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Vivir en la higuera

En Palmira

De cómo una atrevida y osada turista occidental habría de ser rescatada por la policía secreta de Siria, a quien puso en jaque, cuando visitaba las ruinas de Palmira durante su viaje por ese país soberano del Medio Oriente, tristemente sumido en una terrible guerra civil hace ya nueve años.

Archivo personal C.A.

Los misterios de Agatha Christie eran sus lecturas preferidas, pero lo que le atraía era el Oriente con su exotismo. Conoció las historias de la condesa aventurera, Marga D´Andurain, quien se casó con un beduino e incluso se convirtió al islam. Soñaba con aventuras en el desierto, acampando en jaimas lujosas con sirvientes dispuestos a sus caprichos y demandas. Imaginaba un harén de hombres, beduinos jóvenes de ojos profundos y negros, única parte de la cara que dejan ver sus turbantes, cubierto el resto y ocultando igualmente sus robustos cuerpos bajo sus chilabas, largas y anchas túnicas. Hombres fuertes, de brazos cálidos, acogedores, reconfortantes. Dormir en la misma cama donde lo habría hecho la famosa escritora, quien pasaba temporadas trabajando en sus misterios, le excitaba de manera extraordinaria e imaginaba intrigas que ocurrirían en el hotel Zenobia de Palmira, a sabiendas de que, en sus tiempos, lo regentaba la condesa francesa con su esposo europeo.
Asimismo sabía que la famosa escritora de intrigas y asesinatos conoció en el desierto de la Ruta de la Seda a un famoso arqueólogo, con quien también contrajo matrimonio. Su mente recorría los viajes de Marco Polo trayendo y llevando todos esos maravillosos tejidos, brillantes y suaves que adornaban los sensuales cuerpos de las mujeres orientales más pudientes, atrayendo las miradas de esos ojos profundos, sensuales y libidinosos de los hombres del desierto.
Su visión recorría las dunas de arena de color dorado, cambiantes en sus formas, con un sol abrasador durante el día y de bajas y heladoras temperaturas durante la noche, percibiendo el calor de los brazos del fogoso y apasionado amante que la llevaría a vivir nuevas y mágicas culturas.
La imaginación se le desbordó cuando al pie de las ruinas del Templo Bel, un guapo y joven beduino le ofrecía un paseo en camello sobre el que el apuesto sirio descansaba a la espera de conseguir un turista que aceptara su oferta a cambio de algunas monedas.
La osada y fantasiosa turista sucumbió ante las maneras del camellero, soñando regresar a los tiempos lejanos del Imperio de Palmira y de la Reina Zenobia, a lomos de un camello gobernado por un fiel siervo, en busca quizá de un faquir o un sabio y portentoso jefe de los desiertos, emulando a sus aventureras heroínas.
Ante la expectación del resto, la osada turista alcanzó el lomo del camello, ayudada por el joven y guapo camellero e invitando a uno de los presentes a acompañarla en el paseo.

No duró su fantasía, rápidamente tuvo que descender a la realidad porque, ante su sorprendida vista y con movimientos apresurados, descendieron de un Land Rover cuatro hombres vestidos de paisano y con chaquetas marrones atrapando al joven por un brazo y bajándole los pantalones para evitar su huida, que no fue óbice porque el joven camellero, supuestamente experimentado en situaciones de desacato, salió corriendo colina arriba, dejando al camello y sus jinetes al albur de la reacción del pacífico animal. 

La escena que siguió al suceso era de lo más estrambótica, el dueño del camello gritaba en árabe, en  arameo o vaya usted a saber en qué idioma. Los hombres de las chaquetas marrones trataban de que el animal doblara las patas delanteras para poder liberar a los turistas y bajar de las alturas de la joroba; para lograrlo, con un palo, fustigaban al camello que, ignorante de toda la movida, con sus inquietos movimientos provocaba el terror de los que estaban encaramados que temían que el animal se encabritara y echara a correr sin control, obedeciendo a la supuesta llamada de su amo que no cesaba en sus gritos.
La expectación era tensa, el guía que acompañaba al grupo de turistas, al que pertenecía la aventurera, temeroso de que pudiera ocurrir un incidente, observaba atentamente, mientras se tomaban las mejores instantáneas desde las cámaras fotográficas de los allí presentes.
Finalmente, los de la secreta consiguieron acercar al camello hasta una de las monumentales y múltiples piedras de los restos de ruinas históricas. Esto permitió a los jinetes descender sobre la histórica ruina, ayudados por un musculoso policía en camiseta, evitando así un temido percance, como al parecer había ocurrido el día anterior en semejante situación. De ahí la preocupación del guía y, por supuesto, de la policía.
Tras la visita de las impactantes ruinas, Patrimonio de la Humanidad desde 1980 y, ya a pie, hizo aparición el joven del turbante, dueño del camello ignorante de su protagonismo, ofreciendo las explicaciones pertinentes para ganarse así una compensación económica a su ajetreado y corto servicio.
La turista le hizo entrega de una generosa cantidad, dejando muy satisfecho al desenfadado sirio y quedando así zanjado este curioso episodio, que dio lugar a toda clase de divertidos y jocosos comentarios, amenizando así el resto del viaje.
Sin embargo, no acabó ahí la presencia del camellero, quien volvió a hacer su aparición al día siguiente en el particular hotel Zenobia Cham Palace de la bella Palmira, ciudad clave en la Ruta de la Seda que en la Antigüedad unía Oriente y Occidente y que, al parecer, albergaba el único oasis natural del desierto sirio. Montado en su camello, con porte majestuoso, se dirigió hacia el Zenobia para despedirse de la turista que había dejado un especial impacto en su todavía escasa vida de comerciante avispado. Al encontrarse, en primer lugar, con el caballero que acompañó en la cabalgadura a la turista, le preguntó por «su señora», a lo que el acompañante, siguiendo la presunción del visitante, desconocedor de la relación, mejor dicho, de la no relación existente entre los jinetes, avisaba a la compañera de viaje, quien se vio gratamente sorprendida y halagada por la deferencia del comerciante sirio.
Así fue como la osada turista finalmente tuvo que asumir que fracasaba en sus sueños de reyes beduinos y harén masculino con siervos y esclavos asumiendo que el turista, compañero de viaje, en chándal por cierto, era, por el momento, su máxima posible aspiración.
A veces, los sueños no se convierten en realidad, pero soñar es imprescindible porque, en ocasiones, la realidad es muy dura y no hay duda, hay sueños realizables.

Era el amor

Irene colgó el teléfono y caminó pensativa hacia su cuarto. En otro tiempo aquella llamada la hubiese hecho saltar del sillón descorchando nuevamente la botella donde estaban contenidos todos sus sueños. Hoy se alejó del auricular con cierta amargura, Luis era la otra mitad de sí misma. Ella lo supo siempre, y lo supo con esa certeza que da la sensación de paz que llena tu corazón cuando estás con esa persona, pero después de más de tres años de conocerlo, de unos primeros encuentros apasionados y sinceros  surgieron los primeros atisbos de compromiso, y Luis retrocedió instintivamente hacia una postura inamovible con el deseo de no perder su libertad, en una modernidad inconformista que no le permitía encuadrarse en los cánones clásicos que la relación con Irene, sin ella pretenderlo, suponía para él.

Archivo LHM

Al día siguiente, era una tarde de finales de invierno, Irene, con la cara iluminada por el sol, esperaba en la puerta de su edificio la llegada de Luis. Vestía una falda gris con una chaqueta de pata de gallo haciendo juego, las botas altas y negras le daban un aspecto excesivamente formal para su gusto, que solía vestir  simples vaqueros y amplios y cómodos jerseys. La verdad es que había querido darle importancia a aquella tarde pero, una vez en la puerta de la casa, mientras esperaba la llegada de su amigo, se arrepintió de haberse preocupado demasiado de su atuendo, no dejaba de sentirse tiesa e incómoda.

–Caramba, nenita, pareces toda una mujer –le dijo divertido Luis mientras aproximaba su cara a la de Irene para besarla.

–Pero no me mires así, parece que te doy miedo. ¿Te apetece un paseo por el Retiro? Hace una tarde bonita.

–Sí, hoy no hace frío. Tal vez podamos sentarnos en alguna terraza al aire libre.

Luis se sorprendió, había en la actitud de Irene una casi imperceptible tirantez que no recordaba en ella. 

Él era un hombre atractivo, muy atractivo, con una  delicadeza en sus ademanes que cautivaba a las mujeres nada más conocerle y ello le permitía ser, a veces, excesivamente espontáneo sin miedo a herirlas con su forma de tratarlas. Por eso, a penas pudo soltar las manos del volante al parar frente a un semáforo en rojo, se permitió coger la barbilla de Irene y, obligándola a mirarle a los ojos, le preguntó:

–¿Realmente eres otra persona? ¿Tu amenaza de ayer era verdad? ¿Qué te ha pasado? No soportaría encontrar en ti una persona distinta a la que quiero encontrar. Tú eres un pequeño tesoro que guardo dentro de mi corazón y que a veces necesito buscar para contemplarlo y acariciarlo.

–Y dejarlo después en el fondo de tu corazón otra vez y olvidarte de ese pequeño tesoro. –Irene había continuado como si sus palabras fueran la continuación de las palabras de Luis–. Pero ese pequeño tesoro está hecho de fibra sensible, no de metal, y siente. ¿Habías pensado en ello?

–Dejemos esta conversación para después. 

Luis, sorprendido nuevamente, volvió a ocuparse del volante, el semáforo en verde les permitió continuar a través de las calles atestadas de tráfico a aquellas horas y en silencio se encaminaron hacia el Retiro. Luis aparcó su coche cerca de la entrada y salió rápidamente para abrir la puerta de Irene, que sin estar acostumbrada a esos detalles caballerescos, ya había descendido sin ayuda.

–Eres sorprendente –le dijo con cierta burla–. Avísame de que vas a hacer algo así, me encanta realmente sentirme alguna vez como una auténtica princesa.

–Eres una princesa. –Luis la miró, dando un repaso al atuendo que llevaba Irene aprobándolo con la mirada.

Ella no pudo contener la risa, toda la tirantez que le producían su falda y su chaqueta desapareció por encanto, y se sintió, como tantas otras veces que él repetía ese gesto, la mujer más guapa del mundo.

–Sabes realmente como hacerme reír –exclamó divertida.

Caminaron durante unos minutos por los solitarios paseos cerca del Palacio de Cristal, hablaron de cosas intrascendentes. Era evidente que Luis no estaba dispuesto a sentirse de nuevo caminando sobre arenas movedizas. Se dirigieron hacia un kiosko que extendía sus mesas en una pequeña explanada. Se sentaron uno frente a otro.

–¿Te apetece tomar café o…?

–Un café estará bien. Pero cuéntame, ¿dónde has estado últimamente? –le preguntó Irene mientras buscaba un sitio apropiado para colocar su bolso.

–Ayer volví del Pirineo. He estado esquiando unos días.

–Ya. Qué suerte, ¿con tu grupo de siempre?

–No, estuve solo. Me cogí unos días en la empresa y me marché. Allí conozco gente y a veces es bueno cambiar de ambiente. Sienta bien.

–Claro, cuando pienso en ti siempre te veo rodeado de gente. —Irene se interrumpió mirando con detenimiento la cara de Luis–. Tienes todavía restos de quemaduras en la cara, ¿son del sol?

–Sí, ha hecho un tiempo increíble y me quemé la piel de la cara y de las manos como un novato –Luis contestó indiferente haciendo un gesto con la mano indicando que no tenía importancia.

–¿Sabes una cosa, Irene? Me encantaría irme de Madrid definitivamente. Estoy cansado de esta ciudad llena de tráfico y prisas. Nunca hay tiempo para nada, es agobiante. La lástima es que mi trabajo está aquí…

–Sí, a mi también me cansa esta gran ciudad en la que nunca te encuentras con nadie. Aquí te puedes sentir intensamente sola y a nadie le importa.

–¿Te sientes sola?

–Sí, me siento muy sola y perdida en Madrid.

–¿Vendrías conmigo?

–¿A dónde, Luis?

–Conmigo, simplemente.

–No.

La respuesta de ella fue categórica. Se volvió hacia Luis esperando una pregunta que le permitiera continuar, deseaba responderle con valentía sobre las miles de razones por las cuales no se iría con él para que Luis la convenciera de lo contrario. Le hablaría del abandono que sentía, de su imperdonable olvido, de la necesidad de su cercanía para tener un hombro sobre el que apoyarse cuando sentía, y ahora más que nunca, ganas de llorar, de su soledad. Le había amado con locura, le amaba todavía  con locura. Con un solo gesto de él, ella podría dejar caer sus brazos sobre el terciopelo de su cuello y masticar el aroma tibio de su cuerpo bronceado y abandonarse en la calidez de sus brazos. Pero Luis no preguntó nada. Encajó la respuesta y por un momento permaneció callado.

–Te ha ocurrido algo serio últimamente —dijo Irene.

–Tal vez. No lo sé. Posiblemente estos días que he pasado solo he pensado en ti sin proponérmelo. Si hubieras estado conmigo… no sé. Pero hoy cuando te he visto me he dado cuenta de cuánto me estoy perdiendo sin ti.

El corazón de Irene latía fuertemente. Las palabras de Luis le indicaba un camino a seguir. La certeza de que él también la amaba se hizo más patente que nunca, pero no encontraba la manera de conectar. Él no entraba en su juego y ella no sabía conectar con el suyo. Intentó deslizarse por aquel camino que Luis parecía querer abrir y le preguntó tímidamente.

–¿Sin mí?

–Sí, Irene, sin ti. Ya te lo he dicho y tú lo sabes. Hace ya un tiempo que nos conocemos, eres mi pequeño tesoro. Aquello con lo que sueño cuando todo me ha defraudado, cuando estoy harto y cansado de todo. Entonces, allí, como una esperanza, estás tú, una luz al fondo del camino hacia la que me dirijo y que me sirve de guía.

–Y yo estoy allí, siempre he estado allí —contestó Irene con voz decepcionada.

–Siempre has estado allí, es cierto, pero inamovible, con un no por respuesta también siempre, como ahora. Eres demasiado rígida, demasiado segura de lo que quieres y a la vez demasiado inalcanzable y misteriosa para mí.

–Te equivocas, pero tú mismo lo has dicho, giras la cabeza hacia mí cuando estás harto de todo, cuando estás defraudado de todos, cuando todo pierde su sentido porque tienes tantas cosas en las que fijar tu atención, en las que deshacerte cada día. Buscas en demasiados sitios a la vez cuando en realidad no sabes lo que buscas, y yo soy más simple que todo eso: solo quiero compañía, seguridad, solo quiero ir de la mano cada tarde y compartir mi escaso mundo con alguien.

Irene calló por un instante. Sentía que ella misma marcaba la distancia entre los dos, una distancia insalvable. Pero no podía callar esta vez. Su corazón se desgarraba mientras iba expresando sus sentimientos. Sabía que estaba poniendo punto y final a una historia de la que nunca querría salir, pero continuó sin poder contenerse.

–Creo que tú y yo nunca podremos estar en el mismo camino. No te puedo seguir en tus viajes, tus salidas nocturnas, tus arriesgados deportes, tus ansias de aventura. Mi vida no va por esos derroteros y no puedo cambiarla, tampoco quiero sentarme  a esperar que te canses de todo. Hoy pareces no entender la vida sin mí, pero mañana recibirás cualquier llamada y habrás olvidado que tus palabras hacen crecer en mí unas esperanzas que nunca llegan a hacerse realidad. Yo me siento cada día llena de pequeñas sensaciones  que compartir y no puedo esperar más, el tiempo me apremia, ahora solo puedo dedicarme a algo: a olvidarme de ti, a encontrar un camino distinto del tuyo. No quiero volver a esperar tus llamadas, los caprichos de tu corazón. Quiero que aceptes un no para siempre y que me olvides. Estoy segura de que encontrarás otra luz al fondo del camino para poder seguirla, eres un hombre de recursos.

Luis escuchaba perplejo, sorprendido por la profundidad de sus sentimientos, sintió vergonzosamente su egoísmo como la causa de la  estupidez de dejar escapar a una mujer así a la que amaba como a nadie, con quien era capaz de sentirse, sencillamente, él mismo. Sabía que ese encuentro se produce solo una vez en la vida, pero no esperaba la decisión, el desgarro, la sincera seguridad con la que Irene hablaba, y sentado junto a ella, huyendo de su mirada la oía en el fondo de su mente martilleando en sus oídos las palabras de despedida que no quería oír, siempre entre ellos había intuido algo eterno y nunca pensó en perderla definitivamente. Contempló los árboles del parque frente a sí, que tímidamente empezaban a reverdecer, y una profunda tristeza se apoderó de él. Una ráfaga de viento fresco acarició su cara e instintivamente se volvió hacia Irene con el deseo de protegerla, pero la mirada decidida de ella le hizo entender que aquella muchachita que había conocido por casualidad, con una vida tan distinta a la suya, siempre enfrascada en sus libros y sus estudios, estaba muy lejos de necesitar aquella protección que él podría brindarle.

–Nenita –la interrumpió con un tono de voz que indicaba cansancio– no sigas hablando, me haces sentir viejo y triste.

Irene se interrumpió y le miró con pena, efectivamente le pareció triste, despertó su ternura y sin poder evitarlo cogió su cara entre las manos haciendo que le mirara a los ojos y le dijo con calma:

–Dios mío, no sé que hubiese dado por despertarte de este letargo. Te quiero tanto.

Los dos permanecieron en silencio durante unos minutos, contemplándose con la tristeza y la certeza de que el destino caprichoso se había empeñado en no querer dejar que se encontraran nunca.

–Llévame a casa, por favor, se me ha hecho tarde. 

Luis se levantó en silencio, pago la cuenta al camarero y ambos se dirigieron hacia el coche ensimismados cada uno en sus propios pensamientos. Los minutos que tardaron en llegar a la casa de Irene fueron muy cortos, ambos esperaban un instante mágico que lo transformara todo, pero llegaron al portal de Irene y esta, con un nudo en la garganta, susurró en el oído de Luis mientras se aproximaba para darle un beso de despedida:

–Adiós, Luis, te deseo lo mejor del mundo.

–Irene, siempre estaré cuando tú quieras que esté –le dijo mientras veía cómo ella buscaba la manecilla de la puerta para abrir y salir.

—No, Luis, no lo hagas. Voy a olvidarte.

 

El abuelo

Georges M. Colección particular

Mentira parece y es cierto,
navegando sin descanso,
cruzas tierras, pasas mares,
climas duros, tiempo manso,
miras atrás y te asustas
la estela que vas dejando.

Cuántas vicisitudes
y avatares alternando
días de luz y de sol,
días fríos y nublados.
La vida es alternativa
de alegrías y trabajos.

En familia numerosa
junto a hermanos diligentes
unos feos y otros guapos
con unos padres abuelos
que dirigen como santos.
El ruido, la algarabía
de tan atrevidos pájaros.

Los estudios, el fútbol,
ilusiones, el amor,

una ondarresa, el flechazo
y entre bromas y alegrías,
miren que le sale al paso.

En plenitud de belleza
con estilo soberano
y conquista decidida,
llena de gracia y de garbo
al jugador del Arenas
futbolista y abogado.

Vaya Señora, señores,
ríanse de las de ahora
y los peces de colores.

Y entre bromas y alegrías.
días felices de antaño,
Dios bendice nuestro hogar
con hijos y nietos majos
todos bastante chuletas
algunos de campeonato.

Arquitectura abundante, computadoras, marketing, ordenadores, secretarias, medicina, ingeniería, economía, Derecho, decoración.
Cuánta ciencia y arte acumulados.
Con nave tan recia y fuerte no te asusta ni la muerte.

La adversidad es pasajera como también la bonanza,
estás temiendo lo peor y luego no pasa nada.
Bien unidos como siempre.
Cuántas pruebas bien expresivas de los altos valores humanos que todos poseéis en abundancia.

La ayuda en momentos difíciles de toda índole,
materiales y espirituales
con alto nivel de solidaridad
llena de valor y eficacia nunca regateada.

Os hemos visto con mano abierta y generosa hasta el sacrificio.
Gestos y vivencias que nunca se olvidan.

Qué hermosa Autonomía integrada por las de León, Asturias, Canarias, Vizcaya, Salamanca.

Feliz el que domina el egoísmo.

Qué hermoso crucero de ochenta años y qué hermosa estela en la que vemos brillar pequeños pececillos que nadan hoy en las aguas tibias de Torrevieja, con buenos tragos de agua salada a ratos y otros peces más grandes, delfines brillantes que saltan poderosos sobre las olas, algunos casi tiburones, sobre todo, cuando arrollan con el windsurf, tragándose las orillas y la arena de la playa para caer extenuados el resto de la tarde.
Y aún quedan otros todavía en los mares más alborotados del Cantábrico o de excursión por Europa o por tierras de Aravaca.

Y no puede faltar el recuerdo del golf en el que todos se creen el primero y ni Jacobo ni Ballesteros.

Porque si aprieto
con mi nave viento en popa
tengo una copa por nieto
y un nieto por cada copa.

¡Que Dios bendiga a todos en esta nueva andadura!

El gato de doña Aurora

Nadie, nadie, recordaría ya la existencia de este gato si no fuera porque su dueña era la comadrona del pueblo en el que nací, y que a mí, con el tiempo, me ha dado por escribir.

Pero para saber todo lo que se refiere a esta historia habría que remontarse mucho tiempo atrás, cuando la dueña del gato llegó a mi pueblo.

En su juventud había sido una hija de buena familia, en un pueblo de mar por las tierras de Valencia. Allí debía vivir una vida acomodada pero tuvo la desdicha de quedarse embarazada.

Archivo de LHM

En la época de la que estoy hablando, aquello era un asunto muy grave; un asunto en el que estaba en juego la honra de la familia, y un suceso así era la causa de la expulsión de la casa en la que se había nacido, como en este caso sucedió. Porque, a la pobre muchacha, cuando le preguntaron el nombre del padre —para solucionarlo como se hacía antes: con la boda—, Aurora no tuvo respuesta. Y es que ella tampoco sabía el nombre. El padre de la criatura había sido un viajante de comercio que pasaba por el pueblo con el que se había encontrado en el atardecer de un lunes del mes septiembre, en el zaguán de una vieja casa abandonada en donde los dos, sin conocerse de nada, fueron a refugiarse del fragor de una ruidosa tormenta de verano. La tormenta pasó sobre ellos entre truenos y relámpagos que asustaron a Aurora hasta el punto de echarse en los brazos del joven desconocido. Las nubes se fueron alejando en el horizonte mientras el sol se escondía lentamente al otro lado del mar dejando rastros inverosímiles ante su mirada. Los dos eran jóvenes, sensibles a la belleza y ocurrió que ella se abandonó al sofocante calor entre los brazos de aquel hombre moreno y resuelto.

Y esa fue la causa por la que, de la noche a la mañana, Aurora, ante la indiferencia de una madrastra egoísta y mal encarada se encontrara en la calle.

Sin saber qué hacer, llamó a la puerta de su abuela que se apiadó de ella y la acogió en su casa hasta que nació la pequeña. La buena mujer había sido comadrona y en esos meses enseñó el oficio a su nieta para que pudiera ganarse la vida. Cuando llegó la hora del parto, Aurora ya sabía como era todo, tuvo a su pequeña a la que puso su mismo nombre —tal vez para darse a sí misma una nueva oportunidad— y con el dinero que pudo darle la abuela, y con la niña entre los brazos cogió un tren hacia el interior de España.

Pasó por Madrid pero, sin dinero y sin relaciones, le resultó una ciudad demasiado grande e inhóspita para abrirse camino ella sola; después de un par de años de penalidades y miserias, alguien le habló de un pueblo, no muy lejano, en donde había muerto la comadrona.

Así fue como Aurora llegó al pueblo en el que nací. Alquiló una casita en la calle del Agua y dejó correr la voz de que era comadrona. Para hacerse respetar se colocó el “doña” delante del nombre y a partir de ese momento ya fue siempre y para todo el mundo, doña Aurora.

El primer parto al que asistió fue el de una campesina de escasos recursos, cuando acabó de limpiar al recién nacido en una palangana desconchada, recogió su material con la intención de cobrar por sus servicios y marcharse, su sorpresa fue que el padre de la nueva criatura, con sonrisa de compromiso y en la misma puerta en la que ella esperaba que le pagaran sus dos pesetas, le puso en las manos una bolita de seda blanca que resultó ser un gatito recién nacido. Y ella, mujer levantina y, por lo tanto supersticiosa, pensó que no podía despreciar a un ser vivo como pago de su primer trabajo y que bien podría ser un buen augurio para su futuro, después de todo, su trabajo era traer seres al mundo. Y se quedó con el gato al que llamaron Bufón, quien se convirtió en el testigo de sus silencios más amargos y en el juguete de su hija Aurorina.

Años después, yo nací entre las manos de esa mujer.

Y nací en ese pueblo de tierras llanas y calles polvorientas. Mi Madre, mujer educada y de gustos refinados a quien le gustaba disfrutar de la compañía de la gente, después de su primer parto, había depositado en doña Aurora su confianza y la buena mujer encontró en mi casa conversación, buen trato y refugio para su Aurorina, que cuando su madre tenía que salir de improviso o a horas intempestivas para atender algún parto, la mandaba a mi casa a hacer compañía a la niñera, con la ilusión de que empezara a ganarse la vida y se convirtiera en mi niñera y así ocurrió. Era muy jovencita por aquel entonces, pero resultó ser responsable y cuidadosa conmigo. La recuerdo vagamente como una muchacha risueña y alegre, pero a quien sí recuerdo a pesar de mis pocos años es a su madre. Todas las mañanas se la veía atravesar la plaza en dirección a la carnicería para comprar las vísceras del cordero con las que alimentaba a su gato. Todavía puedo describirla: era bajita, con las caderas anchas y los tobillos estrechos, se peinaba con un moño italiano que doblegaba su melena rubia teñida de canas. Tenía la piel muy pálida, los ojos claros y las manos delicadas. Su mayor aliado en la vida debió ser su abanico, lo blandía a diario, moviéndolo de un lado a otro con energía. Daba igual que fuera invierno o verano, aquel abanico era una prolongación de su brazo que, como una espada, espantaba moscas o achicaba los olores malditos de un pueblo que, harto de confiar en la agricultura, había empezado a transformarse en un pueblo ganadero. En un lugar como aquel, tan austero, tan seco y amarillo, huérfano de mares, la silueta delicada de aquella mujer siempre fue una nota discordante.

Pero todos fuimos creciendo, incluso el gato con quien aprendimos a convivir, aunque hablar de él no es fácil y es que la vida de los gatos es una vida muy seria, son como vigilantes de todo, que en nada se involucran ni se mezclan con nadie. Sencillamente… pasan. Sí, porque los gatos siempre pasan y si eres tú quien les alimenta se te aproximan cuando más tranquilo estás y sin exigencias pero con persistencia se arriman a tu espalda o a tus piernas mientras te sientas y fingen dormir, como si nada les importara, solo sentir el calorcito de tu cuerpo para que les trasmitas vida y no te olvides de que ellos están ahí.

Durante bastantes años el trabajo de comadrona para doña Aurora fue muy agradecido, las mujeres podían dar a luz en las casas con la asistencia de aquella sabia mujer, avezada y diestra en las lides de atender a las sufridas campesinas, y así doña Aurora gozaba de una vida tranquila y acomodada. Pero los tiempos iban cambiando, los niños empezaron a nacer en los hospitales porque era más seguro y doña Aurora se fue quedando sin trabajo. Su hija encontró pronto un buen muchacho que se llamaba Valeriano y se casó con él. Pero el buen mozo encontró trabajo en un pueblo muy alejado por aquel entonces. Ella se iba haciendo mayor y tuvo que trazarse un camino diferente para sus años venideros. Decidió que había que marchar, y para empezar, iría a su lugar de origen para reconciliarse con su familia y para que, mientras tanto, el matrimonio de su hija se consolidara con una descendencia que hiciera lógica su presencia en el hogar de su querida Aurorina. Y el gato, que ya era viejo por aquel entonces no era compañía para el viaje. Los trenes no aceptaban gatos y su hija estaba lejos. Recuerdo el drama

Archivo de LHM

escrito en la cara de doña Aurora, ideó mil maneras de hacerle desaparecer, habló de envenenarle, de encerrarle en un saco para que se ahogara… se le partía el corazón y se deshacía en lágrimas delante de mi madre y, al fin, el gato, como una herencia blanca y peluda aún vivió por una corta temporada en nuestra casa. 

Carta a mi madre

Hola Mamá: Supongo que me recibiste con agrado y cuidaste de mí con esmero, seguramente, y que yo te he dado preocupaciones y desvelos. Como hija, esperaba de ti el máximo de amor, de comprensión y de aceptación y seguro que tú me lo has ofrecido a tu manera, creyendo que hacías lo que sabías y como sabías, según te habrían transmitido tus padres. Posiblemente te lo tomaste tan en serio que no me pasaste ni una. Tenía que ser la mejor, la mejor en los valores que a ti te parecían los únicos e ineludibles, ni te diste cuenta ni ensalzaste mis valores propios que son tan importantes como los que tu primabas. Era muy difícil satisfacerte, había que superarse más y más, posiblemente era muy recomendable pero, era costoso, duro y muy diferente a la realidad que existía fuera de las paredes de nuestro hogar familiar, porque había otras formas de vida, otras ideas, creencias, pensamientos diferentes, en algunos casos tan útiles y beneficiosos como los tuyos. Todas tus normas eran muy útiles, algunas menos, pero lo más inviable, seguramente, era el grado, el nivel tan elevado, no había  opción, sólo dar lo máximo y eso, quizá, ha sido nuestra gran diferencia, ya que

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suponía que sólo valía tu nivel de exigencia y, por tanto, puesto que yo no podía ni sentía, ni lo lograba, algo en mí no funcionaba y, por tanto, antes que pensar que podías estar equivocada, me sentía culpable de no conseguir tu aceptación y como consecuencia no llegaba a sentirme bien, ni valorarme, ni apreciarme. No éramos conscientes de que como seres humanos somos imperfectos. Tenía que haber sido consciente de que podía apartarme de tus exigencias y entender que las mías podían valer o sentirme capaz de reconocer lo que podía o no serme beneficioso y aceptar mis limitaciones y admirar mis talentos como persona. En fin, no se puede cambiar lo ocurrido hasta ahora, así que tengo que plantearme que tu hacías lo que creías debías hacer y yo lo que podía. Tú tratabas de alcanzar el cielo y yo, trataba de sobrevivir, haciendo frente como podía a la propia vida, a mi propio ser. Así que supongo que cada una estábamos en nuestro derecho y no será beneficioso pensar que podía haber sido de otra manera, aunque también podía haber sido mucho peor. Mejor será a partir de ahora.

08/07/2011

El verano aquel de las fotos bonitas

Aquel verano mis hijos tenían los ojos brillantes y corrían detrás de las gaviotas entre las piedras de un playa pedregosa. Aquel verano mis hijos tenían los ojos brillantes porque eran los protagonistas de sus propias vidas, el centro de cuanto les rodeaba, y lo sabían. Ese era su mundo: un lugar de mares sin fronteras, de cielos despejados y de la brisa suave del permanente verano de las islas.

Las huellas de esos días han quedado en el álbum de mis fotos, esas que recorro despacio con la mirada porque el tiempo ha pasado y porque ellos hoy parecen otros. Pero no, sé que son los mismos, que siguen confiados y seguros aunque a veces sienta que están muy lejos de mí. Y es que están recogiendo los frutos en sus propias vidas, como entonces lo hacían con las pequeñas conchas que sacaban de entre las finas arenas y que me entregaban a puñados como si fuesen tesoros.

Archivo de LHM

 

La lagartija

La lagartija
Archivo de LHM

La casa siempre había sido de color de rosa hasta que mi padre, no sabría decir cuándo, tuvo que pintar la fachada para conservarla y cambió aquel color por un tono muy pálido, casi gris. Seguramente me lo dijo en su día, pero no lo recordaba y cuando la vi al entrar en la plaza, me sorprendió aquel nuevo aspecto que traicionaba mis recuerdos.

Paré el coche frente a la puerta y la abrí con dificultad. Dentro todo estaba oscuro y el olor a cerrado me resultó incomodo. Abrí la puerta de par en par para que entraran el aire y la luz. Enseguida, los contornos de los muebles y de las puertas interiores fueron cobrando forma. 

Entré despacio y dí una vuelta en redondo reconociendo los rincones: las escaleras que conducían al primer piso, las viejas baldosas del suelo de los portales que seguían siendo rojas y gastadas, con ese curioso dibujo negro en el centro que siempre me había gustado tanto.

En torno a los portales, las habitaciones estaban abiertas, las fui recorriendo muy despacio, una a una. Abrí algunas ventanas y todas las puertas que daban al patio interior. 

Sobre los muebles había una capa de polvo y enseguida pensé en las arañas que debían aguardar escondidas en los rincones, dispuestas a atacarme como cuando era niña. Las arañas y las lagartijas fueron los dragones de toda mi infancia, las avispas lo fueron también, pero un poco más tarde, cuando ya con ocho o nueve años y hartas ellas de recibir nuestros raquetazos junto a la fuente del patio, se enfurecieron y nos atacaron con una virulencia negra y amarilla muy dolorosa de recordar.

Aquella era la casa en la que yo había nacido. Era muy grande, tenía dos plantas y un patio interior rodeado de terrazas y ventanas. En una de las paredes de ese patio, bajo las escaleras, había un pozo de piedra, condenado y embutido en el muro, en él estaba gravada una fecha, 1876. No sabría decir, pero conociendo a mi padre, supongo que cuando la compró para reformarla, decidió dejar aquella piedra como un testigo mudo de una vida anterior. 

Cuando vivíamos allí el patio estaba lleno de plantas en macetas de madera, un ciruelo y una enorme palmera que sigue creciendo todavía en el centro de Castilla como un trofeo a la constancia. Sus raíces deben de ser tan profundas que, hace años, debieron encontrar alguna corriente de agua subterránea que las alimente, si no, sería inexplicable que siga verde y frondosa, siendo el cobijo de las palomas para desesperación  de mi padre, que cuando vuelve, de cuando en cuando, le oigo prometer que cortará la palmera de una vez por todas.

Hacía al menos quince años que no había vuelto a entrar en aquella casa, y ahora, como una continua sorpresa y, a medida que recorría las habitaciones, volvían las imágenes y las sensaciones de la infancia que parecían despertar como si parte de mí misma  hubiera permanecido siempre allí, adherida a los cojines de los sofás y la mesa camilla, a las viejas fotografías, a los cuadros que reproducían obras de los grandes pintores colgadas en las paredes o a la antigua cristalería de mi madre amontonada cuidadosamente detrás de las puertas trasparentes del aparador, junto a las viejas tazas con las iniciales doradas del abuelo Miguel.

Tuve una casa solo para la infancia. A los nueve años me llevaron a un internado y aquel verano, al volver de vacaciones, me encontré viviendo en un piso moderno  que le dieron a mi padre por ejercer su cargo. A partir de entonces, la puerta de la casa de color de rosa se cerró, y yo me olvidé de todo.

En aquellos momentos, puede que fuera el tiempo transcurrido o el silencio y la quietud de las cosas que también duermen, pero parecía que cada pequeño objeto me contenía a mí, a esa niña de trenzas morenas y largas, vestida de princesa el día de la primera comunión, a quien le explotaba la risa en un gesto contenido lleno de inocencia y que me miraba expectante desde la fotografía, colgada en una de las paredes de la habitación, que durante aquellos años fuera el despacho de mi padre.

Me pregunté por qué hay recuerdos que no afloran con frecuencia. Todo lo que estaba viendo entonces estaba olvidado, como si se tratara de una etapa superada, a la que nunca tendría que volver, empeñada en mirar siempre hacia delante.

La casa, con el tiempo, ha pasado a mis manos y para evitarme problemas, pensaba venderla. Había hecho mis planes, me pondría en contacto con un abogado del pueblo, que desde allí podría resolverme las cuestiones burocráticas, y en cuanto a los muebles y todo lo demás, supuse que habría que tirarlo por viejo o venderlo a algún trapero.

Pero las cosas dejaron de estar tan claras. Deambulando a solas por la casa en donde todo lo que me rodeaba parecía estar vivo, recordé que un día, cuando mis pies eran muy pequeños y mi imaginación muy grande, yo subía las escaleras para ir a mi cuarto de juegos; en medio de uno de los escalones me encontré una enorme lagartija. Estaba parada, desafiante. Como si ella fuera la guardiana de un reino al que yo no tenía derecho a acceder, y salí corriendo despavorida.

Parecerá una tontería pero, al recordar aquella incómoda sensación infantil, sentí que toda mi vida había convivido con ese miedo y, durante un instante, creí ver que ese era el germen de otros muchos miedos que nunca he podido vencer y que tantas veces me habían obligado a correr en una dirección contraria a la que fuera la mía.

El día se me hizo corto mirando cajones, ropas antiguas, muñecos y libros. Las horas habían pasado sin darme cuenta y aún me esperaba un largo viaje. Empezaba a atardecer cuando cerré la puerta. Al alejarme, miré la fachada a través del espejo retrovisor. Ya no me sorprendió que la casa no fuera de aquel entrañable color rosa y que ahora apareciera con aquel  tono tan pálido, casi gris. Lo que sí me sorprendió fue que la idea de venderla había desaparecido de mi cabeza. Sabía que tenía que volver cuantas veces fuera necesario hasta encontrarme de nuevo con la lagartija ¿Volvería a parecerme un dragón? Tal vez, pero no pude evitar reírme al pensar en lo sencillo que hubiera sido y en lo tonta que fui al echar a correr. Después de todo, solo se trataba de plantarse ante la lagartija, mirarla, indefensa y asustada, y con cara de ogro, gritarle, ¡¡fuera, lárgate de aquí!!!

La lagartija
Archivo de LHM

 

 

 

 

 

 

 

El sari amarillo

La fortaleza de Amber es un sorprendente complejo palaciego situado a escasos kilómetros al norte de la ciudad de Jaipur. Su enclave, que ocupa un lugar estratégico, está en el centro de un agrupamiento de montañas dominando el paso natural que, en otro tiempo, daba entrada al reino de los Maharajás de Kacchwaha desde el territorio de los mongoles del norte. Posee una larga historia que ha pervivido bajo la advocación de Amba, la diosa del pasado, a quien fue consagrada la ciudad que primero perteneció a los Minas, hábiles arqueros y luchadores de montaña, y posteriormente a los Rajput que, durante siglos, enriquecieron arquitectónicamente sus palacios imitando la suntuosidad y el lujo de los mogoles, pueblo de origen turco centroasiático, de religión musulmana sunita, que durante siglos ocupó gran parte de la India.

Sorprende el palacio de Amber por la belleza de sus recintos, sus cuidados jardines, las hermosas celosías de piedra calada que cubren las ventanas y sobre él, vigilando como una poderosa ave de rapiña, se descuelga el Fuerte de Jaigarh, lugar que nunca fue capturado durante los cientos de guerras tribales a lo largo de los siglos y que ha sobrevivido intacto, encerrándose tras sus sólidas murallas y gigantescos bastiones, para deleite de los miles de curiosos que se atreven a escalar las escarpadas cuestas sobre las que se asienta.  

Hoy en día, el pueblo en torno a la fortaleza, que ha crecido entre los valles y ascendiendo por las laderas de los montes vive gracias a la existencia de aquella joya histórica. Muchos de sus habitantes se dedican a la artesanía popular, confeccionan muñecos y juguetes, tiñen telas para turbantes o tejen magníficas alfombras, alimentan y lavan a sus elefantes, se improvisan como guías para subir las empinadas sendas hacia la fortaleza, limosnean y venden o reconstruyen, subidos en andamios de bambú, los restos de una civilización espectacular y romántica que tuvo en la guerra y en el lujo el mayor exponente de su razón para vivir.  

Pero la vida ha continuado a lo largo del tiempo, atrapada entre las luces y las sombras que forman las montañas replegadas para ocultar el pasado y para guarecerse de un presente que sigue, como siglos atrás, envolviendo con vaporosos saris a las mujeres hermosas del Rajastán y entre sus múltiples y calculados pliegues, algunas, muy pocas, han conseguido caminar en el tiempo hacia delante, proyectando con su sombra la esperanza de que existe para ellas un camino en el que es posible encontrar otra manera de vivir.

                                                     *   *   *

Archivo de LHM

La casa de la familia de Amita estaba situada en la ladera de una de
las colinas, al noreste y a las afueras del pueblo, a la sombra de las viejas murallas que aún se mantienen en pie y que rodean los terrenos que circundan la fortaleza y el palacio.  

Ella llegó allí hacía más de cinco años. Su matrimonio fue concertado cuando todavía era una niña, y el tiempo que tardó en salir para siempre de su casa y casarse fue el mismo que su padre tardó en reunir el dinero suficiente para pagar la dote a su nueva familia. Ahora, Amita acababa de cumplir los veinte años.

Su marido, Rhiva, era un hombre tranquilo e indolente. A pesar de ser solo algo mayor que Amita, estaba avejentado y a los pocos meses de que ella llegara a la casa perdió el poco interés que en principio le había manifestado. La madre lo dominaba por completo, desde pequeño había tenido una salud quebradiza y se había vuelto dependiente de los cuidados de ella, que le preparaba extrañas pócimas que le hacía beber continuamente. Era un hombre débil de carácter, pasaba los días pastoreando cabras y cultivando con su padre y su hermano mayor un escaso trozo de tierra, de donde sacaban lo necesario para el sustento de la familia. En los últimos tiempos, su aspecto se había deteriorado notablemente para desesperación de la madre, que se burlaba de él con crueldad por no conseguir tener descendencia. Amita puso todo de su parte, pero la apatía de Rhiva le había hecho, poco a poco, perder la esperanza de tener sus propios hijos.

Sin embargo, los primeros años fueron una época muy feliz para ella. Cuando llegó a la casa, Rakhi, la mujer del hermano mayor de su marido, todavía vivía y las dos mujeres se hicieron muy buenas amigas. Su cuñada era afable y optimista, su buen humor era contagioso y parecía que todos la apreciaban sinceramente. El trabajo de la casa y el cuidado de los dos ancianos, los padres de su suegro, se lo repartían entre ambas. Por las tardes se sentaban en el taller, donde ayudaban a confeccionar coloristas marionetas a su suegra que, después, esta ofrecía a los vendedores ambulantes, apropiándose con avaricia de todo el dinero que obtenía con las ventas.

Amita y Rakhi enseguida encontraron muchas cosas de que hablar en los largos paseos en busca del agua que transportaban en vasijas de metal colocadas sobres sus cabezas. Lo traían desde un pozo que quedaba a algo más de un kilómetro de la casa y las idas y venidas se convirtieron para las dos en los ratos más agradables del día. A veces, en el camino de vuelta, subiendo las cuestas empinadas, se paraban a descansar y se sentaban frente a la puerta de la casa de Rochan, un hombre que, al morir su mujer, había quedado solo con un único hijo pequeño todavía y de nombre Juhta.  

En aquella época, el niño se encargaba de cuidar la casa sin puertas en la que vivían mientras que el padre pasaba el día en las inmediaciones del lago Maota, limosneando entre los visitantes u ofreciéndose para hacer pequeños trabajos de albañilería. Con el dinero que obtenía, los dos sobrevivían con una mínima dignidad.  

Cuando Amita llegó, el chico era un diablillo de nueve o diez años que correteaba en torno a su casa, entraba y salía permanentemente de detrás de una cortina con dibujos de flores que separaba su escaso mundo familiar del mundo exterior.  

Desde pequeño, Juhta estaba muy apegado a Rakhi,que sentía por él un gran aprecio. Cuando el niño las veía venir, subiendo la cuesta, corría hacia ellas para seguir sus pasos imitando el andar cadencioso que a ambas les producía el peso del agua sobre sus cabezas. Para él, Rakhi era «la señora guapa de las montañas».  A veces, pues Juhta siempre insistía, los tres se sentaban sobre una piedra plana que había frente a su casa e, incansable, instaba a su cuñada para que contara cosas de un pueblo de Cachemira, en donde ella, hija de artesanos y vendedores ambulantes, había pasado gran parte de su infancia.  

Amita agradecía también esos momentos, pues su cuñada, cuando hablaba de aquellos tiempos, se transformaba: entrecerraba los ojos como si estuviera viendo las imágenes que describía y sus palabras transmitían una agradable sensación de calma y belleza. Escuchándola era muy fácil sentirse caminando entre los valles verdes y húmedos rodeados de altas montañas, con las cumbres cubiertas de nieve, o sentir los olores penetrantes de las frutas madurando al sol en los meses cálidos del verano. Amita, que no conocía otro paisaje más allá del dorado color de las arenas del desierto de donde procedía, conseguía oír el leve murmullo de un río de aguas cristalinas deslizándose suavemente bajo sus pies desnudos, metidos entre las piedras redondeadas y suaves. Solo tenía que cerrar los ojos para sentir el agua cosquilleando sus piernas y las salpicaduras heladas mojándole la piel bajo las ropas. Aquellas pequeñas emociones le hacían percibir una rara y placentera sensación en el estómago, que a ella le gustaba describir «como si se lo estuviera recorriendo un puñado de inquietas lagartijas».

Rakhi contaba que vivir allí, en Cachemira, aunque solo hubiese sido unos años, le había hecho entender muchas cosas de la vida. Conociendo aquellas tierras tan cambiantes, podía hacerse idea de lo grande y diverso que debía ser el mundo y cómo podía transformarse a consecuencia de la luz del sol, pues los suaves senderos de las montañas en verano se convertían en peligrosas pendientes en los inviernos, y los lagos cubiertos por el hielo, que te abrían paso sobre las planicies durante los meses del frío, se transformaban, a consecuencia del calor, en agua cristalina que se escapaba a través de los ríos y los pequeños torrentes en busca de otras tierras y de otras gentes, después de haber almacenado en su interior toda la pureza y la sabiduría de las viejas montañas.  

Allí Rakhi había aprendido las primeras letras en una escuela gratuita en donde enseñaba una extranjera. Cuando hablaba de ella siempre sonreía y la describía como una mujer vestida de niña, pequeña y delgada con los ojos azules como los ojos de los sabios brahmanes que, al terminar las clases, se sentaba con sus alumnas junto a la vía del ferrocarril para ver pasar el tren que partía, cada tarde a la misma hora, hacia el interior de la India. Describía aquellos trenes siempre llenos de gentes que saludaban, al verlas con las manos extendidas, despidiendo a los desconocidos que solían gesticular desde las ventanillas invitándolas para que ellas también subiesen al tren.  

Tal vez por eso, Rakhi amaba los trenes, decía que eran como el agua de los hombres: se deslizaban por la tierra cargados de gente en busca de sus sueños. «¿Sueños, Rakhi?», le preguntaba Juhta: «¿Qué son los sueños?» «Son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche. Ellas, si estas muy callado, siempre acaban revelándote cuales son los auténticos deseos de tu corazón. Esos son los sueños, Juhta».  

A veces, entre las telas de su sari, ella metía fotos y postales para enseñárselas al niño. Eran imágenes de viejas locomotoras que había traído consigo cuando se casó y que guardaba como si se tratara de su gran tesoro.

Para Amita, Rakhi era una mujer llena de secretos y misterios. Pensaba que era como una caja en la que, si metías la mano, siempre se podían sacar cosas distintas y maravillosas. Por eso, ella también, como hacía Juhta, jugaba a tirarle de la lengua y a hacerle hablar. Y a veces, cuando estaban solas, Rakhi ponía en palabras sus más íntimos sentimientos, despertaba sensaciones que no sabía que estaban en su interior y que, al percibirlas, le hacían notar una mano suave y aterciopelada que acariciaba las fibras más sensibles de su corazón haciéndola estremecer. Escuchando a Rakhi, Amita había vuelto a ver el rostro de su propia madre: una mujer dulce y sosegada que, mientras vivió, confeccionaba guirnaldas de flores para venderlas en las puertas de los templos. «¡Cierra los ojos!», le decía Rakhi y, entonces, como en su niñez, Amita era capaz de sentir aquellas manos tan queridas, impregnadas del polvillo de las flores, dejando un rastro dulzón sobre su cara de niña.  

Aunque la suegra de ambas la recriminaba con acritud, Rakhi dedicaba su escaso tiempo libre a leer y a escribir. Amita la veía muchas noches en un rincón de la cocina, vigilando los fogones y bajo la débil luz de una vela, ojeando cartillas y dibujando letras incomprensibles para ella, que la observaba celosa, pues cuando Rakhi estaba así, concentrada en aquella tarea, su mirada se volvía distante y parecía marcharse. Era como si estuviera en otro mundo, lejos y muy por encima de aquella sencilla existencia que ambas compartían.  

Uno de aquellos años, durante las ferias de Teej, en Jaipur, unas fiestas llenas de ruido y color que marcan la llegada de los monzones y se celebran para invocar las bendiciones de la diosa Parvati, las dos cuñadas se estaban vistiendo con sus mejores ropas para bajar juntas a la ciudad con toda la familia. Rakhi se había puesto un precioso sari amarillo con ribetes de color rosa fucsia que brillaba con hilos dorados entretejidos en la seda. Los ojos oscuros de Rakhi, parecían recoger el reflejo de la luz de la tela amarilla y estaban teñidos del suave color de la miel haciéndola parecer una mujer muy hermosa. Amita, admirada, le pidió que si algún día dejaba de usar aquel sari, tenía que dárselo a ella. Su cuñada no contestó enseguida, acarició despacio la tela y después de pensar, sonrió y le dijo que tal vez lo haría antes de lo que ella pudiera pensar. A cambio, le hizo prometer que la acompañaría esa misma tarde a un sitio al que debía ir.  

Ya en Jaipur, mientras las mujeres danzaban en procesión por una de las calles principales de camino al templo donde se festejaba a la diosa, Rakhi cogió la mano de su cuñada y ambas se escabulleron entre la gente, dejaron atrás las bulliciosas calles y atravesaron la ciudad para llegar a la estación de trenes.  

Allí se aproximaron a unas ventanas pequeñas donde se vendían los billetes para poder subir al tren. Rakhi estuvo preguntando, observando todo cuanto estaba escrito en una gran pizarra negra y mirando con detenimiento unos curiosos dibujos enmarcados en grandes cartelones que eran un misterio para Amita. Después se quedaron en el andén y durante un largo rato estuvieron mirando el ir y venir de la gente que, apresurada, subía y bajaba de los abarrotados vagones cargadas con bultos, maletas, cestas, animales y todo tipo de equipajes. Fueron testigos de escenas de despedidas y de reencuentros que hicieron reír y llorar a las dos amigas sentadas en un banco como si se tratara de las butacas de un cómodo teatro.  

En aquella estación, entre el ruido de las locomotoras y el ajetreo de la gente que entraba y salía, Rakhi le dijo a Amita que ella, un día no muy lejano, se marcharía desde aquella estación para no volver nunca más. Le habló de sus planes y le confió un gran secreto: hacía años que, a escondidas de su suegra, confeccionaba sus propias marionetas y las vendía por su cuenta guardando el dinero en un lugar escondido. Le contó que cuando tuviera suficiente, se cortaría el pelo, se vestiría de hombre y se marcharía subida en uno de aquellos trenes para no volver nunca más.

El tiempo se les escapó a ambas de entre las manos y al llegar a casa y entrar en la cocina, la suegra dirigió a Rakhi una mirada que a Amita le hizo estremecer.

—Prepárate, tu marido te dará un escarmiento por esto.

Vio a su cuñada erguirse orgullosamente y salir de la habitación.  Amita caminó detrás de ella, la miró despojarse de su precioso sari amarillo y mientras lo doblaba cuidadosamente, la observaba: estaba abatida como nunca y, temiendo que sus palabras sobre marcharse pudieran convertirse en realidad, Amita le dijo:

—No tienes que hacer caso a esa mujer, ella no nos quiere ni a ti ni a mí porque no tenemos hijos, pero eso no debería importarnos. Tú y yo podemos estar siempre juntas haciéndonos compañía. Ya somos como hermanas.

—No lo entiendes. Tú aún tienes tiempo, pero yo tengo que irme y pronto. Si no hago algo, me quitarán de en medio uno de estos días.  

—No digas eso.

—Siento el odio de la vieja. Ella me vigila día y noche y quién sabe lo que puede ocurrirme.  

—Pero, ¿por qué, Rakhi?

—El dinero de mi dote hace tiempo que debió acabarse. Sé que mi padre no puede dar más por mí y yo no he sido lo que ellos esperaban. Soy una carga que no van a soportar. Tengo que irme.

Amita la miraba incrédula.

—Pero no puedes decir eso, nosotros pertenecemos a nuestros maridos.

—No, Amita. Yo no pertenezco a nadie. Lo sé.

A los pocos días, a la hora del amanecer, Rakhi llevó a su amiga a la parte trasera de la casa. Allí, detrás de un arbusto con el tronco lleno de púas, excavó la tierra hasta encontrar una lata, la abrió. En su interior había unos cientos de rupias y un recorte de papel de periódico. Sacó el papel y se lo entregó a Amita.  

—Este año, cuando cesen las lluvias, me marcharé y si a ti las cosas no te salen como esperas y alguna vez decides marcharte de aquí, ve a este sitio, está en la ciudad de Bombay —le alargó el papel. A Amita le temblaban las manos sin atreverse a cogerlo.

—Pero, ¿y tú?, ¿A dónde irás?

—No te preocupes por mí, yo me lo he aprendido de memoria —insistió con un gesto de su mano para que Amita cogiera el papel, que la miraba indecisa.

—Pero yo no puedo leer lo que dice aquí, Rakhi.  

—Eso no importa. Guárdalo donde nadie lo encuentre y si algún día lo necesitas, pregunta a la gente, encontrarás a alguien que sepa dónde está ese lugar. —Amita cogió el recorte en el que había la foto de una mujer que parecía una anciana y un letrero escrito con letra impresa. Rakhi siguió explicando—:Es la casa de una mujer que vive en esa ciudad, acoge a viudas y mujeres que no tienen a dónde ir. Una vez lo encontré entre las hojas de un periódico que recogí tirado en la calle y lo guardé. Fue entonces cuando empecé a reunir dinero con la esperanza de poder marcharme. He ido muy despacio, lo sé, pero no tengo mucho tiempo para trabajar por mi cuenta y los muñecos que confeccionamos, a nosotros nos los pagan muy baratos, pero ahora sé que quienes los venden a los visitantes y a los extranjeros que suben a la fortaleza, cobran mucho dinero por ellos.  

»Ojalá que lo hubiera sabido antes, podría haber ido más deprisa, ahora puede que ya sea muy tarde —Rakhi volvió a ocultar la caja bajo el arbusto y Amita se guardó el papel que le dio su amiga. Ya en la casa, lo escondió cuidadosamente entre sus ropas de fiesta.

Habían pasado unos días desde que Rakhi le confiara sus secretos. Las lluvias de aquel año estaban siendo muy intensas y su suegra, una mañana en la que el cielo apareció limpio de nubes, encargó a Rakhi tapar un agujero en lo alto de la fachada de la casa: la pared había empezado a hincharse acumulando agua bajo la pintura y amenazaba con caerse a trozos. Amita se prestó para ayudarla. Su amiga estaba subida en el último de los peldaños de la escalera cuando este se quebró y la mujer cayó al suelo golpeándose la cabeza con el escalón de piedra de la entrada. Murió en el acto ante la mirada atónita de Amita que nada pudo hacer por socorrerla.  

El accidente la hizo enmudecer durante semanas. Deambulaba por la casa como una sonámbula creyendo ver por los rincones la figura esbelta y huidiza de su amiga, vestida con el sari amarillo ribeteado de fucsia y aquellos hermosos ojos con los tintes dorados de la miel, que brillaban en la oscuridad.  

Cuando recuperó el sentido de la realidad, comprobó que nada había quedado de su cuñada, todas sus pertenencias se habían quemado con ella: sus cuadernos, las postales, sus ropas, el precioso sari amarillo con ribetes de color fucsia, y hasta el peine de metal que tanto le gustaba había desaparecido, era como si su cuñada nunca hubiese existido. Antes de que transcurriera un año, Rakhi fue sustituida por una jovencita presumida y díscola que llenó de satisfacción a su suegra, pues, a los pocos meses de su llegada, estaba embarazada y dio a luz al deseado nieto.  

El tiempo fue pasando para Amita, Rhiva se volvía más y más huidizo. Su suegra, que observaba la indiferencia con que su hijo se dirigía a ella, empezó a mirarla con desconfianza y a tratarla como si fuera una mujer inútil y vaga a pesar de que, sobre ella, con el embarazo de la nueva esposa, había ido recayendo todo el trabajo pesado de la casa. Ahora ella sola se encargaba de traer el agua, lavaba la ropa de todos, ayudaba en la cocina, se ocupaba de alimentar y vestir a los dos viejecitos y por las tardes trabajaba en el taller, en donde muchos días era la única que se dedicaba a la tarea de confeccionar marionetas bajo la vigilancia de la suegra que le exigía más y más premura en su trabajo.

Después de que su nueva cuñada diera a luz, la mirada de su suegra se volvió más extraña todavía. Amita sentía escalofríos pues, a veces, se volvía movida por una rara sensación y encontraba a la mujer observando sus movimientos. Entonces las palabras de Rakhi le venían a la memoria comprendiendo su significado. Los miedos de su amiga empezaron a formar parte de ella misma y la sensación de sentirse un estorbo en aquella casa fue haciéndose una certeza.  

*    *    *

Aquel año había acabado la época del monzón. La suegra de Amita empezaba a estar nerviosa, pues necesitaba ir haciendo acopio de sus marionetas y títeres para los vendedores ambulantes, que ya habían empezado a venir a buscar su mercancía. Uno de aquellos días, Amita entró en el taller. Sobre una tabla donde se cortaban las maderas, las tiras de cartón piedra y las telas para los trajes de las marionetas, reconoció el sari amarillo de Rakhi: estaba cortado en trozos y repartido en pequeños montones. Al verlo, Amita sintió cómo se le enrojecía el rostro, agachó la cabeza para que nadie notara su turbación y las lágrimas se le deslizaron por las mejillas, cayendo sobre los trozos de seda que ahora tenía entre sus manos. Apretó los dientes para sobreponerse y se secó el rostro mojado. Su suegra se impacientaba.

—¿Te pasa algo?

Amita tragó saliva.

—No, no me pasa nada.

—¡Pues, vamos, muchacha!, que hay mucho que hacer.  

Se sentó y amontonó frente a ella todo lo necesario para dar forma a uno de los muñecos. Cogió el palo que servía de armazón al cuerpo y, sobre él, clavó con cuidado la cabeza de una maharaní con los enormes ojos negros, los labios pintados de rojo y el bindi, redondo y grande, colocado entre las cejas perfiladas por los trazos de la pintura oscura. Acarició la tela cuidadosamente antes de empezar con sus manos diestras a repartirla para formar vuelos y pliegues. Los ojos le escocían tratando de evitar que las lágrimas resbalasen por sus mejillas mientras cosía y rellenaba las mangas, ribeteaba con maestría los bordes del vestido con la seda de color fucsia, remarcaba la cintura y daba forma definitiva a los muñecos hasta coser los gruesos hilos que darían vida a la marioneta.  

Estaba colocando una pequeña cadena que imita los adornos que llevan algunas mujeres del Rajastán entre la oreja y la nariz cuando se fijó en los ojos de la muñeca que tenía entre sus manos: como los de Rakhi el día de la fiesta del Teej, aquella tela amarilla había suavizado el color oscuro de la pintura negra, que ahora mostraba los tintes dorados del color de la miel.  

Se mordió los labios por la sorpresa, notó que le temblaban las manos, pero al terminar la muñeca, la colocó sentada frente a ella y, como una autómata, cogió otro montón a su lado, volvió a empezar, una y otra vez, su tarea. Fue haciendo pliegues, cosiendo mangas, cubriendo las cabezas con saris y turbantes, bordeando manos y pies con las cintas del color fucsia. Sobre la mesa de trabajo se amontonaron los muñecos: diez, doce pares de marionetas perfectamente acabadas reposaban junto a ella. Era muy avanzada la noche cuando abandonó su trabajo. Sobre la mesa no quedaban restos del sari amarillo.

Al día siguiente, la muchacha se despertó mucho antes de que amaneciera. Sabía que aún era de noche, pero no podía permanecer más tiempo acostada, se sentía inquieta como si algo nuevo y excitante tuviera que ocurrir. Se incorporó y escudriñó con la mirada a su alrededor: Rhiva dormía profundamente, su respiración era acompasada y tranquila. Con cuidado de no despertarlo se fue deslizando sobre la esterilla hasta que sus pies tocaron el suelo. Sin incorporarse del todo, cogió sus ropas y abandonó la habitación.  

En el exterior, el cielo sin nubes estaba cuajado de estrellas en medio de un absoluto silencio. Se dirigió a la escalera y subió a la parte superior de la casa que acababa en una amplia terraza.  

Se sentó encogida en uno de los rincones y contempló el firmamento: parecía una alfombra oscura bordada de piedras brillantes lanzando destellos inalcanzables. Como cuando Rakhi hablaba, el puñado de lagartijas vivarachas volvió a recorrerle el estómago y cerró los ojos para recordar: «Sueños son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche». Una ligera brisa le acarició el rostro y levantó la mano para tocarse la frente, las pulseras que rodeaban su brazo cayeron como una cascada, tintineando en el silencio que reinaba a su alrededor, y aquel sonido hizo que Amita se encogiera estremecida e insignificante.  

Conteniendo el aliento, volvió a cerrar los ojos buscando en su interior las hermosas imágenes que la consolaban de la soledad en que se sentía desde la muerte de Rakhi. Intentaba recordar las visiones evocadoras, pero en su mente no había trenes cargados de gente con las manos extendidas que invitaban a subir ni aguas cristalinas que se deslizaban bajando entre torrentes de las viejas montañas, no había signos extraños ni letras que abrieran sus ojos al conocimiento y a la sabiduría. Solo había una larga raya amarilla que, en la lejanía, separaba el cielo de la tierra caliente y áspera a la que ella pertenecía.  

Se encogió de hombros con las lágrimas asomadas a sus pupilas y dejó que se deslizaran sobre su rostro. Al fin, se limpió la cara mojada y apretó los dientes con rabia. Tal vez fuera ese su único sueño: aquella larga raya en el horizonte hacia la que necesitaba caminar con los pies ardiendo por el calor de la tierra, seca y estéril, que para ella significaba estar viva.  

Poco a poco, fueron desapareciendo las estrellas y la claridad del amanecer empezó a hacerse más viva a su alrededor. El olor a comida subía hasta la terraza y Amita, temiendo que la echaran de menos, se sacudió con cuidado el sari, se atusó el pelo y bajó las escaleras apresuradamente.  

Al entrar en la habitación, su suegra, con un áspero acento, la dejó clavada en la puerta:

—¿Dónde estabas?

La mujer la miraba de arriba abajo.

—Me levanté demasiado temprano y para no hacer ruido, he subido arriba, quería respirar un poco de aire fresco.

—Las holgazanas siempre encuentran una razón para no estar en el sitio que deben.

Amita volvió su cara hacia el fogón sin contestar.  

Las dos mujeres estuvieron trajinando en silencio y al poco rato la habitación estaba llena con los tres hambrientos hombres que, antes de salir para sus quehaceres, desayunaban sin apenas dirigirse la palabra unos a otros. Ella iba sirviendo y recogiendo después los desperdicios que quedaban sobre las esterillas y su suegra entraba y salía de la habitación pendiente de todo, observando cada uno de sus movimientos y buscando poder reprocharle cualquier descuido.

La mujer se sentó un momento junto a los hombres que seguían comiendo sin mirarla.

—Mañana voy a marcharme a mi visita anual al templo.

Se dirigió a Rhiva que había levantado la cabeza para escucharla.

—Este año no iré sola, me llevo a Shirha conmigo y también al niño. Ya tiene edad para acompañarnos y le gustará, podrá jugar con otros niños en el camino. Además, tenemos suerte, Rhaguni nos acompaña. Quiere llevar a su hija para buscar una casamentera en aquel pueblo, aquí no encuentra quien quiera emparentar con ella.

—¿Estarás fuera muchos días, madre? Rhiva le preguntó sin mucho interés.

—No, solo serán tres.

Amita escuchaba con atención. Tuvo la sensación de que alguien estaba moviendo los hilos de su vida, como si fuera una de las marionetas que esperaban salir de aquella casa para ser vendidas y sus músculos empezaron a desentumecerse. Cuando todos se hubieron marchado y pudo salir de la casa, se dirigió al lugar donde Rakhi tenía su escondite. Había pensado muchas veces en ir a recoger lo que ocultaba su cuñada, pero, hasta ese momento, había sentido una extraña sensación de respeto y no se había atrevido a hacerlo.  

Excavó bajo el arbusto con las ramas llenas de pinchos, hizo un hoyo profundo y ancho esperando que sus dedos chocaran por fin con el metal enterrado, pero, para su sorpresa, allí no había nada: la caja había desaparecido.  

Pasó el resto del día ocupada, intentando que nadie notara algo diferente en ella pues, a pesar de no haber encontrado la caja entre los arbustos, sin saber por qué, una fuerte resolución la dominaba, y fue urdiendo su plan.  Por la noche, se esforzó para no quedarse dormida, temía no despertar a la hora que se había propuesto. El tiempo transcurría lento y silencioso. Por fin, antes de que amaneciera, escuchó el trajín de su suegra y de su cuñada, las protestas del niño cuando lo levantaron. En cuanto todo volvió a quedar en silencio y estuvo segura de que se habían marchado, se levantó y se asomó a la calle. A lo lejos, se distinguían las siluetas de las mujeres que se alejaban. Shirha llevaba al niño colgado a su espalda y las observó hasta que se perdieron bajando la cuesta hacia el centro del pueblo.  

No tenía tiempo que perder. Se dirigió al taller y encendió una vela para poder moverse entre los montones de tela, los botes de pintura y los rollos de cartón piedra. El desorden reinaba en la habitación, sin embargo, ella conocía palmo a palmo cada rincón y sabía dónde estaba situada cada cosa. Levantó la tapa de uno de los arcones y de allí sacó varios juegos de marionetas vestidas con el sari de Rakhi. Eligió dos parejas y las metió con cuidado en una bolsa de tela. Volvió a la cocina e introdujo la bolsa con las marionetas en la vasija vacía y preparada para ir en busca el agua.  

Se esforzó en no olvidar ningún detalle para dejar los desayunos de los hombres dispuestos junto al fogón antes de que aparecieran. El fuego estaba encendido y, en cuanto creyó que todo estaba listo, salió de la casa con el recipiente del agua sobre su cabeza.  

Bajó hacia el pueblo. Apenas hacía un rato que la luz de la mañana empezaba a iluminarlo todo y aún las calles permanecían vacías. A pesar de todo, la muchacha caminaba aproximándose cuanto podía a las paredes de las casas como si de aquella manera nadie pudiera verla. Atravesó los lugares que solían estar más concurridos y se fue acercando a los aledaños de la fortaleza.  

Al llegar a la última esquina, antes de que comenzaran los jardines que rodeaban el lago Maota, asomó con precaución su cabeza: la explanada estaba vacía. Se alejó unos pasos del lugar en donde se encontraba. Las dudas le asaltaban: tal vez, aquel día nadie acudiría a visitar la fortaleza o, tal vez, ese no era el lugar indicado. Pero no, estaba segura, no había otro sitio por el que acceder a la cuesta por la que subían los elefantes. Respiró profundamente para calmarse y buscó con la mirada un sitio para esperar sin ser vista.  

Cerca de ella, apoyadas contra una de las paredes de la calle, reparó en un montón de grandes cañas de bambúes: estaban preparadas para formar andamios y usarlos en la construcción y se apilaban contra la pared dejando un estrecho hueco en su inclinación. Con un pequeño esfuerzo logró hacerse sitio y colarse entre las gruesas cañas y la pared. Se sentó en el suelo y se arrebujó entre sus ropas conteniendo la respiración. Al cabo de unos momentos, empezó a tranquilizarse: el sitio era perfecto para esperar y los latidos de su corazón se hicieron más leves.  Fueron pasando los minutos con una lentitud que a Amita le parecía desesperante, pero, poco a poco, el silencio se fue llenando de sonidos. A través de las ranuras, veía el movimiento de pequeños vehículos y de la gente que iba y venía. Los elefantes habían empezado a pasar ante ella rozando las cañas.  

Hubo de esperar más de una hora hasta que creyó distinguir el ruido que producía la llegada de los autobuses y esto hizo que, convencida de que era el momento, se incorporara y escudriñara a través de las ranuras. Al fin, decidida, colocó cuidadosamente la vasija escondiéndola entre las cañas, extrajo la bolsa con las marionetas, se arregló el sari tapándose la cabeza y, mordiendo con los dientes uno de los bordes para ocultar su cara, salió al exterior.

Archivo de LHM

 

No se había equivocado, los primeros y madrugadores visitantes para subir a la fortaleza ya estaban allí. La gente formaba grupos hablando animadamente y tomando posiciones junto a las escaleras que les permitirían subir a los palanquines. Los vio parados contemplando y fotografiándolo todo. Notaba que algunos se quejaban del fuerte olor de los excrementos de los animales que se repartían por el suelo junto a las grandes charcas de los orines de los paquidermos.  

Salió a la explanada, enseguida notó las miradas penetrantes de los extranjeros fijándose en ella y señalando su atuendo. Apretó sus manos contra el cordón de la bolsa de tela que colgaba de su hombro y trató de desaparecer de la vista de aquella gente que la intimidaba. Sin darse cuenta, se encontró metida entre las patas de los elefantes que formaban un gran círculo.  

Observó a su alrededor. Nunca se había aproximado tanto a aquellos animales que ahora le parecían enormes y amenazadores. Percibía su aliento y en torno ella, formando una barrera, veía la piel oscura de sus cuerpos: eran de un color entre gris y marrón y estaba cubierta de grietas y pliegues que se arrugaban cayendo por las patas hasta las pezuñas ennegrecidas y duras.  

Levantó la cabeza, las trompas y las orejas de todos ellos estaban decoradas con pinturas de colores muy vivos: los rosas fluorescentes y los verdes chillones formaban flores, ramas y guirnaldas que se entrelazaban dibujando bonitas fantasías. En torno a ellos, los mahaouts, vestidos con trajes blancos y provistos de sus turbantes de un fuerte color rojo, desplegaban y arreglaban las telas del engualdrapado dando un vivo aspecto a la escena y aturdiendo a la muchacha que, inmóvil, se sentía atrapada en aquel mundo de elefantes y hombres como si fuese un laberinto sin salida que la mareaba.  

A su espalda alguien le obligó a volver la cabeza:

—¿Qué haces aquí, pazguata?

Uno de los mahaouts, con el bastón de azuzar en la mano, hizo una señal para que se marchara. Pero Amita no pudo moverse.

—¿Es que no me has oído?

Ella seguía mirando desconcertada al hombre sin poder contestar.

—Este no es sitio para una mujer ¡Lárgate!, asustas a los elefantes. A ellos no les gustan las mujeres indias, son muy holgazanas.

Se armó de valor, dio unos pasos inseguros para alejarse y se encogió sin saber hacia dónde dirigirse. En aquel momento, entre los animales, creyó reconocer la cara de Juhta.

Observó atentamente para no equivocarse. Ya era casi un hombre pero, sin duda, se trataba de él. Amita se aproximó despacio hacia donde se encontraba y pronunció su nombre con desesperación.

—¡Juhta!

El muchacho la miró y ella retiró el trozo de tela que cubría su cara para que pudiera reconocerla.

—¡Amita! Pero, ¿qué haces aquí?

El muchacho sonreía extendiendo los brazos y ella volvió a taparse la cara y le habló en voz baja.

—Voy a vender mis marionetas a los extranjeros. Tienes que ayudarme.

—¿Cómo dices?

El muchacho se acercó para oírla mejor y Amita repitió levantando la voz.

—Voy a vender marionetas a la gente que visita la fortaleza.

—Pero, ¿cómo?

—No sé cómo, pero las tengo aquí. —Con un gesto le señaló la bolsa colgada en su espalda.

—¿Ellos lo saben?

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Amita.  

Juhta sonrió al darse cuenta de que la mujer no sabía nada.

—Pero, ¡qué cosas se te ocurren, mujer! No podrás. Aquí todo está arreglado y la gente que vende no te dejará que lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque son siempre los mismos y solo pueden hacerlo ellos. —Juhta señaló en dirección a la cuesta.

—¡Mira!, esos son los que se reparten la tarea.

Amita parpadeó deslumbrada por el reflejo de la luz del sol que reverberaba al chocar con las paredes amarillas de los altos muros. Tuvo que entrecerrar los ojos para poder distinguir a varias personas sentadas formando pequeños grupos en los distintos tramos de la cuesta.

—¿Lo ves? Están esperando a que los elefantes empiecen a subir.  Pero todos los que venden son de la misma familia. Es su manera de ganarse la vida desde hace mucho tiempo y solo ellos pueden hacerlo.

Amita lo miró, apretó los puños y con un gesto de obstinación insistió:

—¡Yo lo haré!

—No seas loca, si te cogen intentándolo te darán una paliza, y si consigues vender algo, te quitarán el dinero.

—¡No!, sé que me respetarán, yo soy quien cose para ellos.  

—Eso es peor todavía. Si ellos saben quién eres, te buscaran hasta en tu propia casa. Es mejor que te marches de aquí si no quieres tener problemas. Inténtalo por la calle, tal vez tengas suerte.

—¡No!, yo sé que lo conseguiré, es aquí donde pagan las marionetas muy caras.

Amita miró al muchacho con gesto de súplica.

—¿Sabes qué es lo que hay que hacer?

Juhta levantó los hombros impotente y dispuesto a marcharse.

—Bueno, ¡allá tú! Vender no es lo difícil. Si encuentras el momento, colócate y sube caminando al lado de algún elefante o entre la gente que va a pie y no te canses de porfiar hasta que lo consigas. Se trata solo de marearlos. Cuando lo hayas hecho, márchate lo antes que puedas y escóndete. Delante de la gente puede que no se atrevan a hacerte nada, pero luego te quitarán el dinero antes de que llegues a tu casa o te lo irán a reclamar allí mismo. Pero —el muchacho insistió— ¿por qué lo haces, mujer?

Amita contestó con la voz temblorosa.  

—¿Te acuerdas de los trenes de Rakhi? Juhta sonrió mientras agachaba la cabeza.

—Claro que me acuerdo.

—Voy a marcharme en uno de esos trenes, Jhuta. Tego que hacerlo, si no lo hago, yo también moriré como ella.

Amita sostuvo la mirada del muchacho y, segundos después, levantó la mano para despedirse. Le dio la espalda y se retiró buscando el abrigo de una pared cercana. Juhta la siguió con la mirada mientras la veía, con pasos inseguros, mezclarse de nuevo con los animales. Permaneció pensativo un momento más, miró hacia arriba con preocupación: desde el apeadero se entreveía el camino que serpenteaba ascendiendo por la ladera de la montaña. El trayecto se delimitaba por altos muros que terminaban en pequeñas formas redondeadas y era flanqueado en algunos tramos por enormes puertas que estrechaban el paso. Él conocía el camino a la perfección, sabía que las puertas debían ser atravesadas por los elefantes en su ascensión y pensó que constituían un buen lugar para apostarse. Sin pensarlo más siguió a Amita y se colocó a su espalda.

—Si estás decidida, lo que tienes que hacer es subir hasta la última puerta de las murallas. Desde aquí no se ve, pero tú la encontrarás cuando subas: está donde el camino se quiebra para entrar en la fortaleza. Allí, los elefantes tienen que dar un giro pronunciado para hacer el último tramo antes de entrar en el interior de los jardines del palacio y la puerta es muy estrecha. Cuando llegan, casi todos ya han conseguido vender algo y, como no caben, dejan a la gente en paz. Escóndete y espera detrás de ese último arco hasta que los elefantes lo hayan traspasado. Aún tienes tiempo antes de llegar a la entrada del recinto. Pero ten cuidado y date prisa, los guardias están al tanto y, si te ven, vendrán a apartarte. Ellos también se llevan lo suyo y no permiten que nadie interfiera en su negocio.  

La muchacha, que había seguido con la mirada las indicaciones de Juhta, parecía haberlo entendido. Hizo con la mano un gesto de despedida, sonrió nerviosa y agradecida y se apresuró a iniciar la ascensión por la cuesta.  

Los adoquines de piedra hacían fácil el camino. Amita subió pegada a los muros. El sendero aún estaba vacío y el corazón empezó a latirle con fuerza. Para acallar los zarpazos que retumbaban en su interior, apretó sus manos contra los cordones de la bolsa en donde estaban guardadas las marionetas. Sobre su espalda, la tela parecía pesar como el plomo, pero siguió ascendiendo con pasos rápidos.  

Al fin, llegó a la última y pronunciada curva de la que hablara Juhta. Atravesó el umbral, y bordeando el pequeño muro que separaba la confluencia de los dos caminos, se paró y asomó la cabeza para mirar lo que ocurría a su espalda: una comitiva de seis o siete elefantes había empezado la lenta ascensión.  

Los paquidermos caminaban muy despacio con las cabezas bajas, los palanquines con los turistas sentados de dos en dos se balanceaban al ritmo del movimiento acompasado y lento de los animales. Los puntos rojos de los turbantes de los mahaouts se clavaron en su vista como una amenaza que se fuera aproximando.  

En torno a la comitiva, la muchacha veía acercarse a los vendedores que caminaban junto a los elefantes. Los observó con detenimiento tratando de averiguar lo que hacían y cómo lo hacían. Los veía ir y venir entre las pesadas patas, gesticulando ostensiblemente y mostrando las mercancías que levantaban estirando los brazos para alcanzar la altura de los palanquines.  

A medida que se aproximaban, la cabeza de Amita daba vueltas, le flaqueaban las piernas y por primera vez empezó a sentir que aquello que se había propuesto era una locura. Trató de distraer sus pensamientos mirando por encima de los muros que conformaban el sendero: sobre los árboles que descendían por la ladera, el lago Maota estaba rebosando de agua; sobre él, los estudiados jardines de dibujos geométricos parecían flotar sobre las aguas verdosas. Amita se mareaba de nuevo, apoyó la espalda contra las paredes del arco que formaba la puerta y volvió a mirar hacia el sendero: ahora los elefantes estaban a escasos treinta metros y podía oír con claridad las voces de los vendedores gritando palabras para ella ininteligibles: «bonito, bonito, compra».  

De nuevo, los veía en su ir y venir corriendo con las manos cargadas de objetos. Todos eran muchachos jóvenes, ágiles y rápidos en sus movimientos que reían y saludaban inclinándose ante la gente con desenvoltura.

En aquel momento, el primer elefante estaba aproximándose a la puerta estrecha. Al verlo tan cerca, Amita se apartó ascendiendo de espaldas unos metros para quitarse del camino. Sobre las piedras se quedó inmóvil, contempló al animal, que con su cuerpo ocupaba todo el espacio que permitía las paredes que formaban la abertura. Con la mirada despavorida y aferrada a los cordones de su bolsa, se quedó clavada sin acertar a dar un paso para recuperar su posición en el centro del camino.  

Los vendedores se habían quedado atrás y ella vio cómo, uno a uno, todos los animales iban traspasando el umbral estimulados por los gritos de los mahaouts. Amita intentaba moverse, pero las piernas no le respondían. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la visión se hizo borrosa a su alrededor. Agachó la cabeza y apretó los puños. De nuevo la bolsa colgada en su espalda le pesaba como el plomo e, instintivamente, al ver el espacio abierto y vacío frente a ella, empezó a descender con pasos rápidos sintiéndose ligera y aliviada.

En una pequeña plaza, que se formaba en medio del trayecto de ascensión al fuerte, sus piernas flaqueaban y se paró. Indecisa, se aproximó al muro y miró de nuevo hacia arriba. Había desistido de sus propósitos e intentó pensar en otra cosa.  Ahora el camino estaba muy transitado y se fijó en la gente que subía a pie: muchos de ellos eran extranjeros, se distinguían por sus ropas. Los hombres, y sobre todo las mujeres, iban muy mal vestidos, llevaban pantalones que dejaban al descubierto sus piernas delgadas y blancas. Sus movimientos le parecieron masculinos y sin gracia, con aquellos extraños zapatos blancos que les hacían parecer estúpidas ocas con los pies muy grandes. Se sentía en un mundo ajeno a ella en donde todo era disparatado y absurdo.  

Miró hacia abajo recorriendo lentamente el camino recubierto de piedras gastadas y brillantes. De nuevo, se oían las voces de la gente en torno a otra comitiva de elefantes que ascendía con su ritmo pausado. Entre ellos, Juhta, subido sobre el cuello del animal y con el turbante rojo anudado sobre la cabeza, sonreía como si fuera sentado en un trono.  

Lo vio pasar y hacerle un guiño señalándole con su vara en dirección a lo alto del camino. Amita cerró los ojos, durante un momento los latidos del corazón volvieron a golpear con fuerza en su interior. Descolgó de su hombro la bolsa con las marionetas, introdujo la mano y sacó una pareja. Acarició la seda amarilla y, apretándolos entre sus manos, inició de nuevo el ascenso hacia la última puerta.  

Ahora corría abriéndose paso entre la gente.  

Al llegar, se sentó sobre el muro expectante. Cuando los sonidos de las voces de los vendedores y el olor de los animales se fueron haciendo más cercanos, se incorporó atenta a todo cuanto pasaba a su alrededor y esperó a que llegara el momento.  

Al fin, antes de atravesar la puerta, Amita vio cómo un muchacho cerraba el trato con los turistas que, desde arriba, le tiraron los billetes que cayeron al suelo. En aquel momento salió al centro de la subida.  

Observó al animal atravesar el umbral y enseguida se colocó junto el elefante con sus marionetas en la mano.  

Sentados en el palanquín, un hombre y una mujer reían con las bocas muy abiertas y señalaban con el dedo algo en la lejanía.  

Aún se mantenía oculta bajo el trozo de tela que mordía rabiosamente entre los dientes. Abrió la boca, su cara quedó al descubierto sin importarle que alguien pudiera reconocerla y empezó a gesticular para llamar la atención de aquella gente. Repetía las raras palabras que había oído decir a los demás vendedores: «¡Eh! ¡Eh! Bonito, bonito». Los extranjeros la ignoraban y ella, cada vez más alto gritaba: «Bonito, bonito. Compra, compra».  

La mujer la observaba recorriendo su figura, la vio sonreír y, rápidamente, la muchacha tiró las marionetas a las manos de ella que se las devolvió negando con la cabeza. Volvió a tirarlas, una y otra vez, mientras la extranjera repetía: «¡no!, ¡no!».

Amita, notaba el sudor que se deslizaba por su cara cayéndole sobre el cuello. Varias veces estuvo a punto de caer al pisar el borde de su sari. Tropezaba dando traspiés.

La mujer seguía observándola ahora con desesperación temiendo que cayera al suelo, y le hacía gestos con la mano para que abandonara su empeño.  

Se dio cuenta de que había despertado su simpatía y de que era importante que no dejara de mirarla e insistir. Mientras, ella había vuelto a tirarle uno de los muñecos con los preciosos vestidos de Rakhi.  

La comitiva llegó a la entrada de acceso al recinto palaciego. En aquel momento, alguien la cogió del brazo con fuerza.  

—¿Has pagado tu entrada, muchacha?

Ella, sin ver de quién se trataba, se desasió rabiosa y continuó hacia delante dando traspiés hasta llegar al apeadero. Ahora, las marionetas estaban de nuevo en sus manos.

Parada frente al elefante, vio que el mahaoutabandonaba su posición para ayudar a la gente a encontrar la forma de bajar. Era su última oportunidad y de nuevo tiró los muñecos que cayeron en el regazo de la mujer, que ocupada en buscar donde apoyarse, los retuvo.  

En aquel momento, una mano enorme y sudorosa asió su brazo. Ella miró de reojo y vio el uniforme de uno de los guardias del fuerte. Tiraba hacia él para que se apartara mascullando palabrotas entre dientes. Forcejeó, apretando fuertemente sus pies contra el suelo para no ser arrastrada de la escena. Ahora no podía dejar de mirar a la mujer que aún mantenía los muñecos sobre la falda mientras esperaba su turno para descender del palanquín.  

Al fin, la extranjera ya estaba en el suelo. La miraba, se daba cuenta de lo que estaba pasando y Amita vio que hurgaba nerviosa en su bolso. Ella, con ganas de gritar, seguía forcejeando con el guardia que sonreía cínicamente empujándola cada vez con menos disimulo.  

El hombre se había colocado entre las dos mujeres e, instintivamente, Amita extendió su mano bajo los brazos del guardia y la extranjera introdujo entre sus dedos unos billetes arrugados.  El guardia, atento al gesto, cogió la mano de Amita y la sostuvo apretándola hasta hacerle daño mientras seguía sonriendo.  

Cerca de ellos, Juhta había descendido del elefante. Le vio irrumpir en la escena y aproximarse de espaldas hasta ellos. Con un rápido movimiento de su palo de azuzar, Juhta pinchó al guardia en el trasero, que se estiró profiriendo un grito de sorpresa. En aquel momento el hombre le soltó la mano y Amita echó a correr hacia la salida de la fortaleza.  

Corría descendiendo la cuesta y apretando los billetes en la palma de su mano. El aire caliente le quemaba la cara y el corazón daba zarpazos en su interior. Alguien se interpuso en su camino con los brazos abiertos insultándola. Pero, ciega por la rabia, golpeó el cuerpo que se interponía en su camino dando un fuerte zarpazo con la cabeza, y el hombre se apartó. Le oyó gritar a su espalda que sabía quién era. Volvió a taparse la cara con la punta del sari y se fue entremezclando con la gente que subía y bajaba, hasta que se encontró de nuevo en la explanada, que ahora estaba muy concurrida.  

Dio la vuelta a la esquina por la que había llegado de buena mañana, se introdujo tras las cañas de bambúes y se sentó en el suelo: estaba exhausta y confundida.  

Sin mirar, metió el dinero en la bolsa de tela y la introdujo en el recipiente del agua. Esperó algunos minutos para tranquilizarse, alerta a cuanto ocurría fuera de su escondite: la gente pasaba indiferente junto a las cañas. Al fin, más serena, se decidió a salir a la calle y se alejó en dirección a su casa.

Al llegar, los dos ancianos dormitaban en un rincón de la cocina. A su alrededor, reinaba el desorden.  Se sentó abatida en el suelo frente al fogón en donde se consumían los últimos leños e intentó tranquilizarse. Aún sentía la angustia de las últimas horas, pero poco a poco se fue dando cuenta de lo que había hecho. Sin duda las consecuencias recaerían sobre ella y sobre la familia, tendría que pagar muy cara su imprudencia. Se acordó de Rakhi, ella hubiese sabido hacerlo sin ser reconocida. Pero estaba decidida, ahora más que nunca, debía encontrar la manera de obtener el dinero que necesitaba.  

Más tranquila y resignada, se dispuso a realizar sus tareas. El recipiente del agua había quedado olvidado en la entrada, lo recogió, de su interior sacó las marionetas y el dinero; lo miró con asombro. No podía creerlo, era mucho más de lo que ella esperaba encontrar. Se le escapó un grito de júbilo y con los cabellos despeinados, se dirigió al taller.  

Allí hizo un hatillo con todas las marionetas vestidas con el sari amarillo y entró en la habitación donde dormía. Se vistió apresuradamente con ropas de su marido. De entre los pliegues de su sari de fiesta, sacó el recorte de periódico que le diera Rakhi, lo escondió en su cintura y se colocó un turbante sobre la cabeza. Sin mirar atrás, salió de la casa para siempre.  

*     *     *

En el Mercado de los Ladrones de Bombay, en una de las esquinas más concurridas, entre tiendas de antigüedades, de alfombras y de viejos trastos, hay un taller de artesanía. En la puerta cuelgan ramilletes de marionetas del Rajastán: maharajaes, maharaníes y caballos ricamente enjaezados. Dentro, más de cuarenta mujeres trabajan cosiendo, con cuidado exquisito, las finas telas de colores espléndidos para dar vida a aquellos personajes de las tierras del sol y de la luna, que supusieron la vida para Amita y que siguen siendo para muchas de ellas el precio de sus propias vidas.  

Ha pasado el tiempo, Amita aún cuenta que llegó a Bombay vestida de hombre, subida en un tren desde Jaipur y abrazada a sus marionetas con los preciosos trajes amarillos hechos con el sari de Rakhi. Fue una hermosa herencia que le permitió descubrir que ella también era la dueña de un hermoso sueño: el sueño de estar viva.

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos 

Náufragos

Archivo de LHM

Carolina querida:

¿Recuerdas el día que murió tu padre?

No sé qué te pudo venir a la cabeza en esos momentos para pensar en ella pero, sentados los dos junto a su cama, mientras esperábamos el triste desenlace, me preguntaste que cómo era tu abuela. Sorprendido, te dije que algún día tendríamos tiempo para hablar con tranquilidad. 

Nunca volviste a preguntarme nada pero, meses más tarde, cuando mi animo fue recuperándose del dolor por la pérdida y fui encontrando un poco de calma, recordé tu interés y pensé que tú, más que nadie en este mundo,  tenías derecho a saber todo lo que había detrás de esa pregunta. Ha pasado el tiempo y ya no es posible esperar más. Creo que debo contártelo todo, por que siento como, poco a poco, los contornos de mis recuerdos se van desdibujando y puede que esta sea mi ultima oportunidad de ponerte en conocimiento de toda la verdad sobre tu familia.

¿Cómo era tu abuela? 

He de contestarte largamente a esa pregunta porque desconozco lo que sabes. Puede que lo ignores todo. Tu padre y yo nunca hablamos del pasado. Él, tal vez, tuvo la buena fortuna de olvidar o, tal vez, debido a la grandeza de su corazón, en agradecimiento a que yo siempre lo consideré mi  propio hijo, nunca mencionó que eso no fuera la absoluta verdad. 

Sé que tu sorpresa puede ser muy grande con lo que  voy a contarte, pero, por nada del mundo debes sentirte engañada. Tu padre era muy niño cuando ocurrieron aquellos hechos y lo que tuvo que vivir fue muy dramático. Es posible que su mente infantil lo desechara, porque siempre se consideró y se comportó como mi hijo y yo lo tuve como a tal, aunque no hubiera entre nosotros ningún vínculo de sangre.

Tú bien sabes que él había nacido en América y, hasta llegar a esta ciudad, que nos acogió a ambos las cosas sucedieron tal como ahora voy a contarte:

Empezaba el invierno de 1813 cuando ocho o nueve  familias nos vimos reunidas en el puerto de la Veracruz para regresar a España. Todos habíamos vivido en el viejo virreinato  que hoy se conoce como el país de Méjico, en donde las ciudades y los pueblos clamaban por la libertad y los caminos se habían convertido en regueros de pólvora.  

Fue una época de caos entre los que allí vivíamos. Había cundido el desconcierto y  muchos de nosotros éramos lo que entonces llamaban españolistas o realistas: odiados y temidos por vivir representando a un reino que lo ignoraba todo sobre sus súbditos. La guerra con Francia y la falta de un rey legítimo en la península alteró mucho la vida política en aquellas tierras. Ya, antes incluso de  que esto ocurriera, se palpaba la necesidad de un cambio que no llegaba nunca. Había  verdaderas  ansias contenidas de lucha y un gran descontento, sobre todo entre la población criolla, que no soportaba ese permanente segundo plano que debía aceptar. Y el nuevo mundo, desde la Patagonia hasta la Florida,  hervía en busca  de la ansiada libertad de la que ya se hablaba tanto, como consecuencia de la independencia de los estados americanos del norte. 

Con los franceses en España se desencadenó lo inevitable y para muchos de nosotros seguir allí se hizo insoportable. 

A pesar de todo,  los que marchábamos nos considerábamos a nosotros mismos exiliados. Sí, allí se quedaba toda nuestra vida y se esfumaba nuestro futuro que, en mi caso, como en el de tantos otros, de ninguna manera, habíamos imaginado lejos de aquellas tierras. 

Mi mujer y yo teníamos además otras razones no menos importantes para volver. Nuestro hijo había contraído una enfermedad para la que, después de visitar a los más eminentes doctores que allí estaban a nuestro alcance, no se encontraba remedio y los familiares de mi mujer, desde Madrid, nos animaron a volver para buscar una posible cura en España, donde los conocimientos médicos estaban más avanzados. Eso y el malestar que nos producía la situación política, acabó por decidir nuestro destino.

El barco iba a partir del puerto y fue en los días que esperábamos para embarcar rumbo a España, donde supe que viajaba con nosotros Don Andrés Molero Buendía. Era persona muy conocida y estaba considerado como un hombre sabio, un intelectual que dedicaba su vida al estudio. No poseía cátedra por no pertenecer a la carrera eclesiástica, pero sus informes y sus conocimientos eran tenidos en alta consideración en las políticas de las colonias. Regresaba, a petición propia, para ponerse al servicio de las Juntas de Gobierno  ocupando un cargo importante en la administración de las tierras americanas.

Antes de embarcar, nuestras preocupaciones sobre los equipajes y objetos de la mudanzas, las cartas de despedida  o de presentación nos mantuvieron entretenidos haciendo que los días transcurrieran sin tiempo para muchos pensamientos. Sin embargo,  durante los larguísimos días de nuestra navegación, el tiempo era lento y pesado. Buscábamos la compañía de los otros viajeros que nos proporcionara una manera de distraer nuestro infortunio: se palpaba la amargura. Aunque no queríamos reconocerlo públicamente en un ejercicio de lealtad, todos los que nos íbamos sabíamos que el destino de aquellas tierras era su libertad. Estoy seguro de que muchos  hubiésemos querido participar de ella, pero nos estaba vedado al no querer pagar el alto precio de una traición a nuestra propia conciencia.

Esa era la razón por la que solíamos reunirnos para jugar largas partidas de cartas, evitando así enfrascarnos en ásperas y estériles discusiones políticas.

Fue en una de aquellas tardes en torno  a las mesas de juego, en las que la mayoría de las veces me limitaba a observar a los jugadores, cuando trabé amistad con Don Andrés Molero. Desde el momento en que cruzamos las primeras palabras, nos unió una corriente de simpatía y tuve la suerte de que él me distinguiera con un trato personal e intimo que yo agradecí de todo corazón, pues nunca me consideré a su altura, pues yo era lo que he sido siempre: un avispado negociante, que llegó muy joven a America para enriquecerse y aprovechando mi condición de peninsular y una facilidad innata para las relaciones, me había situado entre las elites de los que allí vivían. Mi formación por  lo tanto era escasa y mi ambición muy grande, lo confieso. Pero el bueno de Don Andrés debía estar lleno de nostalgias, de tristes presagios para las oscuras revoluciones que se avecinaban en las tierras que dejábamos y debió encontrar en mí un interlocutor paciente  y apasionado haciéndome participe de sus inquietudes. 

El amaba America y la sentía como propia. No en vano, había nacido allí  en donde tenía hondas raíces y no conocía otras tierras mas allá del viejo virreinato. Hubiera podido participar de los proyectos de revolución, pues era admirado y querido en ambos bandos por su imparcialidad y su buen criterio, pero decidió  regresar para servir a su país, poniendo a su servicio todo cuanto sabía, para salvar lo que aún se pudiera salvar y así no tener que renunciar a sus principios aunque sí lo hiciera a sus auténticas convicciones. 

Así fue como, en los paseos que muchas tardes compartimos en cubierta, me hizo partícipe de la  historia de su familia. Me habló de su padre: un jesuita nacido en la ciudad castellana de Toledo destinado en America desde muy joven que, cuando la Compañía de Jesús  fue definitivamente disuelta por el Papa,  se hallaba en Roma cumpliendo una misión que le había llevado desde el viejo continente. En vez de buscar cobijo en otros países que acogieron a los insignes profesores y hombres eruditos, debió sentirse profundamente decepcionado por la  iglesia que los sometió al más absoluto desprecio y  abandonó la carrera religiosa para volver a América, sin que ello significara su renuncia a su auténtica y firme fe cristiana. Eligió para su regreso el lugar más alejado de cuantos se conocieran por aquel entonces: los desiertos de  Sonora, en el limite de las conquistas. 

Allí se sumó a alguna de las expediciones que tuvieron lugar en aquellos años y en una de ellas, contrajo matrimonio con la hija de un jefe tribal de uno de los pueblos que habitaban en esos lejanos lugares. Se trataba de una mujer que, a diferencia de las gentes de su etnia, se convirtió a la fe católica, a pesar de que su pueblo repudiaba totalmente las enseñanzas que trataban de implantar los misioneros franciscanos que, por aquel entonces, eran los encargados de la evangelización en aquellos enormes desiertos. 

Pronto, pues los indios de aquellas tierras eran poco amigables, y los americanos del norte las ambicionaban, fue bajando a través del continente hasta establecerse con su familia: su mujer y su único  hijo, en la ciudad de Méjico, en donde, debido a su formación y hasta su muerte, se dedicó a la enseñanza de manera particular ejerciendo ademas en ciertas cuestiones como funcionario de la corona. 

Andrés Molero Buendía era ese hijo del matrimonio y  la persona con quien tuve la fortuna de compartir el tiempo en aquel barco. 

Era un hombre sincero y nada afectado que no sentía reparo en hablar conmigo de sus sentimientos más personales. Así me confesó, que había profesado una gran admiración  y cariño hacia su padre, quien nunca renegó ni ocultó su condición de antiguo sacerdote  y a quien siempre había oído decir que tenía deudas pendientes en España, a la que hubiera querido regresar, pero la vida no le brindó la oportunidad de hacerlo. El antiguo jesuita murió dejando impregnada en el corazón de su hijo la nostalgia de la patria a la que ahora el regresaba con su familia: su mujer y dos hijos, un niño de seis años y una pequeña que apenas caminaba.

Pues bien, mi querida Carolina, esa era tu familia y, al terminar este pequeño relato, espero que hayan quedado convenientemente explicados los dramáticos acontecimientos que llevaron por tan extraños e inesperados caminos nuestras vidas.

Tu abuela, de quien no puedo decirte su nombre,  era   una mujer muy hermosa: no era muy alta pero con un porte que te hacia sentir respeto desde el momento en que la tenías delante. Recuerdo muy bien su rasgos exóticos y una elegancia natural que la distinguía como una mujer de carácter. Se peinaba como una española más, con el pelo recogido en un moño tirante sobre la nuca y su piel, como la de los nativos de América, era del color de la miel de palma. Sus ojos eran muy hermosos,  querida niña, tú has heredado su misma mirada. 

Ciertamente no tuve oportunidad de tener mucho trato con ella. Estuvimos frente a frente solo unos instantes cuando me fue presentada en  la cubierta del barco. Las  mujeres pasaban el tiempo de otra manera: solían reunirse para tomar el aire cuando el  mar y el cielo lo propiciaban. Ellas se sentaban formando corros animados, charlaban  mientras hacían labores de punto y jugaban con los niños. Cruzamos algunos saludos, la vi mezclada en los juegos y pasatiempos con las otras mujeres, con la pequeña en sus brazos y siempre pendiente de sus hijo. 

El niño, de unos seis años, era un  muchacho de gran parecido con su madre, sano y desenvuelto de pelo muy liso, negro y brillante. Había llamado mi atención al haberse acercado varías veces a mi hijo con gran deferencia. Gesto que, tanto mi mujer como yo  agradecíamos de todo corazón, pues resultaba evidente que él, viéndole distinto: pálido y débil por su enfermedad, se acercaba  para hacerle algunos ratos de compañía.

Pero aquel barco era un barco de exilados que nos sentíamos perseguidos por la fatalidad y la fatalidad nos vino a rondar. Tras diez días de navegación, nos vimos envueltos en una fuerte tormenta que se desencadenó en plena noche con inusitado vigor. Al sentir los primeros y fuertes bandazos, todos los hombres nos precipitamos  a cubierta, por si nuestra ayuda fuera necesaria. No hubo tiempo de nada, enseguida vimos atónitos como un golpe de mar hacía añicos el puente de mando, partido en pedazos, entre  olas y espumas.

A partir de ese momento, a mí alrededor, solo hubo agua embravecida y  furia  salvaje que arrastraba mi cuerpo incapaz de hacer frente  a  la fuerza que me rodeaba convertido en un guiñapo a merced de la naturaleza desatada.

Todavía sufro recordándolo por que, a pesar del ruido de las aguas que batían desesperadas contra  lo que entonces parecía un frágil cascarón, a pesar de los gritos desgarrados de la gente que, en los primeros momentos, se oían como un eco lejano, no he podido imaginar nunca un silencio más absoluto como el que sentí aquella noche en torno a una profunda y espesa oscuridad.

No sé cómo ocurrió todo, pero me aferré a un madero que se me vino encima y después no recuerdo nada. Debía estar sumido en una  especie de semiconsciencia mientras  batía con desesperación mis piernas, pues  mis brazos, como garfios de hierro, se abrazaban a aquel  pedazo de madera. 

Aquella noche fue la más larga y oscura que un ser humano pueda imaginarse. 

Cuando el sol empezó a despuntar, el mar era una balsa y delante de mí solo había un horizonte profundo y vacío. El leve zumbido de un mar en calma, por momentos, me parecía un ruido ensordecedor y la boca me ardía por la sed. 

Fueron horas de enorme sufrimiento: me sentía miserable, mezquino, aferrado a aquella tabla que me había salvado la vida.  Yo era culpable por estar vivo. Sentía que la noche anterior, había debido buscar entre las olas, socorrer a mi familia: mi mujer y mi hijo. En el interior de mí mismo, mientras el sol me abrasaba, creía oír como gritaban  a  mi alrededor pidiendo socorro y oteaba el horizonte sin resultado alguno. 

!Que desesperación sentí!

Entenderás que no tengo palabras ni tampoco el valor necesario para ahondar en aquellos oscuros recuerdos.

Pasaron las horas, yo me había abandonado al infortunio, pero  no estaba de Dios que  perdiera la vida. Empezaba a caer la tarde, cuando, en la lejanía  creí oír voces entrecortadas. Recuerdo levantar la cabeza y ver contra el sol, que empezaba a ocultarse, gente que hacía ostensibles señales con los brazos sobre una pequeña barca. 

Fui recogido por la chalupa de un barco portugués, que tuvo la misericordia de seguir las corrientes durante un día más, para encontrar a cuantos supervivientes fuera posible. De los más de ciento veinte personas que, entre pasajeros y tripulación, viajábamos en aquel barco, fuimos recogidos siete. 

Solo cuando el barco abandono la  búsqueda perdí la esperanza. Fue terrible aceptar que mis seres queridos dormían para siempre en el fondo del Atlántico.

En las horas que siguieron a la certeza de aquellas muertes, mi ánimo estaba perdido, solo me hubiera restado tirarme por la borda de aquel barco. Pero existen los milagros, Carolina. Entre los supervivientes había un niño de seis o siete años. Le reconocí enseguida: era el hijo de Andres Molero Buendía. Al darme cuenta, sentí que mi cuerpo se estremecía de alegría. Cuando vi  como lo depositaban sobre la cubierta del barco, fui a abrazarlo como si hubiese sido mi  propio hijo. Se desvaneció en mis brazos. Lo arroparon con un manta y lo llevé conmigo. Tardó horas en despertar. Cuando lo hizo yo estaba a su lado. Como si lo supiera todo, nada preguntó. En silencio, le vi limpiarse las lagrimas  mezcladas con el salitre y se me partió el alma. 

¿Qué podía haber en el interior de su corazón en esos momentos? Nunca lo he sabido. Todavía no puedo explicarme como aquel niño pudo vencer la fuerza de las aguas, con su fragilidad, con sus pocos años… No se lo pregunté ni hablamos jamás de ello. 

Pasaron las horas, intenté hablar con él  pero no podía  responder a mis preguntas, temblaba sumido en un silencio lleno de estupor y para mi desesperación las Azores empezaban a avistarse en lontananza. Allí seríamos entregados a las autoridades portuguesas y corrían malos tiempos para los españoles. A saber qué sería de aquel niño que, probablemente, pues no tenia la edad ni el conocimiento suficiente para hacerse valer en una situación como aquella, quedaría abandonado a una suerte terrible de esclavitud o de miseria. Insistí y al fin pareció salir de su letargo, en un murmullo, dijo llamarse Andrés: llevaba el mismo nombre que su padre. Hice algunas preguntas más, pero el chico solo movía la cabeza negando consternado.  

Había que pensar deprisa, le dije: «Permanece callado, por lo que más quieras, no digas nada, solo tendrás que asentir a mis  palabras y hacer lo que yo te diga, muchacho –le dije–: Mírame bien.  Tú eres Andrés Cuesta Rodriguez. A partir de este momento eres mi hijo, ¿Me has entendido?» 

Asintió levemente. Le cogí de la mano, apreté cuanto pude  sus dedos entre los  míos y me dirigí al capitán, quien aceptó de buen grado lo que yo afirmaba sin preguntar nada. Al salir de nuevo a la cubierta del barco, un golpe de aire cálido me golpeó la cara y tuve la sensación de que aquella mano caliente entre las mías me había devuelto a la vida. 

Nos sentamos uno al lado del otro en un rincón de cubierta viendo la isla frente a nosotros que iba perdiendo los azules de la distancia. 

Recuerdo sentir  su cuerpo apretándose contra el mío, me emocionó y le miré. Él me devolvió la mirada con aquellos ojos que eran como dos ascuas encendidas y aquel pelo tan negro que le enmarcaba el rostro con ángulos rectos y precisos que mostraban cuál era su raza. No supe qué decirle, apreté los dientes y puse mi brazo sobre sus hombros. Con las lágrimas asomándome a las pupilas le susurré: «Confiemos en Dios, hijo mío. Él y el destino sabrán porque hemos sido unidos  de esta manera».

Ese era tu padre, Carolina. Ahora que ha pasado el tiempo, sin olvidarme nunca de lo que quedaba atrás, confieso que aquel día fui tratado por Dios como una persona afortunada: él fue un regalo de la vida para mí y esa familia a quien he descrito era tu auténtica familia. 

En los días que siguieron a nuestra llegada a tierras portuguesas, mientras esperábamos la  partida, dormíamos en  el puerto con la esperanza de la llegada de algún otro barco que hubiera encontrado más supervivientes de nuestro naufragio. Fue inútil, nadie trajo noticia alguna.

Desde allí escribí a quienes  nos esperaban  contándoles nuestra desgracia, pues mi familia  y yo volvíamos para instalarnos en Madrid, donde habíamos previsto abrir un comercio de telas con los hermanos de mi mujer y debían estar impacientes de nuestra llegada. 

A los pocos días tuvimos mucha suerte, nos añadieron al pasaje de un barco que, proveniente de la Florida, se dirigía a España. Al fin, partíamos hacia Cadiz y la vida continuaba.

Ya en España, el viaje hacia Madrid era muy largo. Lo  hicimos en una vieja diligencia oscura y cochambrosa. Cruzábamos ciudades, pueblos, campos y montes por caminos polvorientos y campos abandonados. Mi patria, la patria de mi alma, parecía un solar. La guerra con los franceses había dejado tierras yermas y abrasadas, desesperación y pobreza.

Pero Andrés parecía ir despertando. Yo le contaba cuanto sabía de Sevilla, de Cordoba, de tantos pueblos que atravesamos enclavados en tierras rojas de fértiles riveras y miles de olivares entre los que se perdía la vista. Era un muchacho que poseía gran curiosidad por las cosas, aprendía con rapidez y  a los pocos días, aunque, a veces, parecía quedarse ensimismado,  volvía a sonreír como un niño de su edad.

Al fin llegamos a Toledo. Era la última etapa antes de llegar a la 

capital. La diligencia tenía el eje en malas condiciones y tuvimos  que  buscar sitio en una posada, en donde quedarnos a pasar la noche con otros viajeros, pues la reparación requería su tiempo. 

Recordé que el padre de aquel niño que ahora me acompañaba añoraba aquella ciudad, que fuera de su padre, como si fuera la suya propia y esperaba algún día poder encontrarse con sus familiares con los que aun se mantenía en contacto.

Llegar a Toledo fue otra decepción. La ciudad había sido devastada. Los franceses: los hijos de la ilustración, aquellos  que eran tan ponderados y admirados en América como los que sembraban la semilla de la libertad, a su paso, habían intentado  que no quedara piedra sobre piedra.  Habían quemado conventos, iglesias, casas, destrozado obras de arte, maltratado a mujeres y a niños. En la posada nos contaron con desesperación que había sido quemado el mismo San Juan de los Reyes, una de sus joyas mas queridas de la ciudad, fue saqueada por las tropas después de ser usado como cuartel para la guarnición. Arrancaron cuantos  cuadros y obras de arte podían llevarse escondidos en las  sillas de sus caballos. !Qué vileza, Dios!, !qué vileza la suya!

Se  palpaba la pena en el corazón  de la gente. 

Al despertar del día después de nuestra llegada, nos preparamos para partir hacia Madrid. Me  asomé a la ventana, tu padre se había puesto a mi  lado. Desde  allí se veían tantos edificios convertidos en ruinas, tantas casas de paredes derrumbadas y era tanto el silencio que, el niño, que debía haber oído hablar de  Toledo como una ciudad hermosa, en donde estaba el origen de su familia, me miró con tristeza y me preguntó: ¿Esto es Toledo, padre? 

Al oír como me llamaba padre por primera vez y como su corazón sufría por lo que  estaba viendo,  apreté los dientes con la mayor rabia que nunca he sentido, lo cogí de la mano y salimos a la calle. En el primer escombrado que encontré nos pusimos a colocar piedras, una sobre otra, levantando el muro de un viejo edificio abandonado. La diligencia se marchó y yo había tomado la decisión de quedarnos en la ciudad. Era mi tributo a ese regalo que la vida me entregaba, devolviendo aquel niño al  lugar al que se dirigía en nombre de su auténtico padre.

Los primeros días fueron días muy duros, pero la gente de Toledo es una gente abnegada y aman su vieja ciudad como a nada ni a nadie. Al vernos al  niño y a mí, empeñados en la reconstrucción, se nos fueron añadiendo. 

Un miembro de la familia de mi mujer en Madrid, me prestó un  dinero hasta que pude regularizar mi situación con los banqueros de aquí, que me fueron entregando las cantidades  que yo dejara depositadas en Méjico en una casa de cambio y de cuyos resguardos, con la perdida de todo lo mío en el naufragio, me hizo difícil de justificar. 

A las pocas semanas tenía una cuadrilla de hombres bajo mis ordenes y nos dedicamos a levantar viejas paredes. Al principio los organismos no nos hacían caso. Llamé a puertas, hice escritos, traté los precios mas baratos en los almacenes y, al fin, poco a poco me fueron llamando para reconstruir iglesias, conventos y casas particulares. 

Y así empezó todo: me hice con algunos de los viejos edificios que hubieron de derruirse por completo para rehacerlos. Algunos de ellos los convertimos en casas de vecinos,  vendiéndolos después a buenos precios, pues la gente buscaba una manera de vivir más simple que antiguamente. Había burócratas, empleados de comercio que necesitaban casas más sencillas y se vendieron bien. 

Toledo era una ciudad herida  pero no estaba del todo muerta. En  unos quince años había amasado una pequeña fortuna. Supe beneficiarme de la  venta de algunos edificios que en su día pertenecieron a la iglesia. Salieron a la venta y la depresión en la que vivía la ciudad impedía que alguien se interesara en su compra. En aquella época esta ciudad era una población en total abandono que dormía sobre los restos de su historia. 

Cuando tú te casaste, querida Carolina, compramos esa casa del cerro de Motrichel, que había pertenecido a los jesuitas y en la que ahora vives. Tu padre te la ofreció como regalo de boda. Desde que la viera por primera vez se empeñó en comprarla. Intenté disuadirle. A mí me parecía, que para el fin que él quería darle, estaba algo alejada del centro  y de  la que siempre había sido nuestra casa en la calle de la Plata, pero insistió. Como me ocurriera otras veces en las que tuve muy en cuenta su opinión, confié en  su buen criterio, así se hizo y compramos la casa para ti.

Y esta es la historia que te debía, ¿Por qué no antes? ¿Para qué? Siempre llega todo a su debido tiempo. No sé que impresión va a causarte cuanto te he contado. Pero si te sirve de algo, tu padre lo fue todo en mi vida. Desde su muerte, vivo invadido de la misma zozobra que un día sentí en la bodega de aquel barco portugués que nos trajo de regreso a España. Desde su muerte, todo ha perdido su sentido para mí.

Sea como sea, aún cuando la verdad te decepcione o te sorprenda, Carolina de mi alma, debes saber que viví para tu padre y tú has sido la nieta a la que siempre he llevado en el corazón. 

Qué Dios te bendiga, querida mía.

 

Fragmento de la novela: Terciopelo y seda de Merche Braojos

Seis euros de soledad

Michael Kauer -Pixabay-

Era pleno mes de agosto, el calor insoportable parecía no querer cesar nunca a pesar de la hora. Miré el reloj: las nueve de la noche y estaba cansada. Paré un taxi y le di la dirección de mi casa, el taxista me miró desde el espejo y pregunté:

—¿Por dónde vamos a ir?

Había pasado el día en el hospital sola junto a mi padre, demasiado agotado por la enfermedad para prestar atención a nada, y tenía necesidad de hablar. Agradecí por un instante que los taxistas de Madrid sean tan dados a la charla. El hombre no contestó y volvió a mirarme desde el espejo. Me pareció extraño y levantando un poco la voz insistí:

—Perdone, ¿por dónde vamos?

Sus ojos eran grandes y expresivos, llenaban la estrecha franja del espejo situada sobre el cristal, pero seguía sin contestar. Le observé como tragaba saliva mientras me pasaba por la cabeza que, tal vez, era sordomudo. Era imposible que la segunda vez no me hubiera oído. Mantuve su mirada a través del espejo que seguía fija en la mía como si esperase una señal. Me puse en disposición de entender un gesto, una leve indicación. Nada más lejos de mi ánimo que molestar a aquel hombre pero tampoco tenía intención de renunciar a aquella exigua conversación. Pasaron unos segundos y susurró:

—Vamos por dónde tú quieras.

Pensé que el hombre debía estar afónico.

—Podríamos ir a buscar Alcalá, ¿no?

—Si quieres un camino más largo, me lo dices, me los conozco todos.

Sentí que algo no iba bien. Volví a mirar la estrecha franja del espejo. Esta vez su mirada persistente me pareció lasciva y me sentí incómoda. Seguía observándome. Rehuí la mirada y busqué situarme en la esquina del asiento, pegada a la ventanilla, de esa manera quedaba fuera del alcance de su vista. 

Miré a través del cristal de la ventanilla, el coche discurría por la calle a un ritmo lento. Estábamos rodeados de vehículos y la acera no quedaba lejos. Comprobé que no había ningún seguro puesto en mi puerta para, llegado el caso, abrir y saltar. Pero era absurdo, tal vez había sido mi actitud desenvuelta la que habia provocado aquel raro comportamiento y, simplemente, debía adueñarme de la situación.

Con la disculpa de haber olvidado las calles de Madrid, le hablé de lo despistada que a veces me encontraba en la gran ciudad. A pesar de haber nacido en ella, hacía más de 20 años que vivía en un pueblo, venía solo de vez en cuando a visitar a mi padre; era un anciano de más de ochenta años que hacía tiempo que enviudó y había vuelto a casarse.

—¿Ligó?— Preguntó con picardía.

—No puedo imaginarlo así, más bien creo que los hombre no saben estar solos.

—¿De verdad? Pues aquí estoy yo, ¡solo!

No contesté a lo que había sido casi un grito y le observé desde mi cómoda posición: parecía un hombre atlético, primitivo e inquieto, aparentaba algo más de cuarenta años. Me pareció que la conversación había ido relajando sus músculos y la mirada inquietante se había perdido definitivamente entre el tráfico de la calle.

El trayecto duró unos quince minutos, en ese escaso tiempo supe que estaba separado, que tenía tres hijos varones que vivían con su mujer que solo le llamaban para pedir dinero, que iba al gimnasio y que escuchaba música.

Llegamos a la puerta de mi casa.

—¿Cuánto le debo?

—Seis euros, señorita.

Mientras pagaba, el hombre se volvió en su asiento, tenía la mirada de un perro abandonado.

—Gracias, mujer.

—¿Por qué?

—Por dejarme hablar…

Al entrar en mi portal con un extraño sabor en la boca, lo imaginé solo, sentado en un desordenado salón al acabar su jornada de trabajo. Con el mando del televisor en la mano, lo vi manipular buscando un programa con el que olvidarse de una soledad que le era insoportable y que, tarde o temprano, acabaría por estallar.