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Sofía

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Fue Alfredo quien, una tarde ya muy lejana, se acercó a Sofía al 

Sofia
Archivo de LHM

reconocerla sentada en un café del paseo del Pintor Rosales, en una de aquellas tardes en que, excitada por la aventura, buscaba un nuevo amante.

Entonces, Sofía vivía desde hacía tiempo alejada por completo de toda su familia, escondía su forma de vida en un pertinaz silencio. Sabía que nadie aprobaba su manera de ganarse la vida. Y de repente un día allí estaba él, exculpándola de todo, como si se sentara con la más querida y anhelada de sus sobrinas, hablaron largamente, se contaron algunas verdades y se inventaron muchas mentiras. Sofía dibujó para él un presente tranquilo, le aseguró que muy pocas cosas lograban ya inquietarla, que su vida era y  había sido muy placentera. Viendo que su moral no era muy estrecha, le habló de sus conquistas, de sus relaciones, Alfredo se mostró primero interesado, luego complaciente y por fin seductor.

Los primeros meses de sus relaciones fueron los meses mas felices de su vida, con él, revivió sensaciones que creía perdidas para siempre. En las manos de Alfredo estaban los aromas y los colores de su infancia lejana. Juntos recorrían los olvidados paisajes que Alfredo dibujaba para ella en la penumbra del cuarto. De nuevo ante  su mirada, volviendo del pasado, la  línea del horizonte se abría inmensa y prometedora sobre aquellos campos amarillos por las mieses secas en pleno verano;  juntos eran capaces de escuchar cómo se deslizaba el agua cristalina de los arroyos, arropados por el sonido del viento moviendo las ramas de los álamos que, como una cúpula de hojas, derramaban su suave sombra para calmar el bochorno del caluroso verano. Bastaba con cerrar los ojos entre sus fuertes brazos, y el olor de las uvas moradas en los enormes cestos durante la vendimia lo inundaba todo.

Alfredo poseía el don innato de hacer que todo pareciera poesía, con él todo sueño era posible y todo recuerdo era hermoso. Sofía,  entre sus brazos, entrevió  la paz de una reconciliación con un pasado agazapado en algún rincón de su alma y él, desde ese pasado, parecía venir extendiendo su mano con un gesto de benevolencia.

Las tardes que pasaban juntos corrían deprisa, la música y el vino envolvían las horas con risas y de suaves murmullos. A veces al despertarse sola por las mañanas, en su boca quedaba un extraño sabor amargo que la hacía estremecerse, intuía un  peligro en aquella ilícita relación, pero cerraba obstinadamente los ojos y seguía ignorándolo, no podía superarlo. Ciega, embriagada y sedienta, con él se sentía una mujer nueva, capaz de todo, limpia y hermosa como nunca se había sentido antes.

Pero con Alfredo cambió su vida definitivamente, paso de ser una mantenida a ser una empresaria, buscando cómo financiar un negocio de antigüedades del que ella lo desconocía todo. Alfredo la convenció para poner un pequeño negocio, ella estaría al frente y él se encargaría de derivar de sus propios negocios todo lo relacionado con los muebles antiguos. Conocía el mercado, tenía contactos, sabía como funcionaba, solo necesitaba un poco de dinero, los bancos se ocuparían de hacer el resto.

Sofía, confiada, le entregó todo lo que había ido atesorando con los años pensando en su futuro. Buscaron un local y se sucedieron las reuniones en las oficinas bancarias hasta que, a decir de Alfredo, todo estaba bajo control y en manos diestras.

Después de unos primeros meses en que el negocio parecía excitante y nuevo, las obligaciones se convirtieron en algo pesado y extenuante, los clientes, los vendedores, los curiosos, se fueron convirtiendo en seres insoportables que les separaban de la vida que le aguardaba al otro lado de la puerta. Las horas pasadas entre los trastos viejos que se amontonaban en los rincones de la tienda la hacían sentirse una momia ansiosa de sol y de aire fresco. Alfredo insistía: «detrás de cada trasto viejo como tú los llamas, hay una hermosa historia, ¡hazle justicia!» Y ella escéptica, miraba con desprecio a su alrededor y solo veía viejas maderas apolilladas sobre las que se apoyaban cristales amarillentos y paisajes difuminados y escondidos tras una capa de polvo rancio, depositada sobre los lienzos acartonados.

Pasaron los meses y el dinero se escapaba como el agua de entre sus dedos. Ella iba extendiendo cheque tras cheque en compras insensatas  y vinieron las discusiones, los ácidos ajustes de cuentas y al fin cuando el dinero empezó a escasear  y los bancos llamaban a su puerta exigiendo la devolución de los préstamos, Alfredo se volvió taciturno y callado. Confesó que él estaba arruinado y que se daba por vencido. Sofía  rogaba y exigía que la sacara de aquello, las sonrisas de Alfredo se fueron tornando muecas, sus hombros se encogían en un gesto de impotencia y ella sentía deseos de zarandearle y abofetearle con el ánimo de forzar una reacción que no llegaba.

Cuando Alfredo anunció que no podía soportar más, que se marchaba definitivamente de su vida, Sofía se quedó llena de deudas sin pagar, de promesas incumplidas, de una vida que estaba completamente rota, con un negocio que odiaba y que nada producía. En cuestión de meses se encontró en la calle, los bancos se quedaron con su piso y el local; las llamadas, las presiones para pagar, los abogados relamidos que siempre, y primero de todo, pedían dinero, las oficinas públicas con cientos de papeles que debía cumplimentar, pero que a duras penas comprendía y, por fin, los juzgados y el desahucio.

Desde el teléfono de una pensión barata, Sofía le exigía a Alfredo, desesperada, que le entregara dinero, que le sacara de aquel apuro del que solo él era  culpable. No había respuesta y ella deambulaba por las calles sin rumbo maquinando mil maneras de resarcirse de aquella racha de mala fortuna, quería creer que era una pesadilla de la que iba despertar de un momento a otro, pero nada sucedía.

Al fin, encontró que algo podía funcionar; la amenaza de contarle todo a su familia pareció surtir efecto. Sofía esta vez sintió que  tenía a Alfredo entre sus manos. A los pocos días de lanzar su amenaza, él la citó en el despacho de un notario, le entregó un cheque con el que podría sobrevivir dos o tres meses y una escritura de propiedad: la casa de los abuelos, lo más querido para Alfredo,  Sofía, a cambio, prometió guardar silencio. Pocos meses después, cuando el dinero se agotó, volvió a buscarlo y entonces, supo que había muerto estrellado contra el poste de un puente de autopista.

Después de algunas semanas de desconcierto, a duras penas, se fue rehaciendo, decidió olvidar aquel paréntesis en su vida, arrancar de su memoria todo rastro de Alfredo. Nadie como ella sabría hacerlo una vez más y volvió a visitar los antiguos bares en los que encontrar a otros hombres como aquellos que la habían mantenido y habían sabido calmar su siempre ávida necesidad de dinero. Y sí,  hubo otros hombres, pero nada era lo mismo, el hastío y el asco de sí misma la fueron dejando vacía; sentía que era distinta,  algo en su interior había cambiado para siempre, ya no era la mujer hermosa de antes,  capaz de colmar de felicidad los brazos de los hombres ricos y ansiosos de belleza, aquellos hombres a quienes nadie como ella sabía convertir en niños hambrientos de sus caricias. Ahora se sentía una vulgar prostituta, y decidió no volver nunca más a caminar por sus antiguos pasos al precio que fuera.

Los días pasaban y Sofía era incapaz de levantarse cada mañana, ignoraba por completo qué podía hacer, hasta que una mañana, abrió el cajón de la cómoda donde había dejado la escritura olvidada y acarició el documento en el que decía que ella era la propietaria de aquella vieja casa. Lo vio como su salvación, la manera de resarcirse y también de sobrevivir, odiaba la idea de volver a aquel pueblo austero y sobrio, lleno de estrechas conciencias, pero lo concibió como la venganza que el  destino colocaba en sus manos contra todos y volvió.
No esperaba que en aquella casa aún viviera la vieja tía, pero allí estaba, sentada junto a la ventana, como había estado siempre en su invalidez. Cuando la vio entrar, extendió sus manos hacia ella y sus ojos azules se llenaron de lágrimas: «Ha sido culpa mía, querida Sofía. Yo le pedí  a Alfredo que fuera a buscarte, pero sé que él lo quería así. Ahora estás en casa».

Sigue leyendo cuentos en Vivir en la Higuera Aquí.

 

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1 comentario en “Sofía”

  1. Cuanta frustración, cuanto desaliento, tantas relaciones amorosas tan tortuosas. Que fácil pasar desde lo más alto a lo más bajo casi sin darte cuenta.

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