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En la vida de una mujer corriente

Lunes, 14 de mayo 

Me he propuesto escribir un diario y la verdad es que no sé porqué, si ya lo he intentado en varias ocasiones y siempre acabo abandonando. Soy lenta escribiendo, necesito más tiempo de lo que muchos días estoy dispuesta a dedicarle para expresar algo que tenga sentido, incluso para mí misma. Suelo empezar con muchas ganas y, poco a poco, las palabras escritas de manera rápida, por el hecho de cumplir con una rutina se van haciendo cada vez más cortas y más absurdas. Al cabo de un par de semanas, si me tomo la molestia de volverlo a ojear, leo cosas como: “hoy no ha llovido, ojalá llueva mañana” o “mi hija tiene mal humor porque no duerme suficiente.”  

 

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Martes, 15 de mayo

Reincorporarme a mi rutina me cuesta, no me gusta pasar tantos días fuera de casa, cuando vuelvo las cosas se han acumulado, el desorden me desorienta y me pongo nerviosa. Ahora tengo demasiadas historias pendientes: médicos, el veterinario, el banco, la cita con Carlos para ver los cuadros de la galería (hace semanas que lo he ido retrasando y ya no se me ocurre ninguna disculpa que darle. Ahora no voy a comprar). Y para colmo este verano tengo cinco bodas que suponen tener que comprar regalos, vestidos, camisas, zapatos, en fin. Nunca me han gustado las bodas,  son  armar toda  una costosa parafernalia que rompe con la rutina para un acto desvirtuado completamente y sin otro significado que realizar en público un frágil compromiso, que se rompe en cuanto cambia el viento. Aunque me temo que la gente joven cuando preparan la ceremonia, no piensa en el compromiso, sino más bien en el protagonismo que supone, o en el dinero que les reporta para instalarse en su nuevo piso o para irse de viaje a las Rías Bajas o, mejor todavía, a las Bahamas.

Me he puesto a dieta. Al menos hacía diez años que no me pesaba y de repente, resulta que peso ¡60 kilos! … ¡imposible! Yo no puedo pasar de los 55. ¡Sin duda aquí hay que hacer algo!

 

Miércoles, 16 de mayo

Es curioso, pero cada dieciséis de mayo, a pesar de que muchos días ni siquiera sé en qué fecha vivo y de que hace mucho tiempo de todo aquello, me viene a la memoria, que hoy, precisamente hoy, es el día del cumpleaños de una vieja amiga de la infancia: Clara, la niña del lunar entre las cejas. Nos conocimos con siete u ocho años. Ella iba a pasar los veranos con sus padres a casa de su abuela en el  pueblo donde yo vivía.  La adoraba y cada año la esperaba con impaciencia, la vida cambiaba cuando Clara estaba con nosotros. Era guapísima y muy divertida. Algunas costumbres que nunca he perdido, empezaron gracias a ella, como la de leer tebeos. Ya no los leo, aunque no es verdad, sigo releyendo a Tintín o a Mortimer y Blake, son el mejor remedio que conozco para vencer el insomnio. Entonces, no sé porqué, lo hacíamos escondidas por los rincones de casa en las calurosas horas de la siesta. Ella leía mucho y tal vez por eso tenía una imaginación desbordante y se atrevía a hacer cualquier cosa sin el más mínimo reparo. Lo curioso, es que yo era capaz de seguirla a todas  partes, también, sin el más mínimo reparo. Creo que envidiaba lo segura de todo que siempre estaba, te contagiaba su entusiasmo. 

Aquellos años fueron divertidos: nos subíamos a los tejados para ir de una casa a la otra, trepábamos a los árboles en los caminos de las huertas para robar fruta, nos escapábamos cogiendo el autobús para recorrer otros pueblos en los que hubiera alguna fiesta sin el permiso de nadie, o montábamos una obra de teatro en la que ella siempre hacía de bruja. 

La amistad con el tiempo se fue enfriando, poco a poco, las últimas veces al encontrarnos en la calle, nos bastó con un simple saludo para darnos por satisfechas, en el fondo creo que a ninguna de las dos nos apetecía contarnos nada, teníamos mundos muy distintos. Ella era y debe ser brillante, yo creo que soy algo anodina. Sin embargo, aquellos días siguen siendo inolvidables para mí y las sensaciones que descubrimos juntas aún permanecen formando parte de mi misma. Tal vez sea, porque vivo muy lejos de aquellos paisajes y de la gente de aquella tierra y lo añoro.

En cuanto a lo que debo contar en mi diario, pues, hoy trabajar, trabajar y trabajar.

 

Jueves, 17 de mayo 

Hoy no tengo tiempo.

 

Viernes 18 de mayo

Otra vez viernes, las semanas se me escapan como el agua y me obsesiona no cumplir las pequeñas metas que me voy fijando.

Vuelve a dolerme la espalda, me cuesta incorporarme de la silla a pesar de que hago los estiramientos que me recomienda el masajista una y otra vez. Creo que lo mejor será que empiece a nadar de nuevo. Me sienta bien.

Llama Isabel, ha tenido su reunión anual para concretar las comisiones, parece que todo le ha ido bien. En cuanto oigo la voz ya sé que viento sopla, no me ha dicho la cantidad que va a cobrar, pero ha debido de ser importante, me alegro. ¡Es una llorona! 

Tengo que irme, a las diez cenamos fuera de casa, esta vez no sé muy bien con quién. Y es que la antigua pandilla de los viernes, se ha acabado rompiendo definitivamente. Siempre pasan cosas y cuando la relación es estrecha, todos acabamos opinando los unos sobre las vidas de los otros. Por lo menos en esta ocasión, yo no he tenido nada que ver y seguiré viéndome con todos. La verdad es que me importa muy poco la vida de los demás. Con el tiempo he aprendido a coger distancia en determinados momentos, pero creo que voy a echar de menos lo fácil que resultaba no tener que pensar con quien íbamos a salir cada fin de semana; a mí me da igual, pero mi marido es un coñazo. En cuanto llega a casa, asoma la cabeza por la puerta del cuarto de estar y pregunta ¿con quién has quedado hoy? No me gusta, me siento como si fuera una mujer con una doble vida.

 

Sábado 20 de mayo

Uf!!!

 

Domingo 21 de mayo

Me molesta el entrar y salir de los fines de semana. No tengo nada de sociable, aunque, a veces, si me siento sola, me da el vértigo y pienso que es necesario mantenerse en contacto con la gente. Entonces, no tengo más remedio que coger el teléfono y llamar.

 

Lunes 22 de mayo

Abro un mensaje en mi móvil y me encuentro con uno de esas cortas peliculitas que te hacen sonreír un momento, después lo reenvías lo eliminas y, ya está, olvidado. Sin embargo, este lo vuelvo a leer sorprendida. Me he visto a mi misma representada en una serie de imágenes y de palabras, alguien ha puesto en la pantalla mis pequeños descubrimientos personales. Releo por tercera vez, me encanta, me veo ahí en esa edad en la que ya sabes a ciencia cierta, que eres invisible para los demás. Te lo repiten tantas veces, que acabas por darte cuenta, y lo curioso es que no te importa, que  a medida que los demás dejan de verte,  tú te vas mirando a ti misma, te vas liberando de la pesada carga de vivir para los demás, con los cánones de los demás, dentro de las expectativas de los demás y empiezas a ser tú, a aceptarte y a estar contigo misma como si lo hicieras con la mejor de las amigas.

 

Miércoles 23 de mayo

Resulta que está bien esto de echar una parrafada todos los días. De todas maneras,  hoy supongo que podría escribir otro tipo de diario, por ejemplo “hoy, 23 de mayo, las nubes han tenido el aspecto del algodón de las ferias, espesas, blancas y brillantes como manchas irreales que empalagan la vista prometiendo un mundo de sabores………” A lo mejor podría empezar así una historia para niños y enseñarles a viajar, ¿hay mayores viajeras que las nubes?

2 comentarios en “En la vida de una mujer corriente”

  1. Muy bien Elisenda. Aunque no nos deberían importar las vidas de los demás, yo creo que siempre es interesante conocer determinadas facetas, creencias y vivencias de los demás. Creo que siempre se aprende y se reflexiona, así que sigue contándonos tus dias a través de tu diario. Me gusta LHM

    1. Elisenda

      Gracias, Cristina.
      No he vuelto a escribir un diario y ese cachito lo tenía como una joya. Ahora preparo otros cuentos para enviar… ya me dirás si te gustan.
      Esta página es un descubrimiento.

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