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Biográfico

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Un breve paréntesis

Subo a mi coche y enciendo el contacto. A mi alrededor ruge el sonido acompasado y tembloroso de aquella enorme máquina gris; la observo desde dentro y las aristas redondeadas del contorno voluminoso me sitúan alta y poderosa sobre el asfalto del aparcamiento.

Hay una sensación inquietante que me acompaña mientras busco el camino de la autopista. Antes de meterme en el ritmo acelerado de los coches, aprieto el botón del CD buscando serenidad para mí corazón que late desacompasadamente y suena una melodía a la que precede el sonido, dulce y armonioso, de unos pájaros revoloteando al amanecer  en el silencio de unas cumbres solitarias. El tono musical se hace monótono y el cantante entra a formar parte de la sinfonía, con frases en otro idioma que vagamente puedo comprender, pero su voz es un bálsamo que por un instante distrae a mi dolorido corazón.

Entorno brevemente los párpados, una imagen como en un eco que se aleja, me golpea la mente: es mi padre, un viejecito de ochenta y tres años que se gira desde el otro lado del cristal que nos separa y, en la lejana sala de puertas de salida del aeropuerto, sin saber si realmente llega a verme, levanta la mano y la agita despidiéndose.

Le miró caminar lentamente y con torpeza, agacha la cabeza para no perder el paso. Hace sólo un año, aún cabalgaba cruzando las calles, sorteando los coches con la seguridad de un hombre joven y, sin embargo, ahora, las fuerzas le van abandonando y su mirada parece perderse en una atonía que yo he tenido la oportunidad de ver en los viejos depositados en los asilos, ausente, sin esperanza, solos consigo mismos.

La música sigue derramando su magia a mi alrededor, lo miro todo detrás de  los cristales y me siento en una urna. No pertenezco a este tiempo y a esta tierra, las casas, los árboles me resultan ajenos, van quedando atrás y no reconozco nada, solo el color verde oscuro de los árboles me conduce como en un túnel hacia algún lugar al que me dirijo y ahora no recuerdo a dónde voy.

De mi estómago surge salvaje un rugido interior desgarrado de rebeldía, de rabia, hago que el pasado retorne, buscando hermosas sensaciones a las que aferrarme para que mis pies encuentren una razón para seguir deseando pisar la tierra y no la encuentro.

La mirada de mi padre me persigue, hay tristeza, soledad, desencanto. Yo soy su desencanto, no soy lo que esperaba, no soy nada, un grano más de arena en un absurdo arenal de personas vulgares. Mis manos están vacías, nada puedo entregar de lo que él me dio y que yo haya sabido multiplicar ni siquiera por dos. Siempre le oí sabias palabras, mensajes que intentaba captar y que procuré aplicarlos a mi vida, pero nada parece haber cuajado y la siembra se secó en este desierto en que se ha convertido mi vida. No habrá más oportunidades, las piernas flaquearán para mi igual que ahora para él y solo me llevaré una inmensa soledad, la que he ido recolectando hora a hora, día a día. Mis obras imperfectas, mi deambular por caminos desconocidos  no me han conducido al éxito, al éxito de la vida, ese que se esconde detrás de la sonrisa de satisfacción por lo bien hecho.

¡Cómo lamentó no poder dedicarle esa clase de sonrisa!

El coche, obedeciendo su propia costumbre, ha girado a la derecha y serpentea bajando una montaña que se entreabre en casas de colores imperdonables y ventanas estúpidamente simétricas. En las aceras flotan las escasas personas moviéndose al ritmo de la música que me acompaña tan alta como puedo soportar. En el interior de mi cabeza, las notas chocan sobre las paredes de mi cerebro y se entrecruzan como pelotas de tenis produciéndome un extraño mareo, flotamos todos, ellos y yo, los transeúntes y yo.

Traduzco las palabras del cantante: “incluso en los momentos más tranquilos…, desearía saber qué debo hacer”. La armonia de la música perfecta me afloja los músculos y deseo pertenece al grupo de los elegidos: de esa gente que siempre sabe lo que quiere. Mis hombros se encoge en un gesto de impotencia, la lucha ha acabado, a partir de ahora solo hay tiempo para la aceptación de ser una mota de polvo que el soplido del viento hace corretear sin sentido en torno a un vacío, se eleva, se hincha, se contonea, vuelve a elevarse y al final cae inerte sobre el áspero suelo con el que se funde y desaparece.

Cierro los ojos un instante, detrás de mis pupilas hay un torrente de lágrimas que debo contener y nuevamente la mano de mi padre, con su lánguido adiós, aparece siguiendo el ritmo de las notas delicadas de un instrumento que no puedo identificar y que lentamente la transforma en una mano gigantesca que se extiende ante mí con un gesto generoso y me recibe. Solo puedo abandonarme sobre ella buscando un sueño reparador. Veo burbujas transparentes que se deslizan desde detrás de su mano. “Papá, nunca te lo he podido decir, pero te quiero, viejo y gastado, sabio y callado y más que nada, ahora, decepcionado y ausente. Nunca antes hubo tiempo en nuestras vidas para que nos sentáramos un momento frente a frente a contarnos qué solos y llenos de dolor nos sentimos algún amanecer, ya muy lejano, en que descubrimos la pérdida de mamá y a partir de ahí, las tristezas han sido tantas y tantas las ausencias, pero ¿qué podría contarte ahora? A ti y a mí siempre nos ha faltado tiempo ¡Había tanto que hacer y tan poco que decir!”.

El tono musical se eleva estruendoso, acabando con las frases que hablan de la lluvia y de un sol que brilla y que nunca debe desaparecer…

Bajo el volumen, ya nadie flota a mi alrededor, las personas son seres reales de mirada escrutadora que se giran buscando su momento para cruzar la calle.

Archivo de LHM

Reconozco el lugar, estoy aquí, acercándome a casa. La letra de la canción se repite “incluso en los momentos más tranquilos, desearía saber qué debo hacer…”. Sí, desearía saber qué debo hacer y mi hijo está esperando una respuesta ¿debe marcharse? La duda me embarga… Sé que no podré evitarlo…, ceder, no sé si debo ceder. Mi corazón solo puede trasmitir cariño. No sé lo que él recibe de mí ¡ojalá que sea todo mi cariño!

La melodía se ha acabado y al final de la carretera, ante un paisaje que siempre me sorprende, mi casa se abre al mar en las horas en que el sol lo transforma en un mar recubierto de plata.

 

El relato está inspirado en la canción de Supertramp “even in de quietest moments” y fue escrito en junio de 2011

 

Un amigo con dos nombres

Aquella mañana el mercado estaba a rebosar, se formaban corrillos en los que se oían comentarios de todo tipo sobre el gran acontecimiento provinciano: a La Laguna le habían concedido ser la sede de la universidad y un inevitable envanecimiento hacía sonreír aquella mañana  a los laguneros que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca habían aceptado de buen grado perder la capitalidad de la isla.

Juana Anselmo miraba y escuchaba todo desde su pequeña atalaya situada detrás de las cajas  repletas de pescado que aún coleaba sobre el hielo. Era la quinta hija de una extensa familia de doce hermanos y, desde que tenía uso de razón, ayudaba en el negocio familiar: un puesto de venta de pescado en el mercado de la plaza del Adelantado.

Iba para diecinueve años y, a duras penas, había venido ocultando su embarazo que ahora, con casi ocho meses, descomponía su figura y empezaba a delatar de manera inequívoca su estado. A pesar de todo, y a fuerza de apretarse y apretarse, la única persona que sabía lo que le estaba ocurriendo era su hermana Amparo. Ella estaba casada y viviendo en una casa de la Mesa Mota, un suburbio en las laderas de un monte a un par de kilómetros de la ciudad. Cuando le confesó lo que le ocurría, tuvo que escuchar de su boca palabras muy duras, pero la mujer prometió ayudarla cuando llegara el momento y acogerla en su casa hasta que Juana recibiera el dinero prometido para embarcarse a America y reunirse con el padre del que iba a ser su hijo.

Por las noches los ojos de Juana, confiada y esperanzada, se iluminaban pensando en el firmamento lleno de estrellas en medio del océano con el niño en brazos y camino a

su nueva tierra.

Dibujo de Merche B para LHM

Había conocido al ruso precisamente desde su puesto de aquel mercado de La Laguna. Él era un simple trabajador en las oficinas del puerto de Santa Cruz y allí, a fuerza de escuchar conversaciones ajenas, oír hablar sobre las arbitrariedades de los militares y las quejas permanentes de los descargadores, que eran tratados como si fueran  bestias, se había forjado su propio criterio sobre la justicia social y desde que era muy joven, el anarquismo contó entre sus filas con aquel muchachote rubio de palabra fácil, con el aire de un estudiante huérfano, que ponía todo su entusiasmo y sus energías en propagar las virtudes de la nueva doctrina.

Durante meses, todos los sabados, a la hora en que el mercado estaba más concurrido, un pequeño grupo de jóvenes formaban un corro en torno al chico rubio, que se encaramaba en una banqueta y hablaba a todo el que quería escuchar sobre la libertad, la justicia y sobre el sueño de un mundo sin estados. Así fue como, a fuerza de insistir en sus improvisados mítines por toda la geografía isleña, se hizo conocido por todos con el sobrenombre de “el ruso”. 

Eran los años de la dictadura del general Primo de Rivera y lo que en las islas eran las incipientes corrientes renovadoras, se perseguían sin descanso para no alterar el sagrado orden público, el único pilar sólido sobre el que se sustentaba aquella extraña forma de gobierno.

De momento, el pequeño grupo de anarquistas había ido escapando, siempre había un alma caritativa que les avisaba cuando aparecían los guardias civiles. Pero una de aquellas mañanas de sábado, el aviso no llegó con el tiempo suficiente y el ruso pasó por delante de Juana esposado y escoltado por los guardias. Ella lo vio acercarse, estirado y seguro de sí y sintió una extraña devoción por aquellos ojos claros, profundos y llenos de orgullo que la miraron al pasar frente a su puesto como si acabara de ver a una sirena.

Ahora que él se había marchado lleno de promesas, era fácil que los pensamientos de Juana volvieran a ese dulce momento y en ello estaba esa mañana de vanidades ciudadanas, que poco le importaban, cuando noto una dolorosa sensación que se repetía de rato en rato e iba agudizándose en su interior una brusca tirantez que le desgarraba. Asustada, avisó a su hermano de que tenía que marcharse y a duras penas llegó caminando cuesta arriba a la casa de la Mesa Mota.

El parto no fue difícil, en un par de horas se encontró cansada y soñolienta con un pequeño bebe entre los brazos. “Es un machito, chico, chico, mi niña, pero rubio y espabiladito como el padre que ya ha abierto los ojos y lo mira todo como si fuera suyo”. “Calla, Amparo, calla y dime qué día es hoy, que no quiero que se me olvide”. “Y si se te olvida, me lo preguntas que yo sé muy bien que hoy es el 21 de septiembre de 1927. Por cierto, Juanita, ¿cómo se va a llamar el mozalbete?” “No lo sé. El ruso me dijo que si era un chico, tenía que llamarse Germinal. Pero a mí eso me suena que no es de curas. Debe ser algo de la revolución esa de la que siempre habla  y yo a mí niño lo quiero bautizadito, me entiendes, ¿verdad?”. “Claro, mujer, no iba yo a entenderte. Llámale Claudio, como nuestro padre. Así, si tienes que refugiarte en casa tendrá algo que darle al abuelo. Que yo lo que me creo es que tú has pecado de ingenua y a ese rubio, sea ruso o americano, no le vuelves tú a ver el pelo”. “No me digas eso, Amparo”. “Pues claro que no mujer. Venga, venga, seguro que yo me engaño, ya sabes lo desconfiada que soy. Pero de todas maneras y, de momento, el hijo es tuyo. Después, cuando te veas en Cuba y sea él quien le dé de comer, que le llame como quiera, Germinal o Lenin. Qué sí, hija, ya me encargo yo de que el cura le ponga Claudio y ahora descansa que menuda papeleta tenemos tú y yo para sacar a este adelante”.

En la vida de una mujer corriente

Lunes, 14 de mayo 

Me he propuesto escribir un diario y la verdad es que no sé porqué, si ya lo he intentado en varias ocasiones y siempre acabo abandonando. Soy lenta escribiendo, necesito más tiempo de lo que muchos días estoy dispuesta a dedicarle para expresar algo que tenga sentido, incluso para mí misma. Suelo empezar con muchas ganas y, poco a poco, las palabras escritas de manera rápida, por el hecho de cumplir con una rutina se van haciendo cada vez más cortas y más absurdas. Al cabo de un par de semanas, si me tomo la molestia de volverlo a ojear, leo cosas como: “hoy no ha llovido, ojalá llueva mañana” o “mi hija tiene mal humor porque no duerme suficiente.”  

 

Unsplash

 

 

Martes, 15 de mayo

Reincorporarme a mi rutina me cuesta, no me gusta pasar tantos días fuera de casa, cuando vuelvo las cosas se han acumulado, el desorden me desorienta y me pongo nerviosa. Ahora tengo demasiadas historias pendientes: médicos, el veterinario, el banco, la cita con Carlos para ver los cuadros de la galería (hace semanas que lo he ido retrasando y ya no se me ocurre ninguna disculpa que darle. Ahora no voy a comprar). Y para colmo este verano tengo cinco bodas que suponen tener que comprar regalos, vestidos, camisas, zapatos, en fin. Nunca me han gustado las bodas,  son  armar toda  una costosa parafernalia que rompe con la rutina para un acto desvirtuado completamente y sin otro significado que realizar en público un frágil compromiso, que se rompe en cuanto cambia el viento. Aunque me temo que la gente joven cuando preparan la ceremonia, no piensa en el compromiso, sino más bien en el protagonismo que supone, o en el dinero que les reporta para instalarse en su nuevo piso o para irse de viaje a las Rías Bajas o, mejor todavía, a las Bahamas.

Me he puesto a dieta. Al menos hacía diez años que no me pesaba y de repente, resulta que peso ¡60 kilos! … ¡imposible! Yo no puedo pasar de los 55. ¡Sin duda aquí hay que hacer algo!

 

Miércoles, 16 de mayo

Es curioso, pero cada dieciséis de mayo, a pesar de que muchos días ni siquiera sé en qué fecha vivo y de que hace mucho tiempo de todo aquello, me viene a la memoria, que hoy, precisamente hoy, es el día del cumpleaños de una vieja amiga de la infancia: Clara, la niña del lunar entre las cejas. Nos conocimos con siete u ocho años. Ella iba a pasar los veranos con sus padres a casa de su abuela en el  pueblo donde yo vivía.  La adoraba y cada año la esperaba con impaciencia, la vida cambiaba cuando Clara estaba con nosotros. Era guapísima y muy divertida. Algunas costumbres que nunca he perdido, empezaron gracias a ella, como la de leer tebeos. Ya no los leo, aunque no es verdad, sigo releyendo a Tintín o a Mortimer y Blake, son el mejor remedio que conozco para vencer el insomnio. Entonces, no sé porqué, lo hacíamos escondidas por los rincones de casa en las calurosas horas de la siesta. Ella leía mucho y tal vez por eso tenía una imaginación desbordante y se atrevía a hacer cualquier cosa sin el más mínimo reparo. Lo curioso, es que yo era capaz de seguirla a todas  partes, también, sin el más mínimo reparo. Creo que envidiaba lo segura de todo que siempre estaba, te contagiaba su entusiasmo. 

Aquellos años fueron divertidos: nos subíamos a los tejados para ir de una casa a la otra, trepábamos a los árboles en los caminos de las huertas para robar fruta, nos escapábamos cogiendo el autobús para recorrer otros pueblos en los que hubiera alguna fiesta sin el permiso de nadie, o montábamos una obra de teatro en la que ella siempre hacía de bruja. 

La amistad con el tiempo se fue enfriando, poco a poco, las últimas veces al encontrarnos en la calle, nos bastó con un simple saludo para darnos por satisfechas, en el fondo creo que a ninguna de las dos nos apetecía contarnos nada, teníamos mundos muy distintos. Ella era y debe ser brillante, yo creo que soy algo anodina. Sin embargo, aquellos días siguen siendo inolvidables para mí y las sensaciones que descubrimos juntas aún permanecen formando parte de mi misma. Tal vez sea, porque vivo muy lejos de aquellos paisajes y de la gente de aquella tierra y lo añoro.

En cuanto a lo que debo contar en mi diario, pues, hoy trabajar, trabajar y trabajar.

 

Jueves, 17 de mayo 

Hoy no tengo tiempo.

 

Viernes 18 de mayo

Otra vez viernes, las semanas se me escapan como el agua y me obsesiona no cumplir las pequeñas metas que me voy fijando.

Vuelve a dolerme la espalda, me cuesta incorporarme de la silla a pesar de que hago los estiramientos que me recomienda el masajista una y otra vez. Creo que lo mejor será que empiece a nadar de nuevo. Me sienta bien.

Llama Isabel, ha tenido su reunión anual para concretar las comisiones, parece que todo le ha ido bien. En cuanto oigo la voz ya sé que viento sopla, no me ha dicho la cantidad que va a cobrar, pero ha debido de ser importante, me alegro. ¡Es una llorona! 

Tengo que irme, a las diez cenamos fuera de casa, esta vez no sé muy bien con quién. Y es que la antigua pandilla de los viernes, se ha acabado rompiendo definitivamente. Siempre pasan cosas y cuando la relación es estrecha, todos acabamos opinando los unos sobre las vidas de los otros. Por lo menos en esta ocasión, yo no he tenido nada que ver y seguiré viéndome con todos. La verdad es que me importa muy poco la vida de los demás. Con el tiempo he aprendido a coger distancia en determinados momentos, pero creo que voy a echar de menos lo fácil que resultaba no tener que pensar con quien íbamos a salir cada fin de semana; a mí me da igual, pero mi marido es un coñazo. En cuanto llega a casa, asoma la cabeza por la puerta del cuarto de estar y pregunta ¿con quién has quedado hoy? No me gusta, me siento como si fuera una mujer con una doble vida.

 

Sábado 20 de mayo

Uf!!!

 

Domingo 21 de mayo

Me molesta el entrar y salir de los fines de semana. No tengo nada de sociable, aunque, a veces, si me siento sola, me da el vértigo y pienso que es necesario mantenerse en contacto con la gente. Entonces, no tengo más remedio que coger el teléfono y llamar.

 

Lunes 22 de mayo

Abro un mensaje en mi móvil y me encuentro con uno de esas cortas peliculitas que te hacen sonreír un momento, después lo reenvías lo eliminas y, ya está, olvidado. Sin embargo, este lo vuelvo a leer sorprendida. Me he visto a mi misma representada en una serie de imágenes y de palabras, alguien ha puesto en la pantalla mis pequeños descubrimientos personales. Releo por tercera vez, me encanta, me veo ahí en esa edad en la que ya sabes a ciencia cierta, que eres invisible para los demás. Te lo repiten tantas veces, que acabas por darte cuenta, y lo curioso es que no te importa, que  a medida que los demás dejan de verte,  tú te vas mirando a ti misma, te vas liberando de la pesada carga de vivir para los demás, con los cánones de los demás, dentro de las expectativas de los demás y empiezas a ser tú, a aceptarte y a estar contigo misma como si lo hicieras con la mejor de las amigas.

 

Miércoles 23 de mayo

Resulta que está bien esto de echar una parrafada todos los días. De todas maneras,  hoy supongo que podría escribir otro tipo de diario, por ejemplo “hoy, 23 de mayo, las nubes han tenido el aspecto del algodón de las ferias, espesas, blancas y brillantes como manchas irreales que empalagan la vista prometiendo un mundo de sabores………” A lo mejor podría empezar así una historia para niños y enseñarles a viajar, ¿hay mayores viajeras que las nubes?

Yo he venido aquí a contar historias

Ilustración de Natalia Montalat para LHM

Yo era una mujer corriente pero, un buen día, alguien… a quien yo no conocía y que tampoco sabría como describir, fue saliendo muy despacio, renglón a renglón, de algún escondido rincón de mi mente. Sin darme cuenta, el universo de mi vida se hizo enorme. Fue así, de la mano de ella, como empezaron a aparecer los “otros”. Iban entrando muy despacio con un libro en la mano, con un bigote rubio, con las gafas de concha, con la espada colgada al cinto o coleccionado mariposas y poco a poco se iban haciendo personajes precisos, con las piernas largas o las manos delgadas, con la sonrisa pícara   o adornados sus años con las canas del tiempo sobre las sienes. Algunos pasaban de largo, otros se quedaban e iban entrando en mi vida y construyendo las suyas. Sentía sus enfados, la ira o la misericordia, el sufrimiento o la alegría de sus corazones, cumplían años, se hacían viejos, soñaba con paraísos, conquistaban mujeres o alargaba su mano a los desconocidos. 

Con ellos he traspasado los años, los siglos, las culturas, los sabios han puesto palabras en sus labios para que yo las repita, las mas hermosas mujeres se han contoneando en los harenes de los palacios de las mil y una noches, he sentido las bombas al caer en las calles de Madrid durante la guerra civil, he cabalgado elefantes, hablado con poetas, cantado canciones de iglesia o me he disfrazado de negro del África más salvaje sobre un escenario de cartón piedra…Todos me han cautivado; todos se han llevado un trozo de mi misma con sus almas misteriosas, sus corazones rotos por el amor perdido, heridos de soledad o pletóricos de fuerza para enfrentarse a las batallas. 

Y los he sentido vivos entre mis dedos, aún lo están y siguen naciendo otros porque  son como los hijos que vienen, te acompañan durante un tiempo, se dejan acariciar, aprenden algo de tu experiencia y después se alejan. Pero ya, para siempre, se quedan ahí adheridos al corazón y apegados a tu alma. 

Con todos he jugado y juego a ser la creadora de un mundo inexistente que me hace sentir poderosa. Cada pequeño detalle de sus vidas son pequeñas partículas diseminadas en el aire que atraigo como un imán y pego con una cola fuerte y duradera hasta hacerlos sólidos, consistentes. Y así, ellos se van haciendo un mundo propio, se vuelven fuertes, con carácter y garra cuando asesinan o cuando perdonan, cuando aman o cuando desprecian. Sus sentimientos son los míos…

Sin embargo, con el correr del tiempo, he descubierto que son ellos los que juegan conmigo, los que me utilizan como instrumento de nieblas y de sombras que contienen lo que pudo ser y no fue, lo que alguien soñó y quedó frustrado. 

Tanto es así que cuando acaba una historia y me quedo sin nadie en la cabeza, camino por la calle como si estuviera perdida. Es como si mi vida no tuviera  sentido.

Y es que ya no recuerdo quien era la otra. Será que ya no existe, que se ha muerto. No lo sé… pero por eso te decía, que yo he venido aquí a contar historias.

Ella

Me escondí debajo del paraguas, porque se me escaparon las lágrimas con gotas más gruesas que aquella lluvia pertinaz del otoño, que había empezado el mismo día de su muerte y que no cesaba…, Dios mío, no cesaba nunca.

Y fue porque la vi cruzar la calle dirigiéndose hacia mí. 

Al verla, vestida de color granate, saltando sobre los charcos y mordiéndose el labio inferior, me estremecí como en el mismo instante en el que le vi morir. 

Él era mi hermano y ella era el amor de su vida, la mujer con la que descubrió para quién vivía. Cuando le abandonó se le acabó todo: la curiosidad, el hambre, la risa…

Pixabay

Di media vuelta.

El suelo bajo mis pies se había teñido del mismo color que su vestido.

Lo único importante

Empezaba a anochecer. Las primeras estrellas parpadearon  en el firmamento y una brisa salada y fresca trajo consigo los sonidos leves del barco deslizándose al entrar en el muelle. Ansioso, me fui acercando sin perder de vista las siluetas que se  dibujaban sobre la cubierta e intenté reconocer su figura entre las decenas de imágenes sin rostro apoyadas sobre las barandillas.

Sentí que el corazón me daba un vuelco y levanté la cabeza. Al ver aquel rostro tan envejecido me invadió una sensación de paz y de ternura. El desaliño de su ropa y el pelo blanco que le rozaba los hombros le daban el aspecto de un viejo poeta loco y bohemio. No pude evitar acariciarle la mejilla. El me miró con la mirada de un niño llena de ingenua sorpresa para preguntarme:  Nunca te lo he contado, ¿verdad? 

No, papá. Cuéntamelo.

Me pareció que sonreía antes de sumergirse de nuevo en su mundo trasparente lleno de imágenes frescas de un pasado que volvía a renovarse una y otra vez.

 

Cuando acabó la guerra pasé dos años en la cárcel. Durante las noches, aquellas noches extrañas y oscuras en las que el aire se llenaba de los fantasmas del hambre y del miedo, yo cerraba los ojos evocando su recuerdo y era su pelo…. Sí, su pelo: aquella luminosa cascada con el aroma del trigo.

Hacía algunos años que mi madre había muerto. Se fue de una manera muy tranquila. Sencillamente una tarde de verano, mientras todos estábamos en el jardín tomando café, se desvaneció en la silla y nos dejó para siempre. 

Mi padre lo supo al instante. Se levantó de su asiento y, a pesar de los muchos años, la cogió como quien coge a un niño, la metió en el dormitorio y estuvo toda la tarde con la puerta cerrada. No permitió que nadie entrara. 

Al fin, ya era de noche cuando conseguimos hacerle salir. Tenía el pelo revuelto y su aspecto había cambiado. Nunca volvió a ser él mismo. Él había sido siempre un hombre fuerte. Era de esa clase de hombres que se han hecho a sí mismos y nada en la vida parece que les haya sido negado porque saben cómo enfrentarse a todo. Desde aquel día se volvió reservado, taciturno. Poco a poco fue aislándose en un mundo propio y, a ratos, parecía tornarse ingenuo, cándido como un niño. No estaba enfermo, no estaba loco, sencillamente fue sacando de su vida todo aquello que no era importante para él.

Milagrosamente conseguí escaparme de la cárcel y me embarqué para América. Pasaron los años, durante mucho tiempo, no supimos nada el uno del otro. Trabajaba como un loco para abrirme camino pensando solo en ella.

Yo fui su primera hija, después, vinieron otras cuatro. El me llamaba su “primera americana” todas crecimos sabiendo que el amor de mi padre era mi madre. No había duda, nos quería, nos mimaba, pero para él la imagen de la sublime belleza era aquella mujer de ojos profundos y oscuros que encerraban en su fondo una chispa de la luna de España. La adoraba.

Bajaron los últimos pasajeros y ella no estaba en el barco…

Acaricié su mano. Alguien capaz de amar de esa manera, también es capaz de llegar muy adentro. A través de su piel capté sus sentimientos, el calor de sus emociones. Sus músculos estaban tensos y él estaba de nuevo en el muelle, desesperado.

En aquel momento alguien me tiró  de la manga una vez, dos, tres veces. Volví la cara airado, para gritarle que se marchara, que me dejaran en paz. A mi lado vi el rostro de un muchacho. Pronunció muy despacio mi nombre: ¡Alberto!, ¡soy yo! En aquel momento se quitó la gorra negra y su pelo le cayó sobre los hombros. ¡Dios  mío! Era su pelo…  aquella luminosa cascada  con el aroma del trigo.

Al llegar este momento siempre se reía con una risa contagiosa que hacía que se te saltaran las lágrimas. Vivía para ese instante hermoso en que encontró para siempre los brazos de mi madre. Lo demás, sencillamente, ya no existía.