fbpx

Vivir en la higuera

En Venecia

Recuerdo que, en Venecia, el aire acariciaba nuestro paseo nocturno y yo oía violines y veía enamorados besándose, él contaba las sillas de los cafés expuestas sobre el asfalto húmedo y viejo, mientras calculaba «a tanto el café» cuánto facturaría esa gente cada día.

 

En Venecia
Pixabay

Pulsa AQUÍ para leer más microrrelatos publicados en LHM

Las flores de Meera -Udaipur-

 

Archivo LHM

A la ciudad de Udaipur la llaman «la ciudad del amanecer». Dicen que, a esa hora, todos los palacios que la adornan se reflejan en el agua creando un inigualable mosaico sobre sus lagos de color esmeralda. Debe ser cierto, pero no creo que nosotros fuéramos menos afortunados, pues tuvimos ocasión de verla más tarde, cuando el sol la iluminaba en su plenitud y la ciudad era una exhibición del colorido más esplendoroso que es capaz de ofrecer la naturaleza, y del que los hindúes se apropian como si fueran los dueños del paraíso.  

A esas horas, junto a la belleza de las montañas que se elevan bordeando los lagos o los fascinantes palacios que la conforman; junto a la silueta de los templos o los ojos de los tigres, junto al olor penetrante del cardamomo y la vainilla o el rojo arrebatador del chillie que venden en los mercados, estaban las gentes del Rajastán. Solo ellos son capaces de salpicar aquellas calles, sinuosas y pintorescas, con una vida de tintes irrepetibles, mezclándose entre el bullicioso ajetreo con sus exóticos turbantes o con los saris envolventes de las mujeres que parecen derramar, con estudiada indiferencia, el abanico de fantasía a la que se prestan bajo la mirada de los desconocidos.

Aquella tarde de mediados del mes de febrero, el aire era cálido y la proximidad del lago aportaba una agradable sensación de húmeda frescura. Después de recorrer el enorme y suntuoso Palacio de la Ciudad, último reducto de la corte del reino de los Mewar, habíamos tomado un tentempié en un pequeño restaurante de comida hindú y eran alrededor de las cuatro cuando subimos a un barco de línea turística, en el que haríamos un corto crucero sobre el lago Pichola y una visita a uno de los palacios construidos sobre sus aguas: el Jag Mandir.  

Hacíamos la travesía solos, sin la compañía del guía, pues nos había pedido permiso a todos los demás para acompañar a uno de los componentes del grupo, empresario empedernido, que se había quedado entusiasmado con las enormes canteras de mármol que vimos a lo largo de la carretera entre Eklingji y Udaipur y quería información sobre los materiales que se extraen, sobre sus precios y cómo y dónde se exporta el preciado material. Por supuesto, todos accedimos. El guía nos dejó a los pies del embarcadero y su única recomendación fue que tuviéramos la precaución de no quedarnos hasta la hora en que saliera el último barco. Ninguno de nosotros le dio mayor importancia a aquella indicación y nos dispusimos a embarcar.

Cruzamos el lago dejando a nuestra derecha el Jag Nivas, otro de los palacios flotantes, también conocido como el Palacio del Lago. Se trata de un edificio de mármol, de un blanco inmaculado, que flota en medio de las aguas entre ventanales, cúpulas y templetes de una preciosista arquitectura.  

Hace años, este singular palacio fue convertido en el que es considerado como uno de los hoteles más lujosos del mundo. Dicen que en sus habitaciones han dormido celebridades de nuestra época: Isabel de Inglaterra o Jackie Kennedy entre otros. Nosotros debimos conformarnos con observar desde fuera su bonita silueta en nuestro camino hacia el Jag Mandir. Esta otra muestra de la riqueza arquitectónica de Udaipur fue construido en épocas anteriores, y también cuenta entre sus moradores con regios personajes como en su día lo fuera Sha Jahan, el inefable artífice del Taj Mahal, que al revelarse contra su padre, el emperador Jahangir, tuvo que huir viéndose obligado a pedir refugio y siendo acogido por el maharana reinante en aquella época, que lo alojó en las singulares estancias de aquel palacio de arenisca amarilla.  

Al desembarcar vimos que el lugar estaba muy concurrido y nos desperdigamos entre la gente. Recorrimos los jardines sombreados de palmeras, las distintas estancias y contemplamos, sentados bajo los arcos que rodean el complejo y entre las siluetas de los enormes elefantes esculpidos en piedra que lo circundan, la vista espectacular de toda la ciudad que se duplica, reflejándose en el agua al ritmo lento del movimiento del sol.  

Empezaba a caer la tarde cuando de nuevo todos nos reunimos para acercarnos juntos hasta al embarcadero y emprender el regreso cruzando de nuevo el lago.  

Una pequeña multitud de turistas se arremolinaba en el muelle y nos añadimos al desordenado gentío en espera de nuestro turno. Poco a poco, pues en los barcos no cabían más de veinte o treinta personas, los distintos grupos iban entrando precedidos de sus guías, que los llamaban e iban instalándose hasta completar el pasaje. A nosotros, que intentábamos embarcar, cada vez que se acercaba un nuevo barco, sin que pudiéramos entender el porqué, nos impedían la entrada apartándonos sin muchos miramientos.  

Resultó un episodio bastante fastidioso, pues no había manera de que alguien nos hiciera caso, a pesar de permanecer juntos para que fuera evidente que se trataba de un grupo de turistas y de blandir en nuestras manos las entradas que nos daban derecho a ocupar un sitio en alguno de los barcos que volvían a la ciudad. Parecía una tarea imposible de acometer. Al fin, tuvimos que resignarnos y esperar hasta que el muelle se fue quedando vacío. Ya solo estábamos nosotros, formando un pequeño grupo y seis o siete personas más, entre extranjeros y nativos. Con cierto alivio, nos metimos en el que debía ser el último barco de línea y emprendimos el regreso.  

A aquellas horas, el sol, en el comienzo del ocaso, empezaba a ocultarse tras las montañas y se reflejaba sobre las aguas del lago creando inigualables contrastes de luces y sombras a nuestro alrededor, lo que convertía la travesía en un bonito espectáculo que a la mayoría de nosotros nos hizo olvidar el absurdo contratiempo.  

Para mayor disfrute, el barco esta vez no pasó de largo, sino que se aproximó hasta el embarcadero del Palacio del Lago y tuvimos la oportunidad de ver de cerca aquella singular edificación y algo más de lo que debió ser la lujosa parafernalia de la corte de los maharanaes, pues un sirviente engalanado y vestido de blanco y oro se acercó hasta el pequeño muelle con una extravagante sombrilla de color rojo, dispuesto a recoger a los que fueran a desembarcar. Curiosamente, nadie lo hizo y el barco, después de realizar las maniobras al uso, continuó su navegación hasta los muelles de la ciudad en donde el guía, solícito, estaba esperándonos y nos recibió algo nervioso.

—Pero, ¿qué les ha pasado para que se hayan retrasado tanto? Les advertí que no debían quedarse los últimos.

Uno de los componentes del grupo a quien nuestra pequeña y particular odisea le había puesto de bastante mal humor; algo a lo que, según nos fuimos dando cuenta durante el viaje, era muy propenso, contestó:

—¿Qué pasa, se ponen ustedes de acuerdo para gastar una broma de mal gusto a los turistas o qué?

El guía se debió sorprender por aquella salida de tono, pero nada se pudo traslucir de su gesto que continuaba siendo amable.

—Por supuesto que no, señor.

El hombre insistió:  

—¿No me diga? Usted ya debía saber que para nosotros solos iba a ser una aventura embarcar. No debería haberse marchado tan a la ligera.

—¿Por qué dice eso?  

—Pues porque no nos ha quedado más remedio que esperar hasta que ya no quedaba nadie. Nos han ido dejando a un lado y de malas maneras, por cierto.

—Lo siento, de verdad, no pensé que pudiera llegar a ser un problema para ustedes, pues en esta época del año no hay mucha gente que visite los palacios.

—Esto no va a quedar así: en la agencia de viajes se van a enterar. Le aseguro que no hemos pagado para ser tratados como turistas corrientes. Yo personalmente he llegado a temer que nos dejaran en tierra.

—Señor, no tenga duda de que yo mismo hubiera ido a recogerlos. Pero, en todo caso, está en su derecho de presentar las quejas que considere oportuno.  

Alguien del grupo, incómodo por la tensa situación, que a todos los que escuchábamos el absurdo diálogo nos parecía desproporcionada, interrumpió la escena y el guía, aliviado, lamentó de nuevo lo ocurrido, dio por concluida la conversación y enseguida se adelantó al grupo para abrirnos paso hacia el autobús.  

Regresamos al hotel después de callejear durante un rato más y visitar una curiosa tienda en donde se exponían algunas muestras de un arte del que son especialistas en aquella ciudad: la miniatura. Había preciosas piezas con representaciones de escenas de época realizadas con un laborioso proceso que tuvimos ocasión de observar y al que los artesanos, entre los que había muchachos muy jóvenes, se dedicaban diligentemente y que nos mostraron con evidente orgullo.  

Enseguida reinó de nuevo el buen humor entre todos los componentes del grupo y el regreso a nuestro particular palacio se hizo entre jugosos comentarios sobre todo lo visto durante aquel largo día.

Ya era entrada la noche cuando bajamos a cenar al restaurante del hotel y tras una animada cena nos reunimos, como teníamos por costumbre, para tomar unas copas en el bar situado en una de las terrazas sobre la piscina.  

El escenario resultaba espectacular: la fortaleza del siglo XVIII  convertida en hotel y enclavada en uno de los pasos montañosos que se abren hacia Udaipur, cuya reciente restauración era evidente, estaba iluminada creando misteriosos claroscuros, capaces de transportarte a los tiempos en que aquellos lugares fueron el escenario de las épicas aventuras que, según se cuenta, tuvieron lugar en toda la región del Rajastán: no en vano, es conocida como la tierra de los hombres de la guerra.  

En el interior del bar y, bajo los porches, se enmarcaban agradables rincones para la tertulia. La decoración había sido realizada con mucho mimo y con criterios muy actuales: los distintos ambientes estaban salpicados de antiguas piezas de mobiliario que destacaban entre los sofás y los sillones, tapizados con telas de otomán en colores rosa fucsia, naranja y rojo, que daban un aire cálido y acogedor al ambiente, ya exótico de por sí. Para que no faltara ningún detalle, la semioscuridad creada por las antorchas colocadas entre las plantas de los jardines que rodeaban la piscina, recubierta de pizarra negra, y la música de algún instrumento de cuerda hindú creaban una curiosa atmósfera de magia y misterio, que nos facilitó a todos estar dispuestos a escuchar esa historia que parecía sacada de Las mil y una noche y en la que, según supimos más tarde, podríamos haber estado involucrados.  

Nuestro amigo, el del mal humor, a quien le debió costar su tiempo asimilar la experiencia del embarcadero, dijo que se encontraba algo indispuesto, pidió una infusión y se retiró muy pronto a descansar. Al verlo marchar, recordé las dificultades para nuestro regreso desde el Jag Mandir y la recomendación de nuestro guía para que no cogiéramos el último barco. Después de ver lo que nos había ocurrido, sus palabras habían despertado mi curiosidad y aproveché aquel momento, en que el hombre estaba sentado como uno más entre nosotros, sin posibilidades de eludir la respuesta, y le pregunté:

—¿Por qué esa recomendación de no quedarnos los últimos para coger el barco, que, curiosamente, no hemos podido evitar?

Mi voz se oyó por encima de las demás conversaciones y todos, al oír la pregunta, volvieron la cabeza hacia el guía, que interrumpió su animada charla y me miró con cierta sorpresa. Me pareció que dudaba y después de pensar durante un momento, algo azorado, tosió ligeramente y contestó:

—No tenía, en realidad, ninguna importancia, se trataba de una cuestión de horario.

No lo creí e insistí a riesgo de parecer pesada.

—No puedo creerlo, aquí hay algo que usted no nos cuenta.

Se había hecho el silencio, el hombre agachó la cabeza y, al ver que todos esperaban sus palabras, se decidió a hablar.

—Bueno, la verdad es que, precisamente en una época como esta en la que no hay muchos visitantes, ha sido innecesaria mi recomendación, pues ningún barco regresa después de la caída del sol. Pero ya que tienen curiosidad les diré que hoy estamos en noche de luna nueva y en torno a estas noches hay una vieja historia que siempre se ha oído contar por aquí.

 

Hotel Devigarh -India-

»Yo he de confesarles que, a pesar de las muchas veces que he recorrido los lagos de esta ciudad, nunca he sido testigo de ello, pero sí conozco a personas que dicen haber visto a una mujer muy hermosa que, al llegar la noche, embarca en el Jag Mandir y desciende en el Palacio del Lago. El hecho de no verla no significa que no esté. Y después, si les interesa que continúe con el relato, entenderán el porqué. En todo caso, esa misteriosa mujer es la razón por la que los barcos, a su regreso, desde que empieza el anochecer y en los días de luna nueva, están obligados a hacer la parada en el embarcadero de aquel palacio, aunque aparentemente nadie esté dispuesto a bajar.

Creo que a más de uno de nosotros se nos abrió la boca por la sorpresa al oír aquello, pues recordamos que el barco se había acercado y había hecho la maniobra completa de atraque, sin que nadie descendiera.  

—Nos tiene usted en vilo. —El guía sonrió y continuó hablando.

—Antes de seguir, y puesto que desconocen nuestra cultura, deberían saber que aquí en la India, y según la antigua mitología brahmánica, en la luna está el reino de los muertos, y en las noches oscuras de luna nueva las almas perdidas vagan por el universo en busca de su karma.

»Y dicen por aquí, en aras de una vieja tradición, que en esas noches misteriosas, si no se toman las necesarias precauciones, los pasajeros de alguno de los  barcos que vuelven desde el Jag Mandir pueden encontrarse con la sorpresa de que alguien ha dejado olvidado un ramo de flores de erukku sobre los asientos.  

»Recoger esas flores no es, precisamente, una señal de buen augurio. Y, la verdad, es que ustedes los occidentales tendrán que reconocer que, a pesar de que siempre dicen que han superado todo tipo de supersticiones, se ponen muy nerviosos cuando oyen hablar de la palabra «mal augurio». Es por eso que no se suele contar lo que yo ahora les estoy contando. Si se supiera, tal vez los barqueros y las personas que viven del turismo en esta ciudad se verían perjudicados en su negocio, y en torno a los hechos que voy a relatarles hay, entre las gentes de Udaipur y los que somos habituales visitantes, una aceptada discreción.  

El guía, que había perdido el ligero azoramiento que acompañó los primeros momentos de su charla, nos miró a todos y preguntó con cierto aire de misterio.  

—¿Quieren ustedes que continúe?

Todos asentimos con entusiasmo y durante unos momentos los comentarios más dispares nos hicieron reír a todos, pero enseguida nos arrebujamos en nuestros asientos dispuestos a escuchar. Se hizo el silencio y miramos al guía que, tras apurar su copa, parecía dispuesto a continuar.

—Ya deben ustedes saber que la zanana es el nombre que aquí recibe el harén o el gineceo. Dicha palabra, zanana o zenana, proviene del persa, que era el idioma utilizado en los tiempos de la corte mogol.  Se trata del lugar reservado a las mujeres dentro de los palacios de esta región que, durante siglos, sufrió las incursiones, las conquistas y las alianzas con esas gentes que practicaban la religión musulmana. Y puesto que esos contactos duraron mucho tiempo, los habitantes de estas tierras, a pesar de seguir siendo fieles a su propia fe, se vieron muy influenciados por la cultura mogol, hasta el punto de que determinadas costumbres quedaron para siempre en su forma de vivir.  

»Si dejáramos correr la imaginación, no sería difícil presumir que en esos recintos palaciegos, hechos solo para las mujeres, debieron ocurrir muchas historias dignas de ser narradas, pues ellas permanecían recluidas y salían de sus aposentos en muy contadas ocasiones. Su vida, y hay quien considera que debía ser idílica, se desarrollaba por entero dentro de aquellas paredes. Vivían ocultas en su mundo particular detrás de las tupidas celosías, entre los muros de los preciosos patios y jardines, adornados de fuentes de agua cristalina, en donde crecían las plantas y las flores perfumadas. Su única dedicación era el cuidado y el mimo de sus propios cuerpos. Cultivaban la música, la danza, el canto y todas aquellas cualidades que pudieran convertirlas en más hermosas aún y más dignas de ser queridas por los hombres a quienes pertenecían y eran ellos quienes establecían, en función de sus preferencias, una jerarquía sometida a las más estrictas y ancestrales costumbres

»En un escenario así es de suponer que las mujeres que lo habitaban debían competir entre ellas para ocupar un puesto privilegiado en esa jerarquía que se formaba en torno a los hombres, pues todas eran esposas, amantes o madres de los hijos de un mismo señor con más o menos derecho a preferencias, herencias y sucesiones, que debieron ser la causa de profundas enemistades y de grandes odios.  

»No hay duda de que detrás de sus paredes también debieron vivirse románticas historias de amor, pues para muchas de ellas era un privilegio ser las elegidas por los monarcas y los grandes hombres. Pero en otras ocasiones habían sido traídas a la fuerza, como motines de guerras o por mero capricho y su corazón no siempre era capaz de corresponder a los sentimientos para los que habían sido destinadas.

»En la época en que ocurrió lo que voy a relatarles, una de las damas de la corte, de nombre Meera, que durante un tiempo fue la favorita del maharana, era una mujer muy hermosa que, por extraños avatares, había sido traída del sur de la India y estaba muy apegada a ciertas costumbres y gustos de la tierra en la que había nacido. Una de esas costumbres era el cultivo de flores y plantas que había hecho traer desde su lugar de origen y de las cuales conocía, como una experta naturalista, las cualidades y las virtudes que cada una de ellas escondía en sus tallos o en sus pétalos.  

»Entre ellas, Meera tenía predilección por un arbusto llamado erukku que en las regiones del sur de la India se ha cultivado y se ha utilizado desde siempre. Se trata de una planta medicinal con hermosas flores, blancas o violetas, que se usa para curar la lepra y algunas enfermedades de los elefantes y que, utilizada para otros fines menos saludables, se convierte en un veneno mortal. Basta tomar directamente las gotas del líquido lechoso que caen al partirse su tallo para provocar una muerte que es rápida, pero puede resultar muy dolorosa, pues provoca vómitos y convulsiones hasta que falla el corazón, y la persona que lo ha ingerido muere.  

»Meera cultivaba el erukku en los rincones del jardín de la zanana. Se consolaba mirando sus preciosas flores de color violeta con forma de pequeña corona y con su visión calmaba su añoranza de otros paisajes y de otras gentes.

Pixabay

»Aquella mujer, además de ser muy bella, era astuta y decidida y, una vez que fue desbancada del lugar más relevante que en su día ocupara en la corte del maharana, buscó una manera de saciar sus inagotables ansias de aventura. Puesto que se trataba de una persona inquieta y que había crecido en la libertad de la naturaleza, no soportaba aquella vida de encierro a la que estaba obligada por su condición de cortesana. Así, durante la época de verano, mientras la corte residía en el Palacio del Lago, por resultar más fácil el acceso al exterior, Meera aprovechaba las ausencias del monarca, escapándose de las estancias palaciegas disfrazada de esclava o de joven sirviente. Entraba y salía a su antojo, pues era muy hábil disfrazándose y una actriz consumada capaz de imitar el lenguaje y la forma de desenvolverse de mujeres de más baja condición o imitar a la perfección la voz de los muchachos al servicio de la corte, a cuyo disfraz recurría con frecuencia, pues había descubierto que le resultaba más fácil desenvolverse a sus anchas vestida de aquella manera.  

»En una de aquellas salidas, conoció y se enamoró locamente de un barquero que solía conducirla desde el palacio hasta la ciudad. Se trataba de un hombre joven y apuesto de nombre Jeevan que, a pesar de que ella se le ofrecía una y otra vez, siempre la desdeñaba. Meera nunca se daba por vencida y el barquero, de noble carácter y buenos sentimientos, acabó por confesarle que estaba enamorado de una de las más jóvenes damas de la corte. Sin desvelarle de quién se trataba, Jeevan le contó que su amada era la hija de un hombre importante de Udaipur, que en su juventud había sido compañero de armas y gran amigo de su padre. Esa había sido la razón por la cual, los hijos de ambos y desde la más tierna infancia, fueran comprometidos en matrimonio.  

»La muchacha y el propio Jeevan, que habían compartido juegos desde la niñez, siempre se habían querido y cuando la edad les fue mostrando los deleites del amor, se habían prometido mutuamente permanecer unidos y amarse mientras vivieran.  

»Pero ocurrió la desdicha de que el maharana visitara a aquel hombre en su propia casa, y al ver la belleza de su hija se enamorara de ella. El padre, rompiendo el compromiso, la entregó al monarca a cambio de obtener ciertas ventajas en la corte. Aquel inesperado desenlace había sumido a Jeevan en la mayor de las tristezas, agravándose por el hecho de que la muchacha desapareciera rápidamente de su propia casa, y los dos jóvenes no volvieron a tener la oportunidad de encontrarse nunca más. Desde entonces, su único deseo era abandonar aquellas tierras para siempre y buscar su destino lejos de Udaipur, en donde pudiera soportar mejor su desgracia. Era solo la esperanza de volver a ver a su amada por última vez, la razón que lo mantenía viviendo en la ciudad y por la cual él se había hecho barquero del lago.  

»Meera tardó días en averiguar de quién se trataba, pues en la zanana vivían más de cuarenta mujeres, pero al fin supo que el gran amor del barquero era Jhanavi que en aquellos momentos era la favorita del maharana. Y observó que, a pesar de su situación de privilegio, la joven vivía aislada y sumida en la tristeza sin tomar parte en la vida que se desarrollaba en el interior de los recintos donde vivían.  

»La astuta mujer, cautelosa, fue aproximándose a ella: intentó ganarse su confianza, y Jhanavi, que en un principio se había mostrado huidiza e inabordable, empezó, poco a poco, a confiar en Meera. La muchacha, agradecida por las muestras de afecto que la mujer le dedicaba, acabó abriéndole su corazón y confesándole su amor por Jeevan. Le habló de lo infeliz que se sentía en la prisión que le suponía aquel palacio, pues había sido conducida por el capricho del maharana y la ambición de su padre, que había roto su compromiso sin tener en cuenta sus sentimientos ni las desgracias que les acarrearía el incumplimiento del sagrado compromiso de su matrimonio.  

»Jhanavi le contó que, desde que llegara al palacio para formar parte de la corte y sabiendo cuál sería su ya inevitable destino, solo deseaba ver por última vez a Jeevan para liberarlo de las promesas que ambos se habían hecho y hacerle saber que habían sido rotas en contra de su voluntad, pues seguía amándole y le amaría siempre.  

»Meera alentaba a Jhanavi en sus confesiones y escuchaba las hermosas palabras con que describía sus sentimientos hacia el barquero. Envidiaba la pureza de su amor, a la vez que la odiaba, pues se interponía entre los dos hombres que, en aquellos momentos, significaban algo para ella. El rencor iba corroyéndola día a día, hasta llegar a pensar en desenmascararla ante el maharana. Sin embargo, debió recapacitar sobre su acción, que podría ser vista como un acto lleno de mezquindad y traerle como consecuencia que el monarca desconfiara de ella y la rechazara definitivamente, por lo que acabó abandonando aquella idea.  

»Pero Meera no desistió en su empeño. Esperó pacientemente hasta que, por fin, concibió un plan para deshacerse de la favorita, vengarse del desdeñoso barquero y recuperar su lugar de relevancia en la corte.  

»Una noche, en una íntima conversación, Meera prometió a Jhanavi que encontraría la manera de que pudiera ver de nuevo a su amado, pues sabía cómo buscarlo y la forma de salir del palacio sin ser descubierta. Esperó a que llegara el momento oportuno para llevar a cabo su plan, y poco tiempo después supo que en los próximos días y con motivo de una recepción a altos dignatarios de un lejano reino en el Jag Mandir, otro de los palacios de la suntuosa corte, las mujeres serían conducidas hasta allí para asistir a las ceremonias de recepción. Puesto que llevaba años viviendo bajo los auspicios del monarca, conocía a la perfección las costumbres y las normas de protocolo y tuvo la oportunidad de planearlo todo con cuidado y astucia.  

»Cuando la fecha señalada se fue aproximando, avisó al barquero de la hora y el sitio en que podría encontrarse con Jhanavi y momentos antes de que la joven saliera a escondidas para encontrarse con él, le ofreció un ramo de flores de las que, ante ella, cortó los tallos vertiendo el contenido del líquido que se derramaba en un vaso que le hizo beber. Jhanavi bebió confiada de lo que le ofreciera su amiga, que astutamente, y para que nadie pudiera sospechar cuál había sido la causa de la muerte, pidió a la muchacha que le devolviera las flores, pues, según le dijo, entre los tallos quedaba su corazón que debía recuperar a su regreso, libre ya de los amores del pasado y dispuesto a entregarse a su nueva vida.  

»La muchacha obedeció ciegamente. Llegado el momento, se encaminó al lugar donde la esperaba el barquero que había apostado su barca junto a uno de los rincones más oscuros del palacio. Ya estaban juntos los amantes cuando el veneno empezó a hacer su efecto. Jhanavi comenzó a sentirse enferma, y el barquero, asustado por los síntomas, y temiendo ser descubiertos por los ruidos que provocaban las náuseas, se alejó con la barca hacia el interior del lago. Allí, ella le habló de las flores de erukku: el extraño regalo que le hiciera Meera y del líquido que había bebido a instancias de su amiga. El joven, preocupado, y puesto que los extraños síntomas continuaban y daba la impresión de que se agravaban por momentos, intentó devolverla al palacio para que fuera atendida por los médicos de la corte.  

»Jeevan, que había desconfiado siempre de Meera, condujo la barca con gran cuidado sospechando que eran víctimas de una encerrona y enseguida se dio cuenta de que no estaba equivocado: los guardias del maharana esperaban apostados para atraparlos. A pesar de todo, intentó acercarse al palacio por otro lugar distinto al rincón escondido del que ambos habían salido, pero nuevamente fueron sorprendidos por los guardianes que dispararon sus flechas, y el joven resultó gravemente herido. Con gran esfuerzo, consiguió alejar la barca del Jag Mandir y ocultarse aprovechando las sombras y la oscuridad de la noche.  

»Sobre las aguas del lago, Jeevan se desangraba y Jhanavi parecía perder la consciencia tras momentos de fuertes convulsiones. Sin saber qué hacer, el barquero trató de llegar a la ciudad, pero fue inútil: a mitad de camino y en las inmediaciones del Palacio del Lago, Jhanavi agonizaba, y el joven no pudo hacer otra cosa que depositarla sobre el embarcadero del palacio, donde murió entre sus brazos. Jeevan se alejó, herido y sumido en la más profunda desolación.

»El maharana al enterarse de la extraña muerte de su favorita ordenó que se investigara lo sucedido. Descubrió los amores de Jhanavi y su encuentro con el barquero, de quien no se volvió a saber nada, a pesar de que fue buscado sin descanso por caminos y pueblos durante semanas. La barca fue hallada entre las cañas de un apartado rincón del lago: allí quedaban los restos de sangre de las heridas de Jeevan, pero su cuerpo no fue hallado y se le dio por muerto.  

»El maharana, profundamente dolido por la traición y decepcionado, se vengó cruelmente en las familias de los dos jóvenes, volviendo a los brazos de Meera que supo consolarlo y durante un tiempo ocupó de nuevo un lugar preeminente en la corte.  

»Fueron pasando los años, mucho tiempo después se supo que Jeevan había conseguido huir de aquellas tierras. El joven curó sus heridas escondido en una cueva de los montes Aravalli y, una vez recuperó las fuerzas, abandonó el lugar dirigiéndose a Bengala en donde se alistó en un ejército formado por nativos que, en aquellos tiempos, estaba bajo el control de unos comerciantes británicos.  

»Bajo el mando de los extranjeros, tuvo que luchar en numerosas guerras y revueltas para defender los intereses de aquellas gentes que los despreciaban y humillaban. Su orgullo le impedía aceptar el tratamiento de que eran objeto en las filas de aquel ejército, y en el interior de su corazón fue creciendo la rebeldía. Poco a poco, entre sus compañeros de armas, Jeevan adquirió prestigio por su nobleza y su inteligencia. Todos sabían que era un hombre apasionado, generoso en sus acciones y capaz de hacerles ver la ambición de aquellas gentes, que fomentaban entre ellos la división religiosa para mantenerlos desunidos y así, astutamente, ejercer y ampliar su dominio colonizador. Imbuido por estas ideas, tomó parte activa en la que fue llamada la primera guerra de independencia del pueblo indio: la guerra de los Cipayos. Él fue uno de los inspiradores de la rebelión que comenzó entre los componentes de los batallones del ejército a los que pertenecía. Con ellos combatió ferozmente dirigiéndose desde su guarnición hasta Delhi, en donde proclamaron como emperador de la India al depuesto Bahadur Shah Zafar y luchó durante el tiempo que duró la contienda defendiendo la ciudad de Delhi del acoso y del posterior saqueo de los británicos.  

»Cuando todo hubo acabado y los extranjeros obtuvieron su última victoria aplastando la rebelión, Jeevan consiguió sobrevivir a las terribles represalias que se tomaron contra los rebeldes y huyó ocultándose durante años en una región selvática del sur de la India, a la que nunca habían llegado los ecos de la guerra.  

»En aquellas lejanas y solitarias tierras, en donde los ritos religiosos discurren por extraños y misteriosos caminos, Jeevan, extenuado en cuerpo y alma por las experiencias vividas y por las guerras sangrientas en las que había combatido, dedicó sus días a buscar su propio sosiego. Encontró el consuelo que buscaba aprendiendo de la sabiduría de los viejos que habitaban en la selva. De la mano de brujos y hechiceros conoció los misterios que se encierran tras la muerte, aprendió sobre el lenguaje de los astros, sobre la adivinación y sobre el arte de la curación a través de las plantas. Allí, volvió a encontrarse con su pasado: llegaron a sus manos las flores violetas del erukku que habían matado a Jhanavi, cuyo recuerdo permanecía en su interior como la más hermosa vivencia de su juventud y supo, a través de la magia, que esa fatídica noche el corazón de su amada había quedado atrapado entre los tallos de aquellas flores que Meera retuvo con la promesa de entregárselas a su regreso, sin que nunca pudiera cumplir su palabra.  

»Pasó el tiempo y, al fin, con el pelo encanecido y la sabiduría de los años de dedicación al estudio y la meditación, Jeevan regresó a Udaipur para saldar las deudas contraídas con su pasado.  

»Al llegar a la ciudad, sin darse a conocer y como si se tratase de un forastero, puso su puesto de hierbas y especias frente al Palacio de la Ciudad. Vendía pócimas curativas y ofrecía consuelo y remedio a los enfermos y a los afligidos.  La gente empezó a conocerlo por sus mágicas curaciones y sus poderes adivinatorios que le permitían saber cuál era la causa de las enfermedades que, en muchas ocasiones, tienen su origen en los males del alma.  

»Su fama llegó a oídos del anciano maharana quien lo mandaba llamar con frecuencia para consultarle sus dolencias como si se tratara de un viejo médico, pues su intensa vida le daba un halo de hombre sabio y misterioso que fascinó al monarca desde la primera vez que lo vio, manifestándole siempre un profundo respeto.  

»Meera, convertida ya en una anciana mujer, aún vivía entre las paredes de la zanana. Tras la muerte de su rival, había ocupado el lugar de la favorita por un tiempo. Después fue relegada a una vida oscura que ella intentó llenar de luz nuevamente con sus correrías y escapadas, pero los remordimientos de sus actos nunca la abandonaron: pasaba las noches en vela y sin descanso, temiendo dormirse, debido a que el aroma de las flores de erukku inundaba su cuarto y ella creía enloquecer noche tras noche. Arrancó los arbustos que adornaban sus jardines; con sus propias manos destrozó los pétalos uno a uno, pero fue inútil, el aroma persistía llenando las estancias como una maldición y envolviéndola en la desesperación entre las sombras de la noche.

»Mientras, habían pasado los años, y en los palacios comenzó a hablarse del viejo sabio vendedor de pócimas y de su arte curando raras enfermedades. Enterada de ello, Meera quiso solicitar de aquel sabio el remedio para paliar el mal que desde hacía tanto tiempo le impedía dormir. Disfrazada de una sencilla mujer del campo, se presentó en el puesto de Jeevan, afligida y desconsolada por no encontrar la manera de curarse, y este, que la esperaba desde que llegó a la ciudad, pacientemente le escuchó contar cómo, en la época de su juventud, la envidia y los celos la hicieron deshacerse de una mujer envenenándola con unas flores de su propio jardín y arruinando así para siempre su existencia, pues, desde entonces, vivía atormentada por los remordimientos.

»Jeevan le hizo beber una pócima, y ella, sumida en un suave sopor, fue repitiendo,  palabra a palabra y momento a momento, cuanto ocurriera aquella noche entre las dos mujeres, hasta que la joven desapareció de la vista de Meera entre las sombras de los  jardines del palacio. Más tarde, una vez supo que su rival había muerto, satisfecha por haber logrado su propósito, conservó durante días las flores que contuvieron el veneno como si se tratara de un trofeo hasta que, al observar que no se marchitaban, horrorizada, las arrojó a las aguas del lago.

»Al día siguiente, Meera, siguiendo las instrucciones del viejo médico, hubo de regresar para encontrarse con él y recibir de sus manos el remedio para su dolencia: el hombre depositó en sus manos una caja de plata que solo podría abrir la primera noche en que el aroma de las flores comenzara de nuevo a robarle el sueño. Así lo hizo, Meera regresó al palacio esperanzada y colocó la caja junto a su cama.  

»Aquella misma noche, despertó envuelta en sudores y abrió la caja buscando el remedio. Dentro, cuidadosamente cincelado sobre el metal de la cubierta y escrito en idioma tamil, el idioma de su infancia, Meera encontró una extraña inscripción:  

 

Sólo tras la muerte,

 el amor volverá a florecer

en el corazón solitario

al entregar estas flores

al alma que aún espera su retorno.

 

En su interior y con los tallos rotos, había un ramo con las flores del erukku. La mujer, al verlo, perdió el conocimiento y cuentan que, a los pocos días, murió sumida en una extraña calma con las flores frescas entre las manos.

»Poco tiempo después de su  muerte, una sirvienta de la corte dijo haberla visto en el barco que la conducía a la ciudad. Al aproximarse al embarcadero, Meera lloraba sentada en un rincón. Cuando la mujer, que en un principio no la había reconocido, se acercó a ella para preguntar cuál era la causa de sus lágrimas, Meera desapareció entre la gente y en el asiento quedaron las flores abandonadas.  

»Cuentan que los hechos empezaron a ocurrir cada cierto tiempo. A veces era una hermosa mujer, a veces, una doncella o una anciana, incluso hablaban de un joven quien, al desaparecer, dejaba tras de sí las flores sobre los asientos del barco.  

»En una de aquellas ocasiones, ocurrió la terrible desgracia de que la persona que las encontró murió a las pocas horas de que hubiera contado aquel suceso y la imaginación y las supersticiones hicieron el resto: empezó a propagarse la historia de que algunos atardeceres, en los barcos que regresaban del Jag Mandir, alguien depositaba un ramo de color violeta y quien lo recogía moría sin remedio.  

»La gente se negaba a embarcar hacia los palacios flotantes del lago por miedo a ser víctima del extraño maleficio. Las aguas quedaron vacías y el maharana, temeroso de tener que abandonar aquellos hermosos lugares por las supersticiones de sus súbditos, mandó llamar al viejo sabio para encontrar la causa de aquellos hechos y ponerle remedio.  

»Jeevan, que no se mostró sorprendido por lo ocurrido, dijo al maharana que la respuesta debía encontrarla él mismo entre lo que había quedado de las pertenencias de una de sus mujeres, muerta hacía solo unos meses, pues ella se había llevado consigo un gran secreto que el monarca debía conocer.  

»Se buscó en la zanana y se encontró la extraña caja de plata con la inscripción en el idioma de la tierra de Meera que, por un inexplicable olvido, no había sido quemada con todas las pertenencias de la vieja cortesana, y el maharana mandó llamar a Jeevan quien, con la caja entre las manos, hizo recordar al monarca los hechos acaecidos en torno a la muerte de Jhanavi: su antigua favorita. El hombre hubo de reconocer que su rabia por la traición lo había cegado ante el hecho de que había sido Meera quien le habló de los amores escondidos de Jhanavi y que ella fue quien ocupó el lugar dejado por la joven que acababa de morir.  

»Jeevan le explicó que aquella mujer había llevado con engaños a la joven muchacha hasta los brazos del barquero para provocar su muerte, y el ingenuo corazón de Jhanavi había quedado atrapado entre las flores que Meera utilizó para envenenarla, haciéndole una promesa que nunca pudo cumplir.  

»Era aquella promesa no cumplida la razón por la que el espíritu de Meera, vagando en el mundo de los muertos que se esconde tras las sombras de luna, reaparecía en las noches oscuras de luna nueva y debía vagar convertido en un alma perdida, en los mismos lugares en que ocurrieron los hechos, sin poder reencarnarse en un nuevo cuerpo hasta entregar aquellas flores a quien poseyera el alma de Jhanavi.  

»El maharana, que nunca había sospechado que Meera fuera la causante de la muerte de su joven esposa, quedó profundamente impresionado por aquel relato y prometió al hombre sabio una gran recompensa si lograba romper el maleficio.

»Jeevan dijo al monarca que debía ordenar a todos los barcos que hacían la travesía desde el Jag Mandir hasta la ciudad, y desde el momento en que empezaban los anocheceres de la luna nueva, que se acercasen hasta el embarcadero del Palacio Blanco para que el alma de Meera pudiera descender y esperar allí la llegada de su destino. Se hizo así durante años y ninguna desgracia volvió a ocurrir.  

»Antes de morir, quiso el monarca cumplir su palabra de recompensar al hombre sabio que fue llamado a la corte y tuvo la oportunidad de pedir el perdón y el permiso para regresar a su tierra a aquel joven barquero, que debió huir de su hogar y vivir en la soledad del destierro por su amor a Jhanavi. Jeevan le habló entonces de los inocentes amores entre los jóvenes cuya razón para aquel último encuentro no había sido la traición, sino devolverse sus respectivas promesas para entregarse, libres sus corazones, a sus propios destinos.  

»El maharana le concedió el perdón, Jeevan se descubrió ante el sorprendido monarca y pudo reencontrarse con su familia y vivir una vejez tranquila entre los suyos.

Fue pasando el tiempo, poco a poco, todos los que cruzaban las aguas en la época en que ocurrieron los hechos fueron desapareciendo, pero la tradición de la parada en el Palacio del Lago sobrevivía como un rito del que nadie sabía la causa, pero que todos respetaban.  

»Y sobrevinieron los profundos cambios sociales que se produjeron en la India al obtenerse la independencia de Gran Bretaña. Con ellos, las que habían sido propiedades de uso exclusivo de los monarcas pasaron a ser utilizadas por otras gentes, que nada sabían en torno a las tradiciones del lago Pichola, y la parada de los barcos cayó en el olvido.  

»Algunas de las residencias que ocupaban los monarcas se convirtieron en hoteles. Gentes ajenas a todo se acercaban a la ciudad de Udaipur atraídos por la magia y la fama de sus lagos y sus palacios de ensueño.  

»Cuentan que una visitante occidental que hacía la travesía del lago, al volver en la última barca que regresaba desde el Jag Mandir, vio cómo embarcaba y desembarcaba una hermosa mujer. A su espalda había quedado olvidado un ramo de flores. Ella intentó avisarla, pero la mujer desapareció de su vista y la extranjera recogió y llevó consigo las flores. Al subir las escaleras del hotel en donde se hospedaba, algo cayó desde una ventana golpeándole la cabeza y la mujer murió con las flores entre sus manos.  

»El suceso corrió de boca en boca y la vieja leyenda dormida en torno a los viajes de los barcos del lago pareció recobrar vida. De nuevo las aguas quedaron vacías. Los trabajadores de los palacios, los guardianes, incluso los pescadores que vivían con el producto de sus aguas, se negaban a embarcar. Se preguntó a los más viejos del lugar, a personas que hubiesen estado relacionados con los lagos: los barqueros, antiguos sirvientes de las residencias flotantes, algunos de los que aún sobrevivían recordaban la parada misteriosa sin saber cuál era la causa ni cuándo o cómo se producía.  

»El nuevo maharana, preocupado, una vez más, como lo estuviera su antecesor, mandó investigar sobre la historia de la construcción de los edificios sobre los que allí habían vivido por si se encontrase alguna razón capaz de aclarar cuáles fueron los sucesos que provocaban aquel maleficio. Se pusieron edictos en las esquinas con el fin de que todo el mundo supiera cuán necesario era para todos averiguar el misterio y, al fin, un joven apareció ante el maharana y le entregó una historia escrita por un antepasado suyo, en donde estaban las claves de aquellos misteriosos sucesos, su título era: Las flores de Meera  y el autor era Jeevan.  

Archivo LHM

En el bar, la luz de las antorchas se había ido desvaneciendo lentamente a nuestro alrededor y la música había cesado. Apuramos las copas y nos dispusimos a subir a nuestras habitaciones.  No creo que a ninguno de nosotros se nos pasara por alto aquella noche desviar la vista hacia el cielo: estaba muy oscuro, solo algunas estrellas parpadeaban tímidamente en un firmamento inmenso que servía de techo al espectáculo magnífico de aquella fortaleza.  

Puede que fuera el aroma de las flores que inundaba los rincones, el agua que se deslizaba suavemente en las fuentes de formas exquisitas, o puede que fueran los  misteriosos recovecos de patios y jardines que cruzábamos bajo la tenue luz de las antorchas, en los que la realidad y la fantasía parecían poder caminar juntas con la seguridad de confundirse,  pero todos nos retiramos en silencio y con la certeza de que, en lugares como esos, las historias más irreales  podrían llegar a ser ciertas.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

Si quieres saber más sobre este libro pulsa Aquí 

Sigue leyendo cuentos inéditos en Vivir en la Higuera

La gitanilla búlgara del anfiteatro

Lucie solo tiene siete años, pero su desparpajo tiene a todos entusiasmados.

La gitanilla búlgara del anfiteatro
De Cristina Anduiza para LHM

Vive con su madre, Dessislava, que es sastra y confecciona la ropa de la burguesía de Plovdiv.
Su padre es limpiabotas en los alrededores del Monasterio de Bachkovo.

Una familia respetada por todos, pero el intenso trabajo de sus progenitores, permite a Lucie gran libertad de movimiento, mientras reparte los trajes confeccionados por su abnegada madre.

A Lucie le gusta bailar y le hacen corro allá por donde va.

Su padre deambula buscando zapatos que limpiar, pero no es fácil, así que tiene que moverse de un lado a otro y acude a curiosear en el corro que se ha formado en el anfiteatro y no da crédito a lo que ve: allí está Lucie bailando, jaleada por todo un corrillo de turistas y de un grupo de niños de un colegio que han acudido a conocer el complejo arquitectónico del antiguo Plovdiv.

Su padre observa con asombro que Lucie tiene a sus pies una caja de cartón con su peluche preferido, junto a numerosos Levs, Stotinkis, Dólares, Euros, todo tipo de monedas.

Y los trajes para repartir entre la clientela de su madre, los sujeta una turista encandilada con la frescura de Lucie.

Los aplausos hacen acudir a más visitantes de una de la ciudades más antiguas de Europa.

Su padre no se atreve a intervenir, cuando alguien requiere de sus servicios como limpiabotas, así que se enfrasca en la tarea de sacar brillo a los zapatos del Alcalde de la Ciudad, sin él saberlo.

El Alcalde se distrae viendo también a la graciosa gitanilla, mientras su padre no se atreve a levantar la cabeza del calzado, completamente avergonzado.

El Alcalde hace alarde de la desenvoltura de la chiquilla y comenta; – Mira que tiene gracia la condenada, ¿dónde estarán sus padres que permiten que deambule por la ciudad?

El padre de Lucie pierde la compostura, se le cae el cepillo de las manos y mancha el calcetín del Alcalde que se pone furioso. Así que se va precipitadamente y llama al Ayuntamiento para que venga la autoridad a llevarse a la gitanilla.

– ¡¡¡Que fatalidad!!! piensa Ludvik, el padre de Lucie. Así que todo avergonzado baja corriendo a buscar a su desenvuelta hija y se la lleva, dejando la caja con el osito, las monedas y los trajes de la esposa del Alcalde y sus hijas.

Llegan a casa, el diminuto taller de costura de Dessislava, quien se afana en terminar un bonito vestido azul cielo, de gasa, para la esposa del propietario de la cadena de alimentación más grande del país, ella no levanta la cabeza de su trabajo, no tiene tiempo que perder.

Ludvik espera, sabe que Dessislava no puede distraerse de su tarea, así que no dice nada y manda a Lucie a su rincón, donde tiene una cama y una pequeña mesita con su silla. Lucie es muy fuerte muy valiente y no dice nada, ni siquiera hace pucheros ni llora.

Su padre vuelve a su oficio y deambula buscando clientes, a pesar de su bajo estado de ánimo, pero alguien lo busca y lo llama. Es la policía, quien le detiene y lo llevan al cuartelillo.
Y cual es su sorpresa, cuando allí ve a la maestra del grupo de niños que asistía a la representación de su fantasiosa hija, Lucie, en el anfiteatro. La maestra tiene en sus manos la caja con las monedas y el peluche y también se encuentran, en un perchero, los vestidos que tenía que entregar a la esposa del Alcalde y sus hijas.

Así que Ludvik, vuelve al taller y besa y abraza a su hija, con lágrimas en los ojos.

– ¡¡¡¡Hija, hija, muchas gracias, muchas gracias!!!! Tengo un regalo para ti. A partir de mañana acudirás a la escuela y allí aprenderás todo lo que yo no he podido aprender.

Lucie no es que se sintiera demasiado contenta porque a ella lo que le gusta es bailar y cantar, pero pronto se hizo con la escuela y disfrutó e hizo disfrutar con su gracejo, a todos a su alrededor.

Pero no solo ella obtuvo un gran beneficio, sino que su padre entró de bedel en el Ayuntamiento.

Lucie es hoy en día una gran bailarina del Ballet Búlgaro y va por todo el mundo derrochando alegría y entusiasmo, transmitiendo su cultura.

Ludvik abre la puerta al Alcalde, con una reverencia de gratitud, al verle llegar al Ayuntamiento cada mañana.

Y Dessislava ha ampliado su taller y confecciona los ropajes del vestuario del Ballet, donde actúa su valiosa hija Lucie.

La alegría, el entusiasmo y el esfuerzo dan grandes resultados.

 

Descubre los relatos de  viajes de Cristina Anduiza Aquí

Cache

 

Cache
Archivo de LHM

Soy un hombre soltero, ingeniero de profesión que vive solo.
Aquel 14 de mayo eran cerca de las doce de la noche cuando llegaba a mi casa después de una larga y agotadora reunión de trabajo. Empujé la puerta del ascensor mientras buscaba las llaves en el bolsillo de mi pantalón y, al  asomar la cabeza, vi que la puerta de mi piso empezaba a abrirse lentamente. Antes de que quién fuera la persona que estaba saliendo de mi casa pudiera verme, volví a meterme en el ascensor y, cobarde de mí, pulsé el botón del sexto como si hubiera apretado el botón del Apolo en ascensión a la luna.

Mientras subía me vi en el espejo: estaba despeinado, con los ojos como platos y con cara de simplón. Mi gesto se endureció recordando quién era yo y una especie de rabia incendió mis ojos. Salió de dentro de mi estómago la hombría, reaccioné y decidí salir a enfrentarme con lo que fuera.

Volví a pulsar el botón. El ascensor se paró de nuevo en el segundo y me volqué sobre la barandilla con el corazón en la boca. Un hombre bajaba los últimos peldaños de las escaleras. Iba a gritar algo así como ¡al ladrón! para que pudieran desencadenarse todos los mecanismos propios de estos casos, cuando vi que llevaba puesta la cazadora de cuero que yo cuidaba como una joya. Me olvidé de la casa, de los vecinos, de los guardias y me lancé escaleras abajo en persecución del sinvergüenza que se había atrevido a ponerse mi mejor prenda dispuesto a arrebatársela sin miramientos.

Al llegar al último peldaño que da paso al portal, tuve que retroceder escondiéndome tras el muro; el hombre, ajeno a todo, había encendido la luz general y se había parado ante el espejo arreglándose con parsimonia el cuello de una camisa negra  de seda que cuelga en mi armario desde tiempo inmemorial, y que nunca me pongo por ser demasiado elegante. Tuve que agarrarme  fuertemente a la barandilla porque mis piernas flaquearon: la cara que se reflejaba en el espejo era la misma con la que me había enfrentado solo un instante antes en el ascensor, es decir, por raro que parezca, ese hombre era yo.

Contuve el aliento, pensé que el agotamiento me estaba jugando una mala pasada, cerré los ojos y los volví a abrir: el hombre del espejo, se dirigía ahora hacia la cristalera de la salida con paso decidido. Le vi caminar con mis zapatos de ante y girar el pomo como solo los vecinos del inmueble sabemos hacerlo, pues es un raro y viejo artilugio que el presidente de la comunidad, que es anticuario, se empeñó en colocar para su mayor gloria.

Él salió a la calle y yo detrás. En ese momento daba la vuelta a la esquina. Corrí para no perder su pista. Asomado, vi la acera solitaria que discurría larga y ancha, despejada de las sillas de las terrazas que ahora se apilaban atadas con cadenas en los laterales, entremetidas entre grandes macetones.

El hombre caminaba tranquilamente por el centro como quien pasea por el parque. Le observé con atención dispuesto a descubrir al impostor, pues solo yo podría saber cierto detalle de mí mismo: cuando era niño una caída de la bicicleta me había dejado una imperceptible cojera producida por la carencia de fuerza en cierto músculo de la pierna izquierda. Nunca había ocultado tal secuela, pero lo cierto es que a nadie le llamó la atención y por lo tanto era algo que, sencillamente, formaba parte de mi manera de caminar. Me fijé con detenimiento en su figura: sí, cojeaba inclinando ligeramente el hombro izquierdo tal como yo mismo lo hacía.

En medio de la acera, tras sus pasos, no sabría explicar qué me pasó, pero un soplo de aire cálido me acarició la cara y, de repente, entré de lleno en una especie de esquizofrenia: me levanté el cuello de la chaqueta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y creo que, en aquel momento, hubiese lanzado un alarido como el de un lobo bajo la luna llena. Excitado y dispuesto a todo, le seguí guardando una prudencial distancia.

Cruzamos calles, sorteamos coches, esperé agazapado mientras cambiaba la luz de los semáforos en las calles importantes, nos cruzamos con transeúntes. Sus pasos fueron los míos. Cada movimiento, cada gesto que él hacía iba confirmándome que aquella negra silueta no era otra cosa que la sombra de mí mismo.

Unos quince minutos duró la persecución cuando, al dar la vuelta a la esquina de una estrechísima calle, me quedé parado observando lo que me pareció un sinuoso pasillo lleno de trampas. No pude descubrir ni un sólo indicio que me ayudara a saber en dónde podría haberse metido aquel hombre.

Contuve la respiración unos instantes, les aseguro que se masticaba el silencio de la ciudad dormida. Al fin, tras una breve vacilación, caminé sigilosamente por debajo de la acera, sorteando los coches aparcados para tener tiempo de reaccionar en caso de ser atacado, pues la calle era perfecta para un ataque por sorpresa y  bien podía estrangularme o pegarme un tiro y suplantarme luego. En un caso así, yo era la víctima ideal para  un crimen perfecto: mi lugar en el mundo, nada desdeñable, por cierto, no quedaba vacío y disponía de toda la noche para descuartizar el cadáver o echarlo al río con una piedra atada a los pies. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que apenas a veinte metros discurrían las aguas del Duero.

Calculando cuidadosamente mis pasos, fui dejando atrás los portales con las luces apagadas.  Sólo uno de ellos, junto a la puerta principal, tenía otra pintada de azul con una placa muy discreta sobre la que un pequeño fluorescente iluminaba el rezado. Me acerqué lo suficiente para poder leer aquella curiosa palabra: “Cache“.

Empujé ligeramente  y la puerta se deslizó con suavidad hacia el interior.

Delante de mí, el rellano de una escalera de caracol sinuosa y estrecha  bajaba hacia la luz relampagueante de un sótano en donde sonaba una música sugerente en la que predominaba el sonido de un saxo.

Antes de entrar dudé, sopesé la posibilidad de que el tipo se hubiera metido allí. Pero si se trataba de alguien que parecía ser yo mismo tenía cierta lógica, si pudiera escuchar  música asiduamente, sería el jazz mi compañero en las horas de soledad. Confieso que su sonido me conmueve.

Traspasé la puerta. A medida que descendía los escalones me fue envolviendo la mezcla de olores de un aire viciado y denso lleno de perfumes, aromas de licores  y tabaco. Las luces indirectas de los focos creaban espacios oscuros salpicados de otros expuestos a la claridad amarillenta. Fui bajando los incómodos peldaños: las caras masculinas y varias parejas de hombres bailando abrazados me situaron en el lugar donde estaba.

No quiero molestar a nadie al transcribir mis pensamientos, porque hoy en día corren otros tiempos, pero los de mi generación hemos sido poco… “comprensivos” con ciertas cuestiones y pensé: “!Coño!, !pero si esto es un bar de maricones!”.

Iba a dar media vuelta, algo azorado, cuando una cara sonriente bajo un pelo rubio platino con una bandeja en la mano se acercó a mí: “Baja, preciosa, que hoy esto está que arde”. Instintivamente me palpé la cara sorprendido y le enseñé los dientes en una sonrisa de hielo.

“¿Qué vas a tomar? Anda, decídete pronto que me coges de paso”.

Oí mi propia voz, era opaca, absolutamente viril. “Solo estoy buscando a un amigo, pero él no puede estar aquí”. “¿Es uno de esos que a ti te gustan?” Me miraba como si fuéramos cómplices. “Vendrá, vendrá, no sufras, eres irresistible y lo sabes”.

Tragué saliva. El tipo mariposeó su mano libre delante de mi cara y luego, literalmente de un culetazo, me empujó bajo la escalera.

Desconcertado, me senté en un taburete de piel frente a la barra sintiéndome observado por un hombre, rechoncho y viejo con las cejas muy perfiladas, que no  me quitaba la vista de encima. Jugueteé unos instantes con un bol de palomitas e, incómodo, volví la cabeza bruscamente para que el viejo se diera cuenta de que no me iba el rollo.

Caché
Archivo de LHM

En ese momento la sangre se me heló en las venas: en el pequeño zaguán que formaba a mi espalda la escalera de caracol, un perchero reventaba de prendas de abrigo. Mi cazadora destacaba nueva y reluciente sobre todas  ellas. En aquel momento una frase aterradora surgió de las profundidades de mi mente y me estremecí: “Por mis cojones que mi hijo nunca será un maricón”. Era la voz del capullo de mi padre.

Una náusea  subió desde mi estómago. Dejé un billete sobre la barra, subí los peldaños de la estrecha escalera de tres en tres y salí de allí como alma que lleva el diablo.

Volviendo sobre mis pasos por las calles solitarias, mis pies eran dos pesadas piedras que golpeaban el asfalto arrastrando los ecos de aquella frase lapidaria, escupida contra mí y perdida para siempre tras un silencio oscuro que lo había enterrado todo.

Nadie puede imaginarse lo que había en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, en mi estómago, en la punta de los dedos de mis pies. No, nadie puede saberlo ni yo podría explicarlo porque en mi interior se hizo el más absoluto negro y profundo vacío. El lobo audaz que había  rastreado a su presa, estaba herido de muerte.

Llegué a mi piso, me sentía escuálido, indefenso. Traspasé la puerta como si dentro me esperaran millones de fantasmas. Efectivamente, todos los muertos y los vivos que poblaban mi vida estaban allí, sentados con las piernas cruzadas y una maliciosa sonrisa esperando mi regreso.

A oscuras, palpando las paredes me dirigí al cuarto de baño y vomité sobre el lavabo mientras imaginaba mi cara desencajada en el espejo.

Aún sin luz, entré en mi dormitorio. Estaba aterido de frío. Sin quitarme la ropa, me metí en la cama esperando oír la llave de la puerta dando vueltas en la cerradura.

Durante cada segundo de aquella larguísima noche sentía mis músculos, uno a uno, impregnados de una corriente de electricidad dispuesta a fundir los plomos de mi mente: yo podría desaparecer en cualquier momento poseído por el otro. Ahora él era el dueño absoluto de mi vida.

Amaneció. Sin importarme nada dejé que el sol iluminara la habitación; solo cuando en todos los rincones se disolvieron las sombras me levanté. Recuerdo que sentía miedo, un absurdo miedo. Sigilosamente me dirigí al ropero y lo abrí de par en par: la camisa negra  estaba como siempre colgada impecable entre mi ropa.

Exhalé el aire contenido en mis pulmones con violencia. Sin duda aquella historia era una vívida pesadilla. La tensión acumulada durante tantas horas se volatilizó y sentí que volvía a ser dueño de mí mismo.

Más tranquilo, telefoneé a mi empresa para dar una disculpa y fui a la cocina dispuesto a prepararme un café; la cazadora de cuero yacía descuidadamente sobre uno de los taburetes. Me abalancé sobre ella como un poseso y  la acaricié, palpé su forro, la piel suave olía a mí. Me la puse sobre la ropa arrugada para sentirla mía, subí y bajé la cremallera varias veces, por último metí las manos en los bolsillos buscando más pruebas de que era mía. Fue entonces cuando mis dedos tropezaron con algo en su interior. Lo extraje y una carcajada se ahogó en mi garganta: sobre la palma de mi mano, una elegante cajita de cerillas llevaba escrito en negro sobre dorado aquella curiosa palabra: “Cache”.

¿Te gustan los cuentos de misterio?  Suscríbete aquí y recibe nuestras publicaciones.

La familia del granero

La familia del graneroHace frío, está nevando, es normal, estamos en invierno y los Reyes Magos han llegado con sus camellos y han repartido los regalos en todas las casas de una pequeña aldea en el Pirineo, donde hay una peculiar familia que ha madrugado tanto que todavía es de noche.

En el granero han dejado una gran caja  para la oveja Pecorina y, como es una bebé, no sabe que es el regalo que le han traído los Reyes Magos, así que el osito Wysly viene a decirle que a él le han traído una chaquetita de lana y, al ver el paquete envuelto en papel azul con ovejitas, le dice a la Pecorina:

—Esto debe de ser para ti.                               

La Pecorina, que todavía está un poco adormilada, corre hacía su regalo y comienza a romper el papel que lo envuelve, abre la caja y encuentra un delfín en una pecera.

—¿Pero esto qué es? —le pregunta al osito.

—Es un mamífero que vive en el agua. Los delfines son muy simpáticos y les gusta reírse y hacer acrobacias.

—¿Qué son las acrobacias?

Y aquí hace su aparición el soldadito legionario, como siempre cantando y silbando, con su uniforme todo pulcro, y no le faltan sus galones.

—¡Oh!  ¡Wysly, Pecorina, qué alegría veros!

Vengo con Miguelito, que nos hemos encontrado en el camino y trae consigo un enorme pastel para que celebremos todos juntos este nuevo año que comienza todo cubierto de nieve  y, según el refrán:  «año de nieves, año de bienes». Ya tenía yo ganas de ver nevar pues en el trópico es Lorenzo el que nos acompaña diariamente.

Con tanto alboroto la Pecorina se ha espabilado, mostrando su alegría con sus balidos un tanto roncos.

El delfín comienza su danza con sus gorjeos y golpeteo queriendo llamar la atención, como diciendo: «¡Eh que yo también esto aquí!».  De tal modo salta y se revuelca que el agua se sale  fuera de la pecera, mojando los lustrosos zapatos del legionario Manfredo, quien se solivianta y apercibe al juguetón delfín que se frena en seco y se disculpa con sus gruñidos.

Pecorina se acerca al osito Wysly demandando su desayuno.

Pero falta el reno quien hace su aparición uniéndose al grupo dispuesto a darse un gran festín con las suculentas viandas que los Reyes Magos suponía le habrían dejado; sin embargo cual fue su desilusión al ver que allí no había nada para él, pero el reno siempre satisfecho se recompone rápidamente ya que se saciará con la leche de la oveja Pecorina que Miguelito se dispone a ordeñar.

Manfredo, siempre tan previsor,  había pasado por el gallinero y  había afanado su docena de huevos. La tetera siempre estaba en la lumbre y las hierbas nunca faltaban y la ración de peces para el delfín siempre ocupaban el estanque.

Así que todo estaba dispuesto para comenzar su nutritivo desayuno, felices y contentos antes de ponerse con las tareas de la granja.

Claro que con la tripa tan llena, empezaban las disculpas y las quejas de que «a mí me duele aquí, yo no puedo con este azadón, voy a cambiarle el agua al delfín», etc.

De tal manera que Manfredo les pone firmes a todos y reparte las tareas para comenzar la jornada con orden y concierto.

Al final todos quedan tan satisfechos de haber cumplido con sus tareas, y llega el mediodía para recuperar fuerzas con un almuerzo suculento tras el cual hace su aparición el enorme pastel de Miguelito para celebrar el final de un día más.

Así transcurre la vida en el granero de esta familia tan variopinta y jacarandosa.

CAA 8-I-2021

 

Sigue leyendo a otros autores en Vivir en la Higuera

Sol

Sol
Archivo LHM

Sol tiene una perrita con ojos invisibles y el pelo en blanco y negro. Le cuelga la barriga de comer golosinas al olor del café. La perrita es Sisuka y procede del Tíbet, es lenta y remolona, glotona y arrogante y si, en su diario paseo, alguno de su gremio viene a olerle el trasero, lo sacude gruñona muy segura de sí.

Sol tiene un novio delgado con el pelo muy liso que sabe matemáticas y habla muchos idiomas de cuando viajaba tanto. Cada noche en la casa es el rey de la mesa, cocina champiñones o lomo con pimientos, los domingos tortilla y, acabada la cena aunque sea un día corriente, es capaz de servirte un estupendo gin-tonic, sin limón, eso sí. Solo cuando se trata de algún día importante, del olor a chorizo de los macarrones al horno se llenan los rincones de la casa, y es Sol la que deleita a sus invitados con los recios sabores de una infancia olvidada de allá por  Valladolid.

Sol vive en el corazón del Ensanche, en un piso muy grande pintado de amarillo con rosetones blancos y pasillos estrechos, en donde se amontonan los cómics y, al lado de unos dioses traídos desde Egipto, cuelgan lánguidamente los góticos dibujos de su amigo Rubí.  Tiene bajo la cama de su último pupilo fabulosos ejércitos de orcos y de silvanos que, tras haber enfrentado en cientos de batallas en sus noches en blanco, los tiene guardaditos para un sobrino suyo por si es que, al buen muchacho, le viniesen las ganas de  volver por allí. Y es que a ella le gusta acoger en su casa a malos estudiantes con los que se divierte al tiempo que los instruye en el arte de aprender y también en el arte de vivir.

Y después de todo esto, que tiene mucha importancia para saber de quién hablo, os podría decir que Sol se peina con una larga trenza como si fuera una india, tiene los pies pequeños y las manos finitas. Me contó que se viste en la sección de las niñas por culpa de su cintura: la tiene muy delgada y tiene las piernas largas y los hombros estrechos y su cuello se estira sosteniendo una cabeza con forma de aceituna, con los labios bonitos y con los ojos tristes. Y a cualquiera que se sienta en ese sofá blanco con los botones rotos que tiene en el salón donde mira la tele, le cuenta que siempre fue muy lista y que está llena de vida, que  no duerme ni come. Ya desde muy pequeña, los médicos querían estudiar el porqué, pero ella nunca se ha prestado a tales elucubraciones, pues total… ¿para qué? Y ahora que lo pienso, y visto lo que he visto, creo que es verdad, que esos señores con gafas que te miran las entrañas son un poco ignorantes y, llegados ciertos casos, lo único que saben es negar con la cabeza y arrugar la nariz. Que nunca hubieran dado con la razón auténtica y es que a Sol el corazón se le escapa por los poros del cuerpo y que el solito funciona con una extraña mezcla de pasión y de fe, que cuando se levanta, y sin saber de dónde, saca un cable y se enchufa a una rara corriente que le entra por la venas y fluye cargadita de ganas de vivir.

Y después de contaros todo lo que está a la vista, sin querer molestarla, también puedo decir que todo lo que le pasa no es más que un sortilegio cuyo secreto se  guarda entre los dientes de la perrita tibetana, que al comer de su mano y una letra tras otra, se ha ido tragando la parte que le cuelga a su nombre completo. Es decir, se ha tragado la edad. Y con ese simple truco, día a día, a fuerza de ternura, solo le ha dejado el brillo de un Sol que ella, a cachitos, reparte generosa entre todos aquellos a quienes, a su puerta, nos trajo la fortuna y algún día acertamos, con más o menos prisa, a pasar por allí.

 

Sigue leyendo otros cuentos en Vivir en la Higuera 

Sofía

Fue Alfredo quien, una tarde ya muy lejana, se acercó a Sofía al 

Sofia
Archivo de LHM

reconocerla sentada en un café del paseo del Pintor Rosales, en una de aquellas tardes en que, excitada por la aventura, buscaba un nuevo amante.

Entonces, Sofía vivía desde hacía tiempo alejada por completo de toda su familia, escondía su forma de vida en un pertinaz silencio. Sabía que nadie aprobaba su manera de ganarse la vida. Y de repente un día allí estaba él, exculpándola de todo, como si se sentara con la más querida y anhelada de sus sobrinas, hablaron largamente, se contaron algunas verdades y se inventaron muchas mentiras. Sofía dibujó para él un presente tranquilo, le aseguró que muy pocas cosas lograban ya inquietarla, que su vida era y  había sido muy placentera. Viendo que su moral no era muy estrecha, le habló de sus conquistas, de sus relaciones, Alfredo se mostró primero interesado, luego complaciente y por fin seductor.

Los primeros meses de sus relaciones fueron los meses mas felices de su vida, con él, revivió sensaciones que creía perdidas para siempre. En las manos de Alfredo estaban los aromas y los colores de su infancia lejana. Juntos recorrían los olvidados paisajes que Alfredo dibujaba para ella en la penumbra del cuarto. De nuevo ante  su mirada, volviendo del pasado, la  línea del horizonte se abría inmensa y prometedora sobre aquellos campos amarillos por las mieses secas en pleno verano;  juntos eran capaces de escuchar cómo se deslizaba el agua cristalina de los arroyos, arropados por el sonido del viento moviendo las ramas de los álamos que, como una cúpula de hojas, derramaban su suave sombra para calmar el bochorno del caluroso verano. Bastaba con cerrar los ojos entre sus fuertes brazos, y el olor de las uvas moradas en los enormes cestos durante la vendimia lo inundaba todo.

Alfredo poseía el don innato de hacer que todo pareciera poesía, con él todo sueño era posible y todo recuerdo era hermoso. Sofía,  entre sus brazos, entrevió  la paz de una reconciliación con un pasado agazapado en algún rincón de su alma y él, desde ese pasado, parecía venir extendiendo su mano con un gesto de benevolencia.

Las tardes que pasaban juntos corrían deprisa, la música y el vino envolvían las horas con risas y de suaves murmullos. A veces al despertarse sola por las mañanas, en su boca quedaba un extraño sabor amargo que la hacía estremecerse, intuía un  peligro en aquella ilícita relación, pero cerraba obstinadamente los ojos y seguía ignorándolo, no podía superarlo. Ciega, embriagada y sedienta, con él se sentía una mujer nueva, capaz de todo, limpia y hermosa como nunca se había sentido antes.

Pero con Alfredo cambió su vida definitivamente, paso de ser una mantenida a ser una empresaria, buscando cómo financiar un negocio de antigüedades del que ella lo desconocía todo. Alfredo la convenció para poner un pequeño negocio, ella estaría al frente y él se encargaría de derivar de sus propios negocios todo lo relacionado con los muebles antiguos. Conocía el mercado, tenía contactos, sabía como funcionaba, solo necesitaba un poco de dinero, los bancos se ocuparían de hacer el resto.

Sofía, confiada, le entregó todo lo que había ido atesorando con los años pensando en su futuro. Buscaron un local y se sucedieron las reuniones en las oficinas bancarias hasta que, a decir de Alfredo, todo estaba bajo control y en manos diestras.

Después de unos primeros meses en que el negocio parecía excitante y nuevo, las obligaciones se convirtieron en algo pesado y extenuante, los clientes, los vendedores, los curiosos, se fueron convirtiendo en seres insoportables que les separaban de la vida que le aguardaba al otro lado de la puerta. Las horas pasadas entre los trastos viejos que se amontonaban en los rincones de la tienda la hacían sentirse una momia ansiosa de sol y de aire fresco. Alfredo insistía: «detrás de cada trasto viejo como tú los llamas, hay una hermosa historia, ¡hazle justicia!» Y ella escéptica, miraba con desprecio a su alrededor y solo veía viejas maderas apolilladas sobre las que se apoyaban cristales amarillentos y paisajes difuminados y escondidos tras una capa de polvo rancio, depositada sobre los lienzos acartonados.

Pasaron los meses y el dinero se escapaba como el agua de entre sus dedos. Ella iba extendiendo cheque tras cheque en compras insensatas  y vinieron las discusiones, los ácidos ajustes de cuentas y al fin cuando el dinero empezó a escasear  y los bancos llamaban a su puerta exigiendo la devolución de los préstamos, Alfredo se volvió taciturno y callado. Confesó que él estaba arruinado y que se daba por vencido. Sofía  rogaba y exigía que la sacara de aquello, las sonrisas de Alfredo se fueron tornando muecas, sus hombros se encogían en un gesto de impotencia y ella sentía deseos de zarandearle y abofetearle con el ánimo de forzar una reacción que no llegaba.

Cuando Alfredo anunció que no podía soportar más, que se marchaba definitivamente de su vida, Sofía se quedó llena de deudas sin pagar, de promesas incumplidas, de una vida que estaba completamente rota, con un negocio que odiaba y que nada producía. En cuestión de meses se encontró en la calle, los bancos se quedaron con su piso y el local; las llamadas, las presiones para pagar, los abogados relamidos que siempre, y primero de todo, pedían dinero, las oficinas públicas con cientos de papeles que debía cumplimentar, pero que a duras penas comprendía y, por fin, los juzgados y el desahucio.

Desde el teléfono de una pensión barata, Sofía le exigía a Alfredo, desesperada, que le entregara dinero, que le sacara de aquel apuro del que solo él era  culpable. No había respuesta y ella deambulaba por las calles sin rumbo maquinando mil maneras de resarcirse de aquella racha de mala fortuna, quería creer que era una pesadilla de la que iba despertar de un momento a otro, pero nada sucedía.

Al fin, encontró que algo podía funcionar; la amenaza de contarle todo a su familia pareció surtir efecto. Sofía esta vez sintió que  tenía a Alfredo entre sus manos. A los pocos días de lanzar su amenaza, él la citó en el despacho de un notario, le entregó un cheque con el que podría sobrevivir dos o tres meses y una escritura de propiedad: la casa de los abuelos, lo más querido para Alfredo,  Sofía, a cambio, prometió guardar silencio. Pocos meses después, cuando el dinero se agotó, volvió a buscarlo y entonces, supo que había muerto estrellado contra el poste de un puente de autopista.

Después de algunas semanas de desconcierto, a duras penas, se fue rehaciendo, decidió olvidar aquel paréntesis en su vida, arrancar de su memoria todo rastro de Alfredo. Nadie como ella sabría hacerlo una vez más y volvió a visitar los antiguos bares en los que encontrar a otros hombres como aquellos que la habían mantenido y habían sabido calmar su siempre ávida necesidad de dinero. Y sí,  hubo otros hombres, pero nada era lo mismo, el hastío y el asco de sí misma la fueron dejando vacía; sentía que era distinta,  algo en su interior había cambiado para siempre, ya no era la mujer hermosa de antes,  capaz de colmar de felicidad los brazos de los hombres ricos y ansiosos de belleza, aquellos hombres a quienes nadie como ella sabía convertir en niños hambrientos de sus caricias. Ahora se sentía una vulgar prostituta, y decidió no volver nunca más a caminar por sus antiguos pasos al precio que fuera.

Los días pasaban y Sofía era incapaz de levantarse cada mañana, ignoraba por completo qué podía hacer, hasta que una mañana, abrió el cajón de la cómoda donde había dejado la escritura olvidada y acarició el documento en el que decía que ella era la propietaria de aquella vieja casa. Lo vio como su salvación, la manera de resarcirse y también de sobrevivir, odiaba la idea de volver a aquel pueblo austero y sobrio, lleno de estrechas conciencias, pero lo concibió como la venganza que el  destino colocaba en sus manos contra todos y volvió.
No esperaba que en aquella casa aún viviera la vieja tía, pero allí estaba, sentada junto a la ventana, como había estado siempre en su invalidez. Cuando la vio entrar, extendió sus manos hacia ella y sus ojos azules se llenaron de lágrimas: «Ha sido culpa mía, querida Sofía. Yo le pedí  a Alfredo que fuera a buscarte, pero sé que él lo quería así. Ahora estás en casa».

Sigue leyendo cuentos en Vivir en la Higuera Aquí.

 

Los parsis en la India

Entre los grandes tesoros de la India –Los parsis–

Los parsis en la India
Archivo LHM

Aquella mañana, la primera de nuestra estancia en Bombay, habíamos hecho un recorrido por el antiguo barrio de Cobala y terminamos en el hotel Taj Mahal, frente a la emblemática Puerta de la India, en busca de un lugar donde comer. Casi todos los componentes del grupo de amigos que habíamos decidido visitar la India se habían repartido en los distintos restaurantes; solo algunos de nosotros preferimos tomar un simple bocadillo, sentados en una de las mesas frente a la agradable piscina que, como un oasis, está situada en el centro de un patio que se encuentra en medio del establecimiento hotelero de más tradición en la ciudad.
A pesar de que la gente entraba y salía, el sitio resultaba muy tranquilo. Varias personas tomaban el sol sobre las tumbonas alrededor de la piscina y solo la mesa contigua a la nuestra estaba ocupada por tres hombres: dos de ellos, tocados con sus característicos turbantes, denotaban su procedencia; el tercero, un occidental entrado en años y vestido de manera informal pero sin el descuido de los turistas, tenía un cierto aire de intelectual.
Al poco rato de nuestra llegada, los dos hindúes se despidieron, abandonaron la mesa y el occidental permaneció solo tomando un té y haciendo anotaciones en su agenda.
Habíamos terminado nuestra frugal comida y nos disponíamos a tomar café cuando el hombre se dirigió a nosotros en español para preguntar por nuestra procedencia. Con esa curiosa camaradería que se crea al encontrarte con personas que hablan tu idioma en países extraños, le invitamos a sentarse a nuestra mesa y así lo hizo. Se trataba de un norteamericano de madre chilena, razón por la cual dominaba nuestra lengua, a pesar de su fuerte acento y esa ligera cadencia con la que los sudamericanos suavizan la fonética del castellano.
Tenía una conversación muy fácil y, con bastante desparpajo por nuestra parte y mucho desenfado por la suya, tuvo que soportar que entre todos le sometiéramos a un completo interrogatorio. Se trataba de un catedrático de antropología ya jubilado que, hasta hacía poco tiempo, había impartido clases en una Universidad de San Francisco y continuaba desarrollando su interesante trabajo al pertenecer a varias agrupaciones de intelectuales dentro y fuera de su país, a la vez que colaboraba en revistas especializadas en las antiguas religiones del mundo.
Al parecer, viajaba con frecuencia a la India en donde tenía grandes amistades y para él constituía una fuente inagotable de conocimiento. En esta ocasión se encontraba en la ciudad de Bombay debido a que, como estudioso del tema, había sido solicitada su aportación en el examen de un documento hallado recientemente. Se trataba de una tablilla cuneiforme en la que se hablaba de Ecbatana: una de las ciudades más antiguas de la humanidad que por un tiempo fuera capital del imperio Medo y que después pertenecería al mundo de los persas.
La valiosa tablilla había aparecido en manos de un comerciante que desconocía su enorme valor histórico y, dado que formaba parte de su herencia familiar, conservada a través de las generaciones que le habían precedido, se pensó que debió llegar hasta la India con la venida de los antiguos parsis a cuya comunidad pertenecía el propietario.
Los comentarios que surgieron en torno a esas gentes dieron pie a una auténtica lección de historia que acabó, debido a la versatilidad del personaje, en una interesante conversación que nos situó ante la riqueza y la complejidad del mundo al que acabábamos de llegar, pues algunos de nosotros quisimos saber con más de detalle quiénes eran los parsis y el americano, con la claridad propia de quien está acostumbrado a enseñar, nos explicó que se trata de una comunidad muy arraigada en el país al que llegaron hace siglos procedentes de Persia, lugar de donde proviene su nombre.
A medida que la conversación iba avanzando, se fue convirtiendo en un monólogo que, después de contrastar datos y acontecimientos históricos, por temor a las traiciones de mi memoria, trataré de reproducir, debido a lo interesante de la información que nos aportó aquel curioso personaje…
—Los parsis son muy respetados y conocidos en esta ciudad. En cierto modo, forman parte de su acervo cultural del que todo visitante se queda con una pequeña referencia. La causa es la curiosidad que despierta la práctica de cierta ceremonia religiosa que se lleva a cabo entre los árboles de un parque situado sobre las colinas Malabar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los barrios más elitistas de Bombay.

»Se trata de un primitivo rito que ha pervivido a lo largo de los siglos en torno a las míticas Torres del Silencio. Sobre ellas y a quince metros de altura, pervive una antigua manera de hacer desaparecer a los muertos: los cadáveres de hombres, mujeres y niños, tras ser envueltos en blancas telas de lino, son depositados sobre losas de piedra para ser expuestos a la voracidad de las aves de rapiña que sobrevuelan la frondosidad del parque. Los gigantescos buitres arrancan la carne dejándola en los huesos del esqueleto para que el sol los calcine y, tras ser pulverizados, son arrojados a los pozos habilitados en el fondo de las torres. Desde allí son impulsados por el agua corriente y arrastrados hasta el mar. La finalidad de esta extraña costumbre es hacer desaparecer los cuerpos que han acogido las almas en su tránsito por la vida sin manchar, con la impura materia en descomposición: el aire, el agua, la tierra o el fuego por su condición de sagrados para los fieles de una religión cuya deidad es Ahura Mazda: una antigua divinidad a quien ellos, a través de las enseñanzas de Zaratustra, le han dedicado una fidelidad asombrosa, pues sus ritos se han mantenido vivos a través de los siglos y especialmente en la India se ha hecho con gran pureza.
»Pero no es solo esta ceremonia y su fidelidad al pasado lo que despierta la curiosidad en torno a su Dios y en torno al personaje de Zaratustra, ya que, si quisieran ahondar un poco más allá en el conocimiento de su cultura y de su religión, se encontrarían con que es necesario descender muchos escalones en la historia del hombre para adentrarse en el extraño y desconocido mundo de la mano de los magos.

Torres del silencio -Irán-
Torres del silencio -Irán-

»Estas gentes eran los habitantes de la antigua región de Media, en el actual noroeste de Irán, que en el siglo V a. de C. y arrastrando consigo una enorme herencia cultural, que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, quedaron integrados en el imperio Aqueménida —conocido como Priemer Imperio Persa—, en donde llegaron a constituirse en su clase sacerdotal: fueron astrólogos, sanadores, conocedores del mundo de lo invisible y los poseedores de una gran sabiduría.
Fue en ese marco de antiguas y misteriosas tradiciones donde se ha encuadrado a Zaratustra, puesto que su religión ya era practicada en los tiempos de este Imperio.
—Pero… Zaratustra es más una leyenda que otra cosa, ¿no?
—Sí, tiene razón, pero solo en cuanto a su persona. Según dicen sus actuales seguidores, él nunca deseó ser objeto de culto y en torno a su identidad solo hay misterio y leyenda. Todo cuanto se ha podido decir o escribir son meras elucubraciones: pudo haber sido un persa que vivió en el siglo VII antes de nuestra era, otros sitúan su nacimiento en las actuales tierras de Azerbaiyán en fecha desconocida, pero también hay quienes afirman que llegó procedente del mítico país de los arios 1.500 o 2.000 años antes de Cristo, cuando, tras un drástico cambio climático en Aryanam Vaeja —así se llama en los antiguos escritos a ese enigmático país—, se sucedieron las grandes emigraciones de sus habitantes por las diversas regiones del mundo.
»Pero hay otras versiones que han intentado ser más precisas sobre quién pudo ser Zaratustra dándole un significado a su nombre. Quienes lo traducen como propietario de los camellos dorados han sugerido que debió tratarse de un mercader de ganado que, en sus largos viajes a través de las zonas desérticas, tuvo la oportunidad de propagar su doctrina; para otros, la traducción literal de su nombre es la de hombres de luz y consideran que se trataba de un título dado a una serie de maestros filósofos.
»Fuera cual fuera el origen remoto e incierto de este magnífico personaje, no hay nada más lejos de esa afirmación que lo considera una leyenda. Su huella es muy profunda y, de su paso por la tierra, ha quedado una obra escrita de una extensión considerable y una asombrosa profundidad espiritual: el Avesta. Este fue el primer libro que, desde la Antigüedad, ha llegado hasta nosotros y que contiene todas las fórmulas de una religión. Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del hombre, empeñado siempre en la violencia, gran parte del contenido del Avesta se perdió o se destruyó cuando Alejandro Magno conquistó las tierras del Imperio persa arrebatándoselo al rey Darío II, tras vencerle en la mítica batalla de Gaugamela. A pesar de todo, en los tiempos en que Alejandro dominó aquellas tierras y, posteriormente, en el de sus sucesores, quienes continuarían establecidos allí durante siglos, la práctica religiosa que representaba el zoroastrismo se mantuvo viva entre los persas a través de las tradiciones orales trasmitidas por su clase sacerdotal y que nos lleva a encontrarnos de nuevo con los magos. Ellos fueron quienes mantuvieron vivo el fuego de sus creencias a través del tiempo.
»Y se sabe que, en aquella época, que supuso el albor de nuestra cultura, la sabiduría que encerraba el mundo de los persas fue una obsesión para los griegos y después lo sería para los romanos. La inquietud por su conocimiento está presente entre los grandes sabios que debieron, sin duda, verse influenciados por ellos. Sus sacerdotes fueron ensalzados abiertamente, entre otros muchos, por Aristóteles, que habla de los magos en su primer libro de la filosofía y los situaba por encima de los Siete Sabios de la Antigüedad de los que, dice, les separan cinco mil años, por considerarlos la primera secta de la sabiduría. Otras veces fueron denostados: hubo autores romanos como Plinio o Plutarco que los describieron como los miembros de la casta religiosa de entre los persas y los llamaron «maldito»; tal vez por ser enemigos de Roma o por ser capaces de realizar actos en contra de las leyes de la naturaleza, por medio de ciertas prácticas o con la intervención de los espíritus.
»Y es por estas influencias y otras de índole más oscura y siniestra, que guardan estrecha relación con las antiguas maneras de concebir la religión, por las que la asimilación de Oriente por Occidente los convierte en hacedores de prodigios que escapan a la comprensión del hombre corriente y transforma sus actos en la «magia» o el «arte de lo imposible».
»Pero también, el misterio indescifrable de su naturaleza ha permanecido en la cultura occidental por otros muy distintos caminos que los sitúan en el mundo de lo mítico y sobrenatural: como hombres sabios, conocedores de los secretos de la astronomía e investidos del arte de la premonición, el Evangelio de San Mateo atrae hasta Belén a los magos de oriente para adorar a Jesús y entregarle sus ofrendas, acogiendo entre los seres extraordinarios llegados a la tierra al nuevo rey de Judea. Mientras tanto, fueron transcurriendo los siglos, el Imperio romano comenzó a tambalearse y en las tierras de Persia se sucedió una nueva era de renacimiento cultural con el advenimiento del Imperio sasánida situándonos ya en el siglo III de nuestra era. En tiempos de este —conocido como Segundo Imperio persa—, se intentó la recuperación de la identidad perdida y se ordenó la recopilación del antiguo Avesta, cuyos versos se mantuvieron vivos a través de la tradición oral practicada por los magos, que quedaron recogidos en los cánticos llamados Gathas. De nuevo, y tras un paréntesis de 600 años, la religión de Zaratustra fue instituida como la religión oficial del imperio. Mientras esto ocurría en aquellas latitudes, Europa se encerraba en sí misma, dando paso a los siglos más oscuros de su historia.
»Los sasánidas gobernaron Irán hasta la invasión musulmana que tuvo lugar entre los años 637 y 651 de la era cristiana. Nuevamente, la vieja cultura era arrollada por la fuerza. Consuela saber que los nuevos conquistadores fueron capaces de asimilar, en una sabia mezcla, la riqueza que subyacía en aquellas tierras y que contenía los vestigios de la simbiosis entre las antiguas culturas persa y helénica, dando paso a la prodigiosa cultura islámica.
»Y fue esta invasión musulmana de Persia la que provocó la huida de algunos seguidores de Zaratustra a través del océano Índico hacia el subcontinente indio.
»Todo lo que conocemos de ellos a partir de ahí es lo que nos cuentan los propios parsis en su historia de Sanjan escrita para explicar sus orígenes en la India, según la cual, en el siglo VII después de Cristo, una pequeña comunidad de seguidores de Zaratustra embarcó en el golfo Pérsico, probablemente, en busca de la libertad de conciencia, llegando a la isla de Diu en la región india de Gujarat.
»Las vicisitudes de la vida de estas gentes en ese país fueron muchas: atravesaron etapas oscuras y de pobreza, etapas de una cierta integración y otras de rechazo. Fieles a sus creencias y a sus tradiciones, sus gentes acabaron envueltas en un halo de misterio: eran conocidos como los adoradores del fuego.
»El trascurso del tiempo trajo a la India a las misiones cristianas europeas, que llegaban como consecuencia de la búsqueda de nuevas rutas marítimas y fueron adquiriendo fuerza en estas tierras, hasta el punto de intentar la conversión de los parsis, quienes tuvieron que hacer pública su doctrina para ser respetados. Con ello se desvanecieron las enigmáticas sombras sobre su culto al fuego: ellos siempre tuvieron en ese elemento el símbolo que representa las cualidades de su único Dios que para ellos es la luz y la verdad. Es en el fuego donde encuentran las virtudes que más se aproximan a su idea de la divinidad: es poderoso, brillante e inmaterial.
»Fue con la llegada de los británicos a las costas del mar de Arabia, cuando los parsis empezaron a prosperar. Se ofrecieron para ocupar los puestos de trabajo que se creaban en los asentamientos de los nuevos comerciantes y a través de su influencia se fueron situando socialmente. Hoy en día forman una de las comunidades más influyentes dentro de la India.
»Y esto es, a grandes rasgos, lo que puedo contarles sobre la procedencia de los parsis y la razón por la que arribaron a este país, a quien se le debe todo nuestro agradecimiento por haber permitido que este pequeño vestigio de una ancestral religiosidad, que en cualquier otro lugar hubiese desaparecido por la voracidad de culturas más depredadoras, haya pervivido como una valiosa joya del pasado y sea una realidad viva en el mapa de las religiones, permitiéndonos encontrar el rastro de nuestros propios pasos.
—La verdad, es sorprendente encontrarse a Zaratustra entre las gentes de hoy día como algo que está vivo. Muchos de nosotros lo creíamos un resto fosilizado en la historia del hombre. Parece que habrá que interesarse un poco más por el viejo Zaratustra.
El hombre sonrió.
—Sí, tal vez se abrirían nuevos e interesantes debates pues, están ustedes ante la persona a quien muchos consideran el primer revolucionario de la historia: el gran reformador.
—El gran reformador, ¿por qué?
—Bueno, lo cierto es que, en torno a estas cuestiones, no se pueden hacer afirmaciones tajantes, pero Zaratustra podría haber representado el paso del politeísmo al monoteísmo para un gran sector de la humanidad. Si eso fuera cierto, fue él quien marcó para siempre la cultura de Occidente, aunque la vieja Europa, durante muchos siglos, haya estado ajena a ello pues, y hemos de volver de nuevo a los parsis y a la suerte de su discreta pervivencia en la India, fueron ellos quienes hicieron posible que en el siglo XVIII un explorador francés, Anquetil Duperron, un hombre que, sin duda, debió estar impregnado de la curiosidad de las gentes de su época, en la ciudad de Surat, tuvo conocimiento de este clan religioso y consiguió hacerse con un manuscrito del Avesta para sacarlo de la India.
»El hecho tuvo lugar en el año 1762, en pleno Siglo de las Luces, que representó una época caracterizada por la inquietud en el conocimiento basado en la razón y que en tantas cosas cambiaría nuestra cultura. El hallazgo de este vestigio del pasado supuso un hito muy relevante. Fue a partir de ese momento, cuando ha sido posible el descubrimiento de todo un mundo en la esfera del pensamiento y de las antiguas filosofías con raíces tan profundas y tan desconocidas.
» Los estudios posteriores han permitido concluir que la evolución espiritual en los últimos milenios se puede seguir buscando en las huellas del dios del bien, que, con algunas variantes y dependiendo de las distintas latitudes, tienen un nombre en común: Mazda. Y es que, en sentido inverso al tiempo transcurrido, las religiones monoteístas, judía, cristiana, y musulmana obtuvieron el germen de gran parte de su filosofía en el zoroastrismo, este en el mazdeísmo, que apoyaba sus creencias en la lucha permanente entre el bien y el mal gobernando el universo y que entronca, a su vez, con la tradición hindú védica: la más antigua que se conoce en torno al conocimiento del mundo, que tiene entre sus divinidades a Asura Mazda presidiendo la pléyade de sus dioses del bien. Y fíjense en la liguera variación del nombre.
»Las ideas de Zaratustra cambiaron el concepto sobre la divinidad. Su reforma consistía en confirmar a Ahura Mazda como el único Dios. Él era el principio y el fin, el gran hacedor de la ley eterna que todo lo gobierna. Y en la relación del hombre con la divinidad, el elemento central del zoroastrismo es el énfasis en la elección moral del ser humano, a quien considera libre para elegir su propio destino y que, según su comportamiento, será premiado o castigado al morir y atravesar el puente que habrá de conducirle a la otra vida en donde será juzgado por sus actos.
»A través de los cantos litúrgicos del Avesta, se insinuaban los conceptos abstractos de cielo, infierno, juicio personal y juicio final que son el eje de las grandes religiones monoteístas. Los judíos, los cristianos y los musulmanes extrajeron de la doctrina de Zaratustra su dual concepción del bien y del mal y se formularon en torno a la existencia de un solo Dios, que pospone a un momento futuro y perdido en la magnitud del tiempo infinito, el triunfo definitivo del bien.
—Dios mío, con todo esto, ¿está usted diciendo que podría haber habido un único germen para todas las grandes religiones?
—Tal vez sí, pero esa idea es considerada por muchos como fantástica, pues llevaría a hacer pensar en la existencia de un pequeño grupo de seres humanos, en torno a un conocimiento muy elevado y una propagación posterior de ese conocimiento, que tendría una sola fuente y que nos lleva, inexorablemente, al tan traído y llevado mundo de los arios.
»Por fortuna, en el estudio de estas gentes, que nunca ha dejado de ser un reto para el hombre moderno, el tiempo va transcurriendo a nuestro favor. El desarrollo de los estudios antropológicos y arqueológicos han sacado a la luz las evidencias históricas sobre su existencia, que son muchas. Hoy se sabe que su mundo se desenvolvió en la franja geográfica de los países que se encuadran en las regiones del sur del Cáucaso y en Irán, Afganistán, Irak, Pakistán y norte de la India, lugares a los que podrían haber llegado desde un punto concreto y común, que nos es completamente desconocido, pero también su cultura podría haber surgido allí, en las tierras de cualquiera de esos actuales países, a partir de las que se extendieron hacia otros lugares en donde estuvieron sometidos a un profundo mestizaje y la supuesta raza privilegiada acabó por diluirse.
—Pero todo esto, ¿está probado?
—Sí, hay pruebas suficientes para afirmar su existencia. En los vestigios hallados en las antiguas culturas de esta amplia zona geográfica que les he mencionado, la palabr «arya», con las distintas formas lingüísticas usadas en cada región, aparece en numerosas inscripciones haciendo alusión al carácter de reyes y príncipes y con el significado de «noble» o «espiritual», de pero que no evidencian la existencia de un grupo social concreto, a quienes se les pueda atribuir su venida de otros lugares. Algo que, paradójicamente, sí ocurre aquí en la India. Pues, según se deduce de sus antiguos escritos, son los arios, llegados de tierras desconocidas, quienes están situados en la cúspide de su pirámide de las castas. Es esto lo que ha llevado a afirmar que estas gentes, en su emigración a las regiones al norte del subcontinente indio, fueron quienes trajeron consigo los Vedas.
—Me temo que seamos algo profanos en estas materias, ¿qué son los Vedas?
—Son la fuente de las religiones en la India. Y en el mundo constituyen la más antigua tradición sobre el conocimiento, ya que incluye información sobre las materias más diversas: astronomía, música, arquitectura, matemáticas o una compleja cultura sobre la salud. Todos esos conocimientos, que se encierran en ese enorme y valioso legado, fueron trasmitidos oralmente durante milenios, hasta que se recopilaron en varios tratados que, además de tantas y tantas cuestiones prácticas, contienen una sorprendente sabiduría enfocada especialmente en el dominio profundo de la conciencia y la evolución hacia la iluminación como el estado más elevado del ser humano.
»Hay quienes dicen, para justificar tan exquisito y completo desarrollo del pensamiento, que en ciertas zonas aisladas geográficamente de las regiones del norte de la India, a donde estas gentes debieron llegar, pudo encontrarse el lugar ideal para mantener ese legado de sabiduría con el que habían llegado e incluso conseguir su desarrollo y perfeccionamiento.
Tal vez el tiempo vaya aportando nuevas pruebas. Lo cierto es que con ellos, con los arios, acabó una época que pudo ser de luz, tan luminosa que sería capaz de deslumbrar si no estamos preparados para asimilarlo.
—¿Puede llegar a ser tan grave descubrir quienes eran los arios y cómo era su mundo?
—Sólo tienen que pensar que la idea de la raza superior, en pleno siglo XX, fue capaz de desencadenar la maquinaria de guerra más potente y mortífera que la humanidad ha sufrido hasta el momento presente. Todo fue la triste consecuencia de un simple error: los investigadores lingüistas europeos del siglo XIX, inspirados por el descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas, llegaron a sacar deducciones equivocadas en torno a que los pueblos que poblaban Europa eran los descendientes de ese supuesto pueblo ario. La idea de la existencia de tal raza provenía de la identificación de las lenguas avéstica y sanscrita como las parientes antiguas de las lenguas habladas en Europa. Eso les llevó a interpretar que los hablantes de esas lenguas se originaron en un determinado lugar en donde radicaba el antiguo pueblo europeo y que tenía una procedencia concreta: Escandinavia y el norte de Alemania. Y al considerar que el hombre blanco, rubio y de ojos azules era descendiente directo de aquella primitiva y privilegiada raza, superior al resto de los mortales, provocaron una locura sin precedentes de la que sabemos sus consecuencias.
—Pero, ¿cuál fue exactamente la idea que provocó esa locura que condujo a intentar exterminar una raza?
—Todo se basó en la absurda creencia de que las civilizaciones arias decaían por haberse mezclado con otras razas y por ello había que destruir lo que no fuera ario y crear una civilización nueva y pura que, en su correcto desarrollo intelectual, sería capaz de llegar a las auténticas fuentes del conocimiento.
—¿Y usted cree que llegaremos a estar preparados para no deslumbrarnos de nuevo si se avanza en los descubrimientos?
—El hombre sigue su evolución. Se trata de un lento movimiento hacia delante, lleno de errores, de traspiés que nos obliga, como dice un viejo compañero de profesión, a estar siempre danzando el patético baile de los principiantes. Seguiremos cometiendo graves y grandes errores. Pero, sin duda, vamos llegando a estadios del conocimiento más elevados. Nuestras capacidades son infinitas en muchos sentidos y en facetas que ni siquiera sospechamos. Lo que hoy es progreso y conocimiento, en solo unas décadas, puede parecer primario y esto ha de contemplarse a todos los niveles de nuestro desarrollo.
—Es esperanzador oírle hablar así.
—¿Por qué no? Para mantener la esperanza, solo hay que interpretar las señales. Sin ir más lejos, piensen un momento en la estructura social del mundo en la actualidad, algo que, debido al empuje de la tecnología y la ciencia, está cambiando a marchas forzadas: estamos inmersos, nos guste o no, en la globalización. Para nosotros, actualmente, es impensable prescindir de un determinado orden en el mundo y en el que siempre será el más poderoso quien prevalezca sobre los demás. Para esa prevalencia en la cúspide de la jerarquía, el arma utilizada es la violencia ejercida de una u otra manera. Pero, cuanto más civilizada es una sociedad, amparada o no en la existencia de un ser superior que vigila y conduce, más tiene conciencia de que la violencia engendra violencia y nos lleva a la destrucción. Egoístamente, desterrarla es un objetivo que nos fuerza en la búsqueda de nuevas fórmulas de convivencia para llegar, incluso, a prescindir de ese orden que hoy es lógico pero que puede convertirse, con el paso de los siglos, en un reparto de funciones, a tenor de los condicionamientos de cada país o de cada zona geográfica. Puede parecer una utopía, pero…, si lo piensan, no es una locura y no estamos tan lejos de ello. Es solo cuestión de tiempo.
—Para eso que usted dice, se requeriría un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Habría que romper muchas barreras de desigualdad, buscar equilibrios que parecen imposibles.
—Sin duda, pero ¿no creen que realmente haya una búsqueda de cómo hacer ese cambio? Si hoy observan a su alrededor sobre cuál es la aspiración del hombre civilizado, encontraran que, a pesar de las guerras, a pesar de las diferencias entre culturas, de esos grandes desequilibrios, las sociedades más evolucionadas van paulatinamente institucionalizando la aspiración a la paz y a la igualdad de los seres humanos, creando una conciencia común. Puede que estemos asistiendo al nacimiento de una patria que ha de ser la patria de todos: la Tierra. Con las mismas aspiraciones, forzados, si quieren verlo así, por nuestra propia pervivencia física en un universo inmenso que puede, ¿por qué no?, estar lleno de muchas otras vidas.
—Y… ¿cómo y dónde buscar ese cambio de conciencia tan radical? ¿En esos supuestos planetas de vida más avanzada que la nuestra?
—¿Por qué no? Pero no hace falta irse tan lejos y hacer viajes interplanetarios, dejemos eso para el cine. Nuestras respuestas solo se pueden encontrar en nuestro propio mundo. Aún quedan muchos caminos por explorar aquí, entre nosotros, simples habitantes de la Tierra. De estos nuevos tiempos ha de surgir una nueva filosofía, consecuencia del choque entre las corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en las distintas partes del mundo, hasta hace muy poco, sin contacto u obstinadamente enrocadas en sus ideologías y que ahora están obligados a buscar puntos de encuentro.
—Eso será una complicada tarea. Pues, ¡no ha dicho usted nada: encontrar puntos de encuentro! Más bien parece que lo que acabará triunfando es la versión pesimista de todo esto.
—No se debe mirar así el futuro. Desde que el hombre es hombre, llevado por el miedo, se ha hablado de cataclismos, de apocalipsis, de masivos exterminios, pero seguimos estando aquí y, paradójicamente, cada vez somos más y también sabemos más. Hay que seguir ahondando en lo que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar en las diversas facetas del complejo ser humano para encontrar nuevos caminos. El hombre tiene que ser algo más que un mero comerciante que navegue por los mares a la búsqueda de su máximo beneficio y del más egoísta bienestar.
»Por fortuna, todavía existen países como este que ustedes visitan ahora, tolerantes y respetuosos con todo lo desconocido, que permiten indagar en el tiempo inmemorial y en un mundo de ideas que, a los ojos de los que nos llamamos más civilizados, pueden parecer absurdas. No se dejen engañar, acaban de llegar a un país hacia donde, en la actualidad, son muchos los que vuelven la mirada para encontrar respuestas que solo el misticismo y la espiritualidad que el alma humana es capaz de desarrollar puede ayudar a encontrar. En su mundo y a su manera, en la India llevan miles de años buscando en el misterio inagotable que está implícito en la vid y a través de sus religiones predican métodos que, para nuestra cultura y hasta hace muy poco tiempo, estaban cerca del ridículo: la no violencia, la tolerancia y la auto disciplina; valores que se han convertido en la piedra angular de la ética india, de la que muchos de nosotros deberíamos aprender. Ellos conservan la ingenuidad y la capacidad de sorpresa que los occidentales hemos perdido y que, tal vez, desearíamos recuperar para abandonar la sensación de permanente insatisfacción en la que vive occidente. El hombre consultó su reloj y miró a través de los cristales que separaban el patio de los salones del hotel.
—Y ahora, siento dejarles. Tendrán que perdonarme, pero allí llega mi colega. Han cometido ustedes el error de dejarme hablar y ya ven….
Se levantó con parsimonia, sonrió y nos deseó una feliz estancia.
Lo vimos abandonar el patio y unirse a otro hombre que lo esperaba tras los cristales con los brazos extendidos. Durante unos momentos, seguimos absortos observando a aquel curioso personaje tan vivo y permanecimos en silencio como si, con su ausencia, se hubiera terminado toda posibilidad de conversar, hasta que alguien, con un comentario jocoso, nos sacó del recogimiento:
—¡Dios mío!, ¿a alguno de ustedes se le ocurrió pensar en algún momento que el viaje a la India sería un viaje a la frivolidad?
La carcajada general nos despejó definitivamente y nos levantamos para unirnos a nuestro grupo y sumergirnos en las calles de aquella sorprendente ciudad que, sobre los frágiles pilares de arena que la sostienen, representa el camino hacia la prosperidad de un país que se abre al mundo ofreciendo nuevas esperanzas, pues conserva muchos de los grandes secretos que aún nos quedan por descubrir.

Entra en el mundo lleno de fascinación de la India Aquí

Te gustaría ser parte de la Higuera Mágica suscríbete aquí.

Viaje por Asia

Aterrizo en el aeropuerto Katunayake, en Sri Lanka. Son las seis de la mañana. A pesar de tan temprana hora, el movimiento es intenso y se incrementa fuera del edificio. Cuando salgo a la calle hay grupos de niños, y menos niños, que me avasallan pretendiendo llevarme la maleta…, en un primer momento me asusto, desconozco su pretensión, aunque con cierta desconfianza, accedo y un pequeño esrilanqués, de unos 12 años, se hace cargo de mi maleta. Subo a un taxi que ha de llevarme a Colombo, 35 kilómetros de recorrido.
La carretera que nos dirige a la capital es un auténtico hervidero. Con asombro veo un gentío caminando a ambos lados, algunos transeúntes van descalzos. El colorido es llamativo. Los edificios están destartalados, en uno de ellos, de paredes blancas desconchadas, de forma cuadrada, de dos plantas de altura, con los cristales de las ventanas rotos, reza: «MATERNIDAD». Me sobrecoge la idea de que las mujeres puedan estar pariendo en tales condiciones, pero todo es llamativo, hay hombres ancianos en cuclillas sobre un mojón en el que permanecerán todo el día. El trasiego de seres humanos y animales es incesante.
Llego al hotel de cinco estrellas; reverencias, sonrisas, agasajos, pero no hay tiempo que perder, he de visitar la ciudad de Colombo para, seguidamente, salir de excursión hacia uno de los múltiples jardines de Sri Lanka. Subo al autobús que desde el hotel nos desplazará a los diferentes atractivos lugares de la trepidante isla, situada en el Golfo de Bengala.
El chófer, un cingalés de apariencia tosca, conduce hábilmente por carreteras tortuosas. A mitad del camino hacemos una parada, me ofrecen subir en una cesta a lomos de un elefante. Se abren las puertas del autobús y, de repente, un aluvión de niños aparecen pidiendo bolígrafos y otros chismes de los que carecen. Intentan subir, pero el chófer acciona el cierre de las puertas, atrapando brazos, piernas y cabezas. Atónita, grito: «Please!» El cingalés abre las puertas y todos esos niños, sin rechistar, se liberan y abandonan con total sumisión. ¿Es posible? El hábil conductor tampoco se inmuta. Los mendigos siguen pidiendo a través de los cristales de las ventanas del vehículo mientras les contemplo con angustia y desolación. Así que me olvido de la experiencia de montar en elefante y reanudamos la marcha.
Los contrastes de esta isla son enormes y paso de la aflicción a la admiración ante la exuberancia del paisaje, pero se hace difícil olvidar algunas dramáticas escenas.
Sin embargo, de regreso en el hotel, consigo borrar esas imágenes tan representativas de pobreza, suciedad, sumisión y tristeza, al percibir otro impacto, en este caso placentero, al contemplar las apetitosas viandas, tan artísticamente presentadas, que en un gran comedor son servidas por numerosos y atractivos morenos camareros, con uniformes limpios y bien planchados.
Así que me voy a la cama con la virulenta impresión de vivir un mundo diferente, impactante, multicolor y sensitivo. ¡Una jornada auténticamente inolvidable!

No menos impactante se presenta Katmandú, espectaculares edificios, templos de madera decorados con toda clase de figuras y pinturas. Con diferentes alturas en retranqueo, los katmanduanos reposan en sus aleros, sentados, tumbados, fumando o simplemente contemplando a paseantes, trabajadores, turistas, madres con sus hijos a la espalda. Mujeres de grandes ojos negros, con una fuerza especial. Sus coloridos saris dan alegría al ambiente sórdido de vacas esqueléticas, alrededor del mercado de frutas y verduras desplegado en el suelo. Al mismo tiempo hombres desnutridos cargan con sacos enormes transportando mercancías de todo tipo. Los niños semidesnudos y descalzos juegan a la pelota y acosan a los turistas al pedir unas monedas, caramelos o cualquier otro elemento; lo mismo da, ya que ellos carecen de todo. Sus ojos pintados te penetran tratando de mover tus sentimientos y conseguir tu concesión al mover tu conciencia.
La sensación de desconcierto, de incomprensión; cómo pueden vivir en semejante caos, animales, alimentos, tanto infantes como adultos. Unos en movimiento otros en pausa, contemplando el devenir de todo aqu
el murmullo de color, tanta variedad acumulada.
Se percibe la inmundicia por doquier, incluso sientes que te atrapa, se te adhiere a tus ropas
y a tu piel, deseas purificarte, desprenderte de toda esa suciedad, al tiempo que admiras las imágenes que llegan a tu retina tan poco habituales en tu cultura, esa mezcla de personajes, de colores vivos, brillantes, ojos profundos, hipnóticos. Tu cerebro se deja llevar de un lado al otro, sin poder asimilar tanto contraste.
S
í, un contraste descomunal cuando llegas a un hotel de lujo y esos hombres y mujeres que tienen unas vidas en condiciones tan precarias, con salarios irrisorios, sirven a esos turistas deseosos de descansar en esas camas confortables, disfrutar de una ducha caliente, usando esas toallas, albornoces, zapatillas, tan limpios, oliendo a suavizante, cuando ellos en sus casas o chozas no tienen ni agua corriente. Sin embargo, su dignidad es tal que con sus uniformes y turbantes parecen príncipes, sirviendo el apetitoso aperitivo, con tanta elegancia, en la relajante y depurada piscina, al turista complacido, a quien tan arduo le resultará volver a la realidad de ahí afuera, con toda su dureza, a pesar de lo bello que es todo.

Continuamos  admirando la belleza de la India, nos trasladamos a Jaipur, con su Palacio de los Vientos, edificio espectacular de ladrillo rosa, característico de la arquitectura de la ciudad.

Viaje por Asia
Archivo de CAA

No pueden faltar las compras de tejidos y de joyería de plata en las numerosas tiendas que se encuentran justo enfrente de tan emblemático edificio, con sus dependientes a la puerta buscando clientes y abordando a los turistas que pasan por delante.
Es difícil evadir a estos profesionales de la venta que chapurrean cualquier idioma, incluso conocen la idiosincrasia de los visitantes acoplando sus artes y estrategias a la cultura del país de donde proceden, así que allí estaba Panda, un guapo y simpático indio tirando la caña, intentando venderte sus bonitas joyas y, yendo más allá, coqueteando con la incauta clienta a la que no le disgusta, por lo que entablan conversación acordando verse a la caída del sol, cuando Panda cierra la tienda y queda libre para verse en el hotel con la extranjera.
La turista espera a Panda en el
recibidor del Gran Hotel pero a Panda no le permiten el acceso, a los parias les está prohibido entrar en los hoteles y lugares elegantes donde se encuentran los visitantes de la India. Sin embargo, autorizan sin dificultad su entrada atendiendo la solicitud de la turista y así acceden al bar a tomar una copa, entablando una amistad que duraría unos años a través de correspondencia en lengua inglesa, hasta que Panda le cuenta que piensa visitar Madrid, y es cuando la turista decide no contestar a la misiva con la noticia de la visita. Y aquí acaba este exótico romance asiático europeo. Sin olvidar que la imagen grabada en su mente sobre la visita a la exótica India quedará para siempre como la experiencia más exclusiva de toda su larga historia de viajera. Extraordinarios e inolvidables recuerdos.
CAA XII 2020

 

Cristina es una incansable viajera. Si quieres seguir leyendo sus impresiones, síguela Aquí

 

La telaraña

Es la telaraña una obra de arte, aparentemente tan delicada y ligera, sin embargo, vuela y se desplaza atrapando y apresando todo lo que encuentra a su paso, persistiendo en su enredo.

Es la araña la artista que pacientemente va entrelazando sus hilos, con gran meticulosidad y paciencia, sin inmutarse, esperando a esa presa que se posará en su obra, tan atractiva y relajante, no necesita viajar buscando las habichuelas.

Ella solo tiene que esperar tejiendo, como Penélope, hora tras hora y aunque mañana le destruyeran su artístico trabajo, empezaría de nuevo y así una detrás de otra, día tras día, incansable y tozuda.

Así es como el ser humano se enreda en las telarañas de los conflictos personales.

Son Pancho y Rufo dos hermanos siempre juntos, pendiente uno del otro, incansables y persistentes, tejen su telaraña para atrapar al otro. De modo que tienen que estar alerta, no pueden descuidarse, siempre tramando alguna treta.

A Pancho le gusta la Naturaleza, corre junto al río visionando todo tipo de animales.

Rufo sueña, sueña con el colorido del bosque, recoge las florecillas salvajes y hace ramos, centros y decoraciones que regala a las vecinas y es recibido con toda alegría y le compensan con manjares apetitosos que luego comparte con su hermano Pancho, quien no tiene tiempo para otra cosa que escuchar los trinos de los pajarillos y contemplar los pececillos saltando en el río, donde espera que Rufo le lleve el maná que las vecinas han cocinado con todo el cariño en respuesta a los floridos ramos que Rufo colecciona y les ofrece.

Pero hubo un día en que Rufo no apareció en el río y Pancho se quedó dormido escuchando el sonido del agua circulando entre las piedras y los cantos lanzados al aire por las aves.

Llegó la noche, Pancho se despertó en medio de la oscuridad y corrió hasta su casa, esperando reunirse con Rufo, pero Rufo no estaba en casa.

Un temblor incontrolado batía su cuerpo, en cierta medida por el frío que le había penetrado hasta los huesos y la preocupación por no saber qué le podía haber ocurrido a su hermano Rufo.

Pancho empezó a dar vueltas, de un lado para otro, con los nervios a flor de piel. Bajó al río, subió a la cima y no había ni rastro de Rufo.

Desolado volvía a su casa para al día siguiente comenzar nuevamente la búsqueda, a la que se había unido todo el pueblo.

Tras tres días de su desaparición, encontraron a Rufo junto al árbol más viejo de la Comarca, atrapado en la telaraña de la araña blanca.

Archivo particular CAA

Todos participaron en el rescate de Rufo que se encontraba atolondrado y muy débil, tras tres días inmóvil y sin alimento que llevarse a la boca más que las gotas de agua de la lluvia que hizo su aparición esa misma mañana.

Hubo una explosión de alegría y todas las mujeres comenzaron a bailar una danza especial de recibimiento por haber encontrado a su florista sano y salvo.

Sin embargo Pacho se sintió triste ya que él pasó totalmente desapercibido y todos los elogios y afectos se centraban en Rufo.

– Qué te pasa hermano. ¿No te alegras de haberme encontrado?

– Por supuesto, estoy muy contento pero he estado muy triste sin saber dónde te encontrabas.

Toda la comitiva inició el camino de regreso a casa para celebrar la buena nueva de la aparición del hermano ausente.

Rufo les contó cómo había caído en la trampa de la araña blanca. Y es que le atrajo una preciosa mariquita que se posaba en la artística tela, sin percatarse de que la araña blanca se encontraba extendiendo su trampa, alargando su hilo hasta enredarse en la manga del jersey de Rufo, mientras que éste distraído con la mariquita que agitaba sus alas, sin poder desprenderse de la telaraña, hasta que se encontró enredado y atado al grueso tronco, sin poderse desprender.

Paciente esperaba que alguien pasara y pudiera rescatarle, pero no hubo suerte, así que trató de relajarse y aguantar, observando todo el paisaje maravilloso que tenía a su alrededor, olvidándose de su precaria situación.

Su mente trabajaba recordando todos aquellos momentos tan felices cuando sus padres vivían y ordeñaban las vacas y las cabras, para luego llevar la leche en las lecheras metálicas a repartir en la ciudad, mientras Pancho y Rufo iban montados a lomos de Platero, el burro tuerto.

Estaba en estos recuerdos cuando a su lado pasó un ratoncito que husmeó a su alrededor pero rápido salió corriendo cuando una liebre intentó cazarlo.

Durante las noches que pasó atrapado en la telaraña le visitaban un búho y una lechuza quienes conversaban incansablemente

con sus sonidos estridentes, así que le costaba dormirse y no lo hacía hasta la madrugada cuando amanecía y dejaban su rama nocturna y volaban a su hábitat diurno.

Las fantasías que evocaba Rufo le permitieron evadirse de su penosa situación y aguantar, hasta que de repente aquel día escuchó las voces de sus vecinas gritando:

Rufo, Rufo,

Nunca perdió la esperanza y se llenó de alegría al escuchar voces amigas y poder salir de aquella trampa.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

CAAXI2020

 

¿Quieres conocer mas sobre los cuentos de Fantasía de la Higuera Mágica? Ingresa aquí