fbpx

Vivir en la higuera

Náufragos

Archivo de LHM

Carolina querida:

¿Recuerdas el día que murió tu padre?

No sé qué te pudo venir a la cabeza en esos momentos para pensar en ella pero, sentados los dos junto a su cama, mientras esperábamos el triste desenlace, me preguntaste que cómo era tu abuela. Sorprendido, te dije que algún día tendríamos tiempo para hablar con tranquilidad. 

Nunca volviste a preguntarme nada pero, meses más tarde, cuando mi animo fue recuperándose del dolor por la pérdida y fui encontrando un poco de calma, recordé tu interés y pensé que tú, más que nadie en este mundo,  tenías derecho a saber todo lo que había detrás de esa pregunta. Ha pasado el tiempo y ya no es posible esperar más. Creo que debo contártelo todo, por que siento como, poco a poco, los contornos de mis recuerdos se van desdibujando y puede que esta sea mi ultima oportunidad de ponerte en conocimiento de toda la verdad sobre tu familia.

¿Cómo era tu abuela? 

He de contestarte largamente a esa pregunta porque desconozco lo que sabes. Puede que lo ignores todo. Tu padre y yo nunca hablamos del pasado. Él, tal vez, tuvo la buena fortuna de olvidar o, tal vez, debido a la grandeza de su corazón, en agradecimiento a que yo siempre lo consideré mi  propio hijo, nunca mencionó que eso no fuera la absoluta verdad. 

Sé que tu sorpresa puede ser muy grande con lo que  voy a contarte, pero, por nada del mundo debes sentirte engañada. Tu padre era muy niño cuando ocurrieron aquellos hechos y lo que tuvo que vivir fue muy dramático. Es posible que su mente infantil lo desechara, porque siempre se consideró y se comportó como mi hijo y yo lo tuve como a tal, aunque no hubiera entre nosotros ningún vínculo de sangre.

Tú bien sabes que él había nacido en América y, hasta llegar a esta ciudad, que nos acogió a ambos las cosas sucedieron tal como ahora voy a contarte:

Empezaba el invierno de 1813 cuando ocho o nueve  familias nos vimos reunidas en el puerto de la Veracruz para regresar a España. Todos habíamos vivido en el viejo virreinato  que hoy se conoce como el país de Méjico, en donde las ciudades y los pueblos clamaban por la libertad y los caminos se habían convertido en regueros de pólvora.  

Fue una época de caos entre los que allí vivíamos. Había cundido el desconcierto y  muchos de nosotros éramos lo que entonces llamaban españolistas o realistas: odiados y temidos por vivir representando a un reino que lo ignoraba todo sobre sus súbditos. La guerra con Francia y la falta de un rey legítimo en la península alteró mucho la vida política en aquellas tierras. Ya, antes incluso de  que esto ocurriera, se palpaba la necesidad de un cambio que no llegaba nunca. Había  verdaderas  ansias contenidas de lucha y un gran descontento, sobre todo entre la población criolla, que no soportaba ese permanente segundo plano que debía aceptar. Y el nuevo mundo, desde la Patagonia hasta la Florida,  hervía en busca  de la ansiada libertad de la que ya se hablaba tanto, como consecuencia de la independencia de los estados americanos del norte. 

Con los franceses en España se desencadenó lo inevitable y para muchos de nosotros seguir allí se hizo insoportable. 

A pesar de todo,  los que marchábamos nos considerábamos a nosotros mismos exiliados. Sí, allí se quedaba toda nuestra vida y se esfumaba nuestro futuro que, en mi caso, como en el de tantos otros, de ninguna manera, habíamos imaginado lejos de aquellas tierras. 

Mi mujer y yo teníamos además otras razones no menos importantes para volver. Nuestro hijo había contraído una enfermedad para la que, después de visitar a los más eminentes doctores que allí estaban a nuestro alcance, no se encontraba remedio y los familiares de mi mujer, desde Madrid, nos animaron a volver para buscar una posible cura en España, donde los conocimientos médicos estaban más avanzados. Eso y el malestar que nos producía la situación política, acabó por decidir nuestro destino.

El barco iba a partir del puerto y fue en los días que esperábamos para embarcar rumbo a España, donde supe que viajaba con nosotros Don Andrés Molero Buendía. Era persona muy conocida y estaba considerado como un hombre sabio, un intelectual que dedicaba su vida al estudio. No poseía cátedra por no pertenecer a la carrera eclesiástica, pero sus informes y sus conocimientos eran tenidos en alta consideración en las políticas de las colonias. Regresaba, a petición propia, para ponerse al servicio de las Juntas de Gobierno  ocupando un cargo importante en la administración de las tierras americanas.

Antes de embarcar, nuestras preocupaciones sobre los equipajes y objetos de la mudanzas, las cartas de despedida  o de presentación nos mantuvieron entretenidos haciendo que los días transcurrieran sin tiempo para muchos pensamientos. Sin embargo,  durante los larguísimos días de nuestra navegación, el tiempo era lento y pesado. Buscábamos la compañía de los otros viajeros que nos proporcionara una manera de distraer nuestro infortunio: se palpaba la amargura. Aunque no queríamos reconocerlo públicamente en un ejercicio de lealtad, todos los que nos íbamos sabíamos que el destino de aquellas tierras era su libertad. Estoy seguro de que muchos  hubiésemos querido participar de ella, pero nos estaba vedado al no querer pagar el alto precio de una traición a nuestra propia conciencia.

Esa era la razón por la que solíamos reunirnos para jugar largas partidas de cartas, evitando así enfrascarnos en ásperas y estériles discusiones políticas.

Fue en una de aquellas tardes en torno  a las mesas de juego, en las que la mayoría de las veces me limitaba a observar a los jugadores, cuando trabé amistad con Don Andrés Molero. Desde el momento en que cruzamos las primeras palabras, nos unió una corriente de simpatía y tuve la suerte de que él me distinguiera con un trato personal e intimo que yo agradecí de todo corazón, pues nunca me consideré a su altura, pues yo era lo que he sido siempre: un avispado negociante, que llegó muy joven a America para enriquecerse y aprovechando mi condición de peninsular y una facilidad innata para las relaciones, me había situado entre las elites de los que allí vivían. Mi formación por  lo tanto era escasa y mi ambición muy grande, lo confieso. Pero el bueno de Don Andrés debía estar lleno de nostalgias, de tristes presagios para las oscuras revoluciones que se avecinaban en las tierras que dejábamos y debió encontrar en mí un interlocutor paciente  y apasionado haciéndome participe de sus inquietudes. 

El amaba America y la sentía como propia. No en vano, había nacido allí  en donde tenía hondas raíces y no conocía otras tierras mas allá del viejo virreinato. Hubiera podido participar de los proyectos de revolución, pues era admirado y querido en ambos bandos por su imparcialidad y su buen criterio, pero decidió  regresar para servir a su país, poniendo a su servicio todo cuanto sabía, para salvar lo que aún se pudiera salvar y así no tener que renunciar a sus principios aunque sí lo hiciera a sus auténticas convicciones. 

Así fue como, en los paseos que muchas tardes compartimos en cubierta, me hizo partícipe de la  historia de su familia. Me habló de su padre: un jesuita nacido en la ciudad castellana de Toledo destinado en America desde muy joven que, cuando la Compañía de Jesús  fue definitivamente disuelta por el Papa,  se hallaba en Roma cumpliendo una misión que le había llevado desde el viejo continente. En vez de buscar cobijo en otros países que acogieron a los insignes profesores y hombres eruditos, debió sentirse profundamente decepcionado por la  iglesia que los sometió al más absoluto desprecio y  abandonó la carrera religiosa para volver a América, sin que ello significara su renuncia a su auténtica y firme fe cristiana. Eligió para su regreso el lugar más alejado de cuantos se conocieran por aquel entonces: los desiertos de  Sonora, en el limite de las conquistas. 

Allí se sumó a alguna de las expediciones que tuvieron lugar en aquellos años y en una de ellas, contrajo matrimonio con la hija de un jefe tribal de uno de los pueblos que habitaban en esos lejanos lugares. Se trataba de una mujer que, a diferencia de las gentes de su etnia, se convirtió a la fe católica, a pesar de que su pueblo repudiaba totalmente las enseñanzas que trataban de implantar los misioneros franciscanos que, por aquel entonces, eran los encargados de la evangelización en aquellos enormes desiertos. 

Pronto, pues los indios de aquellas tierras eran poco amigables, y los americanos del norte las ambicionaban, fue bajando a través del continente hasta establecerse con su familia: su mujer y su único  hijo, en la ciudad de Méjico, en donde, debido a su formación y hasta su muerte, se dedicó a la enseñanza de manera particular ejerciendo ademas en ciertas cuestiones como funcionario de la corona. 

Andrés Molero Buendía era ese hijo del matrimonio y  la persona con quien tuve la fortuna de compartir el tiempo en aquel barco. 

Era un hombre sincero y nada afectado que no sentía reparo en hablar conmigo de sus sentimientos más personales. Así me confesó, que había profesado una gran admiración  y cariño hacia su padre, quien nunca renegó ni ocultó su condición de antiguo sacerdote  y a quien siempre había oído decir que tenía deudas pendientes en España, a la que hubiera querido regresar, pero la vida no le brindó la oportunidad de hacerlo. El antiguo jesuita murió dejando impregnada en el corazón de su hijo la nostalgia de la patria a la que ahora el regresaba con su familia: su mujer y dos hijos, un niño de seis años y una pequeña que apenas caminaba.

Pues bien, mi querida Carolina, esa era tu familia y, al terminar este pequeño relato, espero que hayan quedado convenientemente explicados los dramáticos acontecimientos que llevaron por tan extraños e inesperados caminos nuestras vidas.

Tu abuela, de quien no puedo decirte su nombre,  era   una mujer muy hermosa: no era muy alta pero con un porte que te hacia sentir respeto desde el momento en que la tenías delante. Recuerdo muy bien su rasgos exóticos y una elegancia natural que la distinguía como una mujer de carácter. Se peinaba como una española más, con el pelo recogido en un moño tirante sobre la nuca y su piel, como la de los nativos de América, era del color de la miel de palma. Sus ojos eran muy hermosos,  querida niña, tú has heredado su misma mirada. 

Ciertamente no tuve oportunidad de tener mucho trato con ella. Estuvimos frente a frente solo unos instantes cuando me fue presentada en  la cubierta del barco. Las  mujeres pasaban el tiempo de otra manera: solían reunirse para tomar el aire cuando el  mar y el cielo lo propiciaban. Ellas se sentaban formando corros animados, charlaban  mientras hacían labores de punto y jugaban con los niños. Cruzamos algunos saludos, la vi mezclada en los juegos y pasatiempos con las otras mujeres, con la pequeña en sus brazos y siempre pendiente de sus hijo. 

El niño, de unos seis años, era un  muchacho de gran parecido con su madre, sano y desenvuelto de pelo muy liso, negro y brillante. Había llamado mi atención al haberse acercado varías veces a mi hijo con gran deferencia. Gesto que, tanto mi mujer como yo  agradecíamos de todo corazón, pues resultaba evidente que él, viéndole distinto: pálido y débil por su enfermedad, se acercaba  para hacerle algunos ratos de compañía.

Pero aquel barco era un barco de exilados que nos sentíamos perseguidos por la fatalidad y la fatalidad nos vino a rondar. Tras diez días de navegación, nos vimos envueltos en una fuerte tormenta que se desencadenó en plena noche con inusitado vigor. Al sentir los primeros y fuertes bandazos, todos los hombres nos precipitamos  a cubierta, por si nuestra ayuda fuera necesaria. No hubo tiempo de nada, enseguida vimos atónitos como un golpe de mar hacía añicos el puente de mando, partido en pedazos, entre  olas y espumas.

A partir de ese momento, a mí alrededor, solo hubo agua embravecida y  furia  salvaje que arrastraba mi cuerpo incapaz de hacer frente  a  la fuerza que me rodeaba convertido en un guiñapo a merced de la naturaleza desatada.

Todavía sufro recordándolo por que, a pesar del ruido de las aguas que batían desesperadas contra  lo que entonces parecía un frágil cascarón, a pesar de los gritos desgarrados de la gente que, en los primeros momentos, se oían como un eco lejano, no he podido imaginar nunca un silencio más absoluto como el que sentí aquella noche en torno a una profunda y espesa oscuridad.

No sé cómo ocurrió todo, pero me aferré a un madero que se me vino encima y después no recuerdo nada. Debía estar sumido en una  especie de semiconsciencia mientras  batía con desesperación mis piernas, pues  mis brazos, como garfios de hierro, se abrazaban a aquel  pedazo de madera. 

Aquella noche fue la más larga y oscura que un ser humano pueda imaginarse. 

Cuando el sol empezó a despuntar, el mar era una balsa y delante de mí solo había un horizonte profundo y vacío. El leve zumbido de un mar en calma, por momentos, me parecía un ruido ensordecedor y la boca me ardía por la sed. 

Fueron horas de enorme sufrimiento: me sentía miserable, mezquino, aferrado a aquella tabla que me había salvado la vida.  Yo era culpable por estar vivo. Sentía que la noche anterior, había debido buscar entre las olas, socorrer a mi familia: mi mujer y mi hijo. En el interior de mí mismo, mientras el sol me abrasaba, creía oír como gritaban  a  mi alrededor pidiendo socorro y oteaba el horizonte sin resultado alguno. 

!Que desesperación sentí!

Entenderás que no tengo palabras ni tampoco el valor necesario para ahondar en aquellos oscuros recuerdos.

Pasaron las horas, yo me había abandonado al infortunio, pero  no estaba de Dios que  perdiera la vida. Empezaba a caer la tarde, cuando, en la lejanía  creí oír voces entrecortadas. Recuerdo levantar la cabeza y ver contra el sol, que empezaba a ocultarse, gente que hacía ostensibles señales con los brazos sobre una pequeña barca. 

Fui recogido por la chalupa de un barco portugués, que tuvo la misericordia de seguir las corrientes durante un día más, para encontrar a cuantos supervivientes fuera posible. De los más de ciento veinte personas que, entre pasajeros y tripulación, viajábamos en aquel barco, fuimos recogidos siete. 

Solo cuando el barco abandono la  búsqueda perdí la esperanza. Fue terrible aceptar que mis seres queridos dormían para siempre en el fondo del Atlántico.

En las horas que siguieron a la certeza de aquellas muertes, mi ánimo estaba perdido, solo me hubiera restado tirarme por la borda de aquel barco. Pero existen los milagros, Carolina. Entre los supervivientes había un niño de seis o siete años. Le reconocí enseguida: era el hijo de Andres Molero Buendía. Al darme cuenta, sentí que mi cuerpo se estremecía de alegría. Cuando vi  como lo depositaban sobre la cubierta del barco, fui a abrazarlo como si hubiese sido mi  propio hijo. Se desvaneció en mis brazos. Lo arroparon con un manta y lo llevé conmigo. Tardó horas en despertar. Cuando lo hizo yo estaba a su lado. Como si lo supiera todo, nada preguntó. En silencio, le vi limpiarse las lagrimas  mezcladas con el salitre y se me partió el alma. 

¿Qué podía haber en el interior de su corazón en esos momentos? Nunca lo he sabido. Todavía no puedo explicarme como aquel niño pudo vencer la fuerza de las aguas, con su fragilidad, con sus pocos años… No se lo pregunté ni hablamos jamás de ello. 

Pasaron las horas, intenté hablar con él  pero no podía  responder a mis preguntas, temblaba sumido en un silencio lleno de estupor y para mi desesperación las Azores empezaban a avistarse en lontananza. Allí seríamos entregados a las autoridades portuguesas y corrían malos tiempos para los españoles. A saber qué sería de aquel niño que, probablemente, pues no tenia la edad ni el conocimiento suficiente para hacerse valer en una situación como aquella, quedaría abandonado a una suerte terrible de esclavitud o de miseria. Insistí y al fin pareció salir de su letargo, en un murmullo, dijo llamarse Andrés: llevaba el mismo nombre que su padre. Hice algunas preguntas más, pero el chico solo movía la cabeza negando consternado.  

Había que pensar deprisa, le dije: «Permanece callado, por lo que más quieras, no digas nada, solo tendrás que asentir a mis  palabras y hacer lo que yo te diga, muchacho –le dije–: Mírame bien.  Tú eres Andrés Cuesta Rodriguez. A partir de este momento eres mi hijo, ¿Me has entendido?» 

Asintió levemente. Le cogí de la mano, apreté cuanto pude  sus dedos entre los  míos y me dirigí al capitán, quien aceptó de buen grado lo que yo afirmaba sin preguntar nada. Al salir de nuevo a la cubierta del barco, un golpe de aire cálido me golpeó la cara y tuve la sensación de que aquella mano caliente entre las mías me había devuelto a la vida. 

Nos sentamos uno al lado del otro en un rincón de cubierta viendo la isla frente a nosotros que iba perdiendo los azules de la distancia. 

Recuerdo sentir  su cuerpo apretándose contra el mío, me emocionó y le miré. Él me devolvió la mirada con aquellos ojos que eran como dos ascuas encendidas y aquel pelo tan negro que le enmarcaba el rostro con ángulos rectos y precisos que mostraban cuál era su raza. No supe qué decirle, apreté los dientes y puse mi brazo sobre sus hombros. Con las lágrimas asomándome a las pupilas le susurré: «Confiemos en Dios, hijo mío. Él y el destino sabrán porque hemos sido unidos  de esta manera».

Ese era tu padre, Carolina. Ahora que ha pasado el tiempo, sin olvidarme nunca de lo que quedaba atrás, confieso que aquel día fui tratado por Dios como una persona afortunada: él fue un regalo de la vida para mí y esa familia a quien he descrito era tu auténtica familia. 

En los días que siguieron a nuestra llegada a tierras portuguesas, mientras esperábamos la  partida, dormíamos en  el puerto con la esperanza de la llegada de algún otro barco que hubiera encontrado más supervivientes de nuestro naufragio. Fue inútil, nadie trajo noticia alguna.

Desde allí escribí a quienes  nos esperaban  contándoles nuestra desgracia, pues mi familia  y yo volvíamos para instalarnos en Madrid, donde habíamos previsto abrir un comercio de telas con los hermanos de mi mujer y debían estar impacientes de nuestra llegada. 

A los pocos días tuvimos mucha suerte, nos añadieron al pasaje de un barco que, proveniente de la Florida, se dirigía a España. Al fin, partíamos hacia Cadiz y la vida continuaba.

Ya en España, el viaje hacia Madrid era muy largo. Lo  hicimos en una vieja diligencia oscura y cochambrosa. Cruzábamos ciudades, pueblos, campos y montes por caminos polvorientos y campos abandonados. Mi patria, la patria de mi alma, parecía un solar. La guerra con los franceses había dejado tierras yermas y abrasadas, desesperación y pobreza.

Pero Andrés parecía ir despertando. Yo le contaba cuanto sabía de Sevilla, de Cordoba, de tantos pueblos que atravesamos enclavados en tierras rojas de fértiles riveras y miles de olivares entre los que se perdía la vista. Era un muchacho que poseía gran curiosidad por las cosas, aprendía con rapidez y  a los pocos días, aunque, a veces, parecía quedarse ensimismado,  volvía a sonreír como un niño de su edad.

Al fin llegamos a Toledo. Era la última etapa antes de llegar a la 

capital. La diligencia tenía el eje en malas condiciones y tuvimos  que  buscar sitio en una posada, en donde quedarnos a pasar la noche con otros viajeros, pues la reparación requería su tiempo. 

Recordé que el padre de aquel niño que ahora me acompañaba añoraba aquella ciudad, que fuera de su padre, como si fuera la suya propia y esperaba algún día poder encontrarse con sus familiares con los que aun se mantenía en contacto.

Llegar a Toledo fue otra decepción. La ciudad había sido devastada. Los franceses: los hijos de la ilustración, aquellos  que eran tan ponderados y admirados en América como los que sembraban la semilla de la libertad, a su paso, habían intentado  que no quedara piedra sobre piedra.  Habían quemado conventos, iglesias, casas, destrozado obras de arte, maltratado a mujeres y a niños. En la posada nos contaron con desesperación que había sido quemado el mismo San Juan de los Reyes, una de sus joyas mas queridas de la ciudad, fue saqueada por las tropas después de ser usado como cuartel para la guarnición. Arrancaron cuantos  cuadros y obras de arte podían llevarse escondidos en las  sillas de sus caballos. !Qué vileza, Dios!, !qué vileza la suya!

Se  palpaba la pena en el corazón  de la gente. 

Al despertar del día después de nuestra llegada, nos preparamos para partir hacia Madrid. Me  asomé a la ventana, tu padre se había puesto a mi  lado. Desde  allí se veían tantos edificios convertidos en ruinas, tantas casas de paredes derrumbadas y era tanto el silencio que, el niño, que debía haber oído hablar de  Toledo como una ciudad hermosa, en donde estaba el origen de su familia, me miró con tristeza y me preguntó: ¿Esto es Toledo, padre? 

Al oír como me llamaba padre por primera vez y como su corazón sufría por lo que  estaba viendo,  apreté los dientes con la mayor rabia que nunca he sentido, lo cogí de la mano y salimos a la calle. En el primer escombrado que encontré nos pusimos a colocar piedras, una sobre otra, levantando el muro de un viejo edificio abandonado. La diligencia se marchó y yo había tomado la decisión de quedarnos en la ciudad. Era mi tributo a ese regalo que la vida me entregaba, devolviendo aquel niño al  lugar al que se dirigía en nombre de su auténtico padre.

Los primeros días fueron días muy duros, pero la gente de Toledo es una gente abnegada y aman su vieja ciudad como a nada ni a nadie. Al vernos al  niño y a mí, empeñados en la reconstrucción, se nos fueron añadiendo. 

Un miembro de la familia de mi mujer en Madrid, me prestó un  dinero hasta que pude regularizar mi situación con los banqueros de aquí, que me fueron entregando las cantidades  que yo dejara depositadas en Méjico en una casa de cambio y de cuyos resguardos, con la perdida de todo lo mío en el naufragio, me hizo difícil de justificar. 

A las pocas semanas tenía una cuadrilla de hombres bajo mis ordenes y nos dedicamos a levantar viejas paredes. Al principio los organismos no nos hacían caso. Llamé a puertas, hice escritos, traté los precios mas baratos en los almacenes y, al fin, poco a poco me fueron llamando para reconstruir iglesias, conventos y casas particulares. 

Y así empezó todo: me hice con algunos de los viejos edificios que hubieron de derruirse por completo para rehacerlos. Algunos de ellos los convertimos en casas de vecinos,  vendiéndolos después a buenos precios, pues la gente buscaba una manera de vivir más simple que antiguamente. Había burócratas, empleados de comercio que necesitaban casas más sencillas y se vendieron bien. 

Toledo era una ciudad herida  pero no estaba del todo muerta. En  unos quince años había amasado una pequeña fortuna. Supe beneficiarme de la  venta de algunos edificios que en su día pertenecieron a la iglesia. Salieron a la venta y la depresión en la que vivía la ciudad impedía que alguien se interesara en su compra. En aquella época esta ciudad era una población en total abandono que dormía sobre los restos de su historia. 

Cuando tú te casaste, querida Carolina, compramos esa casa del cerro de Motrichel, que había pertenecido a los jesuitas y en la que ahora vives. Tu padre te la ofreció como regalo de boda. Desde que la viera por primera vez se empeñó en comprarla. Intenté disuadirle. A mí me parecía, que para el fin que él quería darle, estaba algo alejada del centro  y de  la que siempre había sido nuestra casa en la calle de la Plata, pero insistió. Como me ocurriera otras veces en las que tuve muy en cuenta su opinión, confié en  su buen criterio, así se hizo y compramos la casa para ti.

Y esta es la historia que te debía, ¿Por qué no antes? ¿Para qué? Siempre llega todo a su debido tiempo. No sé que impresión va a causarte cuanto te he contado. Pero si te sirve de algo, tu padre lo fue todo en mi vida. Desde su muerte, vivo invadido de la misma zozobra que un día sentí en la bodega de aquel barco portugués que nos trajo de regreso a España. Desde su muerte, todo ha perdido su sentido para mí.

Sea como sea, aún cuando la verdad te decepcione o te sorprenda, Carolina de mi alma, debes saber que viví para tu padre y tú has sido la nieta a la que siempre he llevado en el corazón. 

Qué Dios te bendiga, querida mía.

 

Fragmento de la novela: Terciopelo y seda de Merche Braojos

Seis euros de soledad

Michael Kauer -Pixabay-

Era pleno mes de agosto, el calor insoportable parecía no querer cesar nunca a pesar de la hora. Miré el reloj: las nueve de la noche y estaba cansada. Paré un taxi y le di la dirección de mi casa, el taxista me miró desde el espejo y pregunté:

—¿Por dónde vamos a ir?

Había pasado el día en el hospital sola junto a mi padre, demasiado agotado por la enfermedad para prestar atención a nada, y tenía necesidad de hablar. Agradecí por un instante que los taxistas de Madrid sean tan dados a la charla. El hombre no contestó y volvió a mirarme desde el espejo. Me pareció extraño y levantando un poco la voz insistí:

—Perdone, ¿por dónde vamos?

Sus ojos eran grandes y expresivos, llenaban la estrecha franja del espejo situada sobre el cristal, pero seguía sin contestar. Le observé como tragaba saliva mientras me pasaba por la cabeza que, tal vez, era sordomudo. Era imposible que la segunda vez no me hubiera oído. Mantuve su mirada a través del espejo que seguía fija en la mía como si esperase una señal. Me puse en disposición de entender un gesto, una leve indicación. Nada más lejos de mi ánimo que molestar a aquel hombre pero tampoco tenía intención de renunciar a aquella exigua conversación. Pasaron unos segundos y susurró:

—Vamos por dónde tú quieras.

Pensé que el hombre debía estar afónico.

—Podríamos ir a buscar Alcalá, ¿no?

—Si quieres un camino más largo, me lo dices, me los conozco todos.

Sentí que algo no iba bien. Volví a mirar la estrecha franja del espejo. Esta vez su mirada persistente me pareció lasciva y me sentí incómoda. Seguía observándome. Rehuí la mirada y busqué situarme en la esquina del asiento, pegada a la ventanilla, de esa manera quedaba fuera del alcance de su vista. 

Miré a través del cristal de la ventanilla, el coche discurría por la calle a un ritmo lento. Estábamos rodeados de vehículos y la acera no quedaba lejos. Comprobé que no había ningún seguro puesto en mi puerta para, llegado el caso, abrir y saltar. Pero era absurdo, tal vez había sido mi actitud desenvuelta la que habia provocado aquel raro comportamiento y, simplemente, debía adueñarme de la situación.

Con la disculpa de haber olvidado las calles de Madrid, le hablé de lo despistada que a veces me encontraba en la gran ciudad. A pesar de haber nacido en ella, hacía más de 20 años que vivía en un pueblo, venía solo de vez en cuando a visitar a mi padre; era un anciano de más de ochenta años que hacía tiempo que enviudó y había vuelto a casarse.

—¿Ligó?— Preguntó con picardía.

—No puedo imaginarlo así, más bien creo que los hombre no saben estar solos.

—¿De verdad? Pues aquí estoy yo, ¡solo!

No contesté a lo que había sido casi un grito y le observé desde mi cómoda posición: parecía un hombre atlético, primitivo e inquieto, aparentaba algo más de cuarenta años. Me pareció que la conversación había ido relajando sus músculos y la mirada inquietante se había perdido definitivamente entre el tráfico de la calle.

El trayecto duró unos quince minutos, en ese escaso tiempo supe que estaba separado, que tenía tres hijos varones que vivían con su mujer que solo le llamaban para pedir dinero, que iba al gimnasio y que escuchaba música.

Llegamos a la puerta de mi casa.

—¿Cuánto le debo?

—Seis euros, señorita.

Mientras pagaba, el hombre se volvió en su asiento, tenía la mirada de un perro abandonado.

—Gracias, mujer.

—¿Por qué?

—Por dejarme hablar…

Al entrar en mi portal con un extraño sabor en la boca, lo imaginé solo, sentado en un desordenado salón al acabar su jornada de trabajo. Con el mando del televisor en la mano, lo vi manipular buscando un programa con el que olvidarse de una soledad que le era insoportable y que, tarde o temprano, acabaría por estallar.

Del pueblo a la capital

Son las nueve de la mañana de un día de Febrero de cualquier año. Un Febrero especialmente frío y soleado. De los árboles prácticamente desnudos, todavía cuelgan hojas doradas, balanceándose al compás de la brisa norteña. Su contemplación, a través de los cristales, favorece una respiración sosegada y consciente. Al tiempo que la música acaricia la estancia con su lirismo y armonía, siente mecer sus pensamientos.

Podría permanecer contemplativa, no obstante, duda de que eso sea

Archivo de LHM

lo mejor que puede hacer, ¿debería mejor comenzar una tarea sosegada?, o por el contrario, ¿debería acometer frenéticamente varias tareas y atender a tantas propuestas o actividades como vienen a su mente?

Las voces del cuarteto interpretando “Mir ist so wunderbar” de la Opera “Fidelio”, del genial sordo, Ludwig Van Beethoven, le paralizan, le conmueven y transportan a un tiempo de vivencias especiales, de intensas vivencias que golpean su cerebro periódicamente. Revive miedos, ilusiones y contradicciones.

La Señora desayuna pausadamente un frugal desayuno, en su cuarto de estar, perfectamente arreglada,  impecablemente servido por la fiel Socorro, quien de adolescente llegaba a casa de la Señora, procedente de un pequeño pueblo donde vivía con sus pobres padres, quienes no disponían de medios para sustentar a sus seis hijos. Las monjas del Convento de las Hermanitas de los pobres, donde la Superiora es la hermana mayor de los Suarez, familia acaudalada de costumbres tradicionales y conservadora, recibe la petición de una sirvienta de confianza para atender los quehaceres diarios de la numerosa familia Santisteban.
Socorro asistía a diario al Convento, a tres kilómetros de su austera vivienda, para ayudar a las monjitas atendiendo a los niños huérfanos que eran abandonados y entregados para su custodia. Socorro era amorosa, era dulce y silenciosa, no le faltaba alegría y siempre estaba dispuesta a acometer los quehaceres que le demandaban. Adoraba a los niños y los niños la adoraban. Las religiosas se sentían tranquilas sabiendo que Socorro estaba al cuidado de los pequeños.
Ella sabía qué labores había que llevar a cabo pues había visto a su madre, a quien ayudaba desde muy corta edad, atendiendo a sus cinco hermanos. Su padre nunca estaba en casa y cuando llegaba no era el momento más feliz. Gritaba y exigía todo con muy malos modos. Su madre temblaba y ella salía al patio a jugar con su hermano más pequeño, intentando disipar el horror que le causaba ver a su madre sufrir en silencio.
Sus padres no sabían leer ni escribir. La escuela estaba a diez kilómetros, imposible asistir. En el Convento le enseñaron a Socorro el abecedario, pero ella no tenía con quién mejorar su aprendizaje, ni dónde ponerlo en práctica.
La situación familiar era muy precaria y necesitaban algún ingreso. Así que cuando la madre Superiora informa a su madre de que hay una familia que necesita una sirvienta, un mar de dudas acude a su ya bastante atormentada cabeza. Le supone un gran esfuerzo pensar en separarse de su hija y separarla de sus hermanos, pero si consiguen un salario podrá dar de comer a sus hijos.
Rota en llanto la madre de Socorro accede a que su hija inicie la aventura que supone ir a Madrid, la Gran Ciudad, a vivir con una familia desconocida pero con medios económicos que podrían sacarles de la sordidez que les atenaza.
Socorro con su alegría y entusiasmo, deseosa de conocer más, de salir de su miseria, con quince años, deja su humilde casa familiar y en un autobús cochambroso, repleto de hombres con cestos llenos de productos artesanos y de pequeños animales para vender en la Capital, se sienta junto a un hombre grande, feo y descarado.
Es un día luminoso, el cielo muestra su mejor azul. Socorro contempla el campo seco y árido pero a ella le parece muy bello. El hombre rudo sentado a su lado, la mira insistentemente, ella se siente incómoda y disimula mirando por la ventana evitando al descarado compañero de viaje. Finalmente el hombre comenta en voz alta.

– ¡Qué pena! Tanto campo y tan poco fruto. Yo sabría cómo sembrar y mantener una tierra fértil. Socorro se sobresalta, mira al hombre, éste le sonríe enseñando una lengua gorda, con una sucia e incompleta dentadura.
Siente que las manos le sudan produciéndole una sensación de inseguridad. Traga saliva y piensa en su madre de quien consigue oír su voz:

– Socorrito, hija, tú vas a ser alguien importante. No temas nada, eres fuerte, tú sabes hacerlo.

– Socorro, por favor, falta el azúcar.

– Ahora mismo Señora.
Socorro alcanza a la Señora el azucarero de porcelana inglesa, en una bandeja de plata con su cucharita.

– Socorro, hoy comeremos patatas en salsa verde y croquetas de jamón

– De acuerdo, Señora

– ¿Tenemos patatas?

– No Señora, he de ir a la compra.

La Señora le entrega un billete de 100 pesetas y ella se pone una chaqueta encima del uniforme y con las zapatillas baja por la escalera de servicio y se dirige al colmado a comprar patatas, cebollas, pan y leche.
La señora permanece a la mesa, terminando su desayuno absorta en sus rezos. Sueña recordando tantos momentos dulces pero resuenan más fuertes aquellos recuerdos dolorosos, piensa en sus seres queridos que ya se han ido aunque su sentido de la obligación y de la disciplina férrea que practica, rápidamente vuelve a la realidad cuando la sirvienta regresa con la compra. Se levanta de la mesa, coge la bandeja del desayuno y la lleva a la cocina.
Se pone sus zapatos de tacón, a pesar de su avanzada edad, cierra las puertas del botero, se pone el abrigo y se despide:

– Socorro, me voy a Misa.

– Adiós Señora.

El viaje está resultando un tanto antipático en ese andrajoso autobús, con el compañero de viaje intentando iniciar una conversación con ella. Trata de dormirse pero entre el traqueteo y los gruñidos, cacareos y maullidos de todos los animales que acompañan al pasaje de labriegos y ganaderos, no consigue conciliar el sueño. Ya llevan ocho horas de viaje y han parado dos veces, en breve se hará de noche y Socorro se agobia.

Por fin llegan a la estación Sur de autobuses de la Capital y el viajero del asiento de al lado le pregunta si desea que la lleve a algún sitio, ella se incomoda y le dice que vendrán a buscarla. Rápidamente reacciona y señala a una Señora que dice ser quien la está esperando. Sin embargo, no es ella pero una chica joven bien parecida se dirige a ella y le pregunta – ¿Eres Socorro?, de tal manera que una gran sonrisa ilumina su cara al tiempo que contesta afirmativamente, sintiéndose muy afortunada.
Socorro llevaba un gran cesto lleno de chorizos, morcillas y salchichón, preparado por su madre, procedentes de la matanza a la que un vecino la había invitado el año anterior y que ella dosificaba muy cuidadosamente para alargar su duración. A pesar de la pobreza en la que vivían eran generosos y compartían siempre lo poco que tenían, generosidad que ella siempre practicó obedeciendo las enseñanzas de su madre. En ese cesto también había galletas caseras y queso que su afanosa madre preparaba.
Quien la recibía era Hortensia, la doncella de la familia Santisteban. Cogieron el tranvía que les llevaría al domicilio en pleno centro de Madrid. Aunque en un principio se había sentido feliz por la novedad, de repente se sintió muy confundida y nerviosa, algo que Hortensia observó y trató de tranquilizarla.
Vino a su mente el recuerdo de sus hermanos, de su madre, siempre pendiente de todos, sabía que no estando ella el trabajo sería mayor, ya que su padre no participaba en nada de las obligaciones familiares y para evitar que se enfadara, su madre habría de esforzarse más todavía, lo que angustiaba a Socorro.
Llegaron al domicilio donde pasaría largos años sirviendo como cocinera, a pesar de que por el momento no tenía experiencia en la cocina pero su entusiasmo y predisposición para aprender le dio valor para no acobardarse y poner de mil amores toda la voluntad de que era capaz.

No es más feliz el que más tiene, pues el miedo a perderlo le ata, mientras que quien más carencias sufre más disfruta de lo que dispone e incluso reparte más generosamente, sin miedos.

Las diferencias sociales incluso culturales siempre existirán, lo importante es saber respetar y aprender de lo que el otro, desde uno u otro lado puede ofrecer.

La casa de Felicidad

Esto que voy a contar, parece que hubiera  ocurrido hace muchísimo tiempo, pero no, no creo que hayan transcurrido más de cuarenta o cincuenta años. En realidad, las cosas han ido tan deprisa que parecería que estamos hablando de una época muy lejana. Y es que, cuando yo era niña vivía con mi familia en un pequeño pueblo de Castilla, era el pueblo en donde nací. Viviamos en una casa situada en una pequeña plaza a la que llamaban la plazuela. En ella había una ferretería, la casa del señor Bartolomé que, con su coche de alquiler, hacía viajes a Madrid; también estaban la pescadería y un bar; entre los meses de junio a septiembre, en uno de los patios que se asomaba con un gran portalón a la plaza, se instalaba el cine de verano y más tarde, en una esquina, pusieron una farmacia. Era, por lo tanto, un lugar muy concurrido.

Nuestra casa estaba pegada a la que siempre conocimos como la casa de Felicidad. Ese era el nombre de la dueña y con ella compartíamos la fachada. Realmente parecía una sola casa con dos puertas, pero dentro, en el patio, había una pared muy alta que nos separaba.

Felicidad era una mujer siempre vestida de negro y sorda, tremendamente sorda, tan sorda que tenías que gritar muy fuerte para que te oyera y, aún así, había veces que te contestaba: “¿en misa?, si, sí, estuve esta mañana a las ocho”, cuando tú le habías preguntado si había visto pasar el gato por su patio.

Durante los primeros años que recuerdo, Felicidad  vivía con su hermano Mariano, un hombre inválido de las dos piernas que tenía un burro blanco con los ojos azules. En este burro se encaramaba Mariano, ayudándose de una silla y de su hermana, y así se iba para su huerta todas las mañanas. Allí debía esperarle alguien, seguramente un hortelano, por que él regresaba cada tarde cargado con hortalizas, garbanzos, habas y todo tipo de frutas y productos del campo dependiendo de la temporada.

Felicidad se había casado en su día, pero el marido le duró muy poco. Pocos días después de la boda, la vieron salir corriendo de la casa de su marido para no volver nunca más. Nadie supo si el matrimonio volvió a intentar una reconciliación pero lo que sí se supo fue que, enseguida y a la chita callando, el marido se marchó a América y los dos hermanos pudieron vivir tranquilos y es que, lo que estuvo en boca de todos, fue que al buen hombre no le gustaban las mujeres y, mientras Felicidad estuvo en su casa, la tuvo amenazada de muerte por si se le ocurría contar lo que pasaba en su alcoba. Al parecer dormía con una pistola bajo la almohada.

El pequeño acontecimiento debió de ser lo que en los pueblos llaman un campanazo, pero Mariano, con su buen hacer, se encargó de propagar que sí, que se habían equivocado con la elección del mozo para la boda de su hermana, pero que, por fortuna, habían estado a tiempo de corregir el entuerto y ella, condenada ya para siempre a vivir en soledad, no iba a necesitar gran cosa. Después de todo, la vida en el pueblo era muy sencilla, no había lujos, se trataba de ir a entierros y misas y, en la época de la feria, de dar una vuelta por la plaza acompañada de alguna vecina para gastarse un duro en la tómbola.

Y así transcurría la vida de Felicidad, en invierno se envolvía en una toquilla de punto y en verano se quitaba las gruesas medias, mostrando unas piernas blanquísimas llenas de pecas de color canela.

Y ocurrió que un día el burro blanco de los ojos azules murió de viejo y Mariano no quiso comprarse otro porque iba perdiendo agilidad y fuerza en aquellos brazos delgados que le hacían las veces de piernas y un burro nuevo podía ser un peligro para él. Entonces se sentó en una silla bajita, se compró una de las primeras televisiones que hubo en el pueblo y allí recibía a mucha gente los días que había corrida de toros. Durante una larga temporada, Mariano se sintió importante, venían hombres desde la otra punta del pueblo a sentarse con él y a echarse un cigarro mientras veían la corrida. Mariano, que nunca había sido huraño, disfrutaba compartiendo su cuarto de estar y hablando con todo el mundo. 

Después los bares empezaron a comprar televisiones y Mariano fue quedándose más solo. La televisión no bastaba para hacerle compañía, aunque había que ver las cosas que se veían por ese aparato y qué bien hablaban todos los que salían; pero claro, la televisión empezaba a la una y acababa a las cuatro y otra vez empezaba a las siete y acababa a las doce y en aquellos ratos el podía echar de comer a las gallinas, repasar su libreta de cuentas  de lo que le daba a las tierras pero no podía ver su huerta y no podía sentir el aire fresco del atardecer del otoño cuando regresaba sobre el burro blanco, ni sacudirse el polvo seco que se le pegaba a la chaqueta de pana en las calurosas tardes de verano, llenas de un silencio plagado del zumbidos cansino de las moscas y Mariano se fue haciendo cada vez más pequeñito, más insignificante. Se asomaba a la plazuela entreabriendo la puerta de su casa por si veía pasar a la gente, pero, que va, esa plazuela estaba cada vez más vacía, la gente se quedaba en casa sentados delante de las televisiones; los hombres ya no buscaban las horas de sol para salir a echarse un cigarro o a beber el chato de vino; todos los que pasaban parecían tener prisa y los días se iban haciendo cada vez más largos y más monótonos. Mariano fue escondiendo su cabeza bajo la boina negra y un día no volvió a levantarse de su cama. Murió lánguidamente y su hermana se quedó sola.

Ella que siempre vistió de negro no pudo llevar luto por su hermano, solo podía añadir a su indumentaria un velo negro, el mismo que se ponía cada vez que entraba en la iglesia, ahora lo dejaba caer sobre su cabeza apenas traspasaba el umbral de la puerta y aquella casa se volvió más oscura. La puerta entreabierta en la que Mariano se sentaba se convirtió en una estrecha rajita detrás de la cual se sentaba Felicidad. Nadie la veía, pero ella vigilaba las idas y venidas  de la gente, esperaba el paso de vendedores ambulantes o veía pasar a los que iban camino de la Iglesia y enterada de esta manera de las horas de las misas, de quién se había muerto o de quién era el aniversario, se sumaba a la comitiva como si oyese las campanas de la torre y se la veía, como una más del pueblo, atravesar la plaza encorvándose su figura cada día un poco más.

Ella solía venir a algunas tardes a sentarse con mi madre, sus visitas nunca eran muy largas, debía saber que el esfuerzo de tener que gritarla cansaba mucho y más cuando ya le venían diciendo hacía tiempo que había unos aparatos que se colocaban en el oído y que permitían oír perfectamente, “ya, ya lo sé”, decía, “pero es que esos aparatos son muy caros”.

Debió de ser por esta razón por la que, un día, se decidió a viajar a casa de una sobrina suya que vivía en Madrid y a su vuelta, sentada en el patio de mi casa la oí contar a mi madre su estancia en la capital. Estaba impresionada: “cuántos coches y qué calles tan anchas, qué gente tan bien vestida y qué edificios tan altos y tan modernos”. Contaba la buena mujer que, cerca de la casa de su sobrina, había una plaza con unas farolas que cambiaban de color… “cuando se ponían verdes paraba la gente y pasaban los coches y cuando se ponían rojas paraban los coches y pasaba la gente”. Puede que fuese un poco cruel por nuestra parte pero, en mi casa,  estuvimos riéndonos de su ingenuidad durante unos cuantos días. 

Poco tiempo después de lo que cuento mi casa de la plazuela se quedó vacía, empezaron nuestros cambios de casa, de pueblo, de ciudad. Sé que ella murió  hace ya algunos años y sé también que su casa pasó a ser propiedad de alguno de sus sobrinos, pero yo solo puedo recordarla como la casa de Felicidad, siempre llena del aire fresco de una hermosa infancia.

Gandhi –Un cuento hecho realidad–

Porque los medios que hemos elegido para obtener la libertad son únicos.  El mundo está harto de ver correr sangre. El mundo trata de evitarlo y me halaga creer que será tal vez privilegio de la vieja tierra india mostrar una solución al mundo hambriento de paz. 

M. Gandhi


En uno de los parques de la ciudad de Delhi, hay un grupo esculpido en bronce que rememora la Marcha de la sal. Fue encabezada por Gandhi e iniciada el 11 de marzo del año 1930. A la edad de 61 años, ya viejo, aquel hombre recorrió 400 kilómetros en 24 días y el 5 de abril llegaba a Dandi, frente al océano Indico, para reivindicar la sal que llegaba a las aguas de aquellas costas, como propiedad de los hijos de la India. Este acontecimiento tenía tras de sí la larga historia de un choque cultural cuyos ecos, afortunadamente, se escuchan todavía.

***


En el año 1600, siguiendo la estela de los portugueses y los holandeses, desembarcó en la India el primer inglés, era el capitán de un barco llamado Héctor. Dicen D. Lapierre y L. Collins en su libro Esta noche la Libertad que aquel hombre era un viejo lobo de mar, más pirata que explorador, que soñaba con rubíes del tamaño de huevos de paloma, pimienta en abundancia, jengibre, añil y canela, árboles de hojas tan grandes que podrían cobijar a una familia entera y pociones mágicas elaboradas con colmillos de elefante capaces de asegurar la juventud eterna. Se adentró en el continente y fue recibido con guantes de seda por el, entonces, emperador de la India: Jahangir.

Se le dispensaron honores y fue nombrado oficial de la casa real. Obtuvo autorización para comerciar e implantar sucursales a lo largo de la costa al norte de Bombay.

En muy poco tiempo, los barcos ingleses aparecieron en

Madras y en el golfo de Bengala, en donde un
puñado de atrevidos pioneros se instaló en las pestilentes aguas de aquel golfo y fundaron Calcuta. Su divisa era «comercio, no
colonización».

En aquel continente, la Compañía de Indias Orientales, fundada en Inglaterra por unos cuantos comerciantes para defender sus intereses mercantiles por todo lo ancho y largo del mundo, levantó un completo ejército que llegó incluso a derrotar a Francia, aniquilando su sueño colonial en la India. Más tarde, empezarían las guerras con los nativos. En 1757 un general inglés venció a un sultán en los arrozales de Bengala y a partir de ahí empezó una autentica conquista: una sucesión de ambiciosos gobernadores se lanzaron sin tregua a una política de imperialismo brutal y desenfrenado.

En pocos años la soberanía se extendió a los estados de Mysore, Travancore, Hayderabad, Barola y Gwalior, conquistaron casi todo el Decan, Bengala y el valle del Ganges. Poco después cayeron los estados del Rajput y la provincia de Sind. Para conquistar Punjab, les tocó librar guerras feroces contra los sikhs, pero al fin, consiguieron la conquista de toda la India. Con estos hechos, una compañía mercantil se transformaba en potencia soberana. Gran Bretaña, sin saberlo, era la sucesora del imperio mogol que, apenas un siglo y medio atrás, le abriera ingenuamente sus puertas.

De boca de sus protagonistas sobre cuál fue el espíritu de la estancia de los británicos en la India el propio general inglés Charles James Napier (1782-1853) confesó en sus memorias: «En la India los ingleses siempre han sido los agresores. Nuestro objetivo al conquistar la India, el objeto de todas nuestras crueldades, no fue otro que el dinero». 

Atrás ya quedaban miles de muertos cuando en 1857 se produjo un violento amotinamiento militar en lo que se denominó la Guerra de los Cipayos, el detonante fue el desprecio de los ingleses por las costumbres y creencias religiosas de los nativos y solo la ayuda de los maharajaes evitó el derrumbamiento del edificio británico.

Como consecuencia de esta guerra, el 12 de agosto de 1858, mediante un decreto, se transfería la responsabilidad del gobierno de toda la India a las manos de la reina Victoria.

Lo esencial de cuál fue la filosofía de la autoridad imperial sobre el subcontinente la recogen, solo a título de ejemplo, las manifestaciones hechas por un administrador del Indian Civil Service en el curso de un debate parlamentario y citado por D. Lapierre y L. Collins: «existía una convicción compartida por todos los ingleses que vivían en la India, desde el más poderoso hasta el más humilde, y arraigada en lo más profundo de cada uno, de pertenecer a una raza que Dios había elegido para gobernar y someter. Su política, ejercida sobre un pueblo cuya mayor característica ha sido siempre la mansedumbre, se basó en mantenerse en el poder dividiendo y para ello utilizaron el eje de las vidas de los habitantes de aquellas tierras: la religión».

***

Pocos años después de que la enseña del Imperio Británico luciera entre sus galas la perla más preciada: la India, el 2 de octubre de 1869 nacía Mohandas Karamchand Gandhi en Porbandar, en la región de Gujarat, al noroeste del subcontinente indio. Con los años, y tras una permanente lucha personal por la búsqueda de la perfección, se convertiría en el paradigma de la más exquisita mezcla que ha dado el mundo de política y religión.

Pero nada mejor que usar sus propias palabras para entender al Mahatma Gandhi, él mismo, en el mes de noviembre de 1925, se decide, a través de una serie de artículos en el semanario Navajivan a escribir su autobiografía. Representan los cincuenta y seis primeros años de su vida. Durante ellos va descubriendo, una a una, todas las armas que emplearía en su búsqueda de la perfección espiritual entregada a la lucha por la igualdad y la justicia de su pueblo, hasta llegar a convertirse en una fuerza imparable. La filosofía queda recogida en estas palabras:

Para contemplar cara a cara el espíritu de la verdad uno debe ser capaz de amar la menor expresión de la creación como a uno mismo. Y un hombre que aspira a eso, no puede permanecer fuera de cualquier expresión de la vida. Por ello, mi devoción a la verdad me llevó al campo de la política y puedo afirmar, sin el menor asomo de duda y por supuesto con toda la humildad, que aquellos que sostienen que la religión nada tiene que ver con la política, no conocen el significado de la religión.

Cuenta Ghandi que de su infancia le quedaban recuerdos que lo marcaron hondamente y uno de esos recuerdos y especialmente hermoso era su madre: una mujer profundamente religiosa capaz de los mayores sacrificios. Ella solía formular los votos más duros y mantenerlos sin que le flaqueara el ánimo. Ayunar durante dos o tres días seguidos no era nada para ella y vivir con una sola comida durante todo el periodo de Chaturmas –ayuno que se practica durante la época de las lluvias−, era una norma inquebrantable. Hubo un Chaturmas que prometió comer solo a cada aparición del sol. Y nosotros, que éramos niños por aquellas fechas, pasábamos horas contemplando el cielo, deseosos de que apareciera el sol para nuestra madre. Recuerdo cuando al cabo de algunos días de cielo encapotado, al verlo aparecer, salíamos corriendo para anunciárselo a ella, que se asomaba para comprobarlo con sus propios ojos, pero con frecuencia, el sol se había vuelto a ocultar de nuevo, privándola así de todo alimento. «No importa, Dios no quiere que hoy coma» y volvía de nuevo a sus quehaceres.

Puede que en este episodio de su infancia resuma lo que fue su vida, pues, intentar describir de alguna manera el camino de este hombre hacia la inmortalidad, releyendo sus palabras, es una tarea ardua, porque cualquier pequeño resquicio por el que se intenta atrapar el hilo conductor de su vida, resulta ser uno de los muchos  rayos de sol, a los que siempre estuvo alerta, con la ingenuidad y la ansiedad del alma de un niño y con el único deseo de liberar a los habitantes de su querida India del tormento de la muerte y del hambre.

Tal vez, la razón de la pervivencia de Gandhi fue, y es todavía, el hecho de haber encarnado todas y cada una de las virtudes que el hombre vulgar es capaz de poseer sobre la tierra, obtenidas, paso a paso, en la consciencia de sus imperfecciones, con el duro esfuerzo de su espíritu de lucha y sacrificio.

Él no fue un profeta, no provenía de ninguna excelsa morada ni su destino era salvar o redimir, su ejemplo consistió en enseñar un camino al más humilde de los seres para descubrirle que las fuerzas para el bien están en el interior de todos los corazones. Y que cada cual, en la estrechez de su insignificancia, debe emprender su propia guerra, pues todas son legítimas si nos conducen hacia el bien de la humanidad.

Yo había convertido el afán de servir en mi propia religión, pues sentía que solo se puede alcanzar a Dios sirviendo a los demás. Y servir, para mí, era servir a la India, porque ese servicio vino a mí sin yo buscarlo y porque tenía aptitudes para cumplirlo.

Siempre estuvo convencido de que el Imperio Británico existía para beneficio del mundo, y fue un leal servidor de la corona británica, a pesar de haber sufrido incontables humillaciones, a las que su respuesta puede resumirse en las pocas palabras vertidas en una conversación a cerca de los métodos de la civilización occidental, que, a diferencia de la oriental, descansa esencialmente en el empleo de la fuerza: «No experimento hacia ellos ningún rencor. Sólo siento piedad por su ignorancia y su estrechez mental. Sé que ellos creen sinceramente que tienen razón y que proceden con justicia. Por consiguiente, no tengo razón alguna para odiarlos».

Su cambio de criterio, en cuanto a la legitimidad del sistema impuesto por el Imperio Británico en su país, tuvo lugar en el año 1919 cuando, después los tremendos acontecimientos ocurridos en Amritsar, que produjeron la muerte a centenares de hindúes atrapados en una plaza por el ejército británico, se hizo cargo del informe sobre tales incidentes y sobre lo ocurrido escribió:

Este informe preparado nada más con el objeto de sacar a relucir la verdad, permite al lector comprender a qué cosas es capaz de llegar el gobierno británico y qué brutalidades y barbaridades es capaz de perpetrar con el objeto de mantener su poder.

La visión de lo allí ocurrido constituyó el preludio del movimiento de no cooperación encabezado por Gandhi contra el imperio británico. Su alma sensible y receptiva había ido encontrado en hombres como Tolstoi, Ruskin o Thoureau la pureza de las ideas de que existe una esperanza y de que existe un camino para todos: la naturaleza humana es más o menos la misma, cualquiera que sean los climas en donde florezca.

***

Antes de iniciar la Marcha de la Sal, Gandhi escribió una carta al Virrey, planteando la opción del diálogo para no tener que tomar la determinación de llevar a cabo la campaña de desobediencia civil. Finalmente anunció: «Si no hay respuesta, el 11 de marzo de 1930 procederé, con los colaboradores del ashram que pueda llevar conmigo, a desconocer el impuesto establecido en las cláusulas de la Ley de la Sal que prohíbe su extracción y venta como derecho exclusivo de los ingleses». 

A primeras horas del 12 de marzo, un grupo de 79 voluntarios partió en una marcha con dirección a Dandi, en la costa del Índico. El grupo fue en aumento hasta convertirse en una muchedumbre de centenares de miles de personas, que representaban una minúscula muestra de lo que Gandhi había conseguido que fuera la India: un ejército de hombres vestidos de blanco.

Aquella Marcha de la Sal inmortalizada en bronce en un parque de Delhi, hizo explotar una enorme guerra y a pesar de la aparente insignificancia de quien la encabezó, esa guerra hace mucho tiempo que trascendió de la India y, gracias a los ecos de su mensaje, en el fondo de muchos corazones existe la convicción de que la mejor arma para combatir la guerra, no es otra que la paz.

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

Un breve paréntesis

Subo a mi coche y enciendo el contacto. A mi alrededor ruge el sonido acompasado y tembloroso de aquella enorme máquina gris; la observo desde dentro y las aristas redondeadas del contorno voluminoso me sitúan alta y poderosa sobre el asfalto del aparcamiento.

Hay una sensación inquietante que me acompaña mientras busco el camino de la autopista. Antes de meterme en el ritmo acelerado de los coches, aprieto el botón del CD buscando serenidad para mí corazón que late desacompasadamente y suena una melodía a la que precede el sonido, dulce y armonioso, de unos pájaros revoloteando al amanecer  en el silencio de unas cumbres solitarias. El tono musical se hace monótono y el cantante entra a formar parte de la sinfonía, con frases en otro idioma que vagamente puedo comprender, pero su voz es un bálsamo que por un instante distrae a mi dolorido corazón.

Entorno brevemente los párpados, una imagen como en un eco que se aleja, me golpea la mente: es mi padre, un viejecito de ochenta y tres años que se gira desde el otro lado del cristal que nos separa y, en la lejana sala de puertas de salida del aeropuerto, sin saber si realmente llega a verme, levanta la mano y la agita despidiéndose.

Le miró caminar lentamente y con torpeza, agacha la cabeza para no perder el paso. Hace sólo un año, aún cabalgaba cruzando las calles, sorteando los coches con la seguridad de un hombre joven y, sin embargo, ahora, las fuerzas le van abandonando y su mirada parece perderse en una atonía que yo he tenido la oportunidad de ver en los viejos depositados en los asilos, ausente, sin esperanza, solos consigo mismos.

La música sigue derramando su magia a mi alrededor, lo miro todo detrás de  los cristales y me siento en una urna. No pertenezco a este tiempo y a esta tierra, las casas, los árboles me resultan ajenos, van quedando atrás y no reconozco nada, solo el color verde oscuro de los árboles me conduce como en un túnel hacia algún lugar al que me dirijo y ahora no recuerdo a dónde voy.

De mi estómago surge salvaje un rugido interior desgarrado de rebeldía, de rabia, hago que el pasado retorne, buscando hermosas sensaciones a las que aferrarme para que mis pies encuentren una razón para seguir deseando pisar la tierra y no la encuentro.

La mirada de mi padre me persigue, hay tristeza, soledad, desencanto. Yo soy su desencanto, no soy lo que esperaba, no soy nada, un grano más de arena en un absurdo arenal de personas vulgares. Mis manos están vacías, nada puedo entregar de lo que él me dio y que yo haya sabido multiplicar ni siquiera por dos. Siempre le oí sabias palabras, mensajes que intentaba captar y que procuré aplicarlos a mi vida, pero nada parece haber cuajado y la siembra se secó en este desierto en que se ha convertido mi vida. No habrá más oportunidades, las piernas flaquearán para mi igual que ahora para él y solo me llevaré una inmensa soledad, la que he ido recolectando hora a hora, día a día. Mis obras imperfectas, mi deambular por caminos desconocidos  no me han conducido al éxito, al éxito de la vida, ese que se esconde detrás de la sonrisa de satisfacción por lo bien hecho.

¡Cómo lamentó no poder dedicarle esa clase de sonrisa!

El coche, obedeciendo su propia costumbre, ha girado a la derecha y serpentea bajando una montaña que se entreabre en casas de colores imperdonables y ventanas estúpidamente simétricas. En las aceras flotan las escasas personas moviéndose al ritmo de la música que me acompaña tan alta como puedo soportar. En el interior de mi cabeza, las notas chocan sobre las paredes de mi cerebro y se entrecruzan como pelotas de tenis produciéndome un extraño mareo, flotamos todos, ellos y yo, los transeúntes y yo.

Traduzco las palabras del cantante: “incluso en los momentos más tranquilos…, desearía saber qué debo hacer”. La armonia de la música perfecta me afloja los músculos y deseo pertenece al grupo de los elegidos: de esa gente que siempre sabe lo que quiere. Mis hombros se encoge en un gesto de impotencia, la lucha ha acabado, a partir de ahora solo hay tiempo para la aceptación de ser una mota de polvo que el soplido del viento hace corretear sin sentido en torno a un vacío, se eleva, se hincha, se contonea, vuelve a elevarse y al final cae inerte sobre el áspero suelo con el que se funde y desaparece.

Cierro los ojos un instante, detrás de mis pupilas hay un torrente de lágrimas que debo contener y nuevamente la mano de mi padre, con su lánguido adiós, aparece siguiendo el ritmo de las notas delicadas de un instrumento que no puedo identificar y que lentamente la transforma en una mano gigantesca que se extiende ante mí con un gesto generoso y me recibe. Solo puedo abandonarme sobre ella buscando un sueño reparador. Veo burbujas transparentes que se deslizan desde detrás de su mano. “Papá, nunca te lo he podido decir, pero te quiero, viejo y gastado, sabio y callado y más que nada, ahora, decepcionado y ausente. Nunca antes hubo tiempo en nuestras vidas para que nos sentáramos un momento frente a frente a contarnos qué solos y llenos de dolor nos sentimos algún amanecer, ya muy lejano, en que descubrimos la pérdida de mamá y a partir de ahí, las tristezas han sido tantas y tantas las ausencias, pero ¿qué podría contarte ahora? A ti y a mí siempre nos ha faltado tiempo ¡Había tanto que hacer y tan poco que decir!”.

El tono musical se eleva estruendoso, acabando con las frases que hablan de la lluvia y de un sol que brilla y que nunca debe desaparecer…

Bajo el volumen, ya nadie flota a mi alrededor, las personas son seres reales de mirada escrutadora que se giran buscando su momento para cruzar la calle.

Archivo de LHM

Reconozco el lugar, estoy aquí, acercándome a casa. La letra de la canción se repite “incluso en los momentos más tranquilos, desearía saber qué debo hacer…”. Sí, desearía saber qué debo hacer y mi hijo está esperando una respuesta ¿debe marcharse? La duda me embarga… Sé que no podré evitarlo…, ceder, no sé si debo ceder. Mi corazón solo puede trasmitir cariño. No sé lo que él recibe de mí ¡ojalá que sea todo mi cariño!

La melodía se ha acabado y al final de la carretera, ante un paisaje que siempre me sorprende, mi casa se abre al mar en las horas en que el sol lo transforma en un mar recubierto de plata.

 

El relato está inspirado en la canción de Supertramp “even in de quietest moments” y fue escrito en junio de 2011

 

Era… Praga

 

Archivo de LHM

Y de repente allí estaba Praga, culta, magnífica con sus casas modernistas y Kafka y el río con sus puentes y el negro de las figuras que duermen de pie sobre el puente tétrico, atravesado siempre  por  absurdos paseantes que compran collares de un euro para la fiesta de fin de año y estaban los bares de copas con taburetes de mimbre y el sonido de la música exuberante y mística detrás de las puertas de cualquiera de sus cientos de iglesias. Y Kafka…, siempre Kafka en su casita de Lilliput junto al castillo y las botellitas de Anita y las piedras sonoras de la calle empinada que resbalaba por las gotas de lluvia y Saro que ya está muerta. Eso era Praga hermosa y culta, siempre culta, con sus miles de judios enterrados detrás de las viejas rejas y lápidas y era los rostros angulosos y serios sobre las fachadas de aquellos edificios tan sólidos, tan asentados sobre el asfalto envejecido y su reloj, sí, su reloj, capaz de atraer todas las miradas de sorpresa de los turistas. Porque en Europa sólo hay turistas, solo trabajan los camareros y los jefes de recepción. Europa es un circo de historia, llena de historias que cabalga vieja y convertida en millones de granitos de café que se saborean, sorbo a sorbo, bajo los parasoles de los bares a la sombra de los plátanos, de los pinos, los sauces que cuelgan sobre los ríos de aguas verdes y opacas de tanta sangre vertida, en donde se reflejan sus catedrales, conventos, palacios y caserones entre las risas de quienes la visitan en pantalones cortos con calcetines de rayas. 

Europa es bella, si en tiempos de paz, es bella, pero ay de las guerras que mantienen los hijos del hombre cuando sienten que sus espaldas están cubiertas, son guerras de vanidad, maldad, envidia, pasiones, orgullo pero sobre todo de poder y de ignorancia.

Y un perro ladró sobresaltando el silencio de aquella noche oscura, en la que solo se oía soplar un viento ligero entre las paredes de la vieja ciudad.

Cachito a cachito

LHM para ”cachito a cachito”

 

 

Se puede escribir de la vida cachito a cachito, sin orden aparente, por que así el tiempo no hace tanto daño. Cada escena es un momento suspendido en el tiempo, cada instante tiene su sabor propio y se puede otear en el horizonte de cuanto te rodea y así poder… seguir.

 

La era divina –Fatehpur Sikri-

Archivo privado de LHM

Siempre me consideré a mí mismo como una persona realista pero, tal vez por la influencia de la religión en la que fui educado o por el discurrir de los acontecimientos en mi propia vida, he llegado a convencerme a mí mismo de que hay una mano invisible que nos mueve y nos lleva por un camino determinado, sin que alcancemos nunca a saber el porqué. 

Yo llegué hace ya muchos años al pueblo de Sikri. Acababa de terminar mis estudios de medicina y aunque mi intención había sido siempre dedicarme a la medicina hospitalaria en la propia ciudad de Delhi, en donde cursé mis estudios, una simple confusión de papeles hizo que llegara a mis manos la relación de los destinos que se ofrecían a los médicos rurales de mi misma promoción. Por una mera y pueril curiosidad, me entretuve jugueteando con los nombres de los pueblos y las pequeñas ciudades que se relacionaban: quería saber si era capaz de situarlos geográficamente, pues me conmovía pensar que mis grandes amigos quedarían repartidos por todo lo largo y ancho de la India y aquella etapa de mi vida concluiría para siempre, llevándose lo que habían sido hermosas y fecundas vivencias con gentes a las que no podría olvidar y a las que, tal vez, al iniciarse la diáspora que supondría la incorporación de cada uno de nosotros a nuestros respectivos destinos, no volvería a encontrar nunca más.

Mi sorpresa fue que al ver escrito el nombre de Sikri entre la lista de plazas vacantes, supe, por una extraña corazonada, que ese era el lugar hacia el que debía encaminar mis pasos y desde aquel momento, el curso de mi vida quedó fraguado para siempre.

Intenté hacer memoria para encontrar razones que justificaran mi decisión, y sí, recordaba vagamente haber vivido en aquella ciudad durante algún tiempo, cuando todavía era un niño, pero los recuerdos se confundían en el pasado con otros pueblos en los que también tuvimos nuestra casa. En apariencia, no había nada especial que me hiciera sentir unido a ella. Aún así, seguí la fuerza de aquel impulso y, a pesar de las lágrimas de mi madre que siempre quiso tenerme cerca, en cuanto estuve dispuesto para mi marcha me instalé en Sikri.

Al llegar, viví durante algunos años absorbido por el duro trabajo que me esperaba en aquel pueblo y que, en muchas ocasiones, sobrepasaba mis posibilidades, sin que nada atrajera mis recuerdos. Sin embargo, un encuentro inesperado me hizo comprender las razones que me ligaban a ese lugar para toda la vida.

Ocurrió en un día caluroso de finales del mes de junio. Recuerdo que, como cada año en aquellas fechas, todos esperábamos con impaciencia la venida del monzón que aplacara por fin el sofocante calor de los últimos meses. Me dirigía con paso lento a mi consulta. A pesar de que me había retrasado más de lo deseado, caminaba con cierta desgana pues volvía de asistir a un parto difícil en el otro extremo del pueblo, en donde, tristemente, después de hacer todo lo que estuvo en mi mano, el niño había nacido muerto y yo me sentía agotado y desanimado como nunca.

Al acercarme, vi que la gente hacía una larga cola ante mi puerta y, antes de enfrentarme a lo que me esperaba, me paré un momento para tomar aíre. Me flaquearon las piernas al pensar en las largas horas de trabajo que aún tenía por delante, pero había que continuar. Respiré despacio y me dispuse a subir las escaleras del porche cuando, al levantar la vista, la visión de un hombre muy viejo, con un pañuelo verde enrollado en la cabeza, llamó poderosamente mi atención e hizo que me detuviera para mirarlo. Estaba acurrucado y apoyaba la espalda contra la pared cerca de la entrada. La gente había dejado espacios vacíos en torno a él, como si no quisieran aproximársele por temor al contagio. Tenía la cabeza reclinada hacia un lado y parecía estar muy enfermo. Me conmovió verlo solo, en tan mal estado y me acerqué hasta donde estaba. Al ir a tocarlo tuve la sensación de que conocía a aquel hombre y mientras le ponía la mano en la frente le pregunté:

−¿Ha venido usted a verme otras veces?

El anciano levantó la cabeza pesadamente para mirarme con los ojos empequeñecidos y brillantes por la fiebre. Vi que intentaba decirme algo y me agaché para poder oírlo. Después de hacer un evidente esfuerzo, colocó su mano sobre mi brazo y, con un hilo de voz, él me preguntó a su vez:

−¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Al oírlo, el corazón me dio un vuelco y, por un breve instante, tuve la extraña sensación de sentirme niño de nuevo. Esto me desconcertó durante un momento pero, enseguida, apreté mi mano contra su frente: estaba ardiendo. Lo ayudé a levantarse. Tuve que sostenerlo por debajo de los brazos para que pudiera incorporarse debido a su debilidad y caminamos hasta la puerta. A nuestra espalda, se oían las veladas protestas de la gente que esperaba antes que él, pero no les presté atención e instalé al anciano sobre una cama, en la pequeña sala contigua a la consulta, que siempre tenía preparada por si algún enfermo tuviera que pasar la noche, bajo mi atención, antes de enviarlo al gran hospital de Agra o por si se trataba de algún pobre desagraciado que no tuviera donde recogerse.

Lo despojé de su turbante y aflojé sus ropas. En torno a la cintura llevaba fuertemente atada una curiosa bolsa de tela muy burda a la que se aferró, a pesar de su debilidad, en cuanto notó mis manos sobre ella. Forcejeamos un momento hasta que notó que yo colocaba de nuevo la bolsa bajo su mano. Pareció tranquilizarse y pude hacerle un rápido reconocimiento. No parecía tener ninguna enfermedad contagiosa, se trataba de una neumonía aguda agravada por su avanzada edad. Le administré un específico que le hiciera bajar la fiebre para que pudiera descansar y me dediqué a atender a los pacientes que esperaban, concentrándome en mi trabajo durante las horas siguientes.

Al terminar las consultas, volví a la sala donde había dejado al viejecito: estaba en un tranquilo duermevela. Esta vez lo ausculté detenidamente intentando que no se despejara de su somnolencia. La fiebre había bajado mucho y en su semblante una expresión de placidez me tranquilizó.

Al llegar la noche, yo permanecía todavía sobre mi mesa haciendo anotaciones sobre los pacientes que había atendido y oí como tosía angustiosamente. Acudí en su ayuda, le hice beber un poco de agua para aflojar las secreciones, se fue calmando y volví a dejarlo solo cuando ya empezaba a quedarse dormido de nuevo. No habíamos vuelto a cruzar una sola palabra.

A la mañana siguiente, aún no había amanecido cuanto me levanté y me dirigí al cuarto para ver al enfermo: el anciano ya no estaba. Supuse que, al encontrarse mejor por el efecto de las medicinas que le había administrado, se había marchado. No me sorprendió, a veces ocurría que algunos enfermos, al recuperar las fuerzas, se van por miedo a que les reclame el pago del tratamiento. No pude evitar sonreír con amargura. A pesar de saber que no hubiera podido hacer gran cosa por aquel hombre tan viejo, me hubiera gustado ayudarle y saber quién era. Impotente, me encogí de hombros y con cierta pena, recorrí con la mirada la cama vacía; me extrañó ver que, entre las sábanas blancas y arrugadas, había quedado el pañuelo verde que llevaba enrollado en la cabeza. Lo recogí y con él entre las manos me dirigí a la ventana con la esperanza de poder verlo todavía alejándose de mis casa. Observé la calle detenidamente a través de los cristales pero estaba desierta.

Permanecí un largo rato en aquella posición. En esos momentos el amanecer empezaba a iluminarlo todo y, entre los árboles, se adivinaban las pequeñas cúpulas que adornan una de las puertas de la mezquita. Me quedé ensimismado observando cómo la armonía de las formas redondeadas y suaves se iba conformando lentamente entre la niebla que empezaba a disiparse.

Sin saber porqué, al ver unos pájaros madrugadores que revoloteaban sobre las cúpulas, un escalofrío me recorrió la espalda. Tuve de nuevo la sensación de volver a ser un niño y mes estremecí. 

Las palabras de aquel viejo en la puerta de mi consulta regresaron a mi mente: ―¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Volví la cabeza para mirar la camilla intentando despertar los recuerdos dormidos. Fue entonces cuando las imágenes del pasado aparecieron con la nitidez de estar viviendo los años lejanos y olvidados y supe, por fin, quién era aquel viejo…

***

Mi padre era un comerciante de telas y antes de que nos instalásemos definitivamente en Delhi, y durante los años de mi infancia, vivíamos yendo de ciudad en ciudad. Permanecíamos en algunos sitios por largas temporadas e incluso en algunos nos quedamos durante años. Eso solía ocurrir en los lugares en los que a mis hermanos y a mí nos era posible continuar con nuestros estudios, pues mi madre, hija de un maestro de escuela, deseaba más que ninguna otra cosa que recibiéramos una instrucción adecuada. Ella odiaba esa vida ambulante que nos obligaba a empezar, una y otra vez, desde cero y soñaba con encontrar por fin un lugar definitivo para establecernos.

Tal vez fuera la influencia de mi madre, a la que escuchaba quejarse día tras día, lo que me había convertido en un niño retraído y silencioso y, a pesar de que mis dos hermanos nunca tuvieron problema alguno para adaptarse a los distintos pueblos en los que nos instalábamos, yo tenía mi propia manera de asumir aquella forma de vivir: mi imaginación y mi afición a la lectura, en la que me inicié desde muy pequeño, llenaban mi tiempo sin necesidad de mezclarme mucho con los demás. Solía vivir aislado en mi propio mundo que iba conmigo allá donde fuéramos.

En la época en que conocí a aquel hombre que ahora había reencontrado convertido en un viejo, hacía unos meses que estábamos instalados en la casa de un conocido de mi familia. Era muy sencilla pero los aposentos que nos habían cedido eran lo suficientemente amplios como para disponer de dos habitaciones propias y una amplia cocina en la que nos sentábamos cada noche, en torno a la cena, sintiéndonos personas importantes. 

La casa estaba muy cerca de la gran mezquita de Fatehpur en el pueblo de Sikri. En sus inmediaciones había una escuela con varios maestros para los distintos niveles de enseñanza, eso hacía que mi madre se sintiera una mujer muy feliz. Mi padre, por su parte, había alquilado un pequeño local en el mercado y disfrutaba de una racha de buenas ventas, por lo que todos estábamos a gusto viviendo allí y hasta se hablaba de quedarnos para siempre.

Nada más empezar a vivir en la nueva casa, yo había observado que desde la ventana de la habitación donde dormíamos se entreveían las paredes de la mezquita del viernes y, en segundo plano, se destacaban los restos de algunos de los muros, las cúpulas y los techos semiderruidos de lo que debió ser una importante y ahora vieja ciudad. Aquella vista era para mí una fuente de curiosidad. Solía preguntar sobre quiénes vivían en aquellos viejos edificios. Mis hermanos ni sabían ni tampoco me prestaron nunca mucha atención: no eran personas curiosas. Pero mi madre, a quien también acosaba con mis preguntas, solía responderme que debía permanecer alejado de allí, pues la gente de Sikri decía que aquellos muros pertenecían a una vieja ciudad abandonada y habitada por fantasmas.

Eso aún despertaba más mi curiosidad y, a las horas del atardecer, solía colocarme apoyado sobre el alfeizar de la ventana, para contemplar el sol que, al desaparecer detrás de las paredes, creaba extrañas sombras y dibujaba perfiles de tintes enigmáticos que se prestaban a dar rienda suelta a mi despierta imaginación.

Fue el maestro de la escuela a la que asistía quien se encargó de hablarme de la ciudad de Akbar, de los antiguos emperadores y del esplendor de aquellos tiempos, ya tan lejanos, que habían dejado su huella en aquel pueblo en donde ahora estaba nuestro hogar. 

Yo tenía entonces once o doce años y todos los viernes, después de rezar en la mezquita, mis hermanos y yo acompañábamos a los muchachos del pueblo que tenían por costumbre reunirse para jugar en el Caravanserai, un lugar que, en los tiempos antiguos de los largos viajes en caravanas de camellos, se destinaba a reunir y recoger a los viajeros, sus animales y sus mercancías. Se trataba de un recinto cerrado, fuera de los muros de la ciudad abandonada, pero que le pertenecía como un complejo adherido a ella. Probablemente, el hecho de que quedase fuera de las murallas, hacía que aquel lugar estuviera a salvo de las supersticiones y los chicos del pueblo solían acudir allí, pues era ideal para los juegos: estaba lleno de terrazas con arcadas en los laterales y el gran patio central, amplio y despejado, les permitía practicar juegos de pelota sin que nadie los molestara.

Mis hermanos me llevaban con ellos y yo, que me aturdía entre los gritos y las carreras, enseguida adquirí mi propia manera de pasar el tiempo en aquel lugar: había descubierto que, encaramándome sobre una de las paredes, se veía con toda claridad el camino que ascendía desde la antigua torre de la caza hacia una de las puertas de la ciudad abandonada que se conservaba casi intacta.

Así fue como una mañana, mientras los demás saltaban el muro para acceder a aquel improvisado patio de juegos, di la vuelta en torno a sus paredes y me dirigí hacia las inmediaciones de aquella, solitaria y semiderruida, torre de caza, que me había atraído desde que la contemplara en la lejanía. La rodeé acariciando las viejas piedras, y desde allí, enfilé el camino que ascendía en una suave pendiente hacia la que, después supe, era conocida como la Puerta de los Elefantes.

Recuerdo estar embargado de una profunda emoción, pero mi primera incursión fue decepcionante: en cuanto traspasé la puerta, una nube de pájaros negros levantó el vuelo desde una de las cúpulas de un edificio cercano y se aproximaron en bandada hacia donde yo me encontraba. Estaba tan excitado, que el sonido de los graznidos y los aleteos a mi alrededor, me sobrecogió y no puede seguir adelante. Me encogí asustado y corrí lo más rápido que pude saliendo del recinto amurallado.

Durante toda la semana siguiente, esperé con impaciencia la llegada del viernes reprochándome a mí mismo la huida y prometiéndome no volver a hacerlo. Así fue como, armado con un palo largo y delgado como si se tratara de una espada, aquel segundo día y durante las semanas siguientes exploré las zonas más cercanas a la puerta por la que había traspasado el recinto y, poco a poco, fui ganando terreno como si fuera un auténtico conquistador.

Los pájaros siempre estaban presentes. Los había a cientos, formaban bandadas de las más diversas especies: palomas, avutardas, cuervos, gorriones o pequeños papagayos de múltiples colores. Los oía moverse por los techos, los rincones de los porches y los pasadizos o salir volando de improviso desde los agujeros de las cúpulas rotas. Sus continuos aleteos y los sonidos que producían a mi alrededor era una música de fondo que me acompañaba permanentemente. En ocasiones, me asustaban sus gorgoteos o, por el contrario, de repente se hacía un silencio absoluto y el aire, al entrar y salir por los edificios vacíos, producía extraños sonidos que me mantenían en alerta y en un permanente estado de excitación. Sentía que me observaban pero, después de aquella primera vez, no volvieron a atacarme y acepté su presencia como algo más que formaba parte del misterio de la ciudad.

Todo lo que iba apareciendo ante mi vista me producía una rara mezcla de excitación y tristeza. En las calles, las piedras se amontonaban de manera desordenada, algunos muros estaban caídos, derramándose y formando montañas de piedras sueltas, otros habían sido picados y las puertas y las ventanas arrancadas de cuajo. Sin embargo, muchas de las paredes de los edificios, aún permanecían en pie, enmarcaban balcones y ventanas cubiertas de celosías de formas exquisitas que, a veces, se sustentaban sobre ménsulas de profusa y abigarrada ornamentación, algunas de ellas estaban intactas. Los patios, rodeados de columnas, formaban enigmáticas líneas sombreadas que ocultaban formas insinuantes y misteriosas tras las que, yo imaginaba, podrían aparecer en cualquier momento aquellos fantasmas que eran los dueños de la ciudad y para sentirme seguro apretaba mi palo en la palma de la mano, dispuesto a esgrimirlo en defensa de mi integridad.

 

Archivo privado de LHM

En el interior de los pabellones y de los edificios el estado de todo era lamentable: los suelos estaban rotos y levantados, los techos que aún se sostenían sobre las vigas de piedra estaban cubiertos de una espesa capa de polvo, tierra y suciedad que ocultaba los relieves. En los rincones de las altas paredes, las telas de araña formaban espesas cortinas y allí, los pájaros habían encontrado un lugar ideal para anidar. Mi avidez por conocer todo lo referente a la ciudad abandonada me hizo pedirle a mi maestro algún libro en el que saciar mi curiosidad y él me proporcionó uno sobre el periodo de los emperadores mogoles en la India. En aquel libro estaba todo lo referente al reinado de Akbar: Ÿalaluddín Muhammad, ese era su auténtico nombre, era hijo de Humayun: el segundo emperador de la dinastía mogol, que fue expulsado de la India al ser derrotado por el caudillo afgano Sher Shah en dos cruentas batallas y hubo de huir abandonando su reino. Durante aquel triste viaje en busca de refugio nació el pequeño Akbar, su madre lo parió entre las hierbas y las piedras del camino. Después viviría su infancia en la floreciente y hermosa Persia en donde su Humayun encontró acogida.

Quiso el azar, que en mi casa y guardado como un tesoro, mi madre tuviera una recopilación bellamente ilustrada y editada por un librero de Bombay que reunía los viejos y auténticos cuentos de ―Las mil noches y una noche–, que un autor de origen árabe había conseguido recopilar de la tradición oral y de los viejos manuscritos en países como Egipto y el Yemen o en las ciudades de Damasco, Bagdad o Beirut, en donde durante siglos las domésticas y los charlatanes de los cafés contaban los preciosos relatos de las cortes magnificas de los califatos. Ella, en ocasiones especiales, me dejaba el preciado libro para leerles a mis hermanos algunos de esos cuentos que despertaban mi imaginación y debido a las escasas ocasiones en que se me permitía el lujo de acariciar aquellas páginas, aumentaban más mis ansias de leer.

Tal vez por eso, el mundo de Akbar bullía en mi cabeza con el esplendor de los antiguos reinos musulmanes e imaginaba que, de niño y en aquel país, él debió jugar bajo la sombra de las altas torres de las mezquitas que se dibujaban en las páginas de aquel hermoso libro. Debió crecer con los ecos de la llamada a la oración de los muecines o escuchando el rumor del agua de las fuentes que recordaban a la lejana y llorada Granada. Lo imaginaba rodeado de hombres sabios que sabían cómo descifrar el misterioso lenguaje de las estrellas, buscando para él la estela que conduciría su destino hacia el Este del mundo o de hombres que escondían entre sus puños el secreto del vuelo de los pájaros, para enseñárselo al pequeño príncipe; y de otros hombres dedicados a la alquimia, mezcladores de perfumes, matemáticos, músicos y poetas. Pero también, al lado de aquellos que combatían ferozmente en épicas batallas y, con el dulce sabor de la victoria entre los labios, animaban a Humayun, a reconquistar su reino perdido.

En muy pocos años, el tiempo dio forma al destino de Akbar que, cuando apenas contaba trece años, vio morir a su padre tras haber recuperado el trono y él, como único heredero, fue nombrado emperador de la India.

Qué hermosa épica debió vivir aquel joven y nuevo soberano cuando, subido a lomos de los elefantes, mandaba a sus ejércitos para atravesar, victoriosos, desiertos y montañas, extensas llanuras y profundos valles. Palmo a palmo, se fueron agrandando los dominios de su imperio y, para la gloria de Alá, la voz de los almuecines comenzó a oírse desde las lejanas mezquitas de Kabul hasta las más altas cumbres de los Himalayas; se deslizaba sobre las aguas de los ríos sagrados o asomaba sus ecos a las suaves arenas del golfo de Bengala. Nunca hubo en aquellas tierras un imperio tan grande como el imperio de Akbar.

Mi imaginación me hacía ir de la fantasía a la realidad de lo que fue la India en aquellos tiempos y en mi necesidad de saber todo lo que aconteciera en aquel reinado, supe que, cuando el gran imperio ya empezaba a consolidarse, Akbar que, impotente, veía morir a sus hijos varones recién nacidos, peregrinó desde Agra a la aldea de Sikri atraído por el carisma de un santo sufí: Sheij Salim al-Chishtí. Fue este hombre, sencillo y humilde, quien predijo que en aquel pueblo, nacería su deseado primogénito que habría de fortalecer la estirpe de su larga descendencia. Y Akbar, hombre de corazón sensible, que compartía su tiempo con el sufí en espera el deseado acontecimiento, quedó cautivado por la simple y profunda filosofía del sabio a quien amó sinceramente y deseoso de instruirse en su sabiduría, ya no pudo abandonar aquel lugar a pesar de la temprana muerte del sufí.

Así se empezó la construcción de Fatehpur que fue concebida como la ciudad perfecta: hecha para la calma, la búsqueda de la paz, y de la sabiduría. Fue edificada sobre una elevación del terreno, junto a la mezquita que, en su día, fue la más grande de la India y donde aún yace el sufí.

Me sentía fascinado por todo cuanto leía y durante semanas deambulé de un sitio a otro hasta encontrar entre las ruinas y los escombros el que sería mi lugar favorito: se trataba de una torre que acababa en un gran chatri que se elevaba en el centro de la ciudad como un perfecto lugar de observación. Desde allí se divisaba un reino sin límites: si miraba a lo lejos, podía girar en redondo sobre mis pies y contemplar el mundo que se perdía en el horizonte difuminando el llano paisaje hasta convertirlo en una raya azulada e infinita. Bajo mi mirada, la mezquita del viernes dibujaba su perfecta armonía y la vieja ciudad, a mis pies, parecía cobrar vida salpicando, entre los jardines y los patios, la silueta de sus calles que dibujaban el enclave de los edificios: las zonas públicas hechas de sólidas construcciones, los aposentos reales en donde el agua debió fluir aportando al emperador la calma y la energía que derrochaba en su reino; la ciudad de las mujeres con las suaves transparencias para ocultar los ojos misteriosos y sabios de sus amantes esposas. Desde allí, todo parecía ser capaz de revivir el esplendor de otros tiempos.

Una tarde, sin poder esperar la llegada del viernes y obsesionado por acudir a aquel lugar en donde yo era el único testigo de un reino olvidado, salí de mi casa al oír la llamada del rezo y ascendí la cuesta hacia la mezquita. Sin entretenerme, busqué la puerta más próxima a la vieja ciudad y me dirigí hacia ella.

Me encaminaba hacia el mirador, con la seguridad que me daba el conocer todos los caminos, cuando creí ver a un hombre aparecer y desaparecer entre las columnas, bajo uno de los edificios. Me escondí tras unas piedras y esperé observando con detenimiento. Lentamente, le vi acercarse. Para mi decepción, su aspecto era el de un hombre corriente: iba vestido con ropas de un color muy claro, eran muy viejas y rotas por los codos y las rodillas, sus sandalias oscuras estaban cubiertas de una espesa capa de polvo y sobre su cabeza llevaba enrollado un pañuelo verde de un tono llamativo y brillante. No era un hombre fuerte pero sí estaba bien constituido y se movía caminando con pasos seguros. De su hombro colgaba una bolsa de tela y, atado con una cuerda, un envoltorio del tamaño de una mano y hecho con tela gruesa y basta se apretaba a su cintura. Acabó por desaparecer de mi vista dando la vuelta a una de las esquinas y yo, intranquilo por aquella presencia con la que no contaba, abandoné el lugar.

Estuve días sin atreverme a regresar a la ciudad pero no aguanté mucho tiempo, volví a la misma hora del primer encuentro y el hombre del pañuelo verde volvió a aparecer. Esta vez, me había situado para esperarlo en un rincón, tras las celosías de uno de los palacios, desde donde tenía una perfecta visión del camino por el que supuse llegaría de nuevo. No me había equivocado: lo vi llegar, los pájaros revoloteaban a su alrededor.

Mientras pasaba cerca de mí, contuve el aliento, después salí de mi escondite y lo seguí agazapándome para no ser visto. Él entraba y salía de los edificios. Después de penetrar en cada estancia, el revoloteo de los pájaros rompía el silencio dentro de los recintos. Permanecía unos minutos y regresaba al exterior para volver a meterse en la siguiente puerta. Al fin acabé perdiéndolo de vista tras un edificio cuadrado en medio de uno de los grandes patios, que se destacaba por los cuatro chatris situados en la parte superior. Yo mismo, en mis primeras incursiones, me había sentido atraído por la rara fisonomía de aquel edificio, que destacaba del conjunto, pero al asomarme, la profusión de esculturas, los altos techos y los rincones envueltos en penumbra, me habían atemorizado y no volví a aproximarme a aquel lugar.

Estuve regresando a la ciudad y haciendo lo mismo de manera incansable durante días. Aquel hombre, puntual a la cita, repetía siempre los mismos movimientos para acabar desapareciendo tras el raro edificio. Creo que mi auténtico deseo era verlo desvanecerse o atravesar las paredes. Pero, no sin cierta decepción, acabé convenciéndome de que era tan mortal como yo mismo pues, aunque oía cómo hablaba con los pájaros, que parecían escucharle, también renegaba, tosía o masticaba y escupía hojas de betel como lo haría mi propio padre.

Mientras, iba adentrándome en el conocimiento de lo que para mí eran los secretos que guardaba Fatehpur, pues el maestro, poco acostumbrado a tener alumnos interesados por la historia que se escondía entre los muros de la vieja ciudad, me buscaba al terminar las clases y con nostalgia y una gran dosis de orgullo me hablaba de los tiempos del esplendor de la India bajo el dominio de los emperadores de religión musulmana.

Supe que en Fatehpur vivieron los hombres más ilustres de la época: músicos, poetas, astrólogos, talladores de diamantes, calígrafos, médicos, grandes financieros, filósofos y hasta maestros en el arte de la guerra: era una corte de sabios en donde todas las voces eran escuchadas. Y para ello, en el interior de la ciudad el emperador hizo construir un edificio en el que se reunía con todos los sabios colocándose él en el centro de un gran círculo hambriento de saber. Abierto a todas las corrientes y de la mano de su consejero Abu Fazal, estudiaba a los filósofos de oriente y de occidente buscando entre sus palabras cómo llegar a convertirse en lo que deseaba ser: el rey perfecto.

Con ese fin y dispuesto a acabar con las rivalidades y las guerras intestinas que provocaban los distintos credos que se practicaban en sus tierras, pretendió extraer la verdad común a todas las religiones y encontrar un solo Dios para su pueblo. Durante un largo periodo de tiempo reunía cada semana a los representantes de todas las religiones conocidas en la India: jainistas, zoroástricos, judíos, hindúes y musulmanes de todas las tendencias y otras que con la fuerza de los conquistadores y venidas de Occidente trataban de adentrarse en el corazón de los nativos: eran los jesuitas, llegados desde el lejano reino de Portugal. Ellos también fueron llamados para hablar de su Dios. A todos escuchaba con respeto y de todos adoptaba las costumbres que consideraba justas.

Según me contara el maestro, entristecido, Akbar, imbuido de tantas extrañas ideas que eran ajenas a su propia religión, fue poseído por la locura y llegó a convencerse de que él era el mediador entre Dios y los hombres, formulando su propia y única religión. Decía que fue esa soberbia lo que convirtió su historia en la desgracia de aquella tierra: se secaron sus fuentes y el emperador se vio obligado a abandonar la ciudad que quedó maldita. Solo los locos y las bestias se atrevían a deambular por sus calles que, a veces, parecían revivir y traer del pasado el alma solitaria y atormentada del emperador y su corte de sabios, para despertar la vida entre las viejas paredes de la ciudad y recordar a quienes supieran leer en aquel mensaje, que la locura y la soledad son el precio que se paga por abandonar el camino de la humildad.

A pesar de cuanto oía, no había nada que fuera capaz de desanimarme y yo seguí con mis secretas escapadas a Fatehpur, pues me cuidaba de que nadie supiera de mi afición, por miedo a que me fuera prohibido.

Una tarde, esperé como siempre la llegada del hombre del pañuelo verde a quien yo había empezado a llamar: el pajarero. Después de verlo pasar ante la pared de celosías tras la que estaba oculto, me senté en el suelo para esperar a oír sus pasos alejándose. De repente, a mi espalda, oí su voz y noté como mis músculos se tensaron violentamente:

−¿Has visto hoy algún extraño por aquí, muchacho?

El corazón parecía querer escaparse de mi interior. De un salto, me levanté y me di la vuelta. El hombre estaba colocado frente a mí, a escasos metros. Enseguida me sobrepuse y me estiré para contestarle:

−No, no he visto a nadie, señor.

Avanzó un paso en dirección a donde yo estaba y volvió a hablarme:

−Siempre hay que estar vigilantes. La gente aprovecha el menor descuido para venir a robar ¿Es esa tu intención?, ¿vienes a eso cada tarde?

Negué con la cabeza, pero sentí como se me encogía el estómago al acordarme que, más de una vez, había metido en mis bolsillos algunos trozos de piedras talladas que me llevaba a casa y escondía entre mis ropas como si fueran tesoros. Aquella misma tarde, mientras esperaba, había recogido entre los escombros un trozo de madera con curiosas tallas y en ese momento lo sentía dentro de mi bolsillo, apretándome la pierna.

Tuve la sensación de que aquel hombre intentaba tranquilizarme para poder acercarse a mí y atraparme como a un vulgar ladronzuelo. Con un movimiento rápido, di media vuelta, empecé a correr hacia la salida y, antes de abandonar la ciudad, tiré el trozo de madera como si me quemara en el bolsillo.

Aquel encuentro tampoco me detuvo: mis idas y venidas continuaron. Empecé a esperar las llegadas del hombre abiertamente. Durante las primeras semanas no me atrevía a dirigirle la palabra y él parecía soportar mi presencia. Le observaba en silencio. Caminaba tras sus pasos como una sombra a través de las calles en aquella ronda imaginaria. El hombre entraba dentro de los edificios: se detenía en el centro de los recintos girando sobre sus pies para mirarlo todo, después metía la mano en su bolsa de tela y repartía el grano entre los cientos de pájaros. El revoloteo de las aves a su alrededor daban a la escena una vida insólita y mágica: lo rodeaban, subían sobre sus hombros o sobre su cabeza, picoteaban en su mano mientras él les hablaba y reía complacido. Minutos después, lanzaba al aire los granos que aún conservaba entre sus dedos que acababan esparcidos por el suelo u ocultándose entre las piedras, donde los pájaros menos sociables buscaban con avidez.

Llevaba días siguiéndolo cuando, sin esperarlo, se volvió hacia mí para decirme: −Si quieres seguir acompañándome, haz algo que sea útil: trae grano para los pájaros. Nunca hay suficiente para todos.

A partir de aquel día, salía de mi casa con los bolsillos llenos del arroz que cogía de la cocina en un descuido de mi madre y así comencé a caminar al lado del hombre. El miedo a entrar en las estancias parecía haber huido de mi ánimo. Lo acompañaba en su recorrido. Seguía cuidadosamente sus pasos, iba esparciendo mi grano y cuando el sol empezaba a caer sobre la línea del horizonte, él se dirigía hacia su rincón tras el palacio de los cuatro chatris y yo salía de la ciudad y regresaba a mi casa con la única idea de volver.

Durante aquellos recorridos, después de los primeros días de vacilaciones, mi lengua se fue desatando. Solía contarle todo cuanto iba aprendiendo sobre los años en que Fatehpur fue la capital del imperio: de las aficiones de Akbar, de su gusto por la doma de elefantes o su pasión por el deporte del polo, cuya afición le hizo fabricar una pelota luminosa para poder seguir jugando cuando llegaba la noche o la costumbre de disfrazarse de mendigo y recorrer los mercados acompañado de su visir Birbal, con el fin de saber lo que pensaba y lo que necesitaba su gente. Él asentía y sonreía mientras me observaba escenificar desfiles militares, haciendo sonar los tambores al paso de los hombres que componían sus ejércitos o disparaba mis imaginarias flechas hacia un horizonte lleno de feroces enemigos, mientras él me escuchaba sin despegar los labios.

Uno de aquellos días, caminaba como siempre siguiendo sus pasos. Atravesábamos el patio del pachisi en dirección al Divan-i-am, para llevar el grano a los papagayos que tenían sus nidos bajo las arcadas de aquel recinto. Hacía un calor sofocante y el cielo estaba cubierto de una espesa nube gris que oscurecía la tarde. De repente, el cielo pareció partirse en dos y el agua empezó a caer a torrentes sobre nuestras cabezas. Corrimos a refugiarnos en el lugar más cercano: era el palacio de los cuatro chatris.

Yo entraba en aquel lugar por primera vez. Me sacudí el agua entre exclamaciones de sorpresa por el fuerte aguacero y, al darme cuenta de donde estaba, contuve el aliento. Giré sobre mis pies dando la vuelta en un suelo de mármol blanco, limpio y dibujado de estrellas de arenisca roja, que rodeaban una enorme columna en el centro de la habitación y que sustentaba unos pasadizos que confluían sobre la columna central. Las formas de los enormes y brillantes pináculos que formaban racimos sobre las propias columnas me sobrecogieron. El agua martilleaba con fuerza en el techo que formaba una bóveda cuadrada sostenida por fuertes vigas y retumbaba produciendo sonidos que parecían golpear en el interior de mi cabeza.

Archivo privado de LHM

Después de unos momentos de sentirme aturdido, busqué con la mirada al pajarero. Él se había colocado en cuclillas en uno de los rincones y la escasa luz hacía que su figura quedara casi oculta entre las sombras. Me acerqué despacio y me invitó a ponerme a su lado. Me aproximé y me senté junto a él. Desde allí, sobrecogido todavía volví, a contemplarlo escudriñando entre las sombras que nos rodeaban.

La intensidad del agua que caía era tan fuerte que producía relampagueos de luz a nuestro alrededor y de nuevo, inquieto, busqué refugio acercándome más al pajarero que permanecía inmóvil. Repentinamente, la lluvia arreció en su caída y los ecos en el interior del recinto se hicieron aún más fuertes, parecía que el techo iba a derrumbarse sobre nuestras cabezas. Instintivamente, me cogí de su brazo. Sorprendido de mi atrevimiento, me volví para mirarlo esperando una reacción que me indicara su desaprobación. No parecía haberse dado cuenta: estaba abstraído, había colocado sobre su cabeza un pañuelo grande cayéndole sobre sus hombros y, a mis ojos, apareció como una persona distinta a la que yo conocía: tuve la sensación de que aquel hombre, silencioso y solitario, guardaba grandes secretos en su interior.

A los pocos minutos, volvió de su ensimismamiento. Yo seguía cogido de su brazo, debió notar mi turbación y me preguntó:

−¿Sientes miedo?

Me encogí de hombros sin atreverme a decir que sí.

Permaneció callado durante unos instantes más, después se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire: eran unos dedos delgados y ágiles como los de un artista. Yo lo miraba esperando sus palabras y sentí cómo tragaba saliva antes de empezar a hablar de nuevo:

−Tú me has contado muchas cosas que no sabía y yo he de contarte algo también, para que cuando descubras lo que ocurre aquí sepas reconocer lo que se esconde bajo las piedras de Fatehpur y hagas entonces lo que debas hacer, pues todo está escrito.

Le miré intentando entender qué quería decir con sus palabras, pero con su dedo índice sobre los labios me pidió silencio y siguió hablando.

−Muchas de las gentes que trabajaron en esta ciudad vinieron desde las canterías del Rajasthan. Ese era el lugar de donde procedían las piedras de arenisca roja con las que se levantaron estos muros. Esas gentes esculpían, tallaban y daban forma a cada uno de los relieves de estas paredes que, a pesar de los siglos, aún pueden ser acariciadas. Las manos de algunos de los artesanos que trabajaron aquí eran las manos de mis antepasados. Y ocurrió que uno de aquellos hombres estaba dotado de un especial ingenio y maestría en su trabajo. Akbar supo de él y le confió la construcción de un pequeño recinto secreto bajo su única supervisión.

El hombre tuvo que permanecer aislado y solo durante el tiempo que duraron sus trabajos. Sabía que, al terminar, su destino era la muerte pero, cuando llegó el momento, el humilde artesano rogó y suplicó al emperador que le perdonase la vida, pues no podía abandonar a su familia en los brazos de la soledad y de la miseria: él era su único sustento. Y Akbar, hombre de corazón generoso, habló con sus consejeros, consultó con los astrólogos y después de recapacitar durante días, lo dejó marchar. Debía guardar en secreto el lugar donde estaba y el modo de acceder al pequeño recinto hasta que el emperador volviera a requerir su presencia.

Pasaron los años, la ciudad y el imperio florecían. Fatehpur era una corte brillante a la que acudían los hombres más sabios de la tierra, traídos por Akbar, que vivía obsesionado por encontrar la manera de llegar al corazón de sus súbditos. Y él lo lograba, parecía poseer un don que le hacía ser amado por las gentes más sencillas, pues sabía guiar sus pasos en busca de la paz, a través de la justicia y de la tolerancia.

Pero los más eruditos y sabios del reino, versados en las artes y las ciencias, en la interpretación de las sagradas palabras, vertidas por el mismo Dios a través de su Profeta, no eran capaces de comprender la simplicidad y la pureza de las ideas del emperador, que guiaba sus pasos siguiendo los dictados de su propia conciencia. Y este, decepcionado por no ser oído por aquellas personas a quienes consideraba los faros de la sabiduría, abandonó Fatehpur, trasladó la corte a otros parajes y se rodeó de otras gentes.

Las puertas de la ciudad se cerraron. Aquellos que habían venido en pos de la prosperidad de la capital empezaron a marcharse; otros, que añoraban al emperador y rezaban por su vuelta se quedaron con la esperanza de un resurgimiento. Mientras la ciudad permanecía dormida, el humilde artesano pasaba los días merodeando en torno a sus muros sin saber qué debía hacer, pues nunca fue llamado de nuevo a la presencia del emperador y sentía su vida ligada a aquellas paredes para siempre.

Pasaron los años y Akbar, de regreso a sus palacios de Agra desde la ciudad de Kabul, se desvió del camino para visitar de nuevo Fatehpur. Entonces ya era un hombre viejo y agotado. Las permanentes guerras y las decepciones en su vida privada habían encanecido sus cabellos y avejentado su rostro. Durante días deambuló por la ciudad desierta y solitaria reviviendo lo que debió ser su pasado más hermoso.

El artesano hizo guardia frente a los muros de la ciudad hasta que, por fin, antes de marchar, Akbar le mandó llamar para preguntarle sobre el secreto escondite, que debía abrir de nuevo para él, pues no recordaba su ingenioso mecanismo. El hombre lo hizo: el interior del pequeño recinto estaba vacío. Akbar entonces sacó de su manga un objeto, lo guardó entre las estrechas paredes y le mandó cerrar el lugar nuevamente. Después le habló así: Si algún día ves que peligra este lugar, no te atormentes, recoge lo que hay en el interior de tu escondite y guárdalo contigo hasta tu muerte. Así habrán de hacer las generaciones que te sucedan hasta que se extinga tu estirpe. Es un sagrado deber que te impongo, pues aquí queda lo que ha de ser el legado de mi reino, la única razón que ha justificado mi vida: el secreto para encontrar la paz entre los hombres.

Mientras, deberás proteger esta ciudad y armar un ejército en el nombre de Akbar, para que los restos de Fatehpur, aun despojados de toda vanidad, nunca desaparezcan. Pues ha de llegar un tiempo en que el hombre, cansado de guerrear, agotará todas sus armas y habrá de ahondar en los auténticos caminos de la paz, hasta encontrar el lugar en donde se encuentra la verdad. Entonces será cuando estas piedras volverán lentamente a renacer. A través de los años, irán resurgiendo de los escombros para recuperar el mensaje que en ellas se encierra y se escucharán las voces de los hombres más sabios que habrán comprendido, por fin, cuán simple es la verdad que ha de conducirnos a vivir en armonía. Así ha de ser, pues así está escrito.

Había transcurrido muy poco tiempo desde aquella visita, cuando se propagó por toda la India la noticia de la muerte del emperador y con ella, llegaron los malos tiempos para las gentes que aún vivían en la llanura de Sikri. La lejanía de las rutas y el abandono hizo que quienes habían permanecido en la vieja ciudad imperial, sumidos en la miseria, se supiesen olvidados y se atrevieran a entrar violando sus muros. Fatehpur empezó a ser desvalijada: robaban los cortinajes, las alfombras y los muebles. De la ciudad partían carros llenos de ricas mercancías para ser vendidos en los mercados y en las plazas de otras ciudades más afortunadas. Las puertas y las ventanas, las pinturas de las paredes y las sedas que adornaban los aposentos reales eran arrancadas ante la vista del artesano que, acompañado de sus hijos, se sentaba en las puertas de Fatehpur intentando convencer a la gente para formar una partida de hombres, capaces de proteger aquellos muros contra la rapiña y la avaricia. En el nombre de Akbar, pedía que lucharan para preservar el esplendor del pasado de aquellos muros. Todo era inútil, se burlaban de él llamándole loco y la ciudad iba desapareciendo convertida en un esqueleto del pasado, ante la rabia y la impotencia del viejo que, temiendo que el secreto escondite fuera violado, entró en la ciudad como un ladrón más y, tal como le pidiera Akbar, lo abrió llevándose lo que estaba en su interior.

Mientras, vio como los pájaros iban anidando en los rincones de los palacios, bajo las cúpulas y bajo los pasadizos. Las gentes seguían arrancando las piedras de las preciosas murallas que eran usadas como canteras para extraer los vulgares ladrillos de almacenes y casas. El artesano, que recorría las calles desolado por su impotencia al no poder cumplir el mandato del emperador de formar un ejército, observó que los pájaros lo esperaban picoteando a su alrededor y comenzó a traer grano y a alimentar a los nuevos habitantes de Fatehpur que aumentaban de día en día.

Pasaron los meses y llegaron las lluvias que anegaron los campos, el ciclo de la vida continuaba y la tierra, enriquecida por el agua, derrochaba belleza. Fue entonces cuando hicieron su aparición las aves solitarias, de garras poderosas, que llegaban volando desde lejanos países a miles de kilómetros atraídas por una misteriosa llamada. Se hicieron las dueñas de torres y balcones y con ellas, llegaron los fantasmas que alejaron a las gentes de los muros de Fatehpur. Se oía contar en los mercados y en las plazas de Sikri que los sabios caminaban de nuevo por patios y jardines, que resonaba el agua de las fuentes en los palacios y los ojos de las mujeres misteriosas se asomaban detrás de las celosías, mientras se escuchaban de nuevo los delicados acordes de la música de Tansen Baradari…

El viejo artesano era ahora quien reía pues comprendió, al fin, cuál era el ejército de Akbar y dedicó su vida a alimentar a las humildes aves que preludiaban la venida de aquellas otras, enormes y solitarias, que aleteaban entre los muros dispuestas a mantener viva el alma de la ciudad.

El sonido de su voz se había ido haciendo suave a medida que se atenuaba el agua que golpeaba los techos del palacio. Solo levemente se oía el caer de las últimas gotas y los ecos de las palabras del pajarero adquirieron un extraño tono:

—Hay seres que vienen a este mundo mucho antes de su tiempo. Son almas delicadas y salvajes como lo es la propia naturaleza de la tierra y por eso, conocen como ahondar en los grandes secretos que mueven los destinos del mundo. Vienen para dejar con sus huellas marcado el camino que habrán de seguir otros hombres que llegarán tras ellos, para que todo se vaya conformando y, a su tiempo, ocurra lo que ha que ocurrir. El sonido pertinaz de la lluvia volvió a llenar los rincones. Me volví hacia él: detrás de aquel pañuelo que lo cubría apenas podía ver su rostro y no pude evitar preguntarle:

—¿Quién eres?

Despacio, volvió la cabeza y me miró. En sus ojos había una extraña lejanía y me estremecí al oírle.

—Soy el último de una estirpe de humildes y silenciosos guardianes, después de mí, se habrá de romper el silencio y las piedras de Fatehpur volverán a recuperar su antiguo esplendor, pues así está escrito.

Se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire; de nuevo, los vi moverse inquietos ante mí: eran delgados y ágiles como los dedos de un artista. Al momento, él volvió a esconder su cara detrás de los pliegues de su pañuelo y yo cerré los ojos. El silencio se fue haciendo denso a nuestro alrededor. Todo estaba sumido en una quietud llena de fuerza y extrañamente viva. Por un momento, me sentí cayendo en el vacío y tuve la sensación de que aquel hombre y yo éramos los únicos habitantes de la tierra.

Abrí los ojos estremecido todavía. La espesa nube que había cubierto el cielo aquella tarde se había disuelto y la luz brillaba de nuevo entrando a través de puertas y ventanas. Se desvanecieron las sombras oscuras entre las que nos habíamos refugiado y salimos. Él destapó su cabeza y, otra vez, caminamos juntos por las calles desiertas en busca de los pájaros hambrientos.

Pasaron los días, las lluvias de aquel año fueron muy intensas, la gente se lamentaba de los destrozos que había ocasionado en sus casas y campos de cultivo. Mi padre vio cómo su almacén se llenaba de agua y perdimos todo cuanto teníamos. Durante un tiempo no pude regresar a la vieja ciudad, pues la tristeza embargaba las paredes de mi casa y mi madre buscaba cada tarde mi compañía. Pero, al fin, todo fue recuperando la normalidad y volví a buscar a aquel hombre que continuaba, como siempre, con la humilde tarea de alimentar a las aves.

A veces lo miraba y me preguntaba si aquella tarde de lluvia que vivimos juntos fue una realidad, si aquel hombre, solitario y amable, a quien yo consideraba mi mejor amigo, estaba loco o era yo quien había soñado las extrañas palabras que escuché en la penumbra de aquel palacio abierto a todos los vientos que, a pesar del tiempo, permanecía limpio y nuevo como si los siglos no hubiera transcurrido. Nunca me atreví a preguntar nada, tal vez para no revivir la extraña sensación de lejanía y misterio en la que me sentí envuelto aquella tarde y todo continuó como siempre.

La época del monzón hacía tiempo que había pasado. Un día cualquiera y antes de marchar de regreso a mi casa después de nuestro diario recorrido, el pajarero me retuvo un instante para decirme:

−Mañana debes venir, muchacho. Hazlo antes de que empiece el atardecer.

Y regresé. Empezaba a caer la tarde, el cielo ofrecía un espectáculo de belleza que no recuerdo haber visto nunca. Yo caminaba dando la espalda al sol que se dibujaba, enorme y brillante, expandiendo los tonos anaranjados por el horizonte que se mezclaban con las nubes blancas como algodones y, en el suelo, sobre la alfombra verde de los campos, se salpicaban los sembrados amarillos con las flores de la mostaza. Llegué a la ciudad, el pajarero estaba esperándome en la puerta. Parecía excitado como nunca. Al verme, me hizo una señal para que me apresurase. Corrí hacia él. Antes de que yo llegara, me dio la espalda y empezó a caminar delante de mí. Lo seguí. Nos encaminamos hacia la Torre del Viento y ascendimos. Estuvimos en silencio contemplando cómo, lentamente, iba descendiendo el sol hasta que cayó como un milagro desapareciendo de nuestra vista tras la redondez de la tierra. En aquel momento el cielo se volvió rojo, de un rojo intenso oscureciendo las nubes. En la lejanía un minúsculo punto negro hizo su aparición. Poco a poco, aquella mancha fue cobrando forma y aparecieron las alas de un pájaro en vuelo majestuoso. Volaba en dirección a Fatehpur y se fue aproximando hacia donde estábamos.

El silencio se hizo sobrecogedor, el runruneo de las aves que habitaban la ciudad había desaparecido por completo. Aquella magnifica ave se aproximó y, durante un momento, permaneció parada sobre nuestras cabezas: tenía las alas desplegadas y un leve movimiento, sincrónico y perfecto, la mantenía en un mágico equilibrio dominando el aire. Su plumaje era blanco y una franja negra recorría los extremos de sus alas de punta a punta que se abrían ofreciendo un hermoso espectáculo.

En un segundo la vimos replegarse y descender en picado. El sonido que produjo la caída vertiginosa hizo que, instintivamente, cerrara los ojos y me resguardara la cabeza con las manos. Al abrirlos sentí la fuerza de sus garras aferrarse al techo que nos protegía y oí el potente aleteo. No pude contenerme, el corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera desbordarlo. Salí corriendo escaleras abajo. El pajarero reía a mi espalda mientras le oí que me gritaba:

−¡Vuelve, muchacho! ¡Ya están empezando a llegar!

Cerré mis oídos a sus palabras y corrí desesperadamente a través de las calles desiertas.

Nunca más volví a la ciudad abandonada, las risas del pajarero resonaron en mi mente mientras me debatía entre una extraña fiebre, que me hizo delirar durante días sin que se supiera cuál era la causa. Me recuperé y pocas semanas después, con mi familia, abandonamos Sikri en busca de un mejor destino. Nos instalamos definitivamente en Delhi y yo olvidé por completo todo lo ocurrido.

                                                      ***

La niebla detrás de los cristales se había disipado. Volví con el pañuelo entre las manos a acercarme a la camilla donde reposara el viejo y acaricié la sábana. Salí de mi consulta y me encaminé a través de las calles en dirección a la ciudad abandonada. Como si anduviera por mi propia casa, me dirigí al rincón donde el pajarero tenía su refugio. Sobre la esterilla, el viejecito estaba acurrucado y muerto. A su lado estaba la bolsa de tela que empleaba para llevar el grano y el cinturón se apretaba a sus ropas. Lo desaté y deslicé con suavidad el envoltorio de tela basta que parecía formar parte de su propio cuerpo. Lo abrí, una delicada tela contenía un objeto duro y rígido, lo palpé con los dedos y lo que había en su interior cayó en mi mano: era un simple espejo. En el dorso escrito en persa había una inscripción: 

Mírate en el espejo,

Cuando en él veas el rostro de tu enemigo,

Habrás encontrado la verdad.

Volví a colocarlo en su envoltorio. Recogí la bolsa y cubrí mi cabeza con la tela verde. Apreté el cinturón hasta sentir cómo se contraían mis músculos y salí al exterior. Los pájaros revoloteaban inquietos sobre los restos de la ciudad de Fatehpur.

De los cuentos: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

El pez dorado

Sara seguía pegada a la acera ancha y poco concurrida que desembocaba en la calle más comercial y cara de la ciudad. Estaba ensimismada frente al escaparte. Sin embargo, las maletas de aquella carísima tienda ya no le atraían como en otro tiempo; aquel atardecer nublado, en la imagen reflejada que le devolvía el cristal, vio a una mujer sumergida en un mundo ambiguo de certezas y de perplejidades. Como si fuera polvo, su pasado era solo ceniza y vacío y el futuro era un camino arduo que había que empezar a dibujar de nuevo partiendo de la nada. 

Se encogió de hombros para seguir deambulando calle arriba cuando, el guiño de una  nube hizo  una travesura con la imagen que se reflejaba en el cristal y, detrás de ella, creyó verse a sí misma convertida en la estudiante de otro tiempo. Fue solo un instante, pero la Sara que acababa de jugar con sus recuerdos había estado a su lado durante unos segundos enfundada en una gabardina de color beige que recordaba muy bien. 

Enseguida desapareció.

Miró a su alrededor…, por un instante hubiese deseado atrapar aquella muchacha para meterla en el bolsillo de su abrigo y protegerla de todos aquellos años pasados en los que había estado tan lejos de sí misma. Su deseo la hizo seguir con la mirada los escaparates que acababan en la esquina a más de diez o doce metros, con la esperanza de que el juego siguiera y pudiera ver hacia dónde se había marchado la dueña de la gabardina beige. 

Giró la cabeza para ampliar la visión: en el otro lado de la calle, la fachada servía de fondo a una decena de motos aparcadas en perfecta simetría. Tras ellas, los grandes escaparates de la tienda aparecían llenos de zapatos, que salpicaban sus colorines, tras el reflejo de la larga calle con las siluetas ondulantes de los transeúntes, que aparecían  irreales  y volátiles por efecto de los claroscuros de la luz grisácea. 

En ese momento, el corazón le dio un vuelco: sobre el cristal, esquiva y lejana, la imagen de la muchacha se deslizaba como una mancha clara por la calle principal. La vio fugazmente para desaparecer enseguida mezclada entre la gente. 

Sara reaccionó y caminó calle abajo, dobló la esquina y anduvo deprisa hasta acercarse a pocos metros de ella. 

La seguía a corta distancia. Se sentía metida en la estela  del aire roto que iba dejando a su paso. Serenó su manera de caminar y su silueta se fue alejando poco a poco hasta que dejó de sentir sus pasos golpeándole en el estómago. Respiró aliviada al poder observarla a sus anchas: caminaba  por el centro de la acera, segura de sí, sin distraerse con nada. La cabeza erguida sobre unos hombros no muy anchos, le hizo bajar la mirada hacia la cintura que se movía rítmicamente con movimiento de atleta; las botas oscuras, casi planas, y un bolso marrón en bandolera, que se pegaba a su frágil figura, componían la imagen de la jovencita a la que Sara perseguía. 

Era una chica corriente –pensó–, tal vez demasiado delgada. Podía pasar fácilmente desapercibida y realmente nadie parecía reparar en ella. 

La vio como cruzaba otra de las calles y corrió  tras ella porque el semáforo parpadeaba e iba a cambiar de color de un momento a otro. Siguiéndola, bajó las escaleras del metro. La muchacha se había dirigido hacia la máquina automática que daba acceso al entramado de túneles con un billete en la mano. Impaciente para no perderla de vista pidió en la ventanilla el suyo, lo pagó y entró por el mismo pasillo por el que la había visto desaparecer. 

Recordaba muy bien esa estación: no era profunda, pero, si no se apresuraba, podría perderla con la llegada de un tren que no tuviera tiempo de coger. Pero no, ella estaba allí, de pie, muy cerca de la raya amarilla que indica peligro. A sus pies, el hueco profundo que recorrían los oscuros raíles y al fondo, orlando su cabeza, la espesa negrura del túnel subterráneo. 

La muchacha esperaba tranquilamente apretando un libro que parecía querer escaparse por debajo de sus brazos: era tan parecida a ella misma que se estremeció. Si pudiera verle la cara –pensó–. Hizo un ademán para sacar del bolso sus gafas de miope pero, enseguida se oyó el chirrido del tren frenando hasta llegar lentamente ante la boca negra del próximo túnel. 

Pasaron varias estaciones. Al fin, justo en el momento en que el tren se paraba, vio cómo se acercaba a una de las puertas y se preparaba para salir pidiendo disculpas a otros pasajeros que se interponían en su camino. Ella imitó sus gestos y al abrirse las puertas salió al andén entre el gentío. Solo la miraba a ella, pero todo le resultaba familiar. Bien podría ser la estación que en otro tiempo le llevaba a su propia casa. Si era así, mejor –pensó–, más tarde sabría como regresar. 

Subió las escaleras  y mientras la seguía se preguntó qué habría en su cabeza. Cuando ella hacía ese trayecto –ahora empezaba a reconocerlo todo–, solía estar preocupada por la hora. En aquel momento la vio mirar el reloj y, al abandonar la escalera, sus pasos se hicieron más rápidos, casi corría. Sin duda quería llegar pronto a casa y evitar que su madre preguntara la razón de su tardanza. Como ella misma, debía odiar tener que dar explicaciones. Después de todo, su madre en cuanto llegaba más allá de las nueve siempre pensaba mal. Algún chico que la acompañaba, y a saber quién era el chico o alguna amiga que pudiese ser una mala influencia. «La reputación es muy importante y hay que saber muy bien con quién  se mezcla uno…». Se lo había oído decir tantas veces. 

Caminando  otra vez detrás de ella, recorrió el conocido pasadizo que conducía a la calle en donde un acordeonista, sentado en el suelo junto a un ajado sombrero, apoyaba la cabeza sobre el teclado mudo y amarillento, descansaba con los ojos cerrados. A Sara le vino a la cabeza la triste imagen de un autómata sin cuerda. 

Muy cerca la una de la otra, salieron a la calle. La vio encorvar la espalda levemente al sentir las gotas de una llovizna suave que empezaba a caer sobre el asfalto. Le pareció que se hacía más pequeña, más insegura. Debía llevar el libro apretado contra el pecho y, sin saber por qué, aquella fragilidad le recordó la larga y angustiosa enfermedad de su madre. Las idas y venidas al hospital, la piel delicada de su cara, las manos casi perfectas cuando murió. Con el tiempo, esas manos que estuvieron tan ajadas se habían ido suavizando a fuerza de no trabajar y a ella le gustaba acariciarlas: eran las manos de una princesa.

Ya en plena acera de la calle, muy ancha y casi solitaria, Sara se fijó un instante en sus propios zapatos sobre el asfalto oscuro, que repiqueteaban estúpidamente sobre el suelo mojado y le vino a la

Pixabay

cabeza aquello de las flores: «a mi hija le gustan mucho las flores» . 
Cuántas veces, agradecida, se habría repetido a sí misma esta frase que le conmovió aquel día cuando, en vez de recriminarla por haber gastado el dinero inútilmente, le mostró al médico el sencillo ramo de claveles  que descansaban en un jarrón de cristal sobre su mesita de noche, mientras le decía aquella frase mágica que viviría como un eco después en su memoria. Se estremeció al recordar. Pocos días después, su madre moriría.

Sí, era su madre quien solía repetir que a los muertos los olvidas enseguida. «Tal día hizo un año y ya está», siempre lo decía. Pero se equivocaba, hay muertos a los que nunca olvidas. Parece que se van pero no es verdad, regresan, siempre regresan en ese movimiento permanente, circular y traicionero en el que vive la memoria y si en el pasado quedaron heridas sin curar, sangran una y otra vez. Con el tiempo, acabas por aceptar que esas heridas ya no tienen cura: forman parte de tu vida, son tu misma vida.

Una gruesa gota de agua de lluvia le devolvió a la realidad. Era tan absurdo estar persiguiendo a una desconocida. Y… ¿por qué no?–pensó–. Ahora,  ¿a quién le importaba? Por primera vez en mucho tiempo sabía muy bien en donde estaba. El azar le había devuelto a su antigua calle y a otros tiempos que había olvidado.

Contuvo una carcajada pensando que estaba volviéndose loca ¿Qué hacía ella allí? 

Iba a acelerar sus pasos para pasar de largo y dejar a un lado el que fuera su antiguo portal cuando, de un salto, la muchacha, a escasos metros de ella, se subió al pequeño escalón  frente a la verja blanca y ancha, adornada con macetas de piedra en donde estuvo su casa. 

Sara se quedó inmóvil bajo la lluvia que arreciaba. La vio cómo buscaba  en su bolso, cómo sacaba las llaves. Del escaso racimo colgaba un pez dorado. Sara se llevó la mano a la boca. Ese pez… ¡Dios mío! Era el regalo de aquel chico que nunca fue su novio y que tantas veces le dijo: «es que yo te quiero». Siempre supo que la quería, y era verdad, la quería. Porque eso se sabe, se percibe en la mirada, en la palma de la mano cuando te roza, en cómo te mira el pelo, en cómo te pregunta: ¿dónde has estado? Si, ese  pez era el suyo. El muchacho se lo trajo de algún pueblo de la sierra en donde había ido con sus amigos una Semana Santa, mientras ella le contó una mentira sobre un viaje a un monasterio aragonés con su familia.

Sara golpeó la cabeza como si después de tantos años cayera en la cuenta de que  aquel regalo era absurdo. Sí, era absurdo que de un lugar de montañas le hubiese traído un pez dorado. ¿Mentía él también? 

Plantada en la acera, mojándose con la lluvia fría del  otoño, con la mirada puesta en una desconocida, pensó que hasta ese momento nunca había reparado en ello. Sí, recordaba aquel pez, vino envuelto en papel de celofán rojo. Después y durante años siempre fue con ella, dentro de su bolso. ¿Dónde se perdió? ¿Dónde estaba ahora ese pez?

Por todo su cuerpo, como si una mano de terciopelo le acariciara de arriba abajo con el recuerdo, sintió el tacto suave y frío del metal y el alivio que le proporcionara tantas veces al encontrarlo entre las agendas y los monederos, los cigarrillos o los lápices de labios dentro de su bolso. 

Nunca entendió muy bien lo que había pasado entre ellos, tampoco lo pensó mucho. Después de todo, nada era difícil una vez decidido, porque de repente, empezó su ir y venir de un lugar a otro, de una provincia a otra y su vida por fin se llenó de maletas. En la última conversación telefónica que mantuvieron, en una de aquellas llamadas que, a pesar de no desear, ella siempre esperaba, Sara le pidió que no volviera a llamar.  «Salgo con un chico y nos vamos a casar», le espetó. «¿Sí?…» Le oyó preguntar. Su voz pareció quebrarse levemente como si sintiera una profunda pena. Después de unos instantes de silencio tenso volvió a escuchar su voz: «Si haces algo, hazlo con el corazón, solo así funcionan las cosas». 

Sara se estremeció de nuevo, los años, los largos años pasados en la más absoluta soledad del alma se le echaron encima y los ojos se le empaparon con la lluvia…, con las lágrimas. ¿Era ese el secreto? ¿El corazón que le decía a gritos que no lo hiciera? Levantó la cabeza para sobreponerse y el pez tintineó entre el ruido callejero y las llaves plateadas. Sintió una rabia infinita contra esa muchacha que llevaba su gabardina beige, que vivía en su misma casa…

Se aproximó a la puerta dispuesta a arrebatarle el pez de entre las manos como si aquella desconocida se lo hubiera robado. Se puso a su lado. Estaban tan cerca que Sara rozaba la gabardina con su bolso. Iba a alargar el brazo para coger su mano delgada  y entonces, la muchacha apretó fuertemente entre sus dedos el pez dorado y volvió la cabeza sorprendida. La miró, sonrió forzadamente con un gesto de sorpresa interrogante  y la vio. Sí,  al fin veía su cara: la muchacha de la gabardina era ella… la muchacha de la gabardina era Sara.