fbpx
Mi afición a los cuentos  proviene de la infancia. En aquella época, tuve la fortuna de vivir en una casa, en donde las habitaciones se alineaban a lo largo de un estrecho pasillo, que conducía hacia un patio de paredes blancas sin ventanas. En el centro de aquel patio, una higuera se derramaba sobre las piedras, acogedora y solitaria. En las tardes de verano, a esa hora en que los mayores, vencidos por el sueño, se acurrucaban adormilados en los sillones y el zumbido de las moscas amortiguaba todos los sonidos, nos sentábamos a su sombra para escuchar los cuentos que nos contaba la niñera. Las historias siempre eran de duendes, de brujas o fantasmas y supongo que, para que no nos asustásemos, ella nos decía que allí estábamos a salvo de todo, que nada ni nadie podía hacernos daño y nos instaba a cerrar los ojos y permanecer callados durante unos instantes para escuchar el aire a nuestro alrededor. Los que habitamos ese tiempo hace años que dejamos  de ser niños y abandonamos el cobijo de la higuera, pero aquel silencio que nos protegió en la infancia dejó para siempre la huella de un recuerdo mágico que ha ido adquiriendo vida propia y que ahora necesito compartir.