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Las flores de Meera -Udaipur-

 

Archivo LHM

A la ciudad de Udaipur la llaman «la ciudad del amanecer». Dicen que, a esa hora, todos los palacios que la adornan se reflejan en el agua creando un inigualable mosaico sobre sus lagos de color esmeralda. Debe ser cierto, pero no creo que nosotros fuéramos menos afortunados, pues tuvimos ocasión de verla más tarde, cuando el sol la iluminaba en su plenitud y la ciudad era una exhibición del colorido más esplendoroso que es capaz de ofrecer la naturaleza, y del que los hindúes se apropian como si fueran los dueños del paraíso.  

A esas horas, junto a la belleza de las montañas que se elevan bordeando los lagos o los fascinantes palacios que la conforman; junto a la silueta de los templos o los ojos de los tigres, junto al olor penetrante del cardamomo y la vainilla o el rojo arrebatador del chillie que venden en los mercados, estaban las gentes del Rajastán. Solo ellos son capaces de salpicar aquellas calles, sinuosas y pintorescas, con una vida de tintes irrepetibles, mezclándose entre el bullicioso ajetreo con sus exóticos turbantes o con los saris envolventes de las mujeres que parecen derramar, con estudiada indiferencia, el abanico de fantasía a la que se prestan bajo la mirada de los desconocidos.

Aquella tarde de mediados del mes de febrero, el aire era cálido y la proximidad del lago aportaba una agradable sensación de húmeda frescura. Después de recorrer el enorme y suntuoso Palacio de la Ciudad, último reducto de la corte del reino de los Mewar, habíamos tomado un tentempié en un pequeño restaurante de comida hindú y eran alrededor de las cuatro cuando subimos a un barco de línea turística, en el que haríamos un corto crucero sobre el lago Pichola y una visita a uno de los palacios construidos sobre sus aguas: el Jag Mandir.  

Hacíamos la travesía solos, sin la compañía del guía, pues nos había pedido permiso a todos los demás para acompañar a uno de los componentes del grupo, empresario empedernido, que se había quedado entusiasmado con las enormes canteras de mármol que vimos a lo largo de la carretera entre Eklingji y Udaipur y quería información sobre los materiales que se extraen, sobre sus precios y cómo y dónde se exporta el preciado material. Por supuesto, todos accedimos. El guía nos dejó a los pies del embarcadero y su única recomendación fue que tuviéramos la precaución de no quedarnos hasta la hora en que saliera el último barco. Ninguno de nosotros le dio mayor importancia a aquella indicación y nos dispusimos a embarcar.

Cruzamos el lago dejando a nuestra derecha el Jag Nivas, otro de los palacios flotantes, también conocido como el Palacio del Lago. Se trata de un edificio de mármol, de un blanco inmaculado, que flota en medio de las aguas entre ventanales, cúpulas y templetes de una preciosista arquitectura.  

Hace años, este singular palacio fue convertido en el que es considerado como uno de los hoteles más lujosos del mundo. Dicen que en sus habitaciones han dormido celebridades de nuestra época: Isabel de Inglaterra o Jackie Kennedy entre otros. Nosotros debimos conformarnos con observar desde fuera su bonita silueta en nuestro camino hacia el Jag Mandir. Esta otra muestra de la riqueza arquitectónica de Udaipur fue construido en épocas anteriores, y también cuenta entre sus moradores con regios personajes como en su día lo fuera Sha Jahan, el inefable artífice del Taj Mahal, que al revelarse contra su padre, el emperador Jahangir, tuvo que huir viéndose obligado a pedir refugio y siendo acogido por el maharana reinante en aquella época, que lo alojó en las singulares estancias de aquel palacio de arenisca amarilla.  

Al desembarcar vimos que el lugar estaba muy concurrido y nos desperdigamos entre la gente. Recorrimos los jardines sombreados de palmeras, las distintas estancias y contemplamos, sentados bajo los arcos que rodean el complejo y entre las siluetas de los enormes elefantes esculpidos en piedra que lo circundan, la vista espectacular de toda la ciudad que se duplica, reflejándose en el agua al ritmo lento del movimiento del sol.  

Empezaba a caer la tarde cuando de nuevo todos nos reunimos para acercarnos juntos hasta al embarcadero y emprender el regreso cruzando de nuevo el lago.  

Una pequeña multitud de turistas se arremolinaba en el muelle y nos añadimos al desordenado gentío en espera de nuestro turno. Poco a poco, pues en los barcos no cabían más de veinte o treinta personas, los distintos grupos iban entrando precedidos de sus guías, que los llamaban e iban instalándose hasta completar el pasaje. A nosotros, que intentábamos embarcar, cada vez que se acercaba un nuevo barco, sin que pudiéramos entender el porqué, nos impedían la entrada apartándonos sin muchos miramientos.  

Resultó un episodio bastante fastidioso, pues no había manera de que alguien nos hiciera caso, a pesar de permanecer juntos para que fuera evidente que se trataba de un grupo de turistas y de blandir en nuestras manos las entradas que nos daban derecho a ocupar un sitio en alguno de los barcos que volvían a la ciudad. Parecía una tarea imposible de acometer. Al fin, tuvimos que resignarnos y esperar hasta que el muelle se fue quedando vacío. Ya solo estábamos nosotros, formando un pequeño grupo y seis o siete personas más, entre extranjeros y nativos. Con cierto alivio, nos metimos en el que debía ser el último barco de línea y emprendimos el regreso.  

A aquellas horas, el sol, en el comienzo del ocaso, empezaba a ocultarse tras las montañas y se reflejaba sobre las aguas del lago creando inigualables contrastes de luces y sombras a nuestro alrededor, lo que convertía la travesía en un bonito espectáculo que a la mayoría de nosotros nos hizo olvidar el absurdo contratiempo.  

Para mayor disfrute, el barco esta vez no pasó de largo, sino que se aproximó hasta el embarcadero del Palacio del Lago y tuvimos la oportunidad de ver de cerca aquella singular edificación y algo más de lo que debió ser la lujosa parafernalia de la corte de los maharanaes, pues un sirviente engalanado y vestido de blanco y oro se acercó hasta el pequeño muelle con una extravagante sombrilla de color rojo, dispuesto a recoger a los que fueran a desembarcar. Curiosamente, nadie lo hizo y el barco, después de realizar las maniobras al uso, continuó su navegación hasta los muelles de la ciudad en donde el guía, solícito, estaba esperándonos y nos recibió algo nervioso.

—Pero, ¿qué les ha pasado para que se hayan retrasado tanto? Les advertí que no debían quedarse los últimos.

Uno de los componentes del grupo a quien nuestra pequeña y particular odisea le había puesto de bastante mal humor; algo a lo que, según nos fuimos dando cuenta durante el viaje, era muy propenso, contestó:

—¿Qué pasa, se ponen ustedes de acuerdo para gastar una broma de mal gusto a los turistas o qué?

El guía se debió sorprender por aquella salida de tono, pero nada se pudo traslucir de su gesto que continuaba siendo amable.

—Por supuesto que no, señor.

El hombre insistió:  

—¿No me diga? Usted ya debía saber que para nosotros solos iba a ser una aventura embarcar. No debería haberse marchado tan a la ligera.

—¿Por qué dice eso?  

—Pues porque no nos ha quedado más remedio que esperar hasta que ya no quedaba nadie. Nos han ido dejando a un lado y de malas maneras, por cierto.

—Lo siento, de verdad, no pensé que pudiera llegar a ser un problema para ustedes, pues en esta época del año no hay mucha gente que visite los palacios.

—Esto no va a quedar así: en la agencia de viajes se van a enterar. Le aseguro que no hemos pagado para ser tratados como turistas corrientes. Yo personalmente he llegado a temer que nos dejaran en tierra.

—Señor, no tenga duda de que yo mismo hubiera ido a recogerlos. Pero, en todo caso, está en su derecho de presentar las quejas que considere oportuno.  

Alguien del grupo, incómodo por la tensa situación, que a todos los que escuchábamos el absurdo diálogo nos parecía desproporcionada, interrumpió la escena y el guía, aliviado, lamentó de nuevo lo ocurrido, dio por concluida la conversación y enseguida se adelantó al grupo para abrirnos paso hacia el autobús.  

Regresamos al hotel después de callejear durante un rato más y visitar una curiosa tienda en donde se exponían algunas muestras de un arte del que son especialistas en aquella ciudad: la miniatura. Había preciosas piezas con representaciones de escenas de época realizadas con un laborioso proceso que tuvimos ocasión de observar y al que los artesanos, entre los que había muchachos muy jóvenes, se dedicaban diligentemente y que nos mostraron con evidente orgullo.  

Enseguida reinó de nuevo el buen humor entre todos los componentes del grupo y el regreso a nuestro particular palacio se hizo entre jugosos comentarios sobre todo lo visto durante aquel largo día.

Ya era entrada la noche cuando bajamos a cenar al restaurante del hotel y tras una animada cena nos reunimos, como teníamos por costumbre, para tomar unas copas en el bar situado en una de las terrazas sobre la piscina.  

El escenario resultaba espectacular: la fortaleza del siglo XVIII  convertida en hotel y enclavada en uno de los pasos montañosos que se abren hacia Udaipur, cuya reciente restauración era evidente, estaba iluminada creando misteriosos claroscuros, capaces de transportarte a los tiempos en que aquellos lugares fueron el escenario de las épicas aventuras que, según se cuenta, tuvieron lugar en toda la región del Rajastán: no en vano, es conocida como la tierra de los hombres de la guerra.  

En el interior del bar y, bajo los porches, se enmarcaban agradables rincones para la tertulia. La decoración había sido realizada con mucho mimo y con criterios muy actuales: los distintos ambientes estaban salpicados de antiguas piezas de mobiliario que destacaban entre los sofás y los sillones, tapizados con telas de otomán en colores rosa fucsia, naranja y rojo, que daban un aire cálido y acogedor al ambiente, ya exótico de por sí. Para que no faltara ningún detalle, la semioscuridad creada por las antorchas colocadas entre las plantas de los jardines que rodeaban la piscina, recubierta de pizarra negra, y la música de algún instrumento de cuerda hindú creaban una curiosa atmósfera de magia y misterio, que nos facilitó a todos estar dispuestos a escuchar esa historia que parecía sacada de Las mil y una noche y en la que, según supimos más tarde, podríamos haber estado involucrados.  

Nuestro amigo, el del mal humor, a quien le debió costar su tiempo asimilar la experiencia del embarcadero, dijo que se encontraba algo indispuesto, pidió una infusión y se retiró muy pronto a descansar. Al verlo marchar, recordé las dificultades para nuestro regreso desde el Jag Mandir y la recomendación de nuestro guía para que no cogiéramos el último barco. Después de ver lo que nos había ocurrido, sus palabras habían despertado mi curiosidad y aproveché aquel momento, en que el hombre estaba sentado como uno más entre nosotros, sin posibilidades de eludir la respuesta, y le pregunté:

—¿Por qué esa recomendación de no quedarnos los últimos para coger el barco, que, curiosamente, no hemos podido evitar?

Mi voz se oyó por encima de las demás conversaciones y todos, al oír la pregunta, volvieron la cabeza hacia el guía, que interrumpió su animada charla y me miró con cierta sorpresa. Me pareció que dudaba y después de pensar durante un momento, algo azorado, tosió ligeramente y contestó:

—No tenía, en realidad, ninguna importancia, se trataba de una cuestión de horario.

No lo creí e insistí a riesgo de parecer pesada.

—No puedo creerlo, aquí hay algo que usted no nos cuenta.

Se había hecho el silencio, el hombre agachó la cabeza y, al ver que todos esperaban sus palabras, se decidió a hablar.

—Bueno, la verdad es que, precisamente en una época como esta en la que no hay muchos visitantes, ha sido innecesaria mi recomendación, pues ningún barco regresa después de la caída del sol. Pero ya que tienen curiosidad les diré que hoy estamos en noche de luna nueva y en torno a estas noches hay una vieja historia que siempre se ha oído contar por aquí.

 

Hotel Devigarh -India-

»Yo he de confesarles que, a pesar de las muchas veces que he recorrido los lagos de esta ciudad, nunca he sido testigo de ello, pero sí conozco a personas que dicen haber visto a una mujer muy hermosa que, al llegar la noche, embarca en el Jag Mandir y desciende en el Palacio del Lago. El hecho de no verla no significa que no esté. Y después, si les interesa que continúe con el relato, entenderán el porqué. En todo caso, esa misteriosa mujer es la razón por la que los barcos, a su regreso, desde que empieza el anochecer y en los días de luna nueva, están obligados a hacer la parada en el embarcadero de aquel palacio, aunque aparentemente nadie esté dispuesto a bajar.

Creo que a más de uno de nosotros se nos abrió la boca por la sorpresa al oír aquello, pues recordamos que el barco se había acercado y había hecho la maniobra completa de atraque, sin que nadie descendiera.  

—Nos tiene usted en vilo. —El guía sonrió y continuó hablando.

—Antes de seguir, y puesto que desconocen nuestra cultura, deberían saber que aquí en la India, y según la antigua mitología brahmánica, en la luna está el reino de los muertos, y en las noches oscuras de luna nueva las almas perdidas vagan por el universo en busca de su karma.

»Y dicen por aquí, en aras de una vieja tradición, que en esas noches misteriosas, si no se toman las necesarias precauciones, los pasajeros de alguno de los  barcos que vuelven desde el Jag Mandir pueden encontrarse con la sorpresa de que alguien ha dejado olvidado un ramo de flores de erukku sobre los asientos.  

»Recoger esas flores no es, precisamente, una señal de buen augurio. Y, la verdad, es que ustedes los occidentales tendrán que reconocer que, a pesar de que siempre dicen que han superado todo tipo de supersticiones, se ponen muy nerviosos cuando oyen hablar de la palabra «mal augurio». Es por eso que no se suele contar lo que yo ahora les estoy contando. Si se supiera, tal vez los barqueros y las personas que viven del turismo en esta ciudad se verían perjudicados en su negocio, y en torno a los hechos que voy a relatarles hay, entre las gentes de Udaipur y los que somos habituales visitantes, una aceptada discreción.  

El guía, que había perdido el ligero azoramiento que acompañó los primeros momentos de su charla, nos miró a todos y preguntó con cierto aire de misterio.  

—¿Quieren ustedes que continúe?

Todos asentimos con entusiasmo y durante unos momentos los comentarios más dispares nos hicieron reír a todos, pero enseguida nos arrebujamos en nuestros asientos dispuestos a escuchar. Se hizo el silencio y miramos al guía que, tras apurar su copa, parecía dispuesto a continuar.

—Ya deben ustedes saber que la zanana es el nombre que aquí recibe el harén o el gineceo. Dicha palabra, zanana o zenana, proviene del persa, que era el idioma utilizado en los tiempos de la corte mogol.  Se trata del lugar reservado a las mujeres dentro de los palacios de esta región que, durante siglos, sufrió las incursiones, las conquistas y las alianzas con esas gentes que practicaban la religión musulmana. Y puesto que esos contactos duraron mucho tiempo, los habitantes de estas tierras, a pesar de seguir siendo fieles a su propia fe, se vieron muy influenciados por la cultura mogol, hasta el punto de que determinadas costumbres quedaron para siempre en su forma de vivir.  

»Si dejáramos correr la imaginación, no sería difícil presumir que en esos recintos palaciegos, hechos solo para las mujeres, debieron ocurrir muchas historias dignas de ser narradas, pues ellas permanecían recluidas y salían de sus aposentos en muy contadas ocasiones. Su vida, y hay quien considera que debía ser idílica, se desarrollaba por entero dentro de aquellas paredes. Vivían ocultas en su mundo particular detrás de las tupidas celosías, entre los muros de los preciosos patios y jardines, adornados de fuentes de agua cristalina, en donde crecían las plantas y las flores perfumadas. Su única dedicación era el cuidado y el mimo de sus propios cuerpos. Cultivaban la música, la danza, el canto y todas aquellas cualidades que pudieran convertirlas en más hermosas aún y más dignas de ser queridas por los hombres a quienes pertenecían y eran ellos quienes establecían, en función de sus preferencias, una jerarquía sometida a las más estrictas y ancestrales costumbres

»En un escenario así es de suponer que las mujeres que lo habitaban debían competir entre ellas para ocupar un puesto privilegiado en esa jerarquía que se formaba en torno a los hombres, pues todas eran esposas, amantes o madres de los hijos de un mismo señor con más o menos derecho a preferencias, herencias y sucesiones, que debieron ser la causa de profundas enemistades y de grandes odios.  

»No hay duda de que detrás de sus paredes también debieron vivirse románticas historias de amor, pues para muchas de ellas era un privilegio ser las elegidas por los monarcas y los grandes hombres. Pero en otras ocasiones habían sido traídas a la fuerza, como motines de guerras o por mero capricho y su corazón no siempre era capaz de corresponder a los sentimientos para los que habían sido destinadas.

»En la época en que ocurrió lo que voy a relatarles, una de las damas de la corte, de nombre Meera, que durante un tiempo fue la favorita del maharana, era una mujer muy hermosa que, por extraños avatares, había sido traída del sur de la India y estaba muy apegada a ciertas costumbres y gustos de la tierra en la que había nacido. Una de esas costumbres era el cultivo de flores y plantas que había hecho traer desde su lugar de origen y de las cuales conocía, como una experta naturalista, las cualidades y las virtudes que cada una de ellas escondía en sus tallos o en sus pétalos.  

»Entre ellas, Meera tenía predilección por un arbusto llamado erukku que en las regiones del sur de la India se ha cultivado y se ha utilizado desde siempre. Se trata de una planta medicinal con hermosas flores, blancas o violetas, que se usa para curar la lepra y algunas enfermedades de los elefantes y que, utilizada para otros fines menos saludables, se convierte en un veneno mortal. Basta tomar directamente las gotas del líquido lechoso que caen al partirse su tallo para provocar una muerte que es rápida, pero puede resultar muy dolorosa, pues provoca vómitos y convulsiones hasta que falla el corazón, y la persona que lo ha ingerido muere.  

»Meera cultivaba el erukku en los rincones del jardín de la zanana. Se consolaba mirando sus preciosas flores de color violeta con forma de pequeña corona y con su visión calmaba su añoranza de otros paisajes y de otras gentes.

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»Aquella mujer, además de ser muy bella, era astuta y decidida y, una vez que fue desbancada del lugar más relevante que en su día ocupara en la corte del maharana, buscó una manera de saciar sus inagotables ansias de aventura. Puesto que se trataba de una persona inquieta y que había crecido en la libertad de la naturaleza, no soportaba aquella vida de encierro a la que estaba obligada por su condición de cortesana. Así, durante la época de verano, mientras la corte residía en el Palacio del Lago, por resultar más fácil el acceso al exterior, Meera aprovechaba las ausencias del monarca, escapándose de las estancias palaciegas disfrazada de esclava o de joven sirviente. Entraba y salía a su antojo, pues era muy hábil disfrazándose y una actriz consumada capaz de imitar el lenguaje y la forma de desenvolverse de mujeres de más baja condición o imitar a la perfección la voz de los muchachos al servicio de la corte, a cuyo disfraz recurría con frecuencia, pues había descubierto que le resultaba más fácil desenvolverse a sus anchas vestida de aquella manera.  

»En una de aquellas salidas, conoció y se enamoró locamente de un barquero que solía conducirla desde el palacio hasta la ciudad. Se trataba de un hombre joven y apuesto de nombre Jeevan que, a pesar de que ella se le ofrecía una y otra vez, siempre la desdeñaba. Meera nunca se daba por vencida y el barquero, de noble carácter y buenos sentimientos, acabó por confesarle que estaba enamorado de una de las más jóvenes damas de la corte. Sin desvelarle de quién se trataba, Jeevan le contó que su amada era la hija de un hombre importante de Udaipur, que en su juventud había sido compañero de armas y gran amigo de su padre. Esa había sido la razón por la cual, los hijos de ambos y desde la más tierna infancia, fueran comprometidos en matrimonio.  

»La muchacha y el propio Jeevan, que habían compartido juegos desde la niñez, siempre se habían querido y cuando la edad les fue mostrando los deleites del amor, se habían prometido mutuamente permanecer unidos y amarse mientras vivieran.  

»Pero ocurrió la desdicha de que el maharana visitara a aquel hombre en su propia casa, y al ver la belleza de su hija se enamorara de ella. El padre, rompiendo el compromiso, la entregó al monarca a cambio de obtener ciertas ventajas en la corte. Aquel inesperado desenlace había sumido a Jeevan en la mayor de las tristezas, agravándose por el hecho de que la muchacha desapareciera rápidamente de su propia casa, y los dos jóvenes no volvieron a tener la oportunidad de encontrarse nunca más. Desde entonces, su único deseo era abandonar aquellas tierras para siempre y buscar su destino lejos de Udaipur, en donde pudiera soportar mejor su desgracia. Era solo la esperanza de volver a ver a su amada por última vez, la razón que lo mantenía viviendo en la ciudad y por la cual él se había hecho barquero del lago.  

»Meera tardó días en averiguar de quién se trataba, pues en la zanana vivían más de cuarenta mujeres, pero al fin supo que el gran amor del barquero era Jhanavi que en aquellos momentos era la favorita del maharana. Y observó que, a pesar de su situación de privilegio, la joven vivía aislada y sumida en la tristeza sin tomar parte en la vida que se desarrollaba en el interior de los recintos donde vivían.  

»La astuta mujer, cautelosa, fue aproximándose a ella: intentó ganarse su confianza, y Jhanavi, que en un principio se había mostrado huidiza e inabordable, empezó, poco a poco, a confiar en Meera. La muchacha, agradecida por las muestras de afecto que la mujer le dedicaba, acabó abriéndole su corazón y confesándole su amor por Jeevan. Le habló de lo infeliz que se sentía en la prisión que le suponía aquel palacio, pues había sido conducida por el capricho del maharana y la ambición de su padre, que había roto su compromiso sin tener en cuenta sus sentimientos ni las desgracias que les acarrearía el incumplimiento del sagrado compromiso de su matrimonio.  

»Jhanavi le contó que, desde que llegara al palacio para formar parte de la corte y sabiendo cuál sería su ya inevitable destino, solo deseaba ver por última vez a Jeevan para liberarlo de las promesas que ambos se habían hecho y hacerle saber que habían sido rotas en contra de su voluntad, pues seguía amándole y le amaría siempre.  

»Meera alentaba a Jhanavi en sus confesiones y escuchaba las hermosas palabras con que describía sus sentimientos hacia el barquero. Envidiaba la pureza de su amor, a la vez que la odiaba, pues se interponía entre los dos hombres que, en aquellos momentos, significaban algo para ella. El rencor iba corroyéndola día a día, hasta llegar a pensar en desenmascararla ante el maharana. Sin embargo, debió recapacitar sobre su acción, que podría ser vista como un acto lleno de mezquindad y traerle como consecuencia que el monarca desconfiara de ella y la rechazara definitivamente, por lo que acabó abandonando aquella idea.  

»Pero Meera no desistió en su empeño. Esperó pacientemente hasta que, por fin, concibió un plan para deshacerse de la favorita, vengarse del desdeñoso barquero y recuperar su lugar de relevancia en la corte.  

»Una noche, en una íntima conversación, Meera prometió a Jhanavi que encontraría la manera de que pudiera ver de nuevo a su amado, pues sabía cómo buscarlo y la forma de salir del palacio sin ser descubierta. Esperó a que llegara el momento oportuno para llevar a cabo su plan, y poco tiempo después supo que en los próximos días y con motivo de una recepción a altos dignatarios de un lejano reino en el Jag Mandir, otro de los palacios de la suntuosa corte, las mujeres serían conducidas hasta allí para asistir a las ceremonias de recepción. Puesto que llevaba años viviendo bajo los auspicios del monarca, conocía a la perfección las costumbres y las normas de protocolo y tuvo la oportunidad de planearlo todo con cuidado y astucia.  

»Cuando la fecha señalada se fue aproximando, avisó al barquero de la hora y el sitio en que podría encontrarse con Jhanavi y momentos antes de que la joven saliera a escondidas para encontrarse con él, le ofreció un ramo de flores de las que, ante ella, cortó los tallos vertiendo el contenido del líquido que se derramaba en un vaso que le hizo beber. Jhanavi bebió confiada de lo que le ofreciera su amiga, que astutamente, y para que nadie pudiera sospechar cuál había sido la causa de la muerte, pidió a la muchacha que le devolviera las flores, pues, según le dijo, entre los tallos quedaba su corazón que debía recuperar a su regreso, libre ya de los amores del pasado y dispuesto a entregarse a su nueva vida.  

»La muchacha obedeció ciegamente. Llegado el momento, se encaminó al lugar donde la esperaba el barquero que había apostado su barca junto a uno de los rincones más oscuros del palacio. Ya estaban juntos los amantes cuando el veneno empezó a hacer su efecto. Jhanavi comenzó a sentirse enferma, y el barquero, asustado por los síntomas, y temiendo ser descubiertos por los ruidos que provocaban las náuseas, se alejó con la barca hacia el interior del lago. Allí, ella le habló de las flores de erukku: el extraño regalo que le hiciera Meera y del líquido que había bebido a instancias de su amiga. El joven, preocupado, y puesto que los extraños síntomas continuaban y daba la impresión de que se agravaban por momentos, intentó devolverla al palacio para que fuera atendida por los médicos de la corte.  

»Jeevan, que había desconfiado siempre de Meera, condujo la barca con gran cuidado sospechando que eran víctimas de una encerrona y enseguida se dio cuenta de que no estaba equivocado: los guardias del maharana esperaban apostados para atraparlos. A pesar de todo, intentó acercarse al palacio por otro lugar distinto al rincón escondido del que ambos habían salido, pero nuevamente fueron sorprendidos por los guardianes que dispararon sus flechas, y el joven resultó gravemente herido. Con gran esfuerzo, consiguió alejar la barca del Jag Mandir y ocultarse aprovechando las sombras y la oscuridad de la noche.  

»Sobre las aguas del lago, Jeevan se desangraba y Jhanavi parecía perder la consciencia tras momentos de fuertes convulsiones. Sin saber qué hacer, el barquero trató de llegar a la ciudad, pero fue inútil: a mitad de camino y en las inmediaciones del Palacio del Lago, Jhanavi agonizaba, y el joven no pudo hacer otra cosa que depositarla sobre el embarcadero del palacio, donde murió entre sus brazos. Jeevan se alejó, herido y sumido en la más profunda desolación.

»El maharana al enterarse de la extraña muerte de su favorita ordenó que se investigara lo sucedido. Descubrió los amores de Jhanavi y su encuentro con el barquero, de quien no se volvió a saber nada, a pesar de que fue buscado sin descanso por caminos y pueblos durante semanas. La barca fue hallada entre las cañas de un apartado rincón del lago: allí quedaban los restos de sangre de las heridas de Jeevan, pero su cuerpo no fue hallado y se le dio por muerto.  

»El maharana, profundamente dolido por la traición y decepcionado, se vengó cruelmente en las familias de los dos jóvenes, volviendo a los brazos de Meera que supo consolarlo y durante un tiempo ocupó de nuevo un lugar preeminente en la corte.  

»Fueron pasando los años, mucho tiempo después se supo que Jeevan había conseguido huir de aquellas tierras. El joven curó sus heridas escondido en una cueva de los montes Aravalli y, una vez recuperó las fuerzas, abandonó el lugar dirigiéndose a Bengala en donde se alistó en un ejército formado por nativos que, en aquellos tiempos, estaba bajo el control de unos comerciantes británicos.  

»Bajo el mando de los extranjeros, tuvo que luchar en numerosas guerras y revueltas para defender los intereses de aquellas gentes que los despreciaban y humillaban. Su orgullo le impedía aceptar el tratamiento de que eran objeto en las filas de aquel ejército, y en el interior de su corazón fue creciendo la rebeldía. Poco a poco, entre sus compañeros de armas, Jeevan adquirió prestigio por su nobleza y su inteligencia. Todos sabían que era un hombre apasionado, generoso en sus acciones y capaz de hacerles ver la ambición de aquellas gentes, que fomentaban entre ellos la división religiosa para mantenerlos desunidos y así, astutamente, ejercer y ampliar su dominio colonizador. Imbuido por estas ideas, tomó parte activa en la que fue llamada la primera guerra de independencia del pueblo indio: la guerra de los Cipayos. Él fue uno de los inspiradores de la rebelión que comenzó entre los componentes de los batallones del ejército a los que pertenecía. Con ellos combatió ferozmente dirigiéndose desde su guarnición hasta Delhi, en donde proclamaron como emperador de la India al depuesto Bahadur Shah Zafar y luchó durante el tiempo que duró la contienda defendiendo la ciudad de Delhi del acoso y del posterior saqueo de los británicos.  

»Cuando todo hubo acabado y los extranjeros obtuvieron su última victoria aplastando la rebelión, Jeevan consiguió sobrevivir a las terribles represalias que se tomaron contra los rebeldes y huyó ocultándose durante años en una región selvática del sur de la India, a la que nunca habían llegado los ecos de la guerra.  

»En aquellas lejanas y solitarias tierras, en donde los ritos religiosos discurren por extraños y misteriosos caminos, Jeevan, extenuado en cuerpo y alma por las experiencias vividas y por las guerras sangrientas en las que había combatido, dedicó sus días a buscar su propio sosiego. Encontró el consuelo que buscaba aprendiendo de la sabiduría de los viejos que habitaban en la selva. De la mano de brujos y hechiceros conoció los misterios que se encierran tras la muerte, aprendió sobre el lenguaje de los astros, sobre la adivinación y sobre el arte de la curación a través de las plantas. Allí, volvió a encontrarse con su pasado: llegaron a sus manos las flores violetas del erukku que habían matado a Jhanavi, cuyo recuerdo permanecía en su interior como la más hermosa vivencia de su juventud y supo, a través de la magia, que esa fatídica noche el corazón de su amada había quedado atrapado entre los tallos de aquellas flores que Meera retuvo con la promesa de entregárselas a su regreso, sin que nunca pudiera cumplir su palabra.  

»Pasó el tiempo y, al fin, con el pelo encanecido y la sabiduría de los años de dedicación al estudio y la meditación, Jeevan regresó a Udaipur para saldar las deudas contraídas con su pasado.  

»Al llegar a la ciudad, sin darse a conocer y como si se tratase de un forastero, puso su puesto de hierbas y especias frente al Palacio de la Ciudad. Vendía pócimas curativas y ofrecía consuelo y remedio a los enfermos y a los afligidos.  La gente empezó a conocerlo por sus mágicas curaciones y sus poderes adivinatorios que le permitían saber cuál era la causa de las enfermedades que, en muchas ocasiones, tienen su origen en los males del alma.  

»Su fama llegó a oídos del anciano maharana quien lo mandaba llamar con frecuencia para consultarle sus dolencias como si se tratara de un viejo médico, pues su intensa vida le daba un halo de hombre sabio y misterioso que fascinó al monarca desde la primera vez que lo vio, manifestándole siempre un profundo respeto.  

»Meera, convertida ya en una anciana mujer, aún vivía entre las paredes de la zanana. Tras la muerte de su rival, había ocupado el lugar de la favorita por un tiempo. Después fue relegada a una vida oscura que ella intentó llenar de luz nuevamente con sus correrías y escapadas, pero los remordimientos de sus actos nunca la abandonaron: pasaba las noches en vela y sin descanso, temiendo dormirse, debido a que el aroma de las flores de erukku inundaba su cuarto y ella creía enloquecer noche tras noche. Arrancó los arbustos que adornaban sus jardines; con sus propias manos destrozó los pétalos uno a uno, pero fue inútil, el aroma persistía llenando las estancias como una maldición y envolviéndola en la desesperación entre las sombras de la noche.

»Mientras, habían pasado los años, y en los palacios comenzó a hablarse del viejo sabio vendedor de pócimas y de su arte curando raras enfermedades. Enterada de ello, Meera quiso solicitar de aquel sabio el remedio para paliar el mal que desde hacía tanto tiempo le impedía dormir. Disfrazada de una sencilla mujer del campo, se presentó en el puesto de Jeevan, afligida y desconsolada por no encontrar la manera de curarse, y este, que la esperaba desde que llegó a la ciudad, pacientemente le escuchó contar cómo, en la época de su juventud, la envidia y los celos la hicieron deshacerse de una mujer envenenándola con unas flores de su propio jardín y arruinando así para siempre su existencia, pues, desde entonces, vivía atormentada por los remordimientos.

»Jeevan le hizo beber una pócima, y ella, sumida en un suave sopor, fue repitiendo,  palabra a palabra y momento a momento, cuanto ocurriera aquella noche entre las dos mujeres, hasta que la joven desapareció de la vista de Meera entre las sombras de los  jardines del palacio. Más tarde, una vez supo que su rival había muerto, satisfecha por haber logrado su propósito, conservó durante días las flores que contuvieron el veneno como si se tratara de un trofeo hasta que, al observar que no se marchitaban, horrorizada, las arrojó a las aguas del lago.

»Al día siguiente, Meera, siguiendo las instrucciones del viejo médico, hubo de regresar para encontrarse con él y recibir de sus manos el remedio para su dolencia: el hombre depositó en sus manos una caja de plata que solo podría abrir la primera noche en que el aroma de las flores comenzara de nuevo a robarle el sueño. Así lo hizo, Meera regresó al palacio esperanzada y colocó la caja junto a su cama.  

»Aquella misma noche, despertó envuelta en sudores y abrió la caja buscando el remedio. Dentro, cuidadosamente cincelado sobre el metal de la cubierta y escrito en idioma tamil, el idioma de su infancia, Meera encontró una extraña inscripción:  

 

Sólo tras la muerte,

 el amor volverá a florecer

en el corazón solitario

al entregar estas flores

al alma que aún espera su retorno.

 

En su interior y con los tallos rotos, había un ramo con las flores del erukku. La mujer, al verlo, perdió el conocimiento y cuentan que, a los pocos días, murió sumida en una extraña calma con las flores frescas entre las manos.

»Poco tiempo después de su  muerte, una sirvienta de la corte dijo haberla visto en el barco que la conducía a la ciudad. Al aproximarse al embarcadero, Meera lloraba sentada en un rincón. Cuando la mujer, que en un principio no la había reconocido, se acercó a ella para preguntar cuál era la causa de sus lágrimas, Meera desapareció entre la gente y en el asiento quedaron las flores abandonadas.  

»Cuentan que los hechos empezaron a ocurrir cada cierto tiempo. A veces era una hermosa mujer, a veces, una doncella o una anciana, incluso hablaban de un joven quien, al desaparecer, dejaba tras de sí las flores sobre los asientos del barco.  

»En una de aquellas ocasiones, ocurrió la terrible desgracia de que la persona que las encontró murió a las pocas horas de que hubiera contado aquel suceso y la imaginación y las supersticiones hicieron el resto: empezó a propagarse la historia de que algunos atardeceres, en los barcos que regresaban del Jag Mandir, alguien depositaba un ramo de color violeta y quien lo recogía moría sin remedio.  

»La gente se negaba a embarcar hacia los palacios flotantes del lago por miedo a ser víctima del extraño maleficio. Las aguas quedaron vacías y el maharana, temeroso de tener que abandonar aquellos hermosos lugares por las supersticiones de sus súbditos, mandó llamar al viejo sabio para encontrar la causa de aquellos hechos y ponerle remedio.  

»Jeevan, que no se mostró sorprendido por lo ocurrido, dijo al maharana que la respuesta debía encontrarla él mismo entre lo que había quedado de las pertenencias de una de sus mujeres, muerta hacía solo unos meses, pues ella se había llevado consigo un gran secreto que el monarca debía conocer.  

»Se buscó en la zanana y se encontró la extraña caja de plata con la inscripción en el idioma de la tierra de Meera que, por un inexplicable olvido, no había sido quemada con todas las pertenencias de la vieja cortesana, y el maharana mandó llamar a Jeevan quien, con la caja entre las manos, hizo recordar al monarca los hechos acaecidos en torno a la muerte de Jhanavi: su antigua favorita. El hombre hubo de reconocer que su rabia por la traición lo había cegado ante el hecho de que había sido Meera quien le habló de los amores escondidos de Jhanavi y que ella fue quien ocupó el lugar dejado por la joven que acababa de morir.  

»Jeevan le explicó que aquella mujer había llevado con engaños a la joven muchacha hasta los brazos del barquero para provocar su muerte, y el ingenuo corazón de Jhanavi había quedado atrapado entre las flores que Meera utilizó para envenenarla, haciéndole una promesa que nunca pudo cumplir.  

»Era aquella promesa no cumplida la razón por la que el espíritu de Meera, vagando en el mundo de los muertos que se esconde tras las sombras de luna, reaparecía en las noches oscuras de luna nueva y debía vagar convertido en un alma perdida, en los mismos lugares en que ocurrieron los hechos, sin poder reencarnarse en un nuevo cuerpo hasta entregar aquellas flores a quien poseyera el alma de Jhanavi.  

»El maharana, que nunca había sospechado que Meera fuera la causante de la muerte de su joven esposa, quedó profundamente impresionado por aquel relato y prometió al hombre sabio una gran recompensa si lograba romper el maleficio.

»Jeevan dijo al monarca que debía ordenar a todos los barcos que hacían la travesía desde el Jag Mandir hasta la ciudad, y desde el momento en que empezaban los anocheceres de la luna nueva, que se acercasen hasta el embarcadero del Palacio Blanco para que el alma de Meera pudiera descender y esperar allí la llegada de su destino. Se hizo así durante años y ninguna desgracia volvió a ocurrir.  

»Antes de morir, quiso el monarca cumplir su palabra de recompensar al hombre sabio que fue llamado a la corte y tuvo la oportunidad de pedir el perdón y el permiso para regresar a su tierra a aquel joven barquero, que debió huir de su hogar y vivir en la soledad del destierro por su amor a Jhanavi. Jeevan le habló entonces de los inocentes amores entre los jóvenes cuya razón para aquel último encuentro no había sido la traición, sino devolverse sus respectivas promesas para entregarse, libres sus corazones, a sus propios destinos.  

»El maharana le concedió el perdón, Jeevan se descubrió ante el sorprendido monarca y pudo reencontrarse con su familia y vivir una vejez tranquila entre los suyos.

Fue pasando el tiempo, poco a poco, todos los que cruzaban las aguas en la época en que ocurrieron los hechos fueron desapareciendo, pero la tradición de la parada en el Palacio del Lago sobrevivía como un rito del que nadie sabía la causa, pero que todos respetaban.  

»Y sobrevinieron los profundos cambios sociales que se produjeron en la India al obtenerse la independencia de Gran Bretaña. Con ellos, las que habían sido propiedades de uso exclusivo de los monarcas pasaron a ser utilizadas por otras gentes, que nada sabían en torno a las tradiciones del lago Pichola, y la parada de los barcos cayó en el olvido.  

»Algunas de las residencias que ocupaban los monarcas se convirtieron en hoteles. Gentes ajenas a todo se acercaban a la ciudad de Udaipur atraídos por la magia y la fama de sus lagos y sus palacios de ensueño.  

»Cuentan que una visitante occidental que hacía la travesía del lago, al volver en la última barca que regresaba desde el Jag Mandir, vio cómo embarcaba y desembarcaba una hermosa mujer. A su espalda había quedado olvidado un ramo de flores. Ella intentó avisarla, pero la mujer desapareció de su vista y la extranjera recogió y llevó consigo las flores. Al subir las escaleras del hotel en donde se hospedaba, algo cayó desde una ventana golpeándole la cabeza y la mujer murió con las flores entre sus manos.  

»El suceso corrió de boca en boca y la vieja leyenda dormida en torno a los viajes de los barcos del lago pareció recobrar vida. De nuevo las aguas quedaron vacías. Los trabajadores de los palacios, los guardianes, incluso los pescadores que vivían con el producto de sus aguas, se negaban a embarcar. Se preguntó a los más viejos del lugar, a personas que hubiesen estado relacionados con los lagos: los barqueros, antiguos sirvientes de las residencias flotantes, algunos de los que aún sobrevivían recordaban la parada misteriosa sin saber cuál era la causa ni cuándo o cómo se producía.  

»El nuevo maharana, preocupado, una vez más, como lo estuviera su antecesor, mandó investigar sobre la historia de la construcción de los edificios sobre los que allí habían vivido por si se encontrase alguna razón capaz de aclarar cuáles fueron los sucesos que provocaban aquel maleficio. Se pusieron edictos en las esquinas con el fin de que todo el mundo supiera cuán necesario era para todos averiguar el misterio y, al fin, un joven apareció ante el maharana y le entregó una historia escrita por un antepasado suyo, en donde estaban las claves de aquellos misteriosos sucesos, su título era: Las flores de Meera  y el autor era Jeevan.  

Archivo LHM

En el bar, la luz de las antorchas se había ido desvaneciendo lentamente a nuestro alrededor y la música había cesado. Apuramos las copas y nos dispusimos a subir a nuestras habitaciones.  No creo que a ninguno de nosotros se nos pasara por alto aquella noche desviar la vista hacia el cielo: estaba muy oscuro, solo algunas estrellas parpadeaban tímidamente en un firmamento inmenso que servía de techo al espectáculo magnífico de aquella fortaleza.  

Puede que fuera el aroma de las flores que inundaba los rincones, el agua que se deslizaba suavemente en las fuentes de formas exquisitas, o puede que fueran los  misteriosos recovecos de patios y jardines que cruzábamos bajo la tenue luz de las antorchas, en los que la realidad y la fantasía parecían poder caminar juntas con la seguridad de confundirse,  pero todos nos retiramos en silencio y con la certeza de que, en lugares como esos, las historias más irreales  podrían llegar a ser ciertas.

De los cuentos India de luz y de sombras de Mercedes Braojos

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