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Misterio

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La promesa -cuento indio-

Los últimos componentes de mi grupo caminaban hacia el autobús. Yo estaba parado en la puerta, esperaba pacientemente para subir tras ellos. Distraído, volví la cabeza para mirar hacia el otro lado de la carretera. Sentado sobre un pequeño muro frente al lago, la silueta de un hombre me llamó poderosamente la atención. Algo me resultaba familiar y fijé la mirada en él intentando reconocerle, en aquel momento se movió y su perfil quedó  enteramente ante mi vista. Al ver de quién se trataba sentí una gran alegría. Crucé la carretera lo más rápidamente que pude sin poder evitar una exclamación que, sin duda, debió sobresaltarle.

—¡Eh! ¡Abhijat!

Volvió la vista con curiosidad hacia donde yo estaba y, al verme, su cara se iluminó con una amplia sonrisa.

–¡Qué sorpresa encontrarte por aquí!

Abhijat se había levantado y abría los brazos para recibirme.

–¡Amigo mío! ¡Cómo me alegro de verte! ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que nos vimos?

–¡Años!– le contesté.

–Es cierto. Parece mentira, han sido años. Pero, dime, ¿cómo están todos en tu casa?, ¿tu mujer, los chicos?

–Bien, todos estamos muy bien. Los chicos ya han crecido, no los reconocerías. Todavía hay veces que hablamos de ti. Ellos tienen muy buenos recuerdos de aquellos tiempos y aún te nombran como el viejo tío Abhi.

–Me haces sentir ingrato, amigo mío, pero…

–No, hombre, no. Te hablo del cariño que todavía sienten por ti, nada de ingratitud. La vida se nos complica a todos y el tiempo se escapa de las manos sin que nos demos cuenta.

–Sí, la verdad. Pero yo siempre os he echado de menos.

–Nosotros también y tú lo sabes. Pero, ¿qué haces por estas tierras? Pensaba que te dedicabas a algo más tranquilo que la vida del eterno viajero que yo sigo siendo.

–Bueno, he estado mucho tiempo sin moverme de Delhi. Realmente llegué a cansarme de tanto ir y venir. Sin embargo, ya ves, de repente sentí nostalgia y he pedido volver a los viajes. Jaipur me ha llamado de nuevo.

–¿Jaipur te ha llamado?

–Sí, amigo. Te parecerá una tontería, pero hacía unos meses que no pensaba en otra cosa. Quería volver aquí, precisamente a Jaipur, la magia de esta ciudad siempre tuvo algo especial para mí. Y curiosamente, las circunstancias se han confabulado de tal manera que, bueno, ya ves,  ha sido una larga historia de jubilaciones, enfermedades y cambios de empleo, casualidades, en definitiva, que de repente me han situado al frente de un grupo de turistas británicos como en los viejos tiempos. Y estoy disfrutando de este viaje como nunca, la verdad. Creo que hasta hoy no me había dado cuenta de cuánto echaba de menos esta vida, tiene sus inconvenientes, claro que los tiene, pero…

Abhijat se reía de manera muy sincera y me alegré. Parecía realmente contento de haberse reincorporado y de nuestro inesperado encuentro. Me miró como si quisiera regresar a aquellos años de antigua camaradería.

–Todo está igual que siempre, ¿no te parece?– Abhijat sonreía.

–Bueno, yo creo que todo va envejeciendo poco a poco.

–No, la ciudad no ha perdido su encanto o, tal vez, es solo mi necesidad de vivir viejas sensaciones antes de que sea demasiado tarde. 

–¡Qué dices, hombre! A ti y a mí aún nos quedan muchas cosas por hacer y por eso yo he empezado a hacerlas ya, sin esperar más tiempo, no quiero perderme nada que pudiera estar destinado para mí.

Los dos nos reímos observándonos el uno al otro. Él debió sorprenderse de mis canas como yo de las suyas y rápidamente nuestra conversación derivó por otros derroteros.

–¿Vas a estar muchos días?

–No. Ya sabes, estos recorridos son muy rápidos. Llegamos ayer y mañana nos marchamos. Acabo de dejar a mi grupo en el hotel. Han preferido disfrutar un poco de las piscinas y los jardines. Yo he venido a echar un vistazo desde mi rincón favorito con un poco de tranquilidad. Últimamente he pasado tiempos difíciles, necesitaba una pequeña recompensa como esta. Conservo muy buenos recuerdos de algunos rincones de esta ciudad. Me guiñó un ojo con picardía y sonrió dando a entender que ambos sabíamos de qué hablaba.

–Ya veo que no has cambiado en nada. No sabes cómo  me alegro de ello. En fin, tengo que dejarte, yo he de continuar, todavía tengo para un par de horas. Ya ves que voy de trabajo.

–¿Británicos?

–No, españoles.

–¡Ah, qué interesante!

–Sí, son diferentes, te gustaría su compañía. En fin, me esperan. Vamos a visitar el Palacio de la Ciudad y ya se nos está haciendo un poco tarde. La gente siempre se distrae con las compras más de lo debido.

–Bien, amigo, tenemos que vernos al menos un ratito, ¿tienes tiempo?– me preguntó.

–Claro que sí. No me he atrevido a decírtelo por si ya tenías tus planes, pero, por favor, llámame o ven a buscarme, esta noche a las siete quedo libre. Estoy en casa de Minhar, ¿te acuerdas?

–¡El viejo Minhar! ¡Claro que me acuerdo! Iré a buscarte. Espérame sobre las ocho, charlaremos de los viejos tiempos.

Nos despedimos y Abhijat volvió a sentarse sobre el pequeño muro. Lo vi volver la cabeza y permanecer quieto contemplando la hermosa estampa que formaba el Palacio del Lago reflejándose sobre las aguas de aquella hora de la tarde.

Durante un rato, mientras el autobús nos adentraba en la ciudad, me quedé pensando en él. Realmente su aspecto, ahora, era el de un hombre mucho más sereno. No pude evitar recordar alguna de las vivencias que habíamos compartido. Fuimos compañeros durante años en la misma agencia. Solíamos hacernos confidencias, éramos jóvenes y nos chocaban muchas cosas de la gente de otras latitudes con las que nos veíamos obligados a convivir, a veces muy estrechamente, en nuestros viajes por toda la India. Abhijat siempre tuvo un carácter muy vivo y espontáneo, se  disgustaba con los comentarios despectivos que escuchábamos sobre nuestra forma de vida, nuestras costumbres o sobre nuestra cultura. Era muy apasionado y no sabía callar, a veces se escapaban de su boca comentarios o palabras muy  poco apropiadas en nuestro trabajo y eran muchas las quejas que formulaban los clientes, sobre todo los europeos, sobre su manera de tratarlos. Fue amonestado en varias ocasiones y a pesar del tiempo y la experiencia no parecía acostumbrarse a las impertinencias sin darles importancia. Después sufrió un gran revés en su vida, perdió a su familia en un terrible accidente de tren: su mujer y sus dos hijos, de cuatro y cinco años de edad, murieron cuando viajaban hacia el sur para pasar unos días con unos parientes. Él después de superar la consternación que le produjo  el suceso, cayó en una época de profunda religiosidad y cambió mucho.

Durante un tiempo llegamos a intimar bastante. Se había quedado muy solo y me buscaba, venía a mi casa, charlábamos, le gustaba pasar los días festivos en nuestra compañía. Íbamos al templo y paseábamos por los parques mientras los niños jugaban a nuestro alrededor. Debía sentir un cierto sosiego al encontrarse formando parte de una familia. 

Yo le observaba, temía por él, tenía la sensación de que no era capaz de superar la situación.  Nunca hablaba de lo que había ocurrido, al contrario, solía mencionar a su mujer y a sus hijos como si aún estuvieran vivos, como si en cualquier momento fueran a regresar de aquel viaje que emprendieron y que nunca tuvo retorno.

El calor de la tarde y el traqueteo del autobús me habían adormecido, mis párpados se caían sin poderlos controlar y de repente, sumido en un ligero sopor, recordé algo que me impresionó profundamente en el momento en que ocurrió y que, sin embargo, había permanecido olvidado por completo en algún rincón de mi memoria: un día de aquella época en que Abhijat y yo compartíamos tanto tiempo, salíamos del templo con mi mujer y mis hijos que se adelantaron para comprar unos dulces en un puesto callejero. Abhijat y yo caminábamos en silencio, cada uno de nosotros sumido en sus propios pensamientos. En un momento dado, me di cuenta de que él se había detenido y me volví para esperarle. Me hizo un gesto con la mano para que me acercara, lo hice y con una manera de hablar muy suave y pausada, nada habitual en él, que solía  atropellarse hablando, me dijo: 

–¿Sabes qué busco en la oración? 

Le miré esperando que fuese él mismo quien respondiese a su pregunta. 

–Busco acallar una premonición que me quita el sueño. Sé que soy muy egoísta. Después de lo terrible que fue aquel accidente que se ha llevado por delante a mi familia, la única razón de mi vida, solo me atormenta algo que se refiere a mí mismo: la inmensa soledad en la que me encuentro sumido sin remedio. Me despierto por las noches envuelto en sudor y aterrado porque me estoy muriendo y no hay nadie conmigo. Oigo voces a mi alrededor que hablan sobre mí y dicen que me voy morir. Y yo sigo allí, consciente de todo lo que ocurre, con el cuerpo destrozado y dolorido, completamente solo en un lugar frío, inhóspito y desconocido. Nadie parece dispuesto a ayudarme para poder vencer el miedo terrible que me produce ser consciente de lo que me está ocurriendo.

Le miré sorprendido, estaba sudando, se frotaba las manos angustiosamente, como si realmente estuviera viviendo de nuevo aquella escena de sus sueños mientras me lo contaba. Traté de quitarle importancia con mis palabras.

Le dije que tal vez aquello era una manera de superar su dolorosa experiencia, que lo único que necesitaba era que el tiempo fuera pasando poco a poco para traerle paz a su vida. Me di cuenta de que no me escuchaba, estaba sumido en su propio dolor, cuando yo, que creí por fin tener la oportunidad de consolarle y de ayudarle con mis palabras de aliento, le iba repitiendo cosas como que aún era muy joven, que tenía tiempo de rehacer su vida de nuevo, que surgiría sin duda una nueva oportunidad. Me oía a mí mismo hilando frases convencionales y me sentí ridículo. Sabía que todo lo que pudiera decir era inútil para consolar a  alguien que había vivido una tragedia como la suya y me callé avergonzado por no encontrar las palabras idóneas para llenar el inmenso vacío en el que Abhijat debía encontrarse. En aquel momento intenté imaginar que mi familia, que mis hijos desaparecían para siempre y rápidamente mi mente rechazó aquella idea como algo insoportable. Me inundó una profunda compasión por aquel hombre, herido de aquella manera tan cruel por la vida, y deseé de todo corazón poder hacer algo para ayudarle.

Abhijat, como si hubiese leído mi pensamiento, me miró y extendió su mano para que yo la cogiera. 

–Sé que tú me aprecias y yo te considero un gran amigo. Prométeme que nunca dejarás que me ocurra eso, que nunca dejarás que me encuentre solo a las puertas de la muerte. 

La fuerza de sus palabras me sorprendió y permanecí callado sin saber cómo podía responderle.

–Prométemelo, por favor, tengo la certeza de que ese momento va a convertirse un día en realidad y tu promesa hará que yo pueda descansar sabiendo que hay alguien a quien yo pueda enviar a buscar.

No entendía muy bien qué quería decir y le pregunté:

–¿Enviar a alguien a buscarme? No te entiendo Abhijat.– Su mirada parecía turbia y me contestó volviendo la cabeza en otra dirección:

–Hay veces que uno sabe lo que va a ocurrir, pero no me hagas preguntas, solo prométeme que puedo contar contigo.

Un sudor frío me recorría la frente y pasé mi mano sobre ella. Él se había vuelto de nuevo hacia mí y su mirada era persistente, parecía esperar mis palabras como si de ella dependiera su propia vida. Al fin, tragué saliva y de todo corazón, con la voz más segura que pude sacar de mi garganta le dije:

–Te lo prometo–. En su cara apareció una sonrisa de agradecimiento. Me puso la mano sobre la espalda y aliviado, me susurró al oído:

–Gracias, amigo mío, no sabes lo que esto significa para mí.

Rápidamente, como si quisiera olvidar o como si quisiera evitar que yo me arrepintiera de mi promesa, reemprendió de nuevo su paso. Su gesto se había distendido y desvió la conversación hacia otros temas que no tenían nada que ver con aquella extraña escena. 

Ahora al recordarlo, me sorprendió pensar que nunca después de aquel día, había vuelto a pensar en ello, a pesar de las fuertes sensaciones que acababa de revivir solo al evocarlo y que, sin duda, debió provocarme su extraña actitud y sus palabras de entonces.

A mi espalda oía los murmullos de mis clientes comentando las escenas pintorescas mientras cruzábamos la ciudad. Continué sentado unos momentos más sin poder evitar seguir atrapado por el hilo de mis recuerdos.

Un día Abhijat decidió dejar de viajar, había encontrado una mujer y quería quedarse más tiempo  junto a ella. Le entendí y me alegré  mucho de que tuviera una nueva oportunidad.

A partir de ese momento, nos distanciamos, se le veía satisfecho, pero se volvió más reservado y a veces tuve la sensación de que me rehuía. No quise inmiscuirme en su vida y acepté que así fuera, después de todo lo importante era que él encontrase por fin una nueva razón de vivir.

Permaneció en la agencia durante un tiempo haciendo labores burocráticas, organizaba viajes y rutas, nos coordinaba a los distintos guías, después debió de tener una buena oferta de trabajo, se cambió a otra compañía y dejamos de vernos.

Ya estábamos delante de la fachada del Palacio de los Vientos, las exclamaciones de todos al ver aparecer esa preciosa fantasía de color rosa, cuajada de celosías y semicúpulas, destinada a distraer a las mujeres de la corte, contemplando la vida de la calle y del mercado que se abría y sigue abriéndose cada día bajo sus pies, me hizo sonreír y volví de nuevo al presente olvidándome de Abhijat. A mí también me cautivaba siempre la fantasía y el misterio de la ciudad de Jaipur.

–Señores, estamos en el corazón de la rica y hermosa capital del Rajasthan, la ciudad rosa. Los colores aquí son su enseña característica; los saris de sus mujeres y los espléndidos turbantes de los rajastaníes son los más vistosos y coloristas de la India. Contemplar la vida de sus calles y de sus mercados representan un auténtico placer para los sentidos. Pero la ciudad es muy joven, fue fundada en el siglo XVIII para dejar atrás la antigua fortaleza recóndita e inexpugnable de Amber, para abrirse a las nuevas corrientes arquitectónicas y a las nuevas alianzas, primero con los Moghul y después con los británicos que hicieron legendaria la belleza de sus palacios y de sus fortalezas, de sus calles y tiendas de joyas y de ricas telas que aún son visitadas como uno de los mayores lujos que existen sobre la tierra.

Todos parecían interesados y atraídos por la mítica ciudad. Dimos un corto paseo y una vez en el palacio de la ciudad, recorrimos las muchas estancias que contienen una notable muestra del vestuario de la época dorada de aquel lugar, de los instrumentos musicales y de las armas que se utilizaban en las innumerables guerras tribales o en aquellas cacerías que sedujeron a los exigentes y soberbios ingleses.

Paseamos por los patios, deteniéndonos especialmente en el Patio de la Morada Predilecta, en donde la puerta del pavo real siempre hace las delicias de los visitantes.

Relaté alguna de las anécdotas que siempre sorprenden y hacen sonreír a los occidentales, porque nunca podrían entender hasta que punto hay cosas muy simples que son vitales para nosotros los hindúes. Me oí a mí mismo, como en otros cientos de ocasiones, volviendo a repetir de nuevo aquella curiosa historia que en el 1901 llevó al maharajá Madho Singh II a viajar a Inglaterra, para la coronación de Eduardo VII, con dos enormes toneles llenos de las aguas sagradas del Ganges, simplemente, porque el monarca no se fiaba de la pureza de las aguas del país para hacer sus purificaciones rituales. Ahora esas dos tinajas adornan uno de los patios del palacio y, para sorpresa de todos, poseen una capacidad de 9000 litros y un peso de 345 kg. Cada una, por supuesto, cuando están vacías. Sorprende pensar que fueron hechas para ser transportadas en ese singular viaje y que han quedado como una muestra del purismo religioso, de la excentricidad o sencillamente de la magnífica opulencia de la corte del maharajá. Todo depende de quién o de cómo se quiera mirar.

Finalizada la visita, todos los componentes del grupo acabaron repartidos por los bazares comprando pulseras, chales, manteles o libros. En espera de que acabaran sus compras me dirigí a la puerta de la salida principal para saludar a mi amigo, el encantador de serpientes. Siempre nos reímos cuando le digo que vengo a comprobar si es cierto lo que dice la última edición impresa de las guías turísticas y sigue, con su eterno turbante salpicado de puntos de colores, encantando serpientes por unas rupias.

Al fin me había retirado a la casa donde me hospedaba. Durante un rato, estuve sentado en el pequeño cuarto de estar que Minhar tiene reservado para sus huéspedes y mientras esperaba la llegada de Abhijat, me tomé un reconfortante té charlando con algún que otro huésped de paso por la cuidad. Todos nos conocíamos de haber coincidido en otras ocasiones, sin excepción, éramos viejos clientes. La pensión era una antigua casa de huéspedes en donde las condiciones no habían mejorado en los últimos años y que, a pesar de todo, algunos seguíamos frecuentando por simpatía con el dueño. Los nuevos viajeros buscaban otras comodidades también nuevas que Minhar no estaba dispuesto a introducir en su negocio. Él se consideraba demasiado viejo y no tenía hijos que le sucedieran, por lo tanto, le era más útil y reconfortante guardar su dinero para los años de la vejez que ya veía muy cercana.

Eran cerca de las nueve, al ver que pasaba el tiempo y Abhijat no venía, decidí retirarme a mi cuarto hasta que él llegara. Necesitaba ordenar mis papeles y hacer algunas llamadas a los hoteles para concretar algún detalle pendiente para la ruta del día siguiente. Me sentía inquieto y sorprendido por su retraso. Solía ser, al menos cuando trabajábamos juntos, un hombre muy puntual. Decía que era la única cualidad que admiraba e imitaba de los ingleses: lo rigurosos que son con la puntualidad. Al fin, para tranquilizar mi inquietud, preferí suponer que algún encuentro inesperado lo había retenido en el último momento – él tenía muchos conocidos en cualquier lugar, era un hombre sociable y afectuoso que sabía ganarse la simpatía de la gente–. Así que decidí pensar en otra cosa mientras esperaba con calma.

A los pocos minutos llamaron a mi puerta, abrí con la sonrisa en los labios pensando que por fin sería mi amigo, pero estaba equivocado: al abrirla, me encontré con un chico joven, alto y muy delgado frente a mí. Tenía el pelo revuelto y la ropa manchada con manchas oscuras, todavía húmedas, que parecían sangre. Respiraba con profundidad como si hubiese llegado hasta allí de manera muy apresurada. Al verme abrir, vi cómo sus hombros caían con un gesto de desaliento y cómo exhalaba el aire de sus pulmones dando la impresión de haber estado sometido a una gran tensión.

Me miró angustiado y esto acabó de desconcertarme y asustarme por completo. Yo no había visto jamás  a ese hombre, ni tenía idea de quién podía ser.

Le miré impaciente y él continuó durante un instante  parado y sin decir nada. Le pregunté: 

–Bien, ¿qué pasa? ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

Antes de contestar, respiró profundamente para tomar aire.

–¿Usted es el amigo de Abhijat? ¿Ese con el que tenía que encontrarse a las ocho? Perdone pero no recuerdo su nombre.

–Sí, por supuesto que soy yo –contesté–. Estoy esperándole. ¿Ha ocurrido algo? Hace rato que debería estar aquí.

El hombre se desmoronó apoyando la cabeza  sobre el quicio de la puerta mientras me hablaba.

–Lo siento, pero creo que Abhijat ha muerto.

Con sus palabras sentí una oleada de calor sobre mi cara y la indignación por lo que acababa de escuchar me hizo gritar.

–¿Qué está diciendo? ¿Usted se ha vuelto loco? Pero… ¿Quién diablos es usted?

–Ha sido terrible, terrible- repetía una y otra vez con los ojos cerrados e ignorando mi desagradable actitud.

No podía creer lo que estaba oyendo, pero pensé que, si aquel hombre estaba engañándome por alguna razón extraña, mentía demasiado bien. Lo miré una vez más incrédulo y sobresaltado y lo cogí por uno de los brazos para que entrara en el cuarto. Le hice sentarse en la única silla de la habitación para que se calmara y recobrara por fin el aliento. Realmente, parecía estar a punto de desmoronarse. Sobre la mesa había una botella con agua, llené un vaso y se lo ofrecí.

–Beba, por favor, y cálmese. –El hombre bebió despacio. Sus músculos parecieron relajarse. A pesar de mi impaciencia, esperé un momento antes de interrogarle de nuevo.

–Dígame de una vez, ¿qué ha pasado?

Aún permaneció unos momentos más en silencio, tragó saliva con dificultad. Yo ahora, le miraba con insistencia y al fin, pareció estar preparado para hablar.

–Le pido que me disculpe, todavía estoy lleno de angustia por la impresión, espero que usted me entienda, intentaré explicarle lo mejor que pueda lo que ha sucedido.

–Bien…– Le increpé con impaciencia.

–Veníamos hacia aquí para encontrarnos con usted. Yo me había tropezado con Abhijat en el camino. Me retiraba a nuestro hotel, pero me convenció de que lo acompañara –somos compañeros de trabajo–. Bueno, la verdad es que esta es mi primera experiencia en este tipo de viajes y yo le acompañaba a él. Me contó que se habían encontrado y quería que usted me conociera.

–Pero… – El hombre hizo un gesto con la mano, dando a entender que se hacía cargo de mi impaciencia y continuó. 

–Veníamos por la calle que conduce al mercado, caminábamos deprisa porque se nos había hecho tarde, cuando un elefante conducido por un mahout irrumpió saliendo de una de las bocacalles.

Los dos nos quedamos parados mirando la escena. El animal parecía estar muy excitado y el mahaout sentado encima del elefante era muy joven y seguramente inexperto. Los dos vimos sorprendidos como una y otra vez clavaba la vara bajo la oreja del animal con evidentes gestos de mal humor, hasta el punto de que Abhijat, visiblemente alarmado, me dijo:

«Ese chico se ha vuelto loco, está castigando al animal más de lo que puede hacerse. Los elefantes son muy pacientes, pero no permiten que se abuse de ellos. Ese chico no sabe lo que hace, en las condiciones en las que está el animal puede resultar muy peligroso».

La calle estaba atestada de gente y de vehículos. Una moto ruidosa debió soliviantar al elefante que se paró en seco, movió la trompa desesperadamente de un lado a otro hasta alcanzar a un niño que correteaba por allí haciéndole caer al suelo. Yo me quedé paralizado al ver la escena, pero Abhijat corrió hacia el niño que ya se levantaba y se abalanzó sobre él para protegerlo con su propio cuerpo. 

El hombre interrumpió su relato y yo me puse las manos en la cara para apartar de mi cabeza las cosas terribles que me venían a la mente. Al fin, prosiguió con la voz entrecortada por la emoción:

—El elefante se acercó por detrás de tal manera que Abhijat no podía verlo. Le golpeó fuertemente con la trompa, le tiró al suelo y ayudándose con la pata le agarró y le levantó zarandeándole salvajemente. Vi cómo el mahout caía desde el lomo del elefante y agachado se apartó de la escena como pudo. El chico gritaba, imprecaba al animal, pero era inútil, en aquel momento nada ni nadie hubiese sido capaz de parar aquella violenta escena. La gente asustada corría para refugiarse lo más lejos posible y, poco a poco, se iban acercando con precaución, para intentar ayudar, pero era inútil, el elefante seguía zarandeando el cuerpo de Abhijat como si fuera un muñeco de trapo.

Yo estaba inmóvil, veía cómo movía sus brazos desesperadamente. Se había hecho un silencio sobrecogedor y todos le oíamos gritar pidiendo socorro, sin que nadie se atreviera a hacer nada, hasta que dejó de hacerlo porque debió perder el conocimiento.

El hombre tragó saliva y se calló por un momento, era evidente que le resultaba imposible continuar hablando. Yo con las manos sobre la cara, apreté los dedos contra mi frente e imitando su gesto, tragué saliva. Sentía un nudo en la garganta que me impedía respirar. No sé cómo pude soportar escuchar a aquel chico que volvía de nuevo a revivir la escena.

–Al fin le soltó, tirándolo contra el suelo, el pobre Abhijat era como un guiñapo. Intenté aproximarme a él, pero el elefante tenía la mirada fija en su presa y se le acercó de nuevo. Cuando lo tuvo a su altura, levantó una de las patas y la dejó caer una y otra vez sobre el cuerpo indefenso y tirado en el suelo.

A partir de ahí, lo último que vi fue cómo él ponía las manos en su cabeza en un último intento de protegerse. Todos estábamos boquiabiertos contemplando aquello. El sonido de los golpes que producía la pata del elefante sobre el cuerpo de Abhijat, resonaban en la calle como si fuese un terremoto y como si el suelo fuese a abrirse bajo sus patas de un momento a otro. Los gritos lastimeros de la gente hacían aún más insufrible contemplar lo que estaba pasando y yo no podía apartar la vista de la escena terrible, esperando que acabara para poder correr en ayuda del pobre Abhijat.

Al fin, el elefante pareció calmarse, se separó del cuerpo y los pocos que pudimos reaccionar, conseguimos arrastrarle hacia un lado. Estaba completamente destrozado.

El chico acabó su relato y su cabeza cayó a un lado en un gesto de extenuación, se oían sus sollozos en la habitación y yo permanecía inmóvil sin poder retirar las manos de mi cabeza. Al fin logré sobreponerme y pregunté:

–¿Estaba muerto?

–No, aún estaba vivo, yo noté cómo respiraba y en algún momento debió de recuperar la consciencia. Le miré, tenía los ojos entreabiertos, parecía que él también me miraba. Creí notar que se aferraba a mi manga y yo me abracé a él llorando.

No sé lo que pasó a mi alrededor, durante un rato solo podía gemir y llorar con los brazos de Abhijat rodeándome el cuello, sangraba por los oídos, por la nariz, por la boca. No era consciente de lo que pasaba, pero unas personas me apartaron de él por la fuerza y entre todos lo metimos en un rickshaw. 

Una vez sentados en el asiento, parecía estar desmayado, estuve golpeándole la cara suavemente intentando despertarle. Realmente no sabía si estaba muerto o vivo. Sus brazos caían inertes sobre mis piernas y la sangre chorreaba por mis manos y empapaba mi ropa. Le apreté contra mí todo lo fuerte que pude hasta que llegamos al hospital. Allí lo colocaron en una camilla y lo metieron en una de aquellas salas de urgencias. Intenté acompañarle, pero me hicieron salir. Oía: «Está destrozado, este hombre no podrá sobrevivir». Salí despavorido de allí. Mi cabeza daba vueltas y no podía soportar más. Solo se me ocurrió venir a buscarle a usted.

Cuando acabó de contar aquella historia, yo tenía  la sensación de que algo muy pesado me había caído encima. Estaba sentado sobre la cama, observando a aquel pobre muchacho que sollozaba dejando salir de su interior la angustia de aquella terrible experiencia que acababa de relatarme e intenté reaccionar.

Había que pensar en Abhijat, aún podría estar vivo. Me puse en pie, me lavé la cara y las manos y saqué la chaqueta colgada de mi armario.

–¡Vamos!, lávese un poco y cálmese, lo mejor es ir de nuevo al hospital, tal vez haya podido sobrevivir y de alguna manera nos podría necesitar. Siempre hay que confiar en Dios.

El hombre, obediente como un autómata, hizo rápidamente cuanto le pedí y en cuanto estuvo listo, nos encaminamos a las salas de urgencia del hospital. Allí preguntamos por él.

Alguien nos pidió que esperásemos y a los pocos minutos una enfermera salió preguntando por los familiares de Abhijat. Nos dirigimos hacia ella, para explicarle la situación. No éramos sus parientes, pero sí las personas más cercanas a él, que en aquellos momentos estaba muy lejos de casa. La seguimos por los pasillos, al fin sobre una cama y casi oculto detrás de una cortina, el cuerpo de Abhijat estaba tendido, solo y en el más absoluto silencio. Apenas pude reconocerle, estaba magullado, tenía terriblemente  hinchada la cara y el resto de su cuerpo estaba tapado por una sabana completamente blanca. Era evidente que habían intentado ayudarle, aún había muestras de los líquidos usados para curar las heridas de su cara. La enfermera con la mirada, me indicó que aquello era muy grave y no había nada que hacer.

Miré a Abhijat después de sobreponerme al horror que me produjo su aspecto y me senté a su lado. Cogí su mano, la piel estaba cálida y sus dedos se movieron ligeramente sobre mi palma. Era evidente que estaba vivo. Durante un rato no pude dejar de mirarle, le hablé al oído pidiéndole que sacara fuerzas para vivir, le acaricié la frente, mientras le recordaba anécdotas de nuestra vida, frases que eran claves para nosotros en otros tiempos, le hablé de cuánto le echábamos de menos y por un instante me pareció ver en su cara una mueca que pudo ser una sonrisa.

Poco a poco, los músculos de su cara se fueron distendiendo suavemente y el calor de su mano fue haciéndose menos intenso. Me daba cuenta de que se estaba yendo sin remedio. Escondí mi cara apoyándola contra la almohada y recé una oración por su alma. No sé cuánto tiempo había transcurrido cuando entró una enfermera distinta a la que nos hizo entrar, se acercó a la cama, tocó el pulso de Abhijat y con un estudiado gesto de tristeza, me dijo mientras cubría la cara de Abhijat con la sabana:

–Lo siento, señor, pero ha muerto.

–Lo sé – le dije con un nudo en la garganta.

–Era cuestión de muy poco tiempo, señor. No hemos podido hacer nada por él. Cuando ingresó, estaba destrozado, estos accidentes siempre son terribles. Puede quedarse un poco más si usted lo desea, dentro de unos minutos vendrán a llevase el cuerpo y tal vez soliciten su colaboración para rellenar algunos documentos. Si es usted la única persona que le conocía, no se marche todavía, por favor, pueden pedirle su ayuda.

Aún permanecí un rato más, silencioso, rezando con su mano entre las mías, hasta que noté el frío que me trasmitía su contacto, me pareció un frío helado que me hacía estremecer hasta lo más profundo. Terminé  mis oraciones y me separé de él.

En aquel momento, recordé al chico que me acompañaba, no había vuelto a sentir su presencia. Le busqué detrás de mí, pero en la pequeña sala que se formaba detrás de la cortina donde estábamos, no había nadie. Yo estaba solo junto a la cama de Abhijat. Salí al pasillo, lo busqué con la mirada y al no encontrarlo, pregunté a la enfermera que nos había introducido en la sala.

–No recuerdo a nadie, señor, usted ha estado solo todo el tiempo. Hablamos y, la verdad, no creo haber visto que nadie le acompañara.

Insistí. Le expliqué que era imposible que no lo hubiese visto con sus ropas manchadas de sangre, que él había sido el testigo del terrible y desgraciado accidente.

– Perdóneme, pero le repito que no había nadie con usted, señor. Cálmese, tal vez la muerte de su amigo le haya impresionado más de lo que cree o simplemente, ese hombre del que habla se haya quedado fuera esperando.

Salí, le busqué escrutando la cara de la gente que abarrotaba la sala de espera, sentados en las pocas sillas, en el mismo suelo o apoyados en los rincones en actitud de espera angustiosa. Él tenía que  estar en algún sitio. Tal vez, agotado y sin fuerzas, después de vivir la experiencia se había refugiado en algún rincón. Fue inútil, allí no había nadie como él. Al fin, pensé que se habría marchado, desistí y volví a entrar. 

Rellené unos formularios que me entregaron en una pequeña oficina con los escasos datos que yo podía saber en aquellos momentos sobre mi amigo. Obstinadamente intenté localizar a alguien a través de la agencia, pero nadie contestaba el teléfono a aquellas horas, dejé mensajes hasta que me convencí de que no había nada que hacer hasta el día siguiente: yo desconocía cualquier dato sobre su actual domicilio o sobre su familia. Cuando al fin, vi cómo se llevaron el cuerpo de Abhijat hacia el depósito, salí a la calle. Necesitaba respirar un poco de aire puro.

Era muy entrada la noche, las calles estaba vacías y yo me sentía profundamente triste, aturdido y solo. En aquellos momentos, no sé cuánto hubiera dado por encontrarme en Delhi y poder encaminar mis pasos hacia mi propia casa junto a mi mujer. Busqué donde sentarme y, al no encontrar nada mejor, me senté en la misma acera, apoyándome contra el muro de las paredes del hospital.

Durante un rato me quedé absorto contemplando cada uno de los detalles de aquella calle desierta, oscura y extraña frente a mí, como si fuera todo fuera absurdo y ajeno a mí  mismo.

Una brisa suave me acarició la cara, cerré los ojos, agradecido de aquel leve descanso y mis pesados párpados permanecieron por un rato caídos sin fuerzas para levantarme, invadido por un leve sopor. Como si el tiempo hubiera retrocedido, tuve la sensación de volver de nuevo a revivir los momentos de aquella tarde llena de viejos recuerdos. En la cabeza, el murmullo de los turistas a mi espalda, admirándose de la belleza de la ciudad, se entremezclaban con el ruido monótono y pesado del motor del autobús. De nuevo, la voz lejana de Abhijat surgía de algún escondido rincón de mi memoria: «Prométeme que nunca dejarás que me encuentre solo a las puertas de la muerte». «Tengo la certeza de que ese momento va a convertirse un día en realidad y tu promesa hará que yo pueda descansar sabiendo que hay alguien a quien yo pueda enviar a buscar». «¿Enviarás a alguien a buscarme? No te entiendo Abhijat». «Hay veces que uno sabe lo que va a suceder, pero no me hagas preguntas, amigo, solo prométeme que puedo contar contigo».

De nuevo, como entonces, un sudor frío me recorría la frente y pasé mi mano sobre ella. “Te lo prometo” en la cara de Abhijat apareció una sonrisa de agradecimiento “Gracias amigo, no sabes lo que esto significa para mí”. Me estremecí, abrí los ojos, como si despertara de un profundo sueño, las inconscientes lágrimas habían dejado un surco caliente y salado sobre mis mejillas, me limpié con el dorso de la mano y me incorporé para marcharme. Sobre los edificios, al otro lado de la calle, la aurora iba trayendo una claridad limpia y transparente sobre la ciudad dormida y todo pareció cobrar su misterioso sentido, la promesa, el hombre joven con las ropas  manchadas de sangre y la extraña llamada de la ciudad de Jaipur.

De los cuentos de viaje: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

 

¿Inocente o culpable?

La noche del crimen, entré en el dormitorio – no puedo precisar la hora, pero no eran menos de las dos de la madrugada–. La habitación estaba en penumbra y mi hijo yacía tendido junto a mi mujer. Sus caras estaban una frente a la otra. Me sorprendió la presencia de él en la casa, pero enseguida pensé que no era la primera vez que se escapaba del centro en donde estaba ingresado -es un muchacho muy listo-. 

Por un instante, creí que hablaban y que, al notar que yo estaba ahí, habían enmudecido en espera de mi reacción -ambos tenían muchas cosas en común-. Cuando mi hijo quería algo de su madre era muy cariñoso, sabía como conquistarla y ella siempre se dejaba embaucar y lo sabía. Como sabía que en cuanto había conseguido lo que quería su actitud cambiaba y volvía a ser el mismo de siempre: su dedo acusador nos perseguía a los dos con aquella mirada en la que todo lo que sucedió aquella aciaga noche estuvo dibujado para siempre en el fondo de sus ojos.

Como otras muchas noches yo llegaba bebido y sentía un profundo hastío por todo cuanto ocurría a mi alrededor, pero me envalentoné y le dije que dejara en paz a su madre. 

A pesar de la escasa luz de una lampara, tapada con una chaqueta de punto, noté como sonreía. Me pareció extraño que ella no se moviera y miré fijamente su cuerpo. Me di cuenta de que estaba inmóvil; encendí la luz de la habitación. Entonces me lleve las manos a la cara. El rostro desfigurado de mi mujer me hizo pensar lo peor. Me acerque a ella. Puse la mano frente a su boca, no respiraba. Mi hijo seguía tendido a su lado, indiferente, parecía que mis movimientos le traían sin cuidado. Le pregunté: ¿Qué has hecho, desgraciado? Se levantó sin contestar. Se miró en el espejo del armario y se volvió hacia  mí: la he ahogado, y ¿qué? Hace mucho que ella no quería vivir. Pero te advierto una cosa: si me delatas me mato. Tú eres el culpable de todo y lo sabes, asume tus culpas. 

Salió de la habitación, le oí bajar las escaleras. Lo hizo despacio como quien intenta recordar si ha dejado algo olvidado detrás de sí y después salió  a la calle. Segundos más tarde la rabia me inundó y bajé tras él como un poseso, sentía deseos de matarle con mis propias manos –si le hubiera dado alcance en aquel momento lo hubiera hecho–. Sí, creo que le hubiera matado, pero mis pasos se fueron haciendo más lentos a medida que caminaba y la cara desfigurada de mi mujer volvía a mi mente entre los efluvios de mi propio aliento impregnado de alcohol. Tal vez aún estaba viva.

Vi como mi hijo daba la vuelta a la esquina y dejé que se perdiera en la noche.

Volví a mi  casa con paso rápido, subí al dormitorio. Toqué la frente de mi mujer: estaba helada y entonces me senté junto a la cama. Sumido en un raro sopor dejé pasar las horas. Fui consciente de que amanecía, del transcurso de las horas, del sol en su cenit y en el ocaso, oí llamadas de teléfono, las pisadas del cartero, el aleteo de los pájaros en el jardín.  

Los recuerdos me asaltaban, eran como fantasmas envueltos en sábanas blancas que se iban desnudando delante de mí y mostrando las miserias de lo que traía consigo aquella muerte: la soledad, la desesperación, el miedo… y el pasado que regresaba una y otra vez, tan vivo como si se repitiera lentamente delante de aquel espejo, en el que mi hijo había dejado gravada su última imagen antes de salir del cuarto.

Una vez más repasé segundo a segundo aquel día en que volví a casa con un amigo de la adolescencia. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y,  a pesar de que los años habían dejado en él profundas huellas, supe quién era en cuanto le vi. Llevaba el pelo un poco largo, entrecano y sucio, las arrugas le surcaban el rostro profundamente. Tuve que insistir para que me reconociera, le repetí mi nombre varias veces y entonces cayó en la cuenta. Me decepcionó su falta de memoria porque él siempre tuvo un extraño magnetismo sobre mí. Creo que desde que apareció en mi vida quise conquistarlo como amigo. Era lo que yo hubiera deseado ser: un líder. Todos le respetábamos, le bastaba con mirarnos para hacernos sentir como gusanos.

Intercambiamos preguntas vagas y nos reímos de nosotros mismos por haber dejado de ser los jóvenes que fuimos. Entonces vinieron los recuerdos, los nombres de otros amigos y compañeros. Vi que sus ojos se iluminaban hablando de los viejos tiempos. Entramos en una cervecería. Hice algunas preguntas sobre su presente, pero rehuía las respuestas y no quise insistir.  La vida, sin duda, le había maltratado y en sus ojos se adivinaba el desencanto y la rabia. Me pareció un hombre solitario. Yo me sentía orgulloso de mí mismo, de mis logros. Me hubiese gustado compartir con él aquella sensación de la que, ahora, al verle a él, me hacía consciente: tenía  un buen trabajo, una casa en un barrio digno de la ciudad, una mujer y un hijo que crecía feliz a nuestro lado.

El tiempo pasó muy rápidamente. Estuvimos horas bebiendo cerveza, hasta que el dueño del bar vino a la mesa para decir que tenía que cerrar. Nos levantamos tambaleantes y le pregunté hacia dónde iba. Entre dientes, me contestó que no tenía casa, que vivía en el metro. Sin titubear le dije que podía venir a la mía, aceptó y nos acercamos a una parada de taxis.

Sentados uno junto al otro, no cruzamos palabra en todo el trayecto. Él contemplaba las calles vacías con indiferencia y yo, mareado por el alcohol, le observaba de reojo en silencio. Me sentía orgulloso de que viniera conmigo. 

Al llegar a mi casa, mi mujer nos recibió con gesto de preocupación. Me dijo sin disimulo que no era hora de traer invitados a casa y menos en ese estado. Después de oír mis explicaciones, sin mucho entusiasmo murmuró que arreglaría el cuarto de invitados, nos ofreció algo de comer antes de irnos a acostar y  entramos en el comedor.

Mientras ella estaba en la cocina, me dijo: tu mujer está muy buena. No es justo que a un personaje como tú le pasen cosas así. Vete pensando que un reencuentro como el que hoy se ha producido debe tener su buen broche final. 

Le reí la gracia mientras le servía una copa. Me gustaba pensar que, precisamente a él, le gustaba mi mujer. Brindamos.

Cuando Sofia volvió de la cocina con unos platos de comida en las manos, mi amigo le dijo que aquello parecía muy bueno,  pero que lo que él quería probar era otra cosa.

No sé como pudo pasar, pero yo seguía riéndole las gracias cuando la cogió con  una fuerza sorprendente, la tiró sobre el sofá y le rasgó  la ropa. Ella intentó oponer residencia mientras yo le animaba. Sofia, impotente, gritaba. En la puerta del salón apareció mi hijo quitándose el sueño de los ojos y se abalanzó sobre mi amigo, le golpeaba la espalda con los puños. Estúpidamente yo reía la escena. 

Al cabo de unos momentos, aparté a mi hijo y lo saqué de la habitación, le llevé a su dormitorio y le dije que siguiera durmiendo, que aquello eran cosas de mayores que no tenía por qué entender. El niño gritaba. Le golpeé la cara con fuerza y cerré la puerta de su cuarto. Volví al salón. La violencia de lo que vi me hizo cerrar los ojos, entonces, aquello me superó y recuerdo que me caí, debí quedar inconsciente por la borrachera.

A la mañana siguiente cuando la luz empezó a entrar por los ventanales me desperté. Aquel hombre se había ido y a mi cabeza volvían imágenes confusas. Mi mujer estaba tirada en un rincón y mi hijo entre sus brazos. Sollozaban los dos. Entonces, lentamente, recordé y a medida que, como relámpagos, las escenas vividas acudían a mi mente me iba inundando una vergüenza indescriptible. 

Los meses que sucedieron recuerdo en mi casa un silencio absoluto en el que parecía que iba a volverme loco. Mi mujer jamás habló de lo ocurrido. No se marchó de casa, nunca podré saber por qué razón no lo hizo. Yo no deseaba que se marchara, la quería, la he querido siempre. Tal vez pensó que la vida sería más fácil para nuestro hijo. No lo sé. Ninguno de los dos volvimos a mirarnos jamás a los ojos. Yo era como un perro en busca de su perdón y creo que nunca lo obtuve, pero el tiempo fue suavizando nuestra convivencia.

El niño, sin embrago, fue un juez implacable, no pudo perdonarnos a ninguno de los dos, a mí por permitir y aplaudir lo ocurrido y a ella por permanecer en un hogar así. Cuando cumplió los diez y seis años ya tenía la vida destrozada, estaba metido en el mundo de la droga, consumía todo lo que caía en sus manos, a los veinte años era un despojo humano. Cuando ocurrió todo estaba ingresado en un centro de desintoxicación a cuarenta kilómetros de Madrid.

Desconozco como se hizo la investigación, si él fue sospechoso o si tuvo coartada. Debió de ser así. Solo sé que, en el juicio, delante de mí, con una sonrisa helada, dijo que nada sabía sobre aquella noche, pero que de mí no cabía  esperar nada mejor…

¿Ha oído la puerta, padre? No pierda más su tiempo y deme su absolución. Al fin vienen a por mí. 

 

Caché

Soy un hombre soltero, ingeniero de profesión que vive solo. Aquel 14 de mayo eran cerca de las doce de la noche cuando llegaba a mi casa después de una larga y agotadora reunión de trabajo. Empujé la puerta del ascensor mientras buscaba las llaves en el bolsillo de mi pantalón y, al  asomar la cabeza, vi que la puerta de mi piso empezaba a abrirse lentamente. Antes de que quién fuera la persona que estaba saliendo de mi casa pudiera verme, volví a meterme en el ascensor y, cobarde de mí, pulsé el botón del sexto como si hubiera apretado el botón del Apolo en ascensión a la luna.

Mientras subía me vi en el espejo: estaba despeinado, con los ojos como platos y con cara de simplón. Mi gesto se endureció recordando quién era yo y una especie de rabia incendió mis ojos. Salió de dentro de mi estómago la hombría, reaccioné y decidí salir a enfrentarme con lo que fuera.

Volví a pulsar el botón. El ascensor se paró de nuevo en el segundo y me volqué sobre la barandilla con el corazón en la boca. Un hombre bajaba los últimos peldaños de las escaleras. Iba a gritar algo así como ¡al ladrón! para que pudieran desencadenarse todos los mecanismos propios de estos casos, cuando vi que llevaba puesta la cazadora de cuero que yo cuidaba como una joya. Me olvidé de la casa, de los vecinos, de los guardias y me lancé escaleras abajo en persecución del sinvergüenza que se había atrevido a ponerse mi mejor prenda dispuesto a arrebatársela sin miramientos.

Al llegar al último peldaño que da paso al portal, tuve que retroceder escondiéndome tras el muro; el hombre, ajeno a todo, había encendido la luz general y se había parado ante el espejo arreglándose con parsimonia el cuello de una camisa negra  de seda que cuelga en mi armario desde tiempo inmemorial y que nunca me pongo por ser demasiado elegante. Tuve que agarrarme  fuertemente a la barandilla porque mis piernas flaquearon: la cara que se reflejaba en el espejo era la misma con la que me había enfrentado solo un instante antes en el ascensor, es decir, por raro que parezca, ese hombre era yo.

Contuve el aliento, pensé que el agotamiento me estaba jugando una mala pasada, cerré los ojos y los volví a abrir: el hombre del espejo, se dirigía ahora hacia la cristalera de la salida con paso decidido. Le vi caminar con mis zapatos de ante y girar el pomo como sólo los vecinos del inmueble sabemos hacerlo, pues es un raro y viejo artilugio que el presidente de la comunidad, que es anticuario, se empeñó en colocar para su mayor gloria.

Él salió a la calle y yo detrás. En ese momento daba la vuelta a la esquina. Corrí para no perder su pista. Asomado, vi la acera solitaria que discurría larga y ancha, despejada de las sillas de las terrazas que ahora se apilaban atadas con cadenas en los laterales, entremetidas entre grandes macetones.

El hombre caminaba tranquilamente por el centro como quien pasea por el parque. Le observé con atención dispuesto a descubrir al impostor, pues sólo yo podría saber cierto detalle de mí mismo: cuando era niño una caída de la bicicleta me había dejado una imperceptible cojera producida por la carencia de fuerza en cierto músculo de la pierna izquierda. Nunca había ocultado tal secuela, pero lo cierto es que a nadie le llamó la atención y por lo tanto era algo que, sencillamente, formaba parte de mi manera de caminar. Me fijé con detenimiento en su figura: sí, cojeaba inclinando ligeramente el hombro izquierdo tal como yo mismo lo hacía.

En medio de la acera, tras sus pasos, no sabría explicar qué me pasó, pero un soplo de aire cálido me acarició la cara y, de repente, entré de lleno en una especie de esquizofrenia: me levanto el cuello de la chaqueta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y creo que, en aquel momento, hubiese lanzado un alarido como el de un lobo bajo la luna llena. Excitado y dispuesto a todo, le seguí guardando una prudencial distancia.

Cruzamos calles, sorteamos coches, esperé agazapado mientras cambiaba la luz de los semáforos en las calles importantes, nos cruzamos con transeúntes. Sus pasos fueron los míos. Cada movimiento, cada gesto que él hacía iba confirmándome que aquella negra silueta no era otra cosa que la sombra de mí mismo.

Unos quince minutos duró la persecución cuando, al dar la vuelta a la esquina de una estrechísima calle, me quedé parado observando lo que me pareció un sinuoso pasillo lleno de trampas. No pude descubrir ni un sólo indicio que me ayudara a saber en dónde podría haberse metido aquel hombre.

Contuve la respiración unos instantes, les aseguro que se masticaba el silencio de la ciudad dormida. Al fin, tras una breve vacilación, caminé sigilosamente por debajo de la acera, sorteando los coches aparcados para tener tiempo de reaccionar en caso de ser atacado, pues la calle era perfecta para un ataque por sorpresa y  bien podía estrangularme o pegarme un tiro y suplantarme luego. En un caso así, yo era la víctima ideal para  un crimen perfecto: mi lugar en el mundo, nada desdeñable, por cierto, no quedaba vacío y disponía de toda la noche para descuartizar el cadáver o echarlo al río con una piedra atada a los pies. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que apenas a veinte metros discurrían las aguas del Duero.

Calculando cuidadosamente mis pasos, fui dejando atrás los portales con las luces apagadas.  Sólo uno de ellos, junto a la puerta principal, tenía otra pintada de azul con una placa muy discreta sobre la que un pequeño fluorescente iluminaba el rezado. Me acerqué lo suficiente para poder leer aquella curiosa palabra: “Caché”.

Empujé ligeramente  y la puerta se deslizó con suavidad hacia el interior.

Delante de mí, el rellano de una escalera de caracol sinuosa y estrecha  bajaba hacia la luz relampagueante de un sótano en donde sonaba una música sugerente en la que predominaba el sonido de un saxo.

Antes de entrar dudé, sopesé la posibilidad de que el tipo se hubiera metido allí. Pero si se trataba de alguien que parecía ser yo mismo tenía cierta lógica, si pudiera escuchar  música asiduamente, sería el jazz mi compañero en las horas de soledad. Confieso que su sonido me conmueve.

Traspasé la puerta. A medida que descendía los escalones me fue envolviendo la mezcla de olores de un aire viciado y denso lleno de perfumes, aromas de licores  y tabaco. Las luces indirectas de los focos creaban espacios oscuros salpicados de otros expuestos a la claridad amarillenta. Fui bajando los incómodos peldaños: las caras masculinas y varias parejas de hombres bailando abrazados me situaron en el lugar donde estaba.

No quiero molestar a nadie al transcribir mis pensamientos, porque hoy en día corren otros tiempos, pero los de mi generación hemos sido poco… “comprensivos” con ciertas cuestiones y pensé: “!Coño!, !pero si esto es un bar de maricones!”.

Iba a dar media vuelta algo azorado cuando una cara sonriente bajo un pelo rubio platino con una bandeja en la mano se acercó a mí: “Baja, preciosa, que hoy esto está que arde”. Instintivamente me palpé la cara sorprendido y le enseñé los dientes en una sonrisa de hielo.

“¿Qué vas a tomar? Anda, decídete pronto que me coges de paso”.

Oí mi propia voz, era opaca, absolutamente viril. “Solo Estoy buscando a un amigo, pero él no puede estar aquí”. “¿Es uno de esos que a ti te gustan?” Me miraba como si fuéramos cómplices. “Vendrá, vendrá, no sufras, eres irresistible y lo sabes”.

Tragué saliva. El tipo mariposeó su mano libre delante de mi cara y luego, literalmente de un culetazo, me empujó bajo la escalera.

Desconcertado, me senté en un taburete de piel frente a la barra sintiéndome observado por un hombre, rechoncho y viejo con las cejas muy perfiladas, que no  me quitaba la vista de encima. Jugueteé unos instantes con un bol de palomitas e, incómodo, volví la cabeza bruscamente para que el viejo se diera cuenta de que no me iba el rollo.

En ese momento la sangre se me heló en las venas: en el pequeño zaguán que formaba a mi espalda la escalera de caracol, un perchero reventaba de prendas de abrigo. Mi cazadora destacaba nueva y reluciente sobre todas  ellas. En aquel momento una frase aterradora surgió de las profundidades de mi mente y me estremecí: “Por mis cojones que mi hijo nunca será un maricón”. Era la voz del capullo de mi padre.

Una náusea  subió desde mi estómago. Dejé un billete sobre la barra, subí los peldaños de la estrecha escalera de tres en tres y salí de allí como alma que lleva el diablo.

Volviendo sobre mis pasos por las calles solitarias, mis pies eran dos pesadas piedras que golpeaban el asfalto arrastrando los ecos de aquella frase lapidaria, escupida contra mí y perdida para siempre tras un silencio oscuro que lo había enterrado todo.

Nadie puede imaginarse lo que había en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, en mi estómago, en la punta de los dedos de mis pies. No, nadie puede saberlo ni yo podría explicarlo porque en mi interior se hizo el más absoluto negro y profundo vacío. El lobo audaz que había  rastreado a su presa, estaba herido de muerte.

Llegué a mi piso, me sentía escuálido, indefenso. Traspasé la puerta como si dentro me esperaran millones de fantasmas. Efectivamente, todos los muertos y los vivos que poblaban mi vida estaban allí, sentados con las piernas cruzadas y una maliciosa sonrisa esperando mi regreso.

A oscuras, palpando las paredes me dirigí al cuarto de baño y vomité sobre el lavabo mientras imaginaba mi cara desencajada en el espejo.

Aún sin luz, entré en mi dormitorio. Estaba aterido de frío. Sin quitarme la ropa, me metí en la cama esperando oír la llave de la puerta dando vueltas en la cerradura.

Durante cada segundo de aquella larguísima noche sentía mis músculos, uno a uno, impregnados de una corriente de electricidad dispuesta a fundir los plomos de mi mente: yo podría desaparecer en cualquier momento poseído por el otro. Ahora él era el dueño absoluto de mi vida.

Amaneció. Sin importarme nada dejé que el sol iluminara la habitación; sólo cuando en todos los rincones se disolvieron las sombras me levanté. Recuerdo que sentía miedo, un absurdo miedo. Sigilosamente me dirigí al ropero y lo abrí de par en par: la camisa negra  estaba como siempre colgada impecable entre mi ropa.

Exhalé el aire contenido en mis pulmones con violencia. Sin duda aquella historia era una vívida pesadilla. La tensión acumulada durante tantas horas se volatilizó y sentí que volvía a ser dueño de mí mismo.

Más tranquilo, telefoneé a mi empresa para dar una disculpa y fui a la cocina dispuesto a prepararme un café; la cazadora de cuero yacía descuidadamente sobre uno de los taburetes. Me abalancé sobre ella como un poseso y  la acaricié, palpé su forro, la piel suave olía a mí. Me la puse sobre la ropa arrugada para sentirla mía, subí y bajé la cremallera varias veces, por último metí las manos en los bolsillos buscando más pruebas de que era mía. Fue entonces cuando mis dedos tropezaron con algo en su interior. Lo extraje y una carcajada se ahogó en mi garganta: sobre la palma de mi mano, una elegante cajita de cerillas llevaba escrito en negro sobre dorado aquella curiosa palabra: “Caché”.