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La ciudad de lápiz

 

Cuando era niña, su madre, al verla pasar el tiempo con el lápiz en la mano, le decía: “por ese camino no llegarás a ningún sitio, ¡ponte a estudiar de una vez!” Y lo hacía: estudiaba… sí, ella estudiaba.

Con el tiempo, a pesar de que no se había dedicado al mundo del arte, ni siquiera pensó en ello nunca de manera seria, no había desistido de su costumbre de dibujar. Lo hacía sin darse cuenta, pintaba como una quimera infantil:  flores, macetas, casas o niños. En los últimos años, como un mantra, sobre cualquier cuartilla o sobre cualquier rincón del bloc de notas surgía de la punta de su lápiz  un centro urbano con una sola calle de ida y vuelta sobre la que transitaban coches y bicicletas. En el único lado de aquella calle los altos edificios mostraban sus ventanas de rayas; pintaba algún circulo que otro para romper la monotonía o, a veces, las dibujaba ovaladas. En la parte baja se veían con claridad las puertas de almacenes con grandes rótulos. En los tejados las antenas de televisión, se elevaban tímidamente hacia un cielo siempre vacío -las nubes estaban excluidas de esa rutina-. Si acaso, como si quisiera darle vida a ese espacio que, por ser cielo, era infinito, colocaba la silueta de alguna bandada de pájaros. Entre los últimos trazos que cerraban la escena siempre había varios árboles que sombreaban un banco. Bajo esos árboles dibujaba niños jugando a la pelota; lo dibujaba todo con la misma reiterada afición con la que pintaba un paso de cebra del que nunca se olvidaba. 

Al acabar, siempre se sentía decepcionada, solía pensar: tendría que esmerarme y pintar Nueva York. Era un propósito tardío,  cuando pensaba en los esbeltos rascacielos de estilo modernista que se destacan  y que hacen única a esa ciudad, ya era demasiado tarde su … ciudad ya estaba de nuevo ante sus ojos.

Y ocurrió un día que,  en la consulta  de un  psiquiatra, con quien intentaba salir de uno de esos colapsos en que te coloca la vida y  en donde se sometía a un curioso  método de auto hipnosis para, se suponía, sanar entrando en el inconsciente, se encontró en aquella ciudad de trazos rápidos y precisos, hecha sin pretensiones de artista ocupando uno de aquellos recovecos misteriosos de la mente que pugnaba por cobrar vida.

Al levantarse del diván, le divirtió haber visto su ciudad de lápiz y se sorprendió de que aquel dibujo hubiese  estado en su mente, vivo… tan vivo que había creído percibir el frescor de los árboles, la dureza del banco de madera trazado con rayas infantiles o el runrunear de los coches sobre el asfalto.

Pero fue más tarde mientras caminaba sin prisa  de vuelta a casa, recordando las sensaciones que le producía la terapia, cuando tuvo la oportunidad de ordenar lo que empezaba a parecerle una curiosa visión.

Tendida sobre el diván, oía de nuevo el impulso de la voz del psiquiatra preguntado: ¿Qué ves?, ¿qué ves?

Aquellas palabras solían ser mágicas y aquella vez también surtieron su efecto: entre  la nube púrpura cuajada de tintes amarillos, que solía marcar la entrada en el otro lado de la mente, se hizo la oscuridad de la que fue surgiendo  una nube de polvo brillante y vio una mujer sentada en la vera del camino. Como si hubiese esperado la señal, una luz se encendió iluminándola a ella y la mujer se incorporó   con elegante desenvoltura. La veía caminar de espaldas, empujaba levemente una brisa que acariciaba su vestido al ritmo de un balanceo cadencioso,  femenino. La vio ladear varias veces la cabeza tranquilamente, sin recelo, solo para asegurarse de que la luz de aquel foco la iluminaba y la seguía.

Nuevamente el impulso del psiquiatra:  “¿Qué ves?, ¿qué ves?” 

“Veo a una señora”, contestó. “Pero no, no es una señora”, recalcó enseguida con seguridad, “es una mujer”. 

“Descríbela, dime, cómo es…”

La premura del psiquiatra le resultaba excitante e intentaba aguzar la vista. 

“No sé… es como si fuera una mujer de Jericó”. Sí, sabía que tenía los ojos oscuros, la piel aceitunada de las gentes  del lado más oriental del Mediterráneo.  Vestía una túnica marrón como en los relatos bíblicos y a su alrededor no había paisaje, no había arboles, nada que describir en torno a ella, solo un camino de tierra bajo sus pies y el polvo brillante a su alrededor, que salpicada unas casi invisibles partículas que formaban parte del camino y brillaban como minúsculas estrellas. En un momento dado, se paró frente a un espejo o, no lo supo muy bien, tal vez era un cuadro con el marco de carey. 

La mujer caminante se reconoció: era su rostro, sus hombros…, la túnica sobre la cabeza estaba ribeteada de oro. Vio como descolgaba la imagen de sí misma, como la zarandeaba. Los ribetes de oro quedaron en el suelo y ella continuó su camino, ahora, torciendo a la derecha, marchó de nuevo; la ciudad, su ciudad, apareció frente a ella. Ya nada era de lápiz, era tan real como la propia vida.

El psiquiatra insistía: “no te pares, sigue describiendo lo que ves”. 

Ella se resistía y se removió sobre el diván, era incómodo. A pesar de todo, las ordenes del médico eran tajantes  e intentó seguir describiendo lo que veía: “La mujer se ha sentado en el banco  frente a la calle y ha empezado a languidecer. Está sola, siente tristeza y  abandono”.

Vio como alguien sobre una bicicleta se paraba frente a ella y la invitaba a subir. La mujer quería marcharse de allí aunque fuera sobre un vehículo tan frágil y se levantó para ir a sentarse en el sillín trasero. Pero no pudo, una mano saliendo de las tinieblas de la nada la atrapó al vuelo y la bajó de aquel frágil vehiculo. Un enorme coche la esperaba.

Se incorporó en el diván bruscamente. “No puedo seguir, quiero acabar”, le espetó al psiquiatra: “Oiga, pero… ¿qué significa todo esto?”

El psiquiatra la miró con cara circunspecta. “No lo sé, tal vez esa mujer… sea usted”.

 

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