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Vivir en la higuera

En la mezquita más grande de la India

 

En la mezquita más grande de la India
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Salimos del Fuerte Rojo. El lugar había resultado ser una hermosa muestra de la belleza arquitectónica de la época Mogol en Delhi. Nuestra próxima visita era Jami Masjid: la mezquita más grande de la India. El guía nos advirtió que para llegar hasta ella debíamos atravesar un bullicioso y pintoresco barrio conocido por el nombre de la calle principal que lo atraviesa: Chandni Chowk. Y así fue: cruzamos una amplia avenida dejando a nuestra espalda las rojas murallas del fuerte y, enseguida, estuvimos inmersos en un laberinto de callejuelas con aceras intransitables, en donde nos veíamos obligados a caminar por el centro de las calles, formando una fila india y sorteando todo tipo de obstáculos que se interponían en nuestro camino.

Desconozco lo que pasaba por la cabeza de mis compañeros de viaje, pero para mí era necesario concentrarme en el hecho de caminar para poder seguir el ritmo del grupo sin tropezar permanentemente. Por eso, la percepción de todo lo que nos rodeaba se reducía a pequeños instantes, que encerraban imágenes llenas de sensaciones, en las que los cientos de olores y colores se entremezclaban creando la idea de que todo era estrambótico, destartalado y, sin embargo, excitante y de un fuerte atractivo.

Nada más entrar en el barrio, noté con curiosidad que una mujer vestida de negro y con un pañuelo amarillo anudado a la cabeza, al estilo musulmán, caminaba por delante y muy próxima a nosotros. A veces desaparecía entre el gentío para volver a aparecer de nuevo. Su oscura indumentaria contrastaba con el colorido del entorno e, inconscientemente, relacioné su imagen con la religión. Hubo un momento en que su figura, más que cualquier otra cosa, me sirvió de referencia para saber hacia dónde tenía que dirigir mis pasos. Al fin, llegamos a los aledaños de la mezquita, subimos las escalinatas y nos descalzamos para poder entrar al recinto. Aún pude ver cómo la mujer vestida de negro se perdía bajo los arcos que formaban la puerta de acceso.

Al entrar, la sensación me resultó muy placentera: el enorme espacio que formaba un gran patio se abrió ante nosotros como un oasis de calma tras el bullicio y el ajetreo callejero que había quedado al pie de los escalones. Enseguida, todos los componentes del grupo nos dispersamos y en unos instantes me encontré sola, respirando aliviada de poder disfrutar del pequeño placer de unos momentos de sosiego tras el agobiante paseo. Me senté un momento bajo los soportales. Los muros en torno al recinto eran lo suficientemente bajos y la situación de la mezquita, construida sobre una elevación del terreno, la convertían en un observatorio privilegiado. Desde allí, y a escasos metros, se podía observar el caótico ajetreo de aquel barrio que parecía un hervidero de gente afanada en sus tareas y en continuo movimiento.

Permanecí absorta durante un rato, resultaba un auténtico espectáculo ver cómo se desarrollaba la vida en aquel escenario de viejas casas ennegrecidas, plagadas de puertas abiertas de par en par que daban paso a oscuros locales situados debajo de barrocas balaustradas o de sencillas y estrechas terrazas. Los edificios parecían permanecer en pie gracias a la maraña de cables eléctricos que sobrevolaban las calles, de lado a lado, formando una redecilla de indescifrables códigos, capaces de dar sombra como si se tratase de un entoldado festivo y que desaparecían entre las callejuelas estrechas del sinuoso barrio. Entre las casas, los almacenes y los puestos de frutas, en un bullicioso ir y venir, lo primero que atraía la mirada, eran los cientos de coloridos rickshaws a pedales —esos curiosos vehículos que usan en las ciudades indias para el transporte público y que son como destartalados triciclos con un cubículo en la parte posterior en el que pueden ir dos, tres o cuatro personas, en caso de apuro, siete u ocho y si se trata de niños, entonces, la capacidad se multiplica y resultar útil, para unos diez o doce—. Más que en cualquier otra parte, allí parecían ser los protagonistas: aparcaban en las aceras y se codeaban con las bicicletas, las motos, las carretillas, los carromatos. Detrás de todos aquellos ingenios, se arrastraban las cargas más insólitas y, sin ningún complejo se entremezclaban con los transeúntes y los curiosos, los vendedores ambulantes, los pedigüeños, los artesanos apostados en la puerta de sus almacenes y los haraganes.

Al fin, saciada mi curiosidad, volví la cabeza hacia el interior del recinto. La mezquita del viernes, la llamada Jami Masjid, estaba compuesta de un enorme espacio cuadrado y amurallado a distintas alturas. En frente de mí, situada hacia lo que supuse sería la dirección de la Meca, se destacaba la sala de oración. Conté once puertas repartidas por su parte frontal, tres enormes cúpulas blancas, algunas torres más discretas y dos esbeltos minaretes. La arenisca roja y el mármol blanco, lleno de claroscuros, estaban mezclados formando una hermosa armonía de líneas y curvas sobre las que, en aquellos momentos, revoloteaban cientos de palomas.

Apenas habían pasado unos minutos cuando vi, desde la posición en que estaba, como mis compañeros se aglutinaban de nuevo en torno al guía y me dirigí hacia ellos para atender a las explicaciones:

—Este es el corazón del barrio musulmán de Delhi, y este su lugar de oración. Durante la semana, como ven, está abierta al público sin distinción de religiones y cada viernes se cierra para las visitas: miles de personas se reúnen aquí para rezar. Este patio tiene capacidad para acoger a 25.000 almas.

»Los musulmanes en la India representan, aproximadamente, un veinte por ciento de la población y conviven con el resto de las religiones y de las culturas. Están integrados en el país y son, en cierto modo, privilegiados porque estos musulmanes de hoy día son aquellos o los descendientes de aquellos que no tuvieron que abandonar la India cuando se produjo la división del país con la independencia. Ellos pudieron quedarse gracias a que Ghandi permitió que así lo hicieran… —el guía continuaba con sus explicaciones.

Una vez que nos habíamos hecho una idea del lugar en que nos encontrábamos, nos dirigimos a curiosear por nuestra cuenta. Yo me detuve un rato en torno al gran estanque de las abluciones situado en el centro del gran patio y después me encaminé hacia la sala de oración. Bajo los once arcos de entrada, se formaba un largo pasillo flanqueado por las columnas que sustentaban los arcos, llenos de arabescos, y que se extendía cubierto por tres filas enormes de alfombras de color rojo. A pesar de resultar un recinto muy abierto, el lugar quedaba en la penumbra y se respiraba un cierto aire de recogimiento y religiosidad. Los espacios interiores que se correspondían con las cúpulas del edifico hacían las veces de pequeñas capillas abiertas completamente y frente a ellas, algunos fieles, hombres y mujeres, rezaban postrados en la dirección de la Meca.

Situada en el interior, me apoyé contra una columna y permanecí un rato en silencio observando todo cuanto me rodeaba. Enseguida me llamaron la atención las vestimentas negras de las mujeres y no pude evitar admirarme de cómo eran capaces de vivir vestidas con aquellas oscuras telas que, sin duda, tenían que resultar agobiantes con el clima y las condiciones de vida de aquel país. Dos de aquellas mujeres, las que estaban más próximas a mí, arrodilladas, subían y bajaban las manos y las cabezas quedándose por momentos postradas en el suelo.

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A pocos metros, metida en una de las capillas, vi de nuevo a la mujer del pañuelo amarillo que nos precediera durante nuestra incursión en el barrio. Rezaba sola junto a la esquina de una de las capillas. Al reconocerla, instintivamente, me oculté tras una columna para poder observarla a mis anchas. Tuve la sensación de encontrarme con una vieja conocida a la que acababa de sorprender haciendo algo que no me esperaba.

A los pocos minutos, debió acabar sus rezos, se levantó y miró a su alrededor como si buscara algo. Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Yo desvié la vista, pero unos segundos más tarde, sin poder evitarlo, volví de nuevo a buscarla. Estaba parada y, en ese momento, era ella la que me miraba a mí de manera persistente. Sin duda, estaba intentando atraer mi atención. El corazón me dio un vuelco y me sentí incómoda e inquieta. Rápidamente, volví la cara buscando a mi gente que, en pequeños grupos, continuaban deambulando y haciendo fotos dentro y fuera del recinto de oración. Me dirigí hacia una de mis compañeras y nos entretuvimos fotografiando el atractivo claroscuro que, con el contraste de luces, se creaba a lo largo de la enorme sala. Mientras, no sé por qué, procuré no perder de vista a la mujer que había cruzado el espacio debajo de las columnas y salía al patio exterior. Seguí mirándola con recelo y aliviada de verla marchar. Como si ella se hubiera percatado de que la observaba, con un movimiento rápido, giró sobre sí misma y se paró nuevamente con la mirada fija en la mía que ahora, sorprendida por lo inesperado de su actitud, no conseguía apartar los ojos de aquella figura negra y redonda.

En aquel momento, vi que, de dentro de algún pliegue de su vestido, sacaba un objeto metálico. Con la vista y con la mano vacía, me indicaba que mirase y yo, que había permanecido quieta y con la boca abierta, me sobresalté e internamente me negué a seguir sus instrucciones. El gesto de disgusto que hice no debió pasarle desapercibido, sin embargo, con sus movimientos, insistía una y otra vez en reclamar mi atención, a lo que yo, aparentando indiferencia, seguía negándome.

Tuve la sensación de estar sola de nuevo y, para sobreponerme, me adelanté hacia las verjas que cierran el recinto por su lado sur en busca de personas conocidas entre las que refugiarme. No vi a nadie a mi alrededor y durante unos minutos permanecí, de espaldas al patio, observando el mundo que quedaba fuera. Al fin, para mi tranquilidad, oí que alguien me llamaba. Todos estaban reuniéndose junto a la puerta por la que habíamos entrado y dispuestos ya para abandonar el lugar. Con la mirada fija en aquel punto, anduve deprisa sin poder controlar el desasosiego que me embargaba.

Salimos. Bajamos las escaleras después de ponernos de nuevo los zapatos y emprendimos el regreso hacia el autobús.

Parecía que por fin había pasado mi susto. Pero no, estaba equivocada, en la esquina y al otro lado de la calle, quieta y en actitud de espera, aquella mujer seguía todos mis movimientos. Oí de nuevo los latidos del corazón resonando en mi interior. Apresuré mis pasos y me situé junto al guía que caminaba con tranquilidad precediendo al grupo y, nuevamente, sorteando los obstáculos y la gente que se cruzaba en nuestro camino.

—¿Está muy lejos el autobús?

—No, solo lo suficiente como para que disfruten un poco del ambiente del viejo Delhi, a ustedes les gusta. Siempre les oigo comentar que todo esto resulta pintoresco y chocante. Mire los kioscos, ahora estamos pasando por el mercado del bronce, aquí…

—Sí, sí, claro.

Aunque lo intenté, no me sentía capaz de mantener la atención a las explicaciones y volví la mirada: la mujer caminaba detrás de mí, me pareció que solo necesitaba extender sus brazos para tocarme. Sentía deseos de agarrarme al guía, pero no me atreví a hacerlo. Algo en mi interior me hizo estirarme y respiré varias veces profunda y lentamente. Más tranquila, vi las cosas de otra manera: me pareció ridículo lo que me estaba sucediendo. No podía pasar nada entre aquel bullicio y rodeada de mis compañeros de viaje. Sin pensarlo y de un salto me paré en seco ante la mujer que casi me rozaba y me encaré con ella:

—Pero, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?

No se inmutó, se paró y volvió a sacar algo de entre los pliegues de su vestido. Cerré los ojos y haciendo gestos ostensibles con las manos para que pudiera entenderme le grité:

—¡No! ¡Vete! ¡Márchate de aquí!

El guía se había detenido al oír mi voz alterada, miró hacia atrás y se colocó a mi lado.

—¿Le ocurre algo?

—Esta mujer me está siguiendo desde que entramos en la mezquita. No sé qué puede querer.

—No tiene que hacerle caso, solo le está enseñando una escudilla vacía para que vea que no tiene nada para comer. Siga usted su camino, es mejor que no la mire.

—¿Cómo quiere que no la mire si cada vez está más cerca de mí? Es imposible quitármela de encima.

Le oí decir algunas frases en un idioma para mí ininteligible dirigiéndose a la mujer de negro, después me indicó con la mirada que lo siguiera y volvió a caminar delante del grupo como si nada ocurriera. Ella agachó la cabeza y, con pasos rápidos, nos adelantó. Un momento después, la vi meterse por una callejuela estrecha a escasos metros del lugar por el que nosotros teníamos que pasar. Creí que, por fin, todo había terminado pero, para mi desesperación, aquello continuaba. Al volver la esquina, dio la vuelta y agitando la escudilla entre las manos, se apoyó contra la pared para poder observarme a sus anchas. Para no verla, levanté la cabeza mirando al frente tal como el guía me había dicho. En aquellos momentos, un remordimiento me azotaba la conciencia y me sentía mezquina. Al fin, lo único que quería aquella mujer era decirme que tenía hambre, que necesitaba comer.

Volví la cabeza para mirarla, ella seguía allí, parada con gesto de súplica. Debió notar mi cambio de actitud y sacó la otra mano indicándome que fuera con ella.

El guía que, sin duda había observado toda la escena, se volvió y me tiró del brazo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, hemos de continuar.

—No. Esto no puede acabar así. Si ahora me voy de esta manera, no podré dormir en varios días. Lo siento, quiero saber qué es lo que me dice y qué le pasa a esta mujer.

—Hágame caso y continúe, por favor.

—De verdad, no puedo.

—Está bien, ella le pide que la siga. Debe querer enseñarle algo, nada más. No tiene por qué alarmarse: es inofensiva. Esta gente vive de la limosna y lo único que intenta es sacarle un poco de dinero.

—¿Qué puede pasar si entro?

—¿Quiere entrar?

—Sí, quiero entrar.

—No se lo aconsejo, puede encontrarse cosas poco agradables.

Yo insistí.

—No importa, quiero ir.

—Está bien, pero tengo que acompañarla. Serán unos momentos, el tiempo que esa mujer necesite para que usted le dé lo que ella busca.

Seguí a la mujer que, enseguida, se introdujo a través de una puerta estrecha que conducía a un pasillo al que apenas llegaba la luz y con las paredes negras de hollín. Al fondo, otra puerta tapada con una cortina de harapos parecía conducir a algún cuartucho siniestro.

Empezaba a arrepentirme de la decisión que acababa de tomar y me volví para mirar al guía esperando su mirada de desaprobación. Él nos seguía con un gesto imperturbable caminando detrás de mí.

Nos acercamos hasta la puerta, la mujer entró y sostuvo la cortina para que la siguiéramos. Metí la cabeza, el mal olor me hizo retroceder. Tragué saliva y entré a pesar de todo.

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En un rincón de la habitación, escasamente iluminada por un ventanuco en la parte superior, un hombre, aparentemente muy viejo, delgado y vestido con ropas muy ajadas, estaba sentado con una extraña postura sobre un somier desnudo. Su bastón descansaba apoyado sobre una de sus piernas, largas y flacas, tenía la cabeza baja y parecía dormir o meditar. Al oírnos, el hombre levantó la cabeza, agarró fuertemente el bastón con ambas manos y preguntó algo en su idioma. Entonces pude ver su mirada turbia y vacía: era ciego. Aquella escena en la semios- curidad de la habitación, la delgadez de aquel desgraciado y el gesto que enmarcaba la sensación de un terrible desamparo, me hicieron llevarme instintivamente la mano a la garganta para no gritar por la sorpresa. Pensé que no había visto una imagen tan triste en toda mi vida.

La mujer musulmana, casi rozándome y con la voz plañidera, me señalaba al ciego y hablaba dirigiéndose a mí, sin que pudiera entender una sola palabra de lo que me decía. Yo la miraba a ella de manera persistente, intentaba leer en sus labios, en su mirada, en sus gestos, por no enfrentarme al lamentable espectáculo de aquel pobre hombre aferrado a su bastón en actitud defensiva, como si de él dependiera su propia vida.

El guía escuchaba pacientemente a mi lado y al fin, cuando ella dejó de hablar, me tradujo lo que intentaba decirme.

—Quiere que usted sepa que este hombre es una víctima del accidente ocurrido en la ciudad de Bhopal. Le dice que es un pariente lejano suyo, que fue abandonado por todos, porque es un ser completamente inútil y necesita continuos cuidados ya que no puede valerse por sí mismo. Tiene treinta y dos años aunque por su aspecto pueda parecer un viejo. Dice que cuando todo ocurrió era un niño de apenas diez años. Casi toda su familia murió como consecuencia de la catástrofe y no ha tenido corazón para abandonarlo a su suerte a pesar de que le supone una carga muy pesada, pues ella tiene su propia familia de quien ocuparse. No recibe ayuda de nadie y necesita el dinero de las limosnas para sobrevivir. Como usted puede ver, está ciego y tullido, apenas puede moverse porque cualquier movimiento le cansa mucho, su capacidad pulmonar es muy pequeña y… ella espera que usted los pueda ayudar comprándoles un poco de comida.
Miré al guía, me sentía desconcertada, pero en su mirada no había respuesta. Naturalmente, no estábamos en condiciones de salir a la calle para comprar nada, nuestro viaje debía continuar. Nerviosa, metí la mano en mi bolso y con los ojos nublados por las lágrimas saqué del monedero algunos billetes y se los di, sin saber siquiera cuánto dinero le estaba dando. Después retrocedí hacia la puerta sin poder dejar de mirar aquella mujer, que en aquel momento y, por la escasa luz, era una mancha negra sin contornos precisos que sonreía agradecida con las manos apretadas contra su pecho.

Al salir de nuevo a la calle principal donde esperaban mis compañeros aún tenía el aliento contenido. El regreso al hotel lo hice en silencio, llena de sentimientos contradictorios: por un lado, en mi mente seguía, como una imagen fija, la silueta de aquel hombre triste, con la mirada vacía y el eco de la voz llena de pena de aquella mujer resonaba todavía en mis oídos. Por otro, estaba deseando llegar a mi habitación para meterme bajo la ducha y desprenderme de aquel olor a miseria que parecía haberse pegado a mi ropa y que me repugnaba. Apreté los ojos, intentando olvidar cuanto antes aquel desagradable encuentro.

Al fin, entramos en el precioso edificio colonial que era nuestro hotel. Una fila de viejas y altísimas palmeras flanqueaban la entrada y, entre ellas, los porteros y los ayudantes de los porteros con sus llamativos trajes y sus amables sonrisas nos recibieron facilitándonos, como siempre, cualquier movimiento. Antes de subir a nuestras habitaciones, el guía, que debió observar mi turbación, se acercó a mí para despedirse.

—Siento que esto la haya impresionado de manera tan honda. Entienda por qué me vi en la necesidad de advertirle que no debía acompañar a aquella mujer, ustedes no están acostumbrados a situaciones como esta, la visión de tanta crudeza les resulta muy desagradable.

—Sí, la verdad es que me ha impresionado mucho.

Se marchaba, pero lo retuve con la mirada durante un momento más.

—Perdóneme, pero… ¿cómo pueden ocurrir cosas como esa?, ¿cómo pueden permitir que la gente viva de esa manera?

—No piense más en ello, olvídelo. Lo que esta mujer le ha contado puede que ni siquiera sea cierto y ese hombre no tenga que ver nada con la catástrofe de Bhopal. Existe mucha picaresca entre los pobres. La gente ha de sobrevivir y a veces recurren al teatro y la simulación y es muy probable que ella, sabiendo que usted es extranjera, ha situado la causa de su desgracia en un escenario que a usted pudiera resultarle conocido por su dramatismo.

—No intente taparme los ojos, yo le agradezco su amabilidad, pero ese hombre que he visto no era un actor. Sí ella lo usa como reclamo es porque podría ser cierto. Y sea o no una víctima de lo que ocurriera en esa ciudad, me ha parecido digno de lástima.

—Mírelo de otra manera. Si lo que hemos visto es cierto y ese pobre desgraciado es realmente un superviviente de Bhopal tiene suerte, porque sus familiares se han ocupado de él. Aunque lo usen de reclamo para obtener limosna, resulta beneficiado. Si su familia tiene para comer, él tiene para comer, y esa mujer parece una buena persona.

—Pero, ¿cómo pueden vivir en esas condiciones tan precarias?

—Por favor, hágame caso, debe dejar de pensar en ello.

—Al contrario, quiero saber qué pasó en esa ciudad, aunque solo sea para saciar mi curiosidad.

—Bien, pero… realmente, ¿no ha oído hablar nunca de la catástrofe de Bhopal?

—No. La verdad es que no, o tal vez sí, pero ocurren tantas catástrofes por todas partes y resultan tan lejanas, que se olvidan pronto.

—Durante un tiempo se habló mucho de ello en todo el mundo. Fue una historia lamentable y muy dura para mi país. En diciembre de 1984 se produjo en esa ciudad una gran desgracia: un escape de gases letales en la fábrica de pesticidas que produjo en las tres primeras noches más de 8.000 muertos y otros tantos miles de damnificados. Los gases producidos por el escape quemaron los ojos y las vías respiratorias de la gente que, al introducirse en la sangre a través de los pulmones, dañaron prácticamente todos los sistemas orgánicos. Eso no fue más que el comienzo de una tragedia que aún no ha acabado. Hoy todavía los habitantes de aquella ciudad sufren las consecuencias y las secuelas de este desastre que nadie es capaz de calcular, ya que esas sustancias que se filtraron a través de las aguas en el terreno afecta a todos los órdenes de la vida, y a ellas están expuestas, a pesar del tiempo transcurrido, todas las personas que viven en el entorno. Se ha convertido en un legado tóxico que únicamente el tiempo puede llegar a solucionar.

—¿No ha podido hacerse nada?

—La compañía propietaria de la fábrica nunca ha indemnizado de la manera conveniente. El gobierno indio ha luchado por obtener recursos de la empresa responsable para compensar a los miles de damnificados, pero nunca ha sido suficiente. El mundo del dinero no sabe de seres humanos, de miserias. No tiene corazón, eso lo sabemos desgraciadamente y la empresa debió emplear todos los subterfugios posibles para minimizar o para eludir sus responsabilidades.

Lamento este encuentro que usted ha tenido con nuestra cruda realidad, pero… aquí las cosas son así. Podría relatarle cientos de desgracias parecidas que ocurren cada día, tal vez porque asimilamos mal el progreso tal y como ustedes lo entienden y que, sin embargo, parece ser el camino inevitable. Este es un país de fuertes y profundos contrastes que esconde la agonía de una civilización que se muere para siempre ante nuestros propios ojos, sin que podamos hacer nada para salvarla.

—Lo sé, creo que lo estoy viendo a cada momento y sé que puede parecerle estúpido, pero siento la necesidad de hacer algo.

Me miró como si estuviera acostumbrado a oír ese ofrecimiento cada día, se encogió de hombros y concluyó:

—Recibimos ayuda de muchas organizaciones y personas desinteresadas, hay mucha gente que intenta ayudarnos. Si usted quiere hacer algo puede dirigirse a alguna de estas organizaciones. Las instituciones creadas por la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, funcionan muy bien, pero también hay otras muchas instituciones con buenas gentes que hacen una labor inestimable entre los más desgraciados, las personas sin hogar o los abandonados.

—Gracias. Me acordaré de lo que me ha dicho.

El guía se marchó con su paso lento y yo me retiré a mi habitación envuelta en un mar de contradicciones acerca de lo que para mí sería, sin duda, un viaje inolvidable, pero aquella mañana, en el aquel cuartucho inmundo, tuve la triste sensación de haber encontrado la auténtica y amarga realidad de la India.

Mientras caminaba por los pasillos del hotel, intenté hacer recuento: habíamos llegado hacía apenas unos días. Lo hicimos llenos de prevenciones. Atravesamos regiones, ciudades y pueblos en un autobús absolutamente blanco por dentro y por fuera, con un rótulo que rezaba «Tourist» hecho para inmunizarnos de cualquier contagio y que como un imán atraía la mirada de todos: niños y mujeres, santones, vendedores ambulantes, contorsionistas, encantadores de serpientes, bailarines callejeros, barberos, colegiales, ancianos o haraganes. Aquellas gentes sonreían y extendían las manos a nuestro paso como si, al hacerlo, pudiéramos depositar en ellas un trozo del paraíso en el que ellos creen que nosotros vivimos. Protegidos tras los cristales pudimos mirar, lamentar, burlarnos o asombrarnos de cuanto veíamos, esbozando una sonrisa fría a través de los cristales. La India, para nosotros, los curiosos turistas, representa un espectáculo de seres humanos que parecen vivir en la cuerda floja, en una dualidad permanente entre la inercia arrolladora de Occidente y el lastre de una antiquísima historia y una milenaria cultura que permanecen vivas y gravadas a fuego en millones de almas a través de un universo que se adivina inconmensurable y lleno de profundas contradicciones muy difícil de asimilar.

Al día siguiente, el viaje acababa definitivamente y volvíamos a casa. Tuve la sensación de que solo podía encogerme de hombros ante la perplejidad que me produjo tanto contraste, pero debía tratar de encontrar, entre aquel maremágnum de imágenes, colores y sensaciones que volvían a mi cabeza, un punto de referencia para establecer el equilibrio en mi interior, sin olvidar lo que había visto: un sorprendente país en donde parecen estar presentes todas las dimensiones de la vida y todas las dimensiones del tiempo y del mundo, que allí discurren sobre la vertiente sagrada del hombre a la que ellos se aferran y que nosotros estamos abandonando.

No hay duda de que aquel país tiene que cambiar, sacar a sus gentes de tanta miseria y, sin embargo, hay algo que te hace temer que cambie siguiendo un ejemplo tan equivocado como puede ser el nuestro y desechando la belleza de lo que ellos poseen y que solo ellos conocen.

Tuve la suerte de recordar las miradas brillantes y alegres de los cientos de niños que te abordan por las calles para vaciarte los bolsillos. Parece que guarden en su interior bellísimos secretos: algo indescifrable que intenta indicar los miles de sencillos caminos, a través de los cuales se puede llegar a la felicidad y que, si alguna vez has tenido la suerte de poder percibir, recubrirá tu corazón de una fina película que te hará, si no te permites olvidar, contemplar la vida desde un punto de vista diferente.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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La última oportunidad

Aquella mañana fue la última de nuestra vida juntos. Recuerdo que palpé las sábanas junto a mí, aún estaba soñoliento, cuando ya presentí que te habías marchado para siempre. Corrí a la ventana mientras las palabras que habías pronunciado aquella larga noche en la que los dos nos dijimos tantas cosas me vinieron a la mente como un latigazo: «al llegar a la madurez solo te queda un camino, el de la valentía». 

Sentí el impulso de llamarte, pero tu nombre se ahogó en mi garganta; cerré los ojos y apreté los puños. Oí por un momento los cordones mal abrochados, golpeando la piel estirada y limpia de tus zapatazos nuevos, y supe que la magia de ese fecundo paisaje hizo que te apresuraras.

La última oportunidad
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Había llegado a conocerte tanto, que solo pude callar y desearte suerte.

 

 

 

 

 

 

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El color de su vestido

Me escondí debajo del paraguas, porque se me escaparon las lágrimas con gotas más gruesas que aquella lluvia pertinaz del otoño, que había empezado el mismo día de su muerte y que no cesaba…, Dios mío, no cesaba nunca.

Y fue porque la vi cruzar la calle dirigiéndose hacia mí. 

Al verla, vestida de color granate, saltando sobre los charcos y mordiéndose el labio inferior, me estremecí como en el mismo instante en el que le vi morir. 

Él era mi hermano y ella era el amor de su vida, la mujer con la que descubrió para quién vivía. Cuando le abandonó se le acabó todo: la curiosidad, el hambre, la risa…

Ella
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Di media vuelta.

El suelo bajo mis pies se había teñido del mismo color que su vestido.

 

 

 

 

 

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En Venecia

Recuerdo que, en Venecia, el aire acariciaba nuestro paseo nocturno y yo oía violines y veía enamorados besándose, él contaba las sillas de los cafés expuestas sobre el asfalto húmedo y viejo, mientras calculaba «a tanto el café» cuánto facturaría esa gente cada día.

 

En Venecia
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Las flores de Meera -Udaipur-

 

Archivo LHM

A la ciudad de Udaipur la llaman «la ciudad del amanecer». Dicen que, a esa hora, todos los palacios que la adornan se reflejan en el agua creando un inigualable mosaico sobre sus lagos de color esmeralda. Debe ser cierto, pero no creo que nosotros fuéramos menos afortunados, pues tuvimos ocasión de verla más tarde, cuando el sol la iluminaba en su plenitud y la ciudad era una exhibición del colorido más esplendoroso que es capaz de ofrecer la naturaleza, y del que los hindúes se apropian como si fueran los dueños del paraíso.  

A esas horas, junto a la belleza de las montañas que se elevan bordeando los lagos o los fascinantes palacios que la conforman; junto a la silueta de los templos o los ojos de los tigres, junto al olor penetrante del cardamomo y la vainilla o el rojo arrebatador del chillie que venden en los mercados, estaban las gentes del Rajastán. Solo ellos son capaces de salpicar aquellas calles, sinuosas y pintorescas, con una vida de tintes irrepetibles, mezclándose entre el bullicioso ajetreo con sus exóticos turbantes o con los saris envolventes de las mujeres que parecen derramar, con estudiada indiferencia, el abanico de fantasía a la que se prestan bajo la mirada de los desconocidos.

Aquella tarde de mediados del mes de febrero, el aire era cálido y la proximidad del lago aportaba una agradable sensación de húmeda frescura. Después de recorrer el enorme y suntuoso Palacio de la Ciudad, último reducto de la corte del reino de los Mewar, habíamos tomado un tentempié en un pequeño restaurante de comida hindú y eran alrededor de las cuatro cuando subimos a un barco de línea turística, en el que haríamos un corto crucero sobre el lago Pichola y una visita a uno de los palacios construidos sobre sus aguas: el Jag Mandir.  

Hacíamos la travesía solos, sin la compañía del guía, pues nos había pedido permiso a todos los demás para acompañar a uno de los componentes del grupo, empresario empedernido, que se había quedado entusiasmado con las enormes canteras de mármol que vimos a lo largo de la carretera entre Eklingji y Udaipur y quería información sobre los materiales que se extraen, sobre sus precios y cómo y dónde se exporta el preciado material. Por supuesto, todos accedimos. El guía nos dejó a los pies del embarcadero y su única recomendación fue que tuviéramos la precaución de no quedarnos hasta la hora en que saliera el último barco. Ninguno de nosotros le dio mayor importancia a aquella indicación y nos dispusimos a embarcar.

Cruzamos el lago dejando a nuestra derecha el Jag Nivas, otro de los palacios flotantes, también conocido como el Palacio del Lago. Se trata de un edificio de mármol, de un blanco inmaculado, que flota en medio de las aguas entre ventanales, cúpulas y templetes de una preciosista arquitectura.  

Hace años, este singular palacio fue convertido en el que es considerado como uno de los hoteles más lujosos del mundo. Dicen que en sus habitaciones han dormido celebridades de nuestra época: Isabel de Inglaterra o Jackie Kennedy entre otros. Nosotros debimos conformarnos con observar desde fuera su bonita silueta en nuestro camino hacia el Jag Mandir. Esta otra muestra de la riqueza arquitectónica de Udaipur fue construido en épocas anteriores, y también cuenta entre sus moradores con regios personajes como en su día lo fuera Sha Jahan, el inefable artífice del Taj Mahal, que al revelarse contra su padre, el emperador Jahangir, tuvo que huir viéndose obligado a pedir refugio y siendo acogido por el maharana reinante en aquella época, que lo alojó en las singulares estancias de aquel palacio de arenisca amarilla.  

Al desembarcar vimos que el lugar estaba muy concurrido y nos desperdigamos entre la gente. Recorrimos los jardines sombreados de palmeras, las distintas estancias y contemplamos, sentados bajo los arcos que rodean el complejo y entre las siluetas de los enormes elefantes esculpidos en piedra que lo circundan, la vista espectacular de toda la ciudad que se duplica, reflejándose en el agua al ritmo lento del movimiento del sol.  

Empezaba a caer la tarde cuando de nuevo todos nos reunimos para acercarnos juntos hasta al embarcadero y emprender el regreso cruzando de nuevo el lago.  

Una pequeña multitud de turistas se arremolinaba en el muelle y nos añadimos al desordenado gentío en espera de nuestro turno. Poco a poco, pues en los barcos no cabían más de veinte o treinta personas, los distintos grupos iban entrando precedidos de sus guías, que los llamaban e iban instalándose hasta completar el pasaje. A nosotros, que intentábamos embarcar, cada vez que se acercaba un nuevo barco, sin que pudiéramos entender el porqué, nos impedían la entrada apartándonos sin muchos miramientos.  

Resultó un episodio bastante fastidioso, pues no había manera de que alguien nos hiciera caso, a pesar de permanecer juntos para que fuera evidente que se trataba de un grupo de turistas y de blandir en nuestras manos las entradas que nos daban derecho a ocupar un sitio en alguno de los barcos que volvían a la ciudad. Parecía una tarea imposible de acometer. Al fin, tuvimos que resignarnos y esperar hasta que el muelle se fue quedando vacío. Ya solo estábamos nosotros, formando un pequeño grupo y seis o siete personas más, entre extranjeros y nativos. Con cierto alivio, nos metimos en el que debía ser el último barco de línea y emprendimos el regreso.  

A aquellas horas, el sol, en el comienzo del ocaso, empezaba a ocultarse tras las montañas y se reflejaba sobre las aguas del lago creando inigualables contrastes de luces y sombras a nuestro alrededor, lo que convertía la travesía en un bonito espectáculo que a la mayoría de nosotros nos hizo olvidar el absurdo contratiempo.  

Para mayor disfrute, el barco esta vez no pasó de largo, sino que se aproximó hasta el embarcadero del Palacio del Lago y tuvimos la oportunidad de ver de cerca aquella singular edificación y algo más de lo que debió ser la lujosa parafernalia de la corte de los maharanaes, pues un sirviente engalanado y vestido de blanco y oro se acercó hasta el pequeño muelle con una extravagante sombrilla de color rojo, dispuesto a recoger a los que fueran a desembarcar. Curiosamente, nadie lo hizo y el barco, después de realizar las maniobras al uso, continuó su navegación hasta los muelles de la ciudad en donde el guía, solícito, estaba esperándonos y nos recibió algo nervioso.

—Pero, ¿qué les ha pasado para que se hayan retrasado tanto? Les advertí que no debían quedarse los últimos.

Uno de los componentes del grupo a quien nuestra pequeña y particular odisea le había puesto de bastante mal humor; algo a lo que, según nos fuimos dando cuenta durante el viaje, era muy propenso, contestó:

—¿Qué pasa, se ponen ustedes de acuerdo para gastar una broma de mal gusto a los turistas o qué?

El guía se debió sorprender por aquella salida de tono, pero nada se pudo traslucir de su gesto que continuaba siendo amable.

—Por supuesto que no, señor.

El hombre insistió:  

—¿No me diga? Usted ya debía saber que para nosotros solos iba a ser una aventura embarcar. No debería haberse marchado tan a la ligera.

—¿Por qué dice eso?  

—Pues porque no nos ha quedado más remedio que esperar hasta que ya no quedaba nadie. Nos han ido dejando a un lado y de malas maneras, por cierto.

—Lo siento, de verdad, no pensé que pudiera llegar a ser un problema para ustedes, pues en esta época del año no hay mucha gente que visite los palacios.

—Esto no va a quedar así: en la agencia de viajes se van a enterar. Le aseguro que no hemos pagado para ser tratados como turistas corrientes. Yo personalmente he llegado a temer que nos dejaran en tierra.

—Señor, no tenga duda de que yo mismo hubiera ido a recogerlos. Pero, en todo caso, está en su derecho de presentar las quejas que considere oportuno.  

Alguien del grupo, incómodo por la tensa situación, que a todos los que escuchábamos el absurdo diálogo nos parecía desproporcionada, interrumpió la escena y el guía, aliviado, lamentó de nuevo lo ocurrido, dio por concluida la conversación y enseguida se adelantó al grupo para abrirnos paso hacia el autobús.  

Regresamos al hotel después de callejear durante un rato más y visitar una curiosa tienda en donde se exponían algunas muestras de un arte del que son especialistas en aquella ciudad: la miniatura. Había preciosas piezas con representaciones de escenas de época realizadas con un laborioso proceso que tuvimos ocasión de observar y al que los artesanos, entre los que había muchachos muy jóvenes, se dedicaban diligentemente y que nos mostraron con evidente orgullo.  

Enseguida reinó de nuevo el buen humor entre todos los componentes del grupo y el regreso a nuestro particular palacio se hizo entre jugosos comentarios sobre todo lo visto durante aquel largo día.

Ya era entrada la noche cuando bajamos a cenar al restaurante del hotel y tras una animada cena nos reunimos, como teníamos por costumbre, para tomar unas copas en el bar situado en una de las terrazas sobre la piscina.  

El escenario resultaba espectacular: la fortaleza del siglo XVIII  convertida en hotel y enclavada en uno de los pasos montañosos que se abren hacia Udaipur, cuya reciente restauración era evidente, estaba iluminada creando misteriosos claroscuros, capaces de transportarte a los tiempos en que aquellos lugares fueron el escenario de las épicas aventuras que, según se cuenta, tuvieron lugar en toda la región del Rajastán: no en vano, es conocida como la tierra de los hombres de la guerra.  

En el interior del bar y, bajo los porches, se enmarcaban agradables rincones para la tertulia. La decoración había sido realizada con mucho mimo y con criterios muy actuales: los distintos ambientes estaban salpicados de antiguas piezas de mobiliario que destacaban entre los sofás y los sillones, tapizados con telas de otomán en colores rosa fucsia, naranja y rojo, que daban un aire cálido y acogedor al ambiente, ya exótico de por sí. Para que no faltara ningún detalle, la semioscuridad creada por las antorchas colocadas entre las plantas de los jardines que rodeaban la piscina, recubierta de pizarra negra, y la música de algún instrumento de cuerda hindú creaban una curiosa atmósfera de magia y misterio, que nos facilitó a todos estar dispuestos a escuchar esa historia que parecía sacada de Las mil y una noche y en la que, según supimos más tarde, podríamos haber estado involucrados.  

Nuestro amigo, el del mal humor, a quien le debió costar su tiempo asimilar la experiencia del embarcadero, dijo que se encontraba algo indispuesto, pidió una infusión y se retiró muy pronto a descansar. Al verlo marchar, recordé las dificultades para nuestro regreso desde el Jag Mandir y la recomendación de nuestro guía para que no cogiéramos el último barco. Después de ver lo que nos había ocurrido, sus palabras habían despertado mi curiosidad y aproveché aquel momento, en que el hombre estaba sentado como uno más entre nosotros, sin posibilidades de eludir la respuesta, y le pregunté:

—¿Por qué esa recomendación de no quedarnos los últimos para coger el barco, que, curiosamente, no hemos podido evitar?

Mi voz se oyó por encima de las demás conversaciones y todos, al oír la pregunta, volvieron la cabeza hacia el guía, que interrumpió su animada charla y me miró con cierta sorpresa. Me pareció que dudaba y después de pensar durante un momento, algo azorado, tosió ligeramente y contestó:

—No tenía, en realidad, ninguna importancia, se trataba de una cuestión de horario.

No lo creí e insistí a riesgo de parecer pesada.

—No puedo creerlo, aquí hay algo que usted no nos cuenta.

Se había hecho el silencio, el hombre agachó la cabeza y, al ver que todos esperaban sus palabras, se decidió a hablar.

—Bueno, la verdad es que, precisamente en una época como esta en la que no hay muchos visitantes, ha sido innecesaria mi recomendación, pues ningún barco regresa después de la caída del sol. Pero ya que tienen curiosidad les diré que hoy estamos en noche de luna nueva y en torno a estas noches hay una vieja historia que siempre se ha oído contar por aquí.

 

Hotel Devigarh -India-

»Yo he de confesarles que, a pesar de las muchas veces que he recorrido los lagos de esta ciudad, nunca he sido testigo de ello, pero sí conozco a personas que dicen haber visto a una mujer muy hermosa que, al llegar la noche, embarca en el Jag Mandir y desciende en el Palacio del Lago. El hecho de no verla no significa que no esté. Y después, si les interesa que continúe con el relato, entenderán el porqué. En todo caso, esa misteriosa mujer es la razón por la que los barcos, a su regreso, desde que empieza el anochecer y en los días de luna nueva, están obligados a hacer la parada en el embarcadero de aquel palacio, aunque aparentemente nadie esté dispuesto a bajar.

Creo que a más de uno de nosotros se nos abrió la boca por la sorpresa al oír aquello, pues recordamos que el barco se había acercado y había hecho la maniobra completa de atraque, sin que nadie descendiera.  

—Nos tiene usted en vilo. —El guía sonrió y continuó hablando.

—Antes de seguir, y puesto que desconocen nuestra cultura, deberían saber que aquí en la India, y según la antigua mitología brahmánica, en la luna está el reino de los muertos, y en las noches oscuras de luna nueva las almas perdidas vagan por el universo en busca de su karma.

»Y dicen por aquí, en aras de una vieja tradición, que en esas noches misteriosas, si no se toman las necesarias precauciones, los pasajeros de alguno de los  barcos que vuelven desde el Jag Mandir pueden encontrarse con la sorpresa de que alguien ha dejado olvidado un ramo de flores de erukku sobre los asientos.  

»Recoger esas flores no es, precisamente, una señal de buen augurio. Y, la verdad, es que ustedes los occidentales tendrán que reconocer que, a pesar de que siempre dicen que han superado todo tipo de supersticiones, se ponen muy nerviosos cuando oyen hablar de la palabra «mal augurio». Es por eso que no se suele contar lo que yo ahora les estoy contando. Si se supiera, tal vez los barqueros y las personas que viven del turismo en esta ciudad se verían perjudicados en su negocio, y en torno a los hechos que voy a relatarles hay, entre las gentes de Udaipur y los que somos habituales visitantes, una aceptada discreción.  

El guía, que había perdido el ligero azoramiento que acompañó los primeros momentos de su charla, nos miró a todos y preguntó con cierto aire de misterio.  

—¿Quieren ustedes que continúe?

Todos asentimos con entusiasmo y durante unos momentos los comentarios más dispares nos hicieron reír a todos, pero enseguida nos arrebujamos en nuestros asientos dispuestos a escuchar. Se hizo el silencio y miramos al guía que, tras apurar su copa, parecía dispuesto a continuar.

—Ya deben ustedes saber que la zanana es el nombre que aquí recibe el harén o el gineceo. Dicha palabra, zanana o zenana, proviene del persa, que era el idioma utilizado en los tiempos de la corte mogol.  Se trata del lugar reservado a las mujeres dentro de los palacios de esta región que, durante siglos, sufrió las incursiones, las conquistas y las alianzas con esas gentes que practicaban la religión musulmana. Y puesto que esos contactos duraron mucho tiempo, los habitantes de estas tierras, a pesar de seguir siendo fieles a su propia fe, se vieron muy influenciados por la cultura mogol, hasta el punto de que determinadas costumbres quedaron para siempre en su forma de vivir.  

»Si dejáramos correr la imaginación, no sería difícil presumir que en esos recintos palaciegos, hechos solo para las mujeres, debieron ocurrir muchas historias dignas de ser narradas, pues ellas permanecían recluidas y salían de sus aposentos en muy contadas ocasiones. Su vida, y hay quien considera que debía ser idílica, se desarrollaba por entero dentro de aquellas paredes. Vivían ocultas en su mundo particular detrás de las tupidas celosías, entre los muros de los preciosos patios y jardines, adornados de fuentes de agua cristalina, en donde crecían las plantas y las flores perfumadas. Su única dedicación era el cuidado y el mimo de sus propios cuerpos. Cultivaban la música, la danza, el canto y todas aquellas cualidades que pudieran convertirlas en más hermosas aún y más dignas de ser queridas por los hombres a quienes pertenecían y eran ellos quienes establecían, en función de sus preferencias, una jerarquía sometida a las más estrictas y ancestrales costumbres

»En un escenario así es de suponer que las mujeres que lo habitaban debían competir entre ellas para ocupar un puesto privilegiado en esa jerarquía que se formaba en torno a los hombres, pues todas eran esposas, amantes o madres de los hijos de un mismo señor con más o menos derecho a preferencias, herencias y sucesiones, que debieron ser la causa de profundas enemistades y de grandes odios.  

»No hay duda de que detrás de sus paredes también debieron vivirse románticas historias de amor, pues para muchas de ellas era un privilegio ser las elegidas por los monarcas y los grandes hombres. Pero en otras ocasiones habían sido traídas a la fuerza, como motines de guerras o por mero capricho y su corazón no siempre era capaz de corresponder a los sentimientos para los que habían sido destinadas.

»En la época en que ocurrió lo que voy a relatarles, una de las damas de la corte, de nombre Meera, que durante un tiempo fue la favorita del maharana, era una mujer muy hermosa que, por extraños avatares, había sido traída del sur de la India y estaba muy apegada a ciertas costumbres y gustos de la tierra en la que había nacido. Una de esas costumbres era el cultivo de flores y plantas que había hecho traer desde su lugar de origen y de las cuales conocía, como una experta naturalista, las cualidades y las virtudes que cada una de ellas escondía en sus tallos o en sus pétalos.  

»Entre ellas, Meera tenía predilección por un arbusto llamado erukku que en las regiones del sur de la India se ha cultivado y se ha utilizado desde siempre. Se trata de una planta medicinal con hermosas flores, blancas o violetas, que se usa para curar la lepra y algunas enfermedades de los elefantes y que, utilizada para otros fines menos saludables, se convierte en un veneno mortal. Basta tomar directamente las gotas del líquido lechoso que caen al partirse su tallo para provocar una muerte que es rápida, pero puede resultar muy dolorosa, pues provoca vómitos y convulsiones hasta que falla el corazón, y la persona que lo ha ingerido muere.  

»Meera cultivaba el erukku en los rincones del jardín de la zanana. Se consolaba mirando sus preciosas flores de color violeta con forma de pequeña corona y con su visión calmaba su añoranza de otros paisajes y de otras gentes.

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»Aquella mujer, además de ser muy bella, era astuta y decidida y, una vez que fue desbancada del lugar más relevante que en su día ocupara en la corte del maharana, buscó una manera de saciar sus inagotables ansias de aventura. Puesto que se trataba de una persona inquieta y que había crecido en la libertad de la naturaleza, no soportaba aquella vida de encierro a la que estaba obligada por su condición de cortesana. Así, durante la época de verano, mientras la corte residía en el Palacio del Lago, por resultar más fácil el acceso al exterior, Meera aprovechaba las ausencias del monarca, escapándose de las estancias palaciegas disfrazada de esclava o de joven sirviente. Entraba y salía a su antojo, pues era muy hábil disfrazándose y una actriz consumada capaz de imitar el lenguaje y la forma de desenvolverse de mujeres de más baja condición o imitar a la perfección la voz de los muchachos al servicio de la corte, a cuyo disfraz recurría con frecuencia, pues había descubierto que le resultaba más fácil desenvolverse a sus anchas vestida de aquella manera.  

»En una de aquellas salidas, conoció y se enamoró locamente de un barquero que solía conducirla desde el palacio hasta la ciudad. Se trataba de un hombre joven y apuesto de nombre Jeevan que, a pesar de que ella se le ofrecía una y otra vez, siempre la desdeñaba. Meera nunca se daba por vencida y el barquero, de noble carácter y buenos sentimientos, acabó por confesarle que estaba enamorado de una de las más jóvenes damas de la corte. Sin desvelarle de quién se trataba, Jeevan le contó que su amada era la hija de un hombre importante de Udaipur, que en su juventud había sido compañero de armas y gran amigo de su padre. Esa había sido la razón por la cual, los hijos de ambos y desde la más tierna infancia, fueran comprometidos en matrimonio.  

»La muchacha y el propio Jeevan, que habían compartido juegos desde la niñez, siempre se habían querido y cuando la edad les fue mostrando los deleites del amor, se habían prometido mutuamente permanecer unidos y amarse mientras vivieran.  

»Pero ocurrió la desdicha de que el maharana visitara a aquel hombre en su propia casa, y al ver la belleza de su hija se enamorara de ella. El padre, rompiendo el compromiso, la entregó al monarca a cambio de obtener ciertas ventajas en la corte. Aquel inesperado desenlace había sumido a Jeevan en la mayor de las tristezas, agravándose por el hecho de que la muchacha desapareciera rápidamente de su propia casa, y los dos jóvenes no volvieron a tener la oportunidad de encontrarse nunca más. Desde entonces, su único deseo era abandonar aquellas tierras para siempre y buscar su destino lejos de Udaipur, en donde pudiera soportar mejor su desgracia. Era solo la esperanza de volver a ver a su amada por última vez, la razón que lo mantenía viviendo en la ciudad y por la cual él se había hecho barquero del lago.  

»Meera tardó días en averiguar de quién se trataba, pues en la zanana vivían más de cuarenta mujeres, pero al fin supo que el gran amor del barquero era Jhanavi que en aquellos momentos era la favorita del maharana. Y observó que, a pesar de su situación de privilegio, la joven vivía aislada y sumida en la tristeza sin tomar parte en la vida que se desarrollaba en el interior de los recintos donde vivían.  

»La astuta mujer, cautelosa, fue aproximándose a ella: intentó ganarse su confianza, y Jhanavi, que en un principio se había mostrado huidiza e inabordable, empezó, poco a poco, a confiar en Meera. La muchacha, agradecida por las muestras de afecto que la mujer le dedicaba, acabó abriéndole su corazón y confesándole su amor por Jeevan. Le habló de lo infeliz que se sentía en la prisión que le suponía aquel palacio, pues había sido conducida por el capricho del maharana y la ambición de su padre, que había roto su compromiso sin tener en cuenta sus sentimientos ni las desgracias que les acarrearía el incumplimiento del sagrado compromiso de su matrimonio.  

»Jhanavi le contó que, desde que llegara al palacio para formar parte de la corte y sabiendo cuál sería su ya inevitable destino, solo deseaba ver por última vez a Jeevan para liberarlo de las promesas que ambos se habían hecho y hacerle saber que habían sido rotas en contra de su voluntad, pues seguía amándole y le amaría siempre.  

»Meera alentaba a Jhanavi en sus confesiones y escuchaba las hermosas palabras con que describía sus sentimientos hacia el barquero. Envidiaba la pureza de su amor, a la vez que la odiaba, pues se interponía entre los dos hombres que, en aquellos momentos, significaban algo para ella. El rencor iba corroyéndola día a día, hasta llegar a pensar en desenmascararla ante el maharana. Sin embargo, debió recapacitar sobre su acción, que podría ser vista como un acto lleno de mezquindad y traerle como consecuencia que el monarca desconfiara de ella y la rechazara definitivamente, por lo que acabó abandonando aquella idea.  

»Pero Meera no desistió en su empeño. Esperó pacientemente hasta que, por fin, concibió un plan para deshacerse de la favorita, vengarse del desdeñoso barquero y recuperar su lugar de relevancia en la corte.  

»Una noche, en una íntima conversación, Meera prometió a Jhanavi que encontraría la manera de que pudiera ver de nuevo a su amado, pues sabía cómo buscarlo y la forma de salir del palacio sin ser descubierta. Esperó a que llegara el momento oportuno para llevar a cabo su plan, y poco tiempo después supo que en los próximos días y con motivo de una recepción a altos dignatarios de un lejano reino en el Jag Mandir, otro de los palacios de la suntuosa corte, las mujeres serían conducidas hasta allí para asistir a las ceremonias de recepción. Puesto que llevaba años viviendo bajo los auspicios del monarca, conocía a la perfección las costumbres y las normas de protocolo y tuvo la oportunidad de planearlo todo con cuidado y astucia.  

»Cuando la fecha señalada se fue aproximando, avisó al barquero de la hora y el sitio en que podría encontrarse con Jhanavi y momentos antes de que la joven saliera a escondidas para encontrarse con él, le ofreció un ramo de flores de las que, ante ella, cortó los tallos vertiendo el contenido del líquido que se derramaba en un vaso que le hizo beber. Jhanavi bebió confiada de lo que le ofreciera su amiga, que astutamente, y para que nadie pudiera sospechar cuál había sido la causa de la muerte, pidió a la muchacha que le devolviera las flores, pues, según le dijo, entre los tallos quedaba su corazón que debía recuperar a su regreso, libre ya de los amores del pasado y dispuesto a entregarse a su nueva vida.  

»La muchacha obedeció ciegamente. Llegado el momento, se encaminó al lugar donde la esperaba el barquero que había apostado su barca junto a uno de los rincones más oscuros del palacio. Ya estaban juntos los amantes cuando el veneno empezó a hacer su efecto. Jhanavi comenzó a sentirse enferma, y el barquero, asustado por los síntomas, y temiendo ser descubiertos por los ruidos que provocaban las náuseas, se alejó con la barca hacia el interior del lago. Allí, ella le habló de las flores de erukku: el extraño regalo que le hiciera Meera y del líquido que había bebido a instancias de su amiga. El joven, preocupado, y puesto que los extraños síntomas continuaban y daba la impresión de que se agravaban por momentos, intentó devolverla al palacio para que fuera atendida por los médicos de la corte.  

»Jeevan, que había desconfiado siempre de Meera, condujo la barca con gran cuidado sospechando que eran víctimas de una encerrona y enseguida se dio cuenta de que no estaba equivocado: los guardias del maharana esperaban apostados para atraparlos. A pesar de todo, intentó acercarse al palacio por otro lugar distinto al rincón escondido del que ambos habían salido, pero nuevamente fueron sorprendidos por los guardianes que dispararon sus flechas, y el joven resultó gravemente herido. Con gran esfuerzo, consiguió alejar la barca del Jag Mandir y ocultarse aprovechando las sombras y la oscuridad de la noche.  

»Sobre las aguas del lago, Jeevan se desangraba y Jhanavi parecía perder la consciencia tras momentos de fuertes convulsiones. Sin saber qué hacer, el barquero trató de llegar a la ciudad, pero fue inútil: a mitad de camino y en las inmediaciones del Palacio del Lago, Jhanavi agonizaba, y el joven no pudo hacer otra cosa que depositarla sobre el embarcadero del palacio, donde murió entre sus brazos. Jeevan se alejó, herido y sumido en la más profunda desolación.

»El maharana al enterarse de la extraña muerte de su favorita ordenó que se investigara lo sucedido. Descubrió los amores de Jhanavi y su encuentro con el barquero, de quien no se volvió a saber nada, a pesar de que fue buscado sin descanso por caminos y pueblos durante semanas. La barca fue hallada entre las cañas de un apartado rincón del lago: allí quedaban los restos de sangre de las heridas de Jeevan, pero su cuerpo no fue hallado y se le dio por muerto.  

»El maharana, profundamente dolido por la traición y decepcionado, se vengó cruelmente en las familias de los dos jóvenes, volviendo a los brazos de Meera que supo consolarlo y durante un tiempo ocupó de nuevo un lugar preeminente en la corte.  

»Fueron pasando los años, mucho tiempo después se supo que Jeevan había conseguido huir de aquellas tierras. El joven curó sus heridas escondido en una cueva de los montes Aravalli y, una vez recuperó las fuerzas, abandonó el lugar dirigiéndose a Bengala en donde se alistó en un ejército formado por nativos que, en aquellos tiempos, estaba bajo el control de unos comerciantes británicos.  

»Bajo el mando de los extranjeros, tuvo que luchar en numerosas guerras y revueltas para defender los intereses de aquellas gentes que los despreciaban y humillaban. Su orgullo le impedía aceptar el tratamiento de que eran objeto en las filas de aquel ejército, y en el interior de su corazón fue creciendo la rebeldía. Poco a poco, entre sus compañeros de armas, Jeevan adquirió prestigio por su nobleza y su inteligencia. Todos sabían que era un hombre apasionado, generoso en sus acciones y capaz de hacerles ver la ambición de aquellas gentes, que fomentaban entre ellos la división religiosa para mantenerlos desunidos y así, astutamente, ejercer y ampliar su dominio colonizador. Imbuido por estas ideas, tomó parte activa en la que fue llamada la primera guerra de independencia del pueblo indio: la guerra de los Cipayos. Él fue uno de los inspiradores de la rebelión que comenzó entre los componentes de los batallones del ejército a los que pertenecía. Con ellos combatió ferozmente dirigiéndose desde su guarnición hasta Delhi, en donde proclamaron como emperador de la India al depuesto Bahadur Shah Zafar y luchó durante el tiempo que duró la contienda defendiendo la ciudad de Delhi del acoso y del posterior saqueo de los británicos.  

»Cuando todo hubo acabado y los extranjeros obtuvieron su última victoria aplastando la rebelión, Jeevan consiguió sobrevivir a las terribles represalias que se tomaron contra los rebeldes y huyó ocultándose durante años en una región selvática del sur de la India, a la que nunca habían llegado los ecos de la guerra.  

»En aquellas lejanas y solitarias tierras, en donde los ritos religiosos discurren por extraños y misteriosos caminos, Jeevan, extenuado en cuerpo y alma por las experiencias vividas y por las guerras sangrientas en las que había combatido, dedicó sus días a buscar su propio sosiego. Encontró el consuelo que buscaba aprendiendo de la sabiduría de los viejos que habitaban en la selva. De la mano de brujos y hechiceros conoció los misterios que se encierran tras la muerte, aprendió sobre el lenguaje de los astros, sobre la adivinación y sobre el arte de la curación a través de las plantas. Allí, volvió a encontrarse con su pasado: llegaron a sus manos las flores violetas del erukku que habían matado a Jhanavi, cuyo recuerdo permanecía en su interior como la más hermosa vivencia de su juventud y supo, a través de la magia, que esa fatídica noche el corazón de su amada había quedado atrapado entre los tallos de aquellas flores que Meera retuvo con la promesa de entregárselas a su regreso, sin que nunca pudiera cumplir su palabra.  

»Pasó el tiempo y, al fin, con el pelo encanecido y la sabiduría de los años de dedicación al estudio y la meditación, Jeevan regresó a Udaipur para saldar las deudas contraídas con su pasado.  

»Al llegar a la ciudad, sin darse a conocer y como si se tratase de un forastero, puso su puesto de hierbas y especias frente al Palacio de la Ciudad. Vendía pócimas curativas y ofrecía consuelo y remedio a los enfermos y a los afligidos.  La gente empezó a conocerlo por sus mágicas curaciones y sus poderes adivinatorios que le permitían saber cuál era la causa de las enfermedades que, en muchas ocasiones, tienen su origen en los males del alma.  

»Su fama llegó a oídos del anciano maharana quien lo mandaba llamar con frecuencia para consultarle sus dolencias como si se tratara de un viejo médico, pues su intensa vida le daba un halo de hombre sabio y misterioso que fascinó al monarca desde la primera vez que lo vio, manifestándole siempre un profundo respeto.  

»Meera, convertida ya en una anciana mujer, aún vivía entre las paredes de la zanana. Tras la muerte de su rival, había ocupado el lugar de la favorita por un tiempo. Después fue relegada a una vida oscura que ella intentó llenar de luz nuevamente con sus correrías y escapadas, pero los remordimientos de sus actos nunca la abandonaron: pasaba las noches en vela y sin descanso, temiendo dormirse, debido a que el aroma de las flores de erukku inundaba su cuarto y ella creía enloquecer noche tras noche. Arrancó los arbustos que adornaban sus jardines; con sus propias manos destrozó los pétalos uno a uno, pero fue inútil, el aroma persistía llenando las estancias como una maldición y envolviéndola en la desesperación entre las sombras de la noche.

»Mientras, habían pasado los años, y en los palacios comenzó a hablarse del viejo sabio vendedor de pócimas y de su arte curando raras enfermedades. Enterada de ello, Meera quiso solicitar de aquel sabio el remedio para paliar el mal que desde hacía tanto tiempo le impedía dormir. Disfrazada de una sencilla mujer del campo, se presentó en el puesto de Jeevan, afligida y desconsolada por no encontrar la manera de curarse, y este, que la esperaba desde que llegó a la ciudad, pacientemente le escuchó contar cómo, en la época de su juventud, la envidia y los celos la hicieron deshacerse de una mujer envenenándola con unas flores de su propio jardín y arruinando así para siempre su existencia, pues, desde entonces, vivía atormentada por los remordimientos.

»Jeevan le hizo beber una pócima, y ella, sumida en un suave sopor, fue repitiendo,  palabra a palabra y momento a momento, cuanto ocurriera aquella noche entre las dos mujeres, hasta que la joven desapareció de la vista de Meera entre las sombras de los  jardines del palacio. Más tarde, una vez supo que su rival había muerto, satisfecha por haber logrado su propósito, conservó durante días las flores que contuvieron el veneno como si se tratara de un trofeo hasta que, al observar que no se marchitaban, horrorizada, las arrojó a las aguas del lago.

»Al día siguiente, Meera, siguiendo las instrucciones del viejo médico, hubo de regresar para encontrarse con él y recibir de sus manos el remedio para su dolencia: el hombre depositó en sus manos una caja de plata que solo podría abrir la primera noche en que el aroma de las flores comenzara de nuevo a robarle el sueño. Así lo hizo, Meera regresó al palacio esperanzada y colocó la caja junto a su cama.  

»Aquella misma noche, despertó envuelta en sudores y abrió la caja buscando el remedio. Dentro, cuidadosamente cincelado sobre el metal de la cubierta y escrito en idioma tamil, el idioma de su infancia, Meera encontró una extraña inscripción:  

 

Sólo tras la muerte,

 el amor volverá a florecer

en el corazón solitario

al entregar estas flores

al alma que aún espera su retorno.

 

En su interior y con los tallos rotos, había un ramo con las flores del erukku. La mujer, al verlo, perdió el conocimiento y cuentan que, a los pocos días, murió sumida en una extraña calma con las flores frescas entre las manos.

»Poco tiempo después de su  muerte, una sirvienta de la corte dijo haberla visto en el barco que la conducía a la ciudad. Al aproximarse al embarcadero, Meera lloraba sentada en un rincón. Cuando la mujer, que en un principio no la había reconocido, se acercó a ella para preguntar cuál era la causa de sus lágrimas, Meera desapareció entre la gente y en el asiento quedaron las flores abandonadas.  

»Cuentan que los hechos empezaron a ocurrir cada cierto tiempo. A veces era una hermosa mujer, a veces, una doncella o una anciana, incluso hablaban de un joven quien, al desaparecer, dejaba tras de sí las flores sobre los asientos del barco.  

»En una de aquellas ocasiones, ocurrió la terrible desgracia de que la persona que las encontró murió a las pocas horas de que hubiera contado aquel suceso y la imaginación y las supersticiones hicieron el resto: empezó a propagarse la historia de que algunos atardeceres, en los barcos que regresaban del Jag Mandir, alguien depositaba un ramo de color violeta y quien lo recogía moría sin remedio.  

»La gente se negaba a embarcar hacia los palacios flotantes del lago por miedo a ser víctima del extraño maleficio. Las aguas quedaron vacías y el maharana, temeroso de tener que abandonar aquellos hermosos lugares por las supersticiones de sus súbditos, mandó llamar al viejo sabio para encontrar la causa de aquellos hechos y ponerle remedio.  

»Jeevan, que no se mostró sorprendido por lo ocurrido, dijo al maharana que la respuesta debía encontrarla él mismo entre lo que había quedado de las pertenencias de una de sus mujeres, muerta hacía solo unos meses, pues ella se había llevado consigo un gran secreto que el monarca debía conocer.  

»Se buscó en la zanana y se encontró la extraña caja de plata con la inscripción en el idioma de la tierra de Meera que, por un inexplicable olvido, no había sido quemada con todas las pertenencias de la vieja cortesana, y el maharana mandó llamar a Jeevan quien, con la caja entre las manos, hizo recordar al monarca los hechos acaecidos en torno a la muerte de Jhanavi: su antigua favorita. El hombre hubo de reconocer que su rabia por la traición lo había cegado ante el hecho de que había sido Meera quien le habló de los amores escondidos de Jhanavi y que ella fue quien ocupó el lugar dejado por la joven que acababa de morir.  

»Jeevan le explicó que aquella mujer había llevado con engaños a la joven muchacha hasta los brazos del barquero para provocar su muerte, y el ingenuo corazón de Jhanavi había quedado atrapado entre las flores que Meera utilizó para envenenarla, haciéndole una promesa que nunca pudo cumplir.  

»Era aquella promesa no cumplida la razón por la que el espíritu de Meera, vagando en el mundo de los muertos que se esconde tras las sombras de luna, reaparecía en las noches oscuras de luna nueva y debía vagar convertido en un alma perdida, en los mismos lugares en que ocurrieron los hechos, sin poder reencarnarse en un nuevo cuerpo hasta entregar aquellas flores a quien poseyera el alma de Jhanavi.  

»El maharana, que nunca había sospechado que Meera fuera la causante de la muerte de su joven esposa, quedó profundamente impresionado por aquel relato y prometió al hombre sabio una gran recompensa si lograba romper el maleficio.

»Jeevan dijo al monarca que debía ordenar a todos los barcos que hacían la travesía desde el Jag Mandir hasta la ciudad, y desde el momento en que empezaban los anocheceres de la luna nueva, que se acercasen hasta el embarcadero del Palacio Blanco para que el alma de Meera pudiera descender y esperar allí la llegada de su destino. Se hizo así durante años y ninguna desgracia volvió a ocurrir.  

»Antes de morir, quiso el monarca cumplir su palabra de recompensar al hombre sabio que fue llamado a la corte y tuvo la oportunidad de pedir el perdón y el permiso para regresar a su tierra a aquel joven barquero, que debió huir de su hogar y vivir en la soledad del destierro por su amor a Jhanavi. Jeevan le habló entonces de los inocentes amores entre los jóvenes cuya razón para aquel último encuentro no había sido la traición, sino devolverse sus respectivas promesas para entregarse, libres sus corazones, a sus propios destinos.  

»El maharana le concedió el perdón, Jeevan se descubrió ante el sorprendido monarca y pudo reencontrarse con su familia y vivir una vejez tranquila entre los suyos.

Fue pasando el tiempo, poco a poco, todos los que cruzaban las aguas en la época en que ocurrieron los hechos fueron desapareciendo, pero la tradición de la parada en el Palacio del Lago sobrevivía como un rito del que nadie sabía la causa, pero que todos respetaban.  

»Y sobrevinieron los profundos cambios sociales que se produjeron en la India al obtenerse la independencia de Gran Bretaña. Con ellos, las que habían sido propiedades de uso exclusivo de los monarcas pasaron a ser utilizadas por otras gentes, que nada sabían en torno a las tradiciones del lago Pichola, y la parada de los barcos cayó en el olvido.  

»Algunas de las residencias que ocupaban los monarcas se convirtieron en hoteles. Gentes ajenas a todo se acercaban a la ciudad de Udaipur atraídos por la magia y la fama de sus lagos y sus palacios de ensueño.  

»Cuentan que una visitante occidental que hacía la travesía del lago, al volver en la última barca que regresaba desde el Jag Mandir, vio cómo embarcaba y desembarcaba una hermosa mujer. A su espalda había quedado olvidado un ramo de flores. Ella intentó avisarla, pero la mujer desapareció de su vista y la extranjera recogió y llevó consigo las flores. Al subir las escaleras del hotel en donde se hospedaba, algo cayó desde una ventana golpeándole la cabeza y la mujer murió con las flores entre sus manos.  

»El suceso corrió de boca en boca y la vieja leyenda dormida en torno a los viajes de los barcos del lago pareció recobrar vida. De nuevo las aguas quedaron vacías. Los trabajadores de los palacios, los guardianes, incluso los pescadores que vivían con el producto de sus aguas, se negaban a embarcar. Se preguntó a los más viejos del lugar, a personas que hubiesen estado relacionados con los lagos: los barqueros, antiguos sirvientes de las residencias flotantes, algunos de los que aún sobrevivían recordaban la parada misteriosa sin saber cuál era la causa ni cuándo o cómo se producía.  

»El nuevo maharana, preocupado, una vez más, como lo estuviera su antecesor, mandó investigar sobre la historia de la construcción de los edificios sobre los que allí habían vivido por si se encontrase alguna razón capaz de aclarar cuáles fueron los sucesos que provocaban aquel maleficio. Se pusieron edictos en las esquinas con el fin de que todo el mundo supiera cuán necesario era para todos averiguar el misterio y, al fin, un joven apareció ante el maharana y le entregó una historia escrita por un antepasado suyo, en donde estaban las claves de aquellos misteriosos sucesos, su título era: Las flores de Meera  y el autor era Jeevan.  

Archivo LHM

En el bar, la luz de las antorchas se había ido desvaneciendo lentamente a nuestro alrededor y la música había cesado. Apuramos las copas y nos dispusimos a subir a nuestras habitaciones.  No creo que a ninguno de nosotros se nos pasara por alto aquella noche desviar la vista hacia el cielo: estaba muy oscuro, solo algunas estrellas parpadeaban tímidamente en un firmamento inmenso que servía de techo al espectáculo magnífico de aquella fortaleza.  

Puede que fuera el aroma de las flores que inundaba los rincones, el agua que se deslizaba suavemente en las fuentes de formas exquisitas, o puede que fueran los  misteriosos recovecos de patios y jardines que cruzábamos bajo la tenue luz de las antorchas, en los que la realidad y la fantasía parecían poder caminar juntas con la seguridad de confundirse,  pero todos nos retiramos en silencio y con la certeza de que, en lugares como esos, las historias más irreales  podrían llegar a ser ciertas.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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La gitanilla búlgara del anfiteatro

Lucie solo tiene siete años, pero su desparpajo tiene a todos entusiasmados.

La gitanilla búlgara del anfiteatro
De Cristina Anduiza para LHM

Vive con su madre, Dessislava, que es sastra y confecciona la ropa de la burguesía de Plovdiv.
Su padre es limpiabotas en los alrededores del Monasterio de Bachkovo.

Una familia respetada por todos, pero el intenso trabajo de sus progenitores, permite a Lucie gran libertad de movimiento, mientras reparte los trajes confeccionados por su abnegada madre.

A Lucie le gusta bailar y le hacen corro allá por donde va.

Su padre deambula buscando zapatos que limpiar, pero no es fácil, así que tiene que moverse de un lado a otro y acude a curiosear en el corro que se ha formado en el anfiteatro y no da crédito a lo que ve: allí está Lucie bailando, jaleada por todo un corrillo de turistas y de un grupo de niños de un colegio que han acudido a conocer el complejo arquitectónico del antiguo Plovdiv.

Su padre observa con asombro que Lucie tiene a sus pies una caja de cartón con su peluche preferido, junto a numerosos Levs, Stotinkis, Dólares, Euros, todo tipo de monedas.

Y los trajes para repartir entre la clientela de su madre, los sujeta una turista encandilada con la frescura de Lucie.

Los aplausos hacen acudir a más visitantes de una de la ciudades más antiguas de Europa.

Su padre no se atreve a intervenir, cuando alguien requiere de sus servicios como limpiabotas, así que se enfrasca en la tarea de sacar brillo a los zapatos del Alcalde de la Ciudad, sin él saberlo.

El Alcalde se distrae viendo también a la graciosa gitanilla, mientras su padre no se atreve a levantar la cabeza del calzado, completamente avergonzado.

El Alcalde hace alarde de la desenvoltura de la chiquilla y comenta; – Mira que tiene gracia la condenada, ¿dónde estarán sus padres que permiten que deambule por la ciudad?

El padre de Lucie pierde la compostura, se le cae el cepillo de las manos y mancha el calcetín del Alcalde que se pone furioso. Así que se va precipitadamente y llama al Ayuntamiento para que venga la autoridad a llevarse a la gitanilla.

– ¡¡¡Que fatalidad!!! piensa Ludvik, el padre de Lucie. Así que todo avergonzado baja corriendo a buscar a su desenvuelta hija y se la lleva, dejando la caja con el osito, las monedas y los trajes de la esposa del Alcalde y sus hijas.

Llegan a casa, el diminuto taller de costura de Dessislava, quien se afana en terminar un bonito vestido azul cielo, de gasa, para la esposa del propietario de la cadena de alimentación más grande del país, ella no levanta la cabeza de su trabajo, no tiene tiempo que perder.

Ludvik espera, sabe que Dessislava no puede distraerse de su tarea, así que no dice nada y manda a Lucie a su rincón, donde tiene una cama y una pequeña mesita con su silla. Lucie es muy fuerte muy valiente y no dice nada, ni siquiera hace pucheros ni llora.

Su padre vuelve a su oficio y deambula buscando clientes, a pesar de su bajo estado de ánimo, pero alguien lo busca y lo llama. Es la policía, quien le detiene y lo llevan al cuartelillo.
Y cual es su sorpresa, cuando allí ve a la maestra del grupo de niños que asistía a la representación de su fantasiosa hija, Lucie, en el anfiteatro. La maestra tiene en sus manos la caja con las monedas y el peluche y también se encuentran, en un perchero, los vestidos que tenía que entregar a la esposa del Alcalde y sus hijas.

Así que Ludvik, vuelve al taller y besa y abraza a su hija, con lágrimas en los ojos.

– ¡¡¡¡Hija, hija, muchas gracias, muchas gracias!!!! Tengo un regalo para ti. A partir de mañana acudirás a la escuela y allí aprenderás todo lo que yo no he podido aprender.

Lucie no es que se sintiera demasiado contenta porque a ella lo que le gusta es bailar y cantar, pero pronto se hizo con la escuela y disfrutó e hizo disfrutar con su gracejo, a todos a su alrededor.

Pero no solo ella obtuvo un gran beneficio, sino que su padre entró de bedel en el Ayuntamiento.

Lucie es hoy en día una gran bailarina del Ballet Búlgaro y va por todo el mundo derrochando alegría y entusiasmo, transmitiendo su cultura.

Ludvik abre la puerta al Alcalde, con una reverencia de gratitud, al verle llegar al Ayuntamiento cada mañana.

Y Dessislava ha ampliado su taller y confecciona los ropajes del vestuario del Ballet, donde actúa su valiosa hija Lucie.

La alegría, el entusiasmo y el esfuerzo dan grandes resultados.

 

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Cache

 

Cache
Archivo de LHM

Soy un hombre soltero, ingeniero de profesión que vive solo.
Aquel 14 de mayo eran cerca de las doce de la noche cuando llegaba a mi casa después de una larga y agotadora reunión de trabajo. Empujé la puerta del ascensor mientras buscaba las llaves en el bolsillo de mi pantalón y, al  asomar la cabeza, vi que la puerta de mi piso empezaba a abrirse lentamente. Antes de que quién fuera la persona que estaba saliendo de mi casa pudiera verme, volví a meterme en el ascensor y, cobarde de mí, pulsé el botón del sexto como si hubiera apretado el botón del Apolo en ascensión a la luna.

Mientras subía me vi en el espejo: estaba despeinado, con los ojos como platos y con cara de simplón. Mi gesto se endureció recordando quién era yo y una especie de rabia incendió mis ojos. Salió de dentro de mi estómago la hombría, reaccioné y decidí salir a enfrentarme con lo que fuera.

Volví a pulsar el botón. El ascensor se paró de nuevo en el segundo y me volqué sobre la barandilla con el corazón en la boca. Un hombre bajaba los últimos peldaños de las escaleras. Iba a gritar algo así como ¡al ladrón! para que pudieran desencadenarse todos los mecanismos propios de estos casos, cuando vi que llevaba puesta la cazadora de cuero que yo cuidaba como una joya. Me olvidé de la casa, de los vecinos, de los guardias y me lancé escaleras abajo en persecución del sinvergüenza que se había atrevido a ponerse mi mejor prenda dispuesto a arrebatársela sin miramientos.

Al llegar al último peldaño que da paso al portal, tuve que retroceder escondiéndome tras el muro; el hombre, ajeno a todo, había encendido la luz general y se había parado ante el espejo arreglándose con parsimonia el cuello de una camisa negra  de seda que cuelga en mi armario desde tiempo inmemorial, y que nunca me pongo por ser demasiado elegante. Tuve que agarrarme  fuertemente a la barandilla porque mis piernas flaquearon: la cara que se reflejaba en el espejo era la misma con la que me había enfrentado solo un instante antes en el ascensor, es decir, por raro que parezca, ese hombre era yo.

Contuve el aliento, pensé que el agotamiento me estaba jugando una mala pasada, cerré los ojos y los volví a abrir: el hombre del espejo, se dirigía ahora hacia la cristalera de la salida con paso decidido. Le vi caminar con mis zapatos de ante y girar el pomo como solo los vecinos del inmueble sabemos hacerlo, pues es un raro y viejo artilugio que el presidente de la comunidad, que es anticuario, se empeñó en colocar para su mayor gloria.

Él salió a la calle y yo detrás. En ese momento daba la vuelta a la esquina. Corrí para no perder su pista. Asomado, vi la acera solitaria que discurría larga y ancha, despejada de las sillas de las terrazas que ahora se apilaban atadas con cadenas en los laterales, entremetidas entre grandes macetones.

El hombre caminaba tranquilamente por el centro como quien pasea por el parque. Le observé con atención dispuesto a descubrir al impostor, pues solo yo podría saber cierto detalle de mí mismo: cuando era niño una caída de la bicicleta me había dejado una imperceptible cojera producida por la carencia de fuerza en cierto músculo de la pierna izquierda. Nunca había ocultado tal secuela, pero lo cierto es que a nadie le llamó la atención y por lo tanto era algo que, sencillamente, formaba parte de mi manera de caminar. Me fijé con detenimiento en su figura: sí, cojeaba inclinando ligeramente el hombro izquierdo tal como yo mismo lo hacía.

En medio de la acera, tras sus pasos, no sabría explicar qué me pasó, pero un soplo de aire cálido me acarició la cara y, de repente, entré de lleno en una especie de esquizofrenia: me levanté el cuello de la chaqueta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y creo que, en aquel momento, hubiese lanzado un alarido como el de un lobo bajo la luna llena. Excitado y dispuesto a todo, le seguí guardando una prudencial distancia.

Cruzamos calles, sorteamos coches, esperé agazapado mientras cambiaba la luz de los semáforos en las calles importantes, nos cruzamos con transeúntes. Sus pasos fueron los míos. Cada movimiento, cada gesto que él hacía iba confirmándome que aquella negra silueta no era otra cosa que la sombra de mí mismo.

Unos quince minutos duró la persecución cuando, al dar la vuelta a la esquina de una estrechísima calle, me quedé parado observando lo que me pareció un sinuoso pasillo lleno de trampas. No pude descubrir ni un sólo indicio que me ayudara a saber en dónde podría haberse metido aquel hombre.

Contuve la respiración unos instantes, les aseguro que se masticaba el silencio de la ciudad dormida. Al fin, tras una breve vacilación, caminé sigilosamente por debajo de la acera, sorteando los coches aparcados para tener tiempo de reaccionar en caso de ser atacado, pues la calle era perfecta para un ataque por sorpresa y  bien podía estrangularme o pegarme un tiro y suplantarme luego. En un caso así, yo era la víctima ideal para  un crimen perfecto: mi lugar en el mundo, nada desdeñable, por cierto, no quedaba vacío y disponía de toda la noche para descuartizar el cadáver o echarlo al río con una piedra atada a los pies. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que apenas a veinte metros discurrían las aguas del Duero.

Calculando cuidadosamente mis pasos, fui dejando atrás los portales con las luces apagadas.  Sólo uno de ellos, junto a la puerta principal, tenía otra pintada de azul con una placa muy discreta sobre la que un pequeño fluorescente iluminaba el rezado. Me acerqué lo suficiente para poder leer aquella curiosa palabra: “Cache“.

Empujé ligeramente  y la puerta se deslizó con suavidad hacia el interior.

Delante de mí, el rellano de una escalera de caracol sinuosa y estrecha  bajaba hacia la luz relampagueante de un sótano en donde sonaba una música sugerente en la que predominaba el sonido de un saxo.

Antes de entrar dudé, sopesé la posibilidad de que el tipo se hubiera metido allí. Pero si se trataba de alguien que parecía ser yo mismo tenía cierta lógica, si pudiera escuchar  música asiduamente, sería el jazz mi compañero en las horas de soledad. Confieso que su sonido me conmueve.

Traspasé la puerta. A medida que descendía los escalones me fue envolviendo la mezcla de olores de un aire viciado y denso lleno de perfumes, aromas de licores  y tabaco. Las luces indirectas de los focos creaban espacios oscuros salpicados de otros expuestos a la claridad amarillenta. Fui bajando los incómodos peldaños: las caras masculinas y varias parejas de hombres bailando abrazados me situaron en el lugar donde estaba.

No quiero molestar a nadie al transcribir mis pensamientos, porque hoy en día corren otros tiempos, pero los de mi generación hemos sido poco… “comprensivos” con ciertas cuestiones y pensé: “!Coño!, !pero si esto es un bar de maricones!”.

Iba a dar media vuelta, algo azorado, cuando una cara sonriente bajo un pelo rubio platino con una bandeja en la mano se acercó a mí: “Baja, preciosa, que hoy esto está que arde”. Instintivamente me palpé la cara sorprendido y le enseñé los dientes en una sonrisa de hielo.

“¿Qué vas a tomar? Anda, decídete pronto que me coges de paso”.

Oí mi propia voz, era opaca, absolutamente viril. “Solo estoy buscando a un amigo, pero él no puede estar aquí”. “¿Es uno de esos que a ti te gustan?” Me miraba como si fuéramos cómplices. “Vendrá, vendrá, no sufras, eres irresistible y lo sabes”.

Tragué saliva. El tipo mariposeó su mano libre delante de mi cara y luego, literalmente de un culetazo, me empujó bajo la escalera.

Desconcertado, me senté en un taburete de piel frente a la barra sintiéndome observado por un hombre, rechoncho y viejo con las cejas muy perfiladas, que no  me quitaba la vista de encima. Jugueteé unos instantes con un bol de palomitas e, incómodo, volví la cabeza bruscamente para que el viejo se diera cuenta de que no me iba el rollo.

Caché
Archivo de LHM

En ese momento la sangre se me heló en las venas: en el pequeño zaguán que formaba a mi espalda la escalera de caracol, un perchero reventaba de prendas de abrigo. Mi cazadora destacaba nueva y reluciente sobre todas  ellas. En aquel momento una frase aterradora surgió de las profundidades de mi mente y me estremecí: “Por mis cojones que mi hijo nunca será un maricón”. Era la voz del capullo de mi padre.

Una náusea  subió desde mi estómago. Dejé un billete sobre la barra, subí los peldaños de la estrecha escalera de tres en tres y salí de allí como alma que lleva el diablo.

Volviendo sobre mis pasos por las calles solitarias, mis pies eran dos pesadas piedras que golpeaban el asfalto arrastrando los ecos de aquella frase lapidaria, escupida contra mí y perdida para siempre tras un silencio oscuro que lo había enterrado todo.

Nadie puede imaginarse lo que había en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, en mi estómago, en la punta de los dedos de mis pies. No, nadie puede saberlo ni yo podría explicarlo porque en mi interior se hizo el más absoluto negro y profundo vacío. El lobo audaz que había  rastreado a su presa, estaba herido de muerte.

Llegué a mi piso, me sentía escuálido, indefenso. Traspasé la puerta como si dentro me esperaran millones de fantasmas. Efectivamente, todos los muertos y los vivos que poblaban mi vida estaban allí, sentados con las piernas cruzadas y una maliciosa sonrisa esperando mi regreso.

A oscuras, palpando las paredes me dirigí al cuarto de baño y vomité sobre el lavabo mientras imaginaba mi cara desencajada en el espejo.

Aún sin luz, entré en mi dormitorio. Estaba aterido de frío. Sin quitarme la ropa, me metí en la cama esperando oír la llave de la puerta dando vueltas en la cerradura.

Durante cada segundo de aquella larguísima noche sentía mis músculos, uno a uno, impregnados de una corriente de electricidad dispuesta a fundir los plomos de mi mente: yo podría desaparecer en cualquier momento poseído por el otro. Ahora él era el dueño absoluto de mi vida.

Amaneció. Sin importarme nada dejé que el sol iluminara la habitación; solo cuando en todos los rincones se disolvieron las sombras me levanté. Recuerdo que sentía miedo, un absurdo miedo. Sigilosamente me dirigí al ropero y lo abrí de par en par: la camisa negra  estaba como siempre colgada impecable entre mi ropa.

Exhalé el aire contenido en mis pulmones con violencia. Sin duda aquella historia era una vívida pesadilla. La tensión acumulada durante tantas horas se volatilizó y sentí que volvía a ser dueño de mí mismo.

Más tranquilo, telefoneé a mi empresa para dar una disculpa y fui a la cocina dispuesto a prepararme un café; la cazadora de cuero yacía descuidadamente sobre uno de los taburetes. Me abalancé sobre ella como un poseso y  la acaricié, palpé su forro, la piel suave olía a mí. Me la puse sobre la ropa arrugada para sentirla mía, subí y bajé la cremallera varias veces, por último metí las manos en los bolsillos buscando más pruebas de que era mía. Fue entonces cuando mis dedos tropezaron con algo en su interior. Lo extraje y una carcajada se ahogó en mi garganta: sobre la palma de mi mano, una elegante cajita de cerillas llevaba escrito en negro sobre dorado aquella curiosa palabra: “Cache”.

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La familia del granero

La familia del graneroHace frío, está nevando, es normal, estamos en invierno y los Reyes Magos han llegado con sus camellos y han repartido los regalos en todas las casas de una pequeña aldea en el Pirineo, donde hay una peculiar familia que ha madrugado tanto que todavía es de noche.

En el granero han dejado una gran caja  para la oveja Pecorina y, como es una bebé, no sabe que es el regalo que le han traído los Reyes Magos, así que el osito Wysly viene a decirle que a él le han traído una chaquetita de lana y, al ver el paquete envuelto en papel azul con ovejitas, le dice a la Pecorina:

—Esto debe de ser para ti.                               

La Pecorina, que todavía está un poco adormilada, corre hacía su regalo y comienza a romper el papel que lo envuelve, abre la caja y encuentra un delfín en una pecera.

—¿Pero esto qué es? —le pregunta al osito.

—Es un mamífero que vive en el agua. Los delfines son muy simpáticos y les gusta reírse y hacer acrobacias.

—¿Qué son las acrobacias?

Y aquí hace su aparición el soldadito legionario, como siempre cantando y silbando, con su uniforme todo pulcro, y no le faltan sus galones.

—¡Oh!  ¡Wysly, Pecorina, qué alegría veros!

Vengo con Miguelito, que nos hemos encontrado en el camino y trae consigo un enorme pastel para que celebremos todos juntos este nuevo año que comienza todo cubierto de nieve  y, según el refrán:  «año de nieves, año de bienes». Ya tenía yo ganas de ver nevar pues en el trópico es Lorenzo el que nos acompaña diariamente.

Con tanto alboroto la Pecorina se ha espabilado, mostrando su alegría con sus balidos un tanto roncos.

El delfín comienza su danza con sus gorjeos y golpeteo queriendo llamar la atención, como diciendo: «¡Eh que yo también esto aquí!».  De tal modo salta y se revuelca que el agua se sale  fuera de la pecera, mojando los lustrosos zapatos del legionario Manfredo, quien se solivianta y apercibe al juguetón delfín que se frena en seco y se disculpa con sus gruñidos.

Pecorina se acerca al osito Wysly demandando su desayuno.

Pero falta el reno quien hace su aparición uniéndose al grupo dispuesto a darse un gran festín con las suculentas viandas que los Reyes Magos suponía le habrían dejado; sin embargo cual fue su desilusión al ver que allí no había nada para él, pero el reno siempre satisfecho se recompone rápidamente ya que se saciará con la leche de la oveja Pecorina que Miguelito se dispone a ordeñar.

Manfredo, siempre tan previsor,  había pasado por el gallinero y  había afanado su docena de huevos. La tetera siempre estaba en la lumbre y las hierbas nunca faltaban y la ración de peces para el delfín siempre ocupaban el estanque.

Así que todo estaba dispuesto para comenzar su nutritivo desayuno, felices y contentos antes de ponerse con las tareas de la granja.

Claro que con la tripa tan llena, empezaban las disculpas y las quejas de que «a mí me duele aquí, yo no puedo con este azadón, voy a cambiarle el agua al delfín», etc.

De tal manera que Manfredo les pone firmes a todos y reparte las tareas para comenzar la jornada con orden y concierto.

Al final todos quedan tan satisfechos de haber cumplido con sus tareas, y llega el mediodía para recuperar fuerzas con un almuerzo suculento tras el cual hace su aparición el enorme pastel de Miguelito para celebrar el final de un día más.

Así transcurre la vida en el granero de esta familia tan variopinta y jacarandosa.

CAA 8-I-2021

 

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Sol

Sol
Archivo LHM

Sol tiene una perrita con ojos invisibles y el pelo en blanco y negro. Le cuelga la barriga de comer golosinas al olor del café. La perrita es Sisuka y procede del Tíbet, es lenta y remolona, glotona y arrogante y si, en su diario paseo, alguno de su gremio viene a olerle el trasero, lo sacude gruñona muy segura de sí.

Sol tiene un novio delgado con el pelo muy liso que sabe matemáticas y habla muchos idiomas de cuando viajaba tanto. Cada noche en la casa es el rey de la mesa, cocina champiñones o lomo con pimientos, los domingos tortilla y, acabada la cena aunque sea un día corriente, es capaz de servirte un estupendo gin-tonic, sin limón, eso sí. Solo cuando se trata de algún día importante, del olor a chorizo de los macarrones al horno se llenan los rincones de la casa, y es Sol la que deleita a sus invitados con los recios sabores de una infancia olvidada de allá por  Valladolid.

Sol vive en el corazón del Ensanche, en un piso muy grande pintado de amarillo con rosetones blancos y pasillos estrechos, en donde se amontonan los cómics y, al lado de unos dioses traídos desde Egipto, cuelgan lánguidamente los góticos dibujos de su amigo Rubí.  Tiene bajo la cama de su último pupilo fabulosos ejércitos de orcos y de silvanos que, tras haber enfrentado en cientos de batallas en sus noches en blanco, los tiene guardaditos para un sobrino suyo por si es que, al buen muchacho, le viniesen las ganas de  volver por allí. Y es que a ella le gusta acoger en su casa a malos estudiantes con los que se divierte al tiempo que los instruye en el arte de aprender y también en el arte de vivir.

Y después de todo esto, que tiene mucha importancia para saber de quién hablo, os podría decir que Sol se peina con una larga trenza como si fuera una india, tiene los pies pequeños y las manos finitas. Me contó que se viste en la sección de las niñas por culpa de su cintura: la tiene muy delgada y tiene las piernas largas y los hombros estrechos y su cuello se estira sosteniendo una cabeza con forma de aceituna, con los labios bonitos y con los ojos tristes. Y a cualquiera que se sienta en ese sofá blanco con los botones rotos que tiene en el salón donde mira la tele, le cuenta que siempre fue muy lista y que está llena de vida, que  no duerme ni come. Ya desde muy pequeña, los médicos querían estudiar el porqué, pero ella nunca se ha prestado a tales elucubraciones, pues total… ¿para qué? Y ahora que lo pienso, y visto lo que he visto, creo que es verdad, que esos señores con gafas que te miran las entrañas son un poco ignorantes y, llegados ciertos casos, lo único que saben es negar con la cabeza y arrugar la nariz. Que nunca hubieran dado con la razón auténtica y es que a Sol el corazón se le escapa por los poros del cuerpo y que el solito funciona con una extraña mezcla de pasión y de fe, que cuando se levanta, y sin saber de dónde, saca un cable y se enchufa a una rara corriente que le entra por la venas y fluye cargadita de ganas de vivir.

Y después de contaros todo lo que está a la vista, sin querer molestarla, también puedo decir que todo lo que le pasa no es más que un sortilegio cuyo secreto se  guarda entre los dientes de la perrita tibetana, que al comer de su mano y una letra tras otra, se ha ido tragando la parte que le cuelga a su nombre completo. Es decir, se ha tragado la edad. Y con ese simple truco, día a día, a fuerza de ternura, solo le ha dejado el brillo de un Sol que ella, a cachitos, reparte generosa entre todos aquellos a quienes, a su puerta, nos trajo la fortuna y algún día acertamos, con más o menos prisa, a pasar por allí.

 

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Sofía

Fue Alfredo quien, una tarde ya muy lejana, se acercó a Sofía al 

Sofia
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reconocerla sentada en un café del paseo del Pintor Rosales, en una de aquellas tardes en que, excitada por la aventura, buscaba un nuevo amante.

Entonces, Sofía vivía desde hacía tiempo alejada por completo de toda su familia, escondía su forma de vida en un pertinaz silencio. Sabía que nadie aprobaba su manera de ganarse la vida. Y de repente un día allí estaba él, exculpándola de todo, como si se sentara con la más querida y anhelada de sus sobrinas, hablaron largamente, se contaron algunas verdades y se inventaron muchas mentiras. Sofía dibujó para él un presente tranquilo, le aseguró que muy pocas cosas lograban ya inquietarla, que su vida era y  había sido muy placentera. Viendo que su moral no era muy estrecha, le habló de sus conquistas, de sus relaciones, Alfredo se mostró primero interesado, luego complaciente y por fin seductor.

Los primeros meses de sus relaciones fueron los meses mas felices de su vida, con él, revivió sensaciones que creía perdidas para siempre. En las manos de Alfredo estaban los aromas y los colores de su infancia lejana. Juntos recorrían los olvidados paisajes que Alfredo dibujaba para ella en la penumbra del cuarto. De nuevo ante  su mirada, volviendo del pasado, la  línea del horizonte se abría inmensa y prometedora sobre aquellos campos amarillos por las mieses secas en pleno verano;  juntos eran capaces de escuchar cómo se deslizaba el agua cristalina de los arroyos, arropados por el sonido del viento moviendo las ramas de los álamos que, como una cúpula de hojas, derramaban su suave sombra para calmar el bochorno del caluroso verano. Bastaba con cerrar los ojos entre sus fuertes brazos, y el olor de las uvas moradas en los enormes cestos durante la vendimia lo inundaba todo.

Alfredo poseía el don innato de hacer que todo pareciera poesía, con él todo sueño era posible y todo recuerdo era hermoso. Sofía,  entre sus brazos, entrevió  la paz de una reconciliación con un pasado agazapado en algún rincón de su alma y él, desde ese pasado, parecía venir extendiendo su mano con un gesto de benevolencia.

Las tardes que pasaban juntos corrían deprisa, la música y el vino envolvían las horas con risas y de suaves murmullos. A veces al despertarse sola por las mañanas, en su boca quedaba un extraño sabor amargo que la hacía estremecerse, intuía un  peligro en aquella ilícita relación, pero cerraba obstinadamente los ojos y seguía ignorándolo, no podía superarlo. Ciega, embriagada y sedienta, con él se sentía una mujer nueva, capaz de todo, limpia y hermosa como nunca se había sentido antes.

Pero con Alfredo cambió su vida definitivamente, paso de ser una mantenida a ser una empresaria, buscando cómo financiar un negocio de antigüedades del que ella lo desconocía todo. Alfredo la convenció para poner un pequeño negocio, ella estaría al frente y él se encargaría de derivar de sus propios negocios todo lo relacionado con los muebles antiguos. Conocía el mercado, tenía contactos, sabía como funcionaba, solo necesitaba un poco de dinero, los bancos se ocuparían de hacer el resto.

Sofía, confiada, le entregó todo lo que había ido atesorando con los años pensando en su futuro. Buscaron un local y se sucedieron las reuniones en las oficinas bancarias hasta que, a decir de Alfredo, todo estaba bajo control y en manos diestras.

Después de unos primeros meses en que el negocio parecía excitante y nuevo, las obligaciones se convirtieron en algo pesado y extenuante, los clientes, los vendedores, los curiosos, se fueron convirtiendo en seres insoportables que les separaban de la vida que le aguardaba al otro lado de la puerta. Las horas pasadas entre los trastos viejos que se amontonaban en los rincones de la tienda la hacían sentirse una momia ansiosa de sol y de aire fresco. Alfredo insistía: «detrás de cada trasto viejo como tú los llamas, hay una hermosa historia, ¡hazle justicia!» Y ella escéptica, miraba con desprecio a su alrededor y solo veía viejas maderas apolilladas sobre las que se apoyaban cristales amarillentos y paisajes difuminados y escondidos tras una capa de polvo rancio, depositada sobre los lienzos acartonados.

Pasaron los meses y el dinero se escapaba como el agua de entre sus dedos. Ella iba extendiendo cheque tras cheque en compras insensatas  y vinieron las discusiones, los ácidos ajustes de cuentas y al fin cuando el dinero empezó a escasear  y los bancos llamaban a su puerta exigiendo la devolución de los préstamos, Alfredo se volvió taciturno y callado. Confesó que él estaba arruinado y que se daba por vencido. Sofía  rogaba y exigía que la sacara de aquello, las sonrisas de Alfredo se fueron tornando muecas, sus hombros se encogían en un gesto de impotencia y ella sentía deseos de zarandearle y abofetearle con el ánimo de forzar una reacción que no llegaba.

Cuando Alfredo anunció que no podía soportar más, que se marchaba definitivamente de su vida, Sofía se quedó llena de deudas sin pagar, de promesas incumplidas, de una vida que estaba completamente rota, con un negocio que odiaba y que nada producía. En cuestión de meses se encontró en la calle, los bancos se quedaron con su piso y el local; las llamadas, las presiones para pagar, los abogados relamidos que siempre, y primero de todo, pedían dinero, las oficinas públicas con cientos de papeles que debía cumplimentar, pero que a duras penas comprendía y, por fin, los juzgados y el desahucio.

Desde el teléfono de una pensión barata, Sofía le exigía a Alfredo, desesperada, que le entregara dinero, que le sacara de aquel apuro del que solo él era  culpable. No había respuesta y ella deambulaba por las calles sin rumbo maquinando mil maneras de resarcirse de aquella racha de mala fortuna, quería creer que era una pesadilla de la que iba despertar de un momento a otro, pero nada sucedía.

Al fin, encontró que algo podía funcionar; la amenaza de contarle todo a su familia pareció surtir efecto. Sofía esta vez sintió que  tenía a Alfredo entre sus manos. A los pocos días de lanzar su amenaza, él la citó en el despacho de un notario, le entregó un cheque con el que podría sobrevivir dos o tres meses y una escritura de propiedad: la casa de los abuelos, lo más querido para Alfredo,  Sofía, a cambio, prometió guardar silencio. Pocos meses después, cuando el dinero se agotó, volvió a buscarlo y entonces, supo que había muerto estrellado contra el poste de un puente de autopista.

Después de algunas semanas de desconcierto, a duras penas, se fue rehaciendo, decidió olvidar aquel paréntesis en su vida, arrancar de su memoria todo rastro de Alfredo. Nadie como ella sabría hacerlo una vez más y volvió a visitar los antiguos bares en los que encontrar a otros hombres como aquellos que la habían mantenido y habían sabido calmar su siempre ávida necesidad de dinero. Y sí,  hubo otros hombres, pero nada era lo mismo, el hastío y el asco de sí misma la fueron dejando vacía; sentía que era distinta,  algo en su interior había cambiado para siempre, ya no era la mujer hermosa de antes,  capaz de colmar de felicidad los brazos de los hombres ricos y ansiosos de belleza, aquellos hombres a quienes nadie como ella sabía convertir en niños hambrientos de sus caricias. Ahora se sentía una vulgar prostituta, y decidió no volver nunca más a caminar por sus antiguos pasos al precio que fuera.

Los días pasaban y Sofía era incapaz de levantarse cada mañana, ignoraba por completo qué podía hacer, hasta que una mañana, abrió el cajón de la cómoda donde había dejado la escritura olvidada y acarició el documento en el que decía que ella era la propietaria de aquella vieja casa. Lo vio como su salvación, la manera de resarcirse y también de sobrevivir, odiaba la idea de volver a aquel pueblo austero y sobrio, lleno de estrechas conciencias, pero lo concibió como la venganza que el  destino colocaba en sus manos contra todos y volvió.
No esperaba que en aquella casa aún viviera la vieja tía, pero allí estaba, sentada junto a la ventana, como había estado siempre en su invalidez. Cuando la vio entrar, extendió sus manos hacia ella y sus ojos azules se llenaron de lágrimas: «Ha sido culpa mía, querida Sofía. Yo le pedí  a Alfredo que fuera a buscarte, pero sé que él lo quería así. Ahora estás en casa».

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