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Tiempo al tiempo

 

Lo que aquella mañana despertó  mis recuerdos fue una noticia leída con desgana en el periódico mientras desayunaba:

“Desentrañada una trama para estafar importantes cantidades a la Seguridad Social”.

No recuerdo más detalles de lo que allí se exponía ni tampoco me interesaron, lo que me atrajo fue el nombre escrito bajo la fotografía de una mujer. A pesar de los años transcurridos, enseguida la reconocí, se trataba de alguien con la que durante un tiempo mantuve una estrecha amistad. En unos instantes, los fantasmas del pasado fueron haciendo su aparición y  aquellos lejanos días olvidados ya y tan tristes de recordar fueron cobrando forma entre el aroma del café y los claroscuros de un incipiente amanecer. Después de lo que sucedió entre nosotras, y que ahora contaré, mi vida cambió bruscamente. Al levantarme de la mesa, con un sabor agridulce en la boca, me pregunté cuántas habrían sido sus víctimas en todos aquellos años. Solo pude encogerme de hombros y esbozar una amarga sonrisa.

–¿Qué te pasa? –Mi marido se incorporó detrás de mí– ¿A qué viene esa sonrisa maliciosa?

–Por nada. Ha sido una foto del periódico que me ha echo pensar en alguien, gracias a quien te encontré a ti. Pero no, no era ella, estaba equivocada.

–!Ah!

 

Photo by Denny Müller on Unsplash

Después de pasar la noche de bodas en un pequeño hotel de Ponferrada a donde nos habíamos trasladado a altas horas de la madrugada, el hombre que fue mi primer marido y yo salimos para Madrid. Allí teníamos pensado hacer los últimos preparativos para nuestro proyectado viaje a Roma.

Hacia el mediodía paramos a comer. Él había notado que estaba pensativa y yo, sin ánimo de enfrentarme a las desagradables y necesarias explicaciones, amparándome en el agotamiento del día anterior, callaba. Al fin, al volver a sentarnos en el coche para reemprender el viaje, me armé de valor y le confesé lo que había ocurrido. 

Me costaba encontrar las palabras para explicar de manera coherente que el día de nuestra boda, momentos antes de salir para la iglesia, había descubierto que el dinero que habíamos reunido de familiares y amigos destinado a pagar nuestra luna de miel,  había desaparecido de la caja en donde lo guardaba en el interior de mi armario. 

Me miró como si estuviera gastándole una broma y rio divertido. Insistí hasta que mi gesto de desesperación le convenció de que no mentía.

Pálido desvió el coche hacia la cuneta. Durante un momento se inclinó sobre el volante y permaneció en silencio. Yo le observaba ansiosa. Conteniendo las lágrimas intenté explicarle cómo lo había descubierto y lo mal que me sentí.

Sin pronunciar palabra, se dispuso a dar la vuelta para regresar al pueblo de piedra en donde nos habíamos casado. Escuetamente y entre dientes, expresó la necesidad de presentar la correspondiente denuncia del robo.

Durante unos minutos en los que le vi golpear una y otra vez el material duro y brillante del volante con la palma  de la mano abierta, fue preguntándome cómo  había ocurrido; cuándo me había dado cuenta de la falta del dinero, en qué momento había quedado vacía la habitación; cuándo había abierto la caja por última vez; quiénes habían entrado o salido de la casa. Contesté a sus preguntas como si tuviera estudiadas las respuestas, realmente ese recorrido ya lo había hecho yo misma cientos de veces en unas pocas horas. Enseguida,  sacó sus propias conclusiones: tenía que ser alguien allegado, alguien de nuestra familia o nuestros amigos que estuvieron por allí o tuvieran la posibilidad de entrar o salir de mi habitación sin que le extrañara a nadie.

Al fin, me preguntó si sabía quién había sido. Tal vez porque me negaba a colocarme sola delante de la verdad, le contesté que no. Airado se volvió hacia mí.

–Estas mintiendo–me dijo–. Ha sido María, ella ha dormido en tu cuarto, tenía libertad para entrar y salir de la habitación o es que eres tan estupida que no te quieres dar cuenta. Nunca me ha gustado esa tía.

Agaché la cabeza sin saber qué contestar. En su forma de mirarme había algo frío como el hielo y me estremecí.

–Ahora es tarde, puede que ni esté allí cuando lleguemos. Ha tenido todo el tiempo del mundo para arreglar las cosas a su conveniencia. Debiste hacer algo ayer, en cuanto notaste que el dinero no estaba en la caja.

Yo seguía en silencio mirándole, estaba ante un ser extraño aferrado al volante, mordiéndose los labios. Parecía estar calculando minuto a minuto los pasos necesarios que debíamos dar y al fin, paró el coche junto a un bar de carretera. Me miró recorriendo mi cara como si escrutara cada pequeño resquicio, haciéndome sentir incómoda y desvalida hasta el punto de que rompí a llorar. Sin pronunciar palabra, bajó del coche y entró en el establecimiento. Desde mi asiento le vi acercarse a la barra para cambiar monedas, después se dirigió al teléfono y habló acaloradamente. Colgó y regresó al coche. En silencio dio la vuelta y reemprendimos el viaje a Madrid.

Las lágrimas querían volver a escapárseme de nuevo pero me contuve y pregunté:

–¿Con quién has hablado?

–Con mi padre.

–¿Era necesario?

–Sí, lo era.

–Perdona pero yo siento una enorme vergüenza por lo que ha ocurrido, ella es mi amiga, y no me gusta que lo hayas hecho. ¡Precisamente tu padre!

Endureció el gesto y no contestó.

–¿Qué te ha dicho?

–Algo que es obvio. Que si la guardia civil tomara en consideración nuestra denuncia, dados los hechos y que se trata de dinero, haríamos pasar a todos nuestros familiares y amigos por la desagradable situación de someterse a un interrogatorio. Nuestra boda sin duda iba a quedar para el recuerdo, ¿no crees? Es mejor que inventemos una mentira  sobre nuestra frustrada “luna de miel” y nos olvidemos de lo que ha ocurrido lo antes posible. 

Se volvió hacia mí con gesto de reproche. Le debes a tu amiga una maravillosa manera de empezar tu nueva vida.

–¿Qué quieres decir?

–No creo que haya que dar muchas explicaciones, yo estoy tratando de tranquilizarme  todavía. Me pregunto qué harías tú si el ladrón hubiese sido un amigo mío.

–No lo sé, pero cómo enfrentarte a ello sería una decisión tuya y me sentaría a tu lado. No se trata solo de dinero, María significa mucho para mí.

–Pero, de qué hablas, ¿es que habría otras cosas a considerar con una tipa así?

–Para mí sí.

–No digas estupideces.

Tuve la sensación de hablar un idioma distinto del que hablaba ese hombre que entonces era mi marido y el viaje, con ratos de incómodos silencios, se hizo interminable.

Cuando llegamos a Madrid, todavía malhumorado, me dejó en la puerta de la que hasta entonces era su casa de soltero y se marchó. Confusa y humillada como nunca, había repasado una y otra vez lo sucedido intentado encontrar un resquicio para hallar otra respuesta. Pero la cara de María y su actitud retraída y seria durante la ceremonia y la fiesta que la siguió me hacía cada vez más evidente lo que había ocurrido: ella había urdido su plan. Debió abrir la caja y coger el dinero en el último momento, justo antes de salir, calculando que el descubrimiento del robo iba a producirse después de la boda. Era todo demasiado fácil, las suposiciones sobre lo ocurrido harían pensar que debido a la precipitación y los nervios de aquellos momentos, alguna puerta o alguna ventana de la casa quedarían abiertas facilitando la entrada de algún ladronzuelo que habría recorrido la casa sin ningún problema. Pero no contó con los extraños azares de la vida, y es que, una de mis abuelas, muy vieja ya para viajar, me hizo llegar un pequeño pañuelo bordado por ella con el encargo de que lo llevara conmigo el día de mi boda. Antes de salir, me di cuenta de que lo había olvidado y volví a la habitación. Estaba envuelto en un papel de seda debajo de la caja con el dinero. Al deslizar el pequeño envoltorio, la caja se abrió y su plan se desmoronó como una castillo de naipes.

Él volvió por la noche, había conseguido que le prestaran dinero. No quería renunciar al viaje a Roma y durante un tiempo, intentamos recuperar lo que había entre nosotros, pero ya no pudo ser, el frío y la distancia que sentimos aquel día nos habían separado para siempre.

Pero de todo eso… hace ya mucho tiempo.

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