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Marcel Schwob, Vidas imaginarias

Marcel Schwob nació en el año 1867, en Chaville, pocos años antes de que comenzara la Belle Époque, unos años repletos de novedades, progresos y nuevas corrientes que se dispersaban y avanzaban a su paso por toda Europa. En su familia estaba rodeado de personas inmersas en la literatura y en la cultura en general, por lo que no es de extrañar que, pese a la temprana edad de su muerte (1905), fuese una persona de lo más erudita, un espíritu siempre curioso, en definitiva, una biblioteca andante. Tenía gran interés por la literatura inglesa; era un gran admirador de Robert Louis Stevenson y su trabajo, y por las lenguas clásicas, y todo esto se ve perfectamente reflejado en sus obras, cúmulo de imaginación, fantasía y erudición. En 1900 se casó con la actriz de teatro Marguerite Moreno, y pocos años más tarde, ya contaba con una salud delicada, conoció la muerte a causa de una fiebre.

Ilustración de Helena Braojos

Pese a ser una autor cuya huella literaria la podemos encontrar en obras de grandes autores como Faulkner, Bolaño o Borges (es necesario mencionar Historia Universal de la infamia y su similitud con Vidas imaginarias), su obra y su persona no son tan conocidas como cabría esperar. Se trata de un autor que ha depositado con maestría todo su bagaje cultural en su obra y ha conseguido que no parezca precisamente un amalgama de datos o historias ya contadas, sino la creación de una obra totalmente única, un choque, una novedad tanto en su época como en la nuestra, por eso quizás queda permanentemente un poco escondida.

En su obra Vidas imaginarias, Schwob nos va presentando capítulo a capítulo la vida de personajes históricos, personas reales, pero cuyos relatos de vida provienen de la imaginación del autor, nunca mejor dicho. Y así, la biografía tradicional se mezcla con la fantasía y sitúa al lector en un vaivén entre ambos mundos, la realidad y la ficción. Para Marcel Schwob el individuo era algo imprescindible, el individuo y sus excentricidades, aquello que hace que nos diferenciemos, ya que: «Las ideas de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus extravagancias» (Schwob, 1896). Frente al naturalismo que imperaba en aquella época y mediante el cual toda persona era resultado de sus circunstancias económicas e históricas y objeto de análisis, Schwob decidió lo contrario:

«El arte es contrario a las ideas generales; describe lo individual, persigue lo único, lo singular. No clasifica, desclasifica» (Schwob, 1896).

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