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Viaje por Asia

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Aterrizo en el aeropuerto Katunayake, en Sri Lanka. Son las seis de la mañana. A pesar de tan temprana hora, el movimiento es intenso y se incrementa fuera del edificio. Cuando salgo a la calle hay grupos de niños, y menos niños, que me avasallan pretendiendo llevarme la maleta…, en un primer momento me asusto, desconozco su pretensión, aunque con cierta desconfianza, accedo y un pequeño esrilanqués, de unos 12 años, se hace cargo de mi maleta. Subo a un taxi que ha de llevarme a Colombo, 35 kilómetros de recorrido.
La carretera que nos dirige a la capital es un auténtico hervidero. Con asombro veo un gentío caminando a ambos lados, algunos transeúntes van descalzos. El colorido es llamativo. Los edificios están destartalados, en uno de ellos, de paredes blancas desconchadas, de forma cuadrada, de dos plantas de altura, con los cristales de las ventanas rotos, reza: «MATERNIDAD». Me sobrecoge la idea de que las mujeres puedan estar pariendo en tales condiciones, pero todo es llamativo, hay hombres ancianos en cuclillas sobre un mojón en el que permanecerán todo el día. El trasiego de seres humanos y animales es incesante.
Llego al hotel de cinco estrellas; reverencias, sonrisas, agasajos, pero no hay tiempo que perder, he de visitar la ciudad de Colombo para, seguidamente, salir de excursión hacia uno de los múltiples jardines de Sri Lanka. Subo al autobús que desde el hotel nos desplazará a los diferentes atractivos lugares de la trepidante isla, situada en el Golfo de Bengala.
El chófer, un cingalés de apariencia tosca, conduce hábilmente por carreteras tortuosas. A mitad del camino hacemos una parada, me ofrecen subir en una cesta a lomos de un elefante. Se abren las puertas del autobús y, de repente, un aluvión de niños aparecen pidiendo bolígrafos y otros chismes de los que carecen. Intentan subir, pero el chófer acciona el cierre de las puertas, atrapando brazos, piernas y cabezas. Atónita, grito: «Please!» El cingalés abre las puertas y todos esos niños, sin rechistar, se liberan y abandonan con total sumisión. ¿Es posible? El hábil conductor tampoco se inmuta. Los mendigos siguen pidiendo a través de los cristales de las ventanas del vehículo mientras les contemplo con angustia y desolación. Así que me olvido de la experiencia de montar en elefante y reanudamos la marcha.
Los contrastes de esta isla son enormes y paso de la aflicción a la admiración ante la exuberancia del paisaje, pero se hace difícil olvidar algunas dramáticas escenas.
Sin embargo, de regreso en el hotel, consigo borrar esas imágenes tan representativas de pobreza, suciedad, sumisión y tristeza, al percibir otro impacto, en este caso placentero, al contemplar las apetitosas viandas, tan artísticamente presentadas, que en un gran comedor son servidas por numerosos y atractivos morenos camareros, con uniformes limpios y bien planchados.
Así que me voy a la cama con la virulenta impresión de vivir un mundo diferente, impactante, multicolor y sensitivo. ¡Una jornada auténticamente inolvidable!

No menos impactante se presenta Katmandú, espectaculares edificios, templos de madera decorados con toda clase de figuras y pinturas. Con diferentes alturas en retranqueo, los katmanduanos reposan en sus aleros, sentados, tumbados, fumando o simplemente contemplando a paseantes, trabajadores, turistas, madres con sus hijos a la espalda. Mujeres de grandes ojos negros, con una fuerza especial. Sus coloridos saris dan alegría al ambiente sórdido de vacas esqueléticas, alrededor del mercado de frutas y verduras desplegado en el suelo. Al mismo tiempo hombres desnutridos cargan con sacos enormes transportando mercancías de todo tipo. Los niños semidesnudos y descalzos juegan a la pelota y acosan a los turistas al pedir unas monedas, caramelos o cualquier otro elemento; lo mismo da, ya que ellos carecen de todo. Sus ojos pintados te penetran tratando de mover tus sentimientos y conseguir tu concesión al mover tu conciencia.
La sensación de desconcierto, de incomprensión; cómo pueden vivir en semejante caos, animales, alimentos, tanto infantes como adultos. Unos en movimiento otros en pausa, contemplando el devenir de todo aqu
el murmullo de color, tanta variedad acumulada.
Se percibe la inmundicia por doquier, incluso sientes que te atrapa, se te adhiere a tus ropas
y a tu piel, deseas purificarte, desprenderte de toda esa suciedad, al tiempo que admiras las imágenes que llegan a tu retina tan poco habituales en tu cultura, esa mezcla de personajes, de colores vivos, brillantes, ojos profundos, hipnóticos. Tu cerebro se deja llevar de un lado al otro, sin poder asimilar tanto contraste.
S
í, un contraste descomunal cuando llegas a un hotel de lujo y esos hombres y mujeres que tienen unas vidas en condiciones tan precarias, con salarios irrisorios, sirven a esos turistas deseosos de descansar en esas camas confortables, disfrutar de una ducha caliente, usando esas toallas, albornoces, zapatillas, tan limpios, oliendo a suavizante, cuando ellos en sus casas o chozas no tienen ni agua corriente. Sin embargo, su dignidad es tal que con sus uniformes y turbantes parecen príncipes, sirviendo el apetitoso aperitivo, con tanta elegancia, en la relajante y depurada piscina, al turista complacido, a quien tan arduo le resultará volver a la realidad de ahí afuera, con toda su dureza, a pesar de lo bello que es todo.

Continuamos  admirando la belleza de la India, nos trasladamos a Jaipur, con su Palacio de los Vientos, edificio espectacular de ladrillo rosa, característico de la arquitectura de la ciudad.

Viaje por Asia
Archivo de CAA

No pueden faltar las compras de tejidos y de joyería de plata en las numerosas tiendas que se encuentran justo enfrente de tan emblemático edificio, con sus dependientes a la puerta buscando clientes y abordando a los turistas que pasan por delante.
Es difícil evadir a estos profesionales de la venta que chapurrean cualquier idioma, incluso conocen la idiosincrasia de los visitantes acoplando sus artes y estrategias a la cultura del país de donde proceden, así que allí estaba Panda, un guapo y simpático indio tirando la caña, intentando venderte sus bonitas joyas y, yendo más allá, coqueteando con la incauta clienta a la que no le disgusta, por lo que entablan conversación acordando verse a la caída del sol, cuando Panda cierra la tienda y queda libre para verse en el hotel con la extranjera.
La turista espera a Panda en el
recibidor del Gran Hotel pero a Panda no le permiten el acceso, a los parias les está prohibido entrar en los hoteles y lugares elegantes donde se encuentran los visitantes de la India. Sin embargo, autorizan sin dificultad su entrada atendiendo la solicitud de la turista y así acceden al bar a tomar una copa, entablando una amistad que duraría unos años a través de correspondencia en lengua inglesa, hasta que Panda le cuenta que piensa visitar Madrid, y es cuando la turista decide no contestar a la misiva con la noticia de la visita. Y aquí acaba este exótico romance asiático europeo. Sin olvidar que la imagen grabada en su mente sobre la visita a la exótica India quedará para siempre como la experiencia más exclusiva de toda su larga historia de viajera. Extraordinarios e inolvidables recuerdos.
CAA XII 2020

 

Cristina es una incansable viajera. Si quieres seguir leyendo sus impresiones, síguela Aquí

 

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