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Era el amor

Irene colgó el teléfono y caminó pensativa hacia su cuarto. En otro tiempo aquella llamada la hubiese hecho saltar del sillón descorchando nuevamente la botella donde estaban contenidos todos sus sueños. Hoy se alejó del auricular con cierta amargura, Luis era la otra mitad de sí misma. Ella lo supo siempre, y lo supo con esa certeza que da la sensación de paz que llena tu corazón cuando estás con esa persona, pero después de más de tres años de conocerlo, de unos primeros encuentros apasionados y sinceros  surgieron los primeros atisbos de compromiso, y Luis retrocedió instintivamente hacia una postura inamovible con el deseo de no perder su libertad, en una modernidad inconformista que no le permitía encuadrarse en los cánones clásicos que la relación con Irene, sin ella pretenderlo, suponía para él.

Era el amor
Archivo LHM

Al día siguiente, era una tarde de finales de invierno, Irene, con la cara iluminada por el sol, esperaba en la puerta de su edificio la llegada de Luis. Vestía una falda gris con una chaqueta de pata de gallo haciendo juego, las botas altas y negras le daban un aspecto excesivamente formal para su gusto, que solía vestir  simples vaqueros y amplios y cómodos jerseys. La verdad es que había querido darle importancia a aquella tarde pero, una vez en la puerta de la casa, mientras esperaba la llegada de su amigo, se arrepintió de haberse preocupado demasiado de su atuendo, no dejaba de sentirse tiesa e incómoda.

–Caramba, nenita, pareces toda una mujer –le dijo divertido Luis mientras aproximaba su cara a la de Irene para besarla.

–Pero no me mires así, parece que te doy miedo. ¿Te apetece un paseo por el Retiro? Hace una tarde bonita.

–Sí, hoy no hace frío. Tal vez podamos sentarnos en alguna terraza al aire libre.

Luis se sorprendió, había en la actitud de Irene una casi imperceptible tirantez que no recordaba en ella. 

Él era un hombre atractivo, muy atractivo, con una  delicadeza en sus ademanes que cautivaba a las mujeres nada más conocerle y ello le permitía ser, a veces, excesivamente espontáneo sin miedo a herirlas con su forma de tratarlas. Por eso, a penas pudo soltar las manos del volante al parar frente a un semáforo en rojo, se permitió coger la barbilla de Irene y, obligándola a mirarle a los ojos, le preguntó:

–¿Realmente eres otra persona? ¿Tu amenaza de ayer era verdad? ¿Qué te ha pasado? No soportaría encontrar en ti una persona distinta a la que quiero encontrar. Tú eres un pequeño tesoro que guardo dentro de mi corazón y que a veces necesito buscar para contemplarlo y acariciarlo.

–Y dejarlo después en el fondo de tu corazón otra vez y olvidarte de ese pequeño tesoro. –Irene había continuado como si sus palabras fueran la continuación de las palabras de Luis–. Pero ese pequeño tesoro está hecho de fibra sensible, no de metal, y siente. ¿Habías pensado en ello?

–Dejemos esta conversación para después. 

Luis, sorprendido nuevamente, volvió a ocuparse del volante, el semáforo en verde les permitió continuar a través de las calles atestadas de tráfico a aquellas horas y en silencio se encaminaron hacia el Retiro. Luis aparcó su coche cerca de la entrada y salió rápidamente para abrir la puerta de Irene, que sin estar acostumbrada a esos detalles caballerescos, ya había descendido sin ayuda.

–Eres sorprendente –le dijo con cierta burla–. Avísame de que vas a hacer algo así, me encanta realmente sentirme alguna vez como una auténtica princesa.

–Eres una princesa. –Luis la miró, dando un repaso al atuendo que llevaba Irene aprobándolo con la mirada.

Ella no pudo contener la risa, toda la tirantez que le producían su falda y su chaqueta desapareció por encanto, y se sintió, como tantas otras veces que él repetía ese gesto, la mujer más guapa del mundo.

–Sabes realmente como hacerme reír –exclamó divertida.

Caminaron durante unos minutos por los solitarios paseos cerca del Palacio de Cristal, hablaron de cosas intrascendentes. Era evidente que Luis no estaba dispuesto a sentirse de nuevo caminando sobre arenas movedizas. Se dirigieron hacia un kiosko que extendía sus mesas en una pequeña explanada. Se sentaron uno frente a otro.

–¿Te apetece tomar café o…?

–Un café estará bien. Pero cuéntame, ¿Dónde has estado últimamente? –le preguntó Irene mientras buscaba un sitio apropiado para colocar su bolso.

–Ayer volví del Pirineo. He estado esquiando unos días.

–Ya. Qué suerte, ¿con tu grupo de siempre?

–No, estuve solo. Me cogí unos días en la empresa y me marché. Allí conozco gente y a veces es bueno cambiar de ambiente. Sienta bien.

–Claro, cuando pienso en ti siempre te veo rodeado de gente. —Irene se interrumpió mirando con detenimiento la cara de Luis–. Tienes todavía restos de quemaduras en la cara, ¿son del sol?

–Sí, ha hecho un tiempo increíble y me quemé la piel de la cara y de las manos como un novato –Luis contestó indiferente haciendo un gesto con la mano indicando que no tenía importancia.

–¿Sabes una cosa, Irene? Me encantaría irme de Madrid definitivamente. Estoy cansado de esta ciudad llena de tráfico y prisas. Nunca hay tiempo para nada, es agobiante. La lástima es que mi trabajo está aquí…

–Sí, a mi también me cansa esta gran ciudad en la que nunca te encuentras con nadie. Aquí te puedes sentir intensamente sola y a nadie le importa.

–¿Te sientes sola?

–Sí, me siento muy sola y perdida en Madrid.

–¿Vendrías conmigo?

–¿A dónde, Luis?

–Conmigo, simplemente.

–No.

La respuesta de ella fue categórica. Se volvió hacia Luis esperando una pregunta que le permitiera continuar, deseaba responderle con valentía sobre las miles de razones por las cuales no se iría con él para que Luis la convenciera de lo contrario. Le hablaría del abandono que sentía, de su imperdonable olvido, de la necesidad de su cercanía para tener un hombro sobre el que apoyarse cuando sentía, y ahora más que nunca, ganas de llorar, de su soledad. Le había amado con locura, le amaba todavía  con locura. Con un solo gesto de él, ella podría dejar caer sus brazos sobre el terciopelo de su cuello y masticar el aroma tibio de su cuerpo bronceado y abandonarse en la calidez de sus brazos. Pero Luis no preguntó nada. Encajó la respuesta y por un momento permaneció callado.

–Te ha ocurrido algo serio últimamente —dijo Irene.

–Tal vez. No lo sé. Posiblemente estos días que he pasado solo he pensado en ti sin proponérmelo. Si hubieras estado conmigo… no sé. Pero hoy cuando te he visto me he dado cuenta de cuánto me estoy perdiendo sin ti.

El corazón de Irene latía fuertemente. Las palabras de Luis le indicaba un camino a seguir. La certeza de que él también la amaba se hizo más patente que nunca, pero no encontraba la manera de conectar. Él no entraba en su juego y ella no sabía conectar con el suyo. Intentó deslizarse por aquel camino que Luis parecía querer abrir y le preguntó tímidamente.

–¿Sin mí?

–Sí, Irene, sin ti. Ya te lo he dicho y tú lo sabes. Hace ya un tiempo que nos conocemos, eres mi pequeño tesoro. Aquello con lo que sueño cuando todo me ha defraudado, cuando estoy harto y cansado de todo. Entonces, allí, como una esperanza, estás tú, una luz al fondo del camino hacia la que me dirijo y que me sirve de guía.

–Y yo estoy allí, siempre he estado allí —contestó Irene con voz decepcionada.

–Siempre has estado allí, es cierto, pero inamovible, con un no por respuesta también siempre, como ahora. Eres demasiado rígida, demasiado segura de lo que quieres y a la vez demasiado inalcanzable y misteriosa para mí.

–Te equivocas, pero tú mismo lo has dicho, giras la cabeza hacia mí cuando estás harto de todo, cuando estás defraudado de todos, cuando todo pierde su sentido porque tienes tantas cosas en las que fijar tu atención, en las que deshacerte cada día. Buscas en demasiados sitios a la vez cuando en realidad no sabes lo que buscas, y yo soy más simple que todo eso: solo quiero compañía, seguridad, solo quiero ir de la mano cada tarde y compartir mi escaso mundo con alguien.

Irene calló por un instante. Sentía que ella misma marcaba la distancia entre los dos, una distancia insalvable. Pero no podía callar esta vez. Su corazón se desgarraba mientras iba expresando sus sentimientos. Sabía que estaba poniendo punto y final a una historia de la que nunca querría salir, pero continuó sin poder contenerse.

–Creo que tú y yo nunca podremos estar en el mismo camino. No te puedo seguir en tus viajes, tus salidas nocturnas, tus arriesgados deportes, tus ansias de aventura. Mi vida no va por esos derroteros y no puedo cambiarla, tampoco quiero sentarme  a esperar que te canses de todo. Hoy pareces no entender la vida sin mí, pero mañana recibirás cualquier llamada y habrás olvidado que tus palabras hacen crecer en mí unas esperanzas que nunca llegan a hacerse realidad. Yo me siento cada día llena de pequeñas sensaciones  que compartir y no puedo esperar más, el tiempo me apremia, ahora solo puedo dedicarme a algo: a olvidarme de ti, a encontrar un camino distinto del tuyo. No quiero volver a esperar tus llamadas, los caprichos de tu corazón. Quiero que aceptes un no para siempre y que me olvides. Estoy segura de que encontrarás otra luz al fondo del camino para poder seguirla, eres un hombre de recursos.

Luis escuchaba perplejo, sorprendido por la profundidad de sus sentimientos, sintió vergonzosamente su egoísmo como la causa de la  estupidez de dejar escapar a una mujer así a la que amaba como a nadie, con quien era capaz de sentirse, sencillamente, él mismo. Sabía que ese encuentro se produce solo una vez en la vida, pero no esperaba la decisión, el desgarro, la sincera seguridad con la que Irene hablaba, y sentado junto a ella, huyendo de su mirada la oía en el fondo de su mente martilleando en sus oídos las palabras de despedida que no quería oír, siempre entre ellos había intuido algo eterno y nunca pensó en perderla definitivamente. Contempló los árboles del parque frente a sí, que tímidamente empezaban a reverdecer, y una profunda tristeza se apoderó de él. Una ráfaga de viento fresco acarició su cara e instintivamente se volvió hacia Irene con el deseo de protegerla, pero la mirada decidida de ella le hizo entender que aquella muchachita que había conocido por casualidad, con una vida tan distinta a la suya, siempre enfrascada en sus libros y sus estudios, estaba muy lejos de necesitar aquella protección que él podría brindarle.

–Nenita –la interrumpió con un tono de voz que indicaba cansancio– no sigas hablando, me haces sentir viejo y triste.

Irene se interrumpió y le miró con pena, efectivamente le pareció triste, despertó su ternura y sin poder evitarlo cogió su cara entre las manos haciendo que le mirara a los ojos y le dijo con calma:

–Dios mío, no sé que hubiese dado por despertarte de este letargo. Te quiero tanto.

Los dos permanecieron en silencio durante unos minutos, contemplándose con la tristeza y la certeza de que el destino caprichoso se había empeñado en no querer dejar que se encontraran nunca.

–Llévame a casa, por favor, se me ha hecho tarde. 

Luis se levantó en silencio, pago la cuenta al camarero y ambos se dirigieron hacia el coche ensimismados cada uno en sus propios pensamientos. Los minutos que tardaron en llegar a la casa de Irene fueron muy cortos, ambos esperaban un instante mágico que lo transformara todo, pero llegaron al portal de Irene y esta, con un nudo en la garganta, susurró en el oído de Luis mientras se aproximaba para darle un beso de despedida:

–Adiós, Luis, te deseo lo mejor del mundo.

–Irene, siempre estaré cuando tú quieras que esté –le dijo mientras veía cómo ella buscaba la manecilla de la puerta para abrir y salir.

—No, Luis, no lo hagas. Voy a olvidarte.

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1 comentario en “Era el amor”

  1. Cristina Anduiza

    ¡¡¡¡Ay madre qué pena!!!! Pero la realidad es que esta situación se repite en multitud de ocasiones, en multitud de relaciones de pareja. Algo hay que no llega a cuadrar, falta entendimiento. La necesita cuando no están juntos y ella no hace otra cosa que reprocharle. Se necesitan pero no coinciden. El error está en necesitarse. – Estoy contigo porque quiero pero no te necesito. Ésta es la clave.

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