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Un drama griego

Nunca dejarán de oírse los ecos de la antigua Grecia en nuestra cultura y por tanto en la cultura del mundo. Sea cual sea la disciplina que estudiemos, siempre hay que pasar por el tamiz de ese pequeño universo de genios, pensadores magníficos, que sentados al borde del Mediterráneo debieron derramar sus sueños y sus quejas sobre el brillante azul de sus aguas, para trascender en el tiempo y en el espacio hacia la eternidad.

Sabemos que ya en aquellos tiempos los cuentos se escuchaban en los banquetes. Teopompo, autor de las filípicas, decía del padre de Alejandro Magno, que le gustaba oír a los narradores en los banquetes y Aristófanes nombraba a un tal Filepsio quien narraba a cambio de dinero.

Heródoto de Halicarnaso -Padre de la historia de occidente y gran viajero-, incluyó entre su extensa obra algunas narraciones como esta:

 

Creso y Adrasto o la muerte de Atis 

Creso expulsó a Solón porque a Creso le parecía la mayor insensatez que este pensase que debían pasarse por alto los bienes presentes y atender únicamente al fin de toda cosa.

Después de la marcha de Solón, Creso sufrió un gran castigo del cielo, según parece porque se consideraba el más feliz de los mortales. En cierta ocasión, mientras dormía, tuvo un sueño que le hizo ver la verdad de los males que habrían de ocurrirle a su propio hijo. Creso tenía dos hijos, uno de los cuales era defectuoso y sordo y el otro aventajaba en todo a los jóvenes de su edad. Este se llamaba Atis y el sueño le mostraba a Creso que perecería herido de muerte por un hierro. Cuando se despertó, se puso a hacer consideraciones sobre aquello y, con la angustia terrible que le causaba aquel sueño, hizo casar a su hijo y como tenia por costumbre encargarse de conducir a los lidios al combate, en lo sucesivo nunca más le confió ese cometido. Mando retirar de las habitaciones de los hombres los dardos, las lanzas y todas cuantas armas como estas suelen emplearse en las batallas, e hizo que las llevaran a los departamentos de las mujeres, no fuese a ocurrir que, estando colgadas, cayera alguna sobre su hijo.

Mientras estaba preparando Creso la boda de su hijo, llegó a Sardes un hombre de nacionalidad frigia y de sangre real, a quien había ocurrido una desgracia y tenía las manos manchadas de sangre. Este se presentó en el palacio de Creso solicitando de él que lo purificase según la costumbre del país, y Creso mandó hacer la purificación que los lidios hacen de manera parecida a los griegos. Después que Creso había hecho las ceremonias referentes al caso quiso informarse  de dónde venía y quien era aquel hombre y le preguntó:

–¿Quién eres y de que lugar de Frigia te presentas ante mí, invocando a Zeus el protector doméstico? ¿A qué hombre o mujer has dado muerte?

Y aquel contestó:

–Oh rey, me llamo Adrasto y soy hijo de Midas y nieto de Gordio. Por haber dado muerte involuntariamente a mi propio hermano he sido expulsado por mi padre y rechazado por todos.

Creso entonces le habló así:

–Eres descendiente de gentes amigas y has venido a parar entre amigos, donde nada te faltará mientras estés con nosotros; soporta tu desgracia lo más pacientemente que puedas y saldrás ganando más con ello.– Adrasto recibió alojamiento en el palacio de Creso.

Por este mismo tiempo apareció en la Misia, por el monte Olimpo, un gran jabalí que bajaba del citado monte y destruía las posesiones de los misios. Estos salieron muchas veces contra ėl sin conseguir hacerle ningún daño, pero siempre, sin embargo, lo recibían del jabalí. Por último, enviaron unos mensajeros a Creso para decirle:

–Oh rey, un tremendo jabalí ha hecho su aparición en nuestro país y destroza nuestras cosechas. Por más que nos esforzamos en cogerlo, no podemos conseguirlo y venimos ahora ante ti para suplicarte que permitas venir a tu hijo y con él a otros jóvenes escogidos y perros de caza para que podamos arrojarlo de nuestro país.

Esta petición hicieron a Creso los misios, pero él se acordó del sueño y les contestó con estas palabras:

–En cuanto a mi hijo, haceos las mismas cuentas que si no existiera, ya que no podría dejarle que os acompañara. Es recién casado y le ocupan los cuidados del matrimonio. Sin embargo, enviaré con vosotros a jóvenes escogidos entre los lidios y cuantas jaurías de perros hay en mi palacio y les ordenaré que al ir en vuestra ayuda pongan todo su esfuerzo para echar del país esta alimaña.

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Así hablo el rey como respuesta; y los misios trataban de conformarse con aquellas promesas, cuando se presentó el hijo de Creso, que se había enterado de lo que le pedían y, antes de que le comunicara su padre que ya se había puesto de acuerdo con ellos, le habló en los siguientes términos:

–Padre mío, en otro tiempo me hice estimar en cuantas acciones brillantes y nobles en la guerra y en la caza se me presentaron, pero ahora me tienes apartado de unas y de otras, aunque yo no haya mostrado cobardía ni desatino. ¿Con que ojos podré presentarme al entrar y salir en la plaza pública? ¿Cuál será la opinión que tendrán de mí mis conciudadanos o qué pensará mi propia esposa? ¿Con que clase de hombre pensará que acaba de casarse? Siendo esto así, padre mío, autorízame para que vaya a la cacería o trata de convencerme con razones para que sepa qué motivo hay para que consideres mejor obrar de otro modo.

Entonces Creso le contestó con estas palabras:

–Hijo mío, la conducta que llevo contigo no se debe a que haya observado en ti cobardía ni cualquier otra cosa desagradable. Fue un sueño que tuve y me hizo ver que tu vida duraría poco y que la causa de tu muerte sería una punta de hierro. A causa de este sueño apresuré tu casamiento y no te he permitido ponerte al frente de las empresas últimamente organizadas, como medida para tratar de tenerte fuera de peligro mientras yo viva. Eres en realidad mi único hijo, pues al otro, sordo y lisiado, lo considero como si no lo tuviera.

Entonces el joven replicó con las siguientes palabras:

–Es disculpable la prevención que tienes conmigo, padre mío, después del sueño que tuviste, pero no has acabado de entenderlo o lo has echado en el olvido y es conveniente que yo te lo aclare. En efecto, tu mismo dices que el sueño te dio a entender que yo perecería víctima de una punta de hierro; ¿que relación hay entre las garras del jabalí y la punta de hierro que tú temes? Porque si el sueño hubiera mostrado que yo moriría víctima de dientes o de algo que se le pareciera, convendría que obraras como obras ahora, pero si dijo punta de hierro y siendo así y teniendo en cuenta que no se trata ahora de la lucha con hombres, te ruego que me permitas ir.

Creso contestó:

–Hijo mío, me has vencido al mostrarme tu interpretación del sueño y, al ser derrotado por ti, cambio de opinión y te permito que vayas a la cacería– y diciendo esto, mando llamar al frigio Adrasto y cuando hubo comparecido le dijo–: Adrasto, no te reprocho por la desgracia lamentable que te aflige; te purifiqué de ella y te recibí y te mantengo en mi casa pagándote todos los gastos; siendo así, y puesto que estás obligado conmigo, que te presté el primero para que tú me correspondieras también con favores, hoy necesito que seas guardián de mi hijo que marcha a la cacería, no sea que en el camino os salgan al encuentro perversos ladrones dispuestos a haceros daño; además de esto, a ti te conviene ir adonde puedas hacerte famoso con tus hazañas, en las que muestres la fuerza heredada de tus antepasados.

Adrasto respondió a Creso:

–Oh rey, por ningún otro motivo iría a esa competición, ya que por la desgracia que me afecta ni es natural que yo alterne con los jóvenes de mi edad que se sienten siempre alegres, ni debo desearlo, y me hubiera negado con mil pretextos. Ahora bien, puesto que tú me apremias y tengo motivos para estarte agradecido (ya que debo corresponder a tus beneficios), estoy dispuesto a hacer lo que me ordenas, vigilar a tu hijo, y en lo que dependa de mi custodia, espera que te lo devuelva indemne.

Después que Adrasto hubiese respondido a Creso con tales palabras, se pusieron en marcha convenientemente acompañados de jóvenes seleccionados y perros de caza. Cuando llegaron al monte Olimpo, comenzaron a buscar la fiera y, al encontrarla, la rodearon y le lanzaron dardos por todas partes a su alrededor. Entonces, el extranjero, el que había sido purificado de su crimen y se llamaba Adrasto, al lanzar su dardo contra la fiera erró el golpe y fue a herir al hijo de Creso, que así, alcanzado por una punta de hierro, demostró la verdad del sueño. Un mensajero fue enviado velozmente a Creso con la noticia de lo ocurrido y al llegar refirió a Creso la lucha y el triste sino de su hijo.

Creso quedó consternado por esta muerte, y aún le afectó más el dolor porque le había matado el mismo a quien él había purificado de la muerte, y lamentándose de su terrible desgracia, invocaba a Zeus, protector doméstico, poniéndole como testigo del daño que le había hecho su propio huésped. Llamaba al Dios hospitalario, que protege la amistad, invocando así por sus nombres al mismo dios, al de la hospitalidad, porque al recibir en su casa a un huésped, había alimentado sin saberlo al asesino de su hijo; al dios protector de la amistad, porque aquel a quien

había confiado su hijo para que lo custodiase, se había  convertido ahora en su mayor enemigo.

Después de esto, se presentaron los lidios trayendo el cadáver; les seguía el matador, que, poniéndose delante del muerto con las manos extendidas, se ofreció a Creso, suplicándole que le inmolase sobre su hijo y diciendo que sobre su anterior desgracia no podría vivir tras haber dado muerte a su propio expiador. Al oírle, Creso, a pesar de encontrarse afligido con tan terrible calamidad familiar, se compadeció de Adrasto y le dijo:

–Doy por cumplido mi castigo contra ti, extranjero, puesto que tú mismo te condenas a muerte. Sin embargo, para mí no eres tú el culpable de lo ocurrido, puesto que cuanto acaeció tú lo hiciste involuntariamente, sino alguno de los dioses, que ya me previno hace tiempo lo que había de ocurrir.

Creso mando hacer los funerales de su hijo como correspondía. Pero Adrasto, el hijo de Gordio y nieto de Midas, asesino de su propio hermano y matador también involuntario del que le había purificado de su crimen, cuando quedó en tranquilidad el sepulcro del hijo de Creso, en la conciencia de que era el más infortunado de cuántos hombres él mismo había conocido, se degolló sobre la sepultura.

3 comentarios en “Un drama griego”

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