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Tierra húmeda

—¡No fumes!

 El joven Arriaga oyó que alguien le daba aquella orden saliendo de la negrura del escaso bosque a su espalda. Desconcertado, apagó con un gesto rápido el cigarrillo con el talón de su bota. Creía estar a salvo entremetido entre las piedras húmedas que en las horas de marea alta soportaban estoicamente las envestidas del Cantábrico. 

Fantasma
Archivo de LHM

Vio como un hombre se le acercaba. Su silueta se dibujaba en la noche balanceándose como un junco acariciado por el viento. Una gorra vasca le cubría la cabeza. La inquietud que le había provocado aquella orden enseguida se desvaneció, su mente ágil sabía que los guardias no abordaban a sus presas de esa manera.

Trabajosamente, como si no tuviera control sobre sus extremidades largas y huesudas, el hombre se sentó a su lado, contra la roca.

—Hay brisa, muchacho, el olor del tabaco puede alertar a los guardias. Les funciona el olfato mejor que a los sabuesos. ¡Vamos!, ¡ven conmigo! Esperaremos juntos entre los árboles. 

Los dos se levantaron. Arriaga, sumiso, le siguió ascendiendo un intrincado desnivel hasta que la espesura hizo desaparecer las sombras que la escasa luz había dibujado sobre el terreno pedregoso.

Se apostaron contra dos árboles esbeltos, limpios de las ramas que parecían haber escapado a las alturas, para alejarse del acecho de aquel mar capaz de lamerlo todo sobre la hondonada que aprisionaba sus raíces. Apenas unos instantes después, el hombre se dirigió otra vez a él.

–Soy Roberto, pero me llaman el Largo, ya habrás visto por qué. 

Se quitó la gorra. Arriaga extendió su mano y la estrechó sin despegar los labios. No se atrevió a decir su nombre. Se sentía un estúpido novato. Los dos de nuevo en silencio fijaron la mirada en la negrura del mar.

–Aún queda tiempo hasta el amanecer. Con el alba se acaba el plazo. –Su voz, casi un murmullo, era ronca y cansina.

–Ayer no te vi por aquí.

–Fui más listo –dijo Arriaga secamente.

El Largo se dio cuenta de la causa de su enfado.

—Ya veo que eres hombre orgulloso, pero tranquilízate, muchacho, que los años te irán enseñando. Eso… si es que antes no se te llevan por delante, como a otros tantos.

Arriaga escudriñó de manera fugaz el perfil anguloso de aquel desconocido. Seguramente sería un compañero de viaje, sabía que no embarcaría solo. Le pareció un hombre gastado, profundamente sereno.

–¿Crees que vendrán hoy?

–Sí, mañana no habrá luna y la oscuridad pone muy nerviosos a los guardias: sacan los perros en manadas y nadie se arriesga.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos. El rumor incesante y monótono de las olas, calmando su vigor en la suavidad de la playa pedregosa, acallaba los leves sonidos del bosque dormido.

El tiempo transcurría lento y espeso. Los veinte años de Arriaga hacían difícil aquella inmovilidad en alerta  que le quemaba el estómago excitando sus sentidos. Deseaba saltar por fin sobre la barca y adentrarse en el mar para surcarlo hacia un mundo que soñaba lleno de promesas. Como si adivinara sus pensamientos el Largo le preguntó:

–¿Tú por qué te has metido en esto? –Arriaga agachó la cabeza.

–Tengo ideales –contestó mordiéndose los labios.

–Eso es bueno, consérvalos mucho tiempo. Pero detrás de los ideales siempre hay algo más y tú eres el hijo del Poeta. La cosa no necesita de muchas explicaciones.

–¿Me conoces?

–Sabía que andabas por ahí con las narices metidas hasta el fondo de la olla y alguien me ha dicho que has estado buscando la manera de irte a Rusia. ¿Qué es lo que esperas encontrar allí?

–Quiero aprender.

–¿Aprender a ser comunista? —Arriaga notó que sonreía con una sonrisa irónica.

–Sí.

–¿Te gusta obedecer sin hacer preguntas?

–Sí, si creo en lo que me mandan.

Ambos permanecieron callados, mirando al frente. El mar reflejaba los escasos fulgores de una delgada luna que colgaba inerte y solitaria, marcando el lugar en donde se encontraba la línea invisible del horizonte.

–A tu padre le llamábamos el Poeta, nunca había escrito dos frases seguidas y mucho menos un par de versos, pero era un soñador, ¿lo sabías?

—No le he conocido, su madre fue quien me crió.

Arriaga  se rascó el cuello bajo la bufanda que le aprisionaba. Le picaba aquella lana áspera que la abuela había tejido para él. Era incansable en su labor de hacer de madre. Cuando tenía seis o siete años, ella le había contado cómo fue su venida al mundo. Nunca más quiso oírlo. Su madre y ella habían ido al monte a ver el sitio en el que habían matado a su padre. No encontraron nada, solo sangre seca y amoratada entre hojas muertas, tierra y guijarros. Al bajar tuvieron que cobijarse bajo los arbustos, a su madre le vinieron los dolores de parto y entre gritos contenidos y sollozos nació él. La abuela  lo envolvió  en su falda y caminó monte abajo junto a su madre que se desangraba. Ella no sobrevivió. A Arriaga le dolía recordar aquellas imágenes formadas en su cabecita infantil como si hubiera sido testigo consciente del suceso y después, cientos de veces,  la abuela repetía una y otra vez: “Prométeme que no malgastarás tu vida en guerras que no sean las tuyas”, “en guerras que no sean las tuyas”, repitió en su mente Arriaga percibiendo el olor húmedo y espeso de aquel bosque. ¿Cómo se hacía eso si él era un hijo de la guerra? Todo lo que había detrás de sí estaba marcado a sangre y fuego.

Entre los árboles se estremeció, sentía que aquella noche volvería a nacer de la misma manera que hacía casi veinte años; el olor a vegetación salvaje, agreste y húmeda era parte de su propia vida.

–Falta muy poco para el amanecer. Prepárate, ya no pueden tardar. 

–¿Tú ya estás preparado?

–No, muchacho, yo me quedo. Soy como tú, de esos que obedecen solo si creen en las órdenes recibidas. Debe ser que lo da la tierra.

Arriaga tosió incómodo y escudriño en la oscuridad la cara de aquel hombre que veía por primera vez, le pareció muy viejo. 

Sin saber porqué, sus palabras le hicieron desconfiar y pensó que de aquella época sólo habían sobrevivido los soplones… No se contuvo y preguntó:

–¿Cómo has podido sobrevivir todos estos años?

–En los peores momentos yo no estaba aquí. Luego, todo se ha ido calmando.

–¿Dónde estabas? 

–En Rusia. En Rusia, sí. Ese país al que te llevan a ti.

–Estoy impaciente por llegar.

–Será una gran sorpresa, pero eso tendrás que descubrirlo tú mismo.

La bruma del amanecer disipó la tenue línea del horizonte oscuro y en ese momento una barca empezó a dibujarse sobre el agua como una mancha informe y misteriosa.

Los dos hombres se levantaron. Arriaga, antes de salir de entre los árboles se agachó y hundió las manos en la tierra húmeda. Durante un instante cerró los ojos, el corazón le latía fuertemente. Contra su piel sintió el latido de millones de gusanos. 

–¿Qué haces? –dijo el Largo volviendo la cabeza.

–Necesito saber que voy a regresar.

–Eso nunca se sabe, has emprendido un viaje peligroso, pero estoy seguro de que encontrarás tu propia guerra, las demás son inútiles.

–Ya he oído eso antes —dijo Arriaga mientras se alejaba adentrándose en las frías aguas del océano.

Ya en la barca, Arriaga volvió la vista hacia la playa, quería dedicar al Largo un gesto de despedida. Pero no vio a nadie, la playa estaba oscura y solitaria.

—Conmigo había alguien de quien quisiera despedirme —dijo a uno de los hombres que lo habían ayudado a subir.

—¿Quién? ¿Era tu madre?
—No, era un tipo raro. Me dijo que se llamaba Roberto, el Largo.

—¿Sí? ¿Estás de guasa? Roberto el Largo murió hace unos cuantos años, lo mataron en esta playa el mismo día que volvía de Rusia.

Arriaga se miró las manos impregnadas de tierra todavía y la barca se perdió adentrándose lentamente en la neblina del amanecer.

1 comentario en “Tierra húmeda”

  1. Los misterios de la mente. De repente los sueños te parecen realidad. Me gusta cuanta imaginación tiene esta autora. Me atrae su forma descriptiva. Muy ingeniosa.

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