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El limpiabotas de Bombay

Dibujo de Merche B. para LHM

Bansi podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas, diseminadas sobre la enorme y populosa ciudad de Bombay. Tiene la piel muy oscura, el pelo brillante y los ojos chispeantes y negros. Vive mendigando en las calles y en los mercados, durmiendo amontonado entre un racimo de chiquillos, peleándose a diario por una ración más grande de la que le corresponde a la hora del reparto o recogiendo entre las basuras los papeles que envuelven los helados, para chuparlos y sentir la húmeda frescura mojándole los labios.

El muchacho ronda los diez años y, a pesar de su corta edad, ya tiene algunas costumbres que lo caracterizan como, por ejemplo, una curiosa manía de llevar siempre unos raquíticos y raídos pantalones que tienen muchos bolsillos. Él no se lo ha contado a nadie pero, la verdad, es que lo hace para poder dormir con todos los tesoros que ha ido encontrándose por ahí: una caracola con pinchos, un pequeño colgante de Jade con la figura de Ghanesa –ese simpático dios de los hindúes que tiene la cabeza de elefante y que es un espléndido talismán para atraer a la buena fortuna–, una moneda con un agujero en medio y, entre otras cuantas cosas más, una libreta que tiene las tapas de color rojo, con la que se tropezó en la entrada de un templo y que acaricia, una y otra vez, fascinado por las hojas blancas sobre las que le gustaría poder anotar sus pensamientos, pero todavía no ha tenido la buena fortuna de conocer a alguien que pueda enseñarle a escribir.

Es un niño silencioso que pasa desapercibido, sin embargo, es un gran observador. Hay muy pocos detalles que se le escapan de las personas a las que quiere y de otras con las que convive, del lugar en que transcurren sus días y hasta es posible que, si se lo preguntasen, sabría cómo explicar alguno de los fenómenos que ocurren en el cielo, ya que tiene la costumbre de sentarse en un rincón tranquilo para poder contemplarlo a sus anchas. La razón de que pueda hacerlo, casi a diario, es porque su chabola está situada en el corazón de la larga y preciosa playa de Juhu, frente al mar de Arabia y al norte de la ciudad de Bombay.

Ese poblado al que Bansi pertenece está enclavado en un tramo de terreno que, entre altos y caros edificios, permanece sin construir debido a la proximidad del aeródromo que queda a escasos metros y al otro lado de la carretera. 

Es en ese lugar donde él conoce a cuantos le rodean con sus pequeños y grandes secretos. Sabe leer en sus gestos, en sus miradas; adivina sus intenciones y aprende de todos. Cree firmemente que cada acto trae una consecuencia y, por eso, actúa siempre con la cautela propia de una persona adulta aunque, por el momento, son muy pocos los que se han dado cuenta de que posee esa valiosa virtud.

El nombre de Bansi significa “flauta” y la razón de que él se llame así es porque Jaya, la mujer que lo encontró, se dirigió al sitio en donde el niño había sido abandonado, atraída por el sonido de una flauta que resultó ser el llanto de un bebé que, arropado con una pobre y sucia tela de algodón barato, gemía hambriento y aterido de frío, entre las pilas de ladrillos de la obra de un nuevo hotel que empezaba a construirse frente a la playa.

Jaya es también una persona muy especial. Forma parte de una comunidad  de mujeres que viven en alguna de esas chabolas, agrupadas bajo un mismo techo y en
una de las esquinas de la barriada. Ella junto a Deepa, Smita y Rani han sido capaces de consolidar un curioso sistema de vida formando una especie de familia. Desde hace ya algunos años, son conocidas entre las gentes del barrio como “las mujeres violetas”, debido al color de los saris con los que siempre van ataviadas. A ellas les enorgullece ser reconocidas y queridas por la labor que hacen: se ayudan unas a otras, conviven y enseña a unos cuantos niños abandonados y que han ido recogiendo por ahí, a ganarse el sustento, a pesar de las precarias condiciones de su vidas y sin más recursos que su buena voluntad, la sabiduría de haber vivido en la calle y sus inagotables energías.

Las mujeres se valen de los niños para pedir limosna. Cuando son pequeños los llevan en brazos. Al ir creciendo, son ellos mismos quienes se dedican a la tarea de mendigar por su propia cuenta, a vender en la playa artículos de artesanía o fruslerías que compran baratas en los mercados cercanos. Los mayores ayudan en las heladerías o en los bares instalados sobre la arena de Juhu que, en los últimos años, se ha ido transformando en un lugar muy concurrido. Todos los chicos entregan el dinero que obtienen a cambio de ropa, comida y un lugar donde cobijarse. Después, cuando se hacen mayores, se buscan su propia manera de vivir en otro barrio o instalando su chabola en las cercanías, pues a casi todos les gusta quedarse cerca de las mujeres violetas.

Jaya es muy joven todavía, debe rondar los treinta años. Es limpia, tranquila y tiene la risa fácil de una persona que acepta su vida tal como es, sin queja y sin otra aspiración que esperar que las cosas no cambien, porque resultaría muy raro que los cambios pudieran traerle algo mejor de lo que ahora posee.

Realmente, desde el día que dio con sus huesos en ese hermoso lugar del norte de la ciudad, se había sentido agradecida y feliz con la vida de libertad que disfrutaba con sus compañeras, rodeada siempre de la alegría y la vitalidad de tantos chiquillos de ojos inmensos, llenos de nuevas promesas, que las quieren y a quienes, a su manera, intentan inculcar unos principios mínimos de honestidad y honradez. Ella supo, desde el momento en que llegó a aquel lugar, que nunca dejaría por su propia voluntad esa oportunidad a la que el destino le había conducido de la forma más insospechada.

Por que lo que podríamos contar de Jaya es una historia más sobre las mujeres de la India que nacen en la pobreza y rodeadas de miseria. Cuando era niña había ejercido la prostitución en las calles de Delhi para poder sobrevivir. A pesar del tiempo transcurrido, aún hay noches que recuerda, sumida en la tristeza, al individuo a quien llamaba padre acompañándola de la mano para sentarla en una esquina donde esperaba hasta que algún hombre la requería, se la llevaba a su propia casa, a algún sucio tugurio o, simplemente, la arrinconaba en un oscuro zaguán para manosearla a cambio de unas rupias.

El padre murió pronto consumido por la tuberculosis y ella continuó acudiendo al mismo lugar hasta que, a los quince o dieciseis años, cuando acababa su trabajo y empezaba el amanecer, se acostumbró a frecuentar la entrada de un templo en la que se situaba un santón errante. Alrededor de él se formaban cada día corros de gente escuchando sus palabras. Jaya, a menudo, no podía entender lo que aquel hombre quería decir. Hablaba de cosas que le parecían extrañas: de la perfección del alma a través del abandono de todo aquello que pudiera ser una atadura en la tierra, de la necesidad de buscar la pureza del espíritu a través de la renuncia  a cualquier entrega o a cualquier deseo carnal. Pero, a pesar de las raras palabras que le oía pronunciar, fue aproximándose a él porque, a su lado, experimentaba una sensación de paz que nunca había sentido y cada día, esperaba con impaciencia que llegara el momento de volver de nuevo a la esquina donde se situaba para poder escucharlo.

Photo bySwapnIl Dwivedi on Unsplash

Al fin, cuando el santón dijo que no volvería a visitar ese templo, que había tenido un sueño y debía viajar a Bombay, le pidió que aceptara su compañía. Tuvo que rogarle hasta que el hombre accedió pero le impuso la condición de que se mantuviera a una distancia suficiente como para no ser un obstáculo en su propia existencia de errante y solitario.

Cuando llegó el día de marchar se fue tras él siguiendo sus pasos como si fuera un perro. Durante meses anduvieron de pueblo en pueblo viviendo de la caridad. Se sentaban en la entrada de los templos o en la ladera de los ríos. La gente les llevaba comida y se reunían a su alrededor para escuchar los consejos del hombre errante. Meses después, desde Vadobara cogieron un tren hasta Bombay. Una vez allí se instalaron en las inmediaciones de la misma estación a la que habían llegado, en una calle estrecha y poco concurrida. Él dormía sobre uno de los peldaños que daban entrada a un viejo edificio y ella se situó bajo las mismas escaleras, en donde se formaba un pequeño zaguán que tuvo que vaciar de basuras y trastos viejos antes de poder ocuparlo.

Pasaban los días, la gente de Bombay no era como la de los pueblos o ciudades que había atravesado, parecían indiferentes a todo. Nadie se interesaba por escuchar las palabras del santón que, a pesar de todo, se sentaba en una esquina en actitud de meditación y, de vez en cuando, extendía sus manos reclamando la atención de quienes pasaba a su lado sin que nadie pareciera reparar en él. 

Malvivían en unas condiciones precarias entre la miseria, los perros callejeros y las ratas que por la noche deambulaban a sus anchas por aquella especie de cuartucho, rodeados de basuras; con el olor de los orines, los excrementos de los animales y de las propias personas, que buscaban rincones y recovecos para hacer sus necesidades. Jaya se veía obligada a pedir limosna o a rebuscar entre los cubos y los desperdicios de los hoteles y edificios cercanos para poder alimentarse.

Llevaban viviendo en aquel lugar apenas unas semanas cuando, una de las noches, mientras la muchacha daba vueltas sobre la esterilla que le servía de colchón, vio, gracias al resplandor que producían los faros de los coches que pasaban por la calle más próxima, como el santón se introducía en el zaguán, se despojaba de sus ropas y se aproximaba a ella desnudo. Al darse cuenta de lo que pretendía, no tuvo tiempo de reaccionar y solo pudo volverse de espaldas y encogerse apretando las rodillas contra su pecho. Se arrebujó entre sus ropas agarrando fuertemente su sari para que no pudiera desnudarla y sintió que se acostaba a su lado mientras se apretaba con fuerza contra su espalda.

Al momento, el hombre empezó a moverse de manera convulsiva y obscena, palpándole con las manos el vientre y los pechos. Ella permaneció tensa y encogida sobre sí misma. Oía su respiración entrecortada y sentía náuseas por el mal olor que desprendía aquel cuerpo escuálido, consumido por la debilidad provocada por aquella vida austera y miserable. Jaya sollozaba sin poder contenerse y él le cerraba la boca apretando su mano contra los dientes, mientras le susurraba al oído que él era la reencarnación del dios Krishna.

Sin saber qué hacer, con todos los sentidos en alerta, percibía a través de la tela el cuerpo del santón empapado en sudor y notaba su saliva mojándole el cuello. Se sintió invadida por un asco profundo que salía de dentro de su estómago y las arcadas le hicieron vomitar al mismo tiempo que aumentaban las convulsiones del hombre, denotando que estaba en el punto de inconsciencia que auguraba el final de aquel primitivo éxtasis, tan contrarío a lo que él predicaba.

Al fin, después de unos minutos que le parecieron horas, se separó de ella y oyó como prorrumpía en sollozos postrado en uno de los rincones del cuartucho, arrancándose los cabellos de la cabeza y golpeándose el pecho violentamente.

Jaya se arrastró bajo los escalones del zaguán y salió a la calle; se sacudió las ropas y escupió con asco hasta sentir la boca áspera y reseca. En medio de la oscuridad, se sentó sobre la acera escondida tras una pila de latas amontonadas y cuando el día empezó a clarear vigiló hasta que el santón se hubo marchado. Lo vio alejarse con su andar de siempre, acompasado y lento, como si nada hubiera pasado. Cuando consideró que estaba a la distancia suficiente para no sorprenderla, entró en el improvisado refugio, recogió sus escasas pertenencias: la esterilla sobre la que dormía, unas sandalias, un viejo chal, un peine desdentado y se alejó para siempre de aquel lugar sin volver la mirada atrás.

Estuvo andando sin rumbo durante horas. La ciudad parecía una tela de araña en la que estaba atrapada sin remedio. Las calles se multiplicaban y los edificios, a veces eran altísimas torres que se elevaban soberbias hacia el cielo y otras eran casas rodeadas de jardines, viejos palacetes o puertas y más puertas de almacenes y tiendas. Sin saber cómo, se encontró sumergida dentro de  barrios enormes de chabolas, llenas de mujeres con los vestidos sucios, de viejos que holgazaneaban sentados en el suelo, rodeados de perros famélicos, de niños desgreñados y mal vestidos que correteaban o se revolcaban en el suelo junto a las propias chabolas. Cruzó puentes y parques, siguió durante horas caminando por enormes  avenidas atestadas de tráfico y bordeadas de árboles que formaban ante su vista una línea infinita que se perdía en el horizonte. Atravesó vías de trenes, canales de agua, mercados llenos de gentes que se multiplicaban sobre las aceras repletas de vendedores, con sus productos sobre cestas o sobre mantas de colores y en donde los fuertes olores de las especias se entremezclaban, produciendo intensas sensaciones  en el estómago vacío pero inapetente de Jaya y que le hacían cerrar los ojos para no marearse y caer desfallecida. 

Sin saber hacia donde dirigir sus pasos, a lo largo de todo el día, continuó sin rumbo con la necesidad de huir y con la sensación de repugnancia que sintiera desde la noche anterior adherida a su piel y a sus ropas y al llegar la hora del atardecer, se sintió perdida en un barrio que parecía tranquilo; en torno a ella había altos muros que rodeaban las casas, entremetidas entre cientos de árboles y palmeras. 

Se paró apoyándose contra uno de los muros, sentía los pies hinchados y doloridos de caminar sin descanso. En aquel momento, una brisa fresca trajo hasta ella un olor salino y húmedo que su piel agradeció como una caricia tras un día de intenso y sofocante calor. Continuó despacio a lo largo de la calle, dio la vuelta a la esquina, estaba dispuesta a buscar un refugio en el que descansar y pasar la noche cuando, entre las dos filas de muros que rodeaban las casas, vio un espacio abierto y lleno de una fuerte luz dorada que la deslumbró y la atrajo como si se tratara de una hermosa visión. Al principio creyó que lo que estaba viendo era la consecuencia del agotamiento y el hambre pero, entrecerró los ojos e identificó la silueta del sol, que se difuminaba  suavemente entre las nubes, mostrando la enorme esfera luminosa que desprendía reflejos dorados e intensos y se prolongaba hacia delante formando un ancho camino sobre una superficie azul oscura, que multiplicaba la intensidad de la luz con miles de espejos esparcidos sobre el agua.

Jaya apretó los ojos aturdida y caminó en aquella dirección atraída por los fuertes contrastes y el rumor, profundo e inquietante, de un movimiento extraño y poderoso que presentía y la desconcertaba. Al dejar atrás los muros, la estampa se amplió ante su vista y una larga playa apareció dibujando su suave silueta.

Miró a ambos lados; la línea amarilla de la arena que separaba el mar de la tierra parecía perderse sin tener fin. Sintió la brisa fresca acariciandole la cara y caminó hacia delante sin poder apartar la  mirada de aquel camino dorado, que se perdía en el horizonte luminoso, creando un espectáculo de intensa belleza tan sorprendente y nuevo para ella. 

Las lágrimas se le escaparon a borbotones, resbalando sobre sus mejillas y liberándola de la angustia contenida durante tantas horas de deambular sin rumbo.

Absorta en la contemplación de aquel hermoso atardecer, habían pasado los minutos, sus oídos, que habían permanecido cerrados a todo lo que no fuera el rumor incesante y acompasado del agua, empezaron a percibir los sonidos de gritos y risas. Ávidamente, Jaya lo observó todo: vio niños jugando, gentes que paseaban despreocupadamente, vendedores con carros llenos de botellas de colores o de comida, siluetas de caballos que se dibujaban al contraluz, galopando sobre el borde del agua. Se sentó frente al mar y dejó que, en su ir y venir, el agua la mojara haciéndole sentir un frescor que subía a través de su espalda trasmitiéndole una sensación de bienestar que desconocía.

Al fin el sol se había ocultado dejando un rastro de luz sobre las nubes oscuras que fueron perdiendo el tinte rojo de los últimos rayos y la oscuridad fue cayendo como un velo sobre todo a su alrededor. Volvió la vista, la gente se iba marchando y el lugar empezaba a estar solitario. A su espalda las construcciones formaban una ancha muralla y en primera fila se extendían casas y edificios protegidos por altos muros que encerraban exuberantes jardines. Siguió con la mirada la línea que formaba la infranqueable barrera y que se interrumpía en una hondonada del terreno. Allí una serie de chabolas se apiñaban formando un pequeño poblado. En su interior, detrás de las telas, las maderas y los cartones, empezaban a verse las tenues luces de velas y linternas. Un aroma a comida despertó su estómago dormido durante su deambular de aquel largo día. Exhausta y soñolienta, se tumbó sobre la arena y se dejó invadir por una extraña sensación de libertad.

Tardó muy pocas semanas en integrarse y formar parte de aquel entorno. Durante ese tiempo vivía en los alrededores de la playa, en las horas del día se dedicaba a pedir limosna en las calles cercanas, entre las gentes que venían a pasear y al llegar la noche, buscaba refugio recostándose contra el muro de uno de los edificios muy cerca del poblado de chabolas. En aquel lugar se sentía segura, siempre había niños que correteaban, entraban y salían de detrás de las maderas y las cortinas hasta bien entrada la noche y ella disfrutaba de sus risas y sus juegos sintiéndose acompañada.

Entre aquellos niños había un muchacho con el cuerpo espigado y la mirada decidida. Desde que la descubrió, y cada atardecer, se aproximaba hasta donde estaba. No decía nada, se sentaba a unos pasos y la observaba hasta que la veía arrebujarse entre sus ropas y recostarse para dormir. Uno de aquellos días, sobre el mar, las nubes espesas y oscuras amenazaban lluvia y el muchacho se le acercó, la cogió de la mano y la introdujo bajo un techo de latas y maderas entre un ramillete de chiquillos que rieron al verla entrar. En el camino Jaya le preguntó su nombre, se llamaba Shalin.

Desde aquel día todo fue fácil para ella. Poco a poco, se fue familiarizando con aquel entorno y los pequeños acontecimientos se sucedieron, como si se tratase de algo natural que el destino hubiera reservado para ella. A las pocas semanas, encontró a Bansi entre las pilas de ladrillos amontonados para una nueva edificación proyectada frente a la playa. Fue como un inesperado milagro que reafirmó su decisión de no abandonar nunca aquel lugar, en donde había encontrado la familia que nunca tuvo y que, cada atardecer, le regalaba el espectáculo de la despedida del sol haciéndola sentir una mujer afortunada.

Desde que esto sucediera, Shalin ha ido creciendo, ahora debe tener unos quince o dieciséis años pues, como ocurre con frecuencia, la edad de la gente que habita en las calles de Bombay no siempre se puede precisar y, en este caso, tampoco se sabe cuándo y dónde nació Shalin. Pero al contrario que Bansi, que es pequeño y raquítico, se trata de un chico alto, bien constituido, muy ágil y acostumbrado a imponer su criterio; más que por su poder de convicción, por su actitud segura e incluso, rayana en la arrogancia. Tiene recursos para resolver todas las situaciones en las que pudiera encontrarse: primero usa la palabra, su punto débil, si no consigue su propósito, utiliza sabiamente los gestos teatrales y, si aún así, no ha obtenido el resultado esperado, la fuerza de sus puños y su arte en la pela cuerpo a cuerpo acaban convenciendo a cualquiera de quién es el que manda. Esas cualidades le han convertido en un líder entre los chicos de la playa de Juhu y nadie se atreve a discutir su autoridad.

El muchacho, que conoce muy bien sus virtudes, es ambicioso y, al crecer, ha ido urdiendo sus propios planes. Se sabe mayor y está buscando la manera de obtener dinero para sentirse el amo de su vida. Después de darle muchas vueltas, de observar y de pensar, sin hacer partícipe a nadie de su planes, ha llegado a la conclusión de que, lo mejor para él, sería hacerse con uno de esos taxis de color amarillo y negro que recogen a los ricos turistas en la puerta de lo hoteles caros y que han empezado a proliferar por la zona. Ya hace meses que, haciendo alguna que otra trampa, va guardando parte del dinero que llega a sus manos. Sin embargo, sabe que así necesitará que pasen los años y la impaciencia, en los últimos tiempos, ha conseguido transformar su manera de ver las cosas. Ahora está intentando otros caminos para llevar a cabo sus planes con más premura.

Pero ya que conocemos algo sobre estos personajes, deberíamos saber cómo transcurre la vida en ese entorno y entre estas curiosas gentes pues, en los últimos días, han ocurrido algunas cosas que podrían hacer cambiar para siempre las vidas de algunos de sus habitantes.

Aquella tarde era sábado y Bansi se sentía el chico más afortunado de la tierra. Caminaba absorto en sus pensamientos saboreando la sensación de ser el dueño de una gran fortuna. Sus labios dibujaban una sonrisa de satisfacción y su mano había quedado atrapada dentro de un de los bolsillos de su pantalón, acariciando entre sus dedos los dos flamantes y estirados billetes que, su arte como consumado pedigüeño, había colocado en sus manos gracias a la generosidad de un turista bien intencionado, quien se dejó convencer de que él solo necesitaba una caja de limpiabotas para convertirse en una persona útil, bien alimentada y completamente feliz.

En aquel momento, desde el otro lado de la calle, alguien lo llamó a su espalda. Bansi volvió la cabeza y vio a Shalin acercándose. El chico, en un instante y con sus pasos rápidos, se plantó frente a Bansi y su voz, al dirigirse a él, sonó autoritaria.

–¿Qué escondes en ese bolsillo?

–Nada, solo un poco de arena de la playa–. Bansi contestó poniendo cara de circunstancias.

–¡Enséñamelo!

–¡No!

El muchacho se sorprendió a sí mismo al dar a su amigo aquella tajante respuesta, pero Shalin no se dio por vencido.

–Es dinero. Sé que son dos billetes amarillos.

–¿Tú qué sabes?

–Te he visto cuando te los guardabas. Has estado mirándolos escondido en el rincón del cojo, como si se tratara de fotos de mujeres en pelotas.

Bansi metió la mano en el bolsillo y apretó fuertemente los billetes aplastándolos contra su pierna.

–¿Y qué?

–¿De dónde los has sacado?

Bansi dirigió la mirada hacia la ruidosa calle atestada de tráfico y no contestó. Shalin se acercó aún más a él.

–Dímelo o te retuerzo el brazo hasta que hables.

–Está bien, hombre, no te enfades. Me los ha dado un extranjero.

–¿Dónde?

–En la puerta del hotel caro. Le he limpiado los zapatos con esta balleta, ¡mira!

Se sacó un trapo viejo manchado de betún del bolsillo trasero de su pantalón y lo extendió a la vista de Shalin.

–¿Por qué me mientes? Tú los has robado.

–¡No los he robado! –Bansi se mostró ofendido–. Se los pedí al extranjero y me los dio. Es tan sencillo como eso.

–¿Crees que me lo voy a creer? ¿Crees que voy a creerme que a un hombre de esos con la cara desteñida, le pides billetes amarillos y te los da? Eso son mil rupias ¿Tengo yo cara de idiota o qué?

–Te estoy diciendo la verdad. Tú sabes que no he robado nunca en mi vida, ni pienso hacerlo. Yo no soy como tú. Jaya dice…

Shalin lo miró de arriba abajo con cara de desprecio y con un gesto de su dedo índice lo mandó callar.

–Tú no puedes tener eso. Eres medio tonto y te lo robarían enseguida. Yo soy el mayor de la casa, ¡dámelo! Sabré lo que hay que hacer con el dinero.

Bansi miró al chico frente a él y por un momento, dudó de su respuesta. Shalin durante años había sido el objeto de su admiración. Siempre había deseado ser como él: con la piel muy clara, tan seguro de sí mismo, valiente y decidido como si hubiera nacido para mandar y el resto del mundo para obedecerle a él. Pero ahora le inspiraba miedo y sentía tristeza al ver cómo estaba cambiando. 

En los últimos tiempos, Bansi continuaba obedeciéndole, como siempre, pero solo por costumbre. Ya no era como antes, cuando se sentía orgulloso de compartir el mismo techo y, en su fuero interno, le gustaba considerarlo su hermano mayor.

Durante aquellos años, había sido distinto, Shalin le protegía cuando se metían con su piel tan oscura y su cuerpo escúalido o lo ayudaba, cogiéndolo de la mano, cuando se quedaba rezagado del grupo en sus correrías por el barrio de los pescadores. Él le había enseñado a tirar priedras planas sobre la superficie del agua, haciéndolas saltar para crear puentes imaginarios con gotas de agua o era el elegido por Shalin para encaramarse juntos sobre los muros que cercaban el aeródromo y, una vez allí, apretar sus cuerpos, uno contra otro, para sentir con más intensidad las vibraciones que producían el paso de aquellos pájaros voladores que izaban el vuelo con un ruido ensordecedor sobre sus cabezas. 

Ahora, sin embargo, Shalin siempre estaba enfadado. Parecía que las cosas en los últimos tiempos le estaban saliendo muy mal.

Bansi creía saber cual era la causa de los disgustos de su amigo, ya que Shalin había empezado a frecuentar a un grupo de muchachos que se dedicaban a robar en el interior de los coches, en las cercanías del mercado de Santa Cruz, a las órdenes y bajo la protección de un hombre a quien llamaban “el Narices”. 

Todos sabían que “el Narices” era un extraño elemento a quien le rompieron la nariz en un interrogatorio de la policia y su cara, desde aquel incidente, había quedado marcada para siempre, afeándolo y resaltando en su expresión un permanente gesto de cinismo. Pero no se trataba solo de su nariz rota, siempre iba vestido con caros trajes occidentales y con zapatos de charol brillantes como piedras pulidas de azabache. Se le podía ver en los bares, paseando por la playa, gastando dinero a manos llenas en los puesto de venta ambulante o recorriendo el barrio en coches de colores metalizados y brillantes para hacerse notar. 

Se sabía que era un hombre vengativo y la gente se aparta a su paso para no molestarlo ni siquiera con el roce de su cuerpo. Los chicos que trabajaban para él, un auténtico ejército, le temían. Todos tienen la certeza de que les cortarían las orejas a la menor sospecha de engaño.

Pero hay otras cosas que también se saben de él pues, en aquel barrio de chabolas, todo acaba corriendo de boca en boca: le gustan las mujeres maduras y su juego preferido es maltatrarlas. Dicen que le gusta practicar con ellas un juego extraño: dibujar mapas sobre su cuerpo con una navaja de afeitar.

Mirando a Shalin, a Bansi le pasaron muchas cosas desagradables por la cabeza. Detestaba lo que estaba ocurriendo y no deseaba que su amigo pudiera algún día parecerse a ese hombre. Tenía muchas razones para sentir repugnancia cuando sabía que se encontraba cerca y ahora, al mirar a Shalin plantado frente a él, no pudo evitar apretar los dientes con un gesto de obstinación y con una voz que, incluso a él le resultó extraña, contestó arrojándole la respuesta a la cara:

–Te repito que no. No voy a dártelo. El dinero es mío.

–Pero, ¿qué dices?

–Sí. Aunque no me creas, el hombre me lo ha dado para que me compre una caja de limpiabotas y pienso guardarlo hasta que me la pueda comprar.

Shalin lo miró sorprendido de aquel desparpajo que era nuevo en el muchacho y con voz de sorna le dijo:

–¡Una caja de limpiabotas! Pero, ¡qué estupido eres! ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Comértela?

–¡No! Limpiar los zapatos de la gente con dinero y ganarme la vida sin tener que pedir limosna.

–¡Idiota! Nadie querrá que le toques con esas manos negras llenas de la mierda de tu culo ¿No sabes todavía que hasta tu sombra da mala suerte!

A Bansi se le agolparon las lágrimas detrás de las pupilas, pero se contuvo. Se encogió de hombros, metió las manos en los bolsillos y, con un gesto valiente, dio la espalda a Shalin. El miedo le encogía el estómago, pero la sorpresa por las palabras mal intencionadas de aquel chico a quien quería sinceramente, despertaron en él una fuerza que nunca había sentido. No estaba dispuesto a dejarse avasallar, ni a pelearse tampoco. Sabía que con los puños tenía la batalla perdida y no quería correr el riesgo de que le arrebataran su dinero.

Lentamente, como si entre ellos no hubiera más que hablar, fue alejándose sin perder de vista la esquina dispuesto a correr en cuanto fuera necesario. Shalin siguió insultándolo apoyado contra la pared pero sin moverse de su sitio. Vio cómo Bansi se alejaba y esperó a que doblara la esquina para seguirlo. El sabía que su amigo era un buen corredor, iba a costarle un gran esfuerzo alcanzarlo y aquella tarde no tenía ganas de perder su tiempo con aquel tonto. Era un ingenuo, le bastaría con ir tras él para ver a dónde iba a esconder el dinero y después quitárselo.

Bansi apresuró sus pasos y se encaminó hacia la playa dando un gran rodeo entre las casas que formaban la manzana. Estaba seguro de que Shalin no iba a darse por vencido e intentó despistarlo para buscar un escondite seguro donde poner a salvo su tesoro.

Mientras caminaba el corazón le latía fuertemente y en su cabeza bullían las ideas envalentonado por la intrepidez de su propio comportamiento en el encuentro con Shalin. Tal vez era el momento  que había estado esperando para que muchas cosas empezaran a cambiar en su vida. Sentía como le subía a oleadas un rubor caliente que le invadía la cara por la excitación de los últimos momentos y le ardían las orejas picándole como si se las recorrieran un ejército de hormigas.

Bansi siempre se había considerado a sí mismo insignificante y el solo hecho de pensar en enfrentarse de alguna manera a Shalin lo hacía sentirse inquieto y mareado. Pero esta vez, una rara sensación de orgullo que nunca había experimentado, iba ganando terreno en su ánimo. Instintivamente, volvió a meter la mano en su bolsillo, sintió los billetes entre sus dedos y, en aquel momento, la cara de Jaya con su amplia sonrisa le vino a la mente: “Tú eres un chico con mucho talento, no lo olvides”. Sonrió nervioso y continuó su camino.

Se perdió entre la gente caminando a lo largo de la playa. Había urdido un plan y, para ponerlo en práctica, fue recogiendo del suelo algunas latas. Al fin, después de un rato, regresó hacia las chabolas. En una zona cercana había bares y heladerías y tras los establecimientos, las palmeras se agrupaban formando un pequeño bosquecillo junto a una pronunciada curva  de la carretera que daba la vuelta en torno al aeródromo. Buscó un sitio escondido en el centro del pequeño bosque que, entre troncos, formaban casi un recinto cerrado. Se sentó y aplastó con una piedra una de las latas por la parte superior formando una caja, la envolvió con un plástico y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo estaba viendo. Rápidamente se agachó y cavó un agujero en la arena junto al tronco de la palmera más delgada. Enterró el pequeño paquete y lo tapó con cuidado, esparciendo la arena de tal manera que no pudiera notarse que había sido removido recientemente. Con su navaja señaló el tronco con una muesca profunda, se ocultó entre las basuras apiladas detrás de uno de los establecimientos y espero que Shalin apareciera: estaba seguro de que vendría.

No se había equivocado, apenas habían pasado unos minutos cuando Shalin, mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía, apareció entre los árboles y se dirigió al lugar exacto en donde Bansi había escondido su lata. Excavó hasta que encontró lo que buscaba, lo cogió y se sentó en el suelo mirando a su alrededor con una sonrisa de triunfo dibujada en los labios.

Abrió el plástico y del pequeño orificio salió un escarabajo que le subió por la mano. Lo apartó con un gesto de asco y ayudándose con sus ágiles y delgados dedos, abrió la lata forzando el metal hasta que cedió y su interior quedó enteramente a la vista. Otros dos escarabajos le corrieron por la mano y el muchacho, visiblemente nervioso, se sacudió impaciente y malhumorado. Para su sorpresa, el interior de la lata estaba vacío. Shalin al darse cuenta lanzó una exclamación de rabia y se levantó tirando la lata violentamente contra el suelo.

A su espalda oyó a Bansi.

–¿Lo que estás buscando es mi dinero, Shalin?

El chico volvió la cabeza. Sorprendido, se incorporó rápidamente y emprendió una carrera desesperada para atrapar al niño que, preparado para esa reacción, ya había empezado a correr.

Al fin, frente a las chabolas de la playa, Shalin atrapó a Bansi y ambos se enfrascaron en una pelea. El pequeño Bansi recibia golpes por doquier y apenas podía defenderse de los rápidos y rabiosos puñetazos que le propinaba Shalin.

En torno a ellos se había formado un corro de chiquillos que observaban como Shalin pegaba a Bansi con una rabia desacostumbrada. Cuando por fin Shalin vio al pequeño atrapado entre las piernas y exhausto se incorporó y, delante de todos, le escupió en la cara.

–Si dices algo de esto a alguien, ¡te mato!

Los muchachos que los habían rodeado se fueron retirando en silencio. Bansi permaneció durante un rato tumbado en la arena. Estaba dolorido y cansado pero había conseguido su auténtico propósito: sabía que había herido el orgullo de Shalin, lo había humillado. Ahora tendría que respetarlo porque era capaz de engañarlo y por lo tanto lo tenía en sus manos.

Aquella noche, Jaya, enfadada y entristecida al enterarse de lo que había ocurrido, curaba las heridas de Bansi. El niño la miraba aguantando el dolor que le producía la mandíbula hinchada y herida que aún, de vez en cuando, volvía a sangrar. El adoraba a aquella mujer tranquila que siempre olía a sal y arroz caliente y no pudo evitar volver a pedir que le contara algo que siempre le había fascinado:

–Jaya, cuéntame cómo me encontraste.

–Pero, Bansi, ya sabes cómo pasó, te lo he contado muchas veces.

–Sí, pero, hoy quiero que me lo vuelvas a contar. Así me olvidaré de lo que me duelen los golpes de Shalin.

La mujer miró al niño magullado con el gesto contraído por el dolor.

–Está bien, pero prométeme que no habrá más peleas entre Shalin y tú. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿No sabes lo fuerte que es?

–Claro que lo sé. Pero ha sido inevitable. Entre nosotros un día u otro tenía que ocurrir.

Jaya contuvo la risa al ver el gesto de estudiada seriedad dibujando en el rostro de Bansi y movió la cabeza para recriminarle.

–Bueno. Déjame ver, no sé si todavía me acuerdo, ¡hace ya tanto tiempo!

–¡Jaya!

La mujer puso su mano sobre la boca de Bansi que la miraba con una mueca de súplica y comenzó a hablar.

Dibujo de Merche B para LHM

–Bueno, Bansi… pues ya sabes que yo llevaba muy pocos meses viviendo aquí y necesitaba encontrar plásticos grandes y fuertes para el techo de la chabola. Se acercaba el monzón y todavía dormía bajo los agujeros de las viejas telas que había colocado sobre unas puertas rotas que encontré detrás de los bares de la playa.

Aquella tarde estaba empezando a oscurecer. Me dirigí a un terreno cercano lleno de materiales para la construcción de un nuevo edificio que habían estado descargando en los últimos días. Al otro lado de la verja que rodeaba el solar, se formaban pequeñas montañas de ladrillos, maderas y hierros. Desde lejos, me dediqué a observar durante un rato. Enseguida, vi unos plásticos que aparecían amontonados a un lado de las pilas de ladrillos. Pensé que eso era lo que necesitaba y con mucho cuidado me fui acercando. No se veía a nadie, pero cuando iba a traspasar la valla, una extraña música me sobresaltó. Parecía el sonido de una flauta. Me cubrí la cara con el Sari y continué andando dejando atrás el solar. Pasados unos momentos, volví sobre mis pasos, me agazapé detrás de la valla e intenté ver quién era el que tocaba la flauta. Estaba dispuesta a pedirle los plásticos pues, si me iba con las manos vacías, al volver, seguramente ya no estarían allí. Pero no se veía a nadie, todo estaba quieto y en silencio.

Dudaba, no sabía si correr el riesgo o abandonar, cuando, de nuevo, volví a oír el sonido de aquella música. Esta vez me acerqué más al sitio y busqué con la mirada. El sonido persistía, parecía salir de entre los montones de ladrillos, era tenue y sonaba extraño y lastimero. Llamé y saludé por si hubiese alguien al acecho fuera de mi vista, pero nadie me contestó. No me pude resistir y entré haciendo un pequeño agujero en los alambres de la verja.

Todo estaba muy oscuro. Abrí bien los ojos: a escasos metros, un pequeño bulto blanco parecía resplandecer en la oscuridad. En aquel momento, volví a oír la flauta. Me di cuenta de que el sonido salía de allí y rápidamente, para que no me delatara, metí la mano entre los ladrillos y los aparte con la intención de hacerlo callar. Lo que encontré delante de mí me hizo llevarme las manos a la boca: las manitas de niño se movían golpeando el aire y exhalando sonidos angustiosos. ¡Dios mío!, no podía creer lo que estaba viendo. Volví colocar todo tal como lo había encontrado y me marché tan deprisa como pude por el mismo agujero por el que había entrado.

Solo había caminado unos pasos cuando tuve que volver. Pensé que aquella criatura acabaría comida por las ratas en cuanto entrara la noche y todo lo deprisa que pude, volví al mismo lugar. Te saqué de allí escondido entre la tela de mi Sari y…, bueno, Bansi, pues aquí estás tú, después de todos estos años, maltrecho y hecho un guiñapo, pero valiente y listo como no hay otro.

Jaya había terminado su relato y miró a Bansi guiñándole el ojo. El niño, una vez más, había escuchado sin pestañear.

–Entonces, Jaya, ¿me recogiste porque te di lástima?

–Al principio sí, fue lo que sentí: lástima y miedo por ti. Pero después… la verdad es que encontrar esta playa y encontrarte a ti fueron las mejores cosas que me han pasado en la vida. En aquella época, seguro que las lágrimas que había vertido durante tantos años, ya debían haber formado un caminito para que entrara la buena suerte.

El gesto pensativo de Bansi dibujó una mueca de obstinación. 

–Si yo tuviera un hijo nunca le abandonaría aunque fuera como yo, raquítico y negro.

–No digas eso, Bansi. Para una madre el color de la piel de su hijo no tiene ninguna importancia. Seguramente, la que fuera tu madre era una mujer desgraciada que no podía alimentarte y te dejó allí para que alguien más afortunado te recogiera y te ayudara a seguir viviendo. Ella no te dejó en cualquier sitio. A esa obra va gente que trabaja, que podrían cuidar de ti y sacarte adelante.

Bansi se quedó pensativo, se rascó la cabeza y preguntó de nuevo:

–¿Cómo sabes tú lo que siente una madre? ¿Cómo lo sabes, eh?

–Porque si yo fuera tu madre, estoy segura de que no me importaría nada tu aspecto o el color de tu piel.

Bansi se arrebujó entre la manta con el gesto pensativo mientras Jaya frotaba una de sus manos con un ungüento verdoso y líquido y al momento volvió a preguntar:

–¿Tú nunca has tenido un hijo?

–No, Bansi.

–¿Por qué?

–No lo sé, Bansi, tal vez porque yo nunca he podido adorar a una cobra sagrada.

–¡Ah!

El Niño cerró los,ojos apretándolos fuertemente y, después de unos segundos, dijo, sin atreverse a mirar a Jaya:

–A mí me gustaría que tú fueras mi madre. Yo… ¿podría ser tu hijo?

La mujer le miró con ternura y le acarició la frente.

–No, Bansi, las personas que vivimos en las calles somos como el viento y tú tienes que poder ir a donde quieras y cuando quieras, tal como hace el viento. Tarde o temprano tendrás que buscar tu propia vida y tendrás que olvidarte de mí.

–No me digas eso, Jaya, yo no soy así, como ese viento que dices. Cuando hago las cosas, necesito pensar en ti. Siempre trabajaré para ti como ahora hago y más lo haré cuando seas vieja. Eso me moverá a hacerlo todo mucho mejor. Yo sé que nunca querré marcharme de aquí ni marcharme de tu lado. Además, no se lo he dicho a nadie todavía, pero ya he encontrado una manera de ganarme la vida sin irme de esta playa y sé que a ti eso te gustará.

Jaya dio una suave palmada sobre las rodillas de Bansi.

–¡Ay, Bansi! Cuando hablas así, pareces un hombre de esos que saben lo que quieren.

–Sí. Yo sé lo que quiero: quiero quedarme aquí contigo y… quiero algo más.

Jaya había terminado sus curas y acarició despacio la frente del niño sin apartar la mirada de sus ojos.

–¿Qué es ese algo más?

—Que…, bueno, que me avergüenza pedir limosna porque, aunque soy muy pequeño, sé que puedo ser muy fuerte y a mí se me ocurren cosas que hacer. Hay otras maneras de ganarse la vida y creo que estoy a punto de conseguirlo.

–¿De verdad?

–Sí. Y… no me mires así,  como si no me creyeras. Verás que dentro de muy poco tiempo voy a tener mucho dinero. Podré hacer muchas cosas y te voy a comprar un sari bueno, de seda, pero de seda de la de verdad y pulseras de oro como las que llevan las mujeres ricas que pasean por las playas. Serán tantas, Jaya, que podrás ponértelas en los brazos y en los pies y cuando te muevas y camines, tintinearán haciendo mucho ruido y todo el mundo dirá: ¡ahí va Jaya!

La mujer  tragó saliva emocionada y sonrió.

–¿Te duelen las heridas?

–Ya se me había olvidado. Pero dime una cosa, ¿A ti te gusta tu vida aquí?, ¿te quedarías para siempre?

–Bansi, ¡qué pregunta!, claro que sí.

Jaya se quedó pensativa un momento, después, levantó la cabeza y pareció hablar para sí misma.

–Bueno, siempre hay cosas buenas para compensar las malas. Pero eso es el precio que tenemos que pagar.

–¿Qué precio pagas tú?

La mujer se incorporó para marcharse mientras contestaba a la pregunta de Bansi apretando los puños y dando por terminada la conversación.

–Eso es asunto mío. Pero te aseguro que no desearía que nada cambiara. Ni tampoco me marcharía a ningún otro sitio.

Aquella noche antes de acostarte, Jaya buscó en una caja bajo la esterilla un viejo espejo con el marco de madera de sándalo y se miró la cara durante un rato. Sus rasgos aún eran los de una mujer joven, su rostro no tenía arrugas y solo los párpados caían ligeramente entristeciendo su mirada de ojos castaños.

Buscó con los dedos una fina cicatriz que corría por detrás de sus orejas y bajaba a lo largo del cuello metiendose por el escote de la blusa: la señal era casi imperceptible. Deslizó sus dedos lentamente sobre la cicatriz con el rostro serio, al fin, apretó los labios obstinadamente. La cara de Bansi volvió a su mente, levantó ligeramente la cortina detrás de la que dormía y lo miró: el niño estaba acurrucado en su manta y parecía dormir. Jaya sonrió y dejó caer la cortina.

Pasaron los días, Bansi sabía que Shalin evitaba encontrarse con él. Al fin, una mañana lo vio solo junto a la puerta de la chabola y se acercó a él.

–Shalin, tengo el dinero todavía.

–No sé de qué me hablas, ¡lárgate! No quiero ni que me mires. Eres un cerdo.

El muchacho se apartó de Bansi, pero este lo siguió.

–¿Es que no me has oído? ¡Lárgate de aquí!

–No voy a hacerlo. Con lo que hice el otro día solo quería demostrarte que no soy tonto, que soy capaz de tener ideas y llevarlas a cabo. Jaya dice que tengo talento.

Shalin se paró y miró a Bansi con cara de desprecio.

–¿Talento?, pero ¿eso qué es, piojoso?

–Pues es que tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos.

–Yo no quiero saber nada con alguien como tú.

Bansi se paró y cuando Shalin se alejaba le gritó:

–Y, ¿si que quieres saber algo con “el Narices”?

Shalin se volvió para mirar a Bansi.

–Pero, ¿tú que sabes del Narices?

–Sé muchas cosas.

–¿Muchas cosas?, pero, ¿de quė hablas?

–De que él no te quiere en su grupo y yo sé porqué.

Shalin retrocedió acercándose a Bansi y cuando estuvo junto a él, extendió sus manos crispadas hacia el chico, que se apartó de él dando un salto hacia atrás e intentando calmarle le dijo:

–No es culpa tuya. Es porque Jaya y Deepa van todas las semanas a su casa y se acuestan con él y dejan que les pegue y las maltrate  a cambio de que los niños de las mujeres violetas no pertenezcamos a su grupo de ladrones. Ellas no quieren que acabemos con nuestros huesos en la carcel o muertos en alguna calle solitaria. Pagan lo que les exige ese hombre asqueroso para que nos dejen en paz.

–¡Tú estas loco!

–No, no estoy loco. Lo sé, las he seguido y las he escuchado hablar. También sé que las dos tienen miedo porque se están haciendo viejas y “el Narices” dejará pronto de interesarse por ellas. A Deepa ya casi nunca viene a buscarla. Ya solo se interesa por Jaya y eso es porque es muy lista y ha conseguido hacerle creer que la necesita. “El Narices” es muy supersticioso y Jaya ha seguido se inventando algo para que no la deje todavía, pero eso no va a durar. Cuando él se dé cuenta del engaño o se canse para siempre, no podremos seguir haciendo la vida que hacemos. Tenemos que prepararnos antes de que cambie y ese hombre caiga con sus garras sobre nosotros. Él quisiera que fuéramos sus esclavos como lo son esos amigos tuyos que ahora intentas frecuentar, sin darte cuenta de que una vez que empieces ya no podrás escaparte nunca.  ¡Es una trampa, Shalin!, ¡de verdad!

Bansi trataba de encontrar las palabras para  convencer a su amigo.

–Parece mentira que no te hayas dado cuenta de cómo funcionan los negocios de ese hombre.

Shalin miró incrédulo a Bansi que, a su vez, le sostenía la mirada para demostrarle lo seguro que se sentía hablando así.

–Sé que tú quieres tener tu propia vida. Ya te has hecho grande  y quieres marcharte de aquí pero necesitas dinero.

Shalin se metió las manos en los bolsillos con resignación, agachó la cabeza y preguntó:

–Y ¿cuáles son esos planes tuyos?

–Conseguir que “el Narices” nos deje en paz para siempre.

–Qué fácil parece cuando lo dices. A su manera, ese tío es el rey del barrio y cuando se haga viejo alguien tiene que ocupar su sitio. Entonces habrá llegado mi momento. Sé cómo manejar a la gente, yo seré quien le sustituya. Pero lo haré a mi manera.

–¡Olvídalo! Antes de que llegue ese día pueden pasar cosas muy malas. Pero yo sé cómo quitarnos de en medio a ese tipo despreciable y rastrero.

–¿Tú?, ¿pero qué estás diciendo? O…  ¿es que tendré que hacerte una reverencia por tu listeza?

–De verdad, no te burles. Sé cómo hacerlo. Llevo días yendo al pueblo de los pescadores. A ese bar, ya sabes y ahí va gente que sabe mucho. Me he enterado de algunas cosas y sé lo que hace ese tipo para ganar tanto dinero. Lo de los chicos que roban para él es solo una tapadera. Con lo que le entregan no tendría ni para comprarse esos zapatos brillantes que lleva siempre. Su negocio es otro muy distinto.

–¿Su negoció?, pero ¿cuál es su negocio?

Bansi se aproximó a su amigo para hablarle al oído.

–Es la heroína

–¿Heroína? Pero… ¿de qué hablas, si no tienes ni idea? ¿Qué es la heroína, a ver? 

–Es la droga que se saca de la planta del opio. Hay un país montañoso que no tiene mar en donde la fabrican en grandes cantidades y la extienden por todo el mundo a través de los puertos de Pakistán.

–¿Quién te ha contado a ti eso?

–He oído cosas. Sé que se vende a precio de oro y hay mucha gente que se está haciendo rica con ese negocio.

–Y, ¿”el Narices” la vende? No digas estupideces. Si así fuera yo me habría enterado antes que tú.

–No Shalin, ya te he dicho que ese tipo es muy listo. Él no la vende, solo se encarga de entrarla en la playa. Tiene un socio y los días de luna llena llega un barco que trae la mercancía. Desde la lejanía, ese barco hace señales mucho antes del amanecer y ellos solo tiene que acercarse con una balandra antes de que el barco llegue al puerto. Alguien desde dentro la tira y ellos solo tienen que recogerla. Después se acercan a la playa, la descargan y la llevan a otros hombres que se encargan de repartirla para venderla  por todo Bombay. Están muy bien organizados. Eso se llama tener “una red”.

Shalin tenía la boca abierta, admirado de lo que estaba escuchando.

–¿Eso ocurre en esta playa?, ¿con “el Narices”?

–Sí, con “el Narices”.

Shalin se rascó la cabeza, su expresión había cambiado de burla a incredulidad.

–Y… a nosotros, ¿qué nos va con todo eso?, ¿qué podemos hacer?

–Conozco la señal del barco. Ya la había visto antes muchas veces, pero no sabía de qué se trataba. Me preguntaba qué sería el pequeño resplandor que aparecía en el horizonte en los días más oscuros. Y ayer esperé en la playa. Lo vi todo, los seguí sin que me vieran. Sé quienes son, como lo hacen y donde lo llevan. He ido atando cabos con todo lo que he visto y oído en el puerto. La policía hace tiempo que está  esperando pillarlos, pero aunque hay gente que sabe lo que pasa, incluso de la propia policía, nadie se atreve a decir nada por miedo a lo que pudiera pasarles.

–…¿Y?

–¿No lo entiendes? Nadie sospechará de nosotros si lo hacemos bien. Solo tenemos que poner sobre aviso a las personas adecuadas.

–Pero… ¿quiénes son las personas adecuadas? ¿O es que vas a decirme que también los conoces?

–Sí, sé quienes son–. Shalin se rascó la cabeza.

–Y, ¿para qué me necesitas a mi? Tú puedes hacerlo solo.

–Sabes muy bien que a mí no me creerían, pero a ti sí. Todo el mundo sabe que tú eres muy listo. Shalin miró a Bansi en silencio, después de un momento, caminó delante de él con gesto pensativo.

–¿Se llevarían “al Narices” para siempre de aquí?

–Claro. Si sabemos hacerlo lo meterían en la carcel durante muchos años. Cuando vuelva, si es que vuelve, las cosas habrán cambiado. Antes de que la red se reorganice nosotros ya tendremos nuestra propia manera de salir adelante.

–No sé, Bansi, déjame pensar. No puede ser tan fácil como tú lo pintas.

–Hay otra cosa, Shalin. La policia nos dará una recompensa y tú podrás comprarte ese taxi que quieres para tener tu propia vida.

Shalin se paró frente a Bansi y le agarró de la camisa con las dos manos.

–¿Cómo sabes tú lo del taxi? 

–¿Eso qué importa? Lo sé y ya está.

–Pero, y tú, ¿qué sacas de todo esto?

–Todavía guardo el dinero para comprarme la caja de limpiabotas.

Bansi se metió las manos en los bolsillos: los dos flamantes billetes aún estaban en su bolsillo derecho, enrollados cuidadosamente dentro de la caracola de pinchos. Los sintió bajo la punta de sus dedos que se habían introducido por el pequeño orificio nacarado y suave. Miró a Shalin. El muchacho agachó la cabeza con un gesto pensativo. Segundos más tarde, se irguió mirando al frente con decisión y puso su brazo sobre los hombros de Bansi que no pudo reprimir una sonrisa de triunfo.

Photo by Javardh on Unsplash

Es la hora en que se inicia el atardecer, el rumor del agua es muy tenue y la espuma blanca que acaricia la arena con los últimos rayos de sol, parece que deposita partículas de oro sobre la tierra. Los dos chicos han desaparecido perdiéndose en la playa bulliciosa entre la gente que pasea, los vendedores ambulantes, los perros callejeros, los niños que corretean salpicándose de agua y arena. Al contraluz, sus oscuras siluetas se han desvanecido como sombras oscuras entre los fuertes colores de los saris de las mujeres hindúes que caminan haciendo tintinear sus pulseras y lanzando destellos dorados al aire salino y denso del mar de Arabia. Hay un olor dulzón a arroz cocido y la vida sigue transcurriendo en torno a Bansi que… podría ser un niño más entre los millones de niños que habitan en los barrios de chabolas de la enorme y populosa ciudad de Bombay.

De los cuentos de viaje: India de Luz y de sombras

Merche Braojos

2 comentarios en “El limpiabotas de Bombay”

  1. Cristina Anduiza

    Relato muy descriptivo, de gran colorido, a pesar de la sordidez de la realidad que viven sus protagonistas. Los dibujos también tienen su gracia. Te atrapa y no puedes dejar su lectura hasta llegar al final. Resulta fresco, muy fácil de leer. Hay mucha soltura y realismo en la literatura de esta autora.

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