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¿Inocente o culpable?

La noche del crimen, entré en el dormitorio – no puedo precisar la hora, pero no eran menos de las dos de la madrugada–. La habitación estaba en penumbra y mi hijo yacía tendido junto a mi mujer. Sus caras estaban una frente a la otra. Me sorprendió la presencia de él en la casa, pero enseguida pensé que no era la primera vez que se escapaba del centro en donde estaba ingresado -es un muchacho muy listo-. 

Por un instante, creí que hablaban y que, al notar que yo estaba ahí, habían enmudecido en espera de mi reacción -ambos tenían muchas cosas en común-. Cuando mi hijo quería algo de su madre era muy cariñoso, sabía como conquistarla y ella siempre se dejaba embaucar y lo sabía. Como sabía que en cuanto había conseguido lo que quería su actitud cambiaba y volvía a ser el mismo de siempre: su dedo acusador nos perseguía a los dos con aquella mirada en la que todo lo que sucedió aquella aciaga noche estuvo dibujado para siempre en el fondo de sus ojos.

Como otras muchas noches yo llegaba bebido y sentía un profundo hastío por todo cuanto ocurría a mi alrededor, pero me envalentoné y le dije que dejara en paz a su madre. 

A pesar de la escasa luz de una lampara, tapada con una chaqueta de punto, noté como sonreía. Me pareció extraño que ella no se moviera y miré fijamente su cuerpo. Me di cuenta de que estaba inmóvil; encendí la luz de la habitación. Entonces me lleve las manos a la cara. El rostro desfigurado de mi mujer me hizo pensar lo peor. Me acerque a ella. Puse la mano frente a su boca, no respiraba. Mi hijo seguía tendido a su lado, indiferente, parecía que mis movimientos le traían sin cuidado. Le pregunté: ¿Qué has hecho, desgraciado? Se levantó sin contestar. Se miró en el espejo del armario y se volvió hacia  mí: la he ahogado, y ¿qué? Hace mucho que ella no quería vivir. Pero te advierto una cosa: si me delatas me mato. Tú eres el culpable de todo y lo sabes, asume tus culpas. 

Salió de la habitación, le oí bajar las escaleras. Lo hizo despacio como quien intenta recordar si ha dejado algo olvidado detrás de sí y después salió  a la calle. Segundos más tarde la rabia me inundó y bajé tras él como un poseso, sentía deseos de matarle con mis propias manos –si le hubiera dado alcance en aquel momento lo hubiera hecho–. Sí, creo que le hubiera matado, pero mis pasos se fueron haciendo más lentos a medida que caminaba y la cara desfigurada de mi mujer volvía a mi mente entre los efluvios de mi propio aliento impregnado de alcohol. Tal vez aún estaba viva.

Vi como mi hijo daba la vuelta a la esquina y dejé que se perdiera en la noche.

Volví a mi  casa con paso rápido, subí al dormitorio. Toqué la frente de mi mujer: estaba helada y entonces me senté junto a la cama. Sumido en un raro sopor dejé pasar las horas. Fui consciente de que amanecía, del transcurso de las horas, del sol en su cenit y en el ocaso, oí llamadas de teléfono, las pisadas del cartero, el aleteo de los pájaros en el jardín.  

Los recuerdos me asaltaban, eran como fantasmas envueltos en sábanas blancas que se iban desnudando delante de mí y mostrando las miserias de lo que traía consigo aquella muerte: la soledad, la desesperación, el miedo… y el pasado que regresaba una y otra vez, tan vivo como si se repitiera lentamente delante de aquel espejo, en el que mi hijo había dejado gravada su última imagen antes de salir del cuarto.

Una vez más repasé segundo a segundo aquel día en que volví a casa con un amigo de la adolescencia. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y,  a pesar de que los años habían dejado en él profundas huellas, supe quién era en cuanto le vi. Llevaba el pelo un poco largo, entrecano y sucio, las arrugas le surcaban el rostro profundamente. Tuve que insistir para que me reconociera, le repetí mi nombre varias veces y entonces cayó en la cuenta. Me decepcionó su falta de memoria porque él siempre tuvo un extraño magnetismo sobre mí. Creo que desde que apareció en mi vida quise conquistarlo como amigo. Era lo que yo hubiera deseado ser: un líder. Todos le respetábamos, le bastaba con mirarnos para hacernos sentir como gusanos.

Intercambiamos preguntas vagas y nos reímos de nosotros mismos por haber dejado de ser los jóvenes que fuimos. Entonces vinieron los recuerdos, los nombres de otros amigos y compañeros. Vi que sus ojos se iluminaban hablando de los viejos tiempos. Entramos en una cervecería. Hice algunas preguntas sobre su presente, pero rehuía las respuestas y no quise insistir.  La vida, sin duda, le había maltratado y en sus ojos se adivinaba el desencanto y la rabia. Me pareció un hombre solitario. Yo me sentía orgulloso de mí mismo, de mis logros. Me hubiese gustado compartir con él aquella sensación de la que, ahora, al verle a él, me hacía consciente: tenía  un buen trabajo, una casa en un barrio digno de la ciudad, una mujer y un hijo que crecía feliz a nuestro lado.

El tiempo pasó muy rápidamente. Estuvimos horas bebiendo cerveza, hasta que el dueño del bar vino a la mesa para decir que tenía que cerrar. Nos levantamos tambaleantes y le pregunté hacia dónde iba. Entre dientes, me contestó que no tenía casa, que vivía en el metro. Sin titubear le dije que podía venir a la mía, aceptó y nos acercamos a una parada de taxis.

Sentados uno junto al otro, no cruzamos palabra en todo el trayecto. Él contemplaba las calles vacías con indiferencia y yo, mareado por el alcohol, le observaba de reojo en silencio. Me sentía orgulloso de que viniera conmigo. 

Al llegar a mi casa, mi mujer nos recibió con gesto de preocupación. Me dijo sin disimulo que no era hora de traer invitados a casa y menos en ese estado. Después de oír mis explicaciones, sin mucho entusiasmo murmuró que arreglaría el cuarto de invitados, nos ofreció algo de comer antes de irnos a acostar y  entramos en el comedor.

Mientras ella estaba en la cocina, me dijo: tu mujer está muy buena. No es justo que a un personaje como tú le pasen cosas así. Vete pensando que un reencuentro como el que hoy se ha producido debe tener su buen broche final. 

Le reí la gracia mientras le servía una copa. Me gustaba pensar que, precisamente a él, le gustaba mi mujer. Brindamos.

Cuando Sofia volvió de la cocina con unos platos de comida en las manos, mi amigo le dijo que aquello parecía muy bueno,  pero que lo que él quería probar era otra cosa.

No sé como pudo pasar, pero yo seguía riéndole las gracias cuando la cogió con  una fuerza sorprendente, la tiró sobre el sofá y le rasgó  la ropa. Ella intentó oponer residencia mientras yo le animaba. Sofia, impotente, gritaba. En la puerta del salón apareció mi hijo quitándose el sueño de los ojos y se abalanzó sobre mi amigo, le golpeaba la espalda con los puños. Estúpidamente yo reía la escena. 

Al cabo de unos momentos, aparté a mi hijo y lo saqué de la habitación, le llevé a su dormitorio y le dije que siguiera durmiendo, que aquello eran cosas de mayores que no tenía por qué entender. El niño gritaba. Le golpeé la cara con fuerza y cerré la puerta de su cuarto. Volví al salón. La violencia de lo que vi me hizo cerrar los ojos, entonces, aquello me superó y recuerdo que me caí, debí quedar inconsciente por la borrachera.

A la mañana siguiente cuando la luz empezó a entrar por los ventanales me desperté. Aquel hombre se había ido y a mi cabeza volvían imágenes confusas. Mi mujer estaba tirada en un rincón y mi hijo entre sus brazos. Sollozaban los dos. Entonces, lentamente, recordé y a medida que, como relámpagos, las escenas vividas acudían a mi mente me iba inundando una vergüenza indescriptible. 

Los meses que sucedieron recuerdo en mi casa un silencio absoluto en el que parecía que iba a volverme loco. Mi mujer jamás habló de lo ocurrido. No se marchó de casa, nunca podré saber por qué razón no lo hizo. Yo no deseaba que se marchara, la quería, la he querido siempre. Tal vez pensó que la vida sería más fácil para nuestro hijo. No lo sé. Ninguno de los dos volvimos a mirarnos jamás a los ojos. Yo era como un perro en busca de su perdón y creo que nunca lo obtuve, pero el tiempo fue suavizando nuestra convivencia.

El niño, sin embrago, fue un juez implacable, no pudo perdonarnos a ninguno de los dos, a mí por permitir y aplaudir lo ocurrido y a ella por permanecer en un hogar así. Cuando cumplió los diez y seis años ya tenía la vida destrozada, estaba metido en el mundo de la droga, consumía todo lo que caía en sus manos, a los veinte años era un despojo humano. Cuando ocurrió todo estaba ingresado en un centro de desintoxicación a cuarenta kilómetros de Madrid.

Desconozco como se hizo la investigación, si él fue sospechoso o si tuvo coartada. Debió de ser así. Solo sé que, en el juicio, delante de mí, con una sonrisa helada, dijo que nada sabía sobre aquella noche, pero que de mí no cabía  esperar nada mejor…

¿Ha oído la puerta, padre? No pierda más su tiempo y deme su absolución. Al fin vienen a por mí. 

 

3 comentarios en “¿Inocente o culpable?”

  1. Cuantas veces no somos capaces de ver la realidad. Cuantas veces no somos capaces de mirar a los ojos a las personas más cercanas y que incluso queremos.
    Muchas veces preferimos no hacer frente a esa realidad y dejar pasar el tiempo, incluso pensar que no ha existido. Se hace muy duro reconocer cómo estás viviendo y no eres capaz de salir.

    1. Berta Brac

      Reconozco que es un relato muy fuerte, pero lo has leído a la perfección, Cristina. A la verdad hay que darle la cara siempre, si no lo haces, acaba por devorarte.
      Un saludo, compañera de escritos.

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