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Ella

Me escondí debajo del paraguas, porque se me escaparon las lágrimas con gotas más gruesas que aquella lluvia pertinaz del otoño, que había empezado el mismo día de su muerte y que no cesaba…, Dios mío, no cesaba nunca.

Y fue porque la vi cruzar la calle dirigiéndose hacia mí. 

Al verla, vestida de color granate, saltando sobre los charcos y mordiéndose el labio inferior, me estremecí como en el mismo instante en el que le vi morir. 

Él era mi hermano y ella era el amor de su vida, la mujer con la que descubrió para quién vivía. Cuando le abandonó se le acabó todo: la curiosidad, el hambre, la risa…

Pixabay

Di media vuelta.

El suelo bajo mis pies se había teñido del mismo color que su vestido.

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