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El gorro blanco -En el Taj Mahal-


 Mi nombre es Arun. Soy uno más entre los millones de hindúes que han nacido fuera de la India. Mis padres salieron de allí cuando se produjo la división del país con la independencia, y mi familia, como tantas y tantas personas a lo largo y ancho de todo el subcontinente, tuvo que abandonar su tierra por motivos religiosos. En nuestro caso fue la ciudad de Lahore. El nuevo país que surgió a ambos lados del subcontinente: Pakistán, «el país de los puros», no aceptaba otra religión que la musulmana y se inició el mayor y más sangriento éxodo que ha conocido la historia de la humanidad. Aquel verano y aquel otoño de 1947 cientos de miles de indios murieron o fueron despojados de todas sus pertenencias y hubieron de abandonar sus vidas para empezar con las manos vacías al otro lado de la frontera de la sinrazón.

Dentro de la terrible tragedia, fuimos muy afortunados: nuestra extensa familia con redes comerciales en muchos rincones del mundo, les facilitaron el que se instalaran en España, en las Islas Canarias que, en aquella época, eran un puerto franco y propiciaba nuestro tipo de comercio de importación y venta de productos procedentes de los países orientales.

Siempre he vivido en las islas, he crecido, me he casado, he formado mi propia familia y hoy día tengo una vida plena. Creo que nunca he deseado algo diferente de lo que tengo. Pero los que procedemos de otras latitudes, los que somos descendientes de emigrantes de tierras tan distintas a aquellas que nos han acogido, no podemos dejar de sentir una extraña añoranza que va aflorando con los años desde el interior de nuestros corazones. Ser hindú es una fuerte identidad que nos acompaña en todo momento: en la calle lo llevamos escrito en la cara, en el color de nuestra piel, y dentro de nuestras casas estamos atados a esas tradiciones milenarias que siguen marcando el ritmo de nuestra existencia con el eco de nuestras propias oraciones y a la luz de nuestras propias velas.

El viaje del que ha surgido el que yo cuente esta pequeña historia, no era, ni mucho menos, mi primer viaje a la India. Había estado en decenas de ocasiones, pero otras veces me limitaba a asistir a alguna de las bodas a las que éramos invitados en el seno de nuestra familia o a visitar las ciudades comerciales, sobre todo, Bombay, Delhi o Calcuta, siempre en viaje de negocios: se trataba de ir a comprar y después volver. Solía visitar algún socio o alguno de los parientes con los que aún continuamos estando en contacto y poco más. Esta vez, sin embargo, decidí tomarme un tiempo para visitar el país de mis padres de otro modo, como un simple turista más, y me sumé a un grupo de amigos españoles que habían decidido visitar la India.

El viaje estaba resultando muy placentero para todos, habíamos viajado a través de la región de Rajastán y continuábamos descubriendo las cientos de sorpresas que nos deparaba el camino hacia nuestra última etapa: Delhi, la capital federal de la Unión India.

Ahora estábamos en Agra: esta ciudad es el destino turístico más importante del país, pues contiene un patrimonio histórico de incalculable valor para toda la humanidad. Lo visitan millones de extranjeros y sobre todo millones de gentes de la propia India. Sean cuales sean sus creencias, no hay nadie que no se sienta atraído por la belleza y la leyenda de ser el más hermoso monumento al amor que se haya edificado nunca. Realmente, en muy poco tiempo, tuve la ocasión de descubrir el porqué de ese magnetismo que tiene el Taj Mahal.

Nuestra llegada a Agra se produjo al atardecer. Hicimos un pequeño recorrido por algunos barrios de la ciudad para hacernos una idea de dónde estábamos y después nos dirigimos al hotel. Allí cenamos y permanecimos disfrutando de las comodidades y los lujos que ofrecen algunos de estos establecimientos que han sido pensados para trasladar a los turistas a las épocas de esplendor de una civilización tan fabulosa y tan versátil como fuera la nuestra.

A la mañana siguiente estaba prevista la visita al Taj Mahal. Se nos propuso realizarla al amanecer, tal como las guías turísticas aconsejan, por ser el momento más hermoso para contemplar el monumento; pero nuestro grupo no era, precisamente, un grupo de madrugadores: las amenas veladas nocturnas solían prolongarse y aquella noche no fue distinta a las demás, con lo cual, la cita para realizar la esperada visita se pospuso para después de que todo el mundo hubiera desayunado tranquilamente, sin imponer una hora concreta.

Yo no me resigné a renunciar a la emoción de visitarlo iluminado por las luces del alba, había oído muchos elogios y creí que merecería la pena hacer el pequeño esfuerzo que me podría suponer levantarme a horas tempranas. No hablé con nadie acerca de mis intenciones, puesto que no quería que se vieran obligados a cambiar los planes de todos por lo que podría resultar solo un capricho mío. Dejé una nota en la recepción del hotel advirtiendo de mi marcha y de que me avisaran por el móvil en el momento de su llegada al mausoleo y así fue como, antes de las seis de la mañana, yo estaba en la puerta principal para acceder al complejo.

La experiencia es digna de ser contada, aunque no creo que con mis palabras alcance siquiera a hacer un pequeño esbozo del espectáculo del que fui testigo aquel amanecer. Hay cosas que no pueden describirse, es necesario estar frente a ellas para darse cuenta de la belleza que el ser humano es capaz de crear cuando está movido por los más profundos y hermosos sentimientos. Solo puedo decir que durante unos momentos se me nubló la visión y tuve que hacer un esfuerzo para controlar las lágrimas, mientras iba apareciendo aquella preciosa joya de la arquitectura, que cobra todo su significado estético y espiritual al verla surgir entre la niebla que se va esfumando, como si un mago, con un ligero soplo, hiciera el milagro de ir levantando el velo que cubre los ojos de un ciego.

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La verdad es que me emocioné y pasé un largo rato contemplando extasiado cómo iban apareciendo ante mí las formas armónicas de líneas y curvas. Todo se fue conformando lentamente hasta crear una perfecta perspectiva, que confluía en aquel magnifico monumento que tiene la magia de parecer un sueño irreal y etéreo. Ante mí, los colores fueron transformando el escenario a capricho del sol que lo acariciaba con los reflejos de los tonos rosados del amanecer, vistiéndolo después de suaves capas doradas para, por fin, ofrecerse en un blanco esplendoroso y deslumbrante.

Había leído algunas particularidades sobre la construcción del edificio. Todas las guías destacaban que era una obra realizada en veinte años o que en ella habían intervenido más de veinte mil artesanos, a muchos de los cuales, los más cualificados y según se cuenta, les fueron cortadas las manos a su término para que no pudieran reproducir en ningún otro lugar lo realizado en el Taj Mahal.

Sorprende que todo esté documentado de manera exhaustiva, el nombre de los intervinientes, y hasta el salario de los peones, evidenciando el exquisito cuidado con que fue ejecutada la construcción y lo costosa que resultó.

Después, a mi regreso, comprobé algunos datos y seguí curioseando en todo lo relativo al monumento. Me llamó la atención la coincidencia de los historiadores en que, a pesar de ser nombrados muchos arquitectos como autores, quien realmente la ideó y la supervisó fue el propio Sha Jahan, quien se dedicó, en cuerpo y alma, a la realización de tan magnífica obra en recuerdo de su amada esposa, conocida por su gran belleza y por su alma caritativa.

Realmente, el proyecto, que nunca llegó a materializarse en su totalidad, se completaba con la construcción de un segundo mausoleo en la otra orilla del río, en donde se situaría el cenotafio del propio Sha Jahan, construido en mármol negro, y ambos monumentos estarían unidos a través de un puente de plata sobre el río Yamuna, como símbolo de la unión por el amor eterno de aquellas dos almas que, sin duda, y a pesar de la obra no concluida, ha pervivido con su hermoso mensaje a través del tiempo.

El mausoleo se concibió, con algunas variantes, basándose en la tradición persa del jardín cuatripartito. Según dicha tradición, los jardines se dividían mediante cuatro canales que simbolizan los cuatro ríos del paraíso; la parte central era ocupada por un pabellón simétrico, generalmente de forma octogonal, que pretendía, en su conjunto, emular el paraíso islámico descrito en el Corán y que representa el lugar en que se encuentra materializada la suprema e infinita promesa de felicidad para los que hacen el bien y vedan el mal.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que me senté frente al mausoleo, al intentar moverme, noté mis músculos entumecidos debido a la humedad y a la falta de movimiento, pero al fin me levanté de mi asiento. No sentía deseos de entrar en el interior de los edificios que componen el enorme complejo, pues preferí sumarme más tarde a la visita guiada que, sin duda, tendría la oportunidad de hacer con mis compañeros de viaje, y me limité a recrear mi imaginación paseando en torno al espacio despejado que dibujaba las siluetas de las hermosas figuras arquitectónicas que conforman la totalidad del complejo.

Deambulé por la parte exterior del recinto escuchando el leve rumor de las aguas que discurren por los canales; subí las escalinatas que dan acceso a la base sobre la que se edificó el mausoleo, para situarme debajo de los altos muros y medir mi pequeñez junto a los alminares que configuran, como silenciosos vigilantes, la magnífica estampa. Contemplé las inscripciones con los versículos del Corán, los encajes delicados de mármol que tamizan y trasladan la luz al interior del recinto y las preciosas incrustaciones de piedras semipreciosas que adornan el edificio. Di la vuelta en torno a su perímetro y, al fin, me asomé al Yamuna.

El curso del río, que en su día debió tener un gran caudal, parecía pequeño y desigual en comparación con el enorme lecho. Había leído que las presas, que con el tiempo se han ido construyendo para utilizar el agua con fines diversos, han disminuido el cauce considerablemente, en particular desde la ciudad de Delhi que, al convertirse en una gigantesca urbe, necesita el agua que le aporta el río.

Apoyado sobre la balaustrada que delimita el monumento por la parte posterior, vi que, a la derecha, junto al enorme complejo de mármol, aparecía un sencillo embarcadero que quedaba retraído y tenía un extraño aire de melancolía y de olvido. Desde la posición en la que me encontraba, podían verse varias barcas viejas y enmohecidas. Daba la impresión de que nadie las usaba desde hacía tiempo y yacían abandonadas junto a los grupos de peldaños que descendían hasta las tierras arenosas que conforman el lecho del Yamuna. La sencillez de la instalación junto a aquel grandioso edificio me llamó la atención y, no sé porqué, algo me impulsó a bajar.

Volví sobre mis pasos recorriendo de nuevo la plataforma blanca del enorme mausoleo, descendí hasta los jardines y abandoné el recinto amurallado. A aquellas horas la gente empezaba a venir en numerosos grupos. Los vendedores ambulantes, casi todos chiquillos, cargados con libros y postales se arremolinaban en la puerta esperando el mejor momento para abordar a las riadas de turistas. Al verme salir, y durante un rato, algunos de ellos me siguieron, pero, enseguida, dando la vuelta a la esquina, me encontré solo caminando por una estrecha vereda que discurría al pie de las murallas en dirección a la orilla del río y anduve por el camino polvoriento.

A lo largo del trayecto todo estaba silencioso y tranquilo. Al llegar al río, sin haber visto a nadie en los alrededores, me situé sobre los peldaños de las escaleras que descienden hasta el agua y me senté para disfrutar de la brisa que me envolvió con una agradable sensación de humedad y frescura.

En la orilla, observé como sobresalían las hierbas acuáticas que se doblegaban al paso de la corriente opaca de un río casi gris. El sonido del agua adormecía los sentidos y entre las hierbas se adivinaban los diminutos animales que se movían creando ondas concéntricas, capaces de hipnotizar con la magia de los incontables círculos.

Estuve durante un rato observando en silencio el curso sagrado del río y, sin darme cuenta, los años de mi infancia vinieron a mí con los recuerdos frescos de la voz de mi madre recitando unos versos que hablaba del dolor de Yamuna por la muerte de su hermano Yama. Según nuestra religión, Yama fue el primer hombre que pobló la tierra y el primero que murió. Decía el poema que Yamuna amaba tan profundamente a su hermano y tanta fue su tristeza, que los devas crearon la noche para hacerle olvidar su desconsuelo. Me sorprendió descubrir que las palabras habían permanecido frescas en mi memoria y sentí una extraña punzada de tristeza.

Mi madre nunca volvió a la India, cuando ella murió, uno de mis hermanos mayores se encargó de traer las cenizas desde España para verterlas en el Ganges. De eso hacía ya mucho tiempo, yo entonces tenía apenas doce años. No sé si lloré por su muerte, pero sí sé que, poco a poco, su imagen se fue perdiendo entre mis recuerdos y solo quedó un suave aroma a frutas silvestres que ella usaba como perfume y que, a veces, sin saber por qué, parecía impregnar los rincones de mi casa. Un día, mucho tiempo después, descubrí sus ojos en los ojos de mi hija Deepa —ese era también el nombre de mi madre—, y me conmovió pensar que ella volvía a estar de nuevo acariciando las sombras de mi vida.

Aquellos pensamientos me habían devuelto al presente, a mi realidad cotidiana y a esa lucha que desde hacía meses mantenía con Deepa: mi hija se había equivocado al elegir el hombre de su vida y no estaba dispuesto a ceder. Mi deber es mantener vivas nuestras raíces y yo…

En aquel momento, alguien me tocó en la espalda, sobresaltándome por lo inesperado que me resultó.

—Perdone, señor. ¿Habla usted mi lengua?

Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años vestido al estilo occidental y abrigándose el cuello con una bufanda de color rojo, me miraba sonriendo mientras se dirigía a mí hablándome en hindi, un idioma que conozco muy bien, puesto que se sigue utilizando entre los componentes de nuestra comunidad, sobre todo los mayores. Los jóvenes que vivimos lejos de la India, lamentablemente, hemos ido descuidando su uso y aunque no lo hemos abandonado nos resulta cada vez menos cómodo desenvolvernos es ese idioma.

Me sobrepuse al sobresalto que me había producido la aparición de aquel chico y le contesté orgulloso de conocer su lengua.

—No tan bien como tú, pero sí puedo entenderlo todo ¿Por qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Mire, señor. Mire usted allí.

Con el brazo extendido me señalaba algo o alguien a mi espalda, volví la cabeza para ver de qué se trataba y el chico me explicó:

—El viejo que vive ahí es un pariente mío, es el hermano de mi bisabuelo. Yo vengo a ayudarlo y a hacerle compañía.

Un hombre muy anciano estaba incorporándose con aparente dificultad en el lugar donde acababan los escalones y empezaba una pequeña arboleda. Allí otras dos barcas, aún más viejas que aquellas que habían llamado mi atención, formaban un pequeño recinto.

—¡Ah!, lo siento. No sabía que no podía sentarme en estos escalones, pensé que aquí no molestaba a nadie.

—No, no, señor. No quiero decir eso. Usted puede sentarse aquí si quiere, no molesta. Es solo que él es un hombre muy viejo, tiene más de cien años.

Lo miré con más detenimiento. Sí, parecía muy viejo. Tenía la cabeza cubierta con un turbante de una tela basta de lana con dibujos de cuadros y otra tela oscura le cubría todo el cuerpo a modo de capa.

El chico me golpeó ligeramente en el brazo para llamar de nuevo mi atención.

—Él era barquero del Yamuna.

—¡Qué hermosa vida! —contesté.

—Sí, es un hombre muy sabio y tiene un don.

—¿Tiene un don? ¿Qué quieres decir?

—Que cuenta historias como nadie. La gente dice que sus palabras tienen magia y vive de eso ¿Quiere usted escuchar una de esas historias?

Miré al anciano que aparecía acurrucado bajo la tela que le cubría y estaba ajeno a nuestra conversación.

—Me gustaría, la verdad, pero no tengo mucho tiempo. Estoy de visita turística con un grupo de amigos y he de subir de nuevo al mausoleo. Ellos llegarán de un momento a otro y no debo hacerles esperar. Les he dicho que me localicen por el teléfono móvil y…

—Hágame caso, señor, no se arrepentirá. Escúchelo, solo le va a costar unas cuantas rupias y si usted deja que empiece ya no podrá dejar de oírlo.

Volví a negar con un gesto de la cabeza pero el chico insistió con mirada de súplica. Al verlo, pensé, que no hay como un hijo de la India para saber insistir hasta conseguir su propósito.

—Por favor, señor. Últimamente no hay mucha gente que baje hasta aquí, todo el mundo viene muy deprisa: contemplan durante un rato el Taj y después se marchan. Cada vez nos cuesta más trabajo sacar dinero para que el abuelo coma, y yo no puedo dejarlo aquí solo, se moriría.

—¿Por qué no se lo llevan?, este sitio no parece el más adecuado para que viva un hombre de edad tan avanzada.

El chico sonrió.

—Usted no sabe lo que dice. Eso es imposible, no se marcharía nunca. Desde este embarcadero ha visto pasar la vida. Él lleva aquí muchos años y quiere morir aquí. No hay forma de sacarlo.

Detenidamente miré al anciano que en aquel momento levantaba la cabeza. Estaba muy delgado, con la piel curtida y arrugada. Observé sus manos resecas como el pergamino y sus dedos largos que trajinaban con cuidado un objeto metálico. Había un cierto misterio en aquella silueta tan vieja y encorvada y de su figura emanaba una rara energía que me hizo seguir sus movimientos durante un largo momento.

—¡Vamos, hombre!, ¡decídase!

El chico había vuelto a dirigirse a mí, instándome a que me acercara más al lugar donde se encontraba el viejo barquero.

No sé qué fue lo que me indujo a aceptar, supongo que, conmovido todavía por las imágenes que acababa de contemplar con el despertar del Taj Mahal, me encontraba especialmente sensible y accedí a su petición. Me levanté, miré mi reloj y lo seguí. Aún dudaba de estar haciendo lo más adecuado, pues eran cerca de las nueve y mi gente ya no podría tardar mucho.

—Puede que tenga que marcharme a medias, si me llaman.

—Hágame caso, señor. No se arrepentirá. La gente dice que él siempre encuentra la respuesta que uno está buscando sin saberlo.

Nos acercamos al sitio donde estaban las barcas varadas que servían de hogar a aquel anciano y el muchacho me indicó con un gesto que lo imitara sentándome junto a él. Así lo hice, me senté al lado del chico que sonreía satisfecho dentro de una de las barcas con la espalda contra las viejas maderas, que crujieron al añadirse mi peso a la fragilidad de aquella estructura.

El hombre estaba incorporado sobre su manta. En torno a él, yacían esparcidos algunos recipientes que, sin duda, había utilizado para su desayuno, pues había restos de una sencilla comida a base de arroz. Volvió la cabeza hacia mí, me pareció que tenía la mirada vacía y por un momento pensé que era ciego. Enseguida me di cuenta de que no era así.

El chico tocó su hombro ligeramente y pareció percatarse de que había alguien extraño junto a ellos. Me miró como si le costara identificar mi silueta sentada al lado del muchacho que, levantando mucho la voz, le dijo entusiasmado:

—Tienes que esmerarte, abuelo, este hombre es muy rico y habla hindi.

Me miró con picardía y volvió a dirigirse al anciano:

—Hoy hemos tenido suerte, quiere oír una de tus historias. ¡Vamos, abuelo! Tenemos que hacer que se lleve un buen recuerdo y que se alegre de haber bajado a la ladera del Yamuna.

El anciano permaneció en silencio y trajinó durante un momento más con los pequeños recipientes, los apiló en una de las esquinas de la manta sobre la que se sentaba y después cerró los ojos, agachó la cabeza y juntó las manos sobre su regazo.

Creo que sentí vergüenza. Pensé que lo único que deseaba aquel pobre viejo era que lo dejaran tranquilo. Pero, para mi sorpresa, sin levantar la cabeza y con una voz ligeramente ronca se dirigió a mí para preguntarme mi nombre. Tragué saliva y escuetamente contesté: Arun.

Él estaba frente a mí con las piernas cruzadas, que se adivinaban bajo su manta como delgados y estrechos huesos formando ángulos precisos. El sonido de su voz era envolvente y un extraño magnetismo me hizo detenerme en aquel rostro que me atraía. Recorrí con la mirada los profundos surcos que atravesaban su frente, los semicírculos y los extraños signos que el tiempo le había marcado en torno a los ojos. Desde su frente, unas líneas transversales descendían hacia la barbilla, rodeando la boca de labios muy finos y ocultos bajo una barba que le salpicaba la piel oscura con hilos hirsutos de un blanco inmaculado. Volvió a preguntarme:

—¿Cómo podría empezar esa historia? 

Aquella pregunta me desconcertó y balbuceé: 

—Yo no sé… —De nuevo se dirigió a mí: 

—Cierra los ojos y deja que hable tu corazón para que las palabras den sentido a las inquietudes de tu alma.

—No lo comprendo —repliqué.

No sé si me oyó, él mantenía la cabeza baja, mirando a un punto perdido sobre su manta. Empezó a hablar y fue dejando que la entonación de su voz diera vida a las frases que iba pronunciando como un experto y consumado narrador:

—El Yamuna es el más sagrado de todos los ríos que nace en las altas cumbres de los Himalayas. Su misión es recoger el amor y la belleza que encuentra en su camino y verterlas a la madre Ganga, para enriquecer su caudal y embellecer sus aguas llenándolas aún más de sentimiento.

»En su largo camino, desciende desde las regiones montañosas, en las que son muy pocos los seres capaces de vivir, y atraviesa las extensas llanuras, donde el espíritu inquieto de los hombres forjó, día a día, el legado de una cultura y una religión con el nombre de un dios para cada brizna de existencia.

»Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

Me dejé llevar por la emoción de las palabras y por estar en aquel sorprendente lugar, frente a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India. Sin darme cuenta mis ojos se cerraron y las imágenes dieron paso a los sonidos leves a mi alrededor. Oí el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de vida en torno a aquel pequeño círculo, en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Aquella rara sensación de pertenecer a aquel lugar me hizo estremecer, abrí los ojos y vi como el anciano levantaba la cabeza. Por primera vez desde que me sentara junto al muchacho, fui consciente de que me veía. No era necesario que yo dijera nada, leía dentro de mi corazón como si fuera un libro abierto entre sus manos.

Creo que, al darme cuenta, me sonrojé y tuve que apartar, como un muchacho tímido, mi mirada de aquellos ojos que brillaban como dos minúsculas chispas llenas de vida. En su interior estaban escondidos todos los secretos que impregnaban el aire que nos acariciaba, allí estaban escondidos mis más íntimos desvelos.

Y oí su voz como un eco lejano al comenzar su historia:

—Lo que voy a contar sucedió hace muchos años. Sin embargo, bastaría con atravesar el río para poner los pies sobre las mismas tierras que fueron testigo del aquel suceso.

»En aquel entonces, el río Yamuna discurría con gran fuerza y durante la época de las lluvias, su caudal se multiplicaba lamiendo con sus aguas las piedras rojas sobre las que se yergue el monumento. Pero, años atrás y lejos de aquí…

Con la magia de sus palabras fue transformando el universo abstracto de sensaciones y seres invisibles en el que yo flotaba, haciéndolo más pequeño. Se fue cubriendo de matices para dar vida a la casa de un rico e influyente hombre de Mathura: una vieja ciudad en la ladera del Yamuna, que en su día fue una importante capital, el escenario de cientos de guerras y de míticas batallas. Allí y a lo largo del tiempo, se entremezclaron las culturas llegadas en pos de las caravanas portadoras de sedas, de especias, de curtidos. En aquella ciudad nació y vivió sus primeros años la octava reencarnación de Vihsnu: Khrisna, el dios del amor de los hindúes, cuya presencia sembró de templos las laderas del río y donde, más tarde, los emperadores mogoles fueron trayendo los ecos de su Dios omnipotente y solitario, salpicándolo todo con los vestigios de su propia cultura.

En aquel escenario de arraigados y encontrados sentimientos nació Madhu. Fue una hermosa noche de luna llena con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su llegada, marcándole los pasos de un camino brillante. El astrólogo predijo para ella que sería una mujer muy bien amada y, desde su nacimiento, el padre prometió encontrarle el más hermoso de los destinos.

El anciano fue dando vida a la hija más pequeña de una familia en la que le habían precedido cinco hermanos varones. La hizo crecer para mí, risueña y atrevida, con los ojos chispeantes y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. Cautivando a un padre capaz de conmoverse al escucharla improvisar las ragas de la mano de su maestro, o mientras la observaba, sumida en un místico silencio, recitar los versos escritos en el Gita: ese libro sagrado que esconde entre sus palabras los secretos de la vida y de la muerte, de lo efímero y de lo eterno y haciéndole sentir un hombre afortunado por poseer tan hermosa joya que solo fue capaz de comprometer, en aras de la tradición, para convertirla en la esposa de un importante y rico hombre de la próspera ciudad de Delhi.

Pero el destino, que juega con los hombres mostrándoles cuán frágiles son sus propósitos y qué nimias las armas que utiliza la mano misteriosa que mueve los hilos de la existencia, se reveló muy pronto dispuesto a trazar el que habría de ser el camino de Madhu. Pues, desde su casa, y cuando aún era una niña, las ramas de una vieja higuera de agua se descolgaron, generosas y cuajadas de flores, sobre el patio de Karim: un muchacho musulmán, de tez oscura y mirada inquieta, que siempre cubría su cabeza con un gorrito blanco, hecho para enredar entre sus hilos todas sus oraciones en busca del soñado paraíso.

Fue así cómo la ingenuidad de sus pocos años hizo que los niños se ocultaran jugando entre las frondosas hojas, que se perfumaban de flores cada verano y que Karim fue entremezclando, año tras año, con los mechones de pelo sedoso y negro de Madhu quien, al hacerse mujer, fue convirtiendo su mirada en los rayos de un amor que el tiempo transformó en un sentimiento mutuo, profundo y generoso.

Y una noche de luna llena, con el cielo cuajado de estrellas que derrochaban luz para iluminar su camino, convencidos de su amor, los secretos amantes emprendieron la huida hacia la lejana y prometedora Calcuta.

En su camino, cabalgaron junto al río, oyendo el rumor del agua, que acompañó sus pasos hasta llegar a la ciudad de Agra. Allí, conmovidos por la hermosa estampa que durante siglos ha hecho verter palabras de amor a los poetas, prometieron no separarse nunca. Y ocultos tras las altas hierbas de un pequeño bosque de cañas, esperaron el amanecer para continuar.

De nuevo a mis pies, como un milagro, volví a oír el suave rumor del discurrir de las aguas que me devolvió a aquel sorprendente lugar, junto a ese hombre que parecía tan viejo como la propia India…

—Aquella mañana, aún era muy temprano. El sol no había asomado su esfera deslumbrante y solo la claridad de su preludio iluminaba el paisaje levemente.

Era ese extraño y mágico momento de cada amanecer, cuando parece que el sol no se atreve a irrumpir de repente en la vida de la India y se va anunciando, con sigilo, por miedo a deshacer el hechizo que encierran las tinieblas de la noche.

Poco a poco, ayudado por sus palabras, percibí cómo la luz se hacía más intensa y los pájaros comenzaban a desperezarse, produciendo en el aire una cascada de sonidos y de músicas lejanas. Y el viejo me contó que, al despuntar el alba, los jóvenes advirtieron que la tierra se estremecía a su espalda. En solo unos instantes, tras el silencio húmedo y gris de la espesa niebla, vieron surgir de entre las cañas a seis jinetes rodeando el pequeño bosque en donde se ocultaban: los hermanos de Madhu y el propio padre, detenidos frente ellos, les mostraron amenazantes la frialdad de sus armas y, entre los pies de los nerviosos caballos, atraparon a Karim alejándolo de Madhu con ásperas promesas de muerte y de venganza.

Pero antes de marchar, el muchacho se despidió de su amada extendiendo la mano para entregarle el gorro blanco que cubría su cabeza. Los dos sabían que, entre los finos estambres y enlazadas, noche tras noche, de sueños y de esperanzas, estaban las miles de plegarias que habrían de alumbrar sus pasos hacia las puertas de su propio paraíso.

Al fin, Madhu, sola, de rodillas sobre la tierra húmeda, con los ojos anegados por las lágrimas, comenzó a rezar, oyéndose en el aire el eco de sus palabras.

El padre, conmovido, descendió del caballo y se aproximó hasta donde estaba su hija dispuesto a consolarla, a hablarle del tiempo que todo lo cura y todo lo enseña, de los sueños que tuvo para ella: el amor y la riqueza, la protección y la calma bajo la mano de sus dioses y la benevolencia de su raza. Suavemente acarició su vestido y cerró los ojos: detrás de sus párpados volvieron los ecos de la infancia y volvió aquella niña, risueña y atrevida, con la mirada chispeante y con la piel dorada, descalza entre las flores y la tierra, envuelta en los vivos colores de sus vestidos de seda, entre los olores del té y los perfumes del sándalo. La música regresó a sus oídos y las lágrimas se asomaron envolviéndole las pestañas.

Madhu, conmovida al ver a su padre llorando junto a ella, se incorporó sumida en una extraña paz. Cogió entre las suyas las manos de aquel hombre a quien tanto amaba y, con la voz pausada, se dirigió a él para agradecerle aquel tiempo en que, sentada sobre sus rodillas, bebió en la dulzura de sus palabras. Fue de él, de quien aprendió a sembrar y a buscar la pureza de los sentimientos solo en el alma, el lugar en donde mora la única riqueza capaz de arraigar y perdurar, más allá de lo efímero de la vida, que ahora se le mostraba.

Y todo ocurrió en un momento. El anciano, con un gesto de sus manos, me hizo volver la cabeza: la silueta del Taj Mahal se recortaba a mi espalda vertiéndose sobre el agua.

No recuerdo haber oído sus palabras, pero detrás de mí, surgiendo de entre las cañas y al otro lado del río, vi llegar cabalgando a una mujer sobre un caballo blanco con las crines doradas. Descendió de su cabalgadura para meterse en el agua, empujando a su paso el suave oleaje que rompía la alfombra de cristal en donde se dibujaba el hermoso monumento. Ante mis ojos, la frágil silueta se fue fundiendo con las cúpulas blancas como las mismas perlas que, a su paso, se abrieron en pedazos y ella desapareció… Tras un instante de silencio, la imagen de mármol volvió a quedar intacta y reflejada sobre el agua. Y en la orilla, vi llegar al padre de Madhu, buscar con la mirada el rastro de su hija. En mi propio corazón, sentí un inmenso vacío al ver los alminares que aún temblaban a sus pies conformando enormes precipicios de huecos profundos y oscuras oquedades, envueltos por las curvas del imponente mausoleo.

El aire empujó hasta mis oídos el ruido de sus sollozos y lo vi caer de rodillas junto al agua, inclinarse como un junco roto ante el suave oleaje que trajo hasta sus manos el gorro blanco de Karim.

Parpadeé un momento y todo desapareció de mi vista tras la magia de unas palabras que nunca escuché.

Aún, al recordarlo, me pregunto cómo pudo suceder aquello. Sólo puedo decir que, en aquel instante, oí de nuevo el aire pasar rozándome la piel y los misteriosos ecos de todo lo invisible que me rodeaba. El agua era un murmullo de fondo que sustentaba un mundo lleno de emociones vivas en aquel pequeño círculo en el que yo sentía haber habitado desde siempre.

Volví la cabeza con las imágenes todavía en mi retina, el viejo volvió a inclinar la suya como si todo hubiera concluido y oí el leve murmullo de su voz que se apagaba:

Siente ese mágico rumor que discurre a tus pies sin que nada pueda frenarlo. El río contiene las fuerzas que rigen nuestros destinos y solo nos cabe sumergirnos en sus aguas para tratar de encontrar el secreto que nos conduzca hacia la eternidad.

 

Tardé un largo momento, pero, al fin, me incorporé muy despacio y me despedí del muchacho con un gesto generoso. Agradecí al anciano aquella historia que me había conmovido, abandoné el lugar y regresé de nuevo a recorrer en silencio las paredes blancas del Taj Mahal junto a mis compañeros de viaje.

Creo que la extraña magia que poseía la mirada de aquel viejo centenario inundaba todavía mi corazón y, en un segundo de locura, los ojos tristes de Deepa en nuestra despedida me miraron lejanos y llorosos. Instintivamente, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón buscando como una maldición aquel gorro blanco.

Aliviado, contemplé el pañuelo apretándolo entre mis dedos y, pálido, tuve que apoyarme contra una pared. Un amigo me preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

Me repuse y limpié las gotas de sudor que sentía mojándome la frente.

—Sí. No te preocupes, estoy bien —respondí después de un momento—. Es que… no podría soportar perderla.

Me miró perplejo y sonrió con malicia.

—¡Ah!…, ¡hombre, por Dios!

Me puso la mano sobre el hombro, me dejé llevar y ambos nos incorporamos de nuevo al grupo para volver a escuchar las palabras del guía:

«El nombre de la princesa era Arjumand Banu Begam pero siempre fue conocida como la Joya del Palacio…».

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

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