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Una noche de teatro

La obra de teatro había sido muy divertida. En el ascensor Alfredo y yo  seguíamos riéndonos de las ocurrencias de aquel calvo protagonista que había conseguido que el público se desternillara de risa en sus asientos.

una noche de teatro
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Durante un instante, nos miramos delante del espejo y, como si acabáramos de reconocer quienes éramos, nos abrazamos. Desde que nos habíamos cambiado a aquel piso, que tan caro nos estaba costando, nuestras muchas  obligaciones nos habían hecho sentirnos alejados. Cada mañana, siempre con prisas, cuando él o yo salíamos de casa nos mirábamos de reojo como queriendo evitar la pregunta: ¿Qué nos está pasando?

Al volver por la noche, ambos estábamos demasiado cansados incluso para hacernos la mínima pregunta que nos impidiera cenar sin pensar en nada e irnos a la cama sencillamente a descansar.

En aquel momento la risa nos unió como en nuestros mejores tiempos y las nubes se disiparon, no hicieron falta palabras. Salimos del ascensor cogidos de la mano y caminamos por el pasillo que conducía hasta nuestro piso. El sacó la llave y abrió. Caballerosamente, dejó que yo pasara primero. Al entrar, algo raro me hizo pararme en seco y volver la cabeza para interrogarle con la mirada: la luz de la cocina estaba encendida, el brillo y el sonido del televisor salían desde el salón.

—¿Te lo has dejado todo encendido? —Me encontré con su pregunta.

Me encogí de hombros. Durante un segundo recordé que, en los últimos momentos antes de marchar, los retoques de mi pintura, el pañuelo del cuello, el reloj dorado a juego con los pendientes y el bolso de terciopelo de las mejores fiestas me habían hecho ir corriendo de un lado a otro, mientras él esperaba impaciente en la puerta del ascensor, pidiéndome que me diese prisa porque el taxi esperaba desde hacía rato. Pero recordaba perfectamente haber vuelto la cabeza en el último instante y todo estaba a oscuras. La noche ya era cerrada y ningún claroscuro me hubiese podido equivocar y, por supuesto, no hubiese pasado por alto la televisión encendida. Le miré segura de lo que decía:

—No puede ser, se quedó todo apagado. Estoy segura.

Hubo unos segundos de perplejidad y volvimos a mirarnos. Enseguida, ambos, sin ponernos de acuerdo, levantamos los talones y caminamos sigilosamente. Primero, con mucha cautela, asomamos la cabeza a través de la puerta de la cocina, estaba visiblemente desordenada pero vacía. 

Alfredo me dijo al oído:

—¿Dónde hay un palo, una barra…, algo?

Mi mirada se deslizó inquieta por las paredes. Lo único que se me ocurrió fueron las  barras de las cortinas pero, evidentemente, no nos iban a sacar del apuro en esos momentos.

—Lo siento, pero tú me regalaste el robot… —contesté con desolación.

—¿Es que en esta casa no hay ni una escoba para poder defendernos? ¡Por Dios!

Continuamos juntos hacia la sala. Sobre el mueble de la entrada, una figura de porcelana china descansaba invitando a dejar las llaves. Alfredo la atrapó como si hubiera cogido el revólver de Humphrey Bogart. Mientras, el sonido del televisor, lanzando mensajes publicitarios, parecía una cruel advertencia  del drama que se avecinaba.

Nos plantamos en la puerta del salón. De espaldas a nuestras miradas, sentados en el sofá, dos cabezas canosas, fijas en la pantalla frente a ellos, permanecían inmóviles asomando sobre la raya horizontal marcada por el sobrio armazón tapizado con tela de color beis. 

La voz de Alfredo, irreconocible, me sobresaltó.

—Pero ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? 

Sentí cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo.

El silencio fue absoluto. 

Me miró y blandiendo la figurita de porcelana china, me ordenó:

–¡Llama a la policía!

Con ganas de gritar, de salir corriendo, de llorar… dirigí la vista hacia el minúsculo bolso de terciopelo que aún sostenía en mi mano. Deliberadamente, había dejado el móvil antes de marchar. ¡No cabía en mi bolso de fiesta! 

Me sentía ridícula, inútil. En ese momento, al otro lado del salón, vi el teléfono fijo. En un alarde de audacia, di grandes zancadas y me abalancé sobre el aparato, en el que vi un arma defensiva que arrojar si me atacaban.

En ese momento, los dos hombres canosos, con aspecto desaliñado, después de dirigirnos una mirada displicente, se levantaron con desgana como si los hubiésemos interrumpido en una tarea ineludible. Arrastrando los pies y empujándose el uno al otro abandonaron el sofá y caminaron hacia la puerta.

—Ya te decía que a mí esto no me sonaba —dijo el más viejo—. El sofá del otro día tenía flores…. ahora nos tenemos que ir sin acabar de verlo y el tío iba ganando.

—¡Calla y tira palante! —le increpó su acompañante.

Con el auricular en las manos, yo miraba la cuadrícula de los números, mientras mi dedo correteaba sobre ellos sin conseguir recordar el maldito número de la policía.

—Dios mío, ¿a qué número tengo que llamar? —casi grité.

—¡Al 091! ¡Vamos, llama de una vez!

Alfredo, con su arma en la mano, se había dirigido a la puerta que comunicaba el salón con el recibidor dispuesto a interrumpir la marcha de los intrusos.

—¡Vamos, vamos, muchacho, déjanos pasar que todavía tenemos tiempo de llegar al bar de Felipe para ver el final del partido!

Alfredo se interpuso con un gesto enérgico, cuadrándose en el umbral de la puerta.

—¡Ustedes no salen de aquí hasta que llegue la policía!

Los viejos habían llegado frente a él. El más joven se estiró sacando pecho, era alto, corpulento. Sonrió con un gesto de ferocidad y, levantando el dedo índice sobre la nariz de Alfredo, le increpó:

—Mira muchacho, si no me dejas salir, te pego una hostia que te rompo los dientes y luego sigo por las partes de abajo, o es que te crees que me vas a asustar con ese angelito de color violeta que te regaló tu tía el día de la comunión. Te aseguro que nos hemos equivocado de piso, pero no pasa nada, hombre. Nos vamos y listo, mañana será otro día.

Alfredo se recogió sobre sí mismo con cara de imbécil y los dos viejos salieron cerrando la puerta con cuidado.

En ese momento, al otro lado del teléfono una voz de hielo me preguntaba la razón de mi llamada. Casi balbuceando, le expliqué la perplejidad de nuestra situación y la voz siguió interpelando.

—Dígame su dirección, por favor.

Lo hice.

—Ah, ¡vaya por Dios! ¿Son ustedes nuevos en el barrio? Bueno, pues pónganse una alarma, porque son Anselmo y Rufino, dos vagabundos espabilados. Son inofensivos pero insistentes, los llamamos «los del cuarto de estar». Cada vez que hay un evento deportivo al otro lado del mundo se cuelan en la primera casa que encuentran vacía y desprotegida. ¿Ya se han ido? Bien, pues esperen tranquilos que vamos para allá. Haremos el atestado y la denuncia.

Colgué el teléfono. Estaba tiesa, helada, me sentía… no sé como me sentía, la mujer más tonta del mundo. Busque a Alfredo, estaba en el suelo, se había desplomado sobre el parqué y se apretaba contra la puerta de salida. 

Me pareció que estaba ridículo, era como un

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autómata sin pilas. Me acerqué despacio hasta donde estaba, algo había que hacer, sin duda. Nos miramos con cara de imbéciles, la figurita china cayó de las manos de Alberto rompiéndose a mis pies y ya no pudimos parar de reír.

Una noche de teatro

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