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En la mezquita más grande de la India

 

En la mezquita más grande de la India
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Salimos del Fuerte Rojo. El lugar había resultado ser una hermosa muestra de la belleza arquitectónica de la época Mogol en Delhi. Nuestra próxima visita era Jami Masjid: la mezquita más grande de la India. El guía nos advirtió que para llegar hasta ella debíamos atravesar un bullicioso y pintoresco barrio conocido por el nombre de la calle principal que lo atraviesa: Chandni Chowk. Y así fue: cruzamos una amplia avenida dejando a nuestra espalda las rojas murallas del fuerte y, enseguida, estuvimos inmersos en un laberinto de callejuelas con aceras intransitables, en donde nos veíamos obligados a caminar por el centro de las calles, formando una fila india y sorteando todo tipo de obstáculos que se interponían en nuestro camino.

Desconozco lo que pasaba por la cabeza de mis compañeros de viaje, pero para mí era necesario concentrarme en el hecho de caminar para poder seguir el ritmo del grupo sin tropezar permanentemente. Por eso, la percepción de todo lo que nos rodeaba se reducía a pequeños instantes, que encerraban imágenes llenas de sensaciones, en las que los cientos de olores y colores se entremezclaban creando la idea de que todo era estrambótico, destartalado y, sin embargo, excitante y de un fuerte atractivo.

Nada más entrar en el barrio, noté con curiosidad que una mujer vestida de negro y con un pañuelo amarillo anudado a la cabeza, al estilo musulmán, caminaba por delante y muy próxima a nosotros. A veces desaparecía entre el gentío para volver a aparecer de nuevo. Su oscura indumentaria contrastaba con el colorido del entorno e, inconscientemente, relacioné su imagen con la religión. Hubo un momento en que su figura, más que cualquier otra cosa, me sirvió de referencia para saber hacia dónde tenía que dirigir mis pasos. Al fin, llegamos a los aledaños de la mezquita, subimos las escalinatas y nos descalzamos para poder entrar al recinto. Aún pude ver cómo la mujer vestida de negro se perdía bajo los arcos que formaban la puerta de acceso.

Al entrar, la sensación me resultó muy placentera: el enorme espacio que formaba un gran patio se abrió ante nosotros como un oasis de calma tras el bullicio y el ajetreo callejero que había quedado al pie de los escalones. Enseguida, todos los componentes del grupo nos dispersamos y en unos instantes me encontré sola, respirando aliviada de poder disfrutar del pequeño placer de unos momentos de sosiego tras el agobiante paseo. Me senté un momento bajo los soportales. Los muros en torno al recinto eran lo suficientemente bajos y la situación de la mezquita, construida sobre una elevación del terreno, la convertían en un observatorio privilegiado. Desde allí, y a escasos metros, se podía observar el caótico ajetreo de aquel barrio que parecía un hervidero de gente afanada en sus tareas y en continuo movimiento.

Permanecí absorta durante un rato, resultaba un auténtico espectáculo ver cómo se desarrollaba la vida en aquel escenario de viejas casas ennegrecidas, plagadas de puertas abiertas de par en par que daban paso a oscuros locales situados debajo de barrocas balaustradas o de sencillas y estrechas terrazas. Los edificios parecían permanecer en pie gracias a la maraña de cables eléctricos que sobrevolaban las calles, de lado a lado, formando una redecilla de indescifrables códigos, capaces de dar sombra como si se tratase de un entoldado festivo y que desaparecían entre las callejuelas estrechas del sinuoso barrio. Entre las casas, los almacenes y los puestos de frutas, en un bullicioso ir y venir, lo primero que atraía la mirada, eran los cientos de coloridos rickshaws a pedales —esos curiosos vehículos que usan en las ciudades indias para el transporte público y que son como destartalados triciclos con un cubículo en la parte posterior en el que pueden ir dos, tres o cuatro personas, en caso de apuro, siete u ocho y si se trata de niños, entonces, la capacidad se multiplica y resultar útil, para unos diez o doce—. Más que en cualquier otra parte, allí parecían ser los protagonistas: aparcaban en las aceras y se codeaban con las bicicletas, las motos, las carretillas, los carromatos. Detrás de todos aquellos ingenios, se arrastraban las cargas más insólitas y, sin ningún complejo se entremezclaban con los transeúntes y los curiosos, los vendedores ambulantes, los pedigüeños, los artesanos apostados en la puerta de sus almacenes y los haraganes.

Al fin, saciada mi curiosidad, volví la cabeza hacia el interior del recinto. La mezquita del viernes, la llamada Jami Masjid, estaba compuesta de un enorme espacio cuadrado y amurallado a distintas alturas. En frente de mí, situada hacia lo que supuse sería la dirección de la Meca, se destacaba la sala de oración. Conté once puertas repartidas por su parte frontal, tres enormes cúpulas blancas, algunas torres más discretas y dos esbeltos minaretes. La arenisca roja y el mármol blanco, lleno de claroscuros, estaban mezclados formando una hermosa armonía de líneas y curvas sobre las que, en aquellos momentos, revoloteaban cientos de palomas.

Apenas habían pasado unos minutos cuando vi, desde la posición en que estaba, como mis compañeros se aglutinaban de nuevo en torno al guía y me dirigí hacia ellos para atender a las explicaciones:

—Este es el corazón del barrio musulmán de Delhi, y este su lugar de oración. Durante la semana, como ven, está abierta al público sin distinción de religiones y cada viernes se cierra para las visitas: miles de personas se reúnen aquí para rezar. Este patio tiene capacidad para acoger a 25.000 almas.

»Los musulmanes en la India representan, aproximadamente, un veinte por ciento de la población y conviven con el resto de las religiones y de las culturas. Están integrados en el país y son, en cierto modo, privilegiados porque estos musulmanes de hoy día son aquellos o los descendientes de aquellos que no tuvieron que abandonar la India cuando se produjo la división del país con la independencia. Ellos pudieron quedarse gracias a que Ghandi permitió que así lo hicieran… —el guía continuaba con sus explicaciones.

Una vez que nos habíamos hecho una idea del lugar en que nos encontrábamos, nos dirigimos a curiosear por nuestra cuenta. Yo me detuve un rato en torno al gran estanque de las abluciones situado en el centro del gran patio y después me encaminé hacia la sala de oración. Bajo los once arcos de entrada, se formaba un largo pasillo flanqueado por las columnas que sustentaban los arcos, llenos de arabescos, y que se extendía cubierto por tres filas enormes de alfombras de color rojo. A pesar de resultar un recinto muy abierto, el lugar quedaba en la penumbra y se respiraba un cierto aire de recogimiento y religiosidad. Los espacios interiores que se correspondían con las cúpulas del edifico hacían las veces de pequeñas capillas abiertas completamente y frente a ellas, algunos fieles, hombres y mujeres, rezaban postrados en la dirección de la Meca.

Situada en el interior, me apoyé contra una columna y permanecí un rato en silencio observando todo cuanto me rodeaba. Enseguida me llamaron la atención las vestimentas negras de las mujeres y no pude evitar admirarme de cómo eran capaces de vivir vestidas con aquellas oscuras telas que, sin duda, tenían que resultar agobiantes con el clima y las condiciones de vida de aquel país. Dos de aquellas mujeres, las que estaban más próximas a mí, arrodilladas, subían y bajaban las manos y las cabezas quedándose por momentos postradas en el suelo.

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A pocos metros, metida en una de las capillas, vi de nuevo a la mujer del pañuelo amarillo que nos precediera durante nuestra incursión en el barrio. Rezaba sola junto a la esquina de una de las capillas. Al reconocerla, instintivamente, me oculté tras una columna para poder observarla a mis anchas. Tuve la sensación de encontrarme con una vieja conocida a la que acababa de sorprender haciendo algo que no me esperaba.

A los pocos minutos, debió acabar sus rezos, se levantó y miró a su alrededor como si buscara algo. Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Yo desvié la vista, pero unos segundos más tarde, sin poder evitarlo, volví de nuevo a buscarla. Estaba parada y, en ese momento, era ella la que me miraba a mí de manera persistente. Sin duda, estaba intentando atraer mi atención. El corazón me dio un vuelco y me sentí incómoda e inquieta. Rápidamente, volví la cara buscando a mi gente que, en pequeños grupos, continuaban deambulando y haciendo fotos dentro y fuera del recinto de oración. Me dirigí hacia una de mis compañeras y nos entretuvimos fotografiando el atractivo claroscuro que, con el contraste de luces, se creaba a lo largo de la enorme sala. Mientras, no sé por qué, procuré no perder de vista a la mujer que había cruzado el espacio debajo de las columnas y salía al patio exterior. Seguí mirándola con recelo y aliviada de verla marchar. Como si ella se hubiera percatado de que la observaba, con un movimiento rápido, giró sobre sí misma y se paró nuevamente con la mirada fija en la mía que ahora, sorprendida por lo inesperado de su actitud, no conseguía apartar los ojos de aquella figura negra y redonda.

En aquel momento, vi que, de dentro de algún pliegue de su vestido, sacaba un objeto metálico. Con la vista y con la mano vacía, me indicaba que mirase y yo, que había permanecido quieta y con la boca abierta, me sobresalté e internamente me negué a seguir sus instrucciones. El gesto de disgusto que hice no debió pasarle desapercibido, sin embargo, con sus movimientos, insistía una y otra vez en reclamar mi atención, a lo que yo, aparentando indiferencia, seguía negándome.

Tuve la sensación de estar sola de nuevo y, para sobreponerme, me adelanté hacia las verjas que cierran el recinto por su lado sur en busca de personas conocidas entre las que refugiarme. No vi a nadie a mi alrededor y durante unos minutos permanecí, de espaldas al patio, observando el mundo que quedaba fuera. Al fin, para mi tranquilidad, oí que alguien me llamaba. Todos estaban reuniéndose junto a la puerta por la que habíamos entrado y dispuestos ya para abandonar el lugar. Con la mirada fija en aquel punto, anduve deprisa sin poder controlar el desasosiego que me embargaba.

Salimos. Bajamos las escaleras después de ponernos de nuevo los zapatos y emprendimos el regreso hacia el autobús.

Parecía que por fin había pasado mi susto. Pero no, estaba equivocada, en la esquina y al otro lado de la calle, quieta y en actitud de espera, aquella mujer seguía todos mis movimientos. Oí de nuevo los latidos del corazón resonando en mi interior. Apresuré mis pasos y me situé junto al guía que caminaba con tranquilidad precediendo al grupo y, nuevamente, sorteando los obstáculos y la gente que se cruzaba en nuestro camino.

—¿Está muy lejos el autobús?

—No, solo lo suficiente como para que disfruten un poco del ambiente del viejo Delhi, a ustedes les gusta. Siempre les oigo comentar que todo esto resulta pintoresco y chocante. Mire los kioscos, ahora estamos pasando por el mercado del bronce, aquí…

—Sí, sí, claro.

Aunque lo intenté, no me sentía capaz de mantener la atención a las explicaciones y volví la mirada: la mujer caminaba detrás de mí, me pareció que solo necesitaba extender sus brazos para tocarme. Sentía deseos de agarrarme al guía, pero no me atreví a hacerlo. Algo en mi interior me hizo estirarme y respiré varias veces profunda y lentamente. Más tranquila, vi las cosas de otra manera: me pareció ridículo lo que me estaba sucediendo. No podía pasar nada entre aquel bullicio y rodeada de mis compañeros de viaje. Sin pensarlo y de un salto me paré en seco ante la mujer que casi me rozaba y me encaré con ella:

—Pero, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?

No se inmutó, se paró y volvió a sacar algo de entre los pliegues de su vestido. Cerré los ojos y haciendo gestos ostensibles con las manos para que pudiera entenderme le grité:

—¡No! ¡Vete! ¡Márchate de aquí!

El guía se había detenido al oír mi voz alterada, miró hacia atrás y se colocó a mi lado.

—¿Le ocurre algo?

—Esta mujer me está siguiendo desde que entramos en la mezquita. No sé qué puede querer.

—No tiene que hacerle caso, solo le está enseñando una escudilla vacía para que vea que no tiene nada para comer. Siga usted su camino, es mejor que no la mire.

—¿Cómo quiere que no la mire si cada vez está más cerca de mí? Es imposible quitármela de encima.

Le oí decir algunas frases en un idioma para mí ininteligible dirigiéndose a la mujer de negro, después me indicó con la mirada que lo siguiera y volvió a caminar delante del grupo como si nada ocurriera. Ella agachó la cabeza y, con pasos rápidos, nos adelantó. Un momento después, la vi meterse por una callejuela estrecha a escasos metros del lugar por el que nosotros teníamos que pasar. Creí que, por fin, todo había terminado pero, para mi desesperación, aquello continuaba. Al volver la esquina, dio la vuelta y agitando la escudilla entre las manos, se apoyó contra la pared para poder observarme a sus anchas. Para no verla, levanté la cabeza mirando al frente tal como el guía me había dicho. En aquellos momentos, un remordimiento me azotaba la conciencia y me sentía mezquina. Al fin, lo único que quería aquella mujer era decirme que tenía hambre, que necesitaba comer.

Volví la cabeza para mirarla, ella seguía allí, parada con gesto de súplica. Debió notar mi cambio de actitud y sacó la otra mano indicándome que fuera con ella.

El guía que, sin duda había observado toda la escena, se volvió y me tiró del brazo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, hemos de continuar.

—No. Esto no puede acabar así. Si ahora me voy de esta manera, no podré dormir en varios días. Lo siento, quiero saber qué es lo que me dice y qué le pasa a esta mujer.

—Hágame caso y continúe, por favor.

—De verdad, no puedo.

—Está bien, ella le pide que la siga. Debe querer enseñarle algo, nada más. No tiene por qué alarmarse: es inofensiva. Esta gente vive de la limosna y lo único que intenta es sacarle un poco de dinero.

—¿Qué puede pasar si entro?

—¿Quiere entrar?

—Sí, quiero entrar.

—No se lo aconsejo, puede encontrarse cosas poco agradables.

Yo insistí.

—No importa, quiero ir.

—Está bien, pero tengo que acompañarla. Serán unos momentos, el tiempo que esa mujer necesite para que usted le dé lo que ella busca.

Seguí a la mujer que, enseguida, se introdujo a través de una puerta estrecha que conducía a un pasillo al que apenas llegaba la luz y con las paredes negras de hollín. Al fondo, otra puerta tapada con una cortina de harapos parecía conducir a algún cuartucho siniestro.

Empezaba a arrepentirme de la decisión que acababa de tomar y me volví para mirar al guía esperando su mirada de desaprobación. Él nos seguía con un gesto imperturbable caminando detrás de mí.

Nos acercamos hasta la puerta, la mujer entró y sostuvo la cortina para que la siguiéramos. Metí la cabeza, el mal olor me hizo retroceder. Tragué saliva y entré a pesar de todo.

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En un rincón de la habitación, escasamente iluminada por un ventanuco en la parte superior, un hombre, aparentemente muy viejo, delgado y vestido con ropas muy ajadas, estaba sentado con una extraña postura sobre un somier desnudo. Su bastón descansaba apoyado sobre una de sus piernas, largas y flacas, tenía la cabeza baja y parecía dormir o meditar. Al oírnos, el hombre levantó la cabeza, agarró fuertemente el bastón con ambas manos y preguntó algo en su idioma. Entonces pude ver su mirada turbia y vacía: era ciego. Aquella escena en la semios- curidad de la habitación, la delgadez de aquel desgraciado y el gesto que enmarcaba la sensación de un terrible desamparo, me hicieron llevarme instintivamente la mano a la garganta para no gritar por la sorpresa. Pensé que no había visto una imagen tan triste en toda mi vida.

La mujer musulmana, casi rozándome y con la voz plañidera, me señalaba al ciego y hablaba dirigiéndose a mí, sin que pudiera entender una sola palabra de lo que me decía. Yo la miraba a ella de manera persistente, intentaba leer en sus labios, en su mirada, en sus gestos, por no enfrentarme al lamentable espectáculo de aquel pobre hombre aferrado a su bastón en actitud defensiva, como si de él dependiera su propia vida.

El guía escuchaba pacientemente a mi lado y al fin, cuando ella dejó de hablar, me tradujo lo que intentaba decirme.

—Quiere que usted sepa que este hombre es una víctima del accidente ocurrido en la ciudad de Bhopal. Le dice que es un pariente lejano suyo, que fue abandonado por todos, porque es un ser completamente inútil y necesita continuos cuidados ya que no puede valerse por sí mismo. Tiene treinta y dos años aunque por su aspecto pueda parecer un viejo. Dice que cuando todo ocurrió era un niño de apenas diez años. Casi toda su familia murió como consecuencia de la catástrofe y no ha tenido corazón para abandonarlo a su suerte a pesar de que le supone una carga muy pesada, pues ella tiene su propia familia de quien ocuparse. No recibe ayuda de nadie y necesita el dinero de las limosnas para sobrevivir. Como usted puede ver, está ciego y tullido, apenas puede moverse porque cualquier movimiento le cansa mucho, su capacidad pulmonar es muy pequeña y… ella espera que usted los pueda ayudar comprándoles un poco de comida.
Miré al guía, me sentía desconcertada, pero en su mirada no había respuesta. Naturalmente, no estábamos en condiciones de salir a la calle para comprar nada, nuestro viaje debía continuar. Nerviosa, metí la mano en mi bolso y con los ojos nublados por las lágrimas saqué del monedero algunos billetes y se los di, sin saber siquiera cuánto dinero le estaba dando. Después retrocedí hacia la puerta sin poder dejar de mirar aquella mujer, que en aquel momento y, por la escasa luz, era una mancha negra sin contornos precisos que sonreía agradecida con las manos apretadas contra su pecho.

Al salir de nuevo a la calle principal donde esperaban mis compañeros aún tenía el aliento contenido. El regreso al hotel lo hice en silencio, llena de sentimientos contradictorios: por un lado, en mi mente seguía, como una imagen fija, la silueta de aquel hombre triste, con la mirada vacía y el eco de la voz llena de pena de aquella mujer resonaba todavía en mis oídos. Por otro, estaba deseando llegar a mi habitación para meterme bajo la ducha y desprenderme de aquel olor a miseria que parecía haberse pegado a mi ropa y que me repugnaba. Apreté los ojos, intentando olvidar cuanto antes aquel desagradable encuentro.

Al fin, entramos en el precioso edificio colonial que era nuestro hotel. Una fila de viejas y altísimas palmeras flanqueaban la entrada y, entre ellas, los porteros y los ayudantes de los porteros con sus llamativos trajes y sus amables sonrisas nos recibieron facilitándonos, como siempre, cualquier movimiento. Antes de subir a nuestras habitaciones, el guía, que debió observar mi turbación, se acercó a mí para despedirse.

—Siento que esto la haya impresionado de manera tan honda. Entienda por qué me vi en la necesidad de advertirle que no debía acompañar a aquella mujer, ustedes no están acostumbrados a situaciones como esta, la visión de tanta crudeza les resulta muy desagradable.

—Sí, la verdad es que me ha impresionado mucho.

Se marchaba, pero lo retuve con la mirada durante un momento más.

—Perdóneme, pero… ¿cómo pueden ocurrir cosas como esa?, ¿cómo pueden permitir que la gente viva de esa manera?

—No piense más en ello, olvídelo. Lo que esta mujer le ha contado puede que ni siquiera sea cierto y ese hombre no tenga que ver nada con la catástrofe de Bhopal. Existe mucha picaresca entre los pobres. La gente ha de sobrevivir y a veces recurren al teatro y la simulación y es muy probable que ella, sabiendo que usted es extranjera, ha situado la causa de su desgracia en un escenario que a usted pudiera resultarle conocido por su dramatismo.

—No intente taparme los ojos, yo le agradezco su amabilidad, pero ese hombre que he visto no era un actor. Sí ella lo usa como reclamo es porque podría ser cierto. Y sea o no una víctima de lo que ocurriera en esa ciudad, me ha parecido digno de lástima.

—Mírelo de otra manera. Si lo que hemos visto es cierto y ese pobre desgraciado es realmente un superviviente de Bhopal tiene suerte, porque sus familiares se han ocupado de él. Aunque lo usen de reclamo para obtener limosna, resulta beneficiado. Si su familia tiene para comer, él tiene para comer, y esa mujer parece una buena persona.

—Pero, ¿cómo pueden vivir en esas condiciones tan precarias?

—Por favor, hágame caso, debe dejar de pensar en ello.

—Al contrario, quiero saber qué pasó en esa ciudad, aunque solo sea para saciar mi curiosidad.

—Bien, pero… realmente, ¿no ha oído hablar nunca de la catástrofe de Bhopal?

—No. La verdad es que no, o tal vez sí, pero ocurren tantas catástrofes por todas partes y resultan tan lejanas, que se olvidan pronto.

—Durante un tiempo se habló mucho de ello en todo el mundo. Fue una historia lamentable y muy dura para mi país. En diciembre de 1984 se produjo en esa ciudad una gran desgracia: un escape de gases letales en la fábrica de pesticidas que produjo en las tres primeras noches más de 8.000 muertos y otros tantos miles de damnificados. Los gases producidos por el escape quemaron los ojos y las vías respiratorias de la gente que, al introducirse en la sangre a través de los pulmones, dañaron prácticamente todos los sistemas orgánicos. Eso no fue más que el comienzo de una tragedia que aún no ha acabado. Hoy todavía los habitantes de aquella ciudad sufren las consecuencias y las secuelas de este desastre que nadie es capaz de calcular, ya que esas sustancias que se filtraron a través de las aguas en el terreno afecta a todos los órdenes de la vida, y a ellas están expuestas, a pesar del tiempo transcurrido, todas las personas que viven en el entorno. Se ha convertido en un legado tóxico que únicamente el tiempo puede llegar a solucionar.

—¿No ha podido hacerse nada?

—La compañía propietaria de la fábrica nunca ha indemnizado de la manera conveniente. El gobierno indio ha luchado por obtener recursos de la empresa responsable para compensar a los miles de damnificados, pero nunca ha sido suficiente. El mundo del dinero no sabe de seres humanos, de miserias. No tiene corazón, eso lo sabemos desgraciadamente y la empresa debió emplear todos los subterfugios posibles para minimizar o para eludir sus responsabilidades.

Lamento este encuentro que usted ha tenido con nuestra cruda realidad, pero… aquí las cosas son así. Podría relatarle cientos de desgracias parecidas que ocurren cada día, tal vez porque asimilamos mal el progreso tal y como ustedes lo entienden y que, sin embargo, parece ser el camino inevitable. Este es un país de fuertes y profundos contrastes que esconde la agonía de una civilización que se muere para siempre ante nuestros propios ojos, sin que podamos hacer nada para salvarla.

—Lo sé, creo que lo estoy viendo a cada momento y sé que puede parecerle estúpido, pero siento la necesidad de hacer algo.

Me miró como si estuviera acostumbrado a oír ese ofrecimiento cada día, se encogió de hombros y concluyó:

—Recibimos ayuda de muchas organizaciones y personas desinteresadas, hay mucha gente que intenta ayudarnos. Si usted quiere hacer algo puede dirigirse a alguna de estas organizaciones. Las instituciones creadas por la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, funcionan muy bien, pero también hay otras muchas instituciones con buenas gentes que hacen una labor inestimable entre los más desgraciados, las personas sin hogar o los abandonados.

—Gracias. Me acordaré de lo que me ha dicho.

El guía se marchó con su paso lento y yo me retiré a mi habitación envuelta en un mar de contradicciones acerca de lo que para mí sería, sin duda, un viaje inolvidable, pero aquella mañana, en el aquel cuartucho inmundo, tuve la triste sensación de haber encontrado la auténtica y amarga realidad de la India.

Mientras caminaba por los pasillos del hotel, intenté hacer recuento: habíamos llegado hacía apenas unos días. Lo hicimos llenos de prevenciones. Atravesamos regiones, ciudades y pueblos en un autobús absolutamente blanco por dentro y por fuera, con un rótulo que rezaba «Tourist» hecho para inmunizarnos de cualquier contagio y que como un imán atraía la mirada de todos: niños y mujeres, santones, vendedores ambulantes, contorsionistas, encantadores de serpientes, bailarines callejeros, barberos, colegiales, ancianos o haraganes. Aquellas gentes sonreían y extendían las manos a nuestro paso como si, al hacerlo, pudiéramos depositar en ellas un trozo del paraíso en el que ellos creen que nosotros vivimos. Protegidos tras los cristales pudimos mirar, lamentar, burlarnos o asombrarnos de cuanto veíamos, esbozando una sonrisa fría a través de los cristales. La India, para nosotros, los curiosos turistas, representa un espectáculo de seres humanos que parecen vivir en la cuerda floja, en una dualidad permanente entre la inercia arrolladora de Occidente y el lastre de una antiquísima historia y una milenaria cultura que permanecen vivas y gravadas a fuego en millones de almas a través de un universo que se adivina inconmensurable y lleno de profundas contradicciones muy difícil de asimilar.

Al día siguiente, el viaje acababa definitivamente y volvíamos a casa. Tuve la sensación de que solo podía encogerme de hombros ante la perplejidad que me produjo tanto contraste, pero debía tratar de encontrar, entre aquel maremágnum de imágenes, colores y sensaciones que volvían a mi cabeza, un punto de referencia para establecer el equilibrio en mi interior, sin olvidar lo que había visto: un sorprendente país en donde parecen estar presentes todas las dimensiones de la vida y todas las dimensiones del tiempo y del mundo, que allí discurren sobre la vertiente sagrada del hombre a la que ellos se aferran y que nosotros estamos abandonando.

No hay duda de que aquel país tiene que cambiar, sacar a sus gentes de tanta miseria y, sin embargo, hay algo que te hace temer que cambie siguiendo un ejemplo tan equivocado como puede ser el nuestro y desechando la belleza de lo que ellos poseen y que solo ellos conocen.

Tuve la suerte de recordar las miradas brillantes y alegres de los cientos de niños que te abordan por las calles para vaciarte los bolsillos. Parece que guarden en su interior bellísimos secretos: algo indescifrable que intenta indicar los miles de sencillos caminos, a través de los cuales se puede llegar a la felicidad y que, si alguna vez has tenido la suerte de poder percibir, recubrirá tu corazón de una fina película que te hará, si no te permites olvidar, contemplar la vida desde un punto de vista diferente.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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