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Charles Dickens

Una luz que no se extingue

Gran parte de la obra de Charles Dickens fue el reflejo de su propia vida y especialmente de su infancia, áspera y difícil, que transcurrió en una Inglaterra inmersa en la revolución industrial del siglo XIX. 
Él encendió una luz en ese mundo oscuro y sórdido, reflejando el heroísmo y la generosidad que latía en el corazón de los más desfavorecidos, en medio de la hipocresía de una sociedad, que escondía bajo la alfombra la basura sobre la que se sostenían sus ambiciones. Con la literatura su vida dio un giro de 180 grados, adquirió fama y fortuna, pero no por ello dejo de ser un crítico mordaz sobre cuestiones vitales como la esclavitud o la pena de muerte. 

Dickens fue la semilla de un cambio que sigue siendo tan necesario ahora como lo era entonces, tal vez por eso  su obra es un inacabable bestseller.

 

EL MANUSCRITO DE UN LOCO.

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(TRADUCCION DE DICKENS.)

Sí…¡de un loco!

¡Cómo  hubiera herido mi corazón esta palabra hace algunos años!

¡Cómo hubiera despertado el terror, que de vez en cuando me acometía, haciendo que la sangre como el fuego corriera por mis venas, hasta que el frío hielo del temor en gruesas gotas cubría mi piel, y mis rodillas temblaban de miedo!

Ahora me agrada. Es un bello nombre. Mostradme al monarca cuyo iracundo entrecejo tanto intimide como el brillo de los ojos de un loco, y cuyo cordel y hacha sean jamás tan eficaces como las garras de un loco.

Sí, sí, es una gran cosa estar loco. Ser mirado como un feroz león entre las barras de hierro, y rechinar los dientes y ahullar las largas y silenciosas noches, a la alegre música de una pesada cadena, y rodar y bramar entre la paja, arrebatado con tan deliciosa armonía.

¡Hurra por la casa de los locos!

Me acuerdo de un tiem­po cuando temía estar loco; cuando me despertaba sobresaltado de mi sueño, y cayendo de rodillas rogaba a Dios que me liberara de la maldición de mi raza: cuando huía de la alegria y de la felicidad y me ocultaba en algún lugar solitario, y pasaba las pesadas horas observando el progreso de la calentura que debía consumir mi cerebro. Sabía que la locura estaba en mi misma sangre, hasta en el tuétano de mis huesos; que una generación había pasado sin que la pestilencia apareciese entre ellos, y que yo era el primero en quien debia revivir. Sabía que así debía ser, que así siempre había sido, y que así siempre sería; y cuando huía del contacto de mis semejantes a algún oscuro rincón; veía desde allí a los hombres hablar en voz baja y señalar y volver los ojos hacia mí, y sabía que se estaban refiriendo unos a otros la prescrita locura y, conociéndolo, en silencio gemía. Esto hice por años, largos, largos años fueron aquellos.

Las noches aquí son largas algunas veces, muy largas; pero nada son en comparación con las inquietas noches y terribles ensueños de aquel tiempo. Su recuerdo me estremece. Grandes, sombríos fantasmas con maliciosos rostros se sentaban en los rincones de mi cuarto y, de noche, se inclinaban sobre mí incitándome a la locura. Me decían en voces atronadoras que el suelo de la antigua casa en que murió el padre de mi padre, estaba aún manchado de su sangre, derramada por su propia mano en el furor de su locura. Me cubría los oidos con las manos, pero me gritaban y me gritaban hasta que el cuarto se estremecía con sus acentos, y por todas partes oía que, en la generación anterior a la suya, la locura durmió, pero que su abuelo habia vivido por años con sus manos entre grillos, para evitar que se hiciesen pedazos. Sabía que decían la verdad, lo sabía bien. Lo había descubierto hacia años, aunque me lo quisieron ocultar. Era demasiado astuto para ellos, loco tal como me creían. Al fin me atacó; y estraño como pude nunca haberla temido; ahora podía entrar en el mundo, y reír y gritar como el que más entre ellos. Sa­bía que estaba loco, pero nadie lo sospechaba. Como me regocijaba pensando en la partida que les estaba jugando a los mismos que me señalaban, y me miraban, cuando yo no estaba loco, cuando solamente temía que lo llegaría a estar.

Y me reía de gozo cuando estaba solo, y pensaba cuan bien ocultaba mi secreto, y cuan prontamente mis cariñosos amigos me hubieran abandonado si hubiesen descubierto la verdad.

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Gozaba más que en ningún otro goce cuando comía solo con algún alegre y bullicioso jóven en pensar de cuan pálido se hubiera vuelto, y cuan presurosamente hubiese corrido si hubiera averiguado que el querido amigo que estaba junto a él afilando su reluciente cuchillo, era un loco, con todo el poder y casi toda la voluntad de clavárselo en el corazón. ¡Era aquella una vida deliciosa! Tuve riquezas, nadaba en la opulencia, y me regocijaba en los placeres aumentados mil veces por el conocimiento de mi bien guardando secreto. Heredé un estado: la ley, la perspicaz ley habia sido engañada, y había entregado disputados millones en las manos de un loco.

¿Dónde estaba el entendimiento de los hombres sagaces que cuando estaba sano llegué á temer? ¿Dónde la destreza de abogados siempre ansiosos por descubrir una tacha? La astucia del loco los había vencido a todos. Tenía dinero: ¡Cómo me obsequiaban! Lo gastaba profusamente, ¡cómo me alababan!, ¡cómo aquellos tres orgullosos hermanos se humillaban ante mí! El anciano padre también. Tanta deferencia, tanto respeto, tanta amistad. ¡Ah!, así me adoraban.

El viejo tenía una hija y los jóvenes una hermana, y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la muchacha, vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes al pensar en su bien ideado proyecto y en su rica presa… a mí si que me correspondía sonreírme. ¡Sonreírme! Reírme a carcajadas, y arrancarme el cabello y rodar sobre el suelo con gritos de alegría. Lejos estaban de pensar que la habían casado con un loco. ¿Pero si lo hubiesen sabido la hubieran liberado?

¿La felicidad de una hermana contra el oro de un marido? La pluma más  ligera que sopla al aire, contra la luciente cadena que adorna mi cuerpo. En una cosa fui engañado a pesar de toda mi astucia. Si no hubiera estado loco (porque aunque nosotros los locos somos muy sagaces, solemos a veces descarriarnos), hubiera sabido que la muchacha prefería la oscuridad y la frialdad de la sepultura al lujo y esplendor de mi mansión. Hubiera conocido que su corazón latía por el bello jóven cuyo nombre le oí una vez articular en su inquieto sueño; y que ella me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del anciano y de los orgullosos hermanos. No recuerdo ahora las formas ni los rostros; pero sé que la muchacha era hermosa. Sé que lo era, porque en las claras noches de luna, cuando despierto de mi sueño y reina un pavoroso silencio alredor mío, veo allí, inmóvil, en aquel rincón de mi celda, una pequeña y gastada figura con largo cabello negro, que, lacio sobre sus espaldas, ningún viento terrestre hace ondear ni por un momento y ojos que, fijos en sus órbitas, jamás dejan de mirarme. Ah! la sangre se hiela en mi corazón al escribir esto: aquella forma es la suya; las mejillas están muy pálidas, y los ojos cristalizados; pero los reconozco bien.

Jamás esa criatura se mueve; jamás frunce las cejas ni mueve los labios ni hace gestos como los demás que se hallan aquí: pero es mucho más terrible para mí, más terrible aún  que los espíritus que me incitaron muchos años ha, porque viene fresca de la tumba. Hace cerca de un año vi ese rostro más y más pálido; durante cerca de un año vi las lágrimas correr por las lívidas mejillas, e ignoré la causa.

Al fin la descubrí. No pudieron ocultarmelo: nunca me había amado: de eso bien persuadido estaba: despreciaba mis riquezas; y odiaba el esplendor con que vivía; esto no lo esperaba: amaba a otro.

Jamás este pensamiento cruzó por mi mente. Sentimientos extraños se apoderaron de mí, y pavorosos y horribles pensamientos incitados por algún espíritu maligno giraron alredor y alrededor de mi cerebro: a ella no la odiaba, pero aborrecía a aquel por quien lloraba. Compade­cía, sí, compadecía la miserable vida a que el egoísmo y la insensibilidad de su familia la habían condenado.

Sabía que no podía vivir largo tiempo; pero el pensamiento de que antes de su muerte diese nacimiento a algún ser, destinado a legarle la locura a sus propios hijos, me decidió.

Resolví matarla. Por muchas semanas pensé envenenarla; después en ahogarla, y luego en quemarla.

Una hermosa vista sería la gran casa y la mujer del loco reduciéndose a cenizas. Y qué broma también ofrecer a la justicia un gran premio y ahorcar a un hombre en sana razón por un hecho que jamás cometió, y todo por efecto de la astucia de un loco. Pensé mucho en esto, pero al fin me aburrí de esta idea. ¡Oh! ¡qué placer afilar la navaja día tras día, palpar su punta y pensar en la herida que un solo golpe de este acero seria capaz de hacer! Al fin los espíritus que habían estado conmigo tantas veces antes, me dijeron al oído que el tiempo había llegado, y pusieron la navaja abierta en mi mano.

Asiéndola fuertemente me levanté con sigilo de la cama, y me incliné hacia mi dormida mujer. Su rostro estaba ocultado con sus manos; las desvié suavemente, y cayeron sobre su seno; había estado llorando, porque el curso de sus lágrimas aún estaba húmedo sobre sus mejillas.

Sereno estaba su rostro y al fijar mis ojos en él, una tranquila sonrisa separó sus labios. Con suavidad puse una mano sobre su hombro; se sobrecogió. Era efecto de un sueño pasajero. Volví á inclinarme hacia ella, gritó y se despertó. Un solo movimiento de mi mano , y jamás gesto o sonido hubieran vuelto a articular sus labios. Pero me sobrecogí y me retiré algunos pasos: sus ojos se fijaron en los míos, no sé en qué consistió; pero me acobardaron, me aterrorizaron.

Se levantó de la cama mirándome fijamente y con la mismn severidad, temblé: la navaja estaba en mi mano, pero no podía moverla; se dirigió a la puerta: al llegar a ella se volvió y apartó los ojos de mí. El hechizo, el magnético influjo de su mirada dejó de existir: me arrojé sobre ella, y la cogí por el brazo. Exalando grito tras grito cayó al suelo sin sentido. Entonces pude haberla matado, sin una lucha, sin un esfuerzo; pero la casa estaba alarmada. Oi pasos en los escaleras, coloqué la navaja en su sitio, y abriendo la puerta pedí socorro a grandes voces, Vinieron, la levantaron, y la colocaron en la cama: allí estuvo privada de animación por horas, y cuando la vida, la mirada y el habla la fueron devueltas, la razón la había abandonado y una espantosa y frenética locura la habia acometido.

Médicos acudieron, hombres grandes que llegaron a mi puerta en lujosos carruajes con hermosos caballos, y criados con librea. Semanas enteras pasaron a su cabecera: tuvieron una gran junta, y en bajas y solemnes voces consultaron en un cuarto lejos del dormitorio. Uno, el más hábil y más célebre entre ellos, me llevó a un lado, y disponiéndome para oír lo peor me dijo a mí—el loco­—que mi mujer estaba loca. Estaba junto a mí en una abierta ventana, sus ojos fijos en mi rostro y sus manos sobre mi hombro.

Con un solo esfuerzo podía haberlo arrojado a la calle: me hubiera divertido extraordinariamente haciéndolo; pero hubiera descubierto mi secreto, y este temor me hizo renunciar a mi deseo. Unos cuantos días después me dijeron que debia ponerla bajo restricción: yo fui al campo donde nadie podía oírme, y allí estuve hasta que el aire resonó con mis carcajadas.

Murió al dia siguiente: el anciano la siguió a la tumba, y los orgullosos hermanos derramaron una lágrima sobre el insensible cadáver de aquella cuyos sufrimientos habían mirado durante su vida con músculos de hierro. Todo esto era alimento para mi alegría secreta, y me reía ocultando el rostro con el pañuelo blanco cuando volvíamos del entierro, hasta que las lágrimas me vinieron a los ojos; pero aunque yo había conseguido mi objeto , y la había matado, estaba inquieto y conocía que antes de mucho tiempo mí secreto seria descubierto No podía ocultar por más tiempo el salvaje gozo que sentía cuando estaba solo en casa, saltaba, golpeaba las manos y bramaba con ruidosos acentos. Cuando salía, y veía las calles llenas de transeúntes, o iba al teatro, y oía música o veía las bailarinas, sentía tanto júbilo que me hubiera arrojado entre ellos, y los hubiera destrozado, aullando con mi arrebato.

Pero rechinaba los dientes, pateaba, y dando las uñas en mis manos, sofocaba mi furia, y nadie sabía que estaba loco.

Había salido. Era entrada la noche cuando llegué a casa, y encontré al más  altivo de los tres altivos hermanos que dijo me estaba esperando para hablarme sobre asuntos urgentes. Aborrecía a aquel hombre con todo el aborrecimiento de un loco. Muchas y muchas veces habían deseado mis manos desgarrarlo: me dijeron que me esperaba, voté en su presencia. Tenía que hablarme, despedí a los criados; era tarde y nos quedamos solos por la primera vez en nuestra vida.

Evité mirarlo al principio, pero conocía lo que él estaba lejos de imaginar, y me regocijaba en ello; que la locura brillaba como ascuas en mis ojos. Permanecimos callados por algunos momentos: él fue el primero en romper el silencio; mi reciente disipación y extraños discursos después del fallecimiento de su hermana, eran un insulto a su memoria: y recopilando varias circunstancias que al principio no había observado, creyó que la había maltratado. Exigió saber si tenía razon en inferir que yo trataba de insultar su memoria, y manifestar desprecio hacia su familia. Era debido al uniforme que usaba el exigir esta esplicacion. Este hombre tenía una capitanía en el ejército, una capitanía com­prada con mi dinero y la miseria de su hermana. Este era el hombre que había sido el primero en el complot para engañarme y arrebatarme mis riquezas. Este era el hombre que había sido el principal instrumento para forzar a  su hermana a casarse conmigo, sabiendo que su corazón era de otro. ¡Debía su uniforme a la librea de su degradacion! Dirigí mis ojos hacia él, no lo pude remediar ; pero no proferí una palabra: observé el repentino cambio que se apoderó de él con el influjo de mi mirada. Era un hombre arrojado y valiente, pero le abandonó el valor, y desvió su silla; acerqué la mia: y riéndome porque rebosaba de alegría, entonces lo vi estremecerse.

Senti la locura despertarse en mí, y conocí que el altivo hermano me temía.

—¿Amabas mucho a tu hermana cuando vivía? le dije.

—Mucho, mucho.

Miró inquietamente alrededor, y vi su mano asir el espaldar de la silla, pero permaneció callado.

—Villano, le dije, te descubrí, he descubierto tu infernal complot contra mí; sé que su corazón estaba dado a otro antes de que la obligaran a casarse conmigo.

―Lo sé, lo sé.

Se levantó precipitadamente, y blandiendo la silla en el aire, me mandó retirarme; pero me cuidé de apresurarme cada vez más.

Gritando más bien que hablando, porque sentía en mi pecho el remolino de mil tumultuosas pasiones, oía la voz de·los antiguos espíritus incitándome a despedazarle el corazón.

Maldito seas, exclamé arrojándome sobre él; yo la maté, yo soy un loco: !muere! ¡Sangre, sangre, sangre! ¡tengo sed de ella!

Con un ruido espantoso rodamos en el suelo juntos. Fue una lucha horrorosa, porque él era un hombre robusto y fuerte, luchando por su vida, y yo un poderoso loco, sediento de destruírsela.

Sabía que ninguna fuerza se podía igualar a la mía, y tenía razon aunque loco. Su lucha cesó: me arrodillé sobre su pecho y lo así fuertemente por el nervudo cuello. Su rostro se amorató, sus ojos parecían querer saltar, y su saliente lengua parecía mofarse de mí: entonces apreté con mas fuerzas.

La puerta fué repentinamente abierta, y un tropel inmenso se introdujo en mi cuarto exclamando: —¡asegurad al loco!

Mi secreto estaba descubierto, por lo único que luchaba ahora era por la libertad. Recobré fuerzas antes de que una mano se pusiera sobre mi, y arrojándome sobre los que me acometían, y aclarando el paso con mi fuerte brazo, como sí llevara un hacha en mi mano me abrí camino entre ellos. Llegué a la puerta y en un instante estuve en la calle. Corría con tal velocidad, que ninguno se atrevió a pararme; oía el ruido de sus pasos detrás, y corría con más rapidez.

Cada vez se fueron alejando más y más, hasta que al fin los dejé de oír. Adelante seguía, atravesando pantanos y riachuelos, sobre collados y paredes, exhalando feroces aullidos. Iba conducido en brazos de demonios que se resbalaban sobre el viento, y atravesaba llanos y montes mientras me mareaban con las vueltas que me hacían dar en su delirante e incansable afán, hasta que turbaron mis sentidos , y al fin me arrojaron lejos de sí con una violenta sacudida y caí pesadamente sobre la tierra. Cuando desperté, me encontré aquí, en este alegre calabozo, donde los rayos del sol raramente penetran y la luna se introduce en rayos tan débiles, que solamente sirven para demostrarme las oscuras sombras a mi alrededor y esa silenciosa figura en su eterno rincón. Cuando me hallo desvelado oigo con frecuencia extraños aullidos y gritos de diferentes sitios lejanos de ese lugar. De dónde proceden, lo ignoro; pero no los exhala aquella pálida figura, ni tienen ninguna conexión con ella. Porque desde las primeras sombras de la tarde hasta las más temprana luz de la mañana, permanece sin movimiento en el mismo sitio, escuchando la música de mi cadena de hierro, y observando mis movimientos de júbilo en mi lecho de paja.

Al fin de este manuscrito, se leía en otra letra esta nota:

La historia del desgraciado cuyos delirios han sido trazados aquí por su propia mano, es un melancólico ejemplo de los perniciosos resultados de pasiones mal dirigidas en la primera edad, y excesos prolongados hasta que sus consecuencias jamás encontraron reparación. El excesivo desenfreno, disipacion y vida degradada de su juventud produjeron fiebre y delirio. Los primeros efectos del delirio, fueron la creencia fundada sobre la bien sabida teoría médica, tan fuertemente disputada tanto por unos como por otros, que una locura hereditaria existía en la familia. Esto produjo una continua melancolía, que con el tiempo llegó a degenerar en una mórbida demencia, y finalmente terminó en una espantosa locura.―Hay muchos motivos para creer que los acontecimientos referidos, aunque desfigurados por su extraviada imaginación, realmente acontecieron. Lo único que extraña a los que atestiguaron los vicios de su temprana carrera, es que sus pasiones ya no contenidas por la razon, no lo condujeran a cometer aún más espantosos crimenes.

FIN.
El texto ha sido obtenido de wikisource.
Las modificaciones se reducen a algunos giros lingüísticos y a la acentuación de acuerdo con la gramática española.

 

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