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India –Los Jatakas y Buda– La sombra de la liebre en la luna

La colección de relatos pertenecientes a la época de nacimiento del budismo incluye una serie de relatos conocidos como Jatakas.

Entre ellos tradicionalmente se distinguen entre los jakatas canónicos y los no canónicos. Los primeros se encuentran incluidos en el Tripitika o Canon pali. Es este una recopilación de antiguos textos budistas en donde se recogen las muy diversas  enseñanzas trasmitidas por el mismo Buda o alguno de sus discípulos–.  Fueron escritos sobre hojas de palmera secas y se guardaban, dependiendo de su contenido, en distintos cestos, de ahí el nombre de Tripitika cuyo significado es “tres cestos”.  En el segundo de esos cestos   están incluidos los Jatakas, relatos moralistas relacionados con las vidas anteriores de Buda. Por su parte, los jakatas no canónicos  son cuentos pertenecientes al folclore popular y anteriores al nacimiento de Buda. En ellos sus protagonistas han sido identificados como Buda en sus distintas anteriores vidas.

A través de las moralejas que se pueden extraer de las situaciones vividas, generalmente por animales o seres mágicos, se facilitaba el contacto con los niños.

Un ejemplo de estos relatos no canónicos es…

 

La sombra de la liebre en la luna 

Lo que voy a contar sucedió hace muchos miles de años, cuando nuestro señor Gautama pertenecía todavía al reino animal. Ya en aquel tiempo, a pesar de no haber sido designado aún como Budisatva, el Maestro, encarnado en forma de liebre, seguía escrupulosamente los preceptos de la Ley Mor, esa ley que todos los seres realmente buenos conocen sin haberla aprendido nunca. Vivía aquella liebre, cuyo destino llegaría a ser tan brillante, en las márgenes del río Ganges y en compañía de otros anímales virtuosos como ella, aunque en menor grado, con los cuales se entendía muy bien. Eran estos un mono, una nutria y un chacal. A pesar de la diferencia de razas y costumbres, el deseo de vivir según principios superiores a los que animan vulgarmente a sus congéneres, había reunido a estos cuatro animales.

Hacia muchos años que vivían de este modo y se ayudaban entre sí como mejor podían. 

Un día, la víspera de la luna llena, la liebre reunió a sus compañeros  y les dijo:

–Mañana la gran luz que brilla en el cielo será completamente redonda; os recuerdo, amigos míos, que tenemos establecido dedicar el día de la luna llena a la meditación y el ayuno, a fin de purificar al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, mi consejo es que mañana por la mañana, al romper el día, salgamos como de costumbre a buscar el alimento necesario, para poder darlo de limosna si algún mendigo nos pide ayuda.

Todos los animales aprobaron estas palabras. Luego, como el sol desapareciera en el horizonte, se metió cada uno en su guarida para pasar la noche; en cuanto al mono, se subió a un árbol próximo y allí se colgó por la cola en una rama alta.

Al otro día, siguiendo los consejos de la liebre, cada cual se dedicó a la tarea de procurarse comida para darla de limosna en caso necesario.

La nutria regresó con cinco pececillos que un pescador distraído había dejado a la orilla del río. El chacal se apoderó del almuerzo de un pastor que tocaba la flauta no muy lejos de allí y volvió a su agujero con una escudilla de leche cuajada, un tarro de manteca derretida y una ración de arroz. En cuanto al mono, se contentó con coger, de un mango silvestre, unos cuantos frutos maduros y jugosos y después, volviendo a mecerse en su rama, se enfrascó en la meditación.

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La liebre no salió desde la aurora del agujero que le servía de madriguera, en las raíces del árbol. Apenas despertó, se instaló en medio de su alojamiento y desde allí, mirando atentamente la floresta inundada de rayos de sol vivificador y las aguas tranquilas, profundas y lentas del Ganges, cristalino y azul, procuro meditar, como debemos hacer todos, elevando su alma hasta el espíritu supremo de la naturaleza, confundiendo su voluntad y su inteligencia con la voluntad y la inteligencia divina adquiriendo la conciencia de ser una parte activa del Gran Todo.

En vez de perder el tiempo buscando comida para hacer limosna, había pensado simplemente: «Si algún pobre me pide de comer, le diré que encienda una buena lumbre y le daré mi cuerpo como alimento para que se reconforte».

Tan bella idea de sacrificio no podía pasar inadvertida en los mundos superiores, Sekra, Dios de los Dewas, conmovido ante tal grandeza de alma, resolvió ir a probar por sí mismo la grandeza y las virtudes de los cuatro animales. Tomando forma corpórea se presentó ante la casa de la nutria que, a su llamada, salió de la piadosa meditación en que se encontraba. 

–Nutria, hija mía– dijo el brahmán –, yo te saludo; desde ayer por la mañana estoy sin comer y tengo hambre ¿No podrías darme algo? Te bendeciré a cambio y la felicidad no se alejará nunca de tu morada.

–Noble brahmán – respondió la nutría– esta mañana reuní cinco pececillos que había abandonado un pescador a la orilla del río. Tuyos son, cómelos y reconfortante. En cuanto a mí, ayuno en este día de luna llena para purificar mi cuerpo, y medito para elevar mi espíritu.

–Gracias– contestó Sekra–. Haz el favor de guardar esos alimentos que me ofreces. Voy al Ganges a purificarme del polvo del camino y volveré después a comer aquí.

El brahmán se apartó, pero en vez de dirigirse a la orilla, marchó al cubil en que estaba echado el pequeño chacal. Este, siguiendo los consejos de su amiga, meditaba lo mejor que podía.

–Amigo mío– dijo el brahmán–. ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Bien sabes qué los dioses dan el ciento por uno de la limosna hecha a un brahmán.

–Señor– respondió el chacal–, hoy es para mí día de ayuno; pero al romper el alba fui a buscar alimentos con la intención de poderlos ofrecer a algún santo como tú, que anduviese por la floresta mendigando el pan. Toma pues, esta leche cuajada tan blanca, esta manteca derretida y este arroz. Siéntate a la sombra de un árbol, come y reconfórtate.

–Te lo agradezco– contestó el brahmán– pero te ruego que guardes un instante esos alimentos mientras voy a dar una vuelta y a meditar. Volveré enseguida y comeré junto a ti.

El brahmán fue después a reunirse con el mono que le ofreció también sus frutos maduros. Por fin se presentó ante la casa de la liebre, que embebida en la contemplación de la naturaleza, continuaba meditando junto a su madriguera.

–Hija mía– dijo el Dios disfrazado–, ¿no tendrías algo de comer para un pobre hombre hambriento? Hace más de un día que no como.

–Con mucho gusto, santo hombre– contestó la liebre–; te daré un buen pedazo de carne fresca para que comas. Haz el favor de encender una hoguera y cuando la lumbre esté bien encendida, te daré con que saciar el hambre.

El brahmán, sin insistir, reunió ramas y las prendió fuego, frotando uno contra otro, dos pedazos de madera seca. Cuando las llamas subían alegremente, quiso saber cuál sería su comida.

–Es mi propio cuerpo lo que te doy– respondió la liebre que antes de que el brahmán pudiera impedirlo había saltado a las brasas.

Pero, ¡oh milagro! Parecía no sentir nada y pasados unos instantes exclamó: 

–Añade ramas y sopla la llama, porque la verdad es que tengo frío.

Pero el brahmán desapareció y en su lugar quedó un joven de belleza radiante, cuyo cuerpo parecía emitir una claridad dulce y pura. El Dios Sekra se dio entonces a conocer. Dijo a la liebre que los dioses se habían conmovido ante su generosidad y su valor.

–Un acto así–continuó– no debe borrarse jamás de la memoria de los hombres.

Y al decirlo, el Dios creció desmesuradamente, deshizo con el dorso de la mano la cumbre de una montaña próxima y con la masa arrancada manchó la pálida faz de la luna que, en aquel instante, aparecía en el horizonte.

–Deseo– dijo Sekra– que los pueblos de hoy y los que han de venir, reconozcan la forma de una liebre en esta señal y que, recordando su historia, se acuerden también de esto: «que el que quiere dar limosna, debe darlo todo sin restricción, ofreciéndose también a sí mismo para bien del prójimo».

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