Hernán Cortés en Tenochtitlán
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Hernán Cortés en Tenochtitlán

Hernán Cortés, a pesar de que Moctezuma, enviándole emisarios, trató de disuadirle para que se marchara de su territorio, ofreciéndole todo tipo de regalos, el 8 de noviembre de 1519, entraba con sus hombres y sus aliados, en la gran ciudad de Tenochtitlán.

Según antiguos relatos mitológicos, en 1325, los mexicas llegados desde las tierras de Aztlán, fundaron la ciudad de Tenochtitlán por orden del dios Huitzilopochtli. Hacia 1502, los mexicas se habían consolidado como el imperio más fuerte de Mesoamérica. Solo algunos otros pueblos, como los yopes, los totonacas, los tlaxcaltecas y los purépechas, se negaron a ser sometidos y permanecían en constante guerra.

Por su parte, Cortés, tras fundar la ciudad de la Vera Cruz, frente al puerto de  San Juan de Ulúa, el 8 de agosto de 1519 se ponía en marcha hacia la capital de los aztecas.  Fue penetrando tierra adentro a través de los territorios de los totonacas, txalcaltecas con quienes fue trabando alianzas hasta conseguir aunarlos frente al enemigo común…

Moctezuma, el emperador mexica, después de los intentos de disuadir a Cortés de que siguiera avanzando por sus territorios, había cambiado de actitud y envió mensajeros para que invitaran a Hernán Cortés y sus hombres para entrar en México. 

Así Cortés, acompañado por la Malinche y Jerónimo de Aguilar como traductores, junto a un grupo heterogéneo formado por un contingente de soldados españoles de aproximadamente 400 a 600 hombres, incluyendo caballería, infantería y artillería ligera; un número significativo de guerreros indígenas aliados, principalmente de las ciudades-estado de Tlaxcala y Cempoala, numerosos tamemes (cargadores indígenas) y otros auxiliares que ayudaban con el transporte de suministros y equipo, penetraban en la laguna de Texcoco.

Hernán Cortés en Tenochtitlán
Llegada de Hernán Cortés a Tenochtitlán

Al llegar ante la espectacular ciudad, Bernal Díaz del Castillo dice:

“…Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas y en la calzada muchos puentes de trecho en trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México…”.

“…y desde que vimos tantas ciudades y valles poblados en el agua y en la tierra firme y otras grandes poblaciones y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba México, nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro Amadís. Por las grandes torres y edificios que tenían dentro del agua y todos de cal y canto y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello. No sé cómo lo cuento, ver cosas nunca oídas, ni aún soñadas como veíamos…”.

 

 En Tenochtitlán, Moctezuma, el tlatoani, emperador majestuoso, advertido de la llegada de la comitiva, haciéndose preceder de solemnes embajadas y obsequios, prestó a los españo­les una impresionante acogida saliendo a su encuentro en la calzada de Tlalpan.

Moctezuma creía que se trataba del dios Quetzalcóatl, quien,
 según la leyenda, regresaría un día por el oriente. 
Moctezuma sale a recibir personalmente a Hernán Cortés

Cortés y los suyos fueron instalados en el palacio de Axayácatl, dependen­cias de las casas imperiales; una gran estructura que sirvió como cuartel general para los españoles.

“… Y después que entramos en aquella ciudad de Iztapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima y la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios y cuartos, cosas muy de ver y entoldados con paramentos de algodón. Después de haber visto todo aquello fuimos a la huerta y el jardín, que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía y andenes llenos de rosas y flores y muchos frutales, y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha sin saltar en tierra … Digo otra vez lo que estuve mirando, que creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como éstas…”.

Bernal Díaz del Castillo -Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España-

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