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Rodrigo de Jerez -El primer fumador-

«Solo el diablo podía dar a un hombre el poder 
de sacar humo por la boca» 
Isla de Cuba -1492-

Rodrigo de Jerez, un muchacho del pueblo de Ayamonte, en la provincia de Huelva, viajó con Cristóbal Colón en el viaje de descubrimiento. Le acompañaba, según consta en la lista de embarcados en la Nao Santa Maria, en calidad de amigo del almirante.

Llegados a la isla de Cuba y con ganas de saber en qué lugar de las tierras del Gran Khan estaban, Colón envió, junto a dos nativos, a su amigo y hombre de total confianza, Rodrigo de Jerez, a quien hizo acompañar por Luis de Torres. Este viajaba en calidad de intérprete, pues dominaba el hebreo por ser judío converso, así como algo de arábigo y caldeo.

La pequeña comitiva debía dirigirse al interior del país para averiguar cuáles eran y dónde estaban esos ríos, ciudades y puertos de los que Colón tenía noticias y a qué distancia se encontraban; para ello les proveyó de piedras de colores para intercambiar por comida, así como de muestras de la especiería para poder comparar con otras similares que existieran allá a donde se dirigían.  

Les explicó, además, el almirante, y así consta en sus cartas de relación, «cómo habían de preguntar por el Rey de aquella tierra, y lo que le habían de hablar de parte de los Reyes de Castilla», explicándole que estos soberanos enviaban al Almirante en su nombre para «que les entregase unas cartas y un presente y para saber de su estado y cobrar amistad con él y favorecelle en lo que hubiere dellos menester».

 

Se dirigieron a las montañas que se dibujaban en dirección al sur de lo que parecían ser inmensos territorios, internándose tierra adentro hasta llegar a una población de unas cincuenta casas donde, después de ser recibidos con gran solemnidad, fueron aposentados en las mejores de esas casas, pues los aborígenes suponían que aquellos extraños visitantes procedían del mismo cielo. Acto seguido, ante un pueblo maravillado de su presencia, hicieron entrega al cacique de las misivas y del real obsequio que el Gran Almirante les diera con tal finalidad.

A cerca de estos hechos, cuenta fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, que:

«Hallaron estos dos cristianos por el camino mucha gente que atravesaban a sus pueblos mujeres y hombres: siempre los hombres con un tizón en las manos y ciertas yerbas para tomar sus sahumerios, que son unas yerbas secas metidas en una cierta hoja seca también a manera de mosquete, hecho de papel de los que hacen los muchachos la Pascua del Espíritu Santo; y encendido por una parte de él. Por la otra chupan o sorben o reciben con el resuello para adentro aquel humo; con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha, y así diz que no sienten el cansancio. Estos mosquetes, o como los llamáremos, llaman ellos tabaco».

Rodrigo de Jerez -el primer fumador-
Joos van Craesbeeck -1635-1636-

Del converso Luis de Torres, compañero de Rodrigo de Jerez, la historia no vuelve a hablar; probablemente, junto a otros 38 tripulantes, quedó en el fuerte de la Navidad por no haber sitio en las únicas dos carabelas que pudieron retornar a la península y, por lo tanto, debió morir a manos de los nativos de La Española.


Sin embargo, en lo que respecta a Rodrigo de Jerez, parece ser que se convirtió en el primer fumador europeo. Hecho que fue el asombro de sus convecinos pues, de vuelta a la península, llevó consigo una buena cantidad de tabaco y se dedicó a consumirla en su pueblo, dando lugar a que le considerasen un endemoniado. Y fue así, como los escandalizados por aquel extraño ritual, se dirigieron a la Inquisición pidiendo los exorcismos de rigor para el infeliz Rodrigo Jerez, quien fue puesto a buen recaudo en una mazmorra. 


Tras siete años de encierro, fue hallado inocente y liberado de sus cargos. Cuentan que, al salir de prisión, su sorpresa fue que aquella curiosa costumbre de jugar, inhalando y exhalando humo por boca y nariz, se había propagado entre la marinería y comenzaba a hacerse dueña de Europa. 


Pero en aquellos primeros tiempos, el fumar siguió viéndose como una costumbre malsana, hasta el punto de que el Papa Urbano VIII dictó, en 1624, una bula donde exponía textualmente:

«No hace mucho que se nos ha informado que la mala costumbre de tomar por la boca y las narices la yerba vulgarmente denominada tabaco, se halla totalmente extendida en muchas diócesis, al extremo que las personas de ambos sexos, y aun hasta los sacerdotes, y los clérigos, tanto los seculares como los regulares, olvidándose del decoro propio de su rango, la toman en todas partes y principalmente en los templos de la villa y diócesis de Hispale (Sevilla), sin avergonzarse, durante la celebración del muy santo sacrificio de la misa, ensuciándose las vestiduras sagradas con los repugnantes humores que el tabaco provoca, infestando los templos con un olor repelente – con gran escándalo de sus hermanos que perseveran en el bien -, y aparentando no temer en nada la irreverencia de las cosas santas.
……..por medio de la presente, pongamos en entredicho y prohibamos en consecuencia, a todos en general y a cada uno en particular, a las personas de uno y otro sexo, a los seculares, a los eclesiásticos, a todas las órdenes religiosas y a cuantos formen parte de una institución cualquiera de esa naturaleza, el tomar tabaco bajo los pórticos y en el interior de las iglesias, ya sea mascándolo, fumándolo en pipa o aspirándolo en polvo por la nariz; en fin, usarlo en cualesquiera formas que sean. Si alguno contraviniese estas disposiciones será excomulgado inmediatamente, ipso facto, sin más ni menos, de acuerdo con los términos del presente interdicto».

Dada esta bula por el papa, el Santo Oficio se apresuró a 
hacerlo público entre sus feligreses.

 

Rodrigo de Jerez -el primer fumador-
Inicio de la prohibición de fumar

 

 

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