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En el camino portugués

De joven me dediqué a confeccionar guías para turistas. El tiempo y la nostalgia me han llevado a buscar en librerías de lo viejo, por si aún perdurara algún resto de mis experiencias por pueblos y ciudades de la geografía nacional. Nunca encontré gran cosa, pero, un día, por puro milagro, cayó en mis manos uno de esos ejemplares que hoy conservo como una reliquia, porque entre los muchos viajes que realicé, el que se recogía en aquellas páginas no era uno de tantos.

Pixabay

Recuerdo que, en ese viaje, tuvo que ver el que mi jefe hubiera nacido en un pequeño pueblo –a tiro de piedra de las rutas  del camino portugués que llevan a Santiago de Compostela– y pensó que, puesto que comenzaba de nuevo la fiebre en torno al apóstol del caballo blanco, convendría, en beneficio del pueblo, trazar un pequeño desvío. 

— Por allí, desde tiempo inmemorial, vive un fraile – me dijo–. Se encarga de que la fe en lo divino no decaiga haciendo que se practique la virtud de la caridad y te aseguro que quien se encuentra con el fraile no lo olvida nunca. 

No voy a extenderme en los prolegómenos de aquel viaje accidentado, porque no viene al caso, pero lo cierto es que, a primeras horas de la mañana de un domingo de principios de la primavera, me situé frente al valle sobre el que se dibujaba el pueblo. Desde allí localicé la torre de una pequeña iglesia situada en el centro de lo que parecía una pequeña población. Busqué algún otro edificio que pudiera albergar una abadía o un convento  que justificara la existencia del inclino fraile, pero, a primera vista, las otras construcciones solo eran casas viejas. 

Al llegar a la plaza vi que el viejo edificio que albergaba la iglesia era, como todos los de su época, de piedra y muy sobrio. Dispuesto a encontrar las diferencias que solo el buen observador que yo me consideraba es capaz de apreciar, me dirigí hacia él. 

En el camino tuve que quitarme de encima a dos mendigos. Me costó, la verdad, pero es que siempre estuvo muy arraigado en mí eso de que no hay que dar peces sino que hay que enseñar a pescar y, al fin, pude entrar en el templo como acostumbro a entrar  en esta clase de recintos, con sigilo. 

Ya dentro, me vi atrapado por la mirada reprobadora de algunas antipáticas viejas -las clásicas beatas- y, al no atreverme a retroceder, busqué un sitio discreto en los últimos bancos e imité a la feligresía: me senté. 

Mentalmente iba anotando las características del templo: la planta era de cruz griega. En el centro del ábside, estaba el altar. Moviéndose con parsimonia, se veía al oficiante vestido con la casulla de color morado  -caí en la cuenta de que estábamos en los últimos días de marzo y por lo tanto en la Cuaresma. Algo que siempre me ha hecho recordar los potajes de garbanzos con bacalao de una infancia en la que todavía, por raro que parezca, se podía comprar una bula para comer con normalidad durante los 40 días previos a la Semana Santa-.

Sobre el altar, una cruz de madera sin relieve alguno colgaba del techo. Contrastaba fuertemente con el fondo de la centenaria piedra sin retablo –algo, por cierto, muy propio de las iglesias medievales que eran como cuarteles militares–. Ya se sabe que por aquel entonces hasta lo más alto del clero empuñaba la espada contra los infieles. Eran los tiempos de la lucha a muerte contra el pecado, el demonio y la carne, a lo que había que poner coto, sobre todo coto territorial. Y no sé por qué, pero al pensar en esa época, siempre me viene a la cabeza que el Papa Julio II, el inspirador de las maravillas de la capilla Sixtina, sentenciaba con la excomunión o daba la absolución espada en mano, o así lo creía yo.

No es que con las ocurrencias que transcribo quiera parecer  irreverente, no, ni siquiera soy ateo. Confieso haber recibido todos los sacramentos como católico a falta, por supuesto, de la extrema unción. Pero es que me ha costado años distinguir entre la doctrina de Jesucristo y la institución eclesiástica, que tantas veces se encuentran tan distantes o tal vez sea, simplemente,  por el ecumenismo reinante en estos tiempos, lo cierto es que le he perdido el respeto a las formas, los dogmas, los ritos y, a veces, a las personas que lo representan sea cual sea la religión. 

Pero volviendo a lo de mi viaje, vi que el sacerdote  era un hombre joven –demasiado, pensé– y que, para mi tranquilidad, la misa tocaba a su fin. Sabía que en cuestión de minutos el templo se quedaría vacío y seguí curioseando con la mirada cuanto me rodeaba: en el ala derecha, en lo que llaman el presbiterio, estaba la pila bautismal. Las estaciones del vía crucis salpicaban las columnas  marcando el tortuoso camino del calvario. Muy cerca de donde estaba había un antiquísimo púlpito de madera tallada. Todo guardaba una armonía perfecta en su hechura con el estilo arquitectónico del recinto. Sin embargo, no había imágenes, ni una virgen. Tampoco la inmaculada concepción, que en la entrada rezaba como patrona de la pedanía.

Estaba abstraído intentando justificar aquellas ausencias, porque los santos dan para mucho, cuando una suave corriente de aire me hizo volver la cabeza: a mi espalda, una puerta entreabierta sobre el consabido rosetón de agradable policromía, dejaba ver las columnas de un claustro monacal. Me acordé del fraile mendicante de quien hablara mi jefe y entonces se confirmó lo que pensaba: la iglesia no lo era todo. La idea de caminar entre las columnas de piedra de aquel claustro o descubrir la existencia de algún pasadizo tras una antigua biblioteca  llena de viejos volúmenes, empezó a impacientarme. Afortunadamente, enseguida, oí dar la bendición final. 

Cuando el oficiante se retiró después de la última genuflexión,  todos los presentes fueron desfilando hacia la puerta –las beatas las últimas, por supuesto–. Las distingo muy bien, tienen cara de llevar estampitas bendecidas en los bolsillos para dárselas a sus nietos en lugar de caramelos.  Vi como una de ellas cerraba la puerta del claustro y al fin me encontré sólo. 

El silencio se llenó del olor del incienso y la cera quemada. Permanecí sentado unos minutos observando los arcos de medio punto y las bóvedas de crucería que, en muy pequeños detalles, presagiaban el glorioso románico de Santiago y concentrado en la búsqueda del encuadre fotográfico, no pude evitar sobresaltarme al ver cómo se abría una puerta oscura tras unos antiguos reclinatorios. Sin duda era la sacristía y el joven cura salió de allí vestido con la sotana y el alzacuellos. 

La verdad es que me decepcionó que no fuera el abate  de la congregación y que no vistiera hábitos de alguna mística orden de dominicos o benedictinos. Pero no, por la fuerza con la que caminaba pensé que se había formado con los jesuitas: mis maestros de religión y los incansables guerreros de Dios. Llevaba un misal en la mano y, al verme,  hizo ademán de acercarse a mí -ya he dicho que son guerreros-. Mi mirada debió ser cortante como su propia e invisible espada, porque el hombre se paró  en seco y señaló a mi espalda un oscuro confesionario. Con el dedo índice le indique que no. Me pareció que me miraba con cierta burla, pero, al fin, se entretuvo un momento en la puerta del templo y después  salió.

Nuevamente solo, caminé hacia el altar por el pasillo central. No encontraba nada destacable más allá de la consabida austeridad del románico e iba a volver sobre mis pasos cuando un raro sonido me hizo volver la cabeza: la puerta del claustro se deslizaba sobre los viejos goznes, emitiendo el quejido de los siglos sin que aparentemente nadie la empujara. Esperé durante un instante, pensando que mi propio cuerpo debía recibir también la fuerza de aquel viento que arrastraba la pesada puerta, pero no. Todo estaba extrañamente inmóvil  y, la verdad, me sobrecogí. 

Sé que puede parecer muy raro lo que les voy a decir, después de haberme mostrado como lo que creo ser, un hombre moderno y pragmático, pero tuve la sensación de que alguien caminaba a mi encuentro e instintivamente, cerré los ojos. 

Al abrirlos, la figura de un franciscano  con el hábito raído y la capucha puesta, estaba parado frente a mí. Era un anciano barbudo, con el rostro adusto, seco como el de un viejo sacristán.  Llevaba las dos manos metidas dentro de las anchas mangas. Apenas a un metro de mí, sacó una de ellas, delgada y huesuda, y me la extendió ahuecada, como lo haría un mendigo. Rebelde, negué rotundamente con la cabeza -ya he dicho antes eso de los peces y la caña-. Y es que hay principios que no deben quebrantarse ni siquiera ante la visión de lo sobrenatural.

Entonces, impávido y boquiabierto, sentí como el fraile me metía la mano en el bolsillo y sacaba la billetera; le vi contar los billetes como si fuera un ávido banquero y  cómo extraía uno de cien pesetas. Luego, con la misma soltura volvió a meterla en mi bolsillo y tras guardarse el billete entre las mangas, me dio la espalda y desapareció. 

Ante lo que mi mente desechaba por irracional, metí la mano en mi bolsillo para agarrar la billetera tan fuertemente como pude y me alejé de la iglesia y del pueblo hasta alcanzar las alturas de las colinas que lo circundaban. Desde allí, a salvo de espíritus y ánimas  vivientes, pero todavía nervioso, hice algunas fotografías  para dejar constancia de mi paso; las mismas que luego se publicarían en la guía con el nombre del pueblo sobre una simple reseña que rezaba así: si te piden limosna, no te niegues.

Recuerdo que mi jefe se mostró reticente a tan escueto y frío comentario sobre su pueblo natal. Pero al fin, como gallego que era y por tanto sabedor de que, en los tiempos que corren, hay mucho escepticismo en torno a la existencia de las meigas y demás espíritus inconformistas, estuvo de acuerdo conmigo en que, después de todo, ante lo inexplicable, lo  mejor era que lo dejásemos así.

1 comentario en “En el camino portugués”

  1. Elisenda

    Yo hice el Camino De Santiago, con frailes pedigüeños o sin ellos, siempre tiene magia.
    Es una experiencia digna de repetirse, creo que lo volveré a hacer…

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