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Fantasía

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El sari amarillo

La fortaleza de Amber es un sorprendente complejo palaciego situado a escasos kilómetros al norte de la ciudad de Jaipur. Su enclave, que ocupa un lugar estratégico, está en el centro de un agrupamiento de montañas dominando el paso natural que, en otro tiempo, daba entrada al reino de los Maharajás de Kacchwaha desde el territorio de los mongoles del norte. Posee una larga historia que ha pervivido bajo la advocación de Amba, la diosa del pasado, a quien fue consagrada la ciudad que primero perteneció a los Minas, hábiles arqueros y luchadores de montaña, y posteriormente a los Rajput que, durante siglos, enriquecieron arquitectónicamente sus palacios imitando la suntuosidad y el lujo de los mogoles, pueblo de origen turco centroasiático, de religión musulmana sunita, que durante siglos ocupó gran parte de la India.

Sorprende el palacio de Amber por la belleza de sus recintos, sus cuidados jardines, las hermosas celosías de piedra calada que cubren las ventanas y sobre él, vigilando como una poderosa ave de rapiña, se descuelga el Fuerte de Jaigarh, lugar que nunca fue capturado durante los cientos de guerras tribales a lo largo de los siglos y que ha sobrevivido intacto, encerrándose tras sus sólidas murallas y gigantescos bastiones, para deleite de los miles de curiosos que se atreven a escalar las escarpadas cuestas sobre las que se asienta.  

Hoy en día, el pueblo en torno a la fortaleza, que ha crecido entre los valles y ascendiendo por las laderas de los montes vive gracias a la existencia de aquella joya histórica. Muchos de sus habitantes se dedican a la artesanía popular, confeccionan muñecos y juguetes, tiñen telas para turbantes o tejen magníficas alfombras, alimentan y lavan a sus elefantes, se improvisan como guías para subir las empinadas sendas hacia la fortaleza, limosnean y venden o reconstruyen, subidos en andamios de bambú, los restos de una civilización espectacular y romántica que tuvo en la guerra y en el lujo el mayor exponente de su razón para vivir.  

Pero la vida ha continuado a lo largo del tiempo, atrapada entre las luces y las sombras que forman las montañas replegadas para ocultar el pasado y para guarecerse de un presente que sigue, como siglos atrás, envolviendo con vaporosos saris a las mujeres hermosas del Rajastán y entre sus múltiples y calculados pliegues, algunas, muy pocas, han conseguido caminar en el tiempo hacia delante, proyectando con su sombra la esperanza de que existe para ellas un camino en el que es posible encontrar otra manera de vivir.

                                                     *   *   *

Archivo de LHM

La casa de la familia de Amita estaba situada en la ladera de una de
las colinas, al noreste y a las afueras del pueblo, a la sombra de las viejas murallas que aún se mantienen en pie y que rodean los terrenos que circundan la fortaleza y el palacio.  

Ella llegó allí hacía más de cinco años. Su matrimonio fue concertado cuando todavía era una niña, y el tiempo que tardó en salir para siempre de su casa y casarse fue el mismo que su padre tardó en reunir el dinero suficiente para pagar la dote a su nueva familia. Ahora, Amita acababa de cumplir los veinte años.

Su marido, Rhiva, era un hombre tranquilo e indolente. A pesar de ser solo algo mayor que Amita, estaba avejentado y a los pocos meses de que ella llegara a la casa perdió el poco interés que en principio le había manifestado. La madre lo dominaba por completo, desde pequeño había tenido una salud quebradiza y se había vuelto dependiente de los cuidados de ella, que le preparaba extrañas pócimas que le hacía beber continuamente. Era un hombre débil de carácter, pasaba los días pastoreando cabras y cultivando con su padre y su hermano mayor un escaso trozo de tierra, de donde sacaban lo necesario para el sustento de la familia. En los últimos tiempos, su aspecto se había deteriorado notablemente para desesperación de la madre, que se burlaba de él con crueldad por no conseguir tener descendencia. Amita puso todo de su parte, pero la apatía de Rhiva le había hecho, poco a poco, perder la esperanza de tener sus propios hijos.

Sin embargo, los primeros años fueron una época muy feliz para ella. Cuando llegó a la casa, Rakhi, la mujer del hermano mayor de su marido, todavía vivía y las dos mujeres se hicieron muy buenas amigas. Su cuñada era afable y optimista, su buen humor era contagioso y parecía que todos la apreciaban sinceramente. El trabajo de la casa y el cuidado de los dos ancianos, los padres de su suegro, se lo repartían entre ambas. Por las tardes se sentaban en el taller, donde ayudaban a confeccionar coloristas marionetas a su suegra que, después, esta ofrecía a los vendedores ambulantes, apropiándose con avaricia de todo el dinero que obtenía con las ventas.

Amita y Rakhi enseguida encontraron muchas cosas de que hablar en los largos paseos en busca del agua que transportaban en vasijas de metal colocadas sobres sus cabezas. Lo traían desde un pozo que quedaba a algo más de un kilómetro de la casa y las idas y venidas se convirtieron para las dos en los ratos más agradables del día. A veces, en el camino de vuelta, subiendo las cuestas empinadas, se paraban a descansar y se sentaban frente a la puerta de la casa de Rochan, un hombre que, al morir su mujer, había quedado solo con un único hijo pequeño todavía y de nombre Juhta.  

En aquella época, el niño se encargaba de cuidar la casa sin puertas en la que vivían mientras que el padre pasaba el día en las inmediaciones del lago Maota, limosneando entre los visitantes u ofreciéndose para hacer pequeños trabajos de albañilería. Con el dinero que obtenía, los dos sobrevivían con una mínima dignidad.  

Cuando Amita llegó, el chico era un diablillo de nueve o diez años que correteaba en torno a su casa, entraba y salía permanentemente de detrás de una cortina con dibujos de flores que separaba su escaso mundo familiar del mundo exterior.  

Desde pequeño, Juhta estaba muy apegado a Rakhi,que sentía por él un gran aprecio. Cuando el niño las veía venir, subiendo la cuesta, corría hacia ellas para seguir sus pasos imitando el andar cadencioso que a ambas les producía el peso del agua sobre sus cabezas. Para él, Rakhi era «la señora guapa de las montañas».  A veces, pues Juhta siempre insistía, los tres se sentaban sobre una piedra plana que había frente a su casa e, incansable, instaba a su cuñada para que contara cosas de un pueblo de Cachemira, en donde ella, hija de artesanos y vendedores ambulantes, había pasado gran parte de su infancia.  

Amita agradecía también esos momentos, pues su cuñada, cuando hablaba de aquellos tiempos, se transformaba: entrecerraba los ojos como si estuviera viendo las imágenes que describía y sus palabras transmitían una agradable sensación de calma y belleza. Escuchándola era muy fácil sentirse caminando entre los valles verdes y húmedos rodeados de altas montañas, con las cumbres cubiertas de nieve, o sentir los olores penetrantes de las frutas madurando al sol en los meses cálidos del verano. Amita, que no conocía otro paisaje más allá del dorado color de las arenas del desierto de donde procedía, conseguía oír el leve murmullo de un río de aguas cristalinas deslizándose suavemente bajo sus pies desnudos, metidos entre las piedras redondeadas y suaves. Solo tenía que cerrar los ojos para sentir el agua cosquilleando sus piernas y las salpicaduras heladas mojándole la piel bajo las ropas. Aquellas pequeñas emociones le hacían percibir una rara y placentera sensación en el estómago, que a ella le gustaba describir «como si se lo estuviera recorriendo un puñado de inquietas lagartijas».

Rakhi contaba que vivir allí, en Cachemira, aunque solo hubiese sido unos años, le había hecho entender muchas cosas de la vida. Conociendo aquellas tierras tan cambiantes, podía hacerse idea de lo grande y diverso que debía ser el mundo y cómo podía transformarse a consecuencia de la luz del sol, pues los suaves senderos de las montañas en verano se convertían en peligrosas pendientes en los inviernos, y los lagos cubiertos por el hielo, que te abrían paso sobre las planicies durante los meses del frío, se transformaban, a consecuencia del calor, en agua cristalina que se escapaba a través de los ríos y los pequeños torrentes en busca de otras tierras y de otras gentes, después de haber almacenado en su interior toda la pureza y la sabiduría de las viejas montañas.  

Allí Rakhi había aprendido las primeras letras en una escuela gratuita en donde enseñaba una extranjera. Cuando hablaba de ella siempre sonreía y la describía como una mujer vestida de niña, pequeña y delgada con los ojos azules como los ojos de los sabios brahmanes que, al terminar las clases, se sentaba con sus alumnas junto a la vía del ferrocarril para ver pasar el tren que partía, cada tarde a la misma hora, hacia el interior de la India. Describía aquellos trenes siempre llenos de gentes que saludaban, al verlas con las manos extendidas, despidiendo a los desconocidos que solían gesticular desde las ventanillas invitándolas para que ellas también subiesen al tren.  

Tal vez por eso, Rakhi amaba los trenes, decía que eran como el agua de los hombres: se deslizaban por la tierra cargados de gente en busca de sus sueños. «¿Sueños, Rakhi?», le preguntaba Juhta: «¿Qué son los sueños?» «Son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche. Ellas, si estas muy callado, siempre acaban revelándote cuales son los auténticos deseos de tu corazón. Esos son los sueños, Juhta».  

A veces, entre las telas de su sari, ella metía fotos y postales para enseñárselas al niño. Eran imágenes de viejas locomotoras que había traído consigo cuando se casó y que guardaba como si se tratara de su gran tesoro.

Para Amita, Rakhi era una mujer llena de secretos y misterios. Pensaba que era como una caja en la que, si metías la mano, siempre se podían sacar cosas distintas y maravillosas. Por eso, ella también, como hacía Juhta, jugaba a tirarle de la lengua y a hacerle hablar. Y a veces, cuando estaban solas, Rakhi ponía en palabras sus más íntimos sentimientos, despertaba sensaciones que no sabía que estaban en su interior y que, al percibirlas, le hacían notar una mano suave y aterciopelada que acariciaba las fibras más sensibles de su corazón haciéndola estremecer. Escuchando a Rakhi, Amita había vuelto a ver el rostro de su propia madre: una mujer dulce y sosegada que, mientras vivió, confeccionaba guirnaldas de flores para venderlas en las puertas de los templos. «¡Cierra los ojos!», le decía Rakhi y, entonces, como en su niñez, Amita era capaz de sentir aquellas manos tan queridas, impregnadas del polvillo de las flores, dejando un rastro dulzón sobre su cara de niña.  

Aunque la suegra de ambas la recriminaba con acritud, Rakhi dedicaba su escaso tiempo libre a leer y a escribir. Amita la veía muchas noches en un rincón de la cocina, vigilando los fogones y bajo la débil luz de una vela, ojeando cartillas y dibujando letras incomprensibles para ella, que la observaba celosa, pues cuando Rakhi estaba así, concentrada en aquella tarea, su mirada se volvía distante y parecía marcharse. Era como si estuviera en otro mundo, lejos y muy por encima de aquella sencilla existencia que ambas compartían.  

Uno de aquellos años, durante las ferias de Teej, en Jaipur, unas fiestas llenas de ruido y color que marcan la llegada de los monzones y se celebran para invocar las bendiciones de la diosa Parvati, las dos cuñadas se estaban vistiendo con sus mejores ropas para bajar juntas a la ciudad con toda la familia. Rakhi se había puesto un precioso sari amarillo con ribetes de color rosa fucsia que brillaba con hilos dorados entretejidos en la seda. Los ojos oscuros de Rakhi, parecían recoger el reflejo de la luz de la tela amarilla y estaban teñidos del suave color de la miel haciéndola parecer una mujer muy hermosa. Amita, admirada, le pidió que si algún día dejaba de usar aquel sari, tenía que dárselo a ella. Su cuñada no contestó enseguida, acarició despacio la tela y después de pensar, sonrió y le dijo que tal vez lo haría antes de lo que ella pudiera pensar. A cambio, le hizo prometer que la acompañaría esa misma tarde a un sitio al que debía ir.  

Ya en Jaipur, mientras las mujeres danzaban en procesión por una de las calles principales de camino al templo donde se festejaba a la diosa, Rakhi cogió la mano de su cuñada y ambas se escabulleron entre la gente, dejaron atrás las bulliciosas calles y atravesaron la ciudad para llegar a la estación de trenes.  

Allí se aproximaron a unas ventanas pequeñas donde se vendían los billetes para poder subir al tren. Rakhi estuvo preguntando, observando todo cuanto estaba escrito en una gran pizarra negra y mirando con detenimiento unos curiosos dibujos enmarcados en grandes cartelones que eran un misterio para Amita. Después se quedaron en el andén y durante un largo rato estuvieron mirando el ir y venir de la gente que, apresurada, subía y bajaba de los abarrotados vagones cargadas con bultos, maletas, cestas, animales y todo tipo de equipajes. Fueron testigos de escenas de despedidas y de reencuentros que hicieron reír y llorar a las dos amigas sentadas en un banco como si se tratara de las butacas de un cómodo teatro.  

En aquella estación, entre el ruido de las locomotoras y el ajetreo de la gente que entraba y salía, Rakhi le dijo a Amita que ella, un día no muy lejano, se marcharía desde aquella estación para no volver nunca más. Le habló de sus planes y le confió un gran secreto: hacía años que, a escondidas de su suegra, confeccionaba sus propias marionetas y las vendía por su cuenta guardando el dinero en un lugar escondido. Le contó que cuando tuviera suficiente, se cortaría el pelo, se vestiría de hombre y se marcharía subida en uno de aquellos trenes para no volver nunca más.

El tiempo se les escapó a ambas de entre las manos y al llegar a casa y entrar en la cocina, la suegra dirigió a Rakhi una mirada que a Amita le hizo estremecer.

—Prepárate, tu marido te dará un escarmiento por esto.

Vio a su cuñada erguirse orgullosamente y salir de la habitación.  Amita caminó detrás de ella, la miró despojarse de su precioso sari amarillo y mientras lo doblaba cuidadosamente, la observaba: estaba abatida como nunca y, temiendo que sus palabras sobre marcharse pudieran convertirse en realidad, Amita le dijo:

—No tienes que hacer caso a esa mujer, ella no nos quiere ni a ti ni a mí porque no tenemos hijos, pero eso no debería importarnos. Tú y yo podemos estar siempre juntas haciéndonos compañía. Ya somos como hermanas.

—No lo entiendes. Tú aún tienes tiempo, pero yo tengo que irme y pronto. Si no hago algo, me quitarán de en medio uno de estos días.  

—No digas eso.

—Siento el odio de la vieja. Ella me vigila día y noche y quién sabe lo que puede ocurrirme.  

—Pero, ¿por qué, Rakhi?

—El dinero de mi dote hace tiempo que debió acabarse. Sé que mi padre no puede dar más por mí y yo no he sido lo que ellos esperaban. Soy una carga que no van a soportar. Tengo que irme.

Amita la miraba incrédula.

—Pero no puedes decir eso, nosotros pertenecemos a nuestros maridos.

—No, Amita. Yo no pertenezco a nadie. Lo sé.

A los pocos días, a la hora del amanecer, Rakhi llevó a su amiga a la parte trasera de la casa. Allí, detrás de un arbusto con el tronco lleno de púas, excavó la tierra hasta encontrar una lata, la abrió. En su interior había unos cientos de rupias y un recorte de papel de periódico. Sacó el papel y se lo entregó a Amita.  

—Este año, cuando cesen las lluvias, me marcharé y si a ti las cosas no te salen como esperas y alguna vez decides marcharte de aquí, ve a este sitio, está en la ciudad de Bombay —le alargó el papel. A Amita le temblaban las manos sin atreverse a cogerlo.

—Pero, ¿y tú?, ¿A dónde irás?

—No te preocupes por mí, yo me lo he aprendido de memoria —insistió con un gesto de su mano para que Amita cogiera el papel, que la miraba indecisa.

—Pero yo no puedo leer lo que dice aquí, Rakhi.  

—Eso no importa. Guárdalo donde nadie lo encuentre y si algún día lo necesitas, pregunta a la gente, encontrarás a alguien que sepa dónde está ese lugar. —Amita cogió el recorte en el que había la foto de una mujer que parecía una anciana y un letrero escrito con letra impresa. Rakhi siguió explicando—:Es la casa de una mujer que vive en esa ciudad, acoge a viudas y mujeres que no tienen a dónde ir. Una vez lo encontré entre las hojas de un periódico que recogí tirado en la calle y lo guardé. Fue entonces cuando empecé a reunir dinero con la esperanza de poder marcharme. He ido muy despacio, lo sé, pero no tengo mucho tiempo para trabajar por mi cuenta y los muñecos que confeccionamos, a nosotros nos los pagan muy baratos, pero ahora sé que quienes los venden a los visitantes y a los extranjeros que suben a la fortaleza, cobran mucho dinero por ellos.  

»Ojalá que lo hubiera sabido antes, podría haber ido más deprisa, ahora puede que ya sea muy tarde —Rakhi volvió a ocultar la caja bajo el arbusto y Amita se guardó el papel que le dio su amiga. Ya en la casa, lo escondió cuidadosamente entre sus ropas de fiesta.

Habían pasado unos días desde que Rakhi le confiara sus secretos. Las lluvias de aquel año estaban siendo muy intensas y su suegra, una mañana en la que el cielo apareció limpio de nubes, encargó a Rakhi tapar un agujero en lo alto de la fachada de la casa: la pared había empezado a hincharse acumulando agua bajo la pintura y amenazaba con caerse a trozos. Amita se prestó para ayudarla. Su amiga estaba subida en el último de los peldaños de la escalera cuando este se quebró y la mujer cayó al suelo golpeándose la cabeza con el escalón de piedra de la entrada. Murió en el acto ante la mirada atónita de Amita que nada pudo hacer por socorrerla.  

El accidente la hizo enmudecer durante semanas. Deambulaba por la casa como una sonámbula creyendo ver por los rincones la figura esbelta y huidiza de su amiga, vestida con el sari amarillo ribeteado de fucsia y aquellos hermosos ojos con los tintes dorados de la miel, que brillaban en la oscuridad.  

Cuando recuperó el sentido de la realidad, comprobó que nada había quedado de su cuñada, todas sus pertenencias se habían quemado con ella: sus cuadernos, las postales, sus ropas, el precioso sari amarillo con ribetes de color fucsia, y hasta el peine de metal que tanto le gustaba había desaparecido, era como si su cuñada nunca hubiese existido. Antes de que transcurriera un año, Rakhi fue sustituida por una jovencita presumida y díscola que llenó de satisfacción a su suegra, pues, a los pocos meses de su llegada, estaba embarazada y dio a luz al deseado nieto.  

El tiempo fue pasando para Amita, Rhiva se volvía más y más huidizo. Su suegra, que observaba la indiferencia con que su hijo se dirigía a ella, empezó a mirarla con desconfianza y a tratarla como si fuera una mujer inútil y vaga a pesar de que, sobre ella, con el embarazo de la nueva esposa, había ido recayendo todo el trabajo pesado de la casa. Ahora ella sola se encargaba de traer el agua, lavaba la ropa de todos, ayudaba en la cocina, se ocupaba de alimentar y vestir a los dos viejecitos y por las tardes trabajaba en el taller, en donde muchos días era la única que se dedicaba a la tarea de confeccionar marionetas bajo la vigilancia de la suegra que le exigía más y más premura en su trabajo.

Después de que su nueva cuñada diera a luz, la mirada de su suegra se volvió más extraña todavía. Amita sentía escalofríos pues, a veces, se volvía movida por una rara sensación y encontraba a la mujer observando sus movimientos. Entonces las palabras de Rakhi le venían a la memoria comprendiendo su significado. Los miedos de su amiga empezaron a formar parte de ella misma y la sensación de sentirse un estorbo en aquella casa fue haciéndose una certeza.  

*    *    *

Aquel año había acabado la época del monzón. La suegra de Amita empezaba a estar nerviosa, pues necesitaba ir haciendo acopio de sus marionetas y títeres para los vendedores ambulantes, que ya habían empezado a venir a buscar su mercancía. Uno de aquellos días, Amita entró en el taller. Sobre una tabla donde se cortaban las maderas, las tiras de cartón piedra y las telas para los trajes de las marionetas, reconoció el sari amarillo de Rakhi: estaba cortado en trozos y repartido en pequeños montones. Al verlo, Amita sintió cómo se le enrojecía el rostro, agachó la cabeza para que nadie notara su turbación y las lágrimas se le deslizaron por las mejillas, cayendo sobre los trozos de seda que ahora tenía entre sus manos. Apretó los dientes para sobreponerse y se secó el rostro mojado. Su suegra se impacientaba.

—¿Te pasa algo?

Amita tragó saliva.

—No, no me pasa nada.

—¡Pues, vamos, muchacha!, que hay mucho que hacer.  

Se sentó y amontonó frente a ella todo lo necesario para dar forma a uno de los muñecos. Cogió el palo que servía de armazón al cuerpo y, sobre él, clavó con cuidado la cabeza de una maharaní con los enormes ojos negros, los labios pintados de rojo y el bindi, redondo y grande, colocado entre las cejas perfiladas por los trazos de la pintura oscura. Acarició la tela cuidadosamente antes de empezar con sus manos diestras a repartirla para formar vuelos y pliegues. Los ojos le escocían tratando de evitar que las lágrimas resbalasen por sus mejillas mientras cosía y rellenaba las mangas, ribeteaba con maestría los bordes del vestido con la seda de color fucsia, remarcaba la cintura y daba forma definitiva a los muñecos hasta coser los gruesos hilos que darían vida a la marioneta.  

Estaba colocando una pequeña cadena que imita los adornos que llevan algunas mujeres del Rajastán entre la oreja y la nariz cuando se fijó en los ojos de la muñeca que tenía entre sus manos: como los de Rakhi el día de la fiesta del Teej, aquella tela amarilla había suavizado el color oscuro de la pintura negra, que ahora mostraba los tintes dorados del color de la miel.  

Se mordió los labios por la sorpresa, notó que le temblaban las manos, pero al terminar la muñeca, la colocó sentada frente a ella y, como una autómata, cogió otro montón a su lado, volvió a empezar, una y otra vez, su tarea. Fue haciendo pliegues, cosiendo mangas, cubriendo las cabezas con saris y turbantes, bordeando manos y pies con las cintas del color fucsia. Sobre la mesa de trabajo se amontonaron los muñecos: diez, doce pares de marionetas perfectamente acabadas reposaban junto a ella. Era muy avanzada la noche cuando abandonó su trabajo. Sobre la mesa no quedaban restos del sari amarillo.

Al día siguiente, la muchacha se despertó mucho antes de que amaneciera. Sabía que aún era de noche, pero no podía permanecer más tiempo acostada, se sentía inquieta como si algo nuevo y excitante tuviera que ocurrir. Se incorporó y escudriñó con la mirada a su alrededor: Rhiva dormía profundamente, su respiración era acompasada y tranquila. Con cuidado de no despertarlo se fue deslizando sobre la esterilla hasta que sus pies tocaron el suelo. Sin incorporarse del todo, cogió sus ropas y abandonó la habitación.  

En el exterior, el cielo sin nubes estaba cuajado de estrellas en medio de un absoluto silencio. Se dirigió a la escalera y subió a la parte superior de la casa que acababa en una amplia terraza.  

Se sentó encogida en uno de los rincones y contempló el firmamento: parecía una alfombra oscura bordada de piedras brillantes lanzando destellos inalcanzables. Como cuando Rakhi hablaba, el puñado de lagartijas vivarachas volvió a recorrerle el estómago y cerró los ojos para recordar: «Sueños son lo que te cuentan las estrellas cuando te sientas a contemplarlas por la noche». Una ligera brisa le acarició el rostro y levantó la mano para tocarse la frente, las pulseras que rodeaban su brazo cayeron como una cascada, tintineando en el silencio que reinaba a su alrededor, y aquel sonido hizo que Amita se encogiera estremecida e insignificante.  

Conteniendo el aliento, volvió a cerrar los ojos buscando en su interior las hermosas imágenes que la consolaban de la soledad en que se sentía desde la muerte de Rakhi. Intentaba recordar las visiones evocadoras, pero en su mente no había trenes cargados de gente con las manos extendidas que invitaban a subir ni aguas cristalinas que se deslizaban bajando entre torrentes de las viejas montañas, no había signos extraños ni letras que abrieran sus ojos al conocimiento y a la sabiduría. Solo había una larga raya amarilla que, en la lejanía, separaba el cielo de la tierra caliente y áspera a la que ella pertenecía.  

Se encogió de hombros con las lágrimas asomadas a sus pupilas y dejó que se deslizaran sobre su rostro. Al fin, se limpió la cara mojada y apretó los dientes con rabia. Tal vez fuera ese su único sueño: aquella larga raya en el horizonte hacia la que necesitaba caminar con los pies ardiendo por el calor de la tierra, seca y estéril, que para ella significaba estar viva.  

Poco a poco, fueron desapareciendo las estrellas y la claridad del amanecer empezó a hacerse más viva a su alrededor. El olor a comida subía hasta la terraza y Amita, temiendo que la echaran de menos, se sacudió con cuidado el sari, se atusó el pelo y bajó las escaleras apresuradamente.  

Al entrar en la habitación, su suegra, con un áspero acento, la dejó clavada en la puerta:

—¿Dónde estabas?

La mujer la miraba de arriba abajo.

—Me levanté demasiado temprano y para no hacer ruido, he subido arriba, quería respirar un poco de aire fresco.

—Las holgazanas siempre encuentran una razón para no estar en el sitio que deben.

Amita volvió su cara hacia el fogón sin contestar.  

Las dos mujeres estuvieron trajinando en silencio y al poco rato la habitación estaba llena con los tres hambrientos hombres que, antes de salir para sus quehaceres, desayunaban sin apenas dirigirse la palabra unos a otros. Ella iba sirviendo y recogiendo después los desperdicios que quedaban sobre las esterillas y su suegra entraba y salía de la habitación pendiente de todo, observando cada uno de sus movimientos y buscando poder reprocharle cualquier descuido.

La mujer se sentó un momento junto a los hombres que seguían comiendo sin mirarla.

—Mañana voy a marcharme a mi visita anual al templo.

Se dirigió a Rhiva que había levantado la cabeza para escucharla.

—Este año no iré sola, me llevo a Shirha conmigo y también al niño. Ya tiene edad para acompañarnos y le gustará, podrá jugar con otros niños en el camino. Además, tenemos suerte, Rhaguni nos acompaña. Quiere llevar a su hija para buscar una casamentera en aquel pueblo, aquí no encuentra quien quiera emparentar con ella.

—¿Estarás fuera muchos días, madre? Rhiva le preguntó sin mucho interés.

—No, solo serán tres.

Amita escuchaba con atención. Tuvo la sensación de que alguien estaba moviendo los hilos de su vida, como si fuera una de las marionetas que esperaban salir de aquella casa para ser vendidas y sus músculos empezaron a desentumecerse. Cuando todos se hubieron marchado y pudo salir de la casa, se dirigió al lugar donde Rakhi tenía su escondite. Había pensado muchas veces en ir a recoger lo que ocultaba su cuñada, pero, hasta ese momento, había sentido una extraña sensación de respeto y no se había atrevido a hacerlo.  

Excavó bajo el arbusto con las ramas llenas de pinchos, hizo un hoyo profundo y ancho esperando que sus dedos chocaran por fin con el metal enterrado, pero, para su sorpresa, allí no había nada: la caja había desaparecido.  

Pasó el resto del día ocupada, intentando que nadie notara algo diferente en ella pues, a pesar de no haber encontrado la caja entre los arbustos, sin saber por qué, una fuerte resolución la dominaba, y fue urdiendo su plan.  Por la noche, se esforzó para no quedarse dormida, temía no despertar a la hora que se había propuesto. El tiempo transcurría lento y silencioso. Por fin, antes de que amaneciera, escuchó el trajín de su suegra y de su cuñada, las protestas del niño cuando lo levantaron. En cuanto todo volvió a quedar en silencio y estuvo segura de que se habían marchado, se levantó y se asomó a la calle. A lo lejos, se distinguían las siluetas de las mujeres que se alejaban. Shirha llevaba al niño colgado a su espalda y las observó hasta que se perdieron bajando la cuesta hacia el centro del pueblo.  

No tenía tiempo que perder. Se dirigió al taller y encendió una vela para poder moverse entre los montones de tela, los botes de pintura y los rollos de cartón piedra. El desorden reinaba en la habitación, sin embargo, ella conocía palmo a palmo cada rincón y sabía dónde estaba situada cada cosa. Levantó la tapa de uno de los arcones y de allí sacó varios juegos de marionetas vestidas con el sari de Rakhi. Eligió dos parejas y las metió con cuidado en una bolsa de tela. Volvió a la cocina e introdujo la bolsa con las marionetas en la vasija vacía y preparada para ir en busca el agua.  

Se esforzó en no olvidar ningún detalle para dejar los desayunos de los hombres dispuestos junto al fogón antes de que aparecieran. El fuego estaba encendido y, en cuanto creyó que todo estaba listo, salió de la casa con el recipiente del agua sobre su cabeza.  

Bajó hacia el pueblo. Apenas hacía un rato que la luz de la mañana empezaba a iluminarlo todo y aún las calles permanecían vacías. A pesar de todo, la muchacha caminaba aproximándose cuanto podía a las paredes de las casas como si de aquella manera nadie pudiera verla. Atravesó los lugares que solían estar más concurridos y se fue acercando a los aledaños de la fortaleza.  

Al llegar a la última esquina, antes de que comenzaran los jardines que rodeaban el lago Maota, asomó con precaución su cabeza: la explanada estaba vacía. Se alejó unos pasos del lugar en donde se encontraba. Las dudas le asaltaban: tal vez, aquel día nadie acudiría a visitar la fortaleza o, tal vez, ese no era el lugar indicado. Pero no, estaba segura, no había otro sitio por el que acceder a la cuesta por la que subían los elefantes. Respiró profundamente para calmarse y buscó con la mirada un sitio para esperar sin ser vista.  

Cerca de ella, apoyadas contra una de las paredes de la calle, reparó en un montón de grandes cañas de bambúes: estaban preparadas para formar andamios y usarlos en la construcción y se apilaban contra la pared dejando un estrecho hueco en su inclinación. Con un pequeño esfuerzo logró hacerse sitio y colarse entre las gruesas cañas y la pared. Se sentó en el suelo y se arrebujó entre sus ropas conteniendo la respiración. Al cabo de unos momentos, empezó a tranquilizarse: el sitio era perfecto para esperar y los latidos de su corazón se hicieron más leves.  Fueron pasando los minutos con una lentitud que a Amita le parecía desesperante, pero, poco a poco, el silencio se fue llenando de sonidos. A través de las ranuras, veía el movimiento de pequeños vehículos y de la gente que iba y venía. Los elefantes habían empezado a pasar ante ella rozando las cañas.  

Hubo de esperar más de una hora hasta que creyó distinguir el ruido que producía la llegada de los autobuses y esto hizo que, convencida de que era el momento, se incorporara y escudriñara a través de las ranuras. Al fin, decidida, colocó cuidadosamente la vasija escondiéndola entre las cañas, extrajo la bolsa con las marionetas, se arregló el sari tapándose la cabeza y, mordiendo con los dientes uno de los bordes para ocultar su cara, salió al exterior.

Archivo de LHM

 

No se había equivocado, los primeros y madrugadores visitantes para subir a la fortaleza ya estaban allí. La gente formaba grupos hablando animadamente y tomando posiciones junto a las escaleras que les permitirían subir a los palanquines. Los vio parados contemplando y fotografiándolo todo. Notaba que algunos se quejaban del fuerte olor de los excrementos de los animales que se repartían por el suelo junto a las grandes charcas de los orines de los paquidermos.  

Salió a la explanada, enseguida notó las miradas penetrantes de los extranjeros fijándose en ella y señalando su atuendo. Apretó sus manos contra el cordón de la bolsa de tela que colgaba de su hombro y trató de desaparecer de la vista de aquella gente que la intimidaba. Sin darse cuenta, se encontró metida entre las patas de los elefantes que formaban un gran círculo.  

Observó a su alrededor. Nunca se había aproximado tanto a aquellos animales que ahora le parecían enormes y amenazadores. Percibía su aliento y en torno ella, formando una barrera, veía la piel oscura de sus cuerpos: eran de un color entre gris y marrón y estaba cubierta de grietas y pliegues que se arrugaban cayendo por las patas hasta las pezuñas ennegrecidas y duras.  

Levantó la cabeza, las trompas y las orejas de todos ellos estaban decoradas con pinturas de colores muy vivos: los rosas fluorescentes y los verdes chillones formaban flores, ramas y guirnaldas que se entrelazaban dibujando bonitas fantasías. En torno a ellos, los mahaouts, vestidos con trajes blancos y provistos de sus turbantes de un fuerte color rojo, desplegaban y arreglaban las telas del engualdrapado dando un vivo aspecto a la escena y aturdiendo a la muchacha que, inmóvil, se sentía atrapada en aquel mundo de elefantes y hombres como si fuese un laberinto sin salida que la mareaba.  

A su espalda alguien le obligó a volver la cabeza:

—¿Qué haces aquí, pazguata?

Uno de los mahaouts, con el bastón de azuzar en la mano, hizo una señal para que se marchara. Pero Amita no pudo moverse.

—¿Es que no me has oído?

Ella seguía mirando desconcertada al hombre sin poder contestar.

—Este no es sitio para una mujer ¡Lárgate!, asustas a los elefantes. A ellos no les gustan las mujeres indias, son muy holgazanas.

Se armó de valor, dio unos pasos inseguros para alejarse y se encogió sin saber hacia dónde dirigirse. En aquel momento, entre los animales, creyó reconocer la cara de Juhta.

Observó atentamente para no equivocarse. Ya era casi un hombre pero, sin duda, se trataba de él. Amita se aproximó despacio hacia donde se encontraba y pronunció su nombre con desesperación.

—¡Juhta!

El muchacho la miró y ella retiró el trozo de tela que cubría su cara para que pudiera reconocerla.

—¡Amita! Pero, ¿qué haces aquí?

El muchacho sonreía extendiendo los brazos y ella volvió a taparse la cara y le habló en voz baja.

—Voy a vender mis marionetas a los extranjeros. Tienes que ayudarme.

—¿Cómo dices?

El muchacho se acercó para oírla mejor y Amita repitió levantando la voz.

—Voy a vender marionetas a la gente que visita la fortaleza.

—Pero, ¿cómo?

—No sé cómo, pero las tengo aquí. —Con un gesto le señaló la bolsa colgada en su espalda.

—¿Ellos lo saben?

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Amita.  

Juhta sonrió al darse cuenta de que la mujer no sabía nada.

—Pero, ¡qué cosas se te ocurren, mujer! No podrás. Aquí todo está arreglado y la gente que vende no te dejará que lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque son siempre los mismos y solo pueden hacerlo ellos. —Juhta señaló en dirección a la cuesta.

—¡Mira!, esos son los que se reparten la tarea.

Amita parpadeó deslumbrada por el reflejo de la luz del sol que reverberaba al chocar con las paredes amarillas de los altos muros. Tuvo que entrecerrar los ojos para poder distinguir a varias personas sentadas formando pequeños grupos en los distintos tramos de la cuesta.

—¿Lo ves? Están esperando a que los elefantes empiecen a subir.  Pero todos los que venden son de la misma familia. Es su manera de ganarse la vida desde hace mucho tiempo y solo ellos pueden hacerlo.

Amita lo miró, apretó los puños y con un gesto de obstinación insistió:

—¡Yo lo haré!

—No seas loca, si te cogen intentándolo te darán una paliza, y si consigues vender algo, te quitarán el dinero.

—¡No!, sé que me respetarán, yo soy quien cose para ellos.  

—Eso es peor todavía. Si ellos saben quién eres, te buscaran hasta en tu propia casa. Es mejor que te marches de aquí si no quieres tener problemas. Inténtalo por la calle, tal vez tengas suerte.

—¡No!, yo sé que lo conseguiré, es aquí donde pagan las marionetas muy caras.

Amita miró al muchacho con gesto de súplica.

—¿Sabes qué es lo que hay que hacer?

Juhta levantó los hombros impotente y dispuesto a marcharse.

—Bueno, ¡allá tú! Vender no es lo difícil. Si encuentras el momento, colócate y sube caminando al lado de algún elefante o entre la gente que va a pie y no te canses de porfiar hasta que lo consigas. Se trata solo de marearlos. Cuando lo hayas hecho, márchate lo antes que puedas y escóndete. Delante de la gente puede que no se atrevan a hacerte nada, pero luego te quitarán el dinero antes de que llegues a tu casa o te lo irán a reclamar allí mismo. Pero —el muchacho insistió— ¿por qué lo haces, mujer?

Amita contestó con la voz temblorosa.  

—¿Te acuerdas de los trenes de Rakhi? Juhta sonrió mientras agachaba la cabeza.

—Claro que me acuerdo.

—Voy a marcharme en uno de esos trenes, Jhuta. Tego que hacerlo, si no lo hago, yo también moriré como ella.

Amita sostuvo la mirada del muchacho y, segundos después, levantó la mano para despedirse. Le dio la espalda y se retiró buscando el abrigo de una pared cercana. Juhta la siguió con la mirada mientras la veía, con pasos inseguros, mezclarse de nuevo con los animales. Permaneció pensativo un momento más, miró hacia arriba con preocupación: desde el apeadero se entreveía el camino que serpenteaba ascendiendo por la ladera de la montaña. El trayecto se delimitaba por altos muros que terminaban en pequeñas formas redondeadas y era flanqueado en algunos tramos por enormes puertas que estrechaban el paso. Él conocía el camino a la perfección, sabía que las puertas debían ser atravesadas por los elefantes en su ascensión y pensó que constituían un buen lugar para apostarse. Sin pensarlo más siguió a Amita y se colocó a su espalda.

—Si estás decidida, lo que tienes que hacer es subir hasta la última puerta de las murallas. Desde aquí no se ve, pero tú la encontrarás cuando subas: está donde el camino se quiebra para entrar en la fortaleza. Allí, los elefantes tienen que dar un giro pronunciado para hacer el último tramo antes de entrar en el interior de los jardines del palacio y la puerta es muy estrecha. Cuando llegan, casi todos ya han conseguido vender algo y, como no caben, dejan a la gente en paz. Escóndete y espera detrás de ese último arco hasta que los elefantes lo hayan traspasado. Aún tienes tiempo antes de llegar a la entrada del recinto. Pero ten cuidado y date prisa, los guardias están al tanto y, si te ven, vendrán a apartarte. Ellos también se llevan lo suyo y no permiten que nadie interfiera en su negocio.  

La muchacha, que había seguido con la mirada las indicaciones de Juhta, parecía haberlo entendido. Hizo con la mano un gesto de despedida, sonrió nerviosa y agradecida y se apresuró a iniciar la ascensión por la cuesta.  

Los adoquines de piedra hacían fácil el camino. Amita subió pegada a los muros. El sendero aún estaba vacío y el corazón empezó a latirle con fuerza. Para acallar los zarpazos que retumbaban en su interior, apretó sus manos contra los cordones de la bolsa en donde estaban guardadas las marionetas. Sobre su espalda, la tela parecía pesar como el plomo, pero siguió ascendiendo con pasos rápidos.  

Al fin, llegó a la última y pronunciada curva de la que hablara Juhta. Atravesó el umbral, y bordeando el pequeño muro que separaba la confluencia de los dos caminos, se paró y asomó la cabeza para mirar lo que ocurría a su espalda: una comitiva de seis o siete elefantes había empezado la lenta ascensión.  

Los paquidermos caminaban muy despacio con las cabezas bajas, los palanquines con los turistas sentados de dos en dos se balanceaban al ritmo del movimiento acompasado y lento de los animales. Los puntos rojos de los turbantes de los mahaouts se clavaron en su vista como una amenaza que se fuera aproximando.  

En torno a la comitiva, la muchacha veía acercarse a los vendedores que caminaban junto a los elefantes. Los observó con detenimiento tratando de averiguar lo que hacían y cómo lo hacían. Los veía ir y venir entre las pesadas patas, gesticulando ostensiblemente y mostrando las mercancías que levantaban estirando los brazos para alcanzar la altura de los palanquines.  

A medida que se aproximaban, la cabeza de Amita daba vueltas, le flaqueaban las piernas y por primera vez empezó a sentir que aquello que se había propuesto era una locura. Trató de distraer sus pensamientos mirando por encima de los muros que conformaban el sendero: sobre los árboles que descendían por la ladera, el lago Maota estaba rebosando de agua; sobre él, los estudiados jardines de dibujos geométricos parecían flotar sobre las aguas verdosas. Amita se mareaba de nuevo, apoyó la espalda contra las paredes del arco que formaba la puerta y volvió a mirar hacia el sendero: ahora los elefantes estaban a escasos treinta metros y podía oír con claridad las voces de los vendedores gritando palabras para ella ininteligibles: «bonito, bonito, compra».  

De nuevo, los veía en su ir y venir corriendo con las manos cargadas de objetos. Todos eran muchachos jóvenes, ágiles y rápidos en sus movimientos que reían y saludaban inclinándose ante la gente con desenvoltura.

En aquel momento, el primer elefante estaba aproximándose a la puerta estrecha. Al verlo tan cerca, Amita se apartó ascendiendo de espaldas unos metros para quitarse del camino. Sobre las piedras se quedó inmóvil, contempló al animal, que con su cuerpo ocupaba todo el espacio que permitía las paredes que formaban la abertura. Con la mirada despavorida y aferrada a los cordones de su bolsa, se quedó clavada sin acertar a dar un paso para recuperar su posición en el centro del camino.  

Los vendedores se habían quedado atrás y ella vio cómo, uno a uno, todos los animales iban traspasando el umbral estimulados por los gritos de los mahaouts. Amita intentaba moverse, pero las piernas no le respondían. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la visión se hizo borrosa a su alrededor. Agachó la cabeza y apretó los puños. De nuevo la bolsa colgada en su espalda le pesaba como el plomo e, instintivamente, al ver el espacio abierto y vacío frente a ella, empezó a descender con pasos rápidos sintiéndose ligera y aliviada.

En una pequeña plaza, que se formaba en medio del trayecto de ascensión al fuerte, sus piernas flaqueaban y se paró. Indecisa, se aproximó al muro y miró de nuevo hacia arriba. Había desistido de sus propósitos e intentó pensar en otra cosa.  Ahora el camino estaba muy transitado y se fijó en la gente que subía a pie: muchos de ellos eran extranjeros, se distinguían por sus ropas. Los hombres, y sobre todo las mujeres, iban muy mal vestidos, llevaban pantalones que dejaban al descubierto sus piernas delgadas y blancas. Sus movimientos le parecieron masculinos y sin gracia, con aquellos extraños zapatos blancos que les hacían parecer estúpidas ocas con los pies muy grandes. Se sentía en un mundo ajeno a ella en donde todo era disparatado y absurdo.  

Miró hacia abajo recorriendo lentamente el camino recubierto de piedras gastadas y brillantes. De nuevo, se oían las voces de la gente en torno a otra comitiva de elefantes que ascendía con su ritmo pausado. Entre ellos, Juhta, subido sobre el cuello del animal y con el turbante rojo anudado sobre la cabeza, sonreía como si fuera sentado en un trono.  

Lo vio pasar y hacerle un guiño señalándole con su vara en dirección a lo alto del camino. Amita cerró los ojos, durante un momento los latidos del corazón volvieron a golpear con fuerza en su interior. Descolgó de su hombro la bolsa con las marionetas, introdujo la mano y sacó una pareja. Acarició la seda amarilla y, apretándolos entre sus manos, inició de nuevo el ascenso hacia la última puerta.  

Ahora corría abriéndose paso entre la gente.  

Al llegar, se sentó sobre el muro expectante. Cuando los sonidos de las voces de los vendedores y el olor de los animales se fueron haciendo más cercanos, se incorporó atenta a todo cuanto pasaba a su alrededor y esperó a que llegara el momento.  

Al fin, antes de atravesar la puerta, Amita vio cómo un muchacho cerraba el trato con los turistas que, desde arriba, le tiraron los billetes que cayeron al suelo. En aquel momento salió al centro de la subida.  

Observó al animal atravesar el umbral y enseguida se colocó junto el elefante con sus marionetas en la mano.  

Sentados en el palanquín, un hombre y una mujer reían con las bocas muy abiertas y señalaban con el dedo algo en la lejanía.  

Aún se mantenía oculta bajo el trozo de tela que mordía rabiosamente entre los dientes. Abrió la boca, su cara quedó al descubierto sin importarle que alguien pudiera reconocerla y empezó a gesticular para llamar la atención de aquella gente. Repetía las raras palabras que había oído decir a los demás vendedores: «¡Eh! ¡Eh! Bonito, bonito». Los extranjeros la ignoraban y ella, cada vez más alto gritaba: «Bonito, bonito. Compra, compra».  

La mujer la observaba recorriendo su figura, la vio sonreír y, rápidamente, la muchacha tiró las marionetas a las manos de ella que se las devolvió negando con la cabeza. Volvió a tirarlas, una y otra vez, mientras la extranjera repetía: «¡no!, ¡no!».

Amita, notaba el sudor que se deslizaba por su cara cayéndole sobre el cuello. Varias veces estuvo a punto de caer al pisar el borde de su sari. Tropezaba dando traspiés.

La mujer seguía observándola ahora con desesperación temiendo que cayera al suelo, y le hacía gestos con la mano para que abandonara su empeño.  

Se dio cuenta de que había despertado su simpatía y de que era importante que no dejara de mirarla e insistir. Mientras, ella había vuelto a tirarle uno de los muñecos con los preciosos vestidos de Rakhi.  

La comitiva llegó a la entrada de acceso al recinto palaciego. En aquel momento, alguien la cogió del brazo con fuerza.  

—¿Has pagado tu entrada, muchacha?

Ella, sin ver de quién se trataba, se desasió rabiosa y continuó hacia delante dando traspiés hasta llegar al apeadero. Ahora, las marionetas estaban de nuevo en sus manos.

Parada frente al elefante, vio que el mahaoutabandonaba su posición para ayudar a la gente a encontrar la forma de bajar. Era su última oportunidad y de nuevo tiró los muñecos que cayeron en el regazo de la mujer, que ocupada en buscar donde apoyarse, los retuvo.  

En aquel momento, una mano enorme y sudorosa asió su brazo. Ella miró de reojo y vio el uniforme de uno de los guardias del fuerte. Tiraba hacia él para que se apartara mascullando palabrotas entre dientes. Forcejeó, apretando fuertemente sus pies contra el suelo para no ser arrastrada de la escena. Ahora no podía dejar de mirar a la mujer que aún mantenía los muñecos sobre la falda mientras esperaba su turno para descender del palanquín.  

Al fin, la extranjera ya estaba en el suelo. La miraba, se daba cuenta de lo que estaba pasando y Amita vio que hurgaba nerviosa en su bolso. Ella, con ganas de gritar, seguía forcejeando con el guardia que sonreía cínicamente empujándola cada vez con menos disimulo.  

El hombre se había colocado entre las dos mujeres e, instintivamente, Amita extendió su mano bajo los brazos del guardia y la extranjera introdujo entre sus dedos unos billetes arrugados.  El guardia, atento al gesto, cogió la mano de Amita y la sostuvo apretándola hasta hacerle daño mientras seguía sonriendo.  

Cerca de ellos, Juhta había descendido del elefante. Le vio irrumpir en la escena y aproximarse de espaldas hasta ellos. Con un rápido movimiento de su palo de azuzar, Juhta pinchó al guardia en el trasero, que se estiró profiriendo un grito de sorpresa. En aquel momento el hombre le soltó la mano y Amita echó a correr hacia la salida de la fortaleza.  

Corría descendiendo la cuesta y apretando los billetes en la palma de su mano. El aire caliente le quemaba la cara y el corazón daba zarpazos en su interior. Alguien se interpuso en su camino con los brazos abiertos insultándola. Pero, ciega por la rabia, golpeó el cuerpo que se interponía en su camino dando un fuerte zarpazo con la cabeza, y el hombre se apartó. Le oyó gritar a su espalda que sabía quién era. Volvió a taparse la cara con la punta del sari y se fue entremezclando con la gente que subía y bajaba, hasta que se encontró de nuevo en la explanada, que ahora estaba muy concurrida.  

Dio la vuelta a la esquina por la que había llegado de buena mañana, se introdujo tras las cañas de bambúes y se sentó en el suelo: estaba exhausta y confundida.  

Sin mirar, metió el dinero en la bolsa de tela y la introdujo en el recipiente del agua. Esperó algunos minutos para tranquilizarse, alerta a cuanto ocurría fuera de su escondite: la gente pasaba indiferente junto a las cañas. Al fin, más serena, se decidió a salir a la calle y se alejó en dirección a su casa.

Al llegar, los dos ancianos dormitaban en un rincón de la cocina. A su alrededor, reinaba el desorden.  Se sentó abatida en el suelo frente al fogón en donde se consumían los últimos leños e intentó tranquilizarse. Aún sentía la angustia de las últimas horas, pero poco a poco se fue dando cuenta de lo que había hecho. Sin duda las consecuencias recaerían sobre ella y sobre la familia, tendría que pagar muy cara su imprudencia. Se acordó de Rakhi, ella hubiese sabido hacerlo sin ser reconocida. Pero estaba decidida, ahora más que nunca, debía encontrar la manera de obtener el dinero que necesitaba.  

Más tranquila y resignada, se dispuso a realizar sus tareas. El recipiente del agua había quedado olvidado en la entrada, lo recogió, de su interior sacó las marionetas y el dinero; lo miró con asombro. No podía creerlo, era mucho más de lo que ella esperaba encontrar. Se le escapó un grito de júbilo y con los cabellos despeinados, se dirigió al taller.  

Allí hizo un hatillo con todas las marionetas vestidas con el sari amarillo y entró en la habitación donde dormía. Se vistió apresuradamente con ropas de su marido. De entre los pliegues de su sari de fiesta, sacó el recorte de periódico que le diera Rakhi, lo escondió en su cintura y se colocó un turbante sobre la cabeza. Sin mirar atrás, salió de la casa para siempre.  

*     *     *

En el Mercado de los Ladrones de Bombay, en una de las esquinas más concurridas, entre tiendas de antigüedades, de alfombras y de viejos trastos, hay un taller de artesanía. En la puerta cuelgan ramilletes de marionetas del Rajastán: maharajaes, maharaníes y caballos ricamente enjaezados. Dentro, más de cuarenta mujeres trabajan cosiendo, con cuidado exquisito, las finas telas de colores espléndidos para dar vida a aquellos personajes de las tierras del sol y de la luna, que supusieron la vida para Amita y que siguen siendo para muchas de ellas el precio de sus propias vidas.  

Ha pasado el tiempo, Amita aún cuenta que llegó a Bombay vestida de hombre, subida en un tren desde Jaipur y abrazada a sus marionetas con los preciosos trajes amarillos hechos con el sari de Rakhi. Fue una hermosa herencia que le permitió descubrir que ella también era la dueña de un hermoso sueño: el sueño de estar viva.

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos 

El pez dorado

Sara seguía pegada a la acera ancha y poco concurrida que desembocaba en la calle más comercial y cara de la ciudad. Estaba ensimismada frente al escaparte. Sin embargo, las maletas de aquella carísima tienda ya no le atraían como en otro tiempo; aquel atardecer nublado, en la imagen reflejada que le devolvía el cristal, vio a una mujer sumergida en un mundo ambiguo de certezas y de perplejidades. Como si fuera polvo, su pasado era solo ceniza y vacío y el futuro era un camino arduo que había que empezar a dibujar de nuevo partiendo de la nada. 

Se encogió de hombros para seguir deambulando calle arriba cuando, el guiño de una  nube hizo  una travesura con la imagen que se reflejaba en el cristal y, detrás de ella, creyó verse a sí misma convertida en la estudiante de otro tiempo. Fue solo un instante, pero la Sara que acababa de jugar con sus recuerdos había estado a su lado durante unos segundos enfundada en una gabardina de color beige que recordaba muy bien. 

Enseguida desapareció.

Miró a su alrededor…, por un instante hubiese deseado atrapar aquella muchacha para meterla en el bolsillo de su abrigo y protegerla de todos aquellos años pasados en los que había estado tan lejos de sí misma. Su deseo la hizo seguir con la mirada los escaparates que acababan en la esquina a más de diez o doce metros, con la esperanza de que el juego siguiera y pudiera ver hacia dónde se había marchado la dueña de la gabardina beige. 

Giró la cabeza para ampliar la visión: en el otro lado de la calle, la fachada servía de fondo a una decena de motos aparcadas en perfecta simetría. Tras ellas, los grandes escaparates de la tienda aparecían llenos de zapatos, que salpicaban sus colorines, tras el reflejo de la larga calle con las siluetas ondulantes de los transeúntes, que aparecían  irreales  y volátiles por efecto de los claroscuros de la luz grisácea. 

En ese momento, el corazón le dio un vuelco: sobre el cristal, esquiva y lejana, la imagen de la muchacha se deslizaba como una mancha clara por la calle principal. La vio fugazmente para desaparecer enseguida mezclada entre la gente. 

Sara reaccionó y caminó calle abajo, dobló la esquina y anduvo deprisa hasta acercarse a pocos metros de ella. 

La seguía a corta distancia. Se sentía metida en la estela  del aire roto que iba dejando a su paso. Serenó su manera de caminar y su silueta se fue alejando poco a poco hasta que dejó de sentir sus pasos golpeándole en el estómago. Respiró aliviada al poder observarla a sus anchas: caminaba  por el centro de la acera, segura de sí, sin distraerse con nada. La cabeza erguida sobre unos hombros no muy anchos, le hizo bajar la mirada hacia la cintura que se movía rítmicamente con movimiento de atleta; las botas oscuras, casi planas, y un bolso marrón en bandolera, que se pegaba a su frágil figura, componían la imagen de la jovencita a la que Sara perseguía. 

Era una chica corriente –pensó–, tal vez demasiado delgada. Podía pasar fácilmente desapercibida y realmente nadie parecía reparar en ella. 

La vio como cruzaba otra de las calles y corrió  tras ella porque el semáforo parpadeaba e iba a cambiar de color de un momento a otro. Siguiéndola, bajó las escaleras del metro. La muchacha se había dirigido hacia la máquina automática que daba acceso al entramado de túneles con un billete en la mano. Impaciente para no perderla de vista pidió en la ventanilla el suyo, lo pagó y entró por el mismo pasillo por el que la había visto desaparecer. 

Recordaba muy bien esa estación: no era profunda, pero, si no se apresuraba, podría perderla con la llegada de un tren que no tuviera tiempo de coger. Pero no, ella estaba allí, de pie, muy cerca de la raya amarilla que indica peligro. A sus pies, el hueco profundo que recorrían los oscuros raíles y al fondo, orlando su cabeza, la espesa negrura del túnel subterráneo. 

La muchacha esperaba tranquilamente apretando un libro que parecía querer escaparse por debajo de sus brazos: era tan parecida a ella misma que se estremeció. Si pudiera verle la cara –pensó–. Hizo un ademán para sacar del bolso sus gafas de miope pero, enseguida se oyó el chirrido del tren frenando hasta llegar lentamente ante la boca negra del próximo túnel. 

Pasaron varias estaciones. Al fin, justo en el momento en que el tren se paraba, vio cómo se acercaba a una de las puertas y se preparaba para salir pidiendo disculpas a otros pasajeros que se interponían en su camino. Ella imitó sus gestos y al abrirse las puertas salió al andén entre el gentío. Solo la miraba a ella, pero todo le resultaba familiar. Bien podría ser la estación que en otro tiempo le llevaba a su propia casa. Si era así, mejor –pensó–, más tarde sabría como regresar. 

Subió las escaleras  y mientras la seguía se preguntó qué habría en su cabeza. Cuando ella hacía ese trayecto –ahora empezaba a reconocerlo todo–, solía estar preocupada por la hora. En aquel momento la vio mirar el reloj y, al abandonar la escalera, sus pasos se hicieron más rápidos, casi corría. Sin duda quería llegar pronto a casa y evitar que su madre preguntara la razón de su tardanza. Como ella misma, debía odiar tener que dar explicaciones. Después de todo, su madre en cuanto llegaba más allá de las nueve siempre pensaba mal. Algún chico que la acompañaba, y a saber quién era el chico o alguna amiga que pudiese ser una mala influencia. «La reputación es muy importante y hay que saber muy bien con quién  se mezcla uno…». Se lo había oído decir tantas veces. 

Caminando  otra vez detrás de ella, recorrió el conocido pasadizo que conducía a la calle en donde un acordeonista, sentado en el suelo junto a un ajado sombrero, apoyaba la cabeza sobre el teclado mudo y amarillento, descansaba con los ojos cerrados. A Sara le vino a la cabeza la triste imagen de un autómata sin cuerda. 

Muy cerca la una de la otra, salieron a la calle. La vio encorvar la espalda levemente al sentir las gotas de una llovizna suave que empezaba a caer sobre el asfalto. Le pareció que se hacía más pequeña, más insegura. Debía llevar el libro apretado contra el pecho y, sin saber por qué, aquella fragilidad le recordó la larga y angustiosa enfermedad de su madre. Las idas y venidas al hospital, la piel delicada de su cara, las manos casi perfectas cuando murió. Con el tiempo, esas manos que estuvieron tan ajadas se habían ido suavizando a fuerza de no trabajar y a ella le gustaba acariciarlas: eran las manos de una princesa.

Ya en plena acera de la calle, muy ancha y casi solitaria, Sara se fijó un instante en sus propios zapatos sobre el asfalto oscuro, que repiqueteaban estúpidamente sobre el suelo mojado y le vino a la

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cabeza aquello de las flores: «a mi hija le gustan mucho las flores» . 
Cuántas veces, agradecida, se habría repetido a sí misma esta frase que le conmovió aquel día cuando, en vez de recriminarla por haber gastado el dinero inútilmente, le mostró al médico el sencillo ramo de claveles  que descansaban en un jarrón de cristal sobre su mesita de noche, mientras le decía aquella frase mágica que viviría como un eco después en su memoria. Se estremeció al recordar. Pocos días después, su madre moriría.

Sí, era su madre quien solía repetir que a los muertos los olvidas enseguida. «Tal día hizo un año y ya está», siempre lo decía. Pero se equivocaba, hay muertos a los que nunca olvidas. Parece que se van pero no es verdad, regresan, siempre regresan en ese movimiento permanente, circular y traicionero en el que vive la memoria y si en el pasado quedaron heridas sin curar, sangran una y otra vez. Con el tiempo, acabas por aceptar que esas heridas ya no tienen cura: forman parte de tu vida, son tu misma vida.

Una gruesa gota de agua de lluvia le devolvió a la realidad. Era tan absurdo estar persiguiendo a una desconocida. Y… ¿por qué no?–pensó–. Ahora,  ¿a quién le importaba? Por primera vez en mucho tiempo sabía muy bien en donde estaba. El azar le había devuelto a su antigua calle y a otros tiempos que había olvidado.

Contuvo una carcajada pensando que estaba volviéndose loca ¿Qué hacía ella allí? 

Iba a acelerar sus pasos para pasar de largo y dejar a un lado el que fuera su antiguo portal cuando, de un salto, la muchacha, a escasos metros de ella, se subió al pequeño escalón  frente a la verja blanca y ancha, adornada con macetas de piedra en donde estuvo su casa. 

Sara se quedó inmóvil bajo la lluvia que arreciaba. La vio cómo buscaba  en su bolso, cómo sacaba las llaves. Del escaso racimo colgaba un pez dorado. Sara se llevó la mano a la boca. Ese pez… ¡Dios mío! Era el regalo de aquel chico que nunca fue su novio y que tantas veces le dijo: «es que yo te quiero». Siempre supo que la quería, y era verdad, la quería. Porque eso se sabe, se percibe en la mirada, en la palma de la mano cuando te roza, en cómo te mira el pelo, en cómo te pregunta: ¿dónde has estado? Si, ese  pez era el suyo. El muchacho se lo trajo de algún pueblo de la sierra en donde había ido con sus amigos una Semana Santa, mientras ella le contó una mentira sobre un viaje a un monasterio aragonés con su familia.

Sara golpeó la cabeza como si después de tantos años cayera en la cuenta de que  aquel regalo era absurdo. Sí, era absurdo que de un lugar de montañas le hubiese traído un pez dorado. ¿Mentía él también? 

Plantada en la acera, mojándose con la lluvia fría del  otoño, con la mirada puesta en una desconocida, pensó que hasta ese momento nunca había reparado en ello. Sí, recordaba aquel pez, vino envuelto en papel de celofán rojo. Después y durante años siempre fue con ella, dentro de su bolso. ¿Dónde se perdió? ¿Dónde estaba ahora ese pez?

Por todo su cuerpo, como si una mano de terciopelo le acariciara de arriba abajo con el recuerdo, sintió el tacto suave y frío del metal y el alivio que le proporcionara tantas veces al encontrarlo entre las agendas y los monederos, los cigarrillos o los lápices de labios dentro de su bolso. 

Nunca entendió muy bien lo que había pasado entre ellos, tampoco lo pensó mucho. Después de todo, nada era difícil una vez decidido, porque de repente, empezó su ir y venir de un lugar a otro, de una provincia a otra y su vida por fin se llenó de maletas. En la última conversación telefónica que mantuvieron, en una de aquellas llamadas que, a pesar de no desear, ella siempre esperaba, Sara le pidió que no volviera a llamar.  «Salgo con un chico y nos vamos a casar», le espetó. «¿Sí?…» Le oyó preguntar. Su voz pareció quebrarse levemente como si sintiera una profunda pena. Después de unos instantes de silencio tenso volvió a escuchar su voz: «Si haces algo, hazlo con el corazón, solo así funcionan las cosas». 

Sara se estremeció de nuevo, los años, los largos años pasados en la más absoluta soledad del alma se le echaron encima y los ojos se le empaparon con la lluvia…, con las lágrimas. ¿Era ese el secreto? ¿El corazón que le decía a gritos que no lo hiciera? Levantó la cabeza para sobreponerse y el pez tintineó entre el ruido callejero y las llaves plateadas. Sintió una rabia infinita contra esa muchacha que llevaba su gabardina beige, que vivía en su misma casa…

Se aproximó a la puerta dispuesta a arrebatarle el pez de entre las manos como si aquella desconocida se lo hubiera robado. Se puso a su lado. Estaban tan cerca que Sara rozaba la gabardina con su bolso. Iba a alargar el brazo para coger su mano delgada  y entonces, la muchacha apretó fuertemente entre sus dedos el pez dorado y volvió la cabeza sorprendida. La miró, sonrió forzadamente con un gesto de sorpresa interrogante  y la vio. Sí,  al fin veía su cara: la muchacha de la gabardina era ella… la muchacha de la gabardina era Sara.

Los misterios del museo

Puede ser un día interesante, por qué no. Hay muchas opciones, pero … Considerando que el calor  es bastante intenso, qué mejor que disfrutar de un Museo. En Madrid existen varios en un radio de menos de un kilómetro. Hay que elegir. Podría ser el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

¡¡¡Buena idea!!!

Cedida por Aspasia para LHM

Pues al Reina Sofía que nos vamos. Enorme edificio. Mejor dicho, edificios: Edificio Nouvel y Edificio Sabatini, cuyo nombre proviene del arquitecto italiano, Francisco Sabatini, quien continuó con su construcción tras el diseño realizado por José de Hermosilla, uno de los arquitectos más importantes de siglo XVIII, junto a sus contemporáneos Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez y el propio Sabatini. Es un edificio de estilo Neoclásico que fue Hospital General de Madrid.

Consta de cuatro plantas y una terraza, desde donde puede verse la zona de Atocha, con los edificios de alrededor reflejados en el material superior que hace de cubierta de la terraza.

Un vistazo nos lleva a ver Dalíes, Picassos, Mirós, Julio Romero de Torres y sus espléndidas mujeres.

Mujer en Azul de Pablo Ruiz Picasso, Muchacha en la ventana de Salvador Dalí. Y, cómo no, El Guernica de Picasso, cuyo título, al parecer, alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, durante la guerra civil española.

Mucha gente alrededor de esta famosa obra entorpeciendo el paso a otras salas. Los rostros no expresan especialmente ninguna reacción en uno u otro sentido.

No es un cuadro fácil de percibir. El horror que emana no permite precisamente disfrutar.  Así que no nos detenemos, seguimos viendo arte, seguimos cruzándonos con personas de todos los países, ávidos de arte.

Incluso los edificios con sus jardines son dignos de contemplar y admirar.

El personal del Museo ofrece con  amabilidad información precisa.

Es importante perderse, obnubilarse y abstraerse, la mente nos lleva a recuerdos y pensamientos. No es difícil por ello, de repente, no saber dónde nos encontramos.

La mente trasciende y vuela detrás de una pareja de enamorados absortos en su idílico momento.

Dos niños juegan alrededor, ausentes de la realidad de su entorno, el juego es su único interés, pero también observan, comentan y señalan algunas de las obras de arte, puesto que algunas son llamativas, otras extrañas, pero el arte lo admite todo.

La pareja de enamorados admira con entusiasmo tanta creatividad.

Observamos que la pareja de enamorados viste de los mismos colores y prendas que los dos niños que juegan, absolutamente ausentes del lugar en donde se hallan, sin embargo, sus mentes perciben lo que sus estancias irradian: arte y cultura.

Llama la atención la viveza del color de sus atuendos informales: playeras rojas, calcetines amarillos con pequeños dibujos de caballos, camisa blanca y pantalones rojos. Los cuatro iguales.

Sus figuras se reflejan en los cristales de las puertas ¿Es parte de la colección?, ¿pertenecen a una Exposición Temporal? Desde luego, no pasan desapercibidos para nadie. Atraen, emanan sonrisas, alegran los rostros. Ellos, ausentes, viven su momento. Recorren las salas sin modificar su expresión facial. Los niños se mueven entre las piernas de los adultos que observan las obras sin saber muy bien cómo interpretar algunas de ellas. Por extrañas, por inexpresivas o por desconocidas, sin embargo, sí perciben un aire cálido, un aire festivo que les envuelve, lo que les hace sentirse bien, disfrutar del momento, sonreír, admirar cuadros y esculturas. Y es que esas cuatro figuras propalan tanta fuerza positiva que arrastra hacia el optimismo, hacia la concordia.

Así que vamos detrás del cuarteto que se  dirige hacia uno u otro lado del museo, nos dejamos llevar y entramos en un pequeño cuartito con paredes cubiertas de papel pintado en tonos claritos, con dibujos pequeñitos y, de una de estas paredes, arranca una especie de cono negro que va alargándose y estrechándose, ocupando buena parte del espacio,  ¿qué puede ser?, todo lo que uno pudiera imaginar con semejante forma y color, un tanto tétrico, incluso escatológico.
Según la autora, “algo que asemeja cola-tentáculo-miembro”.

No sabemos cómo acabará la jornada la empleada vigilante, después de ocho horas encerrada en esa habitación sin ventilación. Es verdad que el color blanco, con miembros del cuerpo humano en miniatura que representa el papel de las paredes, es alegre, en contraste con la escultura negra.

Seguimos a estas cuatro figuras que desaparecen y  vuelven a aparecer por arte de magia.

Traspasan paredes, a veces se les escucha reír a carcajadas, lo que nos permite volver a encontrarlos y seguir su circuito dentro del museo.

De repente se escucha un estruendo y surge un resplandor en círculo, apareciendo una brillante nebulosa, convirtiendo las cuatro figuras en una maravillosa criatura mitológica,  un precioso caballo blanco alado,  agitando sus alas y moviendo su patas de tal manera que parece galopar en el aire.

A su alrededor surge una fuente con enormes chorros de leche proyectándose hacia el Olimpo y en medio se posa nada más y nada menos que Pegaso.

Todo queda a oscuras, relumbrando únicamente la blancura del  precioso corcel.

Empujada por no se sabe qué energía, me veo subida a su lomo y nadie más hay alrededor, se ha hecho la obscuridad, así que abre sus enormes alas y comienza un galope sobre los chorros de leche y somos empujados hacia el Edén.

Cabalgamos sin parar hasta la Vía Láctea que nos ofrece su brillante luminosidad.

Un nuevo mundo se abre ante mis ojos. Mi cuerpo se transforma en ninfa ante la presencia súbita de Apolo, Dios de la belleza, la perfección, la armonía y las artes, que amenaza o protege desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad.

Las ninfas del Olimpo me perciben como una amenaza, así que me siento cohibida por lo que intento pasar lo más desapercibida posible, sin embargo, mi fisonomía y mi indumentaria me delatan como alguien discordante, así que he de desprenderme de todos mis ropajes, exhibiendo mi dorado cuerpo, lo que llama la atención de Apolo, quien me ofrece su mano para llevarme a la presencia de Zeus, rey de los dioses. Afrodita, diosa de la belleza, la lujuria y la pasión, que cree tener competencia, se revuelve y se interpone entre Apolo y mi presencia, Artemisa, hija de Zeus y hermana de Apolo, defensora de la virginidad me toma de la mano, apartándome del bello Apolo. Atenea, diosa de la sabiduría, sale en mi defensa, evitando una confrontación. Es Pegaso quien me atrapa y me lleva en volandas al lugar de donde me había recogido.

Cedida por Aspasia para LHM

Una vez desaparecida la magia, la realidad se hace presente con la imagen del mítico Guernica y sus trágicas expresiones emulando los desastres, el infortunio y las desdichas de la propia vida, expuesto con todo el dramatismo de que es capaz de afrontar y experimentar el ser humano.

Devolvamos la calma a nuestra mente y visitemos las salas llenas de arte, imaginación y surrealismo.

Relajemos los sentidos para disfrutar.

La ciudad de lápiz

 

Cuando era niña, su madre, al verla pasar el tiempo con el lápiz en la mano, le decía: «por ese camino no llegarás a ningún sitio, ¡ponte a estudiar de una vez!» Y lo hacía: estudiaba… sí, ella estudiaba.

Con el tiempo, a pesar de que no se había dedicado al mundo del arte, ni siquiera pensó en ello nunca de manera seria, no había desistido de su costumbre de dibujar. Lo hacía sin darse cuenta, pintaba como una quimera infantil:  flores, macetas, casas o niños. En los últimos años, como un mantra, sobre cualquier cuartilla o sobre cualquier rincón del bloc de notas surgía de la punta de su lápiz  un centro urbano con una sola calle de ida y vuelta sobre la que transitaban coches y bicicletas. En el único lado de aquella calle los altos edificios mostraban sus ventanas de rayas; pintaba algún círculo que otro para romper la monotonía o, a veces, las dibujaba ovaladas. En la parte baja se veían con claridad las puertas de almacenes con grandes rótulos. En los tejados, las antenas de televisión se elevaban tímidamente hacia un cielo siempre vacío –las nubes estaban excluidas de esa rutina–. Si acaso, como si quisiera darle vida a ese espacio que, por ser cielo, era infinito, colocaba la silueta de alguna bandada de pájaros. Entre los últimos trazos que cerraban la escena siempre había varios árboles que sombreaban un banco. Bajo esos árboles dibujaba niños jugando a la pelota; lo dibujaba todo con la misma reiterada afición con la que pintaba un paso de cebra del que nunca se olvidaba. 

Al acabar, siempre se sentía decepcionada, solía pensar: tendría que esmerarme y pintar Nueva York. Era un propósito tardío,  cuando pensaba en los esbeltos rascacielos de estilo modernista que se destacan  y que hacen única a esa ciudad, ya era demasiado tarde su ciudad ya estaba de nuevo ante sus ojos.

Y ocurrió un día que,  en la consulta  de un  psiquiatra, con quien intentaba salir de uno de esos colapsos en que te coloca la vida y  en donde se sometía a un curioso  método de auto hipnosis para, se suponía, sanar entrando en el inconsciente, se encontró en aquella ciudad de trazos rápidos y precisos, hecha sin pretensiones de artista ocupando uno de aquellos recovecos misteriosos de la mente que pugnaba por cobrar vida.

Al levantarse del diván, le divirtió haber visto su ciudad de lápiz y se sorprendió de que aquel dibujo hubiese  estado en su mente, vivo… tan vivo que había creído percibir el frescor de los árboles, la dureza del banco de madera trazado con rayas infantiles o el runrunear de los coches sobre el asfalto.

Pero fue más tarde mientras caminaba sin prisa  de vuelta a casa, recordando las sensaciones que le producía la terapia, cuando tuvo la oportunidad de ordenar lo que empezaba a parecerle una curiosa visión.

Tendida sobre el diván, oía de nuevo el impulso de la voz del psiquiatra preguntado: «¿Qué ves? ¿Qué ves?»

Aquellas palabras solían ser mágicas y aquella vez también surtieron su efecto: entre  la nube púrpura cuajada de tintes amarillos, que solía marcar la entrada en el otro lado de la mente, se hizo la oscuridad de la que fue surgiendo  una nube de polvo brillante y vio una mujer sentada en la vera del camino. Como si hubiese esperado la señal, una luz se encendió iluminándola a ella y la mujer se incorporó   con elegante desenvoltura. La veía caminar de espaldas, empujaba levemente una brisa que acariciaba su vestido al ritmo de un balanceo cadencioso,  femenino. La vio ladear varias veces la cabeza tranquilamente, sin recelo, solo para asegurarse de que la luz de aquel foco la iluminaba y la seguía.

Nuevamente el impulso del psiquiatra:  “¿Qué ves? ¿Qué ves?” 

«Veo a una señora», contestó. «Pero no, no es una señora», recalcó enseguida con seguridad, «es una mujer». 

«Descríbela, dime, cómo es…»

La premura del psiquiatra le resultaba excitante e intentaba aguzar la vista. 

«No sé… es como si fuera una mujer de Jericó». Sí, sabía que tenía los ojos oscuros, la piel aceitunada de las gentes  del lado más oriental del Mediterráneo.  Vestía una túnica marrón como en los relatos bíblicos y a su alrededor no había paisaje, no había arboles, nada que describir en torno a ella, solo un camino de tierra bajo sus pies y el polvo brillante a su alrededor, que salpicada unas casi invisibles partículas que formaban parte del camino y brillaban como minúsculas estrellas. En un momento dado, se paró frente a un espejo o, no lo supo muy bien, tal vez era un cuadro con el marco de carey. 

La mujer caminante se reconoció: era su rostro, sus hombros…, la túnica sobre la cabeza estaba ribeteada de oro. Vio como descolgaba la imagen de sí misma, como la zarandeaba. Los ribetes de oro quedaron en el suelo y ella continuó su camino, ahora, torciendo a la derecha, marchó de nuevo; la ciudad, su ciudad, apareció frente a ella. Ya nada era de lápiz, era tan real como la propia vida.

El psiquiatra insistía: «No te pares, sigue describiendo lo que ves». 

Ella se resistía y se removió sobre el diván, era incómodo. A pesar de todo, las órdenes del médico eran tajantes  e intentó seguir describiendo lo que veía: «La mujer se ha sentado en el banco  frente a la calle y ha empezado a languidecer. Está sola, siente tristeza y  abandono».

Vio como alguien sobre una bicicleta se paraba frente a ella y la invitaba a subir. La mujer quería marcharse de allí, aunque fuera sobre un vehículo tan frágil y se levantó para ir a sentarse en el sillín trasero. Pero no pudo, una mano saliendo de las tinieblas de la nada la atrapó al vuelo y la bajó de aquel frágil vehículo. Un enorme coche la esperaba.

Se incorporó en el diván bruscamente. «No puedo seguir, quiero acabar», le espetó al psiquiatra: «Oiga, pero… ¿qué significa todo esto?».

El psiquiatra la miró con cara circunspecta. «No lo sé, tal vez esa mujer… sea usted».

 

En el camino portugués

De joven me dediqué a confeccionar guías para turistas. El tiempo y la nostalgia me han llevado a buscar en librerías de lo viejo, por si aún perdurara algún resto de mis experiencias por pueblos y ciudades de la geografía nacional. Nunca encontré gran cosa, pero, un día, por puro milagro, cayó en mis manos uno de esos ejemplares que hoy conservo como una reliquia, porque entre los muchos viajes que realicé, el que se recogía en aquellas páginas no era uno de tantos.

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Recuerdo que, en ese viaje, tuvo que ver el que mi jefe hubiera nacido en un pequeño pueblo –a tiro de piedra de las rutas  del camino portugués que llevan a Santiago de Compostela– y pensó que, puesto que comenzaba de nuevo la fiebre en torno al apóstol del caballo blanco, convendría, en beneficio del pueblo, trazar un pequeño desvío. 

— Por allí, desde tiempo inmemorial, vive un fraile – me dijo–. Se encarga de que la fe en lo divino no decaiga haciendo que se practique la virtud de la caridad y te aseguro que quien se encuentra con el fraile no lo olvida nunca. 

No voy a extenderme en los prolegómenos de aquel viaje accidentado, porque no viene al caso, pero lo cierto es que, a primeras horas de la mañana de un domingo de principios de la primavera, me situé frente al valle sobre el que se dibujaba el pueblo. Desde allí localicé la torre de una pequeña iglesia situada en el centro de lo que parecía una pequeña población. Busqué algún otro edificio que pudiera albergar una abadía o un convento  que justificara la existencia del inclino fraile, pero, a primera vista, las otras construcciones solo eran casas viejas. 

Al llegar a la plaza vi que el viejo edificio que albergaba la iglesia era, como todos los de su época, de piedra y muy sobrio. Dispuesto a encontrar las diferencias que solo el buen observador que yo me consideraba es capaz de apreciar, me dirigí hacia él. 

En el camino tuve que quitarme de encima a dos mendigos. Me costó, la verdad, pero es que siempre estuvo muy arraigado en mí eso de que no hay que dar peces sino que hay que enseñar a pescar y, al fin, pude entrar en el templo como acostumbro a entrar  en esta clase de recintos, con sigilo. 

Ya dentro, me vi atrapado por la mirada reprobadora de algunas antipáticas viejas -las clásicas beatas- y, al no atreverme a retroceder, busqué un sitio discreto en los últimos bancos e imité a la feligresía: me senté. 

Mentalmente iba anotando las características del templo: la planta era de cruz griega. En el centro del ábside, estaba el altar. Moviéndose con parsimonia, se veía al oficiante vestido con la casulla de color morado  -caí en la cuenta de que estábamos en los últimos días de marzo y por lo tanto en la Cuaresma. Algo que siempre me ha hecho recordar los potajes de garbanzos con bacalao de una infancia en la que todavía, por raro que parezca, se podía comprar una bula para comer con normalidad durante los 40 días previos a la Semana Santa-.

Sobre el altar, una cruz de madera sin relieve alguno colgaba del techo. Contrastaba fuertemente con el fondo de la centenaria piedra sin retablo –algo, por cierto, muy propio de las iglesias medievales que eran como cuarteles militares–. Ya se sabe que por aquel entonces hasta lo más alto del clero empuñaba la espada contra los infieles. Eran los tiempos de la lucha a muerte contra el pecado, el demonio y la carne, a lo que había que poner coto, sobre todo coto territorial. Y no sé por qué, pero al pensar en esa época, siempre me viene a la cabeza que el Papa Julio II, el inspirador de las maravillas de la capilla Sixtina, sentenciaba con la excomunión o daba la absolución espada en mano, o así lo creía yo.

No es que con las ocurrencias que transcribo quiera parecer  irreverente, no, ni siquiera soy ateo. Confieso haber recibido todos los sacramentos como católico a falta, por supuesto, de la extrema unción. Pero es que me ha costado años distinguir entre la doctrina de Jesucristo y la institución eclesiástica, que tantas veces se encuentran tan distantes o tal vez sea, simplemente,  por el ecumenismo reinante en estos tiempos, lo cierto es que le he perdido el respeto a las formas, los dogmas, los ritos y, a veces, a las personas que lo representan sea cual sea la religión. 

Pero volviendo a lo de mi viaje, vi que el sacerdote  era un hombre joven –demasiado, pensé– y que, para mi tranquilidad, la misa tocaba a su fin. Sabía que en cuestión de minutos el templo se quedaría vacío y seguí curioseando con la mirada cuanto me rodeaba: en el ala derecha, en lo que llaman el presbiterio, estaba la pila bautismal. Las estaciones del vía crucis salpicaban las columnas  marcando el tortuoso camino del calvario. Muy cerca de donde estaba había un antiquísimo púlpito de madera tallada. Todo guardaba una armonía perfecta en su hechura con el estilo arquitectónico del recinto. Sin embargo, no había imágenes, ni una virgen. Tampoco la inmaculada concepción, que en la entrada rezaba como patrona de la pedanía.

Estaba abstraído intentando justificar aquellas ausencias, porque los santos dan para mucho, cuando una suave corriente de aire me hizo volver la cabeza: a mi espalda, una puerta entreabierta sobre el consabido rosetón de agradable policromía, dejaba ver las columnas de un claustro monacal. Me acordé del fraile mendicante de quien hablara mi jefe y entonces se confirmó lo que pensaba: la iglesia no lo era todo. La idea de caminar entre las columnas de piedra de aquel claustro o descubrir la existencia de algún pasadizo tras una antigua biblioteca  llena de viejos volúmenes, empezó a impacientarme. Afortunadamente, enseguida, oí dar la bendición final. 

Cuando el oficiante se retiró después de la última genuflexión,  todos los presentes fueron desfilando hacia la puerta –las beatas las últimas, por supuesto–. Las distingo muy bien, tienen cara de llevar estampitas bendecidas en los bolsillos para dárselas a sus nietos en lugar de caramelos.  Vi como una de ellas cerraba la puerta del claustro y al fin me encontré sólo. 

El silencio se llenó del olor del incienso y la cera quemada. Permanecí sentado unos minutos observando los arcos de medio punto y las bóvedas de crucería que, en muy pequeños detalles, presagiaban el glorioso románico de Santiago y concentrado en la búsqueda del encuadre fotográfico, no pude evitar sobresaltarme al ver cómo se abría una puerta oscura tras unos antiguos reclinatorios. Sin duda era la sacristía y el joven cura salió de allí vestido con la sotana y el alzacuellos. 

La verdad es que me decepcionó que no fuera el abate  de la congregación y que no vistiera hábitos de alguna mística orden de dominicos o benedictinos. Pero no, por la fuerza con la que caminaba pensé que se había formado con los jesuitas: mis maestros de religión y los incansables guerreros de Dios. Llevaba un misal en la mano y, al verme,  hizo ademán de acercarse a mí -ya he dicho que son guerreros-. Mi mirada debió ser cortante como su propia e invisible espada, porque el hombre se paró  en seco y señaló a mi espalda un oscuro confesionario. Con el dedo índice le indique que no. Me pareció que me miraba con cierta burla, pero, al fin, se entretuvo un momento en la puerta del templo y después  salió.

Nuevamente solo, caminé hacia el altar por el pasillo central. No encontraba nada destacable más allá de la consabida austeridad del románico e iba a volver sobre mis pasos cuando un raro sonido me hizo volver la cabeza: la puerta del claustro se deslizaba sobre los viejos goznes, emitiendo el quejido de los siglos sin que aparentemente nadie la empujara. Esperé durante un instante, pensando que mi propio cuerpo debía recibir también la fuerza de aquel viento que arrastraba la pesada puerta, pero no. Todo estaba extrañamente inmóvil  y, la verdad, me sobrecogí. 

Sé que puede parecer muy raro lo que les voy a decir, después de haberme mostrado como lo que creo ser, un hombre moderno y pragmático, pero tuve la sensación de que alguien caminaba a mi encuentro e instintivamente, cerré los ojos. 

Al abrirlos, la figura de un franciscano  con el hábito raído y la capucha puesta, estaba parado frente a mí. Era un anciano barbudo, con el rostro adusto, seco como el de un viejo sacristán.  Llevaba las dos manos metidas dentro de las anchas mangas. Apenas a un metro de mí, sacó una de ellas, delgada y huesuda, y me la extendió ahuecada, como lo haría un mendigo. Rebelde, negué rotundamente con la cabeza -ya he dicho antes eso de los peces y la caña-. Y es que hay principios que no deben quebrantarse ni siquiera ante la visión de lo sobrenatural.

Entonces, impávido y boquiabierto, sentí como el fraile me metía la mano en el bolsillo y sacaba la billetera; le vi contar los billetes como si fuera un ávido banquero y  cómo extraía uno de cien pesetas. Luego, con la misma soltura volvió a meterla en mi bolsillo y tras guardarse el billete entre las mangas, me dio la espalda y desapareció. 

Ante lo que mi mente desechaba por irracional, metí la mano en mi bolsillo para agarrar la billetera tan fuertemente como pude y me alejé de la iglesia y del pueblo hasta alcanzar las alturas de las colinas que lo circundaban. Desde allí, a salvo de espíritus y ánimas  vivientes, pero todavía nervioso, hice algunas fotografías  para dejar constancia de mi paso; las mismas que luego se publicarían en la guía con el nombre del pueblo sobre una simple reseña que rezaba así: si te piden limosna, no te niegues.

Recuerdo que mi jefe se mostró reticente a tan escueto y frío comentario sobre su pueblo natal. Pero al fin, como gallego que era y por tanto sabedor de que, en los tiempos que corren, hay mucho escepticismo en torno a la existencia de las meigas y demás espíritus inconformistas, estuvo de acuerdo conmigo en que, después de todo, ante lo inexplicable, lo  mejor era que lo dejásemos así.