fbpx

Los años de las perlas

 

los años de las perlas
LHM

Después de unos años y hace muy pocos días, he vuelto a recuperar mis antiguos pendientes de oro con dos pequeños brillantes. No me atrevía, no sé por qué, pero descansaban olvidados en el fondo de la cestita que contiene los cuatro adornos que salpico sobre mis prendas de vestir a diario y, la verdad, aquella mañana, al verlos abandonados, pensé que se acabarían perdiendo por mi descuido al no protegerlos y guardarlos en algún lugar seguro. Al fin, sin darle muchas vueltas, me los puse.

En los últimos años, los había sustituido por unas llamativas perlitas redondas y blancas que parecían enmarcar mejor mi cara, hacerme más visible. Tonterías, ¿verdad? Pero las mujeres somos así. Lo cierto es que había noches que las dichosas perlitas me molestaban; daba vueltas sobre el almohadón y tenía que quitármelas para dormir a mis anchas. Con los brillantintos, eso nunca me pasaba, y en esos momentos me acordaba de ellos y los echaba de menos.

Hoy, que tengo que escribir sobre algo cotidiano que me acompaña, algo sin importancia y sin embargo esencial, he pensado en ellos. Y es que he tenido pendientes de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños y de todos los precios, pero cuando aquellos brillantitos llegaron a mi vida, los coloqué y me olvidé de cualquier otro adorno. Eran lo mío, eran mi pareja de compañeros, firmes, discretos pero valiosos, identificándome como mujer, algo que me gusta mucho a pesar de mi pelo corto y mis eternos pantalones.

Vinieron de la mano de mi hijo, era muy pequeño todavía, y su sonrisa y mi sonrisa todavía las recuerdo. Eran años felices, tranquilos. La música, el sonido del viento y del mar, las voces amigas, las voces que entretienen, los buenos saludos, el ruido de las tormentas, los gritos de júbilo, las palabras cálidas y hasta el ruido del silencio se difuminaban en la calma de mi vida de aquellos tiempos y yo, sin saberlo, compartía con los pendientes pegados al oído cada uno de mis días.

Ha llovido mucho desde entonces y en los años de las perlas me he sentido muy sola, distante de todo cuanto ha sido mi vida, esa clase de vida a la que le entregas todo, sin vuelta atrás, porque la verdad nunca tiene retorno.

Por arte de magia, al recuperar los pendientes, parece que ha vuelto mi aplomo y hasta mi fe, y he vuelto a descolgar el teléfono cada día y vuelvo a oír la voz de mi hijo, ese que era tan pequeño cuando de sus manos salió la cajita de los pendientes, una voz que durante un tiempo me resultaba extraña, por esas cosas que pasan en la vida y que no entiendes. Algo ha cambiado, pero os aseguro que no hay mejor sonido que la voz de tu hijo diciéndote que te quiere.

Me pregunto si han sido esas pequeñas figuras redondas, arrancadas del interior de la tierra con el fulgor de una luz inagotable y pura, las que han hecho que todo cambie, porque no aceptan que nadie las suplante. Pertenecen a mi vida, porque lo saben todo a fuerza de acompañarme con su eterna discreción recordándome quién soy. Ellos saben el porqué y el dónde, con quién, para qué, y cómo lograr mezclarlo todo en un cóctel de serenidad y calma para afrontar a diario el misterio inagotable de la vida. No lo sé, puede que esté equivocada, pero sí sé que ellos reconocen cuál es el gesto de mi mejor sonrisa porque hace que se estremezcan en los laterales de mi cara o… ¿será tal vez que solo están hechos para cuando te ronda lo bueno y lo valioso?

¿Quieres conocer mas sobre nuestra autora, coloca clic aquí .

Otros cuentos Biográficos en Vivir en la higuera.

1 comentario en “Los años de las perlas”

  1. Cristina Anduiza

    Que tierno, que poético. Hay alegría, hay buenos recuerdos mezclados con dolor. El amor duele, no hay duda y si se trata de un hijo, el coste es mayor. Muy valiente, muy bonito el encuentro con las perlas.
    Cristina Anduiza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *