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Biográfico

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El oscuro café

Con un leve chasquido el café quedó completamente a oscuras y me sobresalté. Abrí y cerré los ojos

Oscuro Café
Archivo de LHM

instintivamente, solo pude distinguir, como en un relampagueo, el blanco de la camisa de un camarero que, erguido, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo, esperaba entre las mesas. Yo era la última cliente.

Seguí sentada unos segundos más. Hacía rato que la esperanza de que apareciera se había desvanecido. Absorta en mi desilusión, quise consolarme con buenos recuerdos y me había perdido en los acogedores brazos de mi madre a la que vi plantada una vez más en la puerta del colegio de mi infancia o esperando detrás de la ventana mi vuelta en las primeras salidas de mi adolescencia, recordé sus visitas al hospital cuando me operaron de una pierna rota, siempre sola, siempre a mi lado. No recordaba echar de menos  tener un padre porque lo tuvimos todo. La vida junto a la familia de mi madre fue una vida fácil, sí, pero nunca había sentido como en aquellos momentos el frío de su soledad y se me hizo insoportable.

Cuando fui creciendo las preguntas sobre mi padre se hicieron inevitables y ella solía contestar, sin darle demasiada importancia, que se había marchado a otro país y nunca supo más de él, pero estaba segura de que volvería a buscarme, repetía que era un buen hombre. Ahora, mi madre había muerto hacía solo unas semanas y, como una profecía cumplida, una tarde recibí la llamada de alguien que dijo ser mi padre. Balbuceó cuánto lamentaba su ausencia, cómo sentía haber olvidado sus obligaciones como padre y me pidió que nos encontrásemos, necesitaba conocerme, saber de mí. Me citó en aquel café.

A lo largo de la tarde, al ver que no venía, intranquila, había llamado varias veces al número desde el que recibiera su llamada, nadie contestaba pero yo me resistí a marcharme. Tal vez una accidente, un imprevisto de última hora. Él era mi padre, sabía que tenía que venir.

Oí como el camarero golpeaba los vasos contra el mármol de la barra con la imperiosa necesidad de ser oído y miré a mi alrededor. Fuera, la noche entraba a través de los cristales profunda y enigmática. Me incorporé despacio. Sentía la fragilidad de mi cuerpo sobre aquellos altísimos tacones. Confieso que me había vestido, como si se tratara de ir a la boda de una amiga para atrapar el ramo de flores y encontrar al hombre de mi vida. Si, su voz me había resultado cautivadora y mientras elegía mi atuendo, había un extraño deseo de seducción, una necesidad de conquistarle que más tarde, sola, frente a la taza del eterno café, me hizo reír amargamente. 

Colgué el bolso sobre mi hombro y empecé a caminar, me sentía vigilada por la mirada de aquel hombre de blanco que parecía esperar a que yo atravesara la sala de extremo a extremo cerrando la puerta detrás de mí. 

Al pasar cerca de él, sin mirarle siquiera, levanté dignamente el mentón.

—¡Gracias por venir, hija mía!— . Murmuró entre dientes. 

—¡Perdón!—. Le miré. Me pareció la sombra de un hombre viejo. Era el mismo que se había acercado para servirme, para preguntarme en dos o tres ocasiones si quería algo más, para cobrar mi café. Me pareció demasiado obsequioso y apenas le había mirado.

—Estábamos citados aquí. Yo…—. Se le quebró la voz.

No hay palabras para describir lo que sentí: era él, mi padre era él. Me paré en seco, una oleada de calor me inundó y volví sobre mis pasos. Vi la silla vacía que seguía inmóvil frente a la que yo había ocupado durante horas y no me supe contener. Con la mano abierta empuje la taza de café con toda la rabia de que fui capaz. Calló sobre la moqueta casi silenciosamente, pero lo imaginé agachado recogiendo humildemente los aburridos restos de mi tarde de espera y sonreí con malicia.

Horas más tarde lloré por ese gesto cruel y días después volví a sentarme en la mesa del café. A partir de aquel encuentro, supe de mis padres lo que nunca había sabido de boca de mi madre. Supe que se amaron profundamente y que fue él quien, sintiéndose indigno, se marchó para encontrar qué poder ofrecerle a su familia. Sabía como era nuestra vida y nunca tuvo fuerzas para volver.

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El abuelo

Georges M. Colección particular

Mentira parece y es cierto,
navegando sin descanso,
cruzas tierras, pasas mares,
climas duros, tiempo manso,
miras atrás y te asustas
la estela que vas dejando.

Cuántas vicisitudes
y avatares alternando
días de luz y de sol,
días fríos y nublados.
La vida es alternativa
de alegrías y trabajos.

En familia numerosa
junto a hermanos diligentes
unos feos y otros guapos
con unos padres abuelos
que dirigen como santos.
El ruido, la algarabía
de tan atrevidos pájaros.

Los estudios, el fútbol,
ilusiones, el amor,

una ondarresa, el flechazo
y entre bromas y alegrías,
miren que le sale al paso.

En plenitud de belleza
con estilo soberano
y conquista decidida,
llena de gracia y de garbo
al jugador del Arenas
futbolista y abogado.

Vaya Señora, señores,
ríanse de las de ahora
y los peces de colores.

Y entre bromas y alegrías.
días felices de antaño,
Dios bendice nuestro hogar
con hijos y nietos majos
todos bastante chuletas
algunos de campeonato.

Arquitectura abundante, computadoras, marketing, ordenadores, secretarias, medicina, ingeniería, economía, Derecho, decoración.
Cuánta ciencia y arte acumulados.
Con nave tan recia y fuerte no te asusta ni la muerte.

La adversidad es pasajera como también la bonanza,
estás temiendo lo peor y luego no pasa nada.
Bien unidos como siempre.
Cuántas pruebas bien expresivas de los altos valores humanos que todos poseéis en abundancia.

La ayuda en momentos difíciles de toda índole,
materiales y espirituales
con alto nivel de solidaridad
llena de valor y eficacia nunca regateada.

Os hemos visto con mano abierta y generosa hasta el sacrificio.
Gestos y vivencias que nunca se olvidan.

Qué hermosa Autonomía integrada por las de León, Asturias, Canarias, Vizcaya, Salamanca.

Feliz el que domina el egoísmo.

Qué hermoso crucero de ochenta años y qué hermosa estela en la que vemos brillar pequeños pececillos que nadan hoy en las aguas tibias de Torrevieja, con buenos tragos de agua salada a ratos y otros peces más grandes, delfines brillantes que saltan poderosos sobre las olas, algunos casi tiburones, sobre todo, cuando arrollan con el windsurf, tragándose las orillas y la arena de la playa para caer extenuados el resto de la tarde.
Y aún quedan otros todavía en los mares más alborotados del Cantábrico o de excursión por Europa o por tierras de Aravaca.

Y no puede faltar el recuerdo del golf en el que todos se creen el primero y ni Jacobo ni Ballesteros.

Porque si aprieto
con mi nave viento en popa
tengo una copa por nieto
y un nieto por cada copa.

¡Que Dios bendiga a todos en esta nueva andadura!

El gato de doña Aurora

Nadie, nadie, recordaría ya la existencia de este gato si no fuera porque su dueña era la comadrona del pueblo en el que nací, y que a mí, con el tiempo, me ha dado por escribir.

Pero para saber todo lo que se refiere a esta historia habría que remontarse mucho tiempo atrás, cuando la dueña del gato llegó a mi pueblo.

En su juventud había sido una hija de buena familia, en un pueblo de mar por las tierras de Valencia. Allí debía vivir una vida acomodada pero tuvo la desdicha de quedarse embarazada.

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En la época de la que estoy hablando, aquello era un asunto muy grave; un asunto en el que estaba en juego la honra de la familia, y un suceso así era la causa de la expulsión de la casa en la que se había nacido, como en este caso sucedió. Porque, a la pobre muchacha, cuando le preguntaron el nombre del padre —para solucionarlo como se hacía antes: con la boda—, Aurora no tuvo respuesta. Y es que ella tampoco sabía el nombre. El padre de la criatura había sido un viajante de comercio que pasaba por el pueblo con el que se había encontrado en el atardecer de un lunes del mes septiembre, en el zaguán de una vieja casa abandonada en donde los dos, sin conocerse de nada, fueron a refugiarse del fragor de una ruidosa tormenta de verano. La tormenta pasó sobre ellos entre truenos y relámpagos que asustaron a Aurora hasta el punto de echarse en los brazos del joven desconocido. Las nubes se fueron alejando en el horizonte mientras el sol se escondía lentamente al otro lado del mar dejando rastros inverosímiles ante su mirada. Los dos eran jóvenes, sensibles a la belleza y ocurrió que ella se abandonó al sofocante calor entre los brazos de aquel hombre moreno y resuelto.

Y esa fue la causa por la que, de la noche a la mañana, Aurora, ante la indiferencia de una madrastra egoísta y mal encarada se encontrara en la calle.

Sin saber qué hacer, llamó a la puerta de su abuela que se apiadó de ella y la acogió en su casa hasta que nació la pequeña. La buena mujer había sido comadrona y en esos meses enseñó el oficio a su nieta para que pudiera ganarse la vida. Cuando llegó la hora del parto, Aurora ya sabía como era todo, tuvo a su pequeña a la que puso su mismo nombre —tal vez para darse a sí misma una nueva oportunidad— y con el dinero que pudo darle la abuela, y con la niña entre los brazos cogió un tren hacia el interior de España.

Pasó por Madrid pero, sin dinero y sin relaciones, le resultó una ciudad demasiado grande e inhóspita para abrirse camino ella sola; después de un par de años de penalidades y miserias, alguien le habló de un pueblo, no muy lejano, en donde había muerto la comadrona.

Así fue como Aurora llegó al pueblo en el que nací. Alquiló una casita en la calle del Agua y dejó correr la voz de que era comadrona. Para hacerse respetar se colocó el “doña” delante del nombre y a partir de ese momento ya fue siempre y para todo el mundo, doña Aurora.

El primer parto al que asistió fue el de una campesina de escasos recursos, cuando acabó de limpiar al recién nacido en una palangana desconchada, recogió su material con la intención de cobrar por sus servicios y marcharse, su sorpresa fue que el padre de la nueva criatura, con sonrisa de compromiso y en la misma puerta en la que ella esperaba que le pagaran sus dos pesetas, le puso en las manos una bolita de seda blanca que resultó ser un gatito recién nacido. Y ella, mujer levantina y, por lo tanto supersticiosa, pensó que no podía despreciar a un ser vivo como pago de su primer trabajo y que bien podría ser un buen augurio para su futuro, después de todo, su trabajo era traer seres al mundo. Y se quedó con el gato al que llamaron Bufón, quien se convirtió en el testigo de sus silencios más amargos y en el juguete de su hija Aurorina.

Años después, yo nací entre las manos de esa mujer.

Y nací en ese pueblo de tierras llanas y calles polvorientas. Mi Madre, mujer educada y de gustos refinados a quien le gustaba disfrutar de la compañía de la gente, después de su primer parto, había depositado en doña Aurora su confianza y la buena mujer encontró en mi casa conversación, buen trato y refugio para su Aurorina, que cuando su madre tenía que salir de improviso o a horas intempestivas para atender algún parto, la mandaba a mi casa a hacer compañía a la niñera, con la ilusión de que empezara a ganarse la vida y se convirtiera en mi niñera y así ocurrió. Era muy jovencita por aquel entonces, pero resultó ser responsable y cuidadosa conmigo. La recuerdo vagamente como una muchacha risueña y alegre, pero a quien sí recuerdo a pesar de mis pocos años es a su madre. Todas las mañanas se la veía atravesar la plaza en dirección a la carnicería para comprar las vísceras del cordero con las que alimentaba a su gato. Todavía puedo describirla: era bajita, con las caderas anchas y los tobillos estrechos, se peinaba con un moño italiano que doblegaba su melena rubia teñida de canas. Tenía la piel muy pálida, los ojos claros y las manos delicadas. Su mayor aliado en la vida debió ser su abanico, lo blandía a diario, moviéndolo de un lado a otro con energía. Daba igual que fuera invierno o verano, aquel abanico era una prolongación de su brazo que, como una espada, espantaba moscas o achicaba los olores malditos de un pueblo que, harto de confiar en la agricultura, había empezado a transformarse en un pueblo ganadero. En un lugar como aquel, tan austero, tan seco y amarillo, huérfano de mares, la silueta delicada de aquella mujer siempre fue una nota discordante.

Pero todos fuimos creciendo, incluso el gato con quien aprendimos a convivir, aunque hablar de él no es fácil y es que la vida de los gatos es una vida muy seria, son como vigilantes de todo, que en nada se involucran ni se mezclan con nadie. Sencillamente… pasan. Sí, porque los gatos siempre pasan y si eres tú quien les alimenta se te aproximan cuando más tranquilo estás y sin exigencias pero con persistencia se arriman a tu espalda o a tus piernas mientras te sientas y fingen dormir, como si nada les importara, solo sentir el calorcito de tu cuerpo para que les trasmitas vida y no te olvides de que ellos están ahí.

Durante bastantes años el trabajo de comadrona para doña Aurora fue muy agradecido, las mujeres podían dar a luz en las casas con la asistencia de aquella sabia mujer, avezada y diestra en las lides de atender a las sufridas campesinas, y así doña Aurora gozaba de una vida tranquila y acomodada. Pero los tiempos iban cambiando, los niños empezaron a nacer en los hospitales porque era más seguro y doña Aurora se fue quedando sin trabajo. Su hija encontró pronto un buen muchacho que se llamaba Valeriano y se casó con él. Pero el buen mozo encontró trabajo en un pueblo muy alejado por aquel entonces. Ella se iba haciendo mayor y tuvo que trazarse un camino diferente para sus años venideros. Decidió que había que marchar, y para empezar, iría a su lugar de origen para reconciliarse con su familia y para que, mientras tanto, el matrimonio de su hija se consolidara con una descendencia que hiciera lógica su presencia en el hogar de su querida Aurorina. Y el gato, que ya era viejo por aquel entonces no era compañía para el viaje. Los trenes no aceptaban gatos y su hija estaba lejos. Recuerdo el drama

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escrito en la cara de doña Aurora, ideó mil maneras de hacerle desaparecer, habló de envenenarle, de encerrarle en un saco para que se ahogara… se le partía el corazón y se deshacía en lágrimas delante de mi madre y, al fin, el gato, como una herencia blanca y peluda aún vivió por una corta temporada en nuestra casa. 

Carta a mi madre

Hola Mamá: Supongo que me recibiste con agrado y cuidaste de mí con esmero, seguramente, y que yo te he dado preocupaciones y desvelos. Como hija, esperaba de ti el máximo de amor, de comprensión y de aceptación y seguro que tú me lo has ofrecido a tu manera, creyendo que hacías lo que sabías y como sabías, según te habrían transmitido tus padres. Posiblemente te lo tomaste tan en serio que no me pasaste ni una. Tenía que ser la mejor, la mejor en los valores que a ti te parecían los únicos e ineludibles, ni te diste cuenta ni ensalzaste mis valores propios que son tan importantes como los que tu primabas. Era muy difícil satisfacerte, había que superarse más y más, posiblemente era muy recomendable pero, era costoso, duro y muy diferente a la realidad que existía fuera de las paredes de nuestro hogar familiar, porque había otras formas de vida, otras ideas, creencias, pensamientos diferentes, en algunos casos tan útiles y beneficiosos como los tuyos. Todas tus normas eran muy útiles, algunas menos, pero lo más inviable, seguramente, era el grado, el nivel tan elevado, no había  opción, sólo dar lo máximo y eso, quizá, ha sido nuestra gran diferencia, ya que

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suponía que sólo valía tu nivel de exigencia y, por tanto, puesto que yo no podía ni sentía, ni lo lograba, algo en mí no funcionaba y, por tanto, antes que pensar que podías estar equivocada, me sentía culpable de no conseguir tu aceptación y como consecuencia no llegaba a sentirme bien, ni valorarme, ni apreciarme. No éramos conscientes de que como seres humanos somos imperfectos. Tenía que haber sido consciente de que podía apartarme de tus exigencias y entender que las mías podían valer o sentirme capaz de reconocer lo que podía o no serme beneficioso y aceptar mis limitaciones y admirar mis talentos como persona. En fin, no se puede cambiar lo ocurrido hasta ahora, así que tengo que plantearme que tu hacías lo que creías debías hacer y yo lo que podía. Tú tratabas de alcanzar el cielo y yo, trataba de sobrevivir, haciendo frente como podía a la propia vida, a mi propio ser. Así que supongo que cada una estábamos en nuestro derecho y no será beneficioso pensar que podía haber sido de otra manera, aunque también podía haber sido mucho peor. Mejor será a partir de ahora.

08/07/2011

La lagartija

La lagartija
Archivo de LHM

La casa siempre había sido de color de rosa hasta que mi padre, no sabría decir cuándo, tuvo que pintar la fachada para conservarla y cambió aquel color por un tono muy pálido, casi gris. Seguramente me lo dijo en su día, pero no lo recordaba y cuando la vi al entrar en la plaza, me sorprendió aquel nuevo aspecto que traicionaba mis recuerdos.

Paré el coche frente a la puerta y la abrí con dificultad. Dentro todo estaba oscuro y el olor a cerrado me resultó incomodo. Abrí la puerta de par en par para que entraran el aire y la luz. Enseguida, los contornos de los muebles y de las puertas interiores fueron cobrando forma. 

Entré despacio y dí una vuelta en redondo reconociendo los rincones: las escaleras que conducían al primer piso, las viejas baldosas del suelo de los portales que seguían siendo rojas y gastadas, con ese curioso dibujo negro en el centro que siempre me había gustado tanto.

En torno a los portales, las habitaciones estaban abiertas, las fui recorriendo muy despacio, una a una. Abrí algunas ventanas y todas las puertas que daban al patio interior. 

Sobre los muebles había una capa de polvo y enseguida pensé en las arañas que debían aguardar escondidas en los rincones, dispuestas a atacarme como cuando era niña. Las arañas y las lagartijas fueron los dragones de toda mi infancia, las avispas lo fueron también, pero un poco más tarde, cuando ya con ocho o nueve años y hartas ellas de recibir nuestros raquetazos junto a la fuente del patio, se enfurecieron y nos atacaron con una virulencia negra y amarilla muy dolorosa de recordar.

Aquella era la casa en la que yo había nacido. Era muy grande, tenía dos plantas y un patio interior rodeado de terrazas y ventanas. En una de las paredes de ese patio, bajo las escaleras, había un pozo de piedra, condenado y embutido en el muro, en él estaba gravada una fecha, 1876. No sabría decir, pero conociendo a mi padre, supongo que cuando la compró para reformarla, decidió dejar aquella piedra como un testigo mudo de una vida anterior. 

Cuando vivíamos allí el patio estaba lleno de plantas en macetas de madera, un ciruelo y una enorme palmera que sigue creciendo todavía en el centro de Castilla como un trofeo a la constancia. Sus raíces deben de ser tan profundas que, hace años, debieron encontrar alguna corriente de agua subterránea que las alimente, si no, sería inexplicable que siga verde y frondosa, siendo el cobijo de las palomas para desesperación  de mi padre, que cuando vuelve, de cuando en cuando, le oigo prometer que cortará la palmera de una vez por todas.

Hacía al menos quince años que no había vuelto a entrar en aquella casa, y ahora, como una continua sorpresa y, a medida que recorría las habitaciones, volvían las imágenes y las sensaciones de la infancia que parecían despertar como si parte de mí misma  hubiera permanecido siempre allí, adherida a los cojines de los sofás y la mesa camilla, a las viejas fotografías, a los cuadros que reproducían obras de los grandes pintores colgadas en las paredes o a la antigua cristalería de mi madre amontonada cuidadosamente detrás de las puertas trasparentes del aparador, junto a las viejas tazas con las iniciales doradas del abuelo Miguel.

Tuve una casa solo para la infancia. A los nueve años me llevaron a un internado y aquel verano, al volver de vacaciones, me encontré viviendo en un piso moderno  que le dieron a mi padre por ejercer su cargo. A partir de entonces, la puerta de la casa de color de rosa se cerró, y yo me olvidé de todo.

En aquellos momentos, puede que fuera el tiempo transcurrido o el silencio y la quietud de las cosas que también duermen, pero parecía que cada pequeño objeto me contenía a mí, a esa niña de trenzas morenas y largas, vestida de princesa el día de la primera comunión, a quien le explotaba la risa en un gesto contenido lleno de inocencia y que me miraba expectante desde la fotografía, colgada en una de las paredes de la habitación, que durante aquellos años fuera el despacho de mi padre.

Me pregunté por qué hay recuerdos que no afloran con frecuencia. Todo lo que estaba viendo entonces estaba olvidado, como si se tratara de una etapa superada, a la que nunca tendría que volver, empeñada en mirar siempre hacia delante.

La casa, con el tiempo, ha pasado a mis manos y para evitarme problemas, pensaba venderla. Había hecho mis planes, me pondría en contacto con un abogado del pueblo, que desde allí podría resolverme las cuestiones burocráticas, y en cuanto a los muebles y todo lo demás, supuse que habría que tirarlo por viejo o venderlo a algún trapero.

Pero las cosas dejaron de estar tan claras. Deambulando a solas por la casa en donde todo lo que me rodeaba parecía estar vivo, recordé que un día, cuando mis pies eran muy pequeños y mi imaginación muy grande, yo subía las escaleras para ir a mi cuarto de juegos; en medio de uno de los escalones me encontré una enorme lagartija. Estaba parada, desafiante. Como si ella fuera la guardiana de un reino al que yo no tenía derecho a acceder, y salí corriendo despavorida.

Parecerá una tontería pero, al recordar aquella incómoda sensación infantil, sentí que toda mi vida había convivido con ese miedo y, durante un instante, creí ver que ese era el germen de otros muchos miedos que nunca he podido vencer y que tantas veces me habían obligado a correr en una dirección contraria a la que fuera la mía.

El día se me hizo corto mirando cajones, ropas antiguas, muñecos y libros. Las horas habían pasado sin darme cuenta y aún me esperaba un largo viaje. Empezaba a atardecer cuando cerré la puerta. Al alejarme, miré la fachada a través del espejo retrovisor. Ya no me sorprendió que la casa no fuera de aquel entrañable color rosa y que ahora apareciera con aquel  tono tan pálido, casi gris. Lo que sí me sorprendió fue que la idea de venderla había desaparecido de mi cabeza. Sabía que tenía que volver cuantas veces fuera necesario hasta encontrarme de nuevo con la lagartija ¿Volvería a parecerme un dragón? Tal vez, pero no pude evitar reírme al pensar en lo sencillo que hubiera sido y en lo tonta que fui al echar a correr. Después de todo, solo se trataba de plantarse ante la lagartija, mirarla, indefensa y asustada, y con cara de ogro, gritarle, ¡¡fuera, lárgate de aquí!!!

La lagartija
Archivo de LHM

 

 

 

 

 

 

 

Náufragos

Archivo de LHM

Carolina querida:

¿Recuerdas el día que murió tu padre?

No sé qué te pudo venir a la cabeza en esos momentos para pensar en ella pero, sentados los dos junto a su cama, mientras esperábamos el triste desenlace, me preguntaste que cómo era tu abuela. Sorprendido, te dije que algún día tendríamos tiempo para hablar con tranquilidad. 

Nunca volviste a preguntarme nada pero, meses más tarde, cuando mi animo fue recuperándose del dolor por la pérdida y fui encontrando un poco de calma, recordé tu interés y pensé que tú, más que nadie en este mundo,  tenías derecho a saber todo lo que había detrás de esa pregunta. Ha pasado el tiempo y ya no es posible esperar más. Creo que debo contártelo todo, por que siento como, poco a poco, los contornos de mis recuerdos se van desdibujando y puede que esta sea mi ultima oportunidad de ponerte en conocimiento de toda la verdad sobre tu familia.

¿Cómo era tu abuela? 

He de contestarte largamente a esa pregunta porque desconozco lo que sabes. Puede que lo ignores todo. Tu padre y yo nunca hablamos del pasado. Él, tal vez, tuvo la buena fortuna de olvidar o, tal vez, debido a la grandeza de su corazón, en agradecimiento a que yo siempre lo consideré mi  propio hijo, nunca mencionó que eso no fuera la absoluta verdad. 

Sé que tu sorpresa puede ser muy grande con lo que  voy a contarte, pero, por nada del mundo debes sentirte engañada. Tu padre era muy niño cuando ocurrieron aquellos hechos y lo que tuvo que vivir fue muy dramático. Es posible que su mente infantil lo desechara, porque siempre se consideró y se comportó como mi hijo y yo lo tuve como a tal, aunque no hubiera entre nosotros ningún vínculo de sangre.

Tú bien sabes que él había nacido en América y, hasta llegar a esta ciudad, que nos acogió a ambos las cosas sucedieron tal como ahora voy a contarte:

Empezaba el invierno de 1813 cuando ocho o nueve  familias nos vimos reunidas en el puerto de la Veracruz para regresar a España. Todos habíamos vivido en el viejo virreinato  que hoy se conoce como el país de Méjico, en donde las ciudades y los pueblos clamaban por la libertad y los caminos se habían convertido en regueros de pólvora.  

Fue una época de caos entre los que allí vivíamos. Había cundido el desconcierto y  muchos de nosotros éramos lo que entonces llamaban españolistas o realistas: odiados y temidos por vivir representando a un reino que lo ignoraba todo sobre sus súbditos. La guerra con Francia y la falta de un rey legítimo en la península alteró mucho la vida política en aquellas tierras. Ya, antes incluso de  que esto ocurriera, se palpaba la necesidad de un cambio que no llegaba nunca. Había  verdaderas  ansias contenidas de lucha y un gran descontento, sobre todo entre la población criolla, que no soportaba ese permanente segundo plano que debía aceptar. Y el nuevo mundo, desde la Patagonia hasta la Florida,  hervía en busca  de la ansiada libertad de la que ya se hablaba tanto, como consecuencia de la independencia de los estados americanos del norte. 

Con los franceses en España se desencadenó lo inevitable y para muchos de nosotros seguir allí se hizo insoportable. 

A pesar de todo,  los que marchábamos nos considerábamos a nosotros mismos exiliados. Sí, allí se quedaba toda nuestra vida y se esfumaba nuestro futuro que, en mi caso, como en el de tantos otros, de ninguna manera, habíamos imaginado lejos de aquellas tierras. 

Mi mujer y yo teníamos además otras razones no menos importantes para volver. Nuestro hijo había contraído una enfermedad para la que, después de visitar a los más eminentes doctores que allí estaban a nuestro alcance, no se encontraba remedio y los familiares de mi mujer, desde Madrid, nos animaron a volver para buscar una posible cura en España, donde los conocimientos médicos estaban más avanzados. Eso y el malestar que nos producía la situación política, acabó por decidir nuestro destino.

El barco iba a partir del puerto y fue en los días que esperábamos para embarcar rumbo a España, donde supe que viajaba con nosotros Don Andrés Molero Buendía. Era persona muy conocida y estaba considerado como un hombre sabio, un intelectual que dedicaba su vida al estudio. No poseía cátedra por no pertenecer a la carrera eclesiástica, pero sus informes y sus conocimientos eran tenidos en alta consideración en las políticas de las colonias. Regresaba, a petición propia, para ponerse al servicio de las Juntas de Gobierno  ocupando un cargo importante en la administración de las tierras americanas.

Antes de embarcar, nuestras preocupaciones sobre los equipajes y objetos de la mudanzas, las cartas de despedida  o de presentación nos mantuvieron entretenidos haciendo que los días transcurrieran sin tiempo para muchos pensamientos. Sin embargo,  durante los larguísimos días de nuestra navegación, el tiempo era lento y pesado. Buscábamos la compañía de los otros viajeros que nos proporcionara una manera de distraer nuestro infortunio: se palpaba la amargura. Aunque no queríamos reconocerlo públicamente en un ejercicio de lealtad, todos los que nos íbamos sabíamos que el destino de aquellas tierras era su libertad. Estoy seguro de que muchos  hubiésemos querido participar de ella, pero nos estaba vedado al no querer pagar el alto precio de una traición a nuestra propia conciencia.

Esa era la razón por la que solíamos reunirnos para jugar largas partidas de cartas, evitando así enfrascarnos en ásperas y estériles discusiones políticas.

Fue en una de aquellas tardes en torno  a las mesas de juego, en las que la mayoría de las veces me limitaba a observar a los jugadores, cuando trabé amistad con Don Andrés Molero. Desde el momento en que cruzamos las primeras palabras, nos unió una corriente de simpatía y tuve la suerte de que él me distinguiera con un trato personal e intimo que yo agradecí de todo corazón, pues nunca me consideré a su altura, pues yo era lo que he sido siempre: un avispado negociante, que llegó muy joven a America para enriquecerse y aprovechando mi condición de peninsular y una facilidad innata para las relaciones, me había situado entre las elites de los que allí vivían. Mi formación por  lo tanto era escasa y mi ambición muy grande, lo confieso. Pero el bueno de Don Andrés debía estar lleno de nostalgias, de tristes presagios para las oscuras revoluciones que se avecinaban en las tierras que dejábamos y debió encontrar en mí un interlocutor paciente  y apasionado haciéndome participe de sus inquietudes. 

El amaba America y la sentía como propia. No en vano, había nacido allí  en donde tenía hondas raíces y no conocía otras tierras mas allá del viejo virreinato. Hubiera podido participar de los proyectos de revolución, pues era admirado y querido en ambos bandos por su imparcialidad y su buen criterio, pero decidió  regresar para servir a su país, poniendo a su servicio todo cuanto sabía, para salvar lo que aún se pudiera salvar y así no tener que renunciar a sus principios aunque sí lo hiciera a sus auténticas convicciones. 

Así fue como, en los paseos que muchas tardes compartimos en cubierta, me hizo partícipe de la  historia de su familia. Me habló de su padre: un jesuita nacido en la ciudad castellana de Toledo destinado en America desde muy joven que, cuando la Compañía de Jesús  fue definitivamente disuelta por el Papa,  se hallaba en Roma cumpliendo una misión que le había llevado desde el viejo continente. En vez de buscar cobijo en otros países que acogieron a los insignes profesores y hombres eruditos, debió sentirse profundamente decepcionado por la  iglesia que los sometió al más absoluto desprecio y  abandonó la carrera religiosa para volver a América, sin que ello significara su renuncia a su auténtica y firme fe cristiana. Eligió para su regreso el lugar más alejado de cuantos se conocieran por aquel entonces: los desiertos de  Sonora, en el limite de las conquistas. 

Allí se sumó a alguna de las expediciones que tuvieron lugar en aquellos años y en una de ellas, contrajo matrimonio con la hija de un jefe tribal de uno de los pueblos que habitaban en esos lejanos lugares. Se trataba de una mujer que, a diferencia de las gentes de su etnia, se convirtió a la fe católica, a pesar de que su pueblo repudiaba totalmente las enseñanzas que trataban de implantar los misioneros franciscanos que, por aquel entonces, eran los encargados de la evangelización en aquellos enormes desiertos. 

Pronto, pues los indios de aquellas tierras eran poco amigables, y los americanos del norte las ambicionaban, fue bajando a través del continente hasta establecerse con su familia: su mujer y su único  hijo, en la ciudad de Méjico, en donde, debido a su formación y hasta su muerte, se dedicó a la enseñanza de manera particular ejerciendo ademas en ciertas cuestiones como funcionario de la corona. 

Andrés Molero Buendía era ese hijo del matrimonio y  la persona con quien tuve la fortuna de compartir el tiempo en aquel barco. 

Era un hombre sincero y nada afectado que no sentía reparo en hablar conmigo de sus sentimientos más personales. Así me confesó, que había profesado una gran admiración  y cariño hacia su padre, quien nunca renegó ni ocultó su condición de antiguo sacerdote  y a quien siempre había oído decir que tenía deudas pendientes en España, a la que hubiera querido regresar, pero la vida no le brindó la oportunidad de hacerlo. El antiguo jesuita murió dejando impregnada en el corazón de su hijo la nostalgia de la patria a la que ahora el regresaba con su familia: su mujer y dos hijos, un niño de seis años y una pequeña que apenas caminaba.

Pues bien, mi querida Carolina, esa era tu familia y, al terminar este pequeño relato, espero que hayan quedado convenientemente explicados los dramáticos acontecimientos que llevaron por tan extraños e inesperados caminos nuestras vidas.

Tu abuela, de quien no puedo decirte su nombre,  era   una mujer muy hermosa: no era muy alta pero con un porte que te hacia sentir respeto desde el momento en que la tenías delante. Recuerdo muy bien su rasgos exóticos y una elegancia natural que la distinguía como una mujer de carácter. Se peinaba como una española más, con el pelo recogido en un moño tirante sobre la nuca y su piel, como la de los nativos de América, era del color de la miel de palma. Sus ojos eran muy hermosos,  querida niña, tú has heredado su misma mirada. 

Ciertamente no tuve oportunidad de tener mucho trato con ella. Estuvimos frente a frente solo unos instantes cuando me fue presentada en  la cubierta del barco. Las  mujeres pasaban el tiempo de otra manera: solían reunirse para tomar el aire cuando el  mar y el cielo lo propiciaban. Ellas se sentaban formando corros animados, charlaban  mientras hacían labores de punto y jugaban con los niños. Cruzamos algunos saludos, la vi mezclada en los juegos y pasatiempos con las otras mujeres, con la pequeña en sus brazos y siempre pendiente de sus hijo. 

El niño, de unos seis años, era un  muchacho de gran parecido con su madre, sano y desenvuelto de pelo muy liso, negro y brillante. Había llamado mi atención al haberse acercado varías veces a mi hijo con gran deferencia. Gesto que, tanto mi mujer como yo  agradecíamos de todo corazón, pues resultaba evidente que él, viéndole distinto: pálido y débil por su enfermedad, se acercaba  para hacerle algunos ratos de compañía.

Pero aquel barco era un barco de exilados que nos sentíamos perseguidos por la fatalidad y la fatalidad nos vino a rondar. Tras diez días de navegación, nos vimos envueltos en una fuerte tormenta que se desencadenó en plena noche con inusitado vigor. Al sentir los primeros y fuertes bandazos, todos los hombres nos precipitamos  a cubierta, por si nuestra ayuda fuera necesaria. No hubo tiempo de nada, enseguida vimos atónitos como un golpe de mar hacía añicos el puente de mando, partido en pedazos, entre  olas y espumas.

A partir de ese momento, a mí alrededor, solo hubo agua embravecida y  furia  salvaje que arrastraba mi cuerpo incapaz de hacer frente  a  la fuerza que me rodeaba convertido en un guiñapo a merced de la naturaleza desatada.

Todavía sufro recordándolo por que, a pesar del ruido de las aguas que batían desesperadas contra  lo que entonces parecía un frágil cascarón, a pesar de los gritos desgarrados de la gente que, en los primeros momentos, se oían como un eco lejano, no he podido imaginar nunca un silencio más absoluto como el que sentí aquella noche en torno a una profunda y espesa oscuridad.

No sé cómo ocurrió todo, pero me aferré a un madero que se me vino encima y después no recuerdo nada. Debía estar sumido en una  especie de semiconsciencia mientras  batía con desesperación mis piernas, pues  mis brazos, como garfios de hierro, se abrazaban a aquel  pedazo de madera. 

Aquella noche fue la más larga y oscura que un ser humano pueda imaginarse. 

Cuando el sol empezó a despuntar, el mar era una balsa y delante de mí solo había un horizonte profundo y vacío. El leve zumbido de un mar en calma, por momentos, me parecía un ruido ensordecedor y la boca me ardía por la sed. 

Fueron horas de enorme sufrimiento: me sentía miserable, mezquino, aferrado a aquella tabla que me había salvado la vida.  Yo era culpable por estar vivo. Sentía que la noche anterior, había debido buscar entre las olas, socorrer a mi familia: mi mujer y mi hijo. En el interior de mí mismo, mientras el sol me abrasaba, creía oír como gritaban  a  mi alrededor pidiendo socorro y oteaba el horizonte sin resultado alguno. 

!Que desesperación sentí!

Entenderás que no tengo palabras ni tampoco el valor necesario para ahondar en aquellos oscuros recuerdos.

Pasaron las horas, yo me había abandonado al infortunio, pero  no estaba de Dios que  perdiera la vida. Empezaba a caer la tarde, cuando, en la lejanía  creí oír voces entrecortadas. Recuerdo levantar la cabeza y ver contra el sol, que empezaba a ocultarse, gente que hacía ostensibles señales con los brazos sobre una pequeña barca. 

Fui recogido por la chalupa de un barco portugués, que tuvo la misericordia de seguir las corrientes durante un día más, para encontrar a cuantos supervivientes fuera posible. De los más de ciento veinte personas que, entre pasajeros y tripulación, viajábamos en aquel barco, fuimos recogidos siete. 

Solo cuando el barco abandono la  búsqueda perdí la esperanza. Fue terrible aceptar que mis seres queridos dormían para siempre en el fondo del Atlántico.

En las horas que siguieron a la certeza de aquellas muertes, mi ánimo estaba perdido, solo me hubiera restado tirarme por la borda de aquel barco. Pero existen los milagros, Carolina. Entre los supervivientes había un niño de seis o siete años. Le reconocí enseguida: era el hijo de Andres Molero Buendía. Al darme cuenta, sentí que mi cuerpo se estremecía de alegría. Cuando vi  como lo depositaban sobre la cubierta del barco, fui a abrazarlo como si hubiese sido mi  propio hijo. Se desvaneció en mis brazos. Lo arroparon con un manta y lo llevé conmigo. Tardó horas en despertar. Cuando lo hizo yo estaba a su lado. Como si lo supiera todo, nada preguntó. En silencio, le vi limpiarse las lagrimas  mezcladas con el salitre y se me partió el alma. 

¿Qué podía haber en el interior de su corazón en esos momentos? Nunca lo he sabido. Todavía no puedo explicarme como aquel niño pudo vencer la fuerza de las aguas, con su fragilidad, con sus pocos años… No se lo pregunté ni hablamos jamás de ello. 

Pasaron las horas, intenté hablar con él  pero no podía  responder a mis preguntas, temblaba sumido en un silencio lleno de estupor y para mi desesperación las Azores empezaban a avistarse en lontananza. Allí seríamos entregados a las autoridades portuguesas y corrían malos tiempos para los españoles. A saber qué sería de aquel niño que, probablemente, pues no tenia la edad ni el conocimiento suficiente para hacerse valer en una situación como aquella, quedaría abandonado a una suerte terrible de esclavitud o de miseria. Insistí y al fin pareció salir de su letargo, en un murmullo, dijo llamarse Andrés: llevaba el mismo nombre que su padre. Hice algunas preguntas más, pero el chico solo movía la cabeza negando consternado.  

Había que pensar deprisa, le dije: «Permanece callado, por lo que más quieras, no digas nada, solo tendrás que asentir a mis  palabras y hacer lo que yo te diga, muchacho –le dije–: Mírame bien.  Tú eres Andrés Cuesta Rodriguez. A partir de este momento eres mi hijo, ¿Me has entendido?» 

Asintió levemente. Le cogí de la mano, apreté cuanto pude  sus dedos entre los  míos y me dirigí al capitán, quien aceptó de buen grado lo que yo afirmaba sin preguntar nada. Al salir de nuevo a la cubierta del barco, un golpe de aire cálido me golpeó la cara y tuve la sensación de que aquella mano caliente entre las mías me había devuelto a la vida. 

Nos sentamos uno al lado del otro en un rincón de cubierta viendo la isla frente a nosotros que iba perdiendo los azules de la distancia. 

Recuerdo sentir  su cuerpo apretándose contra el mío, me emocionó y le miré. Él me devolvió la mirada con aquellos ojos que eran como dos ascuas encendidas y aquel pelo tan negro que le enmarcaba el rostro con ángulos rectos y precisos que mostraban cuál era su raza. No supe qué decirle, apreté los dientes y puse mi brazo sobre sus hombros. Con las lágrimas asomándome a las pupilas le susurré: «Confiemos en Dios, hijo mío. Él y el destino sabrán porque hemos sido unidos  de esta manera».

Ese era tu padre, Carolina. Ahora que ha pasado el tiempo, sin olvidarme nunca de lo que quedaba atrás, confieso que aquel día fui tratado por Dios como una persona afortunada: él fue un regalo de la vida para mí y esa familia a quien he descrito era tu auténtica familia. 

En los días que siguieron a nuestra llegada a tierras portuguesas, mientras esperábamos la  partida, dormíamos en  el puerto con la esperanza de la llegada de algún otro barco que hubiera encontrado más supervivientes de nuestro naufragio. Fue inútil, nadie trajo noticia alguna.

Desde allí escribí a quienes  nos esperaban  contándoles nuestra desgracia, pues mi familia  y yo volvíamos para instalarnos en Madrid, donde habíamos previsto abrir un comercio de telas con los hermanos de mi mujer y debían estar impacientes de nuestra llegada. 

A los pocos días tuvimos mucha suerte, nos añadieron al pasaje de un barco que, proveniente de la Florida, se dirigía a España. Al fin, partíamos hacia Cadiz y la vida continuaba.

Ya en España, el viaje hacia Madrid era muy largo. Lo  hicimos en una vieja diligencia oscura y cochambrosa. Cruzábamos ciudades, pueblos, campos y montes por caminos polvorientos y campos abandonados. Mi patria, la patria de mi alma, parecía un solar. La guerra con los franceses había dejado tierras yermas y abrasadas, desesperación y pobreza.

Pero Andrés parecía ir despertando. Yo le contaba cuanto sabía de Sevilla, de Cordoba, de tantos pueblos que atravesamos enclavados en tierras rojas de fértiles riveras y miles de olivares entre los que se perdía la vista. Era un muchacho que poseía gran curiosidad por las cosas, aprendía con rapidez y  a los pocos días, aunque, a veces, parecía quedarse ensimismado,  volvía a sonreír como un niño de su edad.

Al fin llegamos a Toledo. Era la última etapa antes de llegar a la 

capital. La diligencia tenía el eje en malas condiciones y tuvimos  que  buscar sitio en una posada, en donde quedarnos a pasar la noche con otros viajeros, pues la reparación requería su tiempo. 

Recordé que el padre de aquel niño que ahora me acompañaba añoraba aquella ciudad, que fuera de su padre, como si fuera la suya propia y esperaba algún día poder encontrarse con sus familiares con los que aun se mantenía en contacto.

Llegar a Toledo fue otra decepción. La ciudad había sido devastada. Los franceses: los hijos de la ilustración, aquellos  que eran tan ponderados y admirados en América como los que sembraban la semilla de la libertad, a su paso, habían intentado  que no quedara piedra sobre piedra.  Habían quemado conventos, iglesias, casas, destrozado obras de arte, maltratado a mujeres y a niños. En la posada nos contaron con desesperación que había sido quemado el mismo San Juan de los Reyes, una de sus joyas mas queridas de la ciudad, fue saqueada por las tropas después de ser usado como cuartel para la guarnición. Arrancaron cuantos  cuadros y obras de arte podían llevarse escondidos en las  sillas de sus caballos. !Qué vileza, Dios!, !qué vileza la suya!

Se  palpaba la pena en el corazón  de la gente. 

Al despertar del día después de nuestra llegada, nos preparamos para partir hacia Madrid. Me  asomé a la ventana, tu padre se había puesto a mi  lado. Desde  allí se veían tantos edificios convertidos en ruinas, tantas casas de paredes derrumbadas y era tanto el silencio que, el niño, que debía haber oído hablar de  Toledo como una ciudad hermosa, en donde estaba el origen de su familia, me miró con tristeza y me preguntó: ¿Esto es Toledo, padre? 

Al oír como me llamaba padre por primera vez y como su corazón sufría por lo que  estaba viendo,  apreté los dientes con la mayor rabia que nunca he sentido, lo cogí de la mano y salimos a la calle. En el primer escombrado que encontré nos pusimos a colocar piedras, una sobre otra, levantando el muro de un viejo edificio abandonado. La diligencia se marchó y yo había tomado la decisión de quedarnos en la ciudad. Era mi tributo a ese regalo que la vida me entregaba, devolviendo aquel niño al  lugar al que se dirigía en nombre de su auténtico padre.

Los primeros días fueron días muy duros, pero la gente de Toledo es una gente abnegada y aman su vieja ciudad como a nada ni a nadie. Al vernos al  niño y a mí, empeñados en la reconstrucción, se nos fueron añadiendo. 

Un miembro de la familia de mi mujer en Madrid, me prestó un  dinero hasta que pude regularizar mi situación con los banqueros de aquí, que me fueron entregando las cantidades  que yo dejara depositadas en Méjico en una casa de cambio y de cuyos resguardos, con la perdida de todo lo mío en el naufragio, me hizo difícil de justificar. 

A las pocas semanas tenía una cuadrilla de hombres bajo mis ordenes y nos dedicamos a levantar viejas paredes. Al principio los organismos no nos hacían caso. Llamé a puertas, hice escritos, traté los precios mas baratos en los almacenes y, al fin, poco a poco me fueron llamando para reconstruir iglesias, conventos y casas particulares. 

Y así empezó todo: me hice con algunos de los viejos edificios que hubieron de derruirse por completo para rehacerlos. Algunos de ellos los convertimos en casas de vecinos,  vendiéndolos después a buenos precios, pues la gente buscaba una manera de vivir más simple que antiguamente. Había burócratas, empleados de comercio que necesitaban casas más sencillas y se vendieron bien. 

Toledo era una ciudad herida  pero no estaba del todo muerta. En  unos quince años había amasado una pequeña fortuna. Supe beneficiarme de la  venta de algunos edificios que en su día pertenecieron a la iglesia. Salieron a la venta y la depresión en la que vivía la ciudad impedía que alguien se interesara en su compra. En aquella época esta ciudad era una población en total abandono que dormía sobre los restos de su historia. 

Cuando tú te casaste, querida Carolina, compramos esa casa del cerro de Motrichel, que había pertenecido a los jesuitas y en la que ahora vives. Tu padre te la ofreció como regalo de boda. Desde que la viera por primera vez se empeñó en comprarla. Intenté disuadirle. A mí me parecía, que para el fin que él quería darle, estaba algo alejada del centro  y de  la que siempre había sido nuestra casa en la calle de la Plata, pero insistió. Como me ocurriera otras veces en las que tuve muy en cuenta su opinión, confié en  su buen criterio, así se hizo y compramos la casa para ti.

Y esta es la historia que te debía, ¿Por qué no antes? ¿Para qué? Siempre llega todo a su debido tiempo. No sé que impresión va a causarte cuanto te he contado. Pero si te sirve de algo, tu padre lo fue todo en mi vida. Desde su muerte, vivo invadido de la misma zozobra que un día sentí en la bodega de aquel barco portugués que nos trajo de regreso a España. Desde su muerte, todo ha perdido su sentido para mí.

Sea como sea, aún cuando la verdad te decepcione o te sorprenda, Carolina de mi alma, debes saber que viví para tu padre y tú has sido la nieta a la que siempre he llevado en el corazón. 

Qué Dios te bendiga, querida mía.

 

Fragmento de la novela: Terciopelo y seda de Merche Braojos

Del pueblo a la capital

Son las nueve de la mañana de un día de febrero de cualquier año. Un febrero especialmente frío y soleado. De los árboles prácticamente desnudos todavía cuelgan hojas doradas balanceándose al compás de la brisa norteña. Su contemplación, a través de los cristales, favorece una respiración sosegada y consciente. Al tiempo que la música acaricia la estancia con su lirismo y armonía, siente mecer sus pensamientos.

Podría permanecer contemplativa, no obstante, duda de que eso sea

Archivo de LHM

lo mejor que puede hacer, ¿debería mejor comenzar una tarea sosegada? o, por el contrario, ¿debería acometer frenéticamente varias tareas y atender a tantas propuestas o actividades como vienen a su mente?

Las voces del cuarteto interpretando Mir ist so wunderbar de la ópera Fidelio, del genial sordo, Ludwig Van Beethoven, le paralizan, le conmueven y transportan a un tiempo de vivencias especiales, de intensas vivencias que golpean su cerebro periódicamente. Revive miedos, ilusiones y contradicciones.

La señora desayuna pausadamente un frugal desayuno, en su cuarto de estar, perfectamente arreglada,  impecablemente servido por la fiel Socorro, quien de adolescente llegaba a casa de la señora, procedente de un pequeño pueblo donde vivía con sus pobres padres, quienes no disponían de medios para sustentar a sus seis hijos. Las monjas del Convento de las Hermanitas de los Pobres, donde la superiora es la hermana mayor de los Suárez, familia acaudalada de costumbres tradicionales y conservadora, recibe la petición de una sirvienta de confianza para atender los quehaceres diarios de la numerosa familia Santisteban.
Socorro asistía a diario al convento, a tres kilómetros de su austera vivienda, para ayudar a las monjitas atendiendo a los niños huérfanos que eran abandonados y entregados para su custodia. Socorro era amorosa, era dulce y silenciosa, no le faltaba alegría y siempre estaba dispuesta a acometer los quehaceres que le demandaban. Adoraba a los niños y los niños la adoraban. Las religiosas se sentían tranquilas sabiendo que Socorro estaba al cuidado de los pequeños.
Ella sabía qué labores había que llevar a cabo pues había visto a su madre, a quien ayudaba desde muy corta edad, atendiendo a sus cinco hermanos. Su padre nunca estaba en casa y cuando llegaba no era el momento más feliz. Gritaba y exigía todo con muy malos modos. Su madre temblaba y ella salía al patio a jugar con su hermano más pequeño, intentando disipar el horror que le causaba ver a su madre sufrir en silencio.
Sus padres no sabían leer ni escribir. La escuela estaba a diez kilómetros,  era imposible asistir. En el convento le enseñaron a Socorro el abecedario, pero ella no tenía con quién mejorar su aprendizaje, ni dónde ponerlo en práctica.
La situación familiar era muy precaria y necesitaban algún ingreso. Así que cuando la madre Superiora informa a su madre de que hay una familia que necesita una sirvienta, un mar de dudas acude a su ya bastante atormentada cabeza. Le supone un gran esfuerzo pensar en separarse de su hija y separarla de sus hermanos, pero si consiguen un salario podrá dar de comer a sus hijos.
Rota en llanto la madre de Socorro accede a que su hija inicie la aventura que supone ir a Madrid, la gran ciudad, a vivir con una familia desconocida pero con medios económicos que podrían sacarles de la sordidez que les atenaza.
Socorro con su alegría y entusiasmo, deseosa de conocer más, de salir de su miseria, con quince años, deja su humilde casa familiar y en un autobús cochambroso, repleto de hombres con cestos llenos de productos artesanos y de pequeños animales para vender en la capital, se sienta junto a un hombre grande, feo y descarado.
Es un día luminoso, el cielo muestra su mejor azul. Socorro contempla el campo seco y árido, pero a ella le parece muy bello. El hombre rudo sentado a su lado, la mira insistentemente, ella se siente incómoda y disimula mirando por la ventana evitando al descarado compañero de viaje. Finalmente, el hombre comenta en voz alta.

–¡Qué pena! Tanto campo y tan poco fruto. Yo sabría cómo sembrar y mantener una tierra fértil–. Socorro se sobresalta, mira al hombre, éste le sonríe enseñando una lengua gorda, con una sucia e incompleta dentadura. Siente que las manos le sudan produciéndole una sensación de inseguridad. Traga saliva y piensa en su madre de quien consigue oír su voz:

–Socorrito, hija, tú vas a ser alguien importante. No temas nada, eres fuerte, tú sabes hacerlo.

–Socorro, por favor, falta el azúcar.

–Ahora mismo señora.
Socorro alcanza a la señora el azucarero de porcelana inglesa, en una bandeja de plata con su cucharita.

–Socorro, hoy comeremos patatas en salsa verde y croquetas de jamón.

–De acuerdo, señora.

–¿Tenemos patatas?

–No señora, he de ir a la compra.

La señora le entrega un billete de 100 pesetas y ella se pone una chaqueta encima del uniforme y con las zapatillas baja por la escalera de servicio y se dirige al colmado a comprar patatas, cebollas, pan y leche.
La señora permanece a la mesa, terminando su desayuno, absorta en sus rezos. Sueña recordando tantos momentos dulces, pero resuenan más fuerte aquellos recuerdos dolorosos. Piensa en sus seres queridos que ya se han ido, pero su sentido de la obligación y de la disciplina férrea que practica,  le hacen volver rápidamente a la realidad cuando la sirvienta regresa con la compra. Se levanta de la mesa, coge la bandeja del desayuno y la lleva a la cocina.
Se pone sus zapatos de tacón, a pesar de su avanzada edad, cierra las puertas del botero, se pone el abrigo y se despide:

–Socorro, me voy a misa.

–Adiós señora.

El viaje está resultando un tanto antipático en ese andrajoso autobús, con el compañero de viaje intentando iniciar una conversación con ella. Trata de dormirse, pero entre el traqueteo y los gruñidos, cacareos y maullidos de todos los animales que acompañan al pasaje de labriegos y ganaderos, no consigue conciliar el sueño. Ya llevan ocho horas de viaje y han parado dos veces, en breve se hará de noche y Socorro se agobia.

Por fin llegan a la estación Sur de autobuses de la capital y el viajero del asiento de al lado le pregunta si desea que la lleve a algún sitio, ella se incomoda y le dice que vendrán a buscarla. Rápidamente reacciona y señala a una señora que dice ser quien la está esperando. Sin embargo, no es ella pero una chica joven bien parecida se dirige a ella y le pregunta si es Socorro, de tal manera que una gran sonrisa ilumina su cara al tiempo que contesta afirmativamente, sintiéndose muy afortunada.
Socorro llevaba un gran cesto lleno de chorizos, morcillas y salchichón, preparado por su madre, procedentes de la matanza a la que un vecino la había invitado el año anterior y que ella dosificaba muy cuidadosamente para alargar su duración. A pesar de la pobreza en la que vivían eran generosos y compartían siempre lo poco que tenían, generosidad que ella siempre practicó obedeciendo las enseñanzas de su madre. En ese cesto también había galletas caseras y queso que su afanosa madre preparaba.
Quien la recibía era Hortensia, la doncella de la familia Santisteban. Cogieron el tranvía que les llevaría al domicilio en pleno centro de Madrid. Aunque en un principio se había sentido feliz por la novedad, de repente se sintió muy confundida y nerviosa, algo que Hortensia observó y trató de tranquilizarla.
Vino a su mente el recuerdo de sus hermanos, de su madre, siempre pendiente de todos, sabía que no estando ella el trabajo sería mayor, ya que su padre no participaba en nada de las obligaciones familiares y para evitar que se enfadara, su madre habría de esforzarse más todavía, lo que angustiaba a Socorro.
Llegaron al domicilio donde pasaría largos años sirviendo como cocinera, a pesar de que por el momento no tenía experiencia en la cocina, pero su entusiasmo y predisposición para aprender le dio valor para no acobardarse y poner de mil amores toda la voluntad de que era capaz.

No es más feliz el que más tiene, pues el miedo a perderlo le ata, mientras que quien más carencias sufre más disfruta de lo que dispone e incluso reparte más generosamente, sin miedos.

Las diferencias sociales incluso culturales siempre existirán, lo importante es saber respetar y aprender de lo que el otro, desde uno u otro lado, puede ofrecer.

La casa de Felicidad

Esto que voy a contar, parece que hubiera  ocurrido hace muchísimo tiempo, pero no, no creo que hayan transcurrido más de cuarenta o cincuenta años. En realidad, las cosas han ido tan deprisa que parecería que estamos hablando de una época muy lejana. Y es que, cuando yo era niña vivía con mi familia en un pequeño pueblo de Castilla, era el pueblo en donde nací. Viviamos en una casa situada en una pequeña plaza a la que llamaban la plazuela. En ella había una ferretería, la casa del señor Bartolomé que, con su coche de alquiler, hacía viajes a Madrid; también estaban la pescadería y un bar; entre los meses de junio a septiembre, en uno de los patios que se asomaba con un gran portalón a la plaza, se instalaba el cine de verano y más tarde, en una esquina, pusieron una farmacia. Era, por lo tanto, un lugar muy concurrido.

Nuestra casa estaba pegada a la que siempre conocimos como la casa de Felicidad. Ese era el nombre de la dueña y con ella compartíamos la fachada. Realmente parecía una sola casa con dos puertas, pero dentro, en el patio, había una pared muy alta que nos separaba.

Felicidad era una mujer siempre vestida de negro y sorda, tremendamente sorda, tan sorda que tenías que gritar muy fuerte para que te oyera y, aún así, había veces que te contestaba: “¿en misa?, si, sí, estuve esta mañana a las ocho”, cuando tú le habías preguntado si había visto pasar el gato por su patio.

Durante los primeros años que recuerdo, Felicidad  vivía con su hermano Mariano, un hombre inválido de las dos piernas que tenía un burro blanco con los ojos azules. En este burro se encaramaba Mariano, ayudándose de una silla y de su hermana, y así se iba para su huerta todas las mañanas. Allí debía esperarle alguien, seguramente un hortelano, por que él regresaba cada tarde cargado con hortalizas, garbanzos, habas y todo tipo de frutas y productos del campo dependiendo de la temporada.

Felicidad se había casado en su día, pero el marido le duró muy poco. Pocos días después de la boda, la vieron salir corriendo de la casa de su marido para no volver nunca más. Nadie supo si el matrimonio volvió a intentar una reconciliación pero lo que sí se supo fue que, enseguida y a la chita callando, el marido se marchó a América y los dos hermanos pudieron vivir tranquilos y es que, lo que estuvo en boca de todos, fue que al buen hombre no le gustaban las mujeres y, mientras Felicidad estuvo en su casa, la tuvo amenazada de muerte por si se le ocurría contar lo que pasaba en su alcoba. Al parecer dormía con una pistola bajo la almohada.

El pequeño acontecimiento debió de ser lo que en los pueblos llaman un campanazo, pero Mariano, con su buen hacer, se encargó de propagar que sí, que se habían equivocado con la elección del mozo para la boda de su hermana, pero que, por fortuna, habían estado a tiempo de corregir el entuerto y ella, condenada ya para siempre a vivir en soledad, no iba a necesitar gran cosa. Después de todo, la vida en el pueblo era muy sencilla, no había lujos, se trataba de ir a entierros y misas y, en la época de la feria, de dar una vuelta por la plaza acompañada de alguna vecina para gastarse un duro en la tómbola.

Y así transcurría la vida de Felicidad, en invierno se envolvía en una toquilla de punto y en verano se quitaba las gruesas medias, mostrando unas piernas blanquísimas llenas de pecas de color canela.

Y ocurrió que un día el burro blanco de los ojos azules murió de viejo y Mariano no quiso comprarse otro porque iba perdiendo agilidad y fuerza en aquellos brazos delgados que le hacían las veces de piernas y un burro nuevo podía ser un peligro para él. Entonces se sentó en una silla bajita, se compró una de las primeras televisiones que hubo en el pueblo y allí recibía a mucha gente los días que había corrida de toros. Durante una larga temporada, Mariano se sintió importante, venían hombres desde la otra punta del pueblo a sentarse con él y a echarse un cigarro mientras veían la corrida. Mariano, que nunca había sido huraño, disfrutaba compartiendo su cuarto de estar y hablando con todo el mundo. 

Después los bares empezaron a comprar televisiones y Mariano fue quedándose más solo. La televisión no bastaba para hacerle compañía, aunque había que ver las cosas que se veían por ese aparato y qué bien hablaban todos los que salían; pero claro, la televisión empezaba a la una y acababa a las cuatro y otra vez empezaba a las siete y acababa a las doce y en aquellos ratos el podía echar de comer a las gallinas, repasar su libreta de cuentas  de lo que le daba a las tierras pero no podía ver su huerta y no podía sentir el aire fresco del atardecer del otoño cuando regresaba sobre el burro blanco, ni sacudirse el polvo seco que se le pegaba a la chaqueta de pana en las calurosas tardes de verano, llenas de un silencio plagado del zumbidos cansino de las moscas y Mariano se fue haciendo cada vez más pequeñito, más insignificante. Se asomaba a la plazuela entreabriendo la puerta de su casa por si veía pasar a la gente, pero, que va, esa plazuela estaba cada vez más vacía, la gente se quedaba en casa sentados delante de las televisiones; los hombres ya no buscaban las horas de sol para salir a echarse un cigarro o a beber el chato de vino; todos los que pasaban parecían tener prisa y los días se iban haciendo cada vez más largos y más monótonos. Mariano fue escondiendo su cabeza bajo la boina negra y un día no volvió a levantarse de su cama. Murió lánguidamente y su hermana se quedó sola.

Ella que siempre vistió de negro no pudo llevar luto por su hermano, solo podía añadir a su indumentaria un velo negro, el mismo que se ponía cada vez que entraba en la iglesia, ahora lo dejaba caer sobre su cabeza apenas traspasaba el umbral de la puerta y aquella casa se volvió más oscura. La puerta entreabierta en la que Mariano se sentaba se convirtió en una estrecha rajita detrás de la cual se sentaba Felicidad. Nadie la veía, pero ella vigilaba las idas y venidas  de la gente, esperaba el paso de vendedores ambulantes o veía pasar a los que iban camino de la Iglesia y enterada de esta manera de las horas de las misas, de quién se había muerto o de quién era el aniversario, se sumaba a la comitiva como si oyese las campanas de la torre y se la veía, como una más del pueblo, atravesar la plaza encorvándose su figura cada día un poco más.

Ella solía venir a algunas tardes a sentarse con mi madre, sus visitas nunca eran muy largas, debía saber que el esfuerzo de tener que gritarla cansaba mucho y más cuando ya le venían diciendo hacía tiempo que había unos aparatos que se colocaban en el oído y que permitían oír perfectamente, “ya, ya lo sé”, decía, “pero es que esos aparatos son muy caros”.

Debió de ser por esta razón por la que, un día, se decidió a viajar a casa de una sobrina suya que vivía en Madrid y a su vuelta, sentada en el patio de mi casa la oí contar a mi madre su estancia en la capital. Estaba impresionada: “cuántos coches y qué calles tan anchas, qué gente tan bien vestida y qué edificios tan altos y tan modernos”. Contaba la buena mujer que, cerca de la casa de su sobrina, había una plaza con unas farolas que cambiaban de color… “cuando se ponían verdes paraba la gente y pasaban los coches y cuando se ponían rojas paraban los coches y pasaba la gente”. Puede que fuese un poco cruel por nuestra parte pero, en mi casa,  estuvimos riéndonos de su ingenuidad durante unos cuantos días. 

Poco tiempo después de lo que cuento mi casa de la plazuela se quedó vacía, empezaron nuestros cambios de casa, de pueblo, de ciudad. Sé que ella murió  hace ya algunos años y sé también que su casa pasó a ser propiedad de alguno de sus sobrinos, pero yo solo puedo recordarla como la casa de Felicidad, siempre llena del aire fresco de una hermosa infancia.

Un breve paréntesis

Subo a mi coche y enciendo el contacto. A mi alrededor ruge el sonido acompasado y tembloroso de aquella enorme máquina gris; la observo desde dentro y las aristas redondeadas del contorno voluminoso me sitúan alta y poderosa sobre el asfalto del aparcamiento.

Hay una sensación inquietante que me acompaña mientras busco el camino de la autopista. Antes de meterme en el ritmo acelerado de los coches, aprieto el botón del CD buscando serenidad para mí corazón que late desacompasadamente y suena una melodía a la que precede el sonido, dulce y armonioso, de unos pájaros revoloteando al amanecer  en el silencio de unas cumbres solitarias. El tono musical se hace monótono y el cantante entra a formar parte de la sinfonía, con frases en otro idioma que vagamente puedo comprender, pero su voz es un bálsamo que por un instante distrae a mi dolorido corazón.

Entorno brevemente los párpados, una imagen como en un eco que se aleja, me golpea la mente: es mi padre, un viejecito de ochenta y tres años que se gira desde el otro lado del cristal que nos separa y, en la lejana sala de puertas de salida del aeropuerto, sin saber si realmente llega a verme, levanta la mano y la agita despidiéndose.

Le miró caminar lentamente y con torpeza, agacha la cabeza para no perder el paso. Hace sólo un año, aún cabalgaba cruzando las calles, sorteando los coches con la seguridad de un hombre joven y, sin embargo, ahora, las fuerzas le van abandonando y su mirada parece perderse en una atonía que yo he tenido la oportunidad de ver en los viejos depositados en los asilos, ausente, sin esperanza, solos consigo mismos.

La música sigue derramando su magia a mi alrededor, lo miro todo detrás de  los cristales y me siento en una urna. No pertenezco a este tiempo y a esta tierra, las casas, los árboles me resultan ajenos, van quedando atrás y no reconozco nada, solo el color verde oscuro de los árboles me conduce como en un túnel hacia algún lugar al que me dirijo y ahora no recuerdo a dónde voy.

De mi estómago surge salvaje un rugido interior desgarrado de rebeldía, de rabia, hago que el pasado retorne, buscando hermosas sensaciones a las que aferrarme para que mis pies encuentren una razón para seguir deseando pisar la tierra y no la encuentro.

La mirada de mi padre me persigue, hay tristeza, soledad, desencanto. Yo soy su desencanto, no soy lo que esperaba, no soy nada, un grano más de arena en un absurdo arenal de personas vulgares. Mis manos están vacías, nada puedo entregar de lo que él me dio y que yo haya sabido multiplicar ni siquiera por dos. Siempre le oí sabias palabras, mensajes que intentaba captar y que procuré aplicarlos a mi vida, pero nada parece haber cuajado y la siembra se secó en este desierto en que se ha convertido mi vida. No habrá más oportunidades, las piernas flaquearán para mi igual que ahora para él y solo me llevaré una inmensa soledad, la que he ido recolectando hora a hora, día a día. Mis obras imperfectas, mi deambular por caminos desconocidos  no me han conducido al éxito, al éxito de la vida, ese que se esconde detrás de la sonrisa de satisfacción por lo bien hecho.

¡Cómo lamentó no poder dedicarle esa clase de sonrisa!

El coche, obedeciendo su propia costumbre, ha girado a la derecha y serpentea bajando una montaña que se entreabre en casas de colores imperdonables y ventanas estúpidamente simétricas. En las aceras flotan las escasas personas moviéndose al ritmo de la música que me acompaña tan alta como puedo soportar. En el interior de mi cabeza, las notas chocan sobre las paredes de mi cerebro y se entrecruzan como pelotas de tenis produciéndome un extraño mareo, flotamos todos, ellos y yo, los transeúntes y yo.

Traduzco las palabras del cantante: “incluso en los momentos más tranquilos…, desearía saber qué debo hacer”. La armonia de la música perfecta me afloja los músculos y deseo pertenece al grupo de los elegidos: de esa gente que siempre sabe lo que quiere. Mis hombros se encoge en un gesto de impotencia, la lucha ha acabado, a partir de ahora solo hay tiempo para la aceptación de ser una mota de polvo que el soplido del viento hace corretear sin sentido en torno a un vacío, se eleva, se hincha, se contonea, vuelve a elevarse y al final cae inerte sobre el áspero suelo con el que se funde y desaparece.

Cierro los ojos un instante, detrás de mis pupilas hay un torrente de lágrimas que debo contener y nuevamente la mano de mi padre, con su lánguido adiós, aparece siguiendo el ritmo de las notas delicadas de un instrumento que no puedo identificar y que lentamente la transforma en una mano gigantesca que se extiende ante mí con un gesto generoso y me recibe. Solo puedo abandonarme sobre ella buscando un sueño reparador. Veo burbujas transparentes que se deslizan desde detrás de su mano. “Papá, nunca te lo he podido decir, pero te quiero, viejo y gastado, sabio y callado y más que nada, ahora, decepcionado y ausente. Nunca antes hubo tiempo en nuestras vidas para que nos sentáramos un momento frente a frente a contarnos qué solos y llenos de dolor nos sentimos algún amanecer, ya muy lejano, en que descubrimos la pérdida de mamá y a partir de ahí, las tristezas han sido tantas y tantas las ausencias, pero ¿qué podría contarte ahora? A ti y a mí siempre nos ha faltado tiempo ¡Había tanto que hacer y tan poco que decir!”.

El tono musical se eleva estruendoso, acabando con las frases que hablan de la lluvia y de un sol que brilla y que nunca debe desaparecer…

Bajo el volumen, ya nadie flota a mi alrededor, las personas son seres reales de mirada escrutadora que se giran buscando su momento para cruzar la calle.

Archivo de LHM

Reconozco el lugar, estoy aquí, acercándome a casa. La letra de la canción se repite “incluso en los momentos más tranquilos, desearía saber qué debo hacer…”. Sí, desearía saber qué debo hacer y mi hijo está esperando una respuesta ¿debe marcharse? La duda me embarga… Sé que no podré evitarlo…, ceder, no sé si debo ceder. Mi corazón solo puede trasmitir cariño. No sé lo que él recibe de mí ¡ojalá que sea todo mi cariño!

La melodía se ha acabado y al final de la carretera, ante un paisaje que siempre me sorprende, mi casa se abre al mar en las horas en que el sol lo transforma en un mar recubierto de plata.

 

El relato está inspirado en la canción de Supertramp “even in de quietest moments” y fue escrito en junio de 2011

 

Un amigo con dos nombres

Aquella mañana el mercado estaba a rebosar, se formaban corrillos en los que se oían comentarios de todo tipo sobre el gran acontecimiento provinciano: a La Laguna le habían concedido ser la sede de la universidad y un inevitable envanecimiento hacía sonreír aquella mañana  a los laguneros que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca habían aceptado de buen grado perder la capitalidad de la isla.

Juana Anselmo miraba y escuchaba todo desde su pequeña atalaya situada detrás de las cajas  repletas de pescado que aún coleaba sobre el hielo. Era la quinta hija de una extensa familia de doce hermanos y, desde que tenía uso de razón, ayudaba en el negocio familiar: un puesto de venta de pescado en el mercado de la plaza del Adelantado.

Iba para diecinueve años y, a duras penas, había venido ocultando su embarazo que ahora, con casi ocho meses, descomponía su figura y empezaba a delatar de manera inequívoca su estado. A pesar de todo, y a fuerza de apretarse y apretarse, la única persona que sabía lo que le estaba ocurriendo era su hermana Amparo. Ella estaba casada y viviendo en una casa de la Mesa Mota, un suburbio en las laderas de un monte a un par de kilómetros de la ciudad. Cuando le confesó lo que le ocurría, tuvo que escuchar de su boca palabras muy duras, pero la mujer prometió ayudarla cuando llegara el momento y acogerla en su casa hasta que Juana recibiera el dinero prometido para embarcarse a America y reunirse con el padre del que iba a ser su hijo.

Por las noches los ojos de Juana, confiada y esperanzada, se iluminaban pensando en el firmamento lleno de estrellas en medio del océano con el niño en brazos y camino a

su nueva tierra.

Dibujo de Merche B para LHM

Había conocido al ruso precisamente desde su puesto de aquel mercado de La Laguna. Él era un simple trabajador en las oficinas del puerto de Santa Cruz y allí, a fuerza de escuchar conversaciones ajenas, oír hablar sobre las arbitrariedades de los militares y las quejas permanentes de los descargadores, que eran tratados como si fueran  bestias, se había forjado su propio criterio sobre la justicia social y desde que era muy joven, el anarquismo contó entre sus filas con aquel muchachote rubio de palabra fácil, con el aire de un estudiante huérfano, que ponía todo su entusiasmo y sus energías en propagar las virtudes de la nueva doctrina.

Durante meses, todos los sabados, a la hora en que el mercado estaba más concurrido, un pequeño grupo de jóvenes formaban un corro en torno al chico rubio, que se encaramaba en una banqueta y hablaba a todo el que quería escuchar sobre la libertad, la justicia y sobre el sueño de un mundo sin estados. Así fue como, a fuerza de insistir en sus improvisados mítines por toda la geografía isleña, se hizo conocido por todos con el sobrenombre de “el ruso”. 

Eran los años de la dictadura del general Primo de Rivera y lo que en las islas eran las incipientes corrientes renovadoras, se perseguían sin descanso para no alterar el sagrado orden público, el único pilar sólido sobre el que se sustentaba aquella extraña forma de gobierno.

De momento, el pequeño grupo de anarquistas había ido escapando, siempre había un alma caritativa que les avisaba cuando aparecían los guardias civiles. Pero una de aquellas mañanas de sábado, el aviso no llegó con el tiempo suficiente y el ruso pasó por delante de Juana esposado y escoltado por los guardias. Ella lo vio acercarse, estirado y seguro de sí y sintió una extraña devoción por aquellos ojos claros, profundos y llenos de orgullo que la miraron al pasar frente a su puesto como si acabara de ver a una sirena.

Ahora que él se había marchado lleno de promesas, era fácil que los pensamientos de Juana volvieran a ese dulce momento y en ello estaba esa mañana de vanidades ciudadanas, que poco le importaban, cuando noto una dolorosa sensación que se repetía de rato en rato e iba agudizándose en su interior una brusca tirantez que le desgarraba. Asustada, avisó a su hermano de que tenía que marcharse y a duras penas llegó caminando cuesta arriba a la casa de la Mesa Mota.

El parto no fue difícil, en un par de horas se encontró cansada y soñolienta con un pequeño bebe entre los brazos. “Es un machito, chico, chico, mi niña, pero rubio y espabiladito como el padre que ya ha abierto los ojos y lo mira todo como si fuera suyo”. “Calla, Amparo, calla y dime qué día es hoy, que no quiero que se me olvide”. “Y si se te olvida, me lo preguntas que yo sé muy bien que hoy es el 21 de septiembre de 1927. Por cierto, Juanita, ¿cómo se va a llamar el mozalbete?” “No lo sé. El ruso me dijo que si era un chico, tenía que llamarse Germinal. Pero a mí eso me suena que no es de curas. Debe ser algo de la revolución esa de la que siempre habla  y yo a mí niño lo quiero bautizadito, me entiendes, ¿verdad?”. “Claro, mujer, no iba yo a entenderte. Llámale Claudio, como nuestro padre. Así, si tienes que refugiarte en casa tendrá algo que darle al abuelo. Que yo lo que me creo es que tú has pecado de ingenua y a ese rubio, sea ruso o americano, no le vuelves tú a ver el pelo”. “No me digas eso, Amparo”. “Pues claro que no mujer. Venga, venga, seguro que yo me engaño, ya sabes lo desconfiada que soy. Pero de todas maneras y, de momento, el hijo es tuyo. Después, cuando te veas en Cuba y sea él quien le dé de comer, que le llame como quiera, Germinal o Lenin. Qué sí, hija, ya me encargo yo de que el cura le ponga Claudio y ahora descansa que menuda papeleta tenemos tú y yo para sacar a este adelante”.