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La lagartija

La lagartija
Archivo de LHM

La casa siempre había sido de color de rosa hasta que mi padre, no sabría decir cuándo, tuvo que pintar la fachada para conservarla y cambió aquel color por un tono muy pálido, casi gris. Seguramente me lo dijo en su día, pero no lo recordaba y cuando la vi al entrar en la plaza, me sorprendió aquel nuevo aspecto que traicionaba mis recuerdos.

Paré el coche frente a la puerta y la abrí con dificultad. Dentro todo estaba oscuro y el olor a cerrado me resultó incomodo. Abrí la puerta de par en par para que entraran el aire y la luz. Enseguida, los contornos de los muebles y de las puertas interiores fueron cobrando forma. 

Entré despacio y dí una vuelta en redondo reconociendo los rincones: las escaleras que conducían al primer piso, las viejas baldosas del suelo de los portales que seguían siendo rojas y gastadas, con ese curioso dibujo negro en el centro que siempre me había gustado tanto.

En torno a los portales, las habitaciones estaban abiertas, las fui recorriendo muy despacio, una a una. Abrí algunas ventanas y todas las puertas que daban al patio interior. 

Sobre los muebles había una capa de polvo y enseguida pensé en las arañas que debían aguardar escondidas en los rincones, dispuestas a atacarme como cuando era niña. Las arañas y las lagartijas fueron los dragones de toda mi infancia, las avispas lo fueron también, pero un poco más tarde, cuando ya con ocho o nueve años y hartas ellas de recibir nuestros raquetazos junto a la fuente del patio, se enfurecieron y nos atacaron con una virulencia negra y amarilla muy dolorosa de recordar.

Aquella era la casa en la que yo había nacido. Era muy grande, tenía dos plantas y un patio interior rodeado de terrazas y ventanas. En una de las paredes de ese patio, bajo las escaleras, había un pozo de piedra, condenado y embutido en el muro, en él estaba gravada una fecha, 1876. No sabría decir, pero conociendo a mi padre, supongo que cuando la compró para reformarla, decidió dejar aquella piedra como un testigo mudo de una vida anterior. 

Cuando vivíamos allí el patio estaba lleno de plantas en macetas de madera, un ciruelo y una enorme palmera que sigue creciendo todavía en el centro de Castilla como un trofeo a la constancia. Sus raíces deben de ser tan profundas que, hace años, debieron encontrar alguna corriente de agua subterránea que las alimente, si no, sería inexplicable que siga verde y frondosa, siendo el cobijo de las palomas para desesperación  de mi padre, que cuando vuelve, de cuando en cuando, le oigo prometer que cortará la palmera de una vez por todas.

Hacía al menos quince años que no había vuelto a entrar en aquella casa, y ahora, como una continua sorpresa y, a medida que recorría las habitaciones, volvían las imágenes y las sensaciones de la infancia que parecían despertar como si parte de mí misma  hubiera permanecido siempre allí, adherida a los cojines de los sofás y la mesa camilla, a las viejas fotografías, a los cuadros que reproducían obras de los grandes pintores colgadas en las paredes o a la antigua cristalería de mi madre amontonada cuidadosamente detrás de las puertas trasparentes del aparador, junto a las viejas tazas con las iniciales doradas del abuelo Miguel.

Tuve una casa solo para la infancia. A los nueve años me llevaron a un internado y aquel verano, al volver de vacaciones, me encontré viviendo en un piso moderno  que le dieron a mi padre por ejercer su cargo. A partir de entonces, la puerta de la casa de color de rosa se cerró, y yo me olvidé de todo.

En aquellos momentos, puede que fuera el tiempo transcurrido o el silencio y la quietud de las cosas que también duermen, pero parecía que cada pequeño objeto me contenía a mí, a esa niña de trenzas morenas y largas, vestida de princesa el día de la primera comunión, a quien le explotaba la risa en un gesto contenido lleno de inocencia y que me miraba expectante desde la fotografía, colgada en una de las paredes de la habitación, que durante aquellos años fuera el despacho de mi padre.

Me pregunté por qué hay recuerdos que no afloran con frecuencia. Todo lo que estaba viendo entonces estaba olvidado, como si se tratara de una etapa superada, a la que nunca tendría que volver, empeñada en mirar siempre hacia delante.

La casa, con el tiempo, ha pasado a mis manos y para evitarme problemas, pensaba venderla. Había hecho mis planes, me pondría en contacto con un abogado del pueblo, que desde allí podría resolverme las cuestiones burocráticas, y en cuanto a los muebles y todo lo demás, supuse que habría que tirarlo por viejo o venderlo a algún trapero.

Pero las cosas dejaron de estar tan claras. Deambulando a solas por la casa en donde todo lo que me rodeaba parecía estar vivo, recordé que un día, cuando mis pies eran muy pequeños y mi imaginación muy grande, yo subía las escaleras para ir a mi cuarto de juegos; en medio de uno de los escalones me encontré una enorme lagartija. Estaba parada, desafiante. Como si ella fuera la guardiana de un reino al que yo no tenía derecho a acceder, y salí corriendo despavorida.

Parecerá una tontería pero, al recordar aquella incómoda sensación infantil, sentí que toda mi vida había convivido con ese miedo y, durante un instante, creí ver que ese era el germen de otros muchos miedos que nunca he podido vencer y que tantas veces me habían obligado a correr en una dirección contraria a la que fuera la mía.

El día se me hizo corto mirando cajones, ropas antiguas, muñecos y libros. Las horas habían pasado sin darme cuenta y aún me esperaba un largo viaje. Empezaba a atardecer cuando cerré la puerta. Al alejarme, miré la fachada a través del espejo retrovisor. Ya no me sorprendió que la casa no fuera de aquel entrañable color rosa y que ahora apareciera con aquel  tono tan pálido, casi gris. Lo que sí me sorprendió fue que la idea de venderla había desaparecido de mi cabeza. Sabía que tenía que volver cuantas veces fuera necesario hasta encontrarme de nuevo con la lagartija ¿Volvería a parecerme un dragón? Tal vez, pero no pude evitar reírme al pensar en lo sencillo que hubiera sido y en lo tonta que fui al echar a correr. Después de todo, solo se trataba de plantarse ante la lagartija, mirarla, indefensa y asustada, y con cara de ogro, gritarle, ¡¡fuera, lárgate de aquí!!!

La lagartija
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