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En Egipto

Los primeros cuentos de los que se tiene conocimiento se remontan al misterioso y enigmático mundo egipcio. Las narraciones populares se conservan en dos clases de documentos: inscripciones pintadas o incisas en monumentos y escritos en rollos de papiro. Lo indeleble de ambos métodos ha permitido que no se hayan destruido aquellos relatos convertidos en mitos y que conformaron una cultura tan fértil como el río Nilo que, como una columna vertebral, la conformó.

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Imposible saber, dicen los estudiosos del tema, qué narraciones populares estaban ya en circulación antes de la aparición de los jeroglíficos, pero la persistencia de los temas en la historia de la humanidad da pie a suponer que la antiquísima cuentística egipcia que ha llegado a nosotros puede hundir sus raíces en los tiempos más remotos.

 

La Historia del náufrago  

–Perteneciente al Imperio Medio, se encuentra en un papiro descubierto por el egiptólogo ruso Golensnischef-.

 

Un servidor experto dijo: Regocíjate, príncipe; hemos llegado a la tierra de Egipto. Se ha cogido el machote, se ha clavado el poste y la amarra está en tierra.Se cantan las alabanzas de Dios y se le dan gracias y cada cual abraza a su camarada: nuestra marinería ha llegado sin daño alguno y nuestros soldados no han experimentado pérdidas. Hemos llegado hasta el fin del país del Wawa, pasando por delante de Senmet y henos aquí vueltos felizmente a nuestro país. Escúchame, príncipe, que no exagero. Lávate y vierte agua sobre tus dedos, y luego responde cuando te inviten a hablar. Háblale al rey según tu corazón y no vaciles al responder. La boca del hombre es la que le salva y su palabra la que hace que se sea condescendiente con él. Pero, de todos modos, harás lo que quieras. Se cansa uno de aconsejarte.

Quiero contarte ahora una aventura análoga que me ocurrió a mi cuando fui enviado a una mina del soberano y descendí al mar con un barco de ciento veinte varas de largo y cuarenta de ancho, en el que navegaban ciento veinte marineros de los mejores de Egipto. Miraban al cielo y a la tierra, y los presagios llenaban de valor su corazón. Anunciaban una tormenta antes de que hubieran llegado; preveían una marejada antes de producirse.

Al sobrevenir la tormenta, nos hallábamos en el mar, sin que hubiéramos tomado aún tierra; sopló el viento y levantó una ola de más de ocho varas de alto. Yo pude asirme a una tabla. Se hundió el barco y no quedó con vida ninguno de los que lo tripulaban. Gracias a una ola de mar fui arrojado a una isla, donde pasé tres días solo, sin otro compañero que mi corazón. Me acostaba en el hueco de un árbol y abrazaba las sombras. Por el día estiraba mis piernas en busca de algo que pudiera meter en la boca. Hallé higos y uvas y todo tipo de frutas magníficas. Había también peces y pájaros; no hay nada que allí no se encontrase. Me sacié y dejé abandonado lo que mis manos no podían  transportar. Me fabriqué un encendedor, encendí fuego e hice un holocausto.

En esto, oí una voz tonante que creí fuese una ola del mar. Los árboles estallaron y tembló la tierra. Descubrí mi faz y vi que lo que se acercaba era una serpiente de treinta varas de largo, en una cola de más de dos. Su cuerpo tenía incrustaciones de oro y sus  cejas eran de lapislázuli y se adelantaba encorvada.

Abrió la boca hacia mí mientras yo yacía ante ella postrado sobre mi vientre, y ella me dijo: “¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído? Vasallo: si no me dices enseguida quien te ha traído a esta isla, te haré ver que eres ceniza y te reduciré a ser invisible”. Yo respondí: “Me hablas, pero no te entiendo, estoy postrado ante ti sin conocimiento “.

Entonces me cogió en su boca, me llevó a su vivienda y me depositó sin tocarme; estaba sano y mis miembros no habían sufrido nada. Abrió la boca mientras yo yacía postrado. Me dijo: ¿Quién te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído a esta isla del mar, cuyas dos riberas están rodeadas por el agua?” Le respondí con los brazos caídos en señal de reverencia: Yo había descendido a una mina por encargo del rey, con un barco de ciento varas de largo y cuarenta de ancho, tripulado por ciento veinte marineros de los mejores de Egipto. Miraban al cielo y a la tierra y los presagios llenaban de valor su corazón. Anunciaban una tormenta antes de que hubiera llegado y preveían una marejada antes de producirse. Cada uno de ellos tenían el corazón y el brazo más templados que los de sus compañeros y no era lerdo ninguno de ellos. Al sobrevenir la tormenta nos hallábamos en el mar, sin que hubiéramos tomado aún tierra; sopló el viento y levantó una ola de más de ocho varas de alto. Gracias a una ola del mar fui arrojado a esta isla. Se hundió el barco y, salvo yo, no quedó con vida ninguno de los que lo tripulaban. Y ahora  aquí me tienes. Una ola del mar es quien me ha traído a esta isla”. Entonces ella me dijo: “No te asustes, no te asustes, vasallo; no se entristezca tu rostro por haber venido a mí. Dios te ha conservado la vida y te ha traído a esta isla del Ka, en la cual hay de todo y que está llena  de todo lo bueno. Pasarás mes tras mes en ella hasta que hayan transcurrido cuatro meses y después, vendrá de palacio un barco con marineros conocidos tuyos e irás con ellos al palacio y morirás en tu ciudad.

“¡Cómo se alegra uno cuando pasado el peligro, puede contar lo que ha gustado! Así, yo te contaré lo que me ocurrió en esta isla. Estaba en ellas con mis hermanos e hijos y éramos en conjunto setenta y cinco serpientes, mis hijos y mis hermanos, y no menciono a una niña de clase vulgar que me fue traída. Cayó una estrella y salieron con el fuego los que en ella estaban. Esto aconteció no estando yo con los quemados: estuve a punto de morir a causa de ella cuando la encontré en un montón de cadáveres.

Si eres fuerte, dominarás tu corazón como yo lo hice entonces, y luego abrazarás a tus hijos, besarás a tu mujer y volverás a ver tu casa, las mejores cosas del mundo. Irás a palacio y vivirás allí en el círculo de tus hermanos”.

Entonces yo me tendí sobre mi vientre y toqué el suelo ante ella. Le dije: “Le contaré al rey quién eres y le haré saber cuál es tu grandeza. Haré que te traigan Ibi, Hekenu, Iudeneb y Chesait (diversos perfumes), así como el incienso del templo con el que se consigue el favor de todos los dioses. Yo contaré lo que me ha ocurrido y lo que he visto. Serás adorada en la ciudad ante los dignatarios de todo el país. Mataré para tu sacrificio toros y gansos. Te enviaré barcos cargados con todas las riquezas de Egipto, tal como se hace a un Dios amigo de los hombres que mora en un país lejano, desconocido para ellos.”

Se rió de mí y de lo que había dicho, por parecerle insensato y me dijo: “No tienes mucha mirra, solo posees incienso. Y yo soy el señor de Punt y me pertenecen las mirras y ese hekenu que dices es la producción principal de esta isla. Por lo demás sucederá que cuando abandones este lugar no volverás a ver la isla, que se transformará en agua”.

Luego vino aquel barco que me había anunciado. Trepé a un árbol muy alto y reconocí a los que lo tripulaban. Fui a anunciárselo a la serpiente, pero me hallé con que ya lo sabía. ”Vuelve a casa con suerte, vasallo, y que vuelvas a ver a tus hijos, que adquieras un buen nombre en tu ciudad; eso es lo que te deseo”. Me tendí sobre el vientre con las manos extendidas hacia ella y ella me dio un cargamento de mirra, hekenu, iudeneb, chesait, tischepes, schaas, pintura para los ojos, colas de jirafa, una gran cantidad de incienso, colmillos de elefantes, galgos, monos y todo tipo de preciosidades. Lo cargué todo en el navío, me tendí sobre el vientre para darle la Gracias. Ella me dijo: “Dentro de dos meses llegarás a tu país, abrazarás a tus hijos. Te verás rejuvenecido y enterrado en tu país”.

Bajé a la orilla donde estaba el barco. Llamé a los soldados que se encontraban en el navío y en la orilla, entoné una oración de gracias al señor de la isla, y los que en el barco estaban hicieron lo mismo.

Navegamos rumbo norte hacia el palacio del rey, adonde llegamos a los dos meses como había predicho la serpiente. Me presenté al soberano, le mostré los tesoros que había traído de la isla y él me dio las gracias en presencia de los dignatarios de todo el país. Me dio un cargo y algunos esclavos.

Mírame ahora, después de haber vuelto, tras de lo que he visto y las pruebas por qué he pasado. Escúchame, porque a los hombres les hace bien escuchar.

El príncipe me dijo: “No presumas de listo, amigo ¿Quién le dará agua al pájaro que piensa matar aquella mañana misma?”.

Terminado, del principio hasta el fin, como fue escrito. Lo escribió el escriba de ágiles dedos Amuni-Amanu.

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Fuente: Antología de cuentos de la literatura universal. 

Ramón Menéndez Pidal

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