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Fantasía

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El pez dorado

Sara seguía pegada a la acera ancha y poco concurrida que desembocaba en la calle más comercial y cara de la ciudad. Estaba ensimismada frente al escaparte. Sin embargo, las maletas de aquella carísima tienda ya no le atraían como en otro tiempo; aquel atardecer nublado, en la imagen reflejada que le devolvía el cristal, vio a una mujer sumergida en un mundo ambiguo de certezas y de perplejidades. Como si fuera polvo, su pasado era solo ceniza y vacío y el futuro era un camino arduo que había que empezar a dibujar de nuevo partiendo de la nada. 

Se encogió de hombros para seguir deambulando calle arriba cuando, el guiño de una  nube hizo  una travesura con la imagen que se reflejaba en el cristal y, detrás de ella, creyó verse a sí misma convertida en la estudiante de otro tiempo. Fue solo un instante, pero la Sara que acababa de jugar con sus recuerdos había estado a su lado durante unos segundos enfundada en una gabardina de color beige que recordaba muy bien. 

Enseguida desapareció.

Miró a su alrededor…, por un instante hubiese deseado atrapar aquella muchacha para meterla en el bolsillo de su abrigo y protegerla de todos aquellos años pasados en los que había estado tan lejos de sí misma. Su deseo la hizo seguir con la mirada los escaparates que acababan en la esquina a más de diez o doce metros, con la esperanza de que el juego siguiera y pudiera ver hacia dónde se había marchado la dueña de la gabardina beige. 

Giró la cabeza para ampliar la visión: en el otro lado de la calle, la fachada servía de fondo a una decena de motos aparcadas en perfecta simetría. Tras ellas, los grandes escaparates de la tienda aparecían llenos de zapatos, que salpicaban sus colorines, tras el reflejo de la larga calle con las siluetas ondulantes de los transeúntes, que aparecían  irreales  y volátiles por efecto de los claroscuros de la luz grisácea. 

En ese momento, el corazón le dio un vuelco: sobre el cristal, esquiva y lejana, la imagen de la muchacha se deslizaba como una mancha clara por la calle principal. La vio fugazmente para desaparecer enseguida mezclada entre la gente. 

Sara reaccionó y caminó calle abajo, dobló la esquina y anduvo deprisa hasta acercarse a pocos metros de ella. 

La seguía a corta distancia. Se sentía metida en la estela  del aire roto que iba dejando a su paso. Serenó su manera de caminar y su silueta se fue alejando poco a poco hasta que dejó de sentir sus pasos golpeándole en el estómago. Respiró aliviada al poder observarla a sus anchas: caminaba  por el centro de la acera, segura de sí, sin distraerse con nada. La cabeza erguida sobre unos hombros no muy anchos, le hizo bajar la mirada hacia la cintura que se movía rítmicamente con movimiento de atleta; las botas oscuras, casi planas, y un bolso marrón en bandolera, que se pegaba a su frágil figura, componían la imagen de la jovencita a la que Sara perseguía. 

Era una chica corriente –pensó–, tal vez demasiado delgada. Podía pasar fácilmente desapercibida y realmente nadie parecía reparar en ella. 

La vio como cruzaba otra de las calles y corrió  tras ella porque el semáforo parpadeaba e iba a cambiar de color de un momento a otro. Siguiéndola, bajó las escaleras del metro. La muchacha se había dirigido hacia la máquina automática que daba acceso al entramado de túneles con un billete en la mano. Impaciente para no perderla de vista pidió en la ventanilla el suyo, lo pagó y entró por el mismo pasillo por el que la había visto desaparecer. 

Recordaba muy bien esa estación: no era profunda, pero, si no se apresuraba, podría perderla con la llegada de un tren que no tuviera tiempo de coger. Pero no, ella estaba allí, de pie, muy cerca de la raya amarilla que indica peligro. A sus pies, el hueco profundo que recorrían los oscuros raíles y al fondo, orlando su cabeza, la espesa negrura del túnel subterráneo. 

La muchacha esperaba tranquilamente apretando un libro que parecía querer escaparse por debajo de sus brazos: era tan parecida a ella misma que se estremeció. Si pudiera verle la cara –pensó–. Hizo un ademán para sacar del bolso sus gafas de miope pero, enseguida se oyó el chirrido del tren frenando hasta llegar lentamente ante la boca negra del próximo túnel. 

Pasaron varias estaciones. Al fin, justo en el momento en que el tren se paraba, vio cómo se acercaba a una de las puertas y se preparaba para salir pidiendo disculpas a otros pasajeros que se interponían en su camino. Ella imitó sus gestos y al abrirse las puertas salió al andén entre el gentío. Solo la miraba a ella, pero todo le resultaba familiar. Bien podría ser la estación que en otro tiempo le llevaba a su propia casa. Si era así, mejor –pensó–, más tarde sabría como regresar. 

Subió las escaleras  y mientras la seguía se preguntó qué habría en su cabeza. Cuando ella hacía ese trayecto –ahora empezaba a reconocerlo todo–, solía estar preocupada por la hora. En aquel momento la vio mirar el reloj y, al abandonar la escalera, sus pasos se hicieron más rápidos, casi corría. Sin duda quería llegar pronto a casa y evitar que su madre preguntara la razón de su tardanza. Como ella misma, debía odiar tener que dar explicaciones. Después de todo, su madre en cuanto llegaba más allá de las nueve siempre pensaba mal. Algún chico que la acompañaba, y a saber quién era el chico o alguna amiga que pudiese ser una mala influencia. «La reputación es muy importante y hay que saber muy bien con quién  se mezcla uno…». Se lo había oído decir tantas veces. 

Caminando  otra vez detrás de ella, recorrió el conocido pasadizo que conducía a la calle en donde un acordeonista, sentado en el suelo junto a un ajado sombrero, apoyaba la cabeza sobre el teclado mudo y amarillento, descansaba con los ojos cerrados. A Sara le vino a la cabeza la triste imagen de un autómata sin cuerda. 

Muy cerca la una de la otra, salieron a la calle. La vio encorvar la espalda levemente al sentir las gotas de una llovizna suave que empezaba a caer sobre el asfalto. Le pareció que se hacía más pequeña, más insegura. Debía llevar el libro apretado contra el pecho y, sin saber por qué, aquella fragilidad le recordó la larga y angustiosa enfermedad de su madre. Las idas y venidas al hospital, la piel delicada de su cara, las manos casi perfectas cuando murió. Con el tiempo, esas manos que estuvieron tan ajadas se habían ido suavizando a fuerza de no trabajar y a ella le gustaba acariciarlas: eran las manos de una princesa.

Ya en plena acera de la calle, muy ancha y casi solitaria, Sara se fijó un instante en sus propios zapatos sobre el asfalto oscuro, que repiqueteaban estúpidamente sobre el suelo mojado y le vino a la

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cabeza aquello de las flores: «a mi hija le gustan mucho las flores» . 
Cuántas veces, agradecida, se habría repetido a sí misma esta frase que le conmovió aquel día cuando, en vez de recriminarla por haber gastado el dinero inútilmente, le mostró al médico el sencillo ramo de claveles  que descansaban en un jarrón de cristal sobre su mesita de noche, mientras le decía aquella frase mágica que viviría como un eco después en su memoria. Se estremeció al recordar. Pocos días después, su madre moriría.

Sí, era su madre quien solía repetir que a los muertos los olvidas enseguida. «Tal día hizo un año y ya está», siempre lo decía. Pero se equivocaba, hay muertos a los que nunca olvidas. Parece que se van pero no es verdad, regresan, siempre regresan en ese movimiento permanente, circular y traicionero en el que vive la memoria y si en el pasado quedaron heridas sin curar, sangran una y otra vez. Con el tiempo, acabas por aceptar que esas heridas ya no tienen cura: forman parte de tu vida, son tu misma vida.

Una gruesa gota de agua de lluvia le devolvió a la realidad. Era tan absurdo estar persiguiendo a una desconocida. Y… ¿por qué no?–pensó–. Ahora,  ¿a quién le importaba? Por primera vez en mucho tiempo sabía muy bien en donde estaba. El azar le había devuelto a su antigua calle y a otros tiempos que había olvidado.

Contuvo una carcajada pensando que estaba volviéndose loca ¿Qué hacía ella allí? 

Iba a acelerar sus pasos para pasar de largo y dejar a un lado el que fuera su antiguo portal cuando, de un salto, la muchacha, a escasos metros de ella, se subió al pequeño escalón  frente a la verja blanca y ancha, adornada con macetas de piedra en donde estuvo su casa. 

Sara se quedó inmóvil bajo la lluvia que arreciaba. La vio cómo buscaba  en su bolso, cómo sacaba las llaves. Del escaso racimo colgaba un pez dorado. Sara se llevó la mano a la boca. Ese pez… ¡Dios mío! Era el regalo de aquel chico que nunca fue su novio y que tantas veces le dijo: «es que yo te quiero». Siempre supo que la quería, y era verdad, la quería. Porque eso se sabe, se percibe en la mirada, en la palma de la mano cuando te roza, en cómo te mira el pelo, en cómo te pregunta: ¿dónde has estado? Si, ese  pez era el suyo. El muchacho se lo trajo de algún pueblo de la sierra en donde había ido con sus amigos una Semana Santa, mientras ella le contó una mentira sobre un viaje a un monasterio aragonés con su familia.

Sara golpeó la cabeza como si después de tantos años cayera en la cuenta de que  aquel regalo era absurdo. Sí, era absurdo que de un lugar de montañas le hubiese traído un pez dorado. ¿Mentía él también? 

Plantada en la acera, mojándose con la lluvia fría del  otoño, con la mirada puesta en una desconocida, pensó que hasta ese momento nunca había reparado en ello. Sí, recordaba aquel pez, vino envuelto en papel de celofán rojo. Después y durante años siempre fue con ella, dentro de su bolso. ¿Dónde se perdió? ¿Dónde estaba ahora ese pez?

Por todo su cuerpo, como si una mano de terciopelo le acariciara de arriba abajo con el recuerdo, sintió el tacto suave y frío del metal y el alivio que le proporcionara tantas veces al encontrarlo entre las agendas y los monederos, los cigarrillos o los lápices de labios dentro de su bolso. 

Nunca entendió muy bien lo que había pasado entre ellos, tampoco lo pensó mucho. Después de todo, nada era difícil una vez decidido, porque de repente, empezó su ir y venir de un lugar a otro, de una provincia a otra y su vida por fin se llenó de maletas. En la última conversación telefónica que mantuvieron, en una de aquellas llamadas que, a pesar de no desear, ella siempre esperaba, Sara le pidió que no volviera a llamar.  «Salgo con un chico y nos vamos a casar», le espetó. «¿Sí?…» Le oyó preguntar. Su voz pareció quebrarse levemente como si sintiera una profunda pena. Después de unos instantes de silencio tenso volvió a escuchar su voz: «Si haces algo, hazlo con el corazón, solo así funcionan las cosas». 

Sara se estremeció de nuevo, los años, los largos años pasados en la más absoluta soledad del alma se le echaron encima y los ojos se le empaparon con la lluvia…, con las lágrimas. ¿Era ese el secreto? ¿El corazón que le decía a gritos que no lo hiciera? Levantó la cabeza para sobreponerse y el pez tintineó entre el ruido callejero y las llaves plateadas. Sintió una rabia infinita contra esa muchacha que llevaba su gabardina beige, que vivía en su misma casa…

Se aproximó a la puerta dispuesta a arrebatarle el pez de entre las manos como si aquella desconocida se lo hubiera robado. Se puso a su lado. Estaban tan cerca que Sara rozaba la gabardina con su bolso. Iba a alargar el brazo para coger su mano delgada  y entonces, la muchacha apretó fuertemente entre sus dedos el pez dorado y volvió la cabeza sorprendida. La miró, sonrió forzadamente con un gesto de sorpresa interrogante  y la vio. Sí,  al fin veía su cara: la muchacha de la gabardina era ella… la muchacha de la gabardina era Sara.

Los misterios del museo

Puede ser un día interesante, por qué no. Hay muchas opciones, pero … Considerando que el calor  es bastante intenso, qué mejor que disfrutar de un Museo. En Madrid existen varios en un radio de menos de un kilómetro. Hay que elegir. Podría ser el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

¡¡¡Buena idea!!!

Cedida por Aspasia para LHM

Pues al Reina Sofía que nos vamos. Enorme edificio. Mejor dicho, edificios: Edificio Nouvel y Edificio Sabatini, cuyo nombre proviene del arquitecto italiano, Francisco Sabatini, quien continuó con su construcción tras el diseño realizado por José de Hermosilla, uno de los arquitectos más importantes de siglo XVIII, junto a sus contemporáneos Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez y el propio Sabatini. Es un edificio de estilo Neoclásico que fue Hospital General de Madrid.

Consta de cuatro plantas y una terraza, desde donde puede verse la zona de Atocha, con los edificios de alrededor reflejados en el material superior que hace de cubierta de la terraza.

Un vistazo nos lleva a ver Dalíes, Picassos, Mirós, Julio Romero de Torres y sus espléndidas mujeres.

Mujer en Azul de Pablo Ruiz Picasso, Muchacha en la ventana de Salvador Dalí. Y, cómo no, El Guernica de Picasso, cuyo título, al parecer, alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, durante la guerra civil española.

Mucha gente alrededor de esta famosa obra entorpeciendo el paso a otras salas. Los rostros no expresan especialmente ninguna reacción en uno u otro sentido.

No es un cuadro fácil de percibir. El horror que emana no permite precisamente disfrutar.  Así que no nos detenemos, seguimos viendo arte, seguimos cruzándonos con personas de todos los países, ávidos de arte.

Incluso los edificios con sus jardines son dignos de contemplar y admirar.

El personal del Museo ofrece con  amabilidad información precisa.

Es importante perderse, obnubilarse y abstraerse, la mente nos lleva a recuerdos y pensamientos. No es difícil por ello, de repente, no saber dónde nos encontramos.

La mente trasciende y vuela detrás de una pareja de enamorados absortos en su idílico momento.

Dos niños juegan alrededor, ausentes de la realidad de su entorno, el juego es su único interés, pero también observan, comentan y señalan algunas de las obras de arte, puesto que algunas son llamativas, otras extrañas, pero el arte lo admite todo.

La pareja de enamorados admira con entusiasmo tanta creatividad.

Observamos que la pareja de enamorados viste de los mismos colores y prendas que los dos niños que juegan, absolutamente ausentes del lugar en donde se hallan, sin embargo, sus mentes perciben lo que sus estancias irradian: arte y cultura.

Llama la atención la viveza del color de sus atuendos informales: playeras rojas, calcetines amarillos con pequeños dibujos de caballos, camisa blanca y pantalones rojos. Los cuatro iguales.

Sus figuras se reflejan en los cristales de las puertas ¿Es parte de la colección?, ¿pertenecen a una Exposición Temporal? Desde luego, no pasan desapercibidos para nadie. Atraen, emanan sonrisas, alegran los rostros. Ellos, ausentes, viven su momento. Recorren las salas sin modificar su expresión facial. Los niños se mueven entre las piernas de los adultos que observan las obras sin saber muy bien cómo interpretar algunas de ellas. Por extrañas, por inexpresivas o por desconocidas, sin embargo, sí perciben un aire cálido, un aire festivo que les envuelve, lo que les hace sentirse bien, disfrutar del momento, sonreír, admirar cuadros y esculturas. Y es que esas cuatro figuras propalan tanta fuerza positiva que arrastra hacia el optimismo, hacia la concordia.

Así que vamos detrás del cuarteto que se  dirige hacia uno u otro lado del museo, nos dejamos llevar y entramos en un pequeño cuartito con paredes cubiertas de papel pintado en tonos claritos, con dibujos pequeñitos y, de una de estas paredes, arranca una especie de cono negro que va alargándose y estrechándose, ocupando buena parte del espacio,  ¿qué puede ser?, todo lo que uno pudiera imaginar con semejante forma y color, un tanto tétrico, incluso escatológico.
Según la autora, “algo que asemeja cola-tentáculo-miembro”.

No sabemos cómo acabará la jornada la empleada vigilante, después de ocho horas encerrada en esa habitación sin ventilación. Es verdad que el color blanco, con miembros del cuerpo humano en miniatura que representa el papel de las paredes, es alegre, en contraste con la escultura negra.

Seguimos a estas cuatro figuras que desaparecen y  vuelven a aparecer por arte de magia.

Traspasan paredes, a veces se les escucha reír a carcajadas, lo que nos permite volver a encontrarlos y seguir su circuito dentro del museo.

De repente se escucha un estruendo y surge un resplandor en círculo, apareciendo una brillante nebulosa, convirtiendo las cuatro figuras en una maravillosa criatura mitológica,  un precioso caballo blanco alado,  agitando sus alas y moviendo su patas de tal manera que parece galopar en el aire.

A su alrededor surge una fuente con enormes chorros de leche proyectándose hacia el Olimpo y en medio se posa nada más y nada menos que Pegaso.

Todo queda a oscuras, relumbrando únicamente la blancura del  precioso corcel.

Empujada por no se sabe qué energía, me veo subida a su lomo y nadie más hay alrededor, se ha hecho la obscuridad, así que abre sus enormes alas y comienza un galope sobre los chorros de leche y somos empujados hacia el Edén.

Cabalgamos sin parar hasta la Vía Láctea que nos ofrece su brillante luminosidad.

Un nuevo mundo se abre ante mis ojos. Mi cuerpo se transforma en ninfa ante la presencia súbita de Apolo, Dios de la belleza, la perfección, la armonía y las artes, que amenaza o protege desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad.

Las ninfas del Olimpo me perciben como una amenaza, así que me siento cohibida por lo que intento pasar lo más desapercibida posible, sin embargo, mi fisonomía y mi indumentaria me delatan como alguien discordante, así que he de desprenderme de todos mis ropajes, exhibiendo mi dorado cuerpo, lo que llama la atención de Apolo, quien me ofrece su mano para llevarme a la presencia de Zeus, rey de los dioses. Afrodita, diosa de la belleza, la lujuria y la pasión, que cree tener competencia, se revuelve y se interpone entre Apolo y mi presencia, Artemisa, hija de Zeus y hermana de Apolo, defensora de la virginidad me toma de la mano, apartándome del bello Apolo. Atenea, diosa de la sabiduría, sale en mi defensa, evitando una confrontación. Es Pegaso quien me atrapa y me lleva en volandas al lugar de donde me había recogido.

Cedida por Aspasia para LHM

Una vez desaparecida la magia, la realidad se hace presente con la imagen del mítico Guernica y sus trágicas expresiones emulando los desastres, el infortunio y las desdichas de la propia vida, expuesto con todo el dramatismo de que es capaz de afrontar y experimentar el ser humano.

Devolvamos la calma a nuestra mente y visitemos las salas llenas de arte, imaginación y surrealismo.

Relajemos los sentidos para disfrutar.

La ciudad de lápiz

 

Cuando era niña, su madre, al verla pasar el tiempo con el lápiz en la mano, le decía: «por ese camino no llegarás a ningún sitio, ¡ponte a estudiar de una vez!» Y lo hacía: estudiaba… sí, ella estudiaba.

Con el tiempo, a pesar de que no se había dedicado al mundo del arte, ni siquiera pensó en ello nunca de manera seria, no había desistido de su costumbre de dibujar. Lo hacía sin darse cuenta, pintaba como una quimera infantil:  flores, macetas, casas o niños. En los últimos años, como un mantra, sobre cualquier cuartilla o sobre cualquier rincón del bloc de notas surgía de la punta de su lápiz  un centro urbano con una sola calle de ida y vuelta sobre la que transitaban coches y bicicletas. En el único lado de aquella calle los altos edificios mostraban sus ventanas de rayas; pintaba algún círculo que otro para romper la monotonía o, a veces, las dibujaba ovaladas. En la parte baja se veían con claridad las puertas de almacenes con grandes rótulos. En los tejados, las antenas de televisión se elevaban tímidamente hacia un cielo siempre vacío –las nubes estaban excluidas de esa rutina–. Si acaso, como si quisiera darle vida a ese espacio que, por ser cielo, era infinito, colocaba la silueta de alguna bandada de pájaros. Entre los últimos trazos que cerraban la escena siempre había varios árboles que sombreaban un banco. Bajo esos árboles dibujaba niños jugando a la pelota; lo dibujaba todo con la misma reiterada afición con la que pintaba un paso de cebra del que nunca se olvidaba. 

Al acabar, siempre se sentía decepcionada, solía pensar: tendría que esmerarme y pintar Nueva York. Era un propósito tardío,  cuando pensaba en los esbeltos rascacielos de estilo modernista que se destacan  y que hacen única a esa ciudad, ya era demasiado tarde su ciudad ya estaba de nuevo ante sus ojos.

Y ocurrió un día que,  en la consulta  de un  psiquiatra, con quien intentaba salir de uno de esos colapsos en que te coloca la vida y  en donde se sometía a un curioso  método de auto hipnosis para, se suponía, sanar entrando en el inconsciente, se encontró en aquella ciudad de trazos rápidos y precisos, hecha sin pretensiones de artista ocupando uno de aquellos recovecos misteriosos de la mente que pugnaba por cobrar vida.

Al levantarse del diván, le divirtió haber visto su ciudad de lápiz y se sorprendió de que aquel dibujo hubiese  estado en su mente, vivo… tan vivo que había creído percibir el frescor de los árboles, la dureza del banco de madera trazado con rayas infantiles o el runrunear de los coches sobre el asfalto.

Pero fue más tarde mientras caminaba sin prisa  de vuelta a casa, recordando las sensaciones que le producía la terapia, cuando tuvo la oportunidad de ordenar lo que empezaba a parecerle una curiosa visión.

Tendida sobre el diván, oía de nuevo el impulso de la voz del psiquiatra preguntado: «¿Qué ves? ¿Qué ves?»

Aquellas palabras solían ser mágicas y aquella vez también surtieron su efecto: entre  la nube púrpura cuajada de tintes amarillos, que solía marcar la entrada en el otro lado de la mente, se hizo la oscuridad de la que fue surgiendo  una nube de polvo brillante y vio una mujer sentada en la vera del camino. Como si hubiese esperado la señal, una luz se encendió iluminándola a ella y la mujer se incorporó   con elegante desenvoltura. La veía caminar de espaldas, empujaba levemente una brisa que acariciaba su vestido al ritmo de un balanceo cadencioso,  femenino. La vio ladear varias veces la cabeza tranquilamente, sin recelo, solo para asegurarse de que la luz de aquel foco la iluminaba y la seguía.

Nuevamente el impulso del psiquiatra:  “¿Qué ves? ¿Qué ves?” 

«Veo a una señora», contestó. «Pero no, no es una señora», recalcó enseguida con seguridad, «es una mujer». 

«Descríbela, dime, cómo es…»

La premura del psiquiatra le resultaba excitante e intentaba aguzar la vista. 

«No sé… es como si fuera una mujer de Jericó». Sí, sabía que tenía los ojos oscuros, la piel aceitunada de las gentes  del lado más oriental del Mediterráneo.  Vestía una túnica marrón como en los relatos bíblicos y a su alrededor no había paisaje, no había arboles, nada que describir en torno a ella, solo un camino de tierra bajo sus pies y el polvo brillante a su alrededor, que salpicada unas casi invisibles partículas que formaban parte del camino y brillaban como minúsculas estrellas. En un momento dado, se paró frente a un espejo o, no lo supo muy bien, tal vez era un cuadro con el marco de carey. 

La mujer caminante se reconoció: era su rostro, sus hombros…, la túnica sobre la cabeza estaba ribeteada de oro. Vio como descolgaba la imagen de sí misma, como la zarandeaba. Los ribetes de oro quedaron en el suelo y ella continuó su camino, ahora, torciendo a la derecha, marchó de nuevo; la ciudad, su ciudad, apareció frente a ella. Ya nada era de lápiz, era tan real como la propia vida.

El psiquiatra insistía: «No te pares, sigue describiendo lo que ves». 

Ella se resistía y se removió sobre el diván, era incómodo. A pesar de todo, las órdenes del médico eran tajantes  e intentó seguir describiendo lo que veía: «La mujer se ha sentado en el banco  frente a la calle y ha empezado a languidecer. Está sola, siente tristeza y  abandono».

Vio como alguien sobre una bicicleta se paraba frente a ella y la invitaba a subir. La mujer quería marcharse de allí, aunque fuera sobre un vehículo tan frágil y se levantó para ir a sentarse en el sillín trasero. Pero no pudo, una mano saliendo de las tinieblas de la nada la atrapó al vuelo y la bajó de aquel frágil vehículo. Un enorme coche la esperaba.

Se incorporó en el diván bruscamente. «No puedo seguir, quiero acabar», le espetó al psiquiatra: «Oiga, pero… ¿qué significa todo esto?».

El psiquiatra la miró con cara circunspecta. «No lo sé, tal vez esa mujer… sea usted».

 

En el camino portugués

De joven me dediqué a confeccionar guías para turistas. El tiempo y la nostalgia me han llevado a buscar en librerías de lo viejo, por si aún perdurara algún resto de mis experiencias por pueblos y ciudades de la geografía nacional. Nunca encontré gran cosa, pero, un día, por puro milagro, cayó en mis manos uno de esos ejemplares que hoy conservo como una reliquia, porque entre los muchos viajes que realicé, el que se recogía en aquellas páginas no era uno de tantos.

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Recuerdo que, en ese viaje, tuvo que ver el que mi jefe hubiera nacido en un pequeño pueblo –a tiro de piedra de las rutas  del camino portugués que llevan a Santiago de Compostela– y pensó que, puesto que comenzaba de nuevo la fiebre en torno al apóstol del caballo blanco, convendría, en beneficio del pueblo, trazar un pequeño desvío. 

— Por allí, desde tiempo inmemorial, vive un fraile – me dijo–. Se encarga de que la fe en lo divino no decaiga haciendo que se practique la virtud de la caridad y te aseguro que quien se encuentra con el fraile no lo olvida nunca. 

No voy a extenderme en los prolegómenos de aquel viaje accidentado, porque no viene al caso, pero lo cierto es que, a primeras horas de la mañana de un domingo de principios de la primavera, me situé frente al valle sobre el que se dibujaba el pueblo. Desde allí localicé la torre de una pequeña iglesia situada en el centro de lo que parecía una pequeña población. Busqué algún otro edificio que pudiera albergar una abadía o un convento  que justificara la existencia del inclino fraile, pero, a primera vista, las otras construcciones solo eran casas viejas. 

Al llegar a la plaza vi que el viejo edificio que albergaba la iglesia era, como todos los de su época, de piedra y muy sobrio. Dispuesto a encontrar las diferencias que solo el buen observador que yo me consideraba es capaz de apreciar, me dirigí hacia él. 

En el camino tuve que quitarme de encima a dos mendigos. Me costó, la verdad, pero es que siempre estuvo muy arraigado en mí eso de que no hay que dar peces sino que hay que enseñar a pescar y, al fin, pude entrar en el templo como acostumbro a entrar  en esta clase de recintos, con sigilo. 

Ya dentro, me vi atrapado por la mirada reprobadora de algunas antipáticas viejas -las clásicas beatas- y, al no atreverme a retroceder, busqué un sitio discreto en los últimos bancos e imité a la feligresía: me senté. 

Mentalmente iba anotando las características del templo: la planta era de cruz griega. En el centro del ábside, estaba el altar. Moviéndose con parsimonia, se veía al oficiante vestido con la casulla de color morado  -caí en la cuenta de que estábamos en los últimos días de marzo y por lo tanto en la Cuaresma. Algo que siempre me ha hecho recordar los potajes de garbanzos con bacalao de una infancia en la que todavía, por raro que parezca, se podía comprar una bula para comer con normalidad durante los 40 días previos a la Semana Santa-.

Sobre el altar, una cruz de madera sin relieve alguno colgaba del techo. Contrastaba fuertemente con el fondo de la centenaria piedra sin retablo –algo, por cierto, muy propio de las iglesias medievales que eran como cuarteles militares–. Ya se sabe que por aquel entonces hasta lo más alto del clero empuñaba la espada contra los infieles. Eran los tiempos de la lucha a muerte contra el pecado, el demonio y la carne, a lo que había que poner coto, sobre todo coto territorial. Y no sé por qué, pero al pensar en esa época, siempre me viene a la cabeza que el Papa Julio II, el inspirador de las maravillas de la capilla Sixtina, sentenciaba con la excomunión o daba la absolución espada en mano, o así lo creía yo.

No es que con las ocurrencias que transcribo quiera parecer  irreverente, no, ni siquiera soy ateo. Confieso haber recibido todos los sacramentos como católico a falta, por supuesto, de la extrema unción. Pero es que me ha costado años distinguir entre la doctrina de Jesucristo y la institución eclesiástica, que tantas veces se encuentran tan distantes o tal vez sea, simplemente,  por el ecumenismo reinante en estos tiempos, lo cierto es que le he perdido el respeto a las formas, los dogmas, los ritos y, a veces, a las personas que lo representan sea cual sea la religión. 

Pero volviendo a lo de mi viaje, vi que el sacerdote  era un hombre joven –demasiado, pensé– y que, para mi tranquilidad, la misa tocaba a su fin. Sabía que en cuestión de minutos el templo se quedaría vacío y seguí curioseando con la mirada cuanto me rodeaba: en el ala derecha, en lo que llaman el presbiterio, estaba la pila bautismal. Las estaciones del vía crucis salpicaban las columnas  marcando el tortuoso camino del calvario. Muy cerca de donde estaba había un antiquísimo púlpito de madera tallada. Todo guardaba una armonía perfecta en su hechura con el estilo arquitectónico del recinto. Sin embargo, no había imágenes, ni una virgen. Tampoco la inmaculada concepción, que en la entrada rezaba como patrona de la pedanía.

Estaba abstraído intentando justificar aquellas ausencias, porque los santos dan para mucho, cuando una suave corriente de aire me hizo volver la cabeza: a mi espalda, una puerta entreabierta sobre el consabido rosetón de agradable policromía, dejaba ver las columnas de un claustro monacal. Me acordé del fraile mendicante de quien hablara mi jefe y entonces se confirmó lo que pensaba: la iglesia no lo era todo. La idea de caminar entre las columnas de piedra de aquel claustro o descubrir la existencia de algún pasadizo tras una antigua biblioteca  llena de viejos volúmenes, empezó a impacientarme. Afortunadamente, enseguida, oí dar la bendición final. 

Cuando el oficiante se retiró después de la última genuflexión,  todos los presentes fueron desfilando hacia la puerta –las beatas las últimas, por supuesto–. Las distingo muy bien, tienen cara de llevar estampitas bendecidas en los bolsillos para dárselas a sus nietos en lugar de caramelos.  Vi como una de ellas cerraba la puerta del claustro y al fin me encontré sólo. 

El silencio se llenó del olor del incienso y la cera quemada. Permanecí sentado unos minutos observando los arcos de medio punto y las bóvedas de crucería que, en muy pequeños detalles, presagiaban el glorioso románico de Santiago y concentrado en la búsqueda del encuadre fotográfico, no pude evitar sobresaltarme al ver cómo se abría una puerta oscura tras unos antiguos reclinatorios. Sin duda era la sacristía y el joven cura salió de allí vestido con la sotana y el alzacuellos. 

La verdad es que me decepcionó que no fuera el abate  de la congregación y que no vistiera hábitos de alguna mística orden de dominicos o benedictinos. Pero no, por la fuerza con la que caminaba pensé que se había formado con los jesuitas: mis maestros de religión y los incansables guerreros de Dios. Llevaba un misal en la mano y, al verme,  hizo ademán de acercarse a mí -ya he dicho que son guerreros-. Mi mirada debió ser cortante como su propia e invisible espada, porque el hombre se paró  en seco y señaló a mi espalda un oscuro confesionario. Con el dedo índice le indique que no. Me pareció que me miraba con cierta burla, pero, al fin, se entretuvo un momento en la puerta del templo y después  salió.

Nuevamente solo, caminé hacia el altar por el pasillo central. No encontraba nada destacable más allá de la consabida austeridad del románico e iba a volver sobre mis pasos cuando un raro sonido me hizo volver la cabeza: la puerta del claustro se deslizaba sobre los viejos goznes, emitiendo el quejido de los siglos sin que aparentemente nadie la empujara. Esperé durante un instante, pensando que mi propio cuerpo debía recibir también la fuerza de aquel viento que arrastraba la pesada puerta, pero no. Todo estaba extrañamente inmóvil  y, la verdad, me sobrecogí. 

Sé que puede parecer muy raro lo que les voy a decir, después de haberme mostrado como lo que creo ser, un hombre moderno y pragmático, pero tuve la sensación de que alguien caminaba a mi encuentro e instintivamente, cerré los ojos. 

Al abrirlos, la figura de un franciscano  con el hábito raído y la capucha puesta, estaba parado frente a mí. Era un anciano barbudo, con el rostro adusto, seco como el de un viejo sacristán.  Llevaba las dos manos metidas dentro de las anchas mangas. Apenas a un metro de mí, sacó una de ellas, delgada y huesuda, y me la extendió ahuecada, como lo haría un mendigo. Rebelde, negué rotundamente con la cabeza -ya he dicho antes eso de los peces y la caña-. Y es que hay principios que no deben quebrantarse ni siquiera ante la visión de lo sobrenatural.

Entonces, impávido y boquiabierto, sentí como el fraile me metía la mano en el bolsillo y sacaba la billetera; le vi contar los billetes como si fuera un ávido banquero y  cómo extraía uno de cien pesetas. Luego, con la misma soltura volvió a meterla en mi bolsillo y tras guardarse el billete entre las mangas, me dio la espalda y desapareció. 

Ante lo que mi mente desechaba por irracional, metí la mano en mi bolsillo para agarrar la billetera tan fuertemente como pude y me alejé de la iglesia y del pueblo hasta alcanzar las alturas de las colinas que lo circundaban. Desde allí, a salvo de espíritus y ánimas  vivientes, pero todavía nervioso, hice algunas fotografías  para dejar constancia de mi paso; las mismas que luego se publicarían en la guía con el nombre del pueblo sobre una simple reseña que rezaba así: si te piden limosna, no te niegues.

Recuerdo que mi jefe se mostró reticente a tan escueto y frío comentario sobre su pueblo natal. Pero al fin, como gallego que era y por tanto sabedor de que, en los tiempos que corren, hay mucho escepticismo en torno a la existencia de las meigas y demás espíritus inconformistas, estuvo de acuerdo conmigo en que, después de todo, ante lo inexplicable, lo  mejor era que lo dejásemos así.