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Por el mundo

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Era… Praga

 

Archivo de LHM

Y de repente allí estaba Praga, culta, magnífica con sus casas modernistas y Kafka y el río con sus puentes y el negro de las figuras que duermen de pie sobre el puente tétrico, atravesado siempre  por  absurdos paseantes que compran collares de un euro para la fiesta de fin de año y estaban los bares de copas con taburetes de mimbre y el sonido de la música exuberante y mística detrás de las puertas de cualquiera de sus cientos de iglesias. Y Kafka…, siempre Kafka en su casita de Lilliput junto al castillo y las botellitas de Anita y las piedras sonoras de la calle empinada que resbalaba por las gotas de lluvia y Saro que ya está muerta. Eso era Praga hermosa y culta, siempre culta, con sus miles de judios enterrados detrás de las viejas rejas y lápidas y era los rostros angulosos y serios sobre las fachadas de aquellos edificios tan sólidos, tan asentados sobre el asfalto envejecido y su reloj, sí, su reloj, capaz de atraer todas las miradas de sorpresa de los turistas. Porque en Europa sólo hay turistas, solo trabajan los camareros y los jefes de recepción. Europa es un circo de historia, llena de historias que cabalga vieja y convertida en millones de granitos de café que se saborean, sorbo a sorbo, bajo los parasoles de los bares a la sombra de los plátanos, de los pinos, los sauces que cuelgan sobre los ríos de aguas verdes y opacas de tanta sangre vertida, en donde se reflejan sus catedrales, conventos, palacios y caserones entre las risas de quienes la visitan en pantalones cortos con calcetines de rayas. 

Europa es bella, si en tiempos de paz, es bella, pero ay de las guerras que mantienen los hijos del hombre cuando sienten que sus espaldas están cubiertas, son guerras de vanidad, maldad, envidia, pasiones, orgullo pero sobre todo de poder y de ignorancia.

Y un perro ladró sobresaltando el silencio de aquella noche oscura, en la que solo se oía soplar un viento ligero entre las paredes de la vieja ciudad.

La era divina –Fatehpur Sikri-

Archivo privado de LHM

Siempre me consideré a mí mismo como una persona realista pero, tal vez por la influencia de la religión en la que fui educado o por el discurrir de los acontecimientos en mi propia vida, he llegado a convencerme a mí mismo de que hay una mano invisible que nos mueve y nos lleva por un camino determinado, sin que alcancemos nunca a saber el porqué. 

Yo llegué hace ya muchos años al pueblo de Sikri. Acababa de terminar mis estudios de medicina y aunque mi intención había sido siempre dedicarme a la medicina hospitalaria en la propia ciudad de Delhi, en donde cursé mis estudios, una simple confusión de papeles hizo que llegara a mis manos la relación de los destinos que se ofrecían a los médicos rurales de mi misma promoción. Por una mera y pueril curiosidad, me entretuve jugueteando con los nombres de los pueblos y las pequeñas ciudades que se relacionaban: quería saber si era capaz de situarlos geográficamente, pues me conmovía pensar que mis grandes amigos quedarían repartidos por todo lo largo y ancho de la India y aquella etapa de mi vida concluiría para siempre, llevándose lo que habían sido hermosas y fecundas vivencias con gentes a las que no podría olvidar y a las que, tal vez, al iniciarse la diáspora que supondría la incorporación de cada uno de nosotros a nuestros respectivos destinos, no volvería a encontrar nunca más.

Mi sorpresa fue que al ver escrito el nombre de Sikri entre la lista de plazas vacantes, supe, por una extraña corazonada, que ese era el lugar hacia el que debía encaminar mis pasos y desde aquel momento, el curso de mi vida quedó fraguado para siempre.

Intenté hacer memoria para encontrar razones que justificaran mi decisión, y sí, recordaba vagamente haber vivido en aquella ciudad durante algún tiempo, cuando todavía era un niño, pero los recuerdos se confundían en el pasado con otros pueblos en los que también tuvimos nuestra casa. En apariencia, no había nada especial que me hiciera sentir unido a ella. Aún así, seguí la fuerza de aquel impulso y, a pesar de las lágrimas de mi madre que siempre quiso tenerme cerca, en cuanto estuve dispuesto para mi marcha me instalé en Sikri.

Al llegar, viví durante algunos años absorbido por el duro trabajo que me esperaba en aquel pueblo y que, en muchas ocasiones, sobrepasaba mis posibilidades, sin que nada atrajera mis recuerdos. Sin embargo, un encuentro inesperado me hizo comprender las razones que me ligaban a ese lugar para toda la vida.

Ocurrió en un día caluroso de finales del mes de junio. Recuerdo que, como cada año en aquellas fechas, todos esperábamos con impaciencia la venida del monzón que aplacara por fin el sofocante calor de los últimos meses. Me dirigía con paso lento a mi consulta. A pesar de que me había retrasado más de lo deseado, caminaba con cierta desgana pues volvía de asistir a un parto difícil en el otro extremo del pueblo, en donde, tristemente, después de hacer todo lo que estuvo en mi mano, el niño había nacido muerto y yo me sentía agotado y desanimado como nunca.

Al acercarme, vi que la gente hacía una larga cola ante mi puerta y, antes de enfrentarme a lo que me esperaba, me paré un momento para tomar aíre. Me flaquearon las piernas al pensar en las largas horas de trabajo que aún tenía por delante, pero había que continuar. Respiré despacio y me dispuse a subir las escaleras del porche cuando, al levantar la vista, la visión de un hombre muy viejo, con un pañuelo verde enrollado en la cabeza, llamó poderosamente mi atención e hizo que me detuviera para mirarlo. Estaba acurrucado y apoyaba la espalda contra la pared cerca de la entrada. La gente había dejado espacios vacíos en torno a él, como si no quisieran aproximársele por temor al contagio. Tenía la cabeza reclinada hacia un lado y parecía estar muy enfermo. Me conmovió verlo solo, en tan mal estado y me acerqué hasta donde estaba. Al ir a tocarlo tuve la sensación de que conocía a aquel hombre y mientras le ponía la mano en la frente le pregunté:

−¿Ha venido usted a verme otras veces?

El anciano levantó la cabeza pesadamente para mirarme con los ojos empequeñecidos y brillantes por la fiebre. Vi que intentaba decirme algo y me agaché para poder oírlo. Después de hacer un evidente esfuerzo, colocó su mano sobre mi brazo y, con un hilo de voz, él me preguntó a su vez:

−¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Al oírlo, el corazón me dio un vuelco y, por un breve instante, tuve la extraña sensación de sentirme niño de nuevo. Esto me desconcertó durante un momento pero, enseguida, apreté mi mano contra su frente: estaba ardiendo. Lo ayudé a levantarse. Tuve que sostenerlo por debajo de los brazos para que pudiera incorporarse debido a su debilidad y caminamos hasta la puerta. A nuestra espalda, se oían las veladas protestas de la gente que esperaba antes que él, pero no les presté atención e instalé al anciano sobre una cama, en la pequeña sala contigua a la consulta, que siempre tenía preparada por si algún enfermo tuviera que pasar la noche, bajo mi atención, antes de enviarlo al gran hospital de Agra o por si se trataba de algún pobre desagraciado que no tuviera donde recogerse.

Lo despojé de su turbante y aflojé sus ropas. En torno a la cintura llevaba fuertemente atada una curiosa bolsa de tela muy burda a la que se aferró, a pesar de su debilidad, en cuanto notó mis manos sobre ella. Forcejeamos un momento hasta que notó que yo colocaba de nuevo la bolsa bajo su mano. Pareció tranquilizarse y pude hacerle un rápido reconocimiento. No parecía tener ninguna enfermedad contagiosa, se trataba de una neumonía aguda agravada por su avanzada edad. Le administré un específico que le hiciera bajar la fiebre para que pudiera descansar y me dediqué a atender a los pacientes que esperaban, concentrándome en mi trabajo durante las horas siguientes.

Al terminar las consultas, volví a la sala donde había dejado al viejecito: estaba en un tranquilo duermevela. Esta vez lo ausculté detenidamente intentando que no se despejara de su somnolencia. La fiebre había bajado mucho y en su semblante una expresión de placidez me tranquilizó.

Al llegar la noche, yo permanecía todavía sobre mi mesa haciendo anotaciones sobre los pacientes que había atendido y oí como tosía angustiosamente. Acudí en su ayuda, le hice beber un poco de agua para aflojar las secreciones, se fue calmando y volví a dejarlo solo cuando ya empezaba a quedarse dormido de nuevo. No habíamos vuelto a cruzar una sola palabra.

A la mañana siguiente, aún no había amanecido cuanto me levanté y me dirigí al cuarto para ver al enfermo: el anciano ya no estaba. Supuse que, al encontrarse mejor por el efecto de las medicinas que le había administrado, se había marchado. No me sorprendió, a veces ocurría que algunos enfermos, al recuperar las fuerzas, se van por miedo a que les reclame el pago del tratamiento. No pude evitar sonreír con amargura. A pesar de saber que no hubiera podido hacer gran cosa por aquel hombre tan viejo, me hubiera gustado ayudarle y saber quién era. Impotente, me encogí de hombros y con cierta pena, recorrí con la mirada la cama vacía; me extrañó ver que, entre las sábanas blancas y arrugadas, había quedado el pañuelo verde que llevaba enrollado en la cabeza. Lo recogí y con él entre las manos me dirigí a la ventana con la esperanza de poder verlo todavía alejándose de mis casa. Observé la calle detenidamente a través de los cristales pero estaba desierta.

Permanecí un largo rato en aquella posición. En esos momentos el amanecer empezaba a iluminarlo todo y, entre los árboles, se adivinaban las pequeñas cúpulas que adornan una de las puertas de la mezquita. Me quedé ensimismado observando cómo la armonía de las formas redondeadas y suaves se iba conformando lentamente entre la niebla que empezaba a disiparse.

Sin saber porqué, al ver unos pájaros madrugadores que revoloteaban sobre las cúpulas, un escalofrío me recorrió la espalda. Tuve de nuevo la sensación de volver a ser un niño y mes estremecí. 

Las palabras de aquel viejo en la puerta de mi consulta regresaron a mi mente: ―¿Ya no te acuerdas de los pájaros, muchacho?

Volví la cabeza para mirar la camilla intentando despertar los recuerdos dormidos. Fue entonces cuando las imágenes del pasado aparecieron con la nitidez de estar viviendo los años lejanos y olvidados y supe, por fin, quién era aquel viejo…

***

Mi padre era un comerciante de telas y antes de que nos instalásemos definitivamente en Delhi, y durante los años de mi infancia, vivíamos yendo de ciudad en ciudad. Permanecíamos en algunos sitios por largas temporadas e incluso en algunos nos quedamos durante años. Eso solía ocurrir en los lugares en los que a mis hermanos y a mí nos era posible continuar con nuestros estudios, pues mi madre, hija de un maestro de escuela, deseaba más que ninguna otra cosa que recibiéramos una instrucción adecuada. Ella odiaba esa vida ambulante que nos obligaba a empezar, una y otra vez, desde cero y soñaba con encontrar por fin un lugar definitivo para establecernos.

Tal vez fuera la influencia de mi madre, a la que escuchaba quejarse día tras día, lo que me había convertido en un niño retraído y silencioso y, a pesar de que mis dos hermanos nunca tuvieron problema alguno para adaptarse a los distintos pueblos en los que nos instalábamos, yo tenía mi propia manera de asumir aquella forma de vivir: mi imaginación y mi afición a la lectura, en la que me inicié desde muy pequeño, llenaban mi tiempo sin necesidad de mezclarme mucho con los demás. Solía vivir aislado en mi propio mundo que iba conmigo allá donde fuéramos.

En la época en que conocí a aquel hombre que ahora había reencontrado convertido en un viejo, hacía unos meses que estábamos instalados en la casa de un conocido de mi familia. Era muy sencilla pero los aposentos que nos habían cedido eran lo suficientemente amplios como para disponer de dos habitaciones propias y una amplia cocina en la que nos sentábamos cada noche, en torno a la cena, sintiéndonos personas importantes. 

La casa estaba muy cerca de la gran mezquita de Fatehpur en el pueblo de Sikri. En sus inmediaciones había una escuela con varios maestros para los distintos niveles de enseñanza, eso hacía que mi madre se sintiera una mujer muy feliz. Mi padre, por su parte, había alquilado un pequeño local en el mercado y disfrutaba de una racha de buenas ventas, por lo que todos estábamos a gusto viviendo allí y hasta se hablaba de quedarnos para siempre.

Nada más empezar a vivir en la nueva casa, yo había observado que desde la ventana de la habitación donde dormíamos se entreveían las paredes de la mezquita del viernes y, en segundo plano, se destacaban los restos de algunos de los muros, las cúpulas y los techos semiderruidos de lo que debió ser una importante y ahora vieja ciudad. Aquella vista era para mí una fuente de curiosidad. Solía preguntar sobre quiénes vivían en aquellos viejos edificios. Mis hermanos ni sabían ni tampoco me prestaron nunca mucha atención: no eran personas curiosas. Pero mi madre, a quien también acosaba con mis preguntas, solía responderme que debía permanecer alejado de allí, pues la gente de Sikri decía que aquellos muros pertenecían a una vieja ciudad abandonada y habitada por fantasmas.

Eso aún despertaba más mi curiosidad y, a las horas del atardecer, solía colocarme apoyado sobre el alfeizar de la ventana, para contemplar el sol que, al desaparecer detrás de las paredes, creaba extrañas sombras y dibujaba perfiles de tintes enigmáticos que se prestaban a dar rienda suelta a mi despierta imaginación.

Fue el maestro de la escuela a la que asistía quien se encargó de hablarme de la ciudad de Akbar, de los antiguos emperadores y del esplendor de aquellos tiempos, ya tan lejanos, que habían dejado su huella en aquel pueblo en donde ahora estaba nuestro hogar. 

Yo tenía entonces once o doce años y todos los viernes, después de rezar en la mezquita, mis hermanos y yo acompañábamos a los muchachos del pueblo que tenían por costumbre reunirse para jugar en el Caravanserai, un lugar que, en los tiempos antiguos de los largos viajes en caravanas de camellos, se destinaba a reunir y recoger a los viajeros, sus animales y sus mercancías. Se trataba de un recinto cerrado, fuera de los muros de la ciudad abandonada, pero que le pertenecía como un complejo adherido a ella. Probablemente, el hecho de que quedase fuera de las murallas, hacía que aquel lugar estuviera a salvo de las supersticiones y los chicos del pueblo solían acudir allí, pues era ideal para los juegos: estaba lleno de terrazas con arcadas en los laterales y el gran patio central, amplio y despejado, les permitía practicar juegos de pelota sin que nadie los molestara.

Mis hermanos me llevaban con ellos y yo, que me aturdía entre los gritos y las carreras, enseguida adquirí mi propia manera de pasar el tiempo en aquel lugar: había descubierto que, encaramándome sobre una de las paredes, se veía con toda claridad el camino que ascendía desde la antigua torre de la caza hacia una de las puertas de la ciudad abandonada que se conservaba casi intacta.

Así fue como una mañana, mientras los demás saltaban el muro para acceder a aquel improvisado patio de juegos, di la vuelta en torno a sus paredes y me dirigí hacia las inmediaciones de aquella, solitaria y semiderruida, torre de caza, que me había atraído desde que la contemplara en la lejanía. La rodeé acariciando las viejas piedras, y desde allí, enfilé el camino que ascendía en una suave pendiente hacia la que, después supe, era conocida como la Puerta de los Elefantes.

Recuerdo estar embargado de una profunda emoción, pero mi primera incursión fue decepcionante: en cuanto traspasé la puerta, una nube de pájaros negros levantó el vuelo desde una de las cúpulas de un edificio cercano y se aproximaron en bandada hacia donde yo me encontraba. Estaba tan excitado, que el sonido de los graznidos y los aleteos a mi alrededor, me sobrecogió y no puede seguir adelante. Me encogí asustado y corrí lo más rápido que pude saliendo del recinto amurallado.

Durante toda la semana siguiente, esperé con impaciencia la llegada del viernes reprochándome a mí mismo la huida y prometiéndome no volver a hacerlo. Así fue como, armado con un palo largo y delgado como si se tratara de una espada, aquel segundo día y durante las semanas siguientes exploré las zonas más cercanas a la puerta por la que había traspasado el recinto y, poco a poco, fui ganando terreno como si fuera un auténtico conquistador.

Los pájaros siempre estaban presentes. Los había a cientos, formaban bandadas de las más diversas especies: palomas, avutardas, cuervos, gorriones o pequeños papagayos de múltiples colores. Los oía moverse por los techos, los rincones de los porches y los pasadizos o salir volando de improviso desde los agujeros de las cúpulas rotas. Sus continuos aleteos y los sonidos que producían a mi alrededor era una música de fondo que me acompañaba permanentemente. En ocasiones, me asustaban sus gorgoteos o, por el contrario, de repente se hacía un silencio absoluto y el aire, al entrar y salir por los edificios vacíos, producía extraños sonidos que me mantenían en alerta y en un permanente estado de excitación. Sentía que me observaban pero, después de aquella primera vez, no volvieron a atacarme y acepté su presencia como algo más que formaba parte del misterio de la ciudad.

Todo lo que iba apareciendo ante mi vista me producía una rara mezcla de excitación y tristeza. En las calles, las piedras se amontonaban de manera desordenada, algunos muros estaban caídos, derramándose y formando montañas de piedras sueltas, otros habían sido picados y las puertas y las ventanas arrancadas de cuajo. Sin embargo, muchas de las paredes de los edificios, aún permanecían en pie, enmarcaban balcones y ventanas cubiertas de celosías de formas exquisitas que, a veces, se sustentaban sobre ménsulas de profusa y abigarrada ornamentación, algunas de ellas estaban intactas. Los patios, rodeados de columnas, formaban enigmáticas líneas sombreadas que ocultaban formas insinuantes y misteriosas tras las que, yo imaginaba, podrían aparecer en cualquier momento aquellos fantasmas que eran los dueños de la ciudad y para sentirme seguro apretaba mi palo en la palma de la mano, dispuesto a esgrimirlo en defensa de mi integridad.

 

Archivo privado de LHM

En el interior de los pabellones y de los edificios el estado de todo era lamentable: los suelos estaban rotos y levantados, los techos que aún se sostenían sobre las vigas de piedra estaban cubiertos de una espesa capa de polvo, tierra y suciedad que ocultaba los relieves. En los rincones de las altas paredes, las telas de araña formaban espesas cortinas y allí, los pájaros habían encontrado un lugar ideal para anidar. Mi avidez por conocer todo lo referente a la ciudad abandonada me hizo pedirle a mi maestro algún libro en el que saciar mi curiosidad y él me proporcionó uno sobre el periodo de los emperadores mogoles en la India. En aquel libro estaba todo lo referente al reinado de Akbar: Ÿalaluddín Muhammad, ese era su auténtico nombre, era hijo de Humayun: el segundo emperador de la dinastía mogol, que fue expulsado de la India al ser derrotado por el caudillo afgano Sher Shah en dos cruentas batallas y hubo de huir abandonando su reino. Durante aquel triste viaje en busca de refugio nació el pequeño Akbar, su madre lo parió entre las hierbas y las piedras del camino. Después viviría su infancia en la floreciente y hermosa Persia en donde su Humayun encontró acogida.

Quiso el azar, que en mi casa y guardado como un tesoro, mi madre tuviera una recopilación bellamente ilustrada y editada por un librero de Bombay que reunía los viejos y auténticos cuentos de ―Las mil noches y una noche–, que un autor de origen árabe había conseguido recopilar de la tradición oral y de los viejos manuscritos en países como Egipto y el Yemen o en las ciudades de Damasco, Bagdad o Beirut, en donde durante siglos las domésticas y los charlatanes de los cafés contaban los preciosos relatos de las cortes magnificas de los califatos. Ella, en ocasiones especiales, me dejaba el preciado libro para leerles a mis hermanos algunos de esos cuentos que despertaban mi imaginación y debido a las escasas ocasiones en que se me permitía el lujo de acariciar aquellas páginas, aumentaban más mis ansias de leer.

Tal vez por eso, el mundo de Akbar bullía en mi cabeza con el esplendor de los antiguos reinos musulmanes e imaginaba que, de niño y en aquel país, él debió jugar bajo la sombra de las altas torres de las mezquitas que se dibujaban en las páginas de aquel hermoso libro. Debió crecer con los ecos de la llamada a la oración de los muecines o escuchando el rumor del agua de las fuentes que recordaban a la lejana y llorada Granada. Lo imaginaba rodeado de hombres sabios que sabían cómo descifrar el misterioso lenguaje de las estrellas, buscando para él la estela que conduciría su destino hacia el Este del mundo o de hombres que escondían entre sus puños el secreto del vuelo de los pájaros, para enseñárselo al pequeño príncipe; y de otros hombres dedicados a la alquimia, mezcladores de perfumes, matemáticos, músicos y poetas. Pero también, al lado de aquellos que combatían ferozmente en épicas batallas y, con el dulce sabor de la victoria entre los labios, animaban a Humayun, a reconquistar su reino perdido.

En muy pocos años, el tiempo dio forma al destino de Akbar que, cuando apenas contaba trece años, vio morir a su padre tras haber recuperado el trono y él, como único heredero, fue nombrado emperador de la India.

Qué hermosa épica debió vivir aquel joven y nuevo soberano cuando, subido a lomos de los elefantes, mandaba a sus ejércitos para atravesar, victoriosos, desiertos y montañas, extensas llanuras y profundos valles. Palmo a palmo, se fueron agrandando los dominios de su imperio y, para la gloria de Alá, la voz de los almuecines comenzó a oírse desde las lejanas mezquitas de Kabul hasta las más altas cumbres de los Himalayas; se deslizaba sobre las aguas de los ríos sagrados o asomaba sus ecos a las suaves arenas del golfo de Bengala. Nunca hubo en aquellas tierras un imperio tan grande como el imperio de Akbar.

Mi imaginación me hacía ir de la fantasía a la realidad de lo que fue la India en aquellos tiempos y en mi necesidad de saber todo lo que aconteciera en aquel reinado, supe que, cuando el gran imperio ya empezaba a consolidarse, Akbar que, impotente, veía morir a sus hijos varones recién nacidos, peregrinó desde Agra a la aldea de Sikri atraído por el carisma de un santo sufí: Sheij Salim al-Chishtí. Fue este hombre, sencillo y humilde, quien predijo que en aquel pueblo, nacería su deseado primogénito que habría de fortalecer la estirpe de su larga descendencia. Y Akbar, hombre de corazón sensible, que compartía su tiempo con el sufí en espera el deseado acontecimiento, quedó cautivado por la simple y profunda filosofía del sabio a quien amó sinceramente y deseoso de instruirse en su sabiduría, ya no pudo abandonar aquel lugar a pesar de la temprana muerte del sufí.

Así se empezó la construcción de Fatehpur que fue concebida como la ciudad perfecta: hecha para la calma, la búsqueda de la paz, y de la sabiduría. Fue edificada sobre una elevación del terreno, junto a la mezquita que, en su día, fue la más grande de la India y donde aún yace el sufí.

Me sentía fascinado por todo cuanto leía y durante semanas deambulé de un sitio a otro hasta encontrar entre las ruinas y los escombros el que sería mi lugar favorito: se trataba de una torre que acababa en un gran chatri que se elevaba en el centro de la ciudad como un perfecto lugar de observación. Desde allí se divisaba un reino sin límites: si miraba a lo lejos, podía girar en redondo sobre mis pies y contemplar el mundo que se perdía en el horizonte difuminando el llano paisaje hasta convertirlo en una raya azulada e infinita. Bajo mi mirada, la mezquita del viernes dibujaba su perfecta armonía y la vieja ciudad, a mis pies, parecía cobrar vida salpicando, entre los jardines y los patios, la silueta de sus calles que dibujaban el enclave de los edificios: las zonas públicas hechas de sólidas construcciones, los aposentos reales en donde el agua debió fluir aportando al emperador la calma y la energía que derrochaba en su reino; la ciudad de las mujeres con las suaves transparencias para ocultar los ojos misteriosos y sabios de sus amantes esposas. Desde allí, todo parecía ser capaz de revivir el esplendor de otros tiempos.

Una tarde, sin poder esperar la llegada del viernes y obsesionado por acudir a aquel lugar en donde yo era el único testigo de un reino olvidado, salí de mi casa al oír la llamada del rezo y ascendí la cuesta hacia la mezquita. Sin entretenerme, busqué la puerta más próxima a la vieja ciudad y me dirigí hacia ella.

Me encaminaba hacia el mirador, con la seguridad que me daba el conocer todos los caminos, cuando creí ver a un hombre aparecer y desaparecer entre las columnas, bajo uno de los edificios. Me escondí tras unas piedras y esperé observando con detenimiento. Lentamente, le vi acercarse. Para mi decepción, su aspecto era el de un hombre corriente: iba vestido con ropas de un color muy claro, eran muy viejas y rotas por los codos y las rodillas, sus sandalias oscuras estaban cubiertas de una espesa capa de polvo y sobre su cabeza llevaba enrollado un pañuelo verde de un tono llamativo y brillante. No era un hombre fuerte pero sí estaba bien constituido y se movía caminando con pasos seguros. De su hombro colgaba una bolsa de tela y, atado con una cuerda, un envoltorio del tamaño de una mano y hecho con tela gruesa y basta se apretaba a su cintura. Acabó por desaparecer de mi vista dando la vuelta a una de las esquinas y yo, intranquilo por aquella presencia con la que no contaba, abandoné el lugar.

Estuve días sin atreverme a regresar a la ciudad pero no aguanté mucho tiempo, volví a la misma hora del primer encuentro y el hombre del pañuelo verde volvió a aparecer. Esta vez, me había situado para esperarlo en un rincón, tras las celosías de uno de los palacios, desde donde tenía una perfecta visión del camino por el que supuse llegaría de nuevo. No me había equivocado: lo vi llegar, los pájaros revoloteaban a su alrededor.

Mientras pasaba cerca de mí, contuve el aliento, después salí de mi escondite y lo seguí agazapándome para no ser visto. Él entraba y salía de los edificios. Después de penetrar en cada estancia, el revoloteo de los pájaros rompía el silencio dentro de los recintos. Permanecía unos minutos y regresaba al exterior para volver a meterse en la siguiente puerta. Al fin acabé perdiéndolo de vista tras un edificio cuadrado en medio de uno de los grandes patios, que se destacaba por los cuatro chatris situados en la parte superior. Yo mismo, en mis primeras incursiones, me había sentido atraído por la rara fisonomía de aquel edificio, que destacaba del conjunto, pero al asomarme, la profusión de esculturas, los altos techos y los rincones envueltos en penumbra, me habían atemorizado y no volví a aproximarme a aquel lugar.

Estuve regresando a la ciudad y haciendo lo mismo de manera incansable durante días. Aquel hombre, puntual a la cita, repetía siempre los mismos movimientos para acabar desapareciendo tras el raro edificio. Creo que mi auténtico deseo era verlo desvanecerse o atravesar las paredes. Pero, no sin cierta decepción, acabé convenciéndome de que era tan mortal como yo mismo pues, aunque oía cómo hablaba con los pájaros, que parecían escucharle, también renegaba, tosía o masticaba y escupía hojas de betel como lo haría mi propio padre.

Mientras, iba adentrándome en el conocimiento de lo que para mí eran los secretos que guardaba Fatehpur, pues el maestro, poco acostumbrado a tener alumnos interesados por la historia que se escondía entre los muros de la vieja ciudad, me buscaba al terminar las clases y con nostalgia y una gran dosis de orgullo me hablaba de los tiempos del esplendor de la India bajo el dominio de los emperadores de religión musulmana.

Supe que en Fatehpur vivieron los hombres más ilustres de la época: músicos, poetas, astrólogos, talladores de diamantes, calígrafos, médicos, grandes financieros, filósofos y hasta maestros en el arte de la guerra: era una corte de sabios en donde todas las voces eran escuchadas. Y para ello, en el interior de la ciudad el emperador hizo construir un edificio en el que se reunía con todos los sabios colocándose él en el centro de un gran círculo hambriento de saber. Abierto a todas las corrientes y de la mano de su consejero Abu Fazal, estudiaba a los filósofos de oriente y de occidente buscando entre sus palabras cómo llegar a convertirse en lo que deseaba ser: el rey perfecto.

Con ese fin y dispuesto a acabar con las rivalidades y las guerras intestinas que provocaban los distintos credos que se practicaban en sus tierras, pretendió extraer la verdad común a todas las religiones y encontrar un solo Dios para su pueblo. Durante un largo periodo de tiempo reunía cada semana a los representantes de todas las religiones conocidas en la India: jainistas, zoroástricos, judíos, hindúes y musulmanes de todas las tendencias y otras que con la fuerza de los conquistadores y venidas de Occidente trataban de adentrarse en el corazón de los nativos: eran los jesuitas, llegados desde el lejano reino de Portugal. Ellos también fueron llamados para hablar de su Dios. A todos escuchaba con respeto y de todos adoptaba las costumbres que consideraba justas.

Según me contara el maestro, entristecido, Akbar, imbuido de tantas extrañas ideas que eran ajenas a su propia religión, fue poseído por la locura y llegó a convencerse de que él era el mediador entre Dios y los hombres, formulando su propia y única religión. Decía que fue esa soberbia lo que convirtió su historia en la desgracia de aquella tierra: se secaron sus fuentes y el emperador se vio obligado a abandonar la ciudad que quedó maldita. Solo los locos y las bestias se atrevían a deambular por sus calles que, a veces, parecían revivir y traer del pasado el alma solitaria y atormentada del emperador y su corte de sabios, para despertar la vida entre las viejas paredes de la ciudad y recordar a quienes supieran leer en aquel mensaje, que la locura y la soledad son el precio que se paga por abandonar el camino de la humildad.

A pesar de cuanto oía, no había nada que fuera capaz de desanimarme y yo seguí con mis secretas escapadas a Fatehpur, pues me cuidaba de que nadie supiera de mi afición, por miedo a que me fuera prohibido.

Una tarde, esperé como siempre la llegada del hombre del pañuelo verde a quien yo había empezado a llamar: el pajarero. Después de verlo pasar ante la pared de celosías tras la que estaba oculto, me senté en el suelo para esperar a oír sus pasos alejándose. De repente, a mi espalda, oí su voz y noté como mis músculos se tensaron violentamente:

−¿Has visto hoy algún extraño por aquí, muchacho?

El corazón parecía querer escaparse de mi interior. De un salto, me levanté y me di la vuelta. El hombre estaba colocado frente a mí, a escasos metros. Enseguida me sobrepuse y me estiré para contestarle:

−No, no he visto a nadie, señor.

Avanzó un paso en dirección a donde yo estaba y volvió a hablarme:

−Siempre hay que estar vigilantes. La gente aprovecha el menor descuido para venir a robar ¿Es esa tu intención?, ¿vienes a eso cada tarde?

Negué con la cabeza, pero sentí como se me encogía el estómago al acordarme que, más de una vez, había metido en mis bolsillos algunos trozos de piedras talladas que me llevaba a casa y escondía entre mis ropas como si fueran tesoros. Aquella misma tarde, mientras esperaba, había recogido entre los escombros un trozo de madera con curiosas tallas y en ese momento lo sentía dentro de mi bolsillo, apretándome la pierna.

Tuve la sensación de que aquel hombre intentaba tranquilizarme para poder acercarse a mí y atraparme como a un vulgar ladronzuelo. Con un movimiento rápido, di media vuelta, empecé a correr hacia la salida y, antes de abandonar la ciudad, tiré el trozo de madera como si me quemara en el bolsillo.

Aquel encuentro tampoco me detuvo: mis idas y venidas continuaron. Empecé a esperar las llegadas del hombre abiertamente. Durante las primeras semanas no me atrevía a dirigirle la palabra y él parecía soportar mi presencia. Le observaba en silencio. Caminaba tras sus pasos como una sombra a través de las calles en aquella ronda imaginaria. El hombre entraba dentro de los edificios: se detenía en el centro de los recintos girando sobre sus pies para mirarlo todo, después metía la mano en su bolsa de tela y repartía el grano entre los cientos de pájaros. El revoloteo de las aves a su alrededor daban a la escena una vida insólita y mágica: lo rodeaban, subían sobre sus hombros o sobre su cabeza, picoteaban en su mano mientras él les hablaba y reía complacido. Minutos después, lanzaba al aire los granos que aún conservaba entre sus dedos que acababan esparcidos por el suelo u ocultándose entre las piedras, donde los pájaros menos sociables buscaban con avidez.

Llevaba días siguiéndolo cuando, sin esperarlo, se volvió hacia mí para decirme: −Si quieres seguir acompañándome, haz algo que sea útil: trae grano para los pájaros. Nunca hay suficiente para todos.

A partir de aquel día, salía de mi casa con los bolsillos llenos del arroz que cogía de la cocina en un descuido de mi madre y así comencé a caminar al lado del hombre. El miedo a entrar en las estancias parecía haber huido de mi ánimo. Lo acompañaba en su recorrido. Seguía cuidadosamente sus pasos, iba esparciendo mi grano y cuando el sol empezaba a caer sobre la línea del horizonte, él se dirigía hacia su rincón tras el palacio de los cuatro chatris y yo salía de la ciudad y regresaba a mi casa con la única idea de volver.

Durante aquellos recorridos, después de los primeros días de vacilaciones, mi lengua se fue desatando. Solía contarle todo cuanto iba aprendiendo sobre los años en que Fatehpur fue la capital del imperio: de las aficiones de Akbar, de su gusto por la doma de elefantes o su pasión por el deporte del polo, cuya afición le hizo fabricar una pelota luminosa para poder seguir jugando cuando llegaba la noche o la costumbre de disfrazarse de mendigo y recorrer los mercados acompañado de su visir Birbal, con el fin de saber lo que pensaba y lo que necesitaba su gente. Él asentía y sonreía mientras me observaba escenificar desfiles militares, haciendo sonar los tambores al paso de los hombres que componían sus ejércitos o disparaba mis imaginarias flechas hacia un horizonte lleno de feroces enemigos, mientras él me escuchaba sin despegar los labios.

Uno de aquellos días, caminaba como siempre siguiendo sus pasos. Atravesábamos el patio del pachisi en dirección al Divan-i-am, para llevar el grano a los papagayos que tenían sus nidos bajo las arcadas de aquel recinto. Hacía un calor sofocante y el cielo estaba cubierto de una espesa nube gris que oscurecía la tarde. De repente, el cielo pareció partirse en dos y el agua empezó a caer a torrentes sobre nuestras cabezas. Corrimos a refugiarnos en el lugar más cercano: era el palacio de los cuatro chatris.

Yo entraba en aquel lugar por primera vez. Me sacudí el agua entre exclamaciones de sorpresa por el fuerte aguacero y, al darme cuenta de donde estaba, contuve el aliento. Giré sobre mis pies dando la vuelta en un suelo de mármol blanco, limpio y dibujado de estrellas de arenisca roja, que rodeaban una enorme columna en el centro de la habitación y que sustentaba unos pasadizos que confluían sobre la columna central. Las formas de los enormes y brillantes pináculos que formaban racimos sobre las propias columnas me sobrecogieron. El agua martilleaba con fuerza en el techo que formaba una bóveda cuadrada sostenida por fuertes vigas y retumbaba produciendo sonidos que parecían golpear en el interior de mi cabeza.

Archivo privado de LHM

Después de unos momentos de sentirme aturdido, busqué con la mirada al pajarero. Él se había colocado en cuclillas en uno de los rincones y la escasa luz hacía que su figura quedara casi oculta entre las sombras. Me acerqué despacio y me invitó a ponerme a su lado. Me aproximé y me senté junto a él. Desde allí, sobrecogido todavía volví, a contemplarlo escudriñando entre las sombras que nos rodeaban.

La intensidad del agua que caía era tan fuerte que producía relampagueos de luz a nuestro alrededor y de nuevo, inquieto, busqué refugio acercándome más al pajarero que permanecía inmóvil. Repentinamente, la lluvia arreció en su caída y los ecos en el interior del recinto se hicieron aún más fuertes, parecía que el techo iba a derrumbarse sobre nuestras cabezas. Instintivamente, me cogí de su brazo. Sorprendido de mi atrevimiento, me volví para mirarlo esperando una reacción que me indicara su desaprobación. No parecía haberse dado cuenta: estaba abstraído, había colocado sobre su cabeza un pañuelo grande cayéndole sobre sus hombros y, a mis ojos, apareció como una persona distinta a la que yo conocía: tuve la sensación de que aquel hombre, silencioso y solitario, guardaba grandes secretos en su interior.

A los pocos minutos, volvió de su ensimismamiento. Yo seguía cogido de su brazo, debió notar mi turbación y me preguntó:

−¿Sientes miedo?

Me encogí de hombros sin atreverme a decir que sí.

Permaneció callado durante unos instantes más, después se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire: eran unos dedos delgados y ágiles como los de un artista. Yo lo miraba esperando sus palabras y sentí cómo tragaba saliva antes de empezar a hablar de nuevo:

−Tú me has contado muchas cosas que no sabía y yo he de contarte algo también, para que cuando descubras lo que ocurre aquí sepas reconocer lo que se esconde bajo las piedras de Fatehpur y hagas entonces lo que debas hacer, pues todo está escrito.

Le miré intentando entender qué quería decir con sus palabras, pero con su dedo índice sobre los labios me pidió silencio y siguió hablando.

−Muchas de las gentes que trabajaron en esta ciudad vinieron desde las canterías del Rajasthan. Ese era el lugar de donde procedían las piedras de arenisca roja con las que se levantaron estos muros. Esas gentes esculpían, tallaban y daban forma a cada uno de los relieves de estas paredes que, a pesar de los siglos, aún pueden ser acariciadas. Las manos de algunos de los artesanos que trabajaron aquí eran las manos de mis antepasados. Y ocurrió que uno de aquellos hombres estaba dotado de un especial ingenio y maestría en su trabajo. Akbar supo de él y le confió la construcción de un pequeño recinto secreto bajo su única supervisión.

El hombre tuvo que permanecer aislado y solo durante el tiempo que duraron sus trabajos. Sabía que, al terminar, su destino era la muerte pero, cuando llegó el momento, el humilde artesano rogó y suplicó al emperador que le perdonase la vida, pues no podía abandonar a su familia en los brazos de la soledad y de la miseria: él era su único sustento. Y Akbar, hombre de corazón generoso, habló con sus consejeros, consultó con los astrólogos y después de recapacitar durante días, lo dejó marchar. Debía guardar en secreto el lugar donde estaba y el modo de acceder al pequeño recinto hasta que el emperador volviera a requerir su presencia.

Pasaron los años, la ciudad y el imperio florecían. Fatehpur era una corte brillante a la que acudían los hombres más sabios de la tierra, traídos por Akbar, que vivía obsesionado por encontrar la manera de llegar al corazón de sus súbditos. Y él lo lograba, parecía poseer un don que le hacía ser amado por las gentes más sencillas, pues sabía guiar sus pasos en busca de la paz, a través de la justicia y de la tolerancia.

Pero los más eruditos y sabios del reino, versados en las artes y las ciencias, en la interpretación de las sagradas palabras, vertidas por el mismo Dios a través de su Profeta, no eran capaces de comprender la simplicidad y la pureza de las ideas del emperador, que guiaba sus pasos siguiendo los dictados de su propia conciencia. Y este, decepcionado por no ser oído por aquellas personas a quienes consideraba los faros de la sabiduría, abandonó Fatehpur, trasladó la corte a otros parajes y se rodeó de otras gentes.

Las puertas de la ciudad se cerraron. Aquellos que habían venido en pos de la prosperidad de la capital empezaron a marcharse; otros, que añoraban al emperador y rezaban por su vuelta se quedaron con la esperanza de un resurgimiento. Mientras la ciudad permanecía dormida, el humilde artesano pasaba los días merodeando en torno a sus muros sin saber qué debía hacer, pues nunca fue llamado de nuevo a la presencia del emperador y sentía su vida ligada a aquellas paredes para siempre.

Pasaron los años y Akbar, de regreso a sus palacios de Agra desde la ciudad de Kabul, se desvió del camino para visitar de nuevo Fatehpur. Entonces ya era un hombre viejo y agotado. Las permanentes guerras y las decepciones en su vida privada habían encanecido sus cabellos y avejentado su rostro. Durante días deambuló por la ciudad desierta y solitaria reviviendo lo que debió ser su pasado más hermoso.

El artesano hizo guardia frente a los muros de la ciudad hasta que, por fin, antes de marchar, Akbar le mandó llamar para preguntarle sobre el secreto escondite, que debía abrir de nuevo para él, pues no recordaba su ingenioso mecanismo. El hombre lo hizo: el interior del pequeño recinto estaba vacío. Akbar entonces sacó de su manga un objeto, lo guardó entre las estrechas paredes y le mandó cerrar el lugar nuevamente. Después le habló así: Si algún día ves que peligra este lugar, no te atormentes, recoge lo que hay en el interior de tu escondite y guárdalo contigo hasta tu muerte. Así habrán de hacer las generaciones que te sucedan hasta que se extinga tu estirpe. Es un sagrado deber que te impongo, pues aquí queda lo que ha de ser el legado de mi reino, la única razón que ha justificado mi vida: el secreto para encontrar la paz entre los hombres.

Mientras, deberás proteger esta ciudad y armar un ejército en el nombre de Akbar, para que los restos de Fatehpur, aun despojados de toda vanidad, nunca desaparezcan. Pues ha de llegar un tiempo en que el hombre, cansado de guerrear, agotará todas sus armas y habrá de ahondar en los auténticos caminos de la paz, hasta encontrar el lugar en donde se encuentra la verdad. Entonces será cuando estas piedras volverán lentamente a renacer. A través de los años, irán resurgiendo de los escombros para recuperar el mensaje que en ellas se encierra y se escucharán las voces de los hombres más sabios que habrán comprendido, por fin, cuán simple es la verdad que ha de conducirnos a vivir en armonía. Así ha de ser, pues así está escrito.

Había transcurrido muy poco tiempo desde aquella visita, cuando se propagó por toda la India la noticia de la muerte del emperador y con ella, llegaron los malos tiempos para las gentes que aún vivían en la llanura de Sikri. La lejanía de las rutas y el abandono hizo que quienes habían permanecido en la vieja ciudad imperial, sumidos en la miseria, se supiesen olvidados y se atrevieran a entrar violando sus muros. Fatehpur empezó a ser desvalijada: robaban los cortinajes, las alfombras y los muebles. De la ciudad partían carros llenos de ricas mercancías para ser vendidos en los mercados y en las plazas de otras ciudades más afortunadas. Las puertas y las ventanas, las pinturas de las paredes y las sedas que adornaban los aposentos reales eran arrancadas ante la vista del artesano que, acompañado de sus hijos, se sentaba en las puertas de Fatehpur intentando convencer a la gente para formar una partida de hombres, capaces de proteger aquellos muros contra la rapiña y la avaricia. En el nombre de Akbar, pedía que lucharan para preservar el esplendor del pasado de aquellos muros. Todo era inútil, se burlaban de él llamándole loco y la ciudad iba desapareciendo convertida en un esqueleto del pasado, ante la rabia y la impotencia del viejo que, temiendo que el secreto escondite fuera violado, entró en la ciudad como un ladrón más y, tal como le pidiera Akbar, lo abrió llevándose lo que estaba en su interior.

Mientras, vio como los pájaros iban anidando en los rincones de los palacios, bajo las cúpulas y bajo los pasadizos. Las gentes seguían arrancando las piedras de las preciosas murallas que eran usadas como canteras para extraer los vulgares ladrillos de almacenes y casas. El artesano, que recorría las calles desolado por su impotencia al no poder cumplir el mandato del emperador de formar un ejército, observó que los pájaros lo esperaban picoteando a su alrededor y comenzó a traer grano y a alimentar a los nuevos habitantes de Fatehpur que aumentaban de día en día.

Pasaron los meses y llegaron las lluvias que anegaron los campos, el ciclo de la vida continuaba y la tierra, enriquecida por el agua, derrochaba belleza. Fue entonces cuando hicieron su aparición las aves solitarias, de garras poderosas, que llegaban volando desde lejanos países a miles de kilómetros atraídas por una misteriosa llamada. Se hicieron las dueñas de torres y balcones y con ellas, llegaron los fantasmas que alejaron a las gentes de los muros de Fatehpur. Se oía contar en los mercados y en las plazas de Sikri que los sabios caminaban de nuevo por patios y jardines, que resonaba el agua de las fuentes en los palacios y los ojos de las mujeres misteriosas se asomaban detrás de las celosías, mientras se escuchaban de nuevo los delicados acordes de la música de Tansen Baradari…

El viejo artesano era ahora quien reía pues comprendió, al fin, cuál era el ejército de Akbar y dedicó su vida a alimentar a las humildes aves que preludiaban la venida de aquellas otras, enormes y solitarias, que aleteaban entre los muros dispuestas a mantener viva el alma de la ciudad.

El sonido de su voz se había ido haciendo suave a medida que se atenuaba el agua que golpeaba los techos del palacio. Solo levemente se oía el caer de las últimas gotas y los ecos de las palabras del pajarero adquirieron un extraño tono:

—Hay seres que vienen a este mundo mucho antes de su tiempo. Son almas delicadas y salvajes como lo es la propia naturaleza de la tierra y por eso, conocen como ahondar en los grandes secretos que mueven los destinos del mundo. Vienen para dejar con sus huellas marcado el camino que habrán de seguir otros hombres que llegarán tras ellos, para que todo se vaya conformando y, a su tiempo, ocurra lo que ha que ocurrir. El sonido pertinaz de la lluvia volvió a llenar los rincones. Me volví hacia él: detrás de aquel pañuelo que lo cubría apenas podía ver su rostro y no pude evitar preguntarle:

—¿Quién eres?

Despacio, volvió la cabeza y me miró. En sus ojos había una extraña lejanía y me estremecí al oírle.

—Soy el último de una estirpe de humildes y silenciosos guardianes, después de mí, se habrá de romper el silencio y las piedras de Fatehpur volverán a recuperar su antiguo esplendor, pues así está escrito.

Se miró las manos e hizo juguetear sus dedos en el aire; de nuevo, los vi moverse inquietos ante mí: eran delgados y ágiles como los dedos de un artista. Al momento, él volvió a esconder su cara detrás de los pliegues de su pañuelo y yo cerré los ojos. El silencio se fue haciendo denso a nuestro alrededor. Todo estaba sumido en una quietud llena de fuerza y extrañamente viva. Por un momento, me sentí cayendo en el vacío y tuve la sensación de que aquel hombre y yo éramos los únicos habitantes de la tierra.

Abrí los ojos estremecido todavía. La espesa nube que había cubierto el cielo aquella tarde se había disuelto y la luz brillaba de nuevo entrando a través de puertas y ventanas. Se desvanecieron las sombras oscuras entre las que nos habíamos refugiado y salimos. Él destapó su cabeza y, otra vez, caminamos juntos por las calles desiertas en busca de los pájaros hambrientos.

Pasaron los días, las lluvias de aquel año fueron muy intensas, la gente se lamentaba de los destrozos que había ocasionado en sus casas y campos de cultivo. Mi padre vio cómo su almacén se llenaba de agua y perdimos todo cuanto teníamos. Durante un tiempo no pude regresar a la vieja ciudad, pues la tristeza embargaba las paredes de mi casa y mi madre buscaba cada tarde mi compañía. Pero, al fin, todo fue recuperando la normalidad y volví a buscar a aquel hombre que continuaba, como siempre, con la humilde tarea de alimentar a las aves.

A veces lo miraba y me preguntaba si aquella tarde de lluvia que vivimos juntos fue una realidad, si aquel hombre, solitario y amable, a quien yo consideraba mi mejor amigo, estaba loco o era yo quien había soñado las extrañas palabras que escuché en la penumbra de aquel palacio abierto a todos los vientos que, a pesar del tiempo, permanecía limpio y nuevo como si los siglos no hubiera transcurrido. Nunca me atreví a preguntar nada, tal vez para no revivir la extraña sensación de lejanía y misterio en la que me sentí envuelto aquella tarde y todo continuó como siempre.

La época del monzón hacía tiempo que había pasado. Un día cualquiera y antes de marchar de regreso a mi casa después de nuestro diario recorrido, el pajarero me retuvo un instante para decirme:

−Mañana debes venir, muchacho. Hazlo antes de que empiece el atardecer.

Y regresé. Empezaba a caer la tarde, el cielo ofrecía un espectáculo de belleza que no recuerdo haber visto nunca. Yo caminaba dando la espalda al sol que se dibujaba, enorme y brillante, expandiendo los tonos anaranjados por el horizonte que se mezclaban con las nubes blancas como algodones y, en el suelo, sobre la alfombra verde de los campos, se salpicaban los sembrados amarillos con las flores de la mostaza. Llegué a la ciudad, el pajarero estaba esperándome en la puerta. Parecía excitado como nunca. Al verme, me hizo una señal para que me apresurase. Corrí hacia él. Antes de que yo llegara, me dio la espalda y empezó a caminar delante de mí. Lo seguí. Nos encaminamos hacia la Torre del Viento y ascendimos. Estuvimos en silencio contemplando cómo, lentamente, iba descendiendo el sol hasta que cayó como un milagro desapareciendo de nuestra vista tras la redondez de la tierra. En aquel momento el cielo se volvió rojo, de un rojo intenso oscureciendo las nubes. En la lejanía un minúsculo punto negro hizo su aparición. Poco a poco, aquella mancha fue cobrando forma y aparecieron las alas de un pájaro en vuelo majestuoso. Volaba en dirección a Fatehpur y se fue aproximando hacia donde estábamos.

El silencio se hizo sobrecogedor, el runruneo de las aves que habitaban la ciudad había desaparecido por completo. Aquella magnifica ave se aproximó y, durante un momento, permaneció parada sobre nuestras cabezas: tenía las alas desplegadas y un leve movimiento, sincrónico y perfecto, la mantenía en un mágico equilibrio dominando el aire. Su plumaje era blanco y una franja negra recorría los extremos de sus alas de punta a punta que se abrían ofreciendo un hermoso espectáculo.

En un segundo la vimos replegarse y descender en picado. El sonido que produjo la caída vertiginosa hizo que, instintivamente, cerrara los ojos y me resguardara la cabeza con las manos. Al abrirlos sentí la fuerza de sus garras aferrarse al techo que nos protegía y oí el potente aleteo. No pude contenerme, el corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera desbordarlo. Salí corriendo escaleras abajo. El pajarero reía a mi espalda mientras le oí que me gritaba:

−¡Vuelve, muchacho! ¡Ya están empezando a llegar!

Cerré mis oídos a sus palabras y corrí desesperadamente a través de las calles desiertas.

Nunca más volví a la ciudad abandonada, las risas del pajarero resonaron en mi mente mientras me debatía entre una extraña fiebre, que me hizo delirar durante días sin que se supiera cuál era la causa. Me recuperé y pocas semanas después, con mi familia, abandonamos Sikri en busca de un mejor destino. Nos instalamos definitivamente en Delhi y yo olvidé por completo todo lo ocurrido.

                                                      ***

La niebla detrás de los cristales se había disipado. Volví con el pañuelo entre las manos a acercarme a la camilla donde reposara el viejo y acaricié la sábana. Salí de mi consulta y me encaminé a través de las calles en dirección a la ciudad abandonada. Como si anduviera por mi propia casa, me dirigí al rincón donde el pajarero tenía su refugio. Sobre la esterilla, el viejecito estaba acurrucado y muerto. A su lado estaba la bolsa de tela que empleaba para llevar el grano y el cinturón se apretaba a sus ropas. Lo desaté y deslicé con suavidad el envoltorio de tela basta que parecía formar parte de su propio cuerpo. Lo abrí, una delicada tela contenía un objeto duro y rígido, lo palpé con los dedos y lo que había en su interior cayó en mi mano: era un simple espejo. En el dorso escrito en persa había una inscripción: 

Mírate en el espejo,

Cuando en él veas el rostro de tu enemigo,

Habrás encontrado la verdad.

Volví a colocarlo en su envoltorio. Recogí la bolsa y cubrí mi cabeza con la tela verde. Apreté el cinturón hasta sentir cómo se contraían mis músculos y salí al exterior. Los pájaros revoloteaban inquietos sobre los restos de la ciudad de Fatehpur.

De los cuentos: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

La gitanilla búlgara del anfiteatro

Lucie solo tiene siete años, pero su desparpajo tiene a todos entusiasmados.

De Cristina Anduiza para LHM

Vive con su madre, Dessislava, que es sastra y confecciona la ropa de la burguesía de Plovdiv.
Su padre es limpiabotas en los alrededores del Monasterio de Bachkovo.

Una familia respetada por todos, pero el intenso trabajo de sus progenitores, permite a Lucie gran libertad de movimiento, mientras reparte los trajes confeccionados por su abnegada madre.

A Lucie le gusta bailar y le hacen corro allá por donde va.

Su padre deambula buscando zapatos que limpiar, pero no es fácil, así que tiene que moverse de un lado a otro y acude a curiosear en el corro que se ha formado en el anfiteatro y no da crédito a lo que ve: allí está Lucie bailando, jaleada por todo un corrillo de turistas y de un grupo de niños de un colegio que han acudido a conocer el complejo arquitectónico del antiguo Plovdiv.

Su padre observa con asombro que Lucie tiene a sus pies una caja de cartón con su peluche preferido, junto a numerosos Levs, Stotinkis, Dólares, Euros, todo tipo de monedas.

Y los trajes para repartir entre la clientela de su madre, los sujeta una turista encandilada con la frescura de Lucie.

Los aplausos hacen acudir a más visitantes de una de la ciudades más antiguas de Europa.

Su padre no se atreve a intervenir, cuando alguien requiere de sus servicios como limpiabotas, así que se enfrasca en la tarea de sacar brillo a los zapatos del Alcalde de la Ciudad, sin él saberlo.

El Alcalde se distrae viendo también a la graciosa gitanilla, mientras su padre no se atreve a levantar la cabeza del calzado, completamente avergonzado.

El Alcalde hace alarde de la desenvoltura de la chiquilla y comenta; – Mira que tiene gracia la condenada, ¿dónde estarán sus padres que permiten que deambule por la ciudad?

El padre de Lucie pierde la compostura, se le cae el cepillo de las manos y mancha el calcetín del Alcalde que se pone furioso. Así que se va precipitadamente y llama al Ayuntamiento para que venga la autoridad a llevarse a la gitanilla.

– ¡¡¡Que fatalidad!!! piensa Ludvik, el padre de Lucie. Así que todo avergonzado baja corriendo a buscar a su desenvuelta hija y se la lleva, dejando la caja con el osito, las monedas y los trajes de la esposa del Alcalde y sus hijas.

Llegan a casa, el diminuto taller de costura de Dessislava, quien se afana en terminar un bonito vestido azul cielo, de gasa, para la esposa del propietario de la cadena de alimentación más grande del país, ella no levanta la cabeza de su trabajo, no tiene tiempo que perder.

Ludvik espera, sabe que Dessislava no puede distraerse de su tarea, así que no dice nada y manda a Lucie a su rincón, donde tiene una cama y una pequeña mesita con su silla. Lucie es muy fuerte muy valiente y no dice nada, ni siquiera hace pucheros ni llora.

Su padre vuelve a su oficio y deambula buscando clientes, a pesar de su bajo estado de ánimo, pero alguien lo busca y lo llama. Es la policía, quien le detiene y lo llevan al cuartelillo.
Y cual es su sorpresa, cuando allí ve a la maestra del grupo de niños que asistía a la representación de su fantasiosa hija, Lucie, en el anfiteatro. La maestra tiene en sus manos la caja con las monedas y el peluche y también se encuentran, en un perchero, los vestidos que tenía que entregar a la esposa del Alcalde y sus hijas.

Así que Ludvik, vuelve al taller y besa y abraza a su hija, con lágrimas en los ojos.

– ¡¡¡¡Hija, hija, muchas gracias, muchas gracias!!!! Tengo un regalo para ti. A partir de mañana acudirás a la escuela y allí aprenderás todo lo que yo no he podido aprender.

Lucie no es que se sintiera demasiado contenta porque a ella lo que le gusta es bailar y cantar, pero pronto se hizo con la escuela y disfrutó e hizo disfrutar con su gracejo, a todos a su alrededor.

Pero no solo ella obtuvo un gran beneficio, sino que su padre entró de bedel en el Ayuntamiento.

Lucie es hoy en día una gran bailarina del Ballet Búlgaro y va por todo el mundo derrochando alegría y entusiasmo, transmitiendo su cultura.

Ludvik abre la puerta al Alcalde, con una reverencia de gratitud, al verle llegar al Ayuntamiento cada mañana.

Y Dessislava ha ampliado su taller y confecciona los ropajes del vestuario del Ballet, donde actúa su valiosa hija Lucie.

La alegría, el entusiasmo y el esfuerzo dan grandes resultados.