantez que le producían su falda y su chaqueta desapareció por encanto, y se sintió, como tantas otras veces que él repetía ese gesto, la mujer más guapa del mundo.

–Sabes realmente como hacerme reír –exclamó divertida.

Caminaron durante unos minutos por los solitarios paseos cerca del Palacio de Cristal, hablaron de cosas intrascendentes. Era evidente que Luis no estaba dispuesto a sentirse de nuevo caminando sobre arenas movedizas. Se dirigieron hacia un kiosko que extendía sus mesas en una pequeña explanada. Se sentaron uno frente a otro.

–¿Te apetece tomar café o…?

–Un café estará bien. Pero cuéntame, ¿dónde has estado últimamente? –le preguntó Irene mientras buscaba un sitio apropiado para colocar su bolso.

–Ayer volví del Pirineo. He estado esquiando unos días.

–Ya. Qué suerte, ¿con tu grupo de siempre?

–No, estuve solo. Me cogí unos días en la empresa y me marché. Allí conozco gente y a veces es bueno cambiar de ambiente. Sienta bien.

–Claro, cuando pienso en ti siempre te veo rodeado de gente. —Irene se interrumpió mirando con detenimiento la cara de Luis–. Tienes todavía restos de quemaduras en la cara, ¿son del sol?

–Sí, ha hecho un tiempo increíble y me quemé la piel de la cara y de las manos como un novato –Luis contestó indiferente haciendo un gesto con la mano indicando que no tenía importancia.

–¿Sabes una cosa, Irene? Me encantaría irme de Madrid definitivamente. Estoy cansado de esta ciudad llena de tráfico y prisas. Nunca hay tiempo para nada, es agobiante. La lástima es que mi trabajo está aquí…

–Sí, a mi también me cansa esta gran ciudad en la que nunca te encuentras con nadie. Aquí te puedes sentir intensamente sola y a nadie le importa.

–¿Te sientes sola?

–Sí, me siento muy sola y perdida en Madrid.

–¿Vendrías conmigo?

–¿A dónde, Luis?

–Conmigo, simplemente.

–No.

La respuesta de ella fue categórica. Se volvió hacia Luis esperando una pregunta que le permitiera continuar, deseaba responderle con valentía sobre las miles de razones por las cuales no se iría con él para que Luis la convenciera de lo contrario. Le hablaría del abandono que sentía, de su imperdonable olvido, de la necesidad de su cercanía para tener un hombro sobre el que apoyarse cuando sentía, y ahora más que nunca, ganas de llorar, de su soledad. Le había amado con locura, le amaba todavía  con locura. Con un solo gesto de él, ella podría dejar caer sus brazos sobre el terciopelo de su cuello y masticar el aroma tibio de su cuerpo bronceado y abandonarse en la calidez de sus brazos. Pero Luis no preguntó nada. Encajó la respuesta y por un momento permaneció callado.

–Te ha ocurrido algo serio últimamente —dijo Irene.

–Tal vez. No lo sé. Posiblemente estos días que he pasado solo he pensado en ti sin proponérmelo. Si hubieras estado conmigo… no sé. Pero hoy cuando te he visto me he dado cuenta de cuánto me estoy perdiendo sin ti.

El corazón de Irene latía fuertemente. Las palabras de Luis le indicaba un camino a seguir. La certeza de que él también la amaba se hizo más patente que nunca, pero no encontraba la manera de conectar. Él no entraba en su juego y ella no sabía conectar con el suyo. Intentó deslizarse por aquel camino que Luis parecía querer abrir y le preguntó tímidamente.

–¿Sin mí?

–Sí, Irene, sin ti. Ya te lo he dicho y tú lo sabes. Hace ya un tiempo que nos conocemos, eres mi pequeño tesoro. Aquello con lo que sueño cuando todo me ha defraudado, cuando estoy harto y cansado de todo. Entonces, allí, como una esperanza, estás tú, una luz al fondo del camino hacia la que me dirijo y que me sirve de guía.

–Y yo estoy allí, siempre he estado allí —contestó Irene con voz decepcionada.

–Siempre has estado allí, es cierto, pero inamovible, con un no por respuesta también siempre, como ahora. Eres demasiado rígida, demasiado segura de lo que quieres y a la vez demasiado inalcanzable y misteriosa para mí.

–Te equivocas, pero tú mismo lo has dicho, giras la cabeza hacia mí cuando estás harto de todo, cuando estás defraudado de todos, cuando todo pierde su sentido porque tienes tantas cosas en las que fijar tu atención, en las que deshacerte cada día. Buscas en demasiados sitios a la vez cuando en realidad no sabes lo que buscas, y yo soy más simple que todo eso: solo quiero compañía, seguridad, solo quiero ir de la mano cada tarde y compartir mi escaso mundo con alguien.

Irene calló por un instante. Sentía que ella misma marcaba la distancia entre los dos, una distancia insalvable. Pero no podía callar esta vez. Su corazón se desgarraba mientras iba expresando sus sentimientos. Sabía que estaba poniendo punto y final a una historia de la que nunca querría salir, pero continuó sin poder contenerse.

–Creo que tú y yo nunca podremos estar en el mismo camino. No te puedo seguir en tus viajes, tus salidas nocturnas, tus arriesgados deportes, tus ansias de aventura. Mi vida no va por esos derroteros y no puedo cambiarla, tampoco quiero sentarme  a esperar que te canses de todo. Hoy pareces no entender la vida sin mí, pero mañana recibirás cualquier llamada y habrás olvidado que tus palabras hacen crecer en mí unas esperanzas que nunca llegan a hacerse realidad. Yo me siento cada día llena de pequeñas sensaciones  que compartir y no puedo esperar más, el tiempo me apremia, ahora solo puedo dedicarme a algo: a olvidarme de ti, a encontrar un camino distinto del tuyo. No quiero volver a esperar tus llamadas, los caprichos de tu corazón. Quiero que aceptes un no para siempre y que me olvides. Estoy segura de que encontrarás otra luz al fondo del camino para poder seguirla, eres un hombre de recursos.

Luis escuchaba perplejo, sorprendido por la profundidad de sus sentimientos, sintió vergonzosamente su egoísmo como la causa de la  estupidez de dejar escapar a una mujer así a la que amaba como a nadie, con quien era capaz de sentirse, sencillamente, él mismo. Sabía que ese encuentro se produce solo una vez en la vida, pero no esperaba la decisión, el desgarro, la sincera seguridad con la que Irene hablaba, y sentado junto a ella, huyendo de su mirada la oía en el fondo de su mente martilleando en sus oídos las palabras de despedida que no quería oír, siempre entre ellos había intuido algo eterno y nunca pensó en perderla definitivamente. Contempló los árboles del parque frente a sí, que tímidamente empezaban a reverdecer, y una profunda tristeza se apoderó de él. Una ráfaga de viento fresco acarició su cara e instintivamente se volvió hacia Irene con el deseo de protegerla, pero la mirada decidida de ella le hizo entender que aquella muchachita que había conocido por casualidad, con una vida tan distinta a la suya, siempre enfrascada en sus libros y sus estudios, estaba muy lejos de necesitar aquella protección que él podría brindarle.

–Nenita –la interrumpió con un tono de voz que indicaba cansancio– no sigas hablando, me haces sentir viejo y triste.

Irene se interrumpió y le miró con pena, efectivamente le pareció triste, despertó su ternura y sin poder evitarlo cogió su cara entre las manos haciendo que le mirara a los ojos y le dijo con calma:

–Dios mío, no sé que hubiese dado por despertarte de este letargo. Te quiero tanto.

Los dos permanecieron en silencio durante unos minutos, contemplándose con la tristeza y la certeza de que el destino caprichoso se había empeñado en no querer dejar que se encontraran nunca.

–Llévame a casa, por favor, se me ha hecho tarde. 

Luis se levantó en silencio, pago la cuenta al camarero y ambos se dirigieron hacia el coche ensimismados cada uno en sus propios pensamientos. Los minutos que tardaron en llegar a la casa de Irene fueron muy cortos, ambos esperaban un instante mágico que lo transformara todo, pero llegaron al portal de Irene y esta, con un nudo en la garganta, susurró en el oído de Luis mientras se aproximaba para darle un beso de despedida:

–Adiós, Luis, te deseo lo mejor del mundo.

–Irene, siempre estaré cuando tú quieras que esté –le dijo mientras veía cómo ella buscaba la manecilla de la puerta para abrir y salir.

—No, Luis, no lo hagas. Voy a olvidarte.

 

El abuelo

Georges M. Colección particular

Mentira parece y es cierto,
navegando sin descanso,
cruzas tierras, pasas mares,
climas duros, tiempo manso,
miras atrás y te asustas
la estela que vas dejando.

Cuántas vicisitudes
y avatares alternando
días de luz y de sol,
días fríos y nublados.
La vida es alternativa
de alegrías y trabajos.

En familia numerosa
junto a hermanos diligentes
unos feos y otros guapos
con unos padres abuelos
que dirigen como santos.
El ruido, la algarabía
de tan atrevidos pájaros.

Los estudios, el fútbol,
ilusiones, el amor,

una ondarresa, el flechazo
y entre bromas y alegrías,
miren que le sale al paso.

En plenitud de belleza
con estilo soberano
y conquista decidida,
llena de gracia y de garbo
al jugador del Arenas
futbolista y abogado.

Vaya Señora, señores,
ríanse de las de ahora
y los peces de colores.

Y entre bromas y alegrías.
días felices de antaño,
Dios bendice nuestro hogar
con hijos y nietos majos
todos bastante chuletas
algunos de campeonato.

Arquitectura abundante, computadoras, marketing, ordenadores, secretarias, medicina, ingeniería, economía, Derecho, decoración.
Cuánta ciencia y arte acumulados.
Con nave tan recia y fuerte no te asusta ni la muerte.

La adversidad es pasajera como también la bonanza,
estás temiendo lo peor y luego no pasa nada.
Bien unidos como siempre.
Cuántas pruebas bien expresivas de los altos valores humanos que todos poseéis en abundancia.

La ayuda en momentos difíciles de toda índole,
materiales y espirituales
con alto nivel de solidaridad
llena de valor y eficacia nunca regateada.

Os hemos visto con mano abierta y generosa hasta el sacrificio.
Gestos y vivencias que nunca se olvidan.

Qué hermosa Autonomía integrada por las de León, Asturias, Canarias, Vizcaya, Salamanca.

Feliz el que domina el egoísmo.

Qué hermoso crucero de ochenta años y qué hermosa estela en la que vemos brillar pequeños pececillos que nadan hoy en las aguas tibias de Torrevieja, con buenos tragos de agua salada a ratos y otros peces más grandes, delfines brillantes que saltan poderosos sobre las olas, algunos casi tiburones, sobre todo, cuando arrollan con el windsurf, tragándose las orillas y la arena de la playa para caer extenuados el resto de la tarde.
Y aún quedan otros todavía en los mares más alborotados del Cantábrico o de excursión por Europa o por tierras de Aravaca.

Y no puede faltar el recuerdo del golf en el que todos se creen el primero y ni Jacobo ni Ballesteros.

Porque si aprieto
con mi nave viento en popa
tengo una copa por nieto
y un nieto por cada copa.

¡Que Dios bendiga a todos en esta nueva andadura!

El gato de doña Aurora

Nadie, nadie, recordaría ya la existencia de este gato si no fuera porque su dueña era la comadrona del pueblo en el que nací, y que a mí, con el tiempo, me ha dado por escribir.

Pero para saber todo lo que se refiere a esta historia habría que remontarse mucho tiempo atrás, cuando la dueña del gato llegó a mi pueblo.

En su juventud había sido una hija de buena familia, en un pueblo de mar por las tierras de Valencia. Allí debía vivir una vida acomodada pero tuvo la desdicha de quedarse embarazada.

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En la época de la que estoy hablando, aquello era un asunto muy grave; un asunto en el que estaba en juego la honra de la familia, y un suceso así era la causa de la expulsión de la casa en la que se había nacido, como en este caso sucedió. Porque, a la pobre muchacha, cuando le preguntaron el nombre del padre —para solucionarlo como se hacía antes: con la boda—, Aurora no tuvo respuesta. Y es que ella tampoco sabía el nombre. El padre de la criatura había sido un viajante de comercio que pasaba por el pueblo con el que se había encontrado en el atardecer de un lunes del mes septiembre, en el zaguán de una vieja casa abandonada en donde los dos, sin conocerse de nada, fueron a refugiarse del fragor de una ruidosa tormenta de verano. La tormenta pasó sobre ellos entre truenos y relámpagos que asustaron a Aurora hasta el punto de echarse en los brazos del joven desconocido. Las nubes se fueron alejando en el horizonte mientras el sol se escondía lentamente al otro lado del mar dejando rastros inverosímiles ante su mirada. Los dos eran jóvenes, sensibles a la belleza y ocurrió que ella se abandonó al sofocante calor entre los brazos de aquel hombre moreno y resuelto.

Y esa fue la causa por la que, de la noche a la mañana, Aurora, ante la indiferencia de una madrastra egoísta y mal encarada se encontrara en la calle.

Sin saber qué hacer, llamó a la puerta de su abuela que se apiadó de ella y la acogió en su casa hasta que nació la pequeña. La buena mujer había sido comadrona y en esos meses enseñó el oficio a su nieta para que pudiera ganarse la vida. Cuando llegó la hora del parto, Aurora ya sabía como era todo, tuvo a su pequeña a la que puso su mismo nombre —tal vez para darse a sí misma una nueva oportunidad— y con el dinero que pudo darle la abuela, y con la niña entre los brazos cogió un tren hacia el interior de España.

Pasó por Madrid pero, sin dinero y sin relaciones, le resultó una ciudad demasiado grande e inhóspita para abrirse camino ella sola; después de un par de años de penalidades y miserias, alguien le habló de un pueblo, no muy lejano, en donde había muerto la comadrona.

Así fue como Aurora llegó al pueblo en el que nací. Alquiló una casita en la calle del Agua y dejó correr la voz de que era comadrona. Para hacerse respetar se colocó el “doña” delante del nombre y a partir de ese momento ya fue siempre y para todo el mundo, doña Aurora.

El primer parto al que asistió fue el de una campesina de escasos recursos, cuando acabó de limpiar al recién nacido en una palangana desconchada, recogió su material con la intención de cobrar por sus servicios y marcharse, su sorpresa fue que el padre de la nueva criatura, con sonrisa de compromiso y en la misma puerta en la que ella esperaba que le pagaran sus dos pesetas, le puso en las manos una bolita de seda blanca que resultó ser un gatito recién nacido. Y ella, mujer levantina y, por lo tanto supersticiosa, pensó que no podía despreciar a un ser vivo como pago de su primer trabajo y que bien podría ser un buen augurio para su futuro, después de todo, su trabajo era traer seres al mundo. Y se quedó con el gato al que llamaron Bufón, quien se convirtió en el testigo de sus silencios más amargos y en el juguete de su hija Aurorina.

Años después, yo nací entre las manos de esa mujer.

Y nací en ese pueblo de tierras llanas y calles polvorientas. Mi Madre, mujer educada y de gustos refinados a quien le gustaba disfrutar de la compañía de la gente, después de su primer parto, había depositado en doña Aurora su confianza y la buena mujer encontró en mi casa conversación, buen trato y refugio para su Aurorina, que cuando su madre tenía que salir de improviso o a horas intempestivas para atender algún parto, la mandaba a mi casa a hacer compañía a la niñera, con la ilusión de que empezara a ganarse la vida y se convirtiera en mi niñera y así ocurrió. Era muy jovencita por aquel entonces, pero resultó ser responsable y cuidadosa conmigo. La recuerdo vagamente como una muchacha risueña y alegre, pero a quien sí recuerdo a pesar de mis pocos años es a su madre. Todas las mañanas se la veía atravesar la plaza en dirección a la carnicería para comprar las vísceras del cordero con las que alimentaba a su gato. Todavía puedo describirla: era bajita, con las caderas anchas y los tobillos estrechos, se peinaba con un moño italiano que doblegaba su melena rubia teñida de canas. Tenía la piel muy pálida, los ojos claros y las manos delicadas. Su mayor aliado en la vida debió ser su abanico, lo blandía a diario, moviéndolo de un lado a otro con energía. Daba igual que fuera invierno o verano, aquel abanico era una prolongación de su brazo que, como una espada, espantaba moscas o achicaba los olores malditos de un pueblo que, harto de confiar en la agricultura, había empezado a transformarse en un pueblo ganadero. En un lugar como aquel, tan austero, tan seco y amarillo, huérfano de mares, la silueta delicada de aquella mujer siempre fue una nota discordante.

Pero todos fuimos creciendo, incluso el gato con quien aprendimos a convivir, aunque hablar de él no es fácil y es que la vida de los gatos es una vida muy seria, son como vigilantes de todo, que en nada se involucran ni se mezclan con nadie. Sencillamente… pasan. Sí, porque los gatos siempre pasan y si eres tú quien les alimenta se te aproximan cuando más tranquilo estás y sin exigencias pero con persistencia se arriman a tu espalda o a tus piernas mientras te sientas y fingen dormir, como si nada les importara, solo sentir el calorcito de tu cuerpo para que les trasmitas vida y no te olvides de que ellos están ahí.

Durante bastantes años el trabajo de comadrona para doña Aurora fue muy agradecido, las mujeres podían dar a luz en las casas con la asistencia de aquella sabia mujer, avezada y diestra en las lides de atender a las sufridas campesinas, y así doña Aurora gozaba de una vida tranquila y acomodada. Pero los tiempos iban cambiando, los niños empezaron a nacer en los hospitales porque era más seguro y doña Aurora se fue quedando sin trabajo. Su hija encontró pronto un buen muchacho que se llamaba Valeriano y se casó con él. Pero el buen mozo encontró trabajo en un pueblo muy alejado por aquel entonces. Ella se iba haciendo mayor y tuvo que trazarse un camino diferente para sus años venideros. Decidió que había que marchar, y para empezar, iría a su lugar de origen para reconciliarse con su familia y para que, mientras tanto, el matrimonio de su hija se consolidara con una descendencia que hiciera lógica su presencia en el hogar de su querida Aurorina. Y el gato, que ya era viejo por aquel entonces no era compañía para el viaje. Los trenes no aceptaban gatos y su hija estaba lejos. Recuerdo el drama

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escrito en la cara de doña Aurora, ideó mil maneras de hacerle desaparecer, habló de envenenarle, de encerrarle en un saco para que se ahogara… se le partía el corazón y se deshacía en lágrimas delante de mi madre y, al fin, el gato, como una herencia blanca y peluda aún vivió por una corta temporada en nuestra casa. 

Carta a mi madre

Hola Mamá: Supongo que me recibiste con agrado y cuidaste de mí con esmero, seguramente, y que yo te he dado preocupaciones y desvelos. Como hija, esperaba de ti el máximo de amor, de comprensión y de aceptación y seguro que tú me lo has ofrecido a tu manera, creyendo que hacías lo que sabías y como sabías, según te habrían transmitido tus padres. Posiblemente te lo tomaste tan en serio que no me pasaste ni una. Tenía que ser la mejor, la mejor en los valores que a ti te parecían los únicos e ineludibles, ni te diste cuenta ni ensalzaste mis valores propios que son tan importantes como los que tu primabas. Era muy difícil satisfacerte, había que superarse más y más, posiblemente era muy recomendable pero, era costoso, duro y muy diferente a la realidad que existía fuera de las paredes de nuestro hogar familiar, porque había otras formas de vida, otras ideas, creencias, pensamientos diferentes, en algunos casos tan útiles y beneficiosos como los tuyos. Todas tus normas eran muy útiles, algunas menos, pero lo más inviable, seguramente, era el grado, el nivel tan elevado, no había  opción, sólo dar lo máximo y eso, quizá, ha sido nuestra gran diferencia, ya que

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suponía que sólo valía tu nivel de exigencia y, por tanto, puesto que yo no podía ni sentía, ni lo lograba, algo en mí no funcionaba y, por tanto, antes que pensar que podías estar equivocada, me sentía culpable de no conseguir tu aceptación y como consecuencia no llegaba a sentirme bien, ni valorarme, ni apreciarme. No éramos conscientes de que como seres humanos somos imperfectos. Tenía que haber sido consciente de que podía apartarme de tus exigencias y entender que las mías podían valer o sentirme capaz de reconocer lo que podía o no serme beneficioso y aceptar mis limitaciones y admirar mis talentos como persona. En fin, no se puede cambiar lo ocurrido hasta ahora, así que tengo que plantearme que tu hacías lo que creías debías hacer y yo lo que podía. Tú tratabas de alcanzar el cielo y yo, trataba de sobrevivir, haciendo frente como podía a la propia vida, a mi propio ser. Así que supongo que cada una estábamos en nuestro derecho y no será beneficioso pensar que podía haber sido de otra manera, aunque también podía haber sido mucho peor. Mejor será a partir de ahora.

08/07/2011

El verano aquel de las fotos bonitas

Aquel verano mis hijos tenían los ojos brillantes y corrían detrás de las gaviotas entre las piedras de un playa pedregosa. Aquel verano mis hijos tenían los ojos brillantes porque eran los protagonistas de sus propias vidas, el centro de cuanto les rodeaba, y lo sabían. Ese era su mundo: un lugar de mares sin fronteras, de cielos despejados y de la brisa suave del permanente verano de las islas.

Las huellas de esos días han quedado en el álbum de mis fotos, esas que recorro despacio con la mirada porque el tiempo ha pasado y porque ellos hoy parecen otros. Pero no, sé que son los mismos, que siguen confiados y seguros aunque a veces sienta que están muy lejos de mí. Y es que están recogiendo los frutos en sus propias vidas, como entonces lo hacían con las pequeñas conchas que sacaban de entre las finas arenas y que me entregaban a puñados como si fuesen tesoros.

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La lagartija

La lagartija
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La casa siempre había sido de color de rosa hasta que mi padre, no sabría decir cuándo, tuvo que pintar la fachada para conservarla y cambió aquel color por un tono muy pálido, casi gris. Seguramente me lo dijo en su día, pero no lo recordaba y cuando la vi al entrar en la plaza, me sorprendió aquel nuevo aspecto que traicionaba mis recuerdos.

Paré el coche frente a la puerta y la abrí con dificultad. Dentro todo estaba oscuro y el olor a cerrado me resultó incomodo. Abrí la puerta de par en par para que entraran el aire y la luz. Enseguida, los contornos de los muebles y de las puertas interiores fueron cobrando forma. 

Entré despacio y dí una vuelta en redondo reconociendo los rincones: las escaleras que conducían al primer piso, las viejas baldosas del suelo de los portales que seguían siendo rojas y gastadas, con ese curioso dibujo negro en el centro que siempre me había gustado tanto.

En torno a los portales, las habitaciones estaban abiertas, las fui recorriendo muy despacio, una a una. Abrí algunas ventanas y todas las puertas que daban al patio interior. 

Sobre los muebles había una capa de polvo y enseguida pensé en las arañas que debían aguardar escondidas en los rincones, dispuestas a atacarme como cuando era niña. Las arañas y las lagartijas fueron los dragones de toda mi infancia, las avispas lo fueron también, pero un poco más tarde, cuando ya con ocho o nueve años y hartas ellas de recibir nuestros raquetazos junto a la fuente del patio, se enfurecieron y nos atacaron con una virulencia negra y amarilla muy dolorosa de recordar.

Aquella era la casa en la que yo había nacido. Era muy grande, tenía dos plantas y un patio interior rodeado de terrazas y ventanas. En una de las paredes de ese patio, bajo las escaleras, había un pozo de piedra, condenado y embutido en el muro, en él estaba gravada una fecha, 1876. No sabría decir, pero conociendo a mi padre, supongo que cuando la compró para reformarla, decidió dejar aquella piedra como un testigo mudo de una vida anterior. 

Cuando vivíamos allí el patio estaba lleno de plantas en macetas de madera, un ciruelo y una enorme palmera que sigue creciendo todavía en el centro de Castilla como un trofeo a la constancia. Sus raíces deben de ser tan profundas que, hace años, debieron encontrar alguna corriente de agua subterránea que las alimente, si no, sería inexplicable que siga verde y frondosa, siendo el cobijo de las palomas para desesperación  de mi padre, que cuando vuelve, de cuando en cuando, le oigo prometer que cortará la palmera de una vez por todas.

Hacía al menos quince años que no había vuelto a entrar en aquella casa, y ahora, como una continua sorpresa y, a medida que recorría las habitaciones, volvían las imágenes y las sensaciones de la infancia que parecían despertar como si parte de mí misma  hubiera permanecido siempre allí, adherida a los cojines de los sofás y la mesa camilla, a las viejas fotografías, a los cuadros que reproducían obras de los grandes pintores colgadas en las paredes o a la antigua cristalería de mi madre amontonada cuidadosamente detrás de las puertas trasparentes del aparador, junto a las viejas tazas con las iniciales doradas del abuelo Miguel.

Tuve una casa solo para la infancia. A los nueve años me llevaron a un internado y aquel verano, al volver de vacaciones, me encontré viviendo en un piso moderno  que le dieron a mi padre por ejercer su cargo. A partir de entonces, la puerta de la casa de color de rosa se cerró, y yo me olvidé de todo.

En aquellos momentos, puede que fuera el tiempo transcurrido o el silencio y la quietud de las cosas que también duermen, pero parecía que cada pequeño objeto me contenía a mí, a esa niña de trenzas morenas y largas, vestida de princesa el día de la primera comunión, a quien le explotaba la risa en un gesto contenido lleno de inocencia y que me miraba expectante desde la fotografía, colgada en una de las paredes de la habitación, que durante aquellos años fuera el despacho de mi padre.

Me pregunté por qué hay recuerdos que no afloran con frecuencia. Todo lo que estaba viendo entonces estaba olvidado, como si se tratara de una etapa superada, a la que nunca tendría que volver, empeñada en mirar siempre hacia delante.

La casa, con el tiempo, ha pasado a mis manos y para evitarme problemas, pensaba venderla. Había hecho mis planes, me pondría en contacto con un abogado del pueblo, que desde allí podría resolverme las cuestiones burocráticas, y en cuanto a los muebles y todo lo demás, supuse que habría que tirarlo por viejo o venderlo a algún trapero.

Pero las cosas dejaron de estar tan claras. Deambulando a solas por la casa en donde todo lo que me rodeaba parecía estar vivo, recordé que un día, cuando mis pies eran muy pequeños y mi imaginación muy grande, yo subía las escaleras para ir a mi cuarto de juegos; en medio de uno de los escalones me encontré una enorme lagartija. Estaba parada, desafiante. Como si ella fuera la guardiana de un reino al que yo no tenía derecho a acceder, y salí corriendo despavorida.

Parecerá una tontería pero, al recordar aquella incómoda sensación infantil, sentí que toda mi vida había convivido con ese miedo y, durante un instante, creí ver que ese era el germen de otros muchos miedos que nunca he podido vencer y que tantas veces me habían obligado a correr en una dirección contraria a la que fuera la mía.

El día se me hizo corto mirando cajones, ropas antiguas, muñecos y libros. Las horas habían pasado sin darme cuenta y aún me esperaba un largo viaje. Empezaba a atardecer cuando cerré la puerta. Al alejarme, miré la fachada a través del espejo retrovisor. Ya no me sorprendió que la casa no fuera de aquel entrañable color rosa y que ahora apareciera con aquel  tono tan pálido, casi gris. Lo que sí me sorprendió fue que la idea de venderla había desaparecido de mi cabeza. Sabía que tenía que volver cuantas veces fuera necesario hasta encontrarme de nuevo con la lagartija ¿Volvería a parecerme un dragón? Tal vez, pero no pude evitar reírme al pensar en lo sencillo que hubiera sido y en lo tonta que fui al echar a correr. Después de todo, solo se trataba de plantarse ante la lagartija, mirarla, indefensa y asustada, y con cara de ogro, gritarle, ¡¡fuera, lárgate de aquí!!!

La lagartija
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El sari amarillo

La fortaleza de Amber es un sorprendente complejo palaciego situado a escasos kilómetros al norte de la ciudad de Jaipur. Su enclave, que ocupa un lugar estratégico, está en el centro de un agrupamiento de montañas dominando el paso natural que, en otro tiempo, daba entrada al reino de los Maharajás de Kacchwaha desde el territorio de los mongoles del norte. Posee una larga historia que ha pervivido bajo la advocación de Amba, la diosa del pasado, a quien fue consagrada la ciudad que primero perteneció a los Minas, hábiles arqueros y luchadores de montaña, y posteriormente a los Rajput que, durante siglos, enriquecieron arquitectónicamente sus palacios imitando la suntuosidad y el lujo de los mogoles, pueblo de origen turco centroasiático, de religión musulmana sunita, que durante siglos ocupó gran parte de la India.

Sorprende el palacio de Amber por la belleza de sus recintos, sus cuidados jardines, las hermosas celosías de piedra calada que cubren las ventanas y sobre él, vigilando como una poderosa ave de rapiña, se descuelga el Fuerte de Jaigarh, lugar que nunca fue capturado durante los cientos de guerras tribales a lo largo de los siglos y que ha sobrevivido intacto, encerrándose tras sus sólidas murallas y gigantescos bastiones, para deleite de los miles de curiosos que se atreven a escalar las escarpadas cuestas sobre las que se asienta.  

Hoy en día, el pueblo en torno a la fortaleza, que ha crecido entre los valles y ascendiendo por las laderas de los montes vive gracias a la existencia de aquella joya histórica. Muchos de sus habitantes se dedican a la artesanía popular, confeccionan muñecos y juguetes, tiñen telas para turbantes o tejen magníficas alfombras, alimentan y lavan a sus elefantes, se improvisan como guías para subir las empinadas sendas hacia la fortaleza, limosnean y venden o reconstruyen, subidos en andamios de bambú, los restos de una civilización espectacular y romántica que tuvo en la guerra y en el lujo el mayor exponente de su razón para vivir.  

Pero la vida ha continuado a lo largo del tiempo, atrapada entre las luces y las sombras que forman las montañas replegadas para ocultar el pasado y para guarecerse de un presente que sigue, como siglos atrás, envolviendo con vaporosos saris a las mujeres hermosas del Rajastán y entre sus múltiples y calculados pliegues, algunas, muy pocas, han conseguido caminar en el tiempo hacia delante, proyectando con su sombra la esperanza de que existe para ellas un camino en el que es posible encontrar otra manera de vivir.

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La casa de la familia de Amita estaba situada en la ladera de una de
las colinas, al noreste y a las afueras del pueblo, a la sombra de las viejas murallas que aún se mantienen en pie y que rodean los terrenos que circundan la fortaleza y el palacio.  

Ella llegó allí hacía más de cinco años. Su matrimonio fue concertado cuando todavía era una niña, y el tiempo que tardó en salir para siempre de su casa y casarse fue el mismo que su padre tardó en reunir el dinero suficiente para pagar la dote a su nueva familia. Ahora, Amita acababa de cumplir los veinte años.

Su marido, Rhiva, era un hombre tranquilo e indolente. A pesar de ser solo algo mayor que Amita, estaba avejentado y a los pocos meses de que ella llegara a la casa perdió el poco interés que en principio le había manifestado. La madre lo dominaba por completo, desde pequeño había tenido una salud quebradiza y se había vuelto dependiente de los cuidados de ella, que le preparaba extrañas pócimas que le hacía beber continuamente. Era un hombre débil de carácter, pasaba los días pastoreando cabras y cultivando con su padre y su hermano mayor un escaso trozo de tierra, de donde sacaban lo necesario para el sustento de la familia. En los últimos tiempos, su aspecto se había deteriorado notablemente para desesperación de la madre, que se burlaba de él con crueldad por no conseguir tener descendencia. Amita puso todo de su parte, pero la apatía de Rhiva le había hecho, poco a poco, perder la esperanza de tener sus propios hijos.

Sin embargo, los primeros años fueron una época muy feliz para ella. Cuando llegó a la casa, Rakhi, la mujer del hermano mayor de su marido, todavía vivía y las dos mujeres se hicieron muy buenas amigas. Su cuñada era afable y optimista, su buen humor era contagioso y parecía que todos la apreciaban sinceramente. El trabajo de la casa y el cuidado de los dos ancianos, los padres de su suegro, se lo repartían entre ambas. Por las tardes se sentaban en el taller, donde ayudaban a confeccionar coloristas marionetas a su suegra que, después, esta ofrecía a los vendedores ambulantes, apropiándose con avaricia de todo el dinero que obtenía con las ventas.

Amita y Rakhi enseguida encontraron muchas cosas de que hablar en los largos paseos en busca del agua que transportaban en vasijas de metal colocadas sobres sus cabezas. Lo traían desde un pozo que quedaba a algo más de un kilómetro de la casa y las idas y venidas se convirtieron para las dos en los ratos más agradables del día. A veces, en el camino de vuelta, subiendo las cuestas empinadas, se paraban a descansar y se sentaban frente a la puerta de la casa de Rochan, un hombre que, al morir su mujer, había quedado solo con un único hijo pequeño todavía y de nombre Juhta.  

En aquella época, el niño se encargaba de cuidar la casa sin puertas en la que vivían mientras que el padre pasaba el día en las inmediaciones del lago Maota, limosneando entre los visitantes u ofreciéndose para hacer pequeños trabajos de albañilería. Con el dinero que obtenía, los dos sobrevivían con una mínima dignidad.  

Cuando Amita llegó, el chico era un diablillo de nueve o diez años que correteaba en torno a su casa, entraba y salía permanentemente de detrás de una cortina con dibujos de flores que separaba su escaso mundo familiar del mundo exterior.  

Desde pequeño, Juhta estaba muy apegado a Rakhi,que sentía por él un gran aprecio. Cuando el niño las veía venir, subiendo la cuesta, corría hacia ellas para seguir sus pasos imitando el andar cadencioso que a ambas les producía el peso del agua sobre sus cabezas. Para él, Rakhi era «la señora guapa de las montañas».  A veces, pues Juhta siempre insistía, los tres se sentaban sobre una piedra plana que había frente a su casa e, incansable, instaba a su cuñada para que contara cosas de un pueblo de Cachemira, en donde ella, hija de artesanos y vendedores ambulantes, había pasado gran parte de su infancia.  

Amita agradecía también esos momentos, pues su cuñada, cuando hablaba de aquellos tiempos, se transformaba: entrecerraba los ojos como si estuviera viendo las imágenes que describía y sus palabras transmitían una agradable sensación de calma y belleza. Escuchándola era muy fácil sentirse caminando entre los valles verdes y húmedos rodeados de altas montañas, con las cumbres cubiertas de nieve, o sentir los olores penetrantes de las frutas madurando al sol en los meses cálidos del verano. Amita, que no conocía otro paisaje más allá del dorado color de las arenas del desierto de donde procedía, conseguía oír el leve murmullo de un río de aguas cristalinas deslizándose suavemente bajo sus pies desnudos, metidos entre las piedras redondeadas y suaves. Solo tenía que cerrar los ojos para sentir el agua cosquilleando sus piernas y las salpicaduras heladas mojándole la piel bajo las ropas. Aquellas pequeñas emociones le hacían percibir una rara y placentera sensación en el estómago, que a ella le gustaba describir «como si se lo estuviera recorriendo un puñado de inquietas lagartijas».

Rakhi contaba que vivir allí, en Cachemira, aunque solo hubiese sido unos años, le había hecho entender muchas cosas de la vida. Conociendo aquellas tierras tan cambiantes, podía hacerse idea de lo grande y diverso que debía ser el mundo y cómo podía transformarse a consecuencia de la luz del sol, pues los suaves senderos de las montañas en verano se convertían en peligrosas pendientes en los inviernos, y los lagos cubiertos por el hielo, que te abrían paso sobre las planicies durante los meses del frío, se transformaban, a consecuencia del calor, en agua cristalina que se escapaba a través de los ríos y los pequeños torrentes en busca de otras tierras y de otras gentes, después de haber almacenado en su interior toda la pureza y la sabiduría de las viejas montañas.  

Allí Rakhi había aprendido las primeras letras en una escuela gratuita en donde enseñaba una extranjera. Cuando hablaba de ella siempre sonreía y la describía como una mujer vestida de niña, pequeña y delgada con los ojos azules como los ojos de los sabios brahmanes que, al terminar las clases, se sentaba con sus alumnas junto a la vía del ferrocarril para ver pasar el tren que partía, cada tarde a la misma hora, hacia el interior de la India. Describía aquellos trenes siempre llenos de gentes que saludaban, al verlas con las manos extendidas, despidiendo a los desconocidos que solían gesticular desde las ventanillas invitándolas para que ellas también subiesen al tren.  

Tal vez por eso, Rakhi amaba los trenes, decía que eran como el agua de los hombres: se deslizaban por la tierra cargados de gente en busca de sus sueños. «¿Sueños, Rakhi?», le preguntaba Juhta: «¿Qué son los sueños?» «Son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche. Ellas, si estas muy callado, siempre acaban revelándote cuales son los auténticos deseos de tu corazón. Esos son los sueños, Juhta».  

A veces, entre las telas de su sari, ella metía fotos y postales para enseñárselas al niño. Eran imágenes de viejas locomotoras que había traído consigo cuando se casó y que guardaba como si se tratara de su gran tesoro.

Para Amita, Rakhi era una mujer llena de secretos y misterios. Pensaba que era como una caja en la que, si metías la mano, siempre se podían sacar cosas distintas y maravillosas. Por eso, ella también, como hacía Juhta, jugaba a tirarle de la lengua y a hacerle hablar. Y a veces, cuando estaban solas, Rakhi ponía en palabras sus más íntimos sentimientos, despertaba sensaciones que no sabía que estaban en su interior y que, al percibirlas, le hacían notar una mano suave y aterciopelada que acariciaba las fibras más sensibles de su corazón haciéndola estremecer. Escuchando a Rakhi, Amita había vuelto a ver el rostro de su propia madre: una mujer dulce y sosegada que, mientras vivió, confeccionaba guirnaldas de flores para venderlas en las puertas de los templos. «¡Cierra los ojos!», le decía Rakhi y, entonces, como en su niñez, Amita era capaz de sentir aquellas manos tan queridas, impregnadas del polvillo de las flores, dejando un rastro dulzón sobre su cara de niña.  

Aunque la suegra de ambas la recriminaba con acritud, Rakhi dedicaba su escaso tiempo libre a leer y a escribir. Amita la veía muchas noches en un rincón de la cocina, vigilando los fogones y bajo la débil luz de una vela, ojeando cartillas y dibujando letras incomprensibles para ella, que la observaba celosa, pues cuando Rakhi estaba así, concentrada en aquella tarea, su mirada se volvía distante y parecía marcharse. Era como si estuviera en otro mundo, lejos y muy por encima de aquella sencilla existencia que ambas compartían.  

Uno de aquellos años, durante las ferias de Teej, en Jaipur, unas fiestas llenas de ruido y color que marcan la llegada de los monzones y se celebran para invocar las bendiciones de la diosa Parvati, las dos cuñadas se estaban vistiendo con sus mejores ropas para bajar juntas a la ciudad con toda la familia. Rakhi se había puesto un precioso sari amarillo con ribetes de color rosa fucsia que brillaba con hilos dorados entretejidos en la seda. Los ojos oscuros de Rakhi, parecían recoger el reflejo de la luz de la tela amarilla y estaban teñidos del suave color de la miel haciéndola parecer una mujer muy hermosa. Amita, admirada, le pidió que si algún día dejaba de usar aquel sari, tenía que dárselo a ella. Su cuñada no contestó enseguida, acarició despacio la tela y después de pensar, sonrió y le dijo que tal vez lo haría antes de lo que ella pudiera pensar. A cambio, le hizo prometer que la acompañaría esa misma tarde a un sitio al que debía ir.  

Ya en Jaipur, mientras las mujeres danzaban en procesión por una de las calles principales de camino al templo donde se festejaba a la diosa, Rakhi cogió la mano de su cuñada y ambas se escabulleron entre la gente, dejaron atrás las bulliciosas calles y atravesaron la ciudad para llegar a la estación de trenes.  

Allí se aproximaron a unas ventanas pequeñas donde se vendían los billetes para poder subir al tren. Rakhi estuvo preguntando, observando todo cuanto estaba escrito en una gran pizarra negra y mirando con detenimiento unos curiosos dibujos enmarcados en grandes cartelones que eran un misterio para Amita. Después se quedaron en el andén y durante un largo rato estuvieron mirando el ir y venir de la gente que, apresurada, subía y bajaba de los abarrotados vagones cargadas con bultos, maletas, cestas, animales y todo tipo de equipajes. Fueron testigos de escenas de despedidas y de reencuentros que hicieron reír y llorar a las dos amigas sentadas en un banco como si se tratara de las butacas de un cómodo teatro.  

En aquella estación, entre el ruido de las locomotoras y el ajetreo de la gente que entraba y salía, Rakhi le dijo a Amita que ella, un día no muy lejano, se marcharía desde aquella estación para no volver nunca más. Le habló de sus planes y le confió un gran secreto: hacía años que, a escondidas de su suegra, confeccionaba sus propias marionetas y las vendía por su cuenta guardando el dinero en un lugar escondido. Le contó que cuando tuviera suficiente, se cortaría el pelo, se vestiría de hombre y se marcharía subida en uno de aquellos trenes para no volver nunca más.

El tiempo se les escapó a ambas de entre las manos y al llegar a casa y entrar en la cocina, la suegra dirigió a Rakhi una mirada que a Amita le hizo estremecer.

—Prepárate, tu marido te dará un escarmiento por esto.

Vio a su cuñada erguirse orgullosamente y salir de la habitación.  Amita caminó detrás de ella, la miró despojarse de su precioso sari amarillo y mientras lo doblaba cuidadosamente, la observaba: estaba abatida como nunca y, temiendo que sus palabras sobre marcharse pudieran convertirse en realidad, Amita le dijo:

—No tienes que hacer caso a esa mujer, ella no nos quiere ni a ti ni a mí porque no tenemos hijos, pero eso no debería importarnos. Tú y yo podemos estar siempre juntas haciéndonos compañía. Ya somos como hermanas.

—No lo entiendes. Tú aún tienes tiempo, pero yo tengo que irme y pronto. Si no hago algo, me quitarán de en medio uno de estos días.  

—No digas eso.

—Siento el odio de la vieja. Ella me vigila día y noche y quién sabe lo que puede ocurrirme.  

—Pero, ¿por qué, Rakhi?

—El dinero de mi dote hace tiempo que debió acabarse. Sé que mi padre no puede dar más por mí y yo no he sido lo que ellos esperaban. Soy una carga que no van a soportar. Tengo que irme.

Amita la miraba incrédula.

—Pero no puedes decir eso, nosotros pertenecemos a nuestros maridos.

—No, Amita. Yo no pertenezco a nadie. Lo sé.

A los pocos días, a la hora del amanecer, Rakhi llevó a su amiga a la parte trasera de la casa. Allí, detrás de un arbusto con el tronco lleno de púas, excavó la tierra hasta encontrar una lata, la abrió. En su interior había unos cientos de rupias y un recorte de papel de periódico. Sacó el papel y se lo entregó a Amita.  

—Este año, cuando cesen las lluvias, me marcharé y si a ti las cosas no te salen como esperas y alguna vez decides marcharte de aquí, ve a este sitio, está en la ciudad de Bombay —le alargó el papel. A Amita le temblaban las manos sin atreverse a cogerlo.

—Pero, ¿y tú?, ¿A dónde irás?

—No te preocupes por mí, yo me lo he aprendido de memoria —insistió con un gesto de su mano para que Amita cogiera el papel, que la miraba indecisa.

—Pero yo no puedo leer lo que dice aquí, Rakhi.  

—Eso no importa. Guárdalo donde nadie lo encuentre y si algún día lo necesitas, pregunta a la gente, encontrarás a alguien que sepa dónde está ese lugar. —Amita cogió el recorte en el que había la foto de una mujer que parecía una anciana y un letrero escrito con letra impresa. Rakhi siguió explicando—:Es la casa de una mujer que vive en esa ciudad, acoge a viudas y mujeres que no tienen a dónde ir. Una vez lo encontré entre las hojas de un periódico que recogí tirado en la calle y lo guardé. Fue entonces cuando empecé a reunir dinero con la esperanza de poder marcharme. He ido muy despacio, lo sé, pero no tengo mucho tiempo para trabajar por mi cuenta y los muñecos que confeccionamos, a nosotros nos los pagan muy baratos, pero ahora sé que quienes los venden a los visitantes y a los extranjeros que suben a la fortaleza, cobran mucho dinero por ellos.  

»Ojalá que lo hubiera sabido antes, podría haber ido más deprisa, ahora puede que ya sea muy tarde —Rakhi volvió a ocultar la caja bajo el arbusto y Amita se guardó el papel que le dio su amiga. Ya en la casa, lo escondió cuidadosamente entre sus ropas de fiesta.

Habían pasado unos días desde que Rakhi le confiara sus secretos. Las lluvias de aquel año estaban siendo muy intensas y su suegra, una mañana en la que el cielo apareció limpio de nubes, encargó a Rakhi tapar un agujero en lo alto de la fachada de la casa: la pared había empezado a hincharse acumulando agua bajo la pintura y amenazaba con caerse a trozos. Amita se prestó para ayudarla. Su amiga estaba subida en el último de los peldaños de la escalera cuando este se quebró y la mujer cayó al suelo golpeándose la cabeza con el escalón de piedra de la entrada. Murió en el acto ante la mirada atónita de Amita que nada pudo hacer por socorrerla.  

El accidente la hizo enmudecer durante semanas. Deambulaba por la casa como una sonámbula creyendo ver por los rincones la figura esbelta y huidiza de su amiga, vestida con el sari amarillo ribeteado de fucsia y aquellos hermosos ojos con los tintes dorados de la miel, que brillaban en la oscuridad.  

Cuando recuperó el sentido de la realidad, comprobó que nada había quedado de su cuñada, todas sus pertenencias se habían quemado con ella: sus cuadernos, las postales, sus ropas, el precioso sari amarillo con ribetes de color fucsia, y hasta el peine de metal que tanto le gustaba había desaparecido, era como si su cuñada nunca hubiese existido. Antes de que transcurriera un año, Rakhi fue sustituida por una jovencita presumida y díscola que llenó de satisfacción a su suegra, pues, a los pocos meses de su llegada, estaba embarazada y dio a luz al deseado nieto.  

El tiempo fue pasando para Amita, Rhiva se volvía más y más huidizo. Su suegra, que observaba la indiferencia con que su hijo se dirigía a ella, empezó a mirarla con desconfianza y a tratarla como si fuera una mujer inútil y vaga a pesar de que, sobre ella, con el embarazo de la nueva esposa, había ido recayendo todo el trabajo pesado de la casa. Ahora ella sola se encargaba de traer el agua, lavaba la ropa de todos, ayudaba en la cocina, se ocupaba de alimentar y vestir a los dos viejecitos y por las tardes trabajaba en el taller, en donde muchos días era la única que se dedicaba a la tarea de confeccionar marionetas bajo la vigilancia de la suegra que le exigía más y más premura en su trabajo.

Después de que su nueva cuñada diera a luz, la mirada de su suegra se volvió más extraña todavía. Amita sentía escalofríos pues, a veces, se volvía movida por una rara sensación y encontraba a la mujer observando sus movimientos. Entonces las palabras de Rakhi le venían a la memoria comprendiendo su significado. Los miedos de su amiga empezaron a formar parte de ella misma y la sensación de sentirse un estorbo en aquella casa fue haciéndose una certeza.  

*    *    *

Aquel año había acabado la época del monzón. La suegra de Amita empezaba a estar nerviosa, pues necesitaba ir haciendo acopio de sus marionetas y títeres para los vendedores ambulantes, que ya habían empezado a venir a buscar su mercancía. Uno de aquellos días, Amita entró en el taller. Sobre una tabla donde se cortaban las maderas, las tiras de cartón piedra y las telas para los trajes de las marionetas, reconoció el sari amarillo de Rakhi: estaba cortado en trozos y repartido en pequeños montones. Al verlo, Amita sintió cómo se le enrojecía el rostro, agachó la cabeza para que nadie notara su turbación y las lágrimas se le deslizaron por las mejillas, cayendo sobre los trozos de seda que ahora tenía entre sus manos. Apretó los dientes para sobreponerse y se secó el rostro mojado. Su suegra se impacientaba.

—¿Te pasa algo?

Amita tragó saliva.

—No, no me pasa nada.

—¡Pues, vamos, muchacha!, que hay mucho que hacer.  

Se sentó y amontonó frente a ella todo lo necesario para dar forma a uno de los muñecos. Cogió el palo que servía de armazón al cuerpo y, sobre él, clavó con cuidado la cabeza de una maharaní con los enormes ojos negros, los labios pintados de rojo y el bindi, redondo y grande, colocado entre las cejas perfiladas por los trazos de la pintura oscura. Acarició la tela cuidadosamente antes de empezar con sus manos diestras a repartirla para formar vuelos y pliegues. Los ojos le escocían tratando de evitar que las lágrimas resbalasen por sus mejillas mientras cosía y rellenaba las mangas, ribeteaba con maestría los bordes del vestido con la seda de color fucsia, remarcaba la cintura y daba forma definitiva a los muñecos hasta coser los gruesos hilos que darían vida a la marioneta.  

Estaba colocando una pequeña cadena que imita los adornos que llevan algunas mujeres del Rajastán entre la oreja y la nariz cuando se fijó en los ojos de la muñeca que tenía entre sus manos: como los de Rakhi el día de la fiesta del Teej, aquella tela amarilla había suavizado el color oscuro de la pintura negra, que ahora mostraba los tintes dorados del color de la miel.  

Se mordió los labios por la sorpresa, notó que le temblaban las manos, pero al terminar la muñeca, la colocó sentada frente a ella y, como una autómata, cogió otro montón a su lado, volvió a empezar, una y otra vez, su tarea. Fue haciendo pliegues, cosiendo mangas, cubriendo las cabezas con saris y turbantes, bordeando manos y pies con las cintas del color fucsia. Sobre la mesa de trabajo se amontonaron los muñecos: diez, doce pares de marionetas perfectamente acabadas reposaban junto a ella. Era muy avanzada la noche cuando abandonó su trabajo. Sobre la mesa no quedaban restos del sari amarillo.

Al día siguiente, la muchacha se despertó mucho antes de que amaneciera. Sabía que aún era de noche, pero no podía permanecer más tiempo acostada, se sentía inquieta como si algo nuevo y excitante tuviera que ocurrir. Se incorporó y escudriñó con la mirada a su alrededor: Rhiva dormía profundamente, su respiración era acompasada y tranquila. Con cuidado de no despertarlo se fue deslizando sobre la esterilla hasta que sus pies tocaron el suelo. Sin incorporarse del todo, cogió sus ropas y abandonó la habitación.  

En el exterior, el cielo sin nubes estaba cuajado de estrellas en medio de un absoluto silencio. Se dirigió a la escalera y subió a la parte superior de la casa que acababa en una amplia terraza.  

Se sentó encogida en uno de los rincones y contempló el firmamento: parecía una alfombra oscura bordada de piedras brillantes lanzando destellos inalcanzables. Como cuando Rakhi hablaba, el puñado de lagartijas vivarachas volvió a recorrerle el estómago y cerró los ojos para recordar: «Sueños son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche». Una ligera brisa le acarició el rostro y levantó la mano para tocarse la frente, las pulseras que rodeaban su brazo cayeron como una cascada, tintineando en el silencio que reinaba a su alrededor, y aquel sonido hizo que Amita se encogiera estremecida e insignificante.  

Conteniendo el aliento, volvió a cerrar los ojos buscando en su interior las hermosas imágenes que la consolaban de la soledad en que se sentía desde la muerte de Rakhi. Intentaba recordar las visiones evocadoras, pero en su mente no había trenes cargados de gente con las manos extendidas que invitaban a subir ni aguas cristalinas que se deslizaban bajando entre torrentes de las viejas montañas, no había signos extraños ni letras que abrieran sus ojos al conocimiento y a la sabiduría. Solo había una larga raya amarilla que, en la lejanía, separaba el cielo de la tierra caliente y áspera a la que ella pertenecía.  

Se encogió de hombros con las lágrimas asomadas a sus pupilas y dejó que se deslizaran sobre su rostro. Al fin, se limpió la cara mojada y apretó los dientes con rabia. Tal vez fuera ese su único sueño: aquella larga raya en el horizonte hacia la que necesitaba caminar con los pies ardiendo por el calor de la tierra, seca y estéril, que para ella significaba estar viva.  

Poco a poco, fueron desapareciendo las estrellas y la claridad del amanecer empezó a hacerse más viva a su alrededor. El olor a comida subía hasta la terraza y Amita, temiendo que la echaran de menos, se sacudió con cuidado el sari, se atusó el pelo y bajó las escaleras apresuradamente.  

Al entrar en la habitación, su suegra, con un áspero acento, la dejó clavada en la puerta:

—¿Dónde estabas?

La mujer la miraba de arriba abajo.

—Me levanté demasiado temprano y para no hacer ruido, he subido arriba, quería respirar un poco de aire fresco.

—Las holgazanas siempre encuentran una razón para no estar en el sitio que deben.

Amita volvió su cara hacia el fogón sin contestar.  

Las dos mujeres estuvieron trajinando en silencio y al poco rato la habitación estaba llena con los tres hambrientos hombres que, antes de salir para sus quehaceres, desayunaban sin apenas dirigirse la palabra unos a otros. Ella iba sirviendo y recogiendo después los desperdicios que quedaban sobre las esterillas y su suegra entraba y salía de la habitación pendiente de todo, observando cada uno de sus movimientos y buscando poder reprocharle cualquier descuido.

La mujer se sentó un momento junto a los hombres que seguían comiendo sin mirarla.

—Mañana voy a marcharme a mi visita anual al templo.

Se dirigió a Rhiva que había levantado la cabeza para escucharla.

—Este año no iré sola, me llevo a Shirha conmigo y también al niño. Ya tiene edad para acompañarnos y le gustará, podrá jugar con otros niños en el camino. Además, tenemos suerte, Rhaguni nos acompaña. Quiere llevar a su hija para buscar una casamentera en aquel pueblo, aquí no encuentra quien quiera emparentar con ella.

—¿Estarás fuera muchos días, madre? Rhiva le preguntó sin mucho interés.

—No, solo serán tres.

Amita escuchaba con atención. Tuvo la sensación de que alguien estaba moviendo los hilos de su vida, como si fuera una de las marionetas que esperaban salir de aquella casa para ser vendidas y sus músculos empezaron a desentumecerse. Cuando todos se hubieron marchado y pudo salir de la casa, se dirigió al lugar donde Rakhi tenía su escondite. Había pensado muchas veces en ir a recoger lo que ocultaba su cuñada, pero, hasta ese momento, había sentido una extraña sensación de respeto y no se había atrevido a hacerlo.  

Excavó bajo el arbusto con las ramas llenas de pinchos, hizo un hoyo profundo y ancho esperando que sus dedos chocaran por fin con el metal enterrado, pero, para su sorpresa, allí no había nada: la caja había desaparecido.  

Pasó el resto del día ocupada, intentando que nadie notara algo diferente en ella pues, a pesar de no haber encontrado la caja entre los arbustos, sin saber por qué, una fuerte resolución la dominaba, y fue urdiendo su plan.  Por la noche, se esforzó para no quedarse dormida, temía no despertar a la hora que se había propuesto. El tiempo transcurría lento y silencioso. Por fin, antes de que amaneciera, escuchó el trajín de su suegra y de su cuñada, las protestas del niño cuando lo levantaron. En cuanto todo volvió a quedar en silencio y estuvo segura de que se habían marchado, se levantó y se asomó a la calle. A lo lejos, se distinguían las siluetas de las mujeres que se alejaban. Shirha llevaba al niño colgado a su espalda y las observó hasta que se perdieron bajando la cuesta hacia el centro del pueblo.  

No tenía tiempo que perder. Se dirigió al taller y encendió una vela para poder moverse entre los montones de tela, los botes de pintura y los rollos de cartón piedra. El desorden reinaba en la habitación, sin embargo, ella conocía palmo a palmo cada rincón y sabía dónde estaba situada cada cosa. Levantó la tapa de uno de los arcones y de allí sacó varios juegos de marionetas vestidas con el sari de Rakhi. Eligió dos parejas y las metió con cuidado en una bolsa de tela. Volvió a la cocina e introdujo la bolsa con las marionetas en la vasija vacía y preparada para ir en busca el agua.  

Se esforzó en no olvidar ningún detalle para dejar los desayunos de los hombres dispuestos junto al fogón antes de que aparecieran. El fuego estaba encendido y, en cuanto creyó que todo estaba listo, salió de la casa con el recipiente del agua sobre su cabeza.  

Bajó hacia el pueblo. Apenas hacía un rato que la luz de la mañana empezaba a iluminarlo todo y aún las calles permanecían vacías. A pesar de todo, la muchacha caminaba aproximándose cuanto podía a las paredes de las casas como si de aquella manera nadie pudiera verla. Atravesó los lugares que solían estar más concurridos y se fue acercando a los aledaños de la fortaleza.  

Al llegar a la última esquina, antes de que comenzaran los jardines que rodeaban el lago Maota, asomó con precaución su cabeza: la explanada estaba vacía. Se alejó unos pasos del lugar en donde se encontraba. Las dudas le asaltaban: tal vez, aquel día nadie acudiría a visitar la fortaleza o, tal vez, ese no era el lugar indicado. Pero no, estaba segura, no había otro sitio por el que acceder a la cuesta por la que subían los elefantes. Respiró profundamente para calmarse y buscó con la mirada un sitio para esperar sin ser vista.  

Cerca de ella, apoyadas contra una de las paredes de la calle, reparó en un montón de grandes cañas de bambúes: estaban preparadas para formar andamios y usarlos en la construcción y se apilaban contra la pared dejando un estrecho hueco en su inclinación. Con un pequeño esfuerzo logró hacerse sitio y colarse entre las gruesas cañas y la pared. Se sentó en el suelo y se arrebujó entre sus ropas conteniendo la respiración. Al cabo de unos momentos, empezó a tranquilizarse: el sitio era perfecto para esperar y los latidos de su corazón se hicieron más leves.  Fueron pasando los minutos con una lentitud que a Amita le parecía desesperante, pero, poco a poco, el silencio se fue llenando de sonidos. A través de las ranuras, veía el movimiento de pequeños vehículos y de la gente que iba y venía. Los elefantes habían empezado a pasar ante ella rozando las cañas.  

Hubo de esperar más de una hora hasta que creyó distinguir el ruido que producía la llegada de los autobuses y esto hizo que, convencida de que era el momento, se incorporara y escudriñara a través de las ranuras. Al fin, decidida, colocó cuidadosamente la vasija escondiéndola entre las cañas, extrajo la bolsa con las marionetas, se arregló el sari tapándose la cabeza y, mordiendo con los dientes uno de los bordes para ocultar su cara, salió al exterior.

Archivo de LHM

 

No se había equivocado, los primeros y madrugadores visitantes para subir a la fortaleza ya estaban allí. La gente formaba grupos hablando animadamente y tomando posiciones junto a las escaleras que les permitirían subir a los palanquines. Los vio parados contemplando y fotografiándolo todo. Notaba que algunos se quejaban del fuerte olor de los excrementos de los animales que se repartían por el suelo junto a las grandes charcas de los orines de los paquidermos.  

Salió a la explanada, enseguida notó las miradas penetrantes de los extranjeros fijándose en ella y señalando su atuendo. Apretó sus manos contra el cordón de la bolsa de tela que colgaba de su hombro y trató de desaparecer de la vista de aquella gente que la intimidaba. Sin darse cuenta, se encontró metida entre las patas de los elefantes que formaban un gran círculo.  

Observó a su alrededor. Nunca se había aproximado tanto a aquellos animales que ahora le parecían enormes y amenazadores. Percibía su aliento y en torno ella, formando una barrera, veía la piel oscura de sus cuerpos: eran de un color entre gris y marrón y estaba cubierta de grietas y pliegues que se arrugaban cayendo por las patas hasta las pezuñas ennegrecidas y duras.  

Levantó la cabeza, las trompas y las orejas de todos ellos estaban decoradas con pinturas de colores muy vivos: los rosas fluorescentes y los verdes chillones formaban flores, ramas y guirnaldas que se entrelazaban dibujando bonitas fantasías. En torno a ellos, los mahaouts, vestidos con trajes blancos y provistos de sus turbantes de un fuerte color rojo, desplegaban y arreglaban las telas del engualdrapado dando un vivo aspecto a la escena y aturdiendo a la muchacha que, inmóvil, se sentía atrapada en aquel mundo de elefantes y hombres como si fuese un laberinto sin salida que la mareaba.  

A su espalda alguien le obligó a volver la cabeza:

—¿Qué haces aquí, pazguata?

Uno de los mahaouts, con el bastón de azuzar en la mano, hizo una señal para que se marchara. Pero Amita no pudo moverse.

—¿Es que no me has oído?

Ella seguía mirando desconcertada al hombre sin poder contestar.

—Este no es sitio para una mujer ¡Lárgate!, asustas a los elefantes. A ellos no les gustan las mujeres indias, son muy holgazanas.

Se armó de valor, dio unos pasos inseguros para alejarse y se encogió sin saber hacia dónde dirigirse. En aquel momento, entre los animales, creyó reconocer la cara de Juhta.

Observó atentamente para no equivocarse. Ya era casi un hombre pero, sin duda, se trataba de él. Amita se aproximó despacio hacia donde se encontraba y pronunció su nombre con desesperación.

—¡Juhta!

El muchacho la miró y ella retiró el trozo de tela que cubría su cara para que pudiera reconocerla.

—¡Amita! Pero, ¿qué haces aquí?

El muchacho sonreía extendiendo los brazos y ella volvió a taparse la cara y le habló en voz baja.

—Voy a vender mis marionetas a los extranjeros. Tienes que ayudarme.

—¿Cómo dices?

El muchacho se acercó para oírla mejor y Amita repitió levantando la voz.

—Voy a vender marionetas a la gente que visita la fortaleza.

—Pero, ¿cómo?

—No sé cómo, pero las tengo aquí. —Con un gesto le señaló la bolsa colgada en su espalda.

—¿Ellos lo saben?

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Amita.  

Juhta sonrió al darse cuenta de que la mujer no sabía nada.

—Pero, ¡qué cosas se te ocurren, mujer! No podrás. Aquí todo está arreglado y la gente que vende no te dejará que lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque son siempre los mismos y solo pueden hacerlo ellos. —Juhta señaló en dirección a la cuesta.

—¡Mira!, esos son los que se reparten la tarea.

Amita parpadeó deslumbrada por el reflejo de la luz del sol que reverberaba al chocar con las paredes amarillas de los altos muros. Tuvo que entrecerrar los ojos para poder distinguir a varias personas sentadas formando pequeños grupos en los distintos tramos de la cuesta.

—¿Lo ves? Están esperando a que los elefantes empiecen a subir.  Pero todos los que venden son de la misma familia. Es su manera de ganarse la vida desde hace mucho tiempo y solo ellos pueden hacerlo.

Amita lo miró, apretó los puños y con un gesto de obstinación insistió:

—¡Yo lo haré!

—No seas loca, si te cogen intentándolo te darán una paliza, y si consigues vender algo, te quitarán el dinero.

—¡No!, sé que me respetarán, yo soy quien cose para ellos.  

—Eso es peor todavía. Si ellos saben quién eres, te buscaran hasta en tu propia casa. Es mejor que te marches de aquí si no quieres tener problemas. Inténtalo por la calle, tal vez tengas suerte.

—¡No!, yo sé que lo conseguiré, es aquí donde pagan las marionetas muy caras.

Amita miró al muchacho con gesto de súplica.

—¿Sabes qué es lo que hay que hacer?

Juhta levantó los hombros impotente y dispuesto a marcharse.

—Bueno, ¡allá tú! Vender no es lo difícil. Si encuentras el momento, colócate y sube caminando al lado de algún elefante o entre la gente que va a pie y no te canses de porfiar hasta que lo consigas. Se trata solo de marearlos. Cuando lo hayas hecho, márchate lo antes que puedas y escóndete. Delante de la gente puede que no se atrevan a hacerte nada, pero luego te quitarán el dinero antes de que llegues a tu casa o te lo irán a reclamar allí mismo. Pero —el muchacho insistió— ¿por qué lo haces, mujer?

Amita contestó con la voz temblorosa.  

—¿Te acuerdas de los trenes de Rakhi? Juhta sonrió mientras agachaba la cabeza.

—Claro que me acuerdo.

—Voy a marcharme en uno de esos trenes, Jhuta. Tego que hacerlo, si no lo hago, yo también moriré como ella.

Amita sostuvo la mirada del muchacho y, segundos después, levantó la mano para despedirse. Le dio la espalda y se retiró buscando el abrigo de una pared cercana. Juhta la siguió con la mirada mientras la veía, con pasos inseguros, mezclarse de nuevo con los animales. Permaneció pensativo un momento más, miró hacia arriba con preocupación: desde el apeadero se entreveía el camino que serpenteaba ascendiendo por la ladera de la montaña. El trayecto se delimitaba por altos muros que terminaban en pequeñas formas redondeadas y era flanqueado en algunos tramos por enormes puertas que estrechaban el paso. Él conocía el camino a la perfección, sabía que las puertas debían ser atravesadas por los elefantes en su ascensión y pensó que constituían un buen lugar para apostarse. Sin pensarlo más siguió a Amita y se colocó a su espalda.

—Si estás decidida, lo que tienes que hacer es subir hasta la última puerta de las murallas. Desde aquí no se ve, pero tú la encontrarás cuando subas: está donde el camino se quiebra para entrar en la fortaleza. Allí, los elefantes tienen que dar un giro pronunciado para hacer el último tramo antes de entrar en el interior de los jardines del palacio y la puerta es muy estrecha. Cuando llegan, casi todos ya han conseguido vender algo y, como no caben, dejan a la gente en paz. Escóndete y espera detrás de ese último arco hasta que los elefantes lo hayan traspasado. Aún tienes tiempo antes de llegar a la entrada del recinto. Pero ten cuidado y date prisa, los guardias están al tanto y, si te ven, vendrán a apartarte. Ellos también se llevan lo suyo y no permiten que nadie interfiera en su negocio.  

La muchacha, que había seguido con la mirada las indicaciones de Juhta, parecía haberlo entendido. Hizo con la mano un gesto de despedida, sonrió nerviosa y agradecida y se apresuró a iniciar la ascensión por la cuesta.  

Los adoquines de piedra hacían fácil el camino. Amita subió pegada a los muros. El sendero aún estaba vacío y el corazón empezó a latirle con fuerza. Para acallar los zarpazos que retumbaban en su interior, apretó sus manos contra los cordones de la bolsa en donde estaban guardadas las marionetas. Sobre su espalda, la tela parecía pesar como el plomo, pero siguió ascendiendo con pasos rápidos.  

Al fin, llegó a la última y pronunciada curva de la que hablara Juhta. Atravesó el umbral, y bordeando el pequeño muro que separaba la confluencia de los dos caminos, se paró y asomó la cabeza para mirar lo que ocurría a su espalda: una comitiva de seis o siete elefantes había empezado la lenta ascensión.  

Los paquidermos caminaban muy despacio con las cabezas bajas, los palanquines con los turistas sentados de dos en dos se balanceaban al ritmo del movimiento acompasado y lento de los animales. Los puntos rojos de los turbantes de los mahaouts se clavaron en su vista como una amenaza que se fuera aproximando.  

En torno a la comitiva, la muchacha veía acercarse a los vendedores que caminaban junto a los elefantes. Los observó con detenimiento tratando de averiguar lo que hacían y cómo lo hacían. Los veía ir y venir entre las pesadas patas, gesticulando ostensiblemente y mostrando las mercancías que levantaban estirando los brazos para alcanzar la altura de los palanquines.  

A medida que se aproximaban, la cabeza de Amita daba vueltas, le flaqueaban las piernas y por primera vez empezó a sentir que aquello que se había propuesto era una locura. Trató de distraer sus pensamientos mirando por encima de los muros que conformaban el sendero: sobre los árboles que descendían por la ladera, el lago Maota estaba rebosando de agua; sobre él, los estudiados jardines de dibujos geométricos parecían flotar sobre las aguas verdosas. Amita se mareaba de nuevo, apoyó la espalda contra las paredes del arco que formaba la puerta y volvió a mirar hacia el sendero: ahora los elefantes estaban a escasos treinta metros y podía oír con claridad las voces de los vendedores gritando palabras para ella ininteligibles: «bonito, bonito, compra».  

De nuevo, los veía en su ir y venir corriendo con las manos cargadas de objetos. Todos eran muchachos jóvenes, ágiles y rápidos en sus movimientos que reían y saludaban inclinándose ante la gente con desenvoltura.

En aquel momento, el primer elefante estaba aproximándose a la puerta estrecha. Al verlo tan cerca, Amita se apartó ascendiendo de espaldas unos metros para quitarse del camino. Sobre las piedras se quedó inmóvil, contempló al animal, que con su cuerpo ocupaba todo el espacio que permitía las paredes que formaban la abertura. Con la mirada despavorida y aferrada a los cordones de su bolsa, se quedó clavada sin acertar a dar un paso para recuperar su posición en el centro del camino.  

Los vendedores se habían quedado atrás y ella vio cómo, uno a uno, todos los animales iban traspasando el umbral estimulados por los gritos de los mahaouts. Amita intentaba moverse, pero las piernas no le respondían. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la visión se hizo borrosa a su alrededor. Agachó la cabeza y apretó los puños. De nuevo la bolsa colgada en su espalda le pesaba como el plomo e, instintivamente, al ver el espacio abierto y vacío frente a ella, empezó a descender con pasos rápidos sintiéndose ligera y aliviada.

En una pequeña plaza, que se formaba en medio del trayecto de ascensión al fuerte, sus piernas flaqueaban y se paró. Indecisa, se aproximó al muro y miró de nuevo hacia arriba. Había desistido de sus propósitos e intentó pensar en otra cosa.  Ahora el camino estaba muy transitado y se fijó en la gente que subía a pie: muchos de ellos eran extranjeros, se distinguían por sus ropas. Los hombres, y sobre todo las mujeres, iban muy mal vestidos, llevaban pantalones que dejaban al descubierto sus piernas delgadas y blancas. Sus movimientos le parecieron masculinos y sin gracia, con aquellos extraños zapatos blancos que les hacían parecer estúpidas ocas con los pies muy grandes. Se sentía en un mundo ajeno a ella en donde todo era disparatado y absurdo.  

Miró hacia abajo recorriendo lentamente el camino recubierto de piedras gastadas y brillantes. De nuevo, se oían las voces de la gente en torno a otra comitiva de elefantes que ascendía con su ritmo pausado. Entre ellos, Juhta, subido sobre el cuello del animal y con el turbante rojo anudado sobre la cabeza, sonreía como si fuera sentado en un trono.  

Lo vio pasar y hacerle un guiño señalándole con su vara en dirección a lo alto del camino. Amita cerró los ojos, durante un momento los latidos del corazón volvieron a golpear con fuerza en su interior. Descolgó de su hombro la bolsa con las marionetas, introdujo la mano y sacó una pareja. Acarició la seda amarilla y, apretándolos entre sus manos, inició de nuevo el ascenso hacia la última puerta.  

Ahora corría abriéndose paso entre la gente.  

Al llegar, se sentó sobre el muro expectante. Cuando los sonidos de las voces de los vendedores y el olor de los animales se fueron haciendo más cercanos, se incorporó atenta a todo cuanto pasaba a su alrededor y esperó a que llegara el momento.  

Al fin, antes de atravesar la puerta, Amita vio cómo un muchacho cerraba el trato con los turistas que, desde arriba, le tiraron los billetes que cayeron al suelo. En aquel momento salió al centro de la subida.  

Observó al animal atravesar el umbral y enseguida se colocó junto el elefante con sus marionetas en la mano.  

Sentados en el palanquín, un hombre y una mujer reían con las bocas muy abiertas y señalaban con el dedo algo en la lejanía.  

Aún se mantenía oculta bajo el trozo de tela que mordía rabiosamente entre los dientes. Abrió la boca, su cara quedó al descubierto sin importarle que alguien pudiera reconocerla y empezó a gesticular para llamar la atención de aquella gente. Repetía las raras palabras que había oído decir a los demás vendedores: «¡Eh! ¡Eh! Bonito, bonito». Los extranjeros la ignoraban y ella, cada vez más alto gritaba: «Bonito, bonito. Compra, compra».  

La mujer la observaba recorriendo su figura, la vio sonreír y, rápidamente, la muchacha tiró las marionetas a las manos de ella que se las devolvió negando con la cabeza. Volvió a tirarlas, una y otra vez, mientras la extranjera repetía: «¡no!, ¡no!».

Amita, notaba el sudor que se deslizaba por su cara cayéndole sobre el cuello. Varias veces estuvo a punto de caer al pisar el borde de su sari. Tropezaba dando traspiés.

La mujer seguía observándola ahora con desesperación temiendo que cayera al suelo, y le hacía gestos con la mano para que abandonara su empeño.  

Se dio cuenta de que había despertado su simpatía y de que era importante que no dejara de mirarla e insistir. Mientras, ella había vuelto a tirarle uno de los muñecos con los preciosos vestidos de Rakhi.  

La comitiva llegó a la entrada de acceso al recinto palaciego. En aquel momento, alguien la cogió del brazo con fuerza.  

—¿Has pagado tu entrada, muchacha?

Ella, sin ver de quién se trataba, se desasió rabiosa y continuó hacia delante dando traspiés hasta llegar al apeadero. Ahora, las marionetas estaban de nuevo en sus manos.

Parada frente al elefante, vio que el mahaoutabandonaba su posición para ayudar a la gente a encontrar la forma de bajar. Era su última oportunidad y de nuevo tiró los muñecos que cayeron en el regazo de la mujer, que ocupada en buscar donde apoyarse, los retuvo.  

En aquel momento, una mano enorme y sudorosa asió su brazo. Ella miró de reojo y vio el uniforme de uno de los guardias del fuerte. Tiraba hacia él para que se apartara mascullando palabrotas entre dientes. Forcejeó, apretando fuertemente sus pies contra el suelo para no ser arrastrada de la escena. Ahora no podía dejar de mirar a la mujer que aún mantenía los muñecos sobre la falda mientras esperaba su turno para descender del palanquín.  

Al fin, la extranjera ya estaba en el suelo. La miraba, se daba cuenta de lo que estaba pasando y Amita vio que hurgaba nerviosa en su bolso. Ella, con ganas de gritar, seguía forcejeando con el guardia que sonreía cínicamente empujándola cada vez con menos disimulo.  

El hombre se había colocado entre las dos mujeres e, instintivamente, Amita extendió su mano bajo los brazos del guardia y la extranjera introdujo entre sus dedos unos billetes arrugados.  El guardia, atento al gesto, cogió la mano de Amita y la sostuvo apretándola hasta hacerle daño mientras seguía sonriendo.  

Cerca de ellos, Juhta había descendido del elefante. Le vio irrumpir en la escena y aproximarse de espaldas hasta ellos. Con un rápido movimiento de su palo de azuzar, Juhta pinchó al guardia en el trasero, que se estiró profiriendo un grito de sorpresa. En aquel momento el hombre le soltó la mano y Amita echó a correr hacia la salida de la fortaleza.  

Corría descendiendo la cuesta y apretando los billetes en la palma de su mano. El aire caliente le quemaba la cara y el corazón daba zarpazos en su interior. Alguien se interpuso en su camino con los brazos abiertos insultándola. Pero, ciega por la rabia, golpeó el cuerpo que se interponía en su camino dando un fuerte zarpazo con la cabeza, y el hombre se apartó. Le oyó gritar a su espalda que sabía quién era. Volvió a taparse la cara con la punta del sari y se fue entremezclando con la gente que subía y bajaba, hasta que se encontró de nuevo en la explanada, que ahora estaba muy concurrida.  

Dio la vuelta a la esquina por la que había llegado de buena mañana, se introdujo tras las cañas de bambúes y se sentó en el suelo: estaba exhausta y confundida.  

Sin mirar, metió el dinero en la bolsa de tela y la introdujo en el recipiente del agua. Esperó algunos minutos para tranquilizarse, alerta a cuanto ocurría fuera de su escondite: la gente pasaba indiferente junto a las cañas. Al fin, más serena, se decidió a salir a la calle y se alejó en dirección a su casa.

Al llegar, los dos ancianos dormitaban en un rincón de la cocina. A su alrededor, reinaba el desorden.  Se sentó abatida en el suelo frente al fogón en donde se consumían los últimos leños e intentó tranquilizarse. Aún sentía la angustia de las últimas horas, pero poco a poco se fue dando cuenta de lo que había hecho. Sin duda las consecuencias recaerían sobre ella y sobre la familia, tendría que pagar muy cara su imprudencia. Se acordó de Rakhi, ella hubiese sabido hacerlo sin ser reconocida. Pero estaba decidida, ahora más que nunca, debía encontrar la manera de obtener el dinero que necesitaba.  

Más tranquila y resignada, se dispuso a realizar sus tareas. El recipiente del agua había quedado olvidado en la entrada, lo recogió, de su interior sacó las marionetas y el dinero; lo miró con asombro. No podía creerlo, era mucho más de lo que ella esperaba encontrar. Se le escapó un grito de júbilo y con los cabellos despeinados, se dirigió al taller.  

Allí hizo un hatillo con todas las marionetas vestidas con el sari amarillo y entró en la habitación donde dormía. Se vistió apresuradamente con ropas de su marido. De entre los pliegues de su sari de fiesta, sacó el recorte de periódico que le diera Rakhi, lo escondió en su cintura y se colocó un turbante sobre la cabeza. Sin mirar atrás, salió de la casa para siempre.  

*     *     *

En el Mercado de los Ladrones de Bombay, en una de las esquinas más concurridas, entre tiendas de antigüedades, de alfombras y de viejos trastos, hay un taller de artesanía. En la puerta cuelgan ramilletes de marionetas del Rajastán: maharajaes, maharaníes y caballos ricamente enjaezados. Dentro, más de cuarenta mujeres trabajan cosiendo, con cuidado exquisito, las finas telas de colores espléndidos para dar vida a aquellos personajes de las tierras del sol y de la luna, que supusieron la vida para Amita y que siguen siendo para muchas de ellas el precio de sus propias vidas.  

Ha pasado el tiempo, Amita aún cuenta que llegó a Bombay vestida de hombre, subida en un tren desde Jaipur y abrazada a sus marionetas con los preciosos trajes amarillos hechos con el sari de Rakhi. Fue una hermosa herencia que le permitió descubrir que ella también era la dueña de un hermoso sueño: el sueño de estar viva.

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos