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Caché

Soy un hombre soltero, ingeniero de profesión que vive solo. Aquel 14 de mayo eran cerca de las doce de la noche cuando llegaba a mi casa después de una larga y agotadora reunión de trabajo. Empujé la puerta del ascensor mientras buscaba las llaves en el bolsillo de mi pantalón y, al  asomar la cabeza, vi que la puerta de mi piso empezaba a abrirse lentamente. Antes de que quién fuera la persona que estaba saliendo de mi casa pudiera verme, volví a meterme en el ascensor y, cobarde de mí, pulsé el botón del sexto como si hubiera apretado el botón del Apolo en ascensión a la luna.

Mientras subía me vi en el espejo: estaba despeinado, con los ojos como platos y con cara de simplón. Mi gesto se endureció recordando quién era yo y una especie de rabia incendió mis ojos. Salió de dentro de mi estómago la hombría, reaccioné y decidí salir a enfrentarme con lo que fuera.

Volví a pulsar el botón. El ascensor se paró de nuevo en el segundo y me volqué sobre la barandilla con el corazón en la boca. Un hombre bajaba los últimos peldaños de las escaleras. Iba a gritar algo así como ¡al ladrón! para que pudieran desencadenarse todos los mecanismos propios de estos casos, cuando vi que llevaba puesta la cazadora de cuero que yo cuidaba como una joya. Me olvidé de la casa, de los vecinos, de los guardias y me lancé escaleras abajo en persecución del sinvergüenza que se había atrevido a ponerse mi mejor prenda dispuesto a arrebatársela sin miramientos.

Al llegar al último peldaño que da paso al portal, tuve que retroceder escondiéndome tras el muro; el hombre, ajeno a todo, había encendido la luz general y se había parado ante el espejo arreglándose con parsimonia el cuello de una camisa negra  de seda que cuelga en mi armario desde tiempo inmemorial y que nunca me pongo por ser demasiado elegante. Tuve que agarrarme  fuertemente a la barandilla porque mis piernas flaquearon: la cara que se reflejaba en el espejo era la misma con la que me había enfrentado solo un instante antes en el ascensor, es decir, por raro que parezca, ese hombre era yo.

Contuve el aliento, pensé que el agotamiento me estaba jugando una mala pasada, cerré los ojos y los volví a abrir: el hombre del espejo, se dirigía ahora hacia la cristalera de la salida con paso decidido. Le vi caminar con mis zapatos de ante y girar el pomo como sólo los vecinos del inmueble sabemos hacerlo, pues es un raro y viejo artilugio que el presidente de la comunidad, que es anticuario, se empeñó en colocar para su mayor gloria.

Él salió a la calle y yo detrás. En ese momento daba la vuelta a la esquina. Corrí para no perder su pista. Asomado, vi la acera solitaria que discurría larga y ancha, despejada de las sillas de las terrazas que ahora se apilaban atadas con cadenas en los laterales, entremetidas entre grandes macetones.

El hombre caminaba tranquilamente por el centro como quien pasea por el parque. Le observé con atención dispuesto a descubrir al impostor, pues sólo yo podría saber cierto detalle de mí mismo: cuando era niño una caída de la bicicleta me había dejado una imperceptible cojera producida por la carencia de fuerza en cierto músculo de la pierna izquierda. Nunca había ocultado tal secuela, pero lo cierto es que a nadie le llamó la atención y por lo tanto era algo que, sencillamente, formaba parte de mi manera de caminar. Me fijé con detenimiento en su figura: sí, cojeaba inclinando ligeramente el hombro izquierdo tal como yo mismo lo hacía.

En medio de la acera, tras sus pasos, no sabría explicar qué me pasó, pero un soplo de aire cálido me acarició la cara y, de repente, entré de lleno en una especie de esquizofrenia: me levanto el cuello de la chaqueta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y creo que, en aquel momento, hubiese lanzado un alarido como el de un lobo bajo la luna llena. Excitado y dispuesto a todo, le seguí guardando una prudencial distancia.

Cruzamos calles, sorteamos coches, esperé agazapado mientras cambiaba la luz de los semáforos en las calles importantes, nos cruzamos con transeúntes. Sus pasos fueron los míos. Cada movimiento, cada gesto que él hacía iba confirmándome que aquella negra silueta no era otra cosa que la sombra de mí mismo.

Unos quince minutos duró la persecución cuando, al dar la vuelta a la esquina de una estrechísima calle, me quedé parado observando lo que me pareció un sinuoso pasillo lleno de trampas. No pude descubrir ni un sólo indicio que me ayudara a saber en dónde podría haberse metido aquel hombre.

Contuve la respiración unos instantes, les aseguro que se masticaba el silencio de la ciudad dormida. Al fin, tras una breve vacilación, caminé sigilosamente por debajo de la acera, sorteando los coches aparcados para tener tiempo de reaccionar en caso de ser atacado, pues la calle era perfecta para un ataque por sorpresa y  bien podía estrangularme o pegarme un tiro y suplantarme luego. En un caso así, yo era la víctima ideal para  un crimen perfecto: mi lugar en el mundo, nada desdeñable, por cierto, no quedaba vacío y disponía de toda la noche para descuartizar el cadáver o echarlo al río con una piedra atada a los pies. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que apenas a veinte metros discurrían las aguas del Duero.

Calculando cuidadosamente mis pasos, fui dejando atrás los portales con las luces apagadas.  Sólo uno de ellos, junto a la puerta principal, tenía otra pintada de azul con una placa muy discreta sobre la que un pequeño fluorescente iluminaba el rezado. Me acerqué lo suficiente para poder leer aquella curiosa palabra: “Caché”.

Empujé ligeramente  y la puerta se deslizó con suavidad hacia el interior.

Delante de mí, el rellano de una escalera de caracol sinuosa y estrecha  bajaba hacia la luz relampagueante de un sótano en donde sonaba una música sugerente en la que predominaba el sonido de un saxo.

Antes de entrar dudé, sopesé la posibilidad de que el tipo se hubiera metido allí. Pero si se trataba de alguien que parecía ser yo mismo tenía cierta lógica, si pudiera escuchar  música asiduamente, sería el jazz mi compañero en las horas de soledad. Confieso que su sonido me conmueve.

Traspasé la puerta. A medida que descendía los escalones me fue envolviendo la mezcla de olores de un aire viciado y denso lleno de perfumes, aromas de licores  y tabaco. Las luces indirectas de los focos creaban espacios oscuros salpicados de otros expuestos a la claridad amarillenta. Fui bajando los incómodos peldaños: las caras masculinas y varias parejas de hombres bailando abrazados me situaron en el lugar donde estaba.

No quiero molestar a nadie al transcribir mis pensamientos, porque hoy en día corren otros tiempos, pero los de mi generación hemos sido poco… “comprensivos” con ciertas cuestiones y pensé: “!Coño!, !pero si esto es un bar de maricones!”.

Iba a dar media vuelta algo azorado cuando una cara sonriente bajo un pelo rubio platino con una bandeja en la mano se acercó a mí: “Baja, preciosa, que hoy esto está que arde”. Instintivamente me palpé la cara sorprendido y le enseñé los dientes en una sonrisa de hielo.

“¿Qué vas a tomar? Anda, decídete pronto que me coges de paso”.

Oí mi propia voz, era opaca, absolutamente viril. “Solo Estoy buscando a un amigo, pero él no puede estar aquí”. “¿Es uno de esos que a ti te gustan?” Me miraba como si fuéramos cómplices. “Vendrá, vendrá, no sufras, eres irresistible y lo sabes”.

Tragué saliva. El tipo mariposeó su mano libre delante de mi cara y luego, literalmente de un culetazo, me empujó bajo la escalera.

Desconcertado, me senté en un taburete de piel frente a la barra sintiéndome observado por un hombre, rechoncho y viejo con las cejas muy perfiladas, que no  me quitaba la vista de encima. Jugueteé unos instantes con un bol de palomitas e, incómodo, volví la cabeza bruscamente para que el viejo se diera cuenta de que no me iba el rollo.

En ese momento la sangre se me heló en las venas: en el pequeño zaguán que formaba a mi espalda la escalera de caracol, un perchero reventaba de prendas de abrigo. Mi cazadora destacaba nueva y reluciente sobre todas  ellas. En aquel momento una frase aterradora surgió de las profundidades de mi mente y me estremecí: “Por mis cojones que mi hijo nunca será un maricón”. Era la voz del capullo de mi padre.

Una náusea  subió desde mi estómago. Dejé un billete sobre la barra, subí los peldaños de la estrecha escalera de tres en tres y salí de allí como alma que lleva el diablo.

Volviendo sobre mis pasos por las calles solitarias, mis pies eran dos pesadas piedras que golpeaban el asfalto arrastrando los ecos de aquella frase lapidaria, escupida contra mí y perdida para siempre tras un silencio oscuro que lo había enterrado todo.

Nadie puede imaginarse lo que había en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, en mi estómago, en la punta de los dedos de mis pies. No, nadie puede saberlo ni yo podría explicarlo porque en mi interior se hizo el más absoluto negro y profundo vacío. El lobo audaz que había  rastreado a su presa, estaba herido de muerte.

Llegué a mi piso, me sentía escuálido, indefenso. Traspasé la puerta como si dentro me esperaran millones de fantasmas. Efectivamente, todos los muertos y los vivos que poblaban mi vida estaban allí, sentados con las piernas cruzadas y una maliciosa sonrisa esperando mi regreso.

A oscuras, palpando las paredes me dirigí al cuarto de baño y vomité sobre el lavabo mientras imaginaba mi cara desencajada en el espejo.

Aún sin luz, entré en mi dormitorio. Estaba aterido de frío. Sin quitarme la ropa, me metí en la cama esperando oír la llave de la puerta dando vueltas en la cerradura.

Durante cada segundo de aquella larguísima noche sentía mis músculos, uno a uno, impregnados de una corriente de electricidad dispuesta a fundir los plomos de mi mente: yo podría desaparecer en cualquier momento poseído por el otro. Ahora él era el dueño absoluto de mi vida.

Amaneció. Sin importarme nada dejé que el sol iluminara la habitación; sólo cuando en todos los rincones se disolvieron las sombras me levanté. Recuerdo que sentía miedo, un absurdo miedo. Sigilosamente me dirigí al ropero y lo abrí de par en par: la camisa negra  estaba como siempre colgada impecable entre mi ropa.

Exhalé el aire contenido en mis pulmones con violencia. Sin duda aquella historia era una vívida pesadilla. La tensión acumulada durante tantas horas se volatilizó y sentí que volvía a ser dueño de mí mismo.

Más tranquilo, telefoneé a mi empresa para dar una disculpa y fui a la cocina dispuesto a prepararme un café; la cazadora de cuero yacía descuidadamente sobre uno de los taburetes. Me abalancé sobre ella como un poseso y  la acaricié, palpé su forro, la piel suave olía a mí. Me la puse sobre la ropa arrugada para sentirla mía, subí y bajé la cremallera varias veces, por último metí las manos en los bolsillos buscando más pruebas de que era mía. Fue entonces cuando mis dedos tropezaron con algo en su interior. Lo extraje y una carcajada se ahogó en mi garganta: sobre la palma de mi mano, una elegante cajita de cerillas llevaba escrito en negro sobre dorado aquella curiosa palabra: “Caché”.