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Sol

Sol
Archivo LHM

Sol tiene una perrita con ojos invisibles y el pelo en blanco y negro. Le cuelga la barriga de comer golosinas al olor del café. La perrita es Sisuka y procede del Tíbet, es lenta y remolona, glotona y arrogante y si, en su diario paseo, alguno de su gremio viene a olerle el trasero, lo sacude gruñona muy segura de sí.

Sol tiene un novio delgado con el pelo muy liso que sabe matemáticas y habla muchos idiomas de cuando viajaba tanto. Cada noche en la casa es el rey de la mesa, cocina champiñones o lomo con pimientos, los domingos tortilla y, acabada la cena aunque sea un día corriente, es capaz de servirte un estupendo gin-tonic, sin limón, eso sí. Solo cuando se trata de algún día importante, del olor a chorizo de los macarrones al horno se llenan los rincones de la casa, y es Sol la que deleita a sus invitados con los recios sabores de una infancia olvidada de allá por  Valladolid.

Sol vive en el corazón del Ensanche, en un piso muy grande pintado de amarillo con rosetones blancos y pasillos estrechos, en donde se amontonan los cómics y, al lado de unos dioses traídos desde Egipto, cuelgan lánguidamente los góticos dibujos de su amigo Rubí.  Tiene bajo la cama de su último pupilo fabulosos ejércitos de orcos y de silvanos que, tras haber enfrentado en cientos de batallas en sus noches en blanco, los tiene guardaditos para un sobrino suyo por si es que, al buen muchacho, le viniesen las ganas de  volver por allí. Y es que a ella le gusta acoger en su casa a malos estudiantes con los que se divierte al tiempo que los instruye en el arte de aprender y también en el arte de vivir.

Y después de todo esto, que tiene mucha importancia para saber de quién hablo, os podría decir que Sol se peina con una larga trenza como si fuera una india, tiene los pies pequeños y las manos finitas. Me contó que se viste en la sección de las niñas por culpa de su cintura: la tiene muy delgada y tiene las piernas largas y los hombros estrechos y su cuello se estira sosteniendo una cabeza con forma de aceituna, con los labios bonitos y con los ojos tristes. Y a cualquiera que se sienta en ese sofá blanco con los botones rotos que tiene en el salón donde mira la tele, le cuenta que siempre fue muy lista y que está llena de vida, que  no duerme ni come. Ya desde muy pequeña, los médicos querían estudiar el porqué, pero ella nunca se ha prestado a tales elucubraciones, pues total… ¿para qué? Y ahora que lo pienso, y visto lo que he visto, creo que es verdad, que esos señores con gafas que te miran las entrañas son un poco ignorantes y, llegados ciertos casos, lo único que saben es negar con la cabeza y arrugar la nariz. Que nunca hubieran dado con la razón auténtica y es que a Sol el corazón se le escapa por los poros del cuerpo y que el solito funciona con una extraña mezcla de pasión y de fe, que cuando se levanta, y sin saber de dónde, saca un cable y se enchufa a una rara corriente que le entra por la venas y fluye cargadita de ganas de vivir.

Y después de contaros todo lo que está a la vista, sin querer molestarla, también puedo decir que todo lo que le pasa no es más que un sortilegio cuyo secreto se  guarda entre los dientes de la perrita tibetana, que al comer de su mano y una letra tras otra, se ha ido tragando la parte que le cuelga a su nombre completo. Es decir, se ha tragado la edad. Y con ese simple truco, día a día, a fuerza de ternura, solo le ha dejado el brillo de un Sol que ella, a cachitos, reparte generosa entre todos aquellos a quienes, a su puerta, nos trajo la fortuna y algún día acertamos, con más o menos prisa, a pasar por allí.

 

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2 comentarios en “Sol”

  1. Aspasia de Mileto

    Que curiosa Sol, con su novio y su perrita tibetana, no le hace falta ni dormir ni comer pero emana una alegría desbordante con la que instruye a todo el que pasa por delante. Supercontagioso.

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