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Arabia -Las Mil y una noches- Historia del tercer hermano del barbero

Puede que merezca la pena, antes de empezar con la pequeña exposición de los cuentos de Las Mil y una noches, hacer una breve semblanza de la historia de este libro universal y mágico, que abrió las ventanas del mundo occidental para dejar entrar la fascinación ante ese oriente de sultanes y mendigos, de genios, de tullidos pedigüeños, de ladrones y tesoros escondidos, de alfombras voladoras, de bellísimas mujeres de haren o de cautivos irredentos.

Desde sus origenes indios, son muchas las vicisitudes de este hermoso libro: su paso por el imperio persa y por el antiguo Egipto, que supuso la traducción al árabe, y su lenta expansión en boca de las alcahuetas de los mercados de Bagdad o de Beirut o en la de los contadores de cuentos en los cafés del Cairo, hasta llegar a las páginas de nuestros libros en el amanecer del romanticismo europeo. Lo cierto es que en pleno siglo XXI, todavía, los niños siguen durmiendo al arrullo de Simbad y Sherezade o que es el siempre joven y simpático Aladino quien sigue atrayendo a las poderosas compañías cinematográficas que vuelven, una y otra vez, a esas antiguas historias para dejarnos asombrados con el poder de una fantasía y una ensoñación que no se agotan nunca.  

Y es que, cuentan los eruditos, que lo que hoy conocemos como “Las mil y una noches”,  se recogieron primero bajo el nombre de “Mil noches”, más tarde, “Mil noches y una noche” y que esa prolongación numérica de su nombre se debe a la supersticiosa creencia musulmana del mal agüero de los números pares. En todo caso, si esa fue la razón, tuvieron la fortuna de convertir sus narraciones en un libro con sabores a infinito.

Y cuentan también que Alejandro Magno se enamoró de oriente y que, cada noche, reunía a su alrededor a “los oscuros hombres de la noche” para que le contaran cuentos antes de dormir. 

Que Sherezade, quien preside y reina como una gran señora en cada historia, se incorporó al libro allá por el siglo XV, fruto de viejas tradiciones en el arte de contar cuentos de la India o de la China que enlazaban relatos como en el juego de las muñecas rusas.

Que Aladino no se encuentra entre los cuentos originales, pues, al parecer, fue introducido por el francés Galland -autor de la primera traducción en Europa allá por el año 1704- y que tal vez fuera el mismo traductor quien se inventó ese cuento.

 

¿Dónde está la razón de su persistente éxito? Puede que se deba a ese formato mágico que, como la propia vida, es una cascada de pequeños acontecimientos que van acaeciendo sorprendentemente entre la vida y la muerte.

 

 

Historia del tercer hermano del barbero

Mi tercer hermano Bakbak, el ciego, conocido por el apodo de Calabaza Huera, llegó un día, conducido por la predestinación y el destino, a una gran casa y llamó a la puerta esperando que el dueño contestaría y podría pedirle alguna cosilla. Preguntaron desde dentro:

–¿Quién llama?

Pero mi hermano no contestó. Y aunque oyó al dueño que volvía a decir, alzando la voz –¿Quién es?, siguió sin pronunciar palabra. Luego pudo distinguir ruido de pasos que se acercaban hasta llegar a la puerta y sintió que la abrían. Y entonces el hombre dijo:

–¿Qué es lo que deseas?

Mi hermano contestó.

–¿Qué me des una limosna por amor de Alah (alabado sea su nombre)

–¿Eres ciego?– preguntó el otro.

Y mi hermano contestó: 

–Sí.

–Entonces dame la mano– añadió el dueño de la casa.

Y mi hermano le tendió la mano y el hombre le metió dentro y le hizo subir escalones y más escalones hasta que llegaron hasta la más alta azotea. Y mi hermano iba pensando que le daría comida o dinero. Y cuando llegaron a la azotea preguntó el dueño:

–¿Qué quieres, ciego?

–Una limosna por amor de Alah (exaltado sea su nombre)

–¡Qué Alah te abra otro camino!– contestó el otro.

–¿Cómo? – exclamó mi hermano–. ¿No pudiste decirme eso cuando estábamos abajo?

–¡Y tú, !despreciable mamarracho!– contestó el hombre–, ¿no pudiste pedirme la limosna por amor a Alah cuando te lo pregunté por primera vez al oírte llamar a la puerta?

Entonces mi hermano preguntó:

–¿Qué piensas hacer conmigo?

Y dijo el dueño de la casa:

–Ante ti tienes abierto el camino.

De modo que mi hermano se puso a bajar las escaleras y siguió bajando hasta que solo le faltaban veinte escalones para llegar a la puerta y entonces dio un mal paso y cayó rodando y se rompió la cabeza.

Iba andando sin saber a dónde dirigir sus pasos, cuando dos ciegos compañeros suyos le encontraron y le dijeron:

–¿Qué te ha pasado?

Mi hermano les contó la desgracia que acababa de caer sobre él, añadiendo:

–!Oh hermanos míos! Quisiera acudir ahora a nuestros ahorros y cogiendo algo de ellos, gastármelo.

Ahora bien, el dueño de la casa en que mi hermano había entrado antes, le había seguido para espiarle, y sin que se diera cuenta había llegado tras él hasta su casa, y una vez allí, se escurrió dentro sin ser notado. Mi hermano se sentó a esperar a sus compañeros, y cuando llegaron les dijo:

–Cerrad la puerta y registrad la habitación, no sea que nos haya seguido algún extraño.

Cuando el intruso oyó lo que había dicho, se levantó y se colgó de una cuerda que pendía del techo, y los ciegos buscaron por todas partes y, no encontrando a nadie, volvieron a sentarse junto a mi hermano, y sacaron su dinero  porque lo contaron, y tenían más de diez mil monedas de plata. Luego pusieron sus ahorros en un rincón y tomando cada cual lo que quiso del sobrante de dicha cantidad, enterraron las diez mil monedas de plata. Hecho esto, colocaron sus provisiones ante ellos y se pusieron a comer.

Pero mi hermano oyó mascar a su lado a un extraño y dijo a sus amigos:

–¿Hay algún extraño entre nosotros?

Y al extender la mano fue a coger la del desconocido y empezó a chillar:

–¡Aquí está el intruso!

Y cayeron todos sobre él y le apalearon hasta cansarse mientras vociferaban:

–¡Oh musulmanes! ¡Pido protección a Alah y al sultán! ¡Pido protección a Alah y al walí! ¡Pido protección a Alah y al emir! ¡Tengo que comunicar al emir una cosa importantísima!

Y antes de que nadie pudiera darse cuenta, los guardias del walí los rodearon y los apresaron, incluyendo a mi hermano, y los condujeron a todos ante el superior.

El walí preguntó:

–¿Cuál es nuestra historia?

Y contestó el extraño:

–¡Fíjate bien en lo que te digo, oh walí! ¡No podrás enterarte de la verdad más que a fuerza de palos y, si quieres, puedes empezar por pegarme a mí el primero!

Entonces el walí dijo:

–¡Echad este hombre al suelo y pegarle de latigazos!

Y cuando los latigazos empezaron a dolerle, el pícaro abrió un ojo, cuando le dieron unos pocos más, abrió el otro. Ante lo cual exclamó el walí:

–¿Qué significa esa conducta, miserable?

–Prométeme la seguridad y te lo contaré todo– contestó el hombre.

Y habiéndole concedido el walí lo que solicitaba, agregó:

–Nosotros  cuatro nos fingimos ciegos y, de este modo, deslizándonos entre las gentes, entramos en sus casas y vemos a las mujeres y nos las arreglamos para pervertirlas y sacarles el dinero. Y valiéndonos de estos medios hemos conseguido acumular una riqueza considerable que se eleva a diez mil monedas de plata. Y yo he dicho a mis compañeros: «dadme mi parte, es decir, dos mil quinientas monedas» y ellos se han vuelto contra mí y han empezado a pegarme y se han quedado con lo que me pertenece. Por lo tanto, Pido protección a Alah y a ti, y más mereces guardarte tú mi parte que no ellos. Si deseas asegurarte de la verdad de lo que te he dicho, haz que les den de latigazos más de firme que a mí, y ya verás cómo abren los ojos.

Inmediatamente el walí ordenó que azotarán a los ciegos y a mi hermano le tocó ser el primero. Y le pegaron hasta casi acabar con él y entonces el walí les dijo:

–¡Ah hipócritas! ¿Os atrevéis a negar el don con que os ha favorecido Alah, fingiéndose ciegos?

Mi hermano exclamó:

–!Alah, Alah! Ninguno de nosotros tiene vista.

Y volvieron a echarle al suelo y no dejaron de pegarle hasta que perdió el sentido y entonces ordenó el walí:

–Llevaoslo hasta que vuelva en sí, y cuando vuelva en sí, azotadle de nuevo.

Y mientras tanto mandó que castigaran a sus compañeros, propinando a cada uno más de trescientos latigazos, mientras el que no era ciego exclamaba dirigiéndose a ellos:

–Abrid los ojos o volverán a azotaros otra vez– luego, volviéndose al walí, le dijo: –manda a alguien conmigo para que traigamos dinero, pues estos hombres no abrirán los ojos por temor a quedar mal ante los espectadores.

Y el walí ordenó a un hombre que le acompañaran, y volvieron ambos con el dinero. Y el walí lo cogió y apartó para el denunciante las dos mil quinientas monedas que reclamaba, en contra de los ciegos, y el se quedó con los demás. Y a mi hermano y a los,otros dos los expulsó de la ciudad.

El cuento ha sido extraído de la Antología de Cuentos de la Literatura Universal de D. Ramón Menéndez Pidal, traducidos directamente del francés por Elisa Bernis

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