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El oscuro café

Con un leve chasquido el café quedó completamente a oscuras y me sobresalté. Abrí y cerré los ojos

Oscuro Café
Archivo de LHM

instintivamente, solo pude distinguir, como en un relampagueo, el blanco de la camisa de un camarero que, erguido, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo, esperaba entre las mesas. Yo era la última cliente.

Seguí sentada unos segundos más. Hacía rato que la esperanza de que apareciera se había desvanecido. Absorta en mi desilusión, quise consolarme con buenos recuerdos y me había perdido en los acogedores brazos de mi madre a la que vi plantada una vez más en la puerta del colegio de mi infancia o esperando detrás de la ventana mi vuelta en las primeras salidas de mi adolescencia, recordé sus visitas al hospital cuando me operaron de una pierna rota, siempre sola, siempre a mi lado. No recordaba echar de menos  tener un padre porque lo tuvimos todo. La vida junto a la familia de mi madre fue una vida fácil, sí, pero nunca había sentido como en aquellos momentos el frío de su soledad y se me hizo insoportable.

Cuando fui creciendo las preguntas sobre mi padre se hicieron inevitables y ella solía contestar, sin darle demasiada importancia, que se había marchado a otro país y nunca supo más de él, pero estaba segura de que volvería a buscarme, repetía que era un buen hombre. Ahora, mi madre había muerto hacía solo unas semanas y, como una profecía cumplida, una tarde recibí la llamada de alguien que dijo ser mi padre. Balbuceó cuánto lamentaba su ausencia, cómo sentía haber olvidado sus obligaciones como padre y me pidió que nos encontrásemos, necesitaba conocerme, saber de mí. Me citó en aquel café.

A lo largo de la tarde, al ver que no venía, intranquila, había llamado varias veces al número desde el que recibiera su llamada, nadie contestaba pero yo me resistí a marcharme. Tal vez una accidente, un imprevisto de última hora. Él era mi padre, sabía que tenía que venir.

Oí como el camarero golpeaba los vasos contra el mármol de la barra con la imperiosa necesidad de ser oído y miré a mi alrededor. Fuera, la noche entraba a través de los cristales profunda y enigmática. Me incorporé despacio. Sentía la fragilidad de mi cuerpo sobre aquellos altísimos tacones. Confieso que me había vestido, como si se tratara de ir a la boda de una amiga para atrapar el ramo de flores y encontrar al hombre de mi vida. Si, su voz me había resultado cautivadora y mientras elegía mi atuendo, había un extraño deseo de seducción, una necesidad de conquistarle que más tarde, sola, frente a la taza del eterno café, me hizo reír amargamente. 

Colgué el bolso sobre mi hombro y empecé a caminar, me sentía vigilada por la mirada de aquel hombre de blanco que parecía esperar a que yo atravesara la sala de extremo a extremo cerrando la puerta detrás de mí. 

Al pasar cerca de él, sin mirarle siquiera, levanté dignamente el mentón.

—¡Gracias por venir, hija mía!— . Murmuró entre dientes. 

—¡Perdón!—. Le miré. Me pareció la sombra de un hombre viejo. Era el mismo que se había acercado para servirme, para preguntarme en dos o tres ocasiones si quería algo más, para cobrar mi café. Me pareció demasiado obsequioso y apenas le había mirado.

—Estábamos citados aquí. Yo…—. Se le quebró la voz.

No hay palabras para describir lo que sentí: era él, mi padre era él. Me paré en seco, una oleada de calor me inundó y volví sobre mis pasos. Vi la silla vacía que seguía inmóvil frente a la que yo había ocupado durante horas y no me supe contener. Con la mano abierta empuje la taza de café con toda la rabia de que fui capaz. Calló sobre la moqueta casi silenciosamente, pero lo imaginé agachado recogiendo humildemente los aburridos restos de mi tarde de espera y sonreí con malicia.

Horas más tarde lloré por ese gesto cruel y días después volví a sentarme en la mesa del café. A partir de aquel encuentro, supe de mis padres lo que nunca había sabido de boca de mi madre. Supe que se amaron profundamente y que fue él quien, sintiéndose indigno, se marchó para encontrar qué poder ofrecerle a su familia. Sabía como era nuestra vida y nunca tuvo fuerzas para volver.

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