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La promesa -cuento indio-

Los últimos componentes de mi grupo caminaban hacia el autobús. Yo estaba parado en la puerta, esperaba pacientemente para subir tras ellos. Distraído, volví la cabeza para mirar hacia el otro lado de la carretera. Sentado sobre un pequeño muro frente al lago, la silueta de un hombre me llamó poderosamente la atención. Algo me resultaba familiar y fijé la mirada en él intentando reconocerle, en aquel momento se movió y su perfil quedó  enteramente ante mi vista. Al ver de quién se trataba sentí una gran alegría. Crucé la carretera lo más rápidamente que pude sin poder evitar una exclamación que, sin duda, debió sobresaltarle.

—¡Eh! ¡Abhijat!

Volvió la vista con curiosidad hacia donde yo estaba y, al verme, su cara se iluminó con una amplia sonrisa.

–¡Qué sorpresa encontrarte por aquí!

Abhijat se había levantado y abría los brazos para recibirme.

–¡Amigo mío! ¡Cómo me alegro de verte! ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que nos vimos?

–¡Años!– le contesté.

–Es cierto. Parece mentira, han sido años. Pero, dime, ¿cómo están todos en tu casa?, ¿tu mujer, los chicos?

–Bien, todos estamos muy bien. Los chicos ya han crecido, no los reconocerías. Todavía hay veces que hablamos de ti. Ellos tienen muy buenos recuerdos de aquellos tiempos y aún te nombran como el viejo tío Abhi.

–Me haces sentir ingrato, amigo mío, pero…

–No, hombre, no. Te hablo del cariño que todavía sienten por ti, nada de ingratitud. La vida se nos complica a todos y el tiempo se escapa de las manos sin que nos demos cuenta.

–Sí, la verdad. Pero yo siempre os he echado de menos.

–Nosotros también y tú lo sabes. Pero, ¿qué haces por estas tierras? Pensaba que te dedicabas a algo más tranquilo que la vida del eterno viajero que yo sigo siendo.

–Bueno, he estado mucho tiempo sin moverme de Delhi. Realmente llegué a cansarme de tanto ir y venir. Sin embargo, ya ves, de repente sentí nostalgia y he pedido volver a los viajes. Jaipur me ha llamado de nuevo.

–¿Jaipur te ha llamado?

–Sí, amigo. Te parecerá una tontería, pero hacía unos meses que no pensaba en otra cosa. Quería volver aquí, precisamente a Jaipur, la magia de esta ciudad siempre tuvo algo especial para mí. Y curiosamente, las circunstancias se han confabulado de tal manera que, bueno, ya ves,  ha sido una larga historia de jubilaciones, enfermedades y cambios de empleo, casualidades, en definitiva, que de repente me han situado al frente de un grupo de turistas británicos como en los viejos tiempos. Y estoy disfrutando de este viaje como nunca, la verdad. Creo que hasta hoy no me había dado cuenta de cuánto echaba de menos esta vida, tiene sus inconvenientes, claro que los tiene, pero…

Abhijat se reía de manera muy sincera y me alegré. Parecía realmente contento de haberse reincorporado y de nuestro inesperado encuentro. Me miró como si quisiera regresar a aquellos años de antigua camaradería.

–Todo está igual que siempre, ¿no te parece?– Abhijat sonreía.

–Bueno, yo creo que todo va envejeciendo poco a poco.

–No, la ciudad no ha perdido su encanto o, tal vez, es solo mi necesidad de vivir viejas sensaciones antes de que sea demasiado tarde. 

–¡Qué dices, hombre! A ti y a mí aún nos quedan muchas cosas por hacer y por eso yo he empezado a hacerlas ya, sin esperar más tiempo, no quiero perderme nada que pudiera estar destinado para mí.

Los dos nos reímos observándonos el uno al otro. Él debió sorprenderse de mis canas como yo de las suyas y rápidamente nuestra conversación derivó por otros derroteros.

–¿Vas a estar muchos días?

–No. Ya sabes, estos recorridos son muy rápidos. Llegamos ayer y mañana nos marchamos. Acabo de dejar a mi grupo en el hotel. Han preferido disfrutar un poco de las piscinas y los jardines. Yo he venido a echar un vistazo desde mi rincón favorito con un poco de tranquilidad. Últimamente he pasado tiempos difíciles, necesitaba una pequeña recompensa como esta. Conservo muy buenos recuerdos de algunos rincones de esta ciudad. Me guiñó un ojo con picardía y sonrió dando a entender que ambos sabíamos de qué hablaba.

–Ya veo que no has cambiado en nada. No sabes cómo  me alegro de ello. En fin, tengo que dejarte, yo he de continuar, todavía tengo para un par de horas. Ya ves que voy de trabajo.

–¿Británicos?

–No, españoles.

–¡Ah, qué interesante!

–Sí, son diferentes, te gustaría su compañía. En fin, me esperan. Vamos a visitar el Palacio de la Ciudad y ya se nos está haciendo un poco tarde. La gente siempre se distrae con las compras más de lo debido.

–Bien, amigo, tenemos que vernos al menos un ratito, ¿tienes tiempo?– me preguntó.

–Claro que sí. No me he atrevido a decírtelo por si ya tenías tus planes, pero, por favor, llámame o ven a buscarme, esta noche a las siete quedo libre. Estoy en casa de Minhar, ¿te acuerdas?

–¡El viejo Minhar! ¡Claro que me acuerdo! Iré a buscarte. Espérame sobre las ocho, charlaremos de los viejos tiempos.

Nos despedimos y Abhijat volvió a sentarse sobre el pequeño muro. Lo vi volver la cabeza y permanecer quieto contemplando la hermosa estampa que formaba el Palacio del Lago reflejándose sobre las aguas de aquella hora de la tarde.

Durante un rato, mientras el autobús nos adentraba en la ciudad, me quedé pensando en él. Realmente su aspecto, ahora, era el de un hombre mucho más sereno. No pude evitar recordar alguna de las vivencias que habíamos compartido. Fuimos compañeros durante años en la misma agencia. Solíamos hacernos confidencias, éramos jóvenes y nos chocaban muchas cosas de la gente de otras latitudes con las que nos veíamos obligados a convivir, a veces muy estrechamente, en nuestros viajes por toda la India. Abhijat siempre tuvo un carácter muy vivo y espontáneo, se  disgustaba con los comentarios despectivos que escuchábamos sobre nuestra forma de vida, nuestras costumbres o sobre nuestra cultura. Era muy apasionado y no sabía callar, a veces se escapaban de su boca comentarios o palabras muy  poco apropiadas en nuestro trabajo y eran muchas las quejas que formulaban los clientes, sobre todo los europeos, sobre su manera de tratarlos. Fue amonestado en varias ocasiones y a pesar del tiempo y la experiencia no parecía acostumbrarse a las impertinencias sin darles importancia. Después sufrió un gran revés en su vida, perdió a su familia en un terrible accidente de tren: su mujer y sus dos hijos, de cuatro y cinco años de edad, murieron cuando viajaban hacia el sur para pasar unos días con unos parientes. Él después de superar la consternación que le produjo  el suceso, cayó en una época de profunda religiosidad y cambió mucho.

Durante un tiempo llegamos a intimar bastante. Se había quedado muy solo y me buscaba, venía a mi casa, charlábamos, le gustaba pasar los días festivos en nuestra compañía. Íbamos al templo y paseábamos por los parques mientras los niños jugaban a nuestro alrededor. Debía sentir un cierto sosiego al encontrarse formando parte de una familia. 

Yo le observaba, temía por él, tenía la sensación de que no era capaz de superar la situación.  Nunca hablaba de lo que había ocurrido, al contrario, solía mencionar a su mujer y a sus hijos como si aún estuvieran vivos, como si en cualquier momento fueran a regresar de aquel viaje que emprendieron y que nunca tuvo retorno.

El calor de la tarde y el traqueteo del autobús me habían adormecido, mis párpados se caían sin poderlos controlar y de repente, sumido en un ligero sopor, recordé algo que me impresionó profundamente en el momento en que ocurrió y que, sin embargo, había permanecido olvidado por completo en algún rincón de mi memoria: un día de aquella época en que Abhijat y yo compartíamos tanto tiempo, salíamos del templo con mi mujer y mis hijos que se adelantaron para comprar unos dulces en un puesto callejero. Abhijat y yo caminábamos en silencio, cada uno de nosotros sumido en sus propios pensamientos. En un momento dado, me di cuenta de que él se había detenido y me volví para esperarle. Me hizo un gesto con la mano para que me acercara, lo hice y con una manera de hablar muy suave y pausada, nada habitual en él, que solía  atropellarse hablando, me dijo: 

–¿Sabes qué busco en la oración? 

Le miré esperando que fuese él mismo quien respondiese a su pregunta. 

–Busco acallar una premonición que me quita el sueño. Sé que soy muy egoísta. Después de lo terrible que fue aquel accidente que se ha llevado por delante a mi familia, la única razón de mi vida, solo me atormenta algo que se refiere a mí mismo: la inmensa soledad en la que me encuentro sumido sin remedio. Me despierto por las noches envuelto en sudor y aterrado porque me estoy muriendo y no hay nadie conmigo. Oigo voces a mi alrededor que hablan sobre mí y dicen que me voy morir. Y yo sigo allí, consciente de todo lo que ocurre, con el cuerpo destrozado y dolorido, completamente solo en un lugar frío, inhóspito y desconocido. Nadie parece dispuesto a ayudarme para poder vencer el miedo terrible que me produce ser consciente de lo que me está ocurriendo.

Le miré sorprendido, estaba sudando, se frotaba las manos angustiosamente, como si realmente estuviera viviendo de nuevo aquella escena de sus sueños mientras me lo contaba. Traté de quitarle importancia con mis palabras.

Le dije que tal vez aquello era una manera de superar su dolorosa experiencia, que lo único que necesitaba era que el tiempo fuera pasando poco a poco para traerle paz a su vida. Me di cuenta de que no me escuchaba, estaba sumido en su propio dolor, cuando yo, que creí por fin tener la oportunidad de consolarle y de ayudarle con mis palabras de aliento, le iba repitiendo cosas como que aún era muy joven, que tenía tiempo de rehacer su vida de nuevo, que surgiría sin duda una nueva oportunidad. Me oía a mí mismo hilando frases convencionales y me sentí ridículo. Sabía que todo lo que pudiera decir era inútil para consolar a  alguien que había vivido una tragedia como la suya y me callé avergonzado por no encontrar las palabras idóneas para llenar el inmenso vacío en el que Abhijat debía encontrarse. En aquel momento intenté imaginar que mi familia, que mis hijos desaparecían para siempre y rápidamente mi mente rechazó aquella idea como algo insoportable. Me inundó una profunda compasión por aquel hombre, herido de aquella manera tan cruel por la vida, y deseé de todo corazón poder hacer algo para ayudarle.

Abhijat, como si hubiese leído mi pensamiento, me miró y extendió su mano para que yo la cogiera. 

–Sé que tú me aprecias y yo te considero un gran amigo. Prométeme que nunca dejarás que me ocurra eso, que nunca dejarás que me encuentre solo a las puertas de la muerte. 

La fuerza de sus palabras me sorprendió y permanecí callado sin saber cómo podía responderle.

–Prométemelo, por favor, tengo la certeza de que ese momento va a convertirse un día en realidad y tu promesa hará que yo pueda descansar sabiendo que hay alguien a quien yo pueda enviar a buscar.

No entendía muy bien qué quería decir y le pregunté:

–¿Enviar a alguien a buscarme? No te entiendo Abhijat.– Su mirada parecía turbia y me contestó volviendo la cabeza en otra dirección:

–Hay veces que uno sabe lo que va a ocurrir, pero no me hagas preguntas, solo prométeme que puedo contar contigo.

Un sudor frío me recorría la frente y pasé mi mano sobre ella. Él se había vuelto de nuevo hacia mí y su mirada era persistente, parecía esperar mis palabras como si de ella dependiera su propia vida. Al fin, tragué saliva y de todo corazón, con la voz más segura que pude sacar de mi garganta le dije:

–Te lo prometo–. En su cara apareció una sonrisa de agradecimiento. Me puso la mano sobre la espalda y aliviado, me susurró al oído:

–Gracias, amigo mío, no sabes lo que esto significa para mí.

Rápidamente, como si quisiera olvidar o como si quisiera evitar que yo me arrepintiera de mi promesa, reemprendió de nuevo su paso. Su gesto se había distendido y desvió la conversación hacia otros temas que no tenían nada que ver con aquella extraña escena. 

Ahora al recordarlo, me sorprendió pensar que nunca después de aquel día, había vuelto a pensar en ello, a pesar de las fuertes sensaciones que acababa de revivir solo al evocarlo y que, sin duda, debió provocarme su extraña actitud y sus palabras de entonces.

A mi espalda oía los murmullos de mis clientes comentando las escenas pintorescas mientras cruzábamos la ciudad. Continué sentado unos momentos más sin poder evitar seguir atrapado por el hilo de mis recuerdos.

Un día Abhijat decidió dejar de viajar, había encontrado una mujer y quería quedarse más tiempo  junto a ella. Le entendí y me alegré  mucho de que tuviera una nueva oportunidad.

A partir de ese momento, nos distanciamos, se le veía satisfecho, pero se volvió más reservado y a veces tuve la sensación de que me rehuía. No quise inmiscuirme en su vida y acepté que así fuera, después de todo lo importante era que él encontrase por fin una nueva razón de vivir.

Permaneció en la agencia durante un tiempo haciendo labores burocráticas, organizaba viajes y rutas, nos coordinaba a los distintos guías, después debió de tener una buena oferta de trabajo, se cambió a otra compañía y dejamos de vernos.

Ya estábamos delante de la fachada del Palacio de los Vientos, las exclamaciones de todos al ver aparecer esa preciosa fantasía de color rosa, cuajada de celosías y semicúpulas, destinada a distraer a las mujeres de la corte, contemplando la vida de la calle y del mercado que se abría y sigue abriéndose cada día bajo sus pies, me hizo sonreír y volví de nuevo al presente olvidándome de Abhijat. A mí también me cautivaba siempre la fantasía y el misterio de la ciudad de Jaipur.

–Señores, estamos en el corazón de la rica y hermosa capital del Rajasthan, la ciudad rosa. Los colores aquí son su enseña característica; los saris de sus mujeres y los espléndidos turbantes de los rajastaníes son los más vistosos y coloristas de la India. Contemplar la vida de sus calles y de sus mercados representan un auténtico placer para los sentidos. Pero la ciudad es muy joven, fue fundada en el siglo XVIII para dejar atrás la antigua fortaleza recóndita e inexpugnable de Amber, para abrirse a las nuevas corrientes arquitectónicas y a las nuevas alianzas, primero con los Moghul y después con los británicos que hicieron legendaria la belleza de sus palacios y de sus fortalezas, de sus calles y tiendas de joyas y de ricas telas que aún son visitadas como uno de los mayores lujos que existen sobre la tierra.

Todos parecían interesados y atraídos por la mítica ciudad. Dimos un corto paseo y una vez en el palacio de la ciudad, recorrimos las muchas estancias que contienen una notable muestra del vestuario de la época dorada de aquel lugar, de los instrumentos musicales y de las armas que se utilizaban en las innumerables guerras tribales o en aquellas cacerías que sedujeron a los exigentes y soberbios ingleses.

Paseamos por los patios, deteniéndonos especialmente en el Patio de la Morada Predilecta, en donde la puerta del pavo real siempre hace las delicias de los visitantes.

Relaté alguna de las anécdotas que siempre sorprenden y hacen sonreír a los occidentales, porque nunca podrían entender hasta que punto hay cosas muy simples que son vitales para nosotros los hindúes. Me oí a mí mismo, como en otros cientos de ocasiones, volviendo a repetir de nuevo aquella curiosa historia que en el 1901 llevó al maharajá Madho Singh II a viajar a Inglaterra, para la coronación de Eduardo VII, con dos enormes toneles llenos de las aguas sagradas del Ganges, simplemente, porque el monarca no se fiaba de la pureza de las aguas del país para hacer sus purificaciones rituales. Ahora esas dos tinajas adornan uno de los patios del palacio y, para sorpresa de todos, poseen una capacidad de 9000 litros y un peso de 345 kg. Cada una, por supuesto, cuando están vacías. Sorprende pensar que fueron hechas para ser transportadas en ese singular viaje y que han quedado como una muestra del purismo religioso, de la excentricidad o sencillamente de la magnífica opulencia de la corte del maharajá. Todo depende de quién o de cómo se quiera mirar.

Finalizada la visita, todos los componentes del grupo acabaron repartidos por los bazares comprando pulseras, chales, manteles o libros. En espera de que acabaran sus compras me dirigí a la puerta de la salida principal para saludar a mi amigo, el encantador de serpientes. Siempre nos reímos cuando le digo que vengo a comprobar si es cierto lo que dice la última edición impresa de las guías turísticas y sigue, con su eterno turbante salpicado de puntos de colores, encantando serpientes por unas rupias.

Al fin me había retirado a la casa donde me hospedaba. Durante un rato, estuve sentado en el pequeño cuarto de estar que Minhar tiene reservado para sus huéspedes y mientras esperaba la llegada de Abhijat, me tomé un reconfortante té charlando con algún que otro huésped de paso por la cuidad. Todos nos conocíamos de haber coincidido en otras ocasiones, sin excepción, éramos viejos clientes. La pensión era una antigua casa de huéspedes en donde las condiciones no habían mejorado en los últimos años y que, a pesar de todo, algunos seguíamos frecuentando por simpatía con el dueño. Los nuevos viajeros buscaban otras comodidades también nuevas que Minhar no estaba dispuesto a introducir en su negocio. Él se consideraba demasiado viejo y no tenía hijos que le sucedieran, por lo tanto, le era más útil y reconfortante guardar su dinero para los años de la vejez que ya veía muy cercana.

Eran cerca de las nueve, al ver que pasaba el tiempo y Abhijat no venía, decidí retirarme a mi cuarto hasta que él llegara. Necesitaba ordenar mis papeles y hacer algunas llamadas a los hoteles para concretar algún detalle pendiente para la ruta del día siguiente. Me sentía inquieto y sorprendido por su retraso. Solía ser, al menos cuando trabajábamos juntos, un hombre muy puntual. Decía que era la única cualidad que admiraba e imitaba de los ingleses: lo rigurosos que son con la puntualidad. Al fin, para tranquilizar mi inquietud, preferí suponer que algún encuentro inesperado lo había retenido en el último momento – él tenía muchos conocidos en cualquier lugar, era un hombre sociable y afectuoso que sabía ganarse la simpatía de la gente–. Así que decidí pensar en otra cosa mientras esperaba con calma.

A los pocos minutos llamaron a mi puerta, abrí con la sonrisa en los labios pensando que por fin sería mi amigo, pero estaba equivocado: al abrirla, me encontré con un chico joven, alto y muy delgado frente a mí. Tenía el pelo revuelto y la ropa manchada con manchas oscuras, todavía húmedas, que parecían sangre. Respiraba con profundidad como si hubiese llegado hasta allí de manera muy apresurada. Al verme abrir, vi cómo sus hombros caían con un gesto de desaliento y cómo exhalaba el aire de sus pulmones dando la impresión de haber estado sometido a una gran tensión.

Me miró angustiado y esto acabó de desconcertarme y asustarme por completo. Yo no había visto jamás  a ese hombre, ni tenía idea de quién podía ser.

Le miré impaciente y él continuó durante un instante  parado y sin decir nada. Le pregunté: 

–Bien, ¿qué pasa? ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

Antes de contestar, respiró profundamente para tomar aire.

–¿Usted es el amigo de Abhijat? ¿Ese con el que tenía que encontrarse a las ocho? Perdone pero no recuerdo su nombre.

–Sí, por supuesto que soy yo –contesté–. Estoy esperándole. ¿Ha ocurrido algo? Hace rato que debería estar aquí.

El hombre se desmoronó apoyando la cabeza  sobre el quicio de la puerta mientras me hablaba.

–Lo siento, pero creo que Abhijat ha muerto.

Con sus palabras sentí una oleada de calor sobre mi cara y la indignación por lo que acababa de escuchar me hizo gritar.

–¿Qué está diciendo? ¿Usted se ha vuelto loco? Pero… ¿Quién diablos es usted?

–Ha sido terrible, terrible- repetía una y otra vez con los ojos cerrados e ignorando mi desagradable actitud.

No podía creer lo que estaba oyendo, pero pensé que, si aquel hombre estaba engañándome por alguna razón extraña, mentía demasiado bien. Lo miré una vez más incrédulo y sobresaltado y lo cogí por uno de los brazos para que entrara en el cuarto. Le hice sentarse en la única silla de la habitación para que se calmara y recobrara por fin el aliento. Realmente, parecía estar a punto de desmoronarse. Sobre la mesa había una botella con agua, llené un vaso y se lo ofrecí.

–Beba, por favor, y cálmese. –El hombre bebió despacio. Sus músculos parecieron relajarse. A pesar de mi impaciencia, esperé un momento antes de interrogarle de nuevo.

–Dígame de una vez, ¿qué ha pasado?

Aún permaneció unos momentos más en silencio, tragó saliva con dificultad. Yo ahora, le miraba con insistencia y al fin, pareció estar preparado para hablar.

–Le pido que me disculpe, todavía estoy lleno de angustia por la impresión, espero que usted me entienda, intentaré explicarle lo mejor que pueda lo que ha sucedido.

–Bien…– Le increpé con impaciencia.

–Veníamos hacia aquí para encontrarnos con usted. Yo me había tropezado con Abhijat en el camino. Me retiraba a nuestro hotel, pero me convenció de que lo acompañara –somos compañeros de trabajo–. Bueno, la verdad es que esta es mi primera experiencia en este tipo de viajes y yo le acompañaba a él. Me contó que se habían encontrado y quería que usted me conociera.

–Pero… – El hombre hizo un gesto con la mano, dando a entender que se hacía cargo de mi impaciencia y continuó. 

–Veníamos por la calle que conduce al mercado, caminábamos deprisa porque se nos había hecho tarde, cuando un elefante conducido por un mahout irrumpió saliendo de una de las bocacalles.

Los dos nos quedamos parados mirando la escena. El animal parecía estar muy excitado y el mahaout sentado encima del elefante era muy joven y seguramente inexperto. Los dos vimos sorprendidos como una y otra vez clavaba la vara bajo la oreja del animal con evidentes gestos de mal humor, hasta el punto de que Abhijat, visiblemente alarmado, me dijo:

«Ese chico se ha vuelto loco, está castigando al animal más de lo que puede hacerse. Los elefantes son muy pacientes, pero no permiten que se abuse de ellos. Ese chico no sabe lo que hace, en las condiciones en las que está el animal puede resultar muy peligroso».

La calle estaba atestada de gente y de vehículos. Una moto ruidosa debió soliviantar al elefante que se paró en seco, movió la trompa desesperadamente de un lado a otro hasta alcanzar a un niño que correteaba por allí haciéndole caer al suelo. Yo me quedé paralizado al ver la escena, pero Abhijat corrió hacia el niño que ya se levantaba y se abalanzó sobre él para protegerlo con su propio cuerpo. 

El hombre interrumpió su relato y yo me puse las manos en la cara para apartar de mi cabeza las cosas terribles que me venían a la mente. Al fin, prosiguió con la voz entrecortada por la emoción:

—El elefante se acercó por detrás de tal manera que Abhijat no podía verlo. Le golpeó fuertemente con la trompa, le tiró al suelo y ayudándose con la pata le agarró y le levantó zarandeándole salvajemente. Vi cómo el mahout caía desde el lomo del elefante y agachado se apartó de la escena como pudo. El chico gritaba, imprecaba al animal, pero era inútil, en aquel momento nada ni nadie hubiese sido capaz de parar aquella violenta escena. La gente asustada corría para refugiarse lo más lejos posible y, poco a poco, se iban acercando con precaución, para intentar ayudar, pero era inútil, el elefante seguía zarandeando el cuerpo de Abhijat como si fuera un muñeco de trapo.

Yo estaba inmóvil, veía cómo movía sus brazos desesperadamente. Se había hecho un silencio sobrecogedor y todos le oíamos gritar pidiendo socorro, sin que nadie se atreviera a hacer nada, hasta que dejó de hacerlo porque debió perder el conocimiento.

El hombre tragó saliva y se calló por un momento, era evidente que le resultaba imposible continuar hablando. Yo con las manos sobre la cara, apreté los dedos contra mi frente e imitando su gesto, tragué saliva. Sentía un nudo en la garganta que me impedía respirar. No sé cómo pude soportar escuchar a aquel chico que volvía de nuevo a revivir la escena.

–Al fin le soltó, tirándolo contra el suelo, el pobre Abhijat era como un guiñapo. Intenté aproximarme a él, pero el elefante tenía la mirada fija en su presa y se le acercó de nuevo. Cuando lo tuvo a su altura, levantó una de las patas y la dejó caer una y otra vez sobre el cuerpo indefenso y tirado en el suelo.

A partir de ahí, lo último que vi fue cómo él ponía las manos en su cabeza en un último intento de protegerse. Todos estábamos boquiabiertos contemplando aquello. El sonido de los golpes que producía la pata del elefante sobre el cuerpo de Abhijat, resonaban en la calle como si fuese un terremoto y como si el suelo fuese a abrirse bajo sus patas de un momento a otro. Los gritos lastimeros de la gente hacían aún más insufrible contemplar lo que estaba pasando y yo no podía apartar la vista de la escena terrible, esperando que acabara para poder correr en ayuda del pobre Abhijat.

Al fin, el elefante pareció calmarse, se separó del cuerpo y los pocos que pudimos reaccionar, conseguimos arrastrarle hacia un lado. Estaba completamente destrozado.

El chico acabó su relato y su cabeza cayó a un lado en un gesto de extenuación, se oían sus sollozos en la habitación y yo permanecía inmóvil sin poder retirar las manos de mi cabeza. Al fin logré sobreponerme y pregunté:

–¿Estaba muerto?

–No, aún estaba vivo, yo noté cómo respiraba y en algún momento debió de recuperar la consciencia. Le miré, tenía los ojos entreabiertos, parecía que él también me miraba. Creí notar que se aferraba a mi manga y yo me abracé a él llorando.

No sé lo que pasó a mi alrededor, durante un rato solo podía gemir y llorar con los brazos de Abhijat rodeándome el cuello, sangraba por los oídos, por la nariz, por la boca. No era consciente de lo que pasaba, pero unas personas me apartaron de él por la fuerza y entre todos lo metimos en un rickshaw. 

Una vez sentados en el asiento, parecía estar desmayado, estuve golpeándole la cara suavemente intentando despertarle. Realmente no sabía si estaba muerto o vivo. Sus brazos caían inertes sobre mis piernas y la sangre chorreaba por mis manos y empapaba mi ropa. Le apreté contra mí todo lo fuerte que pude hasta que llegamos al hospital. Allí lo colocaron en una camilla y lo metieron en una de aquellas salas de urgencias. Intenté acompañarle, pero me hicieron salir. Oía: «Está destrozado, este hombre no podrá sobrevivir». Salí despavorido de allí. Mi cabeza daba vueltas y no podía soportar más. Solo se me ocurrió venir a buscarle a usted.

Cuando acabó de contar aquella historia, yo tenía  la sensación de que algo muy pesado me había caído encima. Estaba sentado sobre la cama, observando a aquel pobre muchacho que sollozaba dejando salir de su interior la angustia de aquella terrible experiencia que acababa de relatarme e intenté reaccionar.

Había que pensar en Abhijat, aún podría estar vivo. Me puse en pie, me lavé la cara y las manos y saqué la chaqueta colgada de mi armario.

–¡Vamos!, lávese un poco y cálmese, lo mejor es ir de nuevo al hospital, tal vez haya podido sobrevivir y de alguna manera nos podría necesitar. Siempre hay que confiar en Dios.

El hombre, obediente como un autómata, hizo rápidamente cuanto le pedí y en cuanto estuvo listo, nos encaminamos a las salas de urgencia del hospital. Allí preguntamos por él.

Alguien nos pidió que esperásemos y a los pocos minutos una enfermera salió preguntando por los familiares de Abhijat. Nos dirigimos hacia ella, para explicarle la situación. No éramos sus parientes, pero sí las personas más cercanas a él, que en aquellos momentos estaba muy lejos de casa. La seguimos por los pasillos, al fin sobre una cama y casi oculto detrás de una cortina, el cuerpo de Abhijat estaba tendido, solo y en el más absoluto silencio. Apenas pude reconocerle, estaba magullado, tenía terriblemente  hinchada la cara y el resto de su cuerpo estaba tapado por una sabana completamente blanca. Era evidente que habían intentado ayudarle, aún había muestras de los líquidos usados para curar las heridas de su cara. La enfermera con la mirada, me indicó que aquello era muy grave y no había nada que hacer.

Miré a Abhijat después de sobreponerme al horror que me produjo su aspecto y me senté a su lado. Cogí su mano, la piel estaba cálida y sus dedos se movieron ligeramente sobre mi palma. Era evidente que estaba vivo. Durante un rato no pude dejar de mirarle, le hablé al oído pidiéndole que sacara fuerzas para vivir, le acaricié la frente, mientras le recordaba anécdotas de nuestra vida, frases que eran claves para nosotros en otros tiempos, le hablé de cuánto le echábamos de menos y por un instante me pareció ver en su cara una mueca que pudo ser una sonrisa.

Poco a poco, los músculos de su cara se fueron distendiendo suavemente y el calor de su mano fue haciéndose menos intenso. Me daba cuenta de que se estaba yendo sin remedio. Escondí mi cara apoyándola contra la almohada y recé una oración por su alma. No sé cuánto tiempo había transcurrido cuando entró una enfermera distinta a la que nos hizo entrar, se acercó a la cama, tocó el pulso de Abhijat y con un estudiado gesto de tristeza, me dijo mientras cubría la cara de Abhijat con la sabana:

–Lo siento, señor, pero ha muerto.

–Lo sé – le dije con un nudo en la garganta.

–Era cuestión de muy poco tiempo, señor. No hemos podido hacer nada por él. Cuando ingresó, estaba destrozado, estos accidentes siempre son terribles. Puede quedarse un poco más si usted lo desea, dentro de unos minutos vendrán a llevase el cuerpo y tal vez soliciten su colaboración para rellenar algunos documentos. Si es usted la única persona que le conocía, no se marche todavía, por favor, pueden pedirle su ayuda.

Aún permanecí un rato más, silencioso, rezando con su mano entre las mías, hasta que noté el frío que me trasmitía su contacto, me pareció un frío helado que me hacía estremecer hasta lo más profundo. Terminé  mis oraciones y me separé de él.

En aquel momento, recordé al chico que me acompañaba, no había vuelto a sentir su presencia. Le busqué detrás de mí, pero en la pequeña sala que se formaba detrás de la cortina donde estábamos, no había nadie. Yo estaba solo junto a la cama de Abhijat. Salí al pasillo, lo busqué con la mirada y al no encontrarlo, pregunté a la enfermera que nos había introducido en la sala.

–No recuerdo a nadie, señor, usted ha estado solo todo el tiempo. Hablamos y, la verdad, no creo haber visto que nadie le acompañara.

Insistí. Le expliqué que era imposible que no lo hubiese visto con sus ropas manchadas de sangre, que él había sido el testigo del terrible y desgraciado accidente.

– Perdóneme, pero le repito que no había nadie con usted, señor. Cálmese, tal vez la muerte de su amigo le haya impresionado más de lo que cree o simplemente, ese hombre del que habla se haya quedado fuera esperando.

Salí, le busqué escrutando la cara de la gente que abarrotaba la sala de espera, sentados en las pocas sillas, en el mismo suelo o apoyados en los rincones en actitud de espera angustiosa. Él tenía que  estar en algún sitio. Tal vez, agotado y sin fuerzas, después de vivir la experiencia se había refugiado en algún rincón. Fue inútil, allí no había nadie como él. Al fin, pensé que se habría marchado, desistí y volví a entrar. 

Rellené unos formularios que me entregaron en una pequeña oficina con los escasos datos que yo podía saber en aquellos momentos sobre mi amigo. Obstinadamente intenté localizar a alguien a través de la agencia, pero nadie contestaba el teléfono a aquellas horas, dejé mensajes hasta que me convencí de que no había nada que hacer hasta el día siguiente: yo desconocía cualquier dato sobre su actual domicilio o sobre su familia. Cuando al fin, vi cómo se llevaron el cuerpo de Abhijat hacia el depósito, salí a la calle. Necesitaba respirar un poco de aire puro.

Era muy entrada la noche, las calles estaba vacías y yo me sentía profundamente triste, aturdido y solo. En aquellos momentos, no sé cuánto hubiera dado por encontrarme en Delhi y poder encaminar mis pasos hacia mi propia casa junto a mi mujer. Busqué donde sentarme y, al no encontrar nada mejor, me senté en la misma acera, apoyándome contra el muro de las paredes del hospital.

Durante un rato me quedé absorto contemplando cada uno de los detalles de aquella calle desierta, oscura y extraña frente a mí, como si fuera todo fuera absurdo y ajeno a mí  mismo.

Una brisa suave me acarició la cara, cerré los ojos, agradecido de aquel leve descanso y mis pesados párpados permanecieron por un rato caídos sin fuerzas para levantarme, invadido por un leve sopor. Como si el tiempo hubiera retrocedido, tuve la sensación de volver de nuevo a revivir los momentos de aquella tarde llena de viejos recuerdos. En la cabeza, el murmullo de los turistas a mi espalda, admirándose de la belleza de la ciudad, se entremezclaban con el ruido monótono y pesado del motor del autobús. De nuevo, la voz lejana de Abhijat surgía de algún escondido rincón de mi memoria: «Prométeme que nunca dejarás que me encuentre solo a las puertas de la muerte». «Tengo la certeza de que ese momento va a convertirse un día en realidad y tu promesa hará que yo pueda descansar sabiendo que hay alguien a quien yo pueda enviar a buscar». «¿Enviarás a alguien a buscarme? No te entiendo Abhijat». «Hay veces que uno sabe lo que va a suceder, pero no me hagas preguntas, amigo, solo prométeme que puedo contar contigo».

De nuevo, como entonces, un sudor frío me recorría la frente y pasé mi mano sobre ella. “Te lo prometo” en la cara de Abhijat apareció una sonrisa de agradecimiento “Gracias amigo, no sabes lo que esto significa para mí”. Me estremecí, abrí los ojos, como si despertara de un profundo sueño, las inconscientes lágrimas habían dejado un surco caliente y salado sobre mis mejillas, me limpié con el dorso de la mano y me incorporé para marcharme. Sobre los edificios, al otro lado de la calle, la aurora iba trayendo una claridad limpia y transparente sobre la ciudad dormida y todo pareció cobrar su misterioso sentido, la promesa, el hombre joven con las ropas  manchadas de sangre y la extraña llamada de la ciudad de Jaipur.

De los cuentos de viaje: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

 

2 comentarios en “La promesa -cuento indio-”

  1. Hey would you mind stating which blog platform you’re using?
    I’m going to start my own blog soon but I’m having a tough time deciding between BlogEngine/Wordpress/B2evolution and Drupal.

    The reason I ask is because your layout seems different then most blogs and I’m looking for something completely unique.
    P.S My apologies for being off-topic but I had to ask!

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