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Los parsis en la India

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Entre los grandes tesoros de la India –Los parsis–

Los parsis en la India
Archivo LHM

Aquella mañana, la primera de nuestra estancia en Bombay, habíamos hecho un recorrido por el antiguo barrio de Cobala y terminamos en el hotel Taj Mahal, frente a la emblemática Puerta de la India, en busca de un lugar donde comer. Casi todos los componentes del grupo de amigos que habíamos decidido visitar la India se habían repartido en los distintos restaurantes; solo algunos de nosotros preferimos tomar un simple bocadillo, sentados en una de las mesas frente a la agradable piscina que, como un oasis, está situada en el centro de un patio que se encuentra en medio del establecimiento hotelero de más tradición en la ciudad.
A pesar de que la gente entraba y salía, el sitio resultaba muy tranquilo. Varias personas tomaban el sol sobre las tumbonas alrededor de la piscina y solo la mesa contigua a la nuestra estaba ocupada por tres hombres: dos de ellos, tocados con sus característicos turbantes, denotaban su procedencia; el tercero, un occidental entrado en años y vestido de manera informal pero sin el descuido de los turistas, tenía un cierto aire de intelectual.
Al poco rato de nuestra llegada, los dos hindúes se despidieron, abandonaron la mesa y el occidental permaneció solo tomando un té y haciendo anotaciones en su agenda.
Habíamos terminado nuestra frugal comida y nos disponíamos a tomar café cuando el hombre se dirigió a nosotros en español para preguntar por nuestra procedencia. Con esa curiosa camaradería que se crea al encontrarte con personas que hablan tu idioma en países extraños, le invitamos a sentarse a nuestra mesa y así lo hizo. Se trataba de un norteamericano de madre chilena, razón por la cual dominaba nuestra lengua, a pesar de su fuerte acento y esa ligera cadencia con la que los sudamericanos suavizan la fonética del castellano.
Tenía una conversación muy fácil y, con bastante desparpajo por nuestra parte y mucho desenfado por la suya, tuvo que soportar que entre todos le sometiéramos a un completo interrogatorio. Se trataba de un catedrático de antropología ya jubilado que, hasta hacía poco tiempo, había impartido clases en una Universidad de San Francisco y continuaba desarrollando su interesante trabajo al pertenecer a varias agrupaciones de intelectuales dentro y fuera de su país, a la vez que colaboraba en revistas especializadas en las antiguas religiones del mundo.
Al parecer, viajaba con frecuencia a la India en donde tenía grandes amistades y para él constituía una fuente inagotable de conocimiento. En esta ocasión se encontraba en la ciudad de Bombay debido a que, como estudioso del tema, había sido solicitada su aportación en el examen de un documento hallado recientemente. Se trataba de una tablilla cuneiforme en la que se hablaba de Ecbatana: una de las ciudades más antiguas de la humanidad que por un tiempo fuera capital del imperio Medo y que después pertenecería al mundo de los persas.
La valiosa tablilla había aparecido en manos de un comerciante que desconocía su enorme valor histórico y, dado que formaba parte de su herencia familiar, conservada a través de las generaciones que le habían precedido, se pensó que debió llegar hasta la India con la venida de los antiguos parsis a cuya comunidad pertenecía el propietario.
Los comentarios que surgieron en torno a esas gentes dieron pie a una auténtica lección de historia que acabó, debido a la versatilidad del personaje, en una interesante conversación que nos situó ante la riqueza y la complejidad del mundo al que acabábamos de llegar, pues algunos de nosotros quisimos saber con más de detalle quiénes eran los parsis y el americano, con la claridad propia de quien está acostumbrado a enseñar, nos explicó que se trata de una comunidad muy arraigada en el país al que llegaron hace siglos procedentes de Persia, lugar de donde proviene su nombre.
A medida que la conversación iba avanzando, se fue convirtiendo en un monólogo que, después de contrastar datos y acontecimientos históricos, por temor a las traiciones de mi memoria, trataré de reproducir, debido a lo interesante de la información que nos aportó aquel curioso personaje…
—Los parsis son muy respetados y conocidos en esta ciudad. En cierto modo, forman parte de su acervo cultural del que todo visitante se queda con una pequeña referencia. La causa es la curiosidad que despierta la práctica de cierta ceremonia religiosa que se lleva a cabo entre los árboles de un parque situado sobre las colinas Malabar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los barrios más elitistas de Bombay.

»Se trata de un primitivo rito que ha pervivido a lo largo de los siglos en torno a las míticas Torres del Silencio. Sobre ellas y a quince metros de altura, pervive una antigua manera de hacer desaparecer a los muertos: los cadáveres de hombres, mujeres y niños, tras ser envueltos en blancas telas de lino, son depositados sobre losas de piedra para ser expuestos a la voracidad de las aves de rapiña que sobrevuelan la frondosidad del parque. Los gigantescos buitres arrancan la carne dejándola en los huesos del esqueleto para que el sol los calcine y, tras ser pulverizados, son arrojados a los pozos habilitados en el fondo de las torres. Desde allí son impulsados por el agua corriente y arrastrados hasta el mar. La finalidad de esta extraña costumbre es hacer desaparecer los cuerpos que han acogido las almas en su tránsito por la vida sin manchar, con la impura materia en descomposición: el aire, el agua, la tierra o el fuego por su condición de sagrados para los fieles de una religión cuya deidad es Ahura Mazda: una antigua divinidad a quien ellos, a través de las enseñanzas de Zaratustra, le han dedicado una fidelidad asombrosa, pues sus ritos se han mantenido vivos a través de los siglos y especialmente en la India se ha hecho con gran pureza.
»Pero no es solo esta ceremonia y su fidelidad al pasado lo que despierta la curiosidad en torno a su Dios y en torno al personaje de Zaratustra, ya que, si quisieran ahondar un poco más allá en el conocimiento de su cultura y de su religión, se encontrarían con que es necesario descender muchos escalones en la historia del hombre para adentrarse en el extraño y desconocido mundo de la mano de los magos.

Torres del silencio -Irán-
Torres del silencio -Irán-

»Estas gentes eran los habitantes de la antigua región de Media, en el actual noroeste de Irán, que en el siglo V a. de C. y arrastrando consigo una enorme herencia cultural, que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, quedaron integrados en el imperio Aqueménida —conocido como Priemer Imperio Persa—, en donde llegaron a constituirse en su clase sacerdotal: fueron astrólogos, sanadores, conocedores del mundo de lo invisible y los poseedores de una gran sabiduría.
Fue en ese marco de antiguas y misteriosas tradiciones donde se ha encuadrado a Zaratustra, puesto que su religión ya era practicada en los tiempos de este Imperio.
—Pero… Zaratustra es más una leyenda que otra cosa, ¿no?
—Sí, tiene razón, pero solo en cuanto a su persona. Según dicen sus actuales seguidores, él nunca deseó ser objeto de culto y en torno a su identidad solo hay misterio y leyenda. Todo cuanto se ha podido decir o escribir son meras elucubraciones: pudo haber sido un persa que vivió en el siglo VII antes de nuestra era, otros sitúan su nacimiento en las actuales tierras de Azerbaiyán en fecha desconocida, pero también hay quienes afirman que llegó procedente del mítico país de los arios 1.500 o 2.000 años antes de Cristo, cuando, tras un drástico cambio climático en Aryanam Vaeja —así se llama en los antiguos escritos a ese enigmático país—, se sucedieron las grandes emigraciones de sus habitantes por las diversas regiones del mundo.
»Pero hay otras versiones que han intentado ser más precisas sobre quién pudo ser Zaratustra dándole un significado a su nombre. Quienes lo traducen como propietario de los camellos dorados han sugerido que debió tratarse de un mercader de ganado que, en sus largos viajes a través de las zonas desérticas, tuvo la oportunidad de propagar su doctrina; para otros, la traducción literal de su nombre es la de hombres de luz y consideran que se trataba de un título dado a una serie de maestros filósofos.
»Fuera cual fuera el origen remoto e incierto de este magnífico personaje, no hay nada más lejos de esa afirmación que lo considera una leyenda. Su huella es muy profunda y, de su paso por la tierra, ha quedado una obra escrita de una extensión considerable y una asombrosa profundidad espiritual: el Avesta. Este fue el primer libro que, desde la Antigüedad, ha llegado hasta nosotros y que contiene todas las fórmulas de una religión. Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del hombre, empeñado siempre en la violencia, gran parte del contenido del Avesta se perdió o se destruyó cuando Alejandro Magno conquistó las tierras del Imperio persa arrebatándoselo al rey Darío II, tras vencerle en la mítica batalla de Gaugamela. A pesar de todo, en los tiempos en que Alejandro dominó aquellas tierras y, posteriormente, en el de sus sucesores, quienes continuarían establecidos allí durante siglos, la práctica religiosa que representaba el zoroastrismo se mantuvo viva entre los persas a través de las tradiciones orales trasmitidas por su clase sacerdotal y que nos lleva a encontrarnos de nuevo con los magos. Ellos fueron quienes mantuvieron vivo el fuego de sus creencias a través del tiempo.
»Y se sabe que, en aquella época, que supuso el albor de nuestra cultura, la sabiduría que encerraba el mundo de los persas fue una obsesión para los griegos y después lo sería para los romanos. La inquietud por su conocimiento está presente entre los grandes sabios que debieron, sin duda, verse influenciados por ellos. Sus sacerdotes fueron ensalzados abiertamente, entre otros muchos, por Aristóteles, que habla de los magos en su primer libro de la filosofía y los situaba por encima de los Siete Sabios de la Antigüedad de los que, dice, les separan cinco mil años, por considerarlos la primera secta de la sabiduría. Otras veces fueron denostados: hubo autores romanos como Plinio o Plutarco que los describieron como los miembros de la casta religiosa de entre los persas y los llamaron «maldito»; tal vez por ser enemigos de Roma o por ser capaces de realizar actos en contra de las leyes de la naturaleza, por medio de ciertas prácticas o con la intervención de los espíritus.
»Y es por estas influencias y otras de índole más oscura y siniestra, que guardan estrecha relación con las antiguas maneras de concebir la religión, por las que la asimilación de Oriente por Occidente los convierte en hacedores de prodigios que escapan a la comprensión del hombre corriente y transforma sus actos en la «magia» o el «arte de lo imposible».
»Pero también, el misterio indescifrable de su naturaleza ha permanecido en la cultura occidental por otros muy distintos caminos que los sitúan en el mundo de lo mítico y sobrenatural: como hombres sabios, conocedores de los secretos de la astronomía e investidos del arte de la premonición, el Evangelio de San Mateo atrae hasta Belén a los magos de oriente para adorar a Jesús y entregarle sus ofrendas, acogiendo entre los seres extraordinarios llegados a la tierra al nuevo rey de Judea. Mientras tanto, fueron transcurriendo los siglos, el Imperio romano comenzó a tambalearse y en las tierras de Persia se sucedió una nueva era de renacimiento cultural con el advenimiento del Imperio sasánida situándonos ya en el siglo III de nuestra era. En tiempos de este —conocido como Segundo Imperio persa—, se intentó la recuperación de la identidad perdida y se ordenó la recopilación del antiguo Avesta, cuyos versos se mantuvieron vivos a través de la tradición oral practicada por los magos, que quedaron recogidos en los cánticos llamados Gathas. De nuevo, y tras un paréntesis de 600 años, la religión de Zaratustra fue instituida como la religión oficial del imperio. Mientras esto ocurría en aquellas latitudes, Europa se encerraba en sí misma, dando paso a los siglos más oscuros de su historia.
»Los sasánidas gobernaron Irán hasta la invasión musulmana que tuvo lugar entre los años 637 y 651 de la era cristiana. Nuevamente, la vieja cultura era arrollada por la fuerza. Consuela saber que los nuevos conquistadores fueron capaces de asimilar, en una sabia mezcla, la riqueza que subyacía en aquellas tierras y que contenía los vestigios de la simbiosis entre las antiguas culturas persa y helénica, dando paso a la prodigiosa cultura islámica.
»Y fue esta invasión musulmana de Persia la que provocó la huida de algunos seguidores de Zaratustra a través del océano Índico hacia el subcontinente indio.
»Todo lo que conocemos de ellos a partir de ahí es lo que nos cuentan los propios parsis en su historia de Sanjan escrita para explicar sus orígenes en la India, según la cual, en el siglo VII después de Cristo, una pequeña comunidad de seguidores de Zaratustra embarcó en el golfo Pérsico, probablemente, en busca de la libertad de conciencia, llegando a la isla de Diu en la región india de Gujarat.
»Las vicisitudes de la vida de estas gentes en ese país fueron muchas: atravesaron etapas oscuras y de pobreza, etapas de una cierta integración y otras de rechazo. Fieles a sus creencias y a sus tradiciones, sus gentes acabaron envueltas en un halo de misterio: eran conocidos como los adoradores del fuego.
»El trascurso del tiempo trajo a la India a las misiones cristianas europeas, que llegaban como consecuencia de la búsqueda de nuevas rutas marítimas y fueron adquiriendo fuerza en estas tierras, hasta el punto de intentar la conversión de los parsis, quienes tuvieron que hacer pública su doctrina para ser respetados. Con ello se desvanecieron las enigmáticas sombras sobre su culto al fuego: ellos siempre tuvieron en ese elemento el símbolo que representa las cualidades de su único Dios que para ellos es la luz y la verdad. Es en el fuego donde encuentran las virtudes que más se aproximan a su idea de la divinidad: es poderoso, brillante e inmaterial.
»Fue con la llegada de los británicos a las costas del mar de Arabia, cuando los parsis empezaron a prosperar. Se ofrecieron para ocupar los puestos de trabajo que se creaban en los asentamientos de los nuevos comerciantes y a través de su influencia se fueron situando socialmente. Hoy en día forman una de las comunidades más influyentes dentro de la India.
»Y esto es, a grandes rasgos, lo que puedo contarles sobre la procedencia de los parsis y la razón por la que arribaron a este país, a quien se le debe todo nuestro agradecimiento por haber permitido que este pequeño vestigio de una ancestral religiosidad, que en cualquier otro lugar hubiese desaparecido por la voracidad de culturas más depredadoras, haya pervivido como una valiosa joya del pasado y sea una realidad viva en el mapa de las religiones, permitiéndonos encontrar el rastro de nuestros propios pasos.
—La verdad, es sorprendente encontrarse a Zaratustra entre las gentes de hoy día como algo que está vivo. Muchos de nosotros lo creíamos un resto fosilizado en la historia del hombre. Parece que habrá que interesarse un poco más por el viejo Zaratustra.
El hombre sonrió.
—Sí, tal vez se abrirían nuevos e interesantes debates pues, están ustedes ante la persona a quien muchos consideran el primer revolucionario de la historia: el gran reformador.
—El gran reformador, ¿por qué?
—Bueno, lo cierto es que, en torno a estas cuestiones, no se pueden hacer afirmaciones tajantes, pero Zaratustra podría haber representado el paso del politeísmo al monoteísmo para un gran sector de la humanidad. Si eso fuera cierto, fue él quien marcó para siempre la cultura de Occidente, aunque la vieja Europa, durante muchos siglos, haya estado ajena a ello pues, y hemos de volver de nuevo a los parsis y a la suerte de su discreta pervivencia en la India, fueron ellos quienes hicieron posible que en el siglo XVIII un explorador francés, Anquetil Duperron, un hombre que, sin duda, debió estar impregnado de la curiosidad de las gentes de su época, en la ciudad de Surat, tuvo conocimiento de este clan religioso y consiguió hacerse con un manuscrito del Avesta para sacarlo de la India.
»El hecho tuvo lugar en el año 1762, en pleno Siglo de las Luces, que representó una época caracterizada por la inquietud en el conocimiento basado en la razón y que en tantas cosas cambiaría nuestra cultura. El hallazgo de este vestigio del pasado supuso un hito muy relevante. Fue a partir de ese momento, cuando ha sido posible el descubrimiento de todo un mundo en la esfera del pensamiento y de las antiguas filosofías con raíces tan profundas y tan desconocidas.
» Los estudios posteriores han permitido concluir que la evolución espiritual en los últimos milenios se puede seguir buscando en las huellas del dios del bien, que, con algunas variantes y dependiendo de las distintas latitudes, tienen un nombre en común: Mazda. Y es que, en sentido inverso al tiempo transcurrido, las religiones monoteístas, judía, cristiana, y musulmana obtuvieron el germen de gran parte de su filosofía en el zoroastrismo, este en el mazdeísmo, que apoyaba sus creencias en la lucha permanente entre el bien y el mal gobernando el universo y que entronca, a su vez, con la tradición hindú védica: la más antigua que se conoce en torno al conocimiento del mundo, que tiene entre sus divinidades a Asura Mazda presidiendo la pléyade de sus dioses del bien. Y fíjense en la liguera variación del nombre.
»Las ideas de Zaratustra cambiaron el concepto sobre la divinidad. Su reforma consistía en confirmar a Ahura Mazda como el único Dios. Él era el principio y el fin, el gran hacedor de la ley eterna que todo lo gobierna. Y en la relación del hombre con la divinidad, el elemento central del zoroastrismo es el énfasis en la elección moral del ser humano, a quien considera libre para elegir su propio destino y que, según su comportamiento, será premiado o castigado al morir y atravesar el puente que habrá de conducirle a la otra vida en donde será juzgado por sus actos.
»A través de los cantos litúrgicos del Avesta, se insinuaban los conceptos abstractos de cielo, infierno, juicio personal y juicio final que son el eje de las grandes religiones monoteístas. Los judíos, los cristianos y los musulmanes extrajeron de la doctrina de Zaratustra su dual concepción del bien y del mal y se formularon en torno a la existencia de un solo Dios, que pospone a un momento futuro y perdido en la magnitud del tiempo infinito, el triunfo definitivo del bien.
—Dios mío, con todo esto, ¿está usted diciendo que podría haber habido un único germen para todas las grandes religiones?
—Tal vez sí, pero esa idea es considerada por muchos como fantástica, pues llevaría a hacer pensar en la existencia de un pequeño grupo de seres humanos, en torno a un conocimiento muy elevado y una propagación posterior de ese conocimiento, que tendría una sola fuente y que nos lleva, inexorablemente, al tan traído y llevado mundo de los arios.
»Por fortuna, en el estudio de estas gentes, que nunca ha dejado de ser un reto para el hombre moderno, el tiempo va transcurriendo a nuestro favor. El desarrollo de los estudios antropológicos y arqueológicos han sacado a la luz las evidencias históricas sobre su existencia, que son muchas. Hoy se sabe que su mundo se desenvolvió en la franja geográfica de los países que se encuadran en las regiones del sur del Cáucaso y en Irán, Afganistán, Irak, Pakistán y norte de la India, lugares a los que podrían haber llegado desde un punto concreto y común, que nos es completamente desconocido, pero también su cultura podría haber surgido allí, en las tierras de cualquiera de esos actuales países, a partir de las que se extendieron hacia otros lugares en donde estuvieron sometidos a un profundo mestizaje y la supuesta raza privilegiada acabó por diluirse.
—Pero todo esto, ¿está probado?
—Sí, hay pruebas suficientes para afirmar su existencia. En los vestigios hallados en las antiguas culturas de esta amplia zona geográfica que les he mencionado, la palabr «arya», con las distintas formas lingüísticas usadas en cada región, aparece en numerosas inscripciones haciendo alusión al carácter de reyes y príncipes y con el significado de «noble» o «espiritual», de pero que no evidencian la existencia de un grupo social concreto, a quienes se les pueda atribuir su venida de otros lugares. Algo que, paradójicamente, sí ocurre aquí en la India. Pues, según se deduce de sus antiguos escritos, son los arios, llegados de tierras desconocidas, quienes están situados en la cúspide de su pirámide de las castas. Es esto lo que ha llevado a afirmar que estas gentes, en su emigración a las regiones al norte del subcontinente indio, fueron quienes trajeron consigo los Vedas.
—Me temo que seamos algo profanos en estas materias, ¿qué son los Vedas?
—Son la fuente de las religiones en la India. Y en el mundo constituyen la más antigua tradición sobre el conocimiento, ya que incluye información sobre las materias más diversas: astronomía, música, arquitectura, matemáticas o una compleja cultura sobre la salud. Todos esos conocimientos, que se encierran en ese enorme y valioso legado, fueron trasmitidos oralmente durante milenios, hasta que se recopilaron en varios tratados que, además de tantas y tantas cuestiones prácticas, contienen una sorprendente sabiduría enfocada especialmente en el dominio profundo de la conciencia y la evolución hacia la iluminación como el estado más elevado del ser humano.
»Hay quienes dicen, para justificar tan exquisito y completo desarrollo del pensamiento, que en ciertas zonas aisladas geográficamente de las regiones del norte de la India, a donde estas gentes debieron llegar, pudo encontrarse el lugar ideal para mantener ese legado de sabiduría con el que habían llegado e incluso conseguir su desarrollo y perfeccionamiento.
Tal vez el tiempo vaya aportando nuevas pruebas. Lo cierto es que con ellos, con los arios, acabó una época que pudo ser de luz, tan luminosa que sería capaz de deslumbrar si no estamos preparados para asimilarlo.
—¿Puede llegar a ser tan grave descubrir quienes eran los arios y cómo era su mundo?
—Sólo tienen que pensar que la idea de la raza superior, en pleno siglo XX, fue capaz de desencadenar la maquinaria de guerra más potente y mortífera que la humanidad ha sufrido hasta el momento presente. Todo fue la triste consecuencia de un simple error: los investigadores lingüistas europeos del siglo XIX, inspirados por el descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas, llegaron a sacar deducciones equivocadas en torno a que los pueblos que poblaban Europa eran los descendientes de ese supuesto pueblo ario. La idea de la existencia de tal raza provenía de la identificación de las lenguas avéstica y sanscrita como las parientes antiguas de las lenguas habladas en Europa. Eso les llevó a interpretar que los hablantes de esas lenguas se originaron en un determinado lugar en donde radicaba el antiguo pueblo europeo y que tenía una procedencia concreta: Escandinavia y el norte de Alemania. Y al considerar que el hombre blanco, rubio y de ojos azules era descendiente directo de aquella primitiva y privilegiada raza, superior al resto de los mortales, provocaron una locura sin precedentes de la que sabemos sus consecuencias.
—Pero, ¿cuál fue exactamente la idea que provocó esa locura que condujo a intentar exterminar una raza?
—Todo se basó en la absurda creencia de que las civilizaciones arias decaían por haberse mezclado con otras razas y por ello había que destruir lo que no fuera ario y crear una civilización nueva y pura que, en su correcto desarrollo intelectual, sería capaz de llegar a las auténticas fuentes del conocimiento.
—¿Y usted cree que llegaremos a estar preparados para no deslumbrarnos de nuevo si se avanza en los descubrimientos?
—El hombre sigue su evolución. Se trata de un lento movimiento hacia delante, lleno de errores, de traspiés que nos obliga, como dice un viejo compañero de profesión, a estar siempre danzando el patético baile de los principiantes. Seguiremos cometiendo graves y grandes errores. Pero, sin duda, vamos llegando a estadios del conocimiento más elevados. Nuestras capacidades son infinitas en muchos sentidos y en facetas que ni siquiera sospechamos. Lo que hoy es progreso y conocimiento, en solo unas décadas, puede parecer primario y esto ha de contemplarse a todos los niveles de nuestro desarrollo.
—Es esperanzador oírle hablar así.
—¿Por qué no? Para mantener la esperanza, solo hay que interpretar las señales. Sin ir más lejos, piensen un momento en la estructura social del mundo en la actualidad, algo que, debido al empuje de la tecnología y la ciencia, está cambiando a marchas forzadas: estamos inmersos, nos guste o no, en la globalización. Para nosotros, actualmente, es impensable prescindir de un determinado orden en el mundo y en el que siempre será el más poderoso quien prevalezca sobre los demás. Para esa prevalencia en la cúspide de la jerarquía, el arma utilizada es la violencia ejercida de una u otra manera. Pero, cuanto más civilizada es una sociedad, amparada o no en la existencia de un ser superior que vigila y conduce, más tiene conciencia de que la violencia engendra violencia y nos lleva a la destrucción. Egoístamente, desterrarla es un objetivo que nos fuerza en la búsqueda de nuevas fórmulas de convivencia para llegar, incluso, a prescindir de ese orden que hoy es lógico pero que puede convertirse, con el paso de los siglos, en un reparto de funciones, a tenor de los condicionamientos de cada país o de cada zona geográfica. Puede parecer una utopía, pero…, si lo piensan, no es una locura y no estamos tan lejos de ello. Es solo cuestión de tiempo.
—Para eso que usted dice, se requeriría un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Habría que romper muchas barreras de desigualdad, buscar equilibrios que parecen imposibles.
—Sin duda, pero ¿no creen que realmente haya una búsqueda de cómo hacer ese cambio? Si hoy observan a su alrededor sobre cuál es la aspiración del hombre civilizado, encontraran que, a pesar de las guerras, a pesar de las diferencias entre culturas, de esos grandes desequilibrios, las sociedades más evolucionadas van paulatinamente institucionalizando la aspiración a la paz y a la igualdad de los seres humanos, creando una conciencia común. Puede que estemos asistiendo al nacimiento de una patria que ha de ser la patria de todos: la Tierra. Con las mismas aspiraciones, forzados, si quieren verlo así, por nuestra propia pervivencia física en un universo inmenso que puede, ¿por qué no?, estar lleno de muchas otras vidas.
—Y… ¿cómo y dónde buscar ese cambio de conciencia tan radical? ¿En esos supuestos planetas de vida más avanzada que la nuestra?
—¿Por qué no? Pero no hace falta irse tan lejos y hacer viajes interplanetarios, dejemos eso para el cine. Nuestras respuestas solo se pueden encontrar en nuestro propio mundo. Aún quedan muchos caminos por explorar aquí, entre nosotros, simples habitantes de la Tierra. De estos nuevos tiempos ha de surgir una nueva filosofía, consecuencia del choque entre las corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en las distintas partes del mundo, hasta hace muy poco, sin contacto u obstinadamente enrocadas en sus ideologías y que ahora están obligados a buscar puntos de encuentro.
—Eso será una complicada tarea. Pues, ¡no ha dicho usted nada: encontrar puntos de encuentro! Más bien parece que lo que acabará triunfando es la versión pesimista de todo esto.
—No se debe mirar así el futuro. Desde que el hombre es hombre, llevado por el miedo, se ha hablado de cataclismos, de apocalipsis, de masivos exterminios, pero seguimos estando aquí y, paradójicamente, cada vez somos más y también sabemos más. Hay que seguir ahondando en lo que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar en las diversas facetas del complejo ser humano para encontrar nuevos caminos. El hombre tiene que ser algo más que un mero comerciante que navegue por los mares a la búsqueda de su máximo beneficio y del más egoísta bienestar.
»Por fortuna, todavía existen países como este que ustedes visitan ahora, tolerantes y respetuosos con todo lo desconocido, que permiten indagar en el tiempo inmemorial y en un mundo de ideas que, a los ojos de los que nos llamamos más civilizados, pueden parecer absurdas. No se dejen engañar, acaban de llegar a un país hacia donde, en la actualidad, son muchos los que vuelven la mirada para encontrar respuestas que solo el misticismo y la espiritualidad que el alma humana es capaz de desarrollar puede ayudar a encontrar. En su mundo y a su manera, en la India llevan miles de años buscando en el misterio inagotable que está implícito en la vid y a través de sus religiones predican métodos que, para nuestra cultura y hasta hace muy poco tiempo, estaban cerca del ridículo: la no violencia, la tolerancia y la auto disciplina; valores que se han convertido en la piedra angular de la ética india, de la que muchos de nosotros deberíamos aprender. Ellos conservan la ingenuidad y la capacidad de sorpresa que los occidentales hemos perdido y que, tal vez, desearíamos recuperar para abandonar la sensación de permanente insatisfacción en la que vive occidente. El hombre consultó su reloj y miró a través de los cristales que separaban el patio de los salones del hotel.
—Y ahora, siento dejarles. Tendrán que perdonarme, pero allí llega mi colega. Han cometido ustedes el error de dejarme hablar y ya ven….
Se levantó con parsimonia, sonrió y nos deseó una feliz estancia.
Lo vimos abandonar el patio y unirse a otro hombre que lo esperaba tras los cristales con los brazos extendidos. Durante unos momentos, seguimos absortos observando a aquel curioso personaje tan vivo y permanecimos en silencio como si, con su ausencia, se hubiera terminado toda posibilidad de conversar, hasta que alguien, con un comentario jocoso, nos sacó del recogimiento:
—¡Dios mío!, ¿a alguno de ustedes se le ocurrió pensar en algún momento que el viaje a la India sería un viaje a la frivolidad?
La carcajada general nos despejó definitivamente y nos levantamos para unirnos a nuestro grupo y sumergirnos en las calles de aquella sorprendente ciudad que, sobre los frágiles pilares de arena que la sostienen, representa el camino hacia la prosperidad de un país que se abre al mundo ofreciendo nuevas esperanzas, pues conserva muchos de los grandes secretos que aún nos quedan por descubrir.

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