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Un amigo con dos nombres

Aquella mañana el mercado estaba a rebosar, se formaban corrillos en los que se oían comentarios de todo tipo sobre el gran acontecimiento provinciano: a La Laguna le habían concedido ser la sede de la universidad y un inevitable envanecimiento hacía sonreír aquella mañana  a los laguneros que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca habían aceptado de buen grado perder la capitalidad de la isla.

Juana Anselmo miraba y escuchaba todo desde su pequeña atalaya situada detrás de las cajas  repletas de pescado que aún coleaba sobre el hielo. Era la quinta hija de una extensa familia de doce hermanos y, desde que tenía uso de razón, ayudaba en el negocio familiar: un puesto de venta de pescado en el mercado de la plaza del Adelantado.

Iba para diecinueve años y, a duras penas, había venido ocultando su embarazo que ahora, con casi ocho meses, descomponía su figura y empezaba a delatar de manera inequívoca su estado. A pesar de todo, y a fuerza de apretarse y apretarse, la única persona que sabía lo que le estaba ocurriendo era su hermana Amparo. Ella estaba casada y viviendo en una casa de la Mesa Mota, un suburbio en las laderas de un monte a un par de kilómetros de la ciudad. Cuando le confesó lo que le ocurría, tuvo que escuchar de su boca palabras muy duras, pero la mujer prometió ayudarla cuando llegara el momento y acogerla en su casa hasta que Juana recibiera el dinero prometido para embarcarse a America y reunirse con el padre del que iba a ser su hijo.

Por las noches los ojos de Juana, confiada y esperanzada, se iluminaban pensando en el firmamento lleno de estrellas en medio del océano con el niño en brazos y camino a

su nueva tierra.

Dibujo de Merche B para LHM

Había conocido al ruso precisamente desde su puesto de aquel mercado de La Laguna. Él era un simple trabajador en las oficinas del puerto de Santa Cruz y allí, a fuerza de escuchar conversaciones ajenas, oír hablar sobre las arbitrariedades de los militares y las quejas permanentes de los descargadores, que eran tratados como si fueran  bestias, se había forjado su propio criterio sobre la justicia social y desde que era muy joven, el anarquismo contó entre sus filas con aquel muchachote rubio de palabra fácil, con el aire de un estudiante huérfano, que ponía todo su entusiasmo y sus energías en propagar las virtudes de la nueva doctrina.

Durante meses, todos los sabados, a la hora en que el mercado estaba más concurrido, un pequeño grupo de jóvenes formaban un corro en torno al chico rubio, que se encaramaba en una banqueta y hablaba a todo el que quería escuchar sobre la libertad, la justicia y sobre el sueño de un mundo sin estados. Así fue como, a fuerza de insistir en sus improvisados mítines por toda la geografía isleña, se hizo conocido por todos con el sobrenombre de “el ruso”. 

Eran los años de la dictadura del general Primo de Rivera y lo que en las islas eran las incipientes corrientes renovadoras, se perseguían sin descanso para no alterar el sagrado orden público, el único pilar sólido sobre el que se sustentaba aquella extraña forma de gobierno.

De momento, el pequeño grupo de anarquistas había ido escapando, siempre había un alma caritativa que les avisaba cuando aparecían los guardias civiles. Pero una de aquellas mañanas de sábado, el aviso no llegó con el tiempo suficiente y el ruso pasó por delante de Juana esposado y escoltado por los guardias. Ella lo vio acercarse, estirado y seguro de sí y sintió una extraña devoción por aquellos ojos claros, profundos y llenos de orgullo que la miraron al pasar frente a su puesto como si acabara de ver a una sirena.

Ahora que él se había marchado lleno de promesas, era fácil que los pensamientos de Juana volvieran a ese dulce momento y en ello estaba esa mañana de vanidades ciudadanas, que poco le importaban, cuando noto una dolorosa sensación que se repetía de rato en rato e iba agudizándose en su interior una brusca tirantez que le desgarraba. Asustada, avisó a su hermano de que tenía que marcharse y a duras penas llegó caminando cuesta arriba a la casa de la Mesa Mota.

El parto no fue difícil, en un par de horas se encontró cansada y soñolienta con un pequeño bebe entre los brazos. “Es un machito, chico, chico, mi niña, pero rubio y espabiladito como el padre que ya ha abierto los ojos y lo mira todo como si fuera suyo”. “Calla, Amparo, calla y dime qué día es hoy, que no quiero que se me olvide”. “Y si se te olvida, me lo preguntas que yo sé muy bien que hoy es el 21 de septiembre de 1927. Por cierto, Juanita, ¿cómo se va a llamar el mozalbete?” “No lo sé. El ruso me dijo que si era un chico, tenía que llamarse Germinal. Pero a mí eso me suena que no es de curas. Debe ser algo de la revolución esa de la que siempre habla  y yo a mí niño lo quiero bautizadito, me entiendes, ¿verdad?”. “Claro, mujer, no iba yo a entenderte. Llámale Claudio, como nuestro padre. Así, si tienes que refugiarte en casa tendrá algo que darle al abuelo. Que yo lo que me creo es que tú has pecado de ingenua y a ese rubio, sea ruso o americano, no le vuelves tú a ver el pelo”. “No me digas eso, Amparo”. “Pues claro que no mujer. Venga, venga, seguro que yo me engaño, ya sabes lo desconfiada que soy. Pero de todas maneras y, de momento, el hijo es tuyo. Después, cuando te veas en Cuba y sea él quien le dé de comer, que le llame como quiera, Germinal o Lenin. Qué sí, hija, ya me encargo yo de que el cura le ponga Claudio y ahora descansa que menuda papeleta tenemos tú y yo para sacar a este adelante”.

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